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VIGILANCIA SÓLIDA Y LÍQUIDA EN LAS FRONTERAS

VIGILANCIA SÓLIDA Y LÍQUIDA EN LAS FRONTERAS (1): La antesala del sueño americano es la pesadilla mexicana

Estados Unidos y México, como su comparsa, han creado en la frontera un corredor de vigilancia, sólida y líquida, que amalgama drogas, terrorismo e inmigrantes. México ha empeñado su soberanía al convertirse en una plataforma para que operen directamente en su territorio los organismos estadounidenses anti-drogas, anti-terroristas y anti-inmigrantes patrullando, investigando, asesorando, amasando información, presenciando interrogatorios y torturas. Tres divinas agencias y un solo gobierno verdadero.

José Luis Rocha
www.envio.org.ni/abril2015

Las políticas diseñadas para repeler a los inmigrantes tienen concreciones “sólidas” y “líquidas” en los operativos de vigilancia -a menudo más teatrales que eficaces-, ejecutados para extender las fronteras.

VIGILANCIA “SÓLIDA” ANTI-INMIGRANTES: EL MODELO PANÓPTICO

La vigilancia sólida echa mano del panóptico: una arquitectura que posibilita vigilancia, calabozo y monitoreo, encierro y control. Según el sociólogo Zygmunt Bauman, el modelo panóptico está vivo, goza de buena salud y ha sido reforzado electrónicamente, pero ha dejado de ser el patrón universal de dominación. No es el principal ni el más utilizado, pues está restringido a las prisiones, psiquiátricos, campos y otras instituciones. Ya no se busca incapacitar los cuerpos. El panóptico clásico se observa en los márgenes: las áreas urbanas donde los pobres están segregados y donde, bajo el pretexto de promover el bienestar en sus hogares, son sometidos a una forma de vigilancia punitiva y penetrante.

Eso es lo que Loïc Wacquant llama “panopticismo social”. Se ejerce mediante la colaboración del brazo social del Estado con su puño coercitivo. Un ejemplo “normal” es el patrullaje en barrios como el Jorge Dimitrov y el Reparto Schick en Managua, El Gallito en la zona 3 de Guatemala, el Barrio Medina en San Pedro Sula, El Sitio en Tegucigalpa y San Jacinto y Lourdes en San Salvador.

En Nicaragua, como parte de su trabajo comunitario, fusionando labor social con vigilancia punitiva, la Policía Nacional realiza un visiteo casa por casa para monitorear a las PIP (Personas de Interés Policial), que son la contrapartida de las VIP (Very Important People). Otro ejemplo de este modelo son las campañas de vacunación que realizan médicos a sueldo de la CIA en Pakistán para captar ADN y direcciones de sospechosos de terrorismo.

VIGILANCIA “LÍQUIDA”: EL MODELO BANÓPTICO

Cuando los pobres escapan de sus barrios y huyen de sus países, los esfuerzos de vigilancia añaden otra estrategia: el banóptico, que se aplica a los marginales globales. Este neologismo, acuñado por Didier Bigo, viene de ban (exclusión), se refiere a una vigilancia estricta y se ejerce mediante la elaboración de perfiles con tecnologías informáticas.

David Lyon explica que el banóptico es un dispositivo que “muestra quién es aceptado y quién no, creando categorías de personas excluidas, no sólo por un determinado Estado-nación, sino por un conglomerado amorfo y no unificado de poderes globales. Y ese conjunto opera virtualmente, utilizando bases de datos interconectadas, para canalizar los flujos de datos”. Las leyes y los procedimientos burocráticos singularizan a un grupo para someterlo a un tratamiento específico.

El banóptico cumple dos funciones: construye la exclusión y le aplica medidas. En la terminología de la filósofa feminista Judith Butler podemos decir que se trata de una exclusión performativa: se construye al grupo de excluidos al momento de aplicarle cierto tratamiento. Las medidas administrativas los someten para etiquetarlos y ese sometimiento es generador de un grupo debidamente clasificado.

CENTROAMERICANOS: ETIQUETADOS CON CRITERIOS RACIALES

Los criterios para etiquetar suelen ser raciales, según el sociólogo Oscar Gandy. Estos criterios y medidas administrativas son parte de la racialización, un término que el antropólogo Nicholas De Genova emplea para enfatizar los procesos mediante los cuales los significados y distinciones atribuidos a la raza vienen a ser producidos y continuamente reproducidos, y están siempre enmarañados con relaciones sociales y conflictos, de manera que retienen una importancia duradera porque sus formas específicas y su significado sustantivo son eminentemente históricos y mutables.


Los chistes, las bromas y las imágenes diseminadas en canciones, relatos y películas son vehículos de los estereotipos de la racialización. El banóptico permite reproducir y ensanchar esas racializaciones de origen artesanal hasta que alcancen mayor sofisticación y se conviertan en herramientas de la burocracia que busca construir un universo ordenado: una nación que no sea una aleatoria colección de individuos, sino una coherente comunidad de ciudadanos.

En esa comunidad imaginada de ciudadanos, los mexicanos -y ahora los centroamericanos- son factores que de diversas formas a lo largo de la historia han jugado un papel en el ordenamiento jerárquico racial estadounidense. De Genova ha estudiado a los mexicanos como ubicados en el fuego cruzado de la polaridad entre blancos y negros que establece la economía racial estadounidense. En las últimas tres décadas a los mexicanos se han sumado los centroamericanos, que son subsumidos en un grupo que los antecede: migrar a los Estados Unidos los somete a una racialización como mexicanos y a similares medidas de control y de rechazo: los somete al panóptico y al banóptico.

PANÓPTICO Y BANÓPTICO: DIFERENCIAS

Bauman sostiene que “la aparición entre las masas globales de exiliados, refugiados, demandantes de asilo -o de pan y agua- podría incluso estimular ambos tipos de tecnología de la vigilancia”. Pero los mecanismos y efectos de cada una son diversos.

El panóptico se ocupa de mantenerlos dentro y encerrados. El banóptico los repele lejos. El panóptico disciplina en el confinamiento. El banóptico excluye con medidas de seguridad. La violencia física solía acompañar al panóptico, que implicaba contacto visual -aunque asimétrico- y físico. El banóptico privilegia el contacto informatizado: se basa en la clasificación meticulosa de poblaciones en categorías destinadas a tratamientos distintos. El panóptico es útil para controlar a los ya identificados y confinados.

Para contener la migración son más útiles los dispositivos banópticos porque su función “es detectar cuanto antes a aquellos individuos que muestran signos de no querer comportarse como es debido o que planean abrir una brecha en esos modelos”.


Los que más desafían ese control son los migrantes y los coyotes. Por eso las leyes sobre el tráfico ilegal y su diseminación a través de organismos como la OIM y las agencias de Naciones Unidas, que operan bajo el lustroso barniz de una heroica campaña contra la trata, forman parte del alargado brazo jurídico y organizacional que ejecuta el banóptico y busca someter a esos desobedientes.

CUANDO LAS FRONTERAS SON BASES DE DATOS

La complementación del panóptico con el banóptico no es un mero valor agregado. Supone una transformación cualitativa porque resitúa la vigilancia en el terreno de la modernidad líquida que constituye el paradigma del que Bauman se vale para explicar las especificidades de lo que otros llaman postmodernidad, modernidad tardía, sociedad del riesgo o capitalismo cognitivo.

Se sitúa en ese terreno, en parte porque su ejercicio está deslocalizado. Según David Lyon, “el poder de la vigilancia, tal y como lo ejercen la administración, los estamentos policiales y las corporaciones privadas” es más líquido: las fronteras nacionales ya no sólo tienen un emplazamiento geográfico, sino que también están en bases de datos.

Estas bases son ubicuas. Levitan en el ciberespacio. Lyon sostiene que “aunque la parafernalia de los puntos de control y las oficinas de inmigración y aduanas pueden estar en las propias fronteras físicas, la utilización de bases de datos remotas y de redes de telecomunicaciones significa que el control crucial -y efectivo- ocurre extraterritorialmente, o al menos en muchos lugares cuya existencia es inmaterial”. A menudo -de forma dramática pero no exclusiva en el caso de los drones no tripulados- se trata de una vigilancia remota que agiliza el proceso de actuar a distancia y separa a los vigilantes de las consecuencias de sus acciones. Finalmente, es una vigilancia donde el procesamiento de datos está automatizado. Se ha puesto en las invisibles manos de la estadística y el software que producen clasificaciones de personas con criterios raciales.

UNA DINÁMICA QUE DESHUMANIZA AL VIGILANTE Y AL VIGILADO

El estigma que Erving Goffman estudió como generado durante el contacto directo entre personas -estigmatizados y normales que interaccionan íntima o impersonalmente, puntual o habitualmente-, se convierte aquí en un estigma cibernético. No es la reacción de un ser humano ante una particularidad con carga social, sino la reacción que podría tener una máquina detectora de metales. Y aunque se trata de detectar elementos de una identidad social (Goffman prefiere este término al de “estatus social” porque en los estigmas -y también en la vigilancia- importan los atributos personales como la honestidad, y no sólo atributos de estatus como la ocupación), como el estigma por definición consiste en creer que la persona con un estigma no es del todo humana, estamos ante una dinámica de doble deshumanización: en vigilante y vigilado actúa el proceso.

La humanidad se reduce a unas categorías. El vigilante es un sistema y el vigilado queda reducido a un amasijo de atributos, de aquellos que la clasificación de la migra le atribuya mediante un desmembramiento y selección de rasgos: trigueño, con bolsa o mochila, con botas o tenis... Lyon sostiene que el tratamiento estadístico y a través de medios clasificatorios “pueden ‘des-figurar’ al Otro al seleccionar sólo las categorías programadas”.

Por eso podríamos decir que los dispositivos clasificatorios crean el estigma al desfigurar. Goffman decía que el estigma es una relación especial entre el atributo y el estereotipo. En el banóptico tenemos unos procesadores que, guiados por el estereotipo, construyen un atributo de individuos y grupos poblacionales al clasificarlos.

Esa voluntad de clasificación, según Bauman, tiene su origen en la convicción de que el progreso es un viaje hacia la perfección, un apremio que define a la modernidad y para cuya consecución tiene que “erradicar, destruir y deshacerse de numerosos seres que no podían ser integrados en un esquema perfecto del mundo”. Quizás ése sea el sentido del capricho 43 de Goya: el sueño de la razón produce monstruos.

UNA BUROCRACIA DESPERSONALIZADA

Los tres rasgos del banóptico -deslocalización, actuación remota y automatización- devienen en el producto más cabal de la impersonalidad del gobierno burocrático, según la famosa caracterización de Hannah Arendt: “La burocracia o el gobierno de un intrincado sistema de agencias en el cual hombre alguno, ni uno ni el mejor, ni pocos ni muchos, puede ser responsabilizado, podría ser propiamente llamado el gobierno de nadie”.

La automatización, la distancia y la deslocalización le quitan pasión al control, lo despersonalizan. Lyon menciona una organización meticulosa y una eficiencia mecánica de la operación que consiguen la cuidadosa separación del burócrata y su víctima. Es un proceso aséptico que despersonaliza y crea una asimetría de la transparencia: “A medida que el poder se mueve con la velocidad de las señales electrónicas en la fluidez de la modernidad líquida, el grado de transparencia crece para unos y disminuye para otros”. Esto exacerba los desbalances de poder en la era digital. Se refuerza así la impersonalidad y se pavimenta el terreno para que los burócratas tomen distancia de las consecuencias de sus acciones.

Pero veremos que, como con acierto observó David Lyon, todavía existe e importa la vigilancia sólida porque, aunque el poder es global y extraterritorial, la política sigue siendo local e incapaz de actuar a un nivel planetario. Para compensar esa debilidad de la vigilancia las fronteras se han extendido hacia el interior y hacia el exterior de cada Estado-nación.

LA FRONTERA DE ESTADOS UNIDOS EMPIEZA EN MÉXICO

En el mundo post 9/11 en el que expertos y políticos de las democracias liberales asumen que la seguridad es un valor medular amenazado por el terrorismo global, las políticas migratorias tienden a construir fronteras más gruesas. Hacia el interior, el Estado aplica la tecnología militar en las zonas desérticas próximas a la frontera, emprende operativos nacionales de espionaje que conculcan elementales derechos ciudadanos y rompe la barrera entre lo público y lo privado cuando se apropia de información privada para rastrear a delincuentes y terroristas.

Hacia el exterior, el gobierno de los Estados Unidos ha tenido un éxito rotundo en transnacionalizar la (in)seguridad por medio de una serie de alianzas militares y diplomáticas que le permiten un patrullaje a distancia. No sólo se trata de las revisiones en los aeropuertos y las redes policiales globalizadas. No se trata sólo de las técnicas biométricas que permiten disciplinar y castigar más allá de las fronteras.

En el terreno del narcotráfico, los operativos de fumigación sobre el Putumayo son los más emblemáticos de esa extensión de las fronteras. En lo que toca a las migraciones, algunos territorios se asemejan a las zonas de amortiguamiento de las reservas forestales: ahí se pueden instalar algunos colonos, pero sabiendo que ésa es una zona bajo estricta vigilancia para evitar que elementos extraños penetren en la reserva.

México cumple esa función en el proyecto de vigilancia antiinmigrante de los Estados Unidos. Por eso, y porque es un territorio que cruzan los centroamericanos, empiezo por ahí este recuento de la vigilancia fronteriza de los Estados Unidos. La liquidez y la solidez de la vigilancia se combinan para hacerla más ardua y fértil en daños colaterales, pero ¿la hacen más efectiva? ¿De qué mecanismos se vale para acrecentar su poder de acopio de datos, persuasión y punición?

MÉXICO: 3 MIL 600 KILÓMETROS DE UNA FRONTERA LETAL

Para alcanzar su meta en Estados Unidos la mayoría de los centroamericanos indocumentados deben atravesar México, la gigantesca “frontera vertical” de 3,600 kilómetros encorchetada entre los ríos Suchiate y Bravo. Su recorrido es una especie de ordalía que no satisface al gobierno estadounidense ni a las huestes xenófobas, en la que los migrantes se juegan la vida pulgada a pulgada.

Esa frontera expandida está erizada de peligros letales. México es el país donde algunos estiman que a diario ingresan 2 mil armas desde el liberalizado mercado estadounidense hacia las diestras manos siempre prestas al combate de los narco-sicarios. Es el país donde durante la presidencia de Calderón una persona fue asesinada cada hora. Donde los funcionarios de la Procuraduría General de la República -la institución que desde 1947 fue designada para combatir el tráfico de drogas- figuran en las nóminas de los cárteles con salarios mensuales de entre 150 mil y 450 mil dólares.

México es el país donde las altas plazas policiales se venden en millones de dólares a los gerentes del narcotráfico y los policías de a pie tramitan con los capos el permiso para secuestrar en sus plazas a cambio de una modesta comisión.

En ese país el Estado adiestra y paga cursos en el extranjero a policías de élite que terminan como mercenarios de la narco-industria. Sólo en 2011, en Tamaulipas y Nuevo León, la Secretaría de Defensa Nacional ubicó 21 corporaciones policiales al servicio de Los Zetas. México es el país donde Concepción Moreno, de El Ahorcado, Querétaro, fue condenada a seis años de prisión por alimentar a migrantes centroamericanos. Ahí los migrantes son víctimas, nos dice el legendario periodista Julio Scherer, de “un avispero de malhechores protegidos por placas y disfrazados con las ropas y los modos del poder”. Y aunque la mayoría de los migrantes centroamericanos provengan de la región que el experto en crimen organizado Edgardo Buscaglia llama “el triángulo de la muerte” (El Salvador, Honduras y Guatemala), un triángulo que engulle las mejores intenciones y donde los capos mexicanos han extendido sus dominios, los peligros del tránsito por México superan el terror que muchos de ellos han presenciado.

México es a ojos vista un colador de migrantes. Una de las mejores herramientas del banóptico estadounidense. La selección de migrantes que se llevó a efecto en Ellis Island de 1892 a 1924 tiene hoy lugar en todo el territorio mexicano de manera más brutal y con los salvajes ribetes de la selección natural. Por eso, “frontera vertical” es una expresión cuya eficacia descriptiva va mucho más allá de las evocaciones metafóricas. Complementa la teoría del banóptico.

EL VÍNCULO ENTRE EL LIBRE COMERCIO Y LA VIGILANCIA MILITAR

México es una frontera en al menos dos sentidos: uno formal y otro informal, según el talante de los proveedores de control territorial que los migrantes enfrentan. En sentido formal, México es frontera porque extendió a su territorio la ilegalización de las migraciones y la implementación de los operativos anti-inmigrantes que han caracterizado las políticas estadounidenses de las últimas décadas. Y lo hizo precisamente al ritmo de las exigencias de Washington, en un impúdico vasallaje que hiere el orgullo nacional de numerosos mexicanos.

Ejerciendo una suerte de gobernanza mundial en un intento de control del narcotráfico que -como el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz señalara en el caso de las políticas financieras del FMI- no se cuida en absoluto de los bienes públicos globales, la DEA se ha constituido en una agencia transnacional que impone operativos y coordina directamente cuadrillas policiales del Estado mexicano.

Estados Unidos creó un corredor de vigilancia y el gobierno de México sumó su territorio a ese corredor para que Estados Unidos pudiera desplazar su frontera geopolítica hacia el sur y creara un perímetro de seguridad alejado del territorio estadounidense y de la infraestructura del Complejo Industrial Militar.

El Tratado de Libre Comercio ha sido la piedra angular de una estrategia que entreteje el libre comercio y los intereses de la vigilancia militar. El subproducto, según el analista mexicano Juan Manuel Sandoval, son “medidas copiadas o made in USA, deviniendo así México en un país-frontera, es decir, la frontera entre América del Norte y el resto del continente”. El Plan México o Iniciativa Mérida y la Iniciativa de Seguridad Regional Centroamericana (CARSI) en contra del narcotráfico son algunos instrumentos para que México cumpla sus funciones de zona de amortiguamiento.

EL HORROR QUE HA PROVOCADO “LA GUERRA CONTRA LAS DROGAS”

Desde sus primeros pasos, el gobierno de Calderón (2006-2012) dio señales de sumisión a los dictados de Washington al permitir la extradición de 15 capos. Cuando declaró la guerra a las drogas, en un vano intento por legitimar un acceso a la silla presidencial colmado de impugnaciones, Calderón puso las calles y los derechos ciudadanos en manos del ejército con los funestos resultados que la periodista Marcela Turati documentó en Fuego cruzado: las víctimas atrapadas en la guerra del narco.

La guerra de Calderón se saldó con la detención de unos cuantos capos menores y 46 mil asesinados que el ex-comandante guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos saludó como inevitables efectos y muestras de una lucha exitosa: “La actual expansión y multiplicación de la violencia no ocurre por crecimiento del crimen organizado, sino por su debilitamiento y fragmentación”.

Los costos de convertirse en una prolongación de la frontera estadounidense y someterse a los dictados de Washington, colocando las riendas del control territorial en manos de un aparato coercitivo corrupto y dispuesto a todo tipo de trapacerías para mejorar sus indicadores de cumplimiento, fueron denunciados ampliamente por Human Rights Watch: torturas cuya impunidad campea por la complicidad de jueces y dictámenes médicos, desapariciones forzosas llamadas “levantones”, que luego se transforman en “falsos positivos” -civiles secuestrados, asesinados y presentados como agentes del narcotráfico-, ejecuciones extrajudiciales presentadas como daños colaterales y el hábito consuetudinario de implantar evidencia para inculpar inocentes.

ANTI-DROGAS, ANTI-TERRORISMO Y ANTI-INMIGRANTES

Los migrantes se cuentan entre las víctimas del atenazamiento de los controles, fruto de la militarización de la vigilancia y de un tratamiento del crimen organizado que no quiere distinguir entre el coyote que pasa la frontera con una docena de centroamericanos y el capo que trasiega toneladas de cocaína. Ambas son mercancías ilícitas y como a tales se las trata.

Estados Unidos, y México como su comparsa, han creado un corredor de vigilancia que amalgama drogas, terrorismo e inmigrantes, una trenza derivada de la que forman la guerra, el terrorismo y la lucha contra el crimen. En defensa de la soberanía, México empeña la suya al convertirse en una plataforma para que operen de forma directa los organismos estadounidenses anti-drogas, anti-terroristas y anti-inmigrantes: tres divinas agencias y un solo gobierno verdadero.

Patrullando, investigando, asesorando, amasando información y presenciando interrogatorios y torturas, en 2011 había más de 500 agentes estadounidenses en México, entre Boinas Verdes, DEA, CIA y Department of Homeland Security. No menos de 40 eran empleados del Immigration and Customs Enforcement (ICE) y 100 del Transportation Security Administration.

En ese caldo espeso de imposiciones estadounidenses, por Acuerdo del Poder Ejecutivo del 18 de mayo de 2006 se ungió al Instituto Nacional de Migración -a 13 años de su creación- como instancia de seguridad nacional, condición que lo obliga a integrar sus bases de datos a los sistemas de seguridad y a proporcionar información sobre “actos tendentes a consumar espionaje, sabotaje, terrorismo, rebelión, traición a la patria y demás delitos en contra de los Estados Unidos Mexicanos dentro del territorio nacional”.

Los migrantes se han convertido en un elemento bajo la lupa y escrutinio de la seguridad nacional mexicana en el marco de esos servicios de frontera extendida que el gobierno mexicano concede a Estados Unidos como contraprestación por el intercambio comercial, los convenios para trabajadores migrantes temporales, las relaciones financieras y la asesoría técnica.

Como efecto de la fronterización de México tenemos que entre 2001 y 2014 el Instituto Nacional de Migración de México ha deportado a 1 millón 642 mil 452 centroamericanos: 767 mil 707 guatemaltecos, 575 mil 811 hondureños, 275 mil 581 salvadoreños y 23 mil 353 nicaragüenses. Se ha desempeñado con mayor eficacia que sus colegas del ICE, que en el mismo período deportaron alrededor de 864,493 centroamericanos.

EN LA VIGILANCIA GLOBALIZADA SUBYACE FASCISMO

La frontera vertical funciona. Duplica los excluidos por la vigilancia y la contundencia del banóptico para mantenerlos lejos. El banóptico estadounidense extiende en México el área de expulsión más allá de la franja fronteriza convencional al constituir jurídica y militarmente una frontera de 3,600 kilómetros. Bauman nos recuerda que “Estados Unidos trasladó a sus agentes de inmigración de las puertas de desembarque de los aeropuertos al punto de embarque”.

El experto en relaciones internacionales Didier Bigo analizó la esencia de esta situación cuando escribió que la globalización de la seguridad que Estados Unidos y sus aliados han diseminado tras el 9/11 está diseñada para hacer de las fronteras nacionales unos artefactos obsoletos e imponer la colaboración a otros actores del área internacional. Al mismo tiempo, sostiene Bigo, hace obsoleta la distinción convencional entre el universo de la guerra, la defensa y un orden y estrategia internacional, y, por otro lado, un universo del crimen, la seguridad interna, el orden público y las investigaciones policiales.

Esto explica la creación de redes policiales globalizadas y las funciones policiales asignadas a los cuerpos militares. Y también explica la mezcla de la noción de guerra con lo criminal. Por eso Bigo acuña el término de “complicidad global de la dominación” como un concepto que da cuenta del fascismo que subyace a esta globalización de la vigilancia, instrumento del proyecto neocolonial que exporta libertad y combate el mal.



MIGRANTES: MERCANCÍA APETECIBLE PARA LOS NARCOS

La migración centroamericana hacia Estados Unidos ocurre en este contexto de expulsiones, de globalización de la seguridad y de mancuerna entre policía en pie de guerra y ejército policiaco. Por eso el éxito del control territorial -o la tenacidad de los migrantes que se empeñan en burlarlo- no se puede medir solamente en números de deportados, sino también en el desconocido número de quienes regresan aterrados y por su propio pie y en los que no hacen el intento por el efecto disuasorio que tiene un territorio en guerra. La frontera vertical que es México ejemplifica sin fisuras un banóptico con zonas fronterizas alargadas.

México es también frontera vertical en un sentido informal que urge viviseccionar. Este sentido informal está ligado a la globalización de la seguridad, pues surge de las oportunidades mercantiles que -paradójica, pero consistentemente- la vigilancia globalizada abre al crimen organizado.

Dicho en palabras de Buscaglia: “Una tercera desventaja que existe en México es la proliferación del tráfico de migrantes hacia Estados Unidos, así como la trata de personas. Estos problemas serán difíciles de resolver sin la participación del gobierno de Estados Unidos, pues los excesos regulatorios a la migración legal en ese país generan una demanda excedente de trabajo que es cubierta por la delincuencia organizada que opera en territorio mexicano. Éste es un ejemplo de cómo una dinámica binacional fomenta a todas luces la existencia y el crecimiento de la delincuencia organizada transnacional”.

Mi hipótesis es que la creciente ilegalización de los movimientos migratorios transmutó a los migrantes en mercancía apetecible, pero que también hubo cambios en las empresas del narcotráfico que incentivaron esa apetencia.

Después de los golpes asestados a los cárteles colombianos -primero al de Medellín, luego al de Cali y finalmente al del Norte del Valle-, los cárteles mexicanos asumieron el rol de socios capitalistas que antes tenían los colombianos. Al socio capitalista le corresponde pagar la cocaína al proveedor y esperar los resultados de las ventas. Debido a que el tráfico de drogas tiene un flujo lento por su dependencia de las ventas al por menor en forma de crack y es enlentecido por su carácter subterráneo, se requiere cierta liquidez que puede provenir de un acumulado por narcoactividades o de otras fuentes.

Y también ocurre que células pequeñas de narcos, que buscan posicionarse en ese mercado, necesiten otras fuentes de fondos como capital semilla. Una de esas fuentes ha sido el prolongado saqueo de Pemex, con gigantescas pipas e incluso oleoductos que ordeñan las existencias de la empresa paraestatal hacia expendios legales en Texas. El cártel negro, que costó el exilio en Alemania a su autora Ana Lilia Pérez, denuncia -entre otras muchas estrategias ejecutadas con la complicidad de altos y bajos empleados de Pemex- una red de subcontratistas de Pemex que en Tabasco eran fachada del cártel del Golfo y células de Los Zetas que en Tamaulipas expropiaban a compañías proveedoras de servicios a Pemex.

LAS REMESAS Y LAS EXTORSIONES

Otra de las fuentes es el dinero de los migrantes centroamericanos. En 2009 la Comisión Nacional de los Derechos Humanos de México calculó que Los Zetas y otros grupos ligados al narcotráfico habían obtenido una ganancia anual de 50 millones de dólares mediante el secuestro y extorsión de migrantes, fundamentalmente centroamericanos, por quienes pedían rescates de entre 1,500 y 5,000 dólares. El promedio de los montos exigidos era de 2,500 dólares por persona.

Esos 50 millones -atisbaron Los Zetas et al.- debían ser apenas un pellizco a los 12 mil millones de dólares de remesas que en 2008 habían enviado a sus países de origen los migrantes centroamericanos. Como el pago de las extorsiones se realiza por medio de bancos y de las típicas agencias de transferencia de remesas, son contabilizadas como remesas mexicanas, pero apenas fueron el 0.2% de los 25,415 millones de dólares de remesas que llegaron ese año a México.

Fueron también un monto minúsculo comparado con las decenas de miles de millones de dólares que maneja el narcotráfico mexicano o con los 3 mil millones que los narcos mueven anualmente en la región centroamericana. Pero no hay duda de que el fruto de estas extorsiones son ingresos de importancia vital para más de una célula de narcotraficantes.


LOS ZETAS: LOS MÁS TEMIDOS DE TODOS

Los secuestros son popular y mediáticamente atribuidos a Los Zetas, cuyo núcleo original estaba formado por desertores de un cuerpo élite militar: nacieron como el pronosticable reciclaje de los Grupos Anfibios de Fuerzas Especiales (GAFES). Son otro subproducto de la Guerra Fría: más de un tercio de sus fundadores fueron aplicados alumnos en la School of the Americas en Fort Benning.

En círculos oficiales se cree que el nombre se debe a una antigua frecuencia de radio de la Policía Federal Judicial. Otros piensan que alude a la inicial del nombre del fundador: Zeferino Cuéllar. Pero cuando le preguntaron “¿Por qué Zetas?” a Heriberto Lazcano (el Z-3), tercero al mando y también fundador del grupo, respondió: “Porque después de la zeta no hay nada”.

Sus tácticas de reclutamiento son efectivas. La mañana del 14 de abril de 2008, en Reynosa aparecieron mantas con este mensaje: Grupo operativo Los Zetas te quiere a ti, militar o ex-militar. Te ofrecemos buen sueldo, comida y atenciones a tu familia. Ya no sufras maltratos y no sufras hambre. Nosotros no te damos de comer sopas Maruchan. Su llamado trasciende las fronteras: en los últimos años se han fortalecido con desertores del ejército de Guatemala, los llamados Kaibiles.

Surgieron en 2002 como sicarios al servicio de Osiel Cárdenas Guillén, quien fuera el hombre fuerte en el Cártel del Golfo de México. En 2007 se independizaron y explotaron sus vínculos con los altos mandos policiales y los militares -cantera de gran parte de sus reclutas- para disputarle la plaza a la que fuera su casa matriz, erigiéndose en la empresa criminal más temida en México.

NARCOS: SECUESTRADORES Y ASESINOS DE MIGRANTES

Periodistas y activistas por los derechos humanos han documentado que los agentes de migración venden a los migrantes centroamericanos a Los Zetas. Si no pueden pagar o no colaboran, los eliminan.

Eso ocurrió en la masacre de San Fernando, Tamaulipas, nos recuerda Roberto Saviano en su libro Cero Cero Cero: “Es el 24 de agosto de 2010. Setenta y dos inmigrantes clandestinos, procedentes de Sudamérica y Centroamérica, intentan cruzar la frontera estadounidense en Tamaulipas. Apiñan a los ilegales en una granja y empiezan a matarlos. Uno a uno. No han pagado el “peaje” por atravesar la frontera en su zona o, mucho más probablemente, no se han plegado a las exigencias de Los Zetas: que trabajen para ellos”.

Los secuestradores cobran en metálico o en mano de obra: “Si no tienes los 1,500-2,000 dólares necesarios para pagar al coyote, puedes compensarlo metiendo coca en el equipaje”. Sin descartar estos móviles, conviene considerar la tesis de Rodolfo Casillas, uno de los más acuciosos investigadores sobre migración: las ejecuciones son puniciones y actos ejemplarizantes cuando el coyote no paga la plaza.

Por múltiples razones los narcos han estado asesinando migrantes. El escándalo estalla cuando aparecen los cadáveres apilados en fosas clandestinas. En 2010 se descubrió una decena en Sonora, Campeche, Nuevo León, Guerrero, Chihuahua y Quintana Roo. En Durango y San Fernando sólo en 2011 se encontraron 500 cadáveres en narcofosas. La primera masacre en San Fernando dejó 72 muertos. La segunda sumó 193 cadáveres distribuidos en 47 fosas. Después de esos macabros hallazgos, inspirados en un peculiar sentido del humor, vecino del culto a la Santa Muerte, algunos jóvenes colgaron en Facebook: “Ven, San Fernando te espera con las fosas abiertas”.

La publicidad no conviene porque “calienta la plaza”: la llena de policías y conflictos. Por eso algunos capos ordenan eliminar los cuerpos a los que ya se les eliminó la vida. En el otro extremo de la frontera mexicano-estadounidense, el cártel de Tijuana tenía una técnica infalible para disolver el rastro de sus víctimas. Santiago Meza López, apodado “El Pozolero” en alusión al típico estofado de carne mexicano, confesó haber desintegrado al menos 300 cuerpos en sosa cáustica. Los Arellano-Félix le pagaban 600 dólares a la semana.

GOBIERNO DE PEÑA NIETO: UN DESAPARECIDO CADA DOS HORAS

Las colosales dimensiones de la industria de secuestros, extorsiones y asesinatos apenas se empiezan a conocer. Los registros oficiales suministraron un dato a principios de 2015: 9,384 mexicanos desaparecidos en los primeros 22 meses del gobierno de Peña Nieto. En el sexenio de Calderón hubo seis desaparecidos al día. En el de Peña Nieto un mexicano desaparece cada dos horas.

De 250 casos de desaparecidos documentados por Human Rights Watch entre 2007-2013, 56% (140) fueron desapariciones donde participaron agentes estatales de forma directa o indirecta al brindar apoyo o aquiescencia: infantería de marina y policía local o federal. Esas cifras no incluyen a los migrantes, sobre cuyos secuestros las cifras tienden a la subestimación por razones obvias: en México la mayoría no tienen familiares o amigos que interpongan denuncias.

Con base en las declaraciones de compañeros de viaje y sobrevivientes, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos de México había documentado, en los seis meses que van de abril a septiembre de 2010, un total de 214 secuestros a grupos de migrantes: 11,333 víctimas. Los declarantes ante la Comisión -al igual que quienes lo hicieron ante Human Rights Watch- mencionaron la complicidad de agentes del Instituto Nacional de Migración y de las policías federal, estatal y municipal.

El periodista José Reveles señaló que policías y agentes migratorios fueron responsables directos de 3 mil “secuestros de indocumentados con fines de extorsión, robo, violación sexual, tortura y finalmente asesinato”. La Bestia -el tren que muchos migrantes usan para atravesar México- a menudo frena cientos de metros antes de la estación para facilitar el secuestro de migrantes.

“NO SABÍAMOS QUIÉN ERA QUIÉN”

Todo este modus operandi fue explicado con detalles por Calixto Mendoza, oriundo de Cojutepeque, El Salvador: “Al aproximarnos a Reynosa, antes de llegar a la terminal de buses, un policía federal le hizo parada al bus y le dijo al chofer que se desviara porque en esa calle no se podía pasar. Salimos a otro sitio desconocido. Nomás nos bajamos del bus, nos cayeron unos carros algo raros. Yo pensaba que era la policía. Empezaron a golpearnos y nos dijeron: ‘¿Ustedes saben quiénes somos nosotros? ¿Cuál es la clave que traen?’ Nosotros no tenemos clave, les dije, somos unos salvadoreños que venimos a cortar fruta. ‘Aquí no se trabaja en nada de eso. Aquí sólo se trabaja de matar o vender droga’. Y seguían preguntándonos y pegándonos.

Entonces de repente vimos que venía una patrulla de policía. Corrimos y le hicimos parada. El policía se paró y nos dijo: ‘No tengan miedo, muchachos. Ellos son buenas personas y les van a ayudar a ustedes’. Ya no sabíamos quién era quién. Todos estaban de acuerdo ahí. Nos amarraron, nos metieron en un carro y nos llevaron a la misma ciudad de Reynosa. Nos encerraron en una casa donde había 15 perros. Había 30 mujeres y 200 hombres. Nos dijeron: ‘Aquí se van a estar hasta que su familia pague su rescate. Si se pasan de 15 días, los vamos a ir matando uno por uno. El que tenga teléfono de sus familiares, que los llame para que paguen su rescate. Ustedes verán: si quieren vivir llamen a su familia. Si no, dense por muertos ya’”.

“LOS NARCOS NOS TIRAN DE CARNADA”

“Los babosos ésos pasan bien mariguaniados todo el tiempo. Yo pensé que, primero Dios, en cualquier rato nos iban a soltar. Pero después de una semana hasta nos dejaron de dar una sopa con arroz y ceniza, la ceniza de la marihuana. Un día llevaron a uno vendado de los ojos y amarrado. Lo hincaron y dijeron: ‘Esto les va a pasar a ustedes si no llaman a su familia’. Y ahí mismo lo mataron en frente de nosotros. Le pegaron dos balazos y dijeron: ‘Nosotros somos del cártel del Golfo. No estamos jugando con ustedes’.

Casi todos se estaban yendo. Iban pagando los mil quinientos dólares. Mi hermana me prestó el dinero. Y ellos me fueron a aventar a la frontera y dijeron que si quería que me ayudaran a cruzar yo tenía que llevarles un maletín. No me hice cargo del maletín porque ya sabía que podían caerme cinco años de cárcel.

Entonces nos dividieron: un grupo como de siete con maletín por un lado y un grupo como de treinta sin maletín por otro lado. Ellos lo que hacen es tirarnos a nosotros sin maletín de carnada para que la migra nos siga y ellos puedan pasar la droga. Cuando migración nos está siguiendo, ellos pasan bien tranquilos todo lo que quieren llevar”.

Calixto vende ahora DVD piratas por la calles de San Salvador para pagar la deuda con su hermana.

TAMBIÉN LOS NARCOS GESTIONAN EL MODELO BANÓPTICO

Vínculos entre criminales y policías, presiones para obtener un rescate, el asesinato como herramienta de persuasión y finalmente la instrumentalización como “mulas” de la droga. Con este procedimiento los secuestros y extorsiones van destilando los 50 millones de dólares o más.

Despreciables para la macroeconomía y la narcoeconomía, son significativos para la miríada de células de narcos que establecen -según John Baily, profesor en Georgetown- una relación con las grandes narcomarcas -como Los Zetas y el cártel del Golfo- semejante a la que tienen los franquiciados con McDonald: pagan una comisión a la casa matriz por el derecho a usar un nombre que “vende” por sí mismo. Para los migrantes el resultado es un régimen de terror que complementa la vigilancia estatal.

Como los más sofisticados gestores del banóptico estatal, los narcos también echan mano de las nuevas tecnologías para realizar las extorsiones: hurtan celulares, monitorean cabinas telefónicas empleadas por migrantes para anotar números telefónicos, acceden a las bases de datos de la policía y de las autoridades migratorias para tomar el pulso a los flujos y rutas de migrantes. Los dispositivos de vigilancia trabajan para los narcos. Y éstos prestan un servicio a las políticas anti-inmigrantes como factores de disuasión.

¿UNA LIMPIEZA SOCIAL?

Existe otra tesis sobre los asesinatos de migrantes que no está reñida con la anterior. Entrevistado por el periodista José Reveles, el General José Francisco Gallardo, criminalizado y encarcelado de 1993 a 2002 por haber propuesto un Ombudsman dentro del ejército mexicano, declaró sobre los secuestros y asesinatos de migrantes: “Yo lo veo más bien como una limpieza social que está ejecutando el Estado mexicano, cumpliendo con una política de Estados Unidos de impedir a toda costa el trasiego de migrantes que quieren llegar, pasando por México, hacia Estados Unidos. Lo que tenemos es la implementación de una política de shock… Tengo conocimiento de casos en que personal militar y delincuentes han dicho ante un juez que ellos saben que hay organizaciones racistas estadounidenses y agentes oficiales que les pagan por migrante ejecutado, desaparecido o que no dejen cruzar la frontera, no importa el método”.

De ser esto cierto, estaríamos ante una versión más letal de la frontera extendida y del largo alcance del banóptico. Por ser fuente de fondos y mano de obra para los narcos o por ser víctimas del alargado brazo de la xenofobia, el resultado en 2010 fue el secuestro de cinco migrantes cada dos horas en esa frontera.

AUNQUE EL MIEDO ES EL MENSAJE...

Parafraseando al escritor italiano Leonardo Sciascia, uno puede escapar de Los Zetas, pero no del cálculo de probabilidades. Esta consideración nos permite palpar el potencial disuasivo que el banóptico formal, reforzado por el informal, adquiere en esa frontera extendida que son los Estados Unidos Mexicanos. La vigilancia del Instituto Nacional de Migración es reforzada y convertida en un colador más efectivo por la vigilancia del narcotráfico, que de hecho no pondría interés en los migrantes si éstos no hubieran sido convertidos en mercancía cotizada por las políticas que aplica el Instituto Nacional de Migración.

La simbiosis de esas dos entidades cristaliza en una política de stopping immigration by terrorization, una estrategia donde el miedo es el mensaje. Y sin embargo, la migración ha continuado. Un migrante hondureño me dijo por qué: “El hambre es más fuerte que el miedo”.


Continuará...

MIEMBRO DEL CONSEJO EDITORIAL DE ENVÍO. INSTITUTO DE SOCIOLOGÍA-PHILIPPS DE LA UNIVERSIDAD DE MARBURG.