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El papado está cambiando


José M. Castillo S.

Sin darnos cuenta los cristianos, estamos asistiendo a lo que muchos no se imaginan: el papa Francisco, sin tocarle al “dogma”, está cambiando el papado. Me explico. Contra quienes atacan la ortodoxia y la rectitud del papa Francisco, mi conciencia me dice que no debo callar. Se trata de algo muy fundamental para el papado y, por tanto, para la Iglesia también. Por eso quiero y debo afirmar lo que explico a continuación.

Este papa no le ha tocado a ningún “dogma de fe divina y católica”, tal como este asunto capital quedó dicho y definido en el concilio Vaticano primero (Constit. Dogmát. “Dei Filius”, cap. 3. Denz.-Hünerm., nº 3011). Por eso insisto en que el papa Francisco está cambiando el papado, no por lo que dice, sino por su forma de vivir.

¿Qué significa esto? El Evangelio no es, ante todo, una “doctrina religiosa”, sino que sobre todo es un “proyecto de vida”. Y destaco que, para todo cristiano, es capital tener muy claro que el centro del Evangelio no es la “fe” en Jesús, sino el “seguimiento” de Jesús.

Pero ha ocurrido que, lo mismo la teología que el gobierno de la Iglesia, han puesto el centro del cristianismo en la “ortodoxia de la fe” y han desplazado el “seguimiento de Jesús” al ámbito de la espiritualidad. Ahora bien, así las cosas, se comprende lo que está sucediendo en la Iglesia. El Magisterio de la Iglesia puede controlar (y controla) la “doctrina de la fe”. Lo que no puede, ni tiene por qué controlar es la “generosidad del seguimiento” de Jesús.
Pues bien, en una Iglesia que funciona así, ha ocurrido lo que tenía que ocurrir. La ortodoxia religiosa se ha cuidado hasta el exceso de ver como doctrinas de fe no pocas cosas que no pertenecen a la fe. Mientras que el seguimiento de Jesús se ve como un tema de generosidad de los más fervientes.

Hay un vacío enorme en la Iglesia. Un vacío que no se le explica a la gente. Si leemos los evangelios con atención, lo que en ellos se destaca es que, cuando Jesús se refiere a la fe de los discípulos y apóstoles, lo hace para reprenderles por su cobardía, su miedo, sus dudas y su increencia (Mt 8, 26; 14, 31; 16, 8; 17, 20; Mc 4, 40; 16, 11. 13. 14; Lc 8, 25; 24, 11. 41; Jn 20, 25-31).

No obstante, Jesús fue siempre respetuoso y tolerante con aquellos hombres que tenían tan poca fe, que era más pequeña que un grano de mostaza (Mc 11, 23 par; Mt 21, 21; 17, 20; Lc 17, 6). Otra cosa muy distinta fue el problema del “seguimiento”. En este asunto, Jesús fue exigente e intolerante hasta límites que impresionan y no son fáciles de entender. Jesús exige dejarlo todo, ante una sola palabra: “Sígueme”. Sin explicaciones, ni razones, ni motivos. Familia, casa, dinero, oficio…, lo que sea. Todo se subordina a la llamada de Jesús. No para tener unas creencias o unas observancias religiosas. Sino para vivir el “proyecto de vida” que vivió Jesús. En cuanto cada cual puede hacer eso.

Y esto es lo que el papa Francisco está haciendo. Que es la última palabra que Jesús le dijo a san Pedro: “tú, sígueme” (Jn 21, 22). Efectivamente: el papado está cambiando. De los papas, que lo centraban todo en mandar en la fe de los demás, al papa que lo centra todo en seguir a Jesús, haciendo lo que hizo Jesús: aliviar a los que sufren, estar con los que nadie quiere estar, reproduciendo cada día (en cuanto eso es posible) el “proyecto de vida” que vivió Jesús.
El papado está cambiando. No porque el papa Francisco esté modificando lo que hay que creer. Ni porque esté reformando la Curia Vaticana. Todo eso, ni cambia al papado, ni cambia la Iglesia. El cambio se producirá cuando las cosas se pongan en su sitio. La fe como tiene que ser y donde tiene que estar. Y en el centro de todo, el seguimiento de Jesús. Como el mismo Jesús dejó dicho en el Evangelio. Y esto es lo que está haciendo (sin decirlo) el papa Francisco.

Con la ortodoxia de la fe, todo sigue y seguirá como está. El seguimiento de Jesús y su Evangelio nos da tanto miedo, que lo normal es dejar la propuesta de Jesús y seguir con nuestra (grande o pequeña) riqueza. Como hizo el joven aquel, que cuentan los evangelios.