"Quórum Teológico" es un blog abierto al desarrollo del pensamiento humano y desea ser un medio que contribuya al diálogo y la discusión de los temas expuestos por los diferentes contribuyentes a la misma. "Quórum Teológico", no se hace responsable del contenido de los artículos expuesto y solo es responsabilidad de sus autores.

Ya puedes traducir esta página a cualquier idioma

Déjanos tu mensaje en este Chat

Una empresa del grupo ACS, acusada de ser "cómplice de un desastre medioambiental" en Guatemala



www.eldiario.es/100716

Ocultar publi X

PUBLICIDAD



En Alta Verapaz, el departamento más pobre de Guatemala, un complejo hidroeléctrico que construye la española Cobra, filial del Grupo ACS, que preside Florentino Pérez, mantiene “secuestrados” alrededor de 30 kilómetros del río Cahabón, un elemento esencial en la vida y cultura de las comunidades maya quekchí que viven en la región. Así lo vienen denunciando desde hace tiempo habitantes de la zona y organizaciones ambientales del país.



Ahora, una  investigación de Alianza por la Solidaridad evidencia los impactos ambientales y sobre los derechos humanos de Renace, un proyecto que levantará la hidroeléctrica más grande del país y que consta de cinco fases, de las cuales ya han finalizado tres. Les prometieron el desarrollo pero la mayor parte de esas comunidades indígenas sigue viviendo sin energía eléctrica ni agua potable. Alianza calcula que hay unas 29.000 personas afectadas de forma directa. Quienes denuncian, son criminalizados.



“Llegaron sin más, se instalaron sin ningún conocimiento de las comunidades afectadas. Nosotros vivimos frente a la primera hidroeléctrica [Renace I], el río ya no está”. Ervin Cac Chun es un joven estudiante de 28 años que vive en la aldea de Changkay, en el municipio de San Pedro de Carchá, en Alta Verapaz, donde se desarrolla desde finales de los noventa el mayor proyecto hidroeléctrico del país, Renace, sobre el río Cahabón, cuya ejecución está ahora en manos de la empresa española Cobra, del grupo ACS.



“Antes yo llegaba al río con mi mamá, ella lavaba ropa, íbamos a pescar, a nadar en verano. Había mucha gente pero ahora ya no se ve nada. Nadie visita la cuenca, hay poca agua. Ya no hay vida”, cuenta Ervin por teléfono a eldiario.es.



Alianza por la Solidaridad ha publicado recientemente el informe “Caso Renace-Cobra (ACS): La hidroeléctrica que destruye derechos en Guatemala”, una extensa investigación sobre los impactos e irregularidades de este megaproyecto, propiedad de la empresa guatemalteca Corporación Multi-Inversiones (CMI) quien, a su vez, y bajo un acuerdo de estricta confidencialidad, contrató a la española Cobra para su ejecución a partir de la segunda fase, Renace II.



“Antes de las leyes que permitieron el cambio de modelo económico en nuestro país, esta empresa ya tenía puestos los ojos en el río”, explica Julio González, de Madre Selva, una organización de defensa del medio ambiente que proporciona acompañamiento y asesoramiento técnico y legal a las comunidades afectadas por estos megaproyectos.



Detrás de CMI está la familia Gutiérrez Bosch, una de las más poderosas e influyentes del país, con intereses en múltiples sectores, particularmente en la industria avícola. Monopolizan la producción de pollo y derivados, son los propietarios de la cadena de restaurantes Campero, en expansión por todo el mundo, y de Telepizza para Centroamérica, entre otros. En el caso de Renace, poseen una concesión para explotar el río Cahabón durante 50 años.



“El negocio de la electricidad es uno de los más lucrativos porque la generación de energía no paga impuestos, no lo hacen para dar luz al país, no hay tales beneficios ni modelo de desarrollo. En los últimos 12 años lo que ha aumentado es la pobreza”, denuncia González.



En San Pedro de Carchá, donde se ubica Renace, el índice de pobreza es de un 88% y el de pobreza extrema, del 53,6%. En Guatemala, el crecimiento del PIB (un 4% en 2015 respecto al año anterior) viene acompañado de un aumento de la desigualdad: el 10% más rico acumula casi la mitad del total de ingresos, según un  informe del Procurador de Derechos Humanos.



“Ellos dicen que traen el desarrollo, pero el desarrollo es solo para dos o tres personas porque donde nosotros estamos no hay energía eléctrica. De las 50 comunidades afectadas por Renace solo dos tenemos agua potable, y la ha gestionado nuestra comunidad, no tenemos instalaciones educativas, no vemos el desarrollo, por eso defendemos nuestro territorio”, subraya Ervin. Según datos del Banco Mundial, el 21,5% de la población guatemalteca no tiene acceso a la luz eléctrica, unos dos millones de personas, en particular, en las áreas rurales.





Impacto ambiental sin consulta previa



El Convenio 169 de la OIT, ratificado por Guatemala, obliga a la consulta previa e informada de las comunidades. Sin embargo, el procedimiento para realizar estas consultas no ha sido reglamentado en el país. Esto da pie a procesos muy cuestionables que, como en el caso de Renace, no pueden ser considerados acordes a la norma internacional. Para obtener las licencias, las empresas están obligadas a presentar estudios de impacto ambiental, que incluyen consultas a la población y que raras veces suelen ser rechazados.



Según la investigación de Alianza por la Solidaridad, no hay constancia de estudios de impacto ambiental para la primera fase del proyecto, Renace I. Para Renace II y III se contrató a una consultora que elaboró una encuesta. Solo se preguntó a 57 personas, mayoritariamente hombres. “Tratan de orientar e influir en la gente con preguntas sesgadas como: ¿usted quisiera tener televisión en su casa, un equipo de sonido? Entonces, ¿le interesa que haya luz eléctrica? ¿Usted no se opondría a un proyecto hidroeléctrico? ¿Y estaría dispuesto a trabajar para ese proyecto? Cinco preguntas a las que la gente, en un mar de necesidades, responde que sí. Eso no es una consulta”, precisa Julio González. “Es como si estas comunidades no existieran, no son tomadas en cuenta, se vulnera su derecho a la información”.



Una de las características de Renace es que las sucesivas licencias para las cinco fases del proyecto se han ido concediendo en virtud de estudios de impacto ambiental concretos de cada una de ellas, en los que no se tiene en cuenta el conjunto de la obra. Estos estudios no están disponibles ni pueden consultarse en la web de la empresa, donde apenas hay información.



“Presentan estudios por partes en los que no se ve la integralidad y acumulación del daño, no se menciona que el río está secuestrado durante 30 kilómetros, los efectos que eso va a tener sobre el medio ambiente y la biodiversidad. La zona está prácticamente condenada a la extinción”, vaticina el responsable de Madre Selva. Por este motivo, entre las peticiones de las organizaciones está la realización de un estudio de impacto ambiental global del proyecto, más acorde a la realidad.





Los efectos ya son notorios. Las comunidades aseguran que hay zonas en las que el río prácticamente desaparece. “La falta de agua es un problema. La disminución del caudal del río va a traer problemas de salud, el agua queda encharcada y es fuente potencial para vectores de malaria, dengue o zika, virus que están ahora en auge en Centroamérica. El cambio climático ha aumentado el calor y ahora los mosquitos están llegando a regiones más altas”, apunta González.



La escasez de agua afecta a las comunidades que se ven obligadas a ingeniárselas. “El agua ya no tiene corriente, da pena tomarla, es como un charco. Solo en tiempo de lluvia tiene un poco pero en época de verano, cuando más se necesita, no hay. En las comunidades donde no hay agua potable unos han hecho tanques, han comprado aljibes para recolectar, y cuando se termina tienen que viajar, van a otros ríos o a otros municipios”, explica Ervin.



¿Beneficios a las comunidades?



En su web, CMI hace gala de su “modelo de sostenibilidad” basado, entre otros, en el “relacionamiento comunitario” y el “desarrollo sostenible”. Algunos de sus programas sociales se articulan a través de la Fundación Juan Bautista Gutiérrez, el brazo social de CMI, como “Mejores Familias” o “Mi salud, mi responsabilidad”. Básicamente, consisten en acciones puntuales y limitadas, como planes de trabajo temporal o cursos de formación, entrega de mochilas, reparto de útiles para la agricultura, becas, patrocinio de eventos deportivos o hinchables en fiestas infantiles, según recoge el informe de Alianza y puede verse profusamente anunciado en su  página de Facebook, donde reciben un buen número de críticas en los comentarios.



Bajo los lemas “Con orgullo, somos parte de tu comunidad” o “Renace, energía con sentido social”, se adjudican como mejoras la construcción de carreteras que, sin embargo, son imprescindibles para el desarrollo de sus proyectos. El volumen, inversiones e impacto real de estas acciones es difícil de valorar pues tampoco hay informes de responsabilidad social corporativa (RSC) ni en la web de CMI ni en la de su fundación.



Alianza por la Solidaridad advierte de  la facilidad de "comprar" voluntades en un contexto de necesidad y temor. La realidad, sostienen desde la organización, es que la presencia de Renace ha aumentado la conflictividad social dentro de las comunidades y entre ellas. “Ellos son muy selectivos cuando eligen a quién dan privilegios, lo hacen con la intención de tener aliados y frenar el descontento. No es una buena práctica de RSC confrontar familias e inclusive municipios”, sostiene González.



Muchos vendieron sus tierras a cambio de la promesa de un trabajo, pero éste ha llegado de forma precaria. Según el informe de Alianza, el empleo se da solo en la fase de construcción y son contratos por turnos de 15 días para cada persona que acaban generando sistemas de microcorrupción en la asignación de los mismos.



"Una vez que concluye la construcción, la empresa se va y se acaba el trabajo, es entonces cuando la gente se da cuenta de que se ha quedado sin empleo, sin tierras, porque las ha vendido y sin río. La conflictividad está creciendo especialmente allí donde las obras de Renace ya han finalizado", matiza Rosa Martín Tristán, de Alianza por la Solidaridad, quien visitó la zona en abril.



“Que se conozca esto y haya presión”



La constructora Cobra también hace alarde en su  web de buscar “un crecimiento sostenible”, “prevenir la contaminación” y “fomentar en empleados, proveedores y subcontratistas actuaciones respetuosas con el medio ambiente”. En el caso de Renace, sobre el que apenas hay información, Cobra elude cualquier responsabilidad al considerarse únicamente como empresa contratada. Así se manifiesta en el informe de Alianza: “Somos la mano de obra de los promotores, sin ninguna responsabilidad social. Si hay algún factor de riesgo en una zona, paramos la obra, nos retiramos y que quien lo tenga que afrontar que lo haga”.



Eldiario.es se ha puesto en contacto con ACS pero la empresa no ha realizado ninguna declaración. Su posición en este tema, apuntan, es la de la promotora, CMI.



Fuentes de CMI confirman a eldiario.es que han revisado el informe de Alianza por la Solidaridad. "Tenemos contacto con 33 comunidades, tenemos programas de desarrollo y cuidado ambiental, estudios de impacto ambiental... Entramos en contacto con las comunidades por donde va pasando nuestra operación, hemos tenido conversaciones y diálogos, llegamos a acuerdos. A esto le llamamos nuestra relación de 'buen vecino'", sostienen.



Estas fuentes recalcan que la conflictividad social es algo que se ha "utilizado mediáticamente" en su contra, producto de la "desinformación" y destacan que el impacto ambiental solo se produce en la fase de construcción, "después de que la hidroeléctrica entra en funcionamiento, el impacto disminuye". Dicen que, en virtud de la ley guatemalteca, ellos son generadores de energía y no les corresponde vender la electricidad a las comunidades pero que, en cambio, sí que las han ayudado a gestionar las peticiones para tener suministro.



Veinte años después de su presencia en el departamento, la mayoría sigue sin luz y viviendo en condiciones de pobreza. CMI no habla en nombre de Cobra o ACS y, ante las acusaciones de falta de transparencia, asegura que están trabajando en una web que contenga toda la información sobre este proyecto que iniciaron a mediados de los noventa.



Desde Madre Selva, no tienen tan claro que Cobra no tenga ninguna responsabilidad. “ACS está siendo cómplice solidario de un desastre ambiental, no podemos catalogarlo de otra forma, ellos saben el daño que están causando pero se escudan en que son subcontratados. Llegan, obtienen su dinero y tranquilamente se pueden ir del país y dejar allá un gran riesgo para las generaciones que vienen”, lamenta Julio González, quien hace unas semanas visitó España “con el deseo de que se conozca esto y haya presión desde fuera, porque allá en mi país los medios no lo van a divulgar”.



Precisamente con este fin, y tras el éxito obtenido con otras denuncias de acaparamiento de recursos naturales, como con Coca-Cola en El Salvador, Alianza por la Solidaridad ha lanzado una campaña de firmas. “Queremos que Cobra/ACS se comprometa a suspender su participación hasta que no se haga una evaluación exhaustiva del daño medioambiental y social del complejo hidroeléctrico, que no sea cómplice de una violación de los derechos humanos y que utilice su influencia para que el promotor respete los derechos y los recursos naturales de la población de Alta Verapaz”, especifica la responsable de la campaña TieRRRa, Almudena Moreno.



493 agresiones y 13 asesinatos en 2015



Oponerse a este tipo proyectos en el terreno se paga caro. “Estamos criminalizados”, reconoce Julio González. Hace tan solo un mes, el 8 de junio, fue asesinado en Alta Verapaz, Daniel Choc Pop. Este líder indígena de la comunidad de San Juan Tres Ríos, en el municipio de Cobán, trabajaba en la defensa del derecho al agua y la tierra y por la mejora de las condiciones de vida de las comunidades.



Dos meses antes, también fue asesinado Walter Manfredo Méndez Barrios, miembro del Frente Petenero contra las Represas, un movimiento nacional sobre los efectos negativos de estas infraestructuras.



Según datos de la Unidad de Protección a Defensoras y Defensores de los Derechos Humanos ( UDEFEGUA), en 2015 se produjeron 493 agresiones a líderes ambientales y comunitarios en Guatemala, 13 asesinatos y 8 intentos de homicidio. La propia Cámara de Comercio española en Guatemala reconocía a Alianza por la Solidaridad que “los líderes de derechos humanos no tienen buena imagen entre las empresas y la sociedad, ni las ONG internacionales; solo se piensa de ellas que son problemáticas para los negocios y defienden a grupos de delincuentes y mafiosos”.



Julio González señala también la responsabilidad del Estado guatemalteco. “El Gobierno pasado fue cómplice abierto para imponer proyectos a la fuerza. El Estado ha estado cooptado por los intereses de los empresarios y corporaciones. Hubo muertos, se persigue a los defensores, hay 18 compañeros capturados sin ningún cargo, desde hace tres años han sido asesinados varios periodistas por llevar este tipo de mensajes. Ya estamos hartos de la impunidad”.



Desde Alta Verapaz, en Guatemala, Ervin, sin nombrarlo, habla de neocolonialismo: “Ya los tiempos cambiaron, queremos que ya dejen de extraer nuestros recursos, queremos decidir sobre nuestro propio desarrollo y que si nuestra riqueza es explotada, que lo sea para el bienestar de nuestros ciudadanos”.

El fallido golpe militar y la profundización del autoritarismo turco






El intento de golpe de Estado que lideró un grupo de oficiales medios del ejército turco la noche del 15 de Julio, que tuvo su epicentro en Estambul y Ankara, y que fue fácilmente derrotado por sectores leales al presidente islamista Recep Tayyip Erdoğan, liderados por las fuerzas policiales, representa una nueva muestra de la profundidad de la crisis que recorre al Estado turco, país miembro de la OTAN y pieza clave en la disputa por la hegemonía en el Medio Oriente.



Mientras que los aliados de Erdoğan en EEUU y la UE llaman a defender la “democracia” turca en contra de la aventura golpista, lo cierto es que la militarización del país es un hecho de hace meses, particularmente desde la intensificación de la campaña militar en contra de los kurdos, que ha destruido miles de vidas y pueblos enteros en la región del suroriente del Estado turco.


Tampoco hay mucha democracia que defender, ya que Erdoğan ha venido ampliando cada vez más su poder y control sobre el aparato estatal, purgando a sus enemigos en el Estado y el ejército, amordazando a la prensa, persiguiendo a la oposición política y encarcelando a los críticos.



Todo esto, mientras el miedo se apodera de los ciudadanos en medio de un incremento de los atentados explosivos que se han cobrado cientos de víctimas (el más reciente apenas hace una semana, en el aeropuerto internacional de Estambul), muchos de ellos por la proliferación de islamistas, y de una crisis económica sin precedentes, agudizada a partir del enfrentamiento con Rusia en Noviembre del pasado año a raíz del derribo de un avión militar ruso, por fuerzas turcas, mientras se encontraba en operaciones en Siria.



A raíz de esto, Rusia decretó una serie de sanciones económicas devastadoras para la economía turca, que pusieron de rodillas al presidente turco, quien después de bravuconear por unos meses, terminó pidiendo perdón sin condiciones a Putin[C1] . Erdoğan y su partido, el AKP, fomentaron un ambiente de terror y violencia, mediante el cual se impusieron en las elecciones del 2015, en segunda vuelta. La campaña electoral del año pasado, lejos de ser democrática, estuvo marcada por la persecución a la izquierda, en particular al partido pro-kurdo HDP, y por la polarización promovida mediante el recurso al terror y al miedo.


Abdullah Gul, un allegado a Erdoğan y socio del AKP, dijo, estúpidamente, que Turquía no es un país latinoamericano, al hacer referencia al golpe militar. La realidad, sin embargo, es que Turquía tiene más golpes de Estado que muchas de las repúblicas latinoamericanas que él caricaturiza en su comentario: hubo golpes en 1960, en 1971, en 1980, y el llamado golpe “post-moderno” de 1997, cuando el gobierno presionó la renuncia de un antecesor y asociado político de Erdoğan que recién había ganado las elecciones.



El ejército, a diferencia de la policía que es leal al gobierno y más afín con su islamismo, se ha considerado a sí mismo como el guardián de los valores republicanos y seculares con los que fue fundada la República de Turquía en la década del ’20 por Mustafá Kemal Atatürk, y siempre ha mirado con desconfianza al islamismo político que comenzó a levantar su cabeza y hacerse sentir fuerte desde los ‘90.


El islamismo político coge fuerza con el surgimiento de los llamados “tigres de Anatolia”, empresarios que emergen con la apertura económica experimentada desde los años ‘80, los cuales vienen de las ciudades de la Turquía profunda y que reflejan una mentalidad conservadora y religiosa en toda regla. Este islam político exacerba la tensión existente con la elite secular y occidentalizante, asentada en las principales ciudades turcas (Izmir, Estambul, Ankara) y ligada a las profesiones liberales, a la burocracia estatal y al ejército.



Desde el 2010 que Erdoğan ha venido purgando sectores del Ejército, sacando a los sectores más recalcitrantes de kemalistas y reemplazándolos con sectores más afines a su proyecto político, que mezcla el autoritarismo de Kemal, con el conservadurismo islamista, con una pizca de neoliberalismo y con sus sueños de convertirse en Califa y proyectar la sombra del imperio otomano nuevamente sobre el Medio Oriente.



En su lugar, ascendieron una serie de oficiales ligados al clérigo Fethullah Gülen, entonces aliado de Erdoğan, aunque en 2013 ambos rompieron. Son, al parecer, estos sectores medios en el Ejército, no la vieja guardia kemalista-secular, quienes habrían estado detrás de este golpe.


La pobremente organizada y fallida intentona
[C2]  de golpe militar fue descrita por el presidente turco Erdoğan “como un regalo de Dios”. Es fácil ver por qué dijo esto: desde ya ha comenzado la purga en el Ejército y, si logra cambiar su doctrina y su composición, el pilar central, bastión republicano del Estado turco, habría mutado para imponer su propio proyecto islamista.



Hay quienes han dicho que el presidente turco por fin ha tenido su propio “incendio del Reichstag[C3] ”, el cual utilizará como la excusa perfecta para seguir imponiendo su proyecto autoritario y silenciar las voces críticas tanto en lo doméstico como en el exterior. Mientras su actitud errática y agresiva, estaba ganando creciente hostilidad en la comunidad internacional, que temen que sus acciones sigan desestabilizando la región y puedan llevar la crisis del Medio Oriente a las puertas mismas de Europa, la aventura de los militares ha logrado que gane, momentáneamente, el respaldo inequívoco de la llamada “comunidad internacional”.



Y también logrará silenciar cualquier crítica que pudieran hacer a la creciente militarización, censura, persecución y purgas que promueva en retaliación, no contra los golpistas, sino contra todos los sectores que potencialmente pudieran representar un contrapeso a su poder absoluto.



Pero si la “comunidad internacional” guarda silencio, los pueblos del mundo tenemos el deber moral de solidarizarnos con el movimiento popular turco[C4]  y kurdo y alzar la voz ante el autoritarismo que recorre al Estado turco y que bombardea, encarcela, asesina y amordaza a nuestros hermanos y hermanas. Tenemos el deber moral de solidarizarnos con los que luchan por una alternativa al nacionalismo-militarista y al islamismo-político, y no hemos de permitir que esta alternativa basada en la libertad, la justicia social, la igualdad, sea ahogada en sangre.



Erdoğan hoy se cree invencible, pero su victoria es pírrica, su barco está en franco naufragio y esta intentona golpista fue solamente un síntoma más de esa crisis.


 [C1]¿En qué cambia esto la relación con los kurdos?
 [C2]¿Por qué fue tan mal organizada si venía del ejército que se supone bien organizado?
 [C3]Me parece que por aquí va la explicación más “lógica” del intento de golpe.
 [C4]Generalización sin base. ¿Por qué la gente apoyó a Erdogan en las calles?

Una izquierda latinoamericana sin ecología caerá de nuevo en la crisis de los progresismos






Comencemos planteando con claridad algunas cuestiones recientes en las relaciones entre izquierda y ambiente en América Latina: los progresismos gobernantes actuales son regímenes políticos distintos a las izquierdas que les dieron origen, y en esa diferenciación, la incapacidad para abordar la temática ambiental jugó unos papeles clave. Por lo tanto, cualquier renovación de la izquierda sólo es posible si se incorpora la mirada ecológica. En caso contrario, la izquierda volverá a caer en meros progresismos.



Las izquierdas latinoamericanas, por lo menos desde la década de 1970, tuvieron unas enormes dificultades en aceptar y abordar la problemática ambiental. Unos veían esos temas como excentricidades burguesas importadas del norte; otros consideraban que entorpecerían planes de industrialización; y finalmente, estaban los que entendían que en la militancia, por ejemplo, en las fábricas, era inviable atender cuestiones ecológicas.



Pero también existían algunos grupos o militantes que abordaban esas cuestiones, por muy diversos motivos. Unos respondían a demandas ciudadanas, por ejemplo las que partían de organizaciones campesinas que denunciaban tanto injusticias económicas como la contaminación de sus tierras y aguas. Otros entendían que una crítica radical al capitalismo era incompleta sino se consideraba el papel subordinado de América Latina como proveedora de materias primas (o sea recursos naturales). Se pueden sumar otras cuestiones, pero más allá de todo eso, debe reconocer que todos ellos desempeñaban papeles secundarios en el seno de la mayor parte de las organizaciones políticas de la izquierda.



Las cosas no eran mejor a nivel internacional, ya que sea en agrupamientos partidarios como en la reflexión teórica, la cuestión ambiental era minimizada o marginada. Esfuerzos intensos en poner sobre el tapete, por ejemplo a un Marx en clave ecológica (como es la propuesta de John Bellamy Foster) o la insistencia en un ecosocialismo (apuntada por Michael Lowy), tuvieron impactos acotados.

Un cambio sustancial ocurrió a fines de los años noventa y principios de la década del 2000. Buena parte de ambientalismo políticamente militante colaboró, apoyó o participó directamente en conglomerados de unas izquierdas más amplias y plurales que luchaban contra gobiernos conservadores y posturas neoliberales. En varios países esos grupos las elecciones. Hubo un aporte ambientalista en las victorias de Alianza Pais en Ecuador, el PT y sus aliados en Brasil, el MAS en Bolivia, y el Frente Amplio en Uruguay; en menor medida también participaron en Venezuela.



En los planes de aquellas izquierdas se incorporaban temas ambientales, en varios casos con mucha sofisticación al proponer cambios radicales en las estrategias de desarrollo, el ordenamiento territorial o el manejo de los impactos ambientales. Unos cuantos ambientalistas entraron a esos nuevos gobiernos, y desde allí se lanzaron algunas iniciativas remarcables.



El caso más destacado tuvo lugar en Ecuador, donde esos militantes verdes cosecharon algunos éxitos notables. Fueron claves en instalar, por ejemplo, la propuesta de una moratoria petrolera en la Amazonia, no solamente como una defensa de su biodiversidad sino también como un aporte para el cambio de la matriz energética. Ellos también representaron un apoyo clave en el reconocimiento de los derechos de la Naturaleza en la nueva constitución ecuatoriana, convirtiéndola en la más avanzada del mundo en esa materia. La izquierda más institucionalizada que se encontraba en los países del Cono Sur (Argentina, Chile y Uruguay) no ponderó como debía las innovaciones ambientales en el primer gobierno de R. Correa.



Pero el problema es que esa relación entre los nuevos gobiernos y la temática ambiental comenzó a crujir. Esas administraciones optaron por estrategias de desarrollo donde priorizaban metas económicas a costa de altos impactos ambientales. Sus expresiones más claras fueron la explotación minera y petrolera, y los monocultivos. Se generó una relación perversa, ya que a medida que más se profundizaba ese perfil extractivista, menos se podían atender las cuestiones ambientales, y más protestas y resistencias ciudadanas se acumulaban. Muchos ambientalistas que estaban dentro de los gobiernos se alejaron, y lo que permanecieron se desprendieron de sus compromisos con la Naturaleza. Algo similar ocurrió en otras áreas, especialmente las políticas sociales, volcándose al asistencialismo monetarizado. De esta manera, estaba en marcha la divergencia entre las izquierdas plurales y abiertas iniciales y un nuevo estilo político, el progresismo.



La maduración hacia al progresismo ocurrió en todos los países. Más allá que en algunos casos se citaba a Marx o Lenin, en todos se acentúo la subordinación a los mercados globales como proveedores de materias primas, los planes de ataque a la pobreza se enfocaron sobre todo en paquetes de asistencias monetarizadas, y se rompieron las relaciones con muchos movimientos sociales. Ese progresismo no es neoliberal, pero está claro que abandonó los compromisos de aquellas izquierdas iniciales en cuestiones como la radicalización de la democracia, ampliar las dimensiones de la justicia y proteger el patrimonio ecológico.



Incluso en Ecuador, el mismo gobierno que sancionó una nueva Constitución con los derechos de la Naturaleza, incumplió ese mandato allí donde ponía en riesgo los extractivismos; los que lograron su primera victoria electoral gracias al apoyo de movimientos sociales, al poco tiempo se burlaría y hostigaría a indígenas y ambientalistas.



Hoy se admite que ese progresismo está en crisis, como es evidente en Brasil, y que incluso ha perdido elecciones nacionales (Argentina) o regionales (Bolivia). Pero ha pasado desapercibido para algunos es que en esa diferenciación entre izquierdas y progresismos, la temática ambiental jugó un papel clave. El progresismo aceptó los impactos ambientales de los extractivismos ya que priorizó como opción económica la exportación de materias primas. A su vez, a medida que escalaba la resistencia ciudadana a esos emprendimientos, esos regímenes pasaron a ignorar, rechazar e incluso criminalizar a las organizaciones ciudadanas que ponían en evidencia los impactos negativos de esos extractivismos.



Hay muy poco de la sensibilidad social de izquierda en que un gobierno le imponga a comunidades campesinas un proyecto megaminero, o que fuerce la entrada de petroleras dentro de tierras indígenas, o que amenace con exiliar a los miembros de ONGs que alertan sobre esos impactos.



Los progresismos a medida que más se alejaban de la izquierda, más se hundían en contradicciones teóricas y prácticas. No dudaron entonces en apelar a mezclas bizarras entre citas marxistas y denuncias al imperialismo, junto a acuerdos comerciales con empresas transnacionales que se llevaban sus recursos. Invocaban al pueblo pero no dudaban en criminalizar la protestas ciudadana, e incluso en unos casos pasaron a la represión.



La lección de estas experiencias es que la ausencia de una dimensión ambiental en la izquierda, en América Latina, y en este momento histórico, no constituye un pequeño déficit. Por el contrario, es uno de los factores que explica que esa izquierda pierda su esencia para convertirse en meros progresismos.



Por el contrario, una izquierda propia de nuestro continente debe abordar las cuestiones ambientales porque América Latina se caracteriza por una enorme riqueza ecológica. Aquí se encuentran las reservas más grandes de áreas naturales y las mayores disponibilidades de suelos agrícolas. El uso que se hace sobre ese patrimonio ambiental no sólo involucra las necesidades de nuestra propia población, sino que nutre a múltiples cadenas productivas globales con enormes repercusiones geopolíticas.



Además, una izquierda del siglo XXI debe ser ecológica porque la actual evidencia indica sin lugar a dudas que estamos sobreexplotando esos recursos, que las capacidades del planeta para lidiar con los impactos ambientales han sido rebasadas, y que problemas planetarios como el cambio climático ya se están manifestando. Por lo tanto, pensar una izquierda sin ecología sería una apuesta política desconectada de América Latina y de la coyuntura actual.



Finalmente, el compromiso de esta nueva izquierda está en la justicia social y ambiental, donde una no puede ser alcanzada sin la otra. Esto permite un reencuentro con muchos movimientos sociales, un redescubrimiento de los problemas reales de las estrategias de desarrollo actuales, y un llamado a una renovación teórica. Es por eso que en esa íntima asociación entre la justicia social y ambiental, están los mayores desafíos para una renovación de las izquierdas en América Latina.



Versión revisada de la contribución para el lanzamiento de la sección en ecología y ambiente de La Izquierda Diario www.laizquierdadiario.com (Argentina), 22 julio 2016. Eduardo Gudynas es militante en temas de ambiente y desarrollo, integra el equipo del Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES), es docente en distintas universidades latinoamericanas y acompaña a diferentes movimientos ciudadanos.

Europa: De aquellos polvos estos lodos


Guadi Calvo

www.alainet.com/260716



Europa, entiéndase, la Unión Europea y la OTAN, conocía muy bien el camino que los llevaba para destruir Libia, para destruir Siria, para destruir Irak y para aniquilar por el resto de los tiempos a Afganistán, pero nadie les explicó como volver de allí.



Para visualizar los nuevos campos de batalla, los grandes  estrategas occidentales utilizaron el Battlefield Augmented Reality System (BARS o sistema de realidad aumentada para el campo de batalla) junto con las opciones dadas por los laboratorios interdisciplinarios o Think Tank, y el respectivo aval político y la asistencia del poder mediático. Empleando un arma de guerra tan letal como una andanada de misiles, demolieron con suma prolijidad países enteros, miles de pueblos, centenares de ciudades, millones de vidas y siglos de civilización.



Nadie puede negar que si la idea era destruir, el plan armado sobre la “Primavera Árabe”, fue el éxito más contundente de Occidente desde la demolición del bloque socialista simbolizado en el Muro de Berlín.



Casi 20 años se prepararon los Estados Unidos junto a sus aliados europeos para el asalto final al mundo productor de energía, petróleo y gas específicamente, y a por ello fueron a exterminar los países que se rehusaban a entregarlos dócilmente (Siria, Libia e Irán).



Los estrategas del Pentágono, ya con las operaciones en marcha, descubrieron un detalle geológico que no consideraron, que bajo las arenas del Medio Oriente, además de océanos de energía, había grandes lodazales y allí quedaron empantanados desde 2001.



La misma mano de obra que la OTAN utilizó para la derrota de la Unión Soviética en Afganistán, para la destrucción de Libia y el martirio del coronel Gadaffi, y que estuvo a punto de conseguir lo mismo con la Siria de Bashar al-Assad, hoy se está empleando contra sus poblaciones. Lo tremendo de esto es que no lo hacen con cuadrillas de bombardeos, cazas y drones, batallones, tanques, y portaaviones.  Los “ejércitos” que hoy están destruyendo el sistema nervioso de los europeos y los estadounidenses, (los pocos norteamericanos que saben que existe un mundo más allá de sus condados, sus barbacoas y sus PlayStation), viajan en subte, manejan camiones, visitan centros comerciales y hasta toman café en el bistró de la esquina.



El tipo de ataques que se han sucedido desde Niza a esta parte, a diferencia de Madrid, Londres, París y Bruselas, muestra claramente que no ha sido orgánicamente responsabilidad de Estado Islámico o al-Qaeda en su momento. Si queda bien claro que son responsabilidad de las autoridades europeas, no porque no los hayan podido detener (hoy no hay servicio de inteligencia y sistema de espionaje que pueda prever con qué humor se han despertado los 50 millones de musulmanes que viven en Europa, muchos de ellos, la absoluta mayoría, europeos y hasta tres generaciones) sino por haber llevado a miles de jóvenes europeos a no tener otra razón para vivir que morir por Allah.



Hoy, cualquiera que camine por una calle de Oporto, Elsinor o Zakopane, es un objetivo militar, no importa si el ataque deja solo unos cuantos heridos como sucedió hace apenas 10 días en un tren regional de Bavaria, donde Muhamad Riyad, un joven afgano de 19 años, al grito de Allahu Akbar, la emprendió contra los pasajeros hiriendo gravemente a cinco. Lo que significativamente recordó el asesinato del soldado británico en mayo de 2013, en plena calle del tranquilo barrio londinense de Woolwich, a manos de dos nigerianos, que lo decapitaron frente a los transeúntes, a quienes les pidieron ser filmados en plena faena.



Nadie puede saber cuándo y donde será el próximo ataque, tras Niza, surgió lo del tren en Baviera, y después siguió un fin de semana desesperante para Ángela Merkel: el viernes 18, un joven alemán de origen iraní, Ali Sonboly, decidió estrenar su Glock 17, disparado contra los asistentes al McDonalds, del centro comercial Olympia de Múnich, para después seguir afuera. La cuenta final dio nueve muertos, mientras el tirador se suicidaría un kilómetro más allá del centro comercial.



 Al domingo siguiente, un refugiado sirio de 21 años, solicitante de asilo, asesinó a cuchilladas a una mujer, e hirió a dos hombres que esperaban el bus en la ciudad de Reutlingen. Algunas versiones intentan minimizar el hecho convirtiéndole en un “crimen doméstico”.



Este mismo panorama nos remite a la serie de ataques que se produjeron entre el 15 y 22 de marzo de 2012 en la ciudad francesa de Toulouse, que redondearía la cifra de 9 muertos: “judíos” “conversos” o “cipayos”, crímenes que fueron adjudicados al joven francés de origen argelino, Mohamed Merah, quien, según las autoridades, estaría vinculado con al-Qaeda.



El lunes 25,  la policía polaca detuvo a un  hombre de 48 años, iraquí, acusado de posesión de explosivos, que preparaba para un atentado durante la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), que se celebra esta semana en Cracovia, con la presencia del Papa Francisco.



Apenas horas antes de comenzar a escribir estas líneas, se conoció la noticia de que dos hombres armados con cuchillos habían tomado 5 rehenes en la iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray, una ciudad de 27 mil habitantes situada en Normandía, en el norte de Francia. Los atacantes degollaron al sacerdote Jacques Hamel, de 84 años e hirieron de gravedad a un feligrés. La policía consiguió ejecutar a los agresores junto al altar, como para darle un toque más chabroliano a la acción.



Mientras cerrábamos este artículo se informa que en la ciudad sueca de Malmo, un hombre armado disparó contra una persona en el centro comercial Rosengard, (Rosengård Centrum), no se ha podido determinar aun si se trató de un robo o tiene características de ataque extremista.



Las policías occidentales, los servicios de inteligencia, las autoridades saben que esta situación es inmanejable, que el desborde es incontenible y no es una victoria militar sobre el Estado Islámico lo que va a terminar con esta situación.



Daesh, que ha hecho del marketing un gran arma, está dispuesto a reconocer y asumir cualquier acto de violencia sucedido en el mundo y cualquiera que intente un poco más de notoriedad gritará un Allah Abkar, aunque no tenga idea de que signifique las dos palabritas combinadas. 



Los records están para ser batidos



En una de la escena del film Poderosa Afrodita (1995) de Woody Allen, la hermana ultraortodoxa del protagonista, le recuerda los seis millones judíos muertos por el nazismo, a lo que el propio Allen contesta, “ni lo recuerdes, los records están para ser batidos”. Y de batir record, en este caso de torpeza, parece saber mucho el presidente francés François “Flanby” Hollande.



Si poca hubiera sido la torpeza, por no hablar de perversidad de su antecesor, Nicolás Sarkozy, quien ha propiciado la actual situación en el Magreb y el Medio Oriente.  Sarkozy, atado a los caprichos de George W. Bush y como ministro del Interior de Chirac, no supo interpretar el caldero que se estaba encendiendo entre los jóvenes de origen musulmán, que dio como resultado las protestas de 2005 en las periferias de París. Ahora Hollande cuenta con más nafta para apagar el incendio que puede consumir mucho más de lo que creemos.



Con su natural incapacidad, Hollande, hace apenas horas, ha descubierto que el “Estado Islámico le ha declarado la guerra a Francia” por lo que ha pasado a la ofensiva y en venganza de lo sucedido en Niza, cuando ya todo el mundo sabe que el autor de la matanza, Mohamed Lahouaiej Bouhlel, no era integrante del Daesh y su decisión tiene ribetes personales que no se han desentrañado.



Hollande, bañado en un espíritu reivindicatorio del orgullo galo, liquidado para siempre en el barro de Dien Bien Phu hace ya 61 años, escuchando más a sus asesores de imagen que de terrorismo, atacó inopinadamente este 19 de julio la aldea de Tokhar Manbij, al norte de Siria, solo como venganza por el ataque en Niza, dejando 164 civiles muertos, el doble de los muertos en Niza.



Los atacantes de hoy a la iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray, dijeron que lo hacían en venganza, de la venganza de Hollande, quien parece se ha dispuesto a comerse a los caníbales.



Frente al reclamo del representante permanente de Rusia, Vitali Churkin, en el Consejo de Seguridad de la ONU, el representante francés François Delattre, guardó un corajudo silencio, ya que se sospecha ignoraba el hecho.



El bombardeo habría sido llevado a cabo con la excusa de ser parte de los ataques de la alianza encabezada por Estados Unidos, desde septiembre de 2014, aunque el representante ruso agregó que: “No hay drones estadounidenses ni fuerzas especiales de EE.UU. en Siria ni fuerzas especiales de sus aliados, así como tampoco hay capacidades de inteligencia por satélite de Estados Unidos ni los videos que realizan todos los bombarderos modernos al llevar a cabo un ataque”, lo que evidencia claramente la artera decisión de Francia de vengarse contra la población civil de un pueblo perdido en las marismas de una guerra que Occidente desató en su territorio.



La representante de Estados Unidos, Samantha Power, durante la reunión del Consejo de Seguridad, no pareció tampoco estar muy empapada del tema agregando el formulismo de: “Estudiaremos cuidadosamente y a fondo toda la información fidedigna”.



Quizás, cuándo más temprano que tarde, se vuelva a producir un nuevo atentado en Europa, alguien todavía se preguntará ¿por qué? La respuesta será tan sencilla como que de aquellos polvos, estos lodos.



- Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC

EEUU desembarca en la tierra del fin del mundo


Walter Goobar

www.publico.es/030716



En ese mítico extremo de Suramérica que inspiró a Julio Verne a escribir en 1905 la novela El faro del fin del mundo, Estados Unidos quiere emplazar ahora una base militar camuflada como base logística para apoyar las tareas científicas en la Antártida.


Las excusas que han permitido a Washington desplegar más de un centenar de bases militares en Latinoamérica, que se extienden desde Guatemala y el Caribe hasta la Patagonia, son siempre altruistas: ayuda humanitaria, apoyo ante catástrofes, combate al narcotráfico o apoyo al desarrollo y la investigación científica, pero la realidad indica que tanto la base que EEUU pretende emplazar en Tierra del Fuego, la zona más austral de la Argentina; como otra ubicada en la zona limítrofe entre Argentina, Brasil y Paraguay —conocida como la Triple Frontera—, están destinadas a asegurar a Estados Unidos un recurso estratégico cada vez más escaso: el agua potable. Las bases —que el Pentágono eufemísticamente denomina "centros de apoyo para movimientos militares"—, están en proceso de negociación entre Washington y el gobierno de Mauricio Macri.



Para el politólogo y diplomático brasileño, Alberto Moniz Bandeira, uno de los máximos especialistas en las tormentosas relaciones de Washington con sus vecinos del Sur, no son los piratas ni los náufragos que cautivaron la imaginación de Verne lo que lleva a Washington a apostar tropas del Comando Sur del Pentágono, allí donde se confunden los océanos Atlántico y Pacífico y en la zona de la Triple Frontera, que conforma el límite entre Argentina, Brasil y Paraguay. 



Moniz Bandeira, autor de La formación del Imperio Americano, afirmó al matutino Página12 que "Estados Unidos mantienen la 4ª Flota navegando en el Atlántico Sur, cerca de las reservas de petróleo que están debajo del “pré-sal”, el conjunto de formaciones rocosas ubicadas en la zona marítima de buena parte del litoral de Suramérica, con un gran potencial de generación y acumulación de petróleo", al tiempo que subraya que la victoria de Mauricio Macri en Argentina y el desplazamiento del poder de Dilma Rousseff en Brasil aumentó el apetito de inversiones de Estados Unidos en la región.

Éste es posiblemente uno de los factores que llevan a los Estados Unidos a entablar negociaciones para la implantación de una base militar en la Patagonia, en la zona cercana a la Antártida, donde está emplazado el famoso faro del fin del mundo de Julio Verne.



Desde el gobierno argentino aseguraron: “Queremos que la ciudad de Ushuaia se convierta en una base logística para apoyar las tareas científicas en la Antártida”. El discurso de los funcionarios de Cambiemos es el mismo que ha permitido que Washington genere una red de bases que rondan el centenar.



El mayor manantial de agua dulce del mundo



La otra base estaría emplazada en la Triple Frontera, donde está parte del Acuífero Guaraní, el mayor manantial subterráneo de agua dulce del mundo, con un total de 1.200.000 km². Es un manantial transfronterizo, que abarca a Brasil (840.000 Km²), Paraguay (72.500 km²), Uruguay (58.500 km²) y Argentina (225.000 km²).



En la jerga del Pentágono, las bases tienen una tipología común. Se llaman “cuasi-bases”, módulos que puedan servir en caso de emergencia. En Paraguay empezaron con la construcción una gran pista de aeropuerto en Mariscal Estigarribia. Esa “cuasi-base” fue empezada en 1980, con la construcción de módulos para alojamiento de 16 mil soldados, y después ampliada con la pista del aeropuerto, radares y hangares. Luego frenaron en gran medida debido a presiones de Brasil y no estacionaron ningún contingente militar, aunque ya tenían la garantía de inmunidad a los soldados por parte del Senado de Paraguay desde 2005.

Hay un diseño geopolítico y estratégico de Washington en la instalación de una base en la ciudad de Ushuaia, capital de Tierra del Fuego, y otra en la Triple Frontera: su objetivo es recuperar y aumentar la presencia militar en América del Sur, que parece haberse reducido desde que perdieron la base de Manta, en Ecuador, y desde que la Corte en Colombia consideró inconstitucional la instalación de siete bases.



Bases reconocidas como tales existen en El Salvador (Comalpa), Cuba (Guantánamo), Aruba, Curaçao y Puerto Rico. Al mismo tiempo los Estados Unidos mantienen en América Latina bases informales y legalmente ambiguas. El Pentágono las llama cuasi-bases para evitar tanto el escrutinio del Congreso como la reacción de los países que las albergan. Las cuasi-bases están en Perú, Honduras, Costa Rica, Panamá, Ecuador y Colombia, entre otros países, a lo largo del litoral del Pacífico.

Elsa Bruzzone, especialista en temas de geopolítica, estrategia y defensa nacional y miembro del Centro de Militares para la Democracia Argentina (CEMIDA), asegura: “Lo que buscan es cerrar el cerco sobre todos los recursos naturales que tenemos en nuestra América. Las bases militares, cubiertas y encubiertas, que ha instalado en Centroamérica y el Caribe, sumadas a las que tienen en Colombia, Perú, Chile, Paraguay, junto a la base militar de la OTAN en Malvinas, más el destacamento británico en las Islas Georgias cierran el cerco sobre todos nuestros recursos naturales y reafirman su presencia en la Antártida que es la mayor reserva de agua dulce congelada en el mundo".

En ese sector se disputan soberanía Argentina, Chile y Gran Bretaña. En la Península Antártica se encuentran los mayores yacimientos de hidrocarburos de la región y hay minerales altamente estratégicos que son indispensables para la industria militar y la aeroespacial.

El politólogo argentino, Atilio Borón enfatiza que la imperiosa necesidad de Estados Unidos es asegurarse el agua y no el petróleo: "El petróleo va a desaparecer y la humanidad va seguir su curso. Pero si no hay agua se acaba la especie humana. Y acá está casi la mitad del agua dulce del planeta Tierra. Las estimaciones van del 42% al 45% según como se midan los acuíferos subterráneos. Con el 7% de población mundial se tiene casi el 50% del agua dulce del mundo y ellos tienen un problema grave de desertificación".

"En Estados Unidos ya piensan cómo se van a llevar el agua de esta región y ya hay propuestas. Sobre todo porque piensan primero llevarse el agua de la zona de Mesoamérica y el sur de México. De América Latina les importa por el agua, el petróleo, los minerales estratégicos, la biodiversidad", dice Borón.

En las páginas de la revista Contexto, Borón afirma que una de las grandes mentiras que circulan es que América Latina no es una prioridad para Estados Unidos: "Muy por el contrario, América Latina es la región que más les importa. La doctrina para América Latina (la Doctrina Monroe) es de 1823, la doctrina que hacen para Europa es de 1918, casi un siglo después. Cuando llega la reorganización global del Ejército norteamericano el primer comando que arman es el Sur, después piensan en el Europeo y el de Asia, pero primero el de América Latina. Cuando firman los famosos tratados para la contención del comunismo, el primero que firman es el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca) en 1947, recién en 1949 crean la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte)".

Según Borón, lo primero que le interesaba a ellos era asegurar esta parte del mundo. Esto tiene que ver con las concepciones geopolíticas que plantean la tesis que Estados Unidos tiene una posibilidad de defensa en la medida que controle lo que ellos llaman “la gran isla americana”, que según esta concepción va desde Alaska a Tierra del Fuego. Desde esa mirada se cree que si esa “isla americana” cae en la parte sur en manos enemigas, tarde o temprano la seguridad de la superpotencia va a estar en riesgo.


Un balance de la gestión de Varela



www.alainet.org/300616



La gestión del presidente Juan Carlos Varela, al cumplir dos años frente a la Presidencia de la República, (mañana, 1 de julio) merece un balance. Hace poco más de dos años la ciudadanía sorprendió a todos dándole una mayoría relativa en las elecciones. Se decía que, entre los candidatos de los partidos tradicionales de la oligarquía panameña, era el menos malo.



El pueblo panameño no espera mucho del ocupante del Palacio de las Garzas. Le pide tres cosas al nuevo mandatario: Primero, respeto para los sectores sociales reprimidos. Segundo, erradicar la corrupción que corroe el país. En tercer lugar, promover una política exterior favorable para los intereses de todos los panameños.



Los sectores que dominan la economía del país, en cambio, si esperan mucho del presidente Varela. Para comenzar, mantener un ritmo de acumulación de riquezas basado en el despojo de los trabajadores. Además, organizar una alianza entre gobierno y empresa privada que le permita a esta última apropiarse de los contratos y concesiones más apetecibles. Por último, consolidar las relaciones entre la economía del país y los intereses de EEUU en el istmo.



Las encuestas que miden el desempeño de los políticos indican que el presidente Varela ha fracasado. Según éstas, sólo el 37 por ciento de los panameños consideran que el primer mandatario está haciendo un buen papel.



Las relaciones del gobierno con los sectores populares se iniciaron con malos augurios. El conflicto con el pueblo Ngobe-Buglé se agudizó con la ambigüedad mostrada en torno a la represa de Barro Blanco. Por otro lado, el Ministerio Público abrió expedientes contra varios ministros del gobierno anterior por delitos contra la cosa pública. Aún no se ven los resultados. El expresidente Ricardo Martinelli se auto-exilió en EEUU donde espera que se inicie un recurso de extradición.



Mientras que los imputados salían de sus encierros, por tecnicismos, comenzaron a producirse casos de corrupción en las propias filas del actual gobierno. A la falta de transparencia, se suman los tratados comerciales internacionales que arruinaron el agro y acabaron con la industria. Los sindicatos y gremios han denunciado las políticas erradas del gobierno y exigen correctivos.



Los banqueros y rentistas tampoco le han dado buenas notas al gobierno panameño después de dos años de trabajo. La tasa de crecimiento anual de la economía ha disminuido significativamente. EEUU ha lanzado una campaña mediática de desprestigio contra Panamá promoviendo escándalos que van desde los papeles de Mossack y Fonseca, hasta las fallas de la recién inaugurada ampliación del Canal de Panamá. 



En resumen, durante los primeros dos años de gobierno, el presidente Varela ha demostrado que no tenía un plan de trabajo cuando llegó al poder. Su equipo tampoco ha demostrado imaginación para enfrentar los retos tanto internos como externos. La falta de transparencia, la corrupción y la inseguridad siguen siendo problemas sin soluciones.



El presidente Varela puede sacar a relucir algunos logros importantes: La inauguración de las esclusas ampliadas, el inicio de los trabajos en la línea 2 del Metro y algunos otros proyectos iniciados por gobiernos anteriores. Sus fracasos son más notorios: El Canal de Panamá no se integra a un plan de desarrollo del país. El agro se encuentra en una crisis terminal. Tanto el sector educativo como los servicios de salud pública han colapsado sin perspectivas para una recuperación ni siquiera a largo plazo.



Mientras que Buenaventura (Colombia), Limón (Costa Rica), Mariel (Cuba) y otros puertos se preparan para servir de terminales de trasbordo para las mercancías que llegan al Canal de Panamá, las autoridades locales se pelean en torno al proyecto del puerto de Corozal en la entrada de la vía interoceánica. Panamá tiene condiciones para construir varios puertos de alto calado a lo largo de sus costas en dos océanos. Durante los dos últimos años no se ha trabajado en proyectos para el futuro del país. Sólo hay interés en las rentas que pueden generar las concesiones a corto plazo.



Las perspectivas son grises, especialmente si analizamos la nueva política de EEUU hacia Panamá. La correlación de fuerzas sociales en el país continúa favoreciendo a los rentistas y especuladores, en detrimento de los sectores productivos. Según estadísticas del gobierno, con Varela el 70 por ciento de las riquezas que se producen en el país se distribuyen entre unos pocos propietarios y sólo el 30 por ciento llega a la masa de los trabajadores asalariados.