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Miseria, acoso policial y pesticidas: así malvive la mano de obra de la gran despensa estadounidense


Michael Greenberg
www.elpais.com / 040819

El valle de San Joaquín, en California, se extiende desde Stockton, en el norte, hasta Arvin, en el sur. Mide 377 kilómetros de longitud y 209 de anchura. Si uno se dirige a él en coche desde el área de la bahía de San Francisco, en menos de una hora la temperatura pasa de 14 a 36 grados, y todavía subirá más. Las emisoras de radio son predominantemente de lengua española. Emiten rancheras, boleros, corridos, baladas de amor desdeñado y el característico sonido norteño, percutiente y vigoroso.

El valle es llano y está cubierto permanentemente por una nube de polvo, niebla tóxica, humo y pesticidas. La neblina, producto del tráfico del área metropolitana de la bahía de San Francisco, llega arrastrada por el viento; los pesticidas proceden de los miles de toneladas de sustancias químicas que se vierten cada año en la tierra, y el humo lo desprenden los incendios que arden en el norte y quedan atrapados en el valle, aplastado por el calor. La nube no se mueve de su sitio debido a la presencia de Sierra Nevada, al este; las cadenas costeras, al oeste, y la sierra de Tehachapi, al sur, a la que el escritor de Fresno, Mark Arax, llama “nuestra Línea Mason-Dixon”, porque marca la separación física y psicológica entre el valle y la cultura cosmopolita del sur de California y Los Ángeles. La ciudad de Bakersfield y la zona circundante, situadas en el límite meridional del valle, tienen el aire de peor calidad de Estados Unidos.

Medido en cosecha anual, San Joaquín es una de las franjas de tierra agrícola más valiosas del país, dominada por grandes productores al mando de una mano de obra formada por trabajadores emigrantes. Las condiciones no han cambiado demasiado desde que Carey McWilliams describiera el ambiente en su libro de 1939 Factories in the Field (Fábricas en el campo).

Arax lo equipara con un país centroamericano. “Es la zona más pobre de California”, me explica. “Casi no hay clase media. Para encontrar su equivalente en Estados Unidos tendría que ir a la región de los Apalaches o a las tierras fronterizas de Texas”.


Corona Estella, de Jalisco, México, en un viñedo de Arvin. Brian Frank

Pasas, uvas de mesa, pistachos, tomates, frutas con hueso, fresas, ajo y col son algunos de los cultivos del valle. En conjunto, los ingresos proporcionados por las cosechas del valle y del resto de California aportan unos ingresos que ascienden a 47.000 millones de dólares anuales, más del doble que los de Iowa, el segundo mayor Estado agrícola de Estados Unidos. La mayoría de estas rentas benefician a unos pocos centenares de familias, algunas de las cuales son propietarias de nada menos que 50.000 y hasta 100.000 hectáreas de tierra.

En la vertiente oeste del valle, las plantaciones son tan grandes que los capataces vigilan a los trabajadores sobrevolando en avión los campos. Los ordenadores controlan el flujo del agua, que se conduce hasta las plantas a través de un intrincado sistema de tuberías y válvulas. “Son prisiones y plantaciones, nada más”, denuncia Paul Chávez, hijo de César Chávez, uno de los cofundadores del sindicato Trabajadores Agrícolas Unidos (UFW por sus siglas en inglés). “En ellas no es posible ni siquiera recibir educación. Según un sondeo oficial del Estado de California, en los poblados en los que viven los peones los maestros titulados no llegan al 30%”.

Hoy en día, al menos el 80% son mexicanos sin papeles, en su mayoría indígenas de los Estados de Oaxaca, Sinaloa y Guerrero —las regiones más pobres del país— que hablan muy poco o nada de español, y mucho menos inglés. La mayor parte lleva como mínimo una década trabajando las fincas, han formado familias en el valle y viven aterrorizados por la migra, como se conoce al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE por sus siglas en inglés), y la deportación inmediata o el encarcelamiento, que los apartaría de sus hijos.

A finales de junio visité una plantación de tomates en el condado de Fresno, cerca de la pequeña ciudad de Mendota. La hacienda es propiedad de Gargiulo, uno de los mayores productores de tomates del país. Aparcados junto a los márgenes de las parcelas listas para la recolección había docenas de coches destartalados. Los grupos de indígenas mixtecos dependían del único peón que hablaba español con fluidez para comunicarse con el jefe de la cuadrilla y el representante sindical de UFW que me había introducido clandestinamente en la finca. En temporada alta, estos campos emplean a 400 recolectores. El día de mi visita había unos 250 trabajando. Casi la mitad eran mujeres, algunas de ellas visiblemente embarazadas.

A causa del calor, la jornada laboral va desde las cinco de la madrugada hasta las diez de la mañana, cuando las temperaturas alcanzan los 45 grados. El sol caía a plomo, pero todos iban cubiertos de pies a cabeza con varias capas de ropa: gorras de béisbol medio rotas sujetas en su sitio con capuchas y bufandas caseras, jerséis encima de jerséis, dos pares de pantalones, calcetines gruesos y botas. Solo los ojos, las mejillas y los dedos quedaban al descubierto. El objetivo era protegerse de los pesticidas. Entre los trabajadores del valle se registran altas tasas de cáncer. Los productos químicos han endurecido tanto la tierra que cuando la coges con la mano forma terrones como piedras, secos y descoloridos. Con el calor, los plaguicidas suben con fuerza desde el suelo. Al cabo de una hora notas cómo te queman en la boca.

El tomate se recoge encorvado. No hay trabajo más penoso y agotador. A pesar de ello, los oaxaqueños se entregan a él a una velocidad vertiginosa. Cobran a razón de 73 centavos por cada cubo de 19 litros que consigan llenar. Los peones lo prefieren a la alternativa de los menos de 10 euros por hora del salario mínimo en California. Los más jóvenes llenan dos recipientes a un tiempo. Arrancan de la planta los enormes tomates verdes, les quitan el tallo de un tirón y los dejan caer en el cubo. Luego salen corriendo hasta el remolque de carga enganchado a un tractor a unos 45 o 55 metros de distancia al fondo de la parcela. A continuación, vuelven rápidamente a la fila, llamándose y gritándose unos a otros como soldados para mantener el ánimo y el ritmo. En cinco horas, un recolector habilidoso puede ganar entre 66 y 75 euros.

La época del tomate dura cuatro meses, desde junio hasta octubre, transcurridos los cuales los braceros se trasladan a la vertiente este del valle para cosechar cítricos o podar vides y frutales. Con suerte, un peón diligente puede encontrar trabajo ocho o nueve meses al año y ganar entre 18.000 y 20.000 euros antes de impuestos. En 2010, los obreros indocumentados pagaron alrededor de 10.600 millones de euros en cuotas a la Seguridad Social, un dinero que fue a engrosar las pensiones de jubilación de los estadounidenses, una prestación que estos trabajadores nunca cobrarán.

Un grupo de trabajadores mexicanos recoge lechugas en el valle de San Joaquín. Brian Frank

En respuesta al argumento de que los inmigrantes dejan sin trabajo a los estadounidenses al hacer que bajen los salarios, UFW creó una página web que ofrecía a los nacionales y a los residentes legales trabajo en el campo en cualquier lugar del país a través de los servicios de ocupación estatales. Era 2010, durante la Gran Recesión. La página recibió alrededor de cuatro millones de visitas. Unas 12.000 personas rellenaron las solicitudes de empleo. De ellas, en total se presentaron efectivamente a trabajar 12 nacionales o residentes legales. Ni uno solo aguantó más de un día.

Según un reportaje publicado en Los Angeles Times, Silverado, un contratista de mano de obra agrícola de Napa, “nunca ha visto a un blanco nativo estadounidense aceptar un empleo del nivel más bajo, ni siquiera después de que la empresa aumentase el salario por hora cuatro dólares por encima del mínimo”. Un vinicultor de Stockton no logró atraer a los parados ofreciendo cerca de 18 euros a la hora.

La cosecha de frutas y verduras es trabajo de una sola generación. Los peones con los que he hablado ni querían ni permitirían que sus hijos los sucediesen en el campo. El calor y el coste para la salud, unidos al poder feudal de los productores, hacen que prefieran trabajar en un hotel con aire acondicionado o en una planta de envasado, donde pueden estar derechos y a salvo de los pesticidas por un salario igualmente bajo.

Esto significa que se necesita una provisión continua de emigrantes mexicanos sin recursos dispuestos a hacer el trabajo. Pero los emigrantes no llegan. Desde 2005, el número de mexicanos que se marchan de Estados Unidos supera al de los que llegan. La explicación no reside solo en la política de mano dura en la frontera. En 2000, cuando esta era mucho más permeable que ahora, 1,6 millones de mexicanos fueron detenidos intentando entrar en Estados Unidos. En 2016 fueron 192.696. El economista Ed Taylor, de la Universidad de California en Davis, calcula que el número de posibles emigrantes procedentes del México rural se reduce cada año en 150.000. Este hecho se explica en parte por la mejora de la situación económica en el norte y el centro de México, que ha atenuado el atractivo del trabajo a cambio del salario mínimo en Estados Unidos, y en parte por el coste y el peligro de aventurarse a cruzar la frontera. Si se consigue entrar en territorio estadounidense, lo que tiene que pagar al traficante puede endeudar de por vida a un obrero que reciba la retribución más baja.

Miguel Martínez, trabajador del campo californiano emigrado desde el Estado mexicano de Oaxaca, en los humildes apartamentos que habitan. Brian Frank

Hemos visto familias separadas en la frontera. Son imágenes de una atrocidad primitiva. Sin embargo, las crueldades cometidas con los emigrantes ilegales de las filas inferiores del ejército de trabajadores que ya viven en Estados Unidos, han recibido mucha menos atención. Incluso en California, miles de obreros viven rodeados por un cordón de terror a pesar de la legislación del Estado que protege a los sin papeles. Hay californianos que sostienen que las “leyes santuario” no han hecho sino empeorar las cosas al convertir el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE UU en una fuerza paramilitar itinerante reforzada por un presupuesto cada vez mayor y alentada por el presidente.

En todas mis visitas al valle de San Joaquín se respiraba el miedo a la migra. Algunos trabajadores no se atrevían a salir de casa para ir al campo o incluso a comprar comida debido a la omnipresencia del ICE tanto en vehículos identificados como sin identificación. En Radio Campesina, una red de emisoras del valle en español, propiedad de la Fundación César Chávez, se recibían llamadas de personas que avisaban a los oyentes de dónde se había detectado la presencia de agentes del servicio, como un supermercado, un colegio o un puesto de control surgido de improviso en una carretera. “Contamos a nuestros oyentes lo que pasa por ahí, qué esperar y qué evitar”, me contaba el director de la emisora de Radio Campesina en Bakersfield. “Hacemos advertencias sutiles, informamos a la gente, pero tenemos que asegurarnos de que son llamadas espontáneas. De lo contrario, podrían acusarnos de obstrucción”.

La policía federal parece dispuesta a deportar a tantos emigrantes indocumentados como pueda y a hacer la vida imposible a los demás hasta que abandonen el país por propia iniciativa. Los agentes del ICE rastrean el valle en busca de mexicanos que han entrado en el sistema legal debido a la comisión de pequeñas infracciones acompañadas de multas o citaciones o, en el peor de los casos, por conducir bajo los efectos del alcohol sin haber causado víctimas. Al marido de una mujer con la que hablé lo deportaron después de 22 años viviendo en California por no pagar una multa por exceso de velocidad.

En la sede central de UFW, en el centro de Fresno, me reúno con un grupo de 12 personas que dan asesoramiento legal gratuito a los emigrantes. Vienen de las principales ciudades de los valles de San Joaquín y Salinas. Todas me dicen que están desbordadas por la afluencia prácticamente inacabable de trabajadores aterrorizados que temen por su futuro. “Nuestra principal tarea consiste en informar a la gente sobre cómo tratar con el ICE”, explica Fátima Hernández, una asesora de las oficinas de UFW en Bakersfield. “Cómo evitar que los detengan y los deporten”. Las instrucciones son simples y estrictas: no responder a ninguna pregunta, no firmar nada, no mostrar ningún documento, no dejar que ningún agente entre en su casa si no desliza bajo la puerta una orden judicial con el nombre de la persona afectada. Instan a los emigrantes a que hagan fotos y graben vídeos, y a que apunten el número de la placa policial y el modelo del coche. “Estén preparados para probar exactamente lo que sucedió”. Su principal protección es la Quinta Enmienda, que reconoce el derecho de permanecer en silencio incluso a quienes no sean ciudadanos estadounidenses.

Da la impresión de que el clima de miedo que recorre el valle “como una descarga eléctrica” afecta a Hernández y a sus compañeros. Los emigrantes detenidos en la zona van a parar a Mesa Verde, una cárcel privada situada en Bakersfield en la que les es prácticamente imposible contratar a un representante legal debido a que son pobres y no cuentan con ningún apoyo. Allí es donde los asesores voluntarios entran en escena. Según Hernández, son “una gota en el océano”. Desde la prisión, los detenidos “asisten” a la audiencia a través de un vídeo transmitido a una sala situada en Sacramento, a 460 kilómetros de distancia. El fallo se dicta en cuestión de minutos. La acumulación de trabajo es ingente. El tribunal tiene una lista interminable de casos y se abre paso a través de ella sin inmutarse.

Hernández asesora a padres para que preparen a sus hijos para lo peor. Uno de los temas de conversación es qué pasa si hoy tus padres no vuelven a casa. Antes los inmigrantes se sentían inseguros, pero tenían cierta sensación de que se necesitaba su trabajo, de que eran valorados, aunque solo fuese por su disposición a realizar las tareas que nadie más quería. Sus hijos podrían estudiar y vivir la mayor parte del tiempo sin el temor de que sus padres desapareciesen, incluso con la agresiva política de deportación de Obama.

Actualmente, ni siquiera los residentes en situación de legalidad temporal solicitan los cupones para alimentos, ni la prestación de desempleo, ni los servicios de desarrollo para la infancia, ni se presentan al programa integral de ayuda a los niños de rentas bajas y a sus familias. Recientemente, el gobierno de Trump anunció un cambio en la normativa que impide a los emigrantes y a los residentes permanentes optar a la nacionalidad si han recibido o solicitado asistencia social. Las personas que se quedan sin trabajo, como ocurre inevitablemente con los trabajadores del campo durante parte del año, prefieren pasar hambre antes que arriesgarse a que el gobierno los ponga en la lista negra.

La paranoia ha impregnado todos los aspectos de la vida. La actividad social, como por ejemplo la asistencia a reuniones ciudadanas y otros actos públicos, prácticamente ha desaparecido. “Las personas dan otro nombre o piden que se les oculte la cara si es que acceden a dar su testimonio o a compartir su historia en los medios de comunicación”, cuenta Eriberto Fernández, un organizador cuyos padres siguen trabajando en la vendimia en el condado de Kern. “Algunos no quieren ni que los vean en nuestra página de Facebook”. Cuando era pequeño, sus padres lo llevaban al campo porque no tenían a nadie que lo cuidase mientras estaban trabajando. “A los siete u ocho años empecé a trabajar con ellos después del colegio. El nuestro es un caso típico”. Ahora Fernández se dedica a registrar a los latinos para que voten, con escaso éxito. “Nos dicen que la última vez que votaron las cosas empeoraron, así que no van a volver a hacerlo”. En el condado de Monterrey, la participación de los latinos en las primarias del 5 de junio de 2018 fue más baja que nunca. El pesimismo es grande en la primera, segunda y tercera generación de esta comunidad, cuyos miembros son ciudadanos estadounidenses.

Algunos se sienten resentidos con los inmigrantes ilegales, o los miran por encima del hombro o, sencillamente, no quieren saber nada de ellos. Una minoría significativa —entre el 25% y el 30%, según la mayoría de los cálculos— está a favor de las leyes republicanas sobre las armas y son contrarios al aborto.

En Delano conocí a una joven de 18 años llamada Rufina García. Lleva viviendo en Estados Unidos desde que tenía un año y medio. Sus padres eran mixtecos, y la trajeron con ellos desde el pueblo de Putla, en Oaxaca. Los dos trabajaban en el campo. Se trasladaban de un lado a otro según las cosechas, recogiendo cerezas, uvas, mandarinas y naranjas. A lo largo de sus 16 años y medio en Estados Unidos tuvieron otros cinco hijos, todos nacidos en el valle de San Joaquín.

Durante varios meses estuvieron notando que los agentes del ICE merodeaban a su alrededor, siguiendo la pista de sus movimientos. Se presentaban en el aparcamiento del edificio donde vivían, o en el colegio de los niños, o los seguían en coche para hacerles saber que los habían señalado y estaban siendo vigilados. Ni Rufina ni sus padres se explicaban la razón. La migra solía seguir a personas con antecedentes policiales. “Mi hermano se hizo experto en detectarlos mientras mi padre iba conduciendo”, recuerda mi interlocutora. “Los coches sin identificación se pueden reconocer por el número de matrícula. Mi padre estaba muy nervioso. Sabía lo que podían hacernos. Podían quitarnos todo. No hacía más que preguntarme por qué a nosotros”.

Recolección de fresas en este enclave californiano. Brian Frank

A las seis de la mañana del 13 de marzo, sus padres llevaron a la hermana de Rufina al instituto Robert F. Kennedy para el entrenamiento de atletismo de primera hora. Mientras se alejaban en coche, los agentes que los habían seguido desde que salieron de casa encendieron las luces de emergencia para indicarles que se desviaran hacia el arcén. Santos, padre de Rufina, obedeció, pero cuando los policías se acercaron al vehículo, sintió pánico y pisó el acelerador. Los agentes se lanzaron tras él a toda velocidad. Santos chocó con un poste de la luz. Él y Marcelina, madre de Rufina, murieron.

Al final, resultó que los policías habían confundido a Santos con su hermano Celestino, al que pretendían deportar por una denuncia de conducción bajo los efectos del alcohol de 2013. La denuncia no iba acompañada de cargos por conducción temeraria, y se había resuelto satisfactoriamente en los tribunales. Las muertes movilizaron a los trabajadores agrícolas del valle, que no vieron el suceso como un mero accidente, sino como el resultado natural de las experiencias que todos ellos vivían, de una manera u otra, bajo la vigilancia de la migra. Centenares de personas asistieron al funeral. Las cámaras y los equipos de televisión se lanzaron en picado sobre la ceremonia. Arturo Rodríguez, el paternal presidente del UFW, hizo acto de presencia, y el funeral adoptó un aire de tímida manifestación.

Poco después del funeral, los agentes del ICE hicieron un despliegue de múltiples vehículos para rodear a Celestino en su casa y llevárselo como si fuese un peligroso criminal. El mexicano fue deportado de inmediato, dejando atrás a su esposa y a sus cuatro hijos, dos de los cuales son ciudadanos estado­unidenses. Firmó bajo coerción sus documentos de deportación, lo que supone ser expulsado de Estados Unidos sin audiencia y sin posibilidad de volver nunca más. Su sobrina piensa que el Servicio de Inmigración y Aduanas montó el espectáculo de su arresto porque Celestino había concedido entrevistas a la prensa para hablar del accidente y el coste que había tenido para la familia. “Nos daba ayuda emocional”, recuerda. “Para mi padre, él era como un hijo. Mi padre lo crio”.

Ahora Rufina —una de los denominados dreamers, en situación ilegal y con el programa Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA por sus siglas en inglés) en un limbo judicial— tiene que cuidar de sí misma, de sus cinco hermanos, el menor de los cuales tiene ocho años, y de William, su hijito de un mes. Su mirada era opaca e irremediablemente triste. Me dio la sensación de que vivía en dos mundos: uno en el que conversábamos tranquilamente, y el otro un mundo de pesadilla del que, aparentemente, era incapaz de escapar o le resultaba imposible entender.

Quería que viese el santuario dedicado a sus padres junto a la carretera, cerca del lugar donde murieron. Por el camino pasamos por Forty Acres, la polvorienta parcela en la que estaba la gasolinera en la que, en 1968, César Chávez protagonizó una huelga de hambre durante 45 días para llamar la atención sobre la huelga contra Giumarra Brothers, el mayor productor de uva de mesa del valle. Robert Kennedy fue a verlo el día que abandonó el ayuno, lo cual convirtió a Chávez en un personaje famoso y dio a conocer a todo el país las tribulaciones de los trabajadores del campo. En 1970, tras la victoria de los huelguistas con la ayuda de un boicoteo nacional a la uva, había en torno a 70.000 vendimiadores sindicados.

El santuario dedicado a los padres de Rufina se encuentra en una sofocante carretera de dos carriles, cerca del desvío que lleva a la cárcel de North Kern. A través del calor podíamos ver la prisión, rodeada por brillantes espirales de concertina. “Establecimiento penitenciario. No recoger autoestopistas”, dice una señal a uno de los lados de la carretera. En el lado opuesto hay otra cárcel, esta para mujeres. Las grabaciones de las cámaras de seguridad de ambas prisiones, en las que se ve a los agentes del ICE conduciendo a toda velocidad por la calzada vacía detrás de Santos y Marcelina, indican que mintieron cuando declararon a la policía de Delano que no los habían perseguido, pero no fueron procesados. Una mujer que se dirigía a su trabajo en la cárcel se paró y sostuvo la mano de Marcelina a través de la ventanilla del coche volcado mientras moría. Los agentes aparcaron a unos 400 metros y no ofrecieron su ayuda. A los 40 minutos llegó una ambulancia.

El santuario narra la historia de la vida de los padres de Rufina. Hay flores, una lata de té frío Arizona, un florero rosa, un crucifijo y una imagen de la Virgen de Guadalupe, una botella de salsa picante, un viejo faro de coche, una maceta con tierra negra y una lata de cerveza Tecate. Rufina me llama la atención sobre una vela que alguien ha puesto desde su última visita. Parecía que le servía de consuelo. La joven cree en la presencia invisible de los muertos. Me explicó que las cáscaras de huevo que había por el suelo las habían esparcido personas que temían que les pasase lo mismo que a los padres de ella. Con voz seria, como para asegurarse de que no hubiese malen­tendidos, añadió: “Dijeron que había sido culpa de mis padres por asustarse y salir huyendo. Pero no lo fue. Lo único que hacían era ir a trabajar”. Un portavoz del ICE responsabilizó de las muertes a la legislación californiana que protege a los emigrantes ilegales y “ha obligado al servicio a salir de las cárceles y a nuestros agentes a llevar a cabo su misión en las calles, lo cual ha aumentado los riesgos para las fuerzas de seguridad y para la ciudadanía. Asimismo, aumenta la probabilidad de que el servicio se tropiece con extranjeros ilegales que hasta entonces no teníamos en nuestro radar”.

La campaña de mano dura del ICE es tan solo uno de los aspectos de un plan para deportar a todos los mexicanos indocumentados que ocupan las categorías inferiores del mercado laboral y acabar por completo con las nuevas llegadas desde el sur de la frontera. En el Congreso hay en marcha una iniciativa para sustituir a estos obreros por un amplio programa de “trabajadores invitados”.

Con la legislación actual, pensada para hacer frente a situaciones de emergencia debido a la escasez de mano de obra, los trabajadores invitados salen caros. Los empresarios tienen que pagarles el viaje de ida y vuelta a su país de origen y proporcionarles alojamiento mientras dure el contrato, que no puede ser superior a un año. La normativa está diseñada para disuadir a las empresas de la idea de hacerse con un sobrante de mano de obra por el procedimiento de importar un número ilimitado de mexicanos y bajar los salarios de los que ya viven en Estados Unidos, como hicieron los productores entre 1942 y 1964, mientras duró el Programa Bracero, en respuesta a la falta de trabajadores agrícolas durante la Segunda Guerra Mundial.

En las condiciones actuales, la escasez de mano de obra ha alcanzado unas proporciones desconocidas al menos en los últimos 90 años. En consecuencia, los productores han arrancado los cultivos que necesitan más trabajo manual, como las vides de uva de mesa, y han plantado almendros, para los que no hace falta tanto. Los precios de la vivienda, sobre todo en la zona costera del valle, hacen aún más difícil atraer y conservar a los trabajadores. En los últimos años, millones de dólares en cosechas no recogidas se han enterrado o se han dejado pudrir en el campo.


Sí, tenemos mercurio en nuestro cuerpo.


www.publico.es / 03/08/2019

Los españoles tenemos mayor proporción de mercurio en nuestro cuerpo que nuestros vecinos europeos, debido principalmente al consumo más elevado de pescado (PDF), como lo ha confirmado un reciente macroestudio a nivel europeo sobre la presencia de tóxicos en nuestro organismo.

¿Debemos preocuparnos? ¿Cómo llega este metal pesado a nuestra cadena alimentaria? Hasta hace una década, la milenaria mina de Almadén era una de las mayores explotaciones mundiales de este metal y la investigación científica y técnica ha contribuido a conocer los efectos tóxicos del mercurio en el medio ambiente y en la salud humana. Tras el abandono de su uso comercial quedan las graves consecuencias de su utilización durante miles de años.

El mercurio fue muy útil para el ser humano, con usos muy variados. Termómetros, barómetros, desinfección de heridas –la conocida mercromina-, incluso los primeros tratamientos de la sífilis. Pero el uso industrial disparó su presencia en la atmósfera, dada la facilidad del mercurio de pasar de su estado líquido a gaseoso.

Los mineros de las minas de Almadén sufrían hidrargirismo, envenenamiento por mercurio, que les dañaba riñones, pulmones y cerebro por su prolongada exposición a los vapores tóxicos. Hasta los protésicos dentales, cuando las amalgamas que se usaban para empastes eran aleaciones de oro y mercurio, y los fabricantes de sombreros del siglo XIX, que utilizaban mercurio en el tratamiento de las pieles, tenían riesgo de enfermar. El personaje del Sombrerero loco en Alicia en el País de las Maravillas padecía los mismos síntomas que los mineros de Almadén.

El problema viene en el pescado

Pero el verdadero problema de salud no está en los colectivos profesionales, sujetos en la actualidad a estrictas medidas de protección laboral.









Catión de metilmercurio en un modelo molecular en 3D. Foto: Wikimedia

El problema es que parte del mercurio que llega al medio ambiente puede transformarse en su compuesto más tóxico, el metilmercurio. Este complejo del elemento es soluble, y de nuevo, si no fuera por una cuestión adicional, representaría un riesgo muy limitado, puesto que nunca alcanza, de forma natural, concentraciones suficientemente altas como para representar un riesgo real. Salvo en un caso: su entrada en nuestra cadena alimentaria a través los peces.

En los peces, el tóxico queda retenido en su organismo acumulándose con el paso del tiempo. El pez grande que come peces pequeños con contenidos relativamente bajos se va contaminando con cantidades cada vez más altas del elemento, con lo cual al final los peces más voraces, como el atún, con mayor ingesta de pescados menores, llegan a alcanzar concentraciones muy altas de este tóxico, susceptibles de afectar a la salud de los consumidores de pescado.

El diagrama muestra la penetración del mercurio en la cadena alimenticia marina con los niveles que acumulan los distintos tipos de peces y las recomendaciones de la Agencia de Protección Medioambiental de Estados Unidos (USEPA) sobre sus cantidades de consumo aconsejables. Imagen: Moby69 / Osado (Wikimedia)

El ejemplo más extremo y trágico ocurrió en Japón en la década de los 50. Una industria vertió metilmercurio directamente a la bahía de Minamata, contaminando el pescado que servía casi de única fuente de alimentos a la población, que sufrió gravísimos efectos sobre su salud. No ha vuelto a haber un vertido directo, pero el metilmercurio sigue presente en grandes depredadores que además son especies migratorias, presentes en todo el mundo.




Moderar, no evitar

El consumo de pescado, como norma general, debe ser restringido. Nuestro país está entre los mayores consumidores de pescado a nivel mundial. Pero debe quedar claro que una cosa es restringirlo y otra evitarlo: el pescado nos aporta nutrientes esenciales, entre ellos ácidos Omega 3, muy beneficiosos para la salud, en particular de los niños.

La Asociación Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN) plantea recomendaciones de consumo en relación a la presencia de mercurio en el pescado potencialmente más contaminado, como el atún y el pez espada.

Recomienda a mujeres en edad fértil, y en particular a las embarazadas, mujeres en periodo de lactancia y a niños de corta edad, de menos de 30 meses, consumir una amplia variedad de pescados, por sus grandes beneficios nutritivos, pero evitando consumir las especies más susceptibles de estar contaminadas con mercurio.

El principal efecto negativo se daría en las mujeres embarazadas, dado que el mercurio es capaz de pasar la barrera placentaria, afectando a la salud del feto. Puede producir retrasos cognoscitivos que no son recuperables, en concreto pérdida del coeficiente intelectual potencial del bebé, afectando a sus funciones cognitivas, la atención, el habla, la memoria y las actividades relacionadas con la visión espacial y funciones motoras finas. Es algo muy difícil de medir y cuantificar -hasta qué punto estos efectos pueden estar en relación con la exposición al mercurio de la madre- pero es, sin duda, un riesgo real. El miedo a sus efectos está justificado.

La presencia de mercurio por las actividades humanas durante miles de años no puede evitarse. Pero conviene acentuar las medidas de control y prevención. Y saber dónde se esconde.


Mercedes Sosa Sus Mejores Exitos - Mercedes Sosa 30 Grandes Éxitos



Mercedes Sosa Sus Mejores Exitos - Mercedes Sosa 30 Grandes Éxitos

Música en este vídeo

Canción: Balderrama
Artista: Mercedes Sosa
Álbum: La Negra - The Definitive Collection
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Canción: La Pomena
Artista: Mercedes Sosa
Álbum: La Negra - The Definitive Collection
Compositores
Manuel Castilla, Gustavo "Cuchi" Leguizamón
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Canción: Criollita Santiagueña (Album Version)
Artista: Mercedes Sosa
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Canción: Zamba Para No Morir (Zamba)
Artista Mercedes Sosa
Álbum: La Negra - The Definitive Collection
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Canción: Luna Tucumana
Artista: Mercedes Sosa
Álbum: La Negra - The Definitive Collection
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Canción: Bajo El Sauce Solo
Artista: Mercedes Sosa
Álbum: Al Despertar
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Canción: Zamba De Lozano (Album Version)
Artista: Mercedes Sosa
Compositores
Gustavo "Cuchi" Leguizamón, Manuel Castilla
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Canción: Maturana (Album Version)
Artista: Mercedes Sosa
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Canción: Zamba Por Vos
Artista: Mercedes Sosa
Álbum: La Negra - The Definitive Collection
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Canción: Zamba A Monteros
Artista: Mercedes Sosa
Álbum: La Negra - The Definitive Collection
Con licencia cedida a YouTube por
UMG (en nombre de Wrasse Records); SODRAC, Rumblefish (Publishing), LatinAutor y 2 sociedades de derechos musicales

Redes caníbales



Caníbal es todo aquel que devora a individuos de su misma especie. Para hacerlo, necesita dominar a la presa, tornarla indefensa, entonces tratar de devorarla. Ese es el rostro alarmante de las redes digitales, tan útiles para facilitar nuestra intercomunicación. Al igual que los vehículos –aviones, autos, motos– que resultan útiles para movilizarnos más rápidamente y, sin embargo, son utilizados para llevar a cabo actos terroristas como el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, las redes digitales tienen su lado sombrío.

Si no sabemos usarlas adecuadamente, devoran nuestro tiempo, nuestro humor, nuestra civilidad. De ahí mi resistencia a llamarlas redes sociales. La sociabilidad no siempre supera a la hostilidad. Incluso devoran nuestro sueño, pues hay quienes ya no logran desconectar el Smartphone a la hora de dormir. Devoran también nuestra capacidad de discernimiento, en la medida en que nos tribalizan y nos confinan a una única visión del mundo, sin apertura a lo contradictorio ni tolerancia para quien adopta otra óptica.

La medicina ya está atenta a una nueva enfermedad: la nomofobia. El término surgió en Inglaterra, derivado de no-mobile, esto es, privado del aparato de comunicación móvil. En síntesis, es el miedo a quedarse sin celular. Es la enfermedad adictiva más reciente, que estudian actualmente los terapeutas.

Hay quien permanece horas en las redes, naufragando más que navegando. El rostro caníbal del celular devora también nuestro protagonismo. Es el celular el que, mediante sus múltiples herramientas y aplicaciones, decide el rumbo de nuestras vidas. El diluvio de informaciones que cae una y otra vez sobre cada uno de nosotros, casi todas descontextualizadas, nos conduce ineluctablemente al territorio de la posverdad. Tocan nuestra emoción y, vertiginosas, neutralizan vuestra razón. No hay dudas de que la mayoría de nosotros es incapaz de ofender gratuitamente a un desconocido en la panadería de la esquina. Pero en las redes muchos endosan difamaciones, acusaciones sin fundamento y calumnias: ¡Las famosas fake news!

Hace más de 70 años, mi cofrade Dominique Duberle escribió a propósito de la cibernética: «Podemos soñar con un tiempo en el que una máquina de gobernar supla la hoy evidente insuficiencia de las mentes y los instrumentos habituales de la política» (Le Monde, 28 de diciembre de 1948).

El Leviatán cibernético previsto por el fraile dominico francés hoy tiene un nombre: Google, Facebook, WhatsApp, etc. Esas corporaciones devoran todos nuestros datos para que los algoritmos los transmitan a las herramientas incapaces de vernos como ciudadanos. Para ellas, somos meros consumidores. Es la era del Big Data.

Las redes digitales devoran incluso la realidad en la que nos encontramos insertados. Nos desplazan hacia la virtualidad y activan en nosotros sentimientos nocivos de odio y venganza. El príncipe encantado se transforma en monstruo. Los valores humanitarios se destejen, la ética se disuelve, la buena educación se descarta. Lo que importa ahora, con esta arma electrónica en las manos, es trabar la batalla del «bien» contra el «mal». Eliminar con un clic a los enemigos virtuales después de crucificarlos con injurias que se multiplican mediante el hipervínculo, el video, la imagen, el sitio web, la etiqueta, o simplemente una palabra o una frase.

He ahí lo que pretende cada emisor: lograr que lo que posteó se haga viral. El adjetivo se deriva de virus, un sustantivo empleado en la biología que proviene del latín y significa «veneno» o «toxina». ¡Se crea así la pandemia virtual! Es necesario leer rápido este correo o zapp, porque aguardan por mí otros tantos. Y de ser el caso, responder con un texto conciso, aunque vulnere todas las reglas de la gramática y la sintaxis. Según la investigadora Maryanne Wolf, accedemos diariamente como promedio a 34 gigabytes de información, lo que equivale a un libro de cien mil palabras. Sin tiempo suficiente para la absorción y la reflexión.

Corremos el riesgo de dar un paso atrás en el proceso civilizatorio. A menos que las familias y las escuelas adopten algo similar a lo que acompañó el advenimiento del automóvil, cuando se percibió la necesidad de crear autoescuelas para educar a los conductores. El celular está exigiendo también una pedagogía adecuada para su buen uso.


Bolsonaro y la irrupción del fascismo escatológico


www.alainet.org / 16/08/2019

Solo me cabe certificarlo, Brasil es gobernado por un individuo ignorante y vulgar. Nada de la complejidad de la vida y de las problemáticas que enfrenta el mundo y su país es del interés del actual presidente del país. Cada vez queda más claro que Bolsonaro todavía no supera su etapa anal, pues son ya varios los episodios en que utiliza recursos escatológicos para referirse a los problemas de la nación. Hace una semana, cuando fue indagado sobre la posible relación contradictoria entre crecimiento y medioambiente, el gobernante no encontró nada mejor que decir que para cuidar del medioambiente “hay que hacer caca un día sí y otro día no” (sic). Días después señaló que la “caca petrificada de indígenas consigue parar el licenciamiento de obras”. En su última manifestación en Piauí inaugurando una escuela insistió en su escatología: “Vamos a acabar con la caca en Brasil”, refiriéndose a los comunistas.

El psicoanalista y académico de la Universidad de Sao Paulo, Christian Dunker, entrega una explicación instigante para este fenómeno: “El discurso moral, cuando se exprime psicoanalíticamente, frecuentemente termina en la mierda, en la bosta, exactamente lo que el presidente está practicando”.

Si Bolsonaro solo se dedicara a proferir sus necedades y abrir su cloaca verbal hasta podría ser un personaje inconveniente e irrelevante. El problema es que su gobierno se encuentra desmontando todas las políticas públicas que aseguraban un nivel mínimo de convivencia y aspiraciones de desarrollo entre la población. Y en todos los ámbitos.

Solo por mencionar el impacto de sus políticas sobre la acelerada desforestación del territorio amazónico, los datos recopilados en este primer semestre por organismos especializados como el Instituto de Pesquisa Espaciales (INPE) han demostrado que dicho proceso ha aumentado casi en un 90% en el presente año. Además de desconocer los datos entregados por el INPE, el ejecutivo no encontró nada mejor para impugnar las conclusiones de esta institución que remover a su director.

La postura radical de Bolsonaro contra los temas medioambientales lo ubica como un líder de la ultraderecha en esta cuestión, desconociendo tratados internacionales y provocando el corte de financiamiento en proyectos para esa región de países como Alemania o Noruega, que hasta ahora apoyaban el Fondo Amazonia. Su desafecto con los países europeos que dejaron de apoyar este Fondo, también se ha extendido hacia Alberto Fernández y Cristina Kirchner, que se perfilan como favoritos para ganar las próximas elecciones en Argentina, diciendo que “Bandidos de izquierda empezaron a volver al poder”.

A pesar de que se han escrito millares de páginas sobre este tema, no deja de resonar la pregunta sobre las razones que llevaron al electorado brasileño a elegir un candidato tan escaso de cualidades para ejercer un cargo de esa magnitud. Como entregar los destinos de la nación a un personaje tan nefasto y perverso. Puede ser el malestar acumulado contra los gobiernos del PT, la corrupción desatada en la última década, la creciente criminalidad y la inseguridad cotidiana, la manipulación efectuada en las redes sociales, la expectativa de cambios fuera de la estructura política tradicional, el hartazgo generalizado, la apatía republicana y un largo etcétera.

¿Y qué pasó con la valorización de la democracia, conquistada con tanto esfuerzo después de 21 años de dictadura? ¿Cómo la ciudadanía le dio carta blanca a este grupo de apologistas de la tortura y el asesinato, reaccionarios delirantes, económicamente ultraliberales y fundamentalistas religiosos? ¿Cómo se puede soportar el retroceso cultural y social que quiere imponer ese grupo de descalificados, paranoicos y terraplanistas que niegan el cambio climático y la globalización?

Hace un par de años Yascha Mounk y Roberto Foa pusieron las alarmas sobre lo que denominaron como el proceso de “desconsolidación” democrática que comenzaba a campear por el mundo. Este desapego o desinterés por las formas de regímenes democráticos se puede atribuir al hecho de que las personas han aumentado sus expectativas sobre este sistema de gobierno, expectativas que no se cumplirían actualmente.

En efecto, lo que la democracia proporcionaría en términos de estabilidad, inclusión, mejoras en la calidad de vida de las personas ya no se está consumando. En función de ello, los ciudadanos han ido perdiendo su aprecio y apoyo por la democracia. Para estos autores, los gobiernos de baja calidad colocan en riesgo la democracia y van minando su legitimidad. Especialmente propicios para la inclinación hacia gobiernos autoritarios son aquellos escenarios en los que está ausente un sistema de seguridad pública y la falta de confianza en que las formas democráticas puedan resolver los problemas de inseguridad y acceso a los servicios básicos de las personas.

Parece que Brasil todavía no ha tomado plena conciencia sobre los riesgos que representa la inauguración de este ciclo perverso en que la ultraderecha de la mano de las fuerzas armadas ha ido asumiendo el control sobre la nación. Ello sin duda plantea un peligroso precedente para que otras derechas en otros países aspiren a contar con el concurso de los militares para imponer una dictadura definitiva e irreversible.

Hasta ahora las democracias de la región han mantenido una relación ambigua con el autoritarismo y su versión fascista, aunque si el autoritarismo sigue tomando la iniciativa en plantearse como alternativa frente al malestar y la inseguridad que experimentan los ciudadanos, no pasará mucho tiempo para que fantasma del fascismo se apodere de nuestros países y nos lleve de regreso a un periodo de tinieblas.

En otro artículo señalábamos que para Umberto Eco siempre existirá la amenaza de restauración de un ur-fascismo o fascismo eterno. El ur-fascismo crece y busca el consenso explotando y exacerbando el miedo a la diferencia, a los otros. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El ur-fascismo es, pues, racista por definición. Pero él también se nutre del culto a la tradición y el rechazo a lo moderno, en la misoginia y la homofobia, en el odio a los extranjeros, en el desprecio a los pobres. Por eso, el fascismo escatológico de Bolsonaro no se distingue fundamentalmente de estas claves apuntadas por Eco. Al contrario, este tipo de fascismo libera la excrecencia que llevamos dentro, se nutre de los despojos corporales, se complace en exponer los residuos del espíritu humano, los códigos nauseabundos de nuestras vísceras y nuestros prejuicios. El fascismo es escatológico por antonomasia y quizás la gran apuesta de futuro consiste en desterrarlo definitivamente de la convivencia humana a través del simple imperio de la democracia, la tolerancia y la fraternidad.

-Fernando de la Cuadra es doctor en Ciencias Sociales. Editor del Blog Socialismo y Democracia.

Por qué la masculinidad se transforma en violencia



Rita Segato es una antropóloga argentina que trabaja en el campo del feminismo y que ha producido material esclarecedor sobre la ideología del macho y la mentalidad de los violadores. Esto último como resultado de un extenso trabajo de investigación que realizó en la Penitenciaría de Brasilia.

En 2017 se jubiló como profesora en la Universidad de Brasilia y como investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones de Brasil. Está en Córdoba invitada por el Centro de Intercambio y Servicios para el Cono Sur Argentina (Ciscsa), para participar del Seminario-Taller “Mujeres y Ciudad: (In) Justicias Territoriales”, que se desarrolló marzo 2017 en la Ciudad Universitaria.

–¿Cómo es la ideología del macho? 
Aquello que hace pensar al hombre que, si él no puede demostrar su virilidad, no es persona. Está tan comprometida la humanidad del sujeto masculino por su virilidad, que no se ve pudiendo ser persona digna de respeto, si no tiene el atributo de algún tipo de potencia.

–¿Cuáles son esas potencias masculinas? 
–No sólo la sexual, que es la menos importante, también la potencia bélica, de fuerza física, económica, intelectual, moral, política. Todo esto está siendo concentrado por un grupo muy pequeño de personas y hoy el hombre es una víctima también del mandato de masculinidad.

–¿Cómo se relaciona esto con la violencia hacia las mujeres y el aumento de feminicidios? 
–En el brote de violencia que tenemos (en Argentina, el mes de abril ha sido tremendo) la primera víctima son los propios hombres, pero no lo saben porque no consiguen verse o colocarse como víctima, porque sería su muerte viril. Lo que llamo mandato de masculinidad, es el mandato de tener que demostrarse hombre y no poder hacerlo por no tener los medios. El paquete de potencias que les permite mostrarse viriles ante la sociedad lleva a la desesperación a los hombres, que son victimizados por ese mandato y por la situación de falta absoluta de poder y de autoridad a que los somete la golpiza económica que están sufriendo, una golpiza de no poder ser por no poder tener.

–¿Dónde se restaura la potencia? 
-En la violencia contra las mujeres. Es un problema de toda la sociedad, no sólo de las mujeres. No hay espacios donde se pueda pensar cómo se podría restaurar de otra manera la autoridad, la potencia, la moralidad, la soberanía de las personas –muy fundamentalmente la de los hombres– frente a la golpiza económica. La situación es tan inestable, tan azarosa, que hay que ser alguien con gran riqueza, con grandes medios para no percibir esa precariedad de la existencia. Y la precariedad de la existencia lleva a la violencia.

–Una forma masculina de restaurar esa potencia es la violencia contra las mujeres, pero hay otras, se ve en las canchas de fútbol 
–Sí, el hecho de tirar por la borda a un hombre en un estadio, es violencia de género en el sentido de violencia viril y no pasó sólo en Argentina, en Perú hubo un caso igual. Cuando se ve esa regularidad de los síntomas, es que hay un mal instalado en la sociedad. Lo llamo violencia de género porque tiene que ver con el mandato de masculinidad, que es un mandato de violencia.

–¿Cómo es la ideología ­feminista? 
Es aprender a respetar lo que nos enseñaron a no respetar. O sea, aprender a ver en la otra mujer un sujeto moral sin que tenga que demostrar que lo es. Nosotras, cada día que salimos a la vida, a la calle, que salimos a circular bajo la mirada del otro, tenemos que hacer un esfuerzo cotidiano por demostrarnos ante el mundo como sujetos morales. Nuestra moralidad es siempre, siempre, sospechada.

–¿Cuál es la sospecha? 
–La sospecha es que somos sujetos inmorales. Nosotras lo hacemos de forma automática: cuando nos miramos al espejo y pensamos si nos ponemos una blusa ajustada o suelta, a eso lo hacemos de manera indolora e incolora porque no nos damos cuenta de todos los cálculos que realizamos todos los días sobre cómo nos vamos presentar bajo la mirada del otro, para que el otro nos vea como sujetos morales. En cambio, el hombre lo hace para ser visto como sujeto potente y esa es una gran diferencia.

–¿Qué es ser una mujer? 
–Ser una mujer común y normal, es ser una mujer que es consciente de todo lo que la constriñe, porque esos automatismos no son conscientes. Las feministas tienen una visión política de este constreñimiento y quieren deshacerlo, quieren liberar a las más jóvenes. Muchas de las fotos de víctimas de violación y femicidio representan la feminidad y esto es percibido como un desacato por el sujeto que necesita probar su potencia. Por eso digo, después de años de entrevistar a violadores en la Penitenciaría de Brasilia, que el violador es un moralizador: es alguien que percibe en la joven libre un desacato a su obligación de mostrar capacidad y control. Ahí está el nudo de la cosa. Ese nudo debe ser deshecho y esto tiene que suceder en la sociedad, con el trabajo de hablar, de conversar, de entender lo que nos está pasando. No puede ser solamente trabajado en el campo jurídico y mucho menos con jueces que no tienen la menor noción. 

El cerebro violador 

Conclusiones de Rita Segato luego de trabajar con violadores en Brasil. 

- La violación es un acto de moralización: el violador siente y afirma que está castigando a la mujer por algún comportamiento que él entiende como un desvío, un desacato a una ley patriarcal.

- El violador no está solo, está en un proceso de diálogo con sus modelos de masculinidad, está demostrando algo a alguien que es otro hombre y al mundo a través de ese alguien.

- El problema no es un violador como un ser anómalo. En él irrumpen determinados valores que están en toda la sociedad.

- El violador es el sujeto más vulnerable, más castrado de todos, el que se rinde a un mandato de masculinidad que le exige un gesto extremo, un gesto aniquilador de otro ser para sentirse hombre. 

Espacio público opresor 

Rita Segato entiende que “la calle es entrar en el espacio de la mirada del otro sobre mí, es ofrecerse a la mirada pública. Desde que somos chicas hay una incomodidad en ese espacio, el hombre se ve presionado a violar con la mirada, con piropos incómodos”.

“A las mujeres nos oprimen en el espacio público, siempre fue y es así. Lo que pasa ahora con este brote de femicidios, es que eso se ha transformado en un peligro de muerte. Es un proceso que fue creciendo gradualmente, las condiciones fueron dadas para esa escalada que transformó una incomodidad de la vida de las mujeres en peligro de muerte”, explica.

Propone que “hay que reducir el caldo de cultivo, revisar lo cotidiano, se tiene que combatir con un diálogo abierto en la sociedad, en todos los espacios, no solamente en las escuelas”. 


MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA EL LANZAMIENTO DEL PACTO EDUCATIVO

Queridos hermanos y hermanas:

En la Encíclica Laudato si’ invité a todos a colaborar en el cuidado de nuestra casa común, afrontando juntos los desafíos que nos interpelan. Después de algunos años, renuevo la invitación para dialogar sobre el modo en que estamos construyendo el futuro del planeta y sobre la necesidad de invertir los talentos de todos, porque cada cambio requiere un camino educativo que haga madurar una nueva solidaridad universal y una sociedad más acogedora.

Por este motivo deseo promover un evento mundial para el día 14 de mayo de 2020, que tendrá como tema: “Reconstruir el pacto educativo global”; un encuentro para reavivar el compromiso por y con las jóvenes generaciones, renovando la pasión por una educación más abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión. Hoy más que nunca, es necesario unir los esfuerzos por una alianza educativa amplia para formar personas maduras, capaces de superar fragmentaciones y contraposiciones y reconstruir el tejido de las relaciones por una humanidad más fraterna.

El mundo contemporáneo está en continua transformación y se encuentra atravesado por múltiples crisis. Vivimos un cambio de época: una metamorfosis no sólo cultural sino también antropológica que genera nuevos lenguajes y descarta, sin discernimiento, los paradigmas que la historia nos ha dado. La educación afronta la llamada rapidación, que encarcela la existencia en el vórtice de la velocidad tecnológica y digital, cambiando continuamente los puntos de referencia. En este contexto, la identidad misma pierde consistencia y la estructura psicológica se desintegra ante una mutación incesante que «contrasta la natural lentitud de la evolución biológica» (Carta enc. Laudato si’, 18).

Sin embargo, cada cambio necesita un camino educativo que involucre a todos. Para ello se requiere construir una “aldea de la educación” donde se comparta en la diversidad el compromiso por generar una red de relaciones humanas y abiertas. Un proverbio africano dice que “para educar a un niño se necesita una aldea entera”. Por lo tanto, debemos construir esta aldea como condición para educar. El terreno debe estar saneado de la discriminación con la introducción de la fraternidad, como sostuve en el Documento que firmé con el Gran Imán de Al-Azhar, en Abu Dabi, el pasado 4 de febrero.

En una aldea así es más fácil encontrar la convergencia global para una educación que sea portadora de una alianza entre todos los componentes de la persona: entre el estudio y la vida; entre las generaciones; entre los docentes, los estudiantes, las familias y la sociedad civil con sus expresiones intelectuales, científicas, artísticas, deportivas, políticas, económicas y solidarias. Una alianza entre los habitantes de la Tierra y la “casa común”, a la que debemos cuidado y respeto. Una alianza que suscite paz, justicia y acogida entre todos los pueblos de la familia humana, como también de diálogo entre las religiones.

Para alcanzar estos objetivos globales, el camino común de la “aldea de la educación” debe llevar a dar pasos importantes. En primer lugar, tener la valentía de colocar a la persona en el centro. Para esto se requiere firmar un pacto que anime los procesos educativos formales e informales, que no pueden ignorar que todo en el mundo está íntimamente conectado y que se necesita encontrar —a partir de una sana antropología— otros modos de entender la economía, la política, el crecimiento y el progreso. En un itinerario de ecología integral, se debe poner en el centro el valor propio de cada criatura, en relación con las personas y con la realidad que las circunda, y se propone un estilo de vida que rechace la cultura del descarte.

Otro paso es la valentía de invertir las mejores energías con creatividad y responsabilidad. La acción propositiva y confiada abre la educación hacia una planificación a largo plazo, que no se detenga en lo estático de las condiciones. De este modo tendremos personas abiertas, responsables, disponibles para encontrar el tiempo para la escucha, el diálogo y la reflexión, y capaces de construir un tejido de relaciones con las familias, entre las generaciones y con las diversas expresiones de la sociedad civil, de modo que se componga un nuevo humanismo.

Otro paso es la valentía de formar personas disponibles que se pongan al servicio de la comunidad. El servicio es un pilar de la cultura del encuentro: «Significa inclinarse hacia quien tiene necesidad y tenderle la mano, sin cálculos, sin temor, con ternura y comprensión, como Jesús se inclinó a lavar los pies a los apóstoles. Servir significa trabajar al lado de los más necesitados, establecer con ellos ante todo relaciones humanas, de cercanía, vínculos de solidaridad»[1]. En el servicio experimentamos que hay más alegría en dar que en recibir (cf. Hch 20,35). En esta perspectiva, todas las instituciones deben interpelarse sobre la finalidad y los métodos con que desarrollan la propia misión formativa.

Por esto, deseo encontrar en Roma a todos vosotros que, de diversos modos, trabajáis en el campo de la educación en los diferentes niveles disciplinares y de la investigación. Os invito a promover juntos y a impulsar, a través de un pacto educativo común, aquellas dinámicas que dan sentido a la historia y la transforman de modo positivo. Junto a vosotros, apelo a las personalidades públicas que a nivel mundial ocupan cargos de responsabilidad y se preocupan por el futuro de las nuevas generaciones. Confío en que aceptarán mi invitación. Apelo también a vosotros, jóvenes, para que participéis en el encuentro y para que sintáis la responsabilidad de construir un mundo mejor. La cita es para el día 14 de mayo de 2020, en Roma, en el Aula Pablo VI del Vaticano. Una serie de seminarios temáticos, en diferentes instituciones, acompañarán la preparación del evento.
Busquemos juntos las soluciones, iniciemos procesos de transformación sin miedo y miremos hacia el futuro con esperanza. Invito a cada uno a ser protagonista de esta alianza, asumiendo un compromiso personal y comunitario para cultivar juntos el sueño de un humanismo solidario, que responda a las esperanzas del hombre y al diseño de Dios.

Os espero y desde ahora os saludo y bendigo.
Vaticano, 12 de septiembre de 2019
Francisco

¡NO ES NO!


Por: Miguel Antonio Bernal
               el poder ciudadano como constituyente, todo lo
                           puede y no puede estar sometido de antemano
               una Constitución militarista impuesta”.

Las “reformas puntuales” a la constitución militarista imperante, como las denominan los gatopardistas, han pasado a ser un elemento determinante de la estrategia de la distracción que utiliza el agotado régimen político imperante.

 Adversarios y enemigos decididos de la participación ciudadana como mecanismo de verdadera democratización de nuestra sociedad, los gatopardistas hacen gala de cualquier tipo de malabarismo para impedir la construcción de un Estado Constitucional Democrático de Derecho.

Ninguna de las “reformas puntuales” propuestas a espaldas de la ciudadanía, contribuye a la consolidación de los principios que deben servir de base a la reorganización de las estructuras existentes. Así vemos cómo la normatividad de la Constitución, el respeto a los derechos y garantías fundamentales de la persona humana, la división de poderes, la legalidad, están completamente ausentes del documento avalado (sin análisis alguno) por el Ejecutivo y que hoy, los tartufos se dedican a promover para imponer.

No podemos desmayar en nuestra participación ciudadana, por un proceso constituyente como un compromiso ciudadano, buscando siempre un debate abierto, informado, plural que nos lleve a un verdadero, moderno y efectivo cambio constitucional.

No nos cansamos de subrayar que, cuarenta y siete años después de impuesta, la constitución militarista de 1972 no está ya para más parches, ni curitas. Tampoco de reiterar que, “el Derecho Constitucional nos enseña que “reformar” la Constitución, significa alterar algo en su articulado sin cambiar su esencia o sustancia.

La hegemonía ciudadana debe guiar cualquier cambio constitucional y este no se va a  dar si no aceptamos, todos, que “el único sujeto del poder es el pueblo”.

La urgente necesidad de un real y verdadero cambio constitucional es rechazada por la oligocracia imperante en manos de cleptómanos, insiste en plantear e imponer sus “reformas” gatopardistas. Es por ello que debemos retomar el NO de la dignidad. Unirnos para impedir la imposición y que sepan, tempranamente, que NO es NO por más que intenten con su demagogia, sofismas y falacias, vendernos un proyecto que solo busca consolidar la corrupción y la impunidad.