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Classical Music - Piano, Violin & Strings


PIANO & STRINGS A quiet, atmospheric piano & strings playlist, featuring some of the greatest classical masterpieces ever composed. Perfect for your moments of relax, also suitable for studying, reading and working. 01 DEBUSSY - 2 Arabesques: No. 1, Andantino con moto 00:00 02 CHOPIN - Douze études, Op. 25: No. 1 "Aeolian Harp" 04:06 03 SCHUMANN - Kinderszenen, Op. 15: No. 7, Traumerei 06:34 04 SAINT-SAENS - The Carnival of the Animals: XIII. The Swan 09:51 05 LISZT - Consolations, S. 172: No. 3, Lento placido 12:30 06 BEETHOVEN - Piano Concerto No. 3: II. Largo 16:33 07 LISZT - Liebesträume, S. 541: No. 3 in A-Flat Major 26:26 08 MORRICONE - Suite from Nuovo Cinema Paradiso 32:12 09 CORELLI - Concerto Grosso No. 1, Op. 6: I. Largo 36:22 10 CORELLI - Concerto Grosso No. 9, Op. 6: I. Preludio 39:19 11 TCHAIKOVSKY - Piano Concerto No. 2: II. Andante non troppo 41:26 12 SATIE - Trois Gymnopédies: No. 1, Lent et doloreux 49:35 13 SATIE - Trois Gymnopédies: No. 2, Lent et triste 52:24 14 SATIE - Trois Gymnopédies: No. 3, Lent et grave 54:38 15 BEETHOVEN - Fur Elise (cello version) 56:44 16 CHOPIN - Nocturne in C sharp minor, Op. Posth. 1:01:32 17 CHOPIN - Preludes, Op. 28: No. 15 "Raindrop" 1:05:20 18 BEETHOVEN - Piano Concerto No. 1 in C Major, Op. 15: I. Allegro con brio 1:10:39 19 BEETHOVEN - Piano Concerto No. 1 in C Major, Op. 15: II. Largo 1:29:23 20 BEETHOVEN - Piano Concerto No. 1 in C Major, Op. 15: III. Rondo. Allegro 1:38:56 21 WEBER - Piano Concerto No. 2, Op. 32: II. Adagio 1:48:12 22 MENDELSSOHN - Piano Concerto No. 1: II. Andante 1:53:40 1, 5, 16 & 17: Luke Faulkner (solo piano) 2, 3 & 7: Giovanni Umberto Battel (solo piano) 4: Sarah Joy (cello), Kathy Hohstadt (piano) 6 & 18-20: Bruno Canino (piano), Orchestra da Camera Fiorentina cond. by Giuseppe Lanzetta 8 & 17: Orchestra da Camera Fiorentina cond. by Giuseppe Lanzetta 9 & 10: Kiev Chamber Orchestra cond. by Liviu Buiuc 11: Saulis Dirvanauskas (piano), Moldavian Philarmonic Orchestra cond. by Liviu Buiuc 12-14: Carlo Balzaretti (solo piano) 15: Sarah Joy 21: Saulis Dirvanauskas (piano), Lublino Philharmonic Orchestra cond. by Adam Natanek 22: Saulis Dirvanauskas (piano), Chisinau Symphony Orchestra cond. by Silvano Frontalini

Tratos sospechosos del yerno de Trump en Israel


Robert Fisk

Hubo un tiempo en que todos nos creíamos el mito de que los esfuerzos de paz de Washington en Medio Oriente eran imparciales, neutrales, sin influencia de la religión, el historial o las actividades de negocios de los pacificadores. Incluso cuando en el gobierno de Clinton, los cuatro principales pacificadores eran todos judíos estadunidenses –su principal negociador, Dennis Ross, había sido un prominente ex miembro del equipo del más poderoso cabildo israelí, Aipac (Comité de Asuntos Públicos de Estados Unidos e Israel)–, la prensa occidental rara vez lo mencionaba. Solo era noticia en Israel, donde el periódico Maarev los llamó la misión de cuatro judíos.

El escritor y activista israelí Meron Benvenisti escribió en el periódico Ha’aretz que, si bien el origen étnico de los cuatro diplomáticos estadunidenses podría ser irrelevante, “es difícil pasar por alto que la manipulación del proceso de paz fue confiada por Washington en primer lugar a judíos estadunidenses, y que al menos un miembro del equipo del Departamento de Estado fue seleccionado para la tarea porque representaba el punto de vista del establishment judío estadunidense. La tremenda influencia de ese establishment en el gobierno de Clinton encontró su manifestación más clara al redefinir los ‘territorios ocupados’ como ‘territorios en disputa’.”

Pero, para no ser acusados de antisemitismo, señaló Benvenisti, los palestinos “no pueden, ni Dios lo permita, hablar de la ‘conexión judía’…” Tras ser acusada de antisemitismo solo por condenar la brutalidad israelí y la ocupación de Cisjordania y Jerusalén Oriental, el mismo miedo socava el valor de la Autoridad Palestina. Cuando el yerno judío de Trump, Jared Kushner, se volvió el malhadado enviado de paz del presidente, los palestinos, bien conscientes de que apoyaba la persistente –e internacionalmente ilegal– colonización de tierras árabes, recibieron con cortesía su súbita exaltación a pacificador. Fueron los medios israelíes los primeros en destacar lo poco que sabía del verdadero Medio Oriente, y las muy pocas personas que conocía allí.

Sin embargo, Dennis Ross, el ex hombre de Aipac, cuya inclinación hacia Israel fue criticada por colegas israelíes al igual que árabes, apoyó fuertemente a Kushner cuando fue designado enviado especial. En cuanto a Trump, he aquí el registro oficial de sus ideas sobre la eficiencia de Jared Kushner: “Saben, Jared es un excelente muchacho y hará un pacto con Israel (sic) que nadie más puede lograr. Tiene talento natural –ya saben de lo que hablo, natural–, un negociador natural. Le cae bien a todo el mundo.”

Como inversionista en bienes raíces, tal vez Kushner sí sea un negociador natural. Pero nadie hubiera esperado descubrir –como hizo el New York Times hace unos días– que, poco antes de que Kushner acompañara a Trump en su primer viaje diplomático a Israel, en mayo, su compañía familiar inmobiliaria recibió unos 30 millones de dólares en inversiones de Menora Mivtachim, una de las instituciones aseguradoras y financieras más grandes de Israel. El acuerdo –sorpresa, sorpresa– no se publicó. No hay evidencia de que Kushner estuviera directamente involucrado en el acuerdo y no parece haber alguna violación de las leyes federales sobre ética, según el diario.

Pero, como señaló el NYT, aparte de la decisión de Trump de reconocer a Jerusalén como capital de Israel, el acuerdo con Kushner podría socavar la capacidad de Estados Unidos de ser visto como un negociador independiente en la región. Vaya, vaya. ¿Cómo podría ser eso? ¿Acaso el NYT no acepta que Kushner se toma muy en serio las reglas sobre ética (así lo dijo un secretario de prensa de la Casa Blanca) y que, si bien no se puede impedir que las empresas Kushner hagan negocios con una firma extrajera porque Kushner trabaja en el gobierno, no hacen negocios con entes soberanos o gobiernos?

Kushner sigue siendo beneficiario de fideicomisos que tienen intereses en las empresas de su familia, pese a que renunció como ejecutivo en enero del año anterior. Mi cita favorita viene de uno de los abogados de Kushner, Abbe D. Lowell, quien dijo que conectar cualquiera de sus muy publicitados viajes a Medio Oriente con cualquier asunto relativo a las empresas Kushner o a sus negocios es absurdo, y es un intento de sacar una nota sobre algo que no existe.

Así que está bien, entonces. Y si un miembro futuro de un importante equipo negociador de paz estadunidense en Medio Oriente resultara ser musulmán –por pura casualidad– (su origen étnico tan irrelevante como dicen que es el de Kushner) y, al momento de trabajar para el presidente estadunidense, fuera beneficiario de fideicomisos de una compañía que hiciera negocios con, digamos, empresas en Arabia Saudita, Egipto o –Dios nos libre– en Ramalá, en Cisjordania, sería una práctica abierta y aceptable para un tipo cuyo único deseo en la vida sería llevar la paz a israelíes y palestinos. Y si esas compañías árabes invirtieran en esa compañía inmobiliaria del negociador de la paz, nadie alzaría una ceja ni insinuaría que tal cosa fuera un poquito irregular o –no usemos la palabra falta de ética– no del todo apropiada.

Después de todo, los funcionarios electos estadunidenses siempre han sido un poco escépticos respecto de la ayuda financiera árabe a Estados Unidos, aun cuando haya llegado libre de cargo y sin interés adosado. Pensemos en el príncipe saudita Al-Waleed bin Talal –uno de los hombres más ricos del mundo, que hoy vive en un colchón del hotel Ritz de Riad como invitado involuntario del príncipe heredero Mohamed bin Salman–, quien en 2001 ofreció una donación de 10 millones de dólares al Fondo de las Torres Gemelas, para las familias y víctimas del ataque del 11-S. También mencionó la causa palestina porque, dijo, desde el ataque los reporteros han preguntado repetidas veces cómo erradicar el terrorismo. Estados Unidos tiene que entender, añadió, que, si quiere extraer las raíces de este acto ridículo y terrible, tiene que resolver este asunto.

¡Sopas! Esta verdad evidente en sí misma fue demasiado para el alcalde Rudolph Giuliani de Nueva York, que al instante dijo al príncipe Al-Waleed bin Talal que se guardara su cheque. No se puede ofrecer dinero y hablar de política al mismo tiempo. Pero mostró lo delicada que puede ser la conexión entre dinero –incluso donaciones de un árabe– y política en el eje Medio Oriente-Estados Unidos.

No parece haber tales problemas, en cambio, con respecto a Jared Kushner, quien obviamente aprobó la grotesca decisión de su suegro de aceptar a Jerusalén como capital israelí, con la cual cortó a los palestinos del acuerdo natural que Trump aseguraba que podría lograr. Y por supuesto que la relación de la compañía inmobiliaria de Kushner con las instituciones financieras israelíes nada tiene que ver con ello.

Frei Betto: “La Iglesia brasileña es tímida, perdió el profetismo de décadas pasadas”


Entrevista por Luis M. Modino
www.religiondigital.com / 200118

Brasil pasa por un momento de extrema importancia histórica. La situación socio-política es cada vez más preocupante, a lo que une el juicio en segunda instancia que mañana va a tener lugar en Porto Alegre contra el ex-presidente Lula, y que ha dividido claramente al país entre acusadores y defensores.

Dentro de esa coyuntura, Frei Betto, una de las voces más autorizadas en Brasil en lo que hace referencia al análisis socio-político, hace un juicio de valor en esta entrevista sobre el momento por el que el país pasa, mostrando cómo puede ser resuelta esta situación.

Dentro del periodo actual, el fraile dominico define la postura de la Iglesia católica como tímida, poco profética, trayendo a la memoria la figura de obispos que se comprometieron con los más pobres, llegando a afirmar que existe una distancia entre el Papa Francisco y el episcopado brasileño, que "le tolera pero no le apoya".

En el contexto del 14º Intereclesial de las comunidades eclesiales de base, que hoy se inicia en Londrina, analiza el papel de las CEBs, a las que concede una gran importancia en la vida del país en las décadas de setenta y ochenta, y como ellas pueden ser un instrumento que ayude a retomar muchos de los aspectos que siempre estuvieron presentes en la sociedad y la Iglesia de Brasil. 

¿Cómo ve la actual situación socio-política de Brasil?

Brasil vive una crisis política, institucional muy fuerte desde que fue dado el golpe parlamentario destituyendo a la presidente Dilma Rousseff, golpe que completa una estrategia de la Casa Blanca para destituir en América Latina a los presidentes progresistas. Comenzó por Honduras, después por Paraguay y ahora Brasil, y con eso tenemos un gobierno golpista, comandado por el presidente Temer, que no consigue llegar al 5% de aprobación por parte de la opinión pública y un gran momento de espera porque están queriendo criminalizar la figura del exponente máximo de la base popular brasileña, que es el ex-presidente Lula, cuyo juicio en segunda instancia será mañana en Porto Alegre.

Vamos a ver el resultado. De cualquier forma creo que él no será impedido de ser candidato a presidente. La superación de esa crisis va a depender, de un lado de las elecciones de este año, que serán a final de año, elecciones presidenciales, para gobernadores y también para el Congreso Nacional, y de otro lado, tenemos un escenario muy curioso, que es la inercia del pueblo. 

Muchos me dicen, principalmente amigos extranjeros, ¿por qué no ocurren aquí manifestaciones como aquella que hubo recientemente en Argentina? Por la misma razón que debería haber en Brasil contra la Reforma de la Previdencia Social, ¿por qué no ocurren manifestaciones para deponer al presidente Temer, por qué no ocurren manifestaciones expresivas?

Porque, infelizmente, durante los trece años del gobierno del PT, Partido de los Trabajadores, no se trabajó la politización del pueblo brasileño, no se hizo lo que yo llamo alfabetización política. Y con eso, tenemos hoy una nación de consumistas y no de protagonistas políticos.

¿Qué debería ser hecho desde los movimientos sociales, desde los partidos políticos, para recuperar esa dimensión política en la sociedad?

Necesitamos en primer lugar, fortalecer los movimientos sociales, eso es lo más importante. Ellos son el pueblo más importante de toda la cadena de movilización social, mucho más que los partidos. El problema es que, una vez en el gobierno, el PT cortó a algunos movimientos sociales importantes, como a CUT, Central Única de Trabajadores, y la Unión Nacional de los Estudiantes, que se convirtieron mucho más en presencia del gobierno en la base que, lo que debería ser siempre, representantes de la base al lado del gobierno.

Con eso, hoy tenemos movimientos sociales muy fragilizados, aunque algunos tengan expresión nacional y capacidad de movilización, y yo resalto dos, el MST, que es el Movimiento Sin Tierra, y el MTST, que es el Movimiento Sin Techo. Esos dos movimientos son los exponentes de la movilización popular en el país. Pero deberíamos tener mucho más, pues Brasil tiene una red enorme de movimientos sociales, movimientos negros, movimientos de mujeres, movimientos de lucha por derechos, agua, pasarela, carreteras, cisternas, toda una infinidad de movimientos sociales, pero esos fueron fragilizados por falta de un trabajo, a medio plazo, de alfabetización política, y hoy, si se pregunta, cuál es nuestra tarea prioritaria, la respuesta es esa, priorizar, invertir, fortalecer los movimientos sociales.

Usted ha hablado del Movimiento Sin Techo. ¿Es cierto el rumor que corre que Guilherme Boulos, el líder de ese movimiento, podría ser un futuro candidato a la Presidencia de Brasil?

Parece que hay una tentativa para que él sea candidato a presidente por el PSOL, Partido Socialista y Libertad, que es un partido de izquierda, y en el segundo turno apoyaría a Lula. Él ha hablado mucho con Lula y Lula con él, los dos están juntos. Porque Guilherme, como candidato a Presidente va a conseguir sumar un sector de la izquierda que hoy no está dispuesto a votar a Lula, debido a las alianzas que Lula hizo en el pasado y todavía insiste en hacer en el futuro, con Renan Calheiros, con José Sarney, etcétera, que son caciques corruptos de la política brasileña.
La Iglesia, ante esa situación política, a través de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, CNBB, ya ha emitido algunas notas. ¿Piensa que es suficiente, que la Iglesia brasileña debería ser más profética?

La Iglesia brasileña fue muy profética durante los años de la dictadura militar y la democratización, a partir de 1985 hasta la década de noventa. A partir de ahí, con el pontificado de Juan Pablo II y Benedicto XVI, ese profetismo desapareció prácticamente, y todavía no se recuperó de nuevo. Tenemos una Iglesia tímida, que hace documentos tímidos, algunos hasta críticos con el gobierno Temer, como aquel que fue emitido contra la reforma laboral, pero no tenemos más exponentes proféticos como Don Pedro Casaldáliga, Don Helder Cámara, Don Paulo Evaristo Arns, Don Fragoso, Do Luiz Fernandes, obispos que realmente expresaron en público el amor a aquellos que son, en consecuencia de la desigualdad social y de la exclusión, sin voz.

¿Por qué esa timidez cuando vemos que el Papa Francisco está siendo alguien que se toma postura contra un sistema que él define como un sistema que mata?

Porque infelizmente, el Papa Francisco no es el Papa de muchos obispos brasileños, ellos le toleran, pero no le apoyan. Piensan que el Papa Francisco es demasiado avanzado. Entonces, por eso, no manifiestan ese apoyo que me gustaría que la CNBB manifestase siempre. 

El Papa Francisco ya promovió tres encuentros de líderes mundiales de movimientos sociales, tres. Brasil, seguramente, es uno de los países del mundo con mayor número de movimientos sociales. La CNBB ya debería haber hecho por lo menos uno. Todavía es una conferencia episcopal tremendamente clericalizada, donde los laicos casi no tienen ningún espacio. Eso realmente muestra la falta de nuestro profetismo.
La Iglesia de Brasil promueve en este año el Año del Laicado. Desde ese punto de vista, ¿el Año del Laicado es algo que se queda dentro de la Iglesia o que tiene una implicación hacia fuera?

No, no, para dentro de la Iglesia. No es un año en que se tenga, por ejemplo. una Iglesia que se manifiesta a favor de los laicos, de católicos que participan de la vida nacional u que deberían tener todo el respaldo explícito de la Iglesia. La Iglesia ni[JS1]  siquiera respalda a padres[JS2]  y religiosas que están en línea de frente. No da suficiente apoyo a aquellos que están más implicados en los movimientos sociales.

La CNBB, por ejemplo, debería haber hecho una misa en el asentamiento del MTST en São Bernardo do Campo, donde hay ocho mil personas alojadas debajo de tiendas de campaña. No lo hizo, debería haber aprovechado la Navidad para hacer una gran celebración allí, pero los pastores evangélicos fueron. Esa es a contradicción que vivimos.

Estamos participando del 14º Intereclesial de las Comunidades Eclesiales de Base. La Iglesia de base, ¿cómo podría ayudar a que los cambios que el Papa Francisco intenta proponer, tanto en la Iglesia como en la sociedad, se hagan realidad, al menos en esa Iglesia de comunidades, de base?

Las comunidades de base tienen que crecer y eso tiene que ser una iniciativa de los laicos. Aunque haya muchos padres y algunos obispos que apoyan, no vamos a esperar que ellos tomen la iniciativa solos. Es necesario que los laicos incrementen esa red de comunidades, extremamente vital durante la década de 1970 y 80 en Brasil, contribuyendo a derribar la dictadura, contribuyendo a la formación del PT, la CUT, el MST. 

Lula varias veces ha repetido que las CEBs tuvieron más importancia en la capilaridad nacional del PT que el movimiento sindical, o que el movimiento social.

¿Podríamos decir que con el tiempo las CEBs se convirtieron en algo más intraeclesial?

No, las CEBs no se convirtieron, las CEBs perdieron el apoyo en los dos pontificados conservadores, de Juan Pablo II y Benedicto XVI, y con eso los obispos recularon en el apoyo. Y como la Iglesia tiene una estructura vertical, autocrática, eso tuvo reflejo en las CEBs. Inclusive ya existen estudios que demuestran que el crecimiento de las iglesias evangélicas tiene que ver con el recular de las CEBs. 

En cuanto los laicos encontraban en las CEBs el espacio para vivir su fe y su práctica misionera, las iglesias evangélicas no crecían tanto. Muchos fueron buscando en las iglesias evangélicas lo que no encontraron más en la católica.

Frente a eso, muchos movimientos conservadores acusan a las CEBs de provocar el crecimiento de las iglesias evangélicas.

Pero no es verdad, existen estudios científicos que demuestran lo contrario, que la caída de las CEBs, corresponde al crecimiento de las iglesias evangélicas. Eso es un hecho, el hecho es que las CEBs fueron una fuerza extremamente expresiva en la historia de Brasil en las décadas de setenta y ochenta.


 [JS1]¿Iglesia = obispos?

¿Qué trama en Irán el superespía de EU?


Robert Fisk

La mayoría de nosotros conocemos esa extremadamente rara pero levemente escalofriante sensación, al ir por una calle, mirar una colina o escuchar una conversación, de que ya la hemos visto u oído antes. Tal vez en una encarnación anterior. O quizás apenas unos años atrás, aunque no logramos ubicar la experiencia en el tiempo.

Me llevó un buen rato antes de que un amigo en quien confío, lograra señalar por qué la más reciente revuelta callejera en miniatura en Irán me parecía tan extraña. Y tan familiar. Y tan sobrecogedora.

Repasemos la secuencia de sucesos. Gran número de jóvenes despojados de sus derechos, pobres o desempleados tomaron las calles de una nación de Medio Oriente para quejarse de la pobreza, la corrupción del régimen y su falta de libertad… y pronto se volvieron contra sus gobernantes. Perfectamente justificado. Pero en cuestión de días se disparan armas de fuego contra opositores al gobierno, el cual sostiene el derecho del pueblo a manifestarse, pero advierte que quienes recurran a la violencia pagarán el precio. Por lo menos 21 personas –dos de ellas miembros de las fuerzas de seguridad– pierden la vida cuando los manifestantes responden a las tácticas de tirar a matar de los agentes armados del gobierno.

El gobernante más poderoso –apoyado por las milicias del Estado– se queja de que los disturbios son fomentados por extranjeros, traidores, espías. El líder más veterano del Estado reduce todo a dinero, armas, políticas y servicios de inteligencia. Estados Unidos, Gran Bretaña y Arabia Saudita son mencionados como los principales sospechosos. Y entonces vastas multitudes pro gubernamentales –que superan en número (si no en entusiasmo) a los manifestantes–, marchan por cientos de miles para condenar las protestas callejeras, sosteniendo sobre sus cabezas retratos de sus amados líderes. El régimen afirma que las protestas terminaron.

Los paralelos no son exactos –las similitudes lo son mucho más–, pero, ¿no es esto, palabra por palabra, lo que ocurrió en Siria en 2011? ¿No es el mismo escenario, la misma representación, el mismo argumento? Una masa de campesinos empobrecidos –aplastados por las absurdas políticas agrícolas de su gobierno– comenzó a manifestarse contra el gobierno de Assad, luego contra la corrupción, y más tarde –muy pronto– a exigir su derrocamiento, tal como se puede ver a los manifestantes en Irán hoy quemando carteles de Alí Jamenei, el líder supremo, y del presidente Hassan Rouhani. Las fuerzas de seguridad comenzaron a matar manifestantes. Y, mucho antes de lo que creíamos en ese tiempo, opositores al régimen armados empezaron a atacar en la primavera de 2011 a los militares sirios a lo largo de la frontera norte con Líbano, cerca de Homs y Dera’a.

De inmediato, el régimen de Bashar al Assad afirmó que una mano extranjera operaba detrás de los terroristas –palabra que el gobierno iraní no ha usado (aún) con respecto a sus opositores armados– y nombró a Estados Unidos y Arabia Saudita como conspiradores para desatar una guerra civil en Siria. Cientos de miles de sirios leales al régimen marcharon por Damasco cada semana ondeando carteles de Assad. Una y otra vez, el gobierno sirio se refirió a la crisis como cosa terminada.

No era así. Pero, pese a los esfuerzos de Washington y Riad (y el apoyo británico al cambio de régimen), Assad se sostuvo con la misma tenacidad con que el régimen iraní aplastó las protestas de 2009 después de la muy dudosa victoria de Mahmud Ahmadineyad en la elección presidencial (un hombre que tenía mucho en común con Donald Trump).

Ahora debo referirme a mi institución favorita, que cruje pero aún tiene relevancia, el Departamento de Verdades de a Kilo. No, Irán no es una democracia de estilo occidental cuando sus funcionarios deciden quién puede ser presidente y quién no. Pero cuenta con un parlamento que funciona genuinamente y, después de la experiencia de Donald Trump –para no mencionar la dudosa legitimidad de la victoria de George W. Bush–, comparar las libertades iraníes con las libertades estadunidenses tal vez no sea una gran idea en este momento.

Mi preocupación radica en la crueldad inherente de un régimen que puede enviar a una mujer joven e inocente al patíbulo mientras un funcionario de la prisión grita imprecaciones a su madre en el teléfono celular de la prisionera. Ya he dicho antes que las horcas manchan a Irán más que la centrífuga. Se puede negociar sobre una instalación nuclear; en cambio, no se puede revertir la muerte.

Tomemos, por ejemplo, a Delara Darabi –de apenas 23 años–, quien fue arrastrada al patíbulo en 2009, gritando a su madre por el teléfono celular: Oh, madre, puedo ver la nariz del verdugo frente a mí. Me van a ejecutar. Sálvame, por favor.

Delara había confesado falsamente haber matado al primo de su padre para salvar del verdugo a su novio. Mientras ataban a la pobre chica, el verdugo le arrancó el teléfono y dijo en tono de burla a la madre que ya nada podía salvarla. Después, ese mismo año, el entonces presidente Ahmadineyad me dijo que estaba en contra de la pena capital. Pero los jueces iraníes eran independientes del gobierno, proclamó. Yo no quiero matar ni una hormiga.
No hizo nada, por supuesto. Casi 700 seres humanos fueron arrastrados a la horca en 2015, otros 567 en 2016. Sin duda muchas de las víctimas eran narcotraficantes. Pero sus juicios fueron farsas y las ejecuciones contaminan a la República Islámica tanto como mancillan la autoridad de Hassan Rouhani, el hombre en quien expresamos confianza después del acuerdo nuclear con Teherán.

Pero ahora regresemos a esos persistentes paralelos entre Irán y Siria. La guerra israelí con Hezbolá en Líbano en 2006 fue un intento de destruir al aliado más cercano de Siria en Líbano y protegido de Irán. Fracasó. Hezbolá afirmó que había triunfado. No fue así, pero los israelíes perdieron. El siguiente objetivo fue Siria, en 2011. De allí en adelante sólo conocemos parte de la dolorosa y atroz historia. Pero Occidente –e Israel– perdieron de nuevo. Assad sobrevivió. Ha ganado, con la ayuda de esos molestos rusos, de Hezbolá e Irán.

Entonces, ¿es ahora el turno de Irán? Casi la misma táctica. El mismo guión. Los mismos enemigos que Arabia Saudita observa con deleite. Gran Bretaña murmura sobre derechos humanos –que son la contribución de Boris–, pero los estadunidenses chillan del lado de los manifestantes inocentes (aunque cada vez más peligrosos). El mundo está observando. Claro que sí. Pero lo que me deja perplejo es que, mientras Irán hace las acostumbradas acusaciones de conspiraciones estadunidenses, los medios estadunidenses –y los nuestros, para el caso– no han mencionado una sola vez en este contexto el nombre de un funcionario de la inteligencia de Washington que hace apenas seis meses fue lanzado al estrellato como el hombre designado por Trump para dirigir las operaciones de la CIA en Irán.

Qué extraño. Porque en junio pasado el New York Times perfilaba el nuevo papel del príncipe negro –o el ayatola Mike, como al parecer también le llamaron– como uno de varios movimientos dentro de la agencia de espionaje que apuntan a un enfoque más muscular a las operaciones encubiertas bajo la dirección de Mike Pompeyo. Irán ha sido uno de los objetivos más difíciles de la CIA, afirmó el periódico que publica todas las noticias dignas de imprimirse.

“El reto de comenzar a aplicar las ideas del presidente Trump recae en Michael D’Andrea, un converso al islam que fuma un cigarrillo tras otro… Quizá ningún funcionario de la CIA tiene mayor responsabilidad en debilitar a Al Qaeda… Trump ha nombrado a los halcones del Consejo Nacional de Seguridad ansiosos de contener (sic) a Irán e impulsar el cambio de régimen, cuyo fundamento será muy probablemente instalado mediante la acción encubierta de la CIA”.

En los 11 años transcurridos desde los ataques del 11-S, señala el NYT, D’Andrea estuvo profundamente implicado en el programa de detenciones e interrogatorios, el cual produjo la tortura de cierto número de prisioneros y fue condenado en un informe del Senado, en 2014, por inhumano e inefectivo. D’Andrea asumió el Centro de Contraterrorismo de la CIA en 2006 y, según el diario, operativos bajo su dirección tuvieron un papel fundamental en la ejecución en 2008 de Imad Mougniyeh, uno de los más altos funcionarios de Hezbolá (aunque en semi retiro) en Damasco. Al parecer D’Andrea también fue esencial en el incremento del uso de ataques con drones en la frontera afgano-paquistaní.

Es, por tanto, un formidable adversario de los iraníes –así como de los sirios–, pero es extraño que no hayamos sabido de él en los meses recientes. ¿No le interesan los recientes acontecimientos en Irán? Claro que sí. Es su trabajo, ¿o no? Pero, ¿por qué el silencio? ¿Será que no logramos atar ningún cabo aquí? ¿Por pura casualidad existirá algún vínculo entre los servicios de inteligencia que hacen gemir al pobre Jamenei en Teherán y los servicios de inteligencia operados por Michael D’Andrea, el hombre que debe empezar a aplicar las ideas del presidente Trump?

No estoy muy seguro de que el mundo esté observando. Pero debería hacerlo.

Sobre la Reserva Hidrológica del Majé







La nueva tesis once


www.alainet.org / 100118

En 1845, Karl Marx escribió las célebres Tesis sobre Feuerbach. Redactadas después de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, el texto constituye una primera formulación de su propósito de construir una filosofía materialista centrada en la praxis transformadora, radicalmente distinta de la que entonces dominaba y cuyo máximo exponente era Ludwig Feuerbach. En la célebre undécima tesis, la más conocida de todas, declara: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. El término “filósofos” se utiliza en un sentido amplio, como referencia a los productores de conocimiento erudito, pudiendo incluir hoy todo el conocimiento humanista y científico considerado fundamental en contraposición al conocimiento aplicado.

A principios del siglo XXI esta tesis plantea dos problemas. El primero es que no es verdad que los filósofos se hayan dedicado a contemplar el mundo sin que su reflexión haya tenido algún impacto en la transformación del mundo. Y aunque eso haya sucedido alguna vez, dejó de ocurrir con el surgimiento del capitalismo o, si queremos un término más amplio, con la emergencia de la modernidad occidental, sobre todo a partir del siglo XVI. Los estudios sobre sociología del conocimiento de los últimos cincuenta años han sido concluyentes en mostrar que las interpretaciones del mundo dominantes en una época dada son las que legitiman, posibilitan o facilitan las transformaciones sociales llevadas a cabo por las clases o grupos dominantes.

El mejor ejemplo de ello es la concepción cartesiana de la dicotomía naturaleza-sociedad o naturaleza-humanidad. Concebir la naturaleza y la sociedad (o la humanidad) como dos entidades, dos sustancias en la terminología de Descartes, totalmente distintas e independientes una de la otra, tal como sucede con la dicotomía cuerpo-alma, y construir sobre esa base todo un sistema filosófico es una innovación revolucionaria. Choca con el sentido común, pues no imaginamos ninguna actividad humana sin la participación de algún tipo de naturaleza, comenzando por la propia capacidad y actividad de imaginar, dado su componente cerebral, neurológico.

Además, si los seres humanos tienen naturaleza, la naturaleza humana, será difícil imaginar que esa naturaleza no tenga nada que ver con la naturaleza no humana. La concepción cartesiana tiene obviamente muchos antecedentes, desde los más antiguos del Antiguo Testamento (libro del Génesis) hasta los más recientes de su casi contemporáneo Francis Bacon, para quien la misión del ser humano es dominar la naturaleza. Pero fue Descartes quien confirió al dualismo la consistencia de todo un sistema filosófico.

El dualismo naturaleza-sociedad, en razón del cual la humanidad es algo totalmente independiente de la naturaleza y esta es igualmente independiente de la sociedad, es de tal manera constitutivo de nuestra manera de pensar el mundo y nuestra presencia e inserción en él, que pensar de modo alternativo es casi imposible, por más que el sentido común nos reitere que nada de lo que somos, pensamos o hacemos puede dejar de contener en sí naturaleza.

¿Por qué entonces la prevalencia y casi evidencia, en los ámbitos científico y filosófico, de la separación total entre naturaleza y sociedad? Hoy está demostrado que esta separación, por más absurda que pueda parecer, fue una condición necesaria de la expansión del capitalismo. Sin tal concepción no habría sido posible conferir legitimidad a los principios de explotación y apropiación sin fin que guiaron la empresa capitalista desde el principio.

El dualismo contenía un principio de diferenciación jerárquica radical entre la superioridad de la humanidad/sociedad y la inferioridad de la naturaleza, una diferenciación radical que se basaba en una diferencia constitutiva, ontológica, inscrita en los planes de la creación divina. Esto permitió que, por un lado, la naturaleza se transformara en un recurso natural incondicionalmente disponible para la apropiación y la explotación del ser humano en beneficio exclusivo. Y, por otro, que todo lo que se considerara naturaleza pudiera ser objeto de apropiación en los mismos términos. Es decir, la naturaleza en sentido amplio abarcaba seres que, por estar tan cerca del mundo natural, no podían considerarse plenamente humanos.

De este modo, se reconfiguró el racismo para significar la inferioridad natural de la raza negra y, por tanto, la “natural” conversión de los esclavos en mercancías. Esta fue la otra conversión de la que nunca habló el padre António Vieira (famoso jesuita portugués, 1608-1697), pero que está presupuesta en todas las demás de las que habló brillantemente en sus sermones. La apropiación pasó a ser el otro lado de la superexplotación de la fuerza de trabajo.

Lo mismo ocurrió con las mujeres al reconfigurar la inferioridad “natural” de las mujeres, que venía de muy atrás, convirtiéndola en la condición de su apropiación y superexplotación, en este caso consistente en la apropiación del trabajo no pagado de las mujeres en el cuidado de la familia. Este trabajo, a pesar de tan productivo como el otro, convencionalmente se consideró reproductivo para poderlo devaluar, una convención que el marxismo rechazó. Desde entonces, la idea de humanidad pasó a coexistir necesariamente con la idea de subhumanidad, la subhumanidad de los cuerpos racializados y sexualizados. Podemos, pues, concluir que la comprensión cartesiana del mundo estaba implicada hasta la médula en la transformación capitalista, colonialista y patriarcal del mundo.

En ese marco, la tesis once sobre Feuerbach plantea un segundo problema. Es que para enfrentar los gravísimos problemas del mundo de hoy –desde los chocantes niveles de desigualdad social a la crisis ambiental y ecológica, calentamiento global irreversible, desertificación, falta de agua potable, desaparición de regiones costeras, acontecimientos “naturales” extremos, etcétera–, no es posible imaginar una práctica transformadora que resuelva estos problemas sin otra comprensión del mundo.

Esa otra comprensión debe rescatar, a un nuevo nivel, el sentido común de la mutua interdependencia entre la humanidad/sociedad y la naturaleza; una comprensión que parta de la idea de que, en lugar de sustancias, hay relaciones entre la naturaleza humana y todas las otras naturalezas, que la naturaleza es inherente a la humanidad y que lo inverso es igualmente verdadero; y que es un contrasentido pensar que la naturaleza nos pertenece si no pensamos, de forma recíproca, que pertenecemos a la naturaleza.

No será fácil. Contra la nueva comprensión y, por tanto, nueva transformación del mundo, militan muchos intereses bien consolidados en las sociedades capitalistas, colonialistas y patriarcales en que vivimos. Como he venido sosteniendo, la construcción de una nueva comprensión del mundo será el resultado de un esfuerzo colectivo y de época, o sea, ocurrirá en el seno de una transformación paradigmática de la sociedad. La civilización capitalista, colonialista y patriarcal no tiene futuro, y su presente demuestra eso de tal modo que ella solo prevalece por la vía de la violencia, de la represión, de las guerras declaradas y no declaradas, del estado de excepción permanente, de la destrucción sin precedentes de lo que continúa asumiendo como recurso natural y, por tanto, disponible sin límites.

Mi contribución personal en ese esfuerzo colectivo ha consistido en la formulación de lo que denomino epistemologías del Sur. En mi concepción, el sur no es un lugar geográfico, es una metáfora para designar los conocimientos construidos en las luchas de los oprimidos y excluidos contra las injusticias sistémicas causadas por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado, siendo evidente que muchos de los que constituyen el sur epistemológico vivieron y viven también en el sur geográfico.

Estos conocimientos nunca fueron reconocidos como aportes para una mejor comprensión del mundo por parte de los titulares del conocimiento erudito o académico, sea filosofía, sea ciencias sociales y humanas. Por eso, la exclusión de esos grupos fue radical, una exclusión abisal resultante de una línea abisal que pasó a separar el mundo entre los plenamente humanos, donde “solo” es posible la explotación (la sociabilidad metropolitana), y el mundo de los subhumanos, poblaciones desechables donde es posible la apropiación y la superexplotación (la sociabilidad colonial). Una línea y una división que prevalecen desde el siglo XVI hasta hoy.

Las epistemologías del Sur buscan rescatar los conocimientos producidos del otro lado de la línea abisal, el lado colonial de la exclusión, a fin de poder integrarlos en amplias ecologías de saberes donde podrán interactuar con los conocimientos científicos y filosóficos con miras a construir una nueva comprensión / transformación del mundo.

Esos conocimientos –hasta ahora invisibilizados, ridiculizados, suprimidos– fueron producidos tanto por los trabajadores que lucharon contra la exclusión no abisal (zona metropolitana), como por las vastas poblaciones de cuerpos racializados y sexualizados en resistencia contra la exclusión abisal (zona colonial). Al centrarse particularmente en esta última zona, las epistemologías del Sur dan especial atención a los subhumanos, precisamente aquellos y aquellas que fueron considerados más próximos a la naturaleza.

Los conocimientos producidos por esos grupos, pese a su inmensa diversidad, son extraños al dualismo cartesiano y, por el contrario, conciben la naturaleza no humana como profundamente implicada en la vida social-humana, y viceversa. Como dicen los pueblos indígenas de las Américas: “La Naturaleza no nos pertenece, nosotros pertenecemos a la Naturaleza”. Los campesinos de todo el mundo no piensan de modo muy diferente. Y lo mismo sucede con grupos cada vez más vastos de jóvenes ecologistas urbanos en todo el mundo.

Esto significa que los grupos sociales más radicalmente excluidos por la sociedad capitalista, colonialista y patriarcal, muchos de los cuales fueron considerados residuos del pasado en vías de extinción o de blanqueamiento, son los que, desde el punto de vista de las epistemologías del Sur, nos están mostrando una salida con futuro, un futuro digno de la humanidad y de todas las naturalezas humanas y no humanas que la componen.

Al ser parte de un esfuerzo colectivo, las epistemologías del Sur son un trabajo en curso y todavía embrionario. En mi propio caso, pienso que hasta hoy no alcancé a expresar toda la riqueza analítica y transformadora contenida en las epistemologías del Sur que voy proponiendo. He destacado que los tres modos principales de dominación moderna –clase (capitalismo), raza (racismo) y sexo (patriarcado)– actúan articuladamente y que esa articulación varía con el contexto social, histórico y cultural, pero no he dado suficiente atención al hecho de que este modo de dominación se asienta de tal modo en la dualidad sociedad/naturaleza que sin la superación de esta dualidad ninguna lucha de liberación podrá ser exitosa.

En tal escenario, la nueva tesis once debería tener hoy una formulación del tipo: “Los filósofos, científicos sociales y humanistas deben colaborar con todos aquellos que luchan contra la dominación en el sentido de crear formas de comprensión del mundo que hagan posible, prácticas de transformación del mundo que liberen conjuntamente el mundo humano y el mundo no humano”. Es mucho menos elegante que la undécima tesis original, cierto, pero tal vez nos sea más útil.

- Boaventura de Sousa Santos, académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial.  

JOH toma posesión entre gases lacrimógenos de Pennsylvania


Carlos Dada
www.elfaro.net / 270118

En una ceremonia a la que no asistió ningún mandatario extranjero, el presidente hondureño dio inicio este sábado a su segundo periodo al frente del Ejecutivo. En las calles de una militarizada Tegucigalpa, miles de manifestantes que acusan a Juan Orlando Hernández de fraude chocaron contra policías y soldados. La ciudad se convirtió por horas en un campo de batalla cubierto por nubes de gases lacrimógenos de fabricación estadounidense.

Llegó el 27 de enero. El cielo gris asomó por detrás del cerro Juana Laínez, poco después de las cinco de la mañana, cerrando una noche de ambulancias, de cacerías policiales, de gases lacrimógenos, de gritos y protestas y quemas de llantas y toma de calles y de carreteras. La ondeante silueta de la bandera de Honduras se dibujó en la cima del cerro, que corona Tegucigalpa. Una ciudad militarizada.

Llegó el 27 de enero, día inevitable en el calendario de un país roto por las elecciones celebradas dos meses antes. Juan Orlando Hernández, el presidente que maniobró de todas las formas posibles para ser reelecto en un país cuya Constitución prohíbe la reelección, tomaba posesión de su segundo periodo.

Se juramentó protegido por miles de uniformados del Ejército, la Policía Militar, la Naval y la Policía Nacional. Montaron tres cordones de seguridad alrededor del Estadio Nacional y dispersaron a los manifestantes arrojando unas latitas del tamaño de una granada denominadas MP-3-CS, fabricadas en un pueblito de Pennsylvania llamado Homer City, made in USA, que liberan gas lacrimógeno durante su vuelo y dejan una estela punzante, irritante, vomitiva. Lanzaron tantas de esas latitas de Pennsylvania que una nube de humo blanco espeso se alzó y se paseó por el centro de Tegucigalpa. Todos los ojos, todas las gargantas sufrieron en el día para festejar la democracia.

A pocas cuadras del estadio, en la colonia Miraflores, el candidato de la Alianza de Oposición a la Dictadura, Salvador Nasralla, hombre de televisión, autoproclamado ganador y a quien al menos la mitad de este país considera víctima de un fraude, encabezaba una de las protestas contra la toma de posesión. Los militares lo obligaron a retroceder: aventaron también latitas de Pennsylvania hacia donde él se encontraba, justo bajo un puente vehicular.

Nasralla trotó, intentando mantener la dignidad mientras se asfixiaba. Hay un video que él mismo tomó, convencido de que la revolución será en Facebook Live. No detuvo nunca la grabación. Se miran las latitas, la nube de humo, el pánico de quienes le acompañan, su carrera hacia atrás. Nasralla boquea y tose. Saca la lengua. Mira a la cámara del teléfono que sostiene con su mano izquierda, asegurándose de que está en el campo visual. Es quien documenta y también el sujeto documentado. Alguien, en la corrida, le entrega una boquilla. Camina, deja caer el brazo y con él la cámara pierde su objetivo. Apenas capta sus piernas meciéndose, al ritmo de su brazo. El candidato se retira gaseado, con los ojos rojos, la garganta seca, agredido directamente por los soldados que pretendió mandar, pero acuerpado, auxiliado por sus seguidores. Fin del video, pero no de la jornada.

Mientras, en el estadio

Adentro del estadio, acuerpado por los soldados y en cadena nacional de radio y televisión, el presidente Hernández jura, con la mano sobre una biblia, que todos los días de su segundo periodo pedirá a Dios que lo ilumine para guiar a este, unos de los países más pobres del continente. Promete educación, salud y trabajo. Junto a él, sonriente, el hombre que le colocó la banda presidencial: el presidente del Congreso y dirigente de su propio Partido Nacional, Mauricio Oliva, investigado por la Misión de Apoyo contra la Corrupción y la Impunidad en Honduras (MACCIH), sospechoso de formar parte de la red de enriquecimiento ilícito de diputados que se apropiaron de fondos destinados para obras sociales.

El jefe de la MACCIH, el peruano Juan Jiménez Mayor, no asistió a la toma de posesión en protesta por el descaro de los congresistas afines al presidente que, una semana antes, pretendieron a escondidas decretar una ley que prohíbe a ese organismo creado bajo el manto de la Organización de Estados Americanos (OEA) y a la Fiscalía investigar a funcionarios públicos. El Congreso se retractó solo después del reclamo de la Embajada de Estados Unidos.

No hubo mandatarios que asistieran a la ceremonia, salvo el propio Juan Orlando Hernández. Hace mucho tiempo que no se veía en Centroamérica una juramentación presidencial a la que no asistiera ningún jefe de Estado del istmo. Cancillería de El Salvador dijo que la presidencia hondureña solo invitó al cuerpo diplomático acreditado en Tegucigalpa. Pero la mayoría de las misiones diplomáticas ni siquiera fueron representadas por los embajadores, sino por secretarios o encargados de negocios. Lo mismo la Embajada de Estados Unidos, pero vale aclarar que su encargada de negocios, Heidi Fulton, es desde hace meses la máxima representante en Honduras, pero que es más influyente que todos los embajadores juntos.

“Lo que viene sorprenderá a propios y extraños”, prometía el presidente en su discurso de posesión, después de quitarse y volverse a poner la banda presidencial. El estadio, rellenado por simpatizantes de su partido, políticos, empresarios y los representantes del cuerpo diplomático, era ajeno a la batalla campal que ocurría en el resto de la ciudad. Apenas lograban ver el sobrevuelo de los helicópteros militares que desde el cielo daban instrucciones a la infantería para interceptar a los manifestantes.

Afuera, cuando los gases y las detenciones dispersaron a los manifestantes menos agresivos –adultos y niños–, grupos de jóvenes encapuchados, armados con piedras y palos y con toda la disposición de expresar su descontento aún a costa de enfrentamientos con la autoridad, tomaron el relevo y marcharon por diversos puntos de la ciudad gritando “¡Fuera JOH!”, el canto de la oposición desde los ya lejanos tiempos de campaña. A la guía de los helicópteros respondieron con motociclistas que inspeccionaban el terreno, un kilómetro adelante del núcleo de la marcha. Pero los policías venían atrás.

Intercambiaron gases por piedras, se convirtieron en protagonistas de una ciudad con las calles vacías que policías, taxistas, periodistas, manifestantes, obreros y cuerpos de socorro han aprendido a leer: el humo negro es quema de llantas. El blanco son gases lacrimógenos. Dos días antes, escuché en la radio a un hombre decir: “Yo no sé qué le han echado a este gas, que está más fuerte”.

Así lleva Honduras dos meses. Todos los días. Desde que los hondureños fueron a las urnas a elegir presidente y los dos principales candidatos –Nasralla y Hernández– se proclamaron vencedores. Uno, Nasralla, porque llevaba una considerable ventaja con el recuento de casi el 70 % de los votos, justo cuando se cayó el sistema informático. Otro, Juan Orlando Hernández, porque cuando volvió el sistema él ya había remontado. El proceso fue tan irregular que hasta la OEA –¡la OEA!– dijo que no podía avalar ningún resultado y recomendó que las elecciones se repitieran. Pero el Tribunal Supremo Electoral, controlado por Hernández, lo declaró ganador. Nasralla gritó fraude y decenas de miles de hondureños salieron a las calles a gritar lo mismo.

Desde entonces, casi cuarenta personas han sido asesinadas y los organismos de derechos humanos denuncian detenciones arbitrarias y operaciones dirigidas para acosar, capturar o golpear a sus dirigentes; los periodistas nacionales e internacionales son acosados, amenazados, detenidos o interrogados por policías y militares. El país atraviesa una profunda crisis política generada por la reelección. Si el segundo mandato de Hernández continúa como inicia, no podrá gobernar.

Esta crisis política marcará la historia de Honduras como la marcó el golpe de Estado de 2009. Y mucho tienen en común: las ambiciones de poder de dos presidentes; la determinación de la Fuerza Armada para reprimir a quienes protestan; la intervención estadounidense para determinar el estado de las cosas; y la infructuosa, inútil oposición de la OEA a estas consecuencias: entonces un golpe de Estado, ahora un fraude electoral. En Honduras, democracia es el nombre que reciben cosas que en otros lados se conocen de otra forma: impunidad, corrupción, contubernio, violencia, narcotráfico…
pobreza.

A la ceremonia en el estadio sólo se podía asistir con invitación. Miles llegaron en buses contratados por los organizadores, con un boleto que les daba derecho a un almuerzo. Salieron del estadio antes que el presidente, a hacer cola junto a los camiones de comida, para que les dieran la bolsita con el almuerzo donde les correspondía: los de Olancho, El Paraíso y Danlí en este camión. Después, volvieron a sus pueblos distantes, a seguir siendo pobres.

Por la tarde, las estrechas calles del centro de Tegucigalpa se convirtieron en ratoneras. Las fuerzas de seguridad cazaron a su antojo. Se escucharon otra vez las sirenas, los gritos, los disparos. Se elevaron nuevas cortinas de humo. Humo blanco de Pennsylvania. Uniformados capturaron a jóvenes y los sometieron a macanazos.

El reinstalado presidente Hernández no perdió tiempo para demostrar sus intenciones: si en los últimos meses ha sido desafiado por la calle, hoy la calle pagó. Cantaron durante meses la canción que exige su salida, llamada “JOH, es pa’fuera que vas”, la más popular del país. Pero JOH no se fue. Se quitó la banda presidencial sólo para volvérsela a poner. Puede que hoy no tenga ni legitimidad política ni social. Puede que no tenga gobernabilidad. Pero tiene el poder.

Al caer la noche, se escucharon nuevos estruendos provenientes del cerro Juana Laínez. Desde las inmediaciones de la bandera se elevaron hermosos fuegos artificiales que iluminaron el cielo de Tegucigalpa durante varios minutos. Alguien gastó mucho dinero para celebrar la renovación de la democracia. Se llegó el 27 de enero. JOH se quiere quedar cuatro años más.

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Anatomía ideológica de Disney


Fernando Buen Abad Domínguez*

Hace rato que Disney se consolidó como una de nuestras más grandes derrotas ideológicas en la política, la ética y la estética. Como con otras muchas mercancías hiperventiladas publicitariamente, un público masivo y mundial decidió sepultar toda razón crítica frente al discurso Disney y le cedió territorios nodales haciéndolo carne de sus ilusiones y de sus afectos. Los hijos como primeras víctimas.

Hasta los más recalcitrantes socialdemócratas visten a sus niñas de princesitas. Y hay que oír las, no poco irresponsables, justificaciones.
Hoy el imperio Disney ha dado pasos enormes en su aventura monopolizadora del reino mediático global. Anuncia la prensa monopólica, también, (como si fuese un logro moral) la compra que Disney hace de un porcentaje de acciones a la empresa Fox: La compra por parte de Disney de la división de entretenimiento de Fox por 52 mil 400 millones de dólares vaticina un sacudón en el mundo del consumo digital y audiovisual. Pero no todo es dinero para estos hombres de negocios. Ya lo decían Ariel Dorfman y Armand Mattelart (1972) históricos analistas de Disney.

En el epicentro del problema que esto implica para la humanidad, no sólo está el protagonismo descontrolado del imperio económico anglosajón-israelí sobre los medios de comunicación y cultura planetarios; no sólo está el peligro de la uniformación de los gustos y de los consumos; no sólo está la cancelación de la diversidad y de la libertad de expresión de los pueblos… está el colonialismo de la mentalidad belicista empeñado en convencernos de aceptar la industria de las guerras como un hecho natural y darwiniano ante cual sólo nos queda resignarnos, consumir y aplaudirles.
Y para que lo aceptemos mansamente, es decir consumidoramente, ellos cuentan con sus noticieros, sus películas, sus series televisivas, sus héroes, sus dibujos animados y sus valores mercantiles farandulizados. Y también cuentan con las fiestas, los disfraces, la música, las canciones y la navidad. Han infiltrado la propaganda sus bastiones ideológicos con personajes emblemáticos hasta en las cunas de los bebés.

Dominación amplísima de los territorios simbólicos. “Esta adquisición que antes habría sido impensable promete transformar Hollywood y Silicon Valley. Es el contrataque más grande de una compañía de medios tradicional en contra de los gigantes tecnológicos que se han metido de forma agresiva en el negocio del entretenimiento, señaló en un análisis el diario The New York Times…Ahora Disney tiene suficiente músculo para convertirse en un verdadero competidor de Netflix, Apple, Amazon, Google y Facebook en el mundo de acelerado crecimiento del video en línea.”[1]

El papel de Disney en la historia del belicismo mundial no es nuevo ni es ingenuo. Jugó el rol de una agencia de propaganda que fue capaz de seducir a chicos y grandes con los néctares de una cursilería facilona, un razonamiento mercantilista linealizado al máximo y una moral maniquea que se adueñó del reino del bien mientras se adueñaba de los avances tecnológicos y comunicacionales de su tiempo.

“En cuanto a Disney, su participación de este proyecto durante la guerra se tradujo en ganancias económicas y obviamente en una consolidación empresarial, pero sobre todo en algo del todo impagable: en la asociación de la marca Disney (y de Mickey Mouse por extensión) al espíritu estadunidense de libertad dentro del imaginario colectivo de la población de la época, pero que de hecho, llega hasta nuestros días.”[2]
En su base ideológica Disney contiene todos los ingredientes nazi-fascistas que se han modernizado en el curso de los años recientes. Se hacen evidentes no sólo en sus discursos explícitos sino en el alma misma de sus modelos organizacionales como empresas monopólicas trasnacionales. La gran emboscada radica en deslizar como inocentes las manías burguesas más insoportables. Desde el Tío Rico hasta la más infernal andanada de procacidades mercantiles y estereotipos conductuales que se despliegan contra niños, adolescentes y adultos bajo el manto sagrado de Disney. Y entonces se le perdona todo, incluso que sea uno de los aparatos de concentración mediática más grandes y más peligrosos del planeta. ¿Cómo puede ser tan maligno un consorcio que fabrica y vende personajes tan angelicales y tiernos? Se preguntarán algunos.

Una de las armas de guerra ideológica más poderosas actualmente es la industria mediática. El 96 por ciento de los medios de comunicación del mundo están bajo el control de seis compañías. Bajo la dirección de Robert A. Iger, empresario estadunidense de origen judío, director de Disney desde el año 2000 ha radicado en su habilidad comercial y estratégica en un mundo en el que las guerras son un gran negocio, en leer los contextos para insertar sus productos, valores, ideologías y sensaciones de seguridad y bienestar tan necesarias para que la burguesía invierta tranquilamente sus ahorros en destruir o reprimir a la competencia comercial o a sus enemigos de clase. Para eso sirve el potencial propagandístico inmenso capaz de operar lavados de cerebro masivos utilizando todo tipo de inventos de guerra sicológica.

La lista de los dueños de semejante armamento ideológico es: Sumner Redstone (Murray Rothstein, Viacom, MTV), Robert Iger (Disney), Roger Ailes (Fox), Stanley Gold (Shamrock ABC/Disney), Barry Meyer (Warner Bross), Michael Eisner (Disney), Edward Adler (Time Warner), Danny Goldberg-David Geffen (Dreamworks, Elektra /Asylum Records), Jeffrey Katzenberg (Dreamworks, Disney), Jean-Bernard Levy (Vivendi, Francia), Joe Roth, Steven Spielberg, Ron Meyer, Mark Zuckerberg (Facebook), Mortimer Zuckerman, Leslie Moonves (CBS).

Pero hacer retratos del poder colonizador es apenas una parte muy básica. Hace falta delinear el qué hacer. Tomar recaudos y disponerse a crear las fuentes culturales y comunicacionales transformadoras sin imitar los formatos hegemónicos, sin rendir pleitesía a sus modos alienantes, si repetir sus vicios. Hace falta claridad política y decisión organizada, hace falta que las luchas todas pongan en sus agendas la batalla de las ideas y la batalla comunicacional en un escenario de disputa simbólica en el que nos va la identidad, nos va la palabra, nos va la vida. Nada menos.

[2] Raquel Crisóstomo Gálvez: https://www.academia.edu/1778128/