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En el origen de Israel, la guerra santa (La historia no empezó en Gaza)

Xabier Pikaza
www.religiondigital.com/240814


La yihad o guerra santa de cierto Islam se arraiga en la violencia de las tribus árabes de su tiempo, pero remite también a la guerra santa del origen de Israel.

En el comienzo de Israel hay una promesa de vida, vinculada con Abrahán, que viene a Palestina como esperanza de paz: "en ti serán benditas todas las naciones de la tierra" (Gen 12, 1-7); pero en ese comienzo hallamos también una conquista violenta de la tierra, con el exterminio de sus habitantes (Jos 1-12).

La violencia aparece así como sacramento o presencia de Dios, siguiendo estos temas:
(1) Guerra santa.
(2) Herrem o exterminio de los extranjeros.
(3) Herrem de los israelitas heterodoxos.
(4) Mesianismo violento.

Junto a eso se ha desarrollado en Israel la más alta tradición de pacifismo utópico y mesiánico de la historia de occidente. El tema actual del judaísmo está en interpretar su historia, superar un tipo de guerra santa, volver a las raíces de la paz mesiánica. Pero ese podrá ser un tema para otra vez, aquí me ocupo de la guerra santa en el origen de Israel. ¿Todo parecido con la actualidad es mera coincidencia casual... o hay una línea que va de la violencia guerrera del origen a la guerra den Gaza?

1. Guerra Santa

Esta guerra se convoca con la trompeta de Dios, que expresa su presencia, de manera que sólo los "santos" (buenos israelitas) pueden participar en ella. Los guerreros están sacralizados, son portadores del Espíritu de Dios, cuya presencia paraliza y acobarda a los contrarios. Dios colabora con los mismos signos cósmicos (tormenta, oscuridad), aunque su ayuda no es automática, pues se encuentra vinculada a la fidelidad del pueblo, a su conducta moral, al cumplimiento de las normas rituales o del pacto (cf. 1 Sam 3-5; Dt 20).

Esta teología de la guerra nos sitúa en el corazón de la historia israelita, allí donde el Dios universal se vincula con un pueblo concreto y paz se transmite a través de la victoria militar. Ciertamente, Israel tiene otros signos o sacramentos de Dios (fecundidad y justicia, sacrificio y culto, monarquía y templo), pero entre ellos destaca al principio la guerra, de forma que la victoria militar se toma como expresión privilegiada de Dios. Estos son sus elementos principales.

(1) La vida es un conflicto, de manera que para organizarse como pueblo, con autonomía y tierra propia, Israel debe acudir a los métodos normales de la guerra.

(2) Más que santidad del cosmos o principio de fecundidad, Dios es una especie de agente bélico superior, que acompaña y defiende a sus amigos a través de una guerra santa.

(3) Los guerreros que se arriesgan y luchan, matan o perecen, son sacerdotes de Dios manera que en ellos se expresa lo divino.

(4) La salvación se manifiesta en la salud y, sobre todo, en la victoria militar que se traduce como paz para el pueblo. Por eso, hay que luchar para vencer.

Esta teología de la guerra santa no es exclusiva de Israel, pues pertenece a casi todos los pueblos del antiguo oriente (ha estado viva hasta el mismo siglo XX entre musulmanes y cristianos, como muestra la "cruzada" española: 1936-1939).

Pero en Israel ha recibido un sentido peculiar que ha ido cambiando a lo largo de la historia, de manera que en ella pueden destacarse dos tendencias.
[1] Una línea acentúa la aportación humana: ciertamente, Dios combate, pero los hombres deben prepararse y colaborar con armas y tácticas marciales. Ella culmina en la rebelión de los macabeos y en algunos grupos de la guerra del 67-70 d.C., para reaparecer de otra manera en el moderno sionismo israelita.

[2] Otra, de tipo más profético, acentúa de tal modo la presencia y actuación de Dios que el hombre tiende a concebirse ya como pasivo y acaba renunciando a la misma acción guerrera, como veremos en el apartado siguiente (sobre la paz profética).

Aquí nos ocupamos de la primera tendencia cuyo influjo puede verse, al menos, en cuatro ciclos de guerras santas:

1. Guerras de conquista de Palestina (siglos XIII-X a. C.), recogidas y teologizadas en el Pentateuco (Ex 17, 8-16; Núm 20-24), con Josué y Jueces. A ese estrato pertenecen gran parte de los textos guerreros de 1 y 2 Samuel en los que Dios lucha por y con su pueblo.

2. Guerras del yahvismo (siglos IX-VI a. C.) entre las que deben incluirse las diversas reformas religiosas, como la del rey Jehú (2 Rey 9-10), que mató en nombre de Yahvé a los reyes anteriores y a profetas baalistas de Israel, como después concretaremos.

3. Guerras de los macabeos (177-143 a. C.), contadas en 1 y 2 Mac, tuvieron un aspecto social, de alzamiento político. Sin embargo, ellas volvieron a encender ideales e ilusiones sacrales que se encuentran vinculadas al más puro yahvismo.

4. Muchos entendieron también como santas las guerras de celotas y sicarios contra Roma (67-73 y 132-135 d. C.). Algunos no las aceptaron, pues esperaban la victoria como don de Dios (apocalípticos) y otros preferían la paz con Roma (saduceos e incluso fariseos). Pero muchos las entendieron y realizaron como guerra santa.

Dios se ha manifestado de manera fuerte por la guerra, como protector del pueblo. En esa línea han seguido después muchos musulmanes y cristianos.

2. Herrem o limpieza étnico-religiosa. Exterminio de los enemigos

Todo parece indicar que la ocupación israelita de Palestina, acaecida entre los siglos XIII-XI a. C., pudo acaecer de tres maneras:

(1) Por asentamiento pacífico gradual de grupos trashumantes, de allende el Jordán, que empezaron a ocupar los parajes menos habitados de bosques o montañas.

(2) Por revolución social. Los nuevos inmigrantes se fueron integrando, a través de pactos sociales y religiosos, con algunos habitantes más pobres de la tierra, que se rebelaron contra la elite política, social y religiosa de los cananeos (reyes, generales, sacerdotes), para aniquilarlos, construyendo un orden social nuevo.

(3) Por guerra de conquista estrictamente dicha: algunos grupos de Efraín y Benjamín conquistaron con violencia la tierra (cf. Jos 1-12).

La Biblia asume como oficial la tercera perspectiva, que incluye el herrem o anatema, una especie de limpieza étnica. Dios gana la guerra; por eso es suyo el botín (hay que matar en su honor a los vencidos). Dios es el dueño de la tierra; por eso, sus enemigos no pueden habitar en ella, sino que han de ser consagrados (matados) en un acto de culto, con todos sus bienes (cf. Jos 6, 18s). Aquí se expresa el exclusivismo de Yahvé, Dios santo, cuya guerra implica el exterminio (genocidio) de los cananeos (cf. Ex 23, 20-33; 34, 10-16; Dt 7 y 20; Jc 2, 1-5).

Cumple lo que yo te mando
y yo arrojaré de ante tu faz al amorreo,
cananeo, hitita, fereceo, jebeo y jebuseo.
No hagas alianza con los habitantes del país donde entrarás,
porque serían un lazo para ti.
Derribarás sus altares,
destrozarás sus piedras santas, talarás sus árboles sagrados...
Ni tomes a sus hijas por mujeres de tus hijos,
pues cuando sus hijas se prostituyan con sus dioses,
prostituirán a tus hijos con sus dioses
(Ex 34, 10-16).

Pueblo y tierra son de Dios y el derecho de Dios es lo primero. Por eso, los israelitas deben arrojar o aniquilar a los antiguos habitantes, en gesto religioso: "para que no te prostituyas", para que no te contamines con la idolatría de esos pueblos. Por eso, "derribarás sus altares, destrozarás sus piedras santas, talarás sus árboles sagrados". El Dios de esta guerra es celoso y fiero:

He aquí que envío un ángel ante ti,
para que te defienda en el camino
y te introduzca en el lugar que te he dispuesto...
Si escuchas su voz y haces cuanto yo te diga,
seré enemigo de tus enemigos
y oprimiré a quienes te opriman.
Mi ángel irá delante de ti y te introducirá en la tierra
del amorreo, del hitita y fereceo,
del cananeo, jeveo y jabuseo a quienes yo exterminaré.
No adores entonces a sus dioses ni les sirvas,
no edifiques templos como los suyos.
Al contrario, destruirás y derribarás sus piedras sagradas...
A los habitantes del país los pondré en tus manos
y tú los echarás de tu presencia.
No harás alianza con ellos ni con sus dioses
y no les dejarás habitar en tu tierra
(Ex 23, 20-33).

Dios aniquila, por su ángel destructor, a los dueños anteriores de la tierra, pues los palestinos no israelitas, enemigos de Dios, no tienen derecho a la vida y propiedad en Palestina. El mismo Yahvé liberador, santo y celoso, que había sacado a los cautivos (hebreos) de Egipto, justifica y promueve la muerte de sus adversarios.

Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra...
y expulse a tu llegada a unos pueblos más grandes que tú...
los consagrarás sin remisión al exterminio.
No pactarás con ellos ni les tendrás piedad...
Demolerás sus altares, destruirás sus estelas...
quemarás sus imágenes.
Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios;
que te eligió para que fueras pueblo de su propiedad
(Dt 7, 1-6).

Los "otros" (no-israelitas) aparecen como enemigos de Dios y por tanto son indignos de vivir sobre una tierra que él quiso ofrecer a sus elegidos. La razón para matar es la santidad de Dios y de su pueblo, que no se puede manchar con las costumbres religiosas de los habitantes anteriores de la tierra. La misma elección de Dios suscita una reacción correlativa de rechazo frente a los que tienen la "culpa" de haber nacido diferentes. Lo que es bendición de Dios y vida abundante para Israel, supone destrucción y muerte para los cananeos (cf. Dt 6, 16;11, 22-23; 12, 29; 19, 1) .

Así lo muestra (de manera más simbólica que histórica) la conquista de Jericó. Ordenados en ritmo sagrado, presididos por el arca de Yahvé, los hebreos toman milagrosamente la ciudad fortificada y matan como manda la ley a sus habitantes: "Sonaron las trompetas y todos lanzaron el alarido. Las murallas cayeron y ellos tomaron al asalto la ciudad...

Consagraron el anatema todo lo que había dentro: hombres y mujeres, muchachos y ancianos, vacas, ovejas y burros, todo lo pasaron a cuchillo" (Jos 6, 20-21). Algunos judíos actuales (año 2014) siguen aplicando al pie de la letra estos textos, en Gaza y Cisjordania, empleando los argumentos antiguos, pero separados de su contexto, haciendo así el peor servicio que puede hacerse a la Biblia.

3. Herrem intra-israelita. Exterminio de los heterodoxos

El credo religioso de Israel tenía un carácter dogmático/social y se expresaba en dos palabras.
(1) Positiva, shemá: "Escucha, Israel, Yahvé nuestro Dios es solamente uno; amarás a Yahvé, tu Dios, con todo el corazón, con todo el alma..." (Dt 6, 4). Un sólo Dios, un sólo pueblo elegido y consagrado: ese es el principio o dogma de la vida israelita.
(2) Negativa, condena de la idolatría: "No tendrás otros dioses frente a mí; no te harás ídolos, figura de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua bajo la tierra; no te postrarás ante ellos ni les darás culto" (Dt 5, 7-9).

Sobre esta doble base se define la orto-praxia o conducta justa: quien acepte (no rechace) la unidad de Dios puede formar parte de su pueblo; quien rompa esa unidad o adore ídolos deja de ser israelita y pierde el derecho a la existencia.



a. Historia original.

El paradigma del desierto. La tradición ha recordado historias de pecados y castigos ejemplares: Dios mismo destruye a quienes rechazan el sacerdocio de Aarón (Lev 10, 1-7) o el liderazgo de Moisés (Núm 16, 1-35). También castiga con muerte a quienes rompen el descanso del sábado (Núm 15, 32-41), que es base social y religiosa del pueblo. Pero los castigos ejemplares de los heterodoxos aparecen en Ex 32 y Num 25:

- Ex 32 evoca la historia del becerro de oro, que puede estar relacionado con los toros sagrados de Betel y Dan (cf 1 Rey 12, 26-33) y con la "perversión" de muchos sacerdotes. En su versión actual, el texto dice que los israelitas pecaron contra la trascendencia de Dios y la unidad del pueblo al adorar el toro. Lógicamente, eran dignos de muerte; por eso, los levitas, representantes del orden ortodoxo, tuvieron que matarlos.

- Num 25 recoge la historia de aquellos que acudían al santuario de Baal Fegor, para "prostituirse" con sus sacerdotisas, entregándose a los cultos cananeos de la vida, cosa que Israel castigaba con la muerte. Por eso, Yahvé dijo a Moisés: "Toma a los responsables del pueblo y cuélgalos en honor del Señor... Que cada uno mate a sus parientes..." (Num 25, 4-5). Sólo al cumplirse el castigo se aplacó la ira de Yahvé, "santo y celoso".

La tradición israelita ha recordado aquí el gesto de Finés, Pinjás, hijo de Eleazar, nieto de Aarón que alanceó por el bajo vientre a un israelita con su compañera idólatra, demostrándose celoso, ejemplo de fidelidad y/o intolerancia religiosa. Los enemigos de Yahvé rompen la unidad del pueblo y deben morir; este argumento (cf. Num 25, 6-13; Sal 106, 30; 1 Mac 2, 26) ha convencido a muchos cristianos hasta el siglo XX) .

b. Legislación sobre la idolatría.

Es idólatra quien abandona el culto exclusivo de Yahvé y cultiva otra experiencia religiosa. Quien obra así pierde el derecho de vivir: va contra Dios, rompe la unidad de pueblo. En este contexto podemos hablar de tres casos:

- Un profeta. El idólatra puede aparecer como profeta y realizar signos prodigiosos. Pero aún entonces, aunque parezca bondadoso, debe morir, pues la ley de Dios y la unidad del pueblo importan sobre todo: "Y ese profeta o vidente de sueños será ejecutado: por haber predicado la rebelión contra el Señor, vuestro Dios... y por haber intentado apartaros del camino que te mandó seguir el Señor, tu Dios" (Dt 13, 6).

- Un familiar: hermano, hijo, esposa. Aunque el idólatra sea familiar hay que actuar también, pues la fidelidad a Dios vale más que los restantes tipos de pertenencia: "No le harás caso ni le escucharás, no te apiadarás de él ni le tendrás compasión ni le encubrirás. Por el contrario, le darás muerte; tu mano será la primera en la ejecución y te seguirá todo el pueblo" (Dt 13, 9-10).

- Toda una ciudad. Puede suceder todo un grupo urbano empiece a separarse del Señor, adorando a dioses extranjeros. En ese caso "pasarás a cuchillo a los vecinos, dedicarás al exterminio la ciudad con todo lo que hay dentro y el ganado; amontonarás en la plaza el botín y prenderás fuego a la ciudad con todo el botín en honor del Señor, tu Dios" (Dt 13, 16-17). Quien rechaza al Dios del pueblo rechaza y niega al mismo pueblo.

Tales son los textos principales (cf. también Ex 22, 17; Dt 16, 2-7). El derecho de Israel exige la exclusión y muerte de quienes que rompen la unidad social, inseparable de la religiosa. La pureza del pueblo vale más que la vida de individuos y grupos. El mandato de Dios prevalece sobre unos pobres descarriados. Más tarde, judíos y cristianos invertirán ese argumento, diciendo que la vida de cada uno los hombres vale más que los principios religiosos; pero a veces también ellos lo olvidarán.

c. Un ejemplo: las matanzas de Jehú.

En el siglo IX a. de C., los reyes omridas, emparentados con príncipes fenicios, quisieron buscar para Israel una base religiosa más extensa. Por eso protegieron a los fieles de Baal, partidarios de una religión de la naturaleza, abierta a los cultos de la fertilidad. En contra de esa apertura se alzaron profetas como Elías y Eliseo, que sostenían con fuerza (y violencia) los principios del yahvismo. Ellos encendieron el fuego de la rebelión contra los reyes (¿tolerantes? ¿injustos?), alimentando el desconcierto popular. Muchos fieles de Yahvé pensaban que el culto a los baales y la injusticia social había llegado demasiado lejos (cf. 1 Rey 21).
«La revolución estalló el 842. Aparentemente tuvo la forma de un golpe de Estado efectuado por el general Jehú. En realidad, como su violencia demuestra, fue la explosión de la ira popular represada y de todo lo que había de conservador en Israel, contra la casa de los omridas y su política. Según la narración bíblica fue Eliseo quien dio comienzo a la contienda».

La tradición bíblica sitúa el origen de esa revuelta en la visión de Elías. Yahvé se le había manifestado en la brisa suave (no en el fuego, huracán o terremoto). Pero esa misma brisa se volvió fuerte viento de persecución y muerte: «Desanda tu camino hacia el desierto de Damasco y cuando llegues... unge a Jehú rey de Israel y profeta sucesor tuyo a Eliseo... Al que escape de la espada de Jazael lo matará Jehú y al que escape de la espada de Jehú lo matará Eliseo». (1 Rey 19, 15-18).

La palabra profética puso en marcha los acontecimientos: el ejército aclamó como nuevo rey a Jehú, que mató a Jorán, hijo y sucesor de Ajab, con Jezabel su madre (1 Rey 9, 13-37) y completó la venganza de Dios con una orgía de sangre:

Después (Jehú) reunió a todo el pueblo y les habló:
– Si Ajab fue algo devoto de Baal, Jehú lo será mucho más; así que llamadme a todos los profetas de Baal, todos sus fieles y sacerdotes, que no falte ninguno, porque quiero ofrecer a Baal un sacrifico solemne. El que falte morirá (Jehú actuaba así astutamente para eliminar a los fieles de Baal)...

(Cuando todos los sacerdotes y fieles de Baal entraron para ofrecer sacrificios y holocaustos)... Jehú ordenó a los guardias y oficiales:

– Entrad y matarlos. ¡Que no escape nadie!

Los guardias y oficiales los pasaron a cuchillo y entraron hasta el camarín del templo de Baal. Sacaron la estatua de Baal y la quemaron, derribaron el altar y el templo y lo convirtieron en letrinas hasta el día de hoy. Así eliminó Jehú el culto de Baal en Israel (2 Rey 10, 18-28)

Jehú buscó el apoyo de los recabitas, un clan de israelitas fieles (2 Rey 10, 15-17; cf. Jer 35), y recibió la aprobación ulterior de Dios: «Por haber hecho bien lo que yo quería, por haber realizado en la familia de Ajab todo lo que yo había decidido, tus hijos... se sentarán en el trono de Israel» (2 Rey 10, 30).

La religión se identifica con la vida social, de forma que una desviación religiosa debe ser socialmente castigada. Por eso, cierta teología israelita (y cristiana) no ha rechazado la dialéctica de venganza de Jehú con su persecución violenta (a pesar de testimonios como el Os 1, 4).

4. Violencia mesiánica. Ambigüedad de la violencia

El mesianismo incluye, como veremos, un elemento de pacificación universal, abierta simbólicamente a los mismos animales (¡se juntarán lobo y el cabrito!). Pero puede expresarse también en formas de violencia, como muestran los salmos reales. Ellos suponen una visión dualista de la realidad: por un lado está Dios, con su Mesías, al servicio de Israel y su justicia; por otro las naciones enemigas:

¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean fracasos?
Se alían los reyes del mundo.
Los príncipes conspiran contra Dios y su Mesías:
Rompamos sus coyundas, sacudamos su yugo.
El Rey del cielo sonríe, Yahvé se burla de ellos;
Yo mismo he ungido a mi rey en Sión, mi monte santo.
Voy a proclamar el decreto de Yahvé. Él me ha dicho:
–Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy.
Pídemelo, te daré en herencia las naciones,
en posesión los confines de la tierra,
los gobernarás con cetro de hierro, los quebrarás como jarro de loza
(Sal 2, 1-9)

Este salmo (con Sal 110) expresa una mística dualista, teñida de violencia. Dios, rey del cielo, está representado por el rey de Jerusalén, su Hijo o delegado sobre el mundo. Los enemigos del rey son enemigos de Dios y viceversa. De manera consecuente, la justicia de Dios se expresa en la victoria del Mesías: los quebrarás como jarro de loza. Está en juego el honor de Dios y no puede mostrarse ningún tipo de piedad con los perversos. Por eso hay que matarlos: no son signo de Dios, sino del caos (vencido en Gen 1): son seres satánicos. Dios aparece así como potencia destructora; su implica lucha: oponerse a Satán, matar a sus agentes. Así actúa el Mesías:

Me ceñiste de valor para la lucha.
doblegaste a los que resistían.
Pusiste en fuga a mis enemigos,
redujiste al silencio a mis adversarios.
Pedían auxilio, nadie los salvaba;
gritaban al Señor, nadie respondía.
Los reduje a polvo que arrebata el viento,
los desmenucé como barro de la tierra
(Sal 18, 40-43)

Muerden el polvo los enemigos de Dios y de su rey, pero sus amigos y vasallos se sienten protegidos. Lógicamente, en su coronación, cuando el rey se eleve como representante (hijo) de Dios, sus vasallos alzarán la voz, pidiendo su victoria militar:

Que tu izquierda alcance a tus enemigos,
que tu derecha caiga sobre tus adversarios...
que Yahvé los consuma en su ira y el fuego los devore
(Sal 21, 9-10)

Esa victoria, con la muerte y destrucción de los contrarios, es un signo religioso. Los adversarios del ungido de Israel (rey-mesías) son enemigos de Dios, no pueden ser perdonados. Así cantan los himnos más hermosos (y violentos) de la "justicia de Dios":

Cíñete al flanco la espada, valiente;
es tu gala y tu orgullo.
Cabalga victorioso, por la verdad y la justicia;
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, se te rinden los ejércitos,
Se acobardan los enemigos del rey
(Sal 45, 4-6)

La justicia superior de Dios se expresa por la espada del Ungido y se expande en su triunfo militar, que ratifica la santidad política de Israel y de su rey. Así dice otro salmo mesiánico que los cristianos han aplicado con demasiada facilidad a su Cristo:

Oráculo de Yahvé a mi Señor (el rey-mesías):
"Siéntate a mi derecha, que voy a hacer
de tus enemigos estrado de tus pies...".
Yahvé está a tu derecha;
el día de su ira quebrantará a los reyes;
dará sentencia contra pueblos, amontonará cadáveres,
romperá cráneos sobre la ancha tierra.
(Sal 110, 1.4-6).

La tradición judía y cristiana ha alegorizado esta palabra hiriente, en esfuerzo de gran generosidad. Pero esta es una palabra de venganza y violencia destructora: Dios mismo combate a favor (y a través) de su Mesías, ofreciéndole un poder total sobre la tierra, al sentarle a su derecha, apoyando sus pies sobre los cuerpos mutilados, los cadáveres u cráneos de los enemigos. Es difícil hallar una violencia verbal más intensa. Desde un presente de opresión, sobre una historia donde el Mesías parece ausente, los fieles invocan doloridos. Su misma desdicha les hace llamar; la confianza en la palabra salvadora de Yahvé les mantiene atentos.

Desde ese fondo han de entenderse algunos acontecimientos importantes de la historia del judaísmo antiguo como el alzamiento de los macabeos.

Sus promotores fueron sin duda unos políticos aprovechados y astutos; pero, al mismo tiempo, asumieron o canalizaron fuertes pretensiones mesiánicas, en contexto de guerra santa. Un judío se disponía a ofrecer un sacrificio a los dioses del mundo helenista:

Al verlo, Matatías se indignó, tembló de cólera y en un arrebato de santa ira, corrió a degollar a aquel hombre sobre el ara. Y allí mismo mató al funcionario real, que obligaba a sacrificar, y derribó el ara. Luego empezó a gritar muy alto: "El que sienta celo por la ley y quiera mantener la alianza que me siga" (1 Mac 2, 24-27)

Se inicia así una guerra santa, avalada por el celo de Dios, en la línea de los guerreros fieles como Pinjás o Josué (cf 1 Mac 2, 52-58). Muchos judíos pensaron que, a través de su "cólera humana" (lucha militar), los macabeos victoriosos aplacaban la cólera de Dios, que estaba airado por las profanaciones de los reyes helenistas. De todas formas, los insurgentes macabeos no lograron convencer a todos y no fueron reconocidos como reyes legítimos por el conjunto del pueblo. Por eso, otros textos como los Salmos de Salomón, siguen pidiendo a Dios que envía a su Mesías verdadero.

Suscítales un rey, hijo de David, cuando tú decidas...,
para que reine en Israel, tu siervo.
Dale fuerza, para que quiebre a los príncipes injustos,
para purificar a Jerusalén de los gentiles que la pisotean,
para expulsar con tu justa sabiduría a los pecadores de tu heredad,
para quebrar el orgullo del pecador como vaso de alfarero,
para machacarle con vara de hierro,
para aniquilar a las naciones impías
con la palabra de su boca
(Sal Sal 17, 21-25).

Esta es una guerra ambigua. Ella recoge los tonos más fuertes de ira y venganza de Dios, que aparecen en otros textos apocalípticos y legales (como en Qumrán, El Rollo de la Guerra). Pero parece que es sólo una guerra verbal, pues los oprimidos sólo pueden orar y pedir la venganza de Dios (como en Ap 6, 9-11) .

((Sobre la guerra santa cf. G. von Rad, Der Heilige Krieg im Alten Israel, Zwingli V., Zürich 1991. Además: F. Stolz, Jahwes uns Israels Kriege, ATANT 60, Zürich 1972; R. Smend, Jahwekrieg und Stämmebund, FRLANT 94, Göttingen 1963; A. van der Lingen, Les Guerres de Yahvé, LD 139, Cerf, Paris 1990. Compendio exegético y bibliográfico en N. Lohfink, Gewalt und Gewaltlosigkeit, QD, Freiburg 1983, 15-110; la traducción española (Violencia y pacifismo en el AT, DDB, Bilbao 1990) no recoge la bibliografía. Sobre la estructura social más antigua de Israel en relación con la "conquista" de Palestina, cf. N. K. Gottwald, The Tribes of Yahweh, SCM, London 1980.

Este esquema se apoya en obra de N. K. Gottwald, citada en nota anterior. Resumen de la temática en R. de Vaux, Historia antigua de Israel II, Cristiandad, Madrid 1974, pp. 17-28. Para una discusión ulterior: B. Halpern, The Emergence of Israel in Canaan, Scholars, Chico CA 1983; R. B. Coote y K. W. Whitelam, The Emergence of Early Israel in Historical Perspective, SWBAS 5, Seffield 1987.))