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SOLEDAD en el Festival Patagonia 2016
Un recuerdo de SOLEDAD en su presentaciónr en el XXXVI Festival en la Patagonia realizado los dias 25-26-27 Agosto 2016 en la ciudad de Punta Arenas - CHILE
El mentiroso
www.rebelion.org / 071219
Mario Vargas Llosa una vez definió el
oficio del escritor como el de alguien que escribe mentiras que parecen
verdades. Tal es el empecinamiento con que el novelista ha cultivado esta
práctica que se le ha vuelto costumbre cada vez que se interna en la crónica o
el ensayo político. El más reciente ejemplo de esta malsana actitud lo ofrece
su nota “El fin de Evo Morales”, publicada en El País de Madrid el 1º de
Diciembre y en donde da rienda suelta a su odio visceral contra el depuesto
presidente boliviano [1].
Enumerar y refutar cada una de las
mentiras volcadas en ese artículo me obligaría a escribir otro libro, y la
verdad es que con uno ha sido suficiente. Es una figura cada vez más devaluada
porque sus silencios ante las masacres perpetradas por sus amigos Piñera y
Duque y, ahora, el brulote lanzado en contra de Evo Morales ha tenido la virtud
de mostrar que tras la máscara amable de un liberal “aggiornado” se encuentra
un energúmeno reaccionario, racista y ganado por el odio. Por eso seré breve en
la enumeración de sus mentiras.
Primera, cuando dice que “los
bolivianos se han librado de él no porque sea “indio” (que no lo es, nos dice)”
y, además tampoco “es el primer presidente indígena en la historia de Bolivia...
y que Bolivia ha tenido varios presidentes indígenas (algunos dictadores), como
Perú, México, Ecuador y Guatemala”. Dado que la antropología y en general las
ciencias sociales no son precisamente su fuerte, el escritor cree que cualquier
gobernante de tez morena es un indio, con lo cual la galería de presidentes
indígenas de Latinoamérica y el Caribe sería interminable. Pero lo cierto es
que hubo un solo caso anterior al de Evo: Benito Juárez, indígena zapoteca que
llegó a ser presidente de México. Pero nadie más. No sólo en ese país sino en
Meso y Sudamérica.
Por otra parte, sólo una mente ofuscada
por el odio amalgamado con una maligna conveniencia política puede negarle a
Evo su condición de indígena. Es que para un señorito de la decadente e
hipercolonizada aristocracia arequipeña un indio es un homínido que corre
semidesnudo por las sierras cazando conejos. Si habla, razona, persuade y se
convierte en un referente político nacional e internacional no puede ser un
indio, tiene que ser otra cosa. Según sus palabras: “un mestizo cultural como
lo somos buena parte de los latinoamericanos, en muy buena hora.” O sea, Vargas
Llosa y Evo Morales están milagrosamente hermanados gracias a la magia del
mestizaje cultural.
Segunda mentira, Evo fue
destituido por una enorme rebelión popular provocada “porque mediante amaños
múltiples se las arregló para permanecer 14 años en el poder, en contra de la
Constitución boliviana” y porque se “disponía, mediante un fraude grotesco… a
quedarse indefinidamente en el Gobierno.” Al referirse a los amaños múltiples
el peruano debe estar pensando en las elecciones que ganó Evo en el 2005 (con
el 53.7% de los votos); 2009 (64.2%); 2014 (61.3%) y la última en 2019 (47.08%)
en donde le sacó 10.57%de ventaja a Carlos Mesa, un probo hombre de la
democracia y la república que, antes de las elecciones, había declarado que no
reconocería otro resultado que no fuese el que lo consagrara como triunfador.
Evo obtuvo una proporción de votos menor a
lo habitual, pero aun así se impuso con holgura y por más de los diez puntos
que establece la Constitución Política del Estado Plurinacional para designar
al ganador en primera vuelta. Una diferencia de 0.17% fue suficiente para
catapultar a John F. Kennedy a la Casa Blanca. En cambio, los 0.57% de Evo
fueron sólo el preludio de un golpe de estado que venía siendo cuidadosamente
preparado a lo largo de los últimos años.
En cuanto a las supuestas intenciones del
líder boliviano de eternizarse en el poder es llamativo que Vargas Llosa jamás
haya manifestado la menor preocupación durante los catorce años de gobierno de
su amigo Felipe González; o los también catorce de Ángela Merkel para no hablar
de Helmut Kohl, quien tuvo que renunciar por un escándalo de corrupción después
de permanecer algo más de 16 años en el gobierno de Alemania; o por el
desaforado afán por “perpetuarse en el poder” del neoliberal Jaime Nebot que
permaneció 19 años en la intendencia de Guayaquil, dato despreciado por Vargas
Llosa más impaciente por hostilizar a Rafael Correa que por tomar nota de
nimiedades como las de Nebot. Claro que ninguno de estos es indígena y en
cambio son todos neoliberales. Lo que es virtud en algunos se convierte en
vicio en el caso de Evo. La inmoralidad y la chapucería de este doble rasero es
evidente y exime de mayores comentarios.
Volviendo al tema del supuesto fraude es
preciso reconocer que efectivamente hubo algunas irregularidades en la
transmisión rápida de los datos, pero éstas nunca alcanzaron una magnitud capaz
de volcar el resultado de la elección o hundir la diferencia que obtuvo Evo por
debajo del diez por ciento. En el Informe de 95 páginas de la OEA sobre las
elecciones bolivianas del 2019 la expresión “fraude” o “fraudulento” que con
tanta ligereza emplea el hechicero de la tribu (en seis ocasiones en su libelo)
no aparece ni una sola vez [2]. Sería bueno que, para conservar algo de la poca
credibilidad que le queda, don Mario se informe bien antes de escribir
tonterías. Ya antes del demorado Informe de la OEA el prestigioso Center for
Economic and Policy Research (CEPR) de Washington produjo un informe en donde
“no se encuentra evidencia de que hubo irregularidades o fraude que afecten el
resultado oficial que le dio al presidente Evo Morales una victoria en primera
vuelta”.[3] El departamento de Ciencia Política de la Universidad de Michigan,
el más renombrado en el estudio del comportamiento electoral, publicó un largo
estudio en donde demuestra que Evo ganó en buena ley. [4] El profesor Walter R.
Mebane Jr., una autoridad en el análisis de los fraudes electorales, comprobó
la existencia de “irregularidades estadísticas que podrían indicar fraude sólo
en 274 de las 34.551 mesas de votación y que (esto) no se diferencia mucho de
patrones vistos en otros comicios en Honduras, Turquía, Rusia, Austria y
Wisconsin. Incluso si se excluyen los votos fraudulentos, el MAS tiene una
ventaja superior al diez por ciento”, sentenció al final de su extenso trabajo.
Tercera mentira: decir que “Bolivia
está en calma”. Los 23 muertos son una macabra refutación de sus dichos. Por
empezar ya suman 31. Las hordas fascistas incitadas y protegidas por los
compinches de Vargas Llosa –los Mesa, Camacho, Ortiz, Murillo, Añez y otros de
esa ralea, a los que se unieron los militares y policías corruptos- asolaron y
aterrorizaron las principales ciudades del país; incendiaron y saquearon
hogares de ministros, funcionarios y parlamentarios del MAS y tomaron de
rehenes a sus parientes (en algunos casos adolescentes o ancianos) que bajo
amenaza de muerte, suplicaban a sus mayores que renunciasen a sus cargos o
traicionaran al líder depuesto; apresaron y apalearon a periodistas y dando
muestras de su coraje y espíritu democrático humillaron a las “señoras de pollera”.
Esta valiente turba de exaltados
“vargasllosistas” –¿serán estos a los que alude en La Llamada de la Tribu?-
descargó su odio sobre Patricia Arce, la alcaldesa de Vinto, una pequeña ciudad
del departamento de Cochabamba. La pobre mujer fue arrastrada por las calles
descalza, le cortaron su pelo a tijeretazos y cuchillazos, la embadurnaron con
pintura roja, le destrozaron su ropa y la exhibieron por horas postrada en el
suelo como se hacía en los tiempos de la colonia con los indígenas rebeldes o insumisos.
O como hasta hace poco hacían los criminales del Estado Islámico en Oriente
Medio, fotografiando y filmando a las víctimas de sus ejecuciones. La infame
policía que se amotinó contra Evo se limitó a observar, inmutable, toda esa
barbarie. Demoró cuatro horas en aparecer en escena y “restaurar el orden”, o
la supuesta “calma” de la que habla el novelista.
Estos rufianes son los protagonistas de la
recuperación democrática de Bolivia que con sus venenosas palabras enaltece
Vargas Llosa desde Madrid mientras recibe un guiño aprobatorio de la derecha
mundial. Una “calma” obtenida luego de que la policía y las fuerzas armadas
garantizaran “zonas liberadas” para que las pandillas de la restauración
neoliberal creasen el caos requerido para que los jefes policiales y militares
le comunicasen a Evo que debía renunciar. Fuerzas de represión cobardes y
corruptas cuyos jefes no tardaron sino un par de días en huir con las generosas
pagas desembolsadas por “la embajada” buscando refugio, como tantos otros maleantes
(Gonzalo Sánchez de Lozada, responsable junto a Carlos Mesa de la masacre de al
menos 70 personas en la guerra del gas en octubre de 2003) en Estados Unidos.
Huyeron después de destruir la economía
más próspera de Latinoamérica en los últimos diez años, de asesinar a 31
bolivianos, dejar centenares de heridos, decenas de desaparecidos muchos de
ellos secuestrados ante los ojos de sus familiares, de haber encarcelado a más
de mil personas, de haber gaseado a procesiones de dolientes que iban a enterrar
a sus muertos, de haber reprimido con saña a gentes que salieron a defender una
institucionalidad pisoteada por una derecha que jamás creyó, ni creerá, en la
democracia. Que, para ese sector social, producto de la descomposición del
orden colonial, aquélla sólo es admisible siempre y cuando sus privilegios e
intereses se encuentren salvaguardados y el incondicional sometimiento de
Bolivia a las directivas del imperio no sean puestas en cuestión.
Tres mentiras graves de un mentiroso incorregible.
Un escritor desgraciadamente ganado por la furia y el fanatismo propio de los
conversos. En este caso su desgraciado periplo desde el marxismo sartreano al
liberalismo que justifica y exalta a la sociedad más injusta de la historia de
la humanidad y en la que el 1 por ciento de la población mundial detenta más
riqueza que el 99 por ciento restante.
Cólera del converso que se potencia con el
resentimiento elitista que le produjo la bochornosa derrota sufrida a manos de
un desconocido, el “chinito” Alberto Fujimori en las elecciones presidenciales
peruanas de 1990. En el balotaje de esa elección el novelista apenas si obtuvo
el 37 por ciento de los votos de la ciudadanía. O sea, fue repudiado por dos de
cada tres peruanos, una afrenta de la que no se recobrará jamás y que
alimentará el fuego eterno de su odio a todo lo que huela a plebeyo. No pudo
ser presidente del Perú como su arrollador egocentrismo lo llevó a anhelar
durante tanto tiempo, mientras que Evo, el humilde indígena Aymara, sí lo fue.
Y para colmo, para ahondar su herida
narcisista, éste fue el mejor presidente de la historia de Bolivia y Vargas
Llosa quedó para siempre convertido en un animador cultural de las tertulias de
los ricachones de España y de los cortesanos del rey Juan Carlos, que premió
sus servicios ungiéndolo como marqués. Devenido también en un embaucador
profesional al servicio del imperio, encargado de apelar al hechizo de sus
palabras para ofuscar, deformar y adormecer las conciencias de las víctimas del
imperialismo. De ahí el odio que enceguece su inteligencia y que lo lleva a
escribir piezas tan vergonzosas como las que estamos comentando y de las cuáles
debería retractarse lo antes posible para rescatar parte de la honorabilidad
perdida a causa de sus escritos políticos.
Releo estas notas y me vienen a la memoria
unas lóbregas palabras de otro converso, aunque no tan reaccionario como Vargas
Llosa. En su novela distópica 1984, George Orwell hace decir a O’Brien, uno de
sus malignos protagonistas, que “las viejas civilizaciones afirmaban que se
basaban en el amor o en la justicia. La nuestra se basa en el odio. En nuestro
mundo no habrá otras emociones que no sean el miedo, la ira, el triunfo y la
humillación. Destruiremos todo lo demás, absolutamente todo” [5]. Eso es lo que
el capitalismo está haciendo en nuestro tiempo; es lo que acaba de hacer en
Bolivia, contando con la complacencia, o complicidad, de intelectuales como
Mario Vargas Llosa. La humanidad deberá reaccionar antes de que sea demasiado
tarde.
Notas:
[1]
La nota puede leerse en https://elpais.com/elpais/2019/11/28/opinion/1574952319_840849.html?prod=REGCRART&o=cerrado#
[2] El
Informe puede consultarse en http://www.oas.org/es/sap/deco/Informe-Bolivia-2019/0.1%20Informe%20Final%20-%20Analisis%20de%20Integridad%20Electoral%20Bolivia%202019%20(OSG).pdf
[4] “Evidence Against
Fraudulent Votes Being Decisive in the Bolivia 2019 Election”, disponible
en http://www-personal.umich.edu/~wmebane/Bolivia2019.pdf
[5] 1984,
edición electrónica disponible en: www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad
ARCIS, p. 217.
Sodano: el hombre de Pinochet en el Vaticano
Juan José Tamayo
www.religiondigital.org / 21.12.2019
El cardenal Ángelo Sodano, de 92 años, acaba
de cesar como decano del Cuerpo Cardenalicio, cargo que ha ocupado durante tres
lustros. ¡Ya era hora! Antes había sido nuncio apostólico del Papa en Chile,
durante la dictadura de Pinochet, que legitimó.
Posteriormente fue secretario de Estado
durante buena parte del pontificado de Juan Pablo II, encubriendo –y
legitimando con su pasividad- los numerosos casos de cardenales, arzobispos,
obispos, sacerdotes y religiosos pederastas en las iglesias de todo el mundo,
así como las agresiones sexuales de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios
de Cristo durante décadas.
Hace veinte años, en marzo de 1999 escribí
en EL PAÍS un artículo titulado “Los hombres de Pinochet en el Vaticano”, entre
los que citaba en primer lugar al cardenal Sodano. Tras conocer la noticia de
su cese, me ha parecido muy oportuno recuperar dicho artículo que permitirá
entender mejor los fenómenos de la involución, el neoconservadurismo, el
integrismo y la corrupción, instalados en los pontificados de Juan Pablo II y
de Benedicto XVI, de los que el cardenal Sodano fue su principal valedor
institucional y su más eficaz brazo ejecutor.
Los
hombres de Pinochet en el Vaticano
Desde su toma de poder en Chile, tras el
golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende, el general Pinochet
buscó denodadamente el apoyo del Vaticano a su dictadura militar alegando como
credenciales su fe católica y su cruzada contra el marxismo, llevada a cabo en
plena sintonía con Juan Pablo II, antimarxista como él.
Mientras el arzobispo de Santiago de
Chile, cardenal Silva Enríquez, denunciaba los atentados de Pinochet contra los
derechos humanos -incluido el derecho a la vida- a través de la Vicaría de
Solidaridad, el Vaticano legitimaba las actuaciones del dictador, sobre todo a
través de la nunciatura.
Tras los resultados adversos del
plebiscito de octubre de 1988, que le obligaron a abandonar el poder, Pinochet
redobló sus esfuerzos por asegurarse el aval del Vaticano, confiando en que
saliera en su defensa en caso de que fuera procesado. Y la larga sombra del
general se extendió hasta la curia romana, donde hoy ocupan puestos de
responsabilidad de primera línea personalidades eclesiásticas afines a él.
Hay que citar, en primer lugar, al
cardenal piamontés Angello Sodano, nuncio en Chile durante la dictadura de
Pinochet, con quien mantenía estrechas relaciones de amistad, fundadas en la
sintonía política. Él fue quien preparó la visita de Juan Pablo II a Chile en
1987 y cada uno de los gestos de legitimación del pontífice hacia el dictador.
Sodano sustituyó al cardenal Casaroli al frente de la secretaría de Estado del
Vaticano, puesto que ocupa actualmente. Aunque en la jerarquía vaticana ocupa
el número dos, en la práctica actúa como número uno. Con motivo de la
celebración de las bodas de oro de Pinochet, dirigió al matrimonio una carta
personal de felicitación llena de elogios.
Tras entrevistarse con el viceministro
chileno de Asuntos Exteriores en Castelgandolfo, en noviembre de 1998, Sodano
dirigió una carta al gobierno británico pidiendo clemencia para su amigo el
general Pinochet apelando razones humanitarias, a la reconciliación entre los
chilenos y, en definitiva, a la soberanía del Estado de Chile.
Al frente de la Congregación romana para
el Culto Divino y los Sacramentos se encuentra otro admirador de Pinochet: el
cardenal chileno Jorge Medina, que fue arzobispo de Valparaíso (Chile), donde
nació Salvador Allende. Es un enemigo acérrimo y declarado de la teología de la
liberación, a la que ha perseguido con especial dureza. No ha tenido reparos en
confesar públicamente que el Vaticano estaba trabajando para evitar el
procesamiento del general Pinochet y para su pronto retorno a Chile. Buena
prueba de su nulo respeto por la democracia y de su legitimación religiosa -al
menos indirecta- de la dictadura es su testimonio del 3 de agosto de 1990:
"La democracia no significa automáticamente que Dios quiera que sea puesta
en práctica". Desde su actual responsabilidad al frente de la Congregación
para los Sacramentos puede ejercer una función muy peligrosa: poner el rico
mundo de los símbolos cristianos al servicio de causas contrarias a la
libertad.
Otro hombre fuerte en el Vaticano es el
cardenal colombiano Alfonso López Trujillo, secretario y presidente,
sucesivamente, de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) en las
décadas setenta y ochenta, enemigo encarnizado, como Medina, de la teología de
la liberación y perseguidor de sus principales cultivadores. Permítaseme una
referencia personal al respecto. Siendo López Trujillo arzobispo de Medellín,
llegó a prohibir la difusión y venta de mi libro Para comprender la teología de la liberación en todas las librerías
católicas de la archidiócesis. Su presidencia del CELAM, que coincidió con el
avance de las dictaduras militares en América Latina, no se caracterizó
precisamente por la denuncia profética contra ellas. Durante los periodos
especialmente conflictivos se mostró cercano a la CIA en su empeño por acallar
las reivindicaciones populares y el espíritu revolucionario de los movimientos
de la liberación. Actualmente preside en el Vaticano el Consejo Pontificio para
la Familia, que se caracteriza por una concepción anticonciliar en materias
como la anticoncepción y la paternidad-maternidad responsables.
En este quién es quién del Vaticano no
conviene perder de vista a otro personaje clave en la legitimación religiosa de
las dictaduras: el cardenal italiano Pio Laghi, comprometido hasta el cuello
con la dictadura militar argentina cuando estaba al frente de la nunciatura
apostólica en Buenos Aires. Ni él ni la mayoría de los obispos argentinos
levantaron la voz en defensa de las personas asesinadas y desaparecidas, ni
denunciaron los horrendos crímenes contra los niños, a quienes se les arrancaba
materialmente de sus padres. La Iglesia argentina colaboró activamente en la
represión a través de los capellanes castrenses. Mientras tanto, era asesinado
un obispo defensor de los derechos humanos, monseñor Angelelli, sin que sus
hermanos en el episcopado expresaran su condena ante las autoridades.
Las Madres de la Plaza de Mayo han
denunciado al cardenal Laghi ante la justicia italiana como cómplice de la
dictadura militar. Pero la denuncia no puede prosperar porque dicho cardenal es
actualmente presidente de la Sagrada Congregación para la Educación Católica y
goza de inmunidad en aplicación de los Acuerdos de Letrán. En España ha sido
monseñor Asenjo, secretario general de la Conferencia Episcopal, quien se ha
sumado al sentir de sus jefes del Vaticano, aseverando, contra toda lógica, que
el procesamiento de Pinochet dificultaría la reconciliación entre los chilenos.
No es de extrañar que estas declaraciones le ayuden a subir un peldaño más en
la escalera del poder eclesiástico.
Es posible que estos consejeros áulicos
hayan convencido al Papa de que Pinochet es un cristiano ejemplar; su familia,
modelo de "familia sagrada"; su cruzada contra el comunismo, un acto
de servicio a la Iglesia católica, y su golpe de Estado, una acción querida por
Dios para restablecer el "orden social cristiano" alterado por el
marxista Salvador Allende. O acaso, ni siquiera ha sido necesario convencerle
de los méritos del dictador, porque el Papa era buen conocedor de ellos, como
demostró durante su visita a Chile a través de gestos inequívocos de aprecio
por el general golpista. Uno fue darle personalmente la comunión como expresión
de reconocimiento de su plena eclesialidad. Otro, salir al balcón del palacio
de la Moneda acompañado del
general para saludar a una gran muchedumbre de personas que mezclaban los
"vivas" al Papa con los gritos de aclamación al dictador.
La estrategia seguida por el Vaticano en
el caso de Pinochet me parece ética y evangélicamente injustificable. Primero
se convierte a un verdugo en víctima. Con esa artera operación, las víctimas
vuelven a ser sacrificadas de nuevo en la memoria del pueblo. El segundo, se
defiende la inmunidad apelando a que en el tiempo de los crímenes ocupaba la
alta jefatura del Estado. Con ello se legitiman sus más horrendos atentados
contra la humanidad. Tercero, se pide clemencia por motivos humanitarios,
olvidando el comportamiento inhumano del dictador para con su pueblo. Al final,
el verdugo queda libre sin ni siquiera ser sometido a juicio y se enseñorea
sobre sus víctimas. Y todo con la ayuda divina, bajo la mediación del Vaticano.
En definitiva, una dictadura apoya y
legitima a otra dictadura. Y eso, en el caso de la Iglesia católica, me parece
antidemocrático y antievangélico, antihumano y antidivino.
Carta abierta de Maquiavelo a los gobernantes de Nicaragua
www.confidencial.com.ni / 211219
Magníficos señores:
Con mal disimulada satisfacción he
comprobado una y otra vez que sus ilustrísimas han puesto en práctica algunos
de mis más caros preceptos. Aquello de “que a los hombres se les ha de mimar o
de aplastar”, lo han venido aplicando desde hace más de una década, tendiendo
una mano dadivosa hacia los adeptos y golpeando con puño de hierro a los
adversarios. Como toda máxima, su pertinencia no es universal, sino según las
gentes y la fortuna, esa elusiva dama tan avara en sonrisas.
Con el revés que les ha dado desde hace
dos abriles, las dádivas vienen menguando y el número de opositores sigue creciendo,
en igual o mayor proporción, como manda la ley sin excepciones que gobierna en
el populismo, de donde infiero que cada día habrá más y más adversarios que
enfrentar porque, como también dejé escrito en El Príncipe, “son enemigos tuyos
todos aquellos a quienes has lesionado al ocupar aquel principado, mientras no
puedes conservar como amigos a aquellos que te introdujeron en él por no
poderles dar satisfacción en la medida que se habían imaginado”. Grave
coyuntura es esta, considerando que entre los nicaragüenses la imaginación que
ama los regalos vuela como águila, mientras los caudales reptan, se tornan
enjutos y se concentran en pocas manos.
Puestos a navegar en tan adversa tesitura,
presumo que también aplicaron aquello que dijo un príncipe famoso y yo consigné
en mi Historia de Florencia: “Nos conviene por tanto, según mi parecer, si
queremos que se nos perdonen los anteriores desmanes, cometer otros nuevos,
redoblando los daños y multiplicando los incendios y los saqueos, y apañándonos
para tener muchos más cómplices, porque, cuando son muchos los que pecan, a
nadie se castiga; y a las faltas pequeñas se les impone una sanción, mientras
que a las grandes y graves se les da premios.”
Han obrado con impecable astucia al
involucrar a jueces, magistrados, comisionados, reclutas, políticos y una lista
inmensa en tipos de toda catadura y las ocupaciones más diversas. Estimo que al
emperador le será de todo punto imposible investigarlos y castigarlos a todos,
de modo que siempre dispondrán de relevos frescos y de aún no cuestionada
honorabilidad que puedan asumir las tareas para las que los sancionados
quedaron inhabilitados. Pienso que, sin embargo, deberían tener cuidado porque
los sustitutos irán descendiendo en nivel de confianza. Por eso surgen embajadores
que adoptan la nacionalidad de los países enemigos, íntimos que usan los medios
modernos para filtrar conciliábulos secretos y tránsfugas que revelan las
órdenes comprometedoras, evidenciando una cohesión erosionada.
Eso de que a nadie se castiga, habrán
visto que no se cumple. La lista de quienes enfrentan puniciones va creciendo y
así también lo hace el número de principados y reinos que les declaran la
guerra, aunque lo hagan de la forma suave y envuelta en pañales que ahora se
estila y no es de mi gusto. Noten que sus embajadores reciben un tratamiento de
apestados y leprosos, que no los convidan a banquetes y que, por consiguiente,
los nuevos desmanes que acumularon sobre los viejos han surtido el efecto
contrario al supuesto por aquel político florentino.
En el manejo de los asuntos de Estado no
conviene echar mano de mis enseñanzas sin ton ni son. Se precisa saber cómo,
cuándo, cuánto y con quiénes. Si su mal uso ha hecho estragos en los asuntos de
Nicaragua -república devenida en monarquía-, mayores consecuencias tiene el
abandono de otras máximas, cuya perezosa aplicación o completo olvido han hecho
que los yerros de sus señorías abulten más que sus aciertos. Olvidaron acaso
que “en los Estados hereditarios y acostumbrados al linaje de su príncipe, la
dificultad de conservarlos es bastante menor que en el caso de los nuevos”.
El intento de instituir un poder dinástico
fue fatal, no solo porque no se ven nacer nuevas monarquías en occidente, sino
también porque no se puede confiar en los vástagos. Incluso un hijo tan
talentoso como César Borgia no pudo alcanzar la cuota de poder de su padre, por
más que éste le sostuvo y alentó su carrera con nombramientos episcopales y
regalándole el capelo cardenalicio casi en su adolescencia. Las dinastías
sostenidas por las armas son opresivas. No olviden que “a quien está
acostumbrado a vivir libre, toda cadena le pesa y todo lazo lo oprime.” Los
nicaragüenses ya probaron las mieles de la libertad. No querrán ponerse otra
vez los grilletes de buen grado, por lo que habría que forzarlos. A este
respecto les recuerdo otro de mis apotegmas: “el único dominio duradero es el
que es aceptado.”
Y si se ha de usar la fuerza, debe hacerse
con mesura y conforme a ciertas reglas. Cuando andaba por este mundo, mi mayor
proyecto fue dotar a la república de Florencia de un ejército profesional.
Urgía eliminar la dependencia de los ejércitos mercenarios, conducidos por
venales y volubles capitales. Veo con alarma que ustedes, no pudiendo generar
lealtades entre policías y militares, las han comprado, y a un precio muy alto.
Comenzaron su gobierno con un ejército patriota y profesional, que poco a poco
fueron convirtiendo en una pandilla de condotieros, dispuestos a venderse al
mandamás de turno y quizás a poderes externos, como me temo que veremos en el
futuro. Si un día la fortuna les vuelve la espalda de una vez por todas, no
pongan sus esperanzas en lo que comisionados y generales les adeudan. Sobre
todo, entre villanos, la ingratitud está a la orden del día. Auguro que esos
hombres de armas serán los primeros en correr a delatarlos y eludir sus
responsabilidades aduciendo que no hacían más que obedecer órdenes con las que
estaban en acentuado desacuerdo. Noten que el emperador no los ha tocado ni con
el pétalo de una flor y que los grandes acaudalados y políticos, los
siguen cortejando.
La orden primigenia de la que todo este
caos emanó, la orden de “ir con todo”,
fue apresurada, pues “si la tardanza en obrar te hace perder la buena ocasión,
la precipitación te priva de la fuerza”, y esa arremetida careció de fuerza y
eficacia, fue el origen de los reveses de la fortuna y solo se explica como un
episodio más de las desmesuras del poder, típicas de los hombres, “que cuanto
más poder tienen, peor lo emplean y más insolentes se hacen.” Típicas de los
hombres y las mujeres, parece que hay que decir ahora, conforme a la nueva
usanza y con mucha pertinencia empleo esa fórmula para el caso que nos ocupa.
Les digo más: esta guerra que están
librando estaba perdida desde antes de empezar, porque sus mercenarios se
enfrentan a hombres y mujeres desarmados, y no hay coraje, honor ni gloria en
atacar con las armas a quienes los han enfrentado con palabras, como las
doncellas que ahora danzan y cantan en calles y plazas, o las que cumplieron
con la obligación cristiana de dar de beber a los sedientos. Semejante
disonancia solo prueba que han agotado los argumentos y la creatividad.
Ahora quiero recordarles otro de mis
hallazgos, aquello de que “comienzan las guerras cuando uno quiere, pero no
acaban cuando se quiere.” A punta de represión y prohibiciones no van a detener
la ofensiva de los desarmados. Deberían colocar en la picota las cabezas de
quienes les aconsejan dar soluciones militares a problemas políticos. No me
cabe la menor duda de que quieren la perdición de sus señorías sin remisión y
en el menor plazo posible.
Al respecto se me viene a la memoria lo
que dijo otro político florentino: “Si tuviéramos que decidir ahora sobre si
era o no era conveniente empuñar las armas, incendiar y saquear las casas de
nuestros conciudadanos, y despojar las iglesias, yo sería uno de los que
estimaría que había que pensarlo bien y que y quizás hasta aprobaría que se
prefiriera una tranquila pobreza a una peligrosa ganancia.” Sabias palabras,
pero pronunciadas a destiempo. Les deseo que no les ocurra lo mismo.
Si sus ilustrísimas siguen con sus
demasías, podrían ganar a dos o tres años más, a lo sumo ocho o nueve, si la
fortuna les es propicia, siempre gobernando en medio de una zozobra
desgastante. Pero tienen que pensar en que sus hijos y nietos tienen mucho más
que una década por delante, y que los mismos condotieros que hoy los sostienen,
no tendrán piedad en desplumarlos mañana. No conozco una sola excepción en la
historia de la humanidad a esta regla. No la encontré en la de los antiguos que
tanto estudié, no la vi en los eventos que protagonicé y tampoco en los que
vinieron después y observé desde ultratumba, sorprendido por lo repetitivos que
son los asuntos humanos, los principios que los rigen y los errores de los
poderosos. Hesíodo escribió que “La mitad es más que el todo” a propósito de
una herencia que disputó y que él conservó mejor que su hermano por ceñirse a
ese principio. No vayan ustedes a perder esa mitad que tienen asegurada por
empeñarse en retener ese todo que las sanciones les van arrebatando.
Termino repitiendo lo que en otro sitio
consigné como sabio consejo: “No queráis, cegados por un poco de ambición,
colocaros en una situación en la que, no pudiendo manteneros ni subir más alto,
os veáis precisados a caer con gran daño vuestro y nuestro.”
No sacudiré el polvo de los pies
Juan Quinto
Regazzoni
www.amerindiaenlared.org / 131219
El poder conocer y
compartir con el padre jesuita Bartomeu Meliá, el gran antropólogo y lingüista
de la cultura guaraní, fue para mí una dicha que superó la ya grande
apreciación y estima que tuve al leer sus numerosos libros y artículos. Este
venerable patriarca que no se envaneció de los numerosos reconocimientos
recibidos, había nacido en 1932 en Mallorca. A los 22 años se radicó en Paraguay,
donde inició sus estudios de la lengua y de la cultura guaraní.
En 1969, obtuvo un doctorado en la Universidad de Estrasburgo, con una tesis titulada: “La creación de un lenguaje cristiano en las misiones de los guaraníes en el Paraguay”. Fue profesor universitario de etnología y de cultura guaraní, fue presidente del Centro de Estudios Antropológicos y Director de las revistas Suplemento Antropológico y de Estudios Paraguayos.
En 1969, obtuvo un doctorado en la Universidad de Estrasburgo, con una tesis titulada: “La creación de un lenguaje cristiano en las misiones de los guaraníes en el Paraguay”. Fue profesor universitario de etnología y de cultura guaraní, fue presidente del Centro de Estudios Antropológicos y Director de las revistas Suplemento Antropológico y de Estudios Paraguayos.
Su labor entre los
indígenas no era una simple ocupación profesional, era parte de su corazón, era
y fue siempre toda su vida. Por eso, cuando en 1976 sufrió el exilio durante la
dictadura stronista, por haber denunciado la sistemática masacre de los Ache-guayaki,
retomó su entrega con los indígenas de Mato Groso en Brasil. Al salir del país
“no sacudió el polvo de su sandalia”, porque estaba decidido a no dejar su
causa. En un poema escribió:
“No sacudí el polvo de los pies,.
no sacudiré ni un solo átomo de ese polvo,
cuando salga de esa ciudad, de ese mi pueblo.
Sacudir de mi entraña no podría, aunque quisiera,
tanto camino andado, tanto suelo consagrado por la danza y el canto.
De la tierra, expulsado, perdí la tierra de mis pies,
pero me llevo ese poco de polvo atesorado.
no sacudiré ni un solo átomo de ese polvo,
cuando salga de esa ciudad, de ese mi pueblo.
Sacudir de mi entraña no podría, aunque quisiera,
tanto camino andado, tanto suelo consagrado por la danza y el canto.
De la tierra, expulsado, perdí la tierra de mis pies,
pero me llevo ese poco de polvo atesorado.
Su sabiduría se ha
condensado en varias decenas de obras, pero sobre todo su cercanía a los
pueblos originarios del Cono sur, lo habían enriquecido de todas aquellas
virtudes que él había descubierto en su “teko”
(el “estilo de vida” de los guaraníes). Fue un “Verdadero Señor Padre” (Karai Ru
ete) que, con firmeza y paciencia, en sus escritos y en sus palabras, insistía
en el rescate de esta rica cultura con profundos anhelos espirituales, Desde
hace años venía insistiendo sobre este aspecto que hoy apreciamos como un
avance fundamental en lo que llamamos diálogo intercultural.
Decía Meliá: “El
modo de ser de los guaraníes, que ellos llaman ñande reko, es sobre todo ‘un modo de ser religioso’: ñande reko marangatu. Esto quiere decir
que la experiencia religiosa no sólo constituye para ellos un aspecto
fundamental de su cultura, sino una forma esencial de su identidad y de la
conciencia de su destino. En otros términos, los guaraní de hoy no pueden ser
entendidos, ni ellos mismos se entienden, si se prescinde de su experiencia
religiosa”. (Meliá, 1991,9). Con esta afirmación el antropólogo se trasformaba
en humilde misionero, no para imponer su doctrina o su cultura, sino para
escuchar y valorar su sabiduría y reconocer esas “semillas de Verbo”, presentes
en los pueblos originarios, demasiadas veces ignoradas o hasta despreciadas.
El pa’i Tomeu anticipó proféticamente la
conversión que el reciente Sínodo de Amazonía nos pide a todos: la conversión
integral a ese Buen Vivir (el Teko porã
de los guaraníes). Esa vida en abundancia, proclamada en las Bienaventuranzas
de Jesús se puede concretar en un estilo de vida nueva. “Se trata –dice el
Sínodo al n.9- de vivir en armonía
consigo mismo, con la naturaleza, con los seres humanos y con el ser supremo,
ya que hay una intercomunicación entre todo el cosmos, donde no hay excluyentes
ni excluidos, y donde podamos forjar un proyecto de vida plena para todos. …El ‘buen
vivir’ es comprender la centralidad del carácter relacional trascendente de los
seres humanos y de la creación, y supone un ‘buen hacer’”
Falleció en la madrugada
del 6-12-2019; un mes antes había sufrido una caída que terminó con una
fractura de cadera. Pocos días antes había recibido una distinción de la Cámara
de Senadores por “su invalorable aporte a la sociedad paraguaya y
latinoamericana, a la defensa de los derechos lingüísticos y culturales, a la
democracia, a la justicia y a la promoción del pensamiento crítico”.
Se fue “sin
sacudir el polvo de sus pies” porque sique caminando (ese oguata típico del teko
guaraní) hasta que nos encontremos con nuestro “polvo atesorado” en la gran
casa del Padre Dios.
La agonía de las estadísticas sociales y la crisis de la modernidad
En Panamá encuentra expresión uno de los síntomas más claros de la
crisis de la modernidad o de la cultura moderna: la agonía de las estadísticas
sociales. Las estadísticas sociales panameñas parecen heridas de muerte y son
víctimas de un ataque sistemático de gobiernos al servicio de dos amos: una oligarquía
financiera saqueadora de los bienes públicos y un capitalismo neoliberal
decadente impuesto desde el exterior, por el Fondo Monetario Internacional y
otros monstruos semejantes.
Hace muchos años que las estadísticas sociales son deformadas
amputándoles su veracidad y honestidad para complacencia de políticos de turno
y de organismos internacionales. A veces el ataque es solapado y sutil, como
cuando se cambian los criterios metodológicos para dar la apariencia de que la
vida de la ciudadanía mejora sin cesar y que la pobreza disminuye por doquier
para felicidad de todos. Otras veces se actúa de manera burda, como cuando, al
final del gobierno de Martín Torrijos, se negaron a publicar los resultados de
una encuesta sobre trabajo infantil para no causar mala impresión política en
momento electoral.
Pero el colmo de lo inaudito es que los Censos Nacionales de
Población y Vivienda, que se realizan cada 10 años, y que eran un instrumento
bastante seguro y veraz para la orientación de las políticas públicas, están a
punto de no realizarse en la fecha estipulada desde hace casi un siglo.
¿Incapacidad? Pero si el contralor a cargo en los últimos 5 años,
y responsable en última instancia de este desastre, es uno de los empresarios
más “exitosos” del país, hace parte de la junta directiva del principal grupo
financiero, el Banco General, y es miembro de una de las familias más
prominentes de la oligarquía panameña, el señor Federico Humbert Arias.
Al menos en sus negocios familiares, el señor Humbert Arias, se
muestra muy capaz, pero con la “cosa pública” no lo ha demostrado, porque
también se le puede endilgar corresponsabilidad en algunos escándalos como el
manejo de las partidas especiales de la Asamblea Nacional. Tal vez esta actitud
se comprenda a la luz de la historia de la aristocracia panameña que ha
alimentado su riqueza de los pechos no muy abundantes del estado.
El caso es que malos manejos y disputas judiciales por una
licitación de una empresa contratada para la realización de un aspecto del
censo está a punto de impedir que éste se realice en la fecha prevista del mes
de mayo. Ahora resulta que no solo las carreteras, la construcción de
hospitales, el suministro de medicinas, o la reparación de las escuelas
dependen de empresas privadas, gracias a los criterios neoliberales de
privatizar y saquear para beneficio de unos pocos el erario público.
No hace mucho, los que pertenecemos a las generaciones que
preceden a los “milenials” pueden recordarlo, las estadísticas sociales, censos
y encuestas, eran efectuadas por funcionarios públicos, al igual que había
cuadrillas de funcionarios para reparar calles, hospitales y escuelas. Y se
hacía con calidad la tarea. Pero todo eso se lo ha llevado la crisis crónica
capitalista iniciada en los años 70y 80, junto con su derivado: el
neoliberalismo.
La situación es todavía más grave si se toma en cuenta el fracaso
del censo anterior, del año 2010, el cual sufrió un ataque semejante por el
gobierno más empresarial y corrupto de la historia panameña, presidido por Ricardo
Martinelli. La imposición de una contralora cuyo principal mérito era haber
trabajado como auditora del grupo Ricamar, cuyo dueño era el propio presidente,
lo que puso en duda su capacidad de controlar a su exjefe. La renuncia de
algunos tecnócratas, los movimientos de personal y la incapacidad
administrativa, llevaron a resultados desastrosos del censo y tener que hacer
una encuesta posterior para cuadrar y verificar algunas cifras.
El problema de la eficacia de los censos y la certeza de las
estadísticas sociales es de una importancia cardinal para la sociedad. El mundo
moderno, el estado contemporáneo, la democracia burguesa y el sistema
capitalista han crecido y se han sostenido, entre otras cosas, sobre
estadísticas de todo tipo, que son las que fundamentan la toma de decisiones
racionales. Las estadísticas y los registros son el alma de epistemología
positivista que ha sido la cabeza del funcionamiento de todo el sistema.
Por supuesto que esos “datos” recabados por las estadísticas
sociales y económicas han estado y están al servicio de un modo de producción
basado en la explotación del trabajo asalariado, de la pauperización de la
mayor parte de la humanidad, del saqueo de los recursos naturales y el expolio
de la naturaleza.
Que tenemos que aplicar la crítica racional de clase a las
estadísticas y al uso que le dan los gobiernos y el sistema capitalista, no
demerita que la propia crítica necesita de estadísticas veraces para tener un
fundamento racional y científico.
Los primeros estudios críticos del sistema capitalista, como “La
situación de la clase obrera en Inglaterra”, de Federico Engels, o “El Capital”
de Carlos Marx, no hubieran podido sustentarse sin las rigurosas estadísticas
inglesas. En eso consiste la diferencia entre “socialismo utópico” y
“socialismo científico”, en que el análisis no depende de razonamientos
arbitrarios y voluntaristas, sino en el análisis objetivo de la realidad, una
de cuyas fuentes son las estadísticas sociales.
Contrario a lo que pretenden los mentecatos postmodernos de todos
los matices, que critican a la modernidad en abstracto, para no hacer análisis
de clases, y que cantan loas al irracionalismo y los “misterios” del mundo,
constituyen una conquista de la humanidad las estadísticas sociales cuando se
basan en métodos científicos y veraces. Son una conquista tan importante de la
modernidad como lo son los derechos humanos y civiles, como lo es la medicina y
la ingeniería.
La razón de fondo del ataque a las estadísticas sociales estriba
en la propia crisis del sistema capitalista. Cuando el sistema iba en ascenso,
durante el siglo XIX, y la parte keynesiana del siglo XX, se podían permitir el
optimismo basado en los resultados de estadísticas que mostraban algún
“progreso”.
En un mundo como el actual, en que las estadísticas sociales
científicas y honestas pondrían al desnudo el fracaso del sistema capitalista
en proveer una vida elementalmente digna a la mayor parte de la humanidad, en que
los políticos y sus financieros solo quieren saquear las instituciones, en que
el “mercado” busca maximizar las ganancias a costa de la miseria de la clase
trabajadora, en que la democracia es instrumentalizada por políticos que
mienten descaradamente y que, aún a sabiendas que lo hacen, buena parte de la
ciudadanía les elige, en un mundo así las verdades estadísticas son
subversivas.
Usando la hermosa metáfora de Zygmunt Bauman, las estadísticas
sociales, antes sólidas como una roca, se licuan.
Panamá, 2 de febrero de 2020.
¿Panamá… un país violentado?
Cédula:
8-219-1975
En estos días, compartía con
un grupo de amigos y familiares, que Panamá estaba entre los mejores países para
poder retirarse, vivir seguro y con calidad de vida. ¡Y es así!, cuando de pronto uno de ellos, me
señaló, molesto, y me dice: Tú estás viviendo en “Disneylandia” pues lo que se
refleja en los medios de comunicación hoy día es totalmente diferente y esto no
es percepción es una realidad palpable.
Tengo que aceptar que sí es
cierto…. Los panameños de a pie, dicen constantemente, en las calles, los
buses, el metro, los restaurantes u otros sitios, que el Panamá de hoy, no es
seguro, que ellos, nuestros compatriotas y extranjeros residentes no se sienten
seguros en sus calles en horas de la noche.
Yo agregaría que ni de día tampoco, pues uno sale con la impresión de
que lo están vigilando a uno, para asaltarlo o secuestrarlo. Me pregunto, ¿Pareciera que estuviésemos
viviendo una paranoia social?
¿Qué dicen las cifras sobre
esta realidad?... Veamos el tema de los
actos de homicidios en la república de Panamá durante los últimos 20 años. Según la fuente “datosmacro” en el año 2000
en Panamá hubo 299 homicidios, cinco años después se refleja un aumento a 364 homicidios. En el año 2010 se contabilizan “759”
homicidios duplicando la cifra y en el 2015 la cifra disminuyó a 447. Pero para
el 2018 se hablaba ya de 439 homicidios siendo la provincia de Colón (91 casos)
y Panamá (176 casos) donde se concentran más estos actos, según el informe
estadístico del Ministerio Público de la Procuraduría General de la Nación.
En el año 2019 el número de
homicidios aumentó a 472, 33 homicidios más que el año 2018, repitiéndose la
estadística que dice que las provincias de Colón y Panamá es donde más
incidencias de homicidios existe en la República de Panamá. En lo que va de este 2020 enero cerró con 65
homicidios, 22 más que en el año 2019.
Cuando uno lee y analiza estas
cifras, debe entender que aquí no aparece nada tampoco sobre la violencia generadas
de las “asimetrías propias de la dinámica social panameña” como los temas de violencia
familiar, violencia de género, las violaciones, maltrato infantil, secuestros, violencia
laboral, pandillerismo, maltrato a los adultos mayores, pornografía infantil,
corrupción, el narcotráfico y
sus modos de operar; las redes empresariales de corrupción tipo “Odebrecht”, el
lavado de capitales, así como las mafias internacionales de trata de personas entre
otros tipos de violencias, que nos darán un panorama real de terror para el
ciudadano de a pie y que vive en esta nación con la angustia de saberse inseguro
en un ambiente de donde todos los días, mueren entre 4 a 5 panameños por estos
tipos de actividades ilícitas.
¿Qué nos está llevando a ser
un país violentado? Aquí me gustaría
compartir el análisis que realiza “Datos macro” sobre el tema de los homicidos
en Panamá cuando señalan que el índice “Per cápita de Panamá, en el año 2017
fue de 13.454€ euros, por lo que, si ordenamos los países en función de su PIB
per cápita, Panamá se encuentra en el puesto 55 de los 196 países que publican”. Sobre el tema de la Esperanza de vida de
Panamá, “en 2017 fue de 78,2 años. Está en el puesto 43 de los 192 publicados”,
y sobre el Índice de Desarrollo Humano (IDH) de Panamá, “el país se encuentra
en el 66º puesto del ranking de IDH formado por 189 países”. O sea, estadísticamente hablando tenemos una
posición económica y ventajosa sobre los demás países del área. Así que lo
económico no debiera ser el problema de fondo, aunque puede ser uno de los
factores en las clases más necesitadas.
Por otro lado, consultando algunas opiniones sobre el tema con algunos
profesionales, académicos, como miembros de organizaciones cívicas y
religiosas, me señalaba un empresario extranjero que, para él, el mal radica en
la transmisión de valores que se reciben desde pequeño el niño en el seno de la
familia, ahí donde el niño es socializado con valores y principios. Al haber un deterioro en las familias
panameñas, hecho aceptado por la mayoría de expertos en la materia, nadie hace
esa tarea de socialización mejor que el barrio, el internet o las pandillas.
Una profesional de la educación y extranjera radicada en Panamá, Madre y
Maestra me señaló que “El panameño es una persona con un carácter pacífico y a
veces, inclusivo, ingenuo si se le compara con los de otros países del
continente. Hubo inclusive uno que, viviendo en uno de los mejores barrios de
Panamá me dijo que finalmente era un “asunto de percepción”.
Válgame Dios, parece ser que esa cifra del 2019 de “472” y los 65 que van del 2020, panameños secuestrados, torturados, violados, asesinados, no significa mayor
cosa para algunas personas en esta nación.
Para mí, “no debiera morir nadie en un país como el nuestro” ¿Cree usted
verdaderamente que estuviésemos viviendo una paranoia social sobre este tema?
Salgamos a la calle “y que Dios nos agarre confesado” No hay seguridad.
Sacerdote
República Dominicana: cuando la xenofobia se institucionaliza
www.nuso.org / diciembre 2019
Haití y República Dominicana constituyen un sistema
socioeconómico desigual y muy conflictivo. Uno de los componentes claves de
este sistema es la movilidad de haitianos a República Dominicana, donde ocupan
espacios en mercados laborales vitales para la economía nacional. Esta relación
se reproduce desde una construcción ideológica xenófoba y racista, que tuvo su
expresión más trágica en la desnacionalización masiva de ciudadanos de origen
haitiano en 2013. El mito de la «invasión pacífica» haitiana, sin embargo,
parece no ser apoyado por los resultados estadísticos de las últimas encuestas
de migrantes.
Un
dato crucial para explicar lo que sucede con la movilidad humana de Haití hacia
República Dominicana es entender que ambas naciones –un caso poco usual en que
dos Estados nacionales comparten una isla– forman un sistema socioeconómico,
imperfecto y notablemente desigual, que se ha ido desarrollando desde el mismo
momento en que los primeros bucaneros franceses pisaron la parte occidental de
la isla. Un lugar excelente para una nueva vida, que había quedado despoblado
merced a las políticas coloniales españolas de reconcentración de población
para evitar contactos con los herejes.
No
es posible explicar la historia de una parte sin tener en cuenta a la otra.
Durante mucho tiempo, la porción occidental de la isla –la colonia francesa de
Saint-Domingue y luego la República de Haití– fue la parte dominante de la
relación bilateral. Todavía hasta la segunda década del siglo xx, los dominicanos apreciaban a Puerto
Príncipe como una metrópoli con oferta variada de servicios y mercancías, en
contraste con una capital propia –Santo Domingo– que no pasaba de ser un pueblo
provinciano con calles lodosas, plagas de mosquitos y una carencia angustiante
de agua potable.
La
situación comenzó a cambiar cuando se produjo la inserción violenta de la isla
en la economía capitalista mundial, de la mano de las compañías azucareras
estadounidenses. República Dominicana pasó a ser productora de azúcar a gran
escala, mientras que Haití –con mucha población y poca tierra– fue diseñada
como proveedora de mano de obra barata y desprotegida para las plantaciones de
Cuba y República Dominicana. Esta última comenzó a despegar como una economía
agroexportadora dependiente. Haití, en cambio, inició una autofagia que no
concluye.
En
1937, el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo inició lo que se llamó la
«dominicanización de la frontera», en esencia, una limpieza étnica sangrienta, la destrucción de los vínculos
transfronterizos y el cierre de los contactos entre las dos partes de la isla.
Pero, sobre todo, y es vital para el tema que nos ocupa, el programa
trujillista contenía una codificación ideológica que anatematizaba al haitiano
y lo ubicaba como antítesis del ser dominicano. República Dominicana existía a
pesar de Haití, y su esencia blanca, católica y de raíz española era retada por
un vecino negro, africano y pagano. Haití pasó a ser el enemigo protagonista de
una «invasión pacífica» y la frontera, una trinchera que defendía a la
comunidad nacional. El racismo antihaitiano devino parte de la cultura nacional
y una pieza bien cotizada en el mercado político. «Dominicanizar la frontera
–escribió un testaferro ideológico del dictador– es devolver la patria entera a
la hispanidad»1.
Durante
seis décadas, casi la única excepción a este cierre de contactos fue el paso
anual de los contingentes de braceros haitianos destinados al corte de la caña
de azúcar, lo que resultaba una necesidad para la economía azucarera y un
negocio altamente redituable para los grupos militares de ambos países. El
comercio binacional se limitaba a unos pocos millones de dólares, regularmente
reexportaciones haitianas.
Pero
desde la década de 1990, cuando la economía dominicana abandonó su modelo
sustitutivo de importaciones y produjo una diversificación económica con las
miras puestas en el mercado externo, Haití pasó a ser un objetivo de primer
orden. Los trabajadores migrantes dejaron de ser «trabajadores huéspedes» concentrados
en los bateyes azucareros y controlados militarmente, para desparramarse por
todo el mercado laboral que requiriera mano de obra barata y desprotegida. Los
haitianos pasaron a ser piezas imprescindibles de la dinámica constructiva, de
la producción de alimentos y de los servicios urbanos. La movilidad de los
haitianos se descentralizó y rebasó los estrechos límites de los bateyes. Sin
esa fuerza de trabajo joven y barata, muchos sectores económicos dominicanos,
ineficientes y poco rentables, sucumbirían a la competencia internacional y
pondrían en peligro la propia seguridad alimentaria nacional.
En
segundo lugar, el capitalismo dominicano percibió el mercado haitiano como una
posibilidad particularmente provechosa de realización, no solo por la cercanía
geográfica y la baratura del transporte, sino por las pocas exigencias de
calidad. Ha sido un comercio tremendamente desbalanceado en el que las
exportaciones dominicanas, que pueden llegar a los 1.000 millones de dólares,
se componen fundamentalmente de productos de difícil exportación a otros
lugares –por ejemplo, materiales de construcción o huevos– o sencillamente de
tan baja calidad que ni siquiera se pueden realizar en el mercado dominicano.
Haití resulta, en consecuencia, una prolongación degradada del mercado interno
dominicano. A cambio, la ex-colonia francesa solo logra vender a su vecina
algunos bienes de consumo por montos totales anuales que no exceden
regularmente unas pocas decenas de millones de dólares. El mercado haitiano es,
en consecuencia, una suerte de subsidio para las ineficientes industrias
dominicanas.
Desde
una óptica económica, la manera como Haití compensa este desbalance es
exportando su mercancía más abundante y demandada por el mercado dominicano: la
fuerza de trabajo. Solo que esta mercancía porta en sí la condición humana, y
en consecuencia su consumo pone sobre el tapete los dilemas del reconocimiento
y la redistribución que animaron aquel famoso debate entre Alex Honneth y Nancy
Fraser2, pero que el capitalismo dominicano y su sistema
político-cultural han tratado de sepultar bajo la herencia de los prejuicios
trujillistas. Por consiguiente, la sociedad dominicana ha vivido bajo la
esquizofrénica situación de percibir al haitiano como un peligro, pero que la
beneficia; como un enemigo sin el cual la vida sería menos confortable. En
última instancia, como un sujeto supuestamente antitético, pero con el que
convive y es capaz de establecer relaciones cordiales en la cotidianeidad.
La
interrelación de las economías haitiana y dominicana apunta a la formación de
un sistema interdependiente. Como todo sistema asimétrico, es altamente
conflictivo. Y diría que es, también, notablemente imperfecto, sea porque se
asienta en una construcción ideológica y cultural que resalta la diferencia y
atiza el conflicto para sus propios fines, o por el hecho de que el sistema
carece de mecanismos políticos de mediación. Haití y República Dominicana no
son parte de algún proyecto integracionista supranacional, no poseen acuerdos
durables y consistentes y los pocos espacios de coordinación bilateral –como
las comisiones mixtas binacionales organizadas por cada cancillería– apenas
funcionan y no son efectivas en ningún sentido.
En
buena medida, estas comisiones no funcionan porque cada parte pretende hacer
prevalecer sus propias demandas y temáticas. Los dominicanos siempre quieren
priorizar el comercio, denunciando las diversas trabas y prohibiciones que el
gobierno haitiano coloca a los productos «estrellas» dominicanos cuando ocurren
acciones antiinmigratorias en República Dominicana. Los haitianos, por razones
obvias, prefieren focalizar la discusión en el tema migratorio. Unos y otros
pierden de vista que estas cuestiones forman parte de flujos de trabajo, abstracto
y concreto, que vertebran un sistema económico insular y que seguirá
consolidándose a pesar de las veleidades políticas y los resentimientos
chovinistas de ambas partes.
Acotar la «invasión pacífica»
El
antihaitianismo no es un elemento secundario de la cultura política dominicana,
sino un componente organizador. En la actualidad, ese discurso opera sobre dos
campos. El primero de ellos es el campo duro, del odio heredado directamente de
la prédica trujillista: es el que percibe y explica al haitiano como un agresor
cultural, político y biológico. El otro es más blando y fija su atención en la
pobreza haitiana. El migrante es descrito como una persona muy pobre que viene
a aprovechar los servicios dominicanos y resulta una carga insoportable para el
presupuesto y un competidor para los dominicanos pobres que deben consumir los
mismos servicios. La versión dura no otorga nada al haitiano: su principal
sistematizador contemporáneo,
Joaquín
Balaguer, lo recalcaba: «La influencia de Haití ha corrompido la fibra sagrada
de la nacionalidad (…) La vecindad de Haití ha sido y sigue siendo el principal
problema de la República Dominicana»3. La segunda, la blanda, los considera merecedores
de afectos básicos, pero omite sus inmensas contribuciones a la economía
nacional y en ningún momento los percibe como productores culturales. Una y
otra sirven de sustento para el arraigo de una visión racista en la que la
categoría de «negro» solo es aplicada al haitiano. El dominicano nunca lo es,
aun cuando sea de piel muy oscura: a lo sumo es «moreno». Hasta hace poco
tiempo los mulatos eran llamados «indios» y así quedaba estampado en los
documentos oficiales. Todo ello, en la que probablemente es la sociedad más
mestiza afrodescendiente de nuestro continente.
El
uso del «peligro haitiano» sigue siendo un recurso de primer orden para la
clase política dominicana. En ocasiones puede resultar un recurso coyuntural de
alta visibilidad –como ocurrió en 1996, cuando la derecha nacional se alió en
un llamado Frente Patriótico para impedir el ascenso de un político negro
progresista–, pero es también un recurso cotidiano cuando se trata de
enmascarar los graves problemas nacionales tales como el conservadurismo, la
corrupción y la depredación social. En cualquier caso, resulta un elemento
corrosivo de la cultura política democrática y auspiciador de tendencias
autoritarias y alterofóbicas.
Desde
comienzos del siglo xxi, el
antihaitianismo tomó un derrotero inédito: la institucionalización de la lucha
contra la inmigración haitiana, una «invasión pacífica» que no solo dañaba «las
fibras sagradas de la nacionalidad» sino que amenazaba con el copamiento del
propio Estado. En 2004 se dictó la Ley Migratoria (Nº 285), que dio un primer
golpe al derecho de suelo que había constituido la piedra de toque del sistema
de ciudadanía. Pero esta ley permaneció varios años sin reglamentación, por lo
que su impacto inicial fue reducido. Tres años más tarde, en 2007, la Suprema
Corte de Justicia, en un fallo sobre una disputa legal sobre el tema, dictaminó
un sinsentido memorable: los haitianos indocumentados deberían ser considerados
pasajeros en tránsito –aun cuando hubieran habitado la media isla por decenios–
y sus hijos no podían acceder a la ciudadanía por nacimiento. Acto seguido,
todas las oficialías fueron instruidas de no extender certificaciones de
nacimiento a las personas de origen haitiano que hubieran tenido padres en
condiciones irregulares. En 2010, una nueva Constitución conservadora
restringió medularmente el principio de ius solis, y un año más tarde la ley de 2004 fue
reglamentada de la peor manera imaginable.
Esta
institucionalización fue acompañada de violentos brotes racistas en varios
puntos de la geografía nacional, que culminaron en la expulsión e incluso el
asesinato de ciudadanos haitianos. La propaganda antihaitiana se intensificó
como nunca antes, usando como vectores a una serie de pequeñas organizaciones
bien financiadas y encabezadas por figuras de alta raigambre trujillista. La
prensa se hizo eco –a veces de manera francamente delirante– de la «invasión
pacífica» y de cálculos exorbitantes sobre los «millones de haitianos» en el
país. Y más de un político vio aquí un campo fértil para captar votos y apoyos,
prometiendo muros en las fronteras y expulsiones masivas.
En
este contexto de histeria fabricada, la elite política dominicana dio su paso
más deplorable: la desnacionalización de cientos de miles de personas
dominicanas de origen haitiano mediante la sentencia 168 de 2013 del Tribunal
Constitucional. El argumento legal fue que, siendo descendientes de personas en
situación irregular (en realidad, todos los inmigrantes estaban en una
situación legal que hoy se consideraría irregular, pero entonces era
sencillamente normal), sería anulada de manera retroactiva la ciudadanía de
todas aquellas personas de origen haitiano nacidas entre 1929 y 2010. Se trató
de una auténtica monstruosidad jurídica que lanzó a la apatridia a más de un
cuarto de millón de personas, la mayoría de las cuales no tenía nacionalidad
haitiana, ni hablaba creole, ni siquiera había visitado alguna vez el país
vecino. Los haitianos perdieron empleos y oportunidades de estudios, fueron
humillados en las oficinas públicas y debieron someterse a un escrutinio
burocrático degradante.
Pero
no por truculento el hecho debe considerarse una anomalía en el sistema
político dominicano. Fue el resultado lógico, como antes anotábamos, tanto de
los usos de los migrantes en la reproducción económica y política de esa
sociedad, como de las derivas autoritarias de la propia cultura política. Según
Wilfredo Lozano, fue «un producto directo del proceso de pérdida de poder
ciudadano y exclusión social que intenta asumir por la vía autoritaria los
problemas que genera la masiva inmigración haitiana en Santo Domingo»4. De alguna manera, esta
«organicidad» de la desnacionalización explica que el gobierno dominicano no
tuviera serias dificultades internas para ejecutar la resolución del Tribunal
Constitucional.
Aunque
todas las encuestas de opinión indicaban que la mayoría de la población no
simpatizaba con la medida, solo una «inmensa minoría» –compuesta por
intelectuales, activistas sociales y jóvenes dominico-haitianos afectados por
la expropiación de derechos– se opuso de manera pública, lo que dejó el
escenario libre para la actuación de los grupos chovinistas. Fueron días
particularmente tensos en los que, con total complicidad de la clase política,
se profirieron amenazas contra figuras democráticas y se realizaron actos de
violencia estructural y física contra residentes haitianos. Un informe de la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos que visitó la isla en diciembre de
2013 señalaba la prevalencia de un clima de «discriminación estructural:
afectación al acceso a los servicios básicos, incluyendo la educación infantil;
incremento de la vulnerabilidad de los grupos afectados y un régimen de
intolerancia e incitación a la violencia»5.
A
fines de 2013 se promulgó el decreto 327-13, que ordenaba a todos los
despojados de ciudadanía someterse a un programa de regularización que les
permitiría recuperarla en un plazo considerable, lo que fue complementado (con
fuertes presiones internacionales de por medio) en mayo de 2014 por la ley
169-14, que dispuso la devolución de la ciudadanía a quienes estaban
«legalmente» inscriptos en los archivos del registro civil, y remitía a los que
no poseían esta ventaja a un largo y costoso proceso de naturalización, aun
cuando pudieran demostrar que habían nacido en República Dominicana en momentos
en que ius solis
les concedía la ciudadanía. Es decir, dejó incólumes los argumentos ilegales y
xenófobos de la derecha, pero les antepuso una supuesta razón humanitaria para
beneficiar a una parte de las decenas de miles de afectados.
Estas
últimas personas debieron acogerse a un riguroso proceso que les exigía
justificar vínculos estables con la sociedad dominicana, estabilidad
socioeconómica, un tiempo suficiente de radicación, relaciones familiares,
etc., mediante la presentación de documentos formales difíciles de obtener para
una población que sobrevive en la informalidad. Tras 18 meses de gestión, se
informó que unas 288.466 personas habían presentado los papeles, pero se le
había negado la regularización a 17%. Según un informe del Programa de las
Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud)
basado en una encuesta nacional, 58% de los afectados no se presentó al
programa de regularización6. Y en 2016, la Mesa Nacional de Migraciones
reportaba a través de un periódico nacional que el proceso había dejado afuera
a medio millón de personas y denunciaba la ocurrencia de persecuciones y
deportaciones masivas sin garantías.
¿Quiénes son los «invasores
pacíficos»?
La
idea sembrada durante decenios acerca de cientos de miles de invasores
haitianos que parasitan a la sociedad, interesados en subvertir los valores
nacionales y copar el Estado para una fusión insular, comenzó a mostrar fisuras
cuando diferentes grupos técnicos miraron hacia dentro de la comunidad haitiana
y hurgaron tanto en su composición como en sus motivaciones. Tres conclusiones
reiteradas en esos estudios tempranos apuntaban a que los inmigrantes eran
normalmente personas en edades laborales óptimas que estaban empleadas la mayor
parte del tiempo, que sus cantidades eran mucho más discretas que las cifras
millonarias difundidas por los nacionalistas vocingleros y que una buena parte
de ellos no eran técnicamente migrantes, sino temporeros que circulaban y
estaban dispuestos a volver a Haití a la primera oportunidad.
En
2012 y 2017, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (unfpa, por sus siglas en inglés) tuvo la
loable idea de patrocinar encuestas con muestras muy amplias que permitieron
realizar diagnósticos más exhaustivos y más convincentes para la comunidad
nacional7. La primera indicaba que había en el país 524.632
inmigrantes y 244.161 descendientes, una buena parte de ellos con nacionalidad
dominicana según las normas de derecho de suelo vigentes hasta 2010; 87% de los
inmigrantes eran haitianos, 77% de ellos en edades laborales óptimas y 65%
varones.
La
encuesta de 2017 –sobre la que me detengo con más detalle– fue más concluyente.
Se aplicó sobre 73.000 viviendas, donde fueron encuestados 24.547 migrantes de
todos los orígenes. Por entonces había 570.933 extranjeros y de ellos
nuevamente 87% eran haitianos, unos 497.825. Sumados los descendientes, el
total de personas haitianas o dominico-haitianas era de 750.174. Es decir, la
cifra total distaba mucho de los apocalípticos «uno o dos millones», y el
incremento de los inmigrantes no solo se debía a los haitianos, sino a extranjeros
en general.
Esto
representaba 5,6% de la población nacional, muy por debajo del porcentaje
aproximado de 10% de dominicanos que han emigrado a otros lugares, tal y como
hacen los haitianos, en busca de mejoras en sus condiciones de vida.
La
migración haitiana se había movido del campo a la ciudad (66% vivía en
ciudades, aunque otros inmigrantes se ubicaban en el medio urbano en 96%) y
seguía siendo predominantemente masculina (63%) en edades laborales óptimas;
71% se ubicaba en regiones de alta demanda de fuerza de trabajo, lo que apunta
a su funcionalidad productiva; 56% se empleaba en empresas privadas
–principalmente en las actividades agropecuaria y de construcción– y otro 33%
era cuentapropista, sobre todo en el área comercial.
Un
dato interesante es que, tanto en la construcción como en la agricultura, los
nacionales dominicanos tenían poca presencia, regularmente operaban en tareas
jerárquicas, por lo que los haitianos estaban ocupando y valorizando
actividades que en otras circunstancias no podrían funcionar, con el efecto
dañino que esto tendría en las cadenas de valor en que se insertaban.
Curiosamente, 73% estaba alfabetizado, una proporción que no es sustancialmente
diferente al porcentaje de alfabetización en República Dominicana, donde 17% de
la población es analfabeta.
Los
haitianos ocupaban el lugar inferior de la escala social inmigratoria. Sus
salarios promedio se ubicaban en torno de los 14.000 pesos (algo menos de 300
dólares estadounidenses al cambio del momento), lo que equivalía a 40% de los
salarios de los otros inmigrantes y a 80% de los promedios dominicanos; 95%
vivía sin seguros de salud y la mitad carecía de contratos formales. Era
también el grupo inmigrante que afrontaba mayores dificultades para realizar
trámites, debido tanto a que el sistema público dominicano resultaba poco
amigable, como a que la situación crítica haitiana les impedía obtener
documentos básicos. Ello se reflejaba en la situación de sus descendientes, que
continuaban ocupando los estamentos inferiores de la sociedad.
Sin
embargo, a pesar de la masividad, los inmigrantes haitianos no parecían ser los
invasores devoradores de la dominicanidad que denunciaban los grupos xenófobos.
Aproximadamente 16% de los haitianos entraban y salían usualmente del país, por
lo que técnicamente habría dificultades para considerarlos inmigrantes. Pero
entre los que habían entrado una sola vez, 32% lo había hecho en el último año,
por lo que, si consideramos los valores de 2012, una cantidad considerable de
haitianos había hecho un regreso sin retorno a su país. Todo ello, concluía el
informe, era «revelador del carácter circular de la inmigración en el grupo
predominante: el de origen haitiano».
A modo de conclusiones
Si
seguimos a Gary Freeman en su discusión sobre los regímenes de incorporación
–los marcos regulatorios que acotan las aspiraciones de integración de los
migrantes en los campos mercantil, legal, de acceso al consumo colectivo y de
producción y consumo cultural–, habría que concluir que los haitianos y sus
descendientes encuentran en República Dominicana muros francamente
infranqueables8. A sus usos en los espacios menos
favorecidos del mercado laboral –construcciones y agricultura– se une el acecho
ideológico y político a que son sometidos, que tuvo su peor expresión en la
desnacionalización masiva de dominico-haitianos en 2013.
Este
uso de la fuerza de trabajo haitiana es equiparable al uso que los empresarios
dominicanos hacen del mercado consumidor en la otra mitad de la isla. Y que en
última instancia habla del engarzamiento sistémico de la economía insular, y de
la manera como la asimetría de las partes actúa en beneficio del capitalismo
dominicano. Aunque la propaganda antihaitiana en República Dominicana se empeña
en mostrar los supuestos costos de la relación con Haití, en realidad sucede lo
contrario: la relación con Haití es, en varios sentidos, un subsidio monumental
para el capitalismo dominicano.
Pero
ello tiene un efecto perverso. Al mismo tiempo, la prevalencia de las políticas
de discriminación estructural, xenofobia y racismo que apuntalan la
subordinación haitiana constituye un caldo de cultivo ideal para la
proliferación de zonas autoritarias en la cultura política dominicana y en el
funcionamiento de su precario régimen político democrático. Mirar la cuestión
haitiana desde la tolerancia desprejuiciada es una necesidad para la sociedad
dominicana. Una manera de superar su propia esquizofrenia y entender la
historia común. Y una condición para avanzar en su propia realización
democrática.
Notas:
1. Manuel
Machado: La dominicanización fronteriza, Impresora Dominicana, Ciudad Trujillo,
1955, p. 53.
2. N. Fraser y
A. Honneth: ¿Redistribución o reconocimiento?, Morata, Madrid, 2006.
3. J. Balaguer:
La isla al revés, Corripio, Santo Domingo, 1994.
4. W. Lozano:
«República Dominicana en la mira» en Nueva Sociedad Nº 251, 5-6/2014,
disponible en www.nuso.org.
5. cidh:
Desnacionalización y apatridia en República Dominicana, disponible en www.oas.org/es/cidh/multimedia/2016/RepublicaDominicana/republica-dominicana.html.
6. «El proceso
de desnacionalización de personas dominicanas de ascendencia haitiana –afirma
el informe– reflejó prácticas excluyentes y discriminatorias que limitaron sus
libertades y derechos civiles y políticos. Y aunque solo una minoría de este
grupo fue finalmente desnacionalizada, se sentó un precedente legal que dejó
abierta la posibilidad de que futuras decisiones judiciales privasen
retroactivamente de derechos adquiridos a determinados grupos. Del mismo modo,
las personas afectadas por una negación de sus derechos tampoco fueron
reparadas, sino que se les obligó a naturalizarse como si siempre hubiesen sido
extranjeras». pnud: Informe sobre calidad democrática en la República
Dominicana, Santo Domingo, 2019, p. 50.
7. Los datos
que aquí exponemos corresponden a las encuestas nacionales de inmigrantes (eni)
de 2012 y 2017, publicadas por el unfpa en coordinación con el Ministerio de
Economía, Planificación y Desarrollo y la Oficina Nacional de Estadísticas de
República Dominicana.
8. G. Freeman:
«La incorporación de migrantes en las democracias occidentales» en Alejandro
Portes y Josh DeWind (coords.): Repensando las migraciones. Nuevas perspectivas
teóricas y empíricas, Instituto Nacional de Migración / Universidad Autónoma de
Zacatecas / Miguel Ángel Porrúa, Ciudad de México, 2006.
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