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INDEPENDENCIA HISPANOAMERICANA Y LUCHA DE CLASES

 Por Olmedo Beluche 

(Como julio es el mes de las independencias, para celebrarlo reeditamos este fragmento del libro Independencia hispanoamericana y lucha de clases) 


La Independencia hispanoamericana fue una revolución en el pleno significado de la palabra, tanto como la francesa de 1789 o la norteamericana de 1776 o la Rusa de 1917. Todas las revoluciones clásicas, esto ha sido señalado por muchos, parecen desarrollarse en un ciclo que va trasladando el poder a través de las diversas clases sociales y sus fracciones, desde las más moderadas hasta las más radicales, para luego volver a asentarse sobre las moderadas, pero expresando una nueva realidad social y política surgida de entre el polvo y los escombros de años de luchas.  

La Revolución Hispanoamericana por la Independencia no fue la excepción a esta regla. Como todas las revoluciones, ésta empezó como quien no quiere la cosa, con modestos y moderados objetivos, digamos que reformistas, pero sin darse cuenta, se fue complicando, profundizando, se conformaron sus partidos, se confrontaron, parió nuevos hijos y se los tragó (como diría Dantón). Al final, luego de 20 años de guerras civiles, sus resultados no fueron exactamente los previstos por ninguno de sus actores principales. 

Nuestra independencia, al igual que el modelo clásico de la revolución Francesa, tuvo sus partidos: los realistas (virreyes y oidores, como Abascal, Liniers o Amar, con sus generales terribles como Sámano y Morillo); los girondinos o moderados (Rivadavia en el Sur, Camilo Torres en Nueva Granada y  Miranda en Venezuela); sus jacobinos (como el propio Bolívar, Mariano Moreno, Castelli, San Martín, Nariño); y su partido más radical y plebeyo, a la manera de los Sans-Culottes  (representado por Carbonell en Bogotá, Beruti y French en Buenos Aires, Artigas en Uruguay, José Leonardo Chirino o Piar en Venezuela). 

A su vez, cada partido expresaba los intereses de una clase o fracción de ella: los comerciantes importadores, los exportadores, los productores del mercado interior, las capas medias de profesionales (generalmente abogados), los pequeños campesinos, los jornaleros, los artesanos, etc. El modelo de estado que propugnaban también variaba, de acuerdo a los intereses de clase: monárquicos, monárquicos constitucionales, republicanos (unos a favor del sufragio restringido, otros proponiendo el sufragio universal, masculino, claro), centralistas y federalistas. 

En realidad, nunca se procedió siguiendo un proyecto predeterminado, como algunos han llegado a creer. Por el contrario, los propios estados nacionales surgidos de la independencia, tanto en cuanto a sus fronteras, como en su organización económica y política, no quedaron claramente trazados hasta después de la segunda mitad del siglo XIX, luego que triunfaran los esquemas que ahora conocemos, tras décadas de guerras civiles. Lo cual demuestra que la historia social es un libro abierto, no escrito en ninguna parte, resultado de múltiples factores que nadie puede controlar. 

Pero la Independencia, aunque siguió el modelo clásico de la Revolución francesa y estuviera inspirada en buena medida en la Ilustración gala y en el liberalismo inglés, no fue un calco de aquella y aquí los partidos y las ideas tuvieron sus propios significados, atendiendo a su específica realidad social y cultural. Los conceptos y los simbolismos no siempre tenían los mismos contenidos. Quien haga una lectura superficial de los hechos corre el riesgo de equivocarse completamente. 

Basten dos ejemplos: el papel de un sector de la Iglesia, el “bajo clero”, contrario al jugado en la Francia de fines del XVIII, acá tuvo caracteres revolucionarios. Si no, ¿cómo explicarnos la acción revolucionaria de las masas indígenas movilizadas por el cura Hidalgo tras la imagen de la Virgen de Guadalupe? En el sentido contrario, ideólogos ilustrados de la élite criolla, como Camilo Torres, que apelaban al ideario modernizador para justificar su igualdad de derechos con los españoles, tenían pavor de que el sentimiento igualitarista calara en la masa de indios, negros y mestizos.   

Al igual que en la Independencia norteamericana y la francesa, el factor de la política internacional debe ser tomado en cuenta en el análisis, ya que éste jugó una veces a favor y otras en contra del proceso general, pero en todo momento fue una influencia decisiva sobre los acontecimientos. 

El telón de fondo, lucha entre Francia e Inglaterra: 

El factor internacional condicionó todo el proceso y en gran medida fue la chispa que prendió la mecha. Por supuesto, la perspectiva histórica requiere usar una razón dialéctica para la cabal comprensión de los sucesos. Dialéctica, porque es evidente que hay un factor interno de crisis económica, social y política incubándose en el imperio español a lo largo del siglo XVIII, que lo debilita tremendamente. Crisis interna que explica la facilidad con que la disputa por la influencia mundial y europea, entre Francia e Inglaterra, convierten en monigote a la monarquía borbónica, precipitando su colapso. 

Los Borbones españoles siguieron actuando como peones de Francia incluso después que guillotinaron a Luis XVI. Y como aliado de ésta, entra en guerra con Inglaterra, que hace evidente su predominio naval destruyendo la armada española en la batalla de Trafalgar en 1805. Lo cual derivó en consecuencias concretas para sus colonias americanas.  

Además de no poder controlar el contrabando de mercancías, en 1806, Inglaterra avanza su política expansionista invadiendo el Río de la Plata, y la monarquía española se encuentra en tal estado catatónico que se ve imposibilitada de hacer nada al respecto. Es el pueblo bonaerense el que, ante la propia ineptitud del virrey Sobremonte, espontáneamente se organiza para rechazar la invasión inglesa, con Liniers al mando de un ejército local. A partir de allí, la pérdida de control sobre Buenos Aires sólo podía ir en aumento. 

Al año siguiente, 1807, Napoleón Bonaparte decide invadir Portugal para someterlo a su política de cerco contra Inglaterra. El emperador francés realiza esta primera invasión a la península Ibérica a través de España, ante la total pasividad e incapacidad de sus ejércitos. Los efectos de esta primera invasión son decisivos:  

Primero, implica el traslado masivo de la corte de los Braganza, de Lisboa a Brasil, convirtiendo a éste último país puntal decisivo de su influencia en América; segundo, la invasión napoleónica a Portugal demuestra la necesidad para Francia de controlar también a España y demuestra que este plan es viable, de modo que prepara la segunda invasión al año siguiente; tercero, una vez en Brasil, y ante la crisis de la monarquía española, se despiertan las ambiciones de la mujer del rey portugués, Carlota Joaquina de Borbón, sobre las posesiones americanas del imperio, formándose partidarios de este proyecto en Sudamérica, como el propio Manuel Belgrano en Buenos Aires. 

Entre 1808 y 1810, la monarquía lusitano brasileña impulsó el proyecto de un reino hispanoamericano regido por Carlota como legítima heredera de los Borbones. Sin embargo, según el historiador Félix Luna, Inglaterra jugó con el proyecto pero no permitió que cuajara, pues hacía equilibrio tratando de mantener en la formalidad de aliados a la Junta de Sevilla y al Consejo de Regencia posteriormente.  

La propia crisis entre Carlos IV y Fernando VII, que va desde un golpe de estado, del hijo contra el padre, hasta las Capitulaciones de Bayona y el apresamiento de ambos por Napoleón, constituye el síntoma más claro de la crisis española. En 1808, Napoleón invade España y nombra a su hermano José rey de este país, lo cual destapa el proceso que culminará con la Independencia hispanoamericana, con posterioridad a 1821-25. 

El pueblo español se insurrecciona contra José Bonaparte y resiste la ocupación francesa. Surgen guerrillas que se enfrentan al poderoso ejército galo. En ausencia de un poder político claro, surgen en todas las ciudades Juntas de Gobierno que luchan por la independencia española y el retorno de Fernando VII como legítimo monarca. En la ciudad de Sevilla se crea una Junta que centraliza la resistencia, controlada por elementos de la nobleza.  

En Hispanoamérica, como secuela de los sucesos españoles, se dan movimientos para integrar Juntas locales, pero los Virreyes y demás autoridades coloniales se oponen en principio a los intentos de integrar estas juntas y a dar participación en ellas a los elementos encumbrados del estamento criollo. Se amparan, para esta negativa, en la autoridad de la Junta de Sevilla, que pretende que ellos suplen la ausencia de Fernando VII  y que acá todo debe seguir igual, como si no hubiera pasado nada. 

La incapacidad de los sectores más liberales e ilustrados de la nobleza española para ponerse a tono con las circunstancias, la cual va a conducir a los brazos del independentismo hasta los sectores más moderados de los criollos, queda graficada en la figura de Jovellanos, cerebro de la Junta de Sevilla, que dice: “Haciendo…mi profesión de de fe política, diré que, según el derecho público de España, la plenitud de la soberanía reside en el monarca… y, como ésta sea por su naturaleza indivisible, se sigue también que el soberano mismo no puede despojarse ni puede ser privado de ninguna parte de ella a favor de otro ni de la nación misma”. 

Peor aún, la Junta de Sevilla sólo reconoció iguales derechos a los americanos después que José Bonaparte promulgara su Constitución que en el título X equiparaba las esos derechos de sus pretendidos nuevos súbditos hispanoamericanos. Según Liévano Aguirre, la junta sevillana no era sincera, ya que al reglamentar la representación en ella sólo otorga nueve puestos a los americanos contra treinta y dos españoles. 

Finalmente, los criollos ven la oportunidad de lograr su reconocimiento cuando, en enero de 1810, las tropas de Napoleón derrotan a la Junta de Sevilla y controlan toda la península Ibérica, quedando un pequeño grupo de nobles a merced de la protección inglesa en Cádiz, conformando lo que se llamó el Consejo de Regencia.  

En este punto la crisis era de tal grado que, para darse un barniz de legitimidad, el Consejo invita a los criollos americanos a tomar su lugar como españoles en igualdad de derechos que los peninsulares. Pero en esto también actuaron presionados por Napoleón que, en diciembre de 1809, se manifestó dispuesto a reconocer la independencia de las colonias españolas. Y, aunque los virreyes y demás autoridades coloniales intentaron ocultar la nueva realidad, no pudieron evitarlo, abriéndose el proceso de establecer Juntas compuestas por criollos, en algunos lugares mezclados con las viejas autoridades. 

Irónicamente, el proceso que desata los nudos del imperio colonial español, se inicia con la proclama del 24 de febrero de 1810 del Consejo de Regencia que dice: “Desde este momento, españoles americanos, os veis elevados a la dignidad de hombres libres; no sois ya los mismos de antes, encorvados bajo un yugo mucho más duro, mientras más distantes estabais del centro del poder, mirados con indiferencia, vejados por la codicia y destruidos por la ignorancia. Tened presente que al pronunciar o escribir el nombre del que ha venir a representaros en el Congreso Nacional, vuestros destinos no dependen ya de los ministros, ni de los virreyes, ni de los gobernadores: están en vuestras manos”. 

1810: ¿Independencia o sólo autonomía? 

Empecemos por despejar un equívoco: se dice que estamos conmemorando el Bicentenario de la Independencia, en base a los sucesos de 1810; sin embargo, en la mayoría de las Juntas que se impusieron en las ciudades y capitales virreinales de América, no se declaró tal independencia, por el contrario, asumieron el poder político en nombre de Fernando VII y a la espera de su retorno. 

Lo que tuvieron de revolucionario aquellos sucesos fue que las Juntas en muchos lugares se impusieron gracias a la movilización popular, que arrancó el poder de las autoridades virreinales. Pero el poder quedó en manos de quienes controlaban los Cabildos, es decir, la oligarquía criolla con ínfulas nobiliarias principal beneficiaria del modelo económico colonial, aunque desprovista, hasta ese momento, del poder político. 

Por supuesto, las alas más radicales de las sublevaciones populares, en muchos casos sí levantaban ya la propuesta de Independencia total de la metrópoli y el establecimiento de un gobierno republicano. Pero éste primer envión popular, no puso el poder político en manos de los partidos radicales, sino que lo arrancó a los virreyes y lo entregó a la élite criolla moderada.  

Los independentistas y republicanos consecuentes tomarían el poder posteriormente, luego de cruentas guerras civiles y nuevos alzamientos populares, por un breve tiempo, para luego ser derrotados entre 1814-20, con la restauración de Fernando VII, y volver a la ofensiva hasta vencer definitivamente a partir de 1820-25, y ver el péndulo político retornar a la derecha en manos del criollismo reaccionario, entre 1826-30, con el fracaso del proyecto bolivariano. Parodiando la Revolución Rusa, en América, 1810, representó el equivalente de la Revolución de Febrero, todavía faltaba para llegar a su Octubre. 

El historiador José Luis Romero, especialista en este tema, afirma: “No es fácil establecer cuál era el grado de decisión que poseían los diversos sectores de las colonias hispanoamericanas para adoptar una política independentista. Desde el estallido de la Revolución francesa aparecieron signos de que se empezó a pensar en ella… Pero era un sentimiento tenue…”. 

Por el contrario, hacia 1810, la actitud de los próceres criollos fue una reacción contra el posible influjo subversivo que podrían tener en la sociedad hispanoamericana las ideas revolucionarias francesas, a través de José Bonaparte. Parodiando esta actitud, el historiador Liévano Aguirre dice: “Fue la amenaza de la Francia revolucionaria la que aceleró la crisis, puso término a las indecisiones, y dos consignas célebres resumieron, en América, las tendencias de los distintos intereses en juego. Los funcionarios españoles dijeron: “Los franceses antes que la emancipación” y los criollos respondieron: “La emancipación antes que los franceses””. 

Basten dos ejemplos, uno citado por Romero y el otro por Liévano, sobre dos importantes figuras de este momento y cómo en realidad pensaban: Francisco de Miranda y Camilo Torres. 

Francisco de Miranda, que vivió muchos años en Europa, el precursor de la idea de la independencia, expresaba al sector mercantil hispanoamericano vinculado a los intereses británicos, cuyo modelo político apreciaba. Respecto a él, dice Romero: “Una cosa quedaba clara a sus ojos: la urgente necesidad de impedir que penetraran en Latinoamérica las ideas francesas… Una y otra vez expresó que era imprescindible que la política de los girondinos o de los jacobinos no llegara a “contaminar el continente americano, ni bajo el pretexto de llevarle libertad”, porque temía más “la anarquía y la confusión” que la dependencia misma”. 

Camilo Torres, autor del Memorial de Agravios, por el cual exige la igualdad de los americanos (pero sólo de los criollos) con los españoles, opina: “… La constitución napoleónica será un contagio funesto, que apestará nuestros pueblos. Perseguidla y quemad vivo al que quiera introducirla entre nuestros hermanos…”. 

Porque ambos próceres expresaban con claridad los intereses de la clase a la que pertenecían y cuando hablaban de libertad e igualdad, se referían a la oligarquía criolla, y no a la masa de explotados indios, mestizos y negros. Por ejemplo, Miranda, en su “Bosquejo de Gobierno Provisorio” (1801) propone el paso del gobierno a los Cabildos en los que se aceptarán representantes de “la gente de color”, pero sólo en un tercio, y si son “propietarios de no menos de diez arpentes de tierra”. Torres, por su parte, en el Memorial alega que: “Los naturales (los indios), conquistados y sujetos hoy al dominio español, son muy pocos o son nada en comparación de los hijos de europeos...”, para justificar que no tienen derecho a la representación en la Cortes. 

Respecto a los objetivos de los criollos, en el caso de la Junta de Santa Fe (Bogotá), queda claro en la nota que ellos mismos dirigieron a las provincias invitándoles a sumarse que: “Nuestros votos, nuestro juramento son “la defensa y la conservación de nuestra santa religión católica: la obediencia a nuestro legítimo soberano el señor Fernando VII, y el sostenimiento de nuestros derechos hasta derramar la última gota de sangre por tan sagrados objetivos. Tan justos principios no dejarán de reunirnos las ilustres provincias del reino. Ellas no tienen otros sentimientos, según lo han manifestado, ni conviene a la común utilidad que militemos bajo otras banderas, o sea otra nuestra divisa que “religión, patria, rey”” (29 de julio de 1810). 

Estas actitudes inconsecuentes no valieron de nada a los criollos, y al propio Camilo Torres, cuando el general Morillo, luego de restaurado Fernando VII, decidiera pasarlo por las armas en 1816. Actitud represiva y vengativa de la monarquía que hizo mucho más por convencer a los criollos de volcarse a la Independencia que todos los discursos de Simón Bolívar. 

En el caso de la Junta que se instaló en Buenos Aires, el 25 de mayo de 1810, dice el historiador Félix Luna que: “Es posible que algunos de los dirigentes revolucionarios intuyeran que esos tiempos llevaban ineluctablemente a la independencia. Otros acaso deseaban una reformulación de los vínculos con España”. Pero todavía un año después la Junta de Buenos Aires firma un Tratado de Pacificación con el virrey Elía, que dice: “… protestan solemnemente a la faz del universo que no reconocen ni reconocerán jamás otro soberano que al señor D. Fernando VII, y sus legítimos sucesores y descendientes”. 

El 18 de septiembre de 1810, la Junta creada en Santiago de Chile, juraba “defender este reino hasta con la última gota de sangre, conservarlo al señor don Fernando VII, y reconocer el Supremo Consejo de Regencia…”. Igual sucedió en Caracas, en la que el Acta de Independencia sólo se va a proclamar el 5 de julio de 1811, luego de una fuerte lucha política. 

Nace el partido radical y popular de la revolución 

Sería un error creer que el único sector social que actuó sobre los acontecimientos fue la oligarquía criolla. Por el contrario, en los mismos hechos que llevaron al establecimiento de estas juntas conformadas por el criollismo, actuaron decisivamente las masas populares dirigidas por adalides salidos de los sectores medios de la sociedad quienes expresaron un proyecto más radical y revolucionario que el de las élites.  

Inclusive, en los momentos decisivos, ante la pusilanimidad criolla, fueron estos líderes y las masas la que impusieron el cambio. Dos ejemplos, Bogotá y Buenos Aires.  

Según Liévano, el mismo 20 de julio de 1810, los criollos montaron una provocación para que el pueblo saliera a la calle y legitimara la instalación de la Junta forzando al virrey Amar a reconocerla. Pero ante la magnitud de la protesta popular, y los saqueos de los comercios de los gachupines, la oligarquía cachaca se asustó y corrió a esconderse en los “retretes más recónditos de sus casas”.  De manera que, al caer la noche, y retirarse el pueblo a la sabana, sólo el criollo Acevedo y Gómez intentaba vanamente mantener una ficción frente al Ayuntamiento, para beneplácito del virrey que creía desvanecido el movimiento. 

Es un joven de 25 años, modesto funcionario de la Expedición Botánica, al que ya ni recuerdan entre los próceres, José María Carbonell, quien con un grupo de seguidores se dirigió a los arrabales de la ciudad, tocó las campanas y congregó al pueblo de Bogotá, salvando al movimiento, e intimidando al virrey que se vio obligado a reconocer la Junta. Es Carbonell, al frente de las huestes populares quien fuerza, en las siguientes semanas, a la destitución y prisión definitiva del virrey. La Junta se constituyó sólo con miembros de la oligarquía, ante la protesta de Carbonell y el pueblo, y le pagó a éste con la cárcel, posteriormente. 

En Buenos Aires, la oligarquía también pretendía un acuerdo con el virrey Cisneros, incluso que la Junta funcionara bajo su presidencia. Y es el pueblo movilizado por French y Beruti, dos líderes salidos de las capas medias la que fuerza los hechos, siendo destituido el virrey e instalándose una junta de coalición de diversos partidos. 

En ambos casos, Buenos Aires y Bogotá, es la acción de los Carbonell, Beruti y French al movilizar al pueblo, la que ata las manos del ejército que, en caso contrario, habría inclinado la balanza a favor de las autoridades coloniales. Estos líderes, al igual que Bolívar en Caracas se organizarían como partidos independientes en las llamadas sociedades patrióticas, y jugarían papeles notables en los meses siguientes. 

En fin, de todas las proclamas de 1810 la única que contenía un claro grito de Independencia es la que salió de los sectores más explotados de la sociedad colonial, los indígenas, y su vocero fue Miguel Hidalgo, quien, desde Guadalajara, decía en diciembre de 1810: “Rompamos, americanos, esos lazos de ignominia con que nos han tenido ligados tanto tiempo: para conseguirlo no necesitamos sino de unirnos…”, y seguidamente decretaba la entrega de las tierras de arriendo a los indígenas y el fin de la esclavitud (“Que todos los dueños de esclavos deberán darles libertad dentro del término de diez días, so pena de muerte…”). 

Bibliografía 

  1. Pensamiento político de la emancipación (1790-1825). Biblioteca Ayacucho. Volúmenes XXIII y XXIV. Caracas, 1977. 
  2. Liévano Aguirre, Indalecio. Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia. Círculo de Lectores, S.A. Bogotá, 2002. 
  3. Luna, Félix. La independencia argentina y americana (1808-1824). La nación. Buenos Aires, 2003.


La historia ambiental y las tareas de la historia en nuestra América

Por: Dr. Guillermo Castro H.


“Estamos en tiempos de ebullición, no de condensación;  

de mezcla de elementos, no de obra enérgica de elementos unidos.

Están luchando las especies por el dominio en la unidad del género.”

José Martí, 1881[1]

En el año 2003, una veintena de historiadores y humanistas de nuestra América creó en Santiago de Chile la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental. El ambiente, por entonces, apenas empezaba a abrirse paso hacia las Humanidades, al calor entre otras cosas de la buena nueva del desarrollo sostenible como herramienta para la renovar los consensos de un sistema internacional que transitaba hacia aquella nada incierta que por entonces se dio en llamar la posmodernidad.


En el campo de las Humanidades, la gran historia cedía su lugar a otras narrativas, mientras el neoliberalismo iba imponiendo su propia dogmática al frío de la desintegración de las del marxismo soviético, el desarrollismo latinoamericano y la teoría de la dependencia. En aquellas circunstancias, cuando el liberalismo á la Huntington se proclamaba una vez más como adalid de la civilización en su lucha contra la barbarie, volvía ser indispensable el pensar de José Martí, que ya a comienzos de la década de 1880, nos advertía que al estudiar “un acto histórico, o un acto individual”, resultaba que “la intervención humana en la Naturaleza acelera, cambia o detiene la obra de ésta, y que toda la Historia es solamente la narración del trabajo de ajuste, y los combates, entre la Naturaleza extrahumana y la Naturaleza humana”, haciendo parecer pueriles “esas generalizaciones pretenciosas, derivadas de leyes absolutas naturales, cuya aplicación soporta constantemente la influencia de agentes inesperados y relativos.”[2]

De entonces acá, nuestra historia ambiental ha ido ampliando cada vez más su diálogo con los clásicos y los contemporáneos de sus campos afines, desde geógrafos como Jean Brunhes; biogeoquímicos como Vladimir Vernadsky; sociólogos como Immanuel Wallerstein, y colegas como Donald Worster. Pero, y sobre todo, su labor en nuestra América ha hecho parte de un proceso más amplio, al que también concurren la economía ecológica y la ecología política. 

Así, nuestra historia ambiental contribuye a trascender el conocer generado por la geocultura del crecimiento sostenido, y a dar a otra, nueva y distinta, organizada en torno a los problemas de la sostenibilidad del desarrollo de nuestra propia especie. Esto tiene un importante significado en la ebullición de nuestro tiempo, en la cual desempeña un papel de primer orden la crisis socioambiental que encaran nuestras sociedades como resultado de la subordinación de nuestras relaciones con el mundo natural a la lógica de aquella economía de rapiña descrita a principios del siglo XX por Jean Brunhes, que destruye en un mismo proceso el entorno natural y social de regiones completas.  

Hoy sabemos que, si bien en el siglo XVI en el siglo XVI Europa encontró en nuestra América una situación de abundancia relativa de recursos naturales que ya eran escasos en otras regiones del mundo, el saqueo de esos recursos se vio restringido inicialmente en su alcance e intensidad por factores que iban desde el carácter selectivo de la demanda europea de productos americanos, la crónica escasez de mano de obra y las limitaciones tecnológicas de la época. A partir del último cuarto del siglo XIX, sin embargo, ese saqueo se intensificó con rapidez con el ingreso masivo a la región de capitales y tecnología provenientes del mundo Noratlántico.  

En esto incidió el hecho de que, a diferencia de lo ocurrido en África y Asia, los Estados nacionales latinoamericanos fueron organizados en la primera mitad del siglo XIX, lo cual permitió al capitalismo Noratlántico encontrar aquí oligarquías dispuestas a ofrecer acceso a recursos naturales y mano de obra baratos a cambio de préstamos, inversiones y oportunidades de acceso al comercio exterior. En ese proceso, aquellas élites hicieron suya la visión imperial del conflicto entre civilización y barbarie. Con ello, la coexistencia conflictiva de modos de relación con la naturaleza distintos y finalmente hostiles en nuestras sociedades llevó a una exclusión vehemente y a menudo violenta, como expresión de barbarie, de toda visión y toda conducta alternativa a la imperial. 

Por contraste, Martí, vocero de un liberalismo democrático y de base popular, forjó su visión de la naturaleza a lo largo de un diálogo con la cultura Noratlántica que conoció, ejercido en Estados Unidos desde el conflicto con el liberalismo oligárquico de su tiempo. Eso le permitió fracturar los muros de la cultura oligárquica, para afirmar 1891, en su ensayo Nuestra América, que no existía entre nosotros una batalla entre la civilización y la barbarie, sino “entre la falsa erudición y la naturaleza”. 

Estamos así en presencia de dos continuidades. Por un lado, la obra de Martí se prolonga en la relación que permite establecer entre la lucha por la sostenibilidad del desarrollo humano en nuestra América y los problemas del ejercicio de la autodeterminación y la soberanía popular en nuestras sociedades. Por otro, el culto al progreso de la cultura oligárquica sigue alentando en el empeño de los Estados de la región para legitimar el crecimiento económico sostenido como medio para alcanzar aquello que sea el desarrollo sostenible en sus opciones neoliberal y progresista.   

De ese legado da cuenta lo advertido por Fidel Castro en la Cumbre de la Tierra realizada en Rio de Janeiro en 1992, al señalar que 

 Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre. Ahora tomamos conciencia de este problema cuando casi es tarde para impedirlo.

 Y a eso añadió que el mañana de aquel entonces podría resultar ya “demasiado tarde para hacer lo que debimos haber hecho hace mucho tiempo.”

En nuestra América, este proceso nos ha traído a una situación en la que nuestro movimiento ambientalista se encuentra escindido entre las capas medias educadas urbanas, por un lado, y por el otro, los sectores populares del campo y la ciudad que desde hace decenios vienen luchando por preservar para su propia existencia recursos naturales amenazados por la expansión incesante del extractivismo. Con todo, si algo puede enseñarnos la historia ambiental es que cada sociedad produce su propio ambiente y que, por tanto, si deseamos un ambiente distinto tendremos que contribuir a la creación de sociedades diferentes. Es allí donde cabe situar las tareas mayores de la historia ante la crisis ambiental en nuestra América.

Hoy, en efecto, resulta cada vez más evidente que la “normalidad” del trabajo contra la naturaleza, característica del moderno sistema mundial, ha dejado de ser “sustentable”. Con ello, la especie humana se acerca a un momento en el que deberá optar entre preservar las formas de organización social que demanda el crecimiento sostenido, o encontrar otras que permitan ir hacia una relación de trabajo con la naturaleza, para revertir el proceso en cuestión. Ante esa disyuntiva, la primera tarea de nuestra historia ambiental consiste en demostrar la naturalidad aparente de una relación con la biosfera que se reduce a la identificación y explotación, tan intensa y rápidamente como sea posible, de los recursos que demanda el crecimiento sostenido de la economía realmente existente. 

Esto define, como una segunda tarea, la de revelar hasta dónde afectan a todos sus integrantes los problemas que encaran nuestras sociedades, y hasta dónde tendrán que ser para el bien de todos las soluciones que sometan a control esos problemas. Y la tercera ha de ser la de facilitar la comprensión de la historicidad de nuestro lugar en el sistema mundial, para trabajar con el mundo en las transformaciones que permitan a la Humanidad encarar esta crisis en la perspectiva del mejoramiento humano, mediante el ejercicio de la utilidad de la virtud en la lucha por el equilibrio del mundo.  

Necesitamos, en breve, historizar a la naturaleza para naturalizar la historia, pues la historia ambiental es a fin de cuentas la historia de nuestra propia especie. En la medida en que lo hagamos desde nuestro compromiso con la sobrevivencia y el bienestar de nuestra gente, podremos confirmar lo que en 1892 nos dijera José Martí:

            La epopeya está en el mundo, y no saldrá jamás de él: la epopeya renace con cada alma libre: quien ve en si es la epopeya. Unos son segundones, y meras criaturas, de empacho de libros, y si les quitan de acá el Spencer y de allá el Ribot, y por aquí el Gibbons y por allí el Tucídides, se quedarían como el maniquí, sin piernas ni brazos. 

Otros leen por saber, pero traen la marca propia donde el maestro, como sobre la luz, no osa poner la mano. 

Y artesanos o príncipes, ésos son los creadores.[3]

           La Sociedad que hemos creado hace hoy su parte en la batalla entre la falsa erudición y la naturaleza en la que se decide el destino de la vida en la Tierra. Esa es nuestra epopeya, y es en ella y para ella que constituimos una comunidad de creadores.

Morelia, Michoacán, 19 de junio de 2023

* Síntesis de la conferencia inaugural ofrecida en el XI Simposio de la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental, realizado en Morelia, Michoacán, México, del 19 al 23 de junio de 2023.

 

[1] Cuadernos de Apuntes, 5 (1881). Ídem. XXI, 163 - 164.

[2] Artículos varios: “Serie de artículos para La América”. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XXIII, 44.

[3] “Para un libro”. Patria, 26 de marzo de 1892. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV, 379-381. http://www.josemarti.cu/publicacion/rafael-serra/}

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La Primera República - La independencia de Venezuela

 La Primera República 

La independencia de Venezuela  

Por: Olmedo Beluche  

(Con motivo de celebrarse un aniversario de la independencia de ese país hermano, el 5 de julio, recuperamos este capítulo del libro "Independencia hispanoamericana y lucha de clases") 


En materia de Historia, la distinción entre objetividad científica y opinión política del historiador, siempre ha sido una relación problemática. En esto hay dos extremos opuestos a evitar:
 

1. El relativismo, que pretende que la objetividad no existe en el quehacer del historiador porque todas las interpretaciones que se hagan de un hecho siempre estarán sujetas a la opinión de quien hace historia, ya que en el fondo no hay en la Historia humana ninguna regularidad o ley, porque cada acontecimiento es un hecho singular; 

2. La "neutralidad valorativa", tan preciada del positivismo y su heredero norteamericano, el estructural funcionalismo, que pretende que el científico social o historiador es capaz de desprenderse por completo de sus juicios de valor y opiniones personales, para ser tan objetivo como el biólogo que destripa al sapo para analizar sus órganos internos. 

Ni lo uno, ni lo otro. En Ciencias Sociales y en Historia, es posible tener opiniones o valoraciones personales, que incluso pueden trascender la interpretación de un acontecimiento y, a la vez, ser completamente objetivo respecto a la descripción de los hechos. La objetividad, piedra angular de la ciencia moderna, tiene como requisito captar y describir con precisión la realidad. Si nos mantenemos fieles a ese criterio de objetividad, aunque choque con nuestras creencias, valores y opiniones, es posible hacer aportes significativos al análisis de los hechos sociales o históricos que sirvan incluso a quienes no comparten nuestras opiniones políticas. 

Es como el astrofísico que cree en Dios. Mientras su fe no afecte los resultados de sus investigaciones y en ellas se mantenga objetivo, no hay problema. Una regla de oro de la epistemología, es distinguir entre "el ser" y el "deber ser". En Historia interesa el "el ser", o "lo que fue", no lo "que debía ser". 

En el mismo sentido, me parece repudiable el voluntarismo político que pretende disfrazar de sólo virtudes a los próceres de la Independencia hispanoamericana para que sirvan de modelo a nuestros pueblos, mientras se desfiguran sus rasgos reales, sus debilidades personales, sus limitaciones y compromiso de clase que son los que explican el curso que en verdad siguieron los acontecimientos. 

Acto de falsificación que no pocas veces se hace en nombre del marxismo. Resultando que, en ocasiones, tenemos historiadores reputados de "marxistas", pero cuya obra no sirve para nada, pues la realidad ha sido suplantada por una caricatura. Ya se sabe que "de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno". Por el contrario, a veces encontramos historiadores de derechas, con un claro desprecio hacia el pueblo, pero con un apego a los hechos, que su trabajo es la mejor fotografía que podamos encontrar. 

Esta opinión no cuestiona que debamos proponer a nuestros pueblos del siglo XXI levantar las banderas de independencia nacional y unidad bolivariana, incluso teniendo a esos próceres como antecesores, pero sin falsear la realidad de los hechos. Al menos desde el Imperio Romano, las clases dominantes se han servido del mito como instrumento de dominación ideológica. Pero para el tipo de profundas transformaciones sociales a los que aspiramos los socialistas, "la verdad es la que nos hará libres", no el mito y la falsificación. 

Para comprender cabalmente la historia de la independencia de Venezuela, es muy útil un libro como "Historia de la rebelión popular de 1814", de Juan Uslar Pietri, un hombre de evidentes opiniones conservadoras. El trasfondo personal del libro de Uslar Pietri es el culpar por irresponsables a los próceres mantuanos (la élite criolla de Caracas) y a sus jacobinos de la Sociedad Patriótica (como Miranda y Bolívar) por echar a perder la primera y la segunda repúblicas al despertar el monstruo dormido de las aspiraciones igualitaristas de la masa del pueblo (las castas), de esclavos negros. 

Esa es la valoración personal de Uslar Pietri, con la que obviamente no estamos de acuerdo. Pero lo que es invaluable en el libro es la descripción social y política del momento, la evolución y las etapas de cada coyuntura y de cada clase social. Salvando las distancias, esa descripción es tan brillante como la usada por Marx en "El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte" (juicio personal y subjetivo). 

Recordemos que, en Venezuela, como en casi toda Hispanoamérica, la Independencia tuvo dos momentos: en 1810, cuando los criollos asumen el gobierno local mediante Juntas que desplazaron a las autoridades coloniales, pero esas Juntas no declararon la Independencia, sino lealtad al Rey Fernando VII; y otro en 1811, cuando el proceso se radicaliza y, entonces sí se declara la Independencia absoluta y se crean instituciones republicanas sin la tutela española. 

El año que va entre uno y otro momento está marcado por crecientes contradicciones entre los diversos bandos políticos. Cuando se crearon las primeras Juntas de gobierno en cada gran ciudad, las que asumieron el poder pero jurando lealtad a la persona del rey Fernando VII, preso por Napoleón, se desarrolló un proceso que va profundizando las contradicciones entre la élite criolla que asumió el poder y los realistas que aspiraban a mantener la situación pretérita controlada por los virreyes y demás autoridades coloniales, y a lo interno del campo criollo, entre los criollos moderados y un ala radical conformada por capas medias que aspiraban a la independencia completa y al sistema republicano. 

Entre todos ellos gravitaba el pueblo, compuesto por mestizos, indígenas y esclavos negros (las castas), al principio marginadas del proceso y luego involucrándose cada vez más en busca de la verdadera igualdad y libertad para sí mismos. 

En Caracas la primera fase se inicia el 19 de abril de 1810, cuando asume la primera Junta de Gobierno y se establece un Congreso. La descripción que hace Uslar Pietri del grupo que asume el poder es muy precisa: "ricos terratenientes en su mayor parte y por lo tanto timoratos e indecisos". Y sigue: "El grupo que efectuó indirectamente el 19 de abril no fue, a excepción de un puñado de revoltosos, un grupo revolucionario. Ni mucho menos. Era un conjunto de hombres moderados, a los que el porvenir de sus negocios no convenía el monopolio económico de esa España decadente y atrasada de la cual eran vasallos obligados. Querían la independencia de la patria mientras esa independencia no significara, en manera alguna, lesión de los intereses por los cuales efectuaban semejante movimiento. Es decir, ni guerra con España ni trastornos internos". 

Más adelante precisa que se trata de grandes propietarios (de tierras) y comerciantes ligados a la producción nacional. Es el grupo que condenó a Francisco de Miranda en sus primeras intentonas independentistas. Este grupo o clase "quiere independencia sin guerra, y libertad con pueblo esclavo y sumiso". 

Por otro lado, estaban los realistas, "compuesto por los empleados españoles y criollos de los distintos ramos administrativos; por los hacendados españoles y por el enjambre de pequeños comerciantes, canarios en su mayoría, que deseaban ardientemente la vuelta al viejo régimen". 

Luego tenemos a los "jacobinos", "compuesto en su mayor parte por jóvenes pertenecientes a la clase media o a la nobleza. Estos últimos, ricos herederos como los Bolívar o los Ribas, impregnados de la filosofía revolucionaria francesa y plenos de idealismo nacional, a quienes nada les importa perder posesiones y fortunas…". 

El cuarto grupo o clase (no usa este concepto don Uslar): "el pueblo, libres y esclavos, negros y mestizos, formando en un 95 por 100 lo que en aquellas épocas se denominada "las castas"". Y agrega un juicio de valor, hablando de este grupo: "No tiene noción de lo que puede ser la patria, la familia o la religión... Ven al blanco con el odio intenso de la inferioridad forzada". 

Posterior al 19 de abril, retorna a Caracas Francisco de Miranda, procedente de su exilio inglés, y propone junto a Francisco Espejo la creación de un "Club" (lo que hoy llamaríamos partido político) "donde los ciudadanos se reunieran para discutir cuestiones de interés general". Ese "club" pasó a llamarse la "Sociedad Patriótica", y en él confluyeron los sectores más radicalizados de la juventud de Caracas, quienes aspiraban a una ruptura completa con España y a un régimen republicano. Entre ellos estaba el joven Simón Bolívar. 

La Sociedad Patriótica pronto confrontaría a los sectores moderados ("timoratos") de la nobleza mantuana que controlaban la Junta de Caracas y el Congreso. "…la primera arma que esgrime Miranda es explotar el odio de la gente de color y exaltar los rencores escondidos bajo la opresión. Sus discursos y proclamas de igualdad y libertad han de ser los primeros martillazos a la cadena que ha reventar en 1814 ocasionando la gran rebelión popular y sepultando, sin quererlo él, toda la organización de los blancos, la República y trescientos años de colonialismo sostenido", dice don Uslar. 

Y agrega: "Bien es sabido que generalmente los que inician las revoluciones acaban por ser devorados por ellas, pues aquellos que al principio surgen como agitadores al fin terminan como moderados… ninguno de los miembros de la Sociedad Patriótica llegó a ser, en su momento oportuno, jefe de la rebelión popular" (de 1814). 

Juan Uslar Pietri, con palabras cargadas con cierto rencor, que dejan ver su pensamiento íntimo, pero a la vez con una lucidez prístina, describe los grandes acontecimientos que se anunciaban en ese interregno de 1810-1811: 

"El Congreso temía. Temía que la libertad pura, virginiana, que tanto deseaba se empezase a corromper merced a las gestiones demagógicas de la Sociedad Patriótica. Temía que una libertad popular, "sans-cullote", sería una exposición constante de sus más caros intereses… aquellos revolucionarios de la Sociedad Patriótica, pertenecientes en su mayoría a la nobleza o a la burguesía y ligados por lazos familiares al grupo de los "timoratos", no se deban cuenta de lo que estaban haciendo… no medían la catástrofe… con sus vociferaciones demagógicas, pedían las libertades rousseaunianas para los esclavos que llenaban sus haciendas… No podían imaginarse que aquellos mismos esclavos siguiendo los emblemas revolucionarios de Andresote, de José Leonardo Chirino y del Negro Miguel, guiados por capataces, pulperos y contrabandistas… fueran…, en un arrebato de furor igualitario, a asesinar a sus mujeres, a sus hijos y a ellos mismos, sembrando por todas partes la ruina y la desolación al propio tiempo que la libertad social". 

De manera que entre 1810 y 1811 se empezó a producir una situación de dualidad de poder en Caracas, entre la Sociedad Patriótica y el Congreso. La agitación del club jacobino caraqueño llegó a un primer clímax durante los festejos del primer aniversario del 19 de Abril, cuando salieron a la calle en manifestaciones levantando sus demandas de radicalización del proceso e independencia. 

Entre abril y julio la situación escala más, dadas diversas conspiraciones de los realistas en Guayana, en Coro y en la propia Caracas, las cuales colocan al Congreso en la disyuntiva de avanzar hacia la completa independencia o sucumbir. Los timoratos quedan aplastados entre la conspiración realista y la Sociedad Patriótica, a la que acusan de querer constituirse en un congreso paralelo. Simón Bolívar responde en un afamado discurso, el 3 ó 4 de julio de 1811: 

"No es que hay dos Congresos. ¿Cómo fomentarán el cisma los que conocen más la necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa unión sea efectiva y para animarnos a la gloriosa empresa de nuestra libertad; unirnos para reposar, para dormir en los brazos de la apatía, ayer fue mengua, hoy es una traición. Se discute en el Congreso Nacional lo que debería estar decidido. ¿Y qué dicen? Que debemos comenzar por una confederación, como si todos no estuviésemos confederados contra la tiranía extranjera. Que debemos atender a los resultados de la política de España. ¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas. ¡Qué los grandes proyectos deben esperase con calma! Trescientos años de calma ¿no bastan? La Junta Patriótica (la Sociedad Patriótica) respeta, como debe, al Congreso de la nación, pero el Congreso debe oír a la Junta Patriótica, centro de luces y de todos los intereses revolucionarios. Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad sudamericana: vacilar es perdernos". 

Así, presionado por la Sociedad Patriótica y el pueblo de Caracas movilizado por ésta, el Congreso convoca para el 5 de julio una sesión para abordar el tema de la declaración de Independencia. "Desde temprano la ciudad está despierta y el pueblo, al igual que la juventud revolucionaria, ocupa las puertas y tribunas de la Capilla. Cuando van entrando los diputados a ocupar sus puestos amenazan de muerte a los moderados", dice Juan Uslar. 

Pese a que el diputado Felipe Paúl propuso una ley previa contra el "libertinaje" y Antonio N. Briceño el voto secreto, la presión de la masa popular pudo más y todos, salvo el Padre Maya (de La Grita) votaron a favor de la Independencia definitiva. El pueblo se lanzó a la calle a festejar y enarboló la bandera diseñada por Miranda, mientras despedazaba el emblema español y los cuadros de Fernando VII. 

Cita Uslar a José D. Díaz, un compungido timorato: "Aquellos pelotones de hombres de la revolución, negros, mulatos, blancos, españoles y americanos, corrían de una plaza a otra, en donde oradores energúmenos incitaban al populacho al desenfreno y a la licencia. Mientras tanto, todos los hombres honrados, ocultos en sus casas, apenas osaban ver desde sus ventanas entreabiertas a los que pasaban por sus calles…". 

El asunto recién empezaba. Por un lado, un grupo de "pardos" de Caracas, dirigidos por Fernando Galindo, fue arrestado cuando intentaban organizarse bajo una proclama de "libertad e igualdad ilimitadas", quienes además tenían a Miranda por inspirador. Por otro lado, el bando realista realizó una fallida insurrección en Los Teques, el 11 de julio, bajo el grito: "viva el Rey y mueran los traidores". El elemento nuevo e interesante es que estos realistas prometieron la libertad a los esclavos que se sumaran a su revuelta. 

La insurrección de Los Teques fracasó, pero los realistas en Valencia tuvieron éxito insurreccionando "a todos los negros de los alrededores, dictando proclamas igualitarias y reivindicaciones sociales, dando libertad a los esclavos y la igualdad a los pardos". Más adelante agrega Uslar: "La situación de Valencia, más que grave era interesante, pues por primera vez se usaba a "las castas" para organizar un movimiento popular y darle todo el empuje necesario. 

Ironías de la historia, el programa social más radical en esta coyuntura fue levantado por el bando realista. La actitud del Bando republicano, encabezado por los "timoratos", fue la contraria. El 28 de julio se emitió un decreto mediante el cual se organizaban patrullas para "la aprehensión de esclavos fugitivos", las cuales "… harán que se guarde el debido orden en esta parte de nuestra población destinada a la cultura de las tierras… La esclavitud honrada y laboriosa nada debe temer de estas medidas de economía y seguridad, con que el Gobierno procura el bien de los habitantes del país". Con esos dos actos opuestos había quedado derrotada la Primera República. Era cuestión de tiempo. 

Frente al levantamiento en Valencia, el gobierno de los timoratos actuó con lentitud y nombró al incompetente Marqués del Toro para aplastar la insurrección. Labor en la que falló por completo, teniendo que aceptar la Junta la presión del ala radical para que nombrase a Francisco Miranda, el cual decididamente toma la ciudad insurrecta y derrota a los realistas. Miranda, como jefe del ejército, pide permiso al Congreso para marchar sobre Coro, donde se gestaba una contraofensiva realista. Pero los mantuanos, temerosos del poder que adquiría Miranda y la Sociedad Patriótica, le monta un expediente y le exige volver a Caracas, donde su ejército rápidamente es licenciado. 

La nueva República gana tiempo, gracias a la victoria de Miranda en Valencia, pero estos meses son desperdiciados en la continuidad de las disputas entre timoratos y radicales, y en medidas completamente impopulares, como la emisión de papel moneda sin respaldo, lo cual produjo una inflación de hasta un 1,000% en ciertos productos y la desconfianza generalizada de la población. El clero, antes medio imparcial, ahora pasó a la conspiración abierta ante una ley del Congreso que proponía someter los curas a la justicia ordinaria. 

La guinda del helado vino a ponerla un "castigo divino": el terremoto del 26 de marzo de 1812, que redujo a escombros gran parte de Caracas y La Guaira. Para colmo, esto sucedió un Jueves Santo, igual que el 19 de Abril, que también había sido Jueves Santo. El presagio estaba dado y el clero los usó para movilizar a los ignorantes contra la República. Uslar cita a un cura dominico que pregonaba: "aquel espantoso sacudimiento era un castigo visible del cielo por haber desconocido al que estaba destinado por Dios para gobernar estos pueblos, y que habiendo concedido dos años para el arrepentimiento continuaban en su pecado". 

La situación estaba madura para el contraataque realista. El general Monteverde inicia su marcha logrando al principio apoyo campesino y poca resistencia. Frente a la amenaza, la Junta recurre nuevamente a Miranda y lo nombra Dictador. En San Mateo, Miranda logra derrotar a Monteverde y detiene su marcha, pero no es una derrota total. Miranda terminó de enajenarse a los mantuanos con un decreto por el cual reclutaba forzosamente a los esclavos de las haciendas para el ejército, pese a que el decreto fue un fracaso, a decir de Uslar Pietri, porque los esclavos "no es que no amasen su libertad, sino que la creían una red ofrecida por los que habían sido sus señores, y la preferían recibirla del isleño popular (los canarios), que se rozaba con ellos, y vivía entre ellos, y con ellos trabajaba la tierra". 

Para colmo, Puerto Cabello, donde estaba el parque de municiones de la República, que había sido puesta al mando de Simón Bolívar y José F. Ribas cayó en manos enemigas producto de un descuido de estos dos, que dejaron el cuartel al mando del traidor Vinoni, mientras iban a la boda del propio Ribas. 

"Mientras… en el interior del país se levantaban montoneras armadas de esclavos insurrectos que iban por los campos y haciendas de Barlovento saqueando y matando blancos con el fin determinado de dirigirse a Caracas… a establecer un Gobierno popular dirigido por los negros… Esta insurrección provocada por un grupo de blancos realistas que… Sólo cuando toda aquella masa formidable de esclavos, sedientos de las más esenciales libertades humanas, comienza a matar a todo ser que tenga rostro blanco y a incendiar todo lo que encuentra, tanto patriota como realista, es que vienen a comprender el gran daño que han realizado…". 

Llegada la insurrección a los límites de Caracas, la única forma que encontró la Junta para contenerla fue el envío del cura Pedro Echezuría, el cual convenció a los sublevados de no avanzar sobre Caracas, esperando que se resolviera el problema de si, finalmente, gobernarían los realistas o republicanos, pero no los pudo convencer de que retornaran a sus pueblos. Quedando la situación en un equilibrio inestable. "Los negros, que no habían retrocedido ante nada, fueron contenidos por el crucifijo". 

Se había despertado el gigante dormido y éste no se detendría hasta 1814. La revolución social, más profunda, arrasaría la tímida y vacilante revolución política de la Primera República. Mientras los negros insurrectos avanzaban por Curiepe, Capaya, Guapo y se acercaban a La Guaria, todos los que tenían algo que perder, empezaron a forzar un armisticio entre Monteverde y Miranda. El armisticio se firmó el 25 de julio de 1812, en San Mateo, y constituyó una capitulación completa de la República, firmada por Francisco de Miranda, por la cual se formaliza la entrega de Caracas al ejército realista y el licenciamiento del ejército republicano. 

Juan Uslar exculpa de la situación a Francisco de Miranda: "Lo que sucede es que, para ganar batallas es necesario, antes que todo, ser buen general, contar con el apoyo nacional y luchar por una causa popular. Y a Miranda le faltaban estos dos últimos factores". 

Pero no deja lugar a dudas que tanto mantuanos como realistas comprendían que tenían intereses en común frente a la sublevación de las castas, ya que es el propio Miranda quien desarma a los batallones de pardos que se negaron a aceptar el armisticio de San Mateo y que pretendían unirse a los sublevados de Barlovento para marchar juntos a Caracas. Sobre ese desarme de los pardos, fue que pudo Monteverde pasar a ocupar Caracas. Inclusive, se dice que Francisco Espejo, fundador junto a Francisco de Miranda de la Sociedad Patriótica exclamó, ante la llegada de Monteverde: "Gracias al cielo de volver bajo la dominación de los dueños legítimos". Lo que no le sirvió para evitar ir a dar a la cárcel por sus delitos contra la Monarquía. 

El propio Miranda sufrió el escarnio de la derrota porque se dirigió a La Guaira con intención embarcarse en el buque inglés "Sphir", pero fue arrestado por Casas, Simón Bolívar y Peña. Uslar Pietri insinúa que la actitud de Bolívar pudo ser para "congraciarse con las autoridades españolas". Más adelante explica: "Bolívar estaba desagradado por la actitud de Miranda de no ratificar, como era lo convenido, el pacto de San Mateo, dejando la capitulación inconclusa, tomando el primer barco que se encontraba en el puerto, sin esperar al enemigo y entregarle la capital, abandonando todo, dando la sensación de huida". 

La Primera República había muerto, ahogada en sus propias contradicciones, pero la breve "restauración" encabezada por Monteverde sería efímera, pues ya era imposible retroceder los hechos a 1809. No le ayudó la represión generalizada que lanzó contra los mantuanos, ni la inestabilidad económica que continuó, ni mucho menos, el no cumplirle a "las castas" las promesas realistas de libertad e igualdad. 

"El Gobierno no podía hacer efectivas esas aspiraciones de los negros, porque de hecho hubiera sido ocasionar una revolución en los medios de producción, una revolución económica ésta que habría perjudicado a las demás colonias españolas e inglesas trastornando las bases de la sociedad colonial", sentencia Juan Uslar Pietri. 

El intento de los insurgentes de tomar La Guaira, mal armados de palos y machetes, fue rápidamente aplastado por el ejército realista. Pero la insurrección esclava, negra y parda, recién empezaba. Aún faltaría el fracaso del Gobierno de Monteverde, la Campaña Admirable de Bolívar, la restauración de la República y la nueva insurrección popular salida de los Llanos y encabezada por el canario Tomás Boves. Pero eso es otra cosa. 

En realidad, Simón Bolívar sólo incorporaría, parcialmente, las demandas sociales y políticas de los esclavos negros, al retornar de su exilio antillano, y decretar la libertad de los esclavos que se sumaran al ejército libertador. Factor decisivo que le ayudó a derrotar a los realistas a partir de 1818 en adelante. Pero los que se mantuvieron como mano de obra en las haciendas siguieron bajo el sistema esclavista heredado del período colonial. En Colombia la esclavitud continuaría siendo una institución legal, aunque en decadencia, hasta 1851. 

Uno no puede dejar de admirar cierto paralelismo, en la misma época, de la situación de Venezuela y la Nueva Granada, entre Francisco de Miranda y Antonio Nariño, entre el Congreso Nacional de Caracas y el Congreso Federal encabezado por Camilo Torres en Colombia. La época de "la Patria Boba". 

  1. Bolívar, Simón. Doctrina del Libertador. Biblioteca Ayacucho. Caracas, 1985. 
Uslar Pietri, Juan. Historia de la rebelión popular de 1814. EDIME. Caracas – Madrid, 1962.



Rechazo al convenio Filos- Hines y Operación Soberanía causas inmediatas de la gesta del 9 enero de 1964

 Rechazo al convenio Filos- Hines y Operación Soberanía causas inmediatas de la gesta del 9 enero de 1964

Entre 1947 y 1964 se cimienta en la conciencia nacional un clima de unidad nacional para el tema canalero. En efecto el día 12 de diciembre de 1947 pasaría a formar parte de la historia panameña; ya que ese día Panamá alzó su voz para decir “NO MÄS” a la política de ceder terreno a favor de los Estados Unidos. Estas reclamaciones se basaban en el convenio firmado con los Estados unidos el 18 de mayo de 1942, por el cual cedía 136 sitios de defensa, cada uno de 15,000 hectáreas, en toda la nación. El convenio establecía igualmente que los terrenos cedidos, deberían ser devueltos a la nación, después de un año de firmado el acuerdo de paz, al final del conflicto bélico. No obstante, el gobierno de los Estados Unidos en la parte contractual del convenio no cumpliría. Apenas se conocieron los detalles del convenio, el viernes 12 de diciembre varias entidades estudiantiles y populares se unieron en una marcha por diferentes puntos de la ciudad de Panamá en clara oposición al convenio. Por otro lado, al finalizar dicha década se reafirman los ideales nacionales con la “Operación Soberanía” (1958) un movimiento que adquirió características revolucionarias y que ayudo al desarrollo de la conciencia nacional y a los anhelos de transformaciones sociales. El 5 de mayo de 1958 la Unión de Estudiantes Universitarios llevó a cabo una manifestación […] que partió desde la plaza Porras hasta la Presidencia. Allí le solicitaron al jefe del Estado que no permitiera ni siquiera el inicio de negociaciones para el establecimiento de bases para radar con Estados Unidos, hasta tanto la bandera panameña fuese izada en la Zona del Canal y Washington cumpliera con sus obligaciones estipuladas en los tratados con la República de Panamá (Araúz, 2014).

Datos generales: 

Autor: Dumas Myrie S.

Docente universitario

Universidad Cristiana de Panamá

Twitter: @dumas997


Reseña del libro conspiración y república en Panamá de Mario Molina Castillo

Reseña del libro conspiración y república en Panamá de Mario Molina Castillo: La conjura de 3 y 5 de noviembre de 1903. Capitulo 4. Tramites iniciales y negociaciones entre Estados Unidos y Colombia, sobre el canal de Panamá. Pag 171-195.

 


Vale señalar que lo tratado en este capítulo del libro mencionado es consecuencia del rechazo del tratado Herrán Hay y que aborda posturas a favor y en contra de los intereses neogranadinos en el istmo de Panamá.

 

La tesis por tratar en esta reseña se enmarcará primero a explicar cómo el tratado Mallarino Bidlack no fue impedimento para la consecuente separación de Colombia y en qué en contrapeso a nueva Granada este tratado le permitió asegurar la estabilidad en el istmo. Como segundo elemento las manifestaciones que se produjeron a raíz del rechazo del tratado Herrán Hay Tienen que verse en el contexto del liberalismo istmeño.

 

El autor Mario Molina castillo primero pone de relieve Que el rechazo del tratado de Herrán Hay No se puede desligar de las interpretaciones arbitrarias de lo de Estados Unidos De los mencionados pactos con Colombia. En este sentido Óscar Terán colombiano pero con juicio crítico pone de relieve la situación diplomática del momento.

 

Igualmente esta reseña aborda Cómo los senadores istmeños en Bogotá aprovecharon la coyuntura para sumar adherentes a su juta política. En realidad los istmeños estaban cansados del abuso por parte de los norteamericanos tanto racial como diplomático. Claro este se va a manifestar más adelante En el istmo por este carecer de una de una instrucción pública acorde al momento.

 

Por otro lado es importante La labor de los oradores públicos era comunicar las noticias al público analfabeto. Por lo general esto oradores públicos eran maestros, miembros del Consejo alcaldicio o simplemente profesionales que acudían a la compra de periódicos en la cabecera de provincia. Eran muy importantes para la época publicaciones de periódicos como el duende el mercurio entre otros.

 

 

Es casi imposible no tocar el tema del rechazo del tratado Herrán Hay sino ver la visión de los bogotanos. Y es que en realidad A pesar de que hubo voluntad de algunos sectores del Senado colombiano en dar una segunda oportunidad Al mencionado tratado no hubo la voluntad política y en algunos casos se pasó dinero de por medio para buscar apoyo hacia un nuevo canal.

 

Finalmente no se puede dejar de tocar el tema sin dejar de ver el apoyo que le va a brindar algunos sectores conservadores colombianos e igualmente liberales istmeños al sofocar las revueltas en el istmo. Como dato curioso es la participación de Juan Eligio Alzuru. Igualmente no se puede dejar de mencionar a Juan B. Sosa, Abel Bravo y Carlos A. Mendoza entre los intelectuales de la época que se manifestaron durante el rechazo del tratado Herrán Hay.

 

A pesar de esto no se puede hablar de una nación en el istmo durante la época de unión a Colombia. En el istmo la identidad estaba adscrita a un sesgo Colombia y a una realidad partidista.

Y Derramaré mi espíritu sobre toda carne…

Por: Rev. Pbro. Manning Maxie Suárez +.


El título de este artículo es una réplica de una profecía contenida en el libro del profeta Joel, quien existió en el siglo IX a.C. y es una de las tantas profecías que encontramos escritas rey Joás de Judá, alrededor del siglo IX a.C. 

Es interesante saber, que cuando el profeta Joel, escribió estas líneas, en el capítulo 3 del libro, el reino de Judá estaba dividido y debilitado, y había sufrido invasiones y destrucciones por parte de los asirios y otros pueblos vecinos, fue una época catastrófica para el pueblo judío. Pero en medio de esta situación, Joel recibió una visión de Dios en la que se le reveló el juicio de Dios sobre Judá y el llamado a la penitencia y la restauración del pueblo de Dios.

Joel comienza con una especie de descripción de una plaga de langostas que destruyó los cultivos de Judá y causó hambre y miseria. Interpreta esta plaga como un signo del juicio divino y llama al pueblo a lamentarse y arrepentirse de sus pecados. Joel entonces profetiza que el juicio de Dios será aún más severo y que solo el arrepentimiento y la vuelta a Dios podrán salvar a Judá de su destrucción total.

Profetiza la restauración de Judá y la promesa de que Dios derramará su espíritu sobre todo el pueblo. Esta última profecía se ha interpretado como una prefiguración del Pentecostés en el cristianismo, en el que se cree que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles de Jesús.  Después de estas cosas derramaré mi espíritu sobre toda la humanidad: los hijos e hijas de ustedes profetizarán, los viejos tendrán sueños y los jóvenes visiones. También sobre siervos y siervas derramaré mi espíritu en aquellos días;” (3,28-29). Al final agrega una frase esperanzadora para toda la humanidad: “Pero todos los que invoquen el nombre del Señor lograrán salvarse de la muerte, pues en el monte Sión, en Jerusalén, estará la salvación, tal como el Señor lo ha prometido. Los que él ha escogido quedarán con vida.” (v.32).

Así, Shavuot que precede a la festividad de Pesaj (Pascua), se convierte en una prefiguración de la Festividad del Pentecostés que es a su vez, el cumplimiento de la profecía de Joel.   

Shavuot conmemora dos eventos principales: la entrega de la Torá que son los cinco primeros libros de la Biblia hebrea en el Monte Sinaí según la tradición judía, Dios reveló la ley y los mandamientos a Moisés en el Monte Sinaí 50 días después del Éxodo de Egipto. Para los cristianos en Cristo se cumple la Ley y los Profetas.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles el evangelista Lucas escribe que, “Cuando todavía estaba con los apóstoles, Jesús les advirtió que no debían irse de Jerusalén. Les dijo: Esperen a que se cumpla la promesa que mi Padre les hizo, de la cual yo les hablé. Es cierto que Juan bautizó con agua, pero dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo.” (Hch.1: 4-5).  Y así sucedió cuando en plena fiesta de Shavuot (Pentecostés), “De repente, un gran ruido que venía del cielo, como de un viento fuerte, resonó en toda la casa donde ellos estaban. 3 Y se les aparecieron lenguas como de fuego que se repartieron, y sobre cada uno de ellos se asentó una. Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu hacía que hablaran.” (Hch. 2:2-4).  Cumpliéndose la profecía realizada por el profeta Joel y por el mismo Jesucristo.  Es decir, una realidad que no ha cesado de darse desde ese momento, día tras día cambiando la vida de miles de millones de personas en este mundo a través del tiempo.

El Espíritu del Señor está presente en cada momento de nuestras vidas, él tiene la tarea de recordarnos las palabras de nuestro Señor Jesucristo, es nuestro consolador en momentos de pruebas, es nuestra fortaleza diaria y nos da sentido a la vida.  Está ahí para nosotros y nunca se irá de nuestras vidas hasta el final de los tiempos.

Saulo de Tarso, mejor conocido como Pablo, y quien fue un perseguidor de cristianos en el primer siglo de nuestra era, pero que por la gracia del espíritu de Dios se convirtió en un apóstol incansable de Jesucristo, nos señala que “Si ahora vivimos por el Espíritu, dejemos también que el Espíritu nos guíe.” (Gál. 5,25).  No es solo creer sino dejarnos llevar por ese Espíritu que es el Señor y Dador de Vida como nos enseña el Credo Niceno y Apostólico de la Iglesia.

Pablo, en su carta a los corintios primer libro en su capítulo 12:8-10, enumera unos dones del Espíritu que son dados a todos los hombres y mujeres que aceptemos su presencia en nuestras vidas y que son dados para el bien común de toda la comunidad.  Ellos nos empoderan a ser mejores cada día.  Paso a enumerárselos, pues son para cada uno de ustedes estimados lectores:

El don de Sabiduría: Que es la capacidad de discernir la voluntad de Dios y aplicarla en la vida cotidiana.

El don del Conocimiento: Que es la capacidad de entender las verdades espirituales y aplicarlas a la vida práctica.

El don de la Fe: Que es la capacidad de creer en las promesas de Dios y confiar en Él en todas las circunstancias.

El don de Sanidades: Que es la capacidad de curar enfermedades y dolencias mediante la oración y la imposición de manos.

El don de hacer Milagros: Que es la capacidad de realizar sucesos extraordinarios que son contrarios a las leyes naturales.

El don de la Profecía: Que es la capacidad de recibir y transmitir mensajes de Dios a través del Espíritu.

El don del Discernimiento de espíritus: Que es la capacidad de distinguir entre espíritus buenos y malos.

El don de Lenguas: Que es la capacidad de hablar en lenguas desconocidas mediante la inspiración del Espíritu.

Y el don de la Interpretación de lenguas: Que es la capacidad de entender y explicar los mensajes que se hablan en lenguas desconocidas.

Panamá y el mundo necesitan de nuestro compromiso hoy más que nunca, transmitiendo el evangelio de nuestro Señor en el Poder de su Espíritu. Feliz Fiesta de Pentecostés. “Si ahora vivimos por el Espíritu, dejemos también que el Espíritu nos guíe.” (Gál. 5,25).

 Sacerdote Anglicano