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No, Israel no es una democracia


A los ojos de muchos israelíes y sus defensores alrededor del mundo (incluso aquellos que pudieran criticar algunas de sus políticas) Israel es, al final del día, un benigno estado democrático, que busca la paz con sus vecinos y garantiza la igualdad a todos sus ciudadanos.

Aquellos que sí critican a Israel, asumen que si hubo algo que se hizo de modo equivocado en esta democracia fue debido a la guerra de 1967. Para esta perspectiva, la guerra corrompió una sociedad honesta y trabajadora, ofreciendo dinero fácil en los territorios ocupados, permitiendo a grupos mesiánicos entrar en la política israelí, y sobre todo volviendo a Israel una entidad de ocupación y opresión en los nuevos territorios.

El mito que dice que un democrático Israel fue puesto en problemas en 1967 pero continúa siendo una democracia es propagado incluso por algunos académicos notables, palestinos y pro-palestinos, aunque no cuenta con base histórica.

Israel antes de 1967 no era una democracia

Antes de 1967, Israel definitivamente no podía haber sido retratado como una democracia. […] El estado sometió a un quinto de su población a un dominio militar basado en draconianas regulaciones de emergencia del mandato británico que denegaban a los palestinos todo derecho básico, humano o civil.

Los gobernadores militares locales eran los dueños absolutos de las vidas de aquellos ciudadanos: podían diseñar leyes especiales para ellos, destruir sus casas y medios de subsistencia, y enviarlos a la cárcel cuando fuera que lo sintieran necesario. Sólo a fines de los 1950s emergió una fuerte oposición judía hacia estos abusos, la cual eventualmente alivió la presión sobre los ciudadanos palestinos.

Para los palestinos que vivieron en el Israel de preguerra y aquellos que viven en Cisjordania y la Franja de Gaza después de 1967, este régimen permitió incluso a los soldados de menor rango en el IDF [Israel Defence Forces] dirigir (y arruinar) sus vidas. Ellos quedaban desamparados si dichos soldados, o sus unidades o comandos, decidían demoler sus casas o retenerlos durante horas en un punto de control, o bien encarcelarlos sin juicio. No había nada que ellos pudieran hacer.

En todo momento, desde 1948 hasta hoy, ha habido algunos grupos de palestinos sufriendo dichas experiencias.

El primer grupo en sufrir bajo dicho yugo fue la minoría palestina dentro de Israel. Esto comenzó en los primeros dos meses de estatalidad, cuando fueron o desplazados hacia guetos tal y como la comunidad palestina Haifa viviendo en el monte Carmelo, o expulsados de los pueblos que habitaron durante décadas, como Safad. En el caso de Isdud, la población competa fue expulsada hacia la Franja de Gaza.

En el campo la situación fue incluso peor. Varios movimientos Kibbutz codiciaban la tierra fértil que se hallaba bajo las villas palestinas. Esto incluía el Kibbutsismo socialista (Hashomer Ha-Zair) que estaba declaradamente comprometido con la solidaridad binacional.

Tiempo después que las batallas de 1948 habían aminorado, habitantes en Ghabsiyyeh, Iqrit, Birim, Qaidta, Zaytun, y muchos otros, fueron engañados para abandonar sus hogares por un período de dos semanas (el ejército afirmaba necesitar esas tierras para entrenamiento) sólo para encontrarse a su regreso con que sus pueblos habían sido eliminados o entregados a otros.

El estado de terror militar es ejemplificado por la masacre de Kafr Qasim en octubre de 1956 cuando, en vísperas de la operación Sinaí, 49 ciudadanos palestinos fueron asesinados por el ejército israelí. Las autoridades alegaron que se encontraban regresando tarde a casa desde su trabajo en momentos en que se había impuesto un toque de queda en la villa. No obstante, esta no era la verdadera razón.

Pruebas más recientes muestran que Israel había considerado seriamente la expulsión de palestinos de toda el área conocida como Wadi Ara y el triángulo en que la villa se emplazaba. Estas dos áreas (la primera, un valle que conecta con Aufula en el este y con Hadera en la costa mediterránea; la segunda expandiendo la periferia oriental de Jerusalén) fueron anexadas a Israel bajo los términos del acuerdo de armisticio con Jordania en 1949.

Como hemos visto, Israel siempre fue receptivo a adicionarse territorio, pero no al aumento de la población palestina. Así, en cada coyuntura en que el estado de Israel se expandía ponía su vista en cómo restringir la población palestina en las áreas recientemente anexadas.

La operación ‘Hafarfert’ (‘topo’) fue el código de un conjunto de propuestas para la expulsión de los palestinos cuando una nueva guerra estalló con el mundo árabe. Muchos estudiosos piensan hoy que la masacre de 1956 fue una práctica para ver si la población del área podía ser intimidada para que la abandonara.

Quienes perpetraron la masacre fueron llevados a juicio gracias a la diligencia y tenacidad de dos miembros del Knesset [Parlamento de Israel]: Tawaq Tubi del Partido Comunista, y Latif Dori del partido sionista de izquierda Mapam. Sin embargo, los comandantes responsables del área recibieron solamente pequeñas multas. Esta fue otra prueba de que al ejército se le permitía quedar impune de los asesinatos cometidos en territorios ocupados.

Esta crueldad sistemática no solamente muestra su cara en un evento importante como una masacre. Las peores atrocidades pueden ser encontradas también en la presencia cotidiana y mundana del régimen.

Los palestinos en Israel aún no hablan mucho acerca del período previo a 1967, y los documentos de ese tiempo no revelan el cuadro completo. Sorprendentemente, es en la poesía que encontramos indicios de cómo era vivir bajo dominio militar.

Natan Alterman fue uno de los poetas más famosos e importantes de su generación. Tenía una columna semanal, llamada ‘La Séptima Columna’, en la cual comentaba los eventos acerca de los cuales había leído o escuchado. Algunas veces omitía detalles de fechas o incluso los lugares de esos eventos, pero daba al lector la información suficiente para entender a lo que se refería. Generalmente, expresaba sus ataques en forma poética:

Las noticias aparecieron brevemente por dos días, y desaparecieron. Y a nadie parece importarle, y nadie parece saber. En la lejana villa de Um al-Fahem, los niños (debiese decir ciudadanos del estado) jugaban en el barro
Y uno de ellos parecía sospechar de uno de nuestros valientes soldados que le gritaba: Deténganse!
Una orden es una orden
Una orden es una orden, pero el niño necio no se detuvo. Arrancó
Así que nuestro valiente soldado disparó, no es de extrañar, e impactó y mató al niño.
Y nadie habló de eso.”

En una ocasión, escribió un poema acerca de dos ciudadanos palestinos que fueron baleados en Wadi Ara. En otra instancia, contó la historia de una mujer palestina muy enferma que fue expulsada junto a sus dos hijos, de tres y seis años, sin explicación, y enviada al otro lado del rio Jordan. Cuando trató de regresar, ella y sus niños fueron arrestados y encarcelados en Nazaret.

Alterman deseaba que su poema acerca de la madre remeciera corazones y mentes, o al menos provocara alguna respuesta oficial. Sin embargo, una semana más tarde escribió:

Y este escritor asumió erróneamente
Que o la historia sería negada o explicada Pero nada, ni
Una palabra”

Existe más evidencia de que Israel no era una democracia antes de 1967. Este estado seguía una política de tirar a matar hacia los refugiados que trataban de recuperar sus tierras, cultivos y labranzas, y escenificó una guerra colonial para derrocar al gobierno de Nasser en Egipto. Sus fuerzas de seguridad fueron también de gatillo fácil, asesinando a más de 50 ciudadanos palestinos durante 1948 y 1967.

La subyugación de las minorías en Israel no es democrática

La prueba de fuego de cualquier democracia es el nivel de tolerancia que está dispuesta a extender hacia las minorías que viven en ella. En este respecto, Israel está muy lejos de ser una verdadera democracia.
Por ejemplo, después de las nuevas adquisiciones territoriales, se decretaron muchas leyes asegurando una posición superior para la mayoría: las leyes que gobiernan a los ciudadanos, las leyes que se preocupan de la propiedad de la tierra, y la más importante de todas, la ley de retorno.

Esta última garantiza ciudadanía automática a todo judío del mundo, no importa donde nació. En particular, esta ley es flagrantemente antidemocrática, pues vino acompañada de un rechazo total al derecho de retorno de los palestinos, reconocido internacionalmente en la Resolución 194 de la Asamblea General de la ONU en 1948. Este rechazo rehúsa el permiso a los ciudadanos palestinos de Israel unirse con sus familias inmediatas o con aquellos que fueron expulsados en 1948.

Negar a la gente el derecho a retornar a su patria, y al mismo tiempo ofrecer este derecho a otros que no tienen conexión con esta tierra, es un modelo de práctica no democrática.

Encima de esto, hubo un estrato más en la negación de los derechos del pueblo palestino. Casi toda discriminación contra los ciudadanos palestinos de Israel es justificada por el hecho de que ellos no sirven en el ejército. La asociación entre derechos democráticos y deberes militares es mejor comprendida si revisitamos los años formativos en los que quienes diseñaron la política de Israel estuvieron tratando de adoptar la decisión acerca de cómo tratar a un quinto de su población.

Ellos asumieron que los ciudadanos palestinos no querían unirse al ejército de ningún modo. Esto fue puesto a prueba en 1954, cuando el ministro de defensa de Israel decidió llamar a aquellos ciudadanos palestinos elegibles para conscripción a ser parte del ejército. El servicio secreto aseguró al gobierno que hubo un rechazo generalizado del llamado.
Para su gran sorpresa, todos los convocados fueron a la oficina de reclutamiento, con la venia del Partido Comunista, la fuerza política más grande e importante en la comunidad en ese tiempo. El servicio secreto explicó luego que la razón principal fue el aburrimiento adolescente con la vida en el campo, y su deseo por algo de acción y aventura.

A pesar de este episodio, el ministro de defensa continuó vendiendo una narrativa que describía a la comunidad palestina como renuente a servir en el ejército.

Inevitablemente, a su tiempo, los palestinos se volvieron de hecho contra el ejército israelí, el que se había transformado en su opresor perpetuo, pero la explotación que hace gobierno de esto como un pretexto para la discriminación arroja enormes dudas acerca de la pretensión de este estado de ser una democracia.

Si eres un ciudadano palestino y no sirves en el ejército, tus derechos a asistencia gubernamental como trabajador, estudiante, padre o parte de una pareja, son tremendamente restringidos. Esto afecta a la vivienda en particular así como al empleo (donde un 70% de toda la industria israelí es considerada como área sensible para la seguridad, y en consecuencia cerrada para todos esos ciudadanos en tanto lugar para encontrar trabajo).

El supuesto subyacente del ministro de defensa no fue sólo que los palestinos no deseen servir, sino que ellos son potencialmente un enemigo interno en el que no se puede confiar. El problema con este argumento es que en toda guerra importante entre Israel y el mundo árabe la minoría palestina no se comporta como se espera. Ellos no forman una quinta columna o se levantan en contra del régimen.

Esto, no obstante, no los ayuda: a esta fecha son vistos como un problema ‘demográfico’ que necesita ser resuelto. El único consuelo es que aún hoy muchos políticos de Israel no creen que la vía para resolver ‘el problema’ sea la transferencia o expulsión de los palestinos (al menos no en tiempos de paz).

La política de tierras de Israel no es democrática

La afirmación de ser una democracia es también cuestionable cuando uno examina la política presupuestaria que rodea la cuestión de la tierra. Desde 1948, los consejos locales y las municipalidades palestinas han recibido muchísimo menos financiamiento que sus contrapartes judías. La falta de tierra, acompañada de la escasez de oportunidades de empleo, crea una realidad socioeconómica anómala.
Por ejemplo, a la comunidad palestina más acomodada (la villa de Me’ilya en la alta Galilea) le va peor que a la población judía más pobre en el Negev. En 2011, el Jerusalem Post reporteó que ‘el ingreso judío promedio era un 40 a 60% más alto que el ingreso árabe promedio entre los años 1997 y 2009’.

Hoy, más del 90% de la tierra es propiedad de la Fundación Nacional Judía (Jewish National Fund, JNF). Los terratenientes no pueden involucrarse en transacciones con ciudadanos no judíos, y la tierra pública es priorizada para el uso de proyectos nacionales, lo que significa que esos nuevos asentamientos judíos están siendo construidos mientras difícilmente hay algún nuevo asentamiento palestino. Así, a pesar de que ha triplicado su población desde 1948, la mayor ciudad palestina (Nazaret) no se ha expandido ni un kilómetro cuadrado, mientras que el poblado construido sobre ella, Alto Nazaret, ha triplicado su tamaño en base a la tierra expropiada a propietarios palestinos.

Otros ejemplos de esta política pueden ser encontrados en villas palestinas a lo largo de Galilea, revelando la misma historia: cómo han sido reducidos en un 40%, algunas veces incluso un 60% desde 1948, y cómo nuevos asentamientos judíos han sido construidos sobre tierra expropiada.

En otros lugares esto ha dado inicio a verdaderos intentos de ‘judaización’. Después de 1967, el gobierno de Israel pasó a preocuparse acerca de la falta de judíos viviendo en el norte y sur del estado, y planeó entonces incrementar la población en aquellas áreas. Dicho cambio demográfico necesitaba la confiscación de tierra palestina para la construcción de colonias judías.

Peor fue la exclusión de ciudadanos palestinos de estos asentamientos. Esta violación flagrante de los derechos de un ciudadano a vivir dondequiera que él o ella deseen continúa hasta hoy, y todos los esfuerzos de las ONGs de derechos humanos en Israel para desafiar este apartheid han finalizado hasta el momento en un total fracaso.

La Corte Suprema de Israel sólo ha sido capaz de cuestionar la legalidad de esta política en un par de casos individuales, pero no en principio. Imagine usted si en el Reino Unido o en los Estados Unidos los ciudadanos judíos (o, por qué no, católicos) fueran impedidos por ley de vivir en ciertas villas, barrios, o quizás pueblos completos… ¿Cómo una situación así puede reconciliarse con la noción de democracia?

La ocupación no es democrática

Así, dada su actitud hacia dos grupos palestinos –los refugiados y la comunidad en Israel- el estado judío no puede, bajo ninguna extensión de la imaginación, ser supuesto como una democracia.
Pero el desafío más obvio a ese supuesto es la despiadada actitud israelí hacia un tercer grupo de palestinos: aquellos que han vivido bajo su dominio directo e indirecto desde 1967 en Jerusalén Oriental, Cisjordania y la Franja de Gaza. Desde la infraestructura legal establecida al comienzo de la guerra, a través del poder absoluto e incuestionado de los militares dentro de Cisjordania y fuera de la Franja de Gaza, y hasta la cotidiana y rutinaria humillación de millones de palestinos, la ‘única democracia’ en el Medio Oriente se comporta como una dictadura del peor tipo.

La principal respuesta de Israel, diplomática y académica, a esta última acusación, es que todas estas medidas son temporales: ellas cambiarán si los palestinos, dondequiera que están, se comportan ‘mejor’. Pero si uno investiga acerca de los territorios ocupados (sin mencionar el vivir allí), uno entenderá cuán ridículos son estos argumentos.

Los políticos de Israel, como hemos visto, se encuentran determinados a mantener viva la ocupación por todo el tiempo que el estado judío se mantenga intacto. Es parte de lo que el sistema político israelí considera el status quo, que es siempre mejor que cualquier cambio. Israel controlará la mayor parte de Palestina y, en tanto que siempre incluirá una población palestina sustancial, esto sólo puede ser llevado a cabo por medios no democráticos.

Además, y a pesar de toda la evidencia en contra, el estado israelí reclama que la ocupación es una ocupación ilustrada [enlightened occupation]. El mito aquí es que Israel vino con buenas intenciones a conducir una ocupación benevolente, pero fue forzado a tomar una actitud más ruda por causa de la violencia palestina.

En 1967, el gobierno trataba Cisjordania y la Franja de Gaza como una parte natural de ‘Eretz Israel’, la tierra de Israel, y su actitud ha continuado desde entonces. Cuando uno observa el debate en esta materia entre los partidos de izquierda y derecha en Israel, sus desacuerdos han sido acerca de cómo alcanzar esta meta, no acerca de su validez.

No obstante, entre el público más amplio existió un genuino debate entre quienes pueden ser denominados los ‘redentores’ contra los ‘guardianes’. Los ‘redentores’ creen que Israel ha recuperado el corazón ancestral de su patria y no podría sobrevivir en el futuro sin ella. En contraste, los ‘guardianes’ discuten que los territorios debiesen ser intercambiados por paz con Jordania, en el caso de Cisjordania, y con Egipto en el caso de la Franja de Gaza. No obstante, este debate público tuvo poco impacto sobre la forma en que los principales políticos se encontraban resolviendo cómo dominar los territorios ocupados.

La peor parte de esta supuesta ‘ocupación ilustrada’ ha sido el método del gobierno para gestionar los territorios. Al principio el área fue dividida entre espacios ‘árabes’ y potencialmente ‘judíos’. Aquellas aéreas densamente pobladas de palestinos devinieron autónomas, atendidas por colaboradores locales bajo dominio militar. Este régimen fue reemplazado por una administración civil sólo en 1981.

Las otras áreas, los espacios ‘judíos’, fueron colonizados con asentamientos judíos y bases militares. Esta política fue orientada a dejar a la población de ambos, Cisjordania y la Franja de Gaza, en enclaves desconectados, sin espacios verdes ni posibilidad alguna de expansión urbana.

Las cosas sólo empeoraron cuando, muy poco después de la ocupación, Gush Emunim [movimiento extraparlamentario de derecha, religioso y ultranacionalista que reclamaba soberanía israelí sobre toda el área] comenzó a asentarse en Cisjordania y la Franja de Gaza, diciendo que estaba siguiendo un mapa bíblico de colonización antes que el gubernamental. En tanto ellos lograron penetrar poblaciones palestinas densamente pobladas, el espacio dejado para estos habitantes se encogió aún más.

Lo que cualquier proyecto de colonización necesita primariamente es tierra; en los territorios ocupados, esto es alcanzado sólo a través de la expropiación masiva de tierra, la deportación de la gente desde el lugar en que han vivido por generaciones, y su confinamiento en enclaves con hábitats difíciles.

Cuando uno vuela sobre Cisjordania, se puede observar claramente los resultados cartográficos de esta política: cinturones de asentamientos que dividen la tierra y tallan las comunidades palestinas en comunidades pequeñas, aisladas y desconectadas. Los cinturones de judaización separan las villas unas de otras, de los pueblos, y a veces atraviesan una villa por dentro.

Esto es lo que académicos llaman una geografía del desastre, no menos importante desde que estas políticas se volvieron un desastre ecológico también, al secar las fuentes de agua y arruinar algunos de los paisajes palestinos más hermosos.

Más aún, los asentamientos se transforman en el caldo de cultivo para que el extremismo judío crezca de manera descontrolada: las principales víctimas de lo cual son los palestinos. Así, el asentamiento en Efrat ha arruinado el sitio patrimonial mundial del Valle de Wallajah cerca de Bethlehem, y la villa de Jafneh cerca de Ramallah (que fuera famosa por sus canales de agua fresca) pierde su identidad como atracción turística. Estas son sólo dos ejemplos pequeños entre un centenar de casos similares.


Destruir casas palestinas no es democrático

La demolición de casas no es un fenómeno nuevo en Palestina. Como con muchos de los métodos más bárbaros de castigo colectivo usados por Israel desde 1948, éste fue originalmente concebido y ejercido por el gobierno del mandato británico durante la gran revuelta árabe de 1936-39.

Este fue el primer levantamiento palestino contra una política pro-sionista del mandato británico, y tomó al ejército de ese imperio tres años el sofocarlo. En el proceso, durante los múltiples castigos colectivos impuestos sobre la población local demolieron cerca de 2 mil casas.

Israel echó abajo casas prácticamente desde el primer día de su ocupación militar en Cisjordania y la Franja de Gaza. El ejército voló cientos de casas cada año, en respuesta a varios actos emprendidos por miembros de familias individuales.

Desde violaciones menores a reglas militares hasta la participación en actos violentos en contra de la ocupación, los israelíes fueron ágiles en enviar sus bulldozers a exterminar no sólo edificaciones físicas sino también lugares de vida y existencia. En el gran área de Jerusalén (dentro de Israel) la demolición fue también un castigo por la extensión sin licencia de una casa ya existente o bien por no pago de las cuentas.

Otra forma de castigo colectivo que ha regresado recientemente al repertorio israelí es la obstrucción de casas. Imagine que todas las puertas y ventanas de su casa son bloqueadas con cemento, mezcla y piedras, de modo que usted no puede regresar a ella ni recuperar nada que no haya retirado a tiempo. He buscado arduamente en mis libros de historia con el fin de encontrar otro ejemplo, pero no he hallado evidencia alguna de que práctica tan despiadada haya sido practicada en algún otro lugar.

Aplastar la resistencia palestina no es democrático

Finalmente, bajo la ‘ocupación ilustrada’ se ha permitido a los colonos formar bandas de vigilantes para hostigar a la gente y destruir su propiedad. Estas bandas han cambiado sus métodos con el tiempo.
Durante los 1980s, ellas usaban terror real: desde herir a líderes palestinos (uno de ellos perdió sus piernas en un ataque de aquéllos) hasta contemplar la explosión de las mezquitas de Haram al-Sharif en Jerusalén.

En este siglo, se han visto involucrados en el acoso de palestinos diariamente, arrancando sus árboles, destruyendo sus parcelas y disparando azarosamente sobre sus casas y vehículos. Desde el 2000, se han reportado mensualmente al menos cien de estos ataques en áreas como Hebron, donde los 500 colonos, con la colaboración silenciosa del ejército israelí, hostigan de una forma aún más brutal a los vecinos que viven a sus alrededores.

Entonces, desde el comienzo mismo de la ocupación se ha dado a los palestinos dos opciones: aceptar la realidad de permanente encarcelamiento en una mega-prisión por un tiempo muy largo, o arriesgarse ante el poderío del ejército más fuerte de Medio Oriente. Cuando los palestinos sí resistieron (como lo hicieron en 1987, 2000, 2006, 2012, 2014, y 2016), fueron apuntados como si fueran soldados y unidades de un ejército convencional. Así, pueblos y villas fueron bombardeados como si se tratara de bases militares, y civiles desarmados fueron baleados como si fuera un ejército en un campo de batalla.

Hoy sabemos demasiado acerca de la vida bajo la ocupación, antes y después de Oslo, como para tomar en serio el reclamo de que la no resistencia asegurará menos represión. Los arrestos sin juicio, como lo han experimentado tantos a lo largo de los años; la demolición de miles de casas; el matar y herir a inocentes; el drenaje de pozos de agua; son todos testimonios de uno de los regímenes más crueles de nuestros tiempos.

Amnistía Internacional documenta anualmente la naturaleza de la ocupación de un modo comprehensivo. El siguiente párrafo es del reporte 2015:

En Cisjordania, incluyendo Jerusalén Oriental, las fuerzas israelíes cometen las muertes ilegales de civiles palestinos, incluyendo niños, y detienen a miles de palestinos que protestan en contra o se oponen de otros modos a la continua ocupación militar de Israel, tomando a cientos en detenciones administrativas. La tortura y otros malos tratos son aún extendidas y son cometidos con impunidad.

Las autoridades continúan promoviendo asentamientos ilegales en Cisjordania, mientras restringen seriamente la libertad de movimiento de los palestinos, ajustando aún más las restricciones en medio de la escalada de violencia desde octubre, la que incluyó ataques de palestinos sobre civiles israelíes y la aparente ejecución extra judicial por fuerzas israelíes. Los colonos israelíes en Cisjordania atacaron a palestinos y sus propiedades con virtual impunidad. La Franja de Gaza permaneció bajo un bloqueo militar israelí que impuso castigo colectivo sobre sus habitantes. Las autoridades continuaron demoliendo casas palestinas en Cisjordania y dentro de Israel, particularmente en villas beduinas en la región de Negev/Naqab, desalojando por la fuerza a sus residentes.”

Consideremos esto por etapas. Primero, asesinatos, o lo que el reporte de Amnistía llama ‘muertes ilegales’: cerca de 15 mil palestinos han sido muertos ‘ilegalmente’ por Israel desde 1967. Entre ellos había 2 mil niños.

Encarcelar palestinos sin juicio no es democrático

Otra característica de la ‘ocupación ilustrada’ es el encarcelamiento sin juicio. Uno de cada cinco palestinos en Cisjordania y la Franja de Gaza ha sufrido esta experiencia.

Es interesante comparar esta práctica israelí con políticas similares en los Estados Unidos en el pasado y presente, por cuanto críticos al movimiento por el boicot, la desinversión y las sanciones (BDS movement) reclaman que las prácticas en ese país son aún peores. En efecto, el peor ejemplo de Estados Unidos fue el encarcelamiento sin juicio de 100 mil ciudadanos japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, con 30 mil detenidos luego bajo la llamada ‘guerra del terror’.

Ninguna de esas cifras se aproxima al número de palestinos que han experimentado dicho proceso, incluyendo tanto al muy joven, al viejo, como al encarcelado por largo tiempo.

Ser arrestado sin juicio es una experiencia traumática. No saber los cargos contra uno, no tener contacto con un abogado y difícilmente contacto alguno con tu familia, son algunas de las preocupaciones que te afectan como prisionero. Más brutalmente, muchos de estos detenidos son usados como medio para presionar a la gente a colaborar. Esparcir rumores o avergonzar a la gente a causa de su orientación sexual (real o supuesta) son también métodos usados frecuentemente para movilizar complicidad.

Respecto a la tortura, el confiable sitio web Middle East Monitor publicó un horrendo artículo describiendo los doscientos métodos usados por los israelíes para torturar palestinos. La lista está basada en un reporte de la ONU y otro reporte de B’Tselem, una organización israelí de derechos humanos. Entre otros métodos, se incluyen golpes, encadenamiento de prisioneros a puertas o sillas por horas, vertimiento de agua fría y caliente sobre ellos, desmembramiento de dedos, y retorcimiento de testículos.

Israel no es una democracia

Lo que cuestionamos aquí entonces no es sólo la afirmación de Israel de estar manteniendo una ocupación ilustrada, sino también su pretensión de ser una democracia. Dicho comportamiento hacia millones de personas bajo su dominio devela la mentira de tales artimañas políticas.

No obstante, aunque grandes secciones de las sociedades civiles a lo largo del mundo rechazan la pretensión de Israel de ser una democracia, sus elites políticas (por varias razones) lo tratan aún como un miembro del exclusivo club de estados democráticos. En muchos sentidos, la popularidad del movimiento BDS refleja las frustraciones de esas sociedades con las políticas de sus gobiernos hacia Israel.

Para muchos israelíes estos contraargumentos son irrelevantes en el mejor de los casos, maliciosos en el peor. El estado de Israel se aferra a la imagen de que es un ocupante benevolente. El argumento de la ‘ocupación ilustrada’ propone que, de acuerdo al ciudadano judío promedio en Israel, a los palestinos les va mucho mejor bajo la ocupación y que no hay razón en el mundo para resistirla –y ni hablar de hacerlo por la fuerza. Si eres un defensor acrítico de Israel en el exterior, tú aceptas estos supuestos también.

No obstante, existen secciones de la sociedad israelí que sí reconocen la validez de algunos de los reclamos hechos aquí. En los 1990s, con varios grados de convicción, un número significativo de académicos, periodistas y artistas judíos expresaron sus dudas acerca de la definición de Israel como una democracia.

Requiere algo de coraje el desafiar los mitos fundacionales de la propia sociedad y del propio estado. Por esto unos pocos de ellos se replegaron más tarde de esta posición valiente y retornaron a acatar la línea general.

Sin embargo, por un momento durante la última década del siglo pasado, ellos produjeron trabajos que desafiaron el supuesto de un Israel democrático. Retrataron a Israel como parte de una comunidad diferente: la de las naciones no democráticas. Uno de ellos, el geógrafo Oren Yiftachel de la Universidad de Ben-Gurion, describió a Israel como una etnocracia, un régimen que gobierna un estado étnicamente mixto con una preferencia legal y formal por un grupo étnico por sobre todos los otros. Otros fueron más lejos, etiquetando a Israel como un estado apartheid o un estado de asentamiento colonial.

Brevemente, cualquiera sea la descripción que estos académicos críticos ofrecieron, entre ellas no estaba la de ‘democracia’.

Ilan Pappe es historiador y activista socialista israelí. Es profesor del College of Social Sciences and International Studies de la Universidad de Exeter, director del European Centre for Palestinean Studies, y co-director del Centre for Ethno-Political Studiesde Exeter. Más recientemente, es autor del libro Ten Myths About Israel.