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Cuarta entrega del Café con La Prensa.



Cuarta entrega del Café con La Prensa. Invitada: Gina Montiel, representante del BID. Montiel expuso el tema: Panamá en el podio del crecimiento.

Balance y perspectivas de Donald Trump

Thierry Meyssan

Es un grave error juzgar al presidente Trump según los criterios de la clase dirigente de Washington y sin tener en cuenta la Historia y la cultura de Estados Unidos. También lo es interpretar sus actos según las normas del pensamiento europeo. Su defensa de la posesión de armas o de los manifestantes racistas de Charlostteville no tiene nada que ver con un apoyo a los extremismos sino sólo con la promoción de la Bill of Rights.

Thierry Meyssan explica la corriente de pensamiento que Donald Trump representa y hace un balance de sus importantes realizaciones económicas, políticas y militares. El autor plantea también la cuestión de los límites del pensamiento político estadounidense y de los riesgos que implica el desmantelamiento del «Imperio americano».

Durante la campaña previa a la elección presidencial estadounidense de 2016, Donald Trump se comprometió a respetar las reglas del Partido Republicano. Nadie creía entonces en su capacidad para lograr la victoria. Pero Trump basó su campaña en los fundamentos históricos de ese partido, olvidados desde hace tiempo por sus políticos, y eliminó así a todos sus rivales. Hasta el momento mismo del anuncio de su victoria, los sondeos lo daban como perdedor. De la misma manera, ahora afirman que no podría lograr la reelección.

Ya hace casi un año que el presidente Trump llegó a la Casa Blanca. Se hace ahora posible discernir sus ambiciones políticas, a pesar del destructivo enfrentamiento que se desarrolla en Estados Unidos entre sus partidarios y sus adversarios, en detrimento de todos.

Comprobar los hechos resulta muy difícil, tanto más cuanto que el mismo Trump se encarga de disimular sus principales realizaciones tras un cúmulo de declaraciones y tweets contradictorios y porque su oposición, a través de sus propios medios de difusión, lo presenta como un loco.

Ante todo, desde los tiempos de la Guerra de Secesión, Estados Unidos nunca había estado tan dividido como ahora. Ambos bandos se muestran muy violentos y algunos de los protagonistas dan prueba de una tremenda mala fe. Para entender lo que sucede tenemos primero que hacer abstracción de los intercambios más rudos y determinar lo que representa cada uno de esos protagonistas.

Estados Unidos es un país creado a la vez por los «Padres Peregrinos» («Pilgrim fathers»), o sea los puritanos que llegaron a América a bordo del Mayflower, cuya llegada se festeja con el «Thanksgiving» o «Día de Acción de Gracias», y por una multitud de migrantes provenientes del norte de Europa.

Los «Padres Peregrinos» eran sólo un grupúsculo pero tenían un proyecto religioso y político: crear una «Nueva Jerusalén», organizada según la Ley de Moisés, y alcanzar la pureza. Al mismo tiempo, pretendían continuar en América el enfrentamiento entre el Imperio Británico y el Imperio Español. Los inmigrantes, por su parte, querían hacer fortuna en un país que creían vacío, sin habitantes, sin trabas, sin gobierno, exceptuando las autoridades locales. Ambos grupos forman un conjunto que los sociólogos designan con las siglas WASP por White Anglo-Saxon Protestant, o sea “Blancos Anglosajones Protestantes”.

Al redactarse la Constitución estadounidense, los «Padres Fundadores» representaban mayoritariamente a los puritanos. Bajo el impulso de Alexander Hamilton, concibieron un texto antidemocrático, que reproducía el funcionamiento de la monarquía británica pero transfiriendo el poder de la gentry a las élites locales, representadas por los gobernadores. Aquel texto provocó la cólera de los inmigrantes llegados del norte de Europa, que habían luchado y derramado su sangre durante la Guerra de Independencia.

Pero en lugar de reescribir la Constitución y reconocer la soberanía popular, se le agregó –por iniciativa de James Madison– la decena de Enmiendas que conforman la «Bill of Rights» o «Carta de Derechos». Agregado a la Constitución, este documento garantizaba a los ciudadanos la posibilidad de defenderse de la «Razón de Estado» recurriendo a los tribunales. El conjunto conformado por ambos textos estuvo en vigor durante dos siglos, satisfaciendo a ambos grupos.

El 13 de septiembre de 2011, el Congreso de Estados Unidos adoptó precipitadamente la USA Patriot Act, conocida en español como «Ley Patriótica» o «Acta Patriótica», un código antiterrorista muy voluminoso. Este documento, que había sido preparado en secreto en años anteriores a los atentados del 11 de septiembre de 2001, suspende la Bill of Rights ante toda circunstancia vinculada al terrorismo. Desde entonces, los Estados Unidos del presidente republicano George Bush Jr. –descendiente directo de uno de los puritanos del Mayflower– y de su sucesor demócrata Barack Obama han sido gobernados única y exclusivamente según los principios puritanos modernos –que ahora incluyen el multiculturalismo, derechos diferentes para cada comunidad y una jerarquía implícita entre esas comunidades.

Donald Trump se presentó a la elección presidencial como candidato de los inmigrantes llegados del norte de Europa, o sea de los WASP no puritanos. Basó su campaña electoral en la promesa de devolverles el país confiscado por los puritanos e invadido por hispanos que rechazan integrarse a su cultura. Su divisa «America First» debe interpretarse como la restauración del «American Dream», el sueño estadounidense de hacer fortuna, frente al proyecto imperialista puritano y la ilusión del multiculturalismo.

La defensa de la Bill of Rights comprende el derecho a manifestar, incluso para los grupos extremistas, estipulado en la 1ª Enmienda, y el derecho de los ciudadanos a portar armas para resistir a los posibles excesos del Estado federal, derecho estipulado en la 2ª Enmienda. Es por tanto perfectamente legítimo que el presidente Trump haya respaldado el derecho de los grupos racistas de Charlottesville a manifestar y que haya expresado apoyo a la National Rifle Association (NRA), defensora de la posesión de armas. Esta filosofía política puede parecer absurda a los no estadounidenses, pero corresponde a la Historia y la cultura de Estados Unidos.

Los dos poderes más importantes de un presidente estadounidense son:

- el poder de nombrar a miles de altos funcionarios,
- la posibilidad de determinar objetivos militares.

Pero resulta que Donald Trump dispone sólo de algunas decenas de seguidores fieles para cubrir miles de plazas de funcionarios y que el Pentágono ya cuenta con su propia doctrina estratégica. Trump está por tanto obligado a determinar cuáles son las decisiones capaces de modificar el sistema y reservarse para ellas.

Desde su llegada a la Casa Blanca, Trump ha venido actuando efectivamente para:

- desarrollar la economía y limitar el control que ejerce sobre ella el mundo de la finanza;
- desmantelar el «Imperio Americano» y restaurar la República, o sea el Interés General;
- defender la identidad WASP y expulsar a aquellos que, entre los hispanos, se niegan a integrarse a la cultura estadounidense.

Trump acaba de poner a Jerome Powell a la cabeza de la Reserva Federal. Es la primera vez que esa institución tiene un presidente que no es economista sino jurista. Su misión será poner fin a la política monetarista y a las reglas en vigor desde la derrota de Estados Unidos en Vietnam y el fin de la convertibilidad del dólar en oro. Jerome Powel tendrá que concebir nuevos reglamentos que pongan el capital al servicio de la producción y no de la especulación, como hasta ahora sucede.

La reforma fiscal de Donald Trump debería suprimir todo tipo de exoneraciones y reducir las tasas sobre las empresas de 35 a 22%, o incluso a 20%. Los expertos están divididos en cuanto a saber qué clases sociales van a beneficiarse con esas medidas. Lo único seguro es que, vinculada con la reforma aduanera, hará menos rentables los numerosos puestos de trabajo que las transnacionales han transferido al extranjero y llevará a que diversas industrias regresen a suelo estadounidense.

En el plano internacional, Trump ha puesto fin al reclutamiento de nuevos yihadistas y al apoyo que ciertos Estados aportaban a esos elementos, exceptuando el respaldo del Reino Unido, Qatar y Malasia, que siguen aplicando esa política. Sin embargo, no ha detenido la implicación de empresas transnacionales y de altos funcionarios internacionales en la organización y financiamiento del yihadismo.

En vez de disolver la OTAN, como había pensado hacerlo inicialmente, la transformó obligándola a abandonar el uso del terrorismo como método de guerra y la ha llevado a convertirse en una alianza antiterrorista.
Trump sacó además a Estados Unidos del Tratado Transpacífico de Cooperación Económica, concebido contra China. En agradecimiento, Pekín redujo considerablemente sus derechos de aduana, demostrando así que es posible instaurar la cooperación entre Estados en lugar de la anterior situación de enfrentamiento.

En el plano interno, el presidente Trump puso al juez Neil Gorsuch en la plaza que estaba vacante en la Corte Suprema, instancia encargada de hacer evolucionar la interpretación de la Constitución, lo cual incluye la Bill of Rights. El juez Gorsuch es un magistrado célebre por sus estudios sobre el sentido original de esos textos y parece, por tanto, capaz de restablecer el compromiso básico de la creación de Estados Unidos.

En 1998, Igor Panarin –por entonces uno de los directores de los servicios secretos rusos– pronosticaba una guerra civil y la división de Estados Unidos en 6 Estados diferentes para una época próxima a los años 2010. Pero el golpe de Estado que tuvo lugar en Washington el 11 de septiembre de 2001 retrasó ese proceso. El periodista Colin Woodard reactualizó en 2012 los datos de Panarin y comprobó que la movilidad de los estadounidenses los ha llevado a reagruparse en 11 grupos comunitarios culturales separados y coexistentes, sin que los negros lleguen a formar una comunidad por hallarse simultáneamente integrados y discriminados en 2 de esas 11 comunidades.

Aunque ese balance resulta muy satisfactorio para los electores del presidente Trump, es aún demasiado pronto para saber si facilitará la integración de los no WASP o si provocará, por el contrario, que sean expulsados de la comunidad nacional. Según el especialista en geopolítica mexicano Alfredo Jalife, dos terceras partes de los hispanos que no hablan inglés en Estados Unidos viven en California, territorio robado a México.

Donald Trump pudiera verse tentado a resolver el problema cultural y demográfico de Estados Unidos favoreciendo la secesión de ese Estado, o sea el llamado «Calexit», expresión inspirada en el ya célebre «Brexit». En ese caso, la Casa Blanca tendría que enfrentar los problemas que plantearía la pérdida de la industria del espectáculo con sede en Hollywood, de la industria del software asentada en Silicon Valley y, sobre todo, perder la base militar de San Diego. La operación que la Casa Blanca y sus enlaces han iniciado en Hollywood, al calor del caso Weinstein, parece indicar que ese proceso ya está en marcha.

La secesión de California podría iniciar un desmantelamiento étnico de Estados Unidos hasta reducir ese país al territorio inicial de los 13 Estados que adoptaron la Constitución, incluyendo la Bill of Rights. Esa es, en todo caso, la hipótesis formulada hace tiempo por el especialista ruso en geopolítica Igor Panarin.


42 años de traición al pueblo saharaui


El mes de noviembre marca para los pueblos árabes un mes infausto. Un mes marcado de fechas trágicas, que nos obliga a mirar la historia, aprender de ella y recordar como una obligación política y moral.

Efectivamente, en el mes de noviembre del año 1917 se estableció la Declaración Balfour que marcaría la complicidad de occidente con la creación de un “hogar nacional judío” en tierras palestinas. También en el mes de noviembre, pero del año 1947 la organización de las naciones unidas sancionaría la Resolución N° 181 sobre la partición de Palestina, que sentaría un precedente nefasto en orden a expoliar y fragmentar el territorio palestino otorgando el 54% de sus tierras a colonos sionistas afincados en palestina.

Una marcha colonialista

Igualmente, el mes de noviembre pero en este caso del año 1975 representa una fecha infausta para el pueblo saharaui, que rememora su propia Nakba a manos de Marruecos tras la llamada Marcha Verde. Año tras año desde el 6 de noviembre, desde 1975, al conmemorarse la denominada Marcha Verde –que dio inició a la ocupación de Marruecos del territorio saharaui– esta fecha me hace reiterar la afirmación y ampliar mis convicciones, respecto a que al pueblo saharaui se le ha robado su territorio y su desarrollo como nación, pero no su valentía y dignidad.

Marcha que marcó, igualmente, el inicio de la guerra entre Marruecos y la República Árabe Saharaui Democrática –RASD– en un conflicto armado que se prolongó 16 años. El día 6 de septiembre del año 1991 las fuerzas saharauis y de Marruecos cesaron el fuego que inundó esa zona del Magreb. No se declaró el fin de las hostilidades entre las fuerzas del Frente Polisario y Marruecos, sino que un simple armisticio. En dicha fecha el pueblo saharaui, a través de su organización política y armada decidió asumir el proceso de paz siempre y cuando la monarquía marroquí, respetara la decisión del referéndum, que debía ser conducido e implementado por la Organización de Naciones Unidas –ONU– a través de la Misión de las Naciones Unidas Para el Referéndum en el Sahara Occidental –MINURSO– Los saharauis han cumplido, han cedido, han esperado. Marruecos, España, Francia y la ONU han traicionado los compromisos asumidos.

Una declaración de alto al fuego surgida en un marco poco estable, que poco a poco comenzó a mostrar esa fragilidad, consolidando el temor respecto a que el proceso de referéndum nació malherido, sobre todo por las presiones de la Casa Real Marroquí que, avalada por sus alianzas con España, Francia y Estados Unidos, desconoció el censo efectuado por España el año 1974 y los requisitos necesarios para identificar los votantes autorizados. Elemento crucial, pues de esa manera, Marruecos aumentó artificialmente el número de votantes, sumando a miles de colonos traídos a los territorios ocupados, modificando la naturaleza de dicho referéndum.

Situación que comienza a tener su explosión bélica, con la entrada en territorio saharaui de la Marcha Verde. Proceso político destinado a presionar a las Naciones Unidas, a España y preparar el escenario de la invasión al Sáhara occidental. Iniciada a mediados del mes de octubre del año 1975 y que cruza la frontera con el territorio saharaui el día 6 de noviembre. Se marca así el inicio de la ocupación y proceso colonizador de Marruecos del Sáhara occidental, consolidando la conducta indigna de la potencia ocupante –España– que abandona el territorio, traicionando los anhelos del pueblo saharaui e incumpliendo sus obligaciones como potencia colonial desde el año 1885 en la zona, permitiendo la irrupción –por felonía y acuerdos firmados a espaldas del pueblo saharaui– de las fuerzas de Marruecos y Mauritania, impidiendo, de esa forma, la organización de un referéndum por la independencia bajo el mandato de las Naciones Unidas.

La invasión del Sahara generó la resistencia del pueblo saharaui, agrupado en torno al Frente Popular de Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro –Frente Polisario– fundado el año 1973, que ha desafiado a Marruecos y su política de anexión del territorio saharaui.

Mauritania en esta historia fue derrotado contundentemente por las fuerzas saharauis y obligado a firmar la paz el año 1977, continuando la contienda entre las precarias, pero heroicas fuerzas del Polisario contra el bien equipado ejército marroquí. Entre el año 1975 y 1991 se enfrentaron las fuerzas saharauis apoyadas por Argelia, principalmente, contra el Reino Alauita de Marruecos, asistido éste por Occidente: Francia y Estados Unidos al que se unieron en materia de apoyo financiero, tecnológico y labores de inteligencia, tanto Arabia Saudita como Israel.

La Marcha Verde comenzó a la par de la decisión de la Corte Internacional de Justicia de La Haya quien hizo público un dictamen, para responder la interrogante respecto a que si Sáhara occidental era, al momento de la colonización por España un territorio sin dueño –¿Era el Sáhara Terra Nullius?– y si la respuesta a la primera pregunta fuera negativa, conocer entonces cuáles eran los vínculos jurídicos entre este territorio y el Reino de Marruecos y la entidad mauritana. La CIJLH hizo público su dictamen, ante las alegaciones marroquíes el 16 de octubre de 1975, estableciendo que no existía vínculos de soberanía territorial entre el Sahara Occidental y el Reino de Marruecos o el conjunto Mauritano, como lo afirmaba Rabat, quien alegaba que era necesario respetar el derecho de la integridad territorial.

Los vínculos jurídicos establecidos en dicha sentencia establecieron la falsedad de dicha afirmación, pues la Corte declaró que no existían derechos que supusieran reponer una supuesta integridad territorial inexistente. La tesis sostenida por Marruecos no tuvo éxito, pero ello no impidió que este país, el mismo día de conocerse la opinión de la Corte de La Haya, diera continuidad a la denominada Marcha Verde convocada por Hassan II, y en la que se movilizó 350.000 personas, que se lanzaron a través del desierto para reivindicar el territorio del Sahara, enmarcados en el color verde que representa el color del Islam, queriendo de ese modo darle una legitimidad histórica y religiosa a un acto de despojo, ocupación y violación del derecho internacional. Unidos a esos civiles, 25 mil soldados entraron a territorio saharaui violando desde entonces los derechos del pueblo saharaui.

La monarquía marroquí instituyó como fiesta nacional el día 6 de noviembre de 1975, que celebra el despojo de la patria saharaui y la violación del derecho internacional. Cada nueva conmemoración de la Marcha Verde nos lleva a recordar un viejo aforismo que sostiene “la historia no se repite, pero... cómo no recordar con este hecho violatorio las numerosas transgresiones a la resolución número 242 de las Naciones Unidas, que ordenaba a Israel retirarse de los territorios ocupados luego de la Guerra de los Seis Días, en el año 1967 y en lugar de ello, hasta el día de hoy dicho país sigue colonizando territorios que legítimamente pertenecen al pueblo palestino.

Cada 6 de noviembre, nos recuerda la analista Salka Embarek, la monarquía marroquí celebra el inicio de la ocupación de la patria saharaui, acontecimiento que dio inicio al genocidio de su población, la vulneración de todos su derechos y el robo de sus riquezas “cuestión que año tras año vuelve a poner sobre la mesa la responsabilidad de España, el abandono de la que fuera una más de sus provincias, junto a su población, el inconcluso proceso de descolonización, las resoluciones de la ONU a favor de los derechos del pueblo saharaui, la necesidad de hacer cumplir a Marruecos con la legalidad internacional y la imposición de la justicia para el pueblo saharaui como su derecho a ser soberano”.

La Marcha verde no sólo significó la presencia como potencia ocupante de Marruecos en suelo saharaui sino el inicio del destierro de su población. La población saharaui, que logró huir de la invasión, por parte de las fuerzas militares marroquíes el año 1975, atravesó cientos de kilómetros de calcinante desierto bajo el bombardeo de la aviación de Marruecos que lanzaba napalm y fósforo blanco. Esa población que logró sobrevivir a la sed, las inclemencias de la hamada, las enfermedades, terminó estableciéndose en una zona del sur de Argelia denominada Tinduf. Una región donde el vivir se dificulta en extremo. Allí donde las temperaturas alcanzan los 50 grados, también se viven catastróficas inundaciones de un barro que destruye todo, como fue en noviembre del 2015.

A pesar que nada parece sobrevivir en la Hamada, los saharauis la han colmado de su esperanza, de su vida. El orgullo y la dignidad de este pueblo tienen mucho que decirnos, en base a su convicción política y el derecho a recuperar de pleno derecho su tierra. El vivir en una serie de campamentos que reciben el nombre de sus provincias ocupadas: Dajla, Aussert, Smara, El Aaiun, Boujdour y su capital administrativa Rabouni, la organización del gobierno saharaui y la vocación pacífica, laboriosa y esperanzadora de su pueblo destaca por la disciplina, el vigor y el orgullo de ser saharaui. La sensación y luego la certeza que se tiene al visitar estos territorios, es que existe y tenemos una deuda con esos hombres y mujeres, que se palpa en cada Wilaya, en cada Daira, en cada Jaima, donde miles de seres humanos sueñan con recuperar lo que les ha sido arrebatado a sangre y fuego.

A inicios del cuarto lustro del siglo XXI, junto al valor de los pueblos de palestina, Siria, Bahrein, Yemen, entre otros, agredidos por el apetito insaciable de la triada entre imperialismo, sionismo y wahabismo. Cuando todo ello aún sigue presente, hay que resaltar al pueblo saharaui. Un pueblo, que sufre una criminal ocupación, que ha cercenado su vida como sociedad, con parte de su población sometida a la política colonial de la monarquía marroquí y la otra parte de ella, situada en los campamentos de Tinduf, en territorio argelino, viviendo en la dignidad con que sólo un pueblo digno, a pesar de lo brutal del entorno, podría vivir.

El pueblo saharaui, con su respeto a las leyes internacionales, ante su vocación de sociedad pacífica no ha recibido más que bofetadas a su anhelo de autodeterminación. Un pueblo que ha recibido engaños, traición, complicidad con el criminal y la conducta colonizadora y criminal de la monarquía marroquí que tiene múltiples cuentas que rendir ante la sociedad saharaui, el mundo y sus organismos internacionales.

Un pueblo saharaui, que más temprano que tarde verá bañar sus sueños en las costas atlánticas y verá consolidar sus objetivos de alcanzar la libertad. Un pueblo que desde el año 1975, abandonado traicioneramente por España e invadido vilmente por Marruecos, comenzó su propia y personal catástrofe colectiva. Los saharauis han vivido su propia Nakba –su propia catástrofe– concepto con que definen los palestinos los sucesos del año 1948 cuando debieron abandonar sus tierras en el marco de la ocupación sionista de Palestina. Los saharauis viven una situación similar.

Así, después de 42 años, la Nakba saharaui sigue siendo un continuo de la política colonizadora de la monarquía marroquí, el robo permanente de las riquezas, de la tierra, del agua, de los yacimientos de fosfatos de los caladeros atlánticos, de la segregación del pueblo saharaui en los territorios ocupados y del impedimento de volver de aquellos que pueblan los campamentos en Tinduf. Cada 14 de noviembre el pueblo saharaui recuerda su Nakba, cada 14 de noviembre debe ser un golpe a nuestra conciencia, un re-corderis (un volver a pasar por el corazón) respecto a que la autodeterminación y el retorno son los objetivos prioritarios del pueblo saharaui. No hay otro camino, no hay otra solución, incluso si ello implica retomar las armas y lanzarse al asalto por concretar sus sueños de autodeterminación.

Parafraseando a Blaise Pascal, es posible dar cuenta que la dignidad tiene razones que los inmorales desconocen y que el recordar la lucha del pueblo saharaui permite entender que la dignidad de los hombres y mujeres de esta parte del mundo, los eleva a la categoría más alta del ser humano, aquella que habla de una sociedad digna, valiente, clara en sus objetivos, paciente, astuta, valerosa, entusiasta y que a pesar de décadas de despojo, abandono y represión, no flaquea en sus anhelo de una patria que vaya desde Saguia El Hamra hasta el Río de Oro. Desde la Hamada Argelina hasta la costa atlántica. Y eso, los indignos, los viles, los que lucran con los derechos de los pueblos, los que envilecen la condición humana, no entenderán jamás, que la dignidad tiene nombre de Sáhara.