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Tierras despedazadas

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Una mirada desde 2050

Dejadme empezar con una confesión. Soy una persona a la antigua y tengo una profesión pasada de moda. Soy geopaleontólogo. Esto quiere decir que me dedico a excavar en los archivos para exhumar lo extinguido: todos los imperios, federaciones y uniones territoriales que han existido en la historia. Prácticamente, yo creé la profesión del geopaleontólogo cuando era un joven estudioso en 2020 (teníamos la costumbre de bromear diciendo que en ese momento éramos los únicos historiadores con verdadera sabiduría retrospectiva). Hoy en día, mi profesión está tan en extinción como las cuestiones con las que ella trabaja.

En estos momentos, en 2050, cada día menos personas pueden recordar cómo era vivir en medio de esos leviatanes. Cuando yo era joven, imaginábamos que esos torpes dinosaurios como Rusia, China y la Unión Europea iban a perdurar fueran cuales fueran las convulsiones mundiales que se produjeran a su alrededor. Por supuesto, en ese tiempo, nuestro Estados Unidos todavía funcionaba como lo sugiere su nombre en lugar de ser una variopinta colección de fracciones de territorio que hoy luchan por unos recursos cada día más escasos.

Lo imperios, como los adolescentes, piensan que serán eternos. En geopolítica –como en biología– las fechas de expiración nunca están a la vista. Cuando llega la muerte, siempre es una impresión. Pensad en el choque de titanes que fue la Primera Guerra Mundial. Cuatro enormes imperios –el otomano, el austrohúngaro, el ruso y el alemán– se lanzaron al conflicto imaginando que la victoria les daría no solo una nueva vida sino también nuevos territorios de los cuales se harían dueños. Y los cuatro cayeron hechos pedazos. La guerra fue lo suficientemente horrorosa, pero sus consecuencias continuaron apilando cadáveres. Solo la epidemia de gripe de 1918-1919 –que los soldados llevaron inconscientemente consigo de las trincheras a su país de origen– mató por lo menos a 50 millones de personas en todo el mundo.

Cuando un dinosaurio se viene abajo aplasta a todo tipo de criaturas más pequeñas que están debajo de él. Nadie recuerda hoy la agonía del último de los imperios coloniales a mediados del siglo XX con sus enormes traslados de población, feroces levantamientos e interminables guerras por delegación, aunque los jóvenes países surgidos de esas sanguinolentas placentas obtuvieron al menos cierto grado de independencia.

Para especializarme en geopaleontología elegí el período posterior a 1989. El derrumbe de la Unión Soviética anunció la última etapa de la descolonización. También, entre los noventa y el comienzo del siglo XXI, redibujó las fronteras en algunas partes de Asia y África, produciendo así nuevos países como Timor Oriental, Eritrea, Sudán del Sur. La partición de Oriente Medio en el periodo que siguió a la invasión estadounidense de Iraq y la Primavera Árabe se realizó según pautas similares, si bien mucho más caóticas y sangrientas, aunque un extremismo antes bien religioso que nacionalista destrozó los países multiétnicos de la región.

Incluso en los entornos inhóspitos, el futuro todavía parecía pertenecer a los dinosaurios. A pesar de ciertos contratiempos. Estados Unidos continuaba dominando al resto del planeta en su carácter de “única potencia”, con sus militares constantemente en el ‘modo intervención’. China estaba creciendo. Rusia estaba concentrada en la reconstrucción de la Unión Soviética. La necesidad de competir en un mundo cada día más interconectado contribuía en lo que parecía ser una tendencia: empujar a la unión de países para crear economías de escala.

La Unión Europea (UE) profundizaba su integración y ampliaba su membresía. Naciones de muy diferentes antecedentes creaban pactos económicos como la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN, por sus siglas en inglés) y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés). Incluso países que no compartían fronteras pensaban en la posibilidad de esas empresas conjuntas, como la de los Países Exportadores de Petróleo (OPC, por sus siglas en inglés) y más tarde la de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (los BRICS).

Sin embargo, como todo el mundo lo sabe hoy, finalmente este espíritu de integración se vendría abajo a medida que los ensangrentados territorios del siglo XX daban paso a las tierras despedazadas del XXI. El sentido de desintegración y separación que se extendió por nuestro mundo llegó justo en el momento equivocado. Para enfrentarse a una gran cantidad de problemas colectivos, necesitábamos más unidad, no menos. Tal como lo estamos aprendiendo tan duramente, un planeta enfrentado consigo mismo no aguantará mucho tiempo.

La cólera de las naciones

El agua hierve más intensamente justo antes de evaporarse. Lo mismo sucede, obviamente, con los asuntos de los seres humanos.

Justo antes de que se desencadenara el infierno de 1914, el mundo fue testigo de un estallido sin precedentes del comercio mundial a un nivel que no volvería a verse hasta los años ochenta. Justo antes de que los nazis tomaran el poder en 1932, los alemanes de la república de Weimar estaban gozando de un extraordinario florecimiento de un liberalismo cultural y político. En 1991, justo antes de que colapsara la Unión Soviética, los estudiosos rusos mencionaban con orgullo el crecimiento de la tasa de matrimonios cuyos integrantes eran de distintas nacionalidades de la federación como una señal de una cada vez mayor cohesión social.

Y en 2015, justo antes de la gran desarticulación, el mundo todavía parecía estar dominado por lo que entonces se llamaba la “globalización”. El volumen del comercio mundial crecía continuamente. Facebook había creado una red con 1.500 millones de usuarios activos. En todos los continentes, la gente estaba bailando al son de Drake, mirando la final de la Copa Mundial y comiendo sushi. En el otro extremo del espectro socioeconómico, más gente que en cualquier otro momento desde la Segunda Guerra Mundial estaba en movimiento; eran los emigrantes y los refugiados.

Todas las fronteras parecían desmoronarse.

Antes de 2015, casi todo el mundo creía que la flecha del tiempo apuntaba en la dirección de una integración cada vez mayor. Algunos esperaban (y otros lo temían) que el mundo estaba convergiendo en unos conglomerados de naciones cada vez más grandes. Los internacionalistas hacían campaña por una Naciones Unidas que tenía algún poder político real. Los partidarios del libre comercio imaginaban un mercado global libre de fricciones en el que idénticos hipermercados venderían los mismos productos sin importar el sitio del mundo donde estuvieran. Los adoradores de la tecnología imaginaban un mundo comunicado por Twitter e Instagram.

En 2015, la gente estaba tan ocupada cruzando fronteras –reales o conceptuales– que era raro que las personas se dieran cuenta de las reacciones violentas contra la globalización. Oficialmente, cada vez más países se habían comprometido con la diversidad, el multiculturalismo y las ideas cosmopolitas de libertad, solidaridad e igualdad. Pero todo empezó a cambiar, también en 2015; un fenómeno sobre el que escribí por primera vez en mi conocido ensayo Splinterlands [(Tierras despedazadas), Dispatch Books, 2025]. Los movimientos que saltaron a la primera plana de los periódicos abogaban por un histórico cambio hacia dentro: la construcción de muros, el refuerzo de la homogeneidad y la exaltación de los valores exclusivamente nacionales.

Los líderes de esos movimientos –Donald Trump, en Estados Unidos; el primer ministro Viktor Orban, en Hungría; Vladimir Putin, en Rusia; Marine Le Pen, jefa del Frente Nacional francés; el primer ministro Nahendra Modi, en India; el primer ministro Shinzo Abe, en Japón; y el presidente de Egipto Abdel Fattah el-Sisi, para nombrar solo a algunos– no eran miembros de un partido único. No se veían a sí mismos como integrantes de un movimiento único. Ciertamente, todos ellos eran bastante escépticos en relación con cualquier cosa que oliera a cooperación entre naciones. Personalmente, cada uno de ellos era cosmopolita y se sentía cómodo en una variedad de entornos culturales, pero sus políticas eran provincianas, pueblerinas. Como grupo, anunciaban un cambio en la política mundial que 35 años después todavía está vigente.

Lo que es bastante irónico es que en esos tiempos estos personajes eran los únicos vistos como “dinosaurios” debido a que su atención estaba centrada en una imaginaria edad dorada del pasado. Pero cuando la historia pulsa el botón ‘rebobinar’, como ha sido durante los últimos 35 años, los reaccionarios pueden convertirse en visionarios.

Pocos pensadores serios durante los decadentes años de la Guerra Fría imaginaban que, en el largo plazo, el nacionalismo sobreviviría como algo más significativo que la bandera y el himno. Tal como concluyó el historiador Eric Hobsbawm en 1990, esa fuerza estaba casi agotada, o como lo escribió él, “ya no es un vector importante del desarrollo histórico”.

Se esperaba que el comercio y el voraz deseo de riqueza borrarían las diferencias referidas a lo nacional hasta que solo quedaría un único mercado global en el que se moverían unos actores supuestamente racionales. Las nuevas tecnologías de la comunicación y los viajes unirían a los extranjeros y diluirían las pasiones particularistas. Las enormes sangrías que muchas naciones habían padecido en los siglos XIX y XX seguramente convencerían a cualquiera de que el loco apelando a la patria era un personaje que ya no tenía cabida en una sociedad moderna.

Sin embargo, resultó que el comercio y su incesante empeño por conseguir una ventaja comparativa sencillamente convirtieron el nacionalismo en una nueva mercancía objeto de negocios. Aunque los viajes y las comunicaciones ciertamente unieron a las personas, también aumentaron las posibilidades de malentendidos y conflictos. Como resultado de ello, el nacionalismo no desapareció en la oscuridad de la noche. Todo lo contrario: literalmente trazó el nuevo mapa del mundo en que vivimos hoy.

Las líneas de fractura

El agrietamiento de la llamada comunidad internacional no fue un acontecimiento de capital importancia. En lugar de eso, fue algo bastante parecido a la fracturación del hielo ártico debida al calentamiento global hasta convertirse en un conjunto de modestos témpanos. El aumento de la temperatura geopolítica tiene un efecto parecido en el mapa del mundo.

Al principio, fue difícil entender que la guerra en Siria, el conflicto en Ucrania, el larvado descontento en Xinjiang, los levantamientos en Malí, la crisis de la Unión Europa y el surgimiento de un sentimiento contra los refugiados tanto en Europa como en Estados Unidos estaban conectados. Pero lo estaban de verdad.
Las primeras grietas en ese –ahora muerto– sistema global aparecieron en Oriente Medio. Como geopaleontólogo, debo admitir que yo no estaba particularmente interesado en los cambios en sí mismos, solo me interesaba el impacto que ellos producían en entidades más grandes.

Iraq y Siria, unos países multiétnicos que se habían forjado en los fuegos postcoloniales del nacionalismo árabe se fragmentaron a lo largo de las líneas raciales y confesionales. Del mismo modo, debido a la presión de la intervención aérea de la OTAN, liderada por Estados Unidos, Libia colapsó cuando fue asesinado su autocrático jefe y sus arsenales fueron saqueados para armar a grupos terroristas en todo un amplio abanico de situaciones críticas. Después, el agrietamiento no hizo más que ampliarse: Yemen, Egipto, Arabia Saudí, Líbano y Jordania. La gente escapaba de esos países en desintegración como los animales de un bosque en llamas.

El enorme flujo de refugiados que se lanzaron por mar y tierra demostró que se había llegado a lo más alto de la Unión Europea. Después de una espectacular expansión en la primera década del siglo XXI, los 28 miembros de la asociación se toparon con el muro del euroescepticismo, la austeridad fiscal y la xenofobia. Mientras reaccionaban a la creciente marea de refugiados, las fuerzas contrarias a la inmigración se las arreglaron para acabar con el sistema de fronteras abiertas del tratado de Schengen. El paso siguiente de la desarticulación fue dar por tierra con el sistema monetario europeo a medida que los países excesivamente endeudados de la periferia de la Eurozona reafirmaron su soberanía fiscal.

Estos acontecimientos animaron a los euroescépticos. En 2015, por primera vez el Partido Democrático –contrario a los inmigrantes– de Suecia, saltó a lo más alto en los sondeos de opinión. Suecia, que una vez fuera el paradigma de la tolerancia y la socialdemocracia, encabezó el gran giro escandinavo que le alejaría de la Europa continental.

Siguiendo sus pasos en las elecciones locales y en las del parlamento europeo, el partido de extrema derecha Frente Nacional, de Marie Le Pen, se convirtió en el más popular de Francia y, con ese poder recién descubierto, empezó a husmear la posibilidad de un pacto informal con Alemania, que una vez había sido la locomotora de la integración europea. Los partidos euroescépticos consolidaron su poder en Polonia, Portugal, Hungría y Eslovaquia. Desesperado por mantener el favor de sus integrantes más incondicionales, el partido conservador inglés propuso un referendo que apartó a Gran Bretaña de la Unión Europea. Lo que una vez habían sido algunas voces aisladas de insatisfacción de pronto se convirtió en una espantada hacia las puertas de salida. La UE sobrevivió unos años más –hasta las Leyes de Desintegración de 2028–, pero solo como una cáscara sin contenido.

El descontento en Oriente Medio y el desmembramiento de la UE tuvo un profundo impacto en Rusia. Los últimos políticos de la era soviética en ese país habían intentado reconstruir la antigua federación rusa mediante nuevos arreglos en Eurasia. Al mismo tiempo, trataron de ampliar su jurisdicción para abarcar a todas las poblaciones rusohablantes mediante guerras fronterizas en Ucrania, Georgia y Moldavia. Pero en su intento por conseguir más, se quedaron con menos.

La Madre Rusia ya no pudo contener a su prole, ni a los buriatas del otro lado del lago Baikal ni a los sakha de Siberia, tampoco a los habitantes de su ciudad más occidental, Kaliningrado ni a los de la región marítima de Primorsk, en el lejano este ruso. La entrada de Moscú en la guerra siria en apoyo de Damasco contribuyó al surgimiento de un separatismo en las repúblicas transcaucásicas de Chechenia y Daghestan. En la Segunda Gran perestroika de 2031, una Rusia partida a lo largo de las líneas que tan bien conocemos hoy, que la dividen en dos mitades –la europea y la asiática– y separan sus baldías tierras industriales del norte de los desiertos cada vez más extensos del sur.

China se encontró en una trayectoria similar. La ralentización económica global deshilachó el inestable contrato social –aumento de las mejoras económicas a cambio de sumisión política– que el partido comunista chino había perfeccionado en la estela de las protestas de la plaza de Tiananmen de 1989. Las enérgicas medidas de Beijing contra todo lo que oliera a “terrorismo” empujaron a los uighures de Xinjiang a la sublevación abierta. Los tibetanos también continuaron con sus reclamos de más autonomía. Mongolia Interior, con más o menos el doble de mongoles que la propia Mongolia también tiró de todas las cuerdas que mantenían a China atada y bien atada. Taiwan dejó de hablar de una reunificación por encima de estrecho homónimo. Hong Kong reafirmó su estatus fundacional de ciudad-almacén.

Pero esas rebeliones en las zonas de frontera parecían nimias en comparación con el levantamiento central de los años treinta del siglo XXI. Visto desde la perspectiva de 2050, era obvio que los obreros y campesinos desocupados del interior de China, que apenas se habían beneficiado del gran salto capitalista de los últimos años del siglo XX se rebelarían contra el orden político. Pero, ¿quién habría pensado que el centro podría abandonar tan pronto el Reino Central?

Como todos sabemos, Estados Unidos no se vino abajo. Pero el imperio estadounidense (cuyos líderes se esmeraron tanto en la negación de que eso había existido alguna vez) efectivamente colapsó. Cuando el gobierno de EEUU entró en suspensión de pagos de su inmensa deuda y su infraestructura empezó a venirse abajo de verdad, el vasto despliegue militar fuera de sus fronteras se hizo insoportable. A medida que los militares se retiraban traspasó el trabajo que ellos hacían a sus aliados –Alemania, Japón, Corea del Sur, Arabia Saudí e Israel–, pero en general estos países tenían sus propios planes y en cualquier caso ponían sus intereses nacionales por encima de los de Washington.

Mientras tanto, la política interior de Estados Unidos continuó tan polarizada y paralizada que el Congreso y el Poder Ejecutivo eran incapaces de llegar a un consenso sobre cómo volver a dinamizar la economía o reimaginar un “interés nacional”. Crecieron los obstáculos para mantener lejos a los extranjeros y los productos importados. Con la excepción de las cuestiones militares y el control de la inmigración, la acción del gobierno se redujo a lo provisional.

Después, se produjo la epidemia de los fusiles de asalto, de los drones armados operados por privados y del uso de agentes biológicos como armas ofensivas, todo ello realizado fácilmente en casa con las impresoras 3-D. El Estado perdió su tradicional monopolio de la violencia, y nuestra sociedad, a pesar de que muchos se negaban a admitir esa tendencia, derivó hacia una enfermedad cada vez más cercana a la psicosis. Una minoría blanca armada y cada vez más resentida parecía resuelta a adoptar una política de “tierra arrasada” para no dejar nada de valor a sus herederos mestizos. Por supuesto, en estos momentos, el país solo existe nominalmente, ya que las únicas políticas que importan son adoptadas a partir de criterios estrictamente regionales.

Las fuerzas centrífugas que empezaron a ponerse de manifiesto en 2015 desgarraron los grandes países multiétnicos en una terrorífica versión de yugoslavización que se propagó por todo el planeta. Ya en los noventa del siglo XX, algunos expertos con visión de futuro habían presagiado una oleada de separatismo. Estaban equivocados solo en lo referente a la paz. Las fisuras tardaron en aparecer, pero al fin aparecieron. En el sur de Asia, los movimientos separatistas royeron tanto a India como a Pakistán. En el sudeste de Asia, Indonesia, Malasia y Mianmar, las fracturas se produjeron según las líneas raciales. En África, la parte central no pudo mantenerse y fue inevitable que todo se viniera abajo: Congo, República Centroafricana, Nigeria y Chad, entre otros países.

En los primeros años del siglo XXI se habló mucho de los “estados fallidos” como Afganistán, Iraq, Somalia, Yemen y Haití. Mirando retrospectivamente, ahora está mucho más claro que, en cierto sentido, todos los países estaban fracasando. Tenían pocas posibilidades frente a los sectores gubernamentales que se ocupaban de erosionar la globalización desde arriba y a la siempre creciente agitación política de los actores no estatales desde abajo.

Quizás, en mejores condiciones ambientales, estas fuerzas habrían empujado a los imperios, las federaciones y los pactos de comercio hasta el borde pero no más allá. Sin embargo, tal como sucedió a pesar de las conferencias, los manifiestos y varios arreglos de compromiso, el termómetro global continuaba subiendo. Las consecuencias del cambio climático se convirtieron en la proverbial coyuntura crítica. La escasez de agua intensificó los conflictos en toda China, como había pasado en Rusia cuando escasearon los alimentos. Las zonas tropicales, las islas, las costas marítimas; todas eran vulnerables al aumento del nivel del mar. Prácticamente todos los países entraron en una batalla campal por el agua potable, el aire limpio, los minerales indispensables y la tierra cultivable.

Todos tenemos nuestras propias historias de los desastres ocasionados por el cambio climático. Por ejemplo, yo perdí mi casa con el huracán Donald, que destruyó buena parte de Washington DC y sus suburbios en 2029. Inicié una nueva vida en Nebraska solo para verme obligado a trasladarme otra vez cuando el acuífero Oglala se agotó en 2034, precipitándose así lo que hoy llamamos la megasequía del Medio Oeste. Y, como muchos otros, hace solo tres años perdí a un ser querido en aquel mes terrible de las supertormentas –julio de 2047– que devastaron una vasta zona del planeta Tierra.

Lo que nadie había anticipado fue el impacto del cambio climático tendría en el nacionalismo. Pero, ¿qué otra cosa podría haber sucedido cuando todo el mundo se repartía los cada vez más valiosos recursos naturales? Se comprobó que el sentimiento nacionalista era el único principio para determinar lo que se merecían los “nuestros” y la desgracia de los “otros”. Como resultado de ello, en lugar de convertirse un remanente atávico de otros tiempos, el nacionalismo demostró ser la ideología más poderosa del siglo XXI. En un planeta cada día más desesperado, no nos encontrábamos frente a la benevolencia de un mundo único sino frente a las confusiones múltiples de muchos mundos.

Todo lo que era sólido

No solo los países multiétnicos se convirtieron en algo insostenible en este siglo. Todo parecía estar desintegrándose.

La clase media se hizo añicos. La promesa de un trabajo y un ingreso estables –la seguridad del cuenco de arroz en Oriente y la jubilación blindada en Occidente– desapareció en el torbellino de una desigualdad en la que el 1 por ciento más rico se escindía de la sociedad mientras que los más pobres entre los pobres no tenían hacia dónde volverse.

Regresando a 2015, a los expertos les encantaba promover nuevas tendencias como la “economía compartida”, en la que millones de empleados se convertían en emprendedores, o la “larga cola” del desarticulado mercado de consumo. Pero lo esencial era de una desoladora sencillez: las fuerzas que podrían haber actuado para contrarrestar la división competitiva del mercado poco a poco desaparecieron. Desapareció la mano del Estado. Desaparecieron las presiones limitadoras de la moralidad.

Ciertamente, la tecnología desempeñó un papel en esta transformación, cuando los ordenadores y los teléfonos celulares desvincularon a las personas de un lugar fijo de trabajo; y después, cuando los biochips hicieron de cada persona su propia “estación de trabajo” (work station). La aplicación de los principios mercantiles a todos los aspectos de la vida humana socavó la esfera pública en favor de la privada. Esta dinámica en el ámbito de la sociedad también contribuyó a la gran fractura que tuvo lugar en la esfera internacional.

Sí, puedo imaginar las críticas del lector. Tal vez es verdad que en 2050 estamos en el punto más bajo en cuanto a cooperación y que ante nosotros está alguna forma nueva de centralización y globalización. Está claro que los yihadistas que manejan sus minicalifatos en todo el mundo sueñan con la unión de los fieles bajo un estandarte único. Incluso hoy hay diplomáticos que esperan conseguir que los 300 países miembros de Naciones Unidas acuerden una especie de reformas institucionales que puedan brindar al mundo algo parecido a un gobierno global. Y puede ser que algún brillante programador esté incluso ahora creando una nueva aplicación “asesina” que pondrá a cada persona en la misma página, literalmente.

Como geopaleontólogo que soy no me agrada hacer conjeturas. Yo me centro en el pasado, en lo que ha sucedido realmente. Todo el mundo puede hacer predicciones. Pero ninguno de esos escenarios de futura integración me parece que tenga alguna verosimilitud. “Las cosas nunca salen como uno quisiera”, solíamos decir cuando yo era pequeño. Pero no por eso dejábamos de hacer lo que hiciera falta: así es la vida.

Aun así, faltaría a mi obligación si no señalara algo que muchos han notado con el paso de los años. Hemos estado fragmentándonos precisamente cuando debíamos habernos unido, dado que los problemas con que se enfrenta el planeta no pueden ser resueltos por millones de individualidades o por masas de apátridas actuando por su cuenta.

De cualquier modo, con tantos millones de desesperados lejos de su casa, el aumento de las pandemias, la profundización de la desigualdad en el mundo, ¿cómo es posible esperar que la gente pueda unirse para enfrentar las amenazas existenciales comunes? Solo hoy, cuando han pasado tantos años y escribo estas líneas, somos capaces de ver con claridad que el aumento de las tierras despedazadas ha sido una verdadera tragedia de la humanidad. Da la impresión de que la incapacidad para comprometerse de las distintas culturas dentro de cada país anticipaba nuestro momento actual de una multiplicación de naciones que no son capaces de comprometerse para resolver nuestros flagelos globales. El aglutinante que alguna vez nos mantuvo unidos –llámese solidaridad religiosa, racial o de clase– ha perdido su poder vinculante.

En 2015, en el comienzo de la gran desarticulación, yo todavía era joven. Como cualquier otra persona, no vi lo que se acercaba. Pensaba que todos vivíamos en una casa común. Algunas habitaciones estaban terriblemente descuidadas. Aquellos que vivían en el ático a menudo estaban expuestos a las inclemencias del tiempo. La casa toda necesitaba mejor aislamiento térmico, electrodomésticos más eficientes, paneles solares en el tejado, y nos habíamos atrasado en el pago de la hipoteca. Pero al igual que muchos de mis pares casi nunca puse en duda que entre todos podíamos reunir el dinero y la voluntad para hacer las reparaciones necesarias pidiendo a los residentes más ricos de la casa que pusieran su justa parte.

Treinta y cinco años y una interminable lista de catástrofes después en un planeta cada vez más pobre, deprimente e inhóspito, está claro que nosotros no estábamos prestándole atención suficiente. De haber estado escuchando, habríamos oído a las termitas. Ahí, en el sótano de nuestra casa común, ellas se estaban comiendo los cimientos bajos nuestros propios pies. De pronto, antes de que nos enteráramos de qué estaba pasando realmente aquello que era sólido se había disuelto en el aire.


John Feffer es el director de Foreign Policy In Focus en el Instituto de Estudios Políticos, el editor de LobeLog, un colaborador regular de TomDispatch y el autor de varios libros, entre ellos Crusade 2.0.