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THE BEST CHRISTMAS SONGS & CAROLS INSTRUMENTAL & CLASSICAL CHRISTMAS MUSIC RELAXING FIREPLACE

00:00 Rossini – Alleluia (Kaunas Chamber Orchestra and Chorus)
01:52 Corelli – Concerto Grosso Op. 6 No. 10: VI. Minuetto (Kiev Chamber Orchestra)
03:38 Grieg – Holberg Suite Op. 40: II. Sarabande (Metamorphose String Orchestra)
07:22 Sacrament Offering (Constantin Moscovici)
11:57 Stille Nacht, Heilige Nacht (Kammerchor Cantamus Halle)
14:27 Sibelius – Andante Festivo (Metamorphose String Orchestra)
18:32 Corelli – Concerto Grosso Op. 6 No. 1: I. Largo (Kiev Chamber Orchestra)
21:27 Corelli – Concerto Grosso Op. 6 No. 10: VI. Minuetto (Kiev Chamber Orchestra)
23:14 Vaughan Williams – Alleluia (Constantin Moscovici)
26:26 Corelli – Concerto Grosso Op. 6 No. 9: I. Preludio (Kiev Chamber Orchestra)
28:34 Corelli – Concerto Grosso Op. 6 No. 9: III. Corrente (Kiev Chamber Orchestra)
30:26 Corelli – Concerto Grosso Op. 6 No. 9: IV. Gavotta (Kiev Chamber Orchestra)
31:30 Cantate Domino Canticum Novum (Kammerchor Cantamus Halle)
33:37 In Humility, Our Savior (Constantin Moscovici)
38:12 Tchaikovsky – The Nutcracker Suite: Ouverture (Donetsk Symphonic Orchestra)
41:27 Tchaikovsky – The Nutcracker Suite: March of the Toy Soldiers (Metamorphose String Orchestra)
43:56 Tchaikovsky – The Nutcracker Suite: Russian Dance (Metamorphose String Orchestra)
45:03 Rudolph the Red-Nosed Reindeer (Sarah Joy)
47:18 The First Noel (Sarah Joy, Kathy Hohstadt, Lowell Hohstadt, Tim Tyler - string quartet version arr. by Lowell Hohstadt)
50:56 Redeemer of Israel (Constantin Moscovici)
54:26 O Holy Night – Chiara Galeotti
59:44 Happy Xmas (War Is Over) – Eliza G.
1:03:31 Jesus Loves Me (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:06:02 Tu Scendi dalle Stelle (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:08:02 Schubert – Ave Maria (instrumental) – Constantin Moscovici)
1:10:09 A Christmas Lullaby – Giuseppe Sbernini
1:12:13 Stille Nacht (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:15:19 Adeste Fideles (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:17:57 Jingle Bells (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:20:29 Santa Claus Is Coming to Town (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:23:43 White Christmas (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:26:58 O Tannenbaum (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:29:48 Have Yourself a Merry Little Christmas – Eliza G.
1:33:20 All I Want for Christmas Is You – Chiara Galeotti
1:36:55 Il Natale Arriva in Città (instrumental) – Bebe
1:39:20 Bianco Natal (instrumental) – Bebe
1:41:33 Fats Waller and His Rhythm – Swinging Them Jingle Bells
1:44:30 Woody Herman and His Orchestra – Let It Snow! Let It Snow! Let It Snow!
1:47:41 Woody Herman and His Orchestra – Santa Claus Is Coming to Town
1:50:18 Dick Robertson - Meet Me Under the Mistletoe
1:53:07 Dick Robertson - I Want You for Christmas
1:56:00 Bessie Smith – At the Christmas Ball
1:59:25 Al Bowlly – Every Day’s a Holiday
2:01:57 Louis Prima and His New Orleans Gang – What Will Santa Claus Say
2:05:08 Lionel Hampton and His Orchestra – Gin for Christmas
2:07:39 Benny Goodman and His Orchestra – Jingle Bells
2:10:14 O Tannenbaum (Kammerchor Cantamus Halle)
2:11:34 Mozart – Ave Verum Corpus, K. 618 (Carlo Balzaretti)
2:13:52 Bach-Gounod – Ave Maria (Carlo Balzaretti)
2:15:35 Adeste Fideles (Saint Paul’s Philharmonic Orchestra and Chorus)

Heritage is identity, don’t steal it – Caribbean

Los prostíbulos del capitalismo

Emir Sader
www.alainet.org  / 131117

Los mal llamados paraísos fiscales funcionan como prostíbulos del capitalismo. Se hacen allí los negocios turbios, que no pueden ser confesados públicamente, pero que son indispensables para el funcionamiento del sistema. Como los prostíbulos en la sociedad tradicional.

A medida que se acumulan las denuncias y las listas de los personajes y empresas que tienen cuentas en esos lugares, nos damos cuenta del papel central y no solo marginal que ellos tienen en la economía mundial. “No se trata de ‘islas’ en el sentido económico, sino de una red sistémica de territorios que escapan a las jurisdicciones nacionales, permitiendo que el conjunto de los grandes flujos financieros mundiales rehúya de sus obligaciones fiscales, escondiendo los orígenes de los recursos o enmascarando su destino.” (A era do capital improdutivo, Ladislau Dowbor, Ed. Autonomia Literaria, Sao Paulo, 2017, pag 83)

Todos los grandes grupos financieros mundiales y los más grandes grupos económicos en general tienen hoy filiales o incluso matrices en paraísos fiscales. Esa extraterritorialidad (offshore) cubre prácticamente todas las actividades económicas de los gigantes corporativos, constituyendo una amplia cámara mundial de compensaciones, donde los distintos flujos financieros ingresan a la zona del secreto, del impuesto cero o algo equivalente, y de libertad relativamente a cualquier control efectivo.

En los paraísos fiscales, los recursos son reconvertidos en usos diversos, repasados a empresas con nombres y nacionalidades distintas, lavadas y formalmente limpias. No es que todo se vuelva secreto, sino que con la fragmentación del flujo financiero el conjunto del sistema lo vuelve opaco.

Hay iniciativas para controlar relativamente a ese flujo monstruoso de recursos, pero el sistema financiero es global, mientras las leyes son nacionales y no hay un sistema de gobierno mundial. Asimismo, se puede ganar más aplicando en productos financieros y, encima, sin pagar impuestos, es un negocio redondo.

“El sistema offshore creció con metástasis en todo el globo, y surgió un poderoso ejército de abogados, contadores y banqueros para hacer funcionar el sistema… En realidad, el sistema raramente agrega algún valor. Al contrario, está redistribuyendo la riqueza hacia arriba y los riesgos hacia abajo y generando una nueva estufa global para el crimen.” (Treasured Islands: Uncovering the Damage of Offshore Banking and Tax Havens, Shaxon, Nicholas. St. Martin’s Press, Nova York, 2011.

El tema de los impuestos es central. Las ganancias son offshore, donde escapan de los impuestos, pero los costos, el pago de los intereses, son offshore, donde son deducidos los impuestos.

La mayor parte de las actividades es legal. No es ilegal tener una cuenta en las Islas Caimán. “La gran corrupción genera sus propia legalidad, que pasa por la apropiación de la política, proceso que Shaxson llama de ‘captura del Estado’” (Dowbor, pag. 86).

Se trata de una corrupción sistémica. La corrupción involucra a especialistas que abusan del bien común, en secreto y con impunidad, minando las reglas y los sistemas que promueven el interés público, en secreto y con impunidad, y minando nuestra confianza en las reglas y sistemas existentes, intensificando la pobreza y la desigualdad.

“La base de la ley de las corporaciones y de las sociedades anónimas, es que el anonimato de la propiedad y el derecho a ser tratadas como personas jurídicas, pudiendo declarar su sede legal donde quieran e independiente del lugar efectivo de sus actividades, tendría como contrapeso la trasparencia de las cuentas” (Dowbor, pag. 86) Las propinas contaminan y corrompen a los gobiernos, y los paraísos fiscales corrompen al sistema financiero global. Se ha creado un sistema que vuelve inviable cualquier control jurídico y penal de la criminalidad bancaria. Las corporaciones constituyen un sistema judicial paralelo que les permite incluso procesar a los Estados, a partir de su propio aparato jurídico.

The Economist calcula que en los paraísos fiscales se encuentran 20 trillones de dólares, ubicando a las principales plazas financieras que dirigen estos recursos en el estado norteamericano de Delaware y en Londres. Las islas sirven así como localización legal y de protección en términos de jurisdicción, fiscalidad e información, pero la gestión es realizada por los grandes bancos. Se trata de un gigantesco drenaje que permite que los ciclos financieros queden resguardados de las informaciones.  

- Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).
  


Un estudio sobre la duplicidad británica


Cien años han pasado desde que este documento cambió el curso de la historia y sin embargo, Gran Bretaña sigue sin admitir la negación de Israel del derecho palestino a la autodeterminación nacional ni su propia complicidad.

La Declaración Balfour, emitida el 2 de noviembre de 1917, fue un breve documento que cambió el curso de la historia. En ella el gobierno británico se comprometía a apoyar el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo judío en Palestina siempre que no se hiciera nada “para perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina”.

En aquel momento los judíos constituían el 10% de la población de Palestina: 60.000 judíos y poco más de 600.000 árabes. No obstante, Gran Bretaña decidió reconocer el derecho a la autodeterminación nacional de la pequeña minoría y negárselo rotundamente a la mayoría indiscutible. En palabras del escritor judío Arthur Koestler: aquí hubo una nación que prometió a otra nación la tierra de una tercera nación.

Algunos informes coetáneos presentaron la Declaración Balfour como un gesto desinteresado e incluso como un noble proyecto cristiano para ayudar a que un pueblo antiguo reconstruyese su vida nacional en su patria ancestral. Tales argumentos emanaban del romanticismo bíblico de algunos funcionarios británicos y de sus simpatías hacia los judíos ante la difícil situación que afrontaban en Europa oriental.

Los estudios posteriores establecen que el principal motivo para emitir la declaración fue el frío cálculo de los intereses imperiales británicos. Se creyó, erróneamente, que una alianza con el movimiento sionista en Palestina serviría mejor a los intereses de Gran Bretaña.

Palestina controlaba las líneas de comunicaciones del Imperio Británico al Lejano Oriente. Francia, el principal aliado de Gran Bretaña en la guerra contra Alemania, también era un rival influyente en Palestina. Bajo el acuerdo secreto de Sykes-Picot de 1916, los dos países habían dividido Oriente Próximo en zonas de influencia pero acordando una administración internacional para Palestina. Al ayudar a los sionistas a apoderarse de Palestina, los británicos esperaban asegurar su presencia dominante en la zona y excluir a los franceses. Los franceses llamaron a los británicos “Pérfida Albión”. La Declaración Balfour constituyó un ejemplo primordial de esa traición permanente.

Las principales víctimas de Balfour

Sin embargo, las principales víctimas de la Declaración Balfour no fueron los franceses sino los árabes de Palestina. La declaración fue un típico documento colonial europeo improvisado por un pequeño grupo de hombres con una mentalidad absolutamente colonial. Se formuló con un desprecio absoluto hacia los derechos políticos de la mayoría de la población indígena.

El secretario de Asuntos Exteriores, Arthur Balfour, no hizo ningún esfuerzo por disimular su desprecio hacia los árabes. En 1922 escribía:

El sionismo, sea correcto o incorrecto, bueno o malo, está arraigado en tradiciones milenarias, en necesidades actuales y en futuras esperanzas de trascendencia mucho más profunda que los deseos y prejuicios de los 700.000 árabes que ahora habitan esa tierra antigua. Difícilmente podría hallarse un ejemplo más sorprendente de lo que Edward Said llamó “la epistemología moral del imperialismo”.

Balfour no era más que un lánguido aristócrata inglés. La verdadera fuerza motriz de la declaración no fue Balfour sino David Lloyd George, el exaltado radical galés que dirigía el gobierno (1916-1922). En política exterior, Lloyd George era un imperialista británico pasado de moda y un acaparador de territorios. Sin embargo, su apoyo al sionismo no se fundamentaba en un análisis sólido de los intereses británicos sino en la ignorancia: admiraba a los judíos pero también los temía, y no comprendió que los sionistas eran una minoría dentro de una minoría.

Al alinear a Gran Bretaña con el movimiento sionista Lloyd George actuó desde la perspectiva errónea –y antisemita– según la cual los judíos eran extraordinariamente influyentes y hacían girar las ruedas de la historia. En realidad, el pueblo judío estaba indefenso y sin otra influencia que no fuera la del mito del poder clandestino.

En resumen, el apoyo británico al sionismo durante la guerra estaba enraizado en una arrogante actitud colonial hacia los árabes y en una concepción equivocada sobre el poder internacional de los judíos.

Una doble obligación

Gran Bretaña agravó su primer error al incluir los términos de la Declaración Balfour en el Mandato de la Liga de Naciones para Palestina. Lo que había sido una mera promesa de una gran potencia a un aliado menor se convirtió en un instrumento internacional jurídicamente vinculante.
Para ser más precisos, Gran Bretaña en tanto que potencia mandataria, asumió una doble obligación: ayudar a los judíos a construir un hogar nacional en toda la Palestina del Mandato y, al mismo tiempo, proteger los derechos civiles y religiosos de los árabes. Gran Bretaña cumplió la primera obligación pero rechazó honrar lo irrisorio de esa segunda parte.

Que Gran Bretaña fue culpable de duplicidad y de dobles tratos es incuestionable. Por lo tanto, la verdadera pregunta es: ¿consiguió Gran Bretaña alguna recompensa concreta con esa política inmoral? Mi respuesta a esa pregunta es que no.

La Declaración Balfour fue un pesado fardo para Gran Bretaña desde el comienzo del Mandato hasta que alcanzó su infame final en mayo de 1948.

Los sionistas se quejaron de que todo lo que Gran Bretaña hizo por ellos en el período de entreguerras no estuvo a la altura de lo prometido inicialmente. Argumentaron que la declaración implicaba el apoyo a un Estado judío independiente; los funcionarios británicos replicaron que solo habían prometido un hogar nacional, que no es lo mismo que un Estado. Entretanto, lo que Gran Bretaña provocó fue el resentimiento no solo de los palestinos sino de millones de árabes y musulmanes de todo el mundo.

En su obra clásica Britain's Moment in the Middle East [El momento de Gran Bretaña en Oriente Próximo], Elizabeth Monroe ofrece un juicio equilibrado sobre este episodio. “Calculada únicamente por los intereses británicos”, escribe Monroe, “[la Declaración Balfour] constituye uno de los mayores errores en nuestra historia imperial”.
En retrospectiva, la Declaración Balfour parecería un error estratégico colosal. El resultado final fue que permitió que los sionistas tomaran el poder en Palestina, una toma de poder que se ha mantenido hasta nuestros días en forma de expansión de asentamientos ilegales pero incesantes en Cisjordania y a expensas de los palestinos.

Mentalidad arraigada

Ante esta conmemoración histórica, uno podría esperar que los dirigentes británicos agachasen con vergüenza la cabeza y rechazaran este tóxico legado de su pasado colonialista. Pero los últimos tres primeros ministros británicos de los dos principales partidos políticos, Tony Blair, Gordon Brown y David Cameron, han mostrado un firme apoyo a Israel y una absoluta indiferencia hacia los derechos de los palestinos.

Theresa May, la actual primera ministra, es una de las dirigentes más pro-israelíes de Europa. En un discurso pronunciado en diciembre de 2016 ante los Amigos Conservadores de Israel, que incluye a más del 80% de los diputados tories y a todo el gabinete, elogió a Israel como “un país extraordinario” y “un faro de tolerancia”. Echando sal en las heridas palestinas, calificó la Declaración Balfour como “una de las más importantes de la historia” y prometió celebrarla en el aniversario.

Una petición firmada por 13.637 personas, incluido quien esto escribe, ha solicitado al gobierno que pida disculpas por la Declaración Balfour. El gobierno ha respondido en los siguientes términos:

La Declaración Balfour es una declaración histórica por la que el Gobierno de Su Majestad no tiene intención de disculparse. Estamos orgullosos de nuestro papel en la creación del Estado de Israel.

La declaración se escribió en un mundo de potencias imperiales rivales, en medio de la Primera Guerra Mundial y en el ocaso del Imperio Otomano. En ese contexto, establecer una patria para el pueblo judío en la tierra en la que tenían vínculos históricos y religiosos tan fuertes fue lo correcto y moral, especialmente ante el trasfondo de siglos de persecución.

Mucho ha sucedido desde 1917. Reconocemos que la declaración debería haber exigido la protección de los derechos políticos de las comunidades no judías en Palestina, en particular su derecho a la autodeterminación. Sin embargo, lo importante ahora es mirar hacia adelante y establecer la seguridad y la justicia tanto para los israelíes como para los palestinos a través de una paz duradera.

Aunque haya pasado un siglo parece que la mentalidad colonial sigue profundamente arraigada en la elite política británica. Los líderes británicos contemporáneos, como sus predecesores de la Primera Guerra Mundial, todavía se refieren a los árabes como “las comunidades no judías en Palestina”.

Es cierto que el gobierno reconoce que la declaración debería haber protegido los derechos políticos de los árabes de Palestina. Pero no admite la obstinada negación de Israel al derecho a la autodeterminación nacional del pueblo palestino, ni la propia complicidad de Gran Bretaña en esta negación permanente. Los gobernantes de Gran Bretaña, al igual que los reyes Borbones de Francia, no han aprendido nada en los 100 años transcurridos.

Avi Shlaim es profesor emérito de Relaciones Internacionales en la Universidad de Oxford y autor de The Iron Wall: Israel and the Arab World (2014) y Palestine: Reappraisals, Revisions, Refutations (2009).



Cuando los obispos mexicanos engañaron al Papa


En el México de 1926, en los días previos al estallido de la Cristiada, la diplomacia hacía grandes esfuerzos para evitar el conflicto armado que se avizoraba. Cartas y telegramas iban y venían entre la Ciudad de México y el Vaticano… hasta que empezó la guerra. En 2006 los archivos de la Iglesia se abrieron y permitieron conocer muchos de esos documentos. El historiador milanés Paolo Valvo se dedicó a estudiarlos y ofrece ahora su análisis en un libro de reciente aparición, donde se desliza la idea de que la Guerra Cristera se precipitó debido a la labor de un grupo de obispos que hicieron de la intransigencia su bandera.


En julio de 1926 los obispos mexicanos decidieron suspender el culto público en México, una decisión sin precedente que antecedió a la Cristiada, la guerra religiosa que desangró a México hasta 1929. Pío XI los apoyó. Tal ha sido el relato predominante de aquellos hechos.
No obstante, una investigación a partir de documentos desclasificados del Vaticano aporta ahora una nueva reconstrucción histórica. Según ésta, el entonces pontífice fue “engañado” por una minoría organizada de sacerdotes intransigentes.

“Pío XI fue convencido de que la mayoría de los obispos mexicanos estaban a favor de suspender el culto religioso en el país. En realidad, como han revelado las cartas en los archivos romanos, esa decisión fue de una minoría de obispos intransigentes, ligados a un grupo de jesuitas de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa”, cuenta Paolo Valvo, profesor de la Universidad Católica de Milán y autor de la investigación.

Valvo, quien trabajó siete años para reconstruir lo sucedido, ha reunido la información de documentos, cartas, apuntes y telegramas que contienen estas revelaciones en Pío XI y la Cristiada, libro de 540 páginas publicado recientemente en Italia y que ya ha recibido propuestas para editarse en español. Y es que Valvo ha tenido acceso a fuentes de las que no disponían hasta hace poco los historiadores: los Archivos Vaticanos relativos al pontificado de Pío XI (1922-1939), desclasificados en septiembre de 2006.

El relato que surge habla de una secuencia de eventos que dan otra versión respecto a las ya existentes en los archivos mexicanos y estadunidenses sobre esos convulsos días.

La Liga

En los documentos desclasificados aparece un grupo de jesuitas de la Liga –Alfredo Méndez Medina, Mariano Cuevas, Rafael Martínez del Campo y Carlos Heredia, son algunos de ellos– que llevó adelante la propuesta de la suspensión del culto hasta influir en la reunión de los obispos mexicanos que antecedió a la toma de postura de Pío XI.
Una maniobra que cuajó primero a través de un cuestionario, entregado por Méndez Medina en junio de 1926 a los obispos mexicanos y que presentaba la intransigencia como la única vía posible, como forma de protesta por la reforma anticlerical del presidente Plutarco Elías Calles, afirma Valvo.

“Los archivos han arrojado una versión distinta a la conocida hasta ahora de la re­unión del Comité Episcopal del 10 de julio de 1926 en la que los obispos mexicanos se habrían pronunciado a favor de la suspensión del culto. Lo que se desconocía es que en aquel encuentro s­e enfrentaron una mayoría más moderada, pero desorganizada y poco firme, a una minoría de radicales que finalmente logró hacer prevalecer su postura.

“Este bando era liderado en particular por Pascual Díaz y Barreto y José Mora y del Río, el secretario y el presidente del Comité”, dice el investigador italiano, cuyos estudios han sido incluso acreditados por Jean Meyer, uno de los mayores historiadores de la Guerra Cristera.

“De esta manera, la postura intransigente fue finalmente plasmada en un telegrama, que el 18 de julio de 1926 fue trasmitido (al Vaticano) desde Cuba, isla a la que había viajado Manuel de la Peza, un miembro de la Liga. ¿Por qué desde Cuba? Hay una razón formal: allí residía el delegado apostólico (el maltés George Caruana) desde su expulsión el 10 de mayo de México; y otra más política: la delegación apostólica en México seguía abierta y su secretario era monseñor Tito Crespi, quien tenía una opinión crítica de los radicales”, añade el investigador.

“Tanto es así que Crespi intenta avisar al secretario de la delegación de Cuba, Liberato Tosti, y al Vaticano, de lo que está ocurriendo en México, y recomienda tomar tiempo antes de responder al Comité Episcopal. No obstante, Crespi no logra sus propósitos. En parte porque trasmite un mensaje poco claro a Tosti, y en parte porque ya no poseía el cifrado para comunicarse con el Vaticano y, por tanto, debe recurrir a un diplomático de la embajada francesa llamado Ernest Lagarde”, añade Valvo.

“Es difícil saber qué pensó Tosti y si no entendió el mensaje de Crespi. Probablemente influyó que De la Peza traía consigo varias cartas, incluso para el arzobispo de Cuba, en apoyo a la postura intransigente. Y que, además, en esos días Caruana se encontraba en Estados Unidos”, añade.

En tanto, el 15 de julio el obispo Rafael Guízar y Valencia –declarado santo en 2006 por Benedicto XVI– envió otro telegrama al Vaticano, en el que “humildemente” opina que “la suspensión cultos en toda República es sumamente perjudicial”. Este mensaje, como otros más, cayó en el vacío.

Malentendido 

Con base en la documentación que consultó, Valvo explica que la decisión de suspender el culto fue producto de una secuencia de equivocaciones. Así, mientras Tosti está el 18 de julio en Cuba enviando el telegrama que contiene la postura intransigente, en Roma ya se están reuniendo los miembros de la Comisión de Asuntos Extraordinarios del Vaticano, que en ese momento presumiblemente desconocen el contenido de esa nota.

“En estas circunstancias, se abren los trabajos de la reunión de la Comisión de Asuntos Extraordinarios. El tema del debate es cuál debe ser la postura del Vaticano sobre lo que ocurre en México. Se enfrentan dos posiciones. Una, la más pragmática, es la del cardenal secretario de Estado, Pietro Gasparri, que defiende la moderación. “La otra es de Tommaso Pío Boggiani, una voz influyente por su pasado como delegado apostólico en México desde 1912 hasta 1914”, cuenta Valvo, al subrayar que se desconoce si Boggiani había entrado en contacto con los intransigentes, aunque es un hecho que ambas posturas coinciden.

“A falta de un consenso, la Comisión acaba sin un acuerdo y se decide entregar al Papa únicamente el resumen de la discusión, sin dar una indicación precisa. Todo ello mientras en Roma se encuentra en esos días Vicente Castellanos Núñez, obispo de Tulancingo, quien había recibido instrucciones de los intransigentes”, cuenta el historiador. El papel de este obispo no es secundario. “Castellanos Núñez, quien en la mañana del 21 de julio se reúne con Pío XI, había sido contactado a comienzos de julio por Díaz y Barreto, a través de una carta en la que se defendían las razones de la intransigencia y se pedía hacer llegar esa argumentación al Papa.

“Su influencia fue decisiva para que el Papa apoyara la posición de los intransigentes, como también atestigua otra carta de 1937, escrita por el jesuita Rafael Martínez del Campo”, relata Valvo.

“Tanto es así que cuando Pío XI se da cuenta de las maniobras de los intransigentes, a finales de 1927, toma la decisión de que los tres obispos enviados a Roma por el Comité Episcopal –José María González Valencia, obispo de Durango; Emeterio Valverde Téllez, de León; y Jenaro Méndez del Río, de Tehuantepec– se vayan de la ciudad.

“El Papa asume esta postura convencido de que lo estaban usando para acreditar una posición en favor de la lucha armada sobre la que el Papa había evitado pronunciarse”, afirma el historiador. “Y la posición de Pío XI en relación con el enfrentamiento armado fue compleja, ni de apoyo ni de rechazo”, añade.

No obstante, el daño ya ha sido hecho. “La respuesta de Pío XI, transmitida a México el 21 de julio de 1926 y muy general sobre qué piensa el Vaticano sobre lo que ocurre en México, es interpretada como un sostén a la suspensión del culto. Y ello, a pesar de que en el telegrama vaticano no aparecen siquiera las palabras ‘suspensión del culto’”, argumenta Valvo.

Poco después, empiezan los primeros enfrentamientos.

El telegrama

Otro traspié se verifica en la vigilia de Los Arreglos, el pacto entre el gobierno de México y la jerarquía de la Iglesia católica con que terminó La Cristiada, el 21 de junio de 1929, tras miles de muertos en los combates y una serie de intentos fallidos de negociación en los que se involucró también el Vaticano.

El episodio en cuestión remite a un misterioso caso de una mala interpretación de un telegrama enviado por el Vaticano pocas horas antes de que se firmaran Los Arreglos, en respuesta al borrador transmitido anteriormente por los obispos mexicanos del acuerdo alcanzado con el gobierno interino de Emilio Portes Gil.

Se trata de un telegrama que, como han revelado ahora los papeles conservados en el Vaticano, es enviado el 20 de junio de ese año por el cardenal Gasparri a los obispos mexicanos. En el mismo, se busca reafirmar que Pío XI no está satisfecho con el pacto.

“Durante la transmisión del telegrama, traducido al español y enviado a través de la embajada chilena de la Santa Sede, con toda probabilidad, se produjo un error, de tal manera que la frase redactada en el Vaticano de que ‘Su Santidad está deseoso de llegar a un acuerdo pacífico y justo’ llega a México como ‘Su Santidad está deseoso de llegar a un acuerdo pacífico y laico’”, cuenta Valvo.

“No sabemos exactamente qué pasó, si fue un error de traducción, o alguien intencionalmente cambió la palabra ‘justo’ por ‘laico’. (…) Lo que es seguro es que nadie en la Santa Sede escribió la palabra ‘laico’”, señala el historiador.

Ante esa situación, Leopoldo Ruiz y Flores, encargado de la comunicación, se queda tan asombrado que envía otro telegrama al Vaticano, en el que pide que le aclaren el significado del término.

“Ruiz y Flores escribe: ‘Explíqueme significado de la última palabra punto primero’. Gasparri, que desconoce que Ruiz y Flores está preguntando qué significa el término ‘laico’ y cree que se refiere a la palabra ‘justo’, responde: ‘Primer punto: la última palabra significa con justicia’. Eso fue lo que hizo que Ruiz y Flores presentase esa respuesta, forzando la interpretación del contenido del telegrama inicial, y probablemente con el objetivo de poner inmediatamente fin a las luchas, como la prueba de que la Santa Sede aceptaba un arreglo dentro del marco constitucional vigente en México”, relata Valvo.

El episodio, en efecto, culmina con la firma de Los Arreglos, un acto que despoja a la lucha armada de los cristeros de su legitimación, después de una negociación en la que Pío XI varias veces se había pronunciado contrario a un acuerdo que no incluyera la modificación de las normas constitucionales hostiles a la Iglesia católica.

Una prueba de ello está también en lo que revelan los papeles vaticanos sobre la opinión de Pío XI acerca de Dwight Morrow, un exbanquero de J. P. Morgan enviado a México como embajador con la misión de contribuir a la estabilización del país. “Es cierto que Pío XI lo veía como un hombre de buena voluntad, pero su actuación como pacificador nunca llegó a convencer completamente al Papa. Lo creía demasiado ‘norteamericano’ y ‘pragmático’, y no le satisfacía su mediación por la ausencia de un compromiso claro a modificar las normas constitucionales de Calles”, comenta Valvo.

“En estas circunstancias, Pío XI entró en las negociaciones, a la par de que se estableció un equipo que incluía al jesuita estadunidense Edmond Walsh, amigo íntimo del Papa, y Miguel Cruchaga Tocornal, el exembajador de Chile en Estados Unidos. Este nuevo equipo aparece en la documentación vaticana a partir de junio de 1928”, afirma Valvo. “Es un paso clave, pues aunque no consigue lo deseado por el Papa, Walsh logra que Pío XI tenga una posición más abierta para encontrar una solución”, añade.

Con ello, pasarían 25 años para que México y el Vaticano restablecieran, en 1992, relaciones diplomáticas, después de la reforma del artículo 130 de la Constitución mexicana y la entrada en vigor de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público ese mismo año.