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El tigre nica en la rebelión de abril


José Luis Rocha
www.envio.org.ni / mayo 2018

Cuentan que el 31 de mayo de 1911, cuando el dictador mexicano Porfirio Díaz estaba a punto de abordar en Veracruz el barco que lo llevaría a su exilio en París después de haber perpetrado su último fraude -el único fallido en sus más de tres décadas de gobierno- contra el Partido Antirreeleccionista liderado por Francisco Madero, emitió una de las frases más proféticas de las muchas harto memorables que se le atribuyen: “Madero ha soltado al tigre, vamos a ver si puede controlarlo.”

El tigre es el pueblo, pero no cualquier “pueblo”: es el pueblo de las revueltas, asonadas y turbulencias, capaz de excesos y acciones imposibles de vaticinar como la Primavera árabe, la caída del muro de Berlín, el derrocamiento del Sha de Irán en cuestión de horas, las masivas deserciones del ejército del Zar que precedieron a la Revolución de Octubre… No hubo sibila ni analista social capaz de otear los síntomas previos de estos levantamientos en un horizonte que hasta la víspera lucía despejado. Por eso la historiadora Theda Skocpol sostiene que las revoluciones no se producen, simplemente ocurren.

EL TIGRE PARECÍA ALETARGADO

El tigre nica parecía reposar en prolongado letargo. Algunos hablaban de la fatiga de la guerra de los 80. De la apatía política de las nuevas generaciones de jóvenes. Otros de la decadencia y cooptación de los movimientos sociales. En todo caso, es un hecho que los nicaragüenses resistimos la subida del IVA al 15% y otras reformas fiscales impopulares, desde 2008 no menos de cuatro fraudes electorales, al iniciar el siglo 21 un pacto de villanos entre el FSLN y el PLC, los dos partidos políticos más fuertes. Resistimos la inconstitucional reelección consecutiva de Ortega, la persecución de las ONG y el desmantelamiento de la independencia de los poderes del Estado sin serias conmociones, aunque no sin protestas y propuestas.

Los cuatro gobiernos de la posguerra civil de los años 80 (doña Violeta, Alemán, Bolaños, Ortega), de muy diverso cuño cada uno, tuvieron un denominador común: al turismo y a la inversión extranjera les vendieron a Nicaragua como un remanso de paz, en marcado contraste con el triángulo norte de Centroamérica. Hasta ahora, cuando alguien o algo soltó al tigre en Nicaragua. O el tigre saltó porque le tocaron los huevos.

“NO TE VAMOS A DEJAR EN PAZ A VOS…”

¿Cómo le tocaron los huevos al tigre? Todo empezó con las protestas que suscitó el negligente manejo que todas las entidades estatales, que funcionan a una sola voz centralizada, hicieron del incendio en la reserva Indio-Maíz, que se comió más de cinco mil hectáreas de bosque. El incendio forestal empezó a propagarse como incendio político a todo el país cuando jóvenes universitarios se manifestaron, protestaron y fueron vilipendiados por Edwin Castro, jefe de la bancada del FSLN en la Asamblea Nacional y ya ex-profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Centroamericana (UCA) de Managua.

A los insultos del diputado (“ambientalistas de computadora, que tratan de lucrarse de la desgracia”), un grupo de estudiantes respondieron irrumpiendo en su clase el jueves 12 de abril y, al grito de consignas, uno de ellos a horcajadas sobre una ventana a modo de exótico podio, dieron lectura a un comunicado en el que le advertían “¡No te vamos a dejar en paz ni a vos ni a ninguno!”. Otras le gritaron “corrupto, ladrón y sinvergüenza”.

EL TIGRE SALTÓ CON RABIA A LAS CALLES

La grabación de este episodio se multiplicó en las redes sociales. Algo se había quebrado. ¿Qué se rompió? Un tabú. Edwin Castro fue el primer funcionario del régimen en recibir un repudio explícito en un ámbito que seguramente consideraba como un coto vedado a sus adversarios. Ocurrió lo impensable e impracticable. Y ese reporte audiovisual se diseminó como semillas de ceibo.

Cuatro días después, con los rescoldos aún humeantes del encontronazo con Castro, vino la aprobación sin consenso de las reformas a la seguridad social: 5% de reducción mensual de las pensiones y un aumento de las cotizaciones desde el 6.25% al 7% para el trabajador y del 19% al 22.5% para el empleador.

Fue el inicio inmediato que rebalsó un acumulado de dos quinquenios y pico: el destape en enero de las millonarias mansiones que en Costa Rica y en España compró el presidente del Poder Electoral Roberto Rivas, el monopolio de los canales de televisión por los hijos de Ortega-Murillo, las concesiones a las empresas mineras, el monopolio en manos de la familia de las empresas que prestan servicios de salud a la seguridad social, los oligopolios del mercado de medicamentos en manos similares… Un larguísimo etcétera que llenaría tratados y enciclopedias.

El tigre saltó con rabia a las calles. Los movimientos sociales los integran los tigres. Los cambios sociales los hacen los tigres: las masas viscerales. Los reclamos de un cambio se hacen así, con las vísceras, por la sencilla razón de que los poderosos se resisten a que les arrebaten lo acumulado mediante el diálogo, las razones y las palabras persuasivas. En su libro “Redes de indignación y esperanza”, el sociólogo catalán Manuel Castells, que ha acompañado y estudiado por décadas diversos movimientos sociales -desde el de mayo del 68 en París hasta el de los indignados en España-, destaca el papel de las emociones en la política. Si el poder busca cohibir el cambio amedrentando a la población, el contrapoder logra sus objetivos cuando el tigre vence el miedo y se llena de ira y de esperanza.

EL FSLN: EN EL NUDO DE LOS EXPOLIOS

Los jóvenes ambientalistas en protestas marcaron un punto de inflexión: pérdida del miedo y hervor de la ira. La ira pudo ser canalizada porque encontró un punto de convergencia: el FSLN, en estos momentos identificado con todas las formas de expolio: el despilfarro de los recursos de la seguridad social, las mafias madereras y la deforestación, el extractivismo, incluso el narcotráfico, entre otros males acuciantes.

Sucedió ya en tiempos de Somoza. El somocismo era un sistema ligado a dinámicas supranacionales del capitalismo, que escapaban a su control y lo trascendían. En ese sentido, no era responsable exclusivo de todos los males. Pero como era un sistema bien incardinado en esas dinámicas y tenía un hombre fuerte que lo encarnaba -Anastasio Somoza-, la rabia pudo encontrar un objetivo concreto y un lenguaje sugerente y ser canalizada. El FSLN es el nudo fontal de los expolios. No es su causante exclusivo y no dudo que la mayoría de ellos existiría incluso en ausencia del FSLN, como ocurre en el resto de Centroamérica, donde son expoliadores partidos políticos que, ni en raíces ni en retórica guardan afinidad con el FSLN, si exceptuamos -y sólo hasta cierto punto- al FMLN salvadoreño.

Lo que ha sucedido en Nicaragua en las últimas dos décadas -incluso antes de asumir Ortega el poder en 2007-, es que el FSLN de Ortega les ha insuflado aliento a los expolios, les ha dado forma y los ha provisto de manos y cabezas. Además, ha aportado su particular versión de los métodos para perpetuar el sistema, una versión no enteramente original si levantamos un poco la vista para ver más allá de la Nicaragua de este 2018: usan gamberros que contienen a la oposición a morterazos, compran clientela política con cargos sin poder -pero con figuración-, entregan láminas de zinc y sacos de frijoles, proclaman un estado confesionalmentre cristiano, se autoidentifican como socialistas, y lo maquillan todo con una cosmética kitsch que abigarra con colorines las bancas de la calle, las pancartas y toda la comunicación oficial.

ASISTIMOS A UNA REVOLUCIÓN “RIZOMÁTICA”

En las calles de Managua, impregnada hasta el hartazgo por la colorida cosmética oficial, como una forma de apropiación política del espacio público, la rabia de este abril se ha cebado en los megarótulos de la pareja y particularmente en los “chayopalos”, también llamados “arbolatas”, bautizados por Rosario Murillo como “árboles de la vida”, gigantescas estructuras de hierro sembradas por toda la capital, hasta contar 140 de ellas. Son símbolos del régimen.

Sobre ellos se ha ensañado en la revuelta de abril la odiosa, pero recurrente, economía jurídica del ojo por ojo. En desquite por la negligencia con la que el gobierno enfrentó el incendio en la reserva Indio-Maíz, los manifestantes empezaron a deforestar Managua, derribando y quemando sin misericordia varios “chayopalos”, en la que llamaron “reserva Chayo-Maíz”.

El incendio político iniciado el 18 de abril se extendió a numerosos puntos de la capital y a decenas de municipios del país. El asedio al que los manifestantes fueron sometidos por policías, fuerzas antimotines y miembros de la Juventud Sandinista cobró al menos 46 muertos comprobados, con un sobresaliente desbalance en perjuicio de las fuerzas de la oposición.

Esa represión atizó la rabia y la creatividad. Provocó lo que Manuel Castells llama una “revolución rizomática”, un concepto que le fue sugerido por Isidora Chacón. De acuerdo con la Wikipedia, un rizoma es un “tallo subterráneo con varias yemas que crece de forma horizontal emitiendo raíces y brotes herbáceos de sus nudos. Los rizomas crecen indefinidamente y cada año producen nuevos brotes”. Gracias a las redes sociales, el levantamiento de abril contra el gobierno Ortega-Murillo tuvo todas esas características: horizontalidad y expansión indefinida a partir de pequeños brotes de malestar que se van conectando y produciendo nuevos brotes. Sólo la rabia acumulada fue lo subterráneo del rizoma.

AYER CON LOS ADOQUINES, HOY CON EL WI-FI

A la decisión expresa, seguida de órdenes incuestionables de Rosario Murillo, se le atribuye la dotación de wi-fi gratuito en parques y otros espacios públicos. A partir de 2014 el gobierno pobló de supercarreteras el espacio virtual.

Si había algún negocio personal tras esta generosa decisión, no lo sé. Somoza fue tapizando las calles de Managua y algunas carreteras con los adoquines que producía en la fábrica de su propiedad. Somoza el estadista le compraba adoquines a Somoza el empresario. Con el tiempo, esos adoquines sirvieron para derribar su régimen: fueron la ubicua materia prima de las barricadas insurreccionales. El wi-fi fue a la insurrección de abril lo que los adoquines a la insurrección antisomocista de hace ya cuarenta años. Las calles virtuales y las calles físicas ofrecen muchas oportunidades para comunicar horizontalmente el descontento.

¿Por qué Murillo señaló en marzo, en vísperas de la insurrección de abril, que veía un peligro en las redes sociales? En las últimas dos décadas, los jóvenes -principales usuarios de ese wifi- habían sido objeto de reproches que revelaban más las nostalgias de los analistas que los profirieron que la verdadera textura moral y política que suponían los analistas que debían caracterizar a los jóvenes.

¿ERA UNA JUVENTUD APÁTICA?

Varios estudios de un par de años atrás pintaban a la juventud nicaragüense como apática, apolítica, acomodada, no comprometida con la realidad del país… Para decirlo con el lema que socarronamente acuñó un historiador costarricense con la intención de mostrar las entretelas del giro que ha dado la cultura política, la juventud habría sustituido el aguerrido “Patria libre o morir” por el más prudente “Patria libre o lesiones menores”. Quizás ni eso siquiera concedían los estudios y análisis. La afición juvenil a las redes sociales era interpretada más como una evasión de lo nacional que como una inmersión en lo mundial. La globalidad virtual los había enajenado del país real.

Los análisis que atribuían apatía política a la juventud nicaragüense interpretaban sus actuaciones con los viejos baremos de lo que es la política: acciones políticas y recursos para la movilización social.

Análisis y estudios no se habían interesado siquiera por explorar los resortes de la sensibilidad política de la juventud, basados en un sistema de valores que no coincide exactamente con el que tuvo la juventud de los años 70. Diversas voces dijeron que hace ya cinco años, en el levantamiento de #OcupaINSS, también gestionado por las redes, lo que más conmovió a los jóvenes fue ver a ancianos jubilados apaleados por agentes de la Policía Nacional. Cuentan que lo que ahora encendió la mecha en León fue ver multiplicada en las redes cómo jóvenes de la Juventud Sandinista derribaban a un anciano hipertenso y diabético que salió a la calle a protestar porque le quitarían el 5% de su pensión. Caminaba pacíficamente con otros, cuando lo lanzaron violentamente al pavimento.

En una estrecha concepción de lo político, las denuncias que hacía la juventud en las redes sociales no eran computadas como acciones políticas. La raíz de esta ceguera fue el desconocimiento del potencial y de las formas de lucha que corresponden a los nuevos instrumentos de la era de la información, un tema al que Manuel Castells ha dedicado millares de páginas y cuyo marco teórico ha aplicado a recientes movimientos sociales.

EL CIBER-GUION DE LA REVUELTA DE ABRIL

Según Castells, el movimiento de los indignados en España “empezó en las redes sociales de Internet, que son espacios de autonomía en gran medida fuera del control de gobiernos y corporaciones que, a lo largo de la historia, han monopolizado los canales de comunicación como cimiento de su poder”.

“Compartiendo dolor y esperanza en el espacio público de la red, conectándose entre sí e imaginando proyectos de distintos orígenes, los individuos formaron redes sin tener en cuenta sus opiniones personales ni su filiación. Se unieron. Y su unión les ayudó a superar el miedo, esa emoción paralizante de la que se vale el poder para prosperar y reproducirse mediante la intimidación o la disuasión y, si es necesario, mediante la pura violencia, manifiesta o impuesta desde las instituciones. Desde la seguridad del ciberespacio, gente de toda edad y condición se atrevió a ocupar el espacio urbano, en una cita a ciegas con el destino que querían forjar, reclamando su derecho a hacer historia -su historia- en una demostración de la conciencia de sí mismos que siempre ha caracterizado a los grandes movimientos sociales”.

La rebelión de abril siguió ese guion. Las redes sociales fueron el instrumento para que los jóvenes superaran la presión que el régimen orteguista ha impuesto durante años a los medios de comunicación y la censura que impuso en abril a varios de ellos. Las redes sociales fueron también la herramienta que les hizo superar también el miedo provocado por las turbas y antimotines que han dominado durante años las calles del país.

La victoria sobre el miedo y una rabia creciente fueron el impulso para recuperar las calles, donde en once años no se había logrado escenificar un repudio tan contundente al régimen. Si los jóvenes -como dice una amiga- saltaron del Facebook al país real, la lucha saltó del ciberespacio a las calles de Managua, a las de León, a las de Masaya, a las de Bluefields… Y esa lucha en dos escenarios, el virtual y el callejero, hizo realidad lo que antes eran simulaciones virtuales: destrucción de “chayopalos”, surgimiento de nuevos líderes, incontables memes que hacían burla de Ortega y de Murillo, sentimientos de hermandad y de nacionalismo expresados en miles y miles de banderas azul y blanco, en iniciativas que quieren pintar de blanco y azul cunetas, postes, bancas, paredes... por todo el país.

SIN VANGUARDIA Y SIN PARTIDOS

En el ciberespacio se imaginó y se llegó a planificar lo que después se ejecutó en los espacios físicos. En un círculo virtuoso continuo, los acontecimientos de las calles fueron reflejados y magnificados por las redes sociales, dignificados por las reelaboraciones audiovisuales y agigantados por obra de una especie de megáfono nacional y global.

Las redes sociales fueron la plataforma desde la cual, en cuestión de un par de días, ciudadanos sin poder que hasta entonces habían llevado una vida inocua para el régimen, se proyectaron como líderes legendarios: la resistencia del pueblo monimboseño y el Comandante Monimbó (Fernando Gaitán, también apodado Comandante Caperucita), los comerciantes del mercado de mayoreo que amenazaron a las turbas con sus pistolas, los estudiantes atrincherados en la UPOLI que fueron entrevistados en CNN, la resistencia en cientos de videos de los barrios que rodean esa universidad y el rap “Plomo” con el que Erick Nicoyas González sintetizó la épica jornada y encendió los ánimos, entre otras muchas manifestaciones, personajes y exabruptos de la revuelta, que primero dieron la vuelta al mundo en las redes sociales y aparecieron después en los medios de comunicación tradicionales y en los internacionales.

Las redes sociales posibilitaron que ésta fuera una rebelión sin vanguardia, con todas las virtudes y los inconvenientes que esa condición lleva aparejados. La gran virtud es que fue una revuelta de gente común y corriente, no de militantes de partidos o de movimientos sociales establecidos. La revuelta del tigre nica coincide con la de los indignados en España y con los movimientos del Medio Oriente por su no identificación partidaria y por no tener representación. También, por dos carencias llamativas: sin dinero y sin miedo.

RECUPERANDO COLECTIVAMENTE EL ESPACIO PÚBLICO

Contra la idea generalmente aceptada de una globalización digital fuera del espacio y las fronteras, Frédéric Martel sostiene que, “por sorprendente que pueda parecer, Internet no suprime los límites geográficos tradicionales ni disuelve las identidades culturales ni allana las diferencias lingüísticas, sino que las consagra”.

El uso que los jóvenes hicieron de las redes sociales durante la revuelta callejera/virtualera fue una muestra de cómo el sentido del humor nicaragüense era una magnífica herramienta de lucha y un instrumento para informar a la comunidad internacional sobre lo que estaba sucediendo en el país.

Proliferaron los memes, audios y videos imitando la parsimoniosa voz de Daniel Ortega, quien reitera una y otra vez las mismas palabras. No escasearon las fotografías de Rosario Murillo en pose, atuendo y frases de bruja. Cuando dio inicio la campaña de quema y tala de los “chayopalos”, se hizo célebre la fotografía de la vicepresidenta ardiendo entre llamas y exclamando que perdía poder a medida que sus “árboles” iban siendo abatidos.

La irreverencia del Güegüense brotó a borbollones. Lo hizo con solemnidad y con procacidad. Lo hizo primero en los espacios virtuales, donde los jóvenes profanaron todos los símbolos del sandinismo new age, saturado de colorines y rótulos de la pareja. Lo hizo luego en las calles, donde jóvenes universitarios, trabajadores y desempleados, adultos de clase alta, media y baja, fundidos en las rotondas y plazas en un crisol interclasista y equipados con sierras eléctricas, derribaron gran parte de la iconografía de la Managua “amurillada”, genial término con el que Mónica Baltodano se refiere al ascendiente que a partir de 1998 comenzó a ganar Rosario Murillo dentro del FSLN, en un texto publicado por Envío en 2014, en el que la comandante guerrillera enumera las mutaciones experimentadas por el partido rojinegro.

La recuperación de los espacios públicos -que el régimen de Ortega hiperpolitizó- se expresó en los días de abril, y aún después, a veces con meticulosidad de hormiga, a veces con impetuosidad de tsunami, siempre como una tarea ineludible para minar el poder, expresar el contrapoder, aterrizando desde el etéreo espacio digital hasta el territorio geográfico.

¡QUE VIVAN LOS ESTUDIANTES JARDÍN DE NUESTRA ALEGRÍA!

Hay otro rasgo de las luchas sociales de este tiempo que también consagra lo local al tiempo que lo proyecta globalmente. Es un rasgo cuyas implicaciones van más allá de ese polo en lo tradicional local, aunque sea ése su punto de partida. Es el uso de la tradición revolucionaria.

Los jóvenes, ellos y ellas, recurrieron desde el primer día de la protesta por Indio-Maíz, emprendieron esa suerte de impugnación popular a Edwin Castro en las aulas de la UCA, recurrieron a consignas extraídas de la alforja revolucionaria: “¡Alerta, alerta que camina, la lucha ambientalista por Indio-Maíz!”, corearon los estudiantes al aproximarse al aula del diputado-catedrático.

En las marchas que siguieron es frecuente escuchar: “El pueblo unido, jamás será vencido” y las canciones que los Mejía Godoy compusieron en los años 70 para narrar, orientar y alentar los movimientos sociales contra Somoza. “¡Que vivan los estudiantes!”, de Violeta Parra y otras canciones de Los Guaraguao han sido usadas durante años en todos los actos del FSLN.

Ahora, estas mismas canciones han vuelto a ser entonadas, con mucha más propiedad y pertinencia, por estudiantes en rebeldía contra un régimen que los reprime, por estudiantes que en verdad “son aves que no se asustan de animal ni policía”… o que sí se asustan, con justa razón, pero que los enfrentaron.

EL SALTO DEL TIGRE

El tigre se mueve cómodo en los espacios virtuales y desde ahí saltó a las calles. Lo sorprendente es que ese tigre haya recurrido a la tradición revolucionaria para dar concreción local a su lucha. O quizás para legitimarla ante cierto auditorio. A este uso de la tradición le llamo -siguiendo a Marx- “el salto del tigre”.

Marx escribió que la revolución era un salto del tigre hacia el pasado. Walter Benjamin, en “Tesis de filosofía de la historia” desarrolló esa idea: “Para Robespierre la antigua Roma era un pasado cargado de ‘tiempo actual’ que él hacia brotar del continuum de la historia. La Revolución Francesa era entendida como una Roma restaurada. La revolución repetía a la antigua Roma tal como la moda a veces resucita una vestimenta de otros tiempos. La moda tiene el sentido de lo actual, dondequiera que sea que lo actual viva en la selva del pasado. La moda es un salto de tigre al pasado. Pero este salto se produce en un terreno donde manda la clase dominante. El mismo salto, bajo el cielo libre de la historia, es el salto dialéctico, en el sentido en que Marx comprendió la revolución”.

Obviamente, los jóvenes no proponen un retorno al pasado. En ningún momento han expresado una idealización del pasado sandinista. Pero el giro que proponen se viste de pasado para poder avanzar hacia un futuro que no repita este presente.

Hay por lo menos dos razones para “hablar y cantar en pasado”. En primer lugar, porque necesitan arrebatarle la antorcha de la izquierda al FSLN. Así se han presentado ante el pueblo de Nicaragua y ante la comunidad internacional, donde todavía quedan muchos comités de solidaridad trasnochados que engullen, con cáscara y semilla, toda la retórica del FSLN y no le dan seguimiento a sus abusivas políticas neoliberales.
En segundo lugar, cantan el pasado porque han escuchado esas historias en sus casas, de boca de sus abuelos y padres, y porque intuyen que deben hablar en un lenguaje comprensible a los adultos para organizar la revuelta en términos de revuelta. Por medio de ese lenguaje pueden eludir la ambigüedad y no dejar margen de duda sobre sus propósitos.

La rebelión de abril es un pasado cargado de tiempo actual o un tiempo presente pletórico de simbología del pasado. Por eso resultó tan significativo el estallido en Monimbó, el emblemático barrio indígena de Masaya, que inició con una marcha pacífica de los pensionados y que se convirtió en una resistencia a las fuerzas orteguistas desde las barricadas, una rebeldía que dejó cuatro muertos y decenas de heridos. Los monimboseños han sido pioneros en la lucha, su rebeldía fue el detonante de la lucha antisomocista y lo fue ahora de la lucha anti-orteguista. Por eso también hablar de Movimiento “19 de abril”, evocando el 19 de julio. Por eso, la insistencia en corear “¡Daniel y Somoza son la misma cosa!”. Las redes sociales han sido un instrumento global formidable para expresar la lucha en términos de un pasado local.

ACELERADA CONSTRUCCIÓN DEL SENTIDO COMÚN

Otro ámbito en el que las redes sociales jugaron fueron claves en la revuelta de abril fue el de la construcción de una especie de consenso acelerado. El proceso se desarrolló grosso modo así: la cúpula empresarial agremiada en el COSEP emitía un comunicado convocando a una marcha, el comunicado circulaba en cuestión de minutos de whatsapp en whatsapp, luego circulaban comentarios o rechazos o burlas, incluso algún artículo de análisis… y en pocas horas estaba constituido un veredicto sobre qué es lo que tramaban los empresarios o qué es lo que tal vez sabían ellos... Al final, la marcha no fue de los empresarios, fue de todo mundo, una megamarcha nunca vista antes en Managua.

Tenía efecto así una especie de construcción vertiginosa de sentido común. Le llamo así porque el problema y los juicios, aunque no carecían de matices, empezaban siendo formulados en una babel de opiniones y terminaban siendo expresados básicamente en los mismos términos.

Sucedió así con la conclusión más importante que se sacó al humo de los fusiles: después de más de 40 muertos no estamos situados en el mismo punto y no basta con dar marcha atrás a las reformas a la seguridad social. Nicaragua no es la misma y éste ya no es un asunto de “un” problema y una errada política puntual. Es una saturación de problemas que han puesto en cuestión todo el sistema político.

CAMBIÓ EL PAÍS, HAY QUE CAMBIAR EL SISTEMA

A este giro, a este “cambio de país”, a esta conclusión, se arribó por medio de la combinación de la sensibilidad juvenil por múltiples causas y del uso de las redes sociales. Ambas permitieron partir de lo que Ernesto Laclau llamó la lógica de la diferencia y aproximarse a la lógica de la equivalencia.

Los jóvenes empezaron con demandas sociales que podían haber sido respondidas y reabsorbidas una a una por el sistema (un incendio forestal mal gestionado, necesarias reformas a la seguridad social…), pero pronto se colocaron -al menos en su clímax- en la ruta para derivar en reclamos que suscitan o establecen una relación de solidaridad con otras demandas y que por eso han sido -o pueden convertirse en- una demanda contra todo el sistema.

El hecho de que el FSLN de Ortega-Murillo encarne el sistema facilita mucho la convergencia de las múltiples luchas en una sola. Ortega quiso retornar a la lógica de la diferencia y responder a una de las demandas individuales (la reforma a la seguridad social), pretendiendo no percatarse de que las redes sociales -vehículo de denuncia de los asesinatos y las torturas- posibilitaron el salto hacia la lógica anti-sistémica de la equivalencia.

Ese salto fue posible por medio de reflexiones rizomáticas que circularon por las redes y que se fueron colando en las conciencias hasta formar un conocimiento también rizomático: horizontalidad y expansión indefinida a partir de pequeños brotes de malestar, que se suman al punto de partida original. El gobierno Ortega-Murillo se empeña en seguir operando como antes, como si no se hubiera formado ese sentido común que nos situó en la lógica de la equivalencia. Desde esa monumental ignorancia está armando una estrategia que sólo podría conducir a un mayor derramamiento de sangre.

LA VOZ DE LOS OBISPOS

Desde el inicio de la revuelta, y en medio del vacío de voces creíbles, la voz del episcopado católico emergió como la voz del principal actor político. El rechazo a los políticos de carrera fue tácito pero contundente durante la revuelta de abril. La fuerza moral de obispos y párrocos no debe dejar de abrevar en el pozo de la sangre derramada. De ahí obtendrá más fuerza. La intolerancia a la barbarie cometida debe ser nuestro sello nacional y la iglesia católica tiene una tradición martirial que le permite extraer esperanza del sacrificio.

La iglesia católica se erigió con autoridad en el gran personaje de este drama a partir de las decididas y lúcidas declaraciones con que el obispo auxiliar de Managua Monseñor Silvio Báez analizaba la actuación represiva del gobierno y a partir de llamar a los jóvenes rebeldes “la reserva moral de la nación”.

Selló la iglesia católica su ascenso a un rol estelar asumiendo la mediación del diálogo nacional y convocando a una torrencial marcha -la más concurrida de todas hasta la fecha- el sábado 28 de abril.

A todas luces, aunque preñada de símbolos religiosos, fue una procesión con un incuestionable peso político. Y por esa misma razón fue un mentís al matrimonio FSLN-Catolicismo que Ortega y Murillo han procurado sugerir en los más solemnes actos oficiales mediante la reiterada aparición del ex-arzobispo de Managua y cardenal Miguel Obando y Bravo, su cardenal de bolsillo. A partir de ahora, decenas de miles expresaron que el catolicismo se desmarca del orteguismo.

Prominentes líderes evangélicos se han mantenido al margen, una forma de autoexcluirse de la revuelta. El pastor de Hosanna, la megaiglesia neopentecostal más grande y opulenta de Nicaragua, en su alocución del domingo 29 de mayo dejó clara su resistencia a lanzar un polo a tierra cuando emitió la que fue su declaración presuntamente más beligerante: “¡Hay que pedir la intervención directa de Dios!”

En ese contexto, la iglesia católica -con la ventaja de una estructura piramidal de la que carece la miríada de denominaciones evangélicas- emerge como el principal interlocutor con institucionalidad sólida.

EL TIGRE ESTÁ INQUIETO

Desde que se silenciaron los fusiles de los antimotines, desde que la gente marchó por centenares de miles en las calles, en la marcha convocada por los empresarios y en la de cinco días después convocada por los obispos católicos, desde que comenzó a organizarse el diálogo nacional, el tigre sigue inquieto.

La fuerza movilizadora de los estudiantes es el corazón del tigre que aterró al orteguismo durante una semana. El tigre sigue inquieto y amenaza con volver a las calles si no se le concede la renuncia de Ortega y de Murillo, sólo una de sus peticiones.

El tigre no tiene una cabeza visible. Ésa es una debilidad, aunque también una fortaleza porque priva al orteguismo de la oportunidad de abatirlo de un mazazo. Las redes sociales le resuelven al tigre el problema de la comunicación y le abrieron incluso el chance de actuar con la simultaneidad que solía ser típica de los movimientos sociales bien articulados. Pero eso no le resuelve al tigre los vacíos de representatividad y de organicidad. Es posible que las redes sociales sigan supliendo este vacío mediante la acelerada construcción de sentido común en cuestión de minutos, pero esa construcción puede no ser operativa en una mesa de negociaciones, donde Ortega y Murillo buscarán cómo empantanar las pláticas y marear al tigre.

EL TIGRE PODRÍA DESESPERARSE

El tigre podría desesperarse y retornar a jugarse el pellejo a las calles, cuyo monopolio arrebató al orteguismo, pero donde el orteguismo tiene capacidad de seguir enfrentándolo con aquel grupo que Marx llamaba lumpen-proletariado, fuerza que constituyó en el París del siglo 19 el grupo de choque de Luis Napoleón Bonaparte contra las masas revolucionarias.

Tendríamos así en Nicaragua, y como consecuencia de la revuelta de abril una nueva modalidad de lucha de clases: el estudiantado -económicamente diverso, pero con hábitos y aspiraciones de estratos medios- versus los muchachos de los barrios marginales que no tienen acceso a la educación superior y que ven en los universitarios a un grupo privilegiado y en un ascenso social que a ellos se les niega. Un enfrentamiento así se debe evitar a toda costa.

¿Qué pedirle a los actores que irán al diálogo? El empresariado y la jerarquía católica deberían llegar a fondo y no quedarse en medias tintas. Justicia incondicional. Paro nacional, si fuera preciso. Llegó la hora de olvidarse de la bolsa y de dejar de ser arrastrados por el pundonor.

Los obispos no deben hablar con mesura. Hacerlo es una burla a las vidas perdidas. El empresariado tiene que decidir si la estabilidad que ansía la puede conseguir mediante el continuismo de su romance con Ortega o mediante una ruptura con ellos y su decidido apoyo a quienes luchan por defenestrarlo. Su fuerza económica puede amedrentar no sólo al gobierno, sino sobre todo al ejército, que cuida sus intereses corporativos y que será, en última instancia, el principal bastión donde se juegue la continuidad o la derrota.

¿QUÉ NECESITA EL TIGRE?

El tigre necesita organicidad y liderazgo. Uno novedoso y rotativo, de donde no emerja el nuevo Daniel Ortega o el próximo Jasser Martínez. Necesita creatividad para no dejarse provocar, para construir un liderazgo no caudillista y para innovar con otras formas de lucha, dejando a un lado la “guerra de marchas”. Pero no debe abandonar las calles que con tanto coraje recuperó para el derecho a disentir.

Si se enfrasca en luchas intestinas y se ahoga en los protagonismos individuales, perderá lo que ha sido hasta el momento su fuerte: su ubicuidad, su construcción rizomática de sentido común en cuestión de minutos, su capacidad de sintetizar desde la lógica de la diferencia hacia la lógica de la equivalencia. Debe seguir explotando las virtudes del espacio virtual para mantener el físico, en lugar de permitir que las mezquindades que surgen en el aterrizaje local paralicen la ingravidez y elocuencia que ha mostrado en el ámbito digital.

La dispersión de energías y la falta de organicidad de quienes protestan no permiten vaticinar el derrotero de esta lucha. Intentando desmarcarse de la propuesta del COSEP, que hace una semana se tenía por bien pagado con que Ortega diera marcha atrás en las reformas en seguridad social, un grupo de los varios grupos de estudiantes universitarios dieron a conocer un pliego de peticiones donde reclaman la investigación de los asesinatos y la sanción a los asesinos, la destitución inmediata de todos los alcaldes, de otros funcionarios públicos y de los jefes de la policía que protegieron a los vándalos en contra de los estudiantes, el restablecimiento de una plena libertad de expresión, la libertad de los encarcelados por manifestarse, la independencia de los poderes del Estado, la investigación del enriquecimiento ilícito de los funcionarios públicos para que devuelvan lo robado, la renuncia inmediata de Daniel Ortega, Rosario Murillo y todo su gabinete y la convocatoria a elecciones libres y anticipadas.

EL TIGRE DEBE SEGUIR AL ATAQUE O AL ACECHO

Hay que volver a esta propuesta, incluso ampliarla. Si pasamos revista a los múltiples expolios que padece Centroamérica, veremos que la flexibilidad laboral, el extractivismo, la hipoteca de la soberanía alimentaria y tantos otros agravios a la soberanía son comunes a todos los países del istmo. No están ligados únicamente al FSLN.

Esta generalizada situación regional es la que puede hacer que las más de 40 muertes corran el riesgo de ser anécdota, una nota a pie de página en una historia que conservará las líneas generales de un guion donde -ojalá no lo descubramos más tarde- el FSLN era un actor importante pero contingente. Por eso el tigre debe seguir siendo exigente. Y caso de no quedar satisfecho, debe seguir al ataque o al acecho, listo para saltar hacia el pasado y para adueñarse del futuro.


INVESTIGADOR ASOCIADO DEL INSTITUTO DE INVESTIGACIÓN Y PROYECCIÓN SOBRE DINÁMICAS GLOBALES Y TERRITORIALES DE LA UNIVERSIDAD RAFAEL LANDÍVAR DE GUATEMALA Y DE LA UNIVERSIDAD CENTROAMERICANA “JOSÉ SIMEÓN CAÑAS” DE EL SALVADOR.

África en un espejo chino



Según la ONU, de los cuarenta y ocho países más pobres del mundo, treinta y seis son africanos. Nigeria, República Democrática del Congo, Mali, Burundi, República Centroafricana, Somalia, Sudán del Sur y Libia son los países con guerras y conflictos abiertos, y, además, se viven situaciones muy críticas en Sudán, Eritrea y Mozambique. África: un continente de mil doscientos millones de habitantes, la mayoría menores de treinta años (en cuarenta países, el cuarenta por ciento de la población tiene menos de veinte años), con casi la mitad en situación de pobreza, con varias guerras en curso y una sangría de jóvenes que, jugándose la vida, atraviesan el Sahel y el desierto intentando alcanzar Europa.

Y, sin embargo, África se mueve: el 21 de marzo de 2018, 44 de los 55 países que integran la Unión Africana se reunieron en Kigali, Ruanda, para firmar el Tratado de Libre Comercio Africano (AfCFTA, en inglés). Nigeria, la mayor economía africana, quiere examinar cuidadosamente las consecuencias del acuerdo antes de adherirse, así como Sudáfrica y Uganda. Ese Tratado es una de las iniciativas de la Agenda 2063 de la Unión Africana.

Estados Unidos, que contempla el despegue asiático y el fortalecimiento chino, no quiere perder pie en África ante Pekín. En agosto de 2014, Obama impulsó una cumbre USA-África en Washington, a la que asistieron presidentes de cuarenta y siete países africanos: era un claro mensaje de que Estados Unidos no iba a resignarse a los cambios que llegan de oriente e iba a disputar a China su presencia en el continente negro.
Obama lanzó también el plan Power Africa para llevar electricidad a algunas zonas del Sahel, y visitó Kenia y Etiopía, para hacer frente a la creciente actividad china: desde 2010, China se ha convertido en el principal socio comercial de África, superando a Estados Unidos, hasta el punto de que algunos estudios consideran que el intercambio comercial de China con África ya duplica al estadounidense-africano.

La preocupación norteamericana llevó al Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes a aprobar, en marzo de 2018, una investigación sobre los planes de China para “reforzar su poder militar y económico en África”. En 2018, el gobierno de Xi Jinping tiene previsto realizar en Pekín el Foro de cooperación China-África, el mayor encuentro sobre colaboración económica, que reunirá a todos los países del continente. El anterior Foro se celebró en Johannesburgo, Sudáfrica, en 2015, y supuso un nuevo impulso a la colaboración entre China y África.

Todo ello, cuando la Unión Africana, que reúne a todos los países africanos, ha definido la Agenda 2063, un ambicioso programa de desarrollo a cincuenta años vista, basado en proyectos previos como el Plan de Acción de Lagos, el Programa de Integración Mínima, el Programa de Desarrollo de Infraestructura en África (PIDA), el Tratado de Abuja o el Programa de Desarrollo Agrícola Integral de África (CAADP). Los desafíos son ingentes.

África enfrenta el problema del desarrollo y la corrupción, además de las guerras y hambrunas: la trigésima cumbre de la Unión Africana en Addis Abeba, celebrada en enero de 2018, puso el acento en la lucha contra la corrupción y en el impulso al desarrollo, y la asociación con China es la apuesta de futuro de muchos países, basada en el concepto de “beneficio mutuo” con que Pekín fomenta su colaboración estratégica. China está construyendo infraestructuras por todo el continente, y es capaz de ofrecer tecnología, equipos sofisticados, una eficaz logística, financiación, y expertos en todas las actividades económicas, sin que, a diferencia de Estados Unidos o Francia, exija contrapartidas políticas, diplomáticas y militares.

A corto plazo, las prioridades para África son la seguridad alimentaria, la eliminación del hambre y el control de enfermedades, así como la pacificación del continente y la intensificación del desarrollo económico. Para todos esos objetivos, África ha puesto sus ojos en China. Nigeria, Etiopía y Egipto, son los tres gigantes demográficos africanos; por su economía son los mismos, con Etiopía cediendo su lugar a Sudáfrica. Históricamente, el continente africano ha sido una fuente de recursos naturales para los países capitalistas, que no han dudado en instigar guerras y enfrentamientos para conseguir sus propósitos.

La competencia entre China y Estados Unidos va acompañada de acusaciones y propaganda: Washington (como si su trayectoria en el último siglo, en todo el mundo, hubiera estado presidida por la solidaridad y la colaboración y no por el más descarnado imperialismo) acusa hoy a China de llevar a cabo una política “extractiva” en África, al tiempo que la prensa conservadora y los intelectuales a su servicio acusan a China de “imperialista”.

Es el reflejo del miedo: la alarma ante los cambios en el continente africano llevó a Thomas Waldhauser (general de marines y feroz veterano de Afganistán e Iraq, nombrado jefe del USAFRICOM de Stuttgart en 2016) a advertir a Ismail Omar Guelleh, presidente de Djibuti, sobre las “cosas que China no debería hacer en su país”. No fue la primera acusación norteamericana, ni mucho menos: desde hace años, su diplomacia siembra sospechas y propaga falsas acusaciones para dañar la actividad china, y el propio Tillerson, en su reciente gira por América Latina, señalaba a Pekín como autor de “injustas prácticas comerciales”, y advertía a los países latinoamericanos del peligro de la “excesiva dependencia” de sus relaciones con China.

Como si América Latina no hubiese padecido el viejo imperialismo de Washington y sus sanguinarias imposiciones, el secretario de Estado, apuntando a China, afirmó: “En América, se extiende la amenazante sombra de China y Rusia”, y “América Latina no necesita nuevos poderes imperiales que sólo miran su interés. Estados Unidos es distinto: no buscamos acuerdos a corto plazo con beneficios desiguales, buscamos socios".

En África, Estados Unidos mantiene las mismas acusaciones: por boca de su secretario de Estado, se convertía así en un sorprendente, preocupado y solidario país que vela por la equidad y la justicia en el mundo. Lástima que para el relato de Tillerson la trayectoria norteamericana no le ayudase precisamente a hacer creíble su preocupación: la manifiesta injerencia estadounidense, con invasiones, guerras, golpes de Estado, presiones e imposiciones a numerosos países (de Afganistán a Venezuela, de Iraq a Honduras, de Siria a Brasil, de Corea a Libia), no ya en América Latina y en África, sino en todo el mundo, ponía en tela de juicio sus generosas palabras y su preocupación por los países latinoamericanos y africanos. Tal vez sin percatarse, esas acusaciones norteamericanas a China eran el acta notarial del retroceso occidental en África y del aumento del prestigio chino.

La diplomacia norteamericana y sus instrumentos de propaganda han jugado, además, con el equívoco, sugiriendo que el centro logístico chino que se construye en Djibuti como punto de apoyo para los buques que combaten a la piratería en el cuerno de África es una base militar, extremo completamente falso; sin olvidar que Estados Unidos y algunos de sus aliados, como Francia y Japón, disponen de bases militares en Djibuti. El enclave tiene una enorme importancia estratégica. Por el estrecho de Bab el-Mandeb pasa la ruta que comunica con Europa por el norte, y, hacia el este, por el golfo de Adén, la ruta marítima más importante que comunica África con Asia: Pekín quiere mantener seguras sus vías de transporte y, además, garantizar la salida del petróleo que Sudán y Sudán del Sur exportan a China, que sale por el Mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb. Por Djibuti pasa también una de las rutas de contrabandistas, y de inmigrantes, sobre todo etíopes y somalíes, que quieren dirigirse a Arabia a través del Yemen, pese a la guerra.

La influencia occidental en África sigue siendo indudable: Francia mantiene una considerable presencia en los países que formaron las viejas África occidental francesa y África Ecuatorial francesa, y la Unión Europea ha incrementado la ayuda militar a los países del Sahel (Chad, Níger, Mali, Níger, Burkina Fasso y Mauritania), con más cien millones de euros, y ha conseguido que Arabia contribuya con otros cien millones. Desde 2014, con la “migración ilegal” y la “seguridad” en el centro de sus preocupaciones, la Unión Europea aportará, en seis años, cuatro mil millones de euros. Francia, vieja metrópolis, tiene unidades militares destacadas en Chad, Burkina Fasso, Níger y Costa de Marfil, entre otros países de la zona, como en los años de la Françafrique, y Hollande intervino militarmente en Mali en 2013, con la excusa de hacer frente al terrorismo y para “defender a ciudadanos franceses”, aunque detrás estaban los intereses de la multinacional francesa de energía nuclear Areva, denominada ahora Orano. En 2018, París tiene cuatro mil militares destinados en Mali.

Por su parte, Estados Unidos cuenta con sólidas bazas en todo el continente, tanto por su despliegue militar e influencia diplomática como por la actuación de sus multinacionales, y sus servicios de inteligencia son muy activos, aunque ello no les evite fracasos clamorosos como en Mali. Washington tiene como prioridades en África mantener abiertas y bajo control las vías de navegación en el Mar Rojo y en el estrecho de Suez, y en el cuerno de África (donde coincide con China en su lucha contra la piratería), la alianza con Marruecos y Egipto y el control del Magreb, además de la explotación de los recursos del continente, al tiempo que intenta dificultar la colaboración económica de China con los países africanos; en segundo plano, pretende controlar la evolución del sur de África (Mozambique, Sudáfrica, Zimbabwe), combate a grupos yihadistas y busca la estabilización política del Sahel y del corazón de África para facilitar la actuación y los intereses de los grupos económicos norteamericanos.

Por su parte, China, que estableció relaciones con África en los años sesenta, hasta finales del siglo XX no dispuso de la fortaleza necesaria para estar presente en todo el continente. Desde entonces, aplicando su cautelosa política de fortalecer su economía mientras establece acuerdos estratégicos de colaboración y desarrolla una política exterior de fomento de la paz, ofrece proyectos de infraestructuras ferroviarias, construcción de carreteras, puertos, aeropuertos y ciudades, mientras refuerza lazos diplomáticos y compra materias primas para su industria.

Aunque China impulsa sobre todo la colaboración económica, no descuida la relación política: en noviembre de 2017, sesenta dirigentes de partidos políticos africanos, de más de veinte países, se reunieron en Pekín con dirigentes del Partido Comunista Chino, para abordar criterios de gobierno, mecanismos de aplicación de un desarrollo económico sostenible, e iniciativas para la defensa de la paz en el mundo. China quiere paz y estabilidad: sabe que son imprescindibles para su propio desarrollo.

A su vez, Rusia, que perdió la influencia de los años soviéticos, ha iniciado una discreta colaboración económica con empresas mineras en Nigeria, Angola, Namibia y Sudáfrica, además de proyectos agrícolas en Namibia. También el nuevo presidente de Zimbabwe (Emmerson Mnangagwa, que sustituyó a finales de 2017 a Robert Mugabe, forzado a dimitir por el ejército), se ha mostrado cercano a Moscú, con quien quiere mantener la colaboración en seguridad y defensa. En Egipto, Rusia ha firmado además la construcción de una central nuclear en Al Dabaa, en el mayor contrato de la reciente historia rusa, que será la más moderna y con mayor capacidad de África. Además, en 2017, consiguió iniciar la cooperación con Sudán en la energía atómica de uso civil, y Jartum y Moscú firmaron un acuerdo, a finales de año, para construir una central nuclear; pero el papel desempeñado por Rusia es secundario en África.

África padece hoy una sucesión de peligrosos conflictos en algunos países, que conviven con esperanzadores cambios en otros. En diciembre de 2012, empezó la guerra en República Centroafricana, y, al año siguiente, en diciembre de 2013, la guerra en Sudán del Sur, que continúa. El embargo de armas decretado por Estados Unidos ha hecho que Yuba llamara a consultas a su embajador en Washington, y a presentar una protesta formal por la intervención de Nikki Halley en el Consejo de Seguridad de la ONU criticando al gobierno de Salva Kiir. Estados Unidos presiona a Sudán; interviene en la guerra civil de Sudán del Sur, quiere controlar a Kenia, que padece fuertes ofensivas terroristas del yihadismo musulmán; observa a una Eritrea aislada; a Yibuti, donde China ha abierto su base logística; y a Somalia, convertida en un Estado fallido, donde los drones y aviones norteamericanos bombardean con frecuencia.

Al otro lado del cuerno de África, prosigue la guerra en Yemen, con Washington utilizando el brazo ejecutor de Arabia para hacer frente a Irán. De hecho, en esa gran región, africana y asiática, a caballo del mar Rojo, coinciden tres de las cuatro crisis humanas más graves que, según la ONU, afronta el planeta: Yemen, Sudán del Sur, Somalia y Nigeria.
El norte de África vive años convulsos. El derrocamiento de Gadafi en 2011, después de una sangrienta intervención de la OTAN, con Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia como protagonistas, dio paso a un caos en el país que no ha terminado, siete años después. Obama saludó alborozado la noticia del asesinato de Gadafi, pero Estados Unidos comprobó que su intervencionismo tiene costes: en septiembre de 2012, su representación en Bengasi fue atacada y cuatro diplomáticos murieron: Hillary Clinton tuvo serios problemas con el Congreso por ese asunto. En agosto de 2013, Estados Unidos evacuó diecinueve embajadas y oficinas de representación en el norte de África y en Oriente Medio: el Pentágono temía una oleada de atentados terroristas, hasta el punto de que, en mayo de 2014, Washington envió barcos de guerra a las costas libias.

El caos posterior a la caída de Gadafi llevó inestabilidad a buena parte del Sahel: en Mali, Mauritania y Níger, grupos de combatientes armados que lucharon en Libia se han reconvertido y actúan en la zona; además, los tuaregs, que prescinden de fronteras y países, han conseguido más armas y son una fuerza que no puede obviarse y que opera sobre todo en Mauritania, en el norte de Mali, en el sur de Argelia y en Níger. De hecho, el caos provocó la caída del presidente de Mali, Amadou Toumani Touré, en el golpe de Estado de marzo de 2012, que fue dirigido por Amadou Haya Sanogo, un militar formado y entrenado en Estados Unidos, cuyos servicios secretos, sin embargo, no supieron prever la acción de Sanogo y despilfarraron el dinero del programa norteamericano, según publicó el New York Times en enero de 2013: Estados Unidos estuvo entrenando a soldados que, después, se pasaron a sus enemigos. Esa situación llevó a los tuaregs, que habían mantenido buenas relaciones con Gadafi, a proclamar el Estado islámico de Azawad en una zona de casi un millón de kilómetros cuadrados.

El Movimiento Nacional para la Liberación de Azawad (MNLA) de los tuaregs es la organización que impulsó esa proclamación. Estados Unidos se vio obligado a dejar paso a Francia, pese a la rivalidad entre ambos países por hacer prevalecer su influencia en la región del Sahel: Hollande envió tropas a Mali en enero de 2013. La crisis culminó en septiembre de 2013 con la elección de Ibrahim Boubacar Keïta, un veterano político que ha llevado a su partido a participar como observador en la Internacional socialista. La acción de grupos yihadistas en todo el Sahel, conectados con Daesh o actuando con autonomía, ha añadido complejidad y peligro al continente africano. En la región, operan organizaciones que se dedican al transporte de drogas, al contrabando de armas y a la trata de personas, y que han llegado al extremo de crear los mercados de esclavos en Libia: según la Agencia Nacional para la Prohibición de la Trata de Personas de Nigeria, más de veinticinco mil nigerianos han sido retenidos en campamentos de esclavos en Libia.

Estados Unidos cuenta con una base militar en Ougadogou, Burkina Fasso, cuyos aviones sobrevuelan gran parte del Sáhara, Mali y Mauritania. Mantiene además grupos de operaciones especiales en la República del Congo, Chad, República Centroafricana y Kenia (Camp Simba). También, una base de drones en Niamey, la capital de Níger, y otra base en Entebbe, Uganda, con varios centenares de militares estacionados. En Djibuti, Washington tiene Camp Lemonnier, la gran base del USAFRICOM, con más de cuatro mil militares y aviones de guerra desde donde controlan al menos seis bases más de drones de vigilancia en África. Y tiene destacamentos en Mali, Nigeria, República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Etiopía y Somalia.

Nigeria (que había sido el principal productor de petróleo en África, se ha visto superada por Angola) sigue siendo uno de los países más pobres del mundo, y vive en una situación de constante crisis, con la población sumida en la miseria. Nigeria ha buscado la colaboración de Estados Unidos y Rusia en su lucha contra Boko Haram, pero la presión terrorista del yihadismo africano continúa. Las ofensivas frases de Trump sobre algunos países americanos y africanos, calificándolos como “agujeros de mierda”, llevaron a Abuya a protestar formalmente. Al sur de Nigeria, China mantiene excelentes relaciones con Gabón y con Angola, países que respaldan a Pekín en su postura sobre el Mar de China meridional; Angola tiene en China a su mayor socio comercial, el destino principal de su petróleo y el más importante financiador de su economía, además de ser un aliado estratégico.

El corazón africano se desangra en la interminable crisis de la República Democrática del Congo, donde, en 1996, Estados Unidos impulsó la invasión del país con fuerzas de Ruanda y Uganda, que ahora se debate en las protestas contra Kabila por el retraso de las elecciones, en enfrentamientos con grupos armados y desplazamiento forzoso de millones de personas, además de la violencia en Tanganyika. En el vecino Sudán, la guerra civil se arrastra desde los años ochenta, en medio de un mar de pobreza y corrupción, conflicto que ha causado más de dos millones de muertos, y donde, en 1996, Estados Unidos forzó a Eritrea y Etiopía (que se habían separado tres años atrás) a que intervinieran en la guerra sudanesa, apoyados por aviones de combate norteamericanos.

Estados Unidos ha apoyado a gobiernos islamistas en Jartum, y también a los rebeldes del sur, ha presionado a las partes para pacificar el territorio con objeto de que Chevron pueda explotar los nuevos yacimientos descubiertos, y, tras los acuerdos de paz de 2005, y la independencia del sur sudanés en 2011, Estados Unidos ha puesto huevos en todas las cestas, facilitando armamento tanto a Jartum como a Yuba. Dos años después de la independencia de Sudán del Sur, el presidente Salva Kiir Mayardit destituyó al vicepresidente, Riek Machar, acusándolo de organizar un golpe de estado, enfrentamiento que ha dado lugar a una nueva guerra, donde se ventilan enfrentamientos étnicos y, sobre todo, la lucha por el poder y por los recursos petrolíferos del país, cuestión que interesa a Washington: no en vano, Sudán fue uno de los principales exportadores de petróleo hacia China, y Estados Unidos pretende ahora limitar el acceso chino a esa fuente de abastecimiento. Etiopía media en la guerra civil entre los bandos dirigidos por Kiir y Bachar: uno de los problemas añadidos es el reclutamiento de miles de niños para los grupos armados, además de las constantes violaciones de mujeres y niñas.

El intervencionismo norteamericano viene de lejos, asociado con frecuencia a un grave desconocimiento del Pentágono (que contrasta con la rigurosa investigación desarrollada por sus universidades) y unido a una arrogancia militar que ha causado graves daños en la región, envenenando conflictos y creando otros en su afán por el dominio global. Estados Unidos ha intentado llenar el vacío dejado por Moscú en Etiopía y en Sudán, que mantuvieron buenas relaciones con la Unión Soviética; mantiene rivalidad con Francia, y su mayor preocupación ha pasado a ser China.

Estados Unidos organizó bases de entrenamiento militar en Etiopía para los grupos armados que operan en Somalia, ha conseguido el acuerdo del gobierno etíope para abrir bases operativas para sus aviones de guerra que atacan en Yemen y Somalia, además de crear una base de drones en Arba Minch, junto al lago Chamo y el lago Abaya, en el sur del país. Los servicios secretos norteamericanos operan también desde Etiopía, uno de los gigantes de África, donde la dimisión del presidente Hailemariam Desalegn (del Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope, FDRPE, que llegó al poder en 2012 iniciando la larga etapa de dos décadas de Meles Zenawi, tras derribar a Mengistu) ilustra las dificultades y disputas en el seno de la coalición gobernante, en un marco de crecimiento económico (el “milagro etíope”), pero también de disturbios, donde el FDRPE, de orígenes marxistas, aunque domina por completo el parlamento, ha tenido que hacer frente a protestas que, en 2016, causaron numerosos muertos.

En el plano internacional, Hailemariam mantiene una alianza con Estados Unidos en las guerras de Somalia y Sudán del Sur, y en el dispositivo militar norteamericano contra el terrorismo, y, en la práctica, la diplomacia norteamericana protege al gobierno etíope como instrumento para el control del cuerno de África, aunque la presencia china se hace notar: China es ya el principal destino de las exportaciones etíopes. Su ejército es uno de los más poderosos de África, y, desde 2006, hay tropas etíopes en Somalia, enviadas allí por la presión norteamericana.

Estados Unidos ha intervenido en Somalia desde los años noventa, y tanto Bush como Clinton enviaron decenas de miles de soldados, y, después, financiaron a grupos armados somalíes para hacer frente a la coalición islamista (que recibía apoyo de Arabia) que se apoderó de Mogadiscio en 2006. El país se encuentra en una situación catastrófica: la ONU ha contabilizado miles de muertos civiles en los dos últimos años, centenares de secuestros y miles de detenidos arbitrariamente por las fuerzas del gobierno y por los grupos armados, mientras Estados Unidos interviene regularmente bombardeando a destacamentos del grupo yihadista Al Shabab (relacionado con al Qaeda), apoya al actual gobierno somalí y mantiene grupos de operaciones especiales en el país para entrenar a las tropas del gobierno e intervenir en misiones secretas tanto en Somalia como en todo el cuerno de África.

La gran cuenca del Nilo es, además, escenario de peligrosas tensiones por la prevista construcción de una presa en el gran río (en Etiopía, cerca de la frontera sudanesa, que sería la mayor de África), que El Cairo teme afecte al caudal que recibe en su territorio. Esa presa del renacimiento etíope se construye con financiación china y del BAFD, Banco Africano de Desarrollo, del que forman parte cincuenta y tres países africanos. El dimitido presidente etíope, Hailemariam Dessalegn, durante su visita a El Cairo en enero de 2018, afirmó que la presa y la central hidroeléctrica que su país construye en el Nilo, no tendrían repercusiones negativas para Egipto, pero impera la desconfianza. Las obras alcanzan ya el sesenta por ciento de su construcción, y finalizarán en 2019: pese a las tranquilizadoras palabras de Dessalegn, las diferencias entre Etiopía, Sudán y Egipto no han terminado y podrían desatar un conflicto militar por el reparto del caudal del Nilo. Países como Kenia, Tanzania, Ruanda, Burundi, Uganda, Sudán del Sur y Djibuti, que esperan recibir una electricidad más barata, apoyan a Etiopía frente a Egipto. Con esa presa, Etiopía será el otro gigante africano de producción de energía eléctrica, además de Sudáfrica.

A esa situación, se añade la tensión entre Sudán y Egipto: El Cairo destacó unidades militares a Eritrea, en la frontera con Sudán. La política exterior sudanesa ha sido con frecuencia errática, cambiando de aliados: Turquía mantiene buenas relaciones con Sudán, y la visita de Erdogan a Jartum, en enero de 2018, fue vista con gran desconfianza por El Cairo. Jartum retiró a su embajador en Egipto, y, por si faltaran incertidumbres en la región, desde 2016, las disputas en el Golfo han configurado dos bandos entre los países musulmanes de la zona: uno, compuesto por Arabia, Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, que acusaron a Qatar, y otro formado por Irán y Turquía, que se alinearon con Doha.

También Egipto desconfía del alquiler a Turquía de la isla sudanesa de Suakin (en el litoral, al sur de Puerto Sudán y al norte de la costa de Eritrea) por noventa y nueve años, que Ankara y Jartum anunciaron para el desarrollo turístico en el mar Rojo, pero donde El Cairo sospecha que Turquía tiene previsto construir una base militar, como punto de apoyo para controlar el tránsito en el Mar Rojo. También la presencia de barcos turcos es vista con desconfianza por Egipto y por Arabia. Además, Egipto y Sudán se disputan la soberanía del triángulo de Halayeb, en la costa, rico en petróleo. En mayo de 2017, el presidente sudanés, Omar Bashir, acusó a Egipto de intervenir en el conflicto de Darfur (que se arrastra desde hace años, y que ha sido utilizado por Estados Unidos para presionar a China). El general Sisi, el presidente golpista egipcio, negó que su país interviniera, aunque su gobierno acusa a Sudán de complicidad con los Hermanos Musulmanes del derrocado presidente Mursi, a quienes también apoya Turquía.

En ese complejo escenario, China trabaja las infraestructuras. La construcción del ferrocarril Addis-Abeba-Djibuti, inaugurado en octubre de 2016, y la más reciente construcción de la línea Mombassa-Nairobi, el mayor proyecto de la historia de Kenia, ejecutada por China, alarmó todavía más a Estados Unidos, que teme el aumento de la influencia de Pekín. Además, China está dispuesta a prolongar esa vía, invirtiendo otros 4.000 millones de euros, para llevar el ferrocarril a la región de los grandes lagos y al interior del continente, hasta Sudán del Sur, Uganda, Ruanda y Burundi, países que, de esa forma, podrían tener una salida al mar a través del gran puerto keniata de Mombassa.

En el sur de África, además de la destitución de Mugabe en Zimbabwe, los cambios alcanzan también a Angola, donde João Lourenço sustituyó a José Eduardo dos Santos (que permanecía en el poder desde 1992), y a Sudáfrica, donde Cyril Ramaphosa sucedió al corrupto Jacob Zuma, en una transición llena de peligros para el Congreso Nacional Africano. Los tres países están gobernados por los movimientos de liberación que consiguieron la independencia de sus países o el fin del apartheid, y Pekín mantiene buenas relaciones con todos ellos. China, que estableció relaciones diplomáticas con Sudáfrica hace sólo veinte años, suscribió con Pretoria, en 2010, la Declaración de Pekín, y ambos países firmaron la Asociación Estratégica Integral (AEI), que ha convertido a China en el principal socio comercial de Sudáfrica. En la vecina Bostwana, Pekín ha construido la central eléctrica de Morupule, que produce el noventa por ciento de la electricidad del país.

China prosigue su apuesta estratégica por la colaboración con países de todo el planeta, asegurando el mutuo beneficio, rehuyendo enfrentamientos, trabajando por la distensión, porque necesita un entorno pacífico para afianzar su desarrollo económico, y consolidar el socialismo chino, consciente de que Estados Unidos no quiere renunciar a sus prerrogativas imperiales y sigue negándose a un trato entre iguales: mientras China quiere evitar la extensión del incendio de Oriente Medio por el mundo, Estados Unidos sigue utilizando la guerra como instrumento para imponer su dictado.

Las viejas potencias coloniales europeas han retrocedido en el continente africano, y hoy la joven África, envuelta en un mar de pobreza pero también de proyectos de futuro, quiere dejar de ser el vecino desdichado, condenado por los poderes capitalistas del planeta a contemplar, extenuado, el expolio de sus riquezas; ve cómo Francia se resiste a abandonar su papel de patrón en el territorio, y cómo Estados Unidos extiende los tentáculos del Pentágono y de sus compañías multinacionales, creando nuevas bases militares, llevando el miedo y la guerra, al tiempo que China se convierte en una esperanza pasa el desarrollo. África se mira en un espejo chino.


Consumo de drogas en Panamá: ¿hacemos lo suficiente?


Jorge L. Prosperi

En este artículo planteo que el consumo de drogas en Panamá y en la región es un problema de salud pública y necesitamos hacer mucho más. Comparto información internacional y nacional que sustenta mi punto de vista, los invito a darle una lectura crítica a esta entrega y sumarnos todos a la lucha contra este flagelo, pues como nos señala UNODC “no reconocer o no comprender que la drogodependencia es un problema de salud refuerza el ciclo de marginación que a menudo afecta a las personas con trastornos relacionados con el consumo de drogas, lo que dificulta su recuperación e integración social” y es un obstáculo al desarrollo sostenible de nuestro país.

Breve vistazo a la situación del consumo de drogas en el mundo

De acuerdo al Informe Mundial sobre las Drogas 2016 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, se calcula que 1 de cada 20 adultos, es decir, alrededor de 250 millones de personas de entre 15 y 64 años, consumieron por lo menos una droga en 2014. El uso de sustancias psicoactivas ha sido reconocido como un problema importante de salud pública para las Américas, el que lleva asociado una carga importante de muertes prematuras y discapacidad. El informe citado también nos dice que el número de muertes relacionadas con las drogas, que en 2014 se calculó en alrededor de 207.400, es decir, 43,5 muertes por millón de personas de entre 15 y 64 años, ha permanecido estable en todo el mundo, aunque sigue siendo inaceptable y evitable. Las muertes por sobredosis representan aproximadamente entre un tercio y la mitad de todas las muertes relacionadas con las drogas, que en la mayoría de los casos se deben a los opioides. El período inmediatamente posterior a la excarcelación se asocia con un aumento considerable del riesgo de muerte por causas relacionadas con drogas (principalmente por sobredosis), cuya tasa de mortalidad es mucho mayor que la mortalidad por todas las causas en la población general.

Situación del consumo de drogas en Panamá

La Comisión Nacional para el Estudio y la Prevención de los Delitos Relacionados con Drogas (CONAPRED) y el Observatorio Panameño de Drogas brindó a finales del año pasado, los resultados del último informe realizado la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas (CICAD), que se realiza periódicamente con un estudio epidemiológico regional para ayudar a los Estados miembros en la producción de información y estadísticas oportunas, confiables y comparables sobre la demanda y la oferta de sustancias psicoactivas (SPA), en las que participó Panamá.

Asumo que la información que aportamos corresponde a la Segunda Encuesta Nacional de Hogares sobre Consumo de Drogas, realizada por el Observatorio panameño de Drogas de la CONAPRED en 2015, por lo que les comparto dos párrafos y los invito a la lectura completa del documento porque ofrece la información más actualizada sobre la situación nacional.

Este reporte indica la magnitud y características del consumo de drogas licitas e ilícitas en Panamá, determina la prevalencia de consumo de sustancias psicoactivas, en vida, en el último año y en el último mes, así como la prevalencia de consumo de sustancias psicoactivas, según características por sexo, edad, ocupación, escolaridad, nivel socioeconómico y lugar de residencia, además de detectar patrones de consumo de las diversas sustancias, y la percepción de riesgo para todas.
En su sección de Resultados Generales, los investigadores nos informan que “el perfil epidemiológico en relación con el consumo de sustancias psicoactivas en Panamá se vincula a las sustancias de curso legal, alcohol, tabaco y tranquilizantes, que presentan las mayores tasas de consumo. Y en el conjunto de drogas ilícitas, cuya prevalencia global es relativamente baja, del 1.16%, sobresale los cannabis, bajo forma tradicional de marihuana o en su versión sintética, crispy. Panamá no muestra un patrón de consumo asociado a las cocaínas, según indican las bajas prevalencias de todas sus formas (clorhidrato o pasta base). La presencia de los estimulantes de tipo anfetamínicos, evaluados en conjunto o en forma separada sus componentes, también presentan bajas prevalencias”.

No obstante, si aplicamos los cálculos del informe de NNUU señalado al inicio, resultaría que alrededor de 150,000 panameños consumieron por lo menos una droga durante 2017. Es claro que estamos frente a un problema de salud pública y debemos fortalecer nuestras intervenciones.

¿Qué nos recomienda la OPS y la OEA?

En ese contexto la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Organización de los Estados Americanos (OEA) renovaron un memorando de entendimiento para mejorar la respuesta al problema de las drogas desde una perspectiva de salud pública. El acuerdo, renovado el 5 de febrero pasado, incluye el desarrollo de políticas y programas para el abordaje integral de los problemas de drogas, la promoción de sistemas de información articulados, facilitar el acceso a servicios de atención integrados a la red de salud y basados en la atención primaria, el fortalecimiento de los procesos de formación de recursos humanos y el impulso de la investigación y la difusión del conocimiento científico sobre el tema.
A través de las acciones derivadas de la implementación del acuerdo, la OPS y la OEA apoyarán a los Estados Miembros en el cumplimiento de las recomendaciones contenidas en el documento final de la Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas (UNGASS) sobre el problema mundial de las drogas (2016), que, entre otros temas, resalta la necesidad de brindar programas de prevención y tratamiento, fortalecer los recursos humanos, garantizar el respeto a los derechos y el acceso a medicamentos controlados.

Estas recomendaciones fueron ratificadas en la Decisión adoptada en la 70ª Asamblea Mundial de la Salud en 2017 y están alineadas con los contenidos de la estrategia y plan de acción regional de salud pública de la OPS, en los cuales se resume el enfoque de salud para responder a los problemas de consumo de sustancias psicoactivas, resaltándolos como una prioridad de salud pública en los planes nacionales.

De acuerdo a las NNUU “abordar el uso problemático de sustancias psicoactivas requiere que los sistemas de salud pública en los países se apresten a intervenir sobre sus determinantes sociales, promover estilos de vida saludable, evitar o retrasar el inicio en el uso de drogas, mitigar los efectos adversos del consumo, tratar, rehabilitar y reintegrar plenamente a los usuarios problemáticos, el tratamiento y rehabilitación de la dependencia, así como la plena reintegración de la persona afectada, mediante intervenciones eficaces y en un marco de protección de sus derechos fundamentales”.

El enfoque de salud pública en las políticas sobre drogas lleva implícito el análisis del problema y de sus determinantes, pero también implica la organización de las respuestas desde los sistemas y servicios de salud, con una aproximación colectiva y un enfoque centrado en la persona y en su círculo cercano, el que se puede ver afectado, de manera directa o indirecta, por el uso de sustancias psicoactivas.

En el ámbito de las políticas de drogas, la reducción de la demanda se entiende como el conjunto de estrategias que se orientan a evitar o retrasar el inicio en el consumo de estas sustancias y mitigar sus consecuencias negativas tanto para la salud como para la sociedad, e incluye intervenciones de prevención, detección temprana, reducción de daños, tratamiento, rehabilitación y reinserción social.

¿Qué hacemos en Panamá?

El gobierno de Panamá tiene una política vigente reconocida como la Estrategia Nacional de Drogas 2012-2017. La estrategia, que culmina este año, se formuló como el instrumento para que el país se comprometiera a atender integralmente el tema de la oferta y demanda de drogas en dimensiones preventivas y represivas. En lo personal no encontré información en la página del Ministerio Público sobre el avance, logros y lecciones aprendidas de la aplicación de la mencionada estrategia.

Por su parte, expertos en el tema consideran que “aunque se cuenta con los instrumentos legales y documentos de políticas que permitirían establecer medidas de intervención más efectivas, equilibradas e integrales, pero poco ejecutado y menos evaluado”. Afirman que “es necesario fortalecer a CONAPRED para que se facilite la ejecución de esta estrategia con intervenciones que sean producto de nuestra realidad y para la atención particular de la realidad. Sin descuidar los acuerdos internacionales y apoyos con otros programas.” Coincidiendo con esta percepción; la noticia más reciente que nos ofrece el MINSA  sobre la labor interinstitucional del tratamiento del problema data del 2014. No obstante, allí se reconoce que se trata de un problema de salud pública…
Recomendaciones del Observatorio Panameño de Drogas

Por su parte el documento “Segunda Encuesta Nacional de Hogares sobre Consumo de Drogas” del Observatorio panameño de drogas hace las siguientes recomendaciones:

+Continuar realizando este tipo de estudios, ya que sirven no solo como tamizaje sino también para evaluar rápidamente el patrón de consumo en la población general.
+Fortalecer la promoción de estilos de vida saludables que incluya la resiliencia como elemento fundamental para la prevención del consumo de drogas.
+Establecer una política pública del uso indebido de drogas y eventos conexos, que incluya la prevención del consumo de drogas, la gestión de nuevo conocimiento y las acciones dirigidas al control en los diferentes ámbitos y contextos.

En atención a los resultados específicos de este estudio, es menester promover la investigación sobre drogas, en los siguientes aspectos:
*Caracterización de las drogas de baja prevalencia.
*Correlacionar las variables percepción de gravedad y consumo.
*Caracterización del consumo en las áreas rurales y apartadas de nuestro país.
*Etnografía del uso indebido de drogas en los grupos originarios.
*Revisar y actualizar las disposiciones legales vigentes sobre el uso indebido de drogas.
*Desarrollar un sistema de vigilancia sanitaria del uso indebido de drogas y su afectación en los seres humanos.
*Incorporar a los diferentes actores sociales en actividades relacionadas con la prevención del consumo y el uso indebido.
*Desarrollar estrategias innovadoras en materia de comunicación social dirigidas a la prevención del uso indebido de drogas y promoción de la resiliencia como estilo de vida saludable, dirigido a lograr no solo individuos resilientes sino también comunidades resilientes.

Conclusión

Mi conclusión es que podemos hacer más y mejor para abordar este grave problema de salud pública. Contamos con los recursos humanos nacionales e internacionales necesarios y suficientes, solo hace falta reforzar el efectivo, sistemático y permanente apoyo político de los tres poderes de Estado.


Los nietos de la revolución


Sergio Ramírez

Los muchachos que han salido a las calles a dar la cara por Nicaragua, nacieron a partir de los años 90, o en este mismo siglo, y por tanto la revolución que derrocó a Somoza es un hecho ignorado para muchos de ellos, o ha sido distorsionado por la propaganda oficial, lo que viene a ser lo mismo.

Son los nietos de una revolución lejana o ausente en su memoria, pero la llevan de todas maneras en los genes, porque aquella se hizo también por razones morales, ante el hastío frente a una dictadura familiar que se creía dueña del país, y cuando se vio amenazada no vaciló en recurrir a la represión más cruel. Y al exterminio.

La dictadura de Somoza marcó a los jóvenes como delincuentes, y la juventud se pagaba con la vida. Cada día aparecían cuerpos torturados y mutilados, o simplemente con un tiro en la cabeza, en la cuesta del Plomo, al occidente de Managua, una morgue a cielo abierto donde las madres iban en busca de sus hijos desaparecidos. Por eso, el lema que se corea hoy en las marchas, ¡No eran delincuentes, eran estudiantes!, viene a resultar tan familiar, un eco que conecta al pasado de los abuelos con el presente de los nietos.

Todo ardor juvenil despierta la imaginación y llena las palabras de sentido, les da una dimensión que las vuelve verdaderas, y por verdaderas se convierten en parte de una cultura novedosa y fresca. Hablan entonces las paredes, los cartelones, y, hoy en día, habla también el humor desde los memes en las redes sociales. La improvisación ingeniosa se carga de legitimidad. Es un revés irreverente a la mentira.
Nos quitaron tanto que nos quitaron hasta el miedo, se lee en una pancarta de papel de estraza. Y en otra: Nunca había visto tantos valientes sin armas y tantos cobardes armados. Otro, pregona con mucha sabiduría: Cuando se lee poco se dispara mucho. Una muchacha ha escrito con plumón en su barriga de embarazada: Que se rinda tu madre, porque la mía no. Uno que está entre mis favoritos: Disculpe las molestias, estamos cambiando el país para usted. Y este que tiene indudable peso histórico Hay décadas donde nada ocurre, y hay semanas donde ocurren décadas.

Y también la insurrección cívica tiene su banda sonora, viejas canciones de los años 70, en las que reviven las voces de los Quilapayún entonando con ritmo nostálgico el pueblo, unido, jamás será vencido, y las que han compuesto los hermanos Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, y muchos otros cantautores jóvenes.

La lejanía, ese vacío a través de las décadas, hace, no obstante, que los nietos desprecien, o rechacen, no pocos de los símbolos bajo los que pelearon los abuelos; y aquellos de esos abuelos que detentan hoy el poder, se han vuelto indeseables para sus descendientes. Ellos y los símbolos de los que se han apropiado. La propaganda oficial obra milagros malsanos, como ha sido el abuso a lo largo de la última década de la bandera rojinegra, que de herencia histórica pasó a ser incautada por una secta.

Esa bandera, levantada por el general Sandino en las montañas de las Segovias en su gesta de seis años por la soberanía nacional, y cuyos colores identificaba en sus proclamas con los propósitos de su lucha, negro por el luto de la patria agredida, rojo por la sangre derramada, estuvo en las barricadas en la insurrección que dio fin al somocismo.
Y hay que advertir, porque es esencial, que, entre una y otra lucha, la que culminó hace casi 40 años, en 1979, y la de ahora, hay una diferencia fundamental: los nietos pelean sin armas de guerra. Son los que han puesto los muertos, en una resistencia cívica sin precedentes, y de esta manera, aunque con dolor y sufrimiento, y sacrificio, le abren al país la oportunidad de un cambio político: el paso de la dictadura a la democracia, sin que medie una guerra civil.

Esa bandera a la que vuelvo, fue expropiada y malversada de tal manera, que llegó a sustituir, a la fuerza, a la bandera nacional, y usada como elemento decorativo hasta la náusea, se ha multiplicado en tarimas de actos públicos, comparecencias oficiales, desfiles y concentraciones, igual que se multiplicaron los árboles de la vida, hasta convertirse en símbolos odiosos del poder.

No es extraño entonces que los nietos la adversen, y hasta le prendan fuego, ya que ignoran que se trata de una herencia de sus abuelos, a su vez recibida de un tatarabuelo lejano y difuso, y cuya figura también ha sido distorsionada, y la vean sólo como una impostura que el nuevo poder familiar ha colocado en lugar de la bandera del país, cuyos colores, azul y blanco, se multiplican en las marchas de protesta, en las fachadas de las casas, en las ventanillas de los vehículos, en pañoletas y cintillos de cabeza, en las mejillas de los jóvenes manifestantes.

La bandera nacional se ha convertido en un símbolo subversivo que se enarbola de manera espontánea, y masiva, y representa la unidad del país en la lucha por conquistar la democracia y las libertades públicas. El partido oficial ha corrido a rescatarla, pero de manera tardía, y fallida. En sus manos, todo resulta en imposición, y en falsificación.

No hay nada de nacionalismo mezquino en el despliegue de la bandera de Nicaragua. Es el símbolo de los nietos por recuperar a la nación, y detrás de esa oleada han seguido sus padres y no pocos de los abuelos, que se ponen también detrás de los pasos que abren el camino hacia el futuro, dichosamente, hasta ahora, lejos los partidos políticos de esta marea.

Un reclamo así, sin caudillos ni aprendices de caudillos, encabezado por jóvenes lúcidos y transparentes, dichosamente inexpertos en artimañas políticas, es lo que nos dará una nueva Nicaragua. Es la hora de los nietos.

Masatepe, mayo 2018.


El lenguaje de la Ciudad


El saber de la Ciudad, 18-25

El lenguaje de la Ciudad
Guillermo Castro H.

El lenguaje es la forma material de la conciencia. La conciencia sintetiza lo que conocemos de la realidad y orienta nuestra conducta en ella, sea para adaptarnos a ella, o para transformarla. En uno y otro caso, el lenguaje nos permite caracterizar la realidad, y coordinar con otros nuestros propósitos y las actividades necesarias para alcanzarlos.

La misión de la Ciudad, por ejemplo, es promover la innovación para el cambio social. Al decirlo así, planteamos un juicio sobre la realidad en que actuamos. En esa realidad – la nuestra, gestada a lo largo de tiempos muy prolongados – es necesario promover la innovación porque lo espontáneo es más bien la imitación. Y agregamos a eso que la innovación que promovemos debe estar vinculada al cambio social, porque lo usual, cuando ocurre, se vincula más bien al mero beneficio individual.

De este modo, el lenguaje que utilizamos implica – y promueve - una perspectiva de valor. Esto hace evidente la importancia del lenguaje como un medio de relacionamiento con otros. La Ciudad, por ejemplo, no hace por sí misma el cambio social, pero lo propicia y lo facilita a través de sus relaciones con aquellos que aprovechan los servicios de apoyo a la innovación que la Ciudad ofrece.

En esto, la Ciudad cuenta con la ventaja de haber sido parte, desde su origen a fines del siglo pasado, del más formidable proceso de cambios que ha conocido nuestro país desde que se constituyó en República en las difíciles circunstancias de 1903. El juicio de valor de la Ciudad sobre ese proceso está definido en nuestra misión y en nuestra visión. Ellas vinculan entre sí palabras que antes eran utilizadas por separado, o que simplemente no estaban presentes en nuestro lenguaje, como innovación, cambio, prosperidad, equidad y sostenibilidad.

Esas palabras, además – y sobre todo - designan formas de actividad, de conducta y de propósito que se requieren mutuamente. El modo en que lo hacen en nuestra vida cotidiana expresa la conciencia de la Ciudad, y define la cultura que esa cultura sustenta y promueve. Es una cultura abierta al cambio, que se nutre del encuentro constante con su comunidad nacional y con los procesos de cambio que ocurren a escala del planeta entero.

La Ciudad, como vemos, constituye una realidad compleja que debe ser expresada en términos sencillos. Formamos parte de un vasto proceso de transformación que hoy involucra a la Humanidad entera. En ese proceso no estamos solos. El lenguaje de la Ciudad nos ayuda a entender que cambiamos con el mundo, para ayudarlo a cambiar. Ese es el núcleo fundamental de la conciencia a la que ese lenguaje le da forma capaz de expresarse en propósitos, labores, y logros. Y lo mejor está por venir.

Ciudad del Saber, Panamá, 22 de junio de 2018