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Economía verde: ¿la nueva fórmula mágica?


Bárbara Unmüβig / Lili Fuhr / Thomas Fatheuer

www.envio.org.ni/julio2016



Los promotores de la “economía verde” la presentan como modelo para resolver la crisis ecológica y económica. ¿De verdad puede hacerlo? Éstas son las nueve tesis del libro “Crítica de la economía verde”, publicado en alemán por tres miembros de la Fundación Heinrich Böll en noviembre de 2015. Los autores cuestionan los supuestos básicos de la economía verde, sus hipótesis y las soluciones que propone.



En el imaginario dominante la economía verde quiere dejar atrás el uso de combustibles fósiles, lo que resulta un mensaje atractivo y optimista: la economía puede seguir creciendo y el crecimiento puede ser verde, e incluso puede impulsar más crecimiento… ¿Es posible eso?



ES UN ASUNTO DE FE Y DE CEGUERA SELECTIVA


Reconciliar protección climática y la conservación de recursos con el crecimiento económico, en un mundo finito e injusto, es una vana ilusión. Por las asociaciones positivas que promueve, el término “economía verde” sugiere que el mundo tal como lo conocemos puede seguir igual que siempre gracias a un paradigma de crecimiento “verde” que logre mayor eficiencia y un bajo consumo de recursos.


Sin embargo, esta promesa requiere eliminar de forma deliberada la complejidad para, a cambio, tener una enorme fe en los milagros de la economía de mercado y de la innovación tecnológica, mientras se ignoran y se dejan de abordar las estructuras de poder económico y político vigentes. La economía verde se convierte así en un asunto de fe y de ceguera selectiva.


La economía verde sólo podrá ser una opción viable para el futuro si reconoce los límites planetarios y si garantiza una reducción radical de emisiones de gases de efecto invernadero y una justa distribución de los recursos y de su consumo.



LA ECONOMÍA VERDE QUIERE REDEFINIR LA NATURALEZA


La economía verde pretende corregir los fallos del mercado ampliándolo, en lugar de repensar la producción y el consumo. Sus defensores abogan por la preeminencia de la economía como respuesta decisiva a la actual crisis. En consecuencia, buscan corregir los fallos de la economía de mercado ampliando el mercado y buscando que el mercado abarque realidades que antes escapaban a su dominio, para lo cual redefinen la relación entre naturaleza y economía.


El resultado es una nueva versión del concepto de naturaleza como “capital natural” y de los recursos naturales como “servicios económicos del ecosistema”. En lugar de repensar la producción, la distribución y el consumo, en lugar de transformar las maneras como producimos, como distribuimos y como consumimos, la economía verde trata de redefinir la naturaleza midiéndola, registrándola, asignándole valores que luego anota y coloca en una balanza, atribuyéndole después una “moneda” mundial y abstracta, los “créditos de carbono”.


Esta forma de pensar oculta las múltiples causas estructurales de la crisis ambiental y climática, dejándolas fuera de toda consideración en la búsqueda de soluciones para salir de la crisis. Las consecuencias de un enfoque como éste se reflejan también en los nuevos mecanismos de mercado para el comercio de “créditos de biodiversidad”, que en muchos casos no evitan la destrucción de la naturaleza, sino que de forma simplista la organizan según los criterios del mercado.


La economía verde reduce la necesidad de una transformación fundamental a una cuestión de mera economía, dando la impresión de que puede aplicarse sin mayores sobresaltos ni conflictos. Ni siquiera se hace la pregunta decisiva: cómo crear un mejor futuro con menos bienes materiales, con una perspectiva distinta y con una mayor diversidad.



NO BASTA REDUCIR LAS EMISIONES DE CARBONO


La economía verde establece su principal estrategia de descarbonización en una especie de mantra: “poner precio al carbono”. Sin embargo, ese reduccionismo, a un precio y a una unidad monetaria -los créditos de carbono- es unidimensional.


La descarbonización puede significar muchas cosas: la eliminación gradual del uso de carbón, petróleo y gas; la compensación de emisiones de combustibles fósiles almacenando cantidades equivalentes de carbono en plantas o suelos; el uso de tecnología para capturar y almacenar carbono a escala industrial… Desde el punto de vista de ventajas sociales y ecológicas cada una de estas opciones lleva a resultados totalmente distintos.


La crisis mundial es más que una crisis climática. El sistema de “límites planetarios” ya ampliamente reconocido y establecido por el Centro de Resiliencia de Estocolmo, identifica tres áreas donde hemos excedido los límites de seguridad tan sólo en la esfera ecológica. Esas tres áreas son: cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación de nitrógeno, en particular por el abuso de fertilizantes en la agricultura.


La economía verde hace caso omiso de las complejidades y las interacciones de estas tres crisis y reduce el proyecto de salvar al mundo a una narrativa simple sobre el modelo económico.



LA ECONOMÍA VERDE HACE DE LA INNOVACIÓN UN FETICHE


La fe y la confianza en la innovación tecnológica son esenciales para las promesas que difunde la economía verde, que da relevancia a la innovación, pero no la coloca en un contexto de intereses y estructuras de poder.

No hay duda de que requerimos innovación. Tampoco hay duda de que para llevar a cabo una transformación integral la requerimos en todos los ámbitos, no sólo en el ámbito tecnológico, también en el ámbito social y en el cultural.


La innovación, particularmente la tecnológica, debe valorarse siempre en su contexto social, cultural y ambiental. Después de todo, la innovación no representa siempre progreso de forma automática ni con ella se obtienen resultados concluyentes. La innovación obedece a los intereses y estructuras de poder de quienes la promueven. En consecuencia, muchas innovaciones no contribuyen a una transformación fundamental, sino que legitiman el estado de cosas y, con frecuencia, prolongan la vida de productos y sistemas que dejaron de ser adecuados para un futuro positivo.

La industria automotriz, por ejemplo, produce motores con un consumo de combustible cada vez más eficiente, pero que son más grandes y más pesados que nunca. También ha probado esta industria ser altamente innovadora en sus formas de camuflar los resultados en las pruebas de emisiones de gases contaminantes, como lo demostró el reciente escándalo de la Volkswagen. Además, la industria automotriz reemplaza combustibles fósiles por biocombustibles, altamente problemáticos, tanto social como ecológicamente ¿Podemos esperar que esta industria juegue un papel destacado en una transformación que reestructure radicalmente nuestros sistemas de transporte público en detrimento de los autos privados?


Las innovaciones cambian nuestras vidas, pero no operan milagros. La tecnología nuclear no resolvió el problema energético mundial. La llamada “revolución verde” tampoco terminó con el hambre en el mundo. Los ejemplos de la energía nuclear, de la ingeniería genética y de la geoingeniería muestran cuán controvertida es la tecnología si se dejan de examinar previa y detenidamente en todas sus dimensiones sus limitaciones y los daños sociales y ecológicos que provocan.



LA ECONOMÍA VERDE HACE UNA FALSA PROMESA DE EFICIENCIA


Es verdad que nuestra economía es crecientemente eficiente y eso es positivo. Sin embargo, al paso que vamos esa eficiencia será insuficiente.


Veamos sólo el ejemplo de los electrodomésticos, que consumen cada vez menos energía, pero como en nuestros hogares hay cada vez más aparatos eléctricos que nunca, eso reduce, cuando no neutraliza, el efecto positivo de su creciente eficiencia y ahorro de energía.


Si bien resulta posible desvincular crecimiento y consumo de energía, tenemos que hacer aún más para alcanzar la transformación necesaria y eso significa conseguir una reducción radical y absoluta del consumo de energía y del consumo de recursos, especialmente en los países industrializados. Alcanzar esa reducción absoluta no es factible sin cuestionar las bases del crecimiento en el actual modelo de prosperidad.

No existe un escenario factible que combine crecimiento económico con una absoluta reducción del consumo ambiental y una mayor justicia mundial en un mundo de 9 mil millones de habitantes.



ES APOLÍTICA E IGNORA LOS DERECHOS HUMANOS


La economía verde tiene numerosos puntos ciegos. Se preocupa poco de los aspectos políticos, apenas si registra los derechos humanos, no reconoce a los pueblos inmersos en los procesos económicos, ignora a los actores sociales y sugiere que es posible hacer reformas sin provocar conflictos. Ignora conflictos sociales como los que surgen con la construcción de parques eólicos o grandes represas hidroeléctricas y no responde a la pregunta de quién posee capacidad de almacenar el carbono de los bosques.


Ante la creciente conciencia de que ya no es una opción que las cosas sigan igual, la economía verde proporciona un vehículo supuestamente no político que hegemoniza la trayectoria de la transformación, pero que, al mismo tiempo, oscurece los intereses económicos y políticos, oculta las estructuras de poder y de propiedad, olvida los derechos humanos y no tiene en cuenta los recursos con que cuenta el poder.



EL FUTURO EXIGE POLÍTICAS AMBIENTALES REALISTAS


Para responder adecuadamente a los desafíos del futuro necesitamos una visión realista del mundo, una visión sin las distorsiones de una vana ilusión, como de hecho es la que ofrece la economía verde.


Ni las soluciones serán simples ni todo resultará en un escenario “ventajoso para todos”. No siempre será posible reconciliar ecología y negocios. La transformación necesaria afectará intereses poderosos y habrá perdedores. No podrá conseguirse la transformación sin duras negociaciones, sin conflictos y sin resistencias.


Este realismo representa una llamada a la acción, particularmente a la acción de quienes son responsables de formular políticas. La gobernanza ha sido la clave para mayores avances ambientales. La protección de hábitats humanos y naturales, motivada políticamente y aplicada sin excepciones, resulta mucho más efectiva que la monetización de la naturaleza y de los espacios vitales de los pueblos que durante milenios han protegido sus ecosistemas.



HAY OPCIONES FACTIBLES


No faltan las opciones ni los buenos ejemplos. La agricultura orgánica, incluso a gran escala, ya es una realidad y constituye un sector de la economía altamente productivo. Ya han sido desarrolladas y probadas en sus fases iniciales las bases teóricas de formas alternativas de sistemas de movilidad en redes, que no descansan prioritariamente en el uso del vehículo privado, aunque tampoco se han descartado los automóviles con cero emisiones.


Aunque no se necesita regular sobre cada minucia, en ocasiones son indispensables las prohibiciones específicas sobre sustancias como las gasolinas con plomo, los insecticidas altamente tóxicos y los CFC (clorofluorocarbonos), en la medida en que su uso se pueda monitorear de forma independiente y con umbrales de exposición bajos.



Existen opciones si la innovación no queda confinada al concepto de la innovación tecnológica. También constituyen una innovación los nuevos estilos de vida y las nuevas formas de vida urbana. Un suministro descentralizado de energía renovable está en el ámbito de lo posible, como lo está la eliminación de subsidios dañinos para el medioambiente.



En gran medida, no hay escasez de opciones, sino dificultad para ponerlas en práctica, especialmente ante las reticencias de intereses minoritarios atrincherados. Y desde esas posturas reticentes, detenerse a analizar cómo responder a la pregunta “Cómo podemos alcanzar un crecimiento verde” carece de sentido…



LA RE-POLITIZACIÓN DE LA POLÍTICA AMBIENTAL


Es esencial un realismo radical para tener una comprensión de la ecología política, que no se amilana ante cuestionamientos incómodos y que busca que una transformación social y ecológica justa beneficie a las mayorías de cualquier sociedad.


Debemos re-politizar la política ambiental y regresar al término “ecología política” como una forma de comprender la complejidad de las relaciones entre política y ecología y entre los seres humanos y la naturaleza. Debemos lograr que la política y los controles ambientales precedan a los intereses económicos.


Las innovaciones sociales, culturales y tecnológicas deben estar más íntimamente entrelazadas. Las innovaciones tecnológicas -en particular, sus impactos sociales y ecológicos- deben estar sujetos a un amplio debate y al control democrático.


“Enverdecer” la economía con la conservación de los recursos, con la transición hacia energías renovables, con una mejor tecnología, con incentivos económicos efectivos y con impuestos es, sin lugar a dudas, un paso hacia la solución.


Aun teniendo en cuenta esto, hay que entender que el proyecto de una transformación socio-ecológica integral trasciende esto y debe cuestionar el poder establecido, dar prioridad a estructuras democráticas y a procesos de toma de decisiones democráticas que pongan en el centro los derechos ambientales y los derechos humanos fundamentales.

Revertir las tendencias actuales requiere más radicalidad que las propuestas de la economía verde. Eso no será posible sin pasión y sin optimismo, tampoco sin conflictos y sin lucha. Nuestro libro es una invitación al debate.

 

UNMÜßIG ES PRESIDENTA DE LA FUNDACIÓN HEINRICH BOLL; FUHR ES JEFA DEL DEPARTAMENTO DE ECOLOGÍA Y DESARROLLO SUSTENTABLE DE LA FUNDACIÓN; FATHEUER ES SOCIÓLOGO Y FILÓLOGO.

TEXTO PUBLICADO EN EL BOLETÍN DE JUNIO DE 2016 DE LA FUNDACIÓN. EDICIÓN DE ENVÍO.

No será el último golpe en Turquía


Robert Fisk

www.jornada.unam.mx/170716



Recep Tayyip Erdogan se lo había ganado. El ejército turco no iba a mantener su obediencia mientras el hombre que iba a recrear el imperio otomano convertía a sus vecinos en enemigos y a su país en una caricatura de sí mismo.



Pero sería un grave error dar por sentadas dos cosas: que el sofocamiento de un golpe militar es un asunto momentáneo, después del cual el ejército se mantendrá leal a su sultán, y considerar los al menos 250 muertos y más de 2 mil 839 detenidos como algo aislado del colapso de las naciones-estados de Medio Oriente.



Los sucesos del fin de semana en Estambul y Ankara tienen íntima relación con el derrumbe de las fronteras y de la credibilidad del Estado –la suposición de que las naciones de Medio Oriente cuentan con instituciones y fronteras permanentes–, que ha infligido graves heridas en Irak, Siria, Egipto y otros países del mundo árabe.



La inestabilidad es hoy tan contagiosa en la región como la corrupción, en especial entre sus potentados y dictadores, una clase de autócratas de la que Erdogan ha sido miembro desde que cambió la constitución en beneficio propio y reinició su perverso conflicto con los kurdos.



Inútil es decir que la primera reacción de Washington fue instructiva: los turcos deben apoyar a su gobierno democráticamente electo. La parte sobre la democracia fue difícil de tragar; aún más doloroso fue recordar la reacción de ese mismo gobierno al derrocamiento del gobierno democráticamente electo de Morsi en Egipto en 2013, cuando Washington en definitiva no pidió al pueblo egipcio apoyar a Morsi y dio con prontitud su respaldo a un golpe militar mucho más sangriento que la intentona en Turquía.



Si el ejército turco hubiera triunfado, sin duda Erdogan habría recibido el mismo trato despectivo que el infortunado Morsi. Pero ¿qué se puede esperar cuando las naciones occidentales prefieren la estabilidad a la libertad y la dignidad? Por eso están preparadas a aceptar que las tropas de Irán y los milicianos iraquíes leales se unan a la batalla contra el Isis –así como los pobres 700 sunitas que desaparecieron después de la recaptura de Faluyá–, y por eso la cantaleta de Assan debe irse ha sido dejada un lado con discreción. Ahora que Bashar al-Assad ha sobrevivido al gobierno de David Cameron –y casi de seguro perdurará más allá de la presidencia de Obama–, el régimen de Damasco observará con asombro los sucesos en Turquía este fin de semana.



Las potencias victoriosas en la Primera Guerra Mundial destruyeron el imperio otomano –que era uno de los propósitos del conflicto de 1914-18, después de que la Puerta Sublime cometió el error fatal de alinearse con Alemania– y las ruinas de ese imperio fueron desmenuzadas por los Aliados y entregadas a reyes brutales, coroneles sanguinarios y un montón de dictadores. Erdogan y el grueso del ejército que ha decidido mantenerlo en el poder –por ahora– encajan en esta misma matriz de estados desgarrados.



Los signos de alarma ya estaban a la vista de Erdogan –y de Occidente– con sólo haber recordado la experiencia de Pakistán. Utilizado sin vergüenza por los estadunidenses para enviar misiles, armas de fuego y dinero a los mujaidines que combatían a los rusos, Pakistán –otro pedazo arrancado a un imperio (el indio) se convirtió en un Estado fallido, sus ciudades fueron devastadas con bombas gigantes, su corrupto ejército y su servicio de inteligencia colaboraron con los enemigos de Rusia –incluido el talibán– y luego fueron infiltrados por islamitas que a la larga acabarían amenazando al Estado mismo.



Cuando Turquía empezó a desempeñar el mismo papel para Estados Unidos en Siria –enviar armas a los insurgentes, y su corrupto servicio de inteligencia a cooperar con los islamitas para combatir el poder del Estado en Siria–, también tomó la ruta de un Estado fallido, con sus ciudades devastadas por bombas gigantes y su territorio infiltrado por islamitas. La única diferencia es que Turquía también relanzó una guerra contra los kurdos del sureste del país, donde partes de Diyabakir están ahora tan devastadas como grandes zonas de Homs o Alepo.



Demasiado tarde se dio cuenta Erdogan del costo del papel que eligió para su nación. Una cosa es disculparse con Putin y remendar las relaciones con Benjamin Netanyahu, pero cuando ya no se puede confiar en el propio ejército entonces hay asuntos más serios en los cuales concentrarse.

Dos mil arrestos o más dan idea de la seriedad del golpe para Erdogan; mucho más grande, de hecho, que el golpe que planeaba el ejército. Pero deben ser apenas unos cuantos de los miles de oficiales turcos que creen que el sultán de Estambul está destruyendo su país.



No se trata sólo de considerar el grado de horror que la OTAN y la UE habrán sentido por estos hechos. La verdadera cuestión será el grado en que el éxito (momentáneo) de Erdogan lo envalentonará para emprender más juicios, encarcelar a más periodistas, cerrar más periódicos, matar más kurdos y, para el caso, seguir negando el genocidio armenio de 1915.



A los extranjeros les resulta a veces difícil entender el grado de temor y disgusto casi racista con que los turcos observan cualquier forma de militancia kurda; Estados Unidos, Rusia, Europa –Occidente en general– han privado de contenido la palabra terrorista a grado tal que no logramos comprender hasta qué punto los turcos llaman terroristas a los kurdos y los ven como un peligro para la mera existencia del Estado turco; así es como veían a los armenios en la Primera Guerra Mundial.



Mustafá Kemal Ataturk era tal vez un buen autócrata secular, admirado incluso por Adolfo Hitler, pero su lucha por unificar a Turquía fue causada por las mismas facciones que siempre acosaron a la patria turca, junto con las sospechas oscuras (y racionales) de un complot de las potencias occidentales contra el Estado.



En suma, este fin de semana han ocurrido sucesos más dramáticos de lo que podrían parecer a simple vista. Desde la frontera de la Unión Europea, a través de Turquía, Siria, Irak y vastas partes de la península del Sinaí en Egipto y hasta Libia y –¿nos atreveremos a mencionar esto después de Niza?– Túnez, existe ahora un rastro de anarquía y estados fallidos. Sir Mark Sykes y François Georges-Picot comenzaron el desmembramiento del imperio otomano –con ayuda de Arthur Balfour–, pero éste persiste hasta nuestros días.



En esta sombría perspectiva histórica debemos ver el golpe frustrado en Ankara. Esperen otro en los meses o años por venir.

En la lucha contra el Isis, la historia del islam es esperanzadora


Robert Fisk

www.jornada.unam.mx/020716



El Colegio de Teología de Cercano Oriente de Beirut se alberga en un aburrido edificio gris y café cerca del mar Mediterráneo. Hace unos días el público, reunido en su teatro subterráneo, fue testigo de una de las más notables conferencias recientes sobre el islam antiguo y moderno, que –se advirtió ampliamente– pudo haber provocado que cualquier tonalidad de detractor religioso estuviera soplando y resoplando afuera, en la apropiadamente llamada calle Juana de Arco.



El orador fue el doctor Tarif Khalidi, uno de los más notables académicos del islam y traductor de la más reciente edición en inglés del Corán, cuyas obras anteriores sobre Jesús en la historia musulmana son tan recomendables como su nueva antología de literatura árabe.



El título de su conferencia era suficiente para sacudir al mundo: ¿Necesita el islam un Martin Luther King? La respuesta breve de Khalidi a esta pregunta fue: Sí, por favor, entre más Luthers haya mejor, a pesar de la violenta denuncia contra el islam de Luther. No quedó claro quién era peor para Luther, el turco terrible o el Papa terrible, y si va uno a criticar a cualquier religión más vale hacerlo en esa magnífica cascada que era su retórica.



Khalidi recordó la condena de Lucrecio a todas las religiones: Es tanto el mal al que la religión puede urgir a la humanidad. El mal ha sido muy obvio en estos días. Obvio para todas las religiones monoteístas, insistió Khalidi, entre ciertas sectas llamadas fundamentalistas y apocalípticas en Estados Unidos, entre colonos judíos racistas y fundamentalistas, entre miembros de Daesh (Isis) y otros aterradores grupos que están en nuestro vecindario.



Khalidi, palestino de abundante barba cuyo inglés tiene la precisión de T. S. Eliott, llamó a nuestra época actual la edad de la desiluminación, que debe llevarnos a estudiar cómo y por qué las religiones de vez en cuando pueden perderse y confundir el camino al paraíso con el del infierno.



Cada 100 años en la historia del islam, observó Kahlidi, surge un renovador de la fe –un mujaidín– que insufla a la religión con nueva vida. Las dos grandes alas del islam comenzaron sus carreras como movimientos reformistas: los sunitas pusieron énfasis en la importancia de la unidad de la comunidad, mientras los chiítas dieron mayor importancia a la integridad de los gobiernos. Cada ramificación de estas alas fue una forma de reconstrucción que ahora semeja dos grandes árboles con numerosas ramas.



¿La tarea más importante hoy? Desempacar las ideas del Isis y mostrar por qué y cómo este camino lleva al infierno.



Solía haber un genuino, si bien imperfecto, mosaico de tolerancia en el mundo islámico, señaló Khalidi, pero la ruptura y el desgarramiento de la tolerancia debe juzgarse como una farsa, una anomalía, una aberración histórica de proporciones épicas que tiene antecedentes propios.



Examinó a la rama Azariqa del siglo VII y al movimiento Khawarij del siglo XII.



Mucho antes de que existiera el Isis, Azariqa condenaba a muerte a los infieles (kafir). El Azariqa necesitaba reclutas de su movimiento para matar a un prisionero para así probar su sinceridad. Consideraban legítimo matar a las esposas e hijos de sus enemigos, así como esclavizar a personas y violar a mujeres de religiones y sectas diferentes.



Khalidi se mostró un tanto aliviado por la tendencia que el Isis comparte con sus ancestros de disgregarse violentamente debido a su “literal y muy selectiva manera de usar la sagrada escritura tanto del Corán como del Hadith (los dichos del profeta Mohamed), así como su total indiferencia a la historia del islam, por no mencionar la filosofía islámica, la teología o las disertaciones del Corán”.



El máximo horizonte del pensamiento especulativo del Isis parece ser apocalítico y por ello la invitación a realizarlo mediante dramáticos actos de suicidio, mismos que los Khawarij llamaban vender su alma a Dios.



Debo agregar que la relevancia de esta cátedra teológica en Beirut fue dolorosamente evidente menos de 48 horas después, cuando no menos de ocho atacantes suicidas, casi seguramente del Isis y al menos ocho de ellos sirios, se hicieron estallar a unos mil 600 kilómetros de donde estábamos, en la aldea cristiana libanesa de Qaa.



La filosofía y la realidad violenta siempre están cerca una de otra en Líbano. Pero Khalidi también habló de dialéctica, de argumentos que los académicos musulmanes antes de la historia moderna discutían abiertamente sin imponer conclusiones finales, pues solían escribir Dios lo conoce mejor, en referencia a las escrituras sagradas.



En tiempos recientes ha habido cambios radicales, señaló Khalidi. El islam se invocó desde arriba, lo que permitió a los sacerdotes modernos poner conclusiones y visiones terminantes, como el islam prohíbe esto pero permite aquello o el islam predica esto y aquello. Es una visión que se presta a interpretar literalmente los textos en vez de argumentar: “Están felices desde los púlpitos lanzando fatwas en los terrenos y temas más absurdos, pero enfurecen si se les cuestiona”.



El estudioso, así, se convierte en predicador. Ignora la filosofía, la teología y la racionalidad. El Corán tiene todas las respuestas.



Este fue, probablemente, el punto más sensible de Khalidi: “La retórica de Daesh (Isis) es simplemente la forma más virulenta y violenta de esta forma de apropiarse de la autoridad, pero la multiplicación de fatwas lanzadas por los ulemas en países totalitarios es un fenómeno igualmente pernicioso. Lamentablemente, ante la necesidad de reconstrucción, existe una proliferación de institutos y universidades que enseñan los rudimentos básicos de la ley y gradúan rápidamente a los futuros clérigos que tienen un conocimiento muy parcial de las ramas del islam. Esto es particularmente cierto entre religiosos sunitas, aunque dudo que los chiítas estén entrenados de manera más amplia y profunda”.



Esta temática sería fuerte en el contexto de cualquier sociedad, ya no digamos en el moderno (si es que se le puede llamar así) Medio Oriente. Pero lo mejor fue el poderoso argumento de Khalidi sobre la educación, que también se refleja en nuestro mundo Occidental. Dijo que el currículum islámico es tan desolador porque las humanidades, en general, están bajo estado de sitio en la mayoría de las universidades del mundo. Historia, filosofía, literatura. Éstas son disciplinas y departamentos que desesperadamente tratan de sobrevivir al diluvio universal de carreras más orientadas hacia los negocios, la medicina, la ingeniería o las ciencias de la computación. Debemos reconocer que las humanidades son cruciales en la formación del intelecto crítico y escéptico... Cuando degradamos y empobrecemos a las humanidades, podemos confiar en que el fanatismo prosperará.



Ahí lo tienen: Khalidi divide a los pensadores musulmanes entre aquellos que consideran que el Corán es el final del conocimiento y quienes opinan que es sólo el principio del conocimiento.



El Corán debe usarse para cuestionar el mundo, para confrontar sus misterios, sostiene Khalidi. El lenguaje coránico debe tratarse como Matthew Arnold nos aconsejó tratar el lenguaje bíblico: de manera fluida, transitoria y literaria; no de forma rígida, fija y científica. Khalidi quiere un comité de intérpretes, una mesa redonda de Martin Luthers.



En su conferencia dijo mucho, mucho más, sobre esta valiente vena. El eslogan el islam es una religión y un Estado se ha convertido en el favorito de clérigos musulmanes ambiciosos. Ninguna religión conocida por Khalidi, salvo en Irán, ha dejado de distinguir la diferencia entre el César y Dios, y el islam no es la excepción.



Amén por eso.

Blair terminó como enano, no en titán


Robert Fisk

www.jornada.unam.mx/080716



¿Dónde están los titanes ahora? Con frecuencia he hecho esa pregunta, pero hoy me doy cuenta de que Tony Blair quería ser un titán. Allá, al lado de los Churchill, los Roosevelt, los Tito y, me atrevo a sugerir, los Stalin. Hombres que hicieron mover la Tierra. Tal vez por eso el logro de John Chilcot no fue probar que Blair fue un criminal de guerra, sino que era un enano. Recordemos nada más aquel rastrero comentario a George W. Bush, el 28 de julio de 2002: Estaré con usted, pase lo que pase. Seguro, entendemos la importancia política de esa babosada. Blair intentaba sonar como un titán, pero en términos legales mostró que lo que quería decir fue: estaré con usted, piense lo que piense el pueblo británico.



Pero las raíces van más hondo que eso. Tengo la sospecha de que fue la versión de Bush de las palabras infinitamente más poderosas de Harry Hopkins, representante personal de Franklin Roosevelt ante Gran Bretaña en tiempos de guerra, quien –exhausto, pese a lo cual solicitó pronunciar un discurso en Glasgow– dirigió la mirada a Churchill, quien estaba en la sala, y trató de expresar su amor por la postura del gran hombre contra Hitler y el apoyo de Roosevelt a Gran Bretaña cuando resistía sola a la Alemania nazi. Hopkins citó la Biblia y Churchill lloró al oír sus palabras. Adonde vayas, dijo Hopkins, “yo iré… hasta el final.”



Y lo mejor que nuestro pequeño Tony pudo decir fue: Estaré con usted, pase lo que pase. Es esta última frase la que delata su juego: una especie de línea lanzada como por casualidad, la versión del enano de hasta el final, un oh, rayos, llueva o truene, puede confiar en mí.



Y este, recuerdo, no era un vocero del presidente estadunidense expresando al primer ministro británico que podía confiar en Estados Unidos. El minúsculo Tony alteró toda la cita para convertirse en Roosevelt, y a Bush en Churchill. Tan ansioso estaba en el papel de imitador que se había construido, que no pudo ver que al usar esas palabras minaba cualquier fundamento moral que la futura invasión de Irak pudiera haber tenido a ojos de los británicos.



Pero ya estoy cansado de las lecciones del informe Chilcot. Debemos aprender de lo que hicimos mal; no debemos volverlo a hacer –Cameron repitió el mismo sonsonete, aunque podría aplicarlo a sus propias bribonadas de la Brexit–… y en verdad debemos entenderlo bien antes de meternos en otras guerras que cuesten cientos de vidas británicas, millones de dólares y decenas de miles de otros individuos que se atraviesan en el camino, pero no figuran como seres humanos en el informe Chilcot.



Ese es el verdadero problema, me temo, de la flagelación de lord Blair. Claro, fue un rufián al mentir a los británicos y luego volvernos a mentir después de que el informe fue publicado, y luego divagar sobre la fe y hacer lo correcto cuando todos sabemos que aniquilar a grandes números de personas inocentes, e incluso ocasionar la destrucción de un número aún mayor de los mismos musulmanes, cristianos y yazidíes hasta el día de hoy, fue algo muy, muy perverso. Porque a esas víctimas –anónimas y casi irrelevantes en el informe Chilcot– no podemos decirles hasta el final, porque siguen pereciendo hasta el presente. El verdadero final para ellas aún no llega.



Pero hay una deshonestidad subyacente en la reflexión de Chilcot sobre la deshonestidad de Blair. La evidencia de armas de destrucción masiva (AMD) no era lo bastante sólida, pero aun así, según lord Blair, valió la pena deshacerse de Saddam Hussein. Pero, si hubiera sido sincero sobre los peligros de las AMD, él y Bush habrían invadido una nación que sin duda las posee y alardea de ello: Corea del Norte. Allá hay una dictadura demente que masacra a su pueblo y amenaza al mundo –en 2003 como ahora– y sin embargo nunca nadie, ya no digamos Blair, ha sugerido que invadamos Corea del Norte hasta el final y desde aquí hasta el río Yalu. Y sabemos por qué: porque Corea del Norte en verdad posee AMD. Lord Blair y Bush jamás habrían considerado una aventura militar contra el amado Kim Jong-un.



Por la misma razón, Blair nunca habría propugnado la invasión de una nación musulmana retacada de extremistas islámicos que acuchillan, fusilan y queman en la hoguera a sus enemigos infieles y que también posee, presume y hace pruebas con AMD: Pakistán.



Estoy dejando fuera a cierta nación de Medio Oriente amante de la paz, que posee aún más armas nucleares que Pakistán y Corea del Norte combinadas, pero que da a los pobladores de los territorios que ocupa un trato piadoso, nunca los despoja de sus tierras y siempre se conduce con total respeto a los derechos humanos de aquellos con quienes entra en contacto durante sus proyectos de colonización.



Pero entonces, ¿por qué no menciono a los iraníes? Blair tiene un extraño hábito de escoger enemigos que también son odiados por la nación amante de la paz antes mencionada… y a los que presumiblemente atacaría antes de que en realidad fuesen capaces de poseer armas nucleares y, por tanto, de volverse no invadibles de inmediato.



El pobre Saddam dijo la verdad –que no tenía AMD– y por eso se condenó a sí mismo y a los pobres iraquíes a morir en masa. Y de eso se trata, ¿cierto? Los árabes de Irak, y ahora de Siria, soportan un desastre humano en escala sin precedente a causa de las mentiras de Blair y Bush, pero todo lo que Chilcot pudo producir en sus siete años de empresa literaria y volúmenes capaces de doblegar la fortaleza de cualquier estante de biblioteca es un lastimero informe doméstico sobre política británica y la mojigatería del enano que entendió todo mal.



Lloramos por nuestros mártires militares británicos, que es como se refieren los árabes a sus muertos de guerra, pero apenas se escucha a un árabe doliente después de Chilcot. A los iraquíes no les permitieron aportar evidencia; los musulmanes y cristianos muertos en Irak no tuvieron nadie que defendiera la integridad de sus vidas. Si alguien hubiera presentado su caso, el informe de Chilcot jamás se habría concluido. Habría sido más largo que la Santa Biblia, que el Sagrado Corán, que las obras juntas de Tolstoi, Dostoyevski, Chéjov, Proust, Shakespeare y Dante, aunque sin duda los círculos del infierno de este último habrían capturado la medida del sufrimiento de Irak y Siria.



No. En realidad fue un informe enano sobre un hombre enano. Por eso, si trajéramos a los seres humanos reales llamados iraquíes, su evidencia habría valido en verdad un juicio de Nuremberg. Pero, viéndolo bien, ¿acaso los obsequiosos, pomposos, mentirosos y derrotados nazis en el banquillo de Nuremberg no eran también enanos? Hasta el final. Pase lo que pase.

Las muertes misteriosas de Thunder Bay


www.eldiario.es/020716



Jóvenes aborígenes que dejan sus comunidades para estudiar y aparecen muertos sin causa aparente. La mayor investigación en la historia de Ontario revela la vulnerabilidad de la población indígena canadiense, que se enfrenta al racismo y a enormes dificultades para progresar.  




Varias horas después de haberse cumplido la hora de volver a casa de su sobrino de 15 años, Dora Morris llamó a la policía, pero su preocupación fue menospreciada por los oficiales de Thunder Bay, una pequeña ciudad de 11.000 habitantes en Ontario. 

Le dijeron que seguramente el adolescente estaría de marcha en algún sitio. Hicieron falta días –y varios llamados a la policía– para que se iniciara una investigación por la desaparición de su sobrino. 

El 11 de noviembre de 2000, unas dos semanas después de su desaparición, el cuerpo de Jethro Anderson fue hallado cerca del río Kaministiquia. Fue uno de los siete estudiantes aborígenes que murieron yendo al instituto en la ciudad entre 2000 y 2011

Todos ellos se habían mudado a la ciudad desde lejanas comunidades aborígenes del norte de Ontario, donde las posibilidades de acceder a la educación secundaria son limitadas. Viajan cientos de kilómetros y a menudo viven con desconocidos en residencias, solo para poder ir al instituto.

En 2015, luego de que las familias de las víctimas y grupos aborígenes hicieran presión por años, Ontario lanzó una de las mayores investigaciones de su historia para resolver las misteriosas muertes. La investigación recogió el testimonio de casi 150 testigos, inclusive muchos que detallaron cómo el sistema falla en proteger a estos estudiantes en estado de vulnerabilidad, dejándolos solos con sus propios recursos para combatir la soledad y la discriminación racial de la ciudad.

A principios de esta semana, el jurado finalizó las audiencias que duraron ocho meses y emitió más de 100 recomendaciones sobre cómo mejorar la protección de estos jóvenes aborígenes obligados a mudarse a la ciudad para estudiar. El jurado concluyó que tres de las muertes fueron accidentales, mientras que caratuló las otras cuatro como "indeterminadas".  

"Los siete eran jóvenes amados que murieron trágica y prematuramente y perdieron la oportunidad de vivir sus vidas, formar sus propias familias y hacer sus valiosas contribuciones a la sociedad", dijo David Eden, el forense principal, a la sala repleta del juzgado el pasado martes. 

Investigaciones deficientes

En el caso de Anderson, que se había mudado a la ciudad con la esperanza de convertirse en oficial de policía, el jurado no pudo determinar cómo el joven de 15 años terminó en el río. Tampoco pudieron explicar por qué Kyle Morriseau, una talentosa artista de 17 años, fue encontrada en el río McIntyre en 2009. Tampoco encontraron pruebas que explicaran por qué Jordan Wabasse, visto por última vez en la residencia estudiantil, fue encontrado a dos kilómetros, en el río Kaministiquia. Con 15 años y siendo una estrella del hockey en su comunidad, se había mudado a la ciudad soñando con llegar a jugar en la liga de hockey más importante.
  
La muerte de Paul Panacheese también fue caratulada como "indeterminada". Mientras estudiaba en el instituto, el joven de 21 años pasó por diez residencias estudiantiles distintas, incluida una que usaba candados en la nevera y la despensa para negar el acceso a la comida a los estudiantes que no estuvieran a la hora de la comida. Finalmente su madre se mudó con él a la ciudad para ayudarlo en su último semestre. El joven se desplomó en el suelo de su casa en 2006. La autopsia no encontró razones anatómicas ni toxicológicas para su muerte.

El uso de la palabra "indeterminada" es significativo, dice Julian Falconer, abogado de la comunidad Nishnawbe Aski y representante de las comunidades aborígenes del norte de Ontario. "Indeterminado' respecto a tres de las cinco muertes por ahogamiento da a entender claramente que las investigaciones policiales fueron profundamente defectuosas", dijo a la Corporación de Radiodifusión Canadiense. "En consecuencia, lamentablemente no hay forma de probar que estos jóvenes fueron asesinados deliberadamente". 

Tres de las cinco muertes fueron accidentales, dijo el jurado. La desaparición de Curran Strang, un joven de 18 años de la comunidad Pikangikum, se denunció en 2005, después de que fuera visto por última vez bebiendo con sus amigos cerca del río McIntyre. Su cuerpo apareció cuatro días más tarde.
Robyn Harper, una tímida adolescente de 18 años, murió en 2007, días después de llegar a Thunder Bay. Después de que saliera a beber con unos amigos, empleados del instituto la encontraron en una estación de autobuses y la llevaron a la residencia estudiantil, donde la dejaron desmayada en la entrada. Murió por coma etílico.

Reggie Bushie, un joven de 15 años, fue hallado muerto en el río McIntyre después haber sido visto bebiendo con su hermano mayor. Su muerte también fue considerada "accidental" por el jurado.

Durante la investigación, muchos testigos de las comunidades aborígenes hablaron del racismo descontrolado al que se enfrentan. James Benson, un ex estudiante, le dijo al jurado que era normal que los coches que pasaban por la ciudad le arrojaran comida y le gritaran insultos racistas. "Como era una cosa cotidiana, después de un tiempo te acostumbras", afirmó. Muchos estudiantes recurren al alcohol y a las drogas para sobrellevar la situación.

"Estamos en peligro solo por ser aborígenes, nuestras vidas están en riesgo por el mero hecho de ser aborígenes", declaró a la investigación Shane Monague, de 20 años. "Creo que no se debe menospreciar el coraje que tenemos para progresar, para venir a la ciudad y tener acceso a una educación".

Mudarse para poder estudiar

La mayoría de los jóvenes aborígenes que se mudan a Thunder Bay no tiene muchas otras opciones para estudiar. Muchos provienen de comunidades muy pequeñas que no tienen educación secundaria o no tienen financiamiento para traer profesores o tener infraestructuras básicas en los institutos del resto del país, como ordenadores o bibliotecas.

Estas evidentes desigualdades quedaron al descubierto en la investigación, que realizó paralelismos con el sistema de escuelas internados del país, donde fueron llevados durante décadas más de 150.000 niños aborígenes en un intento de integrarlos a la fuerza a la sociedad canadiense. Ese sistema fue descrito como una política de "genocidio cultural" en un informe muy importante publicado el año pasado por la Comisión para la Verdad y la Reconciliación del país.

"La educación hoy en día le sigue haciendo tanto daño a nuestra gente como en el pasado", afirmó a la investigación Christian Morriseau, padre de Kyle.

Charlie Angus, político del Nuevo Partido Democrático, cuyo distrito electoral incluye varias comunidades aborígenes, asegura que la analogía con el pasado también se utiliza entre los jóvenes. "He hablado con jóvenes que dejaron sus hogares a los 14 años para vivir en residencias estudiantiles", declaró a la prensa canadiense a principios de este año, "y hablan de los colegios internados. Dicen 'esto es lo que vivieron mis abuelos".

El jurado también redactó 145 recomendaciones para proteger a estudiantes aborígenes en las ciudades. Las recomendaciones no vinculantes incluyen financiación para la educación, incluida la educación secundaria, en las comunidades aborígenes. Para los que se muden a Thunder Bay, el jurado recomienda más ayudas, reglamentación e inspecciones a las residencias estudiantiles, becas para que los estudiantes puedan visitar su comunidad más de una vez al año y para que puedan hablar por teléfono con sus familias de forma regular. Se recomienda que en 2017 comience la construcción de una residencia especial para estudiantes aborígenes en la ciudad.

Varias de las recomendaciones también responden a quejas de las familias sobre inacción policial, mejor entrenamiento para los policías de la ciudad y que se sume un representante indígena al cuerpo policial. La fuerza ya ha hecho esfuerzos para mejorar sus servicios, dice el abogado Brian Gover, que representó a la policía durante la investigación. "Estos casos sucedieron hace 11 años. En estos 11 años, la policía de Thunder Bay se ha adaptado para responder al problema de la desaparición de jóvenes aborígenes", declaró a la prensa canadiense.

El gobierno canadiense agradeció las conclusiones del jurado, afirmando que ahora el desafío es cómo prevenir tragedias similares. "Este informe saca a la luz una tragedia terrible y evitable", dijo en un comunicado la Ministra de Asuntos Indígenas, Carolyn Bennett. "Comprendemos y estamos de acuerdo en que hay grandes problemas sistémicos que llevaron a la trágica pérdida de esas vidas".

En los últimos años, el instituto al que asistían la mayoría de los estudiantes muertos, así como las organizaciones de comunidades aborígenes, han intentado ofrecer más programas extracurriculares a los jóvenes que llegan a la ciudad, mientras que estudiantes mayores patrullan regularmente los ríos para ayudar a estudiantes que puedan encontrarse en peligro.

Christa Big Canoe, la abogada que representó a seis de las siete familias, pidió que las autoridades implementen las recomendaciones de la investigación. "La memoria de estos jóvenes vivirá en los corazones de sus familiares, pero esperamos que su legado, luego de esta investigación, sea un cambio significativo que haga Thunder Bay más seguro para los estudiantes aborígenes y mejore el acceso a la educación para los jóvenes de las comunidades aborígenes", declaró. "La muerte de estos siete jóvenes debe ser un punto de inflexión para el cambio y eso no debemos olvidarlo. Debemos darle un significado."


El conflicto en el Congo, su matriz histórico-estructural


Giulia de Conto Affonso y Marina Soares Rossetto - Unisinos

www.cpalsocial.org/110716



Desde 1885, con el establecimiento del Estado Libre del Congo, una propiedad privada del rey belga Leopoldo II, el Estado en el Congo ha sido débil y un depredador en relación con la naturaleza. Durante la colonización, las autoridades belgas hicieron poca inversión en infraestructura, estructuras de gobierno o educación, concentrándose apenas en la extracción de recursos naturales de una forma especialmente brutal y represiva. En la posguerra, el dominio belga se debilitó ya que Bélgica fue tomada por sorpresa por el movimiento de independencia en la década de 1950. Cuando la República del Congo (RDC) fue declarada el 30 de junio de 1960, el país tenía poca capacidad de autogobierno y casi inmediatamente entró en una guerra civil.



Durante el gobierno del presidente Mobutu quien gobernó de manera despótica desde 1965 y por 32 años – período durante el cual el país fue renombrado como Zaire, la naturaleza del Estado no fue alterada radicalmente. Occidente, que vio el país como un gran aliado africano en el contexto de la Guerra Fría, generosamente subsidió su régimen basado en una “cleptocracia”. Mobutu acumulaba corrupción en todos los escalones del Estado y construyó un sistema de patrocinio para enriquecerse a sí mismo y comprar la lealtad de los principales aliados. Mobutu también reprodujo la táctica realista del “divide y reinarás” para extender su poder a las provincias inquietas que están alejadas de la capital de la RDC, Kinshasa. Al capacitar a ciertos grupos a cambio de su lealtad, y manipulando cuestiones fundamentales de identidad y ciudadanía, dio origen a una enorme cantidad de quejas locales, particularmente en la región de Kivu (en el extremo oriental del país).



Durante los años 1970 y 1980, el Zaire fue dividido en varias “ciudades estado”. Se tornaron cada vez más aisladas las unas de las otras y la infraestructura de transporte fue desgastada por sistemas de negligencia y de comunicación; el país entró en colapso. En muchas partes, la administración convencional y el sistema de justicia formal desapareció, las fuerzas de seguridad se volvieron cada vez más corruptas e ineficientes y varias ciudades fronterizas orientales (como Goma y Bukavu) se volvieron esencialmente anexos económicos de los países vecinos.



Con el fin de la Guerra Fría y el colapso de los precios de las commodities a finales de los años 1980, el sistema de patrocinio de Mobutu perdió las fuentes externas de financiamiento necesarias para su supervivencia, y su control sobre el poder se deterioró rápidamente. En 1990, fue forzado a cambiar el estado de partido único y lanzó un proceso de diálogo nacional (Conférence Nationale Souveraine).



Sin embargo, en Zaire faltaba el marco institucional para regular la competencia multipartidaria emergente y la apertura democrática del país a comienzos de 1990 trajo consigo el aumento de las turbulencias. En un intento por aumentar su legitimidad, Mobutu, explotando sentimientos étnicos, movilizó la opinión pública contra las poblaciones migrantes. De esta manera, afectó la estructura productiva en las provincias de Kivu, donde miles de inmigrantes de ascendencia ruandesa (el llamado ‘Banyarwanda’) se habían establecido desde mediados del siglo. Las tensiones entre las comunidades indígenas y estos migrantes degeneraron en un conflicto abierto y los primeros conflictos violentos eclosionaron en 1993, en Kivu del Norte.



La situación en el este de la RDC se deterioró aún más después del genocidio de 1994 en Ruanda. Con la muerte de más de 800.000 tutsis por iniciativa del gobierno extremista hutu, centenas de miles de refugiados cruzaron la frontera hacia Zaire en conjunto con una serie de genocidas hutu, soldados y milicianos responsables por los asesinatos en masa. Apreciando la simpatía de Mobutu, encontraron abrigo en grandes campos de refugiados alrededor de Goma y Bukavu e inmediatamente se reorganizaron con la convicción de recuperar por la fuerza el poder en Ruanda.



En 1996, después del genocidio, el gobierno tutsi que había dominado en Ruanda decidió invadir Zaire en busca de los antiguos genocidas. Ruanda, en conjunto con Uganda, acomodó una coalición de rebeldes, la Alliance des Forces Démocratiques de Libération du Congo (AFDL) y les proporcionó municiones, tropas y apoyo. El ejército de Mobutu se fue desmoronado y gracias al apoyo de Ruanda, tomó un poco más de seis meses para que los rebeldes tomaran el control del país y pusieran fin al reinado de Mobutu.



En mayo de 1997, el líder de la AFDL, Laurent-Désiré Kabila, fue instalado como el nuevo presidente del país. Sin embargo, las relaciones entre Kabila y sus antiguos aliados se deterioraron rápidamente, al punto de que Ruanda y Uganda intentaron formar una nueva rebelión contra el nuevo líder.



La “Segunda Guerra del Congo” comenzó en agosto de 1998. El  Rassemblement congolais pour la démocratie  (RCD), sin embargo, no consiguió derribar a Kabila, quien había recibido apoyo de Angola, Namibia y Zimbabue. El país fue transformado en un vasto campo de batalla, con nada menos que once países africanos involucrados. Con la división RCD entre Ruanda, apoyando RCD-Goma y en Uganda apoyando RCD-K / ML, y un nuevo movimiento rebelde, el MLC, que surgió en el norte, el país fue fragmentado en cuatro zonas de control.



El conflicto fue especialmente mortal en el este, donde el gobierno usó una variedad de milicias como intermediarios para desestabilizar los rebeldes. A pesar del acuerdo de cese al fuego firmado en Lusaka en 1999 y el establecimiento de una misión de paz de la ONU, la MONUC (con un mandato débil), la guerra continuó con todo hasta 2002.



En julio de 2002, después de meses de negociaciones involucrando a los principales participantes congoleses en el “Diálogo intercongolés”, un acuerdo de paz fue finalmente firmado en Pretoria. Todas las tropas extranjeras abandonaron el país en los meses siguientes. Con un apoyo internacional fuerte, el gobierno de división del poder de la República Democrática del Congo, llevó al país a una transición democrática y a la subsecuente adopción de una nueva constitución; las primeras elecciones democráticas fueron organizadas a fines del 2006. Joseph Kabila, quien asumió el poder después de que su padre fuera asesinado en enero de 2001, fue electo presidente.



Sin embargo, desde entonces el este de la RDC ha permanecido marcado por conflictos y en el período después de la transición, se ha visto realmente un aumento de la violencia debido a una mezcla de dinámicas regionales y locales, a la debilidad del Estado y a intereses de la élite local. Una variedad de actores armados ha sido capaz de enraizarse debido a la falta de autoridad del Estado:



- Los grupos armados originarios de países vecinos han usado a la República Democrática del Congo como una base de retaguardia y han sobrevivido aprovechándose de las poblaciones locales. Estos incluyen las Allied Democratic Forces de Uganda (ADF), las fuerzas ruandesas Forces démoratiques de libération du Rwanda (FDLR), cuyo liderazgo está mayoritariamente compuesto por exgenocidas, y las fuerzas de Forces nationales de libération de Burundi (FNL).



- Los movimientos denominados tutsi que afirmaron proteger a sus compañeros étnicos, han surgido con el apoyo de Ruanda. Ellos entraron en choque varias veces con el ejército nacional (FARDC), asumiendo el control de grandes porciones de territorio en los Kivus, incluyendo Goma, durante la insurgencia del Movimiento 23 de Marzo (M23) en 2012-2013.



- La milicia autodeclarada (los llamados ‘Mai Mai’) también proliferan como respuesta a la inseguridad en las zonas rurales. Mientras que ofrece un mínimo de protección y regulación en ausencia del Estado, grupos Mai Mai también son movidos por una ideología étnica violenta, lo que ha llevado a muchos casos de pillaje a gran escala y a un deterioro de las relaciones intercomunitarias.



Después de muchos años de guerra, se creó una economía de guerra. Muchas personas de la élite ahora tienen un interés escondido en la continuación del conflicto y en la extracción de recursos naturales (minerales lucrativos, pero también madera o carbón), lo cual ha sido un elemento importante en la estrategia de varios grupos armados. Fallidos acuerdos de paz, permitieron que los exrebeldes integraran el ejército nacional, manteniendo sus redes ilegales lucrativas. Cadenas paralelas de comando se han multiplicado, perjudicando gravemente la cohesión y la eficacia de los militares en combate.



Después de llegar bajo fuertes críticas por su pasividad durante el otoño de Goma con los rebeldes del M23, en noviembre de 2012, la MONSUCO, fuerza de paz de la ONU, fue reformada y recibió un mandato más robusto en marzo de 2013. Su componente ofensivo, la Brigada Fuerza de Intervención (FIB) dio un apoyo decisivo al ejército nacional para derrotar a los insurgentes a finales del año 2013.



Desde comienzos del año 2014, la FIB ha realizado operaciones ofensivas en contra de otros grupos armados en Kivu del Norte. Por más que la situación en esta provincia tuvo mejorías visibles, a mediados de 2014 más de 25 grupos armados todavía estaban activos en el este de la República Democrática del Congo, siendo los principales focos del conflicto el norte de Katanga, Ituri y Kivu del Sur.



Durante mediados de los años 2000, el Congo fue muchas veces expuesto como el gran ejemplo de una crisis humanitaria tratada con la mayor negligencia del mundo. En el 2007, una investigación realizada por el Comité de Internacional de Rescate (IRC) indicó que el número de muertos del conflicto congolés sería de 5,4 millones, tornándose así la guerra más mortífera del mundo desde la Segunda Guerra Mundial. Esto equivale, aproximadamente, a 27 mil muertes cada mes desde 1998.



Repetidos conflictos perturbaron profundamente la subsistencia local. Millones de personas fueron forzadas a desplazarse. A mediados del 2014, había más de 2,8 millones de desplazados internos y refugiados. Esta violencia y turbulencia creadas por el conflicto afectaron severamente los medios de subsistencia agrícolas de los más desfavorecidos, reduciendo su capacidad de producir y comerciar. A partir del 2006, más del 70% de la población congolesa vivía debajo del umbral de pobreza de $1,25 dólares por día.



Igual de impactante es el aumento, sin punto de comparación, de abusos a los derechos humanos hechos por milicias y soldados en contra las poblaciones locales. En los últimos años, la situación de las mujeres y niñas se ha destacado por una serie de casos de violaciones en masa. La violencia sexual creó altos niveles de trauma y llevó a la ruptura de muchas familias.



En 2004, el Tribunal Penal Internacional (TPI) abrió una investigación sobre crímenes de guerra contra la humanidad cometidos en la RDC. En 2012, el ex señor de la guerra Ituri Thomas Lubanga fue considerado culpable de reclutar niños-soldado y fue condenado a catorce años de prisión. La segunda sentencia fue proferida en 2014 y otros tres señores de la guerra fueron acusados.

Normalmente, los pueblos tienen los gobernantes que se merecen


José M. Castillo S.

www.religiondigital.com/090716



Para nadie es un secreto que ahora mismo, en España, en Europa, en Estados Unidos, y de forma más apremiante aún en otros países, se vive y se siente con inquietud la necesidad de un nuevo gobierno, estable, firme, que ponga orden ("kosmos") donde hay tanto desorden ("kaos"). Con las consiguientes preocupaciones que provoca una situación así.



Los obispos españoles, en un reciente documento, que ha presentado el presidente de la Comisión Episcopal de la Doctrina de la Fe, Adolfo González Montes, expresan también la inquietud que ellos sienten, y que siente Europa, sobre todo a partir del "Brexit", que puede ser el punto de partida de la descomposición de la Unión Europea.



Y, por si fuera poco, no faltan los que se quejan de la gestión del gobierno de la Iglesia, que está haciendo el papa Francisco, al que censuran porque no toma decisiones firmes y concretas para cambiar las cosas dentro de la Iglesia. Por no hablar de la violencia y el desorden total que palpamos y padecemos por causa de otros grupos religiosos que con frecuencia desencadenan el terror y la muerte.



No pretendo analizar aquí todos estos casos y sus causas. Ponerse a hacer eso en la reducida entrada de un blog sería una insensatez. Ni yo estoy capacitado -ni soy quién- para hacer con autoridad semejante análisis. Lo que a mí me da que pensar es otra cosa.



Cuando los seres humanos nos vemos en dificultades, lo que más deseamos es que nos pongan un gobernante con poder, prestigio y capacidad de decisión para que haga las cosas como a nosotros nos parece que se tienen que hacer.



Nuestra reacción espontánea, por tanto, no es pensar en la propia responsabilidad que cada uno tenemos en el hecho de haber llegado a donde estamos. Lo que espontáneamente se nos viene a la cabeza es criticar, censurar y condenar a los que gobiernan o a los que pretenden gobernar. La cuestión es cargar la culpa en las espaldas de otros, nunca en las nuestras. Y, por supuesto, pedir a gritos, si es preciso, que nos pongan un mandatario con mando, que ponga orden y haga las cosas "como se tienen que hacer".



Por supuesto, al decir estas cosas, yo no pretendo ni insinuar que todos somos igualmente responsables de que las cosas estén como están. Si tenemos leyes deficientes o injustas es porque tenemos malos legisladores. Y si tenemos malos gobernantes, es evidente que el gobierno no puede funcionar. Esto es tan patente, que nadie lo va a poner en duda.



Pero también es verdad que si un país va mal, el desastre no se debe sólo a los políticos. Normalmente, los pueblos tienen los gobernantes que se merecen. Y en todo caso, no olvidemos que si fulano nos gobierna, eso ocurre porque somos nosotros los que hemos elegido al tal fulano.



Pero hay algo mucho más grave en todo este asunto. Se trata del miedo a la libertad. Cuando F. Dostoyevsky, en el discurso del "Gran Inquisidor" afirma que "no hay para el hombre deseo más acuciante que el de encontrar a un ser en quien delegar el don de la libertad", con esta afirmación estaba poniendo el dedo en la llaga. La genialidad del Evangelio lo deja en evidencia. El relato de las tres tentaciones, que Jesús venció en el desierto, lo explica con claridad meridiana.



El "espíritu del mal" (Satanás) le propone a Jesús el proyecto de la más contundente eficacia para arreglar este mundo: convertir las piedras en pan (crisis económica resuelta), caer desde la torre del Templo, como llovido del cielo entre palmas de ángeles (crisis de autoridad y credibilidad resuelta), todos los reinos del mundo son tuyos (dominación total, resuelta). Un "Salvador", que se presenta en el mundo con esos poderes, impone el Reino de Dios en veinticuatro horas. ¿Quién ni qué se le podría resistir?



Y, sin embargo, Jesús vio enseguida que en eso estaba la "tentación satánica" por excelencia. La tentación del poder. La más seductora y la peor de todas las tentaciones. Porque es la tentación que nos despoja de la libertad. Y por tanto, la tentación que nos deshumaniza. Y por eso, nos destroza.



"El miedo a la libertad", del que habló con tanta elocuencia y acierto Erich Fromm, se ha apoderado de nosotros otra vez. Nuestro futuro no está en poner gobernantes que nos sometan, sino en recuperar la libertad que nos robaron haciéndonos pensar que somos más libres que nunca. No, amigos. El "poder opresor" se ha transfigurado en "poder seductor". La seducción del bienestar, la seguridad, la eficacia, por más que cada día nos tengan más controlados, eso es lo que alimenta nuestros mutilados anhelos, en la ceguera de una sociedad que no sabe exactamente ni lo que quiere, ni a dónde se encamina.



Así las cosas, desde mis limitados conocimientos y mi más limitada experiencia, me atrevo a proponer que el relato simbólico de las tentaciones de Jesús, y el proyecto de vida que él presentó, nos abren un horizonte de esperanza. Una esperanza que vemos. Pero que no la creemos, ni la aceptamos. Nos va mejor con el bienestar controlado y maltratado que nos ofrecen. Exactamente lo que tenemos.