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Ruanda, Burundi y las temibles tribus de Occidente

José Steinsleger
www.jornada.unam.mx/140514

Para un ruandés o un burundés (almas gemelas), nada más perturbador que la ceremonia del 7 de abril último en Kigali, capital de Ruanda, país que en 1994, frente a la indiferencia del mundo civilizado, sufrió el genocidio más sanguinario de la historia en proporción a su duración: 800 mil asesinatos en 100 días.

La fotografía oficial muestra al secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, al ex premier inglés Tony Blair y al presidente de Ruanda, Paul Kagame. Los tres, lamentando la muerte a machetazos de cientos de miles de personas, y las riadas de seres humanos huyendo de un lado a otro, despavoridos, y sorteando a las hienas, buitres y cocodrilos que devoraban los cadáveres de los caídos en desgracia.

Una vez más, el coreano Ban Ki-moon pidió perdón por la inacción del organismo internacional, dirigido entonces por el egipcio Boutros Boutros Ghali. Pero el inglés Tony Blair (el carnicero de Bagdad, según Robert Fisk) omitió el apoyo de Londres a Kagame, ejecutor de otro genocidio, en venganza por el oficial que perpetró el gobierno racista y de extrema derecha que Francia y Bélgica apoyaron hasta 1994.

¿Quién es Paul Kagame? Educado y formado en la vecina Uganda (adonde llegó a los cuatro años como refugiado junto con su familia), Kagame militó en la guerrilla de Yoweri Museveni (protegido por Washington y presidente de Uganda desde 1986) y allí fundó el Frente Patriótico Ruandés (FPR). Para algunos, Kagame es el líder que acabó con los genocidas. Para otros, el peón del imperio que en la región de los grandes lagos ha propuesto convertir a Ruanda en la Singapur de África central.

Sin embargo, un informe publicado en 2010 por Navi Pillay (alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos) señala a Kagame (en el poder desde 2000) por crímenes cometidos entre 1993 y 2003, en el este de la República Democrática del Congo (ex Zaire).

Asimismo, en 2008, un juez de Madrid atribuyó a Paul Kagame responsabilidad por 312 mil 726 muertes entre 1993 y 2003, así como la posible autoría en el derribo del avión que el 6 de abril de 1994 transportaba a los presidentes de Ruanda y Burundi, Juvenal Habyarimana y Cyprien Nytarymira, quienes venían de participar en una conferencia de paz en Tanzania.

Lo cierto es que el doble magnicidio fue el pretexto para que el gobierno ruandés emprendiera el exterminio en masa de su propio pueblo. Abyección que, explícitamente, venían proponiendo los medios de comunicación desde muchos años atrás. Basta con revisar los programas diarios transmitidos por Radio Mille Collines de Kigali: Muerte, muerte. Las fosas con cadáveres de tutsis sólo están ocupadas hasta la mitad. Date prisa en llenarlas.

En la ceremonia de marras, la ONU proclamó el 7 de abril como Día Internacional de Reflexión sobre el Genocidio de Ruanda. Cosa que en algunos oídos siempre sonará con más elocuencia que las políticamente incorrectas palabras de Pasteur Bizimungu, quien tuvo la inaudita tarea de presidir el martirizado país entre 1994 y 2000.

Frente al memorial de Kigali, en el que yacen los restos de 250 mil ruandeses, cientos de cráneos en exposición y otros tantos miles enterrados en fosas comunes, Bizimungu dijo al empezar el duelo de 100 días para recordar el genocidio: No les tenemos rencor a los europeos, pero no puedo dejar de recordar que fueron precisamente ellos los responsables del caos que tenemos en esta región.

Y a continuación, como advirtió un célebre, nos toparemos con la Iglesia. Pues tal como dijo el periodista polaco Ryszard Kapuscinski en su Conferencia sobre Ruanda, se torna imprescindible refutar la infame simplificación de los medios que anestesian la conciencia de los occidentales, remitiendo los problemas y guerras de África a lo tribal, “…creyendo que cada conflicto es ajeno al otro, y puede ser encapsulado en origen sin secuelas para el resto del mundo” (Ébano, 1998, pp.177-194).

El gran revolucionario de Guinea-Bissau, Amilcar Cabral (1924-73) advirtió en su época: Las luchas tribales son ante todo un instrumento político en manos de africanos destribalizados. Sin embargo, el agente primero de ellos es el imperialismo moderno, al cual esas formas anacrónicas de lucha sirven de pantalla.

Por su lado, el general canadiense Roméo Dallaire (a cargo de las tropas de la ONU en 1994) recorre el mundo dictando charlas sobre su experiencia en Ruanda y Burundi. Dallaire escribió Yo he estrechado la mano del diablo, libro donde cuenta las atrocidades que vio, y que lo llevaron a pensar en suicidarse por la depresión en que cayó.

“Los estadunidenses –asegura Dallaire– fueron los que se opusieron con más fuerza (a evitar el genocidio). Yo me preguntaba qué diferencia había entre lo estaba ocurriendo allí y lo que hicieron los nazis… por lo visto nos estábamos refiriendo a los blancos con el ‘nunca más’. Pero no a los negros”.

En el clímax del genocidio ruandés (junio de 1994), el periódico inglés The Guardian registró la historia de un hombre que no podía dejar de llorar. El hombre contó que, a pedido de su esposa, la enterró viva frente a sus hijos. Él era tutsi, ella hutu, y sólo pidió que no la matara a machetazos.

Fue el único modo de salvar a la familia de las milicias de la extrema derecha hutu, entrenadas militarmente por Francia y adoctrinadas durante medio siglo por los misioneros racistas de Bélgica y Alemania. Y de la furia de los tutsis perseguidos que, igualmente, hubieran asesinado a la pobre mujer. Entre los banyaruandas, si un tutsi y un hutu tienen descendencia común, el hijo es ascendido socialmente y considerado tutsi.

¿Horrores tribales y étnicos? Artificialmente separados, ruandeses y burundeses siempre cerraron un ojo frente a la noción inglesa de tribu, o la francesa de etnia. Pero si de esto se trata, habrá que recordar las matanzas entre las tribus católicas, protestantes y nacionalistas de Europa central, cuando el reino de Ruanda-Urundi gozaba de una gran organización política y cierta armonía social entre hutus, tutsis y batwas (pigmeos).

En Ruanda y Burundi se habla kirundi, una de las 400 lenguas del milenario y frondoso tronco bantú (vocablo que quiere decir ser humano). Y sus pueblos habitan en las mesetas de los grandes lagos de África, allí donde nacen el Congo y el Nilo, ríos que desde tiempos inmemoriales modelaron las primeras civilizaciones propiamente dichas.

Los primeros en llegar a los grandes lagos fueron los pigmeos (de pequeño tamaño, en griego), pueblo que hoy se halla en irreversible extinción. En el primer siglo de nuestra era aparecieron los hutus (hombre, en bantú), y hace 500 años, procedentes de Etiopía y Uganda, llegaron los tutsis, provistos de armas de hierro y en busca de tierras fértiles para su ganado.

Descendientes de los orgullosos guerreros watusis y verdaderos gigantes en comparación con los nativos, los tutsis dominaron fácilmente a los hutus. Sin embargo, con el tiempo absorbieron su cultura, idioma y creencias religiosas, hasta que los tutsis instalaron la monarquía (1680).
El sistema de dominación tutsi fue elemental: entregaba a los hutus cabezas de ganado, y de este modo aseguraba su dominio.

Por otro lado, resulta interesante apuntar que el reino de Ruanda-Urundi no incursionó con expediciones de conquista en los países vecinos y supo defenderse con éxito del tráfico de esclavos emprendido por árabes y portugueses.

Los problemas de fondo empezaron con el reparto colonial de África subsahariana (Conferencia de Berlín, 1885). Establecidas en Usumbara (actual Bjumbara, capital de Burundi), las tropas imperiales de Alemania celebraron un acuerdo con el monarca tutsi de Ruanda: protección del territorio, a cambio del sometimiento. Luego, los alemanes extrapolaron la estructura feudal y clasista europea. Ahora los tutsis eran nobles y aristócratas, y los hutus vasallos o clientes.

Cuando en Francia, por ejemplo, se promulgó la ley sobre la separación de la Iglesia y el Estado (1905), las colonias fueron excluidas de ella. Era el reconocimiento de que la labor evangelizadora de las misiones eu­ropeas se orientaba en el sentido de la empresa colonial. Que en los casos de Ruanda y Burundi facilitó el uso de mano de obra esclava en las minas de Katanga (ex Zaire, hoy República Democrática del Congo).

Después de la Primera Guerra Mundial, Ruanda y Burundi pasaron a ser un fideicomiso de Bélgica, administrado desde el Congo. En ambos territorios, los misioneros católicos y protestantes combatieron la religión local (animista), olvidándose de sus propias guerras de religión en el norte de Europa, y de la feroz demolición de estatuas y pinturas que representaban santos (Beeldenstorm, Iconoclastia, 1567).

En el decenio de 1950, al sonar la hora de la independencia de los países africanos, los belgas cambiaron de bando. Frente a las crecientes demandas de los tutsis, apoyaron los reclamos independentistas de los hutus en Ruanda, y de los tutsis en Burundi. Simultáneamente, estimularon la creación de partidos políticos sobre bases étnicas (v. gr.: Unión Nacional Ruandesa, UNAR, y el católico racista Movimiento de Emancipación hutu, Parmehutu).

Los caminos de Ruanda y Burundi se separaron en 1959, año en que el líder independentista Patricio Lumumba convocó a los partidos unitarios del Congo que se oponían a la balcanización de África central (Ruanda y Burundi, incluidos). La UNAR envió como delegado al secretario general, el príncipe Michel Rwasama.

Ruanda y Burundi proclamaron la independencia en marzo de 1962. Sin embargo, temiendo que el príncipe y primer ministro de Ruanda, Louise Rwagasore, se convirtiera en un nuevo Lumumba, los belgas lo asesinaron pocos meses antes de la independencia. Y el nuevo país, independiente, pasó a ser gobernado por un rey tutsi, dócil a los neocolonialistas.

Unidos y separados, Ruanda y Burundi alcanzaron la independencia el 1º de julio de 1962. Independientes, mas no liberados del desquiciante legado civilizador que los colonialistas y misioneros de Alemania y Bélgica sembraron durante más de medio siglo en el pueblo banyaruanda.

En 1991, cuando las trompetas de la globalización anunciaban la llegada del ciudadano universal, el conjunto de las naciones subsaharianas (600 millones de habitantes) tuvo un PIB combinado similar al de la pequeña Bélgica, país con extensión similar a la de Ruanda y Burundi juntos y un ingreso 73 veces superior.

Maquilado por los belgas y la Iglesia católica de Ruanda, el primer presidente constitucional, Gregoire Kayibanda (líder del partido racista Parmehutu), anunció el futuro: todos los tutsis son feudales abominables, comunistas, y afroasiáticos (Correo de África, 11/2/61). Por consiguiente, cerca de 60 por ciento de los tutsis abandonaron el país y se refugiaron en Burundi (gobernada por la monarquía tutsi), Uganda y la provincia de Kivu, en la ex Zaire, hoy República Democrática del Congo (1959-64).

La monarquía de Burundi cae en 1966, cuando el capitán tutsi Michel Micombero (formado en la Escuela Militar de Bruselas) proclama la república y retiene 10 años el poder. Mientras, en 1973, en Ruanda, las tensiones y conflictos en la comunidad hutu estallan luego de que el jefe del ejército, Juvenal Habyarimana, derroca a su primo, el presidente Kayibanda.

En 1976, el tutsi Jean Baptiste Bagaza destituye a Micombero y se proclamó presidente de Burundi. En abierto desafío a la burguesía tutsi y partidario del socialismo ujamaa de la vecina Tanzania, Bagaza adopta un programa de reformas, legalizando los sindicatos, recibiendo ayuda de China para el desarrollo de la minería y convocando a las primeras elecciones, tras 19 años de independencia.

Habyarimana, por su lado, se reelige en 1983 y 1988. Dos años después, Amnistía Internacional elabora un informe increíble, en el que dio por satisfactorio el respeto a los derechos humanos en Ruanda. Lectura inaudita cuando ya venía funcionando el siniestro clan Akazu, dirigido por Agahte, esposa de Juvenal, y sus hermanos.

Compacto y chovinista, el clan Akazu tuvo sus ideólogos y científicos en la Universidad de Butare (Kigali). Y fueron ellos los que formaron a los jefes de las milicias Interhawme (golpear juntos), formulando los principios de la doctrina que justificará el genocidio de los tutsis como única salida a los problemas del país.

Simultáneamente, en Uganda surgía el Frente Patriótico Ruandés (FPR), integrado por jóvenes tutsis refugiados y fundado, entre otros, por el actual presidente Paul Kagame. Así, en la noche del 30 de septiembre de 1990, 600 combatientes del FPR entran en Ruanda y asestan serios golpes al Ejército hutu.

Con apoyo de mercenarios belgas, franceses y de Zaire, Habyarimana detiene la ofensiva rebelde y llama por teléfono al presidente François Mitterrand. ¡Tutsis anglófonos de Uganda habían entrado en territorio de los tutsis francófonos de Ruanda!

El gobierno ruandés, entonces, introduce nuevamente las tarjetas de identidad étnica usadas por los belgas en el decenio de 1930. Un modo de facilitar información a los paramilitares de las milicias Interhawme. La etnia: información crucial para los asesinatos. Asimismo, el gobierno elabora listas de personas que debían ser asesinadas. Las listas incluyen políticos, periodistas, académicos, escritores, artistas, a todos los tutsis, y a todos los hutus de oposición.

En tanto, en Burundi, el hutu Melchior Ndadaye gana las primeras elecciones democráticas y pone fin al dominio tutsi. Melchior muere asesinado en octubre de 1993 y, a finales del año, los países africanos obligan al presidente Habyarimana de Ruanda a firmar un acuerdo con el FPR. Compromiso que el clan Akazu calificó de inaceptable.

El de abril de 1994, el avión Falcon 50 que transportaba a los presidentes de Ruanda y Burundi, Juvenal Habyarimana y Cyprien Nytarymira (regalo del ex presidente de Francia Jacques Chirac), fue alcanzado por un misil. Fue la señal para el inicio de la matanza de tutsis, pero también de la oposición hutu.

Según el ex primer ministro de Ruanda Jean Kambanda, el genocidio se discutió abiertamente en reuniones de gabinete. Algo que al fin de cuentas se logró, pues 80 por ciento de los tutsis fueron asesinados a machetazos. Un escritor bien informado en el drama observó: “…entre los genocidas de 1993 se encontraban los huérfanos de 1972, y entre los primeros asesinados, los antiguos asesinos”.

Sin contar millones de heridos, torturados y refugiados, las guerras civiles de Ruanda y Burundi dejaron cerca de 400 mil muertes en el decenio de 1960, 380 mil en el de 1970 y 1980, más 800 mil de las reconocidas oficialmente por la ONU, durante el terrible trimestre de abril, mayo y junio de 1994.

Tras el doble magnicidio de los presidentes de Ruanda y Burundi (6 de abril de 1994), la primera embajada en abandonar Kigali fue la de Estados Unidos. El mismo día, Bélgica y Francia embarcaron a sus nacionales, sin preocuparse de los ruandeses que trabajaban en sus empresas, minas y plantaciones de café y otros productos primarios.

El 21 de abril, el Consejo de Seguridad de la ONU retiró los cascos azules, dejando a la población civil inerme frente a los afilados machetes de los paramilitares hutus. Kofi Annan (coordinador de las Fuerzas de Paz) ordenó al jefe canadiense de la misión para la Asistencia a Ruanda (Unamir), general Rómeo Dallaire: manténgase al margen.

Pero cuando el secretario general de la ONU Boutros Boutros Ghali usó el término genocidio (cosa que por estatutos obligaba la intervención militar inmediata), el consejo se enfrascó en una polémica surrealista. Demorando la votación, la embajadora de Washington Madeleine Albright, dijo: Es difícil juzgar (sic). Mientras Warren Christopher, su jefe en el Departamento de Estado, prohibía a los funcionarios el uso de la palabra genocidio.

El 13 de mayo, el consejo aprobó por consenso la expresión “actos de genocidio (sic) pudiesen haberse cometido…”, y votó en favor de reducir los efectivos de la Unamir. Misión que retornaría un mes después (cuando ya era tarde), bajo el mando de una de las potencias directamente involucradas en el genocidio: Francia (Operación Turquesa).

En efecto, según las prolijas investigaciones de Claudine Vidal y François-Xavier Verschave, luego del ataque del Frente Patriótico de Ruanda (FPR, octubre de 1990), un hijo del presidente de Ruanda llamó a su amigo Jean Christophe Mitterrand (hijo del presidente François Mitterrand), pidiendo el envío de algunos centenares de paracaidistas.

París despachó a Ruanda todo tipo de armamento, y de paso se encargó de entrenar a las milicias Interhawme. En febrero de 1992, la cancillería francesa envió una nota a su embajada en Kigali según la cual “…el teniente coronel Chollet ejercería simultáneamente las funciones de consejero del presidente de la república y del estado mayor del ejército ruandés”.

Jean Carbonate, miembro de la comisión internacional para investigar las masacres de tutsis, afirmó haber visto a instructores franceses en el campamento de Igogwe, adonde “…llegaban camiones repletos de civiles que eran torturados y asesinados”.

Un antiguo responsable de los escuadrones de la muerte, Janvier Africa, declaró al periodista Mark Huband, corresponsal del Weekly Mail and Guardian de Johannesburgo: Los militares franceses nos enseñaron a capturar a nuestras víctimas, y a amarrarlas. Esto era en una base en el centro de Kigali. Allí era donde se torturaba y donde la autoridad francesa tenía su sede.

Denuncias que la Misión Parlamentaria de Información, creada en París, confirmaría años después. A pesar de ello, en el otoño de 1993 el presidente Mitterrand recibió en el Palacio del Elíseo y con alfombra roja a su homólogo y amigo Habyarimana, “…un firme defensor de la francofonía”, según los medios galos.

El propio general Dallaire comentó que de ese modo Francia se erigió ­con el mando del discurso de la solidaridad, al tiempo de prestar ayuda al régimen genocida ruandés. No me impidieron constatar el contrabando de armas en la frontera, y tampoco permitieron que montase mi propia unidad de información porque el mandato (de la ONU) no lo contemplaba, escribió.

En sintonía, documentos oficiales desclasificados en agosto de 2001 muestran que el entonces presidente William Clinton también andaba avisado del genocidio que planificaba el régimen de extrema derecha hutu. Después de todo, soldados del FPR y el actual presidente de Ruanda Paul Kagame (tutsi) se habían entrenado en Estados Unidos y Uganda, país aliado de Washington en la región de los grandes lagos.

Resta por apuntar la complicidad financiera del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional en el genocidio. Bajo un programa de ajuste estructural, los investigadores descubrieron que meses antes el gobierno había entregado un machete nuevo a uno de cada tres varones hutus, habiendo gastado 4.6 millones de dólares en la compra de machetes, hachas y cuchillos.

A finales de la Primera Guerra Mundial, cuando las potencias vencedoras firmaron el Tratado de Versalles para impulsar “…la cooperación internacional, el arbitraje de los conflictos y la seguridad colectiva (Sociedad de las Naciones, 1919), el escritor polaco Joseph Conrad calificó la iniciativa como un modo de erradicar las costumbres salvajes de los países atrasados.

Los genocidios de tutsis y hutus tuvieron, en suma, un solo ganador: las tribus blancas de Occidente. A nadie importó la suerte de Ruanda y Burundi, ubicados entre los países más pobres del mundo y, así como todos los de África negra, maldecidos en la Biblia desde épocas inmemoriales.


Profecía cumplida.