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Las Guerras de Independencia en Sudamérica (Parte I).

Las guerras de independencia en Sudamérica (Parte I) 

Olmedo Beluche  

27/02/2021  

 www.sinpermiso.info


A principios del siglo XIX, no había en Hispanoamérica naciones en el sentido que hoy se le da al término, como “identidades nacionales”. No existía al inicio del proceso de la independencia ni Colombia, ni Venezuela, ni Argentina, ni México o Perú como proyectos “nacionales”. Y no era la defensa de esas “patrias” la motivación del proceso de las guerras civiles que terminaron en la independencia. 

La entidad política actuante eran los municipios o cabildos o virreinatos, no las naciones 

Las “identidades” de inicios del siglo XIX eran, para las personas de “cultura hispana”, es decir, de habla castellana, dos opciones: españoles de América o españoles de la península Ibérica. Y las otras “nacionalidades” diferentes lo eran las naciones indígenas que poblaban nuestros territorios y que conservaban sus culturas, empezando por su lengua. Un caso especial, que merece estudiarse, serían los esclavos de origen africano quienes conservaban elementos de su cultura, pero de sus idiomas originales solo quedaban fragmentos. 

Las instancias políticas centrales en la época no eran las naciones, sino los municipios o cabildos de las ciudades y pueblos, y ellos referidos a la entidad superior, que era el Virreinato y no las “naciones” actuales, en que se descompusieron los Virreinatos. La lucha en torno al control de los Cabildos y las Juntas nacidas en su entorno municipal es el eje del proceso político. 

La característica de la etapa que va desde 1809 a 1821, es el choque entre ciudades o provincias controladas, unas por sectores criollos, otras por funcionarios realistas (muchos de ellos criollos también y no siempre “gachupines”) reaccionarios ante el menor cambio: Buenos Aires – Córdoba o Montevideo; Bogotá – Cartagena – Popayán o Santa Marta; Caracas – Maracaibo, etc. 

Para tener una comprensión cabal del proceso, al abordar ese período, no se puede hacer desde una historia vista desde las “naciones” actuales, sino que tiene que ser desde una perspectiva regional, que se enmarque dentro de la lógica de funcionamiento del conjunto del sistema colonial y, en todo caso, de los Virreinatos que se habían estructurado a lo largo del siglo XVIII. 

Las naciones como las conocemos son el resultado, no el inicio del proceso independentistas. Los criollos convertidos en oligarquías de comerciantes y terratenientes que controlaron los nuevos estados, para construir identidades nacionales que sirvieran a su legitimación política, tuvieron dificultades para “imaginar” su particularismo que les diferenciara del resto y de la metrópoli, a las que estaban unidas por la historia y la cultura. 

La lucha por las juntas gubernativas más que la independencia 

Al inicio del proceso, 1808, la lucha por la “independencia” lo era frente a la ocupación francesa de España. Lucha en la que se identificaron por igual “españoles” de ambos continentes y que va a encontrar su mejor expresión en las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812. 

Constitución en la que el principal conflicto consistió en no reconocer a la población indígena y esclava de América, lo que habría dado mayoría a los españoles de este lado del Atlántico sobre las futuras Cortes. Pero en esa disputa respecto a la sub o sobre representación de los criollos en las Cortes solo interesaban los indígenas, castas y los esclavos como agentes pasivos, no como reales ciudadanos con derechos a los cuales las reglas electorales les impedían estar directamente representados. Reglas establecidas por los propios criollos. 

Las Abdicaciones de Bayona supusieron la debacle de la monarquía española, creándose una crisis respecto a quién representaba la continuidad del poder político, la soberanía del Estado. Funcionarios monárquicos intentaron que la Junta de Sevilla se convirtiera en el hilo de continuidad de la desaparecida monarquía borbónica, lo cual fue cuestionado por algunas juntas en España, y por las de América, sobre todo cuando dicha junta desaparece para dar paso al llamado Consejo de Regencia a fines de 1809, aislado en Cádiz. 

Se establecieron en América dos bandos: los absolutistas, realistas o monárquicos, que pretendían continuar como si nada hubiera cambiado, centrando el poder en la Audiencia y los Virreyes; y los criollos que apelaron al principio de la “retroversión de la soberanía”, es decir, que en ausencia del rey la soberanía retornaba al pueblo a través del municipio o cabildo convertido en Junta Gubernativa. 

Los reaccionarios en el fondo negaban derechos de igualdad a los criollos y consideraban a las “posesiones en América” como colonias; los criollos (sin incluir a las clases sociales explotadas) se consideraban iguales, como súbditos con iguales derechos, puesto que los virreinatos no eran colonias, sino reinos, con iguales derechos que los reinos españoles. 

Las guerras civiles que empiezan entre 1809 y 1811, por parte de los funcionarios monárquicos virreinales, se desatan porque intentan reprimir no las “declaraciones de independencia”, que no se han producido en ningún lado, sino porque quieren impedir la modificación del orden político colonial, devolviendo a los criollos a la situación de subordinación anterior, sacando de en medio a las Juntas y volviendo a colocar en el centro al Virrey, la Audiencia y los Cabildos como estaban antes de esa fecha. 

Es esta imposibilidad de ponerse de acuerdo en una “reforma” del sistema político, esa incapacidad de aceptar ningún cambio por pate de los “realistas”, o monárquicos, o “absolutistas” (pues la mayoría de los criollos también eran monárquicos, pero “constitucionales”) es lo que va a llevar a la guerra civil y con ello a la radicalización del proceso, incluyendo las primeras declaratorias de independencia absoluta de Fernando VII, como la de Caracas el 5 de julio, Bogotá el 9 de septiembre y en Cartagena el 11 de noviembre de 1811. 

Pese a lo sangriento de las guerras civiles, las declaraciones de independencia absolutas tardaron en producirse hasta 1816, para Buenos Aires y las Provincias Unidas del Río de La Plata; y hasta 1821 en Nueva España (México y Centroamérica). 

 

Los criollos ni muy ilustrados, ni mucho menos jacobinos 

Otro mito habitual consiste en dotar de una cultura jacobina y una amplia influencia de la Ilustración francesa en los líderes del movimiento emancipatorio. Pero nuevos estudios cuestionan el grado de influencia que esas ideas pudieron tener en América, que en opinión de algunos especialistas no llegaron más que a un puñado reducido de individuos (Bonilla, 2015). 

Por el contrario, el miedo a que permearan en las sociedades hispanoamericanas las de “libertad, igualdad y fraternidad” eran el principal temor de la clase dominante local, los criollos. Ellos temían mucho que cundiera el ejemplo de Haití, donde los esclavos negros se apropiaron de las ideas de la Revolución Francesa para reclamar sus derechos y terminar creando un Estado independiente. Haití era la pesadilla más temida de los criollos, y evitar esa situación explica muchos de sus actos. 

Ideas ilustradas o jacobinas permearon a sectores sociales de capas medias, como abogados o militares, quienes constituyeron el núcleo más radical de la independencia: Moreno, Nariño, Bolívar, Morelos, Hidalgo, etc. Pero incluso en estos casos hay que cuidarse de no cometer anacronismo atribuyéndoles caracteres “democráticos” de los que carecían. 

En este sentido, es decir, señalando los límites de la radicalidad de los líderes más “jacobinos”, si cabe el término, algunos especialistas califican a dos de las figuras más importantes y decisivas de la independencia, como José de San Martín y Bernardo Monteagudo, como “liberales monárquicos” (Rojas, 2018, pág. 31). 

Tómese en cuenta que la Ilustración europea y los sectores ilustrados hispanoamericanos del siglo XIX, cuando proponían un gobierno moderno, no entendían por ello: igualdad y participación de todos los sectores sociales en las estructuras del poder; ni voto universal (masculino); ni final de la esclavitud (algunos pocos sí); ni de la servidumbre de los indígenas. 

La mayoría de estas conquistas democráticas que hoy vemos como “normales” son producto de las luchas posteriores del movimiento obrero y socialista europeo y de revoluciones como la de 1848, que tuvo consecuencias liberales en Hispanoamérica. Podrían ser liberales y republicanos en el sentido de la división de los poderes, o en que la legitimidad política “emana del pueblo” y no de dios, sea lo que sea que se entienda por esa frase. Pero eran flexibles con el régimen monárquico si sus intereses estaban garantizados. 

En diversas coyunturas del proceso, los criollos moderados y radicales jugaron con la posibilidad de establecer una monarquía con poderes recortados, al estilo inglés, lo cual nunca cuajó. Como ejemplo baste mencionar las gestiones de uno de los más ilustrados y conspicuos líderes del movimiento, el porteño Manuel Belgrano que, en 1808-09, liderizó las gestiones para entronizar en América a la hermana de Fernando VII, la infanta Carlota Joaquina, casada con el príncipe regente de Portugal, Juan VI, que vivía en Río de Janeiro, Brasil.  

Años después, en 1814 - 1815, fue enviado Manuel Belgrano junto con Bernardino Rivadavia por los criollos de Buenos Aires para negociar la autonomía de la ciudad a cambio de un acuerdo con Fernando VII, o tentar la entronización de un Borbón (el hermano de Fernando, Francisco de Paula). Incluso en 1816, durante los debates del Congreso de Tucumán, Belgrano propuso el llamado Plan Inca, para entronizar a un hermano de Tupac Amaru. 

Simón Bolívar recibió múltiples veces la propuesta de convertirse en un monarca o emperador, como lo hizo Iturbide en México. Él rechazó esa idea, pero sí aceptó la de “presidente vitalicio” o “protector” de Colombia (o Gran Colombia, como se le ha llamado después).  Esto fue usado en su contra por su vicepresidente Santander y por la oligarquía criolla de Bogotá para sabotearlo y sacarlo del poder aduciendo que quería convertirse en un dictador. 

Aunque los ejércitos libertadores incorporaron esclavos, no hubo nunca eliminación de la esclavitud. En general, sólo se manumitieron los esclavos que se sumaron al ejército, pero los libertadores tuvieron cuidado de afectar el sistema de explotación de las haciendas. Otro tanto podría decirse de los indígenas y los sistemas de servidumbre que, al igual que la esclavitud, sobrevivieron hasta bien entrado el siglo XIX. 

Tampoco hubo voto universal (masculino), pues el sufragio y el derecho a ser elegido estuvo asociado a la propiedad territorial y a criterios que impedían a las clases explotadas participar de manera igualitaria. Esto sería una conquista posterior, en muchos casos, a las revoluciones liberales a partir de 1848. 

 

Contradicciones entre los Virreinatos de Perú y el Río La Plata  

La crisis de Lima, Virreinato del Perú, se vio exacerbada por la creación del Virreinato de la Nueva Granada (1739), al que se fueron adhiriendo las audiencias de Panamá, Quito y Caracas a lo largo del siglo XVIII; y la creación del Virreinato del Río de la Plata (1776) al que se adscribió el Alto Perú y los territorios de lo que hoy son los estados de Bolivia, Paraguay, Uruguay, Chile y Argentina. Con lo cual los comerciantes limeños perdieron control comercial y político, al cual siempre soñaron volver. 

Esta nueva estructura político-administrativa va a definir, para el caso de Sudamérica, los dos polos opuestos del proceso de guerras civiles que culminarán en la independencia hispanoamericana: Lima y Buenos Aires.  

La capital del Virreinato del Perú, Lima, va a ser el centro político de los sectores más conservadores y reaccionarios a cualquier cambio, la cabeza del realismo absolutista más furibundo. En cuanto a la dinámica general, la ciudad estaba en decadencia económica y política por el cercenamiento sufrido principalmente en favor del nuevo Virreinato del Río de La Plata. Amputación que incluyó la principal fuente de riqueza y motor económico, la producción de plata de Potosí; así como el monopolio comercial con España del que había gozado por 200 años. Aunque aún tenía cierto esplendor y recursos económicos que le permitían disputar la hegemonía política y militar. 

En el otro extremo se encontrará Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata, que va a constituirse en el epicentro de la revolución, con todos los matices antes expuestos, cuyos comerciantes van a tomar la vanguardia política del proceso luchando clara y consecuentemente por sus intereses clasistas, los que defendió con total lucidez a través de intelectuales, dirigentes políticos y militares que ocupan su lugar en la historia (Manuel Belgrano, principalmente). 

Dos élites de comerciantes, funcionarios y militares confrontados, unos, los de Lima, expresando una añoranza por un pasado perdido recientemente, pero aún con suficiente poder para trabar el proceso durante más de diez años de cruentas guerras civiles; los otros, con el brío de una burguesía joven, entusiasta y rica, impulsada por aliados poderosos como los capitalistas ingleses. 

El Alto Perú, y las llamadas Provincias del Litoral, van a constituirse en la presa en disputa y el escenario en que se libraron las guerras de independencia. Las victorias o derrotas de los ejércitos de Lima o Buenos Aires en especial en Alto Perú van a definir las etapas del proceso, y los cambios de gobierno en Buenos Aires, oscilando entre radicales y conservadores, según la marcha de la guerra. 

Estas regiones eran muy productivas, en el sentido agrícola y ganadero, pero sobre todo porque era el corazón de las minas de plata, producción que, aunque en decadencia tecnológica y productiva seguían siendo el fruto deseado por controlar. La importancia económica y cultural del eje Potosí, Chuquisaca y La Paz es que fue el epicentro donde se inició el proceso de independencia y las guerras en torno a la creación de la “juntas” dominadas por los criollos frente a las autoridades virreinales tradicionales. 

En Alto Perú, hoy Bolivia, se inicia la lucha entre los que podríamos llamar reformistas o “juntistas” y los inmovilistas o “realistas”. La lucha entre los que aspiraban a reformas de orden político (el poder en manos de Juntas, aunque leales a la monarquía) y en el orden económico (librecambio); y los que no aceptaban ninguna reforma del sistema virreinal bajo control de las autoridades designadas desde España y en lo económico, no querían completa libertad de comercio, sino control español del mismo. 

Allí se inició el proceso, en Alto Perú, pero luego se transformó en el último bastión monárquico en liberarse del dominio español y monárquico, porque el virrey Abascal tomó el control reprimiendo a los sectores progresivos. Lo que da cuenta del poder político, económico y militar que seguían teniendo los sectores reaccionarios en el Virreinato del Perú. Gracias al “Trienio Liberal” del general Riego en España, y a Bolívar y Sucre, en 1825, finalmente se completó la independencia del último bastión monárquico, Alto Perú. 

Las invasiones inglesas mostraron capacidad de Buenos Aires de subsistir sin España 

Previo a la debacle de la monarquía española con las abdicaciones, en la cabecera del Virreinato del Río de La Plata ocurrió un acontecimiento que, aunque parezca contradictorio con la lógica general del proceso, ayudó mucho a preparar las condiciones para la independencia aportando seguridad en cuanto a la capacidad de los locales de darse a sí mismos gobierno y autodefensa. Ese suceso fueron las invasiones inglesas a Buenos Aires y Montevideo en 1806 y 1807. 

El 25 de junio de 1806 un ejército inglés de más de mil hombres atacó la ciudad de Buenos Aires, siendo incapaz de hacerle frente el virrey Rafael de Sobremonte quien se retira y causa la impresión de entregar la ciudad cobardemente. Para enfrentar la ocupación, los habitantes de la ciudad organizan un cuerpo de milicias que expulsan a los invasores dos meses después. Cuando el virrey quiso retornar la ciudad se lo impidieron. 

El 3 de febrero de 1807 la ciudad de Montevideo fue invadida por los ingleses en preparación de un nuevo asalto sobre Buenos Aires, el cual se produjo a fines de junio. Ante la incapacidad manifiesta del virrey Sobremonte para hacer frente a los ingleses la ciudad de Buenos Aires lo depuso formalmente, y nombró como nuevo virrey al oficial del ejército Santiago de Liniers, el cual, a la cabeza de la milicia de ciudadanos y de lo que quedaba del ejército español organizó la resistencia victoriosa a la nueva ocupación, el 7 de julio de 1807. 

A partir de estos hechos, la ciudad de Buenos Aires ganó una autonomía desconocida hasta entonces, la cual no volvió a perder en todo el proceso. Los habitantes de la ciudad y sus patricios, los criollos comerciantes, abogados y militares ganaron confianza con dos decisiones claves: un cuerpo de milicias aguerrido que sería la punta de lanza de sus propuestas por toda la región del virreinato; y la posibilidad de destituir de manera legítima una autoridad nombrada por el rey y nombrar otra en su lugar. 

Hecho este último que terminó avalado por el monarca Carlos IV, que reconoció a Liniers como virrey interino, hasta que se envió un sustituto, en la persona de Baltasar Hidalgo de Cisneros. Pero de ahí en adelante, ambos virreyes perdieron el poder absoluto y tuvieron que compartirlo con los criollos bonaerenses de las milicias, del Consulado de Comercio y del Cabildo. Acá el Consulado de Comercio, contrario al de México, no estaba controlado por los españoles, sino por los criollos, y Manuel Belgrano justamente era su principal figura, junto con su primo J.J. Castelli. Ya nada sería igual en Buenos Aires. 

 

La invasión napoleónica, abdicaciones y el “carlotismo” 

Los acontecimientos en la península Ibérica explican el inicio del proceso político que culminó en la independencia de Hispanoamérica, durante los años 1807 a 1809, que ya hemos explicado que aún en ese momento no tenían por objetivo la ruptura política con España y su monarquía, sino todo lo contrario, preservar los lazos políticos con reformas que permitieran responder a la nueva situación. 

En 1807, el monarca lusitano con el título de “príncipe regente”, porque gobernaba por su madre que había sido declarada loca, y que posteriormente gobernaría con el nombre del rey Juan VI de Portugal, estaba casado con la hermana mayor del que sería rey español Fernando VII, doña Carlota Joaquina de Borbón, hija del hasta ese momento rey Carlos IV. 

En el verano de 1807 la monarquía portuguesa recibe una amenaza de Napoleón Bonaparte de que sería invadida si en un plazo perentorio no se sumaba al bloqueo que Francia había impuesto en los puertos europeos a los navíos ingleses. Portugal había sido tradicional aliada de la corona británica, así que le comunicó la situación. El ministro inglés George Canning les propuso un acuerdo a los portugueses, que se ejecutó entre octubre y noviembre de ese año, consistente en evacuar a la corte lusitana hacia Río de Janeiro, Brasil, bajo la protección de la armada británica. 

En ese interín las tropas francesas reciben autorización de la corona española para atravesar el país e invadir Portugal, lo cual se concreta en noviembre de 1807. Pero a partir de ese momento el ejército napoleónico permaneció en la península Ibérica, sin abandonar España, realizando una ocupación de hecho del territorio. 

En España, el 27 de marzo de 1808, se produce el llamado Motín de Aranjuez, por el cual el príncipe Fernando y sus seguidores fuerzan la renuncia del “favorito” y primer ministro Manuel Godoy, y pocos días después la abdicación de su padre Carlos IV en su favor. 

Rápidamente los agentes de la corona española promueven que en América las ciudades juren lealtad al nuevo rey. Lo cual se cumple en los meses subsiguientes en casi todos lados, pero el virrey Santiago de Liniers en el Río de La Plata retarda de manera taimada su juramento, hasta agosto. Esta actitud de Liniers, junto a su origen francés lo va a marcar y a hacer sospechoso ante los sectores leales a Fernando VII. 

En el mes de mayo, Napoleón reúne en la ciudad francesa de Bayona a padre e hijo, los dos reyes españoles que disputaban el trono. Obliga a Fernando a abdicar en favor de su padre Carlos, y a este último en abdicar en su favor, con lo cual proclama a su hermano José Bonaparte rey de España, el 7 de mayo de 1808. 

Unos días antes, el 2 de mayo, estalló una rebelión popular espontánea del pueblo de Madrid contra la ocupación francesa, la cual fue duramente reprimida por las tropas del general Murat, y que va a ser el primer asalto de lo que se va a llamar la Guerra de Independencia de España contra los ocupantes galos. Para luchar contra las tropas invasoras, y ante la desaparición del aparato político de la monarquía española, o su control por los “afrancesados” de José Bonaparte, los leales a Fernando VII van a promover la organización de “Juntas” por ciudades dirigidas por los patricios de cada una. 

El 28 de mayo de 1808 se creó en la ciudad de Sevilla, que no estaba ocupada aún por los franceses, la Junta Suprema de España e Indias, o abreviadamente, la Junta de Sevilla, presidida por Francisco de Saavedra. El 6 de junio esta Junta de Sevilla emite una declaración formal de guerra contra Francia, y el 15 de junio envía nota a las ciudades americanas informando la situación y, directa o indirectamente, sugiriendo la creación de Juntas siguiendo el ejemplo peninsular. 

Aunque, irónicamente, en los meses posteriores algunas juntas y figuras políticas en América se negaron a aceptar la Junta de Sevilla aduciendo que había otras en España, duda que luego de 1810 pasaron al Consejo de Regencia. Actitud que parece más bien buscaba justificar el actuar independiente ante la ausencia absoluta de un poder legítimo en España. 

Paralelamente en Brasil, la monarquía portuguesa, que siempre había tenido aspiraciones de expansión territorial brasileña hacia lo que era el virreinato del Río de La Plata, empezó a ejecutar un plan con ayuda del almirante inglés William Sidney Smith, para convencer a las autoridades y criollos del virreinato y de la ciudad de Buenos Aires de nombrar a Carlota Joaquina de Borbón como regenta de este territorio mientras durase la ocupación francesa, o, en todo caso, a su primo Pedro Carlos de Borbón quien también estaba en Río de Janeiro. 

El plan abarcó todo el espacio colonial español, pues se enviaron notas parecidas a Nueva España y otras regiones. Pero, al parecer, la propuesta “carlotista” tuvo menos calado en otras regiones que en el Río de la Plata. 

Ambos aspirantes elaboraron un documento conocido como “La Justa Reclamación” en el que se denunciaban los hechos ocurridos desde el Motín de Aranjuez, con lo cual, en la práctica desconocían la legitimidad de Fernando para ocupar el trono. Esta reclamación, en forma de carta fue enviada a casi todas las figuras prestantes de Buenos Aires: Liniers, Álzaga, Saavedra, Belgrano, etc. Estas notas fueron entregadas en septiembre de 1808. 

Carlotistas vs juntistas 

A partir de esto se va a producir la primera crisis política que va a dividir al virreinato en dos partidos y va a durar hasta mediados de 1809: los “carlotistas” y los “juntistas”, partidarios estos últimos de mantener la lealtad a Fernando VII. 

Hay que tener cuidado de no confundirse porque los que en principio van a definirse como “juntistas” en 1809 en realidad son monárquicos absolutistas o reaccionarios, leales a Fernando VII; mientras que los “carlotistas” (una variante monárquica) terminarán siendo juntistas en 1810, al crearse la Primera Junta. 

La transmutación del “partido carlotistas” en “juntista” se va a deber a un cambio de estrategia del gobierno inglés, que dejó de promover esa opción porque pasaron a ser “aliados” momentáneos de los leales a Fernando VII. Es evidente que los originalmente “carlotistas” eran comerciantes criollos muy ligados a los ingleses. 

Los “juntistas” estarían encabezados por las autoridades tradicionales, vinculadas a España, como los alcaldes de Buenos Aires y Montevideo, Martín de Álzaga y Francisco de Elío y partidarios de la Junta de Sevilla en ese momento. Los “carlistas” serían los criollos vinculados al comercio interesados en romper todas las limitaciones a sus negocios, como Manuel Belgrano y sus aliados. La contradicción entre estos dos bandos es la que explica los acontecimientos de esta fase del proceso. 

El virrey Liniers y demás autoridades rechazaron comedidamente la sugerencia de “La Justa Reclamación” aduciendo que ya habían jurado lealtad a Fernando unos meses antes. Pero un sector vinculado al Consulado de Comercio, que expresaba los intereses de los comerciantes criollos dispuestos al libre comercio con los ingleses, encabezado por Manuel Belgrano, su primo Juan José Castelli, Nicolás Rodríguez Peña, Beruti y otros jugaron con la posibilidad y enviaron una carta de respuesta a Carlota de Borbón. 

Este grupo ha sido llamado por la historia como el “partido carlotista”, pero también por el otro sector como el “partido de la independencia”. Parece contradictorio que, quienes van a encabezar el proceso independentista en los años posteriores defiendan la idea de establecer una monarquía borbónica en Buenos Aires a través de Carlota. 

Pero si se comprende que, como hemos explicado antes, el objetivo de los comerciantes criollos no era una “independencia nacional”, sino sus intereses económicos representados en el libre comercio por encima de todo. Si esto se podía lograr con una monarquía moderada que los llevara en cuenta, no había ningún problema de principios para ellos. Belgrano, Castelli y los otros no eran republicanos a muerte, ni mucho menos jacobinos. 

El texto de la carta enviada a Carlota de Borbón por Belgrano y sus amigos, con fecha de 20 de septiembre de 1808, decía que su ascenso al trono porteño tendría un efecto positivo en el virreinato porque “…cesaría la calidad de colonia, sucedería la ilustración, el mejoramiento y perfeccionamiento de las costumbres; se daría energía a la industria y al comercio, se extinguirían aquellas odiosas distinciones entre europeos y americanos, se acabarían las injusticias, las opresiones, la usurpación y dilapidaciones de la renta” (Ferla, 2006). 

Manuel Belgrano diría en sus Memorias años después: "Sin que nosotros hubiéramos trabajado para ser independientes, Dios mismo nos presenta la ocasión con los sucesos de 1808 en España y en Bayona. En efecto, avívanse entonces las ideas de libertad e independencia en América, y los americanos empiezan por primera vez a hablar de sus derechos... Entonces fue que, no viendo yo un asomo de que se pensara en constituirnos y sí a los americanos prestando una obediencia injusta a unos hombres que por ningún derecho debían mandarnos, traté de buscar los auspicios de la Infanta Carlota y de formar un partido a su favor, oponiéndose a los yiros de los déspotas que celaban con el mayor anhelo para no perder sus mandos y, lo que es más, para conservar la América dependiente de la España, aunque Napoleón la dominare" (Belgrano, 1910). 

La disputa entre “carlotistas” y “juntistas” se va a extender hasta mediados de 1809, cuando jugó un papel fundamental los acontecimientos como:  

  1. La creación de la Primera Junta, el 21 de septiembre de 1808, en Montevideo cuando un Cabildo abierto formó una Junta y nombró al gobernador Francisco Javier de Elío como su presidente, sin aval del virrey Liniers. Montevideo se va a convertir en un bastión de los leales a Fernando a lo largo de la guerra confrontado con Buenos Aires; 
  1. La llamada Asonada de Álzaga, en Buenos Aires el 1 de enero de 1809, cuando los sectores españolistas del Cabildo y el ejército intentan deponer al virrey Liniers, el cual es salvado por el coronel Cornelio Saavedra, que representa a los sectores criollos de las milicias; 
  1. Los hechos ocurridos en la ciudad de Chuquisaca el 25 de mayo y en la ciudad de La Paz el 16 de julio de 1809, la disputa entre los sectores españolistas o juntistas del Cabildo y la Universidad contra el presidente de la Audiencia, García de León Pizarro e indirectamente contra Liniers, sospechosos de pretender entregar Alto Perú a Brasil a través de Carlota. Los hechos de Chuquisaca han sido presentados como primera proclama de independencia de América, pero no fue así. El pueblo de Alto Perú interpretó que se les entregaba al imperio portugués a través de Brasil cuyo “bandeirantes” ya habían hecho incursiones allí. En la durísima represión a Chuquisaca y Lima en 1809 actuaron de común acuerdo tanto Buenos Aires como Lima. 

Pero en los meses subsiguientes, de fines de 1809 y principios de 1810, el proyecto carlotista se fue desvaneciendo por un simple hecho: los ingleses que antes eran enemigos de la corona española pasaron a ser aliados a través de la Junta de Sevilla, primero, y del Consejo de Regencia, después. 

Los ingleses, a quienes convenía garantizar sus intereses comerciales en el Río de la Palta, y que para ello los mejores aliados eran los del grupo de Belgrano, tenían que actuar sin que pareciera que desconocían los “derechos” de Fernando VII. Además, aunque Portugal/Brasil eran aliados, tampoco les convenía ayudarlos a inflar sus intereses y poder en la región. 

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Olmedo Beluche  

(Fragmento del libro Independencia hispanoamericana y lucha de clases, IV Ed.), sociólogo y analista político panameño, profesor de la Universidad de Panamá y militante del Partido Alternativa Popular.  

Fuente:  

www.sinpermiso.info, 27 de febrero 2021  

Un hombre en su tarea

Un hombre en su tarea 
Guillermo Castro H. 

Injértese en nuestras Repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas. Jose Martí[1] 

El historiador ambiental costarricense Anthony Goebbel McDermott ha publicado en el Oxford Handbook of Central American History el capítulo titulado “Land and Climate in Central American History”.[2] Allí, dice el autor, procura ofrecer una visión de conjuntode las relaciones entre las sociedades humanas y el mundo natural en Centro América, desde los comienzos de asentamiento humano hasta el presente. 

Al respecto, dice, Los principales hallazgos revelan de qué manera los rasgos biofísicos del Istmo condicionaron profundamente el desarrollo cultural y material, al desempeñar un papel a la vez decisivo e inadvertido en la formación de las sociedades humanas que alguna vez habitaron la región, como siguen haciéndolo en el presente. [Al respecto] la historia regional puede ser pensada como un largo y complejo de transición socioecológica, cuyo corolario es el significativo despilfarro de la mayor riqueza que ha ostentado este espacio geográfico desde los orígenes del asentamiento humano: su diversidad biológica y cultural. 

Para Goebbel, lo más importante de su trabajo consiste en que sirva como un insumo “para el desarrollo de la historia ambiental en Centroamérica, que aunque siempre prometedor, se suele poner esquivo.” Esa aspiración puede ser modesta en exceso. La publicación de su texto, en efecto, hace parte del desarrollo del nuevo pensamiento ambiental de nuestra América, donde la historia ambiental latinoamericana va consolidando así su presencia en este campo del saber, que terminará por ser el de la historia general de la especie que somos. 

A esa contribución de Goebbel se agrega el mérito de incursionar en la larga duración de la presencia humana en el Istmo centroamericano, de un modo que hace cada vez más evidente el vínculo entre la historia ecológica y la ambiental. Así, en el caso de Panamá, la historia ecológica se remonta a unos 6 millones de años, mientras la ambiental abarca, hasta donde sabemos, unos 14 mil. Desde esta perspectiva podemos entender mejor que toda historia ambiental es ecológica, pero no toda historia ecológica es ambiental, pero que ambas forman parte de un mismo proceso. 

El aporte de Goebbel hace parte, quizás sin que él mismo lo sepa, de una discusión en curso sobre las relaciones de afinidad y contradicción entre las historias ambientales que están siendo generadas desde las distintas sociedades del planeta. Por lo mismo, tiene una gran importancia importancia para el desarrollo de la nuestra, la latinoamericana. 

Con pequeños y grandes logros, en español como en portugués e inglés, la historia ambiental latinoamericana va dando cumplimiento - quizás sin saberlo- a la advertencia que nos hiciera José Martí allá en su ensayo Nuestra América en 1891, ciento treinta años atrás:  Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. 

Martí, como sabemos, fue persona culta, atenta al desarrollo de las artes y las ideas en ambas riberas del Atlántico, y en la América nuestra. Comprendía, junto a lo mejor de la juventud educada de su tiempo, que las repúblicas debían ser construidas de abajo hacia arriba, por un proceso de creación siempre original, nunca de arriba hacia abajo por mera imitación. Y el sustrato profundo de nuestras repúblicas estaba – justamente – en la profundidad de la historia de nuestros pueblos. 

“No más que pueblos en cierne, - que ni todos los pueblos se cuajan de un mismo modo, ni bastan unos cuantos siglos para cuajar un pueblo, -“ nos dijo, no más que pueblos en bulbo eran aquellos en que con maña sutil de viejos vividores se entró el conquistador valiente, y descargó su ponderosa cerrajería, lo cual fue una desdicha histórica y un crimen natural. El tallo esbelto debió dejarse erguido, para que pudiera verse luego en toda su hermosura la obra entera y florecida de la Naturaleza. - ¡Robaron los conquistadores una página al Universo![3] 

Y sin esa página no puede ser comprendido el libro en su plenitud de futuro. 

¿Cómo no saberlo desde Panamá? Mi gente ha sido sometida a una educación que no les permite saber que la historia ambiental de nuestra tierra abarca ya catorce mil años, que incluyen la creación de uno de los cinco centros de origen de la agricultura en nuestra América. No saben en qué cuenca residen, pero si en qué circuito votan cada cinco años, pero en cambio encuentran servido cada día en todos los medios de comunicación – incluyendo sus redes sociales – el caldo de cultivo de la desesperanza aprendida.[4] 

Aquí no se trata del rescate de una cultura perdida, sino de continuar la construcción de una nueva, capaz de expresar lo que hemos venido a ser, y lo que desde allí aspiramos a ser. Y en este caso, además, se trata del papel de la historia ambiental – la latinoamericana, y la de América Latina – en esa tarea, más importante que nunca en tiempos de amenaza de extinción, como los que nos ha tocado encarar. 

Ciudad de Panamá, 17 de febrero de 2021

Notas para la comprensión de las guerras de independencia de México


Notas para la comprensión de las guerras de independencia de México 
Olmedo Beluche 
03/02/2021 

Como indica el título de este artículo, no pretendemos hacer una historia de la independencia de México, de la cual se han escrito muchos y muy buenos libros. Esto apenas pretende ser un esbozo que ayude a la compresión del conjunto de aquellos complejos acontecimientos a quien desee compartir estas modestas páginas. 
Se trata de un esquema interpretativo desde una óptica marxista que enfoque el acontecimiento no como usualmente lo trata la historia oficial, que lo proyecta desde la “nación”. 

Lo que hoy entendemos por ese concepto, no como se entendía en aquella época, que lo presenta como una lucha preconcebida para la instauración de estado nacional independiente. Enfoque que se repite en toda Hispanoamérica. La cabal comprensión de los hechos se logra, no partiendo de un supuesto proyecto de nación, sino desde la lucha de clases, en la que diversos sectores sociales se enfrentaban por proyectos distintos de Estado Nuestro esquema visualiza aquellos acontecimientos como una revolución en toda la extensión de la palabra, en el cual los objetivos iniciales de los actores no necesariamente coinciden con lo que termina sucediendo al final; proceso que inicia con modestas demandas democráticas y se va radicalizando conforme los sectores dominantes se resisten a reformas elementales. 

Desde nuestra perspectiva debemos empezar por despejar algunos equívocos habituales que ha creado el enfoque “nacionalista”; tratar de entender qué era “el mal gobierno” en contra del cual se inicia el proceso y, por ende, los objetivos políticos iniciales los cuales van variando a medida que se radicaliza la lucha. También es importante comprender las clases sociales en pugna, y los intereses que defendía cada una; así como los diversos momentos de guerra y la crisis política (Beluche, 2012). 
Despejando algunos equívocos El equívoco habitual con que se enfoca la historia de la independencia hispanoamericana es presentarlo desde el primer hasta el último momento del acontecimiento como el proyecto de la construcción de un estado nacional. Dicho de esta manera, pareciera que desde Miguel Hidalgo e Ignacio Allende lucharon por la independencia de México, lo cual no era precisamente su objetivo inicial, si el asunto se analiza con más detalle, sino la creación de una Junta de Gobierno virreinal, compuesta de criollos y españoles, que dirigiría el país hasta el retorno de Fernando VII. 

Coincidimos con el historiador Tomás Pérez Vejo en que es un error enfocar el proceso de descomposición de lo que fue el imperio “español” o Monarquía Católica, como si fueran movimientos de liberación nacional al estilo de los del siglo XX, posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Cuando en realidad se trató de un proceso de descomposición política, guerras civiles cuyo desenlace fue la constitución de los actuales estados nacionales (Pérez Vejo, 2019). 

El resultado es producto de la guerra civil exacerbada por los sectores recalcitrantes de la monarquía que se negaron a aceptar las mínimas reformas democráticas demandadas por los criollos con las que se inició el proceso. Como ya hemos dicho en otros ensayos, en 1810 no se proclamó la independencia de España en ninguna parte de Hispanoamérica, pese a lo que dicen las historias oficiales que simplifican los hechos con claros objetivos ideológicos y nacionalistas. 

El objetivo en todos lados, en ese momento, no era la independencia, sino la constitución de Juntas Gubernativas en cada virreinato o jurisdicción, ante la desaparición de hecho de la monarquía tras las Abdicaciones de Bayona. Más aún, en esta fase 1808-1810, cuando se habla de Guerra de Independencia lo es contra la Francia napoleónica que había invadido España (Beluche, 2012). 

Que no pretendían la independencia de España ninguna de las Juntas que se crearon entre 1808 y 1810, queda claro en sus juramentos en favor de Fernando VII. Baste como ejemplo citar a Francisco Primo Verdad y Ramos, que el 12 de septiembre de 1808, en su alegato a favor de conformar la Junta Gubernativa de la ciudad de México, concluía con estas palabras, referidas a Fernando VII: “¡Ah si a costa de nuestras vidas pudiésemos daros la libertad, o entregarnos a la más dura servidumbre, nosotros besaríamos las cadenas con que estuviésemos atados, y al ruido de ellas entonaríamos sin cesar alabanzas a vuestra beneficencia! ¡Cielo, oye nuestros votos! ¡Ángel tutelar de las Españas, llévalos hasta el árbitro moderador de los reinos! ¿Por qué has encogido tu mano benéfica para no devolvernos a nuestro Rey, y a las delicias de nuestro corazón?” (Verdad, 1977). 

Juntas que, en principio, deberían incluir, junto con las tradicionales autoridades del aparato realista a la élite de la clase criolla, que controlaba buena parte de las haciendas, plantaciones, minas y cierto sector del comercio. Este era el objetivo inicial en todas las ciudades importantes del imperio, desde Buenos Aires, hasta Bogotá, Caracas y México. Fray Servando Teresa de Mier, en un ensayo dirigido al público inglés, escrito en 1813, respecto de los objetivos iniciales del movimiento decía: “… siendo iguales a los españoles en derechos, intentamos los americanos establecer Juntas y Congresos desde el momento en que los reyes de España e Indias las cedieron a Napoleón, y los Consejos de ambas comunicaron órdenes para obedecerle… y viéndola casi desaparecer, y su Gobierno, si lo era, reducido a un puñado de tierra en Cádiz, instalamos Juntas para no sumergirnos con ella. 

Entonces nos declaró abiertamente la guerra, que ya nos hiciera sorda pero cruel desde 1808, porque reclamábamos sus leyes fundamentales y las nuestras, y queríamos tener una garantía de nuestra seguridad” (De Mier, 1977). Los sectores realistas o absolutistas representados por la cúpula del aparato burocrático la monarquía: virreyes, audiencias, alta oficialidad del ejército y el alto clero, los comerciantes que monopolizaban los intercambios con España se opusieron tajantemente a la creación de juntas. 

Para ellos no debía cambiarse nada, aún en ausencia de la monarquía y la ocupación francesa de la península Ibérica. Cualquier cambio era visto como un atentado a la estabilidad política. Máxime que hubo sectores del criollismo que sostenían que las juntas americanas no le debían supeditación a ninguna junta española, ni a la de Sevilla, ni al Consejo de Regencia, sino solo directamente a la corona. Justamente esta visión procedía del criterio prevaleciente entonces de que el monarca no lo era de una sola y unitaria nación española, sino de múltiples reinos, cada uno con sus respectivas características y organización política específica. 

El rey era jefe político de múltiples reinos: Castilla, Aragón, etc., lo cual incluía a los virreinatos americanos al mismo nivel. Claro, esto visto desde la óptica de los criollos, no desde los gachupines o peninsulares, para quienes los virreinatos americanos estaban sujetos no solo a la monarquía sino a España en general y, por ende, a los españoles. “El Estado monárquico ibérico conservó siempre, desde su lejano origen romano, el carácter de una institución pública al servicio de la comunidad. Pero la misma forma en la que se construyó el poder monárquico en la Edad Media, por yuxtaposición de comunidades diferentes, de reinos que conservaban su personalidad, dio lugar a una teoría sobre la naturaleza del poder real… El rey ejerce su autoridad por delegación de Dios, pero es el representante de la comunidad -su señor natural-, el servidor de una ley que únicamente la comunidad puede modificar” (Guerra, México: del Antiguo Régimen a la Revolución , 1988). 

 Ese problema de la base de la legitimidad política y la soberanía, que no se había presentado antes de 1808, estalla con las Abdicaciones de Bayona, y es el inicio de las guerras de independencia. Guerras de independencia que, al principio no lo son contra España, sino contra Francia. La ruptura definitiva con España no empezó a producirse sino a partir del año 1811, en Caracas, Bogotá y Cartagena. Las otras tardarían un poco más como la de México en 1813 en el Congreso de Anáhuac dirigido por Morelos. 

El criollismo a su vez no era un ente monolítico. La cúpula del criollismo era una élite altamente privilegiada e inmensamente rica, especialmente los dueños de las minas de plata y oro, que gustaban comprar títulos nobiliarios a la corona e incluso enviar a sus hijos a vivir en España. Esta realidad social, que los acercaba mucho a los funcionarios virreinales de la monarquía, de quienes estaban separados solo por el lugar de nacimiento, los hacía altamente conservadores en política. 

 A la élite del criollismo, en todo el continente, les aterrorizaba especialmente que las masas indígenas, campesinas y esclavas, las llamadas castas, fueran permeadas por ideas liberales y que se alzaran en armas. Esto explica el pavor inicial de estos sectores ante la sublevación campesina que acompañó a Hidalgo hasta las puertas de la ciudad de México, y tal vez explique también su decisión, de Hidalgo, de no atacar la ciudad teniéndola a su merced. Al igual que los sectores más conservadores de la sociedad española, los criollos repudiaron la invasión napoleónica por rechazo a las ideas liberales que representaba la sociedad francesa, cuya contaminación había que evitar, porque temían la pérdida de sus privilegios. En esto la iglesia católica jugó un papel de vanguardia incitando la resistencia a los ocupantes franceses, tanto la jerarquía pro monárquica, como el bajo clero insurgente en Nueva España. Por eso es necesario despejar de una vez el otro equívoco habitual que atribuye a los sucesos y a los criollos hispanoamericanos ideas sacadas de la Ilustración y actitudes jacobinas. Todo lo contrario. Cuando en 1808, el Ayuntamiento de México, inspirado por Francisco Primo de Verdad y Ramos, y otros, intentó justificar la creación de una Junta Gubernativa, en ausencia del rey, sobre la base de que la soberanía retornaba al pueblo (“retroversión de la soberanía”) no apeló tanto a los ilustrados del siglo XVIII, como a las Leyes de Partida, promulgadas por Alfonso X en el siglo XIII (Verdad, 1977). 

 En la cultura criolla persistía más la tradición cultural hispana, que los elementos modernizantes de la ilustración europea. El hecho de que la estructura virreinal se mantuviera fuerte en Lima y México hasta 1821, se debió a la actitud timorata de los criollos, su temor a las masas y a cambios radicales. Dentro del grupo social criollo sí existieron sectores ilustrados, liberales y republicanos, pero socialmente se trataba de sectores de capas medias (oficiales militares, curas, comerciantes), que eran una minoría excepcional, y muchos llegaron a serlo en un proceso de radicalización paulatino, y no de proyectos políticos bien pensados con antelación a 1810. Francisco de Miranda, “El Precursor”, el venezolano que en el siglo XVIII imaginó a América independiente de España, fue la excepción y no la regla. Y su maduración del proyecto pudo concebirse justamente por vivir por cuatro décadas fuera de América, y por la influencia que tuvieron sobre él Inglaterra y las logias masónicas (Miranda, 1992). 

Clases sociales y bandos políticos Tulio Halphering establece la existencia de tres sectores diferenciados en la clase dominante del virreinato de la Nueva España a inicios del siglo XIX (Halphering Donghi, 1999): 1. Los criollos agrupados en el Cuerpo de Minería, dueños de las minas de plata, particularmente en la zona de Guanajuato y Zacatecas, como la mina La Valenciana; 
2. Los comerciantes peninsulares que tenían el monopolio de los intercambios con la península Ibérica, agrupados en el Consulado de Comercio, principalmente el de la ciudad de México, porque el Consulado de Veracruz tuvo mayor influencia de los criollos y fueron más partidarios de la libertad de comercio; 
3. La Audiencia dominada por gachupines representantes directos de la corona y el sistema absolutista, muchas veces enfrentada al Ayuntamiento (Cabildo) en que los criollos tenían mayoría de la representación. 
4. También una capa media urbana compuesta de profesionales, principalmente oficiales del ejército, abogados y curas. Respecto de la Iglesia Católica conviene tener claro que durante toda la guerra civil se partió en dos: la alta jerarquía de obispos, completamente volcada en defensa del statu quo, la monarquía y el absolutismo; y el bajo clero, que incluso llegó a liderar la insurgencia, cuyos modelos más reconocidos fueron Hidalgo y Morelos. La beligerancia de muchos curas en las guerras de independencia respondía a los agravios sufridos por la Iglesia Católica con las reformas del siglo XVIII, en que perdió muchas prerrogativas (Brading, 2016). 

 A esas clases sociales o sectores de clase, podríamos añadir, todo el sector agrario, geográficamente ubicado en la llamada zona de El Bajío, región en la que inicia la crisis en 1810, aunque posteriormente se extendió al sur y al resto del país. El Bajío, es un espacio geográfico que abarca los actuales estados de Aguascalientes, Jalisco, Michoacán, San Luis Potosí, Querétaro, Zacatecas y Guanajuato, que tenía una función similar a la de las llamadas provincias del litoral en el virreinato del Río La Plata, que alimentaba y dependía de la región minera del Potosí de Alto Perú (Bolivia), acá el motor dinámico eran las minas de Guanajuato y Zacatecas a las cuales alimentaban, así como a los grandes centros urbanos, especialmente ciudad de México. Por supuesto el sector agrario estaba representado por varios estratos: 

1. Los hacendados o latifundistas, principalmente ganaderos; 
2. Los campesinos de rango intermedio, o rancheros; 
3. El pequeño campesinado pobre, compuesto por aparceros y medieros que eran los peones o braceros de las haciendas. 
4. Las comunidades indígenas, que laboraban tierras colectivas o ejidos (hasta 600 varas cuadradas), que habían sido entregadas para formar los “pueblos de indios” o reducciones, de manera que estuvieran disponibles como mano de obra para las haciendas (Florescano E. , 1980). 

 Dado que el sistema colonial español dividía a la población por su origen racial, conviene tener presente su distribución demográfica para mejor comprensión del proceso: 3 millones de “indios”, 2 millones de “castas” (mezclados), 1 millón de criollos o “españoles americanos”, y medio millón de gachupines, como se llamaba a los españoles de origen ibérico que ocupaban los altos cargos de la administración virreinal (Mexico, 1811). 

¿Qué era el “mal gobierno” contra el que se alzaron Hidalgo y Allende? El Grito de Dolores no quedó consignado en documento escrito alguno por los protagonistas, ni siquiera testimonialmente por quienes lo presenciaron. 

Todas las referencias son posteriores y recogidas de oído por personalidades que no estuvieron directamente en el acontecimiento. Pero todas parecen coincidir en que hubo vivas a la virgen de Guadalupe y a Fernando VII, y mueras al “mal gobierno” refiriéndose al gobierno de los gachupines. Versiones que parecen trabajadas con posterioridad han agregado a la arenga vivas a “la América española”, o “Viva México” y “muerte a los gachupines”. 

Algunos señalan que Hidalgo acusó al “mal gobierno” de entregar el reino a los franceses, con lo cual queda en la confusión el objetivo final de la lucha, si se trataba de la independencia absoluta o se trataba de sacar del gobierno a gente en la que no se podía confiar. Se referían al gobierno de España o al de Nueva España, es otro interrogante. En todo caso, las vivas a Fernando VII implican la sumisión a la corona. Pero más importante para el éxito del movimiento fue que prometiera el fin de los tributos, una de las imposiciones coloniales más odiadas por indígenas y campesinos (Herrejón Peredo, 2009). 

Las consignas de los campesinos iracundos “¡Viva el rey y muera el mal gobierno!” no eran completamente nuevas en 1810, sino que hacían parte de la tradición política. Incluso eran anteriores a las reformas borbónicas, que causaron fuertes alteraciones económicas al aumentar el flujo de riqueza de la Nueva España hacia Madrid. Recurrimos a Florescano que nos explica: “En 1693 otra desastrosa sequía y la manipulación de los granos por hacendados y funcionarios de la capital hizo estallar la furia de los pobres de la ciudad; entre gritos contra “los gachupines que se comen nuestro maíz”, mueras al corregidor y al virrey y lemas sediciosos: “¡Viva el rey y muera el mal gobierno!”. 

Una multitud hambrienta apedreó la alhóndiga, el palacio municipal y acabó saqueando el mismo palacio virreinal y las tiendas de los comerciantes españoles. En ese año los amotinados incendiaron todos los símbolos del poder que los oprimía: el palacio municipal y el virreinal, la alhóndiga, la casa del corregidor de la ciudad, las tiendas de los comerciantes, la cárcel y la horca” (Florescano E. , 1980). “¡Viva el rey, muera el mal gobierno!”, también fue el grito que movilizó la insurrección peruana dirigida por Tupac Amaru en 1780, y la de los comuneros en Nueva Granada en 1781, contra los impuestos arbitrarios del régimen borbónico. 

Obedecen a una tradición tanto las vivas al rey, como las mueras al mal gobierno, como la virulencia como los insurrectos atacaron a los españoles de Guanajuato que se habían refugiado en la alhóndiga de Granaditas, pues ellos y estos edificios eran parte de la injusticia instituida por las clases dominantes contra el campesinado. A todo lo largo del siglo XVIII se mantuvieron revueltas campesinas en Nueva España, especialmente de las comunidades indígenas: 1734-1737 en California, 1761 de los mayas dirigida por Jacinto Canek, otras en Sonora, etc. (Oliva de Coll, 2014). 

Podemos suponer que, para el campesinado y los indígenas que acompañaron a Hidalgo en 1810, el “mal gobierno” sería el causante de su sufrimiento, y este sería en parte el gobierno del virreinato de la Nueva España, con todo su aparato de funcionarios, pero con seguridad en su imaginario lo serían también los hacendados de origen criollo, quienes eran sus explotadores directos. 

Con lo cual es fácil colegir que la revolución campesina de 1810 no tenía como objetivo primordial la constitución de un estado independiente, sino cambiar la organización social y económica en el agro novohispano que causaba su sufrimiento. Menos se puede creer que la causa fuera la independencia a la vez que se juraba por Fernando VII. Para los sectores sociales vinculados a la iglesia, como Hidalgo, y a ciertos sectores del criollismo, el “mal gobierno” podría ser la dinastía borbónica que, siendo francesa como Napoleón, con sus reformas modernizantes a lo largo del siglo XVIII, era la culpable de la alteración del orden colonial instaurado desde el siglo XVI. No olvidemos que la iglesia fue víctima de dichas reformas, y que la misma tenía un peso importante en el virreinato de la Nueva España y en la formación de su clase privilegiada, los criollos. 

 Dos medidas golpearon a la iglesia: la expulsión de los jesuitas en 1767 (la cual produjo revueltas en varias ciudades de Nueva España, las cuales fueron duramente reprimidas) y la Real Cédula de enajenación de bienes y cobro de capitales de capellanías y obras pías para la consolidación de vales reales, de 1804 (Florescano E. y., 1994). 

 Florescano y Gil señalan que esta Cédula causó una gran perturbación porque la iglesia católica en Nueva España hacía de prestamista a hacendados, comerciantes, mineros, grandes, medianos y pequeños, con lo cual se vieron obligados a redimir sus hipotecas en un corto lapso de tiempo para satisfacer la imposición de la monarquía. La misma se aplicó en los años previos al estallido de la crisis, de 1805 a 1809, y significó la sustracción de 12 millones de pesos del virreinato hacia Madrid. Así que éste sería otro motivo para el odio a los gachupines. 

Se dice que el propio Miguel Hidalgo y su familia fueron víctimas de esta medida de 1804 y su recaudación forzosa, que llevó a la quiebra sus propiedades consistentes en fincas agrícolas, incluso se señala que su hermano menor vio afectada su salud y murió por ese motivo. Esto se habría convertido en impulso personal en el caso de Hidalgo que lo llevó a ponerse directamente a la cabeza del ala más radical de la insurrección de 1810 (Belsasso, 2018) 

La expulsión de la Compañía de Jesús también tuvo sus implicaciones ideológico-culturales, puesto que ella educaba a los hijos de los criollos. De sus mentes más brillantes van a surgir los primeros en imaginar un México con un glorioso pasado indígena, lo que a la larga sería usado como fundamento de la nación moderna e independiente, como fue el caso de Francisco Xavier Clavijero y su Historia antigua de México, publicada en el exilio italiano (Clavijero, 1853). 

David Brading señala que los obispos y frailes jugaron un papel tan importante en la resistencia a los franceses, en especial en la diócesis de Michoacán, porque ya consideraban a los asesores de las reformas borbónicas que habían afectado a la iglesia novohispana como afrancesados, y ahora temían que esos funcionarios entregarían el trono a Bonaparte. “Su papel en la insurgencia en 1810 solo se puede explicar como reacción al prolongado y continuo ataque a los privilegios, la jurisdicción, la riqueza y los ingresos de la Iglesia mexicana” (Brading, 2016). 

Otro elemento a considerar, en la primera fase (1808), es la impresión de muchos sectores en América de que las autoridades monárquicas en España habían capitulado y aceptado el nuevo rey impuesto por Bonaparte. En su imaginario el “mal gobierno” serían esos funcionarios traidores y dóciles a los franceses (Guerra, Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, 1993). 

Irónicamente, uno de los sectores más afectados con las reformas borbónicas fue el Consulado de Comerciantes de México, cuando se rompió el monopolio comercial con Cádiz y se deshizo la flota de galeones permitiéndose la libertad de comerciar desde cualquier puerto y hacia cualquier puerto de la península. Esto benefició a importantes sectores criollos, como el Consulado de Veracruz y el de Guadalajara; además del trato privilegiado que se le dio al negocio minero. 

Como las reformas borbónicas buscaban modernizar el viejo aparato colonial de los Habsburgos, aumentar el comercio, la producción minera sobre todo, para aumentar las recaudaciones, y sobre toda la sujeción directa a la corona, eliminando la intermediación de ciertas corporaciones, como la Iglesia, quienes usufructuaban del orden colonial vigente hasta antes de la llegada de los Borbones verían afectados sus privilegios en alguna medida, y alimentarían el bando de los insurrectos. 

En resumen, en 1810 salió a flote un descontento de diversos sectores de la sociedad novohispana, de manera particular de los campesinos pobres y sectores del bajo clero, molestos por causas distintas: unos, por la estructura social injusta del campo que les hacía sufrir especialmente en años de sequía; otros por unas reformas que habían menoscabado el papel de la iglesia en la sociedad, y que añoraban los mejores tiempos del siglo XVII. Su enemigo inmediato, su “mal gobierno” era el virrey y su aparato burocrático. 

En todo caso, se pretendía crear una Junta Gubernativa que cambiara el estado de cosas. Las vivas a Fernando VII indican continuidad de sujeción a la monarquía y ponen en duda la voluntad de constituir a México en un país independiente de España en 1810. Todavía en 1812, después de leer el “Plan de Paz y de Guerra” de José María Cos, Morelos diría: “Viva España, pero España hermana no dominadora de América” (Morelos, 1874). Hasta el Congreso de Anáhuac, el 6 de noviembre de 1813, cuando finalmente Morelos declararía: “queda rota para siempre jamás y disuelta la dependencia del trono español” (Anáhuac, 1813). 

En 1810 hubo una revolución agraria Es obligante preguntarse cómo es posible que muy rápidamente se pase de un reducido grupo de intelectuales y militares, que componían la llamada Conspiración de Querétaro, a un ejército de decena de miles de campesinos enardecidos que seguían al cura Hidalgo. Aparte del mito sobre la imagen de la Virgen de Guadalupe enarbolada por Hidalgo, la mayoría de los historiadores no responde a la pregunta. 

Pero hay un grupo de especialistas que han estudiado la relación entre los cambios climáticos, las sequías especialmente, la crisis agrícola y los movimientos políticos en México. Ellos sí nos dan la respuesta a la rápida radicalización del campesinado de la zona del Bajío: la sequía. “Según Florescano, una prueba de que este fenómeno tuvo un impacto fuerte sobre la política, lo representa el periodo que comprende los primeros años de la lucha de Independencia, debido a que hubo una sequía severa y continúa en el Virreinato en los años de 1808 a 1811. 

Esta grave variación climatológica se convirtió en una gran perturbación económica que afectó a una generación que desde 1785 había vivido una serie de desastres. Fue esta generación la que se levantó en armas en 1810. La sucesión de sequías, alzas de precios, carestía y hambre desde fines del siglo XVIII, quizás coadyuvó a que la sequía de 1808 fuese el detonador de un gran malestar social latente en la sociedad colonial. 

El descontento de una gran parte de las masas, en lugar de manifestarse en alborotos y protestas por la carestía, encontró su detonador político en la retórica revolucionaria de Miguel Hidalgo. La unión de ambos produjo el levantamiento de 1810. Este mismo autor señala que, quizás, si no hubiese habido la gran sequía de 1808-1811, el malestar campesino y el furor popular no hubiera coincidido con la demanda política de la Independencia” (Espinoza Cortés, s.f.). 

Florescano analiza los procesos de sequías en el campo mejicano a lo largo de la historia, principalmente del periodo colonial. Describe que los años en que la sequía era muy severa se producían grandes migraciones de campesinos y peones de minas en dirección a las ciudades en busca de alimentos. Incluso explica cómo los grandes hacendados usaban el ciclo climático y agrícola para favorecerse a costa del campesinado medio, pobre e indígena. “Cuando las sucesivas sequías de 1808, 1809 y 1810 dejaron yerma la tierra y por esos campos estériles se extendió la rebelión de Hidalgo, las masas campesinas formaron el grueso de los ejércitos de la insurrección. 

Los rebeldes de 1810 eran campesinos desesperados, peones sin trabajo y hambrientos. La revolución de la independencia fue precedida por una sucesión de sequías, malas cosechas y crisis agrícolas y estalló al culminar una oleada de altos precios que agudizó la carestía, el hambre y la desesperación” (Florescano E. , 1980). 

 Esta realidad social del campesinado del Bajío es lo que explica que, tras el Grito de Dolores, el 16 de septiembre de 1810, y de 80 presos que liberaron, según el mito, el movimiento se extendiera rápidamente por todos los pueblos de manera que, para el 21 de ese mes, cuando llegaron a Celaya, se estima que eran al menos 20 mil, entre campesinos y mineros. La violencia ejercida por las masas en el saqueo de Celaya y Guanajuato también dan cuenta del odio de clase larvado. A lo que podemos agregar que las masas alzadas convirtieran al cura Miguel Hidalgo y Costilla en caudillo del movimiento, por encima de militares profesionales como Ignacio Allende, éste último mucho más moderado en sus demandas. 

 Al llegar a Michoacán (Valladolid), por el 17 de octubre, ya el ejército insurgente sumaba más de 60 mil personas. Probablemente eran 80 mil cuando el 30 de octubre derrotaron a los españoles en el monte de las Cruces, próximos a ciudad de México, pero que Hidalgo, por razones desconocidas decide no tomar, luego que fracasó el intento de capitulación pacífica del virrey. Hidalgo volvió a Michoacán e Ignacio Allende tomó hacia Guanajuato. 

Es interesante en los acontecimientos de 1810 el proceso de radicalización de Miguel Hidalgo, el cual no llega a formalizar la declaración de independencia pero en su fuero personal queda convencido de esa necesidad, lo cual lo aleja de sus aliados, como Allende que llega a decir que el cura se dejaba llevar por la plebe y se estaba olvidando de Fernando VII (Villoro, 2009). 

En un Manifiesto, de diciembre de 1810, emitido en Guadalajara, cuyo objetivo era defenderse de las acusaciones de herejía y de alejarse de la fe católica, termina diciendo Miguel Hidalgo: “Rompamos, americanos, esos lazos de ignominia con que nos han tenido ligados tanto tiempo: para conseguirlo no necesitamos sino de unirnos. Si nosotros no peleamos contra nosotros mismos, la guerra está concluida y nuestros derechos a salvo. 

Unámonos, pues, todos los que hemos nacido en este dichoso suelo, veamos desde hoy como extranjeros y enemigos de nuestras prerrogativas a todos los que no son americanos…” (Hidalgo, 1977). Junto a este Manifiesto, Hidalgo emite dos bandos, uno sobre las tierras, expropiándolas de los arrendatarios y devolviéndola a las comunidades de los naturales, y otro ordenando la libertad de los esclavos en un término de diez días so pena de muerte, y el cese del pago de tributos (Ibidem, pp 44-45). 

Esta radicalización de Hidalgo, bajo el influjo de las masas campesinas e indígenas enardecidas, fue produciendo diferencias cada vez mayores entre él y sus aliados originales, como Ignacio Allende. ““Hay que envenenar al cabrón cura”, palabras de Allende refiriéndose al Cura Hidalgo. Esto lo exclamó cuando supo que Hidalgo había mandado asesinar entre 350 y 400 españoles en Guadalajara del 12 de dic de 1810 al 13 de enero de 1811” (Allende, 2018). 

Aunque Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez fueron detenidos el 21 de marzo de 1811, y posteriormente fueron ejecutados, la guerra civil se extendió durante 10 años, hasta 1821, a un costo en vidas que algunos calculan entre 600 mil y un millón de muertos y con la guerra civil extendida a toda Nueva España, especialmente en el sur, donde surgieron nuevos caudillos como J. M. Morelos y Vicente Guerrero (Villoro, 2009). 

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Olmedo Beluche sociólogo y analista político panameño, profesor de la Universidad de Panamá y militante del Partido Alternativa Popular. Fuente: www.sinpermiso.info, 3 de febrero 2021