Quorum Teológico
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Democracia: anteayer y pasado mañana
Guillermo Castro H.
“Hoy, la sociedad parece haber retrocedido
más allá de su punto de partida; en realidad, lo que ocurre es que tiene que
empezar por crearse el punto de partida revolucionario, la situación, las
relaciones, las condiciones, sin las cuales no adquiere un carácter serio la
revolución moderna.”
Karl Marx, 1852[1]
“Andamos sobre las olas, y
rebotamos y rodamos con ellas;
por lo que no vemos, ni
aturdidos del golpe nos detenemos a examinar,
las fuerzas que las mueven.
Pero cuando se serene este mar,
puede asegurarse que las
estrellas quedarán más cerca de la tierra.
¡El hombre envainará al fin en
el sol su espada de batalla!”
José Martí, 1884 [2]
En 1848, Europa Occidental fue recorrida por una revolución popular que barrió con los últimos restos del mundo anterior a la Revolución Francesa y sustituyó en Francia la monarquía constitucional por la república burguesa. Para el 2 de diciembre de 1851, el proceso político abierto por esa revolución condujo al primer presidente de aquella república, Luis Napoleón Bonaparte, a dar un golpe de Estado conservado, que un año después desembocó en en la proclamación del llamado III Imperio – aquel que llevó a cabo la conquista colonial de Indochina e intentó establecer en México a Maximiliano de Habsburgo como emperador.
El significado
histórico de ese desenlace fue abordado ese mismo año por Carlos Marx en su
ensayo “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”. Allí planteó que en Europa la
república no significaba entonces, en
general, “más que la forma política de la subversión de la sociedad burguesa y
no su forma conservadora de vida,”
en contraste con los Estados Unidos de América,
donde si bien existen ya clases, éstas no se han plasmado todavía, sino que cambian constantemente y se ceden unas a otras sus partes integrantes, en movimiento continuo; [y] el movimiento febrilmente juvenil de la producción material, que tiene un mundo nuevo que apropiarse, no ha dejado tiempo ni ocasión para eliminar el viejo mundo fantasmal.
No es el caso examinar aquí las vicisitudes del III Imperio, derrotado en 1871 en la guerra franco-prusiana, que abrió paso a su vez a la colaboración de los ejércitos alemán y francés que condujo a la derrota de la Comuna de París, proclamada en el marco de aquella crisis por los trabajadores de la capital de Francia. Importa, si, destacar dos hechos.
El primero consiste
en que, a la larga, el liberalismo triunfante encontró una doble solución a la
conservación de la organización estatal republicana. Por un lado, asumió el
papel de eje del equilibrio entre una izquierda de lenguaje radical y una
derecha conservadora. Por el otro, fomentó el modelaje de esa izquierda
mediante un proceso en el cual, a decir de Marx, tomó cuerpo una
socialdemocracia constituida mediante el procedimiento de limar “la punta
revolucionaria” de las reivindicaciones sociales de los trabajadores para
darles “un giro democrático”, mientras a las exigencias democráticas de la
pequeña burguesía “se les despojó de la forma meramente política y se afiló su
punta socialista.” Con ello, esa socialdemocracia, añadía Marx, pasó a “exigir
instituciones democrático-republicanas, no para abolir a la par los dos
extremos, capital y trabajo asalariado, sino para atenuar su antítesis y
convertirla en armonía,” mediante propuestas de transformación social
planteadas en nombre de una pequeña burguesía que no deseaba “imponer, por
principio, un interés egoísta de clase”, por estar convencida de que “las
condiciones especiales de su emancipación son las condiciones generales
fuera de las cuales no puede ser salvada la sociedad moderna y evitarse la
lucha de clases.”
El segundo hecho que
conviene recordar aquí es que ese proceso distó mucho de ser ni homogéneo ni
universal. En el primer caso, porque sus expresiones dependieron de las formas
y grados del desarrollo del capitalismo en el mundo Noratlántico, como se
aprecia en la referencia de Marx al caso de los Estados Unidos. Y en el
segundo, porque esas luchas democráticas tuvieron lugar fundamentalmente en los
Estados que se beneficiaban de la existencia del sistema colonial que regía
entonces al mercado mundial, y disputaban entre sí el control de esos beneficios.
La experiencia
democrática vendría a universalizarse con la desintegración del sistema
colonial a lo largo de la Gran Guerra de 1914-1945. En ese marco, hacia 1930
Antonio Gramsci examinó con gran riqueza los problemas relativos a la formación
y las transformaciones de la democracia liberal y su Estado a la luz simultánea
de la formación de la Unión Soviética en 1918, y del ascenso del fascismo en
Italia y Alemania en la década de 1920.
[3] En esa tarea, partió de considerar a la democracia en su relación con el
Estado, y a éste en su relación con la sociedad.
A partir de allí, tras
caracterizar a la “democracia burguesa” como liberal, parlamentaria y delegada,
se planteó el problema de la construcción de un tipo de democracia fundada en
el control estricto de los representantes por parte de los representados y en
la homogeneidad social de la representación política. Con ello, abría a debate
el problema de hacer concreto el derecho “abstracto” al autogobierno del conjunto
de la sociedad.
Para Gramsci, la democracia se
había convertido en el terreno específico de la lucha de clases en Occidente, y
como tal debía ser abordada. A esa visión se vinculan en su trabajo, por
ejemplo, los conceptos de hegemonía - que enfatiza la búsqueda de consenso - y
de una sociedad regulada como futuro, una vía para superar la distinción entre
gobernantes y gobernados. Al respecto, de un modo característico en su pensar,
señalaba que
“Aunque sea cierto que para las clases productivas fundamentales (burguesía capitalista y proletariado moderno) el Estado no es concebible más que como forma concreta de un determinado mundo económico […] no se ha establecido que la relación de medio y fin sea fácilmente determinable y adopte el aspecto de un esquema simple y obvio a primera vista.”
Esto, añadía, sucede en una situación histórica atrasada, con una burguesía débil, cuando las “nuevas ideas” son llevadas sobre todo por la “capa de los intelectuales”, en el caso de regiones semiperiféricas – como el Sur de Europa y de América – o de la periferia colonial, donde ya estaban en ascenso movimientos de liberación nacional que desempeñarían un importante papel en la conformación de un sistema internacional / interestatal a partir de la década de 1950.
Para Gramsci, además, en el
análisis del Estado correspondiente a esa democracia la “distinción entre la
sociedad política y la sociedad civil [...] es puramente metodológica, no
orgánica y en la vida histórica concreta sociedad política y sociedad civil
son una misma cosa”. Así, entendía al Estado como “todo el conjunto de
actividades prácticas y teóricas con que la clase dirigente no sólo
justifica y mantiene su dominio, sino que logra obtener el consenso activo de
los gobernados”. Y añadía que al interior de ese Estado
operaba además la lucha de la clase subalterna “por mantener la propia
autonomía y a veces por construir una propia hegemonía, alternativa a aquella
dominante, disputando a la clase dominante el sentido común.”
En esta perspectiva, cabía plantear que
“una clase se encuentra madura para proponerse a sí misma como hegemónica
solo cuando sabe ‘unificarse en el Estado’”. Con ello, cual la formación de “un
nuevo tipo de Estado” generaba el problema de la formación “de una nueva
civilización” que tomara cuerpo a partir de aquella “revolución moderna” que
reclamara Marx en 1852.
Hoy, aquí,
podemos, debemos encarar desde nosotros mismos la tarea de crear las
condiciones que faciliten la transición hacia un Estado que sea revolucionario
por lo democrática que llegue a ser la civilización que contribuya a generar –
esto es, por su capacidad para expresar y ejercer el interés general de la
sociedad. Esa civilización no será nueva si se define en confrontación con la
barbarie de quienes no participan de ella. Lo será, en cambio, si lo hace desde
la naturaleza de quienes la construyen, y contra la falsa erudición que lleva a
otros a adversarla.
Alto Boquete, Panamá, 23 de noviembre de 2022
[1] Marx, Karl (1852): “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”. C.
Marx y F. Engels, Obras escogidas en tres tomos, Editorial Progreso,
Moscú 1981, Tomo I, páginas 404 a 498. https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm
[2] “Maestros Ambulantes”: La América. Nueva York, mayo de 1884. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975.VIII, 288 - 292.
[3] Al respecto, Liguori, Guido: “Democracia” y “Estado”, en Liguori, Massimo; Modonesi, Massimo y Voza, Paquale (2022): Diccionario Gramsciano (1926-1937). UNICApress, Cagliari. https://unicapress.unica.it/index.php/unicapress/catalog/view/978-88-3312-066-9/50/569-1
La ciudad moderna: antidemocrática, antihumana y antiecológica
Agradezco al Arq. Tomás Correa,
coordinador de la Facultad de Arquitectura y Diseño del Centro Regional
Universitario de Azuero de la Universidad de Panamá por esta invitación a la VI
Bienal de Estudiantes de Arquitectura del Centro Regional Universitario de
Azuero (VI BEAC) para reflexionar sobre las causas sociales de la crisis de la
ciudad moderna en general, y particularmente de nuestra ciudad capital y las de
nuestro país, Panamá.
Que nuestras ciudades modernas están en
crisis no requiere mucha evidencia. Basta salir a la calle: expulsión de pobres y trabajadores desde el
centro hacia los suburbios, problemas de transporte público, ineficiente
recolección de basura, escaso suministro de agua potable, calles
intransitables, cortes frecuentes de energía eléctrica por falta de
mantenimiento al sistema, hipotecas de por vida basadas en el interés
compuesto, contaminación, destrucción de la naturaleza y del mundo rural, etc.
En Panamá, no
pasa un día sin que los moradores de alguna comunidad salgan a la calle a
protestar porque no tienen agua, o calles, o escuelas, o centros de salud, o
porque simplemente no se recoge la basura. Esta crítica realidad no puede ser
justificada con la excusa de la reciente pandemia de la Covid-19, sino que
expresa un deterioro constante que data, al menos, de 40 años y, en caso de la
ciudad de Colón, por lo menos 70 años.
Si viajamos a
otros países probablemente encontremos ciudades menos sucias, pero
adentrándonos en ellas podremos apreciar muchos componentes de la crisis que describimos,
sobre todo si visitamos sus suburbios, tugurios o guetos. Ciudades de decenas
de millones de habitantes rodeadas de “favelas”, villas miseria, zonas rojas,
como sea que se les llame, así se trate de México, San Pablo, Buenos Aires, o
Los Ángeles, Detroit, Nueva York, Johannesburgo, Nueva Delhi, Shanghái, etc.
¿Cómo explicar
esta triste realidad del mundo contemporáneo?
Federico Engels,
en su ensayo “Contribución al problema de la vivienda” (1876), dice: “Según
la concepción materialista de la historia, el factor que en última instancia
determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real”.
En la sociedad actual la producción y reproducción
de la vida se hace bajo las condiciones del sistema capitalista de producción:
por el cual, una minoría propietaria de los medios de producción explota y
obtiene plusvalía (ganancia) del trabajo de una mayoría desposeída de medios de
producción que venden su fuerza de trabajo por un salario.
El antropólogo y geógrafo británico, David Harvey,
en “El derecho a la ciudad” señala: “La urbanización siempre ha sido, …, un
fenómeno de clase, ya que los excedentes son extraídos de algún sitio y de
alguien, mientras que el control sobre su utilización habitualmente radica en
pocas manos… surge una conexión íntima entre el desarrollo del capitalismo y la
urbanización.”
De ahí que el proceso de urbanización moderno sirve
por doble vía al sistema de acumulación capitalista: por un lado, es utilizado
como mecanismo de inversión y atesoramiento de las enormes sumas de capital
generadas por la producción industrial de mercancías, o a veces, como mecanismo
al servicio del lavado de capitales salidos de fuentes ilegales, como el
narcotráfico, la corrupción o el robo de bienes públicos; por otro lado, se
convierte ella misma en fuente de más acumulación de capital y ganancia cuando
se mercadean dichas propiedades.
“El crecimiento de las grandes ciudades modernas
concede al suelo localizado en determinadas áreas, particularmente aquellas que
se hallan centralmente situadas, un incremento artificial y colosal de su
valor”, enfatiza Engels en el opúsculo citado. Y agrega que “En realidad
la burguesía no conoce más que un método para resolver a su manera la cuestión
de la vivienda, es decir, para resolverla de tal suerte que la solución cree
siempre de nuevo el problema. Ese método se llama Haussmann”.
George Eugene Haussmann fue un político francés que,
bajo el régimen de Napoleón Tercero, rediseñó la ciudad de París, derribando
los barrios populares que poblaban el centro de la ciudad, con sus pequeñas
callejuelas, en las que la levantisca población fortificaba con barricadas cada
vez que una nueva revolución estallaba. Haussmann trazó las grandes avenidas
que hoy adornan el centro de París, creó un plan urbano de viviendas de lujo en
el centro y expulsó a los pobres a la periferia de la ciudad.
A este método urbanístico ahora se le llama
gentrificación: apropiación para la extracción de plusvalía de las mejores
tierras (renta del suelo) con la expulsión de quienes no pueden pagarla hacia
los suburbios. Trasladando los problemas al extrarradio de la ciudad, los
suburbios o los guetos.
“La producción del espacio capitalista ha
ocasionado el barrido de la ciudad anterior para dejar sitio a una nueva
condición desde la que contemplamos la hegemonía del valor de cambio…
conducirían a la exclusión de poblaciones enteras y a la desintegración de la
ciudad como proyecto colectivo”, ha dicho el filósofo marxista Henri
Lefebvre en su ensayo también titulado “El derecho a la ciudad” de 1968.
La globalización con su integración mundial
económica y las megaciudades con decenas de millones habitantes y la cuasi
desaparición del mundo rural lleva a algunos, como la arquitecta francesa Françoise Choay a hablar
de la “postciudad” y también la “megalópolis”. Para Choay, estas postciudades
implican “la desaparición … de ciertos modos locales de vivir juntos con un
sentido institucional que era específico de aquellas entidades imbuidas de una
cierta identidad y que solían llamarse ciudades”.
Puede decirse entonces que la ciudadanía moderna, es
decir, los habitantes de las ciudades, hemos sido expropiados no solo de los
medios de producción, lo que nos condena a vender nuestra fuerza de trabajo por
un salario, sino que también hemos sido expropiados de la ciudad que habitamos
y la cual ha dejado de pertenecernos.
Hablando de nuestro país. Nuestra capital, la ciudad
de Panamá, fue estructurada por el colonialismo español como centro
administrativo y político, y lugar de asiento de las clases dominantes, pero
también marcada por el característico modo en que el Istmo se ha insertado en
la división internacional del trabajo, y que se ha denominado “transitismo”.
El “transitismo” ha implicado un territorio y una
población dedicados exclusivamente al servicio del comercio internacional,
puente de mercancías y de gentes entre dos océanos, en el que, por esa razón ni
la agricultura, ni la industria han podido desarrollarse y crecer
adecuadamente. El transitismo lo absorbe todo, incluyendo la población que
emigra hacia la zona de tránsito, y que absorbe entre 80 y 90 % de la economía.
En otro ensayo (“Ciudad de Panamá, 500 años entre
ferias y miserias”) hemos establecido que la ciudad de Panamá ha pasado por
diversas etapas históricas, todas ellas asociadas al transitismo:
La aldea de pescadores, antes de la conquista
española.
La ciudad colonial transitista.
La ciudad en la crisis del transitismo del siglo
XVIII y XIX.
La ciudad del ferrocarril y la expropiación del
transitismo.
La ciudad, “a
un canal pegada”, la “ciudad fragmentada”, al decir de Álvaro Uribe.
La ciudad que recupera de la soberanía sobre la zona
expropiada en 1903, y que gracias al canal panameño da impulso al boom
inmobiliario del siglo XXI y la “ciudad emparapetada” (Álvaro Uribe).
No nos detendremos en este momento en cada una de
esas etapas que tuvo sus particulares implicaciones sociales, políticas y
arquitectónicas. Lo importante es resaltar que ese determinismo geográfico, el
transitismo, empeorado por las condiciones de la separación de Colombia y el
Tratado Hay Bunau-Varilla, produjo lo que el arquitecto Álvaro Uribe denominó
hace 30 años “La ciudad fragmentada”.
Producto de la aparición de un fenómeno extraño como
la Zona del Canal, la ciudad de Panamá se vio forzada a un crecimiento anormal,
no concéntrico, sino estirado hacia el este, como un cometa, y con un bache de
por medio por la “zona”, con un salto hacia el oeste.
A ello se sumó el que Estados Unidos no permitió a
la oligarquía panameña de 1903 ningún medio de acumulación de capital basado en
el transitismo, cuyo control se perdió por efecto del Tratado Hay – Bunau
Varilla, y solo le quedaron métodos indirectos de acumulación de capital: como el rentismo,
basado en la propiedad de la tierra de la ciudad y la construcción de
insalubres cuartos de inquilinato para los trabajadores del canal.
La explotación de la vivienda miserable del
inquilinato llevó a dos graves conflictos sociales en 1925 y 1932: el
Movimiento Inquilinario, con su costo de vidas y represión por parte de las
tropas norteamericanas en 1925.
La apropiación de las fincas que rodeaban la ciudad,
hacia el este, por las principales familias de los “próceres” de 1903 (Uribe
reproduce un mapa donde ubica la fincas de los Arias, Obarrio, Espinoza,
Hurtado, Icaza, Lefevre, etc.), produjo con el tiempo la fragmentación de la
ciudad.
Sin un centavo de inversión privada, esperando que
el Estado invirtiera en infraestructura que paulatinamente fue valorizando los
terrenos de dichas fincas, hasta que se fraccionaban para la urbanización, pero
como áreas aisladas unas de otras, siguiendo los contornos de las fincas para
mejor aprovechamiento de la tierra, y sin ningún plan ni control del desarrollo
urbano por partes del Estado. Todo lo cual permite comprender mejor la caótica
situación del tráfico urbano, el transporte público, etc.
Álvaro Uribe resume: “… el factor decisivo en la
producción de la ciudad, lo ha constituido esa forma de pago exigido por la
propiedad monopólica del suelo, la renta,…, En cuanto a la ciudad de Panamá, de
lo anterior se desprende que la ausencia de instrumentos de regulación efectiva
de la expansión urbana, y … la posición complaciente del Estado…, convirtiendo
nuestra ciudad en un mosaico fracturado, en un amasijo de fragmentos… que
constituyen un obstáculo para el disfrute pleno de la vida urbana”.
En “La ciudad fragmentada”, escrita en 1989, cuando
empezaba el proceso de “reversión” de las áreas urbanas de la ex Zona del
Canal, Uribe finaliza expresando la esperanza de que la reversión de lo que fue
la Zona del Canal, permitiera a la ciudad de Panamá corregir muchos de sus
“errores” urbanísticos o que, al menos, se hiciera uno mejor para esas áreas
revertidas.
Hoy, más de treinta años después podemos ver que no
ha sido así. Dos han sido los criterios utilizados por los planificadores del
Ministerio de Economía a cargo de las áreas revertidas:
1. Por un lado, no permitir el uso completo de las
instalaciones revertidas, ni siquiera por agencias gubernamentales, prefiriendo
que se deterioren, antes que su entrada al “mercado inmobiliario” produjera una
devaluación masiva del monopolio de la tierra en las ciudades de Panamá y Colón.
2. Cuando se ha procedido a entregar a la gestión
privada de algunos lugares, en Albrook, Clayton o Howard, se ha reproducido la
anarquía reinante en el resto de la ciudad, sin respetar reglas de uso de
suelo, desarrollo de alcantarillados, respeto a la naturaleza, etc.
Recientemente un canal de televisión dedicó un ilustrativo espacio a esa
realidad en el barrio de Albrook, en el que una moradora confesó que compró su
casa allí creyendo que compraba el paraíso y se ha encontrado con el infierno.
¿Tiene esto solución?
La solución a los problemas de nuestras ciudades no
puede provenir de quienes son los responsables de la actual situación y sus
beneficiarios.
Empezar
a resolver los problemas de nuestras ciudades empieza por proponernos recuperar
“EL DERECHO A LA CIUDAD”, para TODA la ciudadanía, es decir, todos sus
habitantes, como proponen Henri Lefebvre y David Harvey.
Dar
respuesta a este problema no es un simple problema técnico, sino político. Si
bien la arquitectura, el diseño y la ingeniería pueden adoptar mejores
criterios para realizar su labor respetando el ambiente e integrando espacios
públicos para la población, el problema está en los propietarios capitalistas
del negocio inmobiliario, quienes buscarán siempre rebajar los costos para
maximizar ganancias. Esa es una ley del sistema capitalista y solo se puede
cambiar cambiando al sistema económico y social, quitándoles poder a esa
minoría y transfiriéndolo a las mayorías.
Pero
eso requiere, como dijo Engels, un cambio tanto de quienes detentan el poder
político y económico, así como de la forma de organizar la vida, su producción
y reproducción.
Como
dijo Federico Engels: “Quien
pretende que el modo de producción capitalista, las leyes férreas de la
sociedad burguesa de hoy sean intangibles, y, sin embargo, quiere abolir las
consecuencias desagradables pero necesarias, no puede hacer otra cosa que
predicar moral a los capitalistas”. Pero para los capitalistas los consejos
están demás porque: “En cuestiones de dinero sobran los sentimientos”.
Recuperar
la ciudad requiere que una nueva fuerza social y política desplace del poder a
los especuladores, rentistas y los políticos corruptos a su servicio. Recuperar
la ciudad requiere la movilización activa, participativa y democrática de la
ciudadanía. Recuperar la ciudad requiere una nueva generación de arquitectos y
arquitectas, de ingenieros e ingenieras, de diseñadores y diseñadoras
dispuestos a diseñar y luchar por una ciudad democrática, humana y ecológica.
Bibliografía
Beluche,
Olmedo (2020) Ciudad
de Panamá, 500 años entre ferias y miserias. Cuadernos Nacionales (26). pp. 72-80. ISSN 1810-5491
Choay,
Françoise (1999) “De la ville a l’urbain”, Revue D’Urbanisme 309,
pp. 6-8.
Costes,
Laurence. Del ‘derecho a la ciudad’ de Henri Lefebvre a la universalidad de la
urbanización moderna. URBAN. Septiembre de 2011 – Septiembre de 2012. NS 02. http://polired.upm.es
Engels, Federico. Contribución al problema de la
vivienda. Fundación Federico Engels. https://traficantes.net
Harvey, David. El derecho a la ciudad. http://biblioteca.clacso.edu.ar
Lefebvre, Henri. El derecho a la ciudad. http://biblioteca.clacso.edu.ar
Chitré,
23 de noviembre de 2022.
CANDIDATURA PREMATURA NO MADURA
Miguel Antonio Bernal V.
En efecto, en su discurso en la
Colina, el reelecto designó con nombre, apellido y cargo, ante los escasos
presentes, al escogido - por él- como candidato a la Rectoría para el período
2026-2031. O sea, ¡con cuatro años de adelanto!
Para quienes creímos que con García
de Paredes, ya habíamos visto todo el daño que se le podía hacer a la
Academia, es necesario reconocer que nos equivocamos de lleno.
Cuál
monarca autoritario y emulando a sus jefes políticos del PRD, el reelecto
rector dio a conocer su delfín y ungido para sucederle, como si la Universidad
fuese su feudo y los profesores, estudiantes y administrativos, sus siervos o
espoliques.
¿Qué propósitos animan al reelecto para
dar un paso de esa naturaleza que afecta, aún más de lo que ya está, la
vida académica y administrativa de la que, una vez fue, nuestra primera casa de
estudios?
¿Qué
persigue el reelecto, al querer convertir, desde ya, a la Casa de Méndez
Pereira, en un tinglado del clientelismo y del electorelismo y sus más abyectas
prácticas?
¿Qué sentido tiene recurrir, en la Universidad, a una
"movida" de esa naturaleza como si fuese un Luis Napoleón
Bonaparte? Se que lo respaldarán las huestes
oportunistas - gustavitas de ayer y floristas de hoy-. Además del silencio de
los muchos que hoy ocupan cargos docentes o administrativos, gracias al dedo
nominador. Es
indignante y vergonzoso todo esto, pero no podemos callar ante lo ignominioso
de la actuación de los fariseos del otrora templo del saber.
El delfín, heredero del trono y
ungido por el reelecto, José E. Moreno, quien ocupa el cargo, ni más ni menos,
de vicerrector académico, solo cabe desearle "buen
salto". Por lo pronto, le espera el calvario al que le
someterán las huestes de su propio entorno.
Museo de Herrera
La idea del museo surge del profesor Don Favio Rodríguez de recoger la historia de la provincia y contarla así como un lugar donde resguardarla. El Edificio de estilo neoclásico fue construido por un arquitecto español a petición del señor José Márquez. Cabe señalar que el edificio que alberga hoy el museo fue la residencia de José Márquez. La mayor parte de las colecciones del museo se obtuvieron gracias a las donaciones del profesor Don Favio Rodríguez Ríos quien además fue el fundador del museo de Herrera. Este comenzó la labor de recopilar piezas para dicho recinto a partir de su labor como docente. La colaboración del patronato del museo fue sin duda trascendental para crear sinergia con la comunidad en cuanto a la preservación de la cultura material de Herrera. Sin duda es especial el apoyo de ciertas familias en estas donaciones como la Familia Ferrari. La colección del Agustín Ferrari aficionado a la arqueología es entonces adquirida por el museo. Así mismo otros objetos que forman parte de la sala de la huerta chitreana fueron donados por familias y personas que tenían esos enseres de la huerta en sus casas.
Dumas
Myrie S.
Docente
universitario
Twitter:
@dumas997
10 DE NOVIEMBRE
Por: Miguel Antonio Bernal
A
los panameños nos toca vivir una época que pone a prueba lo que nos caracteriza
como personas, nos toca vivir momentos y situaciones que nos enfrentan a
tensiones inéditas y nos permite crecer y madurar espíritualmente, nos corresponde
ser cada día más comprensivos y más sensibles al mundo que nos rodea y a sus
retos, sobre todo a nuestros jóvenes, a quienes sus cualidades ya los llevan,
desde temprana edad, a hacer realidades sus sueños.
El
Maestro de nuestras Juventudes, Don Octavio Mendez Pereira nos decía:
“Qué sería de la humanidad sin los juegos y la
inconsciencia de los niños, sin las rebeldías y desmanes de los jóvenes, que
sería de nuestro progreso moral, sin la savia que salta de cada generación, sin
su ansía de actualizar las cosas, sin la protesta de ésta contra la cobardía,
resignación, claudicación, complicidad, arribismo o cálculo de los llamados
hombres modernos que han visto ya esfurmarse sus ideales. No es freno, no es guía constante, lo que necesitan nuestros jóvenes,
sino al contrario estímulos superiores que recojan y eleven cada vez más su
energía juvenil, que no es por sobra sino por falta por lo que peca en el fondo”
Estamos recorriendo
las páginas de un libro en las que todos queremos escribir, en las que todos
queremos estar. Pero para estarlo debe haber una causa, una razón;
enfrentándonos ya en la segunda decada dell siglo XXI se nos ocurren muchas. El
conocimiento, el canal, la democracia, la deuda externa, la lucha tecnológica,
etc. Está en cada unos de nosotros el ir
preparándonos para enfrentarnos a estos problemas y ayudandonos, ayudar también
al país.
La dignidad y el
honor de nuestra nación y de nuestra historia, deben pesar cada vez más para
fortalecer nuestras instituciones, nuestras aspiraciones, nuestros
ideales, para llenar la función creadora
de esa voluntad nacional firme e indivisible para actualizar nuestro futuro y
estar presentes en los veloces cambios del mundo de hoy.
La nacionalidad hoy
día y, para nosotros, en un día como hoy, como fenómeno político va más allá
que la nación. Lo anterior es importante
para comprender el particularismo de los panameños. A finales de 1820 el destino
de la nación panameña estaba marcado. Los anhelos panameños eran ya un sentir
generalizado en todo el Istmo, y así los patriotas de La Villa de Los Santos,
proclamaron la emancipación el 10 de noviembre de 1821. Los demás pueblos del interior se unieron a
la empresa nacional, al sueño libertario.
Es
nuestro compromiso hoy como panameños el realizar los cambios que nos permitan
librarnos de viejas limitaciones ideológicas y de vergonzosas servidumbres
políticas, que nos conduzcan a abandonar la exasperación política que solo
contribuye a aumentar la angustia ciudadana ante el vacio de responsabilidades.
Debemos
entonces, aclararnos en conciencia, ¿qué
es lo que queremos?, ¿cuáles son los sucesivos pasos a dar? y, qué ritmo
conviene a nuestra andadura que, rápida o lenta, no debe ser jamás titubeante.
Con el Caudillo santeño Belisario
Porras afirmamos que:
“No
está la Patria, no puede existir el patriotismo donde se ponen de relieve
símbolos y no realidades, donde en lugar de deberes se habla de derechos, y
donde en definitiva los elementos del Estado, significadamente esprituales,
buscan en la vida vegetativa el reposo inconsciente que acaba por anular las
excelencias de la vida social...La Patria es la fortaleza inexpugnable del
progreso y de la civilización , siempre que sus defensores sepan manejar dos
armas: la del deber y la del sacrificio”
Todavía
podemos salvar a Panamá! Con las
notas del himno santeño, cuna de nuestra nacionalidad, lancemos compatriotas
nuestro grito, no solo para derramar laureles de amor en recuerdo de quienes
fueron los primeros orfebres de la Patria, si no también para reafirmar nuestro
compromiso de asumir con vocación y firmeza, con esperanza y vigor la real,
absoluta y verdadera democratización de
nuestra nación. Solo así habrá Patria, solo así podremos estar orgullosos de
ser ante todo Panameños y lograr que por
siempre ¡Viva el 10 de Noviembre!
¡Viva Panamá!
“El Grito de la Villa (10 de Noviembre de 1821)” de Ernesto J. Nicolau
Por: Dr. Olmedo Beluche
En el marco de la conmemoración del Bicentenario de la
Independencia de España, la Vicerrectoría de Extensión junto con la Comisión
del Bicentenario de la Universidad de Panamá, han reeditado la obra El Grito
de la Villa (10 de Noviembre de 1821) del historiador panameño Ernesto J.
Nicolau
A decir de Bonifacio Pereira Jiménez, que prologa la primera
edición que data de 1961
Como la historia es uno de los campos más fértiles en que se desarrollan
las contradicciones sociales, podría decirse que los comerciantes de la ciudad
de Panamá, aliados a los latifundistas de Veraguas, habían impuesto su versión
de la Independencia y la centralidad del 28 de Noviembre, en detrimento de los
pequeños y medianos campesinos del Interior (La Villa, Las Tablas, Pesé, Natá,
Ocú, Macaracas, Pocrí, Las Minas y San Francisco de la Montaña) quienes en
verdad habían decidido el curso de la Independencia en el Istmo.
En la década de 1920, Ernesto J. Nicolau viajó a Colombia y
recuperó de los archivos no sólo el acta de La Villa, sino una serie de
documentos que le permitieron hacer la reconstrucción minuciosa de los hechos y
conocer a los actores principales. Ese es el gran mérito de Nicolau y su libro.
Éste es uno de los mayores aportes a la historia de los habitantes del Istmo.
Nos dice algo sobre las dificultades de la labor del historiador
en Panamá el hecho de que, si bien Ernesto J. Nicolau retorna a Panamá con la
documentación en 1928, y va publicando fragmentariamente en artículos de la
Revista Cultural Lotería
El objetivo de la Independencia era la constitución de la
República, ¿Cuál, Panamá o Colombia?
Las historias oficiales de los estados hispanoamericanos han
deformado los acontecimientos de la Independencia de España para borrar las
causas materiales concretas que motivaron las acciones de la gente de aquel
entonces, para difuminar los intereses y demandas de cada clase social, para
presentar todos los hechos como si estuvieran motivados por el sueño “ideal” de
construir la “nación” independiente. Evidentemente, la historia así tratada no
es más que un instrumento de una ideología política nacionalista al servicio de
la clase social que controla el estado nacional
Para el caso panameño se presenta el acontecimiento como si los
personajes que protagonizaron la independencia lo hicieron en busca de la
constitución de la República de Panamá como hoy la conocemos. Una consecuencia
graciosa de esta manipulación histórica se expresó en el error de un monumento
construido en 2021 por las autoridades de la provincia de Coclé en la
conmemoración del “Bicentenario de la República de Panamá”
En 1821 no existía una “nación panameña” ni siquiera como
identidad unificada de los habitantes del Istmo y, en todo caso, “panameños” lo
eran los habitantes de la ciudad de Panamá.
El “Istmo” o las “provincias del Istmo” es el concepto que se utilizaba
para referirse a la región y sus habitantes, así está en las actas de
independencia. Cuando se hace referencia a un estado nación en oposición al
imperio español, tanto el Acta del 10 de Noviembre en La Villa, como la del 28
de Noviembre en Panamá, hablan de la República de Colombia con toda claridad.
Como brillantemente muestra el libro de Ernesto J. Nicolau, en el
Istmo la unidad política básica, bajo cuya identidad actuaron los habitantes,
eran los cabildos de cada pueblo o ciudad. Cada cabildo tenía sus líderes y
tomaba sus decisiones que influían sobre los habitantes de la región
circundante, pero nadie, ni Fábrega (aun siendo Panamá la capital política y
económica del Istmo) pretendió hablar en nombre del conjunto. Cada cabildo
decidió en su momento y a su vez propuso consultar a los demás, incluso el 28
de Noviembre.
Nadie ostentaba la legitimidad política para hablar en nombre del
conjunto. Lo más cercano a una entidad colectiva eran las Asambleas
Provinciales, que establecía la Constitución de Cádiz recién reinstaurada por
el gobierno liberal del general De Riego en España, y cuya primera elección se
realizó en el Istmo pocas semanas antes de que se desataran los acontecimientos
de noviembre de 1821.
Por un lado, se trató de dos Asambleas, pues eran dos provincias
diferenciadas en el Istmo, Panamá y Veraguas. Por otro lado, esas Asambleas no
jugaron ningún papel relevante en la independencia, el cual sí tuvieron los
ayuntamientos o cabildos.
Las causas reales del Grito de La Villa de 1810
La motivación concreta de los pueblos del interior para sublevarse
no fue la “libertad” o la “patria” en abstracto, como suele decir la historia
oficial, sino el disgusto del campesinado por la leva y avituallamiento forzoso
del ejército realista ordenado por el capitán general Juan de la Cruz Mourgeon
en sus preparativos para zarpar hacia Sudamérica, para combatir a los
independentistas en Quito, en los últimos meses de 1821.
Dice Nicolau: “… el Capitán General se dedicó a poner en juego
toda la habilidad imaginable en los preparativos de su expedición; reclutó
milicianos; exigió contribuciones de guerra onerosísimas entre aquellos que no
podían tomar las armas, y gravó con grandes impuestos a los comerciantes;
recurrió a los tesoros sagrados de las iglesias, y mandó expediciones a los
pueblos del interior con el fin de acaparar todos los recursos que estuvieran
al alcance de la mano o no.
En los pueblos se realizaron hazañas de verdadero saqueo, pues las
tropas entraban a las casas, ponían presos a los dueños, y se llevaban lo que
encontraran en ellas”
(Pág. 6).
Ahí en ese párrafo está la causa real, material, concreta, que
explica por qué en 1821 la sublevación popular en favor de la independencia de
España empezó en las regiones campesinas y por qué La Villa de Los Santos se
puso a la cabeza del movimiento. La gente se cansó de esos abusos.
Más adelante agrega Nicolau: “La contribución forzosa impuesta
por Murgeon (errata en el texto, es Mourgeon) en la ciudad Capital, así como la
irreverente disposición de apropiarse de los bienes de la Iglesia para el
sostenimiento de su expedición, no sólo se hizo sentir, de manera abrumadora,
en ese sitio, sino que tornó la vida difícil en el resto del Istmo,
principalmente en ciertos lugares como La Villa de Los Santos, Natá, Penonomé,
Santiago, Pesé, Ocú, Parita, Alanje y otros, en donde los soldados españoles
atropellaban a hombres y mujeres, ancianos y niños, llenaron las cárceles de
personas inocentes con el fin de amedrentarlos y extraer de sus haberes la
contribución de guerra que arbitrariamente se les había impuesto. Tales
desafueros impulsaron a los nativos a recurrir a la formalidad de la protesta
airada y luego a la acción colectiva del levantamiento armado, lo cual
verificaron en algunas partes, como ocurrió en Alanje, Las Tablas, La Villa,
etc., pero con tan mala suerte que sus esfuerzos se estrellaban contra la
superioridad de la fuerza militar que los subyugaba. Las autoridades bien
pronto reducían a la impotencia a los exaltados, porque carecía de armas y de
medios para proveérselas” (Págs. 25-26).
Los actores de la independencia en el Istmo
La independencia en el Istmo tuvo dos personajes decisivos: el
natariego Francisco Gómez Miró y el santeño Segundo Villarreal.
Gómez Miró es la mente lúcida e ilustrada que entiende a cabalidad
el momento político, pues está informado del proceso independentista en toda la
región, es el que con su verbo revolucionario inspira a sus coterráneos
interioranos a actuar, y viaja de Natá a La Villa incendiando los ánimos. El
historiador Ernesto J. Nicolau señala que Francisco Gómez Miró redactó una
proclama que hizo circular antes del 10 de Noviembre por todo el interior
promoviendo la causa de la independencia y la adhesión al proyecto encabezado
por El Libertador. Lamentablemente no se conoce el contenido de dicho documento.
Segundo Villarreal es el caudillo militar, que despertaba la
confianza suficiente para que la gente acudiera en masa a organizarse en los
batallones de voluntarios que debían enfrentar a los realistas españoles y de
la ciudad de Panamá. Villarreal desencadena la acción armando un pequeño
batallón que atacó exitosamente el cuartel de La Villa y luego la cárcel, de la
que liberaron los presos. Sobre estos hechos consumados Segundo Villarreal
exige al alcalde Julián Chávez la convocatoria de un cabildo abierto, al cual
rodean y entra con las tropas del batallón y la masa del pueblo, pese a que
formalmente él no pertenecía al ayuntamiento.
El cabildo del 10 de Noviembre de 1821 que proclamó la
independencia nombró a Segundo Villarreal con el grado de coronel con los
poderes para organizar los batallones que defendieran la decisión tomada. La
obra de Nicolau lista los nombres de todos los voluntarios que acudieron al
llamado de Villarreal para conformar los batallones de milicias: más de 100 en
La Villa, Las Tablas 206, Pocrí 103, Pesé y Las Minas 101, Parita 106 y Ocú con
103. Un verdadero ejército, aunque con pocas armas.
La primera reunión del ayuntamiento de La Villa, reunida el 11 de
noviembre, decidió mediante otra acta nombrar a Segundo Villarreal “Gobernador
Político y Militar del Partido”. Partido es la denominación equivalente a
distrito.
En Natá llegaron pronto las noticias de los acontecimientos de La
Villa y pueblos aledaños, y en seguida Gómez Miró se puso al frente, logrando
el 15 de Noviembre la proclama de independencia en Natá y la conformación de un
gobierno provisional local. Logrado esto, inmediatamente se dirigió a La Villa
para coordinar, a donde llegó el 17 de noviembre.
A La Villa acudieron también los emisarios enviados desde Panamá
por José de Fábrega, los tenientes coroneles José M. Chiari y José de la Cruz
Pérez, con las instrucciones de revertir los acontecimientos no con un “espíritu
violento”, sino con un “razonamiento benévolo para inducir a los
rebeldes al abandono de sus deseos de independencia”. Se enviaron a dos
militares para que “por su respetabilidad inspirasen obediencia” (Pág.
49).
El 20 de noviembre se realizó un cabildo abierto en La Villa para
escuchar a los emisarios de Panamá. Estaban en la sala con derecho a voz y voto
Segundo Villarreal y Francisco Gómez Miró. Afuera el pueblo llenaba la plaza y
los alrededores. Hablaron los emisarios militares expresando “la confianza
de que, apartándose como lo esperaban, de las malas influencias de algunos
espíritus intransigentes y revoltosos, volviesen todos a la subordinación del
régimen español que los reclamaba y que prestasen juramento de fidelidad al Rey
y a la Constitución españoles, a cambio de un perdón general…. A las palabras de los Comisionados siguió un
momento de expectativa y ansiedad. Era la autoridad real que hablaba… y ante
este hecho de trascendental importancia, la concurrencia quedó sin orientación,
atónita, anonadada” (Pág. 51).
En este trance decisivo, tomó la palabra Francisco Gómez Miró, con
“una voz varonil, llena de entusiasmo, plena de energías y con la arrogancia
del que nada teme en la vida, se hace oír fulminante; niega toda obediencia al
Rey, y a nombre de sus colegas y en nombre de su pueblo, confirma la valiente y
heroica resolución de los natariegos: “PERDER HASTA LA ÚLTIMA GOTA DE SANGRE DE
SUS VENAS” antes de abandonar sus ideales independentistas” (Pág. 52).
Más aún, en nombre de Natá y Penonomé ofrece poner en armas 4,000
hombres “para atacar, sin pérdida de tiempo, al Gobierno de Panamá, si
dentro de un tiempo prudencial no se sometía a la demanda de adhesión
republicana que ya se le había hecho…”. Y lanzó la misma amenaza contra la
provincia de Veraguas, bastión de los latifundistas como Fábrega y del
conservadurismo monárquico y católico (Pág. 53).
Nicolau describe cómo, lo que era duda e indecisión momentos
antes, ante las palabras de Gómez Miró se transforma en ardoroso entusiasmo de
la multitud que grita vivas a los libertadores, a Bolívar, a Santander, a
Villarreal, a Gómez Miró, a la Gran Colombia (errata, pues el nombre era
Colombia a secas) (Pág. 53). Gómez Miró continúa el discurso argumentando sobre
los males de la opresión monárquica y los beneficios de la libertad
republicana.
La suerte estaba echada y la multitud saca en hombros al orador
gritando consignas. Los emisarios militares de Panamá toman nota y se retiran
discretamente. La voluntad de marchar a una república independiente (Colombia)
estaba ratificada por el pueblo santeño en masa el 20 de Noviembre de 1821. Si
Panamá y Veraguas no se sumaban a este proceso lo que seguía era la guerra
civil.
La labor revolucionaria de Francisco Gómez Miró prosiguió con su
retorno a Natá a donde llega el 21 de noviembre e informa en un cabildo abierto
lo sucedido en La Villa y la alianza defensiva entre ese municipio y los
natariegos. Conforma un gobierno local y organiza las milicias, las cuales
marchan por las calles de Natá el 25 de noviembre, cuando un nuevo cabildo
ratifica la adhesión a la independencia y lo nombra Comandante de Batallón.
Todo ese día, que era domingo, el pueblo celebró el acontecimiento.
Gómez Miró también tuvo una actitud decidida que volcó en
consolidar la independencia en lo que hoy llamamos el “interior”, que fue el ultimátum
contra el cabildo conservador de Santiago de Veraguas. Recordemos que Santiago
era el bastión del latifundismo, monárquico y católico del que José de Fábrega
había sido su gobernador por varios años. La Villa había dado un plazo de mes y
medio a los santiagueños para sumarse a la independencia o ser atacados, pero
Gómez Miró, desde Natá redujo el plazo a 3 días, argumentando que demasiado
tiempo les daría a los conservadores de Santiago oportunidad de unirse a los
realistas de Panamá.
Los conservadores de Santiago habían dirigido una carta al
gobierno de Fábrega en Panamá pidiéndole protección frente a los acontecimientos
que se estaban suscitando. Esta misiva fue redactada por la señora Bartola
García de Paredes que pertenecía a las familias prominentes de la provincia.
Pero las fuerzas revolucionarias de Natá interceptaron la carta, lo que sirvió
a Gómez Miró para usarla de advertencia a los enviados de Santiago a Natá
(Agustín García Romero y Calixto López) y darles el ultimátum para que
se sumaran a la independencia (Pág. 84).
Ayudó en estas circunstancias que el cabildo de San Francisco de
La Montaña, cercano a Santiago proclamó la independencia. Santiago proclamó la
suya recién el 1 de diciembre, no queda claro si ya estaban informados de la
decisión tomada el 28 de Noviembre en Panamá o si fueron forzados por los
acontecimientos del interior.
Las actas adhieren a la República de Colombia
Contrario al mito muy extendido en Panamá de que los istmeños en
ese momento pudieron considerar la constitución de un estado-nación propio y
que adhirieron a Colombia después de mucho reflexionar, de manera “voluntaria”;
las actas de La Villa y de Panamá se suman a la República de Colombia de manera
directa y sin titubeos, e invocan la protección de El Libertador. Lo cual era
lógico, pues el Istmo pertenecía, desde el siglo XVIII, al otrora virreinato de
La Nueva Granada, en ese momento transformado en República de Colombia por obra
de los ejércitos libertadores.
El Acta de Independencia de La Villa dice que, después de haber
considerado todos los abusos que se han descrito al inicio de este artículo: “Que
por todo ello, deseosos de vivir bajo el sistema Republicano, que sigue todo
Colombia, anhelaba el mismo pueblo que esta Villa jurase la Independencia del
Gobierno español… vistas todas las reflexiones que se hicieron …, se procediese
al Juramento de Independencia, como en efecto se hizo, ..., cuyo acto se
celebró con plausible gozo y una indecible conmoción del espíritu de cada uno
del pueblo, quien aclamó se titulase esta VILLA LIBRE CIUDAD con consideración
a ser la primera en todo el Istmo, que había tenido la felicidad de proclamarse
libre e independiente bajo el auspicio y garantía de Colombia … ” (Pág. 29
y 30).
Contrario al supuesto protagonismo que la historia oficial da a
José de Fábrega en la independencia de 1821, hay que destacar la desconfianza
que él inspiraba a los habitantes de La Villa de esa época. El Acta del 10 de
Noviembre muestra el temor de la esperada reacción contraria a la proclama, por
parte de Fábrega, y así se expresa también en la carta que ellos envían al
Libertador, informando de la proclama de independencia y “solicitan protección
militar”.
Sobre esta misiva de los santeños al Libertador, que
lastimosamente Nicolau no transcribe de modo literal y tampoco dice quien la
llevó (Págs. 33 y 34), es curioso que la misma llegó a Bogotá, pero el
vicepresidente Santander, no la entrega inmediatamente a Bolívar (que estaba
combatiendo en el sur), sino que la guarda para analizar la situación y luego
la remite junto con la de Fábrega posterior al 28 de Noviembre (esta sí la
reproduce Nicolau completa en las páginas 81 a 83). Siendo esta última la que
responde El Libertador en una muy conocida misiva.
No nos detendremos en los acontecimientos en la ciudad de Panamá,
conocidos gracias a la obra de Mariano Arosemena
Sin embargo, el acta es clara, lo “espontáneo” es la proclamación
de la independencia, no la unión a Colombia a la que dice que las provincias
del Istmo “pertenecen”.
“1º. Panamá espontáneamente y conforme al voto general de los
pueblos de su comprensión, se declara libre e independiente del Español.
2º. El territorio de las Provincias del Istmo pertenece al
estado Republicano de Colombia, a cuyo Congreso irá a representar oportunamente
su Diputado” (Pág. 70).
El libro de Nicolau recoge el debate producido en el cabildo de
Panamá el 28 de Noviembre respecto al futuro del Istmo. Hubo todo tipo de
especulaciones: respecto a si debían unirse a Ecuador o Perú (regiones donde la
independencia no estaba consolidada); o si convertirse en país “anseático” bajo
“protección” (coloniaje) de otra potencia (que sólo podía ser Inglaterra);
incluso unirse al imperio mexicano de Iturbide; hasta llegar al reconocimiento
de la incapacidad de ser una república independiente; para terminar aceptando
la propuesta de José Vallarino Jiménez, “ferviente colombianista”, de ser parte
de la República de Colombia (Págs. 68.69).
Nicolau cita una frase, cuya fuente no esclarece, según la cual
Vallarino dijo literalmente que el Istmo se declara libre e independiente del
dominio español, y “se anexa voluntariamente a la Gran Colombia” (sic,
pág. 69). Al no estar claro la fuente de donde proviene la cita, sumado a la
errata de hablar de “Gran Colombia”, siendo que este concepto solo nacería
mucho después, diera la impresión de que es una frase construida con
posterioridad a 1821, por lo cual debe ser puesta en duda. Lo cierto y verificable
es que esa frase no está en el Acta del 28 de Noviembre de 1821. Por el
contrario, el Acta dice literalmente lo que ya citamos: “El territorio de
las Provincias del Istmo pertenece al
estado Republicano de Colombia”.
¿Y Rufina Alfaro?
Es notable el hecho de que, en la profusión de documentos citados
por Ernesto J. Nicolau, no existe ninguna alusión a la participación de Rufina
Alfaro en los acontecimientos del 10 de Noviembre de 1821 en La Villa de Los
Santos. También es evidente que, entre todos los nombres que se citan, en los
batallones de Villarreal y en la composición de los cabildos, no se mencionan
mujeres. Salvo el caso citado de la señora Bartola García de Paredes, de
Santiago y su carta interceptada por Gómez Miró. Cabe reflexionar: ¿Rufina
Alfaro no aparece porque, como era costumbre en la época, las mujeres estaban
excluidas de la vida pública y política? ¿Los historiadores mantuvieron un
criterio patriarcal y misógino anulando toda referencia a ella?
Investigadoras como
Natividad Gutiérrez, sostienen la hipótesis de que la actuación de las mujeres
en la Independencia, estuvo estrechamente relacionada con las de sus familias,
en especial de sus cónyuges, y del grupo social al que pertenecían
Sin embargo, la historia de la independencia sí ha recogido la
participación de muchas mujeres. Por citar a algunas: desde Josefa Ortiz de
Domínguez y Leona Vicario, en México; Juana Azurduy de Padilla, en Bolivia;
Concepción Mariño en Venezuela; Policarpa Salavatierra en Nueva Granada;
Manuela Sáenz en el Ecuador; etc.
Tocará a historiadores e historiadoras del siglo XXI procurar
establecer los nombres y la participación de las mujeres istmeñas en los hechos
de la Independencia, separando la historia mítica de Rufina Alfaro para
rescatar la verdad de los hechos.
El historiador coclesano, José Aparicio Bernal
Como dice Aparicio
Bernal: “Nosotros, consideramos que las fuentes orales son importantes para
dilucidar un hecho histórico, pero se debe tener mucho cuidado con el tiempo.
Si el Grito santeño se dio el 10 de Noviembre de 1821 y el artículo de
Castillero nace en 1948, fueron 127 largos años. De plano, tuvo que sufrir
modificaciones en tan largo periodo de tiempo, si es que la información fue
correcta”.
La explicación lógica de que un historiador, como Castillero
Reyes, haga un tratamiento mítico a un personaje de no probada existencia real,
como Rufina Alfaro, es que a mitad del siglo XX la intelectualidad panameña se
encontraba construyendo el concepto de “nación romántica”, al decir, de Luis
Pulido Ritter, tratando de buscar en un pasado reescrito a conveniencia la
justificación de un estado nacional nacido con el estigma de la intervención de
Estados Unidos de América en 1903. Así pasó con Anayansi, un personaje
literario que muchos pretenden darle una vida real
En el único lugar del libro de Ernesto J. Nicolau que se cita a
Rufina Alfaro es en el prólogo de 2021, del sociólogo Milciades Pinzón
Rodríguez, quien cuela a la “mítica Rufina Alfaro” junto a nombres de
personajes históricos de La Villa, sabiendo muy bien el prologuista que el
libro que presenta no se refiere en absoluto a ese personaje.
Dos últimas reflexiones: tal vez éxito del mito de Rufina Alfaro
se debe a que llena el vacío dejado por la falta de referencia a mujeres reales
que jugaron un papel relevante en la Independencia en el Istmo; por otro lado,
insistir en este mito ha sido utilizado por la historia oficial para opacar el
grandioso papel jugado por personas como Segundo Villarreal y Francisco Gómez
Miró.
En lo personal me parece más grandioso y revolucionario el
discurso de Francisco Gómez Miró en La Villa el 20 de Noviembre, que los
supuestos devaneos de una supuesta guapa chica que enamoró a un supuesto
oficial español para ayudar a la Independencia, disquisiciones morbosas en las
que la grandeza del hecho histórico es rebajado a bochinche.
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