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23 mayo en San Salvador, hora de recuento en Centroamérica

Equipo Envío
www.envio.org.ni/junio2015

El sábado 23 de mayo El Salvador vivió la mayor concentración de su historia reciente en la ceremonia de beatificación de Monseñor Romero. ¿Trescientas mil personas, quinientas mil…? Difícil un cálculo exacto.

La participación emocionada de la multitud evidenció el afecto entrañable y la admiración que persisten en la memoria de buena parte del pueblo salvadoreño hacia el hombre que durante tres años de represión sangrienta fue la “voz de los sin voz”, hacia quien se convirtió en el “padre de los pobres”, como lo llamó el Papa Francisco al nombrarlo beato.

El espaldarazo dado por el Papa Francisco a todo lo que ha significado en estos 35 años Monseñor Romero, desbloqueando el proceso, declarándolo mártir y disponiendo que fueran eclesiásticos llegados de Roma quienes presidieran la ceremonia en San Salvador son signos de inflexión en un prolongado conflicto, esencial para entender la historia de este pedacito de mundo que es Centroamérica.

DOS PODERES DETERMINANTES

En América Latina, como producto de la conquista de españoles y portugueses -en aquel momento adalides ambos de la Contrarreforma, enfrentada militar y culturalmente con el protestantismo naciente- la Iglesia católica ha sido hasta hoy, y a pesar de los rápidos y recientes avances de las denominaciones evangélicas, una institución poderosa, con notable influencia en los poderes civiles y en las conciencias.

Según el agudo análisis del sociólogo y sicoterapeuta peruano Guillermo Nugent, las dos instituciones jerárquicas más sólidas en toda América Latina han sido, y siguen siendo, el ejército y la Iglesia católica, dos poderes fácticos determinantes. El “caudillaje militar y la hegemonía cultural católica” habitan el imaginario colectivo latinoamericano como referentes fundamentales del poder. “Todavía hasta la fecha -escribe- los desfiles militares y las procesiones son las actividades callejeras que mejor expresan la imagen de ese orden jerárquico... Ambas instituciones son consideradas los pilares de la organización social, sin ellas la sociedad se desmoronaría”.

Y aunque afirma entre sus sugerentes conclusiones que “en América Latina la democracia, como un proyecto civil y laico, se enfrenta a los obstáculos de una configuración histórica distinta a la de los procesos que en su momento tuvieron lugar en Europa y Estados Unidos”, también admite la capacidad latinoamericana de “crear cosas enteramente nuevas con las palabras de siempre, con los ingredientes de siempre, con lo naturalmente familiar”. Tenemos, dice, la capacidad “de crear nuevos contextos” que, cuestionando “esas dos prótesis jerárquicas” que son el orden castrense y la institucionalidad clerical afloren “un sentido más amplio de cómo entender una comunidad nacional y una experiencia religiosa menos obediente”.

DOS MODELOS DE IGLESIA

Algo de esa capacidad creativa se expresó en el acto de beatificación de Monseñor Romero. Paradójico acto, inédito momento. Por un lado, la ceremonia tuvo toda la solemnidad del rito eucarístico católico, lo que hizo de ella un impactante signo de poder. Por otro lado, quien era exaltado en la ceremonia es desde hace décadas un símbolo, no sólo salvadoreño, sino universal, de ese poder eclesiástico puesto al servicio de los pobres, de los oprimidos y reprimidos por el poder económico y el poder militar… Romero fue en su tiempo, y se ha convertido con el tiempo, en el protagonista icónico de un “nuevo contexto” eclesial... no exento de conflictos.

En la historia centroamericana y latinoamericana, también en la nicaragüense, siempre hubo dos modelos de Iglesia en conflicto. No en pugnas por dogmas o doctrinas, sino por las actitudes y las prácticas ante el poder civil y ante las víctimas del abuso del poder. Tan pronto como en 1550 tuvimos en Nicaragua el primer obispo mártir del continente, Fray Antonio Valdivieso, asesinado por la causa de la justicia, como Monseñor Romero, matado como él por autoridades católicas y “por odio a la fe”, cuando la fe se traduce, como afirmaba Fray Antonio, en poner en práctica eso: “que el poder de la Iglesia sea para los opresos”, en su tiempo los indígenas.

EN AMBOS BANDOS

Durante las luchas independentistas las sociedades coloniales latinoamericanas se dividieron profundamente y también tomaron bandos opuestos las jerarquías católicas.

En Centroamérica, varios sacerdotes, inspirados en el movimiento campesino armado que en México encabezaron los sacerdotes José María Morelos y Miguel Hidalgo, conspiraron contra la corona española y vivieron una experiencia religiosa en “desobediencia” a las autoridades que la representaban en la región.

Otros sacerdotes defendían el poder colonial. En 1811, el cura José Antonio Chamorro, clamó en esta proclama: “El pueblo insurrecto ha desobedecido a los reyes de España, ha menospreciado la legislación española... Ese monstruo infernal del pueblo insurgente ha sido y es un traidor a Dios y a la Religión…”

En 1824, tres años después de lograda la independencia, nada menos que el Papa, entonces León Once, calificó el vuelco político centroamericano como “funesto”, provocado “por la cizaña de la rebelión contra nuestro amado rey de España”.

Un siglo después, durante la intervención militar de Estados Unidos en Nicaragua, vimos a clérigos respaldando a los marines y a un obispo, Monseñor Simeón Pereira y Castellón, denunciando “la política calculada y amenazante” del imperio del Norte y pidiendo “ya no solamente para Nicaragua, sino para todos los pueblos americanos, un período de reparación y de justicia, que cese ya el predominio de la fuerza y que llegue la serena actuación del derecho”.

CONCILIO: EL GRAN CAMBIO

Dos modelos de Iglesia aparecieron de una o de otra forma en todos nuestros países en los más de quinientos años de historia del cristianismo en América Latina, aunque es justo reconocer que las jerarquías “desobedientes” fueron generalmente excepciones, mientras que en las bases predominó durante siglos la religiosidad enseñada por esas jerarquías, una religiosidad centrada en los ritos, caracterizada por la resignación y por la esperanza en el “más allá”.

Esto empezó a cambiar por fin hace ahora cincuenta años con el gran acontecimiento que significó el Concilio Vaticano Segundo (1962-1965), un encuentro de más de dos mil obispos y teólogos de todo el mundo, reunidos por primera vez en un evento de ese tipo, ya no para condenar nada ni tampoco para discutir únicamente asuntos internos de la Iglesia.

Por primera vez la Iglesia católica parecía interesarse por “el mundo”. Por primera vez se proclamaba con fuerza que la Iglesia no es sólo el clero y los religiosos, sino todo el “pueblo de Dios”. El Concilio invitó a todos a ver el mundo con optimismo y a transformarlo para hacerlo más justo. La Iglesia comenzó a entenderse como un pueblo comprometido con hacer realidad el sueño de Jesús, el Reino de Dios. Y, siguiendo la tradición protestante, las comunidades católicas comenzaron, por primera vez, a leer la Biblia desde una exégesis renovada. Se abandonó el latín en la liturgia, se orientó el diálogo ecuménico con todas las religiones…

Por todas las “ventanas” de la Iglesia entraba “aire fresco”, como había querido el convocador del Concilio, el Papa Juan 23. No faltaron jerarquías eclesiásticas empeñadas en cerrarlas, aunque en aquel momento parecían estar en minoría.

MEDELLÍN 1968: HORA CERO

En 1968 los obispos latinoamericanos se reunieron en Medellín para “leer” las importantes novedades del Concilio desde la realidad de nuestro continente, la única región del planeta habitada mayoritariamente por creyentes cristianos y, contradictoriamente, la más desigual del globo, la de más injusta distribución de las riquezas, de la tierra, de las oportunidades.

Si la Europa del Concilio vivía ya un proceso acelerado de secularización, donde la pregunta “religiosa” era “si hay vida después de la muerte”, de este lado del mundo la pregunta acuciante era “si habrá vida antes de la muerte”…

Urgidos por dar respuestas a esa pregunta nacida del empobrecimiento de las mayorías, nacieron de Medellín conceptos teológicos que inspiraron prácticas que recuperaban la fuerza transformadora del evangelio de Jesús: el pecado estructural (no basta con evitar el pecado personal, hay que transformar el pecado social); nuestro continente necesita no sólo de desarrollo, urge de liberación; la fe y la política, la fe y el compromiso por el cambio social no pueden separarse; Dios no es neutral en los conflictos históricos y toma partido por los pobres para que dejen de serlo; amar a los ricos es denunciar su riqueza injusta para que puedan vivir como hermanos, amar a los pobres es sacarlos de su pobreza para que logren vivir como humanos…

Siguiendo el método de ver–juzgar–actuar, los obispos reflexionaron sobre la realidad del continente e hicieron central la “opción preferencial por los pobres”. Los documentos surgidos de Medellín fueron una recreación original y autóctona de los del Concilio. Medellín fue el bautismo oficial de la teología de la liberación.

Eran tiempos de dictaduras militares por todo el continente cuando estas ideas y las prácticas derivadas de ellas -porque la teología de la liberación es ante todo una práctica, una actitud ante el poder y la pobreza que provoca-, vieron nacer la evolución más importante vivida por la Iglesia en América Latina.

Protagonismo de los ejércitos dominando los gobiernos y transformación profunda en las prácticas de la jerarquía y las bases de la Iglesia católica: un cambio en extremo conflictivo.

Monseñor Romero fue inicialmente un activo censor y adversario, por temor, de todo lo que había surgido de Medellín. Sería hasta unos diez años después que él, como tantas otras jerarquías, como tanta gente, cambió, se transformó, hasta llegar a ser quien es hoy: el representante más conocido en el mundo de ese momento estelar de la historia latinoamericana.

IGLESIAS RENOVADAS

En toda América Latina y en Centroamérica el Concilio y Medellín innovaron la Iglesia: en barrios y parroquias de las ciudades nacieron las comunidades eclesiales de base. En las zonas rurales surgieron los Delegados de la Palabra, con mayor fuerza en Honduras. Por todas partes brotaban organizaciones de hombres y mujeres que asumían por primera vez protagonismo en la promoción de la fe y de la justicia social, todo a la vez y así por primera vez.

El Concilio y Medellín renovaron a la Iglesia de Nicaragua, hasta entonces muy encerrada en sí misma y muy vinculada a la dictadura somocista. Ya en 1966, un año después de terminado en Roma el Concilio, los religiosos capuchinos estadounidenses promovieron en la Costa Atlántica el movimiento de los Delegados de la Palabra y la capacitación de laicos.

En esos años surgen en Managua las primeras comunidades eclesiales de base, que tuvieron características urbanas, juveniles y de clases medias. En esos años Ernesto Cardenal iniciaba una original experiencia de trabajo pastoral en el archipiélago de Solentiname, las congregaciones religiosas femeninas abandonaban colegios para una juventud de clase alta y media y se iban a trabajar a los barrios, y el movimiento laico de Cursillos de Cristiandad asumía el compromiso social como señal de identidad.

Diez años de renovación de la Iglesia nicaragüense tuvieron su resultado más visible en la masiva participación del pueblo cristiano, del pueblo católico organizado en comunidades, en el derrocamiento de Somoza, un acontecimiento que alegró a Monseñor Romero. En su homilía del 22 de julio dijo: “Creo que interpreto el sentir de todos ustedes si nuestro primer saludo de esta mañana es para nuestra hermana república de Nicaragua. ¡Qué alegría nos da el inicio de su liberación!”

El precio que tuvo que pagar tanta gente comprometida en el resto de Centroamérica con un cambio de las estructuras de poder que generaban injusticias y empobrecimiento fue altísimo. A los fraudes electorales, a las dictaduras, a la represión siguió la resistencia, la organización campesina, las guerras civiles… El saldo: montañas de mártires “por odio a la fe” cuando la fe comenzó a entenderse como trabajo y lucha por la justicia social. Es interminable la lista de quienes fueron asesinados y asesinadas en las décadas de los años 60, 70 y 80 en nuestra región y en todo el continente.

ESTADOS UNIDOS RESPONSABLE
En la sangre derramada de tantos creyentes tuvo responsabilidad el gobierno de Estados Unidos, inquieto por perder “la iniciativa ideológica” con cambios que anunciaban un vuelco histórico.

En 1968, Nelson Rockefeller, Vicepresidente de Estados Unidos, con Nixon en la Casa Blanca, recorrió América Latina y observó que la Iglesia católica “ya no es un aliado seguro para Estados Unidos” y que el catolicismo se había convertido “en un peligroso centro de revolución potencial”.

En 1969 elaboró el Informe Rockefeller, en el que sentenció: “Si la Iglesia latinoamericana cumple los acuerdos de Medellín, los intereses de Estados Unidos están en peligro en América Latina”. Su recomendación al gobierno fue promover “otro tipo de cristianos”. Inició así la invasión del continente por denominaciones evangélicas fundamentalistas nacidas del prolífico pentecostalismo estadounidense, una invasión que no ha cesado desde entonces.

Años más tarde, un informe elaborado en 1980 para la campaña presidencial de Ronald Reagan, el Documento de Santa Fe, mantenía esa alerta y decretaba: “La política exterior de Estados Unidos debe comenzar a enfrentar (y no simplemente a reaccionar con posterioridad) a la Teología de la Liberación tal como es utilizada en América Latina por el clero de la Teología de la Liberación”.

Nunca como en aquellos años se manifestó con tanta intensidad el conflicto entre dos modelos de Iglesia: la que se acomoda al poder represivo y abusador y la que lo denuncia y lucha para cambiar las cosas.

Apoyaban los acuerdos de Medellín y la teología de la liberación cardenales, obispos, sacerdotes y religiosas y, principalmente, miles y miles de mujeres y hombres creyentes. Y la “enfrentaban” cardenales, obispos, sacerdotes y religiosas y también creyentes de base.

Este conflicto tiene una historia parecida y distinta, similar y específica en cada uno de los países latinoamericanos y en cada uno de los países centroamericanos.

ROMA 1978: HORA CERO
En 1978, con la llegada al solio pontificio del cardenal Karol Wojtyla, que venía de la Polonia comunista, el conflicto llegó a la cima del poder eclesiástico. El nuevo Papa Juan Pablo Segundo se puso del lado de quienes querían “restaurar” la Iglesia regresándola a la etapa pre-Concilio. Y aún con mayor ardor se puso del lado de gobernantes y jerarquías eclesiásticas latinoamericanas que enfrentaban la teología de la liberación. Vio lo que sucedía en América Latina con lentes polacos, temió los cambios identificándolos con el comunismo y terminó haciendo una opción preferencial por quienes combatían los cambios. Esa hostilidad alcanzó de lleno a Monseñor Romero durante los tres años al frente del arzobispado de San Salvador.

Las posiciones romanas se tradujeron en un calculado cierre de espacios, en el nombramiento de obispos “restauradores”, en cambios en los seminarios para formar a un clero “restaurador”, en el control de las congregaciones religiosas femeninas, en la suspensión de teólogos, en prohibiciones y condenas a la “Iglesia popular”, al “magisterio paralelo” y a “la relectura de la biblia”.

La más grave de las traducciones de esa hostilidad fue el apoyo, por acción o por omisión, a las dictaduras militares latinoamericanas, todas presididas por autoridades católicas que mataban a católicos “por odio a la fe” porque la fe se entendía como un compromiso por la justicia social.

24 MARZO 1980

En marzo de 1980 el “odio a la fe” mató a Monseñor Romero. En los últimos meses de su vida Romero fue como unas manos gigantes atareadas en el esfuerzo de detener la guerra, de mantener unidos los pedazos de su país, a punto de quebrarse. Poco después de su asesinato inició una guerra que se prolongaría doce años.

La presencia de esas manos y la memoria de ese corazón quebrado fueron persistentes y traspasaron las fronteras de El Salvador aceleradamente. Durante 35 años Romero fue San Romero de América, un icono ante la “restauración” impuesta desde Roma, que se instalaba, también aceleradamente en amplios sectores eclesiásticos del continente, para desde las cúpulas fluir rauda hacia las bases, en donde el fundamentalismo evangélico hacía también su trabajo modelando conciencias en la horma de la resignación.

TIEMPOS DE “RESTAURACIÓN”

En Nicaragua, ya a finales de los años 80, antes de la derrota electoral de la Revolución, el modelo de Iglesia católica era el de la “restauración”, un modelo plenamente vigente hasta hoy, cuando desde un gobierno, que se dice cristiano y de izquierda, se promueve activamente una religiosidad alienante.

Las importantes transformaciones conseguidas en la Iglesia en diez años se fueron perdiendo en nuestros países. Con cada delegado, catequista, religiosa o sacerdote que caía se perdía a un multiplicador de los cambios.

La restauración impuesta desde el Vaticano promovió un clero formado en seminarios con escasa conciencia crítica. Se reforzó el clericalismo en la Iglesia, se volvió a la teología más conservadora, a la moral tradicional y a la obediencia al Papa. Se fomentaron las comunidades carismáticas para restar adeptos a los evangélicos y las comunidades eclesiales de base fueron siendo sustituidas por comunidades catecumenales. Los compromisos por el cambio social como expresión de la fe fueron siendo abandonados y se fomentaron las devociones tradicionales, las procesiones, las reliquias, los santos... El clero se fue haciendo cada vez más conservador y cercano al poder.

Las denuncias proféticas contra la injusticia social o contra la represión fueron apagándose. Y con el tiempo más se habló del aborto que de la corrupción o de la desigualdad. Juan Pablo Segundo fortaleció al Opus Dei y a los Legionarios de Cristo, poniendo en estos grupos más confianza que en las órdenes religiosas históricas: jesuitas, dominicos, franciscanos.

¿QUÉ QUEDÓ DE LOS CAMBIOS?

El modelo impuesto desde Roma tuvo una clara continuidad en Benedicto 16. Entre ambos pontífices consumaron 35 años de guerra de alta y de baja intensidad contra los cambios nacidos del Concilio y de Medellín.

El Papa Francisco, su estilo, su forma de mirar el mundo y sus palabras, representan una primavera después de un muy largo invierno, una suave brisa después de años de plomo.

¿Qué ha quedado en Centroamérica de la teología de la liberación? La utopía social y teológica de los años 60, 70 y 80 no tiene ya los mismos referentes y hay un cambio generacional, con cada vez menos agentes de los que impulsaron esos cambios. Pero fueron tantas las semillas sembradas entonces que siguen germinando hoy en formas inesperadas. Una de esas semillas se llama Romero. Heredera de esa utopía es también la teología feminista.

CENTROAMÉRICA ES “OTRA”

Hoy, cuando el Papa Francisco, llegado a Roma desde este “fin del mundo” -como llamó él a esta América Latina tan distante del Vaticano- eleva a los altares a Romero, un gesto de indudable rectificación, Centroamérica ya no es la misma del tiempo de Monseñor.

En el actual modelo de crecimiento económico que siguió a los conflictos armados de los años 70 y 80, el que impera hoy en Centroamérica, nuestros países pasaron de una economía agroexportadora, dependiente exclusivamente de productos tradicionales: café, bananos, carne, azúcar, en algún tiempo algodón, a una economía algo más diversificada por el incremento de las maquilas, el turismo y las remesas de sus emigrantes. Los ingresos de divisas provenientes de estas actividades superaban ya en los años 90 a los que provienen de los productos agrícolas tradicionales y cambiaron el rostro de nuestras economías.

El fin de los conflictos armados de los años 80 propició también la reactivación y la expansión del comercio centroamericano y de los flujos de inversión dentro de la región. El nuevo rostro de nuestras economías es ahora “más centroamericano” que hace unos años y las élites empresariales son ya regionales. Surgieron también otras élites en una zona oculta: las dedicadas al narcotráfico, que ha adquirido dimensiones financieras y económicas insospechadas tan sólo hace algunos años y ha permeado instituciones políticas y jurídicas, cuerpos castrenses y policías.

ENTRE VIOLENCIAS Y MIGRACIONES

El tiempo de Monseñor Romero fue un tiempo de crisis rural, de organizaciones campesinas que reclamaban tierra -las luchas por la reforma agraria- o que exigían mejores salarios en las fincas de las oligarquías tradicionales, hoy transmutadas, ellas o sus herederos, en élites financieras.

Hoy, aunque ya no estamos en guerra, somos territorio de violencias. Honduras está clasificada como el país “en paz” más violento del mundo. Guatemala le sigue los pasos. En El Salvador, mayo, el mes de la beatificación de Romero, fue el más violento de la posguerra, llegando al récord de 641 homicidios en sus treinta y un días. Más se mata y más se muere ahora de forma violenta que en los años de la represión y los conflictos armados.

Centroamérica ya no es la misma del tiempo de Monseñor. Y aunque ya no hay desaparecidos ni cárceles clandestinas, cada vez más gente desaparece de su país, se va, emigra, en el “clandestinaje” de andar sin papeles y de evadir controles represivos.

MUCHEDUMBRES AYER Y HOY

Ya no es la misma Centroamérica, pero sigue siendo la zona más desigual de una región, América Latina, que continúa siendo la más desigual del planeta. En su homilía del 6 de agosto de 1979 Monseñor Romero nombraba a una muchedumbre que aún podemos ver a diario en ciudades y campos de nuestra región: “Niños que desde la más tierna edad tienen que ganarse la vida, jóvenes a quienes no se les presta una oportunidad para su desarrollo, campesinos carentes hasta de lo más necesario, obreros a los que se les regatean sus derechos, subempleados, marginados y hacinados, ancianos que se sienten inútiles…”

Y en esta nueva Centroamérica hay otra muchedumbre: la de quienes resisten a la minería y al saqueo de los recursos, la de quienes luchan contra la impunidad, la de quienes trabajan por detener tantas formas de violencia, la de quienes apoyan a los migrantes, la de quienes se esfuerzan para que las cosas cambien y dan la vida en ese esfuerzo. Son los nuevos mártires, aunque nadie los proclame así. Sin ser el único ayer Monseñor Romero hoy los representa a todos, a los de su tiempo y a los de este nuevo tiempo.

LA VERDAD DE AQUEL CRIMEN

La ceremonia de beatificación de Monseñor Romero fue un reconocimiento del derecho a la verdad. El derecho a la verdad es un derecho humano, aun cuando no aparece consignado en la Declaración Universal de Derechos Humanos.

En 2010 Naciones Unidas proclamó el día del asesinato de Monseñor Romero, 24 de marzo, fecha litúrgica en la que ahora será venerado, como Día Internacional del Derecho a la Verdad, esa verdad a la que tienen derecho quienes han sufrido graves violaciones a sus derechos humanos y a su dignidad.

La verdad en el crimen de Monseñor Romero se conoció en el mismo momento en que sonó el disparo que le partió el corazón. Doce años después la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas confirmó lo que ya se sabía, al señalar como autor intelectual del crimen al mayor Roberto D’Aubuisson, fundador de los escuadrones de la muerte y del partido ARENA. “Se visten de curas, pero son comunistas, han armado una cosa que se llama Iglesia Popular, que no es nuestra Iglesia del Vaticano, la Iglesia que dirige el Papa, la Iglesia de la que nosotros somos creyentes”, decía este hombre en la televisión… y poco después aparecía otro sacerdote asesinado. D’Aubuisson murió en 1993, al año siguiente de terminar la guerra en El Salvador.

La verdad de ese crimen ha sido reiteradamente reconocida. En 1994, el obispo Arturo Rivera y Damas, sucesor de Romero en el arzobispado de San Salvador, y su amigo, dijo en una homilía: “No se puede hablar de Monseñor Romero y de su trabajo pastoral si no se menciona a D’Aubuisson, como no se puede hablar de la pasión de Cristo sin tropezar con Pilatos y Judas y con Anás y Caifás. Y fue D’Aubuisson el que dio la orden de matarlo”.

Después de la muerte de Rivera, Juan Pablo Segundo nombró como arzobispo de San Salvador a un miembro del Opus Dei, que relegó al olvido a Monseñor Romero, y con otros obispos del país hizo todo lo posible por borrar su memoria.

“USTEDES MATARON A UN SANTO”

El 23 de mayo la verdad reconocida y proclamada en esa plaza de la capital salvadoreña fue un acto de reparación, de resarcimiento, incluso de retractación, por parte de la Iglesia vaticana, que en su tiempo poco o nada hizo para detener el disparo que mató a Romero. Sin el Papa Francisco esa rectificación hubiera sido imposible. El 23 de mayo, cada vez que era nombrado Francisco, la multitud lo reconocía, ovacionándolo agradecida.

En Centroamérica, envuelta en dictaduras y guerras civiles tan recientemente, han sido escasos -nulos en el caso de Nicaragua- los esfuerzos de justicia transicional. La ceremonia de beatificación de Monseñor Romero fue un solemne acto simbólico de justicia transicional.

Sin decirlo así explícitamente, “la verdad” que la Iglesia oficial afirmó esa mañana para hacer justicia, ante toda la sociedad salvadoreña y ante el mundo, era la santidad de Monseñor Romero. Para un sector aún muy poderoso de la sociedad salvadoreña la verdad que allí se proclamó, sin decirla y a pleno sol, era contundente: “Ustedes mataron a un santo”.

Centroamérica asistió a la más grande derrota simbólica del partido ARENA, la derecha más organizada de la región, el partido fundado por el asesino del beato.

Y para refrendar aún más simbólicamente esa verdad, y esa derrota, en los precisos momentos en que iniciaba el momento de la ceremonia en que se proclamó la santidad de Monseñor Romero el sol se fue rodeando de un halo brillante de colores. Un arcoíris circular, fenómeno poco frecuente, adornó el cielo durante media hora sumándose al júbilo masivo.

“ESTE PUEBLO VOLVERÁ A SONREIR”

En el rito de la beatificación se proclamó otra verdad, dedicada a quienes siguen asesinando en nuestros países a tanta gente buena: “Mientras los perseguidores de Monseñor Romero han desaparecido en la sombra del olvido y de la muerte, la memoria de Romero en cambio continúa viva”, proclamó el cardenal Amato, quien presidió una ceremonia en la que se hizo justicia y se advirtió a los que matan que se hará justicia.

Muchos de los “perseguidores” de Monseñor Romero aún siguen vivos. Algunos, los del mundo político, estaban presentes en el palco de los invitados especiales, entre ellos destacó el hijo de D’Aubuisson, hoy alcalde de Santa Tecla. Algunos, los del mundo jerárquico católico, también estuvieron presentes, dan entrevistas, hasta escriben libros y hoy se hacen pasar por los más cercanos a Romero, entre ellos destaca el sacerdote Jesús Delgado.

Lágrimas, contenidas o incontrolables, aparecían en los rostros de mucha gente durante las tres horas que duró la ceremonia de beatificación. “Este pueblo volverá a sonreír”, dijo Monseñor Romero en una de sus homilías en los años oscuros de la represión más dura. Esa mañana se cumplió su deseo: también hubo muchas sonrisas de esperanza, de consuelo, de satisfacción en los rostros de la gente, que sentía que por fin se les hacía justicia con un regalo largo tiempo deseado.

Inicia ahora otra etapa: tiempos en que trigo y cizaña crecerán juntos alrededor del nuevo beato. Porque el conflicto entre dos modelos de Iglesia -del que apenas hemos esbozado un breve recuento- sigue presente en nuestros países. 35 años de imposición desde arriba de un modelo conservador no pasan en balde, dejan los escombros que un terremoto deja y exigen reconstrucción, volver a empezar...

TRIGO Y CIZAÑA: DOS APUESTAS

Se ha inaugurado un nuevo concepto de santidad que va mucho más allá de las virtudes personales: el vinculado al compromiso por el cambio social y político hasta dar la vida. Y como toda novedad, provocará conflicto. Unos seguirán conservando los mensajes de Monseñor Romero manteniéndolos vivos y actualizándolos en infatigables luchas por la justicia. Otros pretenderán edulcorar a Monseñor, des-profetizarlo, domesticarlo, arrancándolo del contexto que lo hizo ser quien llegó a ser.


La apuesta de quienes pretenden reconciliar a un país tan polarizado por la injusticia como El Salvador proponiendo a Monseñor Romero como “patrón de la reconciliación”, escondiendo las razones de tanta violencia y tantas desigualdades, pretende convertirlo en un mito. La apuesta de quienes trabajarán por conservar el relato de su vida y la fuerza transformadora de su mensaje para cambiar las cosas en El Salvador busca lo mismo que en estos 35 años: seguir resucitándolo. Sólo el tiempo nos dirá qué apuesta tiene mayor calado.

Racismo políticamente correcto


A punta de reclamos, recriminaciones y manifestaciones los blancos en Estados Unidos han aprendido a morderse la lengua y evitar cualquier comentario racista en contra de los negros. Esto rige especialmente para los políticos, que se cuidan muy bien de ofender a esa comunidad. Pero no sólo eso, si los ofenden y agreden los negros reaccionan.

En 1991 se grabó en video la golpiza que le propinaron unos policías blancos a un negro llamado Rodney King. En el juicio los policías fueron exonerados, con un jurado ad hoc y se desató la furia de la población negra en Los Ángeles y se realizaron protestas que derivaron en saqueos, quema de autobuses y diversos desmanes.

Algo similar sucedió, hace unos 10 años, con unos mexicanos migrantes en Riverside, California, que fueron golpeados con lujo de violencia, suceso que fue televisado. Al respecto se manifestaron algunas voces indignadas, pero no pasó de ahí. No hubo manifestaciones de protesta, nadie salió a la calle, menos aún se provocaron incendios o saqueos. Eran migrantes ilegales.

Recientemente en Nueva York un policía blanco sometió a un hombre negro con una llave de estrangulamiento prohibida y lo mató. No hubo cargos contra el policía. Pero la población salió a la calle, se manifestó y se creó un conflicto grave para el alcalde negro Bill de Blasio que se atrevió a censurar a la policía.

En mayo de 2013 un patrullero del área de San Diego ahorcó, con el mismo tipo de llave, al migrante mexicano Adolfo Ceja y lo dejó sin sentido. El patrullero fue exonerado y se adujo, en el juicio, que el mexicano había fingido el desmayo.

El 9 de agosto de 2015 un policía blanco disparó y mató a un joven negro en Ferguson Misuri, que iba desarmado y según testigos trataba de rendirse. La policía dice lo contrario, que se trató de una agresión. El gran jurado, compuesto por blancos, exoneró al policía y se desató la trifulca, las manifestaciones y el repudio general.
En Pasco, estado de Washington, en febrero 2015, tres policías mataron al trabajador agrícola mexicano Alfredo Zambrano, de Michoacán, con 17 disparos. Al parecer tiraba piedras a los coches y también a la policía. Si bien iba huyendo se detuvo, dio la vuelta y levantó las manos. En ese momento le dispararon. Pueden ver el video que está disponible en YouTube. Hubo reclamos y manifestaciones, pero las protestas no pasaron a mayores. Otro caso similar sucedió en Dallas el 18 de mayo de 2015.

Estos incidentes suelen darse entre policías blancos y sospechosos negros o latinos. Rara vez sucede que un policía blanco mate a un sospechoso blanco, en circunstancias similares, donde hay uso excesivo de la fuerza.

Quizá la prueba más evidente y alarmante de esta sistemática agresión racista contra migrantes mexicanos sea el documental Mi vida dentro, de Lucía Gajá, que retoma el caso de Rosa Olvera, condenada a 99 años de prisión por haber asesinado con alevosía al hijo de su vecina cuando lo cuidaba en su casa. El documental causó tal impacto, que el juicio se ha reabierto y ha recibido apoyo de instituciones gubernamentales del estado de México, de donde es originaria y de la fundación Cinepolis que apoyó el documental.

Poco a poco se despierta entre los latinos la conciencia y la necesidad de reclamar, de salir a la calle y denunciar el abuso policial y los juicios amañados con claro tinte racista. Pero falta mucho. Cuando se trata de abusos a los negros la acusación de racismo suele casi siempre estar presente, cuando se trata de mexicanos, se justifica y se matiza con el pretexto de que son migrantes, pobres, extranjeros, ilegales.

Los estudios de Rubén Rambaut y sus colegas de la Universidad de California han demostrado estadísticamente que en la última década los crímenes (asaltos y robos) han disminuido a la mitad y que los migrantes mexicanos (primera generación) tienen un índice de criminalidad ocho veces menor que la segunda generación, nacida en Estados Unidos.

Detrás de la condena y la persecución a los migrantes ilegales se esconden racistas, xenófobos, nativistas, supremacistas blancos y propulsores del english only. Justifican la represión al trabajador migrante indocumentado, porque está fuera de la ley.
Hace más de dos décadas que en Estados Unidos se libra una batalla sorda y sistemática contra los migrantes, muy especialmente de los mexicanos. A los políticos conservadores se les hizo fácil y redituable colocar como lema de campaña electoral la lucha contra los migrantes ilegales.

Y el resultado más elaborado de toda esta campaña ha sido el discurso inaugural de Donald Trump, cuando se lanzó como candidato a la presidencia en las primarias del Partido Republicano. No se trata de una puntada o un exabrupto. Es una decisión política, muy bien pensada y elaborada por el candidato y su equipo de campaña.

Es una campaña política que irrumpe con una provocación de muy alto impacto y que obviamente espera oposición y confrontación. De eso se trata, de empezar su campaña con un ataque frontal contra los migrantes: pero Trump olvidó poner el calificativo de ilegales. Su ataque fue contra los migrantes en general y el gobierno mexicano que manda gente con un montón de problemas, traen drogas, son criminales y violadores.

Al generalizar de esa manera se develó el trasfondo racista de su posición y hay que agradecérselo. Se hizo evidente lo que por muchos años los políticos conservadores habían tratado de ocular.

Trump pensaba que atacaba a los vulnerables de siempre, a los que permanecen callados en la sombra, que su bravuconada era políticamente correcta. Pero se equivocó. Atacó a toda una comunidad, que finalmente, ha empezado a dar la cara, a defenderse y a denunciar a estos racistas encubiertos.


Nota: la terminología racial de blanco y negro ( black), para diferenciar a la población, es la que se utilizaba de manera oficial en Estados Unidos.

Discurso del Papa ante los Movimientos Populares

Buenas tardes a todos.

Hace algunos meses nos reunimos en Roma y tengo presente ese primer encuentro nuestro. Durante este tiempo los he llevado en mi corazón y oraciones. Me alegra verlos de nuevo aquí, debatiendo los mejores caminos para superar las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos en todo el mundo. Gracias Señor Presidente Evo Morales por acompañar tan decididamente este Encuentro.

Aquella vez en Roma sentí algo muy lindo: fraternidad, garra, entrega, sed de justicia. Hoy, en Santa Cruz de la Sierra, vuelvo a sentir lo mismo. Gracias por eso. También he sabido por medio del Pontificio Consejo Justicia y Paz que preside el Cardenal Turkson, que son muchos en la Iglesia los que se sienten más cercanos a los movimientos populares. ¡Me alegra tanto! Ver la Iglesia con las puertas abiertas a todos Ustedes, que se involucre, acompañe y logre sistematizar en cada diócesis, en cada Comisión de Justicia y Paz, una colaboración real, permanente y comprometida con los movimientos populares.

Los invito a todos, Obispos, sacerdotes y laicos, junto a las organizaciones sociales de las periferias urbanas y rurales, a profundizar ese encuentro.

Dios permite que hoy nos veamos otra vez. La Biblia nos recuerda que Dios escucha el clamor de su pueblo y quisiera yo también volver a unir mi voz a la de Ustedes: tierra, techo y trabajo para todos nuestros hermanos y hermanas. Lo dije y lo repito: son derechos sagrados. Vale la pena, vale la pena luchar por ellos. Que el clamor de los excluidos se escuche en América Latina y en toda la tierra.

1. Empecemos reconociendo que necesitamos un cambio. Quiero aclarar, para que no haya malos entendidos, que hablo de los problemas comunes de todos los latinoamericanos y, en general, de toda la humanidad. Problemas que tienen una matriz global y que hoy ningún Estado puede resolver por sí mismo. Hecha esta aclaración, propongo que nos hagamos estas preguntas:

- ¿Reconocemos que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad?

- ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios? ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza?

Entonces, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio.
Ustedes -en sus cartas y en nuestros encuentros- me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas. Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de esas exclusiones, ¿podemos reconocerlo? Porque no se trata de cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?

Si es así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos... Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra como decía San Francisco.

Queremos un cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más cercana; también un cambio que toque al mundo entero porque hoy la interdependencia planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y la indiferencia.

Quisiera hoy reflexionar con ustedes sobre el cambio que queremos y necesitamos. Saben que escribí recientemente sobre los problemas del cambio climático. Pero, esta vez, quiero hablar de un cambio en el otro sentido. Un cambio positivo, un cambio que nos haga bien, un cambio -podríamos decir- redentor. Porque lo necesitamos. Sé que ustedes buscan un cambio y no sólo ustedes: en los distintos encuentros, en los distintos viajes he comprobado que existe una espera, una fuerte búsqueda, un anhelo de cambio en todos los pueblos del mundo. Incluso dentro de esa minoría cada vez más reducida que cree beneficiarse con este sistema reina la insatisfacción y especialmente la tristeza. Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza.

El tiempo, hermanos, hermanas, el tiempo parece que se estuviera agotando; no alcanzó el pelearnos entre nosotros, sino que hasta nos ensañamos con nuestra casa. Hoy la comunidad científica acepta lo que hace ya desde hace mucho tiempo denuncian los humildes: se están produciendo daños tal vez irreversibles en el ecosistema. Se está castigando a la tierra, a los pueblos y las personas de un modo casi salvaje.

Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea llamaba «el estiércol del diablo». La ambición desenfrenada de dinero que gobierna. El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común.

No quiero extenderme describiendo los efectos malignos de esta sutil dictadura: ustedes los conocen. Tampoco basta con señalar las causas estructurales del drama social y ambiental contemporáneo. Sufrimos cierto exceso de diagnóstico que a veces nos lleva a un pesimismo charlatán o a regodearnos en lo negativo. Al ver la crónica ‘negra’ de cada día, creemos que no hay nada que se puede hacer salvo cuidarse a uno mismo y al pequeño círculo de la familia y los afectos.

¿Qué puedo hacer yo, cartonero, catadora, pepenador, recicladora frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador que apenas puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para mis problemas? ¡Mucho!

Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de «las tres T» (trabajo, techo, tierra) y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, nacionales, regionales y mundiales. ¡No se achiquen!

2. Ustedes son sembradores de cambio. Aquí en Bolivia he escuchado una frase que me gusta mucho: «proceso de cambio». El cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social. Sabemos dolorosamente que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir.

Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, remplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios de poder disponibles y ver resultados inmediatos. Cada uno de nosotros no es más que parte de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: pueblos que luchan por una significación, por un destino, por vivir con dignidad, por «vivir bien».

Ustedes, desde los movimientos populares, asumen las labores de siempre motivados por el amor fraterno que se revela contra la injusticia social. Cuando miramos el rostro de los que sufren, el rostro del campesino amenazado, del trabajador excluido, del indígena oprimido, de la familia sin techo, del migrante perseguido, del joven desocupado, del niño explotado, de la madre que perdió a su hijo en un tiroteo porque el barrio fue copado por el narcotráfico, del padre que perdió a su hija porque fue sometida a la esclavitud; cuando recordamos esos «rostros y nombres» se nos estremecen las entrañas frente a tanto dolor y nos conmovemos...

Porque «hemos visto y oído», no la fría estadística sino las heridas de la humanidad doliente, nuestras heridas, nuestra carne. Eso es muy distinto a la teorización abstracta o la indignación elegante. Eso nos conmueve, nos mueve y buscamos al otro para movernos juntos. Esa emoción hecha acción comunitaria no se comprende únicamente con la razón: tiene un plus de sentido que sólo los pueblos entienden y que da su mística particular a los verdaderos movimientos populares.

Ustedes viven cada día, empapados, en el nudo de la tormenta humana. Me han hablado de sus causas, me han hecho parte de sus luchas y yo se los agradezco. Ustedes, queridos hermanos, trabajan muchas veces en lo pequeño, en lo cercano, en la realidad injusta que se les impuso y a la que no se resignan, oponiendo una resistencia activa al sistema idolátrico que excluye, degrada y mata.

Los he visto trabajar incansablemente por la tierra y la agricultura campesina, por sus territorios y comunidades, por la dignificación de la economía popular, por la integración urbana de sus villas y asentamientos, por la autoconstrucción de viviendas y el desarrollo de infraestructura barrial, y en tantas actividades comunitarias que tienden a la reafirmación de algo tan elemental e innegablemente necesario como el derecho a «las tres T»: tierra, techo y trabajo.

Ese arraigo al barrio, a la tierra, al territorio, al oficio, al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día, con sus miserias y sus heroísmos cotidianos, es lo que permite ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino entre personas, porque ni los conceptos ni las ideas se aman; se aman las personas.

La entrega, la verdadera entrega surge del amor a hombres y mujeres, niños y ancianos, pueblos y comunidades... rostros y nombres que llenan el corazón. De esas semillas de esperanza sembradas pacientemente en las periferias olvidadas del planeta, de esos brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la exclusión, crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar este mundo.

Veo con alegría que ustedes trabajan en lo cercano, cuidando los brotes; pero, a la vez, con una perspectiva más amplia, protegiendo la arboleda. Trabajan en una perspectiva que no sólo aborda la realidad sectorial que cada uno de ustedes representa y a la que felizmente está arraigado, sino que también buscan resolver de raíz los problemas generales de pobreza, desigualdad y exclusión.

Los felicito por eso. Es imprescindible que, junto a la reivindicación de sus legítimos derechos, los pueblos y sus organizaciones sociales construyan una alternativa humana a la globalización excluyente.

Ustedes son sembradores del cambio. Que Dios les dé coraje, alegría, perseverancia y pasión para seguir sembrando. Tengan la certeza que tarde o temprano vamos de ver los frutos. A los dirigentes les pido: sean creativos y nunca pierdan el arraigo a lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas intelectuales y adoptar poses ideológicas, pero si ustedes construyen sobre bases sólidas, sobre las necesidades reales y la experiencia viva de sus hermanos, de los campesinos e indígenas, de los trabajadores excluidos y las familias marginadas, seguramente no se van a equivocar.

La Iglesia no puede ni debe ser ajena a este proceso en el anuncio del Evangelio. Muchos sacerdotes y agentes pastorales cumplen una enorme tarea acompañando y promoviendo a los excluidos en todo el mundo, junto a cooperativas, impulsando emprendimientos, construyendo viviendas, trabajando abnegadamente en los campos de la salud, el deporte y la educación. Estoy convencido que la colaboración respetuosa con los movimientos populares puede potenciar estos esfuerzos y fortalecer los procesos de cambio.

Tengamos siempre en el corazón a la Virgen María, una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio, una madre sin techo que supo transformar una cueva de animales en la casa de Jesús con unos pañales y una montaña de ternura. María es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Rezo a la Virgen María, a la que el pueblo boliviano se confía con fervor, para que permita que este Encuentro nuestro sea fermento de cambio.

3. Por último quisiera que pensemos juntos algunas tareas importantes para este momento histórico, porque queremos un cambio positivo para el bien de todos nuestros hermanos y hermanas, eso lo sabemos. Queremos un cambio que se enriquezca con el trabajo mancomunado de los gobiernos, los movimientos populares y otras fuerzas sociales, eso también lo sabemos.

Pero no es tan fácil definir el contenido del cambio, podría decirse, el programa social que refleje este proyecto de fraternidad y justicia que esperamos. En ese sentido, no esperen de este Papa una receta. Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social ni la propuesta de soluciones a los problemas contemporáneos. Me atrevería a decir que no existe una receta. La historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan buscando su propio camino y respetando los valores que Dios puso en el corazón.

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Quisiera, sin embargo, proponer tres grandes tareas que requieren el decisivo aporte del conjunto de los movimientos populares:

3.1. La primera tarea es poner la economía al servicio de los pueblos: Los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero. Digamos NO a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir. Esa economía mata. Esa economía excluye. Esa economía destruye la Madre Tierra.

La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común. Eso implica cuidar celosamente la casa y distribuir adecuadamente los bienes entre todos. Su objeto no es únicamente asegurar la comida o un "decoroso sustento". Ni siquiera, aunque ya sería un gran paso, garantizar el acceso a «las tres T» por las que ustedes luchan.

Una economía verdaderamente comunitaria, podría decir, una economía de inspiración cristiana, debe garantizar a los pueblos dignidad «prosperidad sin exceptuar bien alguno». Esto implica «las tres T» pero también acceso a la educación, la salud, la innovación, las manifestaciones artísticas y culturales, la comunicación, el deporte y la recreación.

Una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad.

Es una economía donde el ser humano en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social. Ustedes, y también otros pueblos, resumen este anhelo de una manera simple y bella: «vivir bien».

Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también posible. No es una utopía ni una fantasía. Es una perspectiva extremadamente realista. Podemos lograrlo. Los recursos disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y los dones de la creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de «todos los hombres y todo el hombre».

El problema, en cambio, es otro. Existe un sistema con otros objetivos. Un sistema que a pesar de acelerar irresponsablemente los ritmos de la producción, a pesar de implementar métodos en la industria y la agricultura que dañan la Madre Tierra en aras de la «productividad», sigue negándoles a miles de millones de hermanos los más elementales derechos económicos, sociales y culturales. Ese sistema atenta contra el proyecto de Jesús.

La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece. El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas necesidades no se limitan al consumo. No basta con dejar caer algunas gotas cuando lo pobres agitan esa copa que nunca derrama por sí sola. Los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Nunca podrán sustituir la verdadera inclusión: ésa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario.

En este camino, los movimientos populares tienen un rol esencial, no sólo exigiendo y reclamando, sino fundamentalmente creando. Ustedes son poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos, sobre todo para los descartados por el mercado mundial.

He conocido de cerca distintas experiencias donde los trabajadores, unidos en cooperativas y otras formas de organización comunitaria, lograron crear trabajo donde sólo había sobras de la economía idolátrica. Las empresas recuperadas, las ferias francas y las cooperativas de cartoneros son ejemplos de esa economía popular que surge de la exclusión y, de a poquito, con esfuerzo y paciencia, adopta formas solidarias que la dignifican. ¡Qué distinto es eso a que los descartados por el mercado formal sean explotados como esclavos!

Los gobiernos que asumen como propia la tarea de poner la economía al servicio de los pueblos deben promover el fortalecimiento, mejoramiento, coordinación y expansión de estas formas de economía popular y producción comunitaria
. Esto implica mejorar los procesos de trabajo, proveer infraestructura adecuada y garantizar plenos derechos a los trabajadores de este sector alternativo. Cuando Estado y organizaciones sociales asumen juntos la misión de «las tres T» se activan los principios de solidaridad y subsidiariedad que permiten edificar el bien común en una democracia plena y participativa.


3.2. La segunda tarea es unir nuestros pueblos en el camino de la paz y la justicia.

Los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino. Quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia. No quieren tutelajes ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean respetados.

Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía y, cuando lo hacen, vemos nuevas formas de colonialismo que afectan seriamente las posibilidades de paz y de justicia porque «la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en los derechos de los pueblos particularmente el derecho a la independencia».

Los pueblos de Latinoamérica parieron dolorosamente su independencia política y, desde entonces llevan casi dos siglos de una historia dramática y llena de contradicciones intentando conquistar una independencia plena.

En estos últimos años, después de tantos desencuentros, muchos países latinoamericanos han visto crecer la fraternidad entre sus pueblos. Los gobiernos de la región aunaron esfuerzos para hacer respetar su soberanía, la de cada país y la del conjunto regional, que tan bellamente, como nuestros padres de antaño, llaman la «Patria Grande». Les pido a ustedes, hermanos y hermanas de los movimientos populares, que cuiden y acrecienten esa unidad. Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia.

A pesar de estos avances, todavía subsisten factores que atentan contra este desarrollo humano equitativo y coartan la soberanía de los países de la «Patria Grande» y otras latitudes del planeta. El nuevo colonialismo adopta distintas fachadas. A veces, es el poder anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados «de libres comercio» y la imposición de medidas de «austeridad» que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y de los pobres.
Los obispos latinoamericanos lo denuncian con total claridad en el documento de Aparecida cuando afirman que «las instituciones financieras y las empresas transnacionales se fortalecen al punto de subordinar las economías locales, sobre todo, debilitando a los Estados, que aparecen cada vez más impotentes para llevar adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones».

En otras ocasiones, bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo -graves males de nuestros tiempos que requieren una acción internacional coordinada- vemos que se impone a los Estados medidas que poco tienen que ver con la resolución de esas problemáticas y muchas veces empeora las cosas.

Del mismo modo, la concentración monopólica de los medios de comunicación social que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico. Como dicen los Obispos de África, muchas veces se pretende convertir a los países pobres en «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco».

Hay que reconocer que ninguno de los graves problemas de la humanidad se puede resolver sin interacción entre los Estados y los pueblos a nivel internacional. Todo acto de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo en términos económicos, ecológicos, sociales y culturales. Hasta el crimen y la violencia se han globalizado. Por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. Si realmente queremos un cambio positivo, tenemos que asumir humildemente nuestra interdependencia.

Pero interacción no es sinónimo de imposición, no es subordinación de unos en función de los intereses de otros. El colonialismo, nuevo y viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo barato, engendra violencia, miseria, migraciones forzadas y todos los males que vienen de la mano... precisamente porque al poner la periferia en función del centro les niega el derecho a un desarrollo integral. Eso es inequidad y la inequidad genera violencia que no habrá recursos policiales, militares o de inteligencia capaces de detener.



Digamos NO a las viejas y nuevas formas de colonialismo. Digamos SÍ al encuentro entre pueblos y culturas. Felices los que trabajan por la paz.
Aquí quiero detenerme en un tema importante. Porque alguno podrá decir, con derecho, que «cuando el Papa habla del colonialismo se olvida de ciertas acciones de la Iglesia».

Les digo, con pesar: se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios. Lo han reconocido mis antecesores, lo ha dicho el CELAM y también quiero decirlo. Al igual que san Juan Pablo II pido que la Iglesia «se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos». Y quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue san Juan Pablo II: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América.

También les pido a todos, creyentes y no creyentes, que se acuerden de tantos obispos, sacerdotes y laicos que predicaron y predican la buena noticia de Jesús con coraje y mansedumbre, respeto y en paz; que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas o acompañando a los propios movimientos populares incluso hasta el martirio.

La Iglesia, sus hijos e hijas, son una parte de la identidad de los pueblos en Latinoamérica. Identidad que tanto aquí como en otros países algunos poderes se empeñan en borrar, tal vez porque nuestra fe es revolucionaria, porque nuestra fe desafía la tiranía del ídolo dinero. Hoy vemos con espanto como en Medio Oriente y otros lugares del mundo se persigue, se tortura, se asesina a muchos hermanos nuestros por su fe en Jesús. Eso también debemos denunciarlo: dentro de esta tercera guerra mundial en cuotas que vivimos, hay una especie de genocidio en marcha que debe cesar.

A los hermanos y hermanas del movimiento indígena latinoamericano, déjenme trasmitirle mi más hondo cariño y felicitarlos por buscar la conjunción de sus pueblos y culturas, eso que yo llamo poliedro, una forma de convivencia donde las partes conservan su identidad construyendo juntas una pluralidad que no atenta, sino que fortalece la unidad. Su búsqueda de esa interculturalidad que combina la reafirmación de los derechos de los pueblos originarios con el respeto a la integridad territorial de los Estados nos enriquece y nos fortalece a todos.

3.3. La tercera tarea, tal vez la más importante que debemos asumir hoy, es defender la Madre Tierra.

La casa común de todos nosotros está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente. La cobardía en su defensa es un grave pecado. Vemos con decepción creciente cómo se suceden una tras otra cumbres internacionales sin ningún resultado importante. Existe un claro, definitivo e impostergable imperativo ético de actuar que no se está cumpliendo.

No se puede permitir que ciertos intereses -que son globales pero no universales- se impongan, sometan a los Estados y organismos internacionales, y continúen destruyendo la creación. Los pueblos y sus movimientos están llamados a clamar, a movilizare, a exigir -pacifica pero tenazmente- la adopción urgente de medidas apropiadas. Yo les pido, en nombre de Dios, que defiendan a la Madre Tierra. Sobre éste tema me expresado debidamente en la Carta Encíclica Laudato si'.

4. Para finalizar, quisiera decirles nuevamente: el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los pueblos; en su capacidad de organizar y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Los acompaño.


Digamos juntos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez. Sigan con su lucha y, por favor, cuiden mucho a la Madre Tierra. Rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles abundantemente esa fuerza que nos mantiene en pie: esa fuerza es la esperanza, la esperanza que no defrauda, gracias.
Y, por favor, les pido que recen por mí.

Misericordia y familia

José María Castillo S.
www.religiondigital.com/300715

Tal como se han puesto las cosas en la Iglesia, lo más probable es que al papa Francisco le espera un próximo mes de octubre complicado. Quizá más complicado de lo que algunos se puedan imaginar. Por la sencilla razón de que, como es bien sabido, en octubre se completa y se clausura el Sínodo sobre la familia. Un tema erizado de dificultades, en torno al que se van a debatir problemas tan complicados como el del divorcio, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el modelo de familia que quiere la Iglesia, la educación de los hijos, etc, etc.

Además - y esto lo más complicado -, se avecina el momento en el que al papa se le va a pedir que se pronuncie sobre asuntos como los que acabo de indicar y otros similares. Asuntos sobre los que, en la Iglesia y en la sociedad, abundan los cristianos (y no cristianos) que tienen posturas firmemente asumidas de forma inamovible e incluso no exentas quizá de fanatismo. Por esto he dicho (y repito) que al papa Francisco le espera una “ottobrata romana” que no resultará precisamente placentera y fácil.

Así las cosas -y para acabar de complicar la situación-, Francisco ha publicado recientemente la Bula “Misericordiae Vultus”, en la que (en el nº 3) afirma literalmente: “Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener misericordia”. ¿Por qué precisamente, en este momento, necesitamos mucho más tener misericordia?

En no pocos ambientes eclesiásticos, concretamente en la curia vaticana, hay quienes sospechan que el papa afirma que ahora necesitamos (vamos a necesitar) dosis abundantes de misericordia, porque ahora es cuando la suprema autoridad de la Iglesia nos va a decir cosas sobre la familia que algunos (posiblemente) no están dispuestos a escuchar y menos aún a aceptar.

No puede tener misericordia quien no tiene respeto, tolerancia y comprensión hacia quienes piensan y viven de manera que producen, en otras personas o grupos humanos, repugnancia y vergüenza, las dos emociones que tanto nos distancian a unos de otros. Y hasta nos enfrentan a los unos con los otros. Dos emociones tan determinantes en la vida, que, como es sabido, el pensamiento liberal americano considera que, si no se supera la repugnancia y la vergüenza, no es posible la igualdad entre los ciudadanos (Martha C. Nussbaum).

Para concluir esta reflexión, terminaré diciendo que no creo en modo alguno que el papa Francisco haya publicado la Bula sobre la misericordia porque les tenga miedo a quienes se puedan poner nerviosos por causa de las decisiones que tome la suprema autoridad de la Iglesia ante los problemas que hoy nos plantea la familia.

Y, sobre todo, nos pongamos como nos pongamos ante lo que decida el Sínodo presidido por el papa, lo más urgente en cualquier caso - creo yo - es que sepamos reaccionar como nos indica el Evangelio de Jesús. Con la misma bondad siempre. Con la misma misericordia siempre. Aunque quizá nos pueda ocurrir lo que les pasó a los familiares de Jesús, que llegaron a pensar de él que se había vuelto loco (literalmente, “estaba fuera de sí”) (“existêmi”), tal como indica expresamente el evangelio de Marcos (3, 21).


Actualizar la liturgia

José María Castillo S.
www.religiondigital.com/300715

Se sabe que el difunto cardenal Martini le dijo al papa Benedicto XVI que la Iglesia lleva doscientos años de retraso respecto a la sociedad y a la cultura actual. Supongo que Martini se refería al ejercicio del poder y al sistema de gobierno eclesiástico. Si el cardenal le hubiera hablado al papa de la liturgia, lo más probable es que le habría dicho que la Iglesia lleva un retraso de más de mil años.

No estoy exagerando. Basta repasar la excelente y documentada historia de la misa, de J. A. Jungmann, para caer en la cuenta de que la estructura de la celebración eucarística, el lenguaje que en ella se utiliza (aunque esté traducido del latín), la mayor parte de los gestos rituales y el conjunto de la ceremonia, todo eso se quedó anclado y atascado en lo que se hacía y se expresaba según el lenguaje y las costumbres de la Alta Edad Media.

O sea, según los usos y formas de expresión que eran actuales en los lejanos tiempos del siglo quinto al octavo. Sin duda alguna, se puede afirmar que no existe ninguna otra institución, por más conservadora que sea, que se comporte de esta manera. ¿Y nos sorprende que haya tantos cristianos que apenas van a misa?

Por esto conviene reconocer que la Constitución sobre la Liturgia, del concilio Vaticano II, hizo bien a la Iglesia en algunas cosas, por ejemplo al permitir la traducción del latín a las lenguas actuales. Pero también es cierto que aquello fue una “actualización” que se quedó muy corta.


Seguramente porque faltó tiempo, la debida preparación y las condiciones indispensables para afrontar los problemas más de fondo y más actuales que afectan a la liturgia, los rituales, los signos, los símbolos y los embrollados y actualísimos temas relacionados con la comunicación entre los seres humanos. Sobre todo cuando se trata de comunicar y poner en claro cuestiones tan complicadas como es todo lo que se refiere a nuestras relaciones con “lo trascendente”. Y sabemos que eso precisamente es lo que se pretende en la liturgia. ¿Por qué habrá tantos católicos más preocupados por ser fieles al Catecismo que por afrontar y resolver estos problemas tan serios y apremiantes? 

Carta de Santa Cruz

  
Las organizaciones sociales reunidas en el Segundo Encuentro Mundial de Movimientos Populares, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, durante los días 7, 8 y 9 de julio de 2015, coincidimos con el Papa Francisco en que la problemática social y ambiental emergen como dos caras de la misma moneda. Un sistema que no puede brindar tierra, techo y trabajo para todos, que socava la paz entre las personas y amenaza la propia subsistencia de la Madre Tierra, no puede seguir rigiendo el destino del planeta.

Debemos superar un modelo social, político, económico y cultural donde el mercado y el dinero se han convertido en el eje regulador de las relaciones humanas en todos los niveles.

Nuestro grito, el de los más postergados y marginados, obliga a que los poderosos comprendan que así, no se puede seguir. Los pobres del mundo se han levantado contra la exclusión social que sufren día a día. No queremos explotar ni ser explotados. No queremos excluir ni ser excluidos. Queremos construir un modo de vida en el que la dignidad se alce por encima de todas las cosas.

Por eso, nos comprometemos a:

1. Impulsar y profundizar el proceso de cambio

Reafirmamos nuestro compromiso con los procesos de cambio y liberación como resultado de la acción de los pueblos organizados que, desde su memoria colectiva, toman la historia en sus manos y se deciden a transformarla, para dar vida a las esperanzas y las utopías que nos convocan a revolucionar las estructuras más profundas de opresión, dominación, colonización y explotación.

2. Vivir bien en armonía con la Madre Tierra

Seguiremos luchando para defender y proteger a la Madre Tierra, promoviendo la “ecología integral” de la que habla el Papa Francisco. Somos fieles a la filosofía ancestral del “Vivir Bien”, nuevo orden de vida que propone armonía y equilibrio en las relaciones entre los seres humanos y entre éstos y la naturaleza.
La tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a la tierra. Debemos cuidarla y labrarla en beneficio de todos. Queremos leyes medioambientales en todos los países en función del cuidado de los bienes comunes.

Exigimos la reparación histórica y un marco jurídico que resguarde los derechos de los pueblos indígenas a nivel nacional e internacional, promoviendo un diálogo sincero a fin de superar los diversos y múltiples conflictos que atraviesan los pueblos indígenas, originarios, campesinos y afrodescendientes.

3. Defender el trabajo digno

Nos comprometemos a luchar por la defensa del trabajo como derecho humano. Por la creación de fuentes de trabajo digno, por el diseño e implementación de políticas que restituyan todos los derechos laborales eliminados por el capitalismo neoliberal, tales como los sistemas de seguridad social, de jubilación y el derecho a la sindicalización.

Rechazamos la precarización, la tercerización y buscamos que se supere la informalidad a través de la inclusión, nunca con persecución ni represión.

Asimismo, levantamos la causa de los migrantes, desplazados y refugiados. Instamos a los gobiernos de los países ricos a que deroguen todas aquellas normas que promueven un trato discriminatorio contra ellos y establezcan formas de regulación que eliminen el trabajo esclavo, la trata, el tráfico de personas y la explotación infantil.

Impulsaremos formas alternativas de economía, tanto en áreas urbanas como en zonas rurales. Queremos una economía popular y social comunitaria que resguarde la vida de las comunidades y en la que prevalezca la solidaridad por sobre el lucro. Para esto es necesario que los gobiernos fortalezcan los esfuerzos que emergen de las bases sociales.

4. Mejorar nuestros barrios y construir viviendas dignas

Denunciamos la especulación y mercantilización de los terrenos y los bienes urbanos. Rechazamos los desalojos forzosos, el éxodo rural y el crecimiento de los barrios marginados. Rechazamos cualquier tipo de persecución judicial contra quienes luchan por una casa para su familia, porque entendemos a la vivienda como un derecho humano básico, el cual debe ser de carácter universal.

Exigimos políticas públicas participativas que garanticen el derecho a la vivienda, la integración urbana de los barrios marginados y el acceso integral al hábitat para edificar hogares con seguridad y dignidad.

5. Defender la Tierra y la soberanía alimentaria

Promovemos la reforma agraria integral para distribuir la tierra de manera justa y equitativa. Llamamos la atención de los pueblos sobre el surgimiento de nuevas formas de acumulación y especulación de la tierra y el territorio como mercancía, vinculadas al agro-negocio, que promueve el monocultivo destruyendo la biodiversidad, consumiendo y contaminando el agua, desplazando poblaciones campesinas y utilizando agro-tóxicos que contaminan los alimentos.

Reafirmamos nuestra lucha por la eliminación definitiva del hambre, la defensa de la soberanía alimentaria y la producción de alimentos sanos. Asimismo rechazamos enfáticamente la propiedad privada de semillas por grandes grupos agroindustriales, así como la introducción de productos transgénicos en sustitución de los nativos, debido a que destruyen la reproducción de la vida y la biodiversidad, crean dependencia alimentaria y causan efectos irreversibles sobre la salud humana y el medio ambiente. De igual manera, reafirmamos la defensa de los conocimientos tradicionales de los pueblos indígenas sobre la agricultura sustentable.

6. Construir la paz y la cultura del encuentro

Nos comprometemos, desde la vocación pacífica de nuestros pueblos a intensificar las acciones colectivas que garanticen la paz entre todas las personas, pueblos, religiones, etnias y culturas.

Reafirmamos la pluralidad de nuestras identidades culturales y tradiciones que deben convivir armónicamente sin que unas sometan a otras. Nos levantamos en contra de la criminalización de nuestra lucha, pues están criminalizando nuestras costumbres.
Condenamos cualquier tipo de agresión militar y nos movilizamos por el cese inmediato de todas las guerras y de las acciones desestabilizadoras o golpes de Estado, que atentan contra la democracia y la elección de los pueblos libres. Rechazamos el imperialismo y las nuevas formas de colonialismo, sean militares, financieras o mediáticas. Nos pronunciamos contra la impunidad de los poderosos y a favor de la libertad de los luchadores sociales.

7. Combatir la discriminación

Nos comprometemos a luchar contra cualquier forma de discriminación entre los seres humanos, sea por diferencias étnicas, color de la piel, género, origen, edad, religión u orientación sexual. Todos nosotros, mujeres y hombres, debemos tener los mismos derechos. Condenamos el machismo, cualquier forma de violencia contra la mujer, en particular los femicidios, y gritamos ¡Ni una menos!.

8. Promover la libertad de expresión

Promovemos el desarrollo de medios de comunicación alternativos, populares y comunitarios, frente al avance de los monopolios mediáticos que ocultan la verdad. El acceso a la información y la libertad de expresión son derechos de los pueblos y fundamento de cualquier sociedad que se pretenda democrática, libre y soberana.

La protesta es también una legítima forma de expresión popular. Es un derecho y quienes lo ejercemos no debemos ser perseguidos por ello.

9. Poner la ciencia y tecnología al servicio de los pueblos

Nos comprometemos a luchar para que la ciencia y el conocimiento sean utilizados al servicio del bienestar de los pueblos. Ciencia y conocimiento son conquistas de toda la humanidad y no pueden estar al servicio de la ganancia, explotación, manipulación o acumulación de riquezas por parte de algunos grupos. Persuadimos a que las universidades se llenen de pueblo y sus conocimientos estén orientados a resolver los problemas estructurales más que a generar riquezas para las grandes corporaciones. A denunciar y controlar a las multinacionales farmacéuticas que por un lado, lucran con la expropiación de conocimientos milenarios de los pueblos originarios y, por el otro, especulan y generan ganancias con la salud de millones de personas, poniendo el negocio por delante de la vida.

10. Rechazamos el consumismo y defendemos la solidaridad como proyecto de vida

Defendemos la solidaridad como proyecto de vida personal y colectivo. Nos comprometemos a luchar contra el individualismo, la ambición, la envidia y la codicia que anidan en nuestras sociedades y muchas veces en nosotros mismos. Trabajaremos incansablemente para erradicar el consumismo y la cultura del descarte.

Seguiremos trabajando para construir puentes entre los pueblos, que nos permitan derribar los muros de la exclusión y la explotación!


Una encíclica para “hacer lío”

Alirio Cáceres Aguirre*
www.cpalsocial.org/020715

Una reconciliación con la Creación de la que hacemos arte y parte. Por
Tal como les pidió a los jóvenes argentinos en Brasil (25 julio 2013), el Papa Francisco está “haciendo lío,” como vocero de una Iglesia que sale de sí al encuentro del Dios presente en la historia.

En la encíclica Laudato Si’ dirigida, no sólo a los creyentes católicos, sino a todas las personas de buena voluntad, el Papa se lanza como un joven de 78 años a cumplir lo que el mismo propuso: “quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera, quiero que la Iglesia a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos, las parroquias, los colegios, las instituciones son para salir…

El sentido del mensaje va orientado a promover que la Iglesia salga de su ”zona de confort” y se ponga al servicio de la humanidad. En este contexto, la crisis ambiental se convierte en un pretexto suficientemente universal para convocar a cambios de fondo en la manera como el cristianismo se vive en los tiempos actuales. La cuestión ecológica es un asunto universal. No hay persona, institución, estado, ONG u organización religiosa que pueda ser ajena al deterioro de las condiciones de vida en el Planeta.

El cambio climático es un problema transversal que sin distingo de credo, nacionalidad, género, ideología atañe a toda la humanidad (cf Mt 5,45). Por eso, no es un dato menor que la encíclica haya sido firmada en la fecha de la fiesta de Pentecostés y que un ortodoxo, un científico agnóstico, un cardenal africano, una mujer oriental, hayan intervenido en el evento de presentación oficial de Laudato Si’. El Papa busca unidad, reconociendo la diversidad. La alabanza al Creador va acompañada por la efusión del Espíritu en una perspectiva trinitaria relacional que se reitera a lo largo y ancho del documento pontificio.

La Encíclica está haciendo lío incluso antes de ser publicada. Hace lío porque aborda un problema común, generalmente vinculado a las ciencias naturales. El diálogo entre fe y razón, teología y ciencias, aun no es bien comprendido ni en la sociedad ni en algunos sectores de Iglesia.
Hace lío porque la ecología como tal tiene varias escuelas y a las problemáticas ecológicas se le ha dado varias interpretaciones, algunas de ellas que excluyen o minimizan la responsabilidad humana en la crisis.

Hace lío porque pone a la Iglesia como un actor social que se preocupa y ocupa de situaciones humanas concretas. Hay quienes siguen pensando que la Iglesia debe ocuparse de temas “espirituales” y la salvación de las ”almas” sin inmiscuirse en decisiones políticas, económicas o tecnológicas.

Incluso, también hace lío por juntarse con otras tradiciones religiosas y citar fuentes musulmanas como Ali Al-Kawwas, ortodoxas como el Patriarca Bartolomé, protestantes como el filósofo Paul Ricœur, católicas como el polémico visionario Teilhard de Chardin.

Hace lío porque denuncia un tipo de economía que acaba con la vida y privilegia los beneficios de unos pocos por encima de la dignidad de muchos otros de la presente generación y las futuras. En esos muchos otros, hay una inmensa mayoría viviendo en la pobreza.

Hace lío porque donde muchos ven recursos naturales para ser explotados, él plantea una visión sagrada de cada ser y de la trama relacional a la que pertenece, la creación de Dios.

En este marco, hace lío para algunos que han visto con sospecha la figura de Francisco de Asís por considerarla dulzona e inocua, pese a que este “loado seas” de la encíclica tenga las proporciones cósmicas y el profundo sentido de celebrar eucarísticamente en el “altar del mundo.

En fin, el tema escogido para desarrollar la encíclica es supremamente complejo y no está desprovisto de controversia. Mi intuición es que el Papa hizo discernimiento y en plena conciencia planeó formar este “lío” a nivel planetario. La estrategia publicitaria de expectativa, la calidad y amplitud de las consultas previas, los avances que en cada entrevista, alocución u homilía iba dando, así lo indican.

Pero también hay que admirar, la estrategia de comunicación, muy destacada respecto a la calidad el evento de lanzamiento, sino también del uso de redes sociales. El @Pontifex_es que tuiteaba una o dos veces al día, ¡tuiteó más de 60 veces en 24 horas con mensajes extraídos de la Encíclica!

Se sabe que a principios de julio, se diseñará una estrategia pedagógica para que la recepción de la encíclica sea activa y proactiva. Nada se deja al azar pese a la profunda confianza en la acción del Espíritu que renueva la faz de la tierra.

Hoy #LaudatoSi? es tendencia mundial y lo será en los foros eclesiales, ecuménicos, económicos, políticos. En especial, en los “areópagos” en los que se debatirán las medidas para mitigar el cambio climático. Allí, con certeza, habrá lío porque entran en juego consideraciones éticas inspiradas en una concepción sagrada de la vida.

Tal vez este punto sea el que más ocupe las páginas de la prensa pero no podemos olvidar que el Papa invita a una “conversión ecológica” que se evidencie en una “ecología cotidiana” capaz de leer el “Evangelio de la Creación.

En ese escenario la tarea de la Iglesia como “casa y escuela de comunión” adquiere unas enormes proporciones. Hay un reto inmenso en generar procesos de educación ecológica que conduzcan a una revolución cultural, a la par que se implementa una reconversión tecnológica y se recupera el sentido humanista de la economía.

La encíclica no tiene un sabor desconocido para las comunidad eclesiales en América Latina, pues pese a que recoge el Magisterio desde el Concilio Vaticano II y destaca aportes de Juan XIII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, tiene una gran referencia al Documento de Aparecida en cuanto al abordaje de la cuestión ecológica y el método teológico implícito: ver la realidad desde la identidad cristiana, juzgarla y discernirla desde la sapiencia bíblica y el quehacer teológico, actuar para transformar sin perder el sentido celebrativo.

Además, la mención a comunicados de las Conferencias Episcopales en Bolivia, Paraguay, Brasil, República Dominicana, México, Argentina le dan un matiz contextualizado que se correlaciona con situaciones de Nueva Zelanda, Sur de África, Filipinas y Asia en general, Canadá, Estados Unidos, Alemania, Portugal. Una mirada de conjunto a nuestra casa común que se está convirtiendo en un basurero por causa de la cultura del descarte.

Es claro que la matriz epistemológica para llegar a estas afirmaciones es un paradigma relacional complejo y esto tiene profundas implicaciones en los significados de la Divinidad. Ya no es un Dios solitario sino solidario. Un Dios que es relación. Una relación de amor desbordante. Un Dios que se comunica e interrelaciona en su Creación.

El espacio de este comentario inicial se agota y aún faltan más sesiones colegiadas para ahondar en el mensaje de la Encíclica. Tan sólo dejo planteada la preocupación por el impacto de las actividades extractivas en nuestros territorios y el aumento de conflictos ambientales por la voracidad del mercado. Los gobiernos y las corporaciones transnacionales no parecen estar dispuestas a ceder en sus pretensiones. Tal vez sea posible incidir en sociedades donde la tradición judeo cristiana haya dejado rastro, pero al gigante de la China, ¿quién lo ronda?

Todo texto tiene su contexto y su pretexto. Laudato Si’ contiene la fuerza de la palabra profética y sin lugar a dudas, hará lío. Ni la Iglesia ni el mundo ni el movimiento ecuménico ni el diálogo interreligioso e intercultural serán lo mismo después de este pentecostés inmortalizado en la fecha de Laudato Si’. Tampoco el movimiento ambiental. De hecho la ecología deja de ser “verde” para tornarse multicolor. El cuidado de nuestra casa común requiere reencantarse con la policromía de la vida. Una reconciliación con la Creación de la que hacemos arte y parte.


*Profesor Alirio Cáceres Aguirre: Fundador del equipo Ecoteologia en la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá, Colombia). También es el diácono permanente de la arquidiócesis de Bogotá.


Grecia: deuda e hipertrofia del gasto militar

Atilio Borón
www.atilioboron.com.ar/060715

Hoy en 678 pasaron un fragmento de un discurso del europarlamentario francés Daniel Cohn-Bendit en donde denunciaba la agresión de que estaba siendo objeto el pueblo griego por la troika que gobierna Europa en nombre del capital financiero -y para su exclusivo servicio. Señalaba Cohn-Bendit lo absurdo del tamaño de las fuerzas armadas en Grecia, hipertrofiadas en hombres y equipos por influjo de los gobiernos europeos y la OTAN. 

Consulté entonces el portal de la Agencia Europea de Defensa y algunas estadísticas oficiales correspondientes al año 2012. Los resultados son los siguientes:

Personal de las FFAA en 2012 y  Población total del país
Grecia                  109.070              11.000.000
Alemania             191.721              81.000.000
Francia                218.200              66.000.000
Reino Unido         205.810              65.000.000

Submarinos 
Grecia                  8
Alemania             6
Francia                4
Reino Unido         7

Aviones de combate
Grecia                  287
Alemania             217
Francia                274
Reino Unido         230

Conclusión:

Grecia, tiene el 14 % de la población de Alemania, pero el tamaño de sus fuerzas armadas equivale al 57 % de sus homólogas alemanas. Su única hipótesis de conflicto es con Turquía, por la disputa en torno a Chipre, pero tanto Grecia como Turquía son miembros de la OTAN y una guerra entre ambos es impensable.

El colmo del ridículo se encuentra en la marina y la fuerza aérea: Grecia es el país que tiene mayor número de submarinos en Europa, más que el Reino Unido (la tradicional mayor potencia naval europea) y que Francia y Alemania. Y es el que tiene el mayor número de aviones de combate.

Este disparate es lo que explica que aproximadamente la cuarta parte de la totalidad de la deuda externa de Grecia se haya originado en este absurdo gasto militar, en la desaforada carrera armamentística que sólo benefició a los fabricantes de aviones y submarinos. Aviones fabricados en Francia y Estados Unidos, submarinos producidos en Alemania.

Un país utilizado como campo de saqueo y pillaje para promover los negocios de sus proveedores y financistas, que ahora golpean a su puerta para exigir su libra de carne, siguiendo la sugestiva metáfora de Shakespeare en El Mercader de Venecia.

Pero se toparon con un obstáculo inesperado: un pueblo que decidió, inesperadamente, asumir el control de su propio destino en el referendo del domingo pasado. ¡Total solidaridad con la lucha del pueblo griego!