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Xi Jinping y la realidad al dictado


El líder chino Xi Jinping afronta ahora el ecuador de su mandato si, como es habitual y se espera, renueva jefatura hasta 2022. Así pues, este será un año de inevitable balance. En otoño, en el XIX Congreso del Partido Comunista de China (PCCh), debe consolidar lo alcanzado pero antes, en las “dos sesiones” que las cámaras parlamentarias chinas celebrarán a partir de la próxima semana, se calibrarán sus expectativas.

Los transcurridos han sido casi cinco años de innumerables directrices en los más vastos y variados campos plasmadas en el lanzamiento público de la actual oleada de reformas concebida como un proyecto global y complementario administrado por un equipo ad hoc presidido por el propio Xi.

Los “60 puntos” (2013) abarcan seis sectores diferentes: economía, sistema político, medio ambiente, cultura, asuntos sociales y gobernanza. El balance inicial de su implementación es flojo. Pese a ello, el discurso oficial sigue siendo predominantemente optimista, señalando que casi todo va viento en popa. Este contraste entre el discurso y la realidad se adoba no ya con el silenciamiento de toda crítica, sea o no constructiva, externa o interna, sino multiplicándose las certezas adulatorias de todo signo.

A trancas y barrancas

A lo largo del ejercicio recién concluido (2016), el PCCh logró en cierta medida transmitir a la opinión pública la convicción de haber consumado la estabilización general de la economía después de las crisis de la Bolsa de 2015 y 2016 con los retos añadidos, en escala de dificultades, alusivos a la reducción de la evasión de capitales y la caída del yuan.

El elemento central de la agenda de Xi en este periodo fue la construcción de un nuevo modelo de desarrollo. ¿Está funcionando esa transición? Veamos algunos datos. Según cifras oficiales, en 2014, el sector servicios representaba el 48,2 por ciento del PIB frente al 51,6% de 2016. Otro dato: la aportación del consumo al crecimiento del PIB pasó del 51,2% en 2014 al 64,6% a finales de 2016. Avanza –y no es fácil- pero a menor ritmo de lo deseado.

El segundo referente a tener en cuenta es la “nueva normalidad”: ciertamente, cambiar de carril en el modelo de desarrollo exige bajar la velocidad del crecimiento para facilitar la transición. El ritmo de crecimiento en 2016 fue del 6,7%, el más bajo en 30 años. Para 2020, el objetivo establecido en el XIII Plan Quinquenal consiste en duplicar el PIB con respecto a 2010. Esto significa que el PCCh hará lo necesario –y hasta lo imposible- por alcanzar en los próximos años un objetivo mínimo de crecimiento del 6,5%.

Más allá de la expansión del mercado o la propiedad privada, de la reducción de los excesos de capacidad o la burbuja inmobiliaria, uno de los principales caballos de batalla siguen siendo las empresas estatales. Por el momento, Xi se ha centrado en la renovación de los consejos de administración y del estilo de dirección procurando una mayor eficiencia y transparencia.

Por otra parte, se experimenta tímidamente con el aporte de capitales privados afectando una pequeña parte de los activos industriales a la participación en Bolsa. Esta será la clave en los próximos años y se probará en algunas provincias al igual que con la distribución a los empleados de hasta un máximo del 30 % del capital.
La probabilidad de que las reformas desemboquen en una privatización parcial sustantiva del tejido industrial público es débil a día de hoy. Es más, el proceso discurre en paralelo a una invocación persistente de la recuperación activa del control del Partido por la vía del reforzamiento de la dependencia de la Comisión de Activos del Estado que ha multiplicado sus efectivos y mecanismos de control, principalmente a través de la creación de nuevos departamentos y un más directo seguimiento. Y una medida importante que refleja el tono principal: el presidente del Consejo de Administración será siempre el jefe del partido de la empresa.

En términos generales, la percepción cívica es que la economía no marcha tan bien como en periodos anteriores, ya sea por las circunstancias internacionales y los retos del comercio exterior o por lo delicado de los desafíos estructurales internos. No obstante, el discurso oficial abunda en tres ideas: el crecimiento permanece estable, las reformas progresan y China desempeña un papel internacional cada día mayor.

¿Los datos lo corroboran? De las dudas acerca de la veracidad de las informaciones económicas se han hecho eco hasta las propias autoridades y de forma pública. La provincia norteña de Liaoning, por ejemplo, admitió en enero último que entre 2011 y 2014, los datos facilitados por la provincia eran falsos.

De la sociedad armoniosa a la sociedad acomodada

Pese a una sensación bastante extendida de que lo social no es tan importante en el mandato de Xi –que atribuye más transcendencia a otros factores de proyección de poder- como lo fue en el de su antecesor Hu Jintao (la “sociedad armoniosa”), la construcción de una sociedad acomodada se ha convertido en palabra de orden con el objetivo 2020: duplicar el PIB per cápita en relación a 2010. Esto se presentó en su día como una novedad radical en la planificación macroeconómica de China ya que, por primera vez en décadas, la cuestión de los ingresos y su relación con el crecimiento se ponían sobre el tapete.

La tarea no es pequeña. En 2010, en términos de PNB per cápita, China se hallaba en la posición 120 en el mundo. El 36% de la población vivía con menos de dos dólares diarios. China necesitará unos 35 años para alcanzar el PIB per cápita de Japón (rondando los 40.000 dólares).

Xi dirigió su atención a la erradicación de la pobreza, la reducción de las desigualdades, la situación ambiental, la reforma de las pensiones y la edad de jubilación, etc. Pero el asunto mayor es la gestión de la nueva ola urbanizadora y la reforma del registro de residencia o hukou.

En 2011, el 50% de la población urbana del país era flotante, unos 230 millones de personas que residían en las ciudades sin apenas derechos, titulares de un hukou rural. Ese año, por primera vez en su historia, la población urbana superó a la rural. En 2015 la tasa de residentes urbanos permanentes registrados era del 39,9 por ciento; a finales de 2016 subió al 41,2. En 2020 debe llegar al 45 por ciento. La integración de ese segmento demográfico no será barata: 7.000 euros por persona, dice la Academia de Ciencias Sociales de China.

Como Xi, ningún otro

En el congreso de otoño, Xi Jinping debe ser plenamente instituido como “núcleo” del liderazgo, lo cual le situará como primus supra pares y no solo como primus inter pares. La sexta sesión plenaria (2016) celebró la existencia de un amplio consenso –que no unanimidad- en torno a este asunto culminando un recorrido de cuatro años en los que Xi llevó a cabo ingentes esfuerzos para acumular poder y desprenderse de los corsés que podrían limitar su acción.

Puede que ello responda a una tradición político-cultural que hunde sus raíces en la China milenaria asociada al ejercicio imperial del poder; o que explicite una simple voluntad de homologación mayor con sus pares del mundo occidental ante quienes comparecería lastrado y débil por esa singularidad del sistema político chino. Sea como fuere, la evolución manifestada en estos años abre incógnitas en relación a aspectos clave de esta otra normalidad: liderazgo colectivo, consenso, doble mandato, etc., cuestiones no menores que se derivan de lecciones del pasado reciente y cuyo trastoque quizá debiera meditarse dos veces.

Podemos esperar para los próximos meses una ardua lucha entre bambalinas para asegurar el perfil del nuevo Comité Permanente del Buró Político. En él deberían permanecer Xi y Li Keqiang y ascender Hu Chunhua y Sun Zengcai. Fuera de ello, todo son conjeturas y numerosos nombres se barajan, al igual que el número de miembros de dicho sanedrín, que podría ampliarse o reducirse en función de la capacidad del propio Xi para contener los intentos de frustrar sus ambiciones.

La lucha contra la corrupción proseguirá, al igual que las reformas en lo político para preservar la estabilidad y garantizar el papel hegemónico del PCCh.

El mundo de Xi

Xi Jinping ha dado muestras claras de una diplomacia más incisiva y un afán creciente de notoriedad. Buena parte de la sociedad china exige más atención a la agenda interna y se muestra escéptica con respecto a los grandes proyectos que promueve el PCCh. Lo cierto es que China necesita más que nunca en toda su historia del mundo exterior. Sin embargo, frente a un discurso interno que alardea de una posición creciente en el orden global, esta ofrece aun numerosos déficits y carencias si abandonamos el terreno de lo estrictamente económico. Y aun en este, en el orden de las decisiones, su posición no se corresponde con su relevancia.

Muy viajero, Xi precisa acreditar ahora sus dotes para evitar un agrio deterioro de las relaciones con EEUU, mejorar el entendimiento que evolucionó a la baja con la UE, consolidar la asociación con Rusia o reorientar el desencuentro con Japón. A los acrónimos que apadrina (desde los BRICS a la OCS e instrumentos con el BAII) les ha llegado su hora.

Los desafíos en materia de seguridad no solo se encaran con una reforma militar como la impulsada en 2015 sino, sobre todo, con una diplomacia de vecindad que haga creíble la reiterada benevolencia de sus intenciones (Mar de China meridional y oriental).

Con los pies en la tierra

El balance del primer mandato de Xi abunda en la voluntad de un aceleramiento del paso en la transformación de China, atajando los déficits y problemas identificados a fin de evitar su conversión en males estructurales que impidan la modernización. China es consciente de que tiene ante sí una gran oportunidad estratégica e intentará aprovecharla. La agenda del momento es enormemente compleja y las amplias imbricaciones entre lo interno y lo externo obligan a su gestión simultánea. Esto añade dificultad a la tarea.

En dicho contexto, en torno a Xi se ha gestado en estos años una atmosfera equívoca. La ciega exaltación de lo positivo y la marginación de la crítica sugieren una distorsión de alcance que podría llegar a jugarle una mala pasada.


Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China. Acaba de publicar “China Moderna” (Tibidabo ediciones).