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El Trump brasileño


En el día de ayer, Jair Bolsonaro fue apuñalado en un acto de campaña. El candidato derechista a la presidencia de Brasil, sobrevivió al atentado. Bolsonaro es un extremista confeso. Con el apoyo de sectores del empresariado, de los evangélicos y de los militares, pretende convertirse en el Trump brasileño. Para muchos es un hombre que se rebela contra el sistema, que rompe las reglas de la corrección política y que muestra signos de autenticidad. Sin embargo, Bolsonaro es un candidato agresivo e intolerante que pretende gobernar con mano de hierro.

www.nuso.org / septiembre 2018

El 7 de octubre de 2018, 147 millones de brasileños serán convocados a votar para elegir presidente, parlamentarios y gobernadores. La votación se llevará a cabo en tiempos turbulentos: el país recién se está apenas recuperando con lentitud de una severa crisis económica, al tiempo que enfrenta una creciente crisis de seguridad. En lugar de la presidenta Dilma Rousseff, elegida en 2014 y desplazada del poder hace dos años con un pretexto espurio, su ex-vicepresidente Michel Temer ha gobernado con un porcentaje de aprobación de solo 3%, el más bajo de la historia brasileña. El ex-presidente Luiz Inácio Lula da Silva, enormemente popular, fue condenado recientemente por corrupción en un juicio controvertido y está detenido desde abril.

La confianza del público en la democracia se ha visto seriamente impactada por esta sacudida radical de la política brasileña. Solo 43% de la población prefiere todavía la democracia como forma de gobierno. Apenas 7% tiene confianza en los partidos políticos, comparado con 50% que confía en las Fuerzas Armadas. Los resultados de una encuesta de mayo de este año son igualmente alarmantes, ya que muestran que la mayoría de los brasileños considera que un golpe militar es justificable como respuesta a la corrupción o el delito.

En consecuencia, el resultado de las elecciones es más incierto que nunca. El creciente desencanto con la política ha creado un fuerte sentimiento «antisistema». Muchos ansían una renovación política, en especial con un nuevo conjunto de jugadores. «Para cambiar el sistema, tenemos que cambiar a la gente»: ese es el lema más difundido. Hoy en día, solo aquellos que se presentan como «nuevos» y son percibidos de ese modo tienen alguna posibilidad de éxito electoral, de acuerdo con el politólogo Sergio Abranches.

Un populismo anti-establishment

Sin embargo, este sentimiento «antisistema» le resulta perfectamente útil al ex-integrante del cuerpo de paracaidistas Jair Messias Bolsonaro, un diputado raso al que durante mucho tiempo se le restó importancia. Hasta ahora, no atrajo la atención por su labor parlamentaria sino por sus declaraciones ofensivas, en especial al glorificar la última dictadura militar brasileña. Su voto durante el impeachment de Dilma Rousseff causó un escándalo cuando se lo dedicó a uno de los más famosos torturadores de ese periodo. Casi dos años antes, Bolsonaro había generado indignación al declarar que no violaría a la diputada Maria do Rosário Nunes porque no valía la pena hacerlo.

Al mismo tiempo, Bolsonaro despotrica contra los políticos corruptos e incompetentes y, siguiendo a Donald Trump, a quien considera su modelo, se presenta a sí mismo como la negación de la política tradicional «corrupta» que, según él, requiere de una «purga general». También ve amenazados los valores de la nación brasileña y sus cimientos cristianos por lo que llama un «marxismo cultural». Bolsonaro considera que este último es el responsable de infiltrar ideológicamente las escuelas, de subsidiar la improductividad y la inmadurez mediante el financiamiento público de programas sociales y de una política de derechos humanos que solo protege los derechos de los delincuentes. Fiel a su segundo nombre, «Messias», cree ser el salvador de la nación brasileña. Y en esta misión, confía en el apoyo de los militares.

Si Bolsonaro gana las elecciones, planea armar un gabinete con muchos funcionarios salidos del Ejército. Su lógica: si otros presidentes nombraron como ministros a «guerrilleros y terroristas», entonces él quiere convertir a los generales en ministros. Un gobierno militar como ese, elegido libremente, es, de acuerdo con Bolsonaro, «el deseo de Dios». No sorprende entonces que haya nombrado como candidato a vicepresidente a otro oficial retirado, el general Hamilton Mourão, que también es un defensor de la dictadura militar.

Mientras tanto, este autoproclamado outsider de la política se las ha arreglado para ocultar el hecho de que no es tan nuevo en ella. En la actualidad, Bolsonaro ejerce su séptimo mandato y ya lleva 27 años en el Parlamento. Ha cambiado repetidamente de partido y por momentos fue parte de algunos que estuvieron particularmente hundidos en escándalos de corrupción. El periódico ISTOÉ lo llama con ironía un «candidato antisistema que proviene del sistema».

A pesar de esto, Bolsonaro ha manejado bien la transición de ser un simple diputado sin cartera a convertirse en poco tiempo en uno de los políticos más conocidos de Brasil, principalmente gracias al uso de las redes sociales y a su discurso «antisistema». Por varios meses lideró las encuestas –al menos, mientras el ex-presidente Lula, condenado por corrupción y ahora en prisión, se encuentra excluido de las encuestas–. Pero aun si no se descarta la candidatura de Lula, a Bolsonaro le va sorprendentemente bien: obtendría alrededor de un quinto de los votos, y esta cifra ha permanecido relativamente constante en los últimos meses.

La decadencia del «establishment»

En contraste, los candidatos del establishment, como Geraldo Alckmin, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), y el ex-ministro de Finanzas Henrique Meirelles, se están quedando muy atrás. En consecuencia, hay grandes posibilidades de que Bolsonaro pueda atravesar la polarización tradicional entre el partido «socialdemócrata» conservador (PSDB) y el progresista Partido de los Trabajadores (PT), para al menos llegar a la segunda vuelta. «Brasil, tenenos un problema», proclama The Economist, y al hacerlo habla sin duda en nombre del establishment político y económico de Brasil. Venía insistiendo desde hace tiempo con que el atractivo de Bolsonaro disminuiría a medida que la economía se recuperara. Pero hasta ahora no ha habido una recuperación económica apreciable, la economía está estancada y el índice de desempleo está clavado en 13%.

Por un lado, Bolsonaro se presenta como un rebelde; por el otro, al elegir al economista liberal Paulo Guedes como consejero, intentó dar una señal al establishment de que –al menos políticamente– no es tan antisistema. Las elites financieras también se sintieron aliviadas y complacidas por la nominación de un experto reconocido con una visión liberal. Al mismo tiempo, la agrupación de Bolsonaro, el Partido Social Liberal (PSL), es una de las defensoras más leales de la agenda económica liberal del presidente Temer en el Congreso.

Bolsonaro trata abiertamente de seducir a una comunidad empresaria crítica de la regulación y está considerando al empresario Flavio Rocha como posible ministro de Asuntos Económicos. Está claro que no solo quiere a los militares en su gobierno, sino también a los empresarios. Al ponerlos en la mira, Bolsonaro anuncia que es tiempo de que los empresarios brasileños pongan manos en el asunto. Por lo tanto, la autoimagen de rebelde contra el sistema también oculta el hecho de que en las encuestas disfruta de más apoyo del segmento de los más ricos y los más educados que sus competidores. 30% de la población cuyo ingreso es diez veces el salario mínimo coquetea con la idea de elegir a esta supuesta bête noire del sistema.

El apoyo religioso

Sin embargo, con este discurso Bolsonaro intenta deliberadamente seducir a otro segmento de los votantes: los seguidores de las iglesias evangélicas, quienes en la actualidad constituyen 30% del electorado en lo que fue alguna vez un país puramente católico. A la luz de esta tendencia, algunos observadores hablan de un voto evangélico, dado que los actos de campaña de Bolsonaro se parecen a menudo a las ceremonias de una iglesia evangélica. El discurso moralizante cultivado se ve especialmente atrapado en el sistema de creencias evangélico en el que el Dios único se involucra en la lucha contra el mal en nombre de la buena ciudadanía.

Entre los que apoyan su candidatura están entonces el senador y pastor evangélico Magno Malta y el influyente líder de la iglesia Vitoria em Cristo, Silas Malafaia. Malafaia espera que de 70% a 80% de los evangélicos voten a Bolsonaro. Sin embargo, las encuestas de opinión ven su participación en los votos en este segmento en solo 17%. Aunque la «defensa de la familia de marido y esposa», el rechazo al aborto y la crítica de la «ideología de género» que proclama Bolsonaro encontró una respuesta positiva entre los evangélicos, también enfrenta rechazo por sus declaraciones a menudo agresivas y radicales. Su compromiso con el derecho a la posesión de armas tampoco es compartido por muchos evangélicos pacifistas.

Por otro lado, en sus discursos Bolsonaro se refiere al valor de la meritocracia, un punto de vista ampliamente aceptado en los círculos evangélicos. El esfuerzo personal y la labor individual, y no los programas sociales públicos, son el camino para salir de la pobreza y la miseria social. Y mientras muchos de los evangélicos apoyan cuestiones específicas relacionadas con las mujeres, tales como la legalización del aborto, también rechazan el feminismo por considerarlo una retórica agresiva. Por lo tanto, los ataques de Bolsonaro al feminismo y la ideología de género resuenan en su audiencia, aunque esto no necesariamente implica el rechazo de políticas diseñadas en función de las necesidades de las mujeres.

El atractivo de Bolsonaro entre los votantes jóvenes

Lo que además hace interesante a Bolsonaro es que, a diferencia de casi todos los demás políticos, ataca el estado precario de la seguridad pública. En años recientes, buena parte de la población, en especial entre la clase media baja, se ha convertido en un auténtico blanco. Las cifras actuales hablan de más de 60.000 asesinatos en 2017, lo que equivale a 175 incidentes por día. Mucha gente que experimenta esta inseguridad y violencia como una amenaza diaria se siente abandonada por la política tradicional. Sus preocupaciones tienen eco en el discurso «contundente» de Bolsonaro contra el delito, que llama a bajar la edad de imputabilidad, a dar a los oficiales de policía licencia para matar y a un acceso más sencillo a las armas. Hasta ahora, los partidos progresistas se han quedado sin respuestas convincentes.

Finalmente, Bolsonaro también puede confiar en el apoyo de los sectores más jóvenes del electorado. El apoyo que recibe en el grupo que va de los 16 a los 34 años duplica el que obtiene entre aquellos de más de 55, y la población más joven representará un tercio del voto total en las elecciones. En parte, la popularidad de Bolsonaro resulta de su fuerte presencia en las redes sociales. Con cinco millones de seguidores en Facebook, está mucho más presente que el resto de sus contrincantes.

Más aún, como muestra un estudio realizado por la científica social Esther Solano para la Fundación Friedrich Ebert (FES), su autorrepresentación sustentada en un discurso inconformista suena «anticonvencional», en particular entre las generaciones más jóvenes. Lo ven rebelándose contra el sistema. Consideran refrescante la forma en que rompe las reglas de la corrección política y sienten que la intolerancia y la agresividad en sus declaraciones no son un traspié, sino algo «pop» y auténtico.

Con una ayudita de Steve Bannon

Estos factores le dan a Bolsonaro una sólida posición en la carrera presidencial. Pero también hay factores que complican su campaña. Complementando su nivel de aprobación alarmantemente alto, también enfrenta el nivel de rechazo más alto entre todos los candidatos. Además, hasta ahora no ha logrado romper su aislamiento dentro del establishment político como para conformar una alianza electoral más amplia. En última instancia, su alianza electoral se ha limitado a dos partidos pequeños: su propio PSL, con ocho representantes en el Parlamento, y el Partido Renovador Laborista Brasileño (PRTB, por sus siglas en portugués), el partido de su candidato a vicepresidente, sin presencia parlamentaria.

Esta pequeña alianza electoral también implica una significativa desventaja en cuanto a la disponibilidad de fondos públicos para la campaña y el acceso gratuito a tiempo en radio y televisión. Tiene derecho tan solo a alrededor de 1% del tiempo gratuito de publicidad, mientras que Alckmin, el representante del establishment, tiene casi 50%. Bolsonaro trata de compensar su desventaja mediante publicidad intensiva en WhatsApp y Facebook. Pero a diferencia de Donald Trump, tendrá que hacer campaña sin una fuerte financiación.

En última instancia, la pregunta más importante sigue siendo, sin embargo, qué se podría esperar de Bolsonaro si se convirtiera en presidente. Sin una mayoría en el Congreso, el candidato «antisistema» buscaría espacio para maniobrar, mediante alianzas con las fuerzas conservadoras del sistema. Pronto demostraría ser el guardián de los intereses del establishment empresarial.

Ve su rol presidencial conectado con la desregulación y la desburocratización. El resultado serían reformas «que la economía necesita», privatizaciones y continuar el recorte político-social. En el corazón de su estilo de gobierno, sin embargo, no se encuentran políticas económicas y sociales, sino una política de seguridad de mano dura y la lucha contra el «marxismo cultural». Para esta lucha, encontró recientemente un sostén en un famoso estratega de campaña: Steve Bannon, el ex-esbirro de Donald Trump.




Cuestión de Iglesia. 1. Poder, pederastia, dinero. Un tema de principio


Xavier Pikaza

Ya muy pronto, la iglesia

Desde finales del siglo II y principios del III d.C., el cristianismo se volvió religión establecida: un cuerpo unitario de fieles, expandidos por comunidades (iglesias), a lo ancho del imperio romano y más allá de sus fronteras. Cada iglesia se vinculó en torno a un obispo y todas se unieron formando la gran comunión de los santos, actualizada primero en concilios (reunión de obispos) y luego, progresivamente, aunque nunca del todo (tras el "cisma" entre oriente y occidente cristiano), a través de una sede central (Roma).

Esta expansión y organización ha resultado providencial, de manera que los cristianos ven en ella el influjo y presencia del Espíritu Santo. Pero, al mismo tiempo, la sacralidad e institución eclesial está condicionada por estructuras mentales y sociales de la cultura romana. En un momento dado (siglo XVI), grandes parcelas de la cristiandad protestaron, rompiendo esa unión y buscando nuevos modelos de experiencia y vinculación evangélica (Reforma). Pero gran parte de la iglesia ha mantenido y reforzado esa unión romana hasta el momento actual (siglo XXI).

Parece que el tiempo de esa expansión y unión católica (romana), está llegando a su fin, pues ha surgido un nuevo sistema mundial de tipo económico-administrativo, que vincula a los hombres, sin tener en cuenta rasgos o valores de tipo religioso o cristiana; el signo básico de catolicidad real ya no es la iglesia, sino un tipo de cultura técnico-administrativa y, sobre todo, el mercado mundial de bienes y dinero, organizado a partir del capitalismo.

Por otra parte, se han consolidado y posiblemente lo harán aún más en el futuro otras culturas espirituales y sociales (hinduismo e islam, budismo, y un tipo de religiosidad light de carácter paganizante…) dentro del único gran sistema económico, de manera que no parece previsible un próximo avance cristiano al tipo tradicional, según la línea de las grandes misiones eclesiales que siguieron a la "conversión" del imperio romano (entre germanos y eslavos, en América y África). Pues bien, esta es una situación que muchos toman como adversa y puede resultar beneficiosa en línea de evangelio:

-- Plano administrativo. Los cristianos en cuanto tales no aportamos ya un orden ni unidad mundial, pues eso lo está haciendo de forma rápida el sistema y mercado de un capitalismo mundial, que se ha extendido en siglo y medio a todo el mundo.

-- Plano cultural. Tampoco podemos imponer nuestra cultura occidental, con su fondo cristiano, pues sigue habiendo otras formas culturales resistentes y valiosas (budismo, universalismo chino, islam...) y, sobre todo, un tipo nueve de cultura de masas, hecha de intimismo y gran mercado de espectáculos mundiales, que parece dominar la tierra.

-- Plano eclesial. Muchos dicen que el tipo actual de iglesia (y en especial de la Iglesia católica) ha entrado en crisis, de manera que ella parece herida de muerte, a no ser que ser que descubra un nuevo espacio humano y religioso fundado en la experiencia de la Biblia (de Jesús).

Estos tres planos se encuentran en la base de las reflexiones que voy a proponer en los días siguientes, presentando algunos rasgos de la iglesia, en plano de institución y libertad y, sobre todo, en línea de vuelta al origen del evangelio Jesús, entendido y vivido como proyecto y camino de transformación (recreación humana), a la luz de la experiencia de Dios Padre.

En esa línea me ocupo básicamente de la iglesia; ciertamente, ella está en crisis, como muestran en un plano superficial los problemas que han surgido y seguirán surgiendo en torno al Vaticano (con su comisión de reforma interna: G7) y en torno a la organización del clero y en un plano más profundo el hecho de que una parte considerable del occidente antes cristiano parece abandonar ahora la Iglesia en la que ha crecido.

Pues bien, en este contexto, pienso que no sólo el cristianismo (en su raíz), sino también la Iglesia (con toda su historia) tiene una palabra que ofrecer y un camino que recorrer en estas nuevas circunstancias, y para ello es necesaria una nueva Reforma y Recreación de su proyecto.

Pues bien, en ese fondo digo que puede ser beneficioso el triunfo de un sistema económico-político, que libera a la iglesia de las grandes tareas administrativas y sacrales que ha venido realizando desde antiguo; y añado que es beneficiosa la emergencia de otras formas de cultura, pues permiten liberar el cristianismo de la forma occidental que ha recibido, para que redescubra su experiencia básica de absoluta gratuidad y comunión.

En tiempo de crisis: Vuelta al principio y mudanza

En esa línea sostengo que la crisis actual de la iglesia (que evidentemente no ha tocado fondo) puede resultar positiva, pues nos obliga a buscar un modelo más hondo de vida cristiana, en clave de libertad y gratuidad, de comunión directa entre personas, más en consonancia con las intuiciones y caminos del Nuevo Testamento. No es que quiera un retorno arqueológico al pasado, ni una ruptura traumática y voluntarista con los últimos XX siglos de iglesia y con el presente de su institución. Admito ese pasado, asumo ese presente, pero pienso que la experiencia matriz del evangelio y la situación actual exigen cambios radicales.

Desde este fondo se comprenden las reflexiones que siguen, que pueden parecer iconoclastas en la forma (son una moción contra cierta estructura actual del cristianismo, especialmente católico), pero que quien ser constructivas en el fondo, presentadas desde la confianza de la fe en el Padre y el misterio de la redención de Cristo. Ellas se ocupan básicamente del orden y mensaje de la iglesia, a la luz de la autoridad de Jesús y del Nuevo Testamento.

La Iglesia ha corrido el riesgo de volverse orden sacral, un tipo de cultura propia de siglos pasados de occidente. En esa línea, muchos clérigos se han vuelto administradores religiosos del sistema de vida y de la cultura social del entorno (es decir, de las naciones poderosas), más que testigos de la pascua de Jesús, es decir, contemplativos en amor de Dios y en comunión interhumana. En esa línea, hemos tendido a convertir la iglesia en una institución de jerarquías y organizaciones sagradas, olvidando que sólo es sacral para Cristo el testimonio y ejercicio del amor gratuito, siempre personal, de hombres y mujeres.

Quisimos convertir el mundo entero a la unidad de nuestra iglesia (que todos asuman nuestra estructura con su organigrama), para descubrir al fin que el organigrama de unidad mundial lo están trazado otros, que son quizá herederos de cierta administración eclesial, pero que la han secularizado de forma racional y consecuente, hasta crear un tipo de sistema de economía y de cultura, de política y violencia (anti-violencia) mundial en el que nos hallamos ahora inmersos.

Quisimos extender el cristianismo al mundo entero, pero hemos expandido más bien (con grandes valores, pero también con escándalos y contradicciones) un tipo de cultura occidental sagralizada pero injusta, que se ha roto por dentro, y que está siendo hoy rechazada por gran parte de los hombres y mujeres, desde dentro y desde fuera de la Iglesia. Por eso es bueno sentarnos a escuchar la voz de Dios y contemplar al Señor resucitado, descubriendo en oración nuestra riqueza y tarea de evangelio en este tiempo nuevo.

No es hora de poner remiendos sobre un paño viejo y de encerrar el vino nuevo en odres cuarteados, sino de tejer nuevamente el tejido y preparar el odre nuevo para el vino de evangelio (cf. Mc 2, 21-22) en esta época bellísima de crisis y contrastes Han cambiado muchas cosas, aunque algunos no lo han advertido (el templo ya no está donde se hallaba, ni la sacralidad donde parecía), pero será hermoso descubrir cómo fructifica en este nuevo tiempo la semilla de evangelio.

La crisis actual no es de sistema sino de humanidad: lo que importa no es sólo la organización exterior, sino especialmente la vida de aquellos que la integran. Los cristianos han sabido siempre que la vida verdadera está tejida de amor y gratuidad (de unión con Dios en Cristo) y han tenido la certeza de que el valor primordial de su existencia es la fe contemplativa.

Pero, de hecho, para asegurar esa fe y organizar esa comunión, muchos han creado un sistema sacral de tipo jerárquico, como signo de presencia de Dios. De manera lógica, en virtud de su propio automatismo, para conservar su orden, ellos han tendido a envasar el evangelio en un sistema, de forma iglesia y jerarquía han terminado por identificarse, como si solo los obispos, presbíteros y demás ministros fueran iglesia. Desde ese fondo quiero evocar de un modo general el surgimiento de la jerarquía y el sentido de la autoridad cristiana, para destacar mejor la novedad del evangelio.

Punto de partida histórico: del carisma a la jerarquía.
La parte anterior de este libro acababa evocando a Ireneo de Lyon que (hacia el 180 dC) defendía la función del episcopado en el establecimiento y consolidación del cristianismo, como religión unitaria del imperio. En todo el siglo siguiente se fue extendiendo ese modelo, que acabó de imponerse hacia el 260 dC, suscitando una cristiandad unitaria, concretada en iglesias autónomas, pero unificada en forma de cristiandad, dividiendo a los creyentes en dos grupos:

– Surge el clero, es decir, los obispos, presbíteros (con funciones casi episcopales como presidentes de iglesias menores) y diáconos.
Ellos forman con el resto de los fieles la única iglesia; pero, al mismo tiempo, aparecen como representantes especiales de Jesús: su autoridad se vuelve signo de Dios sobre la tierra.

– Queda el pueblo, formado por laicos, que escuchan la palabra y reciben los sacramentos del clero, al que sostienen con sus aportaciones económicas. Ciertamente, participan en la elección de los obispos y en algunas cuestiones especiales, pero, en general, se someten a la autoridad del clero.

Esta división ha resultado de algún modo necesaria, pues sólo por ella se pudo estabilizar entonces la iglesia, como organización coherente y eficaz (subsistema sacral) dentro de un imperio que, en principio, los cristianos desacralizaron, apareciendo como religiosa y socialmente ateos: por un lado quedaba el "sistema religioso y político" (Roma); por otro lado ellos, como los grandes disidentes. Pero, a lo largo de un proceso fascinante (y peligroso) de creatividad social, los cristianos asumieron muchos valores del imperio, hasta llegar a sustituirlo, de un modo eclesial. Grandes protagonistas de ese proceso fueron los obispos: sin duda, ellos asumieron funciones que provienen de Jesús, como portadores de la tradición apostólica, pero su forma de entender el orden social y su tarea unificadora empezó a incluir elementos de la simbología israelita más antigua (templo) y del entorno greco-romano, que ofrecía las mejores formas y modelos de organización social que había y hubo hasta la actualidad. Estos son algunos de sus rasgos más significativos:

1. Sacralización sacerdotal en clave israelita. Desde el siglo II (en un proceso cuyo inicio vimos en la Didajè y en Ignacio de Antioquía), los cristianos se fueron separando del judaísmo nacional (configurado como Federación de sinagogas), pero retomaron elementos del judaísmo anterior de la Comunidad del templo: la iglesia elabora una visión israelita de los ministerios, de manera que sus obispos, presbíteros y diáconos pueden aparecer (en contra de la carta a los Hebreos) como sucesores del sumo sacerdote, sacerdotes y levitas de Jerusalén.

Lógicamente, la iglesia se siente sucesora sacral (universal) de la liturgia y santidad israelita de la Comunidad del templo. Este ha sido quizá un proceso conveniente para que se explicitara el sentido social del cristianismo, pero se opone a la dinámica y novedad del evangelio: el movimiento mesiánico del Cristo judía, centrado en la apertura a los excluidos y la comunión en igualdad entre todos los humanos, ha tendido a mostrarse como sistema religioso bien organizado, dirigido por especialistas, capaz de responder a la demanda religiosa de una sociedad en crisis .

2. Patriarcalización de los ministerios.
Muchos cristianos de la tercera generación, a partir del 80 EC, para adaptarse mejor al entorno, dejando en un segundo plano la libertad (=creatividad) social del mesianismo de Jesús y de la tradición igualitaria de Pablo, han patriarcalizado las funciones de la iglesia, como muestran los códigos domésticos en Colosenses, Efesios, 1 Pedro y, sobre todo, en Cartas Pastorales de una tradición paulina: sólo un buen varón, padre de familia, podía ser ministro de la iglesia. Esta visión ha pervivido y se ha expandido desde entonces, tomando (sobre todo en occidente) una forma ascética, vinculada al celibato.

Según las Cartas Pastorales, sólo podían ser ministros de la Iglesia los buenos padres de familia, con el tema afectivo ya resuelto. Pasado un tiempo, sólo podrán ser ministros de una nueva iglesia los "patriarcas célibes", capaces de cultivar una espiritualidad alejada del amor matrimonial, para así volverse "padres" y guías espirituales de sus fieles. En esta opción ha influido un ritualismo de origen sacerdotal judío (las relaciones sexuales crean un estado de impureza, que impide el acceso a las cosas sagradas) y un espiritualismo de tipo helenista (que considera las relaciones sexuales como propias de un estadio intelectual y emocional más imperfecto).

De esa forma, los nuevos sacerdotes célibes han podido acentuar su santidad litúrgica y alzarse sobre el pueblo, como una "clase" jerárquica, sin conexiones genealógicas o familiares que impidan su tarea al servicio de la iglesia. Es evidente que esta patriarcalización (matrimonial o celibataria) de los ministerios es derivada: no proviene de Jesús, ni del principio-principio de la iglesia, de manera que puede y debe adaptarse en cada tiempo, superando toda imposición patriarcalista del tipo que fuere .

3. Socialización política de la jerarquía. El tema aparecía ya en 1Clem, cuando comparaba a los ministros cristiana con los funcionarios (soldados) del sistema romano, que ha sido y sigue siendo paradigma de todos los sistemas sociales posteriores. Dijimos también que el Apocalipsis entendía el sistema imperial como signo de la acción destructora del Diablo. Eso suponía que todo poder puede volverse satánico: vincula a los humanos de un modo sacral para mejor esclavizarlos. Por eso, la iglesia debería ser muy cuidadosa a la hora de asumir las estructuras y modelos de unificación social del imperio antiguo o del nuevo sistema (pues hay que dar al César lo del César, pero no todos los césares son iguales, ni se les puede dar todo lo que piden).

Pues bien, la iglesia ha crecido en aquel contexto imperial, perseguida primero, victoriosa luego, aceptando y desarrollado, a través de su derecho, unas formas de organización y unidad mundial que, en principio, son más romanas que cristianas. Ese proceso de romanización ha tardado casi XX siglos en culminar y se halla unido al despliegue y triunfo de la cultura de occidente; ha sido bueno, quizá necesario, pero ha concluido: la iglesia ha realizado su función sacral y cultural como sistema, ofreciendo modelos de socialización administrativa y unificación legal, pero, al final, en cuanto sistema religioso unificado, ella parece encontrarse y se encuentra vacía .

4. Comprensión mística de la obediencia. Los argumentos de 1Clem e Ignacio de Antioquía, concebían al obispo (o presbítero) como signo de Dios y entendían la verdad cristiana como obediencia y así han podido sostener y fortalecer la iglesia en momentos de crisis, de manera que ella ha podido actuar como principio de unificación sacral, educadora de occidente. Pero hoy, acabado ese ciclo cultural romano, aquellos argumentos no resultan convincentes: hemos descubierto además que no derivan del evangelio, sino de otros abrevaderos filosófico-religiosas distintos del mensaje de Jesús. La vinculación "legal" de la humanidad se realiza hoy siguiendo el modelo del sistema y en ese plano ha de seguir.

Pero la fidelidad a Jesús y la recuperación de la fuente israelita del evangelio nos obligan a superar el sistema sacral con su obediencia, destacando la libertad y contemplación pascual, la apertura a los excluidos y la comunicación fraterna (como indican, desde su propia perspectiva, los mejores investigadores judíos, de Rosenzweig a Levinas, de Buber a Heschel). Esto nos obliga a superar la filosofía de Platón y un helenismo que interpreta el orden social como jerarquía y la fidelidad humana como sometimiento al todo .

Una iglesia sacerdotal más que evangélica
Ese proceso de unificación sacral del cristianismo, básicamente definido por la "conversión" del imperio (sistema) romano y la romanización de la iglesia, ha estado influido por una mística filosófica de tipo jerárquico y trasfondo pagano, que sacraliza el Todo y lo presenta como signo de un Dios que aparece centro y culmen del orden religioso Así lo han visto (y rechazado) algunos pensadores judíos, que acabamos de citar, resaltando la diferencia (infinitud) del Dios bíblico frente al Todo filosófico.

En su línea queremos avanzar, identificando al Dios infinito con el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Por eso, debemos superar una visión sagrada de la Totalidad jerárquica, propia de Dionisio Areopagita y de aquellos que, en los siglos IV-VI EC, han expresado (¿traducido, traicionado?) el evangelio en claves de imperio y neoplatonismo: ellos pensaban que la realidad se estructura un orden gradual, que proviene de Dios y a través de las Ideas o mundos intermedios (Logos, Alma), desciende hasta el mundo inferior de la materia, para ascender de nuevo a lo divino. La iglesia está incluida en un sistema estructurado según méritos y honras:

– El obispo posee la ciencia de las Escrituras, en clave de perfección: por eso puede revelar su conocimiento y santidad desde lo alto, siendo signo de tearquía o poder divino, porque está directamente iluminado por Dios.

– Los sacerdotes (presbíteros) reciben la iluminación del obispo y la transmiten a los órdenes inferiores. De esa forman ofrecen los símbolos divinos a los fieles y purifican a los "profanos", haciéndoles nacer a la gracia a través de los sacramentos.

– Los ministros (diáconos) van dirigiendo a los profanos hacia la purificación de los sacerdotes,
participando así de la obra divina, dentro de un todo armónico donde el orden y estructura admirable del conjunto constituye una especie de gran canto de misterio (EclHier V, 1).

Los tres grados de la jerarquía eclesiástica son signo del poder de Dios para los fieles (que han de purificarse): los ministerios eclesiales se integran así en una visión sacral y jerárquica de la realidad, presidida por la veneración al todo divino y la obediencia religiosa. De esa forma, el sometimiento (más sacral que social, aunque ambos rasgos son inseparables) se convierte en signo máximo de Dios: toda la realidad se entiende y expresa como jerarquía, sistema de música y belleza en el que Dios domina y dirige desde arriba los movimientos y melodías, a través de los clérigos, portadores de autoridad sacral. La iglesia se integró así en una cultura y espiritualidad cósmico-divina de tipo neoplatónico y pudo presentarse como realización concreta de la sacralidad universal, divina y cósmica; en ese contexto y desde el fondo imperial de Roma se interpretó en gran parte la Jerarquía Eclesiástica, conforme al título clave de Dionisio.

Pero ese modelo de sacralidad unitaria ha sido superado por la ciencia (física, sociología) y, sobre todo por el mejor conocimiento de la base judía y de la identidad mesiánica de la iglesia, de manera que (gracias a Dios) ella puede y debe expresar en otra clave su experiencia de gratuidad evangélica; la sacralidad clerical de sus ministros queda así bajo interrogante, de manera que recuperar (con los autores judíos citados), el sentido bíblico de un Dios que no es sistema sacral, ni todo jerárquico de la realidad, sino amor infinito que se expresa en la cruz de Jesús y se expande de manera gratuita hacia los pobres .

Iglesia 2. "Todo-poderosa", renunciando a todo poder
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La iglesia de Jesús sólo puede ser todo-poderosa si renuncia de un modo gratuito, por creatividad, a todo tipo de poder económico y religioso, político y social, como sabe el Evangelio, como canta Pablo en Flp 2.

Una iglesia que quiere mantener (defender, exigir, imponer) algo como propio en un nivel de posesión económica o de dominación social o religiosa deja de ser cristina.

La visión de una iglesia jerárquica, centrada en su poder (como madre y maestra que sabe unas cosas que otros no saben) , con bienes y privilegios a su servicio, ha sido normal dentro de una cultura que sacraliza el "buen poder" y defiende un tipo de jerarquía ontológica (neoplatonismo), política (imperio romano) y sapiencial (el buen “magisterio”). Ese tipo de iglesia ha podido hacer muchas cosas "buenas", en un plano político-social, pero ha dejado de ser cristiana.

La visión de una Iglesia como signo del buen poder, y la praxis que deriva de esa visión ha permitido que un tipo de cristianismo se extienda como religión y cultura occidental en espacios y pueblos menos "desarrollados", favoreciendo así la "conversión" muchos pueblos y grupos humanos. Esa es una visión propia de seres y grupos que se sienten superiores a los otros, siendo así capaces de “salvarles” incluso con la fuerza; pero en sí, como tal, no ha sido ni es cristiana.

Pues bien, el tiempo de simbiosis entre cristianismo y poder (y en especial la interpretación del cristianismo como jerarquía religiosa y social) ha terminado, pues así lo exige la visión actual del hombre y, sobre todo, la experiencia radical del evangelio interpretado como principio de creación y comunión gratuita, sin el apoyo de ningún "poder" externo.
Imagen 1: San Miguel de Elexabeitia, Artea (Bizkaia)

El fin de un ciclo de poder cristiano
En la línea anterior podemos afirmar que ha terminado (está terminando) un ciclo de cultura occidental, de origen greco-romano con rasgos cristianos, desde el nuevo contexto de globalización económico-administrativa y, sobre todo, desde la novedad sorprendente del evangelio (como experiencia de libertad y comunión no jerárquica).

Desde ese fondo podemos y debemos destacar los riesgos principales que ha tenido el proceso de jerarquización del cristianismo, en línea de sometimiento sacral y dictadura social:

–Riesgo de sometimiento sacral: neo-arrianismo.
La gran herejía cristiana (el arrianismo) consiste en entender al hombre (a Jesús) como inferior a Dios, interpretando la piedad religiosa como sometimiento. Ese modelo jerárquico ha pervivido en la visión de conjunto de la iglesia, que ha venido a estructurarse como sistema de sacralidad gradual donde unos (maestros y jerarcas) reciben el don y deber de iluminar y guiar desde arriba a los demás, como si el mismo Dios se expresa a través de su autoridad, sancionando un sistema de poder.

En contra de eso, debemos redescubrir la diferencia de Dios (es Infinito), pero una diferencia que no se expresa en forma de superioridad o jerarquía, sino de identificación con el hombre (como se descubre en Jesús). Siendo infinito, Dios puede hacerse y se hace finito en el hombre, especialmente en el hombre necesitado: el huérfano-viuda-extranjero de la experiencia de Israel, los enfermos-posesos-prostitutas-publicanos del camino de Jesús.

De esa manera, desde el Dios infinito que se revela y despliega desde el fondo de la vida de los hombres (no como poder de imposición, sino como principio de liberación) podemos poner de relieve la experiencia esencial de comunión, que supera las gradaciones ontológicas de un tipo de filosofía, con todo intento de superioridad de unos hombres contra otros, y de dominio militar o económico del mundo.

Sólo allí donde Dios rompe el sistema y supera la lógica de sometimiento sacral (donde Dios se revela como opuesto a la mammona económica: Mt 6, 24) se podrá hablar de libertad y comunión igualitaria, con lugar para los pobres y excluidos del sistema. Sólo cuando se supere la lógica de jerarquización sacral acabará el ciclo arriano de la iglesia.

– Riesgo de dictadura social.
La iglesia ha dicho casi siempre que la comunidad es lo primero y que el Espíritu de Cristo se expresa en el amor liberador y el diálogo de todos los creyentes. Pero después ha colocado de hecho a unos hombres especiales por encima de ese diálogo, dándoles palabra especial de inmunidad sagrada, como si supieran de antemano o desde arriba aquello que conviene a los demás, para dirigirles, conforme a un modelo de dictadura sagrada.

Una iglesia que actúa de esa forma afirma con su vida que no acepta la Vida de un Dios que es comunión personal, ni la Verdad como gracia compartida, que no acepta el Diálogo de amor sin imposiciones previas. Esa Iglesia quiere asegurarse bien, asegurando su verdad anterior (superior) e imponiendo desde sí misma (=desde sus jerarcas) una verdad previa que se expresa como dictadura social y/o sacral (¡para bien de los subordinados!). Pues bien, en contra de eso, el evangelio ofrece una comunicación igualitaria y gratuita, donde la misma comunidad dialogal resuelve los problemas, sin instancias exteriores de tipo secreto o jerarcas que sólo deben responder ante Dios o su conciencia, por encima del diálogo comunitario.

Estos son los riesgos, uno sacral, otro social, y van unidos, pues la verdadera sacralidad se expresa en formas de comunión personal, conforme a la experiencia cristiana que vincula amor a Dios y amor al prójimo. La sacralidad cristiana no incluye, según eso, jerarquía, pues se identifica con el don gratuito de Dios, expresado en la vida y pascua de Jesús y expandido como perdón y trasparencia interhumana. Todo es gracia de Dios en la iglesia, todo es presencia y obra del Espíritu de Cristo que se revela en la comunión personal de los creyentes, no en un orden sacral superior, en un sistema o estructura previa. La verdad de la iglesia es, según eso, la misma comunión de palabra y acción de los creyentes, a nivel de encuentro personal y transparencia humana.

El evangelio, poder creador (no jerárquico, sin imposición)
Sólo en este contexto podemos responder a las críticas de Nietzsche, que entendía el cristianismo como platonismo para el pueblo, tanto en plano de sumisión jerárquica como de sometimiento a un Dios más alto a quien debemos obediencia. Ciertamente, Nietzsche incluye elementos que pueden ser y son anticristianos, en su forma de entender a los pequeños y excluidos del sistema y de sacralizar el eterno retorno de la vida, interpretada como voluntad de poder, a partir de los más fuertes (y no como voluntad y experiencia de amor), pero su crítica resulta en otros planos certera o, al menos, importante para entender el cristianismo:

--El evangelio nos permite rechazar una lógica del sometimiento y sacralización del sistema, entendido en línea de un espiritualismo neoplatónico, de un jerarquicismo social… y de una divinización del poder, que se identifica en el fondo con la divinización del dinero. Según eso, Dios no es el todo, ni el evangelio es sumisión a una moral de chandalas o esclavos que deben humillarse. Al contrario, la fe en Dios infinito (sobre todo sistema y gradación jerárquica) libera al humano para la libertad y acción creadora, abriéndole al amor, por encima del sometimiento sacral y del miedo a la muerte.

En esa línea, dando un paso más, y en contra de la acusación de Nietzsche, Jesús no fue un idiota, un sumiso incapaz de rebelarse y decir "no", un esclavo del orden imperante (sacral o social), sino un hombre de gran libertad, que se enfrentó al sistema (altar y trono) de su tiempo, que decía "no" frente al sistema de poder, y que lo hacía acogiendo a los excluidos del sistema de poder, y protestando contra el templo del sistema religioso. Precisamente por negarse al sistema le mataron; pero su mensaje y comunión contemplativa (liberadora) con Dios y con los hombres y mujeres de su entorno abrió un camino de vida (pascua) sobre el mundo.

--El mismo evangelio nos lleva a superar la lógica del juicio, para descubrir el sentido de la vida, más allá del bien y el mal, pero no como voluntad de poder (Nietzsche), sino como voluntad y deseo de amor, como gratuidad liberadora y comunión directa y gozosa entre personas. El sistema de moralidad, que distingue el bien y el mal, sirve en un plano de talión, pero ser vuelve destructor, poniéndose al servicio de un todo sacral manipulado por jerarcas dominantes. Pues bien, sobre ese esquema de talión se ha revelado la gracia creadora de Dios, que libera a los humanos y les pone gratuitamente al servicio de los excluidos.

Más allá del bien y el mal no está el poder, sino la gracia que perdona, la comunión que vincula en igualdad de amor a los humanos. El platonismo ha sido mística (y mítica) del orden, con una jerarquía de valores (y valedores) desde los privilegiados del sistema (los "sabios" y soldados de la República): ha exaltado la misericordia como abajamiento y la condescendencia de los grandes que "se placen" ayudando a los menores Pues bien, en contra de ese platonismo del "buen juicio", se ha elevado Jesús, como testigo de una gracia que no juzga ni se abaja por condescendencia, ni defensa del sistema, sino que simplemente ama de manera creadora .

Según eso, los ministerios cristianos no son defensa del buen orden (mantenimiento de la estructura sacral), ni condescendencia bondadosa de los superiores (a quienes Dios concede autoridad), ni sometimiento leal de los inferiores (a quienes pide obediencia), sino expresión de gracia libertad, creatividad y comunión entre creyentes responsables, todos contemplativos, capaces de escuchar a Dios. Nadie en la iglesia es más que nadie, a no ser el más pequeño, el excluido del sistema (como sabía Jesús), ni nadie es menos: todos son hermanos, no como sistema que marca desde fuera el lugar de cada uno, sino en comunión donde todos tienen y comparten la palabra.

JOSÉ PEPE MUJICA



Perspectiva del Desarrollo Democrático y la Equidad Social en América Latina y El Caribe
TecnoEduc507
Publicado el 27 nov. 2017

Universidad de Panamá.
Conferencia Magistral JOSÉ PEPE MUJICA
Perspectiva del Desarrollo Democrático y la Equidad Social en América Latina y El Caribe
Jueves 23 de Noviembre 2017.

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Categoría Entretenimiento
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Panamá: cincuenta camino a treinta


Por: Guillermo Castro H.

La historia construye sus problemas desde los temores que nos inspira el futuro, iluminando el pasado con una suerte de luz negra que resalta de maneras insospechadas el perfil de los acontecimientos. Así ocurrió en Panamá el pasado 11 de octubre pasado. Ese día se cumplieron 50 años del golpe de Estado que en su momento abrió paso a negociación del Tratado Torrijos Carter de 1977, cuya ejecución culminaría en 1999 con la eliminación de la presencia militar norteamericana en Panamá y el traspaso del Canal de manos del Estado norteamericano a las del panameño. 

Ese medio siglo incluye, por cierto, la agresión militar norteamericana de 1989 – cuyo XXX aniversario ocurrirá el próximo año -, la cual, siendo una invasión por su forma, constituyó un golpe de Estado por los objetivos que se propuso lograr, y logró. De aquí resulta un dato curioso. El periodo 1968 – 1989 es aquel que –   Immanuel Wallerstein dixit – se inició con la primera gran fractura en el consenso liberal desarrollista que vino a ser hegemónico en la geocultura mundial tras la Gran Guerra de 1914 – 1945, para concluir con el derrumbe del orden que sustentaba ese consenso al desintegrarse de su ala izquierda, la Unión Soviética y lo que fuera el campo socialista en Europa Oriental. 

Entender la razón de estas cosas requiere verlas en su devenir. En Panamá, a todo lo largo del siglo XX, ese devenir llevó a sus formas más extremas un proceso iniciado en el siglo XVI y abrió, quizás, la posibilidad de encarar lo peor de sus consecuencias en el XXI. Lo que se inició en aquel entonces con la conquista europea fue una modalidad de organización del tránsito interoceánico a través del Istmo, que concentró esa actividad en una sola ruta bajo control de la Corona española y estableció una frontera interior que segregaba a todo el litoral Atlántico y el Darién. Panamá pasó de este modo a ser organizado como país en una cuarta parte de su territorio, y así permaneció hasta mediados del siglo XX.

Aquella concentración del tránsito en una sola ruta concentró también en quienes la controlaban el poder económico y político sobre el Istmo y su destino. La lucha por el control de ese poder vino así a convertirse en un factor de primer orden en la vida política del Istmo. 

La intensidad y el ritmo de esa lucha estuvieron asociadas, por otra parte, a la función singular cumplida por Panamá en la economía regional. Este, en efecto, es el único país de la región que no se define por lo que exporta, sino por los servicios que ofrece al comercio exterior de los demás. 

A ese hecho responde nuestra organización territorial. Para todo fin práctico, Panamá nació como un enclave transitista. Como tal se independizó de España en 1821 para integrarse en la Gran Colombia bolivariana, de la que se separó en 1903 para acogerse a un régimen de protectorado pactado con los Estados Unidos, y liberarse de esa tutela en 1999 para asumir, finalmente, el pleno ejercicio de las responsabilidades de la soberanía.

El siglo XX panameño, en efecto, se vio marcado por la disputa entre los Estados Unidos y Panamá por el control de la renta generada por la operación del Canal interoceánico construido por el gobierno norteamericano entre 1904 y 1914 al interior de un enclave militar-industrial conocido como Zona del Canal. Esa disputa estuvo marcada por la negociación de tratados entre ambos países, que modificaron primero los privilegios políticos y económicos concedidos a Estados Unidos por el tratado de 1903, y finalmente cancelaron este último, liquidaron la Zona del Canal y transfirieron la administración del Canal al Estado panameño.

Importa notar, si, dos características de este proceso. La primera consiste en que todos los mandatarios panameños que firmaron esos Tratados – Harmodio Arias, José Remón y Omar Torrijos – estuvieron previamente involucrados en golpes de Estado que de un modo u otro abrieron paso a esas negociaciones. La segunda es que el Tratado Torrijos – Carter, al resolver a favor de Panamá el control de la renta canalera, trasladó al interior de la sociedad panameña la disputa por el control de la misma.

A cincuenta años del golpe de Estado de 1968 el Estado panameño controla el Canal, sin duda. Con eso, pasa a primer plano el problema de quién controla el Estado. Esta no es una pregunta retórica. En las vísperas del XXX aniversario del golpe de Estado que restableció el orden liberal democrático en Panamá, y al cabo de una década de notable expansión económica, el país sigue enfrentando una circunstancia en la que se combinan un crecimiento económico incierto, una inequidad social persistente y una degradación ambiental constante. 

A eso ha venido a agregarse, en la última década, un deterioro institucional que – a través de la creciente demanda por la convocatoria a una Asamblea Constituyente – reclama ya una trasformación del Estado que contribuya a culminar la construcción de una sociedad democrática sustentada en una economía próspera, sostenible y equitativa. Necesitamos, en breve, culminar la construcción de una República con todos y para el bien de todos. Así de latinoamericano es hoy nuestro problema fundamental.

Panamá, 19 de octubre de 2018.


¿Saben qué es lo más grave en el asunto de venta de armas a Arabia Saudí?


www.publico.es / 130918

¡Oh vergüenza! ¿Dónde está tu rubor? (Hamlet, Shakespeare)

“Unas familias se dedican a fabricar bombas y metralletas para unos asesinos en serie a cambio de una importante mensualidad, a sabiendas que sus patrones las utilizan para matar cada día a decenas de familias pobres”.

Sí, lo más grave, no es que un régimen como el saudí utilice las armas que le venden en la matanza indiscriminada de los civiles (sólo en el mes de agosto, mataron a 62 niños yemeníes, dejando mutilados a un centenar), ni si quiera lo es que unos gobiernos “democráticos” participen, directa o indirectamente, en estos crímenes.

Lo incomprensible es:
1) que parte de la clase trabajadora, a cara descubierta, defienda este trabajo, convirtiéndose además en un peligroso “grupo de presión” al estilo de la banca o las compañías de armas, y
2) que los partidos políticos y sindicatos progresistas le hagan a este sector el seguidismo, y haciéndose víctimas condenadas a un destino divino inalterable, se justifiquen con argumentos torpes como: “lo sentimos, pero tenemos que elegir el “pan” en vez de “paz” o “si no lo hacemos nosotros, lo harán otros”.

¿Dónde está esta “vanguardia” que guíe a los trabajadores, proponiendo alternativas a un capitalismo salvaje que se mantiene explotando y armando a los pobres de unos países para que exploten y maten a los desheredados de otros? ¿Dónde está la “solidaridad internacional de los trabajadores” para desmantelar las alianzas formadas entre las élites mundiales? ¿Se han sucumbido al lema individualista del capitalismo más salvaje de “sálvese quien pueda”? Postura además de mezquina, inquietante.

Han olvidado que el problema de empleo en el capitalismo es estructural, y surge por la sustitución de mano de obra por maquinaria y la estrategia de los empresarios en mantener un ejército de parados para bajar los salarios, provocar luchas en el seno de la clase obrera para hacerse con los pocos empleos que ofrecen, y así dividirlos, debilitarlos.

Admirable en este tenebroso panorama, el movimiento feminista vasco, que ha tomado varias veces el puerto de Bilbao para denunciar que todos los meses parte un barco cargado con armas hacia el reino de Arabia para matar a unos seres humanos atrapados, indefensos. Riad utiliza incluso las prohibidas bombas de racimo que explotan en más de 2.000 fragmentos, y que matan y mutilan incluso después de años de ser disparadas.

En Alemania y Suecia, hasta parte de la derecha se ha opuesto la venta de armas de sus gobiernos a los jeques, consiguiendo que se paralizaran. En Canadá, una encuesta del 2017 sugería que la mayoría de la población se oponía a la venta de armas a este país, a pesar de que su valor era 15.000 millones de dólares y afectaba a 3.000 puestos de trabajo.

No es ningún secreto que el reino de Arabia está dirigido por una familia, en el sentido más doncorleónico de la palabra, que aplica el apartheid y un totalitarismo teocrático, el más severo del mundo que, como castigo a delitos como apostasía, adulterio, la homosexualidad y la hechicería no sólo amputa manos y pies, sino ejecuta con lapidación y decapitación, para luego crucificar sus cadáveres en público. Condenó al bloguero Raif Badawi a 10 años de prisión y 1.000 latigazos. ¿Qué tal si creamos puestos de trabajo fabricando látigos de alta calidad, ya que después de unos fuertes golpes estos látigos se rompen, junto con los huesos del reo?

Es el régimen que patrocina a los grupos terroristas que atentan por los cuatro costados del planeta, incluidos en los países occidentales que le protegen, a pesar de que los tratados internacionales prohíben la venta de armas a los países que infringen gravemente los derechos humanos o apoya el terrorismo.

Sólo en 2016, la ONU documentó 119 incursiones de la Coalición EEUU-Arabia en Yemen violando el derecho internacional humanitario: ataques a campos de refugiados, bodas, funerales, escuelas, hospitales, mercados y mezquitas. Arabia ha intentado “militarizar” la enfermedad en Yemen, provocando con sus bloqueos, la cólera, la malnutrición y por ende la muerte de miles de niños. Hay tantos cadáveres de civiles que la Cruz Roja está donando morgues a Yemen que sufre la mayor crisis humanitaria del mundo.

El heredero de la corona de Arabia, Mohammed Bin Salman, busca un triunfo militar en Yemen antes de convertirse en rey, ahora que ha fracasado en su salvaje aventura por Siria.

¿Por qué Occidente arma a Arabia?

+ Crear una “mini-OTAN sunnita” para que lance una guerra contra Irán, sin implicarse directamente, y aunque con ello ponga en peligro la propia paz mundial. La misión de Arabia y Emiratos Árabes, los dos principales destinos de las armas de EEUU y la Unión Europea, es hacer de martillo para machacar los movimientos populares y desestabilizar los países de la zona: desde ahogar en su propia sangre a la “Primavera” de Bahréin, hasta enviar a decenas de miles de terroristas a Afganistán, Siria, Libia e Irak.

+ Seguir beneficiando tanto a las compañías de armas -esta facción más criminal de la burguesía mundial, junto con los empresarios de la prostitución-, como a los intermediarios y comisionistas (reyes y presidentes), dejando que caiga alguna migaja para los trabajadores sin conciencia de clase, convirtiéndoles en los cómplices de sus crímenes. Los comerciantes de armas británicos, por ejemplo, han multiplicarse por cinco sus ventas desde que comenzó el bombardeo de Yemen en 2015.

+ Salvar a la familia Salud de sus adversarios: El Reino Unido entrena a la Guardia Nacional saudí. Pues, los países de la OTAN comparten intereses estratégicos con esta monarquía totalitaria.

+ Forzar una carrera armamentística en la zona: cuando Arabia entrega un cheque de 110.000 millones de dólares de compra de armas a Trump, Qatar se vio obligado a comprar un paquete de armas por el precio de 12.000. millones de dólares a EEUU. Decía el senador Chris Murphy que: “Todas las vidas civiles perdidas en Yemen tienen una huella estadounidense“, y de otros vendedores. Cada envío de armas transferidas a Arabia y otros países del golfo Pérsico hace que Israel obtenga el compromiso de un equipo superior, debido a un acuerdo entre Occidente y Tel Aviv: en 2016 Netanyahu recibió un contrato de seguridad de 38.000 millones de dólares para la próxima década.

+ Convertir a Arabia en el contrapeso de Irán, después de que desmantelara al régimen de Saddam Husein que cumplía esta función: lección de la que los Saud deberían tomar nota. Estas armas no le darán estabilidad al régimen de los jeques, todo lo contrario: fue justamente la compra exacerbada de artefactos militares por el Sha de Irán, -apodado el Gendarme del Golfo Pérsico-, en la década de los 70, uno de los principales motivos del descontento popular que terminó no sólo con él, sino con la propia monarquía.

+ En caso de Yemen, Arabia, EEUU e Israel, entre otros motivos, cuentan con intereses vitales en hacerse con el control del estrecho de Bab- al- Mandeb.

Los gobiernos que negocian con las guerras suelen maquillarlo para manipular a los ciudadanos: cambian el nombre del “ministerio de guerra” por el “ministerio de defensa”, sin transformar sus funciones, o hacen que un centro como el “Instituto de Estados Unidos por la Paz, esté vinculado con las empresas de armas como Lockheed Martin, y cuyo director Stephen Hadley sea un exasesor de Seguridad Nacional de EEUU.

Atención: La conformidad de Israel con estas transacciones es primordial. De hecho, se opuso al acuerdo nuclear con Irán y consiguió que EEUU. se retirase de él, e incluso suspendiera la venta de 80 aviones de pasajeros de Boeing, firmada el 2016, por un valor de 20.000 millones de dólares y que iba a crear 18.000 empleos.

Son estos mismos políticos y medios a su servicio que silencian lo que sucede con este régimen, mientras convierten la farsa del “Programa de reformas internas” de Arabia en titulares para promocionar al príncipe heredero.

Industrias alternativas

Según un estudio del Instituto de Asuntos Internacionales y Públicos Watson de la Universidad de Brown de EEUU, “el gasto en energías limpias y cuidado de la salud crea un 50% más de empleos que la cantidad equivalente de gasto militar”, y la inversión en educación genera más del doble de puestos de trabajo en un EEUU donde la industria militar emplea a unas 3.5 millones de personas.

A corto plazo, los gobiernos democráticos podrían: empezar una reconversión industrial, mientras indemnizan a los trabajadores de estas empresas, y les emplean en la fabricación de maquinaria para otras industrias; desarrollar fuentes de energía renovables para cortar esta dependencia al petróleo y sus dueños; invertir en investigación e innovación no militares, e incluso, para la misma Arabia podrían fabricar desaladoras de agua para que en vez del hidrocolonialismo y el saqueo de agua y tierras fértiles de África, Riad siembre en su propio desierto.

Los objetivos honestos, y crear empleo lo es, deben ser conseguidos sólo con medios honestos.


Francisco, el Papa controvertido


José M. Castillo S.
www.religiondigital.com / 06.09.18

Nadie pone en duda que el papa Francisco es un hombre controvertido. Le ocurre a este papa – “mutatis mutandis” - lo mismo que le pasó a Jesús de Nazaret. Con Jesús ocurrió que, ante él y ante la vida que llevaba, hubo quienes vieron en él la salvación y quienes pensaron que llevaba un demonio dentro (Mc 3, 20-30 par). Pues bien, ahora nos encontramos con algo muy parecido en el caso del papa Francisco. Abundan los que ven en él la solución para la Iglesia y par muchas cosas de este mundo. Como no faltan los que anhelan que se vaya o desean que se muera.

Por supuesto, lo que acabo de indicar, con más o menos detalles, lo sabe todo el mundo. Por eso y como es lógico, no pretendo informar de lo que ya se conoce y cada día los medios se encargan de recordarnos, con nuevos datos y nuevos detalles.

Entonces, ¿a qué viene ahora el hecho de recordarnos lo que ya todos sabemos? Sencillamente, escribo estas cosas porque hay algo muy fundamental en este asunto que, con frecuencia, no tenemos en cuenta. Me refiero a esto: Jesús hizo y dijo tales cosas, que su vida terminó siendo un conflicto. Pero un conflicto, ¿con quién? Con la religión, con sus dirigentes (los sacerdotes del templo, los maestros de la ley, y los observantes fariseos). Un conflicto tan brutal, que llevó a Jesús a tener que aceptar la función más baja que una sociedad puede adjudicar: la de delincuente ejecutado (G. Theissen).

Así quedó patente que la religión, entendida y vivida como la entendieron y vivieron los que mataron a Jesús, es incompatible con el Evangelio. Y, si es preciso, mata a su representante central, Jesús de Nazaret, por más que ese representante diga y demuestre que es la revelación de Dios (Jn 1, 18; 14, 9-11).

Mucha gente no sabe que la religión se empezó a practicar en el mundo cuando en él se hizo presente el “Homo Sapiens”, el ser humano, hace cien mil años. La religión, en sus más remotos orígenes, no era la búsqueda de Dios. La religión empezó siendo la mera práctica de rituales, esquemas de comportamiento desligados de su función pragmática (J. Huxley, K. Lorenz), que se practicaban para sosegar el espíritu, aliviar preocupaciones y sufrimientos, remediar inquietudes en aquellos incipientes seres humanos tan desamparados. Los ritos funerarios son un buen ejemplo de este primitivo esquema de religión.

Lo de Dios, apareció mucho más tarde, seguramente en el Paleolítico superior. Por eso, se ha dicho con razón que “Dios es un producto tardío en la historia de la religión” (G. van der Leeuw, E. B. Tylor…). De ahí que “el ritual ofrece una orientación que transforma el “enfrentamiento” recíproco en “colaboración”. En la vorágine de la historia sólo han podido sobrevivir las organizaciones sociales fundadas sobre bases religiosas” (W. Burkert). En definitiva, cuando la observancia de los rituales produce tranquilidad, da dinero y ensalza con honores y dignidades, la religión se aferra a sus observancias y, si es preciso, para conservar sus privilegios, mata. Por eso Jesús acabó colgado en una cruz.

Es evidente que, cuando el Hecho Religioso llega a semejante exceso, la religión fanatiza a los humanos y los puede (y suele) empujar a conductas aberrantes – e incluso criminales – con la “conciencia tranquila” y “las manos limpias”. Por eso Jesús, el Señor, se enfrentó a la religión, a costa de su propia vida.

¿Tiene algo que ver todo esto con lo que le está pasando al papa Francisco? Resulta llamativo que este papa se ve rechazado, atacado y hasta odiado por los que siempre han defendido a los papas. Es en el Vaticano mismo, en la Curia de Roma, en un sector de cardenales, obispos y clero, en los grupos más integristas y conservadores, en los más aferrados al clericalismo, en tales ambientes es donde menos se soporta al papa Francisco. ¿Por qué? Exactamente por los mismos motivos por los que los notables de Jerusalén, del siglo primero, no soportaron a Jesús. Aquellos hombres soportaron al Emperador de Roma, a Herodes y a Pilatos. Lo que no fueron capaces de soportar fue la humanidad de Jesús, su preferencia por los últimos y los más desamparados de este mundo. Esto fue lo insoportable. Lo mismo en tiempos de Jesús que ahora, en nuestro tiempo.

¡Qué razón tenía Walter Benjamin! En 1921, hace casi un siglo, ya se dio cuenta de que “la religión de nuestro tiempo es el capitalismo”. El dinero nos proporciona bienestar, paz, sosiego, seguridad. ¿Nos damos cuenta de por qué la “religión más clericalista” y el “capitalismo más derechoso” son inseparables? Si entendemos esto, comprenderemos también por qué el clericalismo y sus allegados no soportan al papa Francisco.


MUSAS Vol. 2 ALBÚM COMPLETO - Natalia Lafourcade



Contenido
01. Danza de gardenias (Florecerá) - (00:00 - 04:22)
02. Alma mía - (04:28- 08:38)
03. Hoy mi día uno - (08: 40- 11:58)
04. Tus ojitos (Vals de la guardia vieja) - (12:00 - 14:50)
05. Duerme negrito - (15:00 - 19:05)
06. Luz de luna - (19:20 - 22:28)
07. Derecho de nacimiento - (22:35 - 28:10)
08. Eclipse (Ver letra) - (28:10 - 33: 10)
09. La llorona (33:19 - 40:00)
10. Desdeñosa- (40:10 - 44:00)
11. Te sigo - (44:07 - 47:30 )
12. Humanidad - (47:30 - 51:10)
13. Gavota (Instrumental) - (51:16 - 55:11)