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Las maniobras de los empresarios para buscar una salida conservadora a la crisis que vive Guatemala


Comité de Unidad Campesina
www.publicogt.com / 24-03-18  

Análisis del Comité de Unidad Campesina -CUC- sobre el Frente Ciudadano contra la Corrupción

Varias personas sorprendidas en su buena fe porque no había información sobre quién convocaba; otros creyendo que era solamente una actividad de respaldo a la jefa del Ministerio Público y el Comisionado de la CICIG y algunos más, quizá sin haber hecho el suficiente análisis, participaron en el lanzamiento público del llamado “Frente Ciudadano contra la Corrupción”. Aparentemente dicho frente ha logrado unir a distintos actores de un amplio abanico de posiciones, Sin embargo, es necesario hacer un análisis más profundo y detenido para establecer cuáles son las intenciones detrás de dicho frente.

En las siguientes páginas abordamos nuestras consideraciones sobre los últimos movimientos de las élites económicas y el pacto de corruptos, porque creemos que se debe clarificar el panorama, en particular los movimientos que no son tan evidentes y que están siendo tejidos con mucho cuidado por grupos interesados, con el fin de ponernos frente a hechos consumados.


Para empezar, la iniciativa es atractiva en un momento en el que el Pacto de Corruptos ha impulsado varias medidas para ir teniendo mayor control de todo el aparato de Estado y también se constituye en una respuesta para quienes dicen que la lucha contra la corrupción es una cuestión que impulsan grupos de izquierda. Sin embargo, no es la primera vez que las élites empresariales impulsan una iniciativa supuestamente para luchar contra la corrupción o para salir de una crisis.

LA SEGUNDA VERSIÓN DE UNA MISMA INICIATIVA

Hay que recordar que el 15 de mayo del 2015, el sector empresarial agrupado en el CACIF impulsó la iniciativa denominada “Movimiento Ciudadano contra la Corrupción”, formado por el mismo CACIF y otras agrupaciones cercanas a ellos como FUNDESA, Madres Angustiadas, Movimiento Cívico Nacional. A esta iniciativa también se sumaron otras expresiones que, sin ser cercanas al CACIF, sí tienen interés en acabar con la corrupción.

En su momento se planteó como una iniciativa que había logrado aglutinar, con objetivos comunes, a la cúpula empresarial, a centros de pensamiento y a organizaciones sociales con posicionamientos ideológicos muy diversos, e incluso hasta opuestos. En otras palabras, ahora estamos viviendo la segunda versión de la misma iniciativa. Sin embargo, este movimiento terminó sin pena ni gloria por su naturaleza y porque, ayer como hoy, detrás había otras maniobras que buscaban llevar agua para su molino.

Como históricamente lo han hecho las cúpulas empresariales conservadoras, cuando algún movimiento amenaza con desbordar, se echan el barniz de ser los principales impulsores de ese movimiento, pero con el objetivo de cooptarlo, controlarlo y limitar sus alcances para que los cambios, no cambien nada en el fondo.

Ese fue el papel que jugaron los grupos empresariales en 1993, ante el autogolpe de estado impulsado por el presidente de ese entonces, Serrano Elías, que generó una crisis política que planteaba distintas salidas. Una de estas salidas era impulsada por la élite empresarial conservadora que se agrupaba en la Instancia Nacional de Consenso en la que participaba, entre otros, Dionisio Gutiérrez. Estos empresarios se reunieron el 29 de mayo de 1993, coincidentemente en el hotel Camino Real, junto con líderes de sindicatos y otros sectores sociales, con el fin de impulsar su estrategia para salir de la crisis y salirle al paso a las posiciones más avanzadas que se expresaban en la Multisectorial Social, y que planteaban que no era suficiente con resolver la crisis generada por el golpe de estado y que era necesario resolver la crisis estructural.

En ese entonces, las cúpulas empresariales logran excluir a la Multisectorial Social, tomar el control de la crisis, privilegian las “reuniones” en lugar de las movilizaciones en las calles y evitan que se pierda la “gobernabilidad”. Posteriormente impulsan una depuración del Congreso y cambios a la Constitución que les posibilitaron mantener sus negocios, sacar ventajas de la crisis e imponer su visión de “desarrollo”.

En el 2015, el objetivo del Movimiento Ciudadano contra la Corrupción era que las protestas desembocaran únicamente en una serie de tímidas medidas “anticorrupción”, que Pérez Molina terminara su mandato para conservar la “gobernabilidad” y que las demandas de transformaciones más profundas fueran perdiendo fuerza.

A cambio de ya no insistir con la renuncia y brindarle su apoyo, la cúpula empresarial demandó que el gobierno autorizara una serie de negocios: la revisión del contrato para el servicio de modernización del registro y documentación del control migratorio; la compra de cámaras de vigilancia, infraestructura de cárceles y mantenimiento a helicópteros y radio patrullas, todos a cargo del Ministerio de Gobernación; compras de medicinas e insumos médicos por parte del Ministerio de Salud Pública; la adquisición de maquinaria pesada por el Ministerio de Desarrollo Social -MIDES- y las adquisiciones para la Industria Militar. En otras palabras, en el fondo les interesaban más sus negocios que el combate a la corrupción.

En el comunicado del CACIF en el que pedía a Pérez Molina que se pusiera al frente de las acciones contra la corrupción, finalizaron “señalando nuestra preocupación por la falta de cumplimiento de las fuerzas de seguridad en su función de resguardar el orden y el estado de derecho, en varios casos acaecidos en el interior de la República, en los que se han cometido delitos flagrantes. La inacción y el incumplimiento de deberes, aparte de generar responsabilidades administrativas y penales, están ocasionando graves consecuencias sociales y una mayor ingobernabilidad en el país”.

¿A qué se refería el CACIF con el último párrafo de su comunicado? A las acciones y luchas que se estaban realizando en varios lugares, en particular a la ocupación, por varios días, de la planta de Naturaceite, propiedad de la familia Maegli, uno de los principales productores de aceite de palma aceitera. Esta planta fue ocupada como medida de presión por parte de 15 comunidades de El Estor, Izabal, para exigir la liberación de uno de sus líderes que fue capturado con lujo de fuerza y con la intervención del ejército, en el lago de Izabal.

Apenas dos días después de ese comunicado, el presidente Pérez Molina anuncia los cambios en su gabinete. Para sustituir a López Bonilla nombra a Eunice Mendizábal y en lugar de Erik Archila, nombra, para dirigir el ministerio de energía y minas, a Carmen Urízar que era presidenta de la Comisión Nacional de Energía Eléctrica. Sin embargo, ni las medidas que tomó tardíamente el gobernante, ni la negociación con el CACIF impidieron que la movilización ciudadana y las presiones diversas obligaran a la renuncia y posterior captura y procesamiento de Pérez Molina. En esa ocasión, a diferencia de 1993, el CACIF no pudo impedir el desenlace del 2015.

Por eso, ahora es importante no tener corta la memoria histórica y analizar toda la trama de acontecimientos y maniobras que están detrás de esta iniciativa.

EL PACTO DE LA CORRUPCIÓN E IMPUNIDAD LLEVA AL PAÍS AL AISLAMIENTO

Los integrantes del Pacto de la Corrupción y la Impunidad, en el afán de salvar su pellejo, comenzaron a tomar medidas que han polarizado más la situación. Las últimas medidas como la imposición de Álvaro Arzú Escobar, hijo del alcalde Arzú, como presidente del Congreso, la destitución del superintendente de la SAT, Juan Francisco Solórzano, la destitución del ministro de Gobernación, Francisco Rivas y de la cúpula de la PNC y la insistencia de expulsar al Comisionado de la CICIG, junto a los rumores que están dispuestos a romper el acuerdo con las Naciones Unidas que dio lugar a la instalación de la CICIG y neutralizar a la Corte de Constitucionalidad que les ha desbaratado varios de sus planes, desataron la preocupación en otros integrantes de las cúpulas empresariales.

La forma de neutralizar a la Corte de Constitucionalidad sería a través de aprobar la iniciativa 5300 presentada por Fernando Linares Beltranena, que ya cuenta con dictamen favorable. Esta iniciativa de ley plantea que la solicitud de levantar el antejuicio de los magistrados sea aprobada directamente por el Congreso, sin pasar por la Corte Suprema de Justicia, como está en la actualidad en la Ley de Antejuicio.
Con ese poder en manos del Congreso y la participación de la mayoría de diputados en el Pacto de Corruptos, aunado a los niveles de corrupción dentro del mismo sistema judicial, sería altamente probable que querellas contra la CC como las presentadas por la Fundación contra el Terrorismo, dieran lugar a que los diputados aceptaran la solicitud de antejuicio, lo que en la práctica significaría la disolución de la Corte de Constitucionalidad; todo dentro de una supuesta “legalidad”.

Sin embargo, estas medidas impulsadas por el Pacto de Corruptos han dado lugar a una serie de respuestas del campo internacional que han preocupado a un grupo de empresarios. El 26 de febrero el Grupo de Donantes, conocido como G13, en un comunicado público hicieron un llamado a las autoridades de Guatemala para trabajar junto a la CICIG para que pueda seguir cumpliendo sus funciones y mandatos y subrayaron la importancia que el nombramiento de las autoridades del Ministerio Público, Contraloría General de Cuentas, Procuraduría General de la Nación y Superintendencia de la SAT puedan dar continuidad y estabilidad a los esfuerzos en la lucha contra la corrupción.

Habrá que recordar que a nivel internacional fracasó la ofensiva que el Pacto de Corruptos impulsó para expulsar a Iván Velásquez. En su lugar, la embajadora de Estados Unidos en Naciones Unidas, la Cámara de Representantes; una comisión bipartidista del Congreso de Estados Unidos, el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes; integrantes del Subcomité de Asuntos del Hemisferio Occidental del Congreso de Estados Unidos y el mismo Secretario de Estado expresaron su apoyo a la CICIG, urgieron al gobierno a trabajar coordinadamente e incluso advirtieron que habría consecuencias económicas para Guatemala si el gobierno insistía en la expulsión de Iván Velásquez o la cancelación de la CICIG.

La esperanza del Pacto de Corruptos es poder influir suficientemente en la Comisión de Postulación para Fiscal General que está en proceso de selección de 6 aspirantes a dicho cargo. Jimmy Morales, que tiene a su hijo y hermano bajo proceso y él mismo tiene graves acusaciones de financiamiento electoral ilícito, a la hora de elegir a la nueva persona que asumirá como Fiscal General es muy probable que seleccione a alguien totalmente afín a sus intereses y con ello no solo suspender la persecución contra los corruptos, sino dejar de trabajar con el Comisionado de la CICIG; dar marcha atrás en los procesos judiciales de los funcionarios, políticos, militares y empresarios que en la actualidad están presos y sometidos a juicio por actos de corrupción y violaciones a los derechos humanos y lograr que los que fueron capturados desde el 2015, puedan salir en libertad.

Una de las respuestas del gobierno a las presiones norteamericanas ha sido el retiro de 187 militares de las brigadas de Petén, Huehuetenango, fuerzas especiales Kaibil, Mariscal Zabala y del Centro Regional de Operaciones de Paz –CREOPAZ- ubicadas en Alta Verapaz. Hay que recordar que estas brigadas están en zonas donde domina el narcotráfico y se dieron después de capturas y acusaciones del involucramiento de altos oficiales del ejército con el crimen organizado.

LA ESTRATEGIA DE CONTENCIÓN

Ante estas perspectivas se ha ido gestando por parte de un grupo de empresarios una estrategia de contención que se ha ido tejiendo de forma pública desde febrero del presente año.

En un artículo titulado Escenarios y Desarrollos Previsibles, publicado el 5 de febrero, José Rubén Zamora, presidente del diario El Periódico traza un escenario que incluye “…la expulsión de Iván Velásquez,… con el respaldo de cúpulas extremistas y de las mafias criminales, esencialmente del narcotráfico… [quienes] retomarían en mayo el control del Ministerio Público, y a través de grupos paraestatales, provenientes de las entrañas del Estado, elevarán la violencia y conflictividad a niveles exponenciales, incluyendo la muy posible ejecución de testigos protegidos en casos de alto impacto”. Eso provocaría que “empresas y personas de Guatemala, tendrán prohibición oficial de realizar negocios de cualquier tipo con los Estados Unidos de América; perderán sus visas, propiedades y activos fijos, cuentas de depósitos e inversión, y acceso a financiamiento”.

Ante esa posibilidad llama a “que la derecha económica y política, seria, civilizada y responsable, junto a la propia CICIG, el MP, las altas Cortes y el propio Congreso, desarrollen un paquete de políticas transicionales orientadas a que quienes han cometido infracciones y delitos puedan allanarse a la majestad de la Ley, reconocer sus errores, indemnizar y resarcir al Estado y a la sociedad apropiadamente y que, en consecuencia, su pena quede en suspenso”. En otras palabras, se plantea una especie de amnistía para los corruptos media vez reconozcan sus “errores” de corrupción e indemnicen al Estado y la sociedad.

Con el fin de ir creando condiciones se ha comenzado a difundir la idea de que es necesario hacer una “mea culpa” es decir un reconocimiento de la culpa. El 13 de febrero, Phillip Chicola, Director de Gestión Pública de CACIF publica un artículo titulado “Hacia un Mea Culpa Colectivo” en el cual expresa que “todos fuimos tolerantes con el viejo sistema, nos hicimos de la vista gorda frente a actos ilícitos o ilegítimos, dejamos de denunciar, aprendimos a coexistir con el mal, o peor aún, nos beneficiamos directa o indirectamente de esa forma de hacer las cosas…el reconocimiento social es el punto de partida para plantear la ruta de transición… permite plantear una discusión sobre mecanismos jurídicos para facilitar la aceptación de hechos y promover la reparación de los males causados. Permite también identificar con mayor facilidad y grado de consenso la hoja de ruta de cambios institucionales”. El mismo planteamiento de Zamora al que le agrega que el reconocimiento de las culpas el punto de partida para los cambios institucionales.

Además de no aceptar que los 16 y medio millones de guatemaltecos y guatemaltecos somos corruptos, hay que recordar que los responsables de que el cáncer de la corrupción e impunidad creciera hasta los niveles actuales, es una cúpula empresarial formada por un grupo de familias que, tal y como lo expresara Plaza Pública, el CACIF, “con el apoyo del poder político (Congreso y Ejecutivo) ha asegurado ocupar una silla, con voz y voto, en al menos 58 juntas directivas, comisiones y comités de diferentes rangos en instituciones estatales que les permiten darle forma al sistema de reglas y normas que rigen multitud de transacciones y decisiones, además de acceder de manera urgente o privilegiada a información”.

De la misma manera el Banco Interamericano de Desarrollo –BID- en su informe La Política de las Políticas Públicas, ha señalado que “El sector empresarial influye en la formulación de políticas en toda América Latina, pero en ningún lugar tanto como en Guatemala. Su influencia refleja no solo la fuerza del sector privado, sino también la debilidad relativa de las demás instituciones del país. Las organizaciones empresariales han demostrado ser suficientemente poderosas para alterar el curso de importantes políticas económicas, como el régimen impositivo… la capacidad de las empresas guatemaltecas para influir en el proceso de formulación de las políticas se debe a que es el sector mejor organizado del país y lo ha sido desde la época de la colonia cuando el poder estaba en manos de los grandes terratenientes y comerciantes”. Eso significa que si ahora hay un Estado corrupto cooptado por las mafias es no solamente porque los empresarios lo han permitido, sino que, al igual que la política, el sistema económico de Guatemala descansa en la corrupción creada, impulsada, promovida y permita porque quienes han sido los grandes beneficiarios de ella: las élites económicas guatemaltecas.

Curiosamente esa misma expresión: “tenemos que empezar por un mea culpa”, fueron las palabras que Peter Lamport expresó en la presentación pública del Frente Ciudadano contra la Corrupción. Peter Lamport miembro del CACIF, fue co-coordinador de la Instancia Nacional de Consenso mencionada arriba, ministro de Finanzas durante el gobierno de Arzú y embajador de Guatemala en Washington del 2000 al 2001 y candidato a la vicepresidencia de Encuentro por Guatemala en el 2015. Esas mismas palabras uso Dionisio Gutiérrez en un programa de Guatevisión el 26 de febrero. Es claro que las cúpulas económicas buscan una salida a la persecución ya que están hundidos hasta el cuello en la corrupción.

La intención de obtener una amnistía para los corruptos se apoyaría en alguna de dos iniciativas que están en trámite en el Congreso. La primera es la iniciativa 5132 presentada por los diputados Manuel Conde y Oliverio García Rodas en agosto del 2016, que fue dispensada de dictamen y ya ha sido aprobada en primera lectura. Esta iniciativa contempla que, si se aceptan los cargos en la audiencia de primera declaración, las penas se reducirían a la mitad. Si a lo anterior se suma que, según la Ley de Régimen Penitenciario, podría reducirse la pena a la mitad, por “buena conducta”, resultaría que únicamente cumplirán el 25% de la condena que muy posiblemente terminará en arresto domiciliario, es decir se cumple el 25% de la condena desde la comodidad de sus casas.

La otra iniciativa es la 5311 que fue presentada por Comisión Ordinaria de Legislación y Puntos Constitucionales y Comisión Ordinaria de Reforma al Sector Justicia en agosto de 2017 y que ya cuenta con dictamen favorable de la Comisión de Legislación y Puntos Constitucionales. Esta iniciativa plantea que si se aceptan los cargos en la audiencia de primera declaración, la sentencia se reduciría en una tercera parte. La diferencia con la anterior está en no aceptar este procedimiento para los casos de genocidio, desaparición forzada, ejecución extrajudicial y delitos contra los deberes de la humanidad.

Cualquiera de las dos iniciativas que se apruebe en primer lugar y que han de estar en proceso de negociación, implicaría la posibilidad que los empresarios corruptos se acojan a esta amnistía y se termine la persecución contra ellos; mientras tanto, seguiría en marcha otro componente de esa maniobra.

Con el fin de institucionalizar el proceso de “transición controlada”, por ahora se cuenta con dos actores: Adrián Zapata quien fuera miembro de la guerrilla donde se le conocía con el apodo de “Fouché”, un político y jefe de la policía francesa del siglo diez y nueve, conocido por no tener principios, al que calificaron como “el genio tenebroso” por ser el poder tras la sombra de varios gobiernos. Fue también Comisionado para el Desarrollo Rural y Secretario Ejecutivo del Gabinete de Desarrollo Rural, pero sobre todo se le recuerda por ser uno de los doce firmantes de un campo pagado que negó el genocidio en Guatemala.

El 21 de febrero, por medio del periódico Prensa Libre, lanzó la propuesta del Instituto de Problemas Nacionales de la Universidad de San Carlos (Ipnusac) para que el país salga de la crisis. Dicha iniciativa comprende tres ejes. El primero busca la solución de los problemas superestructurales, que tienen que ver con la justicia y la política; el segundo propone atacar los problemas “históricos” del país, como son la pobreza, pobreza extrema y la desigualdad y el tercer eje es un “diálogo serio”. Este tercer eje, que será el que permitirá operativizar los dos primeros, tiene dos componentes que llaman la atención: que en el diálogo no se tome en cuenta las posiciones “extremas” y que sea solo entre guatemaltecos, sin la presencia de la comunidad internacional.

El otro actor es Dionisio Gutiérrez, presidente corporativo de Corporación Multi-Inversiones -CMI-, una de las más poderosas de Centroamérica, la cual cuenta con presencia en tres continentes; miembro de la Instancia Nacional de Consenso, con serios señalamientos de corrupción y lavado de dinero, vinculados a diversos negocios, entre ellos cuatro proyectos hidroeléctricos construidos o por construirse sobre el río Cahabón, entre los municipios de San Pedro Carchá y Lanquín, departamento de Alta Verapaz, denominados Renace I, II, III y IV.

Dionisio Gutiérrez, Peter Lamport, Felipe Bosch y Antonio Malouf, presidente del CACIF fueron los que aprovecharon el lanzamiento del Frente Ciudadano contra la Corrupción.

¿Qué significa eso? ¿Que la élite empresarial conservadora que, durante décadas se ha beneficiado y ha desarrollado sus negocios amparados en la corrupción, de un día para otro se han convertido en los principales luchadores contra la corrupción?

¿Cómo es posible que Felipe Bosch Gutiérrez, el 12 de octubre de 2017, en el ENADE de ese año, le haya dicho a Jimmy Morales “Porque le soy sincero, no lo tomo como un guatemalteco corrupto. No lo tomo con un político corrupto. Usted y sus ministros son guatemaltecos de principios y de valores…”, y el 28 de febrero haya corrido a subirse a la tarima del Frente Ciudadano contra la Corrupción?

En realidad, lo que está en juego son sus negocios ya que les preocupa las consecuencias si el pacto de corruptos continúa con las medidas que llevarían al aislamiento de Guatemala. Pero además hay que recordar que Dionisio Gutiérrez desde hace años ha estado enfrentado a los Arzú y los García-Granados que son parte del Pacto de Corruptos, pero más recientemente, en marzo del 2017 se firmó un acuerdo entre el gobierno de Guatemala y el representante de comercio de Estados Unidos que tendrá como resultado que para el año 2018 el mercado guatemalteco será inundado con más piezas de pollo importado más barato, sobre todo de las marcas Tyson y Hudson, lo cual le quitará el monopolio de la producción y comercialización avícola que ha dominado Dionisio Gutiérrez.

Por los anteriores elementos, despierta muchas dudas e inquietudes que los principales responsables y beneficiarios de la corrupción hoy quieran abanderar el Frente Ciudadano contra la Corrupción. Pero, además, varios de los participantes en el lanzamiento de dicho frente expresaron que fueron invitados a una actividad en respaldo del Comisionado de la CICIG y la jefa del Ministerio Público y después, sin su conocimiento ni aceptación, aparecieron en los medios como integrantes de dicho frente.

Pero es más significativo aún, que la cúpula empresarial que hoy encabeza dicho frente no ha dicho nada del conjunto de leyes regresivas que están en proceso en el Congreso y que en esencia buscan limitar derechos y crear mejores condiciones para la represión y la actuación de las empresas.

Entre éstas están: la iniciativa 5239 o Ley Contra Actos Terroristas y que tiene definiciones tan ambiguas que cualquier manifestación o comunicación en internet puede ser catalogada como acto terrorista; la iniciativa 5376 que impulsa reformas a la Ley de Reconciliación para dejar en libertad o suspender los procesos en contra de los militares responsables de gravísimas violaciones a los derechos Humanos; la iniciativa 5257 que contempla reformas a la Ley De Organizaciones Gubernamentales para el Desarrollo que además de limitar el derecho de organización, reduce cualquier asociación, fundación, ONG, etc., a entidades de beneficencia, la Ley de Consulta a Pueblos Indígenas propuesta por Oliverio García Rodas que limita los derechos de los Pueblos Indígenas y obliga a aceptar las medidas legislativas o administrativas del Estado y otras más que llevan las mismas intencionalidades.

Pero las medidas que está planteando la cúpula empresarial no son únicamente para responder a la coyuntura actual, también están dirigidas a establecer posiciones ante la próxima contienda electoral. Recordemos que con los cambios a la LEPP que se dieron en el 2016, la convocatoria a elecciones será en enero del 2019 y Dionisio Gutiérrez, que ha reconocido haber financiado a varios partidos políticos y los empresarios que se le han unido, también está moviendo sus piezas con miras a la campaña electoral del próximo año.

LOS CORRUPTOS NO PUEDEN ABANDERAR LA LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN

Por eso, muchas organizaciones y personas que hemos expresado nuestro rechazo a la corrupción e impunidad y participado en la lucha contra las mismas, nos hemos atrevido desde hace años a dar esos pasos. Si hoy la élite empresarial conservadora en realidad quiere respaldar la lucha contra la corrupción, deben ir más allá de las iniciativas mediáticas. Recordemos que Pérez Molina y Baldetti siempre se pronunciaron contra la corrupción. La cúpula empresarial tiene que empezar a dar marcha atrás en sus negocios que se han basado en la corrupción y el despojo de las comunidades; dejar de respaldar al mandatario y los diputados corruptos, utilizar su influencia y el hecho de que son accionistas en varios medios de comunicación para cesar las campañas en contra del Comisionado de la CICIG, la jefa del Ministerio Público y en contra de quienes hemos mantenido una lucha contra la impunidad y la corrupción; dejar de apoyarse y proteger a corruptos y violadores de derechos; respetar los derechos laborales de las y los trabajadores, así como los derechos de los Pueblos Indígenas, en resumen, demostrar con hechos claros e incuestionables su real compromiso en la lucha en contra de la corrupción y la impunidad. De lo contrario, se confirmará que todo ha sido una maniobra para salvarse de la persecución por actos de corrupción.

Los Gutiérrez, Bosch, Malouf, Lamport y otros similares a ellos, como lo han hecho desde la Colonia, no necesitan de ningún frente para actuar; tienen suficiente influencia, poder, privilegios y participación en instancias de toma de decisión para poder hacer mucho contra la corrupción. Si ahora buscan ser quienes abanderan la lucha contra la corrupción en un “frente ciudadano” es porque, además de las intenciones e intereses antes mencionados, también buscan meter una cuña entre los distintos sectores y fuerzas que nos hemos pronunciado y actuado en la lucha contra la corrupción. Quienes se sumen a ellos serán los “moderados”, “los que aceptan el diálogo”, los “flexibles”, etc. Quienes no acepten estar con ellos serán tachados de “radicales”, “extremistas”, “intolerantes”, “incapaces de dialogar” con el fin de aislar y marginar a quienes pueden ser una amenaza a su dominio e imposición.

TENEMOS LA RESPONSABILIDAD DE CONSTRUIR UNA UNIDAD EN EL ANÁLISIS Y LA ACCIÓN

Por lo anterior debemos evitar caer en su juego de descalificar o lapidar políticamente a quienes desde posiciones consecuentes y progresistas hayan participado en el lanzamiento del Frente Ciudadano contra la Corrupción o cualquier otra iniciativa similar. Nuestra responsabilidad, además de mantener la atención porque a nivel regional o departamental se pueden generar iniciativas similares, también debe ser aportar con información, análisis y criterios que permitan ver más allá de la superficie, establecer con quién hay que construir alianzas y posibilitar construir un análisis, posicionamiento y unidad de acción para enfrentar al pacto de corruptos o las iniciativas en las que las cúpulas empresariales pretendan buscar, de forma oportunista, una salida conservadora y controlada a la crisis actual.

Lo anterior, ¿significa que no es posible un amplio y variado frente ciudadano en contra de la corrupción y la impunidad? Claro que sí es posible y de hecho ya existen iniciativas como la Asamblea Social y Popular que agrupa a Pueblos Indígenas y sus Autoridades Ancestrales, Comunidades en Resistencia, mujeres, feministas, jóvenes, profesionales, organizaciones y personas diversas con quien nos une un análisis común y una perspectiva estratégica compartida. Asimismo, existe la Asamblea Ciudadana contra la Corrupción y la Impunidad, espacio más amplio, plural y diverso conformado por pueblo indígenas, campesinos, mujeres, jóvenes, trabajadores, académicos, empresarios, artistas, migrantes y residentes en el extranjero que nos unificamos para enfrentar la corrupción y su contracara: la impunidad de todo tipo.

Para ir más allá de la crisis actual y sentar las bases de los necesarios, justos y profundos cambios que necesitamos como sociedad, debemos construir una amplia articulación donde tengan cabida los empresarios progresistas que ven más allá de su negocio y desean un país fundado en la justicia y la equidad; los académicos que tienen una trayectoria al lado de las causas justas, las y los jóvenes que sueñan y merecen un país mejor, justo, democrático e incluyente; las organizaciones diversas que históricamente han luchado en contra de la injusticia, las exclusiones, la opresión y explotación y los Pueblos Indígenas que durante 500 años han resistido a la imposición y el despojo; con quienes coincidamos en un proyecto plurinacional, democrático y popular, nos atrevemos hoy y en el futuro a dar los pasos y acciones necesarias para transformar nuestra sociedad.

CONSEJO NACIONAL DE COORDINACIÓN
Comité de Unidad Campesina CUC

Cabeza Clara, Corazón Solidario y Puño Combativo de las y los Trabajadores del Campo

Libia, 7 años de desgracia iniciados por la OTAN


Manlio Dinucci
www.voltairenet.org / 21-03-18

Siete años después de la intervención militar de la OTAN contra Libia, todos los observadores coinciden en reconocer que aquella intervención se basó en mentiras enormes y que contradecía el mandato otorgado por el Consejo de Seguridad de la ONU. Aunque hoy reconocen que la población libia era la más rica de África y que su nivel de vida se derrumbó a raíz de la invasión, provocando que los libios se exilaran masivamente, los occidentales siguen sin tomar conciencia del hecho que Muammar el-Kadhafi había vencido en Libia la práctica del esclavismo y del racismo. Al destruir la Yamahiria, la OTAN abrió deliberadamente las puertas del infierno. No sólo fueron perseguidos los trabajadores inmigrantes de piel oscura sino también los libios negros de Tawerga. Además, el trabajo que la Yamahiria había realizado en materia de cooperación africana entre árabes y negros se ha visto reducido a nada en todo el continente.

Hace 7 años, el 19 de marzo de 2011, comenzaba la guerra contra Libia, dirigida por Estados Unidos, primeramente a través del AfriCom y después mediante la OTAN, bajo el mando estadounidense. En 7 meses se realizaron unas 10,000 misiones de ataque aéreo, con el uso de decenas de miles de bombas y misiles.

Italia participó en esa guerra aportando cazabombarderos y sus bases aéreas, rompiendo así el Tratado de Amistad y Cooperación que había firmado con Libia. Ya antes de la agresión aeronaval, sectores tribales y grupos islamistas hostiles al gobierno libio habían recibido financiamiento y armas para que operaran en Libia y se había procedido a infiltrar allí fuerzas especiales, principalmente de Qatar. Así fue destruido aquel Estado que, en la costa africana del Mediterráneo, registraba «altos niveles de crecimiento económico y elevados indicadores de desarrollo humano», como señalaba el mismísimo Banco Mundial en 2010. Unos 2 millones de migrantes, en su mayoría africanos, encontraban trabajo en Libia.

Al mismo tiempo, Libia hacía posible, con sus fondos soberanos, el nacimiento de organismos económicos independientes en el seno de la Unión Africana, como el Fondo Monetario Africano, el Banco Central Africano y el Banco Africano de Inversión.

Estados Unidos y Francia –como lo demuestran los correos electrónicos de la secretaria de Estado Hillary Clinton– se pusieron de acuerdo para bloquear primeramente el proyecto de Kadhafi de creación de una moneda africana alternativa al dólar estadounidense y al franco CFA, que Francia todavía impone a sus ex colonias africanas.

Ya destruida la Yamahiriya y asesinado Kadhafi, el botín libio es enorme: grandes reservas de petróleo –las mayores de África– y de gas natural; el inmenso manto freático nubio de agua fósil, un oro azul que puede llegar a ser más valioso que el oro negro; el territorio mismo de Libia, de primera importancia geoestratégica; los fondos soberanos [creados bajo el «régimen» de Kadhafi] de unos 150,000 millones de dólares que el Estado libio tenía invertidos en el exterior, «congelados» en 2011 por mandato del Consejo de Seguridad de la ONU.

De los 16,000 millones de euros de los fondos libios bloqueados en la Euroclear Bank –en Bélgica– ya han desaparecido 10,000 millones sin que se haya emitido ninguna autorización de retiro de fondos. El mismo proceso de rapiña está teniendo lugar en los demás bancos europeos y estadounidenses.
En la Libia actual, los ingresos fiscales provenientes de la exportación de recursos energéticos –que fueron 47,000 millones en 2012 pero sólo 14,000 millones en 2017– se comparten entre facciones de poder y las transnacionales. La moneda libia –el dinar– que antes valía 3 dólares se cambia actualmente a 9 dinares por 1 dólar mientras que los bienes de consumo corriente se importan pagándolos en dólares, con una tasa de inflación anual de 30%.

El nivel de vida de la mayoría de la población se ha derrumbado por falta de dinero y de servicios esenciales. La seguridad es inexistente y no existe un verdadero sistema judicial. Los migrantes africanos se llevan la peor parte. Falsamente acusados (alegaciones que los medios occidentales alimentaron ampliamente) de ser «mercenarios de Kadhafi», fueron encarcelados por las milicias islamistas, incluso en jaulas para fieras del zoológico, torturados y a menudo asesinados.

Libia se ha convertido en la principal vía de tránsito, controlada por traficantes de personas, de un caótico flujo migratorio hacia Europa.
También son perseguidos los libios acusados de haber apoyado a Kadhafi. En la ciudad de Tawerga, las milicias islamistas de Misurata, respaldadas por la OTAN (se trata por cierto de las mismas que asesinaron a Kadhafi) emprendieron una verdadera campaña de purificación étnica, torturando, violando y matando. Los aterrorizados sobrevivientes huyeron de esa ciudad.

Hoy unas 40,000 personas que vivían en Tawerga tratan de sobrevivir en condiciones inhumanas, sin poder regresar a esa ciudad. ¿Por qué no hablan de eso los representantes de la izquierda que hace 7 años reclamaban a gritos una intervención militar en Libia en nombre de los derechos humanos?


Una globalización con características chinas


Entrevista a Enrique Dussel Peters
www.cpalsocial.org /080318

El proyecto económico chino conocido como «One belt, one road» parece estar cobrando cada vez más centralidad para diversos países vinculados al gigante asiático. ¿En qué y cómo podría modificarse el comercio internacional a partir de esta ambiciosa apuesta?

Es fundamental comprender los detalles de la iniciativa de la Franja y la Ruta (OBOR, por sus siglas en inglés) lanzada por el Presidente Xi Jinping a finales de 2013. Se trata de una propuesta de globalización con características chinas que se diferencia de las propuestas de diversos países occidentales. China busca ofrecer tecnología, financiamiento, empresas, proveeduría, construcción, fuerza de trabajo y múltiples servicios vinculados a estos proyectos de infraestructura –de puertos a carreteras, hidroeléctricas, conexión internet– a los países interesados en adherirse e integrarse a esta propuesta de cooperación. La propuesta no solo incluye una mayor interconectividad, sino que favorece una intensificación del comercio, la inversión y el financiamiento.

Además, apunta a acrecentar los vínculos sociales, políticos y económicos que exceden el ámbito comercial. Desde una perspectiva latinoamericana –y, en tal sentido, invito a revisar las múltiples reflexiones al respecto del Cechimex y de la Red ALC-China– esta propuesta implica retos importantes. Desarrollada en extremo, la totalidad de los procesos y productos podrían ser producidos en China, lo que implicaría un retroceso al siglo XVI. El valor agregado latinoamericano –y por ende el empleo, los salarios, la tecnología y los procesos de aprendizaje— podría ser ínfimo. Es preciso que se desarrollen procesos de negociación puntuales entre países, empresas, provincias y sectores. Por otro lado, la propuesta de OBOR en América Latina y el Caribe toca una demanda insatisfecha muy sensible y relevante en la actualidad, ya que con pocas excepciones existen enormes demandas sociales y productivas en el ámbito de la infraestructura.

Una de las críticas más habituales que se le realizan a la iniciativa «One belt, one road» es que muchos países pequeños y poco desarrollados podrían acabar en una suerte de dependencia de la economía china. ¿Es esto así? ¿De qué manera puede realizarse una integración, sino simétrica, al menos en condiciones que no impliquen una desventaja marcada para los países menos desarrollados?

Los países latinoamericanos debemos comprender el origen histórico de la propuesta china y su capacidad de implementar efectivamente estos proyectos de infraestructura. Las contrapartes latinoamericanas deberían buscar integrar estos proyectos con su capacidad social y productiva definiendo en forma autocrítica en qué segmentos de los respectivos proyectos podrían integrarse a través de la fuerza de trabajo, los insumos particulares, las empresas proveedoras, y las tecnologías específicas. De este modo habilitarían un efectivo proceso de aprendizaje y desarrollo. Si las élites y los respectivos gobiernos de la región no son capaces de definir estas capacidades, se correrá el riesgo de un «regreso» a niveles de desarrollo de hace siglos. Me parece que la mayor parte de la responsabilidad está en la cancha latinoamericana, aunque tampoco sería de interés para China generar retrocesos de magnitudes mayores.

¿Qué trascendencia puede tener esta iniciativa para los países latinoamericanos? ¿Cuáles son los que más interesados se han mostrado de participar en ella?

La iniciativa responde a una propuesta de globalización con las características del gigante asiático. Hoy en día –y con base en el trabajo de la Red ALC-China– hemos contabilizado más de 60 proyectos de infraestructura china en América Latina y el Caribe. Ecuador, Brasil, Argentina, Bolivia y Venezuela son algunos de los principales receptores. En países como Ecuador estos proyectos han provocado cambios drásticos en su matriz energética. Hasta hace poco, Ecuador importaba energía y hoy es un exportador importante de energía eléctrica y con un nivel relativamente alto de energías renovables. No obstante, y como en todo proyecto de estas dimensiones, en muchos casos existen controversias y serios debates sobre los impactos sociales y ambientales. Otros países como México y las naciones de Centroamérica, han participado en forma mucho más discreta de la OBOR.

Un proyecto tan imponente como el de la Ruta de la Seda parece marcar un nuevo tiempo para China como economía en el orden global. ¿Qué papel juega el proteccionismo de Trump en este proceso? ¿La nueva posición de Estados Unidos puede favorecer el desarrollo de este proyecto y posicionar aún mejor a China en el tablero económico con una posición que, paradójicamente, parece ser la más liberal?

China ingresó a la OMC en 2001 y, desde entonces, su ascenso en la economía mundial ha sido meteórico. Como contrapartida, Estados Unidos está viendo caer su competitividad y, particularmente, su empleo manufacturero. Además, se hace evidente la creciente dificultad de Estados Unidos para colocar sus exportaciones en el resto del mundo. Desde esta perspectiva global y geoestratégica, estamos viviendo enormes reacomodamientos globales de China como potencia con presencia y aspiraciones, a la vez que asistimos a cierto declive del aparato productivo norteamericano. Sin caer en automatismos o determinismos –la «necesaria» crisis o declive de Estados Unidos- en las siguientes décadas asistiremos a una creciente competencia entre ambos países en el terreno económico, político, cultural y hasta militar. El «proteccionismo» de la administración Trump, desde esta perspectiva, contrasta con el aparente «liberalismo» de China y su apertura a la cooperación, así como a la predisposición del país asiático para entablar tratados de libre comercio con todo país interesado. Desde esta perspectiva, y nótese el sarcasmo, el proteccionismo, la incertidumbre y los cambios por parte de la administración Trump son muy funcionales –¿y hasta bienvenidos?– por China y su activa estrategia de cooperación internacional de largo plazo.

¿Qué rol ha tenido en la consolidación de esta mirada aperturista el último congreso del Partido Comunista Chino? ¿Cuáles son las líneas directrices que marcó la reunión para esta nueva etapa que tendrá, una vez más, a Xi Jinping como su referente fundamental?

El XIX Congreso Nacional del Partido Comunista Chino (PCC) llevado a cabo a finales de octubre de 2017 es altamente funcional a esta estrategia. En primer lugar, la abrumadora presencia de Xi Jinping en los puestos claves del PCC –secretario general del Comité Central, presidente de la Comisión Militar Central y presidente de la República Popular China- resulta trascendente. Sus consideraciones políticas fueron, además, enaltecidas y mensuradas en la constitución del PCC como «el pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con características chinas para una nueva era». A diferencia de anteriores Congresos Nacionales del PCC –donde se avizoraban nuevos liderazgos y grupos– Xi Jinping se encuentra en la cúspide de su poder político y ha logrado colocar a gente de su confianza en todos los puestos claves del PCC.

En segundo lugar, el proyecto de Xi Jinping va mucho más allá de su presidencia hasta 2022. Avizora y describe a China como una sociedad «moderadamente próspera» en 2020 y la define como un gran país «moderno y socialista» para 2050. Después de «quince años de trabajo arduo» (2020-2035), China iniciará una segunda etapa de «modernización socialista». En esa nueva era, China se desarrollará como «un gran país socialista moderno que es próspero, fuerte, democrático, culturalmente avanzado, armónico y bello», además de convertirse en un líder global.

En tercer lugar, será el propio PCC bajo el «pensamiento de Xi Jinping» y con un socialismo moderno con características chinas en una nueva era, el que regirá este proceso. El PCC, desde esta perspectiva, continuará con constantes reformas y procesos de modernización, incluyendo campañas contra la corrupción.

En cuarto término, el reporte de Xi Jinping ante el XIX Congreso Nacional del PCC destacó contradicciones y desequilibrios generados en las últimas décadas en términos de desigualdades en el ingreso y entre regiones. En tal sentido, priorizará un incremento en la calidad de vida –por encima de un aparente ilimitado incremento cuantitativo-, políticas para reducir la pobreza y la satisfacción de demandas populares democráticas, así como cuestiones vinculadas a la justicia y el medio ambiente. Desde esta perspectiva, China profundizará estrategias y políticas implementadas en la última década bajo el rubro de la «nueva normalidad» y con esfuerzos para incrementar el escalamiento tecnológico y su orientación al mercado doméstico para elevar el nivel de vida de su población.

Si América Latina y el Caribe tienen interés en entablar una «relación estratégica integral» en términos reales –y no sólo formales– con China, es imperioso que la región se prepare adecuadamente invirtiendo en instituciones públicas, privadas y académicas en el corto, mediano y largo plazo con agendas muy específicas y concretas en sectores puntuales que permitan una agenda de desarrollo. Si no nos preparamos en forma adecuada ante las propuestas chinas, es posible que se produzcan retrocesos muy significativos en diversos ámbitos. Por el momento los esfuerzos latinoamericanos han sido muy tímidos y limitados.

Enrique Dussel Peters, coordinador de la Red Académica de América Latina y el Caribe sobre China, analiza el proyecto económico de la Ruta de la Seda. ¿Cuáles son sus implicancias para América Latina? ¿Estamos preparados para los nuevos retos que plantea una globalización con características chinas?


¿Religión o Evangelio?


José María Castillo S.

He oído decir que las autoridades de la Iglesia española andan gestionando imponer, en los planes de estudio, la clase de Religión como asignatura obligatoria. Yo me pregunto por qué no gestionan, más bien, que se imponga como asignatura la clase de Evangelio.

Digo esto porque, ante todo, con la Religión, tal como la ve y la vive la mayoría de la gente, creo que no vamos a ninguna parte. Además, se sabe (con bastante seguridad) que la casi totalidad de los estudiantes, cuando llegan a los 12 o 13 años, cortan con el tema de Dios y de la Religión.

De forma que, aunque sigan asistiendo a las clases de la asignatura de Religión, la pura verdad es que no asimilan sus contenidos. No porque los profesores sean incompetentes o los libros de texto estén mal redactados. El problema está en que los contenidos de esos libros dejan de interesar a los adolescentes y a los jóvenes en su inmensa mayoría.

¿Cómo es posible que nuestros obispos no se hayan enterado todavía de esto? Y si se han enterado, ¿Por qué se aferran a seguir, erre que erre, repitiendo el fracaso, año tras año, como si con la clase de Religión obligatoria, las nuevas generaciones fueran más creyentes y más practicantes? ¿Será que así se quedan más tranquilos nuestros prelados, pensando ellos que están cumpliendo con su deber? ¿No habría que buscarle a todo este asunto otra solución?

Mi propuesta no es cambiarle el nombre a la asignatura. Eso sería un simplismo demasiado ingenuo. Y, sobre todo, lo que intento proponer aquí es que el problema es mucho más profundo. Intentaré explicarlo.
Voy directamente al fondo del asunto.

Jesús no fundó una Religión. ¿Cómo iba a fundar una Religión un individuo que fue odiado, perseguido y asesinado por la Religión; y rechazado como un delincuente por los “maestros” y “sumos sacerdotes” de la Religión? Y conste que, en la cultura del Imperio, cuando se hablaba de Religión, lo que menos importaba eran los “dioses” en los que se creía o los ritos con que se adoraban. En Atenas, le habían puesto, en la calle, un altar incluso al “dios desconocido” (Hech 17:23). Porque, en el mundo romano del siglo I, a nadie se le ocurría pensar que la religión y la política estuvieran separadas (W. Carter). Con tal –claro está– que la Religión estuviera al servicio de la política (Rom 13:1-2; Josefo, Ant. 20, 251).

Esto supuesto, la pregunta capital es la siguiente: ¿qué peligro o qué amenaza vio la Religión (y los políticos) en las enseñanzas y la conducta de Jesús? La respuesta es muy sencilla: Jesús antepuso la salud y la vida de la gente al sometimiento a la Religión. En esto radica toda la conflictividad de Jesús con los dirigentes religiosos. Hasta que por eso acabó colgado en una cruz, entre dos “lestaí” (dos “subversivos”) (Mc 15:27 par; cf. H.-W. Kuhn: TRE 19,717).

Ahora bien, si efectivamente las cosas fueron así, ¿dónde y en qué puso Jesús el tema central del Evangelio? No lo puso en la Fe. Lo puso en el Seguimiento. En efecto, cuando Jesús llamó a sus discípulos y apóstoles, a ninguno le preguntó: “¿Crees en mí?”. Como a ninguno le dijo: “Cree en mí”. La propuesta y la exigencia de Jesús se resumió en una sola palabra: “Sígueme”. Así, desde la llamada a los discípulos del Bautista (Jn 1:43), hasta la última palabra que Jesús le dijo a Pedro. “Tú, sígueme a mí” (sú moi akoloúthei) (Jn 21:22). Lo mismo que les dijo a los pescadores del lago (Mc 1:16-20 par), a Leví el publicano (Mateo) (Mc 2:14 par) y al joven rico (Mc 10:21 par).

Esta llamada es un enigma y un misterio. Jesús no explica ni por qué llama, ni para qué llama. Ni presenta un programa de vida, ni un objetivo, ni un ideal. Nada en absoluto. Eso sí: cuando pone condiciones, es tajante: no tolera dinero (Mc 10:21 par), ni tener un rincón donde meterse, como lo tienen las alimañas del campo, ni enterrar al propio padre (Mt 8:18-22), ni despedirse de la propia familia (Lc 9:61-62). A sabiendas de que el seguimiento de Jesús lleva consigo “cargar con una cruz” y hacer propio el destino del mismo Jesús (Mt 16:24 par). Es que “la llamada es Jesús mismo” (D. Bonhoeffer, Nachfolge, München 1982, 28).

¿No es todo esto una locura y un sinsentido? Sí lo es. Porque se trata de la locura y el sinsentido del que carece de lo que más apreciamos en la vida, la propia seguridad. Que la ponemos en Jesús. Lo que, en definitiva, representa que el centro del cristianismo no está ni en la Religión, ni en la Fe. Todo radica en la ética, en la conducta del que existe para los demás. Y en la medida en que puede ser el ciudadano cabal.

Es algo que no da de sí la condición humana. Lo dijo con claridad el talento de Kant: “La praxis ha de ser tal que no se pueda pensar que no existe un más allá” (Gesammelte Schriften VII, 40). Sólo una espiritualidad, que, en definitiva, remite al Trascendente, da razón de semejante conducta. Pero insisto, ante una conducta así, hablamos del Trascendente. Si nos quedamos en la inmanencia, en nuestra limitada condición humana, nos damos de cara con la deshumanización que nos caracteriza.

¿Religión o Evangelio? Si la Iglesia, en lugar de interesarse tanto por educar a los niños y jóvenes como “religiosos”, los educara como “personas honradas”, sin fisura y a carta cabal, tendríamos un país con menos “profesionales de la Religión”, pero repleto de “ciudadanos honrados”. Con más honradez y menos corrupción.


El poder del Papa


José M. Castillo S.

Con motivo del 5º aniversario de la elección del P. Jorge Mario Bergoglio para el papado, numerosos periodistas y escritores han expresado sus puntos de vista sobre el papa Francisco y su forma de ejercer el poder y la autoridad en la Iglesia. Como es lógico, en el reducido espacio de una “entrada” en el blog, no es posible decir todo lo que habría explicar sobre un asunto, como éste, que resulta demasiado complejo y nada fácil de exponer. Por eso, me limitaré a lo que me parece más fundamental.

Si nos atenemos a lo que dice, sobre el poder del papa, el Código de Derecho Canónico, en su canon 331 se afirma que el Romano Pontífice tiene “potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente”.

No hablo ya de la teoría de la “plenitudo potestatis”, que los teólogos de los siglos XI al XIII se inventaron para justificar un poder absoluto del papa sobre el mundo entero. No viene a cuento esta vergonzosa historia, cuando se trata de enjuiciar el gobierno de un papa actual.

El problema está en saber si un papa de hoy puede o no puede modificar leyes, tradiciones o normas que se refieren al gobierno y a la vida de la Iglesia en asuntos de importancia. Por ejemplo, ¿puede un papa modificar la liturgia o el Derecho Canónico, en asuntos que no son “verdades de fe divina y católica” y que, por tanto, no son “dogmas” inmutables? ¿Podría un papa cambiar todo lo que, en el Derecho Canónico, está en contra de los Derechos Humanos? ¿Qué es más importante para la Iglesia? ¿Ser fiel a tradiciones del pasado, que no son verdades reveladas y de fe? ¿O ser coherente para la solución de problemas del presente, que mucha gente quiere ver resueltas para poder tener fe?

Planteada así la cuestión, la respuesta parece lógica y coherente. El papa no puede modificar lo que pertenece a la fe de la Iglesia. Esto es evidente. Sin embargo, lo que el papa puede, y sobre todo debe, es gestionar el gobierno de la Iglesia de manera que lo importante y decisivo no sea tener una Curia Romana bien organizada, sino presentar ante el mundo una Iglesia que sea vista por la gente como una institución coherente, fiel al Evangelio de Jesús el Señor y como una luz de esperanza y salvación para tantas personas que sufren más de lo que se puede soportar.

Es evidente que, si el problema se plantea en estos términos, la solución tendría que ser clara y urgente: modificar todo lo que no toque a las verdades que son “dogmas de fe” y que, al mismo tiempo, está reclamando una puesta al día, para que la Iglesia no sea una institución trasnochada y del pasado, sino actual y que responda a lo que la gente necesita en nuestro tiempo. ¿Es que el papa no puede hacer esto? ¿No es esto lo que el Vicario de Cristo en la tierra tiene que hacer?

Pues bien, llegados a este punto, la respuesta no parece ofrecer duda alguna. Un papa responsable, libre y coherente, tendría que ponerse a trabajar, con todos los expertos que necesite, para dar la debida respuesta a las preguntas que acabo de hacer.

Sin embargo, esa respuesta, que parece tan clara y tan obvia, en realidad no lo es. Ni resulta tan fácil o patente. ¿Por qué? Porque, en todo este asunto, entran en juego otros “datos” (o si se quiere, otros “componentes”), que son indispensables y de los que un papa no puede prescindir, ni puede desentenderse. ¿A qué me refiero?

Un papa no es, ante todo, un “Jefe de Estado”. Antes que eso – y prescindiendo de eso -, el papa es la “autoridad suprema de una institución religiosa”. Es, por tanto, el máximo responsable de la unidad de cuantos libremente pertenecen a esa institución. De ahí que el papa tiene que cuidar y proteger, no sólo la “ortodoxia de la fe”, sino además (y al mismo tiempo) la “unión de los creyentes”. Un problema, este último, sumamente delicado, complicado y extremadamente difícil. Sobre todo, si tenemos en cuenta que Jesús, el que fue origen de la Iglesia y es su centro y su razón de ser, manifestó como deseo último y supremo de su vida, que todos cuantos creamos en él, nos mantengamos unidos (“Padre santo, guárdalos unidos… que todos sean uno”) (Jn 17, 11. 21…).

Ahora bien, de sobra sabemos que la Iglesia está fragmentada, dividida, rota. El papa Francisco está haciendo esfuerzos notables y hasta pasando por humillaciones muy duras, con el anhelo de ir acercando posturas, con vistas a reconstruir, en la medida de lo posible, la unidad perdida de tantos millones de personas que, por incontables problemas, se ha separado en sectas y credos distintos. De forma que la fe religiosa ha venido a ser el vehículo de la separación y hasta el odio, en lugar de unirnos a todos los que miramos a Jesús y su Evangelio como fuente de esperanza y salvación.

Así las cosas, mi punto de vista es que el papa Francisco ha tomado el camino más razonable que un “papa responsable” puede y debe tomar en este momento. Francisco ha tomado decididamente el camino del Evangelio. El camino de los marginados y los excluidos, de los que sufren y se ven despreciados. Francisco lo predica así. Pero sobre todo lo hace. Y lo vive. Se acerca a la gente todo cuanto le es posible.
Retomando un tema del que se ha hablado estos días, Jesús no designó a ninguna mujer para que fuera “apóstol”. En aquella sociedad, una mujer no podía ser “testigo oficial” de nada. Pero quiero (y debo) destacar que las mujeres son el único colectivo de personas con el que Jesús no tuvo el menor roce o dificultad. Jesús censuró duramente a los apóstoles, por su falta de fe y sus ambiciones de poder. Con las mujeres jamás, ninguna dificultad. Todo lo contrario. Siempre las defendió, siempre se puso de su parte. Y defendió su igualdad de derechos con el hombre, como queda patente en Mt 19, 1-12; Mc 10, 1-12; cf. Dt 24, 1.

Nadie se imagina, ni sabe, cómo se encontró Francisco la Iglesia cuando fue elegido en el conclave, hace cinco años. Yo puedo asegurar que, pocos días antes de saberse la noticia de la renuncia de Benedicto XVI al papado, una personalidad muy importante en Roma me dijo: “Reza por la Iglesia, que está tan mal, que más bajo, ya no puede caer”. No me dijo más. A los pocos días, se produjo el cambio.

¿Ha podido el papa Francisco hacer más de lo que ha hecho? Nadie lo sabe. Ni seguramente se puede saber. Lo que me parece indudable es que el papa Francisco le ha dado un giro nuevo al papado. Un giro nuevo que no tiene ya vuelta atrás. El hieratismo, la distancia, la solemnidad de tiempos pasados, toda esa parafernalia de soñadores extraviados, por fin, quedó arrumbada. Sencillamente porque ha sido suplantada por el Evangelio.


La insoportable sobrevivencia del Gobierno bolivariano


www.rebelion.org / 21-03-18

Para una cabal comprensión de lo que ha estado ocurriendo en Venezuela en los últimos años conviene leer, a modo de introducción, estas pocas líneas:

“Los de Miami explicaron... que para reconstruir el país primero había que echarlo totalmente abajo: se tenía que hundir la economía, el desempleo tenía que ser masivo, había que acabar con el Gobierno y había que poner en el poder a un ‘buen’ oficial que llevase a cabo una limpieza completa matando a trescientos, cuatrocientas o quinientas mil personas. … ¿Quiénes son esos locos y cómo actúan? … Los más importantes son seis (empresarios) inmensamente ricos… Traman conjuras, organizan reuniones constantemente y dan instrucciones a XX” [1].

Lo anterior surge del testimonio que Robert White, embajador de los gobiernos de James Carter y Ronald Reagan, presentó ante el Congreso de Estados Unidos en un desesperado e inútil esfuerzo para evitar la tragedia que, con el abierto apoyo de Reagan, se desencadenaría en El Salvador una vez que el plan alentado por la burguesía salvadoreña -puesta a buen resguardo en Miami- fuese llevado a cabo por un coronel del ejército, un psicópata criminal llamado Roberto D’Aubuisson. Estamos hablando de comienzos de la década de los ochentas cuando ya el “plan de operaciones” de la CIA y el Departamento de Estado para deshacerse de gobiernos incómodos por negarse a obedecer ciegamente las órdenes de Washington campeaba por todo el continente.

Cuatro décadas más tarde poco o nada ha cambiado. Sustitúyanse los nombres de los protagonistas en la crisis salvadoreña y reemplácenlos por los de los actores de la política venezolana de hoy día y las palabras de White -un hombre sensible y honesto enviado por Carter a San Salvador para retirar el apoyo yankee a los “escuadrones de la muerte” gestados en Fort Benning y en las bases norteamericanas en la Zona del Canal de Panamá- ofrecen un vívido retrato de los planes del imperio para Venezuela.

Hay dos ideas centrales en aquel desgarrador testimonio de White: primero, “echar abajo la economía”, vía de ataque preferida por Washington para debilitar a sus adversarios a fin de poder luego asestarles el golpe de gracia. Como se hizo en Guatemala en 1954, en Cuba desde 1959, con Chile desde la misma noche en que Salvador Allende triunfó en las elecciones presidenciales de 1970. A las pocas horas de saberse la noticia un Richard Nixon lívido de ira ordenó a sus colaboradores que “ni una tuerca ni un tornillo lleguen a Chile” para que su economía se desplome.

La “guerra económica” es un arma que el imperio utiliza a destajo y sin escrúpulo alguno. Desde Arbenz para acá cambiaron las modalidades y los instrumentos de la agresión económica, pero el objetivo estratégico es el mismo. Y Venezuela lo está padeciendo con inusitada intensidad, agravada por la nueva orden ejecutiva emitida este 19 de marzo por Donald Trump. El objetivo: “hundir la economía”, como decía White, y en lenguaje contemporáneo, crear una “crisis humanitaria” que precipite una intervención extranjera en Venezuela, comandada por Estados Unidos y secundada por el corrupto y reaccionario Grupo de Lima, una sarta de inmorales que hundieron a sus pueblos en la miseria y remataron la soberanía de sus naciones.

La segunda premisa de la desestabilización y derrumbe del gobierno, en este caso de Nicolás Maduro, es la violencia. En El Salvador ésta fue obra del ejército, y sus crímenes y tropelías fueron inenarrables por su sadismo y crueldad. Los altos funcionarios de Reagan, la embajadora ante la ONU, Jeane Kirkpatrick y el Secretario de Estado, el general Alexander Haig, justificaron todo. Desde la violación y asesinato de tres monjas norteamericanas, acusadas por la hiena Kirkpatrick de ser “activistas del FMLN” y por quien mordiera el polvo de la derrota y la humillación en Vietnam, Haig, que las llamó ”monjas de pistola en bandolera”, hasta los asesinatos en masa de aldeas campesinas. Por consiguiente, la justificación y la exaltación que tanto Barack Obama como Donald Trump hicieran de los bandidos que enlutaron a Venezuela con sus atrocidades y las guarimbas, no es nada nuevo.

A diferencia de lo ocurrido en otras latitudes, en la tierra de Bolívar y Chávez ese papel represivo lo cumplen los paramilitares y los mercenarios, reclutados en Colombia por Álvaro Uribe y sus secuaces. ¡Colombia, nada menos! Un país cuyo gobierno ha caído en una ciénaga moral al instrumentar la agresión contra un gobierno como el venezolano que, de la mano de Hugo Chávez, tuvo un papel decisivo en detener el baño de sangre que enlutaba Colombia por más de cincuenta años. El pago por tan inmenso gesto de generosidad es convertirse en cabecera de playa del ataque económico, mediático, político y diplomático contra el gobierno venezolano. El veredicto de la historia será implacable contra Santos y Uribe.

Si trajimos a colación este paralelismo entre la reacción del imperio en tiempos de Reagan y la de nuestros días en la “era Trump” fue para demostrar que el proyecto imperial de subordinar a toda América Latina y el Caribe a los designios de Washington permanece inalterado desde 1823, Doctrina Monroe mediante. Y que todo lo que la Casa Blanca haga o diga debe ser entendido bajo esta clave interpretativa.
La intensificación del ataque contra la noble Venezuela bolivariana habla de la desesperación del gobierno de Estados Unidos porque todas las tentativas de derribar al gobierno de Maduro han fracasado. Ni la guerra económica ni la violencia reaccionaria pudieron con él. Y la oposición, que con el apoyo del infame Grupo de Lima se desgañitó exigiendo elecciones ahora no concurre a ellas porque sabe que va a ser derrotada por enésima vez por el chavismo.

Pese a que se le ofrezcan todas las garantías (que no existen en la inmensa mayoría de los países del área, donde el fraude pre y post electoral es la norma, como en Honduras o México, para mencionar apenas los dos casos más espectaculares) y que haya sido el propio gobierno quien solicitó a la ONU el envío de una numerosa misión de observadores, la oposición no acudirá a las urnas para no sufrir una nueva bochornosa derrota.

Su apuesta, impulsada por Estados Unidos, es a la “intervención humanitaria”, que de producirse -habrá que ver si se animan a ello porque la Venezuela Bolivariana no está indefensa- provocaría ingentes daños a la población venezolana y una enorme destrucción de propiedades e infraestructura. Porque, si no aceptan que sean las elecciones las que decidan quién gobernará en ese país sólo queda abierta la vía insurreccional apoyada por los paladines mundiales de la democracia con sede en Washington DC.

Dado lo anterior no es casual que la escalada injerencista de la guerra económica decretada por Trump tenga lugar al día siguiente del rotundo triunfo en Rusia de un fiel aliado de Venezuela: Vladimir Putin. Y que coincida también con la creciente aceptación de la criptomoneda bolivariana, el petro. Todos saben que la declinante hegemonía norteamericana tiene como uno de sus pilares al dólar. Las criptomonedas y el avance del yuan chino están debilitando sin pausa ese pilar, lo que explica la agresiva respuesta de la Casa Blanca.
El mercado petrolero mundial, antes movilizado exclusivamente en función del flujo de dólares, ahora lo hace sólo en parte y ya se habla del papel de los “petroyuanes” como cosa de todos los días. China está obligando a Arabia Saudita a aceptar sus yuanes como pago de sus exportaciones petroleras, y varios otros grandes productores, como Rusia, Irán, Venezuela, venden sus productos en otras monedas que no el dólar.

El intercambio comercial entre China y Japón se realiza en yuanes, lo mismo que el que se produce entre China y Rusia. Catar entró por la misma variante, lo que precipitó que el gobierno estadounidense calificara a ese país como “terrorista”. Libia fue destruida y Gadafi linchado, entre otras cosas, porque dejó de vender su petróleo en dólares. Y lo mismo había ocurrido antes con Sadam Hussein, que también optó por vender el petróleo iraquí en euros. Signos todos de la desesperación de un imperio que inició su irreversible ocaso y que, por eso, da rienda suelta a todos sus demonios.

El inmenso ejército imperial no es suficiente para garantizar la perpetuidad de la hegemonía norteamericana. También se requiere la absoluta primacía del dólar. Y esto ya va siendo cosa del pasado. Por eso el ataque interminable contra la Venezuela Bolivariana. Y por eso, hoy más que nunca, “todos somos Venezuela.”

Nota:

[1] Cf. Oliver Stone y Peter Kuznick, Historia no oficial de Estados Unidos (Buenos Aires: El Ateneo, La Feria de los Libros, 2015), p. 630.


El Evangelio no es igualitario, es preferencial, porque Jesús prefirió a los últimos


José M. Castillo S.

El "jueves santo" de cada año, los cristianos recordamos (o tendríamos que recordar) los tres mandatos que Jesús nos dejó a quienes decimos - o pensamos - que creemos en Cristo y, por tanto, somos cristianos.

Primer mandato es el del lavatorio de los pies. Después de lavar, él mismo, los pies a los discípulos, les dijo: "Si yo..., os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros" (Jn 13, 14). En la cultura del Imperio, la tarea de lavar los pies era una de las obligaciones a las que estaban sometidos los esclavos. El Evangelio expresa este deber mediante el verbo griego "opheilo", que significa "estar obligado", como bien explican quienes mejor han estudiado este término griego. Ya Jesús había dicho esto mismo, con otras palabras y en otro momento: "Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo" (Mt 10, 24).

Por tanto, el primer mandato de Jesús a los cristianos consiste en que vayamos por la vida comportándonos como esclavos de lo que necesitan los demás. Aunque se trate de quienes están por debajo de nosotros.

Segundo mandato es el de la eucaristía: "Haced lo mismo en memoria mía". Palabras que Jesús pronunció dos veces, después de dar a los discípulos el pan, del que Jesús dijo que es su cuerpo; y después de darles el cáliz, "la nueva alianza en su sangre" (1 Cor 11, 24-25). Se explique como se explique este "recuerdo peligroso" (J. B. Metz), lo que podemos decir hoy con seguridad es que, para entender lo que Jesús quiso decir, no podemos depender ni del pensamiento de Platón (que predominó hasta el s. X), ni de lo que decía Aristóteles (a partir del s. XI). Nuestra fe no depende de cómo explicaban la realidad los sabios de la Antigüedad. Lo que sabemos por la fe en la eucaristía, es que, al comer el pan consagrado y al beber el cáliz, Jesús se hace presente en nuestra vida. Y, por tanto, nuestra vida tiene que reproducir lo que fue la "peligrosa existencia" de Jesús en este mundo. Tan peligrosa que, como sabemos, acabó como acabó.

Por tanto, el segundo mandato de Jesús, en jueves santo, nos viene a decir que "no nos refugiemos en la práctica sacramental", para quedarnos ahí y sólo en eso, satisfechos y tranquilos en nuestra conciencia, porque somos cristianos "de comunión diaria" (o quizá semanal), que podemos entrar en la iglesia (o ir por la calle) con la cabeza alta. El día que comulgar - o simplemente ir a misa - represente un peligro real, ese día hacemos el "recuerdo" o la "memoria" de Jesús tan auténtica como peligrosa. Porque será una "memoria subversiva".

Tercer mandato es el más radical y el más complicado. Porque es el más profundamente humano. El IV evangelio no recuerda la institución de la eucaristía en la cena de despedida. En su lugar, pone el "mandamiento nuevo": "que os améis unos a otros, como yo os he amado... En esto conocerán que sois mis discípulos" (Jn 13, 14-15). ¿Por qué este mandamiento es "nuevo"? Antes que Juan, los tres evangelios sinópticos habían insistido en que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. Aquí, Jesús da un paso más. Y ya, ni menciona a Dios. El mandato es: "que os améis unos a otros". Porque, dado que Dios "se humanizó" (eso es lo que entraña la "encarnación"), "lo que hicisteis por uno de estos, a Mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40). Esta es la sentencia del "juicio final".
¿Es España un país "cristiano"? Según la vigente Constitución no lo es (Art. 16, 3). Según el Evangelio y tal como están organizadas nuestras leyes y nuestra economía, el problema no está en que sea o no sea constitucionalmente "confesional". Desde el punto de vista estrictamente religioso, es que España es un país "anti-cristiano". Por lo que decretan nuestros gobernantes, por lo que aprueban nuestros electores y por lo que nos callamos y "tragamos" los demás. Con el silencio de nuestros obispos. Seguramente, con más cobardía que desvergüenza. Pero, a fin de cuentas, es lo que "tragamos".

El Evangelio no es "igualitario" (como los Derechos Humanos). Es "preferencial". Porque Jesús prefirió sobre todo a los últimos, los más pequeños, los más desgraciados. Justamente prefirió a todos aquellos que, en este país tan cristiano (y otros semejantes), se ven pisoteados, despreciados, maltratados. Y con una subida de pensiones, que se reduce a unos céntimos al mes. ¿Y no somos "anti-cristianos"? Lo estamos diciendo a gritos.