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10 DE NOVIEMBRE

Por: Miguel Antonio Bernal

 “Por ahora nos temen, y es la época de sacar partido. Pero ¡ay !de nosotros si la dejamos escapar. En todo caso yo habré cumplido  un deber señalando el peligro antes de que sea demasiado tarde. Antes que colombiano soy panameño! (Justo Arosemena. carta de 13 de marzo de 1862)

      

       A los panameños nos toca vivir una época que pone a prueba lo que nos caracteriza como personas, nos toca vivir momentos y situaciones que nos enfrentan a tensiones inéditas y nos permite crecer y madurar espíritualmente, nos corresponde ser cada día más comprensivos y más sensibles al mundo que nos rodea y a sus retos, sobre todo a nuestros jóvenes, a quienes sus cualidades ya los llevan, desde temprana edad, a hacer realidades sus sueños.

       El Maestro de nuestras Juventudes, Don Octavio Mendez Pereira nos decía:

        “Qué sería de la humanidad sin los juegos y la inconsciencia de los niños, sin las rebeldías y desmanes de los jóvenes, que sería de nuestro progreso moral, sin la savia que salta de cada generación, sin su ansía de actualizar las cosas, sin la protesta de ésta contra la cobardía, resignación, claudicación, complicidad, arribismo o cálculo de los llamados hombres modernos que han visto ya esfurmarse sus ideales.  No es freno, no es guía  constante, lo que necesitan nuestros jóvenes, sino al contrario estímulos superiores que recojan y eleven cada vez más su energía juvenil, que no es por sobra sino por falta por lo que peca en el fondo”

      

Estamos recorriendo las páginas de un libro en las que todos queremos escribir, en las que todos queremos estar. Pero para estarlo debe haber una causa, una razón; enfrentándonos ya en la segunda decada dell siglo XXI se nos ocurren muchas. El conocimiento, el canal, la democracia, la deuda externa, la lucha tecnológica, etc.  Está en cada unos de nosotros el ir preparándonos para enfrentarnos a estos problemas y ayudandonos, ayudar también al país.

La dignidad y el honor de nuestra nación y de nuestra historia, deben pesar cada vez más para fortalecer nuestras instituciones, nuestras aspiraciones, nuestros ideales,  para llenar la función creadora de esa voluntad nacional firme e indivisible para actualizar nuestro futuro y estar presentes en los veloces cambios del mundo de hoy.

La nacionalidad hoy día y, para nosotros, en un día como hoy, como fenómeno político va más allá que la nación.  Lo anterior es importante para comprender el particularismo de los panameños. A finales de 1820 el destino de la nación panameña estaba marcado. Los anhelos panameños eran ya un sentir generalizado en todo el Istmo, y así los patriotas de La Villa de Los Santos, proclamaron la emancipación el 10 de noviembre de 1821.  Los demás pueblos del interior se unieron a la empresa nacional, al sueño libertario.

       Es nuestro compromiso hoy como panameños el realizar los cambios que nos permitan librarnos de viejas limitaciones ideológicas y de vergonzosas servidumbres políticas, que nos conduzcan a abandonar la exasperación política que solo contribuye a aumentar la angustia ciudadana ante el vacio de responsabilidades.

       Debemos entonces,  aclararnos en conciencia, ¿qué es lo que queremos?, ¿cuáles son los sucesivos pasos a dar? y, qué ritmo conviene a nuestra andadura que, rápida o lenta, no debe ser jamás  titubeante.

Con el Caudillo santeño Belisario Porras afirmamos que:

       “No está la Patria, no puede existir el patriotismo donde se ponen de relieve símbolos y no realidades, donde en lugar de deberes se habla de derechos, y donde en definitiva los elementos del Estado, significadamente esprituales, buscan en la vida vegetativa el reposo inconsciente que acaba por anular las excelencias de la vida social...La Patria es la fortaleza inexpugnable del progreso y de la civilización , siempre que sus defensores sepan manejar dos armas: la del deber y la del sacrificio”

       Todavía podemos salvar a Panamá!  Con las notas del himno santeño, cuna de nuestra nacionalidad, lancemos compatriotas nuestro grito, no solo para derramar laureles de amor en recuerdo de quienes fueron los primeros orfebres de la Patria, si no también para reafirmar nuestro compromiso de asumir con vocación y firmeza, con esperanza y vigor la real, absoluta y verdadera  democratización de nuestra nación. Solo así habrá Patria, solo así podremos estar orgullosos de ser ante todo  Panameños y lograr que por siempre ¡Viva el 10 de Noviembre!   ¡Viva Panamá!  

10/11/22

“El Grito de la Villa (10 de Noviembre de 1821)” de Ernesto J. Nicolau


Por:  Dr. Olmedo Beluche 

En el marco de la conmemoración del Bicentenario de la Independencia de España, la Vicerrectoría de Extensión junto con la Comisión del Bicentenario de la Universidad de Panamá, han reeditado la obra El Grito de la Villa (10 de Noviembre de 1821) del historiador panameño Ernesto J. Nicolau (Nicolau, 2021).  

A decir de Bonifacio Pereira Jiménez, que prologa la primera edición que data de 1961 (Nicolau E. J., 1961), así como de Milcíades Pinzón Rodríguez, que prologa la actual reedición, al momento de conmemorarse el Centenario de la Independencia de España se había roto el hilo de la memoria sobre los acontecimientos del 10 de Noviembre de 1821 en La Villa de Los Santos: el acta permanecía desaparecida, se desconocían a los personajes que protagonizaron los acontecimientos e incluso se creía que los hechos habían sucedido el 13 de noviembre. 

Como la historia es uno de los campos más fértiles en que se desarrollan las contradicciones sociales, podría decirse que los comerciantes de la ciudad de Panamá, aliados a los latifundistas de Veraguas, habían impuesto su versión de la Independencia y la centralidad del 28 de Noviembre, en detrimento de los pequeños y medianos campesinos del Interior (La Villa, Las Tablas, Pesé, Natá, Ocú, Macaracas, Pocrí, Las Minas y San Francisco de la Montaña) quienes en verdad habían decidido el curso de la Independencia en el Istmo. 

En la década de 1920, Ernesto J. Nicolau viajó a Colombia y recuperó de los archivos no sólo el acta de La Villa, sino una serie de documentos que le permitieron hacer la reconstrucción minuciosa de los hechos y conocer a los actores principales. Ese es el gran mérito de Nicolau y su libro. Éste es uno de los mayores aportes a la historia de los habitantes del Istmo.  

Nos dice algo sobre las dificultades de la labor del historiador en Panamá el hecho de que, si bien Ernesto J. Nicolau retorna a Panamá con la documentación en 1928, y va publicando fragmentariamente en artículos de la Revista Cultural Lotería (Nicolau E. J., 1944), la edición completa de la obra solo se alcanza en 1961. Probablemente en ese momento tuvo cierta divulgación, porque se logró la legitimación de la conmemoración oficial del Grito de La Villa, pero la obra fue quedando en manos de eruditos y desconocida para el gran público, hasta esta reedición de 2021, que esperamos tenga mejor suerte. 

El objetivo de la Independencia era la constitución de la República, ¿Cuál, Panamá o Colombia? 

Las historias oficiales de los estados hispanoamericanos han deformado los acontecimientos de la Independencia de España para borrar las causas materiales concretas que motivaron las acciones de la gente de aquel entonces, para difuminar los intereses y demandas de cada clase social, para presentar todos los hechos como si estuvieran motivados por el sueño “ideal” de construir la “nación” independiente. Evidentemente, la historia así tratada no es más que un instrumento de una ideología política nacionalista al servicio de la clase social que controla el estado nacional (Beluche, 2021). 

Para el caso panameño se presenta el acontecimiento como si los personajes que protagonizaron la independencia lo hicieron en busca de la constitución de la República de Panamá como hoy la conocemos. Una consecuencia graciosa de esta manipulación histórica se expresó en el error de un monumento construido en 2021 por las autoridades de la provincia de Coclé en la conmemoración del “Bicentenario de la República de Panamá” (Reyes, 2021).  

En 1821 no existía una “nación panameña” ni siquiera como identidad unificada de los habitantes del Istmo y, en todo caso, “panameños” lo eran los habitantes de la ciudad de Panamá.  El “Istmo” o las “provincias del Istmo” es el concepto que se utilizaba para referirse a la región y sus habitantes, así está en las actas de independencia. Cuando se hace referencia a un estado nación en oposición al imperio español, tanto el Acta del 10 de Noviembre en La Villa, como la del 28 de Noviembre en Panamá, hablan de la República de Colombia con toda claridad. 

Como brillantemente muestra el libro de Ernesto J. Nicolau, en el Istmo la unidad política básica, bajo cuya identidad actuaron los habitantes, eran los cabildos de cada pueblo o ciudad. Cada cabildo tenía sus líderes y tomaba sus decisiones que influían sobre los habitantes de la región circundante, pero nadie, ni Fábrega (aun siendo Panamá la capital política y económica del Istmo) pretendió hablar en nombre del conjunto. Cada cabildo decidió en su momento y a su vez propuso consultar a los demás, incluso el 28 de Noviembre. 

Nadie ostentaba la legitimidad política para hablar en nombre del conjunto. Lo más cercano a una entidad colectiva eran las Asambleas Provinciales, que establecía la Constitución de Cádiz recién reinstaurada por el gobierno liberal del general De Riego en España, y cuya primera elección se realizó en el Istmo pocas semanas antes de que se desataran los acontecimientos de noviembre de 1821.  

Por un lado, se trató de dos Asambleas, pues eran dos provincias diferenciadas en el Istmo, Panamá y Veraguas. Por otro lado, esas Asambleas no jugaron ningún papel relevante en la independencia, el cual sí tuvieron los ayuntamientos o cabildos. 

Las causas reales del Grito de La Villa de 1810 

La motivación concreta de los pueblos del interior para sublevarse no fue la “libertad” o la “patria” en abstracto, como suele decir la historia oficial, sino el disgusto del campesinado por la leva y avituallamiento forzoso del ejército realista ordenado por el capitán general Juan de la Cruz Mourgeon en sus preparativos para zarpar hacia Sudamérica, para combatir a los independentistas en Quito, en los últimos meses de 1821. 

Dice Nicolau: “… el Capitán General se dedicó a poner en juego toda la habilidad imaginable en los preparativos de su expedición; reclutó milicianos; exigió contribuciones de guerra onerosísimas entre aquellos que no podían tomar las armas, y gravó con grandes impuestos a los comerciantes; recurrió a los tesoros sagrados de las iglesias, y mandó expediciones a los pueblos del interior con el fin de acaparar todos los recursos que estuvieran al alcance de la mano o no. 

En los pueblos se realizaron hazañas de verdadero saqueo, pues las tropas entraban a las casas, ponían presos a los dueños, y se llevaban lo que encontraran en ellas” (Pág. 6). 

Ahí en ese párrafo está la causa real, material, concreta, que explica por qué en 1821 la sublevación popular en favor de la independencia de España empezó en las regiones campesinas y por qué La Villa de Los Santos se puso a la cabeza del movimiento. La gente se cansó de esos abusos. 

Más adelante agrega Nicolau: “La contribución forzosa impuesta por Murgeon (errata en el texto, es Mourgeon) en la ciudad Capital, así como la irreverente disposición de apropiarse de los bienes de la Iglesia para el sostenimiento de su expedición, no sólo se hizo sentir, de manera abrumadora, en ese sitio, sino que tornó la vida difícil en el resto del Istmo, principalmente en ciertos lugares como La Villa de Los Santos, Natá, Penonomé, Santiago, Pesé, Ocú, Parita, Alanje y otros, en donde los soldados españoles atropellaban a hombres y mujeres, ancianos y niños, llenaron las cárceles de personas inocentes con el fin de amedrentarlos y extraer de sus haberes la contribución de guerra que arbitrariamente se les había impuesto. Tales desafueros impulsaron a los nativos a recurrir a la formalidad de la protesta airada y luego a la acción colectiva del levantamiento armado, lo cual verificaron en algunas partes, como ocurrió en Alanje, Las Tablas, La Villa, etc., pero con tan mala suerte que sus esfuerzos se estrellaban contra la superioridad de la fuerza militar que los subyugaba. Las autoridades bien pronto reducían a la impotencia a los exaltados, porque carecía de armas y de medios para proveérselas” (Págs. 25-26).   

Los actores de la independencia en el Istmo 

La independencia en el Istmo tuvo dos personajes decisivos: el natariego Francisco Gómez Miró y el santeño Segundo Villarreal.  

Gómez Miró es la mente lúcida e ilustrada que entiende a cabalidad el momento político, pues está informado del proceso independentista en toda la región, es el que con su verbo revolucionario inspira a sus coterráneos interioranos a actuar, y viaja de Natá a La Villa incendiando los ánimos. El historiador Ernesto J. Nicolau señala que Francisco Gómez Miró redactó una proclama que hizo circular antes del 10 de Noviembre por todo el interior promoviendo la causa de la independencia y la adhesión al proyecto encabezado por El Libertador. Lamentablemente no se conoce el contenido de dicho documento. 

Segundo Villarreal es el caudillo militar, que despertaba la confianza suficiente para que la gente acudiera en masa a organizarse en los batallones de voluntarios que debían enfrentar a los realistas españoles y de la ciudad de Panamá. Villarreal desencadena la acción armando un pequeño batallón que atacó exitosamente el cuartel de La Villa y luego la cárcel, de la que liberaron los presos. Sobre estos hechos consumados Segundo Villarreal exige al alcalde Julián Chávez la convocatoria de un cabildo abierto, al cual rodean y entra con las tropas del batallón y la masa del pueblo, pese a que formalmente él no pertenecía al ayuntamiento. 

El cabildo del 10 de Noviembre de 1821 que proclamó la independencia nombró a Segundo Villarreal con el grado de coronel con los poderes para organizar los batallones que defendieran la decisión tomada. La obra de Nicolau lista los nombres de todos los voluntarios que acudieron al llamado de Villarreal para conformar los batallones de milicias: más de 100 en La Villa, Las Tablas 206, Pocrí 103, Pesé y Las Minas 101, Parita 106 y Ocú con 103. Un verdadero ejército, aunque con pocas armas.  

La primera reunión del ayuntamiento de La Villa, reunida el 11 de noviembre, decidió mediante otra acta nombrar a Segundo Villarreal “Gobernador Político y Militar del Partido”. Partido es la denominación equivalente a distrito. 

En Natá llegaron pronto las noticias de los acontecimientos de La Villa y pueblos aledaños, y en seguida Gómez Miró se puso al frente, logrando el 15 de Noviembre la proclama de independencia en Natá y la conformación de un gobierno provisional local. Logrado esto, inmediatamente se dirigió a La Villa para coordinar, a donde llegó el 17 de noviembre. 

A La Villa acudieron también los emisarios enviados desde Panamá por José de Fábrega, los tenientes coroneles José M. Chiari y José de la Cruz Pérez, con las instrucciones de revertir los acontecimientos no con un “espíritu violento”, sino con un “razonamiento benévolo para inducir a los rebeldes al abandono de sus deseos de independencia”. Se enviaron a dos militares para que “por su respetabilidad inspirasen obediencia” (Pág. 49). 

El 20 de noviembre se realizó un cabildo abierto en La Villa para escuchar a los emisarios de Panamá. Estaban en la sala con derecho a voz y voto Segundo Villarreal y Francisco Gómez Miró. Afuera el pueblo llenaba la plaza y los alrededores. Hablaron los emisarios militares expresando “la confianza de que, apartándose como lo esperaban, de las malas influencias de algunos espíritus intransigentes y revoltosos, volviesen todos a la subordinación del régimen español que los reclamaba y que prestasen juramento de fidelidad al Rey y a la Constitución españoles, a cambio de un perdón general….  A las palabras de los Comisionados siguió un momento de expectativa y ansiedad. Era la autoridad real que hablaba… y ante este hecho de trascendental importancia, la concurrencia quedó sin orientación, atónita, anonadada” (Pág. 51). 

En este trance decisivo, tomó la palabra Francisco Gómez Miró, con “una voz varonil, llena de entusiasmo, plena de energías y con la arrogancia del que nada teme en la vida, se hace oír fulminante; niega toda obediencia al Rey, y a nombre de sus colegas y en nombre de su pueblo, confirma la valiente y heroica resolución de los natariegos: “PERDER HASTA LA ÚLTIMA GOTA DE SANGRE DE SUS VENAS” antes de abandonar sus ideales independentistas” (Pág. 52). 

Más aún, en nombre de Natá y Penonomé ofrece poner en armas 4,000 hombres “para atacar, sin pérdida de tiempo, al Gobierno de Panamá, si dentro de un tiempo prudencial no se sometía a la demanda de adhesión republicana que ya se le había hecho…”. Y lanzó la misma amenaza contra la provincia de Veraguas, bastión de los latifundistas como Fábrega y del conservadurismo monárquico y católico (Pág. 53). 

Nicolau describe cómo, lo que era duda e indecisión momentos antes, ante las palabras de Gómez Miró se transforma en ardoroso entusiasmo de la multitud que grita vivas a los libertadores, a Bolívar, a Santander, a Villarreal, a Gómez Miró, a la Gran Colombia (errata, pues el nombre era Colombia a secas) (Pág. 53). Gómez Miró continúa el discurso argumentando sobre los males de la opresión monárquica y los beneficios de la libertad republicana.  

La suerte estaba echada y la multitud saca en hombros al orador gritando consignas. Los emisarios militares de Panamá toman nota y se retiran discretamente. La voluntad de marchar a una república independiente (Colombia) estaba ratificada por el pueblo santeño en masa el 20 de Noviembre de 1821. Si Panamá y Veraguas no se sumaban a este proceso lo que seguía era la guerra civil. 

La labor revolucionaria de Francisco Gómez Miró prosiguió con su retorno a Natá a donde llega el 21 de noviembre e informa en un cabildo abierto lo sucedido en La Villa y la alianza defensiva entre ese municipio y los natariegos. Conforma un gobierno local y organiza las milicias, las cuales marchan por las calles de Natá el 25 de noviembre, cuando un nuevo cabildo ratifica la adhesión a la independencia y lo nombra Comandante de Batallón. Todo ese día, que era domingo, el pueblo celebró el acontecimiento. 

Gómez Miró también tuvo una actitud decidida que volcó en consolidar la independencia en lo que hoy llamamos el “interior”, que fue el ultimátum contra el cabildo conservador de Santiago de Veraguas. Recordemos que Santiago era el bastión del latifundismo, monárquico y católico del que José de Fábrega había sido su gobernador por varios años. La Villa había dado un plazo de mes y medio a los santiagueños para sumarse a la independencia o ser atacados, pero Gómez Miró, desde Natá redujo el plazo a 3 días, argumentando que demasiado tiempo les daría a los conservadores de Santiago oportunidad de unirse a los realistas de Panamá. 

Los conservadores de Santiago habían dirigido una carta al gobierno de Fábrega en Panamá pidiéndole protección frente a los acontecimientos que se estaban suscitando. Esta misiva fue redactada por la señora Bartola García de Paredes que pertenecía a las familias prominentes de la provincia. Pero las fuerzas revolucionarias de Natá interceptaron la carta, lo que sirvió a Gómez Miró para usarla de advertencia a los enviados de Santiago a Natá (Agustín García Romero y Calixto López) y darles el ultimátum para que se sumaran a la independencia (Pág. 84). 

Ayudó en estas circunstancias que el cabildo de San Francisco de La Montaña, cercano a Santiago proclamó la independencia. Santiago proclamó la suya recién el 1 de diciembre, no queda claro si ya estaban informados de la decisión tomada el 28 de Noviembre en Panamá o si fueron forzados por los acontecimientos del interior. 

Las actas adhieren a la República de Colombia 

Contrario al mito muy extendido en Panamá de que los istmeños en ese momento pudieron considerar la constitución de un estado-nación propio y que adhirieron a Colombia después de mucho reflexionar, de manera “voluntaria”; las actas de La Villa y de Panamá se suman a la República de Colombia de manera directa y sin titubeos, e invocan la protección de El Libertador. Lo cual era lógico, pues el Istmo pertenecía, desde el siglo XVIII, al otrora virreinato de La Nueva Granada, en ese momento transformado en República de Colombia por obra de los ejércitos libertadores. 

El Acta de Independencia de La Villa dice que, después de haber considerado todos los abusos que se han descrito al inicio de este artículo: “Que por todo ello, deseosos de vivir bajo el sistema Republicano, que sigue todo Colombia, anhelaba el mismo pueblo que esta Villa jurase la Independencia del Gobierno español… vistas todas las reflexiones que se hicieron …, se procediese al Juramento de Independencia, como en efecto se hizo, ..., cuyo acto se celebró con plausible gozo y una indecible conmoción del espíritu de cada uno del pueblo, quien aclamó se titulase esta VILLA LIBRE CIUDAD con consideración a ser la primera en todo el Istmo, que había tenido la felicidad de proclamarse libre e independiente bajo el auspicio y garantía de Colombia … ” (Pág. 29 y 30). 

Contrario al supuesto protagonismo que la historia oficial da a José de Fábrega en la independencia de 1821, hay que destacar la desconfianza que él inspiraba a los habitantes de La Villa de esa época. El Acta del 10 de Noviembre muestra el temor de la esperada reacción contraria a la proclama, por parte de Fábrega, y así se expresa también en la carta que ellos envían al Libertador, informando de la proclama de independencia y “solicitan protección militar”. 

Sobre esta misiva de los santeños al Libertador, que lastimosamente Nicolau no transcribe de modo literal y tampoco dice quien la llevó (Págs. 33 y 34), es curioso que la misma llegó a Bogotá, pero el vicepresidente Santander, no la entrega inmediatamente a Bolívar (que estaba combatiendo en el sur), sino que la guarda para analizar la situación y luego la remite junto con la de Fábrega posterior al 28 de Noviembre (esta sí la reproduce Nicolau completa en las páginas 81 a 83). Siendo esta última la que responde El Libertador en una muy conocida misiva. 

No nos detendremos en los acontecimientos en la ciudad de Panamá, conocidos gracias a la obra de Mariano Arosemena (Arosemena, 1999), y también Ernesto J. Nicolau reconstruye minuciosamente. En esta reseña nos interesa un elemento del Acta del 28 de Noviembre que generalmente suele presentarse de manera adulterada. Se dice que los panameños, luego de considerar diversas opciones, ninguna de las cuales era viable en realidad, decidieron “espontáneamente” unirse a Colombia. 

Sin embargo, el acta es clara, lo “espontáneo” es la proclamación de la independencia, no la unión a Colombia a la que dice que las provincias del Istmo “pertenecen”. 

1º. Panamá espontáneamente y conforme al voto general de los pueblos de su comprensión, se declara libre e independiente del Español. 

2º. El territorio de las Provincias del Istmo pertenece al estado Republicano de Colombia, a cuyo Congreso irá a representar oportunamente su Diputado” (Pág. 70). 

El libro de Nicolau recoge el debate producido en el cabildo de Panamá el 28 de Noviembre respecto al futuro del Istmo. Hubo todo tipo de especulaciones: respecto a si debían unirse a Ecuador o Perú (regiones donde la independencia no estaba consolidada); o si convertirse en país “anseático” bajo “protección” (coloniaje) de otra potencia (que sólo podía ser Inglaterra); incluso unirse al imperio mexicano de Iturbide; hasta llegar al reconocimiento de la incapacidad de ser una república independiente; para terminar aceptando la propuesta de José Vallarino Jiménez, “ferviente colombianista”, de ser parte de la República de Colombia (Págs. 68.69). 

Nicolau cita una frase, cuya fuente no esclarece, según la cual Vallarino dijo literalmente que el Istmo se declara libre e independiente del dominio español, y “se anexa voluntariamente a la Gran Colombia” (sic, pág. 69). Al no estar claro la fuente de donde proviene la cita, sumado a la errata de hablar de “Gran Colombia”, siendo que este concepto solo nacería mucho después, diera la impresión de que es una frase construida con posterioridad a 1821, por lo cual debe ser puesta en duda. Lo cierto y verificable es que esa frase no está en el Acta del 28 de Noviembre de 1821. Por el contrario, el Acta dice literalmente lo que ya citamos: “El territorio de las Provincias del Istmo pertenece al estado Republicano de Colombia”. 

¿Y Rufina Alfaro? 

Es notable el hecho de que, en la profusión de documentos citados por Ernesto J. Nicolau, no existe ninguna alusión a la participación de Rufina Alfaro en los acontecimientos del 10 de Noviembre de 1821 en La Villa de Los Santos. También es evidente que, entre todos los nombres que se citan, en los batallones de Villarreal y en la composición de los cabildos, no se mencionan mujeres. Salvo el caso citado de la señora Bartola García de Paredes, de Santiago y su carta interceptada por Gómez Miró. Cabe reflexionar: ¿Rufina Alfaro no aparece porque, como era costumbre en la época, las mujeres estaban excluidas de la vida pública y política? ¿Los historiadores mantuvieron un criterio patriarcal y misógino anulando toda referencia a ella? 

Investigadoras como Natividad Gutiérrez, sostienen la hipótesis de que la actuación de las mujeres en la Independencia, estuvo estrechamente relacionada con las de sus familias, en especial de sus cónyuges, y del grupo social al que pertenecían (Gutiérrez, 2004). De manera que, si bien no se las nombra en la narración de los hechos, ellas estaban allí. Junto a los nombres masculinos que se citan hay que considerar que estaban madres, hermanas, esposas e hijas. 

Sin embargo, la historia de la independencia sí ha recogido la participación de muchas mujeres. Por citar a algunas: desde Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario, en México; Juana Azurduy de Padilla, en Bolivia; Concepción Mariño en Venezuela; Policarpa Salavatierra en Nueva Granada; Manuela Sáenz en el Ecuador; etc.  

Tocará a historiadores e historiadoras del siglo XXI procurar establecer los nombres y la participación de las mujeres istmeñas en los hechos de la Independencia, separando la historia mítica de Rufina Alfaro para rescatar la verdad de los hechos.  

El historiador coclesano, José Aparicio Bernal (Bernal, 2015), ha establecido que Rufina Alfaro es un mito creado por Ernesto de Jesús Castillero Reyes, en un artículo de la Revista Lotería Nº 80 de 1948. Antes de ese artículo, no hubo ninguna referencia a Rufina Alfaro. Tampoco la menciona Ernesto J. Nicolau, pese a sus grandes conocimientos y documentación que muestra su libro.  

Como dice Aparicio Bernal: “Nosotros, consideramos que las fuentes orales son importantes para dilucidar un hecho histórico, pero se debe tener mucho cuidado con el tiempo. Si el Grito santeño se dio el 10 de Noviembre de 1821 y el artículo de Castillero nace en 1948, fueron 127 largos años. De plano, tuvo que sufrir modificaciones en tan largo periodo de tiempo, si es que la información fue correcta”.  

La explicación lógica de que un historiador, como Castillero Reyes, haga un tratamiento mítico a un personaje de no probada existencia real, como Rufina Alfaro, es que a mitad del siglo XX la intelectualidad panameña se encontraba construyendo el concepto de “nación romántica”, al decir, de Luis Pulido Ritter, tratando de buscar en un pasado reescrito a conveniencia la justificación de un estado nacional nacido con el estigma de la intervención de Estados Unidos de América en 1903. Así pasó con Anayansi, un personaje literario que muchos pretenden darle una vida real (Pulido R., 2008). 

En el único lugar del libro de Ernesto J. Nicolau que se cita a Rufina Alfaro es en el prólogo de 2021, del sociólogo Milciades Pinzón Rodríguez, quien cuela a la “mítica Rufina Alfaro” junto a nombres de personajes históricos de La Villa, sabiendo muy bien el prologuista que el libro que presenta no se refiere en absoluto a ese personaje. 

Dos últimas reflexiones: tal vez éxito del mito de Rufina Alfaro se debe a que llena el vacío dejado por la falta de referencia a mujeres reales que jugaron un papel relevante en la Independencia en el Istmo; por otro lado, insistir en este mito ha sido utilizado por la historia oficial para opacar el grandioso papel jugado por personas como Segundo Villarreal y Francisco Gómez Miró.  

En lo personal me parece más grandioso y revolucionario el discurso de Francisco Gómez Miró en La Villa el 20 de Noviembre, que los supuestos devaneos de una supuesta guapa chica que enamoró a un supuesto oficial español para ayudar a la Independencia, disquisiciones morbosas en las que la grandeza del hecho histórico es rebajado a bochinche. 

Bibliografía 

Arosemena, M. (1999). Apuntamientos históricos. 1801-1840. Panamá: Biblioteca de la Nacionalidad. Autoridad del Canal de Panamá. Obtenido de http://bdigital.binal.ac.pa/binal/iframes/cldetalle.php?id=193&from=l 

Beluche, O. (2021). Independencia hispanoamericana y lucha de clases. Obtenido de https://sociologia-alas.org/2021/09/28/libro-independencia-hispanoamericana-y-lucha-de-clases/ 

Bernal, J. A. (10 de Noviembre de 2015). El mito de Rufina Alfaro. La Estrella de Panamá. Obtenido de https://www.laestrella.com.pa/opinion/columnistas/151110/mito-rufina-alfaro 

Gutiérrez, N. (2004). Mujeres y Nacionalismos: De la independencia a la nación del nuevo milenio. México: Instituto de Investigaciones Sociales. 

Nicolau, E. J. (1944). 10 de noviembre de 1821. (42), 25-28. 

Nicolau, E. J. (1961). El grito de la Villa, 10 noviembre 1821: capítulo de historia de Panamá. Panamá: Ediciones del Ministerio de Educación, Departamento de Bellas Artes y Publicaciones. 

Nicolau, E. j. (2021). El Grito de la Villa. 10 de Noviembre de 1821. Panamá: Vicerrectoría de Extensión y Comisión del Bicentenario de la Universidad de Panamá. 

Pulido R., L. (2008). Filosofía de la nación romántica (Seis ensayos críticos sobre el pensamiento intelectual y filosófico en Panamá, 1930-1960). Panamá: Editorial Mariano Arosemena. 

Reyes, I. R. (14 de mayo de 2021). Corrigen título del monumento al Bicentenario en Penonomé. Obtenido de 24 Noticias VIP: https://www.noticiasvip24.com/corrigen-titulo-del-monumento-al-bicentenario-en-penonome/ 



El Adviento una fiesta para el compromiso real con Dios


Por: Rev. Pbro. Manning Maxie Suárez +

11/14/2019

Ya iniciaremos este 27 de noviembre de 2022, la temporada Cristiana del Adviento (adventus).  El adviento es la época donde todos los que profesan la fe cristiana deben disponer su espíritu a una preparación para la celebración y segura venida del salvador del Universo: Jesucristo.  Es por ello, que muchas veces se conoce a esta época también como el “adventus Redemptoris”.

Esta época está llena de simbolismos que pretenden crear ese ambiente de recogimiento y de reflexión constante durante cuatro domingos consecutivos, que nos invitan a un constante acercamiento a esa realidad que llamamos “Dios”, a través de la aceptación consciente de su enviado: Jesucristo.

La bendición de la corona de adviento, es uno de esos simbolismos que vamos a encontrar en el desarrollo de la liturgia cristiana.  El color morado será otra característica, otro será la música que se cantan en los templos y que estarán seleccionados y caracterizados por un fuerte sentimiento de arrepentimiento y esperanza.  Que decir de las celebraciones eucarísticas que se celebrarán durante esta época acuerpadas con las lecturas bíblicas sabiamente escogidas para lograr este fin. 

Súmase a esto, todas las demás actividades que las comunidades cristianas de base desarrollan como retiros espirituales, cursos bíblicos de adviento, estudios bíblicos basados en la celebración de la Corona de Adviento, procesiones y la más importante de todas, la participación en alma, vida y corazón en la Santa Eucaristía, celebración central del culto cristiano por excelencia, y si puede ser diaria mejor aún.  Todas estas actividades son herramientas que Dios, a través de la administración de la Iglesia nos ofrece y que nos permitirán abrir nuestros corazones a la acción del espíritu de Jesús, que es el mismo espíritu de Dios, fortaleciendo con ello nuestro carácter cristiano y nuestras voluntades según el designio de Dios.

Y todo esto, debe verse reflejado en nuestro diario vivir, la participación consciente en todos estos actos, nos permite aceptar voluntariamente la gracia de Dios como don gratuito que perdona todas nuestras faltas humanas, consientes o inconscientemente, permitiéndonos aprender de nuestros faltas o errores y haciendo el milagro de la iluminación de nuestras mentes para ser justos e inteligentes en nuestro actuar diario. Avivando nuestros corazones por el bienestar de todos en nuestro amado planeta, nuestra casa común como señaló en su momento el Papa Francisco en su encíclica “Laudato Sí”, fortaleciendo nuestras voluntades para unirnos con hechos a la voluntad del “Padre bueno y justo”.

Esto es lo que el mensaje de la Iglesia (ἐκκλησία»), cuerpo místico de Cristo, que ha estado repitiendo a todos los seres humanos por más de dos mil veintidós años, un mensaje predicado primero por los apóstoles y después por los padres de la Iglesia y después por los Obispos y que pareciera ser que los humanos no hemos valorado como se merece… se convierte en una especie de “Sacramento” para sacralizar la vida de todos los hombres y mujeres de esta casa común.

Sacralizados, todos, estamos en el camino correcto para la celebración de la natividad de nuestros Señor y Salvador del Universo de ese “Jesús” que nació en Belén”.  ¡La festividad de la Navidad como la de Adviento, no debe ser una fiesta mercantilista y de grandes comidas de Jamón, Pavos y Perniles con tamales… todo ello muy rico por cierto!  sino que la fiesta de la Natividad y del Adviento de Jesús de Nazareth debemos vivirla como la manifestación del Verbo de Dios a toda carne en este mundo.  ¡Es la gran Epifanía de Dios al mundo! Más que fiesta mundana, es expectación, es contemplación de esta profunda verdad que hace dos mil veintidós años en un mísero pueblo de Belén de Judá en Israel, se cumplieron las profecías del antiguo testamento.

Yo te pregunto, ¿Cómo vas a vivir estas fiestas cristianas este año 2022?, ¿Será lo mismo de siempre, gastar y gastar todos tus ahorros en cosas superfluas?, ¿Será que aprovecharás el momento para ser mejor y que tu voluntad este sujeta a la voluntad de Dios?, ¿Será que aprovecharás para hacerte un mensajero comprometido de la palabra de Dios?, ¿Será que te comprometerás a ser un instrumento de paz para esta casa común?  No sé, tú tendrás la última palabra ante el misterio revelado.

Sacerdote

Fundador de Quorum Teológico. 

 

 

 

 

 

Taller sobre ¿Cómo abrir tu Orcid?

Módulo 6 - Unidad 3.1 de la Diplomatura Superior en Ecología Integral 20...

El sujeto comunitario y los movimientos populares

Polo Ciudadano: La explosión popular

“Sociología histórica del Torrijismo” de Roberto Ayala

Por Olmedo Beluche 


Se ha publicado un libro que estaba haciendo falta y que en poco tiempo ha ganado el interés de muchas personas y fomentado un debate necesario: “Sociología histórica del Torrijismo”, del sociólogo tico-panameño, catedrático de la Universidad de Costa Rica, Roberto Ayala Saavedra.  

Si bien el autor se reconoce deudor de muchísimos cientistas sociales de Panamá que han aportado al conocimiento de la realidad panameña en general, y del torrijismo en particular, hay que decir con toda claridad que este libro en cierta forma incorpora y supera esos aportes previos, ayudando, no a cerrar el debate, sino a elevarlo a un peldaño más de racionalidad.  

Roberto nos había sorprendido gratamente, en 2016, con la publicación de “Marxismo y globalización capitalista” y, sin duda, ahora se ha consagrado como ensayista con esta reflexión sobre una fase de la historia nacional, y una personalidad, Omar Torrijos, que aún sigue marcando el debate político actual.  En poco más de 300 páginas, Ayala disecciona lo que fue ese fenómeno político de la primera mitad de los años 70, las razones para su emergencia en ese instante preciso de la historia panameña, sus características y momentos. 

Como el autor establece desde la introducción, el problema de entender cabalmente qué fue el torrijismo, y qué queda de él, está atravesado por dos interpretaciones extremas que en su parcialidad sesgan el análisis hasta caricaturizar al fenómeno: por un lado, la “leyenda rosa”, que le atribuye virtudes revolucionarias que no tuvo; y la “leyenda negra”, que lo reduce a una dictadura sanguinaria que no le reconoce ningún elemento positivo. 

Para zafar de ambos extremos, Roberto Ayala se propone abordar la disección del torrijismo con el instrumental epistemológico del marxismo aplicado a los hechos concretos que marcaron la sociedad panameña antes, durante y después del régimen dirigido por Omar Torrijos.  

Conceptos utilizados para analizar realidades similares en otros países de América Latina son revisados por el autor: “populismo”, tanto en la variante de Gino Germani y Di Tella, como en la de Ernesto Laclau; “cesarismo”, proveniente de Antonio Gramsci; y “bonapartismo”, procedente de Carlos Marx (18 Brumario de Luis Bonaparte), como el “bonapartismo sui generis” propuesto por León Trotski, para explicar algunos tipos de regímenes en países como los nuestros, cuyo desarrollo capitalista nacional está atenazado por la dependencia económica y el semi colonialismo político. 

 Ayala no se queda en disquisiciones teóricas, sino que cumple con el criterio metodológico supremo propuesto por Vladimir Ilich Lenin. “análisis concreto de la realidad concreta”. Para lo cual aborda desde la marca de nacimiento de la formación económico social panameña: el transitismo, atravesado por la apropiación por parte del imperialismo norteamericano de la zona de tránsito en 1903, en adelante, y como esa condición anómica del país influyó en el Golpe de Estado de 1968 y luego en el Proceso Torrijista.   

De manera que uno de los factores claves que motivan el golpe militar y la forma que adopta el régimen bajo el general Torrijos, es la necesidad de saldar la crisis que generó la Zona del Canal y el Tratado Hay-Bunau Varilla, especialmente después de la insurrección popular del 9 de Enero de 1964. También se aborda la grave crisis política y social de la década de 1960, así como el desprestigio del régimen oligárquico corrupto, que de “democracia”, solo tenía el sufragio cuatrianual. 

A partir de lo cual, Roberto Ayala, le entra a las diversas etapas del régimen militar de 21 años, diferenciando sus fases: la represión en sus primeros dos años, el populismo torrijista propiamente dicho, entre 1970 y 1977, y la decadencia que tomará fuerza con la muerte (¿O asesinato?) de Omar Torrijos y ascenso del “Norieguismo”. 

El “torrijismo” propiamente dicho, como una fase del régimen militar, fue un “movimiento nacionalista burgués”, variante de la “tradición nacional-populista” de Latinoamérica; apoyado en un régimen bonapartista sui generis (coercitivo, pero apelando a las masas, para las cuales hizo importantes concesiones sociales, como el Código de Trabajo de 1971); basado en una política económica de tipo “desarrollista proteccionista”, pero con una variante terciarizada (Centro Bancario Internacional); cuyo esfuerzo central estuvo en la “recuperación nacional” del paso transístmico. 

Este régimen tiene para la historia nacional dos logros importantes que no se pueden ignorar:  

  1. La democratización (hasta cierto punto) del capitalismo panameño, superando al régimen oligárquico corrupto que gobernó de 1903 a 1968, al permitir la incorporación de sectores sociales excluidos de la participación política por su condición racial o económica al sistema político (claro, con la tutela política de los sectores gobernantes, y apelando al clientelismo).  
  2. La recuperación de la zona de tránsito, con la subsecuente modernización del desarrollo capitalista nacional, poniendo fin al enclave canalero y la perpetuidad del Tratado de 1903. Por supuesto, sin desmedro de que, como dijo el propio Torrijos: seguimos bajo el “paraguas del Pentágono” gracias al Tratado de Neutralidad.  

Dados estos importantes logros para la burguesía panameña, en especial, el poder acumular enormes riquezas de la zona de tránsito, de la administración del canal y la apropiación (“menos colectiva posible”, parodiando a Torrijos) de las áreas revertidas, llama la atención la forma mezquina en que la clase dominante y sus medios de comunicación se refieren a este general al que le deben tanto, reduciéndolo a simple “dictador”.  

Como ha dicho Ayala, seguramente la sevicia con que lo tratan tiene que ver con el toque racista de la oligarquía blanca del Club Unión, que no soporta que elementos nacidos entre las “castas” bajas de la sociedad hayan accedido, aunque sea momentáneamente, a un poder político que consideran suyo por derecho divino y hereditario. En realidad, Omar Torrijos junto a Belisario Porras ocupan un lugar central en el proceso de construcción del Estado burgués panameño.  

 Pero el “torrijismo” tuvo unas limitaciones históricas insuperables: su carácter burgués que no podía sostener en el tiempo la alianza policlasista que le caracterizó, dada la crisis del sistema que se inicia en 1973-75, que le llevó a suspender importantes derechos de la clase trabajadora (como las convenciones colectivas y aumentos salariales). Crisis y agotamiento que forzó la rápida firma de los Tratados Torrijos – Carter de 1977. 

El hecho es que, aunque el Partido Revolucionario Democrático, creado por Omar Torrijos en 1978, para dar paso a la transición electoral burguesa pactada con el gobierno de James Carter, utilice eventualmente la imagen de Omar Torrijos de manera propagandística, su dirigencia no apela, ni demagógicamente, a reivindicar una ideología “torrijista”, sea lo que sea que ello signifique. El PRD es, a lo sumo, y cada vez menos, un partido “social liberal”.  

En realidad, los sectores dirigentes del PRD carecen de ideología política y su único norte es la “acumulación por desposesión”, para decirlo de manera elegante, al igual que todos los partidos burgueses de la actualidad, lo cual explica los pactos y el transfuguismo. El puñado, cada vez más pequeño, de activistas del PRD que se reivindican “torrijistas” están completamente alejados de la conducción de dicho partido y han sido incapaces de construir un real movimiento popular que reivindique aquel pasado. 

El aporte de Roberto Ayala, “Sociología histórica del Torrijismo”, es una contribución decisiva para la comprensión de esa fase de la historia panameña cuyos fantasmas nos siguen perturbando, por lo tanto, es una obra de obligada lectura y estudio. 

EL GOLPE DE ESTADO PERMANENTE

 


Por: Miguel Antonio Bernal V.


        “La noche del viernes 11 de octubre de 1968 fue una noche larga. Todos tenían miedo: los panameñistas y sus aliados, los no comprometidos, los samudistas y hasta la Guardia Nacional. Era el primer golpe militar en la historia republicana de Panamá y nadie podia predecir cuáles serían las reacciones.  Además, se sabía poco de lo ocurrido puesto que la Guardia Nacional, suspendiendo de inmediato los derechos constitucionales, destruyó o cerró las radioemisoras que habían apoyado a la Unión Nacional

       El párrafo precedente es tomado de la obra “Panamá Protesta 1968-1989” de Brittmarie Janson Perez, cuya primera edición data de 1993 y que es una  extraordinaria investigación y análisis de lo ocurrido durante los veintiun años de regimen dictatorial en Panamá, que debería ser de lectura obligatoria de todo panameño, desde hace lustros.

       Al cumplirse -ayer martes- cincuenta y cuatro años del derrocamiento del gobierno constitucional, instalado solo 10 días antes, resulta obligatoria hacer un alto para traer al presente, no una conmemoración como ha querido el presente Gobierno, sino una obligatoria reflexión de lo que, en su momento, el Catedrático Carlos Bolívar Pedreschi, llamó “años de quiromancia y curanderismo político” [C.B. Pedreschi, Asamblea Constituyente y Realidad Nacional. Panamá 1980]

         El golpe de estado de 1968 adquirió permanencia con el paso de los años y, ha llegado hasta nuestros días gracias a la constitución por ellos impuesta -hace medio siglo-, que ha terminado convirtiéndose en el ícono no solo de los golpistas de entonces y sus epígonos, sino también de muchos de los que durante un tiempo dijeron adversar la dictadura, para convertirse luego en sus espoliques y ujieres.

       Las estructuras económicas, la telaraña jurídica, las desigualdades sociales, la ausencia de infraestructuras de salud, vivienda y de  educación, encuentran sus raíces y capacidad de mantenimiento en la ferrea voluntad de los factores reales de poder de mantener el status quo, al tiempo que procuran avanzar en sus objetivos del cambio para que nada cambie.

       Vivimos bajo un golpe de estado permanente, dado que no hemos logrado sentar las bases para encaminarnos hacia un Estado Constitucional y Democrático de Derecho. Por ello, no debemos dejar de ser exigentes en lograr la existencia de Órganos el Estado dotados de las características esenciales de independencia, transparencia e imparcialidad.

       Hoy por hoy, estamos lejos de esos logros dado que, las cúpulas de los Órganos del Estado nadan en un mar de corrupción y de impunidad que ahoga las esperanzas y aspiraciones de la ciudadanía que ama la libertad, que defiende su dignidad y que no ha cedido en los principios y valores que guian hacia la institucionalidad y una verdadera constitucionalización de nuestra República.

La jungla en el jardín

 

Por: Guillermo Castro H.

 “la civilización, que es el nombre vulgar con que corre el estado actual del hombre europeo, tiene derecho natural de apoderarse de la tierra ajena perteneciente a la barbarie, que es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea” 

José Martí, 1884[1]

 

 


En una red social, una fuente anónima publica un mensaje de apariencia simple: la globalización, dice el mensaje, “es otro nombre de la colonización”, como lo son – añade - la conservación, la modernización, el desarrollo y el progreso. Algo nos dice esto, con toda la estridencia de sus limitaciones, sobre el proceso de desintegración de la geocultura en el sistema mundial creado en otros tiempos por el liberalismo triunfante.

Más nos dijo, como era de esperar, don Josep Borrell, Alto Representante de la Unión Europea para los Asuntos Exteriores, en la inauguración de la Academia Diplomática Europea en Brujas (Bélgica). Allí se refirió al lugar de Europa en el sistema mundial en los siguientes términos:

 Europa es un jardín. Hemos construido un jardín. Todo funciona. Es la mejor combinación de libertad política, prosperidad económica y cohesión social que la humanidad ha podido construir, las tres cosas juntas. Y aquí, Brujas es quizás una buena representación de las cosas bellas, la vida intelectual, el bienestar. El resto del mundo […] no es exactamente un jardín. La mayor parte del resto del mundo es una jungla, y la jungla podría invadir el jardín. Los jardineros deben cuidarlo, pero no protegerán el jardín construyendo muros. Un pequeño y bonito jardín rodeado de altos muros para evitar que entre la jungla no va a ser una solución. Porque la jungla tiene una gran capacidad de crecimiento y el muro nunca será lo suficientemente alto para proteger el jardín.[2]  

Para esa labor de protección, agregó enseguida, los jardineros “tienen que ir a la selva. Los europeos tienen que estar mucho más comprometidos con el resto del mundo. De lo contrario, el resto del mundo nos invadirá, por diferentes medios y formas.”  

Y esto es tanto más importante, añadió, porque “estamos viviendo también un ‘momento de creación’ de un mundo nuevo”, y “tenemos que mostrar nuestra unidad, nuestra fuerza y nuestra determinación.” El soporte mayor de esa determinación, agregó, consiste en que los europeos tienen “instituciones fuertes”, que constituyen la “gran diferencia” entre “desarrollados y no desarrollados”. Y el panorama que describió enseguida no pudo ser más consistente con la calidad del argumento:

Aquí tenemos un poder judicial, un poder judicial neutral e independiente. Aquí, tenemos sistemas de distribución de ingresos. Aquí tenemos elecciones que brindan libertad a los ciudadanos. Aquí tenemos los semáforos en rojo controlando el tráfico, la gente tirando la basura. Tenemos este tipo de cosas que hacen la vida fácil y segura. Instituciones, eso es lo que importa. Es muy difícil construir instituciones.

Y por último, tras enhebrar algunas reflexiones sobre la importancia de la identidad en el mundo contemporáneo, y la ventaja que para los europeos representa tener clara la suya, procedió a recordar a su audiencia el sentido de la misión que deberán asumir: “Conservad el jardín, sed buenos jardineros”, dijo, pero recuerden que su deber “no será cuidar el jardín en sí, sino la selva afuera.” 

Todo esto, naturalmente, ocurre en el contexto de la guerra que libran la Unión Europea y la OTAN contra Rusia en el territorio de Ucrania. No fue de extrañar que la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia, María Zajárova, resaltara en su respuesta a Alto Comisionado que "el jardín" europeo se ha formado "a expensas de la actitud bárbara ante el saqueo" del resto del mundo, y que "el sistema más próspero de Europa tiene sus raíces en las colonias, que fueron oprimidas sin piedad". Para Zajárova,

“esta lógica de la segregación y la filosofía de la superioridad eran las que sustentaban el fascismo y el nazismo.” La guerra mundial del siglo XX, que constó de dos partes – agregó – “comenzó con el deseo de Alemania de 'restaurar la justicia' y redistribuir las colonias europeas que no consiguió. Fue para vivir la misma vida próspera y explotadora que vivió la patria de Borrell, España, así como Francia, Reino Unido y Portugal".[3] 

Zajárova reivindica para sí un lenguaje que ya ha tenido una larga trayectoria en nuestra América, Asia y África. Capta con ello un elemento importante de la circunstancia de su respuesta a Borrell: el del proceso de desintegración de la geocultura creada en su momento para legitimar la formación y el desarrollo de un sistema mundial que se desintegra también. Esa geocultura se desarrolló sobre narrativas de conflicto: de la civilización contra la barbarie (1750-1850); el progreso contra el atraso (1850-1950), y el desarrollo contra el subdesarrollo (1950-1990), para ingresar en el siglo XXI con la consigna del desarrollo sostenible del sistema mundial realmente existente, en conflicto con su evidente insostenibilidad, expresada ya en el riesgo de extinción de la especie humana.

Borrell, por su parte, capta también ese proceso desde una raíz cultural aún más profunda. La identidad a la que se refiere, en efecto, consiste en ser civilizados en un mundo sumido en la barbarie, y llevar sobre sus hombros aquella “carga del hombre blanco” a la que se refirió algún ideólogo victoriano: la de cumplir la “misión civilizatoria” que el mundo Noratlántico asumió en sus relaciones con el resto de la Humanidad.

El carácter civilizador de esa misión recuerda el hecho de que entre nosotros fue el darwinismo social de Herbert Spencer el que abrió camino a Charles Darwin y su teoría de la evolución por selección natural – en la que prospera el que se adapta mejor a su entorno cambiante – en la cultura del Estado liberal oligárquico de fines del XIX. Y de aquellos tiempos data, precisamente, lo que advirtiera Martí en su ensayo Nuestra América:

el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés.

Parafraseando a Martí, se siente uno tentado a decir incluso que nuestra jungla es preferible a la que pasa por jardín entre letrados artificiales. Acá sabemos que nuestras repúblicas “han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos”, y que en nuestros pueblos no es la imitación lo que hace falta, porque acá, entre nosotros, gobernante “en un pueblo nuevo, quiere decir creador.”

 

Alto Boquete, Panamá, 14 de octubre de 2022 



[1] “Una distribución de diplomas en un colegio de los Estados Unidos”. La América, Nueva York, junio de 1884. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VIII, 442.

 

[2] Academia Diplomática Europea: “Palabras de apertura del Alto Representante Josep Borrell en la inauguración del programa piloto”. 13.10.2022. Brujas. Equipo de prensa del SEAE

 https://www.eeas.europa.eu/eeas/european-diplomatic-academy-opening-remarks-high-representative-josep-borrell-inauguration_en

 [3] “Borrell compara a Europa con ‘un jardín’ y al resto del mundo con ‘la jungla’”. 13 oct 2022

/ https://actualidad.rt.com/actualidad 444707-borrell-compara-europa-jardin