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¿Papa del poder o Papa de la unidad?

José M. Castillo S.

La visita, que el papa Francisco acaba de hacer a Egipto, ha dejado más patente (si cabe) que el actual obispo de Roma tiene una idea del papado, que no coincide exactamente con la idea dominante que han mantenido – durante siglos y a toda costa - los papas anteriores, desde Gregorio VII (s. XI) hasta Benedicto XVI (s. XXI).

Al decir esto, no me refiero simplemente a las costumbres, a la sencillez y cercanía a la gente o a la espontaneidad de Jorge Mario Bergoglio. Todo eso, sin duda, tiene su importancia. Pero aquí estoy hablando de algo mucho más serio y más profundo. Una cuestión que se resume en la pregunta que he puesto como título de esta reflexión: el proyecto determinante de este pontificado, ¿es potenciar el “poder” de Roma o fomentar la “unión” de los cristianos?

Por supuesto, habrá quien piense y diga que los papas anteriores han afirmado y fortalecido el poder del obispo de Roma precisamente para mantener unidos a los cristianos con más eficacia. Pero, en realidad, ¿han conseguido y mantenido los papas esa unión de todos los creyentes en Cristo? Me refiero, como es lógico, a la unión de todos los cristianos entre sí. Y de todos, así unidos, con el obispo de Roma. De sobra sabemos que, por desgracia, esgrimiendo títulos y poderes, ostentaciones, amenazas y anatemas, lo que, de hecho, se ha logrado ha sido una serie interminable de fracturas, enfrentamientos y divisiones, que han hecho trizas el deseo supremo de Jesús, el Señor: “Que todos sean uno” (Jn 17).

Por esto, puedo asegurar que he sentido una enorme alegría por las noticias que nos han llegado de la visita del papa Francisco a El Cairo. Para estar con los cristianos coptos de Egipto, para abrazar al patriarca Tawadros II, para rezar con aquellos hermanos nuestros.

Y conste que Francisco ha hecho estas cosas y ha tenido el comportamiento, que nos han explicado los medios de comunicación, a sabiendas de que la fe de los coptos en Jesucristo no es exactamente como la nuestra. Los coptos son “monofisitas”, es decir, no creen que Jesús fuera un hombre de condición humana. O por lo menos, ponen serios reparos a la “naturaleza humana” de Cristo. Una doctrina “demasiado espiritual”, que fue condenada por el concilio de Calcedonia, en el siglo V. Además, como es sabido, sus leyes y su liturgia no coinciden con la doctrina y la praxis de Roma.

Francisco ha visto que la solución a estas divisiones no está en las condenas. Francisco no ha hecho sino un intento de recuperar lo que tan celosamente defendió, a finales del s. VI y comienzos de VII, uno de los papas más grandes que ha tenido la Iglesia, san Gregorio Magno. La idea de este gran papa fue clara y tajante: rechazó el título de “Papa Universal”. Se conservan más de 60 documentos, en los que Gregorio Magno, afirma que el título “universal” es falso e intolerable. Y llega a calificarlo como un título “criminal”, “sacrílego”, “blasfemo”, “estúpido”, “temerario”… Así lo demostró, con toda la documentación necesaria y exacta el profesor Manuel Sotomayor, en un excelente estudio, publicado en la “Miscellanea Historiae Pontificiae” (vol. 50, 1983, 57-77).


Aquí sí cabe decir con firmeza: ¿vamos a ser nosotros “más papistas que el papa”? En todo caso, lo que yo veo cada día más claro es que Francisco ha optado más por el Evangelio que por los rigores de un poder que se parece más al de los Sumos Sacerdotes que al despojo de poderes y dignidades que asumió y vivió Jesús. Por eso yo me pongo de parte de Francisco.