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Fin de una época en El Salvador


www.plazapublica.com.gt / 04 02 19

Nayib Bukele arrasó en El Salvador con más del 53% de los votos. No necesita segunda vuelta para ser elegido presidente. La otra cara de la moneda es el FMLN: pierde más de un millón de votos tras una década en el gobierno. Thelma Aldana, precandidata a la presidencia de Guatemala, busca la sintonía con el nuevo gobernante salvadoreño, a quien acompañó en su celebración.

Hacer historia es un cliché cuando hablamos de elegir presidente. Cada elección es histórica. Cada cita con las urnas, más histórica que la anterior. A fuerza de repetir la idea, terminamos por perder la perspectiva. Y, sin embargo, cuando Nayib Armando Bukele Ortez puso un pie en la abarrotadísima plaza Francisco Morazán de San Salvador tras arrasar en las elecciones de El Salvador celebradas el domingo 3 de febrero, estaba haciendo historia.

«Hemos pasado la página de la postguerra» anunció, ya presidente electo, desde el hotel Sheraton este empresario de origen palestino que convirtió las redes sociales en una seña de identidad. Pasaban las nueve de la noche y sus rivales, Carlos Calleja (Arena) y Hugo Martínez (FMLN) ya habían reconocido su derrota. Lo primero que hizo: sacarse una selfie ante sus seguidores.

Quebrar el bipartidismo por primera vez en 30 años es hacer historia. Más aún si ese modelo viene como herencia de 12 años de sangrienta guerra civil (1980-1992) con 75,000 víctimas mortales.

Los resultados del domingo son un terremoto. Gana, el color con el que se vistió Bukele para concurrir a los comicios, se lleva cerca de 1,4 millón de votos, más del 53% de los sufragios. Por detrás quedan los derechistas de Arena, en coalición con PCN y PDC, que obtienen algo más de 830 mil papeletas, lo que supone el 31%. Tras ellos, a mucha distancia, la ex guerrilla del FMLN: menos de 380 mil votos y sin alcanzar el 15% del total.

Bukele, en solitario, ha obtenido más votos que todos sus rivales juntos. Lo ha hecho en unas elecciones con una abstención del 49 %, una de las más altas desde el fin de la guerra.

«Ganamos en todos los departamentos del país. Dijimos que haríamos historia y la hicimos», dijo, en su primer baño de masas después de confirmarse que será presidente del país más pequeño y más violento de Centroamérica y sin necesidad de pasar por una segunda vuelta.

No ha llegado la medianoche y Bukele tiene razones para estar satisfecho. Se acaba de cargar, de un plumazo, el sistema bipartidista que ha dominado El Salvador desde 1992, cuando se firmaron los Acuerdos de Paz. El conflicto impuso dos bandos, Ejército y guerrilla. Al fin de la confrontación armada, estos dos bandos se trasladaron, con todos sus matices, apoyos y escisiones, a dos movimientos políticos, Arena y FMLN. Derecha e izquierda. Los primeros 20 años de postconflicto (hablar de paz en un país como El Salvador sería muy osado) fueron de dominio arenero. Los siguientes diez, efemelenistas. Y así parecía que iba a ser por siempre, hasta la llegada de Bukele, miembro del partido de la antigua guerrilla hasta octubre de 2017. Al final, ellos han sido los paganos del hartazgo hacia el sistema político.

Los argentinos, durante el corralito de 2001, gritaron “que se vayan todos”. En El Salvador no hay corralito, pero sí unas terribles tasas de violencia y pobreza, así como una generalizada falta absoluta de fe en el sistema político.
El año pasado murieron asesinadas 3,340 personas. Esto quiere decir que nueve salvadoreños sufrieron una muerte violenta cada día. A su vez, más del 30% de la población vive en condiciones de pobreza. Es decir, que uno de cada tres salvadoreños es pobre. Razones más que suficientes para un «que se vayan todos» que, en este caso, ha sido capitalizado por Nayib Bukele.

Su figura es controversial y está llena de incógnitas. Publicista y empresario de 37 años, lleva en política desde 2012, pero logró mantener su imagen de político «sin ideología». Fue alcalde de Nuevo Cuscatlán y luego de San Salvador, en ambas ocasiones por el FMLN. A pesar de ello, cultivó su imagen de tipo independiente, buen gestor al margen de los corsés que imponen estructuras envejecidas que cargan con el peso del país que ellos construyeron. Quizás por esa animadversión que generó como recién llegado, algunos medios hasta lo calificaron de antisistema. Aunque puede que el término no se adecúe tanto a Bukele. Un tipo que desde los 18 años gestiona las empresas familiares no parece ser alguien llamado socavar el sistema. Sin embargo, sí que ha sido un díscolo con la clase política. Y vivimos en un tiempo en el que las apariencias lo son todo.

Presentarse sin ideología también ha supuesto un triunfo: pudo asaltar el caladero de votos de izquierdas del FMLN mientras se llevaba algunos sufragios areneros «porque no da tanto miedo».

Cuando la campaña versa sobre sentimientos y se difuminan las ideologías es más fácil romper los compartimentos estancos. Quizás esto explique que presentarse con Gana, la escisión de Arena fundada en 2010, no le haya lastrado. Hace cinco años, el candidato de la formación era el expresidente Antonio Saca, que hoy cumple diez años de cárcel por uno de los casos de corrupción más sonados del país. En aquel momento, la coalición en la que concurría Gana apenas sobrepasó los 300 mil votos. Ahora esa misma plancha arrasa con Bukele al frente clamando «que devuelvan lo robado».

También es verdad que esta fue la tercera opción barajada por el exalcalde tras ser expulsado del FMLN. Fundó Nuevas Ideas, pero el Tribunal Supremo Electoral dijo que no le daba tiempo a presentarse. Se alió con Cambio Democrático y la Corte de Constitucionalidad obligó a cancelar el partido. Dos decisiones que le permitieron presentarse como víctima del establishment y justificar su última jugada: asociarse con Gana y fagocitar la candidatura hasta tal punto que los integrantes del partido ni siquiera estaban presentes en la celebración del Sheraton. Habrá que ver cuáles son los pagos a futuro.

Ahora, sin embargo, tocará gobernar. Y cómo gestionará Bukele el impresionante capital político acumulado es una incógnita. Especialmente, si tenemos en cuenta que la campaña se desarrolló en términos mediáticos y superficiales, más centrada en la ocurrencia que en la propuesta. Algunos de los proyectos del futuro presidente: una agencia anticorrupción similar a la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (Cicig), un tren que recorra el oriente del país, un nuevo aeropuerto.

Como el debate no ha tocado asuntos fundamentales como la seguridad (la falta de ella) o las graves carencias que sufre buena parte de la población, Bukele ha podido permitirse el lujo de convertir su campaña en una enumeración de las cosas que el resto ha hecho mal. Gobernar es otra cosa, aunque él presume de gestión: sus partidarios critican duramente al FMLN y Arena, pero también hablan de los buenos resultados de Bukele como alcalde en San Salvador. Claro que no es lo mismo llevar las riendas de una ciudad como San Salvador que cargarse un país a las espaldas.

«Guatemala y El Salvador tenemos problemas comunes. Si algo queremos los guatemaltecos y los salvadoreños es luchar contra la corrupción y contra la impunidad. Hemos visto que tiene un nexo muy grande con la pobreza y con el hambre que tienen nuestros pueblos». Quien habla es Thelma Aldana, la ex fiscal general de Guatemala y actual precandidata a presidenta por el movimiento Semilla, que ha llegado al hotel Sheraton de San Salvador, acompañada de su principal asesor político José Carlos Marroquín.

La entrevista con Plaza Pública se interrumpe por los gritos y aplausos que llegan de la sala contigua. Es la llegada de Nayib Bukele ante la prensa y un grupo de fieles, que celebran la victoria. La presencia de Aldana junto al presidente electo salvadoreño (aunque no hubo foto conjunta) tiene su simbología. Ella ganó su prestigio luchando contra la corrupción en Guatemala y trabajando codo con codo con la Cicig. Él, por su parte, dice querer imitar el modelo e impulsar una institución similar para El Salvador, una CICIES que por ahora solo suena a canto de sirena. ¿La propone por convicción o porque sabe que encontrará la suficiente oposición para que nunca se lleve a cabo? Habrá que ver hasta qué punto el triunfo de Bukele tiene su impacto en Guatemala y la candidatura de Aldana se ve reforzada.

Aunque solo sea por su ubicación geográfica, Guatemala se va a encontrar en medio de dos procesos de transformación claves para la región. Por el norte, en México, el que protagoniza el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, que tomó posesión el pasado 1 de diciembre. Por el sur, El Salvador, que próximamente quedará en manos de Bukele. Ambos mandatarios comparten algunos hitos: los dos ganaron prestigio al frente de la alcaldía de su capital; los dos fundaron su propio movimiento tras romper con las cúpulas de los partidos que les llevaron a esas alcaldías; los dos llegaron a la presidencia del Gobierno prometiendo un cambio radical respecto al modelo político anterior. Claro que, López Obrador ofrecía certezas en torno al equipo que iba a rodearle y los programas que implementaría, su homólogo salvadoreño es toda una incógnita.

¿Se contagiará Guatemala de dos procesos que, indudablemente, van a influir la región a corto plazo?

Los que cambiaron su voto

Para entender por qué miles de salvadoreños fiaron su suerte para los próximos cinco años a Nayib Bukele, hay que hablar con gente como Catia Guzmán Cardona, profesora de música y residente en la colonia Ciudad Futura, en Cuscatancingo, una zona de clase media-baja en el extrarradio de San Salvador. Son las 10 de la mañana del domingo 3 de febrero, y acaba de votar junto a sus sobrinas, Ruth y Sofía Cardona.

«Quiero que gane Nayib Bukele para que haya un cambio. Yo pensaba que con el doctor (Salvador) Sánchez Cerén, que venía de la Comandancia General, iba a producirse. Pero no hubo absolutamente nada. Seguimos igual». La mujer se acerca al medio siglo de vida, luce collarín por una enfermedad y habla por los codos. Pareciera que hubiese llegado al centro de votación con una batería de respuestas en busca de un periodista que quiera entrevistarla. Guzmán Cardona pone voz a los cientos de miles de salvadoreños que, tras una década de gobierno, han dado la espalda a la antigua guerrilla.

«¡Que se quede fuera de la segunda vuelta!», afirma. Luego reflexiona. «Arena tampoco lo merece», dice. Se reivindica como progresista y no cree que esté votando a la derecha a pesar de que Gana, la formación con la que se presenta Bukele, es una escisión de Arena.

Ni unos ni otros. Todos son lo mismo. Bukele no es lo mismo, porque no forma parte de los unos ni de los otros. Ese es el gran triunfo de Bukele.

Guzmán Cardona dice que dio al FMLN todas las oportunidades posibles. Que creyó, militó, confió, aguantó y, finalmente, cambió su votó. El voto que siempre había depositado hasta los comicios de marzo de 2018, cuando optó por el CD en medio del principio de la desbandada. No fue fácil la transición para Guzmán Carmona, hermana de Manrique Ernesto, alias “Jesús”, muerto en algún lugar de Chalatenango, en algún momento de aquella guerra que desangró el  país durante 12 años. «Nunca supimos dónde cayó», dice la mujer. Así que ni un lugar para llorarlo tuvo.

No es una excepción Guzmán Cardona en esta colonia de extrarradio. No ha llegado el mediodía, pero, si de lo que aquí se percibe dependiese, podríamos ir cerrando las urnas y entregando el triunfo a Bukele.

«Arena y el Frente nos gobernaron durante años. Nayib hizo las cosas bien cuando fue el alcalde», dice Benjamín López, electricista de 36 años. Si alguien pregunta cuáles son los problemas fundamentales para los habitantes de esta colonia, encuentra irremediablemente dos respuestas: «seguridad y trabajo». López explica cómo ambas ideas tienen mucho que ver. En su caso es la ausencia del Estado, el control territorial de las pandillas, lo que le hace perder trabajo. Según relata, quien manda en esta colonia es la Mara Salvatrucha. Él, por vivir aquí, ya está marcado. Así que, si recibe una oferta de empleo en una colonia bajo control del Barrio 18, se ve obligado a rechazarla. Lo contrario podría significar la muerte, explica, abriendo bien los ojos.

Ese es el gran problema de López. En su opinión, los pandilleros no son la principal amenaza para la seguridad del barrio. Dice que los nacidos en la colonia son respetados. Y el verdadero riesgo se produce cuando irrumpe la policía y trata de agarrar a balazos a algunos de los jóvenes. Ahí sí, una bala perdida puede ser el final de todo.

Sin seguridad y sin trabajo, la gente tiende a abandonar su casa y lanzarse al «sueño americano». De esto tratan las caravanas que, desde octubre de 2018, sacaron de la clandestinidad al éxodo centroamericano.

López lo intentó mucho tiempo atrás, antes de las largas marchas de los hambrientos y de que Donald Trump llegase a la Casa Blanca prometiendo un muro para que tipos como él no pudieran alcanzar los Estados Unidos. Pagó cinco mil dólares a un coyote y llegó hasta McAllen, en Texas. Ahí lo agarraron. Detenido, firma rápida y vuelta para El Salvador, deportado. Hubo un segundo intento, también frustrado. Con el traficante de personas acordó que podría probar una tercera ocasión, pero ya estaba agotado y se dedicó a las chispas. Si quisiese marcharse ahora tendría que desembolsar casi el doble: cinco años después, los coyotes cobran entre ocho mil y diez mil dólares por el mismo recorrido.

Bukele debería pensar en los benjamines López de Cuscatancingo y de cualquier otra colonia. Son ellos los que le han dado el triunfo.

El golpe al bipartidismo es más duro en el rostro del FMLN

Si Nayib Bukele es el gran triunfador, la otra cara de la moneda es el FMLN. Su eterno rival, Arena, se ha dejado 300 mil votos, pero todavía no ha sufrido el golpe de una fuerza que surja de la derecha y conecte mejor con los nuevos tiempos del país.  Tiene la mayoría en la asamblea legislativa con 37 diputados de 84 y, si juega bien sus cartas, puede ejercer de primer partido de la oposición ante la incógnita del nuevo presidente. Aunque siempre existe la posibilidad de que sus dirigentes no entiendan el mensaje de los electores, se atrincheren y dejen correr el tiempo mientras se prepara una operación similar a la de Bukele, pero en el espectro derecho.

La antigua guerrilla, por su parte, está un momento crítico. Hace casi un año, apenas logró medio millón de votos, que se tradujeron en 23 legisladores. Y eso ya fue considerado un hundimiento. Con este nuevo golpe, dirigentes y simpatizantes tienen los retos de entender por qué esta fuga masiva de apoyos y evitar el peor de los escenarios posibles: que Bukele y su movimiento terminen por sustituir a esa agrupación en un nuevo modelo de bipartidismo del que quedarían excluidos.

La caída de la formación izquierdista era algo que las encuestas habían vaticinado. Sin embargo, en la casa parecía que no terminaban de creérselo. Su capacidad de movilización, algo fuera de toda duda, les permitió llenar la avenida Juan Pablo II en el acto de cierre de campaña. Y la exhibición de músculo había dado oxígeno, al menos de puertas adentro, a la idea de “remontada”. Era un espejismo. Al final, los números hablaron: la histórica guerrilla queda como tercer partido y se deja más de un millón de votos después de dos gobiernos consecutivos con serios señalamientos de corrupción.

Así se entiende el ambiente de funeral que reinaba en La Casona, la sede central del partido, en la que comparecieron Hugo Martínez y Karina Sosa, la fórmula presidencial de los efemelenistas. La derrota duele, porque llega después de una década en el gobierno. Y duele más porque deja en difícil situación a un movimiento que, históricamente, fue referencia de la izquierda para toda América Latina pero que ha llegado a un punto en el que no logra convencer ni a aquellos que lo apoyaron hace apenas cinco años.

Cuando llega un golpe de estas características, la palabra “reflexión” es un concepto imprescindible para cualquier partido. El propio FMLN prometió repensarse tras el batacazo de marzo de 2018. Con los resultados en la mano, o el mea culpa no fue suficiente, o llegó tarde o los ciudadanos no estaban por la labor de perdonar tan fácil.

El gran triunfo de Bukele respecto a sus antiguos compañeros es haber instalado en el debate público la idea de que todos son iguales. Según este discurso, tanto Arena como el Frente son permeables, del mismo modo, a la corrupción. Además, sus dirigentes viven en una burbuja, ajenos a los problemas de las mayorías. Como consecuencia de este aislamiento, ambas formaciones aplican las mismas políticas.

Este discurso castiga más a la izquierda. Sus votantes son, en general, más susceptibles a la decepción. A juicio del economista César Villalona, esto tiene un efecto: «un proyecto que no es de izquierda progresista como el de Nayib Bukele termina siendo utilizado para la liquidación del FMLN». En su opinión, el futuro de El Salvador puede ser una pugna entre lo que considera «dos proyectos de derechas», como son el movimiento de Bukele y Arena.

Nuevamente, nos encontramos con la idea de la percepción. El FMLN ha fiado buena parte de su capital a reivindicarse como la única izquierda. Pero los electores le castigan, precisamente, por considerar que traicionaron los principios por los que lleva décadas luchando. Si no fuese así, si considerasen que las ideas abstractas defendidas por los izquierdistas eran el problema, no estaríamos hablando del gran triunfo de Bukele sino de un retorno de Arena.

Si uno quiere salir del pozo tiene, en primer lugar, que entender cómo entró en él.

Para Villalona, cercano a posiciones efemelenistas, las tensiones internas y decisiones equivocadas como las medidas de ajuste, explican su debacle. Rechaza que el Frente haya practicado las mismas políticas neoliberales que Arena, pero en cuestiones electorales los datos no importan tanto como la percepción.

Tampoco se puede dar por muerto a un proyecto como el del FMLN. Aunque solo sea por su núcleo duro de activismo y su bagaje histórico. Claro que, conociendo el gusto de la izquierda por las conspiraciones, las rupturas y las acusaciones de traición, siempre se puede esperar un ‘todos contra todos’, que termine por hundir más al partido. Y lo que es todavía peor: terminar por acusar a quienes no te votaron de haber votado mal, lo que acaba por profundizar en el abismo entre partido y ciudadanos a los que pretende representar.

La foto fija salvadoreña es la siguiente: euforia en los seguidores de Bukele, desconcierto en los areneros y desolación en el Frente. Lo que nadie puede predecir es qué ocurrirá a partir de ahora. El país ha cambiado y las reglas que funcionaban hasta antes de ayer no aplican para el nuevo ciclo presidencial.


'Roma', Yalitza Aparicio y los indígenas en el cine


Gonzalo Rocha
www.jornada.com.mx | 220219

De entrada, creo que hay que congratularse de que Cuarón haya hecho en Roma algo que debiera ser una norma, tan simple, pero que desgraciadamente en la industria del entretenimiento de nuestro país es una excepción: el que un indígena represente el papel de un personaje indígena, tal como lo hace Yalitza Aparicio con la trabajadora del hogar “Cleo”.

De hecho, por tratarse del film de un director previamente reconocido y mutipremiado por Hollywood con todo lo que esto implica, el mérito de Roma en esa, llamémosle “reivindicación” cinematográfica, pareciera no tener precedente.

La historia del cine mexicano (y ni se diga la televisión) están plagadas de ejemplos donde los indígenas quedan proscritos de representar los papeles principales aunque les sean naturales, ahí tenemos a Dolores del Río como María Candelaria (Emilio Fernández 1943) junto a Pedro Armendáriz como “Lorenzo Rafail”, o a María Félix en el papel de Maclovia (Emilio Fernández 1948), o un mestizo Pedro Infante actuando en el papel de Tizoc (Ismael Rodríguez 1957) , y hasta el japonés Toshiro Mifune en su excelente actuación del picaresco indígena Ánimas Trujano (Ismael Rodríguez 1962).

Estas películas de la Época de Oro tenían como sello general la sobreactuación, por lo que los estigmatizados y estereotipados indígenas quedaban convertidos en sus formas de caminar y hablar en “inditos”. En los límites de la susodicha época apareció Raíces (Benito Alazraki 1955), una película excepcional con gran influencia del soviético Eisenstein y el neorrealismo italiano, dividida en cuatro cuentos en donde participaron indígenas que no eran actores profesionales actuando sus propios dramas.

Para los años sesenta y setenta hubo películas con un trato digno a la hora de proyectar al indígena, como en Tarahumara de Luis Alcoriza, interpretados por Jaime Fernández (medio hermano de “El Indio”) y Aurora Clavel, (actriz nacida en Pinotepa Nacional, Oaxaca, de fuerte raigambre indígena, quien hizo carrera interpretando papeles de mujer india del norte en películas mexicanas y hollywoodenses).

Otra película excepcional donde un indígena representa su propia problemática, es Juan Pérez Jolote, (Archibaldo Burns 1973) nuevamente con la fórmula de no-actores y ¿cómo ubicar las películas de “La India María”? Cómicas, desgraciadamente basadas en buena medida en un humor denigrante y estereotipado hacia la propia mujer indígena no dejan de tener al final el mérito de haber sido populares por muchos años y de que, en un mundo e industria poblada de hombres, una actriz como María Elena Velasco, indígena mestiza urbana de la ciudad de Puebla, escribiera, produjera y actuara sus propias películas.

En los años, correspondientes al siglo XXI siguen existiendo por supuesto películas en donde los indígenas son parte del reparto actoral de sus historias, como la excelente Cochochi (Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas 2007) pero se trata de un tipo de producciones cinematográficas independientes, con menor proyección y mucho menos publicidad.

Creo sin lugar a dudas que el gran mérito de Roma, y en esto sí, no hay precedentes en México, es que se retrate al personaje indígena en un espacio urbano, sin exotismos ni más aislamiento que aquel que provoca la segmentación de la clase social.
Esta cinta no trata de indios legendarios trágicos o cómicos ataviados en sus ropajes étnicos, que usan hondas o flechas y viven en mundos aislados, como la isla de Janitzio, un mítico Xochimilco, una cueva o alguna cima apartada de la sierra, donde se rigen por rústicos usos y costumbres, burbujas de las que salen para visitar tangencialmente el mundo “civilizado” donde habitan también los mestizos y blancos.

En Roma “Cleo” es una mujer migrante que vive en un cuarto de azotea y sube y baja escaleras aseando una casa enclavada dentro del perímetro céntrico del entonces D.F. (la colonia Roma que da nombre a la película) está rodeada de otros habitantes, asimilados urbanitas de los años setenta que viven bajo un cielo donde pasan aviones, caminan sobre banquetas y calles pavimentadas que son transitadas por automóviles, camiones sucios y tranvías, las casas tienen garaje, se escucha la radio, se ve la tv de noche, hay teléfonos. En los días libres “Cleo” se entretiene yendo al cine, en suma, se deja atrás el mundo legendario y rural que la industria cinematográfica se había encargado de asignar como único lugar posible para los indígenas.

“Cleo” deambula en ese mundo vestida y calzada de manera sencilla, sin ropa autóctona, aunque conserve palabras del vocabulario mixteco para comunicarse con su compañera “Adela” interpretada por la otra actriz indígena Nancy García.

Para el caso particular del cine mexicano lo anterior es histórico. De Roma podemos vaticinar con seguridad, será por ello y muchas otras razones un referente, aunque no está de más recordar que el tratamiento de un personaje de esas características a nivel latinoamericano (mujer indígena que migra a la ciudad para trabajar en un hogar donde protagoniza una relación compleja con su patrona) lo realizó hace diez años la directora Claudia Llosa con la película La teta asustada (2009) interpretada por la actriz andina Magaly Solier (realización que por cierto también recibió premios internacionales y alcanzó nominación al Oscar como mejor película de habla no inglesa, primera nominación hollywoodense para una película peruana).

Aunado a estos méritos, Roma cuenta con una excelente fotografía y más aún con una muy trabajada estética. Da la impresión que Cuarón en su vertiente de fotógrafo ha estudiado a consciencia a pintores figurativos contemporáneos como el neoyorkino Eric Fischl (escena del mar) y el alemán Neo Rauch (incendio en la casa de campo), tal como Gabriel Figueroa estudiaba a los muralistas mexicanos para la fotografía en blanco y negro de las películas del “Indio Fernández”.

Ni qué decir del trabajo producción y arte que recrea cada detalle de la ciudad de México de los años setenta, que va desde una reconstrucción digital perfecta de la avenida Insurgentes a la altura del Cine Las Américas, a el detalle del juguete Scalectrix con el que juegan en casa los chavos, hasta las rúbricas sonoras de la radio de 590 AM “la pantera” o la XEQK Haste, Haste la hora de México.

Una vez dicho lo anterior me viene la pregunta ¿todo ello convierte a Roma en la obra de arte maestro como un mayoritario coro de opinadores la califican? Sin que desmerezca en absoluto, no recuerdo que Y tu mamá también (Alfonso Cuarón, 2001) del mismo director hubiera despertado siquiera un cuarto de estas expectativas.

Me atrevo a conjeturar que mucho del recibimiento de la multinominada película tanto en México como en el extranjero tiene que ver con la corrección política que implica su tema; el servicio doméstico, la crítica a el machismo, la solidaridad entre mujeres a pesar de clases y colores de piel distintas y, por supuesto, el protagonismo indígena con el que la sociedad y la industria cinematográfica mexicana y hollywoodense tienen tan enorme deuda, (a los actores y realizadores afroamericanos ya se les ha premiado antes).

Por supuesto todo lo anterior abona más en premios que una crisis de dos chavos calenturientos y una mujer madura que se despiden de su edad adolescente como en Y tu mamá también. No se puede obviar tampoco que esta es la primera vez que el nuevo monstruo de la industria del entretenimiento Netflix, productora de Roma esté apostando (y muy fuerte) a ser una empresa merecedora del reconocimiento de la Academia.

Sin duda Roma es una película hecha con mucho arte, si bien sería muy pretencioso dictaminar aquí si es o no es una obra maestra, diré que, si el arte tiene como requisito y atributo el problematizar y romper con el discurso establecido, Roma trató su tema con una cierta autocomplacencia; la escena insigne del póster, en donde toda la familia de blancos abraza a “Cleo” de alguna manera le da a la cinta el happy end, (te queremos mujer indígena porque salvas a los güeritos).

Heroísmo no legendario como las películas de antaño, pero necesariamente melodramático, para no agitar demasiado la conciencia ni estremecer excesivamente con tragedias, (no obstante el blanco y negro me recordó a esa campaña publicitaria conciliatoria de “United Colors of Benetton) queda bien con los parámetros artísticos de la Academia de Hollywood, a la que Cuarón conoce a profundidad y a la cual, como director de esa industria a la que pertenece, no deja de tener en mente, aunque filme una película mexicana.

No me queda más que decir que Roma, más allá de si es o no es esa gran obra de arte maestra en sí misma, ha demostrado serlo en todo lo que rodea a la película, y eso es mérito del propio Cuarón: la convocatoria para realizar esa película de ficción basada en sus memorias infantiles, el casting de una maestra de Tlaxiaco que no es actriz, la producción detrás de cámaras, las polémicas suscitada sobre clasismo y racismo provocadas por la película y sus nominaciones, el reconocimiento a la nana “Libo” de la vida real y la promoción de Yalitza Aparicio hasta convertirla en toda una celebridad y quizá en la primera mujer indígena aspiracional del cine mexicano.


Salas-Becker, inconstitucional y nulo


Julio Yao Villalaz

La Corte Suprema de Justicia (CSJ) ha declarado que el Arreglo Complementario Salas-Becker (SB) de 5 de febrero de 2002 es constitucional, en respuesta a una demanda de inconstitucionalidad de Luis Barría y Salvador Sánchez, apoderados de Pedro Miguel González, en ese entonces presidente y representante legal de la Asamblea Nacional. Dicho Acuerdo es parte de un conjunto de acuerdos simplificados mediante canje de notas que debieron ser debatidos por la Asamblea Nacional (AN) y no lo fueron, ya que violan la Constitución Nacional, el Tratado de Neutralidad y el Derecho Internacional, además de convertirnos en un país ocupado.

Hemos exigido, sin éxito, que se publiquen estos acuerdos secretos en Carta Abierta al presidente Varela, en vista de que otro deber pendiente de la AN es examinar la constitucionalidad de las maniobras interamericanas (más OTAN) denominadas PANAMAX, convocadas por el Comando Sur y no por el soberano, en las que Panamá es convidado de piedra al carecer de ejército, marina y fuerza aérea.

¿Por qué es constitucional un acuerdo firmado por el ministro de Gobierno, Aníbal Salas, que no estaba facultado; que renuncia a nuestra jurisdicción penal; que viola el debido proceso a nacionales y extranjeros, especialmente la no extradición de los primeros; que autorizó a la Potencia Ocupante para abordar, perseguir y destruir a naves sospechosas, arrestar a su tripulación, confiscar su carga y llevarla a EUA, sin pasar por la jurisdicción nacional, y que regala la soberanía sobre nuestro espacio marítimo, aéreo y terrestre a EUA? ¿Por qué el SB es constitucional, si no fue aprobado por la AN?
Un fallo semejante, que tuvo dos salvamentos de voto (Oydén Ortega y Jerónimo Mejía), solamente es posible en un sistema presidencialista dictatorial y en una Corte Suprema carcomida. Pero vayamos al meollo.

Primer punto: La Corte afirma que el Arreglo Complementario Salas- Becker complementa el Acuerdo Arias Calderón–Hinton, de 18 de marzo de 1991 para realizar ‘patrullaje marítimo conjunto' entre el Servicio de Guardacostas de EUA (Pentágono) y el Servicio Marítimo Nacional de Panamá (SMN), lo cual es cierto, porque el primero les entrega nuestros mares, y el segundo, nuestro espacio aéreo y terrestre. Pero el Arias-Hinton era una completa falacia, porque el SMN no contaba siquiera con lanchas patrulleras a raíz de la invasión, que las destruyó. El SMN no podía patrullar ni solo ni acompañado. El Acuerdo Arias-Hinton realmente sirvió para disfrazar un patrullaje unilateral de EUA que enmascaraba la ocupación de nuestro territorio. Aunque debió firmarlo el canciller Julio Linares, lo suscribió el ministro de Gobierno, Ricardo Arias Calderón, que tampoco estaba facultado.

Segundo punto: Panamá fue un país ocupado por EUA hasta 1993, cuando se cerró el primer ciclo de la invasión. ¿Qué dice el Derecho Internacional sobre los acuerdos y tratados internacionales entre una potencia ocupante y un país ocupado?

Citemos al Dr. Fariborz Nozari, del Instituto de Derecho Internacional de la Universidad de Estocolmo (Suecia): ‘Cuando el territorio de un Estado es ocupado íntegramente de tal suerte que ocasiona la caída del Gobierno nacional, la potencia ocupante o bien administra el país directamente o prefiere establecer un nuevo gobierno nacional. El procedimiento usual en el último caso es que la potencia ocupante instala un gobierno títere. Tal gobierno tiene que cumplir con cada condición que le imponga la potencia ocupante. Todo tratado concluido bajo estas circunstancias es ipso facto un tratado desigual… No hay duda alguna acerca de la desigualdad del poder negociador de tales partes contratantes.

‘Aunque todo tratado concluido entre tales entidades y la potencia ocupante es ipso facto un tratado desigual, el establecimiento de tales gobiernos títeres es, en principio, una violación del derecho internacional y por consiguiente todos los actos cometidos por tales entidades deben ser considerados nulos e inválidos. La creación de tales gobiernos no debe confundirse con la fundación de un legítimo gobierno revolucionario que es establecido por la voluntad del pueblo y no por la voluntad de la potencia ocupante (Unequal Treaties in International Law, Stockholm, 1971, pág. 276. Traducción nuestra).

Por consiguiente, el Acuerdo Arias-Hinton es no solo inconstitucional sino nulo e inválido, inexistente ante el derecho internacional y nuestra Carta Magna. Dado que el Salas-Becker se origina o nace del Arias-Hinton, también este es nulo e inválido, habida cuenta de la regla de derecho según la cual ‘lo accesorio corre la suerte de lo principal'.

Como si fuera poco, el Acuerdo Escalona-Bolton, de 12 de mayo de 2004, denominado ‘Enmienda al SB' y que añade nuevas obligaciones a la Marina Mercante de Panamá, en violación de la Convención del Derecho del Mar, al imponerle ilegalmente la Iniciativa de Seguridad contra la Proliferación (Proliferation Security Initiative) de John Bolton —entonces subsecretario de Estado y hoy asesor de Seguridad del presidente Donald Trump— corre la misma suerte del Acuerdo Arias-Hinton y el SB, dado que los tres son astillas de un mismo palo.

La Resolución de la ONU sobre la Definición de Agresión ratifica y recalca lo dicho por Fariborz Nozari: la agresión no produce derechos, mucho menos tratados.

EL AUTOR ES INTERNACIONALISTA Y EXASESOR DE POLÍTICA EXTERIOR.


Apanhador Só: NPR Music Field Recordings


"ALGO DIFERENTE"...



El ascenso de la ultraderecha y las anomalías constitucionales



El rasgo sobresaliente de la época política actual es sin duda el imparable ascenso de una ultraderecha cuya cercanía con la barbarie hace pensar en un nuevo avatar del fascismo. Este fenómeno se manifiesta en el ascenso de una nueva política que desprecia abiertamente las formas constitucionales y los derechos humano para consolidar un ultranacionalismo autoritario que promueve el capitalismo más salvaje. En algunos lugares, y siguiendo la lógica del chivo expiatorio, esta antipolítica demoniza violentamente a la inmigración “ilegal”, a la cual se responsabiliza de los actuales descalabros económicos y sociales. Esto lo prueba el caso de Donald Trump en los EE.UU. y la ultraderecha europea. Mientras tanto, en países como Guatemala, difícilmente un país que inspire la migración, dicho retorno se materializa en la vuelta de un Estado abiertamente represivo que asegura la persistencia de las mafias que han capturado el Estado.

Recurriendo a la conocidísima caracterización, acuñada por Antonio Gramsci, según la cual una crisis se distingue porque en ella lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer y que en ella se despliegan los más extremos signos de morbilidad, este ensayo aspira a hacer comprensible el auge de la ultraderecha fascista a partir de las repercusiones de la larga agonía del capitalismo. Se realiza una breve lectura de la situación constitucional global que hace comprensible, sin embargo, ...
Recurriendo a la conocidísima caracterización, acuñada por Antonio Gramsci, según la cual una crisis se distingue porque en ella lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer y que en ella se despliegan los más extremos signos de morbilidad, este ensayo aspira a hacer comprensible el auge de la ultraderecha fascista a partir de las repercusiones de la larga agonía del capitalismo. Se realiza una breve lectura de la situación constitucional global que hace comprensible, sin embargo, la propia situación política guatemalteca. Bajo esta perspectiva, este trabajo se guía por la premisa de que las raíces de la crisis constitucional guatemalteca son una variante de una problemática que se experimenta a nivel global. De este modo, para facilitar la exposición, este ensayo salta del contexto global a la situación nacional.

Para facilitar la exposición, esta discusión se concentra en examinar la crisis del modelo constitucional, el cual constituye el paradigma fundamental de las democracias formales contemporáneas. Esta aproximación comienza por asumir la premisa de que dicha crisis apunta al resquebrajamiento de la ideología liberal-capitalista y concluye por defender la idea de que, en última instancia, los nuevos caminos se inscriben en el significado de lo comunitario. Mostramos como esta idea se encarna en los horizontes culturales de las culturas amerindias, las que, generando un nuevo constitucionalismo, pueden soslayar las crisis finales del capitalismo.
A partir de esta discusión resaltan algunos rasgos que permiten comprender las anomalías constitucionales del actual régimen. Dicha comprensión muestra que la superación de la actual coyuntura demanda procesos refundacionales que pueden hallarse en las opciones culturales que se encuentran en el mundo de la vida guatemalteco. La solución final para el colapso del capitalismo no puede encontrarse en la recuperación del orden constitucional liberal, puesto que, como se sugiere, este orden supone al capitalismo. Por lo tanto, el constitucionalismo liberal ya no asegura un orden institucional capaz de procesar las demandas fundamentales de la sociedad.

La agonía del capitalismo
Para Gramsci, una crisis surge cuando una clase pierde su papel dirigente y se convierte simplemente en dominante a partir del ejercicio de la fuerza coercitiva. “La crisis consiste justamente en que lo viejo muere y lo nuevo no termina de nacer, y este terreno se verifican los fenómenos morbosos más diversos”[1]. En este contexto, Gramsci hace la observación de que “las clases dominantes se han separado de las ideologías tradicionales, no creen más en lo que creían antes”[2].

Siguiendo esta línea, el sociólogo alemán Wolfgang Streeck afirma que el mundo está experimentando la muerte del capitalismo sin que haya surgido todavía un sistema capaz de reemplazarlo. El fin de este orden —para algunos, más difícil de imaginar que el fin del mundo— no acontece debido a la imposición de un principio de oposición vinculado a un orden superior: el orden capitalista se está desintegrando debido a su propio éxito, vale decir, a una sobredosis de sí mismo. Siguiendo la idea del interregno, expresión usada por el mismo Gramsci en el original italiano, se hace referencia a un vacío de autoridad que había sido identificada desde el mismo tiempo del derecho romano. En la elaboración de Streeck, el orden capitalista, plagado de procesos desintegradores y crisis sistémicas, abandona a cada ser humano a sí mismo, lo que desemboca en una sociedad que es algo menos que una sociedad. El capitalismo ya no garantiza una sociedad estable y, entre sus restos que se resisten a ser removidos, solo pueden triunfar los oligarcas y los señores de la guerra[3]. Este es el tiempo de los gobernantes demenciales que se multiplican en esta época.

Desvinculado de cualquier lógica institucional y sin un horizonte de futuro, el neoliberalismo persiste debido a la supuesta ausencia de alternativas. Esta carencia de caminos alternos no es real, en la medida en que, como lo dice Boaventura de Sousa dos Santos “lo que no existe es, en verdad, activamente producido como no existente, esto es, como una alternativa no creíble a lo que existe”[4]. En este sentido debe agregarse que la naturaleza zombi del sistema neoliberal se mantiene a través de técnicas de subjetivación desintegradores que funcionan dentro de la creciente agonía del sistema. En esta línea se apunta los nuevos discursos empresariales y las consecuencias disociativas de la tecnología actual, las cuales crean patologías comunicacionales y convierten al ser humano en un empresario de sí mismo.

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De este modo, la creciente desigualdad ha terminado por socavar el humus ético que supuestamente debe sostener la democracia liberal. El incremento de la desigualdad proyecta en el sujeto actual un sentimiento de inestabilidad que desemboca en una angustia generalizada, el cual no se puede independizar de la violencia generada por el sistema. Heinz Bude considera “que estamos experimentando un cambio en el modo de integración social, pasando de la promesa de ascenso a la amenaza de la exclusión”[5]. El sujeto implosiona ante las restricciones que este proceso impone a la potencialidad humana. Incluso Franco “Bifo” Berardi, relaciona la actual ola de hechos violentos, masacres y suicidios, con la precariedad de las relaciones sociales que trae consigo el imperativo de la competitividad[6].

Ahora bien, la reflexión provista en los párrafos anteriores no es suficiente para despejar la sospecha de que la actual ejecutoria del gobierno guatemalteco no tiene ninguna sustentación teórica y ni siquiera responde a un conjunto de ideas coherente. Más bien, esta surge de una lectura corrupta y coyuntural de la realidad global, mutante e incierta, por parte de empresarios, militares y políticos que buscan preservar el modus vivendi que los ha beneficiado y que poseen poca noción del tempo constitucional global. En este sentido, el andamiaje ideológico que sustenta el momentum ultraderechista global, en especial el nacionalismo y el abierto menosprecio de las instituciones formales, ha sido adoptado y adaptado por la derecha corrupta de Guatemala para afianzarse en la captura mafiosa del Estado. Estos grupos configuran sus estrategias de consolidación dentro de las coyunturas globales que surgen de los complejos juegos de poder de una geopolítica que se muestra capaz de internalizar los retos del futuro inmediato. Dentro de este orden, retorna el carácter de la necropolítica neoliberal propia del Estado guatemalteco.

Las regresiones de la democracia formal
El proceso de degradación política impacta con diferente intensidad en las diversas sociedades, de acuerdo con la historia peculiar de cada país y región. En los raquíticos Estados centroamericanos, en especial Guatemala y Honduras, cuyas élites corruptas se empeñan en mantener los esquemas mafiosos que permiten su enriquecimiento, se empiezan a generar éxodos masivos e inciertos hacia una sociedad que, como la estadounidense, experimenta sus propios procesos de fragmentación. Los problemas centroamericanos no pueden desvincularse de las tensiones geopolíticas que surgen de la urgencia norteamericana de asegurar su hegemonía en América Central, especialmente frente a la actual guerra económica con China, cuya hegemonía económica se consolida de manera acelerada.

En Europa, el ascenso de la ultraderecha se ha acelerado desde la crisis de 2007-2008. Partidos populistas de derecha tienen una presencia importante en Austria, Dinamarca, Finlandia Francia, Holanda, Hungría, Inglaterra, Italia, Noruega y Suecia. La crisis alcanza su cenit con la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, lo cual pone entre paréntesis los ideales de la Unión Europea. El auge de la derecha en las sociedades europeas expresa el rechazo a la tecnocracia económica que ha asegurado los poderosos intereses financieros a costa del desmantelamiento del Estado de bienestar[7].

La situación impacta dramáticamente al núcleo político de la democracia constitucional. Un libro editado recientemente por Mark A. Graber, Sanford Levinson y Mark Tushnet (2018) reúne un conjunto de artículos que versan sobre la tesis de que la democracia constitucional se encuentra en crisis alrededor del mundo[8]. Algunos de los autores que contribuyen en este volumen insisten en la crisis del paradigma constitucional en los Estados Unidos, especialmente después de las notorias designaciones a la Corte Suprema Supremo propuestas por Trump, se marca un deslizamiento a la ultraderecha en el terreno constitucional.

J.M. Balkin ya no se refiere a una simple crisis constitucional, sino habla de la “putrefacción constitucional”. La crisis constitucional se genera en ciertas coyunturas, como en aquellas en donde un gobierno no obedece las decisiones de la Corte Suprema —situación que puede ejemplificarse con los desafíos del gobierno de Jimmy Morales a la Corte de Constitucionalidad—. La putrefacción constitucional es una degradación de las normas constitucionales de forma paulatina —un declive institucional ya consolidado en el país—. La putrefacción constitucional afecta la funcionalidad de las instituciones; supone un déficit de adhesión ciudadana, así como una falta de autocontrol por parte de políticos y funcionarios, los cuales ignoran la salud constitucional cuando se trata de las conveniencias del momento[9]. Trump definitivamente sería un ejemplo de este fenómeno especialmente después de la designación de Kavanaugh a la Corte Suprema de los EE.UU. lo cual garantiza la mayoría necesaria para desmantelar los derechos conquistados durante la lucha por los derechos civiles en la segunda mitad del siglo pasado.

En los raquíticos Estados, en especial Guatemala y Honduras, cuyas élites corruptas se empeñan en mantener los esquemas mafiosos, se empiezan a generar éxodos masivos

Sin embargo, la conciencia del desastre constitucional es más amplia y no debe relacionarse siempre con lo que sucede en el mundo estadounidense. Por la misma estructura de la historia política norteamericana, su constitucionalismo se ha convertido en otra expresión de su autismo institucional, aun cuando es innegable un proceso de caída constitucional. Así, se puede recordar la creciente literatura sobre el tema de la desconstitucionalización. En el ámbito latinoamericano destaca la descripción del constitucionalista argentino Néstor Pedro Sagües respecto a la noción de desconstitucionalización, diagnóstico compartido por Luigi Ferrajoli, quien sostiene que la ideología neoliberal ha establecido la lex mercatoria “como verdadera, rígida norma fundamental del nuevo orden global, más que todas las cartas constitucionales”[10]. Con anterioridad, Gerardo Pisarello ya hablaba acerca de los procesos destituyentes desarrollados por el constitucionalismo neoliberal[11]. En el mundo de habla inglesa, este punto también ha sido desarrollado por el canadiense Stephen Gill, que basándose en Gramsci recalca el desarrollo de un constitucionalismo adaptado a un sentido común funcional a una civilización del mercado[12]. Estos desarrollos, sin embargo, ya habían sido anticipados en las interesantes obras de Giorgio Agamben, para quien el Estado de excepción constituye el paradigma fundamental de la moderna política occidental.

Es evidente que Guatemala enfrenta una crisis terminal constitucional para un orden político ya afectado por una putrefacción constitucional que empezó a darse desde la promulgación de la Constitución de 1985. Después de 33 años algunas disposiciones constitucionales, en particular la relativa a los pueblos indígenas y a la normativa del agua, no han sido elaboradas legislativamente. Las decisiones de la Corte de Constitucionalidad han favorecido los intereses de la oligarquía guatemalteca. Se puede concluir, sin embargo, que los presentes desafíos del gobierno hacia la Corte de Constitucionalidad constituyen un intento por romper la estructura formal del orden constitucional nacional. No puede desdeñarse, por ejemplo, el grado de incompetencia constitucional, en donde el gobierno mismo cuestiona las facultades interpretativas de la Corte de Constitucionalidad. La abierta irracionalidad de las agendas del narco estado guatemalteco no son particularmente aptas para detectar su propia incoherencia discursiva.

Las raíces de la crisis constitucional
La fragilidad del constitucionalismo contemporáneo no es un fenómeno inexplicable, puesto que la desigualdad y la distorsión neoliberal de la subjetividad socavan cualquier pacto político basado en la dignidad humana. Este proceso fragmentador genera, naturalmente, un escepticismo y un descontento ciudadano que alimenta, de hecho, los procesos destituyentes señalados en la sección anterior. Las políticas de miedo y la percepción de inseguridad que fomenta el populismo punitivo hacen que incluso la clase media, como lo muestra el caso del Brasil de Bolsonaro, se alineen con el extremismo de la derecha alternativa.

La desigualdad ha mostrado su carácter destructivo a lo largo de la historia. Ya Aristóteles sostenía que una sociedad desigual no es factible, puesto que como lo dice en el libro IV de La política, los ricos y los pobres no quieren ni siquiera compartir el camino. En la opinión del discípulo de Platón, una ciudad sin una clase media fuerte no está compuesta de hombres libres, sino de amos y esclavos. La idea sigue vigente, como lo prueba el hecho de quepor ejemplo, autores como Ganesh Sitaraman puedan argumentar convincentemente que la actual crisis constitucional norteamericana se relaciona con la desaparición de la clase media[13]. Los peligros globales se agudizan a medida que disminuye la cantidad de billonarios que poseen tanta riqueza como la mitad más pobre de la población mundial. Según Walter Scheidel en 2015 eran 62, en 2014 eran 85, en 2010, 388[14].

El aumento de la desigualdad ha generado un descontento con la política tradicional, el cual ha sido aprovechado por los gobiernos de derecha. Esta insatisfacción se relaciona con el presente desarrollo de movimientos de ultraderecha que, alimentándose del rechazo de la política partidaria de la globalización neoliberal, amenazan con el regreso del nacionalismo, el fascismo y el populismo. En este contexto, se ha incrementado el número de autores que reflexionan sobre el retorno de estas expresiones de la ultraderecha. Este proceso de renacimiento incluso parece consolidarse a partir de influencias geopolíticas. El historiador de Yale, Timothy Snider, por ejemplo, advierte del desarrollo del fascismo a partir de la anómala influencia de la Rusia oligárquica de Vladimir Putin en los acontecimientos políticos en Europa y los EE.UU.[15]

La ultraderecha estadounidense se consolida a través del resentimiento de la clase blanca empobrecida. Esto no puede extrañar, puesto que como lo recuerda Rob Riemen, el fascismo y la ultraderecha surgen del cultivo de los peores sentimientos y actitudes humanas[16]. Las regresiones políticas en EE.UU., tienen como trasfondo el declive de los niveles de vida de los blancos de la clase trabajadora, los cuales han visto cómo disminuye su expectativa de vida debido a enfermedades provocadas por la desesperación, como lo son el alcoholismo o la depresión[17]. En países como Brasil la gente vota por personas como Jair Bolsonaro en términos de las clásicas referencias a la mano dura.

No está de más recordar que el fascismo no mejora la vida de las mayorías, sino que en este caso somete a los sectores olvidados a la lógica de un dominio absoluto de los poderes nacionales. El caso de Trump prueba esto más allá de toda duda. Bajo la cubierta del odio a los inmigrantes, que ejemplifica la lógica del chivo expiatorio, se avanzan políticas como el desmantelamiento del Obamacare.

En todo caso, el final de la globalización, proceso que alcanza fuerza con el ascenso de Trump, está siendo provocado por el enfado de sectores con las consecuencias negativas de este proceso. Como sucedió con el nazismo, muchos gobiernos, incluso el guatemalteco, accedió al poder a través de un orden constitucional que después ha sido desmentido por sus acciones.

Así, pues, existe una inseguridad social que crea expectativas autoritarias. Estas crisis azuzan otros problemas que no puede cubrir la frenética sarta de mentiras del sistema, especialmente dedicadas a responsabilizar a cada quien de su propio éxito o fracaso. El mito del presente es el emprendedor, quien suele ejemplificarse con los genios de Silicon Valley revisar escritura, aunque como lo hace ver Pankaj Mishra, muchos de ellos apenas pueden aspirar a trabajar con los precios increíblemente bajos de Uber[18].

Estas diferentes narrativas muestran que existe una crisis enorme de sentido, que no es fácilmente atribuible a un solo factor. La reduccionista razón neoliberal, establecida en los mecanismos de subjetivación contemporánea, corre un pesado velo sobre los horizontes de vida del mundo. Esta crisis de sentido marca el retorno del nihilismo, el cual ofrece una oportunidad para que se desarrolle un sentimiento identitario que cuestiona la solidaridad.

Lamentablemente, el retorno del nacionalismo implica una revaloración, siempre incoherente, de la soberanía e incluso del imperialismo —como en el caso del ataque permanente de los EE.UU., a Venezuela—. De este modo, la lucha contra la globalización muestra lo equivocado que estaba Tony Blair cuando comparaba la inevitabilidad de esta con la sucesión entre el otoño y el verano.

El eclipse de la globalización remite a una superada noción de soberanía que debilita el nunca sólido paradigma de los derechos humanos universales. La soberanía se muestra incompatible con los grandes cambios encarnados en modelos transnacionales de legitimidad basados en los derechos humanos, a través especialmente de las cortes regionales, como es el caso de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En ese contexto, Guatemala ha jugado el papel que le corresponde a un gobierno demencial, como quedó evidenciado con el lamentable discurso de Jimmy Morales frente a la ONU, texto en donde se faltó a cualquier sentido de verdad y dignidad. La hipócrita referencia a la identidad tradicional del pueblo guatemalteco basada en los valores y una religiosidad represiva ya no levantarán el perfil de un gobierno que pasará a la historia como una ilustración de la desvergüenza.

La refundación del constitucionalismo
El intento del liberalismo de constituirse como horizonte político del mundo está en crisis. Por esta razón, si se quiere plantear la recuperación del constitucionalismo como pacto político basado en valores compartidos se requiere una perspectiva más amplia que la que proporciona esta corriente. Pero para alcanzar este punto de vista, quizás es necesario reconocer que el pluralismo de esta perspectiva es más ilusorio que real. No se trata de negar perspectivas más amplias del liberalismo. Pero sin duda las visiones del mundo también ofrecen maneras de pensar una realidad que ya no puede concebirse en términos del modelo de los derechos como atributos inherentes a los seres humanos considerados de manera individual.

En realidad, las insuficiencias del liberalismo han sido reconocidas desde hace mucho tiempo, y en consecuencia, tienden a aparecer de forma actualizada en las críticas comunitarias del liberalismo. 

Recientemente, Patrick J Deneen, profesor en Notre Dame, renueva dicha crítica, señalando el individualismo que tiende a crear una inaceptable desigualdad. Este autor observa cómo dicho fenómeno socava la creación de compromisos hacia la sociedad; señala que un sistema que privilegia la libertad sobre cualquier otro tipo de valor tiende a generar una libertad reducida. No es necesario, desde luego, regresar al comunitarismo católico, pero sí es necesario ir encontrando perspectivas que eviten estas consecuencias del liberalismo, el cual está muy lejos de ser el intrínseco valor que debe salvarse[19]. Desde luego, no es una negación simple; se busca recuperar lo valioso en esta corriente, se trata de superarlo, pero de manera inclusiva. En este espíritu se debe buscar la renovación del constitucionalismo para hacerlo responder a los desafíos de nuestro tiempo.

En este sentido, se debe evitar la identificación de la crisis del constitucionalismo con la caída del liberalismo. La recuperación del legado constitucional no supone la aceptación de las tesis fundamentales del liberalismo, si por este se concibe una doctrina centrada en los derechos intrínsecos del individuo.

Esta tesis parece derivarse del hecho de que el constitucionalismo ha estado históricamente vinculado al liberalismo, como lo prueba el surgimiento del discurso de los derechos en la Declaración de Independencia norteamericana (1776) y la Revolución francesa (1789). Esta, sin embargo, es una presuposición que se puede cuestionar, en virtud de que el mismo concepto de derechos individuales parece quedarse corto frente a algunos de los cambios que presentan el mundo contemporáneo. Dicho cuestionamiento puede desarrollarse si se demuestra que el alcance de los conceptos morales, movilizados por el constitucionalismo liberal, trascienden las limitaciones institucionales del liberalismo. La idea de la Constitución como pacto de ciudadanía permite una transformación en las coordenadas fundamentales que asocian al constitucionalismo con el liberalismo —por ejemplo, la superación del individualismo—. Si se quiere comprender esta crisis, es necesario cuestionar presuposiciones básicas e ir incluso al ámbito en el cual se constituyen nuestras opciones interpretativas fundamentales.

Es necesario, por lo tanto, pensar en la nueva naturaleza del paradigma constitucionalista alrededor del mundo. 

El constitucionalismo contemporáneo debe dar lugar a paradigmas menos comprometidos con el liberalismo y 
más con la idea de los derechos fundamentales, como estos tienden a dibujarse frente a los desafíos del presente. El paradigma liberal descansa en una serie de elementos culturales que no coinciden necesariamente con otras perspectivas acerca de la naturaleza del pacto social. En particular, de la situación actual no se puede regresar al globalismo neoliberal, el cual solo garantiza un orden plutocrático en el cual los Estados pierden su razón de ser. El mundo no hubiese estado mucho mejor si Hillary Clinton hubiese ganado la elección a Trump.

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Puede pensarse, para ubicarse en un registro argumentativo que ya no se puede ignorar, que el modelo de los derechos no funciona en un contexto en el cual las relaciones adoptan la forma de redes. Es necesario plantearse los problemas de la cuarta revolución industrial y, en este contexto, los problemas que plantean las nuevas tecnologías, así como los que estudia el bioderecho. Ya no se puede ignorar la profunda interdependencia de los seres humanos cuando se trata de pensar estrategias para no perder los bienes comunes de la humanidad. En ese sentido, se empieza a destacar la aparición de nuevos paradigmas del derecho. Estos intentan plantear nuevos modelos de comprensión constitucional que permitan pensar problemas como el cambio climático. Bajo esta perspectiva, la propiedad de los comunes se convierte en un tema fundamental.

Entre estas nuevas visiones destacan las contribuciones de Ugo Mattei y Fritjof Capra, quienes han propuesto una visión relacional de la realidad jurídica, denominada “ecología del derecho”, posición más acorde con los actuales desafíos enfrentados por la humanidad. Según la visión de estos autores, el derecho “no es una estructura objetiva, sino que emerge de ciudadanos activamente compenetrados y de comunidades legales como la expresión legal de su auto-organización”[20].

En este sentido, se debe buscar una visión que no exija regresar al modelo liberal globalizado que separó a las sociedades de los centros de decisión política. La función constituyente de las sociedades, especialmente las latinoamericanas, no puede demonizarse como populismo. No se puede etiquetar bajo el mismo término a Bernie Sanders que a Donald Trump. Nancy Fraser cuestiona que la única opción sea lo que ella denomina “neoliberalismo progresivo” (Clinton) y el populismo reaccionario (Trump). Insistir en que el liberalismo se encuentra en una situación de riesgo olvida, como lo señala Fraser, la interconexión entre ambas posiciones. El liberalismo y el fascismo son dos fases del sistema capitalista. El capitalismo provoca una desigualdad que alcanza niveles desastrosos generando de nuevo la inestabilidad que permite el retorno del fascismo[21]. Quizás esto se puede ilustrar con la constante experiencia de la incapacidad del sistema institucional del liberalismo para sujetar la profundización de la opresión y explotación capitalista. 

La solución supone prestar atención de manera simultánea a los problemas más serios que plantea el mundo actual. Un sistema social capaz de ofrecer algún sentido de futuro no puede producir tantas anomalías. Este objetivo no puede lograrse sin cambiar paradigmas y ofrecer nuevos horizontes de mundo para un capitalismo agotado. No se puede descalificar como simple populismo cualquier postura que marque una diferencia del liberalismo y que quiera integrar a los sectores que se distancian del neoliberalismo progresista del que habla Fraser. El nuevo constitucionalismo ofrece la idea de ir creando un orden justo, en el cual se genere una nueva concepción de la ciudadanía.

Nuevos caminos civilizatorios
Zygmunt Bauman subraya la sensación de que vivimos en una modernidad líquida.[22] Los cambios se han tornado tan vertiginosos que parece que la reflexión no puede alcanzar a comprenderlos sin que se hayan transformado y exijan nuevos marcos interpretativos sujetos a una obsolescencia acelerada. Hace apenas dos años, por ejemplo, la supuesta llegada al poder de Hillary Clinton anticipaba la puesta en marcha de un totalitario Transatlantic Trade and Investment Partnership cuyos mecanismos, tejidos por políticas y “expertos” al margen del conocimiento público, señalaba el cenit de la globalización neoliberal. El inesperado triunfo de Trump y el progresivo auge de la ultraderecha y el neofascismo en muchos países, consolidan la creencia de que el mundo se encuentra entre el globalismo neoliberal y el ultranacionalismo de derecha —posiciones que, sin embargo, comparten similares recetas de despojo como es la reducción de impuestos a los más ricos—. Sin embargo, como decía Hegel, el búho de la sabiduría se lanza al vuelo al atardecer y la larga agonía del capitalismo debe ser un momento para reflexionar acerca de las posibilidades que se abren en este momento.

Es difícil, en realidad, saber qué deparan los cambios que se están gestando en estos momentos, pero si se puede avanzar alguna idea de lo que no se debe hacer. Al final, no todo puede ser líquido, al menos si el objetivo consiste en plantear una reflexión sobre la misma precariedad de la vida contemporánea: siempre existen referentes, por ejemplo, los éticos, que supone perspectivas analíticas fructíferas. Desde estos puntos de vista se pueden examinar algunas de las preguntas que plantea nuestro tiempo: ¿Regresaremos a la globalización neoliberal para que esta complete su orden destructivo? ¿Qué repercusiones tendrá la automatización y robotización de la producción? ¿Podrá detener el desastre la oportuna implementación del ingreso básico universal?

La coyuntura internacional no impide que en este momento se puedan identificar nuevos caminos para escapar de la actual crisis global. Estos caminos, sin embargo, surgen de planteamientos que no asumen las presuposiciones de la modernidad capitalista, razón por la cual el pensamiento occidental debe ver con renovados ojos las contribuciones de otras culturas, así como los elementos alternativos que surgen de su propio seno. Las formas liberales de convivencia, al menos en su sentido clásico, no son las únicas posibles, mucho menos ahora que ya ha demostrado su agotamiento histórico, razón por la cual se debe valorar la demodiversidad —para usar la expresión acunada por Boaventura de Sousa Santos—. En España, de hecho, partidos políticos como Podemos han alimentado sus propuestas con los planteamientos que han surgido en las democracias izquierdistas sudamericanas que ahora se encuentran en crisis, en parte debido a la demonización orquestada por los sectores de poder de la globalización.

La hipócrita referencia a la identidad tradicional del pueblo guatemalteco basada en los valores y una religiosidad represiva, ya no levantarán el perfil de un gobierno que pasará a la historia como una ilustración de la desvergüenza.

Parece ser que los cambios están marcados por los límites que el planeta presenta para la actividad humana, en especial, la económica; no se puede crecer infinitamente cuando los “recursos” naturales son finitos. En este sentido, se debe buscar la reconceptualización de los derechos humanos, los cuales se convierten en razón de ser de nuevas luchas, precisamente para cambiar los sistemas políticos que desmenuzan la participación crítica de la ciudadanía contemporánea. Ya no es cuestión de peticiones a un Estado deconstitucionalizado, subrepticiamente comprometido con los postulados neoliberales. Los derechos fundamentales no son solo atributos normativos cuya defensa corresponde al Estado, sino también razones para la lucha social, y su genuina realización, supone cambios esenciales en todas esas áreas que han sido colonizadas por la razón neoliberal, desde la educación hasta la estructura de la participación política.

Exorcizar al capitalismo zombi de nuestro tiempo solo se puede lograr desde las opciones críticas de sentido que alberga cada sociedad en su conciencia profunda. En este contexto, el pensamiento crítico latinoamericano es importante puesto que ofrece, especialmente a través de las visiones amerindias, una nueva perspectiva del universo y de la vida humana. Destacan las contribuciones constitucionales del Buen Vivir, desarrollado en el constitucionalismo ecuatoriano y boliviano. Como lo dice Alberto Acosta, “el Buen Vivir, en tanto propuesta abierta y en construcción, abre la puerta para formular visiones alternativas de vida”[23].

Estas perspectivas ofrecen conexiones que se alejan de la ilusión acerca del infinito crecimiento que ha sido el mantra de los economistas. Recordando la profunda interdependencia del universo, estas perspectivas urgen a activar los frenos de emergencia —para recordar a Walter Benjamin— para poder desmontar los sentidos que hacen que una generación piense en el enriquecimiento como su único horizonte de vida. A pesar de sus crisis, los movimientos políticos latinoamericanos apuntan en esa dirección. No se puede hablar de un fracaso de la izquierda, cuando la opción es Macri o Bolsonaro.

Se deben evitar, además, las tendencias identitarias que, no solo aceleran la fragmentación de los esfuerzos emancipadores, sino que allanan el camino a fenómenos excluyentes como el nacionalismo. Recuperar los aspectos positivos de una cultura o una perspectiva epistémica reprimida no debe basarse en la construcción de identidades rígidas. Más allá de las diferencias, existe una comunidad de naturaleza que hace posible la comprensión y la identificación de metas comunes. En este momento de la historia, se debe buscar la racionalidad compartida para construir un mundo sin los niveles de desigualdad e insostenbilildad que continúan socavando, a un ritmo inaudito, las bases de vida de la democracia liberal. Al final, el respeto a la individualidad concreta y a la dignidad de cada ser humano no debe significar el olvido de la alteridad ética que constituye el núcleo de los derechos humanos.

En todo caso, al menos en este momento, apenas se puede calcular las consecuencias inmediatas del deslave político provocado por una clase política que ha decidido ignorar la estructura constitucional para mantener sus privilegios ilegítimos. Por decir lo menos, este confuso proceder implica regresar a un autoritarismo cuyas heridas aún permanecen abiertas. Cada país debe resolver esa crisis en el corto plazo, basándose en sus recursos y experiencias. Los esfuerzos deben abrirse a actividades globales, como lo exige el problema del cambio climático.

De lo dicho, se adivinan los caminos que pueden tomar el mundo, la región y nuestro país en los próximos años. Para decirlo en términos gramscianos, hay que afrontarlos con el pesimismo del intelecto y el optimismo de la voluntad. Este esfuerzo, sin embargo, debe articularse en propuestas concretas que vayan más allá de la indignación. Se necesitan nuevos movimientos constituyentes y planteamientos críticos capaces de generar los textos constitucionales que precisa el mundo contemporáneo.  


[1] Antonio Gramsci, Pasado y presente. Cuadernos de la cárcel, traducción de Manlio Macri, Barcelona, Gedisa, 2018, edición Kindle, location 1046.

[2] Ibid.

[3] Wolfgang Streeck, How Will Capitalism End?, Londres, Verso, 2016, pp. 35-37.

[4] Boaventura de Sousa Santos, El milenio huérfano: Ensayos para una nueva cultura política. Traducción de Antonio Barreto et al. Segunda edición. Madrid: Trotta, p. 98.

[5] Heinz Bude, La sociedad del miedo, traducción de Alberto Ciria, Barcelona, Herder, 2017, p. 20.

[6] Franco “Bifo” Berardi, Heroes: Mass Murder and Suicide, Londres, Verso, 2015.

[7] Una interesante discusión al respect puede hallarse en el primer capítulo de libro de Jürgen Habermas, The Lure of Technocracy, Malden (Massachusetts), Polity Press, 2014.

[8] Mark A. Graber, Sanford Levinson y Mark Tushnet (eds.), Constitutional Democracy in Crisis, New York, Oxford University Press, 2018.

[9]J. M. Balkin, Constitutional Crisis and Constitutional Rot, en Mark A. Graber, Sanford Levinson y Mark Tushnet (eds.), Constitutional Democracy in Crisis, New York, Oxford University Press, 2018, p. 17.

[10] Luigi Ferrajoli, Constitucionalismo más allá del Estado, traducción de Perfecto Andrés Ibáñez, Madrid, Trotta, 2018, p. 17.



[13] Ganesh Sitaraman, The Crisis of the Middle-Class Constitucion: Why Economic Inequality threatens Our Republic, New York, Vintage Books, 2017.

[14] Walter Scheidel, The Great Leveller: Violence and the History of Inequality, from the Stone Age to the Twenty-First Century, Princeton, Princeton University Press, 2017, p. 1.


[16] Rob Riemen, Para combatir esta era: Consideraciones urgentes sobre fascismo y humanismo, traducción de Romeo Tello, Madrid, Taurus, 2018, p. 16.


[18] Rankaj Mishra, La edad de la ira, segunda edición, trad. de Eva Halffter y Gabriel Vázquez Rodríguez, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017, p. 279.

[20] Fritjof Capra y Ugo Mattei, The Ecology of Law: Toward a Legal System in Tune with Nature and Community, Oakland, Berrett-Kehler Publishers, 2015, p. 4.

[21] Nancy Fraser, “Progressive Neoliberalism versus Reactionary Populism”, en The Great Regression, Cambridge, Polity Press, 2017,  pp. 46-47.

[22] Zygmunt Bauman, Modernidad líquida, traducción de Mirta Rosenberg en colaboración con Jaime Arrambide Squirru, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003.
[23] Alberto Acosta, Buen Vivir, Sumak Kawsay: Una oportunidad para imaginar otros mundos, Quito, Abya-Yala, 2012, p. 27.