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La religión exige respeto

Por: José M. Castillo S.
www.religiondigital.com/190115

Los sangrientos incidentes, que se han provocado en París con motivo de los asesinatos causados por el fanatismo religioso islamista contra los periodistas de Charlie Hebdo, han desencadenado la indignación y el miedo por casi toda Europa. Y la lógica del discurso, como es normal, se orienta mayoritariamente a condenar la violencia irracional de los terroristas.

Sin embargo, si la cosa se piensa a fondo, me temo que se cargue la mano sobre algo que es muy verdadero: la violencia criminal de los intolerantes de la religión. Pero, tan cierto como lo que acabo de decir, es que el empeño legítimo por defender la libertad de opinar en una sociedad democrática, puede ocultar otro aspecto fundamental de la cuestión, a saber: que la religión es un asunto extremadamente serio. Porque la religión toca las fibras más profundas en las convicciones que dan sentido a la vida de millones de seres humanos. Y con esto - si es que tomamos la vida muy en serio - hay que tener mucho cuidado.

No pretendo en modo alguno justificar el terror y la violencia de los terroristas que, en nombre de “lo divino”, se atreven a violentar e incluso asesinar “lo humano”. Sólo pretendo recordar que la religión es un asunto muy serio. Es más, como se ha dicho con toda razón, “la religión puede ser mortalmente seria”. Es la “seriedad absoluta, que deriva del trato con superiores invisibles..., prerrogativa de lo sagrado que caracteriza a la religión” (W. Burkert, P. Hassler, D. D. Hughes).

Más aún, como es bien sabido, la intuición genial de Rodolph Otto nos advirtió sabiamente que la experiencia del hecho religioso es en realidad el encuentro con el “mysterium tremendum”, un misterio “que hace temblar” a no pocas personas y grupos humanos.

Insisto: si es importante respetar la libertad de expresión, y en esta libertad hay que educar a la ciudadanía; pero también es importante que todos nos eduquemos en el respeto a las creencias y convicciones de los demás, con tal que tales creencias no lleven a la violencia en ninguna de sus formas.

Por supuesto que no es equiparable la violencia de un arma de fuego con la violencia de un lápiz. Pero tan cierto como eso es que no debe ser bueno para nadie lo que atinadamente ha dicho un artista francés bien conocido: “Mofarse de todo el mundo es una tradición muy arraigada en Francia desde Voltaire” (Christian Boltanski). Y que nadie me venga con las sutiles precisiones lingüísticas que ha hecho Alberto Manguel. Por supuesto, que “la razón tiene derecho a reírse de la locura”. Como no es lo mismo la “sátira” que el “insulto”.

Estamos de acuerdo con todas las precisiones que los pensadores y lingüistas nos quieran y nos deban hacer sobre lo que han hecho los ingeniosos periodistas del humor de Charlie Hebdo. Pero, ¡por favor!, no olvidemos que las palabras, las ideas y las sutiles distinciones de los sabios, nunca pueden abarcar la totalidad de lo real. Y la realidad - triste y dura realidad - es que, con demasiada frecuencia, el que se dedica al oficio de mofarse de los demás, por muy artista que sea, posiblemente sin darse cuenta de lo que hace, en realidad a lo que se puede dedicar muchas veces es a despreciar a quienes discrepan de sus ideas, por más respetables que sean. Pasar de la sátira al desprecio es más fácil de lo que sospechamos. Pero, es claro, que quien se ve o se siente despreciado, una y otra vez, llegará el día en que se ponga como un loco a violentar y matar al que le ofende.

¿Que hay que vigilar a los terroristas? Por supuesto. Pero que quede claro que no es menos urgente vigilar también a quienes se dedican a la desagradable tarea de la burla y la mofa como oficio.

El terror en París: raíces profundas y lejanas

Por: Atilio A. Boron
www.rebelion.org/090115

El atentado terrorista perpetrado en las oficinas de Charlie Hebdo debe ser condenado sin atenuantes. Es un acto brutal, criminal, que no tiene justificación alguna. Es la expresión contemporánea de un fanatismo religioso que -desde tiempos inmemoriales y en casi todas las religiones conocidas- ha plagado a la humanidad con muertes y sufrimientos indecibles. La barbarie perpetrada en París concitó el repudio universal. Pero parafraseando a un enorme intelectual judío del siglo XVII, Baruch Spinoza, ante tragedias como esta no basta con llorar, es preciso comprender. ¿Cómo dar cuenta de lo sucedido?

La respuesta no puede ser simple porque son múltiples los factores que se amalgamaron para producir tan infame masacre. Descartemos de antemano la hipótesis de que fue la obra de un comando de fanáticos que, en un inexplicable rapto de locura religiosa, decidió aplicar un escarmiento ejemplar a un semanario que se permitía criticar ciertas manifestaciones del Islam y también de otras confesiones religiosas. Que son fanáticos no cabe ninguna duda. Creyentes ultraortodoxos abundan en muchas partes, sobre todo en Estados Unidos e Israel.

Pero, ¿cómo llegaron los de París al extremo de cometer un acto tan execrable y cobarde como el que estamos comentando? Se impone distinguir los elementos que actuaron como precipitantes o desencadenantes –por ejemplo, las caricaturas publicadas por el Charlie Hebdo, blasfemas para la fe del Islam- de las causas estructurales o de larga duración que se encuentran en la base de una conducta tan aberrante. En otras palabras, es preciso ir más allá del acontecimiento, por doloroso que sea, y bucear en sus determinantes más profundos.

A partir de esta premisa metodológica hay un factor que merece especial consideración. Nuestra hipótesis es que lo sucedido es un lúgubre síntoma de lo que ha sido la política de Estados Unidos y sus aliados en Medio Oriente desde fines de la Segunda Guerra Mundial. Es el resultado paradojal –pero previsible, para quienes están atentos al movimiento dialéctico de la historia- del apoyo que la Casa Blanca le brindó al radicalismo islámico desde el momento en que, producida la invasión soviética a Afganistán en Diciembre de 1979, la CIA determinó que la mejor manera de repelerla era combinar la guerra de guerrillas librada por los mujaidines con la estigmatización de la Unión Soviética por su ateísmo, convirtiéndola así en una sacrílega excrecencia que debía ser eliminada de la faz de la tierra.

En términos concretos esto se tradujo en un apoyo militar, político y económico a los supuestos “combatientes por la libertad” y en la exaltación del fundamentalismo islamista del talibán que, entre otras cosas, veía la incorporación de las niñas a las escuelas afganas dispuesta por el gobierno prosoviético de Kabul como una intolerable apostasía.

Al Qaeda y Osama bin Laden son hijos de esta política. En esos aciagos años de Reagan, Thatcher y Juan Pablo II, la CIA era dirigida por William Casey, un católico ultramontano, caballero de la Orden de Malta cuyo celo religioso y su visceral anticomunismo le hicieron creer que, aparte de las armas, el fomento de la religiosidad popular en Afganistán sería lo que acabaría con el sacrílego “imperio del mal” que desde Moscú extendía sus tentáculos sobre el Asia Central. Y la política seguida por Washington fue esa: potenciar el fervor islamista, sin medir sus predecibles consecuencias a mediano plazo.

Horrorizado por la monstruosidad del genio que se le escapó de la botella y produjo los confusos atentados del 11 de Septiembre (confusos porque las dudas acerca de la autoría del hecho son muchas más que las certidumbres) Washington proclamó una nueva doctrina de seguridad nacional: la “guerra infinita” o la “guerra contra el terrorismo”, que convirtió a las tres cuartas partes de la humanidad en una tenebrosa conspiración de terroristas (o cómplices de ellos) enloquecidos por su afán de destruir a Estados Unidos y el “modo americano de vida” y estimuló el surgimiento de una corriente mundial de la “islamofobia”.

Tan vaga y laxa ha sido la definición oficial del terrorismo que en la práctica este y el Islam pasaron a ser sinónimos, y el sayo le cabe a quienquiera que sea un crítico del imperialismo norteamericano. Para calmar a la opinión pública, aterrorizada ante los atentados, los asesores de la Casa Blanca recurrieron al viejo método de buscar un chivo expiatorio, alguien a quien culpar, como a Lee Oswald, el inverosímil asesino de John F. Kennedy.

George W. Bush lo encontró en la figura de un antiguo aliado, Saddam Hussein, que había sido encumbrado a la jefatura del estado en Irak para guerrear contra Irán luego del triunfo de la Revolución Islámica en 1979, privando a la Casa Blanca de uno de sus más valiosos peones regionales.

Hussein, como Gadaffi años después, pensó que habiendo prestado sus servicios al imperio tendría las manos libres para actuar a voluntad en su entorno geográfico inmediato. Se equivocó al creer que Washington lo recompensaría tolerando la anexión de Kuwait a Irak, ignorando que tal cosa era inaceptable en función de los proyectos estadounidenses en la región. El castigo fue brutal: la primera Guerra del Golfo (agosto 1990-febrero 1991), un bloqueo de más de diez años que aniquiló a más de un millón de personas (la mayoría niños) y un país destrozado.

Contando con la complicidad de la dirigencia política y la prensa “libre, objetiva e independiente” dentro y fuera de Estados Unidos la Casa Blanca montó una patraña ridícula e increíble por la cual se acusaba a Hussein de poseer armas de destrucción masiva y de haber forjado una alianza con su archienemigo, Osama bin Laden, para atacar a los Estados Unidos. Ni tenía esas armas, cosa que era archisabida; ni podía aliarse con un fanático sunita como el jefe de Al Qaeda, siendo él un ecléctico en cuestiones religiosas y jefe de un estado laico.

Impertérrito ante estas realidades, en marzo del 2003 George W. Bush dio inicio a la campaña militar para escarmentar a Hussein: invade el país, destruye sus fabulosos tesoros culturales y lo poco que quedaba en pie luego de años de bloqueo, depone a sus autoridades, monta un simulacro de juicio donde a Hussein lo sentencian a la pena capital y muere en la horca.

Pero la ocupación norteamericana, que dura ocho años, no logra estabilizar económica y políticamente al país, acosada por la tenaz resistencia de los patriotas iraquíes. Cuando las tropas de Estados Unidos se retiran se comprueba su humillante derrota: el gobierno queda en manos de los chiítas, aliados del enemigo público número uno de Washington en la región, Irán, e irreconciliablemente enfrentados con la otra principal rama del Islam, los sunitas.

A los efectos de disimular el fracaso de la guerra y debilitar a una Bagdad si no enemiga por lo menos inamistosa -y, de paso, controlar el avispero iraquí- la Casa Blanca no tuvo mejor idea que replicar la política seguida en Afganistán en los años ochentas: fomentar el fundamentalismo sunita y atizar la hoguera de los clivajes religiosos y las guerras sectarias dentro del turbulento mundo del Islam. Para ello contó con la activa colaboración de las reaccionarias monarquías del Golfo, y muy especialmente de la troglodita teocracia de Arabia Saudita, enemiga mortal de los chiítas y, por lo tanto, de Irán, Siria y de los gobernantes chiítas de Irak.

Claro está que el objetivo global de la política estadounidense y, por extensión, de sus clientes europeos, no se limita tan sólo a Irak o Siria. Es de más largo aliento pues procura concretar el rediseño del mapa de Medio Oriente mediante la desmembración de los países artificialmente creados por las potencias triunfantes luego de las dos guerras mundiales.

La balcanización de la región dejaría un archipiélago de sectas, milicias, tribus y clanes que, por su desunión y rivalidades mutuas no podrían ofrecer resistencia alguna al principal designio del “humanitario” Occidente: apoderarse de las riquezas petroleras de la región.

El caso de Libia luego de la destrucción del régimen de Gadaffi lo prueba con elocuencia y anticipó la fragmentación territorial en curso en Siria e Irak, para nombrar los casos más importantes. Ese es el verdadero, casi único, objetivo: desmembrar a los países y quedarse con el petróleo de Medio Oriente. ¿Promoción de la democracia, los derechos humanos, la libertad, la tolerancia? Esos son cuentos de niños, o para consumo de los espíritus neocolonizados y de la prensa títere del imperio para disimular lo inconfesable: el saqueo petrolero.

El resto es historia conocida: reclutados, armados y apoyados diplomática y financieramente por Estados Unidos y sus aliados, a poco andar los fundamentalistas sunitas exaltados como “combatientes por la libertad” y utilizados como fuerzas mercenarias para desestabilizar a Siria hicieron lo que en su tiempo Maquiavelo profetizó que harían todos los mercenarios: independizarse de sus mandantes, como antes lo hicieran Al Qaeda y bin Laden, y dar vida a un proyecto propio: el Estado Islámico.

Llevados a Siria para montar desde afuera una infame “guerra civil” urdida desde Washington para producir el anhelado “cambio de régimen” en ese país, los fanáticos terminaron ocupando parte del territorio sirio, se apropiaron de un sector de Irak, pusieron en funcionamiento los campos petroleros de esa zona y en connivencia con las multinacionales del sector y los bancos occidentales se dedican a vender el petróleo robado a precio vil y convertirse en la guerrilla más adinerada del planeta, con ingresos estimados de 2.000 millones de dólares anuales para financiar sus crímenes en cualquier país del mundo.

Para dar muestras de su fervor religioso las milicias jihadistas degüellan, decapitan y asesinan infieles a diestra y siniestra, no importa si musulmanes de otra secta, cristianos, judíos o agnósticos, árabes o no, todo en abierta profanación de los valores del Islam.

Al haber avivado las llamas del sectarismo religioso era cuestión de tiempo que la violencia desatada por esa estúpida y criminal política de Occidente tocara las puertas de Europa o Estados Unidos. Ahora fue en París, pero ya antes Madrid y Londres habían cosechado de manos de los ardientes islamistas lo que sus propios gobernantes habían sembrado inescrupulosamente.

De lo anterior se desprende con claridad cuál es la génesis oculta de la tragedia del Charlie Hebdo. Quienes fogonearon el radicalismo sectario mal podrían ahora sorprenderse y mucho menos proclamar su falta de responsabilidad por lo ocurrido, como si el asesinato de los periodistas parisinos no tuviera relación alguna con sus políticas. Sus pupilos de antaño responden con las armas y los argumentos que les fueron inescrupulosamente cedidos desde los años de Reagan hasta hoy. Más tarde, los horrores perpetrados durante la ocupación norteamericana en Irak los endurecieron e inflamaron su celo religioso.

Otro tanto ocurrió con las diversas formas de “terrorismo de estado” que las democracias capitalistas practicaron, o condonaron, en el mundo árabe: las torturas, vejaciones y humillaciones cometidas en Abu Ghraib, Guantánamo y las cárceles secretas de la CIA; las matanzas consumadas en Libia y en Egipto; el indiscriminado asesinato que a diario cometen los drones estadounidenses en Pakistán y Afganistán, en donde sólo dos de cada cien víctimas alcanzadas por sus misiles son terroristas; el “ejemplarizador” linchamiento de Gadaffi (cuya noticia provocó la repugnante carcajada de Hillary Clinton); el interminable genocidio al que son periódicamente sometidos los palestinos por Israel, con la anuencia y la protección de Estados Unidos y los gobiernos europeos, crímenes, todos estos, de lesa humanidad que sin embargo no conmueven la supuesta conciencia democrática y humanista de Occidente.

Repetimos: nada, absolutamente nada, justifica el crimen cometido contra el semanario parisino. Pero como recomendaba Spinoza hay que comprender las causas que hicieron que los jihadistas decidieran pagarle a Occidente con su misma sangrienta moneda. Nos provoca náuseas tener que narrar tanta inmoralidad e hipocresía de parte de los portavoces de gobiernos supuestamente democráticos que no son otra cosa que sórdidas plutocracias.

Hubo quienes, en Estados Unidos y Europa, condenaron lo ocurrido con los colegas de Charlie Hebdo por ser, además, un atentado a la libertad de expresión. Efectivamente, una masacre como esa lo es, y en grado sumo. Pero carecen de autoridad moral quienes condenan lo ocurrido en París y nada dicen acerca de la absoluta falta de libertad de expresión en Arabia Saudita, en donde la prensa, la radio, la televisión, la Internet y cualquier medio de comunicación está sometido a una durísima censura.

Hipocresía descarada también de quienes ahora se rasgan las vestiduras pero no hicieron absolutamente nada para detener el genocidio perpetrado por Israel hace pocos meses en Gaza. Claro, Israel es uno de los nuestros, dirán entre sí y, además, dos mil palestinos, varios centenares de ellos niños, no valen lo mismo que la vida de doce franceses. La cara oculta de la hipocresía es el más desenfrenado racismo. 

EEUU y Cuba: un denso diálogo


www.rebelion.org/230115

Comenzaron este miércoles en el palacio de Convenciones de La Habana las conversaciones para normalizar las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, dando así cumplimiento a lo anunciado conjuntamente por los presidentes Barack Obama y Raúl Castro el 17 de diciembre pasado. El jueves se incorporó a la reunión Roberta Jacobson, subsecretaria de Estado para el hemisferio occidental. Con su llegada la agenda temática se ampliará considerablemente haciendo lugar a un nutrido listado de asuntos pendientes, producto de largas décadas de confrontaciones.

El inicio de estos intercambios será apenas el primer paso de un largo y dificultoso trayecto, erizado de acechanzas. Hay quienes en Cuba y fuera de ella sostienen que la reanudación de las relaciones diplomáticas pondrá en peligro la continuidad de la revolución al abrir la Isla a los aplastantes influjos económicos, políticos e ideológicos del imperio.

Pero se equivocan: primero porque aquellos ya se hacen sentir, y bajo sus formas más perversas. ¿O es que el bloqueo no ejerce una influencia crucial, y enormemente perniciosa, sobre la economía cubana?

La condición insular de Cuba, por otra parte, no la pone a salvo de las nefastas influencias de las corrientes políticas e ideológicas prevalecientes en el país del Norte o en Europa, o de las modas de diverso tipo, desde la música hasta la literatura, pasando por los gustos estéticos, los estilos de vida, la indumentaria y el arreglo personal.

Y se equivocan también porque si hay algo que con certeza puede dañar irreparablemente a la Revolución Cubana es la prolongación indefinida del bloqueo, sobre todo teniendo en cuenta la lenta pero inexorable desaparición de los cubanos que nacieron poco antes o en los primeros años de la Revolución y el inevitable recambio generacional que más pronto que tarde tendrá que llevarse a cabo en su núcleo dirigente.

Es menester recordar que la fortaleza de la revolución cubana no radica en su economía, sino en su cultura y su política; y que si resistió sin desmoronarse luego de la desintegración de la Unión Soviética y más de medio siglo de bloqueo no fue por la salud de su economía sino por la formidable solidez de una tradición político-ideológica que hunde sus raíces en la guerra de la independencia contra España, en el luminoso magisterio de Martí y en la extraordinaria obra político-pedagógica de Fidel.

Para resumir: no se trata de minimizar el daño realizado por el bloqueo más prolongado de que se tenga noticia en la historia universal, y sin el cual los logros de la revolución habrían sido aún mayores de lo que fueron. Si ahora Washington está dispuesto a ponerle fin es porque resultó ser un arma de doble filo: al intentar asfixiar a Cuba atizó las contradicciones al interior de Estados Unidos entre crecientes segmentos de la población y grupos empresariales que rechazaban esa política, y enfrentaban a los “halcones-gallina” -como los denominara el inolvidable Juan Gelman- y a la mafia de Miami, especie que afortunadamente ya se bate en humillante retirada.

Enfrentaban también, hasta épocas recientes, al retrógrado establishment militar y a la “comunidad de inteligencia”, por razones que, como veremos más abajo, han perdido vigencia en la coyuntura geopolítica actual.

Además, para colmo de males, el bloqueo no sirvió, como lo reconocieran Obama y el Secretario de Estado John Kerry, y enrareció la relación de Washington con sus cada vez más díscolos vecinos del sur e, inclusive, con países europeos afectados, como recientemente ocurriera con Francia y Alemania, por las absurdas sanciones económicas de una legislación extraterritorial como la Ley Helms-Burton diseñada para perjudicar a Cuba pero que produce significativos “daños colaterales” en la economía de terceros países.

Habrá tal vez sido obra de la “astucia de la razón” invocada por Hegel, pero lo cierto es que si el bloqueo fue concebido como una forma de aislar a Cuba quien terminó aislado fue Estados Unidos, y quien tuvo que aceptar sentarse a la mesa de negociaciones fue Washington, a pesar de haber rechazado esa invitación que le formulara el gobierno cubano durante medio siglo. No es un dato menor que las encuestas de opinión pública en Estados Unidos confirmen que dos de cada tres norteamericanos están a favor del levantamiento del bloqueo y la normalización de la relaciones con la isla rebelde.

La inminente apertura de embajadas en ambos países será el primer paso para poner fin al bloqueo. Sería un ridículo mundial que Estados Unidos estableciera relaciones diplomáticas con un país, lo que supone sujetarse a lo estipulado en la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas en un marco de igualdad jurídica y respeto por la soberanía de las partes y, al mismo tiempo, mantuviera una agresiva política destinada a derrocar al gobierno con el que se está negociando la normalización de sus relaciones.

La agenda incluye numerosos ítems muy litigiosos, algunos de los cuales apenas si podemos mencionar aquí: el tema migratorio es uno de ellos, lo cual requeriría derogar la absurda legislación estadounidense en la materia. Creemos no equivocarnos si decimos que Estados Unidos es el único país del mundo que tiene no una sino dos políticas migratorias: una, exclusiva para Cuba –regida por Ley de Ajuste Cubano y la política ‘pies secos, pies mojados’ - y otra para el resto de los países.

Mediante la primera se reprime la migración legal a Estados Unidos, creando tensiones para el gobierno cubano, al paso que perversamente se estimula la migración ilegal, concediéndosele a quienes llegan a sus playas la residencia, permiso de trabajo y todas las franquicias imaginables.

La otra política se aplica a todos los países, que en el caso de los migrantes centroamericanos, mexicanos y caribeños, es de una extrema crueldad: no sólo que no se los recibe como a los cubanos sino que se los persigue como a bestias feroces -aún en el caso de los niños, como nos hemos enterado recientemente- y si llegan a entrar a Estados Unidos en cuanto se los descubre se los deporta sin más contemplaciones.

Si a lo largo de toda su historia 223 personas cayeron en su intento por cruzar el Muro de Berlín (1961-1989), en la frontera que separa México de Estados Unidos se registraron en los últimos quince años 5.600 muertes por la misma causa.

Para empeorar las cosas, el gobierno de George W. Bush puso en vigor, en el año 2006, una serie de regulaciones destinadas a fomentar la deserción de los médicos y trabajadores de la salud cubanos trabajando en el exterior, en su gran mayoría en países muy pobres y en los cuales la atención médica es un privilegio disponible para unos pocos. Pese a su calculada alevosía el plan fue un fracaso pues fue ínfimo el número de quienes cayeron en esa trampa. Casi todos los trabajadores de la salud siguieron firmes en sus puestos, fieles al noble internacionalismo de la Revolución Cubana. Todos estos asuntos que atañen a la política migratoria de Estados Unidos deberán ser sometidos a una drástica revisión en las conversaciones en curso.

Otro tema apremiante es la eliminación de Cuba de la lista de países que patrocinan al terrorismo, y que año tras año publica el Departamento de Estado. La inclusión de Cuba en esa lista es una maniobra incalificable porque ha sido un país que ha combatido como muy pocos al terrorismo y, por otra parte, uno de los que más ha sufrido a causa de ese flagelo desde los primeros días de la Revolución. Por haber ido a luchar contra esta peste en su madriguera de la Florida cinco de sus hijos purgaron largos años de injusta prisión en Estados Unidos.

No deja de ser una cruel ironía que quien elabora puntualmente esa “lista negra” sea, a juicio de algunos insignes norteamericanos como Noam Chomsky, el gobierno de un país que con el paso del tiempo se convirtió en el principal terrorista del planeta y santuario y refugio de criminales como Orlando Bosch, Luis Posada Carriles y tantos otros, apañados y protegidos por importantes figuras del establishment político norteamericano.

Mantener a Cuba en esa lista no es sólo una infamia sino además un factor que dificulta enormemente las relaciones económicas internacionales de La Habana ya que la somete a innumerables restricciones que se agregan a las originadas por el bloqueo.

Otro de los asuntos que deberá estar en la mesa de discusiones es el de los pasos a dar para comenzar a desarticular las políticas y regulaciones que configuran el bloqueo, y que la Casa Blanca tiene atribuciones que le permiten hacerlo, teniendo a la vista la derogación de la Ley Helms-Burton, votada en el Congreso en 1996.

Tal como lo ha demostrado Salim Lamrani en un artículo reciente, el presidente Obama puede tomar algunas iniciativas que, en la práctica, relajen considerablemente los efectos asfixiantes del bloqueo. Habrá que trabajar para derogar aquella ley, pero mientras tanto es mucho lo que se puede hacer [1]. Bastaría, como lo anota Lamrani, que se levante la prohibición existente para que los estadounidenses viajen a Cuba como turistas ordinarios para derramar importantes beneficios y estímulos económicos sobre grandes sectores de la población vinculada, directa o indirectamente, con el turismo.

Tan absurda es la postura actual de Washington que mientras pesa esa prohibición de viajar a Cuba cualquier ciudadano de Estados Unidos puede visitar Corea del Norte y, ni digamos, China o Vietnam sin obstáculo alguno.

Si el levantamiento de esta restricción se acompaña con una política de permitir mayores adquisiciones de productos cubanos, como tabaco y ron, por ejemplo, los efectos benignos serían mayores aún. Habrá que ver si Obama tiene las agallas necesarias para afrontar esta tarea, pero presiones internas para poner fin al bloqueo, procedentes del mundo empresarial y, sobre todo, de la “comunidad de inteligencia” y el Pentágono, no le faltarán.

Además, sería inconcebible mantener el bloqueo con un país vecino con el que se pretende normalizar las relaciones y que tiene una comunidad de inmigrantes de casi tres millones de personas concentrados en la Florida. Un mínimo de coherencia obliga a acabar con el bloqueo sin más dilaciones.

Según el muy reaccionario senador republicano Marco Rubio, Washington debería incluir en la discusión con los cubanos la compensación por las propiedades o empresas de nacionales de Estados Unidos nacionalizadas en los primeros años de la Revolución.

Si tal cosa llegar a ocurrir Cuba podría replicar exigiendo una compensación infinitamente mayor como reparación por medio siglo de ataques, agresiones, destrucción de propiedades, pérdida de vidas humanas; otro tanto por la invasión de Playa Girón y sus consecuencias; y, antes, por la ocupación y usurpación del territorio de Guantánamo, que debería ser reintegrado a la soberanía cubana una vez desahuciado el fraudulento tratado de 1903 mediante el cual una Cuba desangrada por la guerra contra España y cuya victoria le fuera arrebatada por Estados Unidos, le arrendaba en perpetuidad la zona de la Bahía de Guantánamo.

En todo caso, como se desprende de esta muy sucinta enumeración, la agenda del diálogo cubano-estadounidense promete ser muy controversial.

Al anunciar su viaje, Roberta Jacobson dijo que el día viernes desayunaría con representantes de los disidentes y los supuestos “presos políticos” cubanos luego de lo cual ofrecería una conferencia de prensa. Arduo trabajo le espera a los representantes de Cuba en la segunda ronda de conversaciones, que presumiblemente se realizaría en Estados Unidos, cuando en reciprocidad con el gesto insolente e ingerencista de Jacobson pidan desayunar también ellos con los representantes de los 474 presos políticos de los que se tiene registro en el país del norte (con exclusión de los 5 héroes cubanos recientemente liberados), amén de muchos otros que no alcanzan todavía a ser identificados como tales.

Este listado incluye a los 122 presos políticos que al día de hoy continúan aherrojados en Guantánamo violando todas las normas del debido proceso; los más de doscientos prisioneros de los pueblos originarios de Norteamérica y de los cuales jamás se habla; el caso escandaloso del patriota puertorriqueño Oscar López Rivera, recluído desde hace más de treinta años en cárceles de máxima seguridad por el crimen de luchar por la independencia de su bello país; el del soldado Bradley Manning, que hizo posible, junto a otros dos, que Washington arda en deseos de apresarlos a como dé lugar: Julian Assange y Edward Snowden, la revelación de las siniestras maquinaciones y los crímenes que perpetra el imperialismo para sojuzgar a pueblos y naciones de todo el mundo. [2]

Para concluir: las negociaciones no serán fáciles, pero nada lo es en el mundo de la política. Conviene recordar, empero, que Washington tiene más premura que La Habana para avanzar por el camino de la normalización de las relaciones, y no por razones humanitarias, altruistas o por respeto a la legalidad internacional.

En su audiencia de confirmación ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos en 2011, la señora Jacobson dijo algo cuyo profundo significado muy pocos supieron interpretar pero que ahora se torna evidente: “Las embajadas estadounidenses no son un regalo para los países. Además de las funciones consulares y otras, una embajada también puede mantener una observación cercana sobre los regímenes acusados de medidas severas contra los derechos humanos”. Jacobson expresó subliminalmente la grave preocupación de la “comunidad de inteligencia” yanki y del Pentágono por no contar con un adecuado puesto de observación en la mayor de las Antillas, con proyección sobre todo el mar Caribe. Esto, además, en momentos en que los países que en los documentos oficiales de la CIA, la NSA y el Pentágono aparecen como los enemigos a contener y de ser posible derrotar, China y Rusia, acrecentaron significativamente su presencia en Cuba y en la cuenca del Gran Caribe.

Nada mejor que una embajada para desempeñar esas “otras” funciones a las que aludía sibilinamente Jacobson y que no son otras que la recolección de inteligencia y espionaje sobre las actividades de países enemigos y el estímulo para el surgimiento de actores y fuerzas sociales que podrían convertirse en los protagonistas del tan ansiado “cambio de régimen” en Cuba, objetivo al que Washington jamás renunciará y que se estrellará, como tantas veces en el pasado, con la conciencia y la voluntad revolucionaria del pueblo cubano.

Una oportuna coincidencia subraya la importancia de esta dimensión geopolítica oculta bajo el discurso de la normalización diplomática y migratoria: un día antes de que comenzaran estas conversaciones entre Cuba y Estados Unidos atracaba en el puerto de La Habana el “Viktor Leonov”, un buque de inteligencia de la Marina de Guerra de Rusia dotado de las más perfeccionadas tecnologías de vigilancia y monitoreos electrónicos. Como decía Martí, en política lo más importante es lo que no se ve, o no se habla.

* Una versión resumida de este artículo fue publicada por el diario Página/12 en su edición del jueves 21 de Enero.



[1] Ver Salim Lamrani, ¿Obama puede poner fin a las sanciones económicas contra Cuba?, en La Pupila Insomne, https://lapupilainsomne.wordpress.com/

[2] Los datos sobre los prisioneros políticos en Estados Unidos se encuentran disponibles en http://www.contrainjerencia.com/?p=67793