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La infame doble guerra contra Yemen

Lucía Luna

Todas las guerras son abominables. Pero sin duda a ojos del mundo hay guerras de primera y de segunda. Y la que actualmente libran Estados Unidos y Arabia Saudita contra Yemen pertenece a esta última categoría. Sin importar la magnitud del costo humano.

El pasado 25 de abril, la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) alertó que siete millones de yemeníes atrapados en los frentes de guerra corren el riesgo de morir de hambre. Eso, sin contar con que la vida de más de un millón de niños está en peligro por su alto grado de desnutrición y que cada 10 minutos muere un menor de cinco años a causa de enfermedades evitables.

Sometido a ataques “quirúrgicos” por parte de Washington, y a constantes bombardeos y al bloqueo de sus puertos por una coalición sunita encabezada por Riad, el país más pobre del mundo árabe está a punto del colapso: la infraestructura sanitaria funciona al mínimo, lo mismo que escuelas, mercados, mezquitas y toda clase de servicios de asistencia social. Ocho millones de personas carecen de agua potable y tres millones han tenido que abandonar sus hogares y sus precarios medios de subsistencia.

En conjunto, la OCHA calcula que dos tercios (19 millones) de los habitantes de Yemen necesitan “ayuda y protección urgentes”, y para ello se requiere de un mínimo de dos mil 100 millones de dólares. Pero en vísperas de la celebración en Ginebra de una conferencia de donantes para la castigada nación, apenas se había recaudado poco más de un 15%.
La escuálida respuesta internacional no sólo es económica, sino también política e informativa.

El 29 de enero, la primera operación militar del nuevo gobierno de Donald Trump fue dirigida precisamente contra Yemen, donde se ubican bases de la rama de Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA). Además de los “objetivos terroristas”, hubo numerosas bajas civiles.
Pero el ojo mediático muy pronto giró hacia el ataque con gas venenoso en Siria y el consiguiente bombardeo punitivo de Estados Unidos contra una base aérea del régimen de Bashar el Asad. Luego vino el lanzamiento de “la madre de todas las bombas” en la frontera de Afganistán con Paquistán, y ya nadie se acordó de los yemeníes.

De hecho, el operativo en Yemen tuvo repercusión mediática porque se salió de la norma de los ataques con drones llevados a cabo por los gobiernos de George W. Bush y Barack Obama -unos 150 desde 2002–, que también cobraron un sinnúmero de víctimas civiles. Tanto, que el gobierno de Saná pidió cancelarlos en 2014, aunque después volvieron con renovada intensidad.

Pero ahora se trató de una incursión militar en toda regla… que resultó un fiasco:

Según el Comando Central de Estados Unidos en Oriente Medio (CENTCOM), decenas de efectivos de las fuerzas especiales de la marina –los famosos SEALS– descendieron ese día sobre la sudoriental localidad de Yakla y atacaron varias construcciones donde presuntamente se ocultaban miembros de AQPA. Antes, una veintena de helicópteros Apache y drones había sobrevolado la zona y bombardeado una escuela, una mezquita y una cárcel, supuestas bases de los terroristas.

Pero lo que los marinos encontraron al bajar, fue un bastión reforzado con minas, francotiradores y un nutrido contingente de combatientes. Aparte, les falló un helicóptero. Lo que sobrevino fue un enfrentamiento, en el que murió un infante de marina y seis resultaron heridos; y en el otro bando se contó una treintena de muertos, la mitad mujeres y niños.

Fuentes militares estadunidenses confiaron a la agencia Reuters que el operativo se llevó a cabo “sin la suficiente información, apoyo de tierra o preparativos de respaldo”. Y el International Crisis Group (ICG), a través de su especialista en Yemen, April Alley, consideró que era “un ejemplo de lo que no se debe hacer”, porque apenas afecta a los yihadistas y en cambio alimenta el resentimiento de los yemeníes contra los estadunidenses.

Críticas

Pero lo que sin duda causó más ruido mediático, fue que el padre de William Owens, el infante de marina muerto, se negara a encontrarse con el presidente Trump para la entrega de los restos mortales de su hijo. “¿Por qué tuvieron que poner en marcha esta estúpida misión, cuando no llevaban ni una semana en el gobierno?”, le dijo a The Miami Herald. Para él, veterano de guerra, se trató de una inútil exhibición de fuerza.

Por lo que toca a la muerte de civiles yemeníes, ésta recibió la condena habitual de políticos críticos y organismos de derechos humanos. Pero lo que esta vez le dio un realce diferente, es que entre los niños caídos se encontraba Nora, la hija de ocho años del predicador de origen estadunidense Anuar al Awlaki, quien regresó a Yemen para convertirse en uno de los principales líderes de AQPA y fue abatido por un dron de Estados Unidos en septiembre de 2011.
Con su inglés fluido, Al Awlaki fue acusado de promover la yihad desde el sur de Yemen. A su influencia se atribuyen, entre otros, el fallido intento de estallar un avión antes de la Navidad de 2009, los bombazos en el maratón de Boston y el tiroteo en Fort Hood. Nora, por lo demás, no era el primer vástago de Anuar que moría por fuego estadunidense. En octubre de 2011 su hijo Abdulrahman, de 16 años, murió cuando un dron atacó el feudo familiar de los Al Awlaki, donde estaba de visita.

Menos ruidosa pero más letal ha sido la ofensiva emprendida en marzo de 2015 por Riad y una coalición de países árabes del Golfo, que realiza bombardeos indiscriminados, sin respetar instalaciones civiles.

Daños

Médicos Sin Fronteras (MSF), que ha perdido cuatro de sus hospitales en estos ataques, ha contabilizado siete mil 600 muertos y atendido unos 56 mil heridos; pero dice que sólo se trata de una “fotografía parcial” porque hay lugares a donde no puede llegar y otros de donde la población no puede salir.

El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), por su parte, habla de mil 400 niños muertos y dos mil 140 heridos, aunque también considera que el número real “es mucho más elevado”. Y afirma que al menos dos mil escuelas no pueden ser utilizadas porque fueron destruidas, dañadas o se utilizan para fines de guerra.

La confrontación empezó después de que a principios de 2015 los rebeldes huthis expulsaran del país al presidente Abd Rabbo Mansur Hadi, quien buscó protección en Arabia Saudita. Mansur Hadi sucedió a Alí Abdalá Saleh, quien gobernó Yemen durante 33 años y fue derrocado al calor de la llamada “primavera árabe”, en 2011.
Los huthis, de confesión zaydí (una derivación del chiismo) y que reivindican una zona autónoma en el norte de Yemen, ya se habían enfrentado a lo largo de los años al menos seis veces con el gobierno de Saleh. Y volvieron a hacerlo con Mansur Hadi. Sólo que –¡oh paradoja!– esta vez lo hicieron acompañados por el propio Saleh y un amplio sector del ejército yemení que se mantuvo leal a él, por lo que la maniobra fue vista como un golpe de Estado.

Sin embargo, la monarquía saudita creyó ver en la asonada algo más: al ser los huthis próximos al chiismo, detrás de ellos debía estar Irán, país con el que mantiene una pugna por el control regional. No hay pruebas de que Teherán ayude militarmente a los huthis, ni tampoco a Saleh y sus fuerzas (sunitas); pero la narrativa de Riad justificó la campaña de guerra y aun el apoyo de potencias occidentales.

Según círculos militares, Estados Unidos provee de combustible en pleno vuelo a los aviones de la coalición encabezada por el reino saudí, para que sin desvíos puedan dar en el blanco sobre sus objetivos yemeníes. Y Gran Bretaña le vende armas, incluidas las proscritas bombas de racimo, sin que nadie proteste. Este comercio ha sido valorado en unos cinco mil millones de dólares.

En el campo diplomático, los intentos de mediación de la ONU no han avanzado. Sólo prevalece una resolución del Consejo de Seguridad, que exige a los huthis retirarse a su feudo del norte de Yemen y entregar las armas pesadas. Ellos, que representan un tercio de la población yemení, no están dispuestos a hacerlo sin obtener nada a cambio.

En cuanto al combate al terrorismo, después del cruento operativo de enero corrió la versión de que Yemen habría retirado a Estados Unidos la autorización para realizar más ataques. Pero el gobierno en el exilio, reconocido internacionalmente, lo negó, aunque reclamó airadamente las bajas civiles. Washington, por su parte, intensificó sus ataques con drones en forma inusitada: 40 en un mes.

Nada indica que las acciones militares en Yemen terminen a corto plazo. Ni tampoco el sufrimiento del pueblo yemení.