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EEUU al desnudo: Trump entrega la política exterior a ExxonMobil  


Nazanin Armanian

www.publico.es/191216



Las petroleras de EEUU pasan de influir en la política exterior del imperio a tomar sus riendas. Donald Trump ha presentado a Rex Tillerson, el director de la petrolera ExxonMobil, la empresa más grande del mundo, como su candidato para la Secretaría de Estado. Los últimos representantes de esta industria en un gobierno de EEUU fueron George W. Bush vinculado a Enron, Condoleezza Rice de Chevron y Dick Cheney director de Halliburton. El nombramiento de Tillerson consolida el perfil agresivo y reaccionario de un gabinete de millonarios parásitos y buitres en el que estará también Steven Mnuchin, socio de Goldman Sachs en el cargo de Secretario del Tesoro, el que amasó fortunas comprando viviendas embargadas. ¡Un gobierno para servir a los “obreros olvidados de América” que prometió Trump!



El régimen de Trump se prepara para lanzarse a la batalla mundial por el control de los últimas reservas de petróleo y gas sin necesidad de inventarse cuentos de “armas de destrucción masiva” o “la lucha contra el terrorismo”, garantizando el estado de guerra constante en las regiones estratégicas del planeta.



Un cuasi-estado paralelo



ExxonMobil, al que el periodista Steve Coll define como un imperio privado que busca sus propios intereses sin lealtad alguna hacia EEUU, actúa como un poderoso estado paralelo, por ejemplo, ignoró la política de Barak Obama de respetar la integridad territorial de Irak y su soberanía formal y firmó contratos de perforación petrolera en la región autónoma kurda a espaldas de Bagdad (¡James Jeffrey, exembajador de EEUU en Irak y Turquía entre 2008 y 2012, fue asesor de la petrolera!).



Pero para la opinión pública de EEUU lo peor es que Exxon trabaja con el enemigo ruso. El futuro Secretario de Estado posee 2,5 millones de acciones de la compañía y también el propio Trump es su accionista. La pregunta de si Tillerson podrá separar los intereses privados de los del Estado carece de sentido en un sistema político donde mandan las corporaciones armamentísticas, farmacéuticas, financieras, petroleras, etc. y hacen virguerías para no pagar ni el ridículo impuesto que se les pone a los ricos. La consigna de “América primero” del demagogo Trump -quien fabrica sus productos en China, Honduras o Bangladesh y presume de no pagar impuestos-, sería sensata sólo si consideramos que América es él y los oligarcas del país.



“El dinero primero”



Los opositores a la candidatura de Rex Tillerson, en su mayoría rusófobos y pro israelíes, dudan de su lealtad a la patria por los estrechos lazos que tiene con Vladimir Putin y haber recibido la medalla de la Orden de la Amistad rusa. Pero, “Rex” también es bien recibido en Arabia Saudí o en Nigeria, otros 50 países.



ExxonMobil que lleva trabajando en Rusia desde hace 20 años, ha creado la asociación Exxon Neftegas con la rusa Rosneft para llevar a cabo el proyecto Sakhalin de extraer gas del Ártico, y también explorar juntas las tierras de Rusia, EEUU y otros países. Tillerson que está en contra de las sanciones económicas como castigo político, tuvo que paralizar dichos proyectos, quejándose de grandes pérdidas (en dólares que no en daños irreparables en el ecosistema del Ártico). Por cierto, ¿autorizó Washington la unión de la OPEP con Rusia?

Exxon que está presente también en Vietnam, en cuyas aguas disputadas con China, ha encontrado gas, controla el gas de Qatar- la tercera reserva mundial-, y ha sido invitado por Irán para que regrese al país donde entró tras el golpe de estado de la CIA en 1953 contra el gobierno del doctor Mosadeq, quien nacionalizó la industria petrolífera.



El significado de su nombramiento



+Supone una negación a la proclamada “política aislacionista” de la administración Trump.



+Aleja la amenaza de una guerra con Rusia, aunque la OTAN seguirá con la táctica de “anaconda” de cercarle con bases y misiles, y la CIA continuará con la estrategia de provocar tensiones étnicas y religiosas en sus fronteras y en el interior de la Federación Rusa.



+La continuidad de la política de Obama en desligar la política exterior de EEUU en Oriente Próximo de los intereses de Israel. Pues, a mayor peso de “petróleo” en la política de este país, mayor acercamiento a los productores –Rusia, Irán y los árabes-, y por ende mayor perjuicio para Israel. ¿Volvería Netanyahu a cometer sus errores con Washington?



+Mantener a Irán en el centro de las disputas internacionales. Siendo la primera reserva mundial de gas y el segundo productor de la OPEP, Irán es toda una tentación para Exxon. Desde que en 2007 Halliburton abandonó Irán por las presiones del Congreso de EEUU, las compañías europeas, chinas y rusas campan a sus anchas en el país. Está por ver si Tillerson, que ya tiene la invitación de Teherán, consiga la autorización de las cámaras legislativas y sortear la presión de los diputados pro israilíes y pro saudíes que no se conforman con menos de un “cambio de régimen” en Irán.

+Desde Arabia Saudí, cuyo régimen invirtió durante décadas ingentes petrodólares en las familias Bush y Clinton, muestra su disgusto hacia Trump, al igual que no ocultaba su repulsa hacia Obama. El futuro presidente se ha quejado de que la seguridad ofrecida por EEUU a Arabia no ha sido recompensada debidamente (a pesar de haber saqueado el país y convertirlo además en su base militar y almacén de armas).



Es posible que Trump reduzca el peso político de este país en su agenda, ahora que dicen gozar de la autosuficiencia energética, dejándole abandonado en la guerra contra Yemen, o en patrocinar el yihadismo sunnita. Lo más seguro es que uno de los principales desafíos de Tillerson será “gestionar” la tensa guerra fría entre Teherán y Riad, impidiendo (o no) un choque directo entre las dos productoras de petróleo.



Los EEUU de Trump parece querer tomar distancia de Israel y Arabia saudí para acercarse a Irán y Rusia, volviéndoles locos a los analistas que suprimen el concepto de “intereses de clase” de la élites mundiales, sus alianzas y sus choques, y se olvidan de fijarse en la situación de los trabajadores como el principal criterio para calificar un sistema político.



En este inquietante y oscuro escenario, que echa por tierra las opiniones que daban por cerrada la era de las guerras por el petróleo, Tillerson afirma haber promovido un mundo que fuese bueno para la producción de oro negro y azul, aunque no precisa el cómo, a precio de cuántas vidas humanas y la destrucción de cuántos Estados. Dijo Trump: “Sólo estoy interesado en Libia si cogemos su petróleo….para que China no se lo lleve”. El trumpismo “sensato” se deshace aquí del falso moralismo de los neoliberales belicistas hambrientos de recursos y su defensa a los “derechos humanos” en las regiones estratégicas del planeta. ¿Dónde será la próxima petro-agresiones?

En medio de la matanza de los rohinyás, China pierde a Myanmar  


Nazanin Armanian

www.publico.es/051216



La limpieza étnica que sufre la minoría étnica rohinyás, de religión musulmana, a mano del régimen birmano y la ultra derecha budista coincide con una cruenta lucha entre China, las grandes compañías occidentales, India y Japón por los recursos naturales del país y el control sobre su estratégica geográfica.



Alrededor de 130.000 de los 800.000 rohinyás, a los que llaman Kalar «negro» en sánscrito, por su tez oscura, han huido de sus hogares, refugiándose en las fronteras de China y Bangladesh. Otros 250.000 ya llevan varios años en los campos de refugiados de Bangladesh. A pesar de que viven en Myanmar desde hace generaciones, el gobierno de la “raza única” se niega a reconocerles como una minoría étnica de las 135 que habitan el país, acusándoles de ser inmigrantes indocumentados bengalíes. Que buena parte de los recursos naturales –minas de oro, jade, los depósitos de gas y petróleo, o maderas como teca, entre otros- se encuentre en las zonas montañosas donde viven las comunidades étnicas, ha sido el motivo de las guerras locales (patrocinadas por los militares) y por ende el desplazamiento de cientos de miles de personas.



Éste país asiático fue noticia cuando el presidente Obama promovió la “primavera Myanmar” en 2011, y apoyando a Aung San Suu Kyi, la luchadora por la democracia en su país, con el fin de convertirla en una alternativa a la junta militar que gobierna el país con 2185 kilómetros de frontera común con China y 1463 con la India, las dos letras de BRICS.

Desde su doctrina de regreso a Asia para contener a China, era imperioso para Obama recuperar a un Myanmar gobernado por los militares, y corregir uno de los “errores” de la política exterior de EEUU: Pues, China ha sido el gran beneficiario de la aplicación de la Ley de Asistencia al Exterior de EEUU que obliga a Washington a recortar relaciones con los regímenes golpistas (¡ley no aplicada al Chile de Pinochet, ni al Egipto de Al Sisi!). La imposición de embargos económicos por parte de Occidente a la junta militar dejó la vía despejada para que China entrara a lo grande en el país, siendo aún hoy el mayor inversor y primer socio comercial de Myanmar.



A partir de noviembre del 2015, por las presiones de EEUU, la junta militar se coloca en un segundo plano para convertir a Suu Kyi en la presidenta de facto del país. Suu Kyi, una de las “amiguísimas” de Hillary Clinton, se ha posicionado claramente contra las empresas chinas, por su “falta de transparencia” elogiando a las compañías occidentales como Chevron y Total.



Desde hace varios meses se ha intensificado el ataque de las turbas “budistas” a los rohinyás en la provincia Rakhine. Mujeres violadas, casas destruidas, cadáveres quemados con alcohol para ofenderles aún más si cabe forman este macabro paisaje. A la tensión en esa región se ha añadido la ofensiva del ejército a las posiciones de la guerrilla Kachin, provincia limítrofe con China, la mayor mina de jade del mundo y la principal región del país en producción del opio, causando la suspensión de parte de los megaproyectos chinos en el país.



El valor de Myanmar para China

Beijing mira al país «fuerte y rápido» (significado de la palabra Myanmar) a través de tres enfoques:

1. Seguridad: ya que forma parte de su periferia. Hace de Estado “tapón” entre China e India, y “aun” está libre de bases militares de EEUU.



2. Estratégico-económico: con 126 proyectos de carreteras, puentes, presas, etc. en marcha, Myanmar iba a ser el acceso chino al subcontinente indio, sudeste asiático y el Océano Índico. Desde el puerto Sittwe planeaba reducir su dependencia del congestionado estrecho de Malaca (por el que recibe el 80% de las importaciones de petróleo de Medio Oriente y África) en el Mar de China Oriental, recibiendo materia prima procedente de África y el petróleo de Oriente próximo, y enviando sus productos a medio mundo.



Hubiera sido una de las piezas del “Collar de perlas”, término que refiere a los puertos estratégicos que China ha alquilado por todo el planeta. El conflicto en Rakhine está militarizando la zona, impidiendo las obras de la doble tubería de gas y petróleo chinos que iban a atravesar Myanmar para alcanzar el sur de China.



Curiosamente, Chevron consiguió en 2014 los derechos de perforación en la cuenca Rakhine. Lo mismo pasa con la enorme presa de Myitsone, con una inversión de 3.600 millones de dólares, que había causado las protestas de las comunidades vecinas y de los ecologistas. El proyecto se ha suspendido, creando grandes pérdidas económicas no sólo a China (que iba a recibir la mayor parte de la electricidad generada), sino también al gobierno birmano: tendrá que indemnizar a las compañías chinas, a la vez que pierde los cientos de millones de dólares que podría haber ganado con la presa funcionando.



3. Militar: su presencia impedía la construcción de bases militares de EEUU en el país. Junto con Afganistán, Myanmar podría ser otro vecino desde donde EEUU apuntase sus misiles a Beijing.

La violencia política ha beneficiado a EEUU en su afán de bloquear las inversiones chinas. A pesar de todo, el régimen birmano intenta mantener el control sobre los ingentes recursos gasíferos del país y de su potencial estratégico privilegiado para diversificar sus alianzas.



La entrada de Occidente en el mercado de Myanmar también puede provocar un conflicto con el vecino Bangladesh: pues, el posible traslado de las empresas de textil occidentales a Myanmar perjudicaría a la posición dominante de los bengalíes en el mercado de ropa. Algo del que no renunciarían sin más.



La nueva alineación política de Myanmar advierte de nuevos conflictos internos y regionales que se está gestando y que afectaría a la paz de la región y a la vida de millones de los trabajadores del sudeste asiático, así como al equilibrio de las fuerzas a nivel internacional.


La elección de Donald Trump  



www.rebelion.org/311216



Si bien es cierto que los primeros pasos de Trump parecen estar desconcertando a buena parte de sus correligionarios, lo cierto es que su margen de maniobra es relativamente pequeño para proceder a cambios verdaderamente significativos. Con todo, su elección constituye un síntoma evidente de la magnitud de la crisis de la globalización neoliberal.



I



La reciente elección de Donald Trump, el Brexit, el incremento de los votos fascistas en Europa, pero también y aún más, la victoria electoral de Syriza y el crecimiento de Podemos, son manifestaciones de la profundidad de la crisis del sistema neoliberal globalizado. Este sistema, que siempre he considerado insostenible, implosiona ante nuestros ojos en su mismo corazón. Todos los intentos para salvar el sistema –para evitar lo peor, dicen– mediante ajustes menores están condenados al fracaso.


Pero la implosión del sistema no es sinónimo de avances en el camino hacia la construcción de una alternativa favorable para los pueblos: el otoño del capitalismo no coincide automáticamente con una primavera de los pueblos. Los separa una brecha que da a nuestra época una tonalidad dramática, reveladora de los peligros más graves.



No obstante, esta implosión –que es inevitable– debe entenderse precisamente como una oportunidad histórica que se ofrece a los pueblos, pues desbroza el camino para avances posibles hacia la construcción de una alternativa que tiene dos componentes inseparables: (I) planes nacionales para el abandono de las reglas fundamentales de la gestión económica liberal, en beneficio de proyectos soberanos populares que pongan en primer lugar los avances sociales; (II) en el plano internacional la construcción de un sistema negociado de globalización policéntrica.


Avances paralelos en estos dos planos serán posibles sólo si las fuerzas políticas de la izquierda radical conciben una estrategia para ello y logran movilizar a las clases populares para progresar en la consecución de los objetivos. Este no es el caso aún, como lo demuestran los retrocesos de Syriza, las ambigüedades y confusiones de los votantes británicos y estadounidenses, y la extrema timidez de los herederos del eurocomunismo.



II


El sistema vigente en los países de la tríada imperialista (Estados Unidos, Europa Occidental, Japón) se basa en el ejercicio de un poder absoluto por parte de las oligarquías financieras nacionales. Sólo ellas gestionan el conjunto de los sistemas productivos nacionales, logrando reducir a la condición de subcontratistas a casi todas las pequeñas y medianas empresas en la agricultura, la industria y los servicios, en beneficio exclusivo del capital financiero. Estas oligarquías gestionan los sistemas políticos herederos de la democracia burguesa electoral y representativa, habiendo llegado a domesticar a los partidos políticos electorales de derecha e izquierda, obviamente al precio de erosionar la legitimidad de la práctica democrática.



Estas oligarquías controlan también los aparatos de propaganda, habiendo reducido los patrones de información a la condición de coro mediático a su exclusivo servicio. Ninguno de estos aspectos de la dictadura de la oligarquía está siendo cuestionado seriamente por los movimientos sociales y políticos en el seno de la tríada, especialmente en los EE.UU.


Las oligarquías de la tríada pretenden extender su poder a todo el planeta, imponiendo una forma particular de globalización, la del liberalismo mundializado. Pero se enfrentan aquí a resistencias más consistentes de lo que lo son en las sociedades de la tríada, herederas y beneficiarias de las “ventajas” de la dominación imperialista. Porque si los estragos sociales del liberalismo son visibles en Occidente, son diez veces mayores en las periferias del sistema. Hasta el punto de que pocos regímenes políticos pueden seguir aparentando ser legítimos a los ojos de su pueblo.



Fragilizadas al extremo las clases, y los Estados compradores que constituyen las correas de transmisión de la dominación del imperialismo colectivo de la tríada son, de hecho, considerados con razón por las oligarquías del centro como aliados no del todo seguros. La lógica del sistema requiere así la militarización y el derecho que se otorga a sí mismo el imperialismo para intervenir –incluyendo la guerra– en los países del sur y el este. Todas las oligarquías de la tríada son “halcones”; la OTAN, un instrumento de agresión permanente, se ha convertido de hecho en la más importante de las instituciones del imperialismo contemporáneo.


La prueba de que se ha elegido esta opción agresiva fue dada por el tono de las palabras del presidente Obama durante su última gira europea (noviembre de 2016), tranquilizando a los vasallos europeos sobre el compromiso de los Estados Unidos dentro de la OTAN. Es evidente que la organización no se presenta como un instrumento de agresión –lo cual realmente es– sino como un medio de asegurar la “defensa” de Europa. ¿Amenazada por quién?


Pues para empezar por Rusia, como nos repite el coro mediático de rigor. La realidad es diferente; lo que se le reprocha a Putin es no aceptar el golpe de estado euro-nazi de Kiev, ni el poder de los políticos mafiosos en Georgia. Hay que contenerla, más allá de las sanciones económicas, por amenazas de guerra como las proferidas por Hilary Clinton.


Luego, se nos dice, está la amenaza terrorista planteada por el yihadismo islámico. Una vez más, la opinión pública está perfectamente manipulada. Porque el yihadismo es el producto inevitable del apoyo que la tríada sigue otorgando al Islam político reaccionario inspirado y financiado por el wahabismo del Golfo. El ejercicio de este supuesto poder islámico es la mejor garantía para la destrucción total de la capacidad de las sociedades de la región de resistir el diktat de la globalización neoliberal. También ofrece la mejor excusa para dar apariencia de legitimidad a las intervenciones de la OTAN. En este sentido, la prensa de los Estados Unidos reconoció que la acusación realizada por D. Trump de que Hilary había apoyado activamente el establecimiento del Daesh estaba bien fundada.

Añadamos que el discurso que vincula la participación en las misiones de la OTAN con la defensa de la democracia se revela una farsa cuando es confrontado con la realidad.



III


La derrota de Hillary Clinton –más que el triunfo de Donald Trump– es una buena noticia. Tal vez aleje la amenaza del clan de los halcones más agresivos, dirigido por Obama y Hillary Clinton.


Digo “tal vez”, porque no está dicho que Trump no introducirá a su país en un camino diferente.


En primer lugar, ni la opinión de la mayoría que lo apoya ni la de la minoría que se manifiesta en su contra, le obligan a ello. El debate se ha establecido únicamente sobre algunos de los problemas sociales de los EE.UU. (particularmente antifeminismo y racismo). No pone en cuestión los fundamentos económicos del sistema, origen del deterioro de las condiciones sociales de amplios sectores. El carácter sagrado de la propiedad privada, incluido el de los monopolios, se mantiene intacto; que el propio Trump sea un multimillonario ha sido un activo, no un obstáculo para su elección.


Pero además el debate nunca ha versado sobre la agresiva política exterior de Washington. Nos hubiera gustado ver a los manifestantes contra Trump de hoy protestar ayer contra las agresivas propuestas de Hilary Clinton. Obviamente, esto no sucedió; los ciudadanos de los EE.UU. nunca han condenado la intervención militar en el exterior y los crímenes contra la humanidad que acompañan a esa intervención.


La campaña electoral de Sanders había despertado muchas esperanzas. Atreviéndose a introducir en el debate una perspectiva socialista, Sanders iniciaba una saludable politización de la opinión pública, que no es más imposible en los EE.UU. que en otros lugares. Uno solo puede deplorar, en estas condiciones, la capitulación de Sanders y su posterior apoyo a Clinton.


Aún más importante que el peso de la “opinión pública” es el hecho de que la clase dirigente de los Estados Unidos no concibe otra política internacional que la actual, y eso desde la creación de la OTAN hace 70 años –garantía de su dominio sobre todo el planeta.


Habría, se nos dice, “palomas” y “halcones” en los dos campos, republicanos y demócratas, que dominan el Congreso y el Senado. El primero de estos calificativos es, sin duda, exagerado; se trata de halcones que reflexionan un poco más antes de embarcarse en una nueva aventura. Trump y algunos en su entorno están quizás entre ellos. Si es así, mucho mejor. Pero hay que evitar hacerse demasiadas ilusiones al respecto, aunque también explotar esa pequeña grieta en el edificio estadounidense para fortalecer la construcción de una globalización diferente, un poco más respetuosa con el derecho de los pueblos y las exigencias de la paz. Algo que los vasallos europeos de Washington temen más que nada.


Por otra parte, las palabras de D. Trump sobre la política internacional de los Estados Unidos son contradictorias. Por un lado parece estar dispuesto a entender la legitimidad de los temores de Rusia ante a los planes agresivos de la OTAN en relación con Ucrania y Georgia, mientras Moscú mantiene en Siria el combate contra el terrorismo yihadista. Pero luego dijo que quería dar por terminado el acuerdo nuclear con Irán. Y no se sabe todavía si está decidido a continuar con la política de apoyo incondicional de Obama a Israel o si va a matizar este apoyo.



IV


Por lo tanto, es preciso situar la victoria electoral de D. Trump en el marco más amplio de las manifestaciones de la implosión del sistema. Todas estas manifestaciones, hasta hoy ambiguas, pueden conducir a mejores situaciones, pero también a detestables derivas.


Algunos de los cambios vinculados a estos acontecimientos en modo alguno cuestionan el poder de la clase dominante oligárquica. Este es el caso de Brexit, la elección de Trump, los proyectos de los fascistas europeos.

Ciertamente, la campaña a favor del Brexit recurrió a argumentos nauseabundos. Para empezar, el proyecto de separación no cuestiona la opción fundamental capitalismo/imperialismo de Gran Bretaña. Solo sugiere que en la conducción de su política exterior, Londres puede tener una flexibilidad que le permita tratar directamente con sus socios, los Estados Unidos, en primera línea. Pero detrás de esta opción se dibuja igualmente lo que ya deberíamos saber: que el Reino Unido no acepta la Europa alemana. Esta dimensión del Brexit es sin duda positiva.


Los fascismos europeos –que marchan viento en popa– se sitúan en la extrema derecha; es decir, no cuestionan el poder de las oligarquías en sus respectivos países. Solo desean ser elegidos por ellas para poner el poder a su servicio. Al mismo tiempo, por supuesto, apelan a nauseabundos argumentos racistas, lo que les evita tener que responder a los verdaderos desafíos a los que se enfrentan sus pueblos.

El discurso de D. Trump se sitúa en esta categoría de las falsas críticas de la globalización liberal. Su tono “nacionalista” tiene como objetivo reforzar el control por parte de Washington de sus aliados subalternos, no el concederles una independencia que tampoco exigen. Trump podría, en esta perspectiva, tomar algunas modestas medidas proteccionistas; es lo que por otra parte las administraciones estadounidenses siempre han hecho, sin decirlo, imponiéndolas a sus aliados subalternos a los que no se les ha permitido defenderse. Aquí se perfila una analogía que la Gran Bretaña del Brexit podría querer establecer.


Trump ha dejado entender que las medidas proteccionistas en las que piensa tienen principalmente como objetivo a China. Antes, Obama y Hillary habían ya, a causa de su decisión de desplazar el centro de gravedad de sus fuerzas armadas desde el Oriente Medio a Asia Oriental, designado a China como el rival a batir. Esta estrategia agresiva, económica y militar, en flagrante contradicción con los principios del liberalismo del que Washington presume ser el campeón, podría ser derrotada invitando a China a avanzar en una saludable evolución hacia el fortalecimiento de su mercado popular interno y en la búsqueda de otros socios entre los países del Sur.


¿Derogará Trump el Tratado de Libre Comercio? Si lo hiciera rendiría un gran servicio a la gente de México y Canadá liberándolos de su condición de vasallos impotentes y por tanto animándolos a involucrarse en nuevos caminos basados en la autonomía de proyectos soberanos populares. Por desgracia hay muy pocas posibilidades de que la mayoría de los representantes republicanos y demócratas en el Congreso y el Senado, todos ellos incondicionalmente vinculados a los intereses de las oligarquías estadounidenses, permitan a Trump ir en ese sentido muy lejos.


Las consecuencias de la hostilidad de Trump contra la Cumbre contra el cambio climático, COP 21, son menos graves de lo que dejan entender sus protagonistas europeos, pues lamentablemente se sabe –o se debería saber– que en cualquier caso el Tratado será letra muerta, pues los países ricos no tienen la intención de mantener sus promesas financieras en esta área.


Por el contrario, algunos efectos de la implosión de la globalización neoliberal pueden asociarse con un progreso social, más o menos débil.

En Europa, la victoria electoral de Syriza y el ascenso de Podemos se inscriben en ese marco. Sin embargo, los proyectos apoyados por estas nuevas fuerzas son contradictorios: rechazo de la austeridad impuesta, pero ilusión por la posibilidad de una reforma europea. La historia se encarga ya de demostrar este error de apreciación en relación con una reforma imposible.


En América Latina los avances realizados durante la primera década del siglo están hoy siendo cuestionados. Los movimientos que llevaron a cabo estos avances sin duda subestimaron el carácter reaccionario de las clases medias de sus países, en particular en Brasil y Venezuela, donde se niegan a compartir con las clases populares los beneficios de un desarrollo digno de este nombre.


La emergencia de otros proyectos –especialmente China y Rusia– también sigue siendo ambigua: ¿es su objetivo “atrapar” por medios capitalistas y en el marco de la globalización capitalista, que están obligados a aceptar? O, conscientes de que este proyecto es imposible, ¿los poderes relevantes de las sociedades emergentes se orientarán preferentemente en la dirección de instaurar proyectos soberanos populares?



Alepo, Ankara, Berlín: geopolítica del desastre  



www.rebelion.org/221216



Habrá que analizar sus consecuencias y alertar sobre los peligros, pero a nadie puede extrañar lo ocurrido. Era cuestión de tiempo. Tanto el asesinato del embajador ruso en Ankara como el atentado de Berlín se inscriben en una lógica imparable que, fruto a su vez de una acumulación histórica anterior, comenzó hace ya cinco años: eso que la revista Esprit llamó “nuevo desorden global” y Pablo Bustinduy, del modo más elocuente, “geopolítica del desastre”.



Para entender ese marco catastrófico que demanda nuevas catástrofes, en un rebote sin fin entre paredes cerradas, conviene abordar el contexto desde la denuncia de una ilusión muy peligrosa que parece imponerse entre la izquierda, y ello precisamente cuando la izquierda retrocede en todo el mundo. Conocidos militantes anti-imperialistas latinoamericanos, por ejemplo, interpretan el asesinato del embajador ruso en Turquía como una “respuesta” al creciente protagonismo de Rusia y China en el mundo, describiendo ese protagonismo, en tono positivo, como “la peor pesadilla para EEUU”.



Esta interpretación incurre, a mi juicio, en una doble ceguera. La primera es la de considerar que el pistolero turco, al disparar sobre el diplomático, estaba defendiendo de algún modo los intereses estadounidenses, si es que no estaba dirigido o comandado directamente desde Washington. La segunda, más grave, es la de considerar que una “pesadilla para los EEUU” es necesariamente una liberación para la humanidad; que cualquier acontecimiento o alianza o cambio geoestratégico que ponga en dificultad a los EEUU se corresponde automáticamente con una erosión del capitalismo y un fortalecimiento de la democracia, la justicia social y los ddhh en todo el mundo.



Se diría más bien que está ocurriendo lo contrario de lo que esperábamos y deseábamos. El declive indudable de los EEUU se corresponde con una desdemocratización radical que anticipa a escala ampliada y global una repetición oscura del sangriento siglo XX, pero con una nueva polarización autista y sin esperanza.



Estamos de nuevo –podríamos decir– en 1914, si bien no hay ninguna revolución de octubre a la vista y sí, en cambio, un aumento colosal de las “fuerzas destructivas” y de los imperialismos –y neofascismos– que las gestionan. Los radicales van ganando y, aún más, están ya en los gobiernos; no somos “nosotros” ni “la clase obrera” ni el “proletariado en armas construyendo el socialismo”. Los radicales son los otros y sería un error imaginarse como “alternativa radical” –cuando la “alternativa radical” también son los otros– y no menos apostar por uno de los radicales enfrentados arguyendo que sus bombardeos aéreos, sus violaciones de los ddhh, su autoritarismo y su capitalismo mafioso pone en aprietos a los EEUU.



La justa indignación contra un mal concreto no introduce necesariamente en el mundo ningún bien concreto y, si no tenemos recursos para proponer materialmente una alternativa, podemos acabar multiplicando y hasta magnificando los males concretos.



La izquierda tiene razón en obsesionarse con Siria. Hay que comenzar por alguna parte. Podríamos empezar por Sykes-Picot o por el pacto del Quincey o por Afganistán o por la más reciente y criminal invasión de Irak. Cualquier punto es al mismo tiempo una condensación y una oportunidad de intervención. Pero es bueno comenzar allí donde de pronto son los pueblos los que toman la palabra. Empecemos en 2011.

Una parte de la izquierda insiste en reprochar a esos pueblos –sospechosamente “árabes”– su inoportunidad y torpeza, como culpables de esta nueva geopolítica del desastre, en una acusación semejante a la del juez machista que exime de responsabilidad al violador porque su víctima llevaba una falda corta o tenía pelo y cuerpo o sencillamente respiraba. Si esos pueblos, que no podían ganar, no se hubieran levantado contra el opresor…



Este argumento es tan ultraconservador –tan “soviético” si se quiere– que en realidad es tremendamente “de derechas”. Lo es hasta el punto de proporcionar argumentos a las nostalgias imperiales: cuánto mejor hubiera sido que los filipinos hubieran aceptado el yugo español en 1898, más benigno que el estadounidense que lo siguió; y qué error el de los árabes en 1914 al rebelarse contra el imperio otomano, sustituido por el atroz colonialismo inglés y francés; y qué locura la de los palestinos en 1936, cuando se rebelaron contra el protectorado británico sin comprender que iban a caer en las garras de Israel. Eso por no hablar de los revolucionarios rusos que en 1917 no comprendieron que su levantamiento contra el zarismo iba a traer consigo la guerra civil, el estalinismo, los gulags y, setenta años más tarde, la más catastrófica restauración del capitalismo (y del zarismo).



Ahora bien, es cierto que Siria es de alguna manera la vía muerta de la revolución democrática que comenzó en 2011, así como el principio de la desdemocratización que, desde allí, se extiende hoy por el mundo. Siria devuelve el protagonismo a las dictaduras: las ya existentes se envalentonan (Arabia Saudí o Irán), las nuevas son aún más severas que las derrocadas (Sisi en Egipto y la sombra de Hafter en Libia) y las que parecían superadas se contraen (la deriva autoritaria de Erdogan en Turquía).



Siria es también la causa de la doble radicalización que caracteriza el neofascismo europeo: el ascenso de la extrema derecha y la reactivación del yihadismo terrorista. Siria es también la causa de la decadencia de la hegemonía estadounidense que, de manera indirecta, explica a su vez el triunfo electoral del neofascista Trump en Washington. Siria es también la causa, en fin, del retorno de la Rusia putinesca, hipernacionalista y mafiosa, a la escena internacional, mediante bombas no menos destructivas ni más liberadoras que las de EEUU en Irak y en Afganistán o las de Israel en Gaza.



De todas estas calamidades, cierto, son responsables los pueblos que reclamaron pacíficamente una pizca de democracia, unos gramos de dignidad, unos centímetros de justicia social y no la dictadura que les respondió con bombas de barril; las potencias occidentales que los abandonaron; las teocracias del golfo que aprovecharon la ocasión para imponer sus agendas; las milicias yihadistas que se nutrieron de huérfanos desesperados y nihilistas europeos y los países –Rusia e Irán– que utilizaron todos los medios a su alcance –los mismos que EEUU tantas veces en América Latina o en Vietnam o en Irak– para sostener hasta el límite a un tirano asesino al que no le gusta que su pueblo tenga pelo y cuerpo y respire.



De la desdemocratización del planeta tienen la culpa las mujeres y hombres que pedían democracia, ¿o todos aquellos que, de derechas y de izquierdas, de forma activa o pasiva, los han sacrificado? El paralelismo de la guerra civil española no es ni exagerado ni fraudulento: la victoria allí del fascismo fue el umbral, no lo olvidemos, de la segunda guerra mundial.



La diferencia hoy es que la izquierda no juega ningún papel y por lo tanto la “guerra mundial” que se avecina –terror contra terror en metástasis locales– no dejará ningún margen a las luchas democráticas. La democracia ha muerto. Los ddhh –apenas una buena idea– pertenecen al pasado. Asad, gran triunfador, es el modelo; y a la izquierda impotente y vencida le gusta ese modelo porque incluso en EEUU se ha impuesto, como ellos querían, un protodictador. El mundo multipolar es un mundo multidespótico, lo que sin duda es un gran progreso para los que creen que los pueblos del mundo llevan medio siglo pidiendo a gritos (¡libertad! ¡libertad!) bombas multinacionales –rusas, iraníes, chinas, indias, sirias, egipcias– en lugar de solo “americanas”.



No me gusta la palabra “fascismo”. En primer lugar porque funciona ya como una lítote: es decir, a fuerza de utilizarla sin criterio para subrayar la gravedad de un fenómeno ha acabado por quitar importancia a su objeto. A nadie la asusta el “fascismo”, que pertenece al pasado y no define sino nuestro deseo subjetivo de indignación. Y sin embargo hay motivos para asustarse. No sabemos cómo llamar al nuevo fascismo, que es además muy diferente del de los años 20 y 30 del siglo pasado.



El fascismo clásico era antirreligioso, anticonservador y “revolucionario”; incluso “anticapitalista” en su discurso y su liderazgo. Al mismo tiempo arraigó y se extendió en una Europa ideológicamente polarizada y realmente revolucionaria que ya no existe. Pero podemos llamar “fascismo” con prudencia a lo que viene –a lo que se está imponiendo– en el sentido de que el fascismo clásico fue el resultado de y acompañó a un proceso de desdemocratización radical, exactamente igual que ahora.



Si Siria es, de alguna manera, la fuente contaminante –o una de ellas– la responsabilidad de las grandes potencias y de la propia izquierda en este proceso de desdemocratización es innegable y reprobable. En un mundo en el que ya no hay alternativa sistémica, ni siquiera imaginaria, y en el que los medios de destrucción se han multiplicado al infinito, se va cerrando cada vez más el campo de nuestras elecciones políticas. En un mundo así la lucha por la democracia, los DDHH y la justicia social queda postergada sine die -y prohibida y criminalizada– en nombre de la seguridad física y “cultural”. En un mundo así, entre bombardeos y atentados terroristas, habrá que buscar y encontraremos sin duda buenos motivos egoístas, antropológicos, de pura supervivencia geopolítica, para escoger entre una dictadura u otra: Trump, Putin, Asad, Le Pen o el ISIS. Pero ninguno de esos motivos podrá ser nunca “de izquierdas”.



En la historia todo ha empezado siempre ya. Pero todo empezó esta vez porque unos pueblos locos quisieron respirar y reclamaron democracia, justicia y dignidad. Y todos los gobiernos y todos los partidos –sin excepción– corrieron a enterrarlos e imponer, contra ellos, contra todos nosotros, un neofascismo global. Alepo, Ankara, Berlín son algunos de sus terrenos de juego.




Fuente: https://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/12/21/alepo-ankara-berlin-geopolitica-del-desastre/9436

Los papeles de Mossack Fonseca  


José Eugenio Stoute*

Revista Portada

Noviembre/Diciembre



El pasado tres de abril de 2016, un terremoto legal y financiero estremeció inicialmente la opinión pública nacional: el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ por sus siglas en inglés) hizo entrega simultanea a 109 medios de comunicación de 76 países los primeros resultados de una investigación, en la que participaron más de 400 periodistas, referida a la filtración de 11.5 millones de documentos (2.6 terabytes) confidenciales de la firma de abogados panameña Mossack Fonseca, la mayor parte de ellos pertenecientes a sociedades offshore cuyo objetivo es el ocultamiento de propiedades, empresas, activos, ganancias y evasión de impuestos.


Un año antes el periódico alemán Süddeutsche Zeitung los había recibido de un informante anónimo, cuya intención declarada fue “el hacer públicos estos delitos”.


Ramón Fonseca Mora, uno de los fundadores de la firma, ocupaba en ese momento la presidencia provisional del Partido Panameñista y era Asesor Presidencial, por lo que tuvo que renunciar a ambos cargos, declarando el Presidente Juan Carlos Varela en cadena nacional el seis de abril, tras una reunión con el cuerpo diplomático convocado para recibir explicaciones sobre el escándalo, que “Panamá se encuentra comprometido con la transparencia, la rendición de cuentas y la democracia”, rechazando que el país pudiese ser considerado un paraíso fiscal y ser utilizado como “chivo expiatorio”.


El nueve de mayo ICIJ publicó la base de datos completa, y para entonces el escándalo ya había alcanzado niveles internacionales sin precedentes. Inicialmente fueron identificados 12 jefes o exjefes de Estado y a 140 altos dirigentes políticos y personalidades públicas vinculadas a diversas sociedades offshore con dudosas finalidades. Deportistas del relieve de Lionel Messi, funcionarios deportivos como Michel Platini, directores de cine como Pedro Almodóvar, actores tales como Jackie Chan, y presidentes como Mauricio Macri, por solo mencionar  unos pocos. Emblemático fue el caso del Primer Ministro de Islandia, Sigmundur Gunnlaugsson, que tuvo que dimitir poco después de conocerse su vinculación y la de su esposa con varias sociedades offshore. Igual le ocurrió a José Manuel Soria, Ministro español de Industria y Presidente del Partido Popular de Canarias.


La lista de altos funcionarios de África, América Latina, Europa, Asia, Oceanía y Norteamérica involucrados con sociedades offshore generadas por el bufete de Mossack Fonseca sería interminable y sigue siendo sorprendente. No en vano todo el entramado ha sido calificado como una “red global de crimen y corrupción”. Por supuesto, no toda sociedad anónima es constituida con fines ilícitos, muchas lo son con el ánimo de guardar la privacidad de sus propietarios. Pero es inocultable que al menos 33 personas y compañías estaban en la “lista negra” (¿lista Clinton?) de los Estados Unidos de Norteamérica por haber realizado negocios con capos de la droga mexicanos y organizaciones terroristas como Hezbola, tal cual afirman estudiosos de la documentación filtrada.


Tal fue el impacto de las revelaciones de los “Panamá Papers” que innumerables países abrieron de inmediato investigaciones: España, Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, México, Venezuela, Brasil, Ecuador, etc., y muchos de ellos han enviado solicitudes de asistencia judicial a Panamá. En Perú, El Salvador, Ecuador, Brasil y otros muchos se han producido allanamientos a las oficinas y delegaciones de la firma Mossack Fonseca. Hace solo unos pocos días las autoridades brasileñas han vinculado sociedades offshore panameñas con el escándalo Lava Jato, y desde hace unos meses se investigan los posibles nexos de Odebrecht con el pago de coimas en Panamá. De igual manera, el gobierno de Inglaterra acaba de anunciar la apertura de una amplia investigación contra 30 grandes evasores que utilizaron compañías offshore del bufete Mossack Fonseca, y otras 43 grandes fortunas están siendo evaluadas judicialmente. Pocos meses después de iniciado el escándalo, el gobierno alemán compró a un desconocido una base de datos de las firmas offshore generadas por Mossack Fonseca que incluía a importantes evasores de impuestos, y hace sólo unos días su Ministro de Economía anunció la puesta a punto de un proyecto de ley agravando las sanciones por la evasión de impuestos y determinando que los bancos que faciliten tales actividades incurran en responsabilidades.


Si bien el gobierno panameño ha hecho todos los esfuerzos por rebajar la gravedad que ha tenido el impacto del escándalo a nivel interno, incluso declarando el Presidente Varela que se trata de un “problema global”, lo cierto es que hemos sido afectados gravemente como país. Francia nos volvió a incluir en su “lista gris”, y la Comisión  Europea en su última evaluación del pasado 15 de septiembre incluyó a Panamá entre los países que cumplen con los criterios de falta de transparencia. Igualmente del Foro Global de la OCDE dio a Panamá una calificación “no satisfactoria” en la evolución de la implementación de los estándares de transparencia e intercambio de información para fines fiscales.


Ciertamente, Panamá se ha visto enfrentada a serios problemas internacionales derivados directamente del escándalo que significó la divulgación de la información surgida del bufete Mossack Fonseca, y  si bien las presiones sobre nuestro sistema fiscal tienen su historia ha sido a partir de dicho escándalo que el gobierno se ha visto forzado a pisar el acelerador y proceder con urgencia a realizar importantes reformas de nuestra plataforma legal y financiera, todo ello con vistas a ofrecer información fiscal de ciudadanos de otros países y dificultar la utilización de nuestro sistema legal para la comisión de delitos extraterritoriales, en especial la evasión fiscal.  


¿ Por qué hemos sido tan lentos para adecuarnos a las exigencias derivadas de la crisis fiscal del Estado en los denominados países desarrollados? No podemos ocultar la existencia de lo que se ha llamado “la dictadura de los bufetes de abogados en Panamá”. En efecto, un reducido grupo de firmas de abogados han jugado un papel extraordinariamente importantes en la deriva política del país y por tanto también en la defensa de un mercado multimillonario centrado en parte en la generación de sociedades offshore.


No es de extrañar entonces la teoría conspirativa de la “agresión” al país y a nuestro exitoso sistema legal y fiscal, o los llamados a la defensa de nuestra soberanía agredida e irrespetada. En verdad no hemos evolucionado al compás de una crisis fiscal instalada en los países desarrollados y exasperada por una economía global estancada y en crisis. 


Inicialmente nos escandalizamos porque la ICIJ denominó a la filtración Panamá Papers. Dicho nombre era la prueba indiscutible de que “venían a por nosotros”, sin detenerse a observar que igual denominaron a otros escándalos investigados por dicho organismo: Bahamas Papers, Suisse Leaks, Luxemburgo Leaks, etc. Se trata titulaciones periodísticas que permiten ubicar la investigación.


El reconocimiento tardío de la gravedad de la situación y de las necesarias reformas, por tibias que sean las mismas, dado el tira y jala del gobierno con los poderosos bufetes de abogados, quedó establecido con el nombramiento por parte del gobierno del Comité Independiente de Expertos para que analizaran y evaluaran el sistema económico y financiero panameño, cuyas recomendaciones servirían para realizar mayores reformas a nuestra plataforma de servicios legales y financieros, haciéndola aún más transparente. Lamentablemente, Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, y Mark Pieth, prestigioso profesor de Derecho y Criminología de la Universidad de Basilea, renunciaron al comité acusándolo de falta de independencia y transparencia, lo que indiscutiblemente le ha restado credibilidad a las conclusiones a que pueda llegar dicho comité, aunque la mayor pérdida de credibilidad viene dada por la impunidad en la que permanece el bufete Mossack Fonseca, y sus fundadores, pese al estremecimiento mundial y nacional que generó la divulgación de los documentos secretos de sus clientes offshore.



* Analista político



      

      

  

  

Fundaciones de firmas offshore ( Mossack Fonseca ) para clientes a través de bancos

Sede
Banco
Cantidad de
fundaciones
Experta Corporate & Trust Services (100 % subsidiaris del BIL)
1659
Banque J. Safra Sarasin – Luxembourg S.A.
963
Credit Suisse Channel Islands Limited
918
HSBC Private Bank (Monaco) S.A.
778
HSBC Private Bank (Suisse) S.A.
733
UBS AG (filial Rue du Rhône en Ginebra)
579
Coutts & Co Trustees (Jersey) Limited
487
Société Générale Bank & Trust Luxembourg
465
Landsbanki Luxembourg S.A.
404
Rothschild Trust Guernsey Limited
378
119
19







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