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La educación popular

Paco Moreno

Panamá

Cada mañana mientras desayuno me habitué a escuchar cierta emisora de radio que trasmite información veraz, comentarios acertados y entrevistas importantes. Esa misma emisora de 4 a 5 de la madrugada y de 9 a 10 de la noche transmite un programa donde un hombre y una mujer que hablan con acento colombiano dicen llamarse “misioneros espirituales” y embaucan a las almas cándidas diciendo que si los visitan y les compran por 35 dólares una “alianza espiritual” van a “limpiarlos” de todos los “trabajos” (maleficios) que les han hecho, decirles cómo ganar la lotería y otras cosas que, a pesar de lo evidente del engaño, tienen numerosa clientela, según la cantidad de llamadas que reciben.

Si los espacios concedidos a un par de timadores los ocupara, por ejemplo, un médico aconsejando cómo defendernos del virus Corona, estoy seguro que no tendría tantos oyentes. A esa emisora, tan valiosa por sus noticias y comentarios, no le importa desprestigiarse permitiendo que un par de “brujos” embrutezcan a sus oyentes.  

Las publicaciones sensacionalistas de los periódicos, las telenovelas, los programas de entretenimiento, lo que la gente publica en las redes sociales y los casos como el que acabo de referir dan una idea de la falta de educación de una población que se deja engatusar tan fácilmente.

La gente pensante acusa a los medios de ofrecer material divulgativo pernicioso, pero, como dice el refrán, una cosa piensa el burro y otra quien lo enjalma: Los dueños de los medios de comunicación saben que ningún cliente va a pagar por ver sus productos anunciados en una página de literatura, un documental de museos o un programa de música clásica y que ellos no trabajan por amor al arte, sino por amor al billete. Es entendible. 

Para los medios no es rentable educar al público inculto, que es mayoría, y le dan lo que le gusta y es rentable; no es la miel para la boca del asno.

El único Alejandro Magno capaz de resolver ese nudo gordiano sería el ministerio de Cultura subvencionando a los medios de comunicación para que divulguen temas sustanciosos en vez de los bodrios que nos endilgan. Pero el presupuesto nacional está en manos de políticos que no invierten nuestro dinero en cultura porque eso no produce votos cuando el electorado es ignorante, así es que seguirán las cosas como están.

La trampa del capitalismo verde

 Ernesto H. Vidal

publico.es / 24/07/2020

Marco Licinio Craso era el hombre más rico de la antigua Roma. Tal era su fortuna que, tras morir combatiendo en Asia Menor, entre los ciudadanos de la República se corrió el rumor de que sus enemigos lo habían matado haciéndole tragar oro fundido para saciar su sed de riqueza. En vida, Craso había utilizado su poder e influencia para acrecentar obscenamente su patrimonio.

Una de las maneras fue crear el primer cuerpo de bomberos de la historia, aprovechando que los incendios eran frecuentes entre los edificios de la capital. Pero este cuerpo de bomberos distaba mucho del concepto que tenemos hoy. Cuando se declaraba un incendio, los efectivos se desplazaban al lugar del siniestro y exigían al propietario del inmueble que se lo vendiera a Craso por un precio ridículo si quería que apagaran las llamas. Cuanto más avanzaba el fuego, más bajaba el precio.

Han pasado más de 2000 años y lo que está ardiendo esta vez es el planeta entero. Las primeras décadas del siglo XXI han sido testigos de la práctica desaparición del casquete polar Ártico y de cómo, año tras año, se baten todos los récords de temperaturas extremas. Como los bomberos de Craso, un grupo de compañías promete ahora arreglar el desastre, eso sí, previo pago. Pero a diferencia de los hombres de Craso, quienes ahora alargan la mano a cambio de apagar las llamas son los mismos que han provocado el incendio.

Durante décadas, las grandes corporaciones energéticas negaron que el cambio climático antropogénico fuese una realidad. Para ello no dudaron en gastar miles de millones en sobornar, perdón, hacer lobbying, a políticos para impedir regulaciones medioambientales, sabotear cualquier avance que amenazara su hegemonía en el sector y utilizar los medios de comunicación de su propiedad para sembrar la duda y la desconfianza.

Pero hoy, metidos hasta la barbilla en una crisis climática sin precedentes, la realidad del calentamiento global es innegable para todos salvo para los más fanáticos. Y con la opinión pública finalmente concienciada de la magnitud del problema, buena parte de esas mismas compañías que durante décadas lo negaron o minimizaron ahora se revisten de una pátina de ecologismo y adoptan el discurso de la “responsabilidad compartida”, en la que todos tenemos que aportar nuestro granito de arena. Y cuando dicen “todos” se refieren, claro, a los ciudadanos en forma de subvenciones públicas para que sus empresas rebajen los niveles de emisiones.

Hay un punto ya no cínico, sino plenamente obsceno en el discurso de la “responsabilidad compartida”. Nadie puede negar que nuestros hábitos de vida provocan emisiones de gases de efecto invernadero y que podemos y debemos hacer todo lo posible por nuestra parte para reducir nuestro impacto ecológico. Pero es igualmente innegable que las grandes corporaciones energéticas y los individuos más acaudalados han sido y son los principales culpables de la crisis. Sólo 100 compañías son responsables del 70% de las emisiones, y el 10% de los hogares con mayores ingresos generan varias veces más emisiones per cápita que el 50% de los hogares con menores ingresos.

Pero el discurso ha empezado a calar entre la población, y vemos cómo, por ejemplo, los países europeos aumentan los impuestos a los conductores de vehículos diesel, al tiempo que subvencionan con miles de millones de euros de dinero público a las empresas que los fabrican. Vemos cómo, mientras que los hogares europeos son responsables del 25% de todas las emisiones (y aquí está incluida la energía que utilizan), pagan el 49% del total de los impuestos medioambientales.

Esto no es responsabilidad compartida, es entrar en un restaurante y que uno pida bogavante para comer y otro un café con leche y pretender que se pague la factura a medias. Una cosa es tomar conciencia y responsabilizarse del impacto que tienen nuestras acciones y nuestro estilo de vida sobre el ecosistema, y otra muy diferente pagar por los excesos de quien, pudiendo haber evitado el desastre, no quiso hacerlo.

Fuente: Oxfam

Los apologistas del capitalismo, como zelotes fundamentalistas, aseguran que sólo el libre mercado puede dar solución a todos los problemas, incluido este. Pero lo cierto es que las corporaciones energéticas conocían la magnitud de la tragedia que se avecinaba desde los años 80, y no hicieron nada. Ninguna mano invisible bajó del cielo para hacer que las compañías empezaran a recortar sus emisiones y a realizar la transición hacia fuentes de energía renovables y no contaminantes. Muy al contrario, pisaron el pedal de la polución a fondo. Desde que se creó el Protocolo de Kyoto, allá por 1992, se han generado más del 50% de todas las emisiones antropogénicas de CO2 de la historia. Si en 1987 el 81% de toda la energía del mundo provenía de los combustibles fósiles, treinta años después ese porcentaje es… el 81%. En ese lapso de tiempo, las cuatro mayores compañías energéticas amasaron unos beneficios de 2 mil millones de millones de dólares. Y ahora se aprestan a exigir subvenciones a cambio de transformar su modelo energético. No sólo eso, algunas presumen de ello mientras afean al ciudadano de a pie sus hábitos de consumo.

El coste que supondría acabar con la mayoría de emisiones de gases de efecto invernadero es alto. Se estima que pasar a un modelo energético en el que las energías renovables proveyeran el 80% de la energía costaría unos 15 billones de dólares. En total, la factura resultante de reducir las emisiones netas a cero podría ascender hasta los 50 billones de dólares, según un estudio de Morgan Stanley.

Puede parecer una suma extraordinaria, pero palidece ante la cifra de lo que supondría no hacerlo. De acuerdo con un estudio publicado en la revista Nature, reducir las emisiones hasta alcanzar el objetivo de los Acuerdos de París de mantener la temperatura a 1,5-2º C por encima de niveles preindustriales tendría un coste económico de aquí hasta 2100 de más de 600 billones de dólares, pero no hacer nada (bussiness as usual) supondrá un montante que ascendería hasta los 2.197 billones. Para que se hagan una idea, el PIB mundial es de algo más de 87 billones.

La pregunta que toca hacerse ahora no es si hay que pagar esa cifra por arreglar el entuerto, sino quién debe hacerlo. Las grandes corporaciones no dudarán en usar su influencia para presentarse ante el mundo como la única tabla de salvación ante la catástrofe, hablándonos de cómo sólo el sector privado está capacitado para emprender la ardua tarea de la transición energética. Eso sí, utilizando el discurso de la “responsabilidad compartida” para que los estados les rieguen con dinero en forma de subvenciones públicas, y encima les tendremos que dar las gracias por salvar el planeta. Es insultante.

Quienes se hicieron de oro destruyendo el planeta son quienes deben pagar la factura por arreglar lo que todavía se pueda arreglar. Y sí, tienen el dinero para hacerlo. Según el informe de Riqueza Global de Credit Suisse, el 0.6% más rico de todo el planeta acumula el 45% de toda la riqueza. Casi 160 billones de dólares. Más que de sobra para lograr los objetivos propuestos sin dejar de ser los más ricos. Y si no quieren quizá sea hora de que los estados tomen de una vez por todas las riendas y nacionalicen las empresas contaminantes, obliguen a quienes más tienen a pagar sus impuestos y creen una alternativa a ese capitalismo salvaje que amenaza ya no nuestro estilo de vida, sino nuestra mismísima existencia. Es cuestión de vida o muerte, literalmente.

Me gustaría ser optimista. Quiero creer que tal alternativa es posible. Pero mucho me temo que volveremos a caer en la enésima trampa de un capitalismo vestido de verde, pero con el corazón oscuro como el carbón.

La pandemia nos recuerda nuestra interdependencia con Nicaragua

Carlos Sandoval García / Karina Fonseca Vindas

Envio.org.ni / julio 2020

Con la pandemia ha cobrado fuerza la xenofobia. Sin embargo, la responsabilidad por la propagación del virus no debe pesar sobre las espaldas de los nicaragüenses que viven y trabajan entre nosotros. Los responsables van desde un Ortega inoperante hasta los empresarios de agronegocios en Costa Rica. Hoy más que nunca es tiempo de reconocer que la sociedad costarricense y la nicaragüense son profundamente interdependientes. Por la historia y la geografía. Y también por la demografía, la economía y la cultura.

La investigación y el debate sobre las migraciones internacionales se interesan más en la migración sur-norte que en la migración sur-sur, más todavía si las personas migrantes llegan a Estados Unidos y a la Unión Europea. Sin embargo, las migraciones en el sur global son casi el 45% de toda la migración internacional y en esas rutas las personas son más vulnerables y corren mayores riesgos.

Costa Rica es uno de los destinos más frecuentes en la migración sur-sur en América Latina, sólo superado por los países a donde llegan masivos contingentes de personas venezolanas, colombianas y haitianas. Las personas nicaragüenses tienen un lugar central en la realidad y en el imaginario de la sociedad costarricense. Hoy, en tiempos de pandemia, la relación histórica entre dos países que comparten más de 300 kilómetros de frontera tiene nuevos matices.

NICARAGÜENSES PRESENTES

De acuerdo con el censo de 2011, la población inmigrante en Costa Rica representa un 9% del total de la población total de nuestro país. Un 76.4% de la población inmigrante nació en Nicaragua. Se concentra en la zona norte, frontera con Nicaragua, y en áreas centrales del país. La mayoría tiene entre 15-49 años, por tanto, en edad de trabajar. Hay sectores de la economía costarricense, como la agricultura de exportación, la construcción, la seguridad y el trabajo doméstico, que dependen en gran medida de hombres y mujeres nicaragüenses.

MILES DE SOLICITUDES DE REFUGIO

La crisis política, económica y social desencadenada en Nicaragua a partir de abril de 2018 ha forzado a miles de nicaragüenses a dejar su país. La mayoría de estos exiliados llegó a Costa Rica. Desde ese abril y hasta febrero de 2020 se registraron en nuestro país y ante la Dirección General de Migración y Extranjería, 74,056 solicitudes de refugio, lo que ha significado un enorme desafío para la institucionalidad tica y para todas las organizaciones y organismos responsables de atender a estas personas.

Las cifras exactas son difíciles de estimar. No todas las personas solicitantes de refugio en la coyuntura de la represión orteguista ingresaron al país recientemente. Las hay que ya estaban en Costa Rica, pero durante años no habían logrado acceder a alguna modalidad de regularización. También están las que no salieron de Nicaragua por la crisis política.

Lo que sí es indiscutible es que, después de abril de 2018, la sociedad y el Estado nicaragüense ya no son los de antes de esa fecha. Cuáles podrían ser los desenlaces de la crisis política en Nicaragua no son fáciles de prever a dos años del inicio de las protestas, mucho menos ahora, con la crisis sanitaria mundial a la que el régimen Ortega-Murillo ha respondido con tanta irresponsabilidad y cuando es difícil entender qué pretenden provocando el contagio y negando la gravedad de la pandemia.

Más allá de sus fronteras, Nicaragua empieza a ser vista como epicentro de la pandemia en Centroamérica. Y en Costa Rica cobra fuerza la xenofobia. Sin embargo, la actual crisis pone de manifiesto que estamos más unidos de lo que pensábamos, en términos geográficos e históricos, económicos y, sin duda, familiares.

REFUGIADOS, EXILIADOS, MIGRANTES

La crisis política en Nicaragua ilustra cuán borrosa, y a veces problemática, puede ser la distinción entre “refugiado” y “migrante”. Y pone de relieve los retos que existen en los esfuerzos organizativos de las personas solicitantes de refugio en Costa Rica -desplazadas por el régimen orteguista- y los migrantes nicas de más larga data. Fortalecer los vínculos entre unos y otros es un desafío no siempre exitoso.

Más de 350 mil nicaragüenses han migrado a Costa Rica en las últimas décadas por falta de trabajo y de condiciones dignas para vivir. Es una migración también forzada, pero diferente a la de quienes han buscado refugio huyendo de la represión política. Y aunque todos pertenecen al mismo pueblo, que demanda democracia, derechos y oportunidades en su país, los migrantes laborales ven a veces con sospecha a sus compatriotas refugiados, intuyendo que tienen ventajas para recibir apoyo de organizaciones humanitarias y organismos internacionales, o mejor atención en los servicios migratorios o en los beneficios que el Estado costarricense brinda a quienes son solicitantes de refugio o ya fueron reconocidos como tales.

Superar la dicotomía entre refugiados / exiliados y migrantes nicaragüenses en Costa Rica resulta crucial para forjar proyectos políticos más inclusivos en Nicaragua. Como será de suma importancia en las elecciones que tienen que celebrarse en Nicaragua en noviembre de 2021 que la oposición a Ortega consiga que la legislación electoral nicaragüense incluya el derecho al voto de los nicaragüenses en el extranjero.

LA MIGRACIÓN FORZADA NO ES DE AHORA

La migración nicaragüense a Costa Rica es histórica. La lucha contra la dictadura de Somoza, derrocada en 1979, el conflicto armado de los años 80 entre el gobierno sandinista y los grupos contrarrevolucionarios, las políticas neoliberales puestas en marcha por el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro y mantenidas desde entonces, y no se diga la devastación que produjo el huracán Mitch, han obligado a miles de nicaragüenses a dejar su país. Durante la década de la guerra de los años 80, hubo una importante migración de nicaragüenses hacia Estados Unidos, pero buena proporción vino a Costa Rica.

Estos flujos migratorios constantes han dejado en nuestro país una generación, muy poco conocida y reconocida, de niños, niñas y jóvenes costarricenses, hijos e hijas de padres o madres nicaragüenses, quienes usualmente no reivindican sus antecedentes familiares o incluso los ocultan.

También es poco conocida o reconocida la existencia de familias binacionales, en donde uno de los padres o madres es nicaragüense. Estimaciones realizadas a partir de datos disponibles en el Instituto de Estadística y Censos muestran que un 17% de los nacimientos ocurridos en Costa Rica en 2018 fueron de madre o padre nicaragüense, y un 3.98 % nacieron de padre y madre nicaragüenses.

Las familias mixtas representan una cantidad considerable, que generalmente pasa desapercibida, tanto en Costa Rica como en Nicaragua.

UN PAÍS EN TRANSICIÓN DEMOGRÁFICA

La llegada de migrantes a Costa Rica coincide con la transición demográfica que experimenta nuestra sociedad. En la actualidad, Costa Rica es el país con la tasa de natalidad más baja de América Latina y con una esperanza de vida que alcanza los 80 años, ligeramente superior a la de Estados Unidos.

La tasa global de fecundidad pasó de 1.84 en 2012 a 1.67 en 2017. La proporción de personas adultas mayores alcanzará el 20% de la población total en el año 2040, una transición que en países de la Europa mediterránea tomó mucho más tiempo. Esta drástica transición demográfica no parece asumirse aún en el imaginario colectivo de la sociedad costarricense, aunque en el mediano plazo tendrá repercusiones en términos de empleo, pensiones y provisión de salud, entre otros. El tema es importante, pero no se reconoce aún fuera de algunos círculos especializados.

EL PESO ECONÓMICO DE LOS NICARAGÜENSES

Se estima que un 11% del PIB de Costa Rica lo producen nicaragüenses residentes en nuestro país. Las remesas que las personas nicaragüenses que trabajan en Costa Rica envían a sus familias en Nicaragua son vitales para la economía nicaragüense: se estima que en 2017 fueron equivalentes a un 27% del valor de las exportaciones nicas y que en 2019 representaron el 14% del PIB nicaragüense.

Sin embargo, como sucede en tantos otros países, la migración internacional, en este caso la nicaragüense, suele asociarse en Costa Rica al deterioro de los servicios públicos: salud, educación o vivienda. Hasta hace pocos años, también se vinculaba a la inseguridad. En la actualidad la violencia criminal en nuestro país está relacionada más con las disputas territoriales por la venta de sustancias ilícitas entre grupos integrados en su mayoría por costarricenses y, por eso, este prejuicio ha cedido terreno.

NUESTRA SINGULARIDAD ANTE LA PANDEMIA

A finales de junio de 2020 a Costa Rica le tocó enfrentar una segunda ola de la pandemia. A pesar de esto, la tasa de letalidad del Covid-19 en nuestro país era para esas fechas de 0.5% y la de mortalidad de 2.4%, sólo superadas por las tasas de Singapur.

El acceso universal a la salud pública -entre el 90-95% de cobertura para atención médica-, el acceso a agua potable por tubería pública para más de un 90% de la población y el liderazgo de las universidades públicas puestas al servicio del Ministerio de Salud son algunos de los factores que explican tan buenos indicadores. Otros, sin duda, son la capacidad de generar articulaciones oportunas entre ministerios e instituciones prioritarias y el muy alto nivel de confianza de la ciudadanía costarricense en la información oficial y en el manejo que han hecho las autoridades de la crisis sanitaria.

Si hay una institución pública que causa admiración a propios y extraños, es la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS). Hoy más que nunca se aprecia su importancia central. Muy golpeada por desfinanciamientos, acciones privatizadoras, corrupción y el declive en la recaudación, no deja de ser una de las instituciones más fuertes y consolidadas del país.

En la capacidad de responder adecuadamente a la pandemia ha estado el disponer del equipo de protección necesario para todo el personal de salud y la habilitación en tiempo récord de un hospital especializado para pacientes de Covid-19, que antes era un hospital de rehabilitación por traumas.

La rigurosa gestión de la pandemia ha permitido que los hospitales nacionales no se hayan saturado: a finales de junio de 2020 en cada hospital nacional había 30 personas internadas y 5 en las unidades de cuidados intensivos.

 LO QUE NOS LLENA DE ORGULLO

Varias innovaciones llenan de orgullo a nuestro país en esta crisis sanitaria. La posibilidad de que el Instituto Clodomiro Picado, de la Universidad de Costa Rica (UCR), produzca un tratamiento para pacientes graves, tomando como base el plasma de pacientes convalecientes y recuperados. La creación en la UCR del primer ventilador no invasivo con aislamiento incorporado para tratar pacientes positivos. Y la secuenciación del genoma del virus que circula en Costa Rica.

Todo esto revela una institucionalidad sólida y profesionales con capacidad de responder adecuadamente a la pandemia. Sin lugar a dudas, la inversión que a largo plazo ha hecho el país en instalaciones de salud pública es el secreto de la muy buena respuesta costarricense a la emergencia.

También hay que destacar otros aspectos institucionales en la acertada gestión técnica, especializada y oportuna de la pandemia. El presidente Carlos Alvarado no acapara los medios de comunicación como conocedor de la materia o como portavoz de noticias o disposiciones. Ha cedido a las autoridades sanitarias todo el protagonismo y el liderazgo. El ministro de Salud, el presidente de la Caja Costarricense del Seguro Social, el presidente ejecutivo de la Comisión Nacional de Emergencias, el ministro de Seguridad Pública, las ministras de Comercio Exterior, de Planificación y de Trabajo, entre otros, han tenido la mayor presencia mediática en toda esta etapa, destacando la transparencia y la claridad en todas sus comparecencias públicas.

POLÍTICAS SOCIALES ANTE LA PANDEMIA

La política social en respuesta a la pandemia ha sido objeto de escrutinio y crítica. Entre los sectores más afectados en Costa Rica sobresale el turismo, que representa cerca del 8% del PIB. Se calcula que a finales de este año se perderán más de 100 mil empleos en este ramo.

A finales de junio de 2020 se habían perdido ya casi 450 mil empleos en todo el país. Sin duda, hay un importante subregistro por la informalidad laboral en la que se gana la vida mucha gente, entre ellas las personas migrantes.

Entre las medidas de alivio que el gobierno estableció está el “Bono Proteger” que llegó a más de 500 mil personas. Consiste en un apoyo mensual y durante tres meses de 300 dólares aproximadamente por familia. Y el plan de las municipalidades “Con vos podemos”, en el que la Comisión Nacional de Emergencias provee de alimentos y artículos de limpieza a las familias.

Transcurridos los primeros tres meses de la adopción de estas medidas queda la duda de si habrá viabilidad financiera para continuar brindando estos apoyos, que no han llegado, por ejemplo, a todas las personas extranjeras que los necesitaban.

Lamentablemente, hay que resaltar que la pandemia encontró a los gobiernos centroamericanos sin una perspectiva regional y de largo plazo con la que enfrentar juntos y mejor la exclusión estructural, que está en la base de que los sistemas de salud regionales sean o muy precarios o mejores, como lo ha podido ser el nuestro.

EL PAC GOBIERNA DE NUEVO

La crisis de 2018 en Nicaragua coincidió con unas reñidas elecciones generales en Costa Rica, seguidas por un proyecto de ley para una reforma fiscal que generó fuertes tensiones entre muchos sectores de la sociedad tica.

El partido neoconservador de derecha cristiana, Restauración Nacional, ganó la primera ronda en las elecciones, pero no alcanzó la mayoría requerida para hacerse con la victoria. Obtuvo el 25% de los votos y requería el 40%. En la segunda ronda ganó la presidencia para el período 2018-2022, con el 21.7% de los votos, Carlos Alvarado Quesada, candidato del Partido Acción Ciudadana (PAC).

Con Alvarado, el PAC consiguió un segundo mandato, pero sólo obtuvo una pequeña representación parlamentaria (9 de las 57 diputaciones). Si bien Costa Rica se rige por un sistema presidencial, el aumento del número de partidos políticos en la Asamblea Legislativa ha derivado en la práctica en una especie de sistema parlamentario, en el que para legislar y obtener mayoría de votos, las fuerzas políticas deben trabajar arduamente.

EL RETO DE LA REFORMA FISCAL

Alvarado heredó un déficit fiscal de aproximadamente el 5.57% del PIB. El Ejecutivo envió al Legislativo un proyecto de reforma fiscal necesario y siempre pospuesto en los últimos 20 años. Entre las principales propuestas estaba el reemplazo del impuesto a las ventas por el IVA, el aumento del impuesto a empresas y personas de altos ingresos y el control de la evasión fiscal. No todo lo propuesto fue aprobado y quedaron pendientes las políticas necesarias para prevenir la evasión y la elusión fiscal.

Qué tan regresiva o progresiva ha resultado la reforma que se le hizo a la reforma fiscal propuesta ha sido tema de controversia política. El hecho de que el PAC, como partido de gobierno, esté débilmente representado en la Asamblea Legislativa y el que la izquierda haya elegido sólo un diputado, impidió quizás, la aprobación de las políticas destinadas a evitar la evasión fiscal y a incrementar un sistema de impuestos progresivo.

Durante los debates sobre la reforma fiscal algunos sectores de la oposición de derecha y de extrema derecha argumentaron que los ingresos que el gobierno obtendría de la reforma fiscal se utilizarían en beneficios sociales para los nicaragüenses recién llegados. Así, la xenofobia se agregó a la retórica homofóbica, tan recurrida durante la campaña electoral en las redes sociales para retratar al PAC como un partido “permisivo” que apoya el aborto y el matrimonio igualitario, principales preocupaciones de políticos y analistas neoconservadores.

Facebook registra una serie de perfiles de iniciativas de extrema derecha, como Alt Right Costa Rica, que se parece a Steven Bannon y el sitio Breitbat news. Según esta corriente, la homosexualidad y los extranjeros amenazan lo que suponen es la identidad nacional costarricense.

EL RIESGO SANITARIO DE NICARAGUA

En medio de la pandemia, el 27 de mayo el ministro de Salud de Costa Rica, Daniel Salas, afirmó en conferencia de prensa: “El principal riesgo sanitario que enfrenta Costa Rica en este momento con la pandemia del Covid-19 es el alto nivel de circulación del virus que existe en Nicaragua. Existe ese riesgo y lo hemos tratado de abordar lo mejor posible. Ya ustedes saben todo el despliegue que se ha hecho por parte de Seguridad y todo el movimiento sanitario que hemos estado haciendo en las dos fronteras, pero Nicaragua ya fue ubicada por la Organización Mundial de la Salud como un país con transmisión comunitaria riesgo cuatro. Tenemos que cuidar toda la actividad que se hace en nuestra sociedad y seguir los protocolos”.

El tema ya estaba en la agenda de los medios de comunicación y en las redes sociales. A pesar del claro aumento de controles fronterizos en el norte del país para contener el ingreso irregular de nicaragüenses y el muy dudoso manejo de situaciones con personas indocumentadas o solicitantes de refugio que varias organizaciones denunciaron, el gobierno había evitado poner una excesiva atención en el contagio de personas extranjeras.

¿CÓMO DISTINGUIR ENTRE LAS CIFRAS Y LA XENOFOBIA?

Al inicio de la pandemia, estos casos se mantuvieron estables, representando el 6-7% del total. Sin embargo, ya para mediados de junio, el porcentaje había crecido a casi el 25% de los casos y al final del mes esos casos representaron el 40% de los registrados diariamente.

A pesar de la presión ejercida por los medios de comunicación, el ministerio de Salud no desglosa la nacionalidad de los extranjeros contagiados. Sin embargo, existen múltiples narrativas que asocian el aumento de los casos durante el mes mayo a migrantes, especialmente nicaragüenses.

¿Cómo distinguir entre el hecho de que la población extranjera está sobre-representada entre quienes son diagnosticados a nivel nacional, de la evidencia de los casos positivos que se están registrando en mayor número en personas extranjeras, y de la xenofobia? Es éste probablemente uno de los desafíos más apremiantes en esta crisis sanitaria.

LA VORACIDAD DE LOS AGRONEGOCIOS

Poco a poco fue emergiendo un secreto a voces: los agronegocios asociados especialmente a la piña y a la yuca eran responsables de contratar a nicaragüenses sin seguridad social, que vivían en condiciones de hacinamiento, lo que favorecía el incremento de los casos de Covid-19.

Primeramente, fue noticia el ingreso de 69 nicaragüenses en territorio costarricense por un punto no autorizado amontonados en un camión ganadero. Después se reveló que llegaban reclutados por empresas que cultivan piña y que urgen de mano de obra y que los mantienen en condiciones precarias y clandestinas para hacer más rentable su monocultivo.

El ministerio de Salud recordó que las empresas que contraten a inmigrantes indocumentados serían multadas, como lo establece la normativa migratoria. Pero desde la experiencia de las organizaciones que defienden los derechos humanos de trabajadores migrantes, este tipo de sanciones nunca suelen hacerse efectivas. ¿Cambiará algo ahora con la crisis sanitaria?

“ES FÁCIL BUSCAR CULPABLES”

Recogemos las palabras del diputado José María Villalta, del partido Frente Amplio, quien se expresó así en la Asamblea Legislativa al conocerse lo que ocurría con estos trabajadores: “Hay una pandemia que afecta a nuestro país y a la humanidad y que nos ha afectado mucho antes de la llegada del coronavirus. Me refiero a la pandemia del odio, de la discriminación, del racismo y de la xenofobia”.

“Esa pandemia también está azotando a Costa Rica y en estos tiempos de crisis vemos cómo se desata. Tiempos de crisis en los que estamos afectados por un virus microscópico que no podemos ver. Es muy fácil querer buscar culpables en las personas más vulnerables de nuestro país. Y eso es lo que está pasando en Costa Rica hoy, cuando uno escucha por las redes sociales discursos de odio, de xenofobia hacia la población nicaragüense que trabaja en nuestro país. He visto discursos encendidos denunciando el racismo en otros países. Hay que denunciarlos con vehemencia, pero no olvidemos que contra esos discursos de odio tampoco estamos vacunados en Costa Rica”.

“HUYEN DE UN GOBIERNO IRRESPONSABLE”

“La población nicaragüense que viene a trabajar a nuestro país huye de un gobierno irresponsable al que hemos denunciado en este plenario legislativo, un gobierno irresponsable que ha expuesto a su población, que no ha tomado las medidas para enfrentar adecuadamente esta pandemia”.

“La población migrante viene a trabajar a Costa Rica. Y no nos engañemos, ¡no seamos hipócritas!, hay muchas actividades productivas que no se sostienen sin la mano de obra de los trabajadores nicaragüenses. Es lo que pasa con las actividades agrícolas en la zona norte. Y a mí me llama la atención oír discursos de odio contra trabajadores que estaban laborando sin seguridad social, sin regularidad migratoria, pero que están laborando en Costa Rica y que están enfermos o podrían estarlo. Pero no hay ni una palabra contra los irresponsables, explotadores, esclavistas que explotan a esos trabajadores y que se han enriquecido históricamente con ellos en las plantaciones de la zona norte de nuestro país y en otras muchas regiones”.

“HAY UNA CÚPULA EMPRESARIAL IRRESPONSABLE”

“Hay redes de tráfico de migrantes, redes de trata que operan impunemente en este país, representados al más alto nivel por una cúpula empresarial irresponsable que los alcahuetea. Esas redes no sólo violentan los derechos humanos de estos trabajadores. Hoy están poniendo en peligro la salud de toda la población. Y yo desearía ver un discurso más vehemente, una actuación firme del ministerio de Salud, que es muy bueno para cerrar parques públicos, pero ¿por qué no actúa con toda la fuerza de la ley contra estos irresponsables?”

“La solución no va a ser nunca negarle la atención en salud a estas personas trabajadoras. Con eso sólo vamos a agravar la pandemia. No es violando los derechos humanos que vamos a enfrentar esta crisis. Es con responsabilidad, con solidaridad, con el aporte de todos los sectores”.

EL DESPUNTE DE LA XENOFOBIA

En el año 2020 la pandemia del COVID-19 proporciona un lenguaje para hablar sobre xenofobia sin necesidad de nombrarla directamente. El “racismo inferencial”, como lo calificó Stuart Hall, resulta muy persuasivo pues quienes emplean términos despectivos hablan en nombre de la salud pública y por eso no son reconocidos como “racistas”. El “racismo inferencial” potencia el “racismo manifiesto”, que recurre al odio de manera abierta.

En el contexto del Covid-19 volvió a aparecer, por ejemplo, un perro rottweiler en la bandera de Costa Rica. Evocaba un hecho de 2005, cuando varios rottweilers atacaron y mataron al nicaragüense Natividad Canda ante la indolencia de policías y civiles costarricenses. En las redes sociales abundaron los mensajes sugiriendo que son necesarios rottweilers en la frontera entre Nicaragua y Costa Rica para frenar el contagio.

Al racismo inferencial y manifiesto hay que agregar la gran cantidad de noticias falsas que circulan profusamente, especialmente en el whasapp, que hacen evidente que existe una intención consciente de producir miedo y odio.

“NO HAY EXCUSA PARA DISCRIMINAR”

En general, durante los últimos dos años (2018-2020), el aumento de la xenofobia ha tenido su contracara, y esto es muy importante. La descripción de esta coyuntura sería parcial si se dejara de lado la solidaridad y la defensa de los derechos humanos que han emprendido muchas organizaciones y personas.

“Xenofobia” se ha convertido ya en una palabra familiar más allá de los círculos académicos, que presiona sobre comentarios que puedan percibirse como xenófobos. Voces hostiles hacia los nicaragüenses, procuran desmarcarse de la xenofobia y ya se escucha con cierta frecuencia: “Yo no soy xenófobo, pero...”, lo que parece confirmar que la crítica hacia la hostilidad y el racismo interpelan a quienes llaman al odio.

Hoy, en el contexto de la pandemia no es fácil distinguir entre los riesgos de la transmisión comunitaria debida a la irresponsabilidad de Ortega y a las empresas de agronegocios, y la xenofobia sin vínculos con la pandemia.

Pese a esta confusión, llaman la atención los esfuerzos institucionales de Costa Rica para rebatir la asociación entre riesgo de contagio y xenofobia. Es el caso de la campaña del ministerio de Justicia y Paz, en la que la xenofobia se presenta como un virus que debe evitarse, como se evita el SARS-CoV-2. La campaña se acompaña de frases como éstas: “Que el miedo no dé espacio a la xenofobia, que esta pandemia sirva para transformarnos en mejores personas”, “Ni el Covid-19, ni ninguna otra cosa, pueden ser excusa para discriminar”, “El planeta está en crisis… y todos somos ciudadanos y ciudadanas de ese mismo planeta”.

TAMBIÉN TENEMOS MIGRANTES

También las personas costarricenses emigran, aunque en número menor que las del resto de países centroamericanos. Nuestra migración representa aproximadamente el 3% de la población total.

También costarricenses han perdido la vida por el coronavirus en el extranjero. A finales de junio, 25 costarricenses habían muerto en Estados Unidos por la pandemia. Un número importante de costarricenses en ese país vive en Nueva Jersey y Nueva York, dos estados donde el Covid-19 ha sido especialmente letal. En comparación, en esas fechas de junio eran sólo 12 las personas que murieron de Covid-19 en Costa Rica.

La muerte de costarricenses migrantes víctimas de la pandemia se menciona en los medios de comunicación, pero no hay una narrativa sobre los elementos asociados a la pérdida de sus vidas: irregularidad migratoria, limitado o nulo acceso a servicios de salud, trabajos precarios y con alta exposición a la enfermedad…

La débil opinión pública costarricense parece no estar preparada para considerar a los costarricenses como “latinos” o “migrantes”. Eso significaría reconocer que los costarricenses en Estados Unidos son “otros”, lo que podría contribuir a reflexionar sobre las formas en que esos “otros”, los nicaragüenses, están representados en Costa Rica.

“SOMOS UNA FAMILIA”

La literatura sobre migración y exclusión demuestra que aquellos que son rechazados son al mismo tiempo indispensables. Esta paradoja se vuelve aún más difícil de reconocer en tiempos de pandemia, cuando aumentan las amenazas en torno al contagio y, simultáneamente, se requiere que los migrantes recojan las cosechas, cuiden a nuestros hijos y a nuestras hijas o construyan la infraestructura de nuestro país.

Las narrativas de la migración se enmarcan en términos de costos y casi nunca en términos de contribuciones. Por lo general, el sector privado no reconoce que los nicaragüenses son vitales en ámbitos clave de la economía costarricense. Hubo una hermosa excepción al terminar la marcha contra la xenofobia de agosto de 2018. En esa ocasión una gran empresa constructora colgó una pancarta en la que aparecían juntas las banderas nicaragüense y costarricense acompañadas de la frase: “Somos una familia”.

Dado que el sector privado apenas reconoce el grado de interdependencia que caracteriza el mercado laboral en nuestro país, fue un símbolo excepcional y prometedor, que confirmó que el sector privado podría hacer una gran contribución para que las personas migrantes tuvieran un mayor reconocimiento. Desde ambos lados de la frontera, esa interdependencia no suele estar presente. Tampoco el gobierno de Nicaragua reconoce lo que aportan sus migrantes.

LA INTERDEPENDENCIA QUE NOS UNE

Esta pandemia nos recuerda cómo la interdependencia está en el centro de la agroexportación nacional y de otras industrias, y reclama su lugar. Las fronteras están cerradas, pero se requieren migrantes que las crucen, mientras las empresas apenas admiten públicamente que dependen de la fuerza laboral migrante. El 22 de junio el diario “La Nación” titulaba: “Agro requiere ayuda de 74 mil migrantes para recoger cosechas”. Cristian Vargas, un cafetalero de Tarrazú declaraba: “Los trabajadores son de suma importancia. Sin ellos en esta zona no recolectamos el café. Sin ellos se puede perder hasta la mitad de la cosecha. En mi caso, se me perdería hasta el 75% de mi cosecha”.

La experiencia de tantas familias mixtas y la de la primera generación de costarricenses, cuyos padres son nicaragüenses, junto con la realidad de nuestra economía, es un amplio escenario de interdependencia.

Las familias binacionales están presentes en la sociedad costarricense y un número importante de niños y niñas costarricenses tienen al menos un progenitor nicaragüense. Sin embargo, hasta ahora esos antecedentes familiares y esa importante primera generación de costarricenses no se traducen aún en reconocimiento.

Más allá de la retórica nacionalista, el desafío será compartir las experiencias de quienes se ven obligados a abandonar Nicaragua con la de quienes tienen menos oportunidades en esta sociedad a la que llegan.

Todos experimentan exclusión, enfrentan desigualdades, pobreza y falta de oportunidades. Comparten clase, nacionalidad, raza, género, por mencionar sólo unas pocas condiciones sociales. Este compartir podría ofrecer rutas alternas para superar las narrativas del “divide y vencerás”, según las cuales los “extranjeros y los locales” son diferentes.

A pesar de que el análisis económico, demográfico y social proporciona pistas para pensar -y para sentir- sobre la interdependencia, las narrativas que lo asumen no son todavía muy frecuentes. La experiencia vivida tiene que traducirse en un proceso pedagógico y político. La existencia de la diversidad y de la interculturalidad no garantiza por sí misma su reconocimiento. Más bien, en ciertas coyunturas y situaciones, como las que ha creado esta pandemia, las voces del odio parecen ser mayoritarias y se imponen.

RESPONSABLES SON ORTEGA Y LOS EMPRESARIOS TICOS

Aunque este coronavirus no reconoce fronteras, sus representaciones están altamente nacionalizadas. Y aunque en eso se esconde una de las mayores dificultades para las personas migrantes, esto puede significar también una gran oportunidad para confrontar y para revertir, con datos y evidencias, los discursos retrógrados y de criminalización que han tomado fuerza con la pandemia.

La responsabilidad de la propagación del virus no debe pesar sobre las espaldas de la gente pobre que vive y trabaja hacinada, que no puede seguir las medidas sanitarias o que teme buscar atención médica por estar indocumentada. El hacinamiento es una de las expresiones más claras de exclusión social.

Los responsables de la propagación del virus van desde un Ortega evasivo e inoperante en Nicaragua, hasta los empresarios de los agronegocios en Costa Rica, que hoy han quedado al descubierto con sus prácticas de siempre, basadas en la explotación sin misericordia de los trabajadores más vulnerables.

ESPERANDO UN NUEVO TIEMPO

Hoy más que nunca es tiempo de reconocer que la sociedad costarricense y la nicaragüense son profundamente interdependientes, no sólo por la historia y el territorio, también por los procesos demográficos, económicos y culturales. Sin embargo, siguen existiendo más narrativas que reproducen la xenofobia y que buscan imponerse sobre las que resaltan la Diversidad y el reconocimiento mutuo.

Cómo encontrar narrativas oportunas para dar relieve a la interdependencia, teniendo entre sus prioridades la generación de recursos pedagógicos en la educación formal temprana es un camino a explorar.

Plataformas culturales, la literatura, la música, las artes visuales y los medios digitales pueden ayudar mucho y ya hay en curso muchas acciones prometedoras. De suma importancia son la gente dispuesta a hablar, a hacer sentir su voz, basándola en experiencias vividas de interdependencia. Aún más necesarias quizás, son sociedades con una mayor disposición a la escucha, capaces de sobreponerse a los estigmas, a la desinformación y a los miedos.

Corre hoy una época de demasiado dolor y mucha incertidumbre y ojalá venga pronto un nuevo tiempo que permita que afloren mejores maneras de ser humanidad. Sin el odio que busca culpables donde sólo hay hermanos y hermanas.

CATEDRÁTICO DE LA UNIVERSIDAD DE COSTA RICA (UCR).

DIRECTORA DEL SERVICIO JESUITA DE MIGRANTES (SJM).

La construcción del discurso de odio.

El nacimiento de una nueva religión

Juan José Tamayo

amerindiaenlared.org / 17-07-2020

Estamos viviendo una nueva y preocupante situación en las relaciones entre religión y política: la alianza entre la extrema derecha ultra-neoliberal, homófoba, sexista, racista, xenófoba, antiecológica, negacionista del cambio climático y de la violencia machista, y las organizaciones cristianas integristas de carácter fundamentalista.

Es lo que llamo la Internacional-cristo-neofascista –expresión que ha hecho fortuna en la teoría crítica de las religiones-, que constituye la más crasa manipulación del cristianismo y la perversión de lo sagrado, ya que viene a apoyar los discursos y las prácticas de odio de los partidos de extrema derecha en todo el mundo. Diría más: el cristo-neofascismo se alimenta del odio, crece e incluso disfruta con él, lo fomenta entre sus seguidores y lo extiende a toda la ciudadanía. 

 

Creo podemos afirmar que ha nacido una nueva religión, quizá la más perversa, la más destructiva del planeta y de la humanidad: la religión del odio. En este artículo intentaré mostrar cómo se construye. 

En su libro La obsolescencia del odio el intelectual pacifista alemán Günther Anders (1900-1992) considera que “el vulgar y casi universalmente aceptado ‘Yo odio, por tanto, yo soy’ u ‘Odio, por tanto, existo’”, es hoy “más verdadero que el famoso cogito ergo sum de Descartes”. El odio es “la autoafirmación y la auto-constitución por medio de la negación y la aniquilación del otro” (Pre-Textos, Valencia, 2019, 34-35).

En otras palabras, a través del odio a los otros, a las otras, y de la eliminación de las personas y los colectivos odiados, el que odia confirma su propia existencia conforme a este razonamiento: el otro no existe, por tanto, yo existo como el único que queda. Sucede, además, que la aniquilación del otro a través del odio produce placer. Por ejemplo, el torturador disfruta en el acto de torturar: “odio y placer acaban siendo una sola cosa”, dice Anders. Cuanto más se extiende y más veces se repite el acto de aniquilación más tiende a extenderse el placer del odio y el placer del ser sí mismo.

Si la filosofía africana Ubuntu afirma: “Yo soy sólo si tú también eres”, el discurso del odio dice: “Él no debe existir para que yo exista; él ya no existe, por tanto, yo existo como el único que queda”. Se llega así al placer del odio, que constituye la culminación del odio.

El odio no surge de la nada, tiene un contexto histórico y cultural específico, unos motivos, unas causas, unos porqués. Recurriendo a la alegoría de Shakespeare, que hace suya la intelectual alemana Carolin Emcke, alguien tiene que haber provocado la pócima que provoca la reacción del acérrimo y encendido odio. Son “unas prácticas y convicciones fríamente calculadas, largamente cultivadas y transmitidas durante generaciones” (Contra el odio, Taurus, 2019, 53), alimentadas por foros de debate, publicaciones, medios de comunicación, canciones, discursos, tertulias.

Estos medios propagadores del odio no presentan, por ejemplo, a las personas migrantes, refugiadas, desplazadas, gais, lesbianas, negras, musulmanas como lo que son: seres humanos, personas con los mismos derechos y dignidad que quienes los juzgan, gente pacífica, ciudadanas y ciudadanos normales respetuosos de las normas de convivencia, sino como gente atípica, extraña, fuera de lo normal, monstruosa, peor aún, como delincuentes, bárbaros, violentos, enfermos. 

Nunca se reconocen sus valores, sus cualidades, su cultura, su laboriosidad, cuánto menos su situación de marginación social y discriminación cultural. Y si se reconoce, se justifica diciendo que se lo merecen. Hay aquí una reducción de la realidad, más aún, una construcción social de la realidad que no se corresponde con la realidad real.

Los discursos creados y difundidos a través de estos cauces generan patrones arraigados en el imaginario social muy difíciles de de-construir. La construcción del discurso de odio sigue el siguiente proceso. 

- Primero, se identifica a un enemigo, generalmente colectivo, destacando sus rasgos negativos: las mujeres, las personas migrantes, refugiadas y desplazadas, negras, indígenas, musulmanas, judías, gais, lesbianas, bisexuales, transexuales. Nada hay en su comportamiento que sea incorrecto, que moleste a la ciudadanía, pero se considera que encarnan el mal. Estos colectivos no son la causa del odio, sino el objeto del mismo. El odio no necesita tener una base real que lo justifique, es una construcción humana.

- Después se construyen las razones de dicha encarnación y del motivo del odio:

. A las mujeres se las discrimina por considerarlas inferiores, se ejerce dominio y violencia sobre ellas desde la masculinidad hegemónica, e incluso desde la masculinidad sagrada, y se llega al feminicidio como expresión extrema del odio a su vida, precisamente a ellas que son dadoras de vida.

A las personas y los colectivos migrantes y refugiados se les considera culpables de todo: de la inseguridad en el país que los acoge; son desagradecidos, ladrones, pendencieros, quitan el trabajo a los ciudadanos nativos, suponen un gasto adicional al Estado, se aprovechan de los servicios sociales, sanitarios, educativos, que, se dice, pertenecen a los nativos (“los españoles… los estadounidenses, primero”). Se les hace renunciar a su identidad cultural, a sus tradiciones, hábitos y costumbres y se les obliga a asimilarse a nuestra cultura. De lo contrario, se convierten en un peligro para la sociedad y en un elemento desestabilizador. Por eso deben ser odiados y despreciados y, si no se adaptan, son expulsados.

A los musulmanes y las musulmanas se les acusa de fundamentalistas, violentos, machistas, atrasados, fanáticos, enemigos de occidente, contrarios a la democracia, con un derecho de familia distinto que permite la poligamia, etc. No se les reconoce ningún valor en ellos. Todo es negativo. No es posible relacionarse con ellos en un plano de igualdad ni mantener empatía, tampoco podemos reconocer derechos ya que los utilizarán en contra nuestra. La identificación y los juicios de valor, siempre negativos, no se refieren a las personas musulmanas individuales, sino al colectivo musulmán.

A las personas LGTBI se las odia porque mantienen relaciones afectivo-sexuales antinaturales, son personas enfermas a las que curar y, desde el punto de vista religioso, pecadoras. En incitación al odio a las personas LGTBI juega un importante el discurso homófobo de la mayoría de las religiones.  

A las personas negras se las racializa desde el supremacismo blanco, que pone toda la maquinaria del Estado, especialmente los cuerpos y fuerzas de la llamada “Seguridad”, al servicio de la represión de las minorías negras llegando a su asesinato inmisericorde, como en el caso del ciudadano afrodescendiente estadounidense George Foyd, asesinado el 25 de mayo pasado en Estados Unidos por un policía blanco.

Las personas odiadas dejan de percibirse como individuos concretos y se convierten en un colectivo abstracto “ficcional”. Se odia a los colectivos previamente desdibujados, a quienes se difama, desprestigia y desprecia. 

Una vez inoculado el odio, se cree conocer a los que se odian y el conocimiento lleva a odiarlos aún más. Pero estamos ante un presunto conocimiento y ante un presunto odio, porque en realidad no se conoce a la persona que se odia. Se trata de un odio fantasmagórico, producido artificialmente, si bien resulta muy eficaz.

Una de las características de las personas y los colectivos odiadores es su seguridad, su certeza absoluta. Nunca dudan, nunca dicen “quizá, “tal vez”, “es posible que”, “yo creo”. De lo contrario no odiarían.

Como indicaba más arriba, las organizaciones sociales y los partidos políticos de la extrema derecha se alimentan, crecen, se engordan y hasta llegan a disfrutar con el odio. En relación con el disfrute del odio, creo que puede aplicarse a estas organizaciones la definición de “fanatismo”, que ofrecía la Enciclopedia, publicada en París entre 1751 y 1772 bajo la dirección de Diderot y d’ Alambert: 

“El fanatismo es un celo ciego y apasionado que nace de las opiniones supersticiosas y lleva a cometer actos ridículos, injustos y crueles; no solo sin vergüenza ni remordimiento, sino incluso con una suerte de goce y de consuelo”.

También los movimientos religiosos integristas se alimentan del odio y adoptan esa actitud contra lo que no se corresponde con sus principios doctrinarios y sus morales represivas. ¿Qué sucede? Que curan la infelicidad que les produce la represión religiosa con el odio y, paradójicamente, en él encuentran su felicidad, que dicen prolongarse incluso después de la muerte. ¡Qué perversión y falso consuelo! 

Tal modo de proceder implica una contradicción con los principios religiosos, en concreto, en el cristianismo, con el perdón y el amor al prójimo, predicados por Jesús de Nazaret y tristemente no practicados por muchos de sus seguidores. Ambos principios exigen renunciar a la venganza, al “ojo por ojo y diente por diente”, perdonar las ofensas “hasta setenta veces siete” (Mateo 18,22), es decir siempre, y cumplir el precepto jesuánico “amen a sus enemigos” (Mateo 5,43).

El discurso de odio nada tiene que ver con la orientación liberadora, igualitaria y acogedora del otro, de la otra, de las personas diferentes, en las religiones, expresada en las distintas formulaciones de la Regla de Oro: “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid. Sus últimas obras son: Teologías del Sur. El giro descolonizador (Trotta, 2020, 2ª ed.); ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías? (Biblioteca Nueva, 2020, 4ª ed.); Hermano Islam (Trotta, 2019)

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