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Un sacerdote valiente en La Comunidad

Andreas Boueke
www.elperiodico.com.gt/020417

Al padre Javier Arteta le importa que su iglesia este abierta para la juventud.

Desde el principio del siglo la mayoría de países latinos ha logrado avances significativos en su desarrollo económico y social. El panorama en Guatemala es diferente. Aquí no se ha logrado cumplir con los objetivos de desarrollo en cuanto a temas como la mortalidad infantil, la desnutrición o la pobreza extrema. La violencia cotidiana está frenando el desarrollo, especialmente en los barrios marginales de los centros urbanos. En muchos de estos lugares hay una presencia de la Iglesia católica.

Faltan pocos minutos para el inicio de la misa dominical en la iglesia San José. Varias mujeres todavía se esfuerzan en decorar las paredes con flores. Unas trescientas personas están sentadas en sillas de plástico. Varios hombres visten trajes formales y unas mujeres se pusieron vestidos elegantes, algo de joyería y bastante maquillaje. Pero varios fieles tienen puesto zapatos empolvados, lo que revela su caminata a través de senderos que inician en las profundidades de los barrancos. Tuvieron que ascender desde su covacha para llegar a la iglesia católica de La Comunidad, un poblado que se encuentra en el Sur de Mixco. La mayoría de los 100 mil habitantes son migrantes internos del área rural que se asentaron durante los últimos 20 años.

El sacerdote Javier Arteta llegó hace nueve años. Desde entonces no ha logrado inspirar mucha esperanza en su congregación. Sabe que hablar de un futuro mejor sería mentira. “Estamos en una zona roja donde la violencia es constante. Tengo que hacer demasiados funerales de jóvenes asesinados. Llego en la noche y rezo con la gente, ¿qué más puedo hacer?”.

El padre Javier tiene acceso a información exclusiva sobre el futuro. A través de la confesión logra conocer el estado de ánimo de la generación joven. “Ellos están envenenados. Cuando los niños de primera comunión se confiesan, se notan sus rencores. Están afectados profundamente porque sus familiares fueron asesinados. Quizás uno los mira jugando fútbol como si nada, pero ahí hay algo que no sana. La violencia es como un cáncer. Trato de ayudarles, pero no es fácil. Cuando llegan a los 15 años, el rencor aflora y empiezan a tomar una pistola. Hay que tratar de ayudarlos para que se calmen, para que puedan asumir el dolor y superarlo. No sé qué otra cosa podemos hacer”.

El sacerdote no se preocupa mucho por su propia seguridad. “Tengo 74 años. Ya no voy a trabajar en otra congregación. No tengo nada que perder. Pero cuando matan a estos jóvenes se pierden vidas enteras. ¿Quién sabe qué cosas podrían haber logrado en sus vidas?”.

El padre Javier no cree poder cambiar la situación, pero está contento con su trabajo en La Comunidad. “Aquí la iglesia es pobre, vive pobremente. El arzobispo vive pobremente. Muchos sacerdotes van a pie, a veces van en bus. No tenemos muchos medios.”

El papel de la Iglesia

En el año 2000, las Naciones Unidas acordaron metas de desarrollo del milenio, incluyendo la lucha contra la pobreza extrema y la reducción de la mortalidad infantil. Guatemala es considerado uno de los países con menos avances en el desarrollo. Aquí no se cumplió con el 60 por ciento de las metas del milenio. Pero Javier Arteta está orgulloso de algunos éxitos en su congregación. Por ejemplo, el desayuno nutritivo que se entrega a doscientos niños.

“El padre Javier hace mucho”, dice Ninfa Alarcón, la coordinadora del programa de los derechos infantiles de la ODAH. “Me gusta que tenga un espacio abierto para la comunidad. En su congregación hay vida”.

La activista ha dado talleres a las mujeres y los jóvenes de la parroquia San José. “Pero claro que se puede hacer más”, insiste. “La Iglesia tiene un nivel de influencia fuerte en las comunidades, en las familias. Por ejemplo, puede orientar en contra del maltrato infantil. Los chiquitos son golpeados, maltratados en el mismo entorno donde deberían estar protegidos. Hay abuso sexual por parte de padrastros, tíos, abuelos, papás incluso. La Iglesia debe abordar estos temas”.

Consuelo para las víctimas

Uno de los catequistas más activos de la parroquia es César Puac. Un hombre delgado que se tomó la tarea de apoyar a aquellos fieles que están pasando por una fuerte crisis. “Aquí hay mucha extorsión”, dice. “Esto resulta en secuestros y asesinatos. Personas mueren porque decidieron abrir una tienda o algún comercio”.

César Puac parece cansado, pero todavía logra juntar el ánimo para confrontarse con el sufrimiento de su prójimo. “Hoy voy a visitar a una madre que está de luto por la muerte de su hijo”.

Doña Aura vive con su hija de 15 años en una casa de lámina junto a otras cinco familias. Tuvo cuatro hijos. Hace un mes mataron a Miguel, su hijo de 21 años. “De primero murió mi esposo de enfermedad”, relata. “Después murió mi bebé de tres meses y ahora mi hijo. Ya es el segundo. Mi hijo mayor fue asesinado cuando tenía 20 años”.

¿Cómo es posible que una madre pueda superar tantos golpes del destino? ¿Cómo logra levantarse cada día para ir a trabajar? César Puac tiene una respuesta: “No hay de otra”.

El catequista reconoce que tales historias todavía le impactan. “Uno quisiera hacer más, apoyar económicamente y también con el corazón. Yo entiendo lo que ella siente. Mi familia pasó por lo mismo cuando mataron a mi sobrino”.

Ante tanto dolor, el psicólogo Marco Antonio Garavito se preocupa por los fundamentos éticos de la sociedad guatemalteca. “Cuando vivimos tales experiencias, todos los seres humanos pasamos por un proceso de duelo. En el caso de Guatemala este proceso se ha acelerado. Hay que vivir duelos rapiditos, porque ya vienen muchas pérdidas más. No puedes poner un duelo encima del otro”.

El Director de la Liga de Higiene Mental opina que la Iglesia católica no tiene suficiente capacidad moral para contrarrestar esto. “Históricamente la Iglesia fomentó la tolerancia hacia la frustración. Te dice que el reino del cielo es tuyo, aunque aquí en el mundo vives la peor pobreza. Esta idea ha generado un concepto de fatalismo en la población pobre de toda América Latina. La gente acepta la pobreza porque supuestamente Dios así lo planteó. Dice: Es mi cruz, pero en el cielo voy a estar feliz”.

Esas críticas no le preocupan al padre Javier. Sigue su camino con pasos pequeños. En sus prédicas habla de la importancia de educar sin violencia. Pero sabe que esos mensajes no son suficientes para realmente cambiar la situación en La Comunidad. “Yo no veo ninguna solución. Hacemos lo que podemos”.

Muchas veces el sacerdote se encuentra con que no hay padre de familia en las casitas más humildes. Hace poco visitó a una mujer que recoge chatarra para poder darles de comer a sus tres hijos. “Tratamos de meter los niños a la escuela para que no resulten ser delincuentes. Les damos ropa, comida. En La Comunidad hay alrededor de diez mil familias en condiciones similares. Pero bueno, quizá podemos apoyar a tres familias. Ya es algo”.