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Los 17 objetivos para un mundo mejor (o casi)


Los 17 objetivos para un mundo mejor (o casi)

 

Lucía Villa

www.publico.es/250915

 

Los 190 estados miembros de las Naciones Unidas aprueban en la cumbre de Nueva York la agenda que debe guiar las políticas globales de desarrollo para los próximos 15 años, un ambicioso proyecto todavía con asignaturas pendientes.

 

Un mundo más justo e igualitario, sin guerras ni hambre, en un planeta sostenible. Suena utópico, pero esta es la base sobre la que descansa la agenda que, en buena teoría, debe guiar las políticas globales de desarrollo durante los próximos 15 años y con la que los líderes mundiales se comprometerán durante la cumbre de la ONU que arranca este viernes en Nueva York.


Los Objetivos de Desarrollo Sostenible, como se conoce a esta ambiciosa declaración de intenciones (no tiene carácter vinculante) está compuesta por 17 objetivos y 169 metas a cumplir en el año 2030 e incluye retos tan codiciados como erradicar la pobreza extrema, poner fin al hambre mundial, acabar con las epidemias de SIDA y otras enfermedades, terminar con el maltrato, la explotación, la trata y la tortura, lograr el acceso universal al agua potable o reducir la contaminación marina de todo tipo, por citar sólo algunos. La pregunta es: ¿Qué posibilidades hay de lograrlo?


La anterior agenda de Objetivos de Desarrollo del Milenio, redactada en el 2000 y que acaba de cumplir su ciclo vital, se ha cerrado con un balance regular. El último informe de seguimiento publicado en julio por la ONU destaca los avances en varios campos. Por ejemplo, el número de personas que vive en la pobreza extrema (con menos de 1,25 dólares al día) se ha reducido en más de la mitad, de 1.900 millones a 836 millones entre 1990 y 2015; y el porcentaje de subalimentados en los países en desarrollo cayó del 23,3% al 12,9% en el mismo periodo. Ambos son objetivos conseguidos.


Pero lo cierto es que muchas de las asignaturas que se elaboraron entonces para crear un mundo mejor quedaron pendientes o las que se lograron lo hicieron a medias o sólo en algunos lugares. En un estudio publicado por la FAO en mayo queda patente la enorme brecha entre países. De los 795 millones de personas hambrientas que aún hay en el mundo, la inmensa mayoría, 780 millones, se concentra en los países en desarrollo. Aunque América Latina y Asia han experimentado grandes progresos, África central y Asia occidental han visto incluso crecer su proporción de desnutridos.


“A pesar de los notables logros, estoy profundamente consciente de que las desigualdades persisten y que el progreso ha sido desigual. La pobreza continúa concentrada predominantemente en algunas partes del mundo”, escribió el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, en el prólogo del informe. “Para lograr mayores progresos necesitaremos una voluntad política inquebrantable y un esfuerzo colectivo a largo plazo”, prosigue.

Es precisamente ésta, la voluntad política, la que se ha revelado como la gran decepción en el anterior periodo. De los 326.000 millones de dólares que los países más desarrollados se comprometieron a aportar en 2014 para la asistencia al desarrollo, se consiguió recaudar menos de la mitad, 135.000 millones. Sólo cinco países (Dinamarca, Luxemburgo, Noruega, Reino Unido y Suecia) cumplieron aportando el 0,7% de su ingreso nacional neto, pero de media, el total aportado por los países de la OCDE ha estado entre el 0,2% y el 0,3% de su INB.


“A la anterior agenda le faltó haber sido construida colectivamente. Una agenda que no tiene la apropiación de la ciudadanía y de la sociedad civil es una agenda inviable porque es una agenda impuesta”, apunta en conversación telefónica con este diario la presidenta de la Coordinadora de ONG para el Desarrollo, Mercedes Ruíz-Giménez, antes de viajar a Nueva York como parte de la Delegación española ante la ONU.

 

Luces y sombras

 

La agenda post-2015 que ratificarán los 190 estados miembros de las Naciones Unidas este fin de semana ha corregido algunos errores cometidos en la anterior etapa: ha sido debatida y consultada con diferentes actores de la sociedad civil y se plantea como una estrategia universal, involucrando a todos los países en la lucha contra la pobreza y huyendo de las estructuras verticales Norte-Sur que imperaban hasta ahora.

 

El nuevo texto incrementa considerablemente los retos a conseguir: de los 8 Objetivos de Desarrollo del Milenio pasa a 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, conservando y ampliando los propósitos más básicos del anterior periodo (en pobreza, alimentación, salud, educación, género…) e incorporando otros nuevos nacidos del clamor por los acontecimientos de la última década.

 

Es patente la influencia de la crisis económica global, las crisis migratorias, el incremento de las desigualdades o las evidencias del cambio climático: hasta 7 objetivos están relacionados directamente con la protección del medio ambiente, aunque los compromisos más concretos en este ámbito se derivan a la cumbre del Clima de París del próximo diciembre.


No obstante, las negociaciones han dejado también zonas oscuras y asuntos sin resolver. En la agenda, por ejemplo, no hay un reconocimiento explícito a los Derechos Humanos, al que se negaron países como China o Arabia Saudí, está fuertemente influenciada por los intereses del sector privado y no aborda temas tan espinosos como el de los paraísos fiscales.

 

“Se habla del crecimiento económico como la principal vía para aumentar la renta de los países, pero todos sabemos los flujos de capital que salen ilícitamente de los países en desarrollo. La lucha contra todo eso es una manera de aumentar los recursos que tienen los estados y se menciona, pero de manera demasiado vaga. Haría falta una apuesta clara contra la elusión y la evasión y contra las prácticas de las transnacionales para pagar menos impuestos. Esto transmite la dificultad de las negociaciones y los diferentes intereses que hay también dentro de la agenda”, dice María Luisa Gil, de Economistas sin Fronteras.

Para que esta agenda sea transformadora, tiene que plantear un cambio de modelo económico y de desarrollo que no es el que tenemos ahora. En esta agenda se habla muy poco de esto y no se va a las causas de lo que está provocando los problemas”, sentencia Mercedes Ruíz-Giménez.

 

 

 

 

17 Objetivos de Desarrollo Sostenible - 2015-2030

 

 

1. POBREZA: Erradicar la pobreza en todas sus formas en todo el mundo.


2. HAMBRE: Poner fin al hambre, conseguir la seguridad alimentaria y una mejor nutrición, y promover la agricultura sostenible.


3. SALUD: Garantizar una vida saludable y promover el bienestar para todos, para todas las edades.


4. EDUCACIÓN: Garantizar una educación de calidad inclusiva y equitativa, y promover las oportunidades de aprendizaje permanente para todos.


5. MUJERES: Alcanzar la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y niñas.


6. AGUA: Garantizar la disponibilidad y la gestión sostenible del agua y el saneamiento para todos.


7. ENERGÍA: Asegurar el acceso a energías asequibles, fiables, sostenibles y modernas para todos.


8. ECONOMÍA Y EMPLEO: Fomentar el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo, y el trabajo decente para todos.


9. INDUSTRIA E INNOVACIÓN: Desarrollar infraestructuras resilientes, promover la industrialización inclusiva y sostenible, y fomentar la innovación-

10. EQUIDAD: Reducir las desigualdades entre países y dentro de ellos.


11. COMUNIDADES: Conseguir que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles.


12. CONSUMO: Garantizar las pautas de consumo y de producción sostenibles.

13. CAMBIO CLIMÁTICO: Tomar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos (tomando nota de los acuerdos adoptados en el foro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático).


14. LOS MARES: Conservar y utilizar de forma sostenible los océanos, mares y recursos marinos para lograr el desarrollo sostenible.


15. LA TIERRA: Proteger, restaurar y promover la utilización sostenible de los ecosistemas terrestres, gestionar de manera sostenible los bosques, combatir la desertificación y detener y revertir la degradación de la tierra, y frenar la pérdida de diversidad biológica.


16. PAZ Y JUSTICIA: Promover sociedades pacíficas e inclusivas para el desarrollo sostenible, facilitar acceso a la justicia para todos y crear instituciones eficaces, responsables e inclusivas a todos los niveles.


17. ALIANZAS: Fortalecer los medios de ejecución y reavivar la alianza mundial para el desarrollo sostenible.

Fuerza y debilidad de Francisco


Fuerza y debilidad de Francisco

 

Carlos Martínez García

www.jornada.unam.mx/300915

 

Si se miran las multitudes que movilizó el papa Francisco en Cuba y Estados Unidos, la conclusión podría ser que el obispo de Roma tiene enormes audiencias que lo siguen con fervor. Por otra parte, si se evalúa al dirigente religioso por la influencia cotidiana que tiene la Iglesia católica en la vida de sus feligreses, los resultados no son tan alentadores.

 

En una institución tan anquilosada y cautiva del ceremonial, en el cual el Papa recibe trato de monarca medieval, es de subrayar el estilo personal con que ejerce Francisco el papado. No viste con la suntuosidad que exhibía su antecesor, Benedicto XVI, ni tiene el trato lejano de éste con su feligresía. Tampoco hace uso del faraónico papamóvil, componente esencial del show en las giras de Juan Pablo II. Francisco mismo carga su portafolio y no le gusta que sus ayudantes le muestren excesiva cortesanía. Ha sorprendido a clérigos y monjas residentes en el Vaticano al llegar sin previo aviso a reuniones y a tiempo de compartir los alimentos. Tiene un estilo personal de ejercer su ministerio que rechaza el boato y parece repelente al servilismo.

 

Las reacciones de la comentocracia a los discursos de Francisco en Cuba y Estados Unidos han sido, en general, elogiosas y hasta entusiastas. En cada lugar el Papa dijo lo que el contexto demandaba. Buena parte de las opiniones publicadas resaltaron que Francisco está transformando a la Iglesia católica, incluso le llamaron revolucionario que está cambiando caducas estructuras eclesiales.

 

Es claro que el estilo de Francisco no solamente es una fortaleza personal, sino que funciona para reposicionar mejor a la Iglesia católica entre quienes se identifican con ella y buena parte de la población que tiene otras creencias. En su agenda externa, la de una institución cuyo liderazgo es respetado por las élites gobernantes del mundo y sirve de puente para lograr entendimientos y acuerdos (como el reciente restablecimiento de relaciones Cuba-Estados Unidos), Francisco puede presentar casi puros puntos a su favor, pero en la agenda interna, la de reformar a fondo a la institución que encabeza, el Papa tiene muchos pendientes que difícilmente podrá enfrentar y hacerlo con éxito.

Una de las anomalías que con el paso de los siglos se fue normalizando es que la Iglesia católica es al mismo tiempo un Estado. Esto le ha dado una ventaja para presionar en foros internacionales y cabildear en favor de sus intereses doctrinales y geopolíticos. Tal doble naturaleza ha sido criticada no nada más por adversarios de otras confesiones cristianas y librepensadores, sino también por católicos que consideran la simbiosis un lastre del que es necesario despojarse.

 

José María Luis Mora, sacerdote y consejero clave de Valentín Gómez Farías en 1833-1834, fundamentó sus ideas para limitar el poderío económico y político de la Iglesia católica mediante un interesante recorrido teológico e histórico. Mora demostró que no eran necesarios enormes recursos económicos para que la institución eclesial pudiera llevar a cabo sus funciones. En su lectura del Nuevo Testamento encuentra que la autoridad civil tiene derecho a regular ciertos aspectos temporales, como son los bienes poseídos por la Iglesia católica. Para él, en el libro de los Hechos de los Apóstoles se probaba que la Iglesia podía subsistir, como lo había hecho durante tres siglos antes de la conversión de Constantino, sin la posesión de los bienes temporales.

 

Francisco, en su discurso en la Organización de Naciones Unidas, hizo eco a críticas que en otras ocasiones ha realizado al capitalismo, que excluye y flagela a millones de pobres por todo el orbe. Es muy compartible lo sostenido por el Papa.

 

Sin embargo, si de lo que se trata es de tener autoridad moral en el tema, entonces Francisco tendría que comenzar a decidir qué hacer con el Instituto de las Obras de Religión (IOR), mejor conocido como Banco del Vaticano. ¿Es fundamental para la misión de la Iglesia católica poseer un banco? El IOR ha sido señalado de institución financiera que ha participado del lavado de dinero y de tener inversiones en negocios que difícilmente se pueden justificar desde principios éticos enarbolados por la Iglesia católica en su doctrina social.

 

Para Francisco debe estar claro que si por un lado concentra cientos de miles de personas en sus actos públicos, como hizo en Cuba y Estados Unidos, por el otro continúa el descenso porcentual de su feligresía. En América Latina viven más de 425 millones de católicos, 40 por ciento de la población católica mundial. Con variaciones por país, durante la mayor parte del siglo XX (de 1900 a 1960) la población católica fue de 90 por ciento. Es a partir de la década de los 60 cuando tal porcentaje comienza a descender constantemente. A fines de 2014, cuando el Centro de Investigación Pew concluyó el levantamiento de datos para su investigación Religion in Latin America: Widespread Change in a Historically Catholic Region, los católicos romanos adultos en Latinoamérica representaron 69 por ciento.

 

Para hacer frente al continuo descenso de católicos el mejor recurso es la movilización de los que la jerarquía llama laicos. Pero es precisamente el clericalismo de la Iglesia católica el principal obstáculo para la movilización e involucramiento de los creyentes en las tareas eclesiásticas cotidianas. El verticalismo clerical inhibe la participación del laicado, y no se vislumbra que Francisco pueda revertir esta realidad que erosiona lenta, pero eficazmente, a la institución que preside.

 

Francisco, el equilibrista



Francisco, el equilibrista

 

Soledad Loaeza

www.jornada.unam.mx/240915

 

Mary Gordon, escritora católica, autora generosa de novelas cargadas de humor y de reflexiones más o menos explícitas a propósito del catolicismo, de la moral y de la religión ante los comportamientos sociales de hoy, nos advierte contra la equivocación de creer que el papa Francisco es un reformador.

 

Es cierto, es radicalmente distinto a sus antecesores. Nada tiene que ver con la soberbia aristocrática de Pío XII, la superioridad intelectual de Benedicto XVI, la indiferencia selectiva de Juan Pablo II o la disimulada incomprensión de Paulo VI. Es más cercano al sentido común y a la espontánea generosidad de Juan XXIII.

 

Francisco no es feminista, dice Gordon. ¿Y? ¿De veras es muy importante para el avance de las mujeres en el mundo que puedan ponerse una casulla y oficiar misa? ¿O que ejerzan la confesión y la absolución? Creo que es mucho más importante que el papa Francisco haya reconocido el dolor y los dilemas morales y emotivos que enfrentan las mujeres que se ven obligadas a interrumpir un embarazo, por las razones que sea.

 

Nada más la diferencia de actitud de Francisco, que la propia Mary Gordon señala, representa una transformación del papado mucho más profunda de lo que ella está dispuesta a admitir. Ve en Francisco sobre todo el reintérprete, mejor dicho, el curador del catolicismo como un mensaje de compasión y ya no como sinónimo de censura y de condena de la flaqueza humana.

 

No obstante, la recuperación del mensaje original de la Iglesia, que Francisco nos recordó cuando a una pregunta respecto a los homosexuales respondió: ¿Y quién soy yo para juzgar?, tiene un alcance mucho mayor del que a primera vista percibimos. En ese caso habló ya no como el representante del juez supremo del día del juicio final, sino como el mensajero de paz y de reconciliación que ofició una misa en la plaza de la Revolución en La Habana.

 

Francisco, dice otro escritor católico en el semanario The New Yorker, James Carol, representa la culminación de una lenta y accidentada recuperación de la Iglesia de la rigidez y el empobrecimiento a que la había conducido su actitud suicida ante la modernidad. La actitud que la llevó a condenar a Galileo, rechazar el pluralismo, el liberalismo democrático y los derechos del individuo. Esa misma actitud que ahuyentó a buen número de fieles, y que mantuvo a la Iglesia en el siglo XX atada a las creencias y las conductas del Antiguo Régimen.

 

Francisco ha optado por privilegiar la experiencia frente al dogma, y nada más esta preferencia implica dejar que la Iglesia cambie por el impulso de una sociedad que se transforma, que se seculariza, que conquista su independencia moral, sin por ello perder su identidad religiosa.

 

Gordon y Carol conocen bien a la Iglesia católica, se plantean los problemas de conciencia que les provocan los lineamientos papales o las directivas eclesiásticas. Pero me parece que ninguno de los dos ve en Francisco al latinoamericano que nosotros podemos percibir, el argentino cuyo sentido de la palabra y del gesto impone un estilo sin precedentes en el Vaticano.

 

La compasión, la tolerancia, el relativo desenfado y el humor de Francisco nos son mucho más familiares que cualquier gesto de otro papa. Su encíclica Laudato si es una defensa del medio ambiente, del deber de proteger a la naturaleza que Dios nos dio; es también una crítica implícita al capitalismo salvaje y un llamado de atención al problema mundial de la creciente desigualdad.

 

Me pregunto si para otros papas el tema de la pobreza, de la miseria de los indigentes, no era un problema más abstracto que para un latinoamericano. Los conservadores estadunidenses, por ejemplo el influyente comentarista de extrema derecha Rush Limbaugh, han considerado a Francisco un peligroso marxista; Jeb Bush ya dijo que sus políticas no las dicta ni el párroco ni los obispos. Muchos han criticado al Papa porque –dicen– nada sabe de ciencia ni de economía. Tampoco les gustó que haya invitado a las familias europeas a albergar al menos a un inmigrante de los que las guerras en África y en Asia central han arrojado al Mediterráneo y a los Balcanes. El semanario Newsweek en portada se preguntaba con grandes letras ¿Es católico el Papa?

 

Lo que en Estados Unidos muchos comentaristas llaman el populismo de Francisco, que a ver aquí en México quién se atreve a condenar, es para nosotros un canal de comunicación, una conexión histórica que muchos políticos le envidian, o deberían envidiarle. En Francisco tenemos atisbos de su experiencia vital, que es la de muchos latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XX; tiene la sensibilidad de quienes vivieron dictaduras, autoritarismos, hiperinflación y recesiones económicas. Todo eso que para los demás papas, a excepción de Juan Pablo II, quedó en el pasado después de 1945.

 

 
Francisco estuvo en Cuba más como un embajador de buena voluntad que como líder religioso y, como es un equilibrista que habría de celebrar varias misas, no se entrevistó con la disidencia y tampoco hizo pronunciamientos políticos contra la revolución o en defensa de los derechos humanos. En las mismas condiciones visita a Obama y la ciudad de Washington, como embajador distinguido. Estará en Naciones Unidas en Nueva York, adonde llega a una ciudad de millones de católicos. Allí también hará gala de su capacidad para mantener el equilibrio, incluso si se decide a caminar sobre el agua.


“Los retos son tan grandes, el tiempo tan corto, la tarea tan inmensa...”


“Los retos son tan grandes, el tiempo tan corto, la tarea tan inmensa...”

 

Naomi Klein

www.envio.org.ni/septiembre2015

 

Que me invitaran al Vaticano fue una total sorpresa para mí. Dados los ataques que vienen del Partido Republicano en torno al tema del cambio climático y dados los intereses que hay tras el negocio de los combustibles fósiles en Estados Unidos, fue una decisión particularmente valiente el invitarme”, comentó la escritora canadiense Naomi Klein a los periodistas presentes en el evento celebrado en el Vaticano el 1 de julio para comentar la encíclica “Laudato Si” del Papa Francisco. He aquí sus palabras en esa ocasión.

 

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento al Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz y a CIDSE por recibirnos aquí y por haber convocado esta excepcional reunión de dos días, de la que tanto espero. Es también para mí un auténtico honor estar aquí para apoyar, más aún para celebrar, la publicación de esta histórica encíclica papal.

 

“ESTA ENCÍCLICA TAMBIÉN ME HABLA A MÍ”


Al comienzo de la “Laudato Si” el Papa Francisco dice que no dirige este texto sólo al mundo católico, sino “a cada persona que habita este planeta”. Quiero decirles que, definitivamente, a mí, una judía laica y feminista, que quedó tan sorprendida cuando la invitaron al Vaticano, también me habla este texto.


“No somos Dios” declara la encíclica. Todos los seres humanos lo hemos sabido en algún momento. Pero desde hace unos 400 años los vertiginosos avances científicos hicieron creer a algunos que ya estábamos a punto de saber todo lo que había que saber sobre la Tierra y que eso nos convertiría en “amos y señores de la Naturaleza”, recordando aquella memorable frase de René Descartes. Que llegáramos a serlo, decían, era lo que Dios siempre había querido.


Esta idea se mantuvo durante mucho tiempo. Hasta que avances posteriores de la ciencia nos enseñaron algo muy diferente. Mientras quemábamos cantidades cada vez mayores de combustibles fósiles, convencidos de que con nuestros buques cargados de mercancías y nuestros jets supersónicos atravesábamos el mundo como si fuéramos dioses, los gases de efecto invernadero se acumulaban en la atmósfera atrapando cada vez mayor cantidad de calor. Ahora ya nos enfrentamos a la realidad: no somos ni amos ni señores y estamos desatando fuerzas naturales mucho más poderosas que nosotros y que nuestras más ingeniosas máquinas.


Todavía tenemos tiempo de salvarnos, pero sólo si abandonamos el mito de la dominación y el señorío y aprendemos a trabajar con la naturaleza, respetando y aprovechando su intrínseca capacidad de renovación y regeneración. Esta idea nos lleva al mensaje central de la interconexión que existe entre todo, tema que es el corazón de la encíclica. Para la minoría que jamás lo olvidó, el cambio climático reafirma que no existe en la naturaleza ninguna relación unidireccional de dominio puro. El Papa Francisco lo dice: “Nada de este mundo nos resulta indiferente”.


Hay quienes ven en esa interconexión un humillante menoscabo de su categoría. Esa idea les resulta insoportable y, apoyados activamente por actores políticos financiados por empresarios de los combustibles fósiles, optan por negar la ciencia.


A pesar de todo, eso ya está cambiando a medida que cambia el clima y es probable que cambiará más con la publicación de esta encíclica, que podría poner en graves problemas a los políticos estadounidenses que se escudan en la Biblia para oponerse a las acciones contra el cambio climático. En este sentido, el viaje del Papa Francisco a Estados Unidos no podía ser más oportuno.

 

“HEMOS LLEGADO A UN MOMENTO MUY PELIGROSO”


La encíclica afirma, y con razón, que la negación del problema climático adquiere muchas formas. En todo el espectro político y en todo el mundo hay muchos que aceptan la ciencia, pero rechazan las complejas implicaciones de la ciencia.


Pasé las últimas dos semanas leyendo cientos de reacciones a la encíclica. Y aunque la respuesta ha sido en general abrumadoramente positiva, he observado un argumento común en muchas de las críticas: el Papa Francisco -dicen- puede estar en lo cierto en los temas científicos que plantea, incluso en los temas morales, pero debe dejar los temas económicos y políticos a los expertos, que son quienes entienden cómo los mercados pueden resolver con eficacia cualquier problema.


Estoy en total desacuerdo. La verdad es otra: hemos llegado a un momento tan peligroso en parte porque muchos de esos expertos económicos nos han fallado empleando sus poderosas habilidades tecnocráticas sin sabiduría. Diseñaron modelos que dan un escandaloso escaso valor a la vida humana, sobre todo a la vida de los pobres, y dan un enorme valor a la protección de los beneficios empresariales y al crecimiento económico conseguido a cualquier costo.

 

Con ese deformado sistema de valores hemos terminado con mercados de carbono ineficaces, en lugar de establecer sustanciales impuestos al carbono y aumentar las regalías a quienes extraen combustibles fósiles. Y así hemos llegado al objetivo de reducir en tan sólo 2 grados la temperatura global, a pesar de que con esa reducción podrían desaparecer naciones enteras.


En un mundo donde el beneficio económico se pone siempre por encima de la gente y del planeta, la economía climática tiene absolutamente todo que ver con la ética y la moral. Si estamos de acuerdo en que poner en peligro la vida en la Tierra representa una crisis moral, entonces esto nos exige actuar.


Y actuar no significa dejar el futuro al azar o a los ciclos de auge y caída del mercado. Actuar significa establecer políticas dirigidas a regular la cantidad de carbono que se puede extraer de la Tierra. Significa políticas que nos conduzcan a emplear un cien por ciento de energías renovables en las próximas dos o tres décadas, o a más tardar a mediados de este siglo, no hasta finales del siglo. Significa compartir el uso de los bienes comunes, como lo es la atmósfera, sobre la base de la justicia y la equidad y no sobre la base de que quien gana se lo lleva todo. Tampoco sobre la idea de Ottmar Edenhofer, profesor de economía del cambio climático, cuando afirma que “el poder hace el derecho”.

 

“TENEMOS LA OPORTUNIDAD DE LOGRAR UN CLIMA MÁS ESTABLE Y UNA ECONOMÍA JUSTA”


Es teniendo en cuenta esta situación que está surgiendo aceleradamente un nuevo tipo de movimiento climático. Se basa en la verdad más valientemente expresada en la encíclica: el actual sistema económico alimenta la crisis climática y, a la vez, trabaja activamente para impedir que tomemos las medidas necesarias para evitarla.


El actual movimiento climático se basa en la convicción de que para evitar que el cambio climático se haga incontrolable necesitamos un cambio de sistema. Y porque el actual sistema está alimentando también una desigualdad cada vez mayor, ante este desafío crucial tenemos la posibilidad de resolver a la vez las múltiples crisis superpuestas. Al mismo tiempo podemos lograr un clima más estable y una economía justa.


La conciencia de esta oportunidad está creciendo y por eso estamos viendo algunas alianzas sorprendentes, antes impensables, como por ejemplo que yo esté en el Vaticano y que también se reúnan aquí sindicatos, organizaciones indígenas, comunidades de fe, grupos ecologistas y científicos trabajando más estrechamente que nunca antes. En estas coaliciones no estamos de acuerdo en todo ni mucho menos. Sin embargo, todos entendemos que los retos son tan grandes, el tiempo es tan corto y la tarea tan inmensa que no podemos darnos el lujo de que las diferencias nos dividan.


Cuando 400 mil personas marcharon en Nueva York por la justicia climática en septiembre de 2014 el lema fue “Para cambiarlo todo necesitamos a todos”. Sí, necesitamos a todo el mundo y eso, por supuesto, incluye a los líderes políticos. Sin embargo, después de haber compartido muchas reuniones con movimientos sociales sobre la próxima COP 21 que se celebrará en París en diciembre, puedo decirles que existe tolerancia cero para un nuevo fracaso disfrazado de éxito ante las cámaras y para que una semana después de concluida la Cumbre esos mismos políticos continúen extrayendo petróleo en el Ártico, construyendo más carreteras e impulsando nuevos acuerdos comerciales que hacen mucho más difícil regular a los contaminadores.


Si en París no se logran reducciones inmediatas de las emisiones de gases y, a la vez no se proporciona un apoyo real y sustantivo a los países pobres, la Cumbre será declarada como un rotundo fracaso.

 

“ES DIFÍCIL, PERO NO IMPOSIBLE”


No debemos abandonar la idea de que aún hay tiempo para apartarnos de la peligrosa ruta en la que vamos, la que nos está conduciendo no a 2 grados más de calentamiento, sino a 4. De hecho, podríamos lograr mantener el calentamiento por debajo de 1.5 grados si ésa fuera nuestra prioridad colectiva.


Sin duda sería difícil, tan difícil como fue el racionamiento y la reconversión industrial que nos tocó hacer en tiempos de guerra. Sería una meta tan ambiciosa como lo fueron los programas de obras públicas y contra la pobreza que se pusieron en marcha cuando la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.


Pero difícil no es lo mismo que imposible. Sería una claudicación cobarde rendirse ante un reto que salvaría muchas vidas y evitaría tantos sufrimientos simplemente porque es difícil y costoso y porque requiere sacrificios de quienes tenemos tanto que podemos sobrevivir con menos. No existe en el mundo ningún costo-beneficio capaz de justificar semejante cobardía.


“Que lo perfecto no sea enemigo de lo bueno”. Tenemos ya dos décadas de estar oyendo estas palabras, supuestamente serias. Las hemos oído durante veinte años, durante la vida entera de los jóvenes activistas que hoy luchan por el ambiente. Y cada vez que otra Cumbre de la ONU no lograba políticas audaces, legalmente vinculantes y basadas en la Ciencia y se quedaba en promesas vacías de recursos, ni siquiera nuevos, para los países pobres, hemos escuchado lo mismo: “Lo que logramos no es suficiente, pero es un paso en la dirección correcta. En la próxima abordaremos lo más difícil”. Y otra vez el consejo: “No dejemos que lo perfecto sea enemigo de lo bueno”.

 

“EN PARÍS TENEMOS SÓLO DOS CAMINOS”


Considero un deber decir entre estos sagrados muros que esas palabras son una necedad. Lo perfecto se esfumó a mediados de la década de 1990, después de la primera Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro. Y hoy tenemos sólo dos caminos ante nosotros: un camino difícil pero humano y un camino fácil pero reprobable.


Para nuestros supuestos líderes, para quienes ya están preparando promesas para la COP 21 en París y ya están alistando el maquillaje de otro pésimo acuerdo, tengo un consejo: Lean la encíclica, no su resumen, lean todo el texto. Léanla y dejen que sus corazones sientan dolor por lo que ya hemos perdido y celebren lo que aún podemos proteger y contribuir a restaurar.


Y escuchen también las voces de los cientos de miles de personas que estarán en las calles de París fuera de la Cumbre y las de quienes se reunirán simultáneamente en ciudades de todo el mundo. Esas voces siempre han dicho: “Necesitamos acciones”. Esta vez dirán algo más: “Ya estamos actuando”.


Y dirán más todavía: “Somos la solución con nuestras demandas para que las instituciones vendan sus acciones en el negocio de los combustibles fósiles; con nuestros cultivos ecológicos, que dependen menos de combustibles fósiles, proporcionan alimentos sanos, dan empleo y se esfuerzan en reducir emisiones de carbón; con nuestros proyectos de energía comunitarios democráticamente controlados; con nuestras demandas de un transporte público seguro, asequible, incluso libre; con nuestra terca insistencia en que nadie se llame “líder climático” mientras entrega nuevas y enormes extensiones de mar y tierra a la extracción de petróleo y gas y promueve el fracking y la minería de carbón. Dejemos esas riquezas donde están y que ningún país se proclame democrático si tiene compromisos con contaminadores internacionales”.


En todo el mundo el movimiento por la justicia climática nos está diciendo “Miren qué mundo tan hermoso nos espera aplicando una política valiente de la que hay semillas que ya están dando frutos para quienes quieran verlos. No dejen que lo difícil sea enemigo de lo popular y únanse a nosotros para hacer realidad lo que es posible”.

 




 

Al término de sus palabras, Naomi Klein respondió así a una pregunta de los periodistas presentes en el evento: «La encíclica del Papa Francisco me sorprendió por su coraje y también por su poesía. El texto es una maravillosa combinación del lenguaje del sentido común y del lenguaje poético, en un texto conmovedor que le habla al corazón… La Santa Sede no se está dejando intimidar, sabiendo como sabe que decir verdades poderosas provoca a enemigos poderosos. Vivimos en un tiempo en el que falta coraje político. Estamos acostumbrados a ver a los políticos dar marcha atrás a la primera señal de controversia. Por eso, tanto el decir verdades controversiales como no retractarse de ellas cuando las cuestionan poderosos intereses creados es algo muy novedoso en el escenario político y muy necesario en la realidad que estamos viviendo».

AUTORA DE LOS BEST SELLERS “NO LOGO”, “LA DOCTRINA DEL SHOCK: EL AUGE DEL CAPITALISMO DEL DESASTRE” Y “ESTO LO CAMBIA TODO: EL CAPITALISMO CONTRA EL CLIMA”.

¿Por qué la Guatemala indignada no votó por la izquierda política?


¿Por qué la Guatemala indignada no votó por la izquierda política?

 



 

Los resultados de las recientes elecciones generales, en una Guatemala que hizo noticia mundial con sus históricas y multitudinarias manifestaciones sociales destituyentes en contra del “sistema político corrupto”, incluso horas antes de acudir a las urnas, nos obligan a preguntarnos: ¿por quién votaron las decenas o cientos de miles de indignados/as manifestantes? ¿Por qué la coalición de izquierda política (URNG-WINAQ) recibió menos votos que en otras épocas en las elecciones recientes?

 

Vale aclarar que las apoteósicas protestas de indignados/as no era en contra del sistema político corrupto, ni mucho menos en contra del abusivo sistema neoliberal. Las manifestaciones, en buena medida, fueron en contra de la “corrupción” en el sistema político. De allí viene la demanda “desoída” de “reformas electorales”. La idea no fue cambiar de sistema político, sino cambiar actores políticos manteniendo o re ensamblando el sistema político neoliberal vigente.

 

Esto explica el rol preponderante de la embajada norteamericana  / CICIG / CACIF en las calles, y el triunfo electoral de la “propuesta” neoliberal más tenaz y militarizada en las urnas.

 

En las recientes elecciones no fue castigado sólo Manuel Baldizón (y sus financistas) por el electorado. También lo fue el partido de izquierda Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) que hasta ahora tenía dos diputados en el Congreso de la República, pero, desde enero próximo, contará con un solo Diputado (reelecto). WINAQ reeligió al único para el Legislativo en listado nacional.

 

El partido de Pablo Monsanto (ANN), que en estas elecciones se presentó como Convergencia Democrática Revolucionaria (CDR), pero sin candidato presidencial, consiguió nuevamente salvar su vigencia legal gracias a los dos diputados electos, más por ser nuevos y el conecte social de éstos.

 

¿Por qué la izquierda es resistida en las urnas?

 

Aparte de la izquierdafobia instalada, desde los medios, en el imaginario del electorado adulto, existen factores o errores de actores de la izquierda que activan anticuerpos en el electorado cansado con el sistema político económico vigente:

 

Neoliberalización de la izquierda. El sistema neoliberal no sólo desideologizó a sus consumidores endeudados, ni sólo borró las fronteras ideológicas entre derecha e izquierda, sino también neoliberalizó y corrompió a “revolucionarios” de izquierda en ejercicio del poder. Las políticas neoliberales impulsadas por gobiernos neoliberales fueron apoyadas incluso por los diputados de izquierda a cambio de no sé qué “dádivas”. Esto se evidenció aún más en la legislatura que concluye, y no le gustó incluso al núcleo duro electoral de la izquierda.

 

Electoralización de la izquierda. Las izquierdas democráticas contemporáneas exitosas, antes de ocuparse de la suma de votos, se ocupan de la construcción de la fuerza social (cultura de cambio). Y, esto implica trabajo organizativo/formativo/articulativo permanente en los pueblos.

 

Pero, la izquierda política guatemalteca, al igual que el resto de las empresas (partidos) electoralistas neoliberales, sale en busca de sus “sus” electores únicamente en periodos de campaña política (y para el colmo, vestidos de blanco). Prácticamente trata a su potencial población de votantes como si fuesen “electorados vendiendo su voto al mejor postor”. Así no se hace revolución. Así no se construye el voto consciente.

 

Oligarquización de la dirigencia. El sueño del “revolucionario” ex comandante o ex combatiente, con aspiraciones a cargos públicos, es disfrutar aunque sea un instante del espejismo de la dolce vita de la oligarquía nacional a costa del decadente Estado. Por eso, una vez que “suben” ya no quieren bajar, ni quitarse el saco y la corbata. Casi siempre buscan la reelección política (salvo honradas excepciones). Y es difícil ver a ex diputados o a ex dirigentes de los partidos conviviendo / acompañando en las comunidades del interior del país. Regularmente, se quedan en la ciudad capital soñando con el gran capital.

En palabras sabias de Guzmán Böckler, “las izquierdas colonizadas se han convertido en uno de los más sólidos sostenes que el sistema bicolonial tiene en su haber en Guatemala”.

 

Desgano retórico y envejecimiento intelectual. La retórica política de las figuras mediáticas de la izquierda sabe a fast food recalentada. Por momentos ya es difícil distinguir si este desgano retórico es producto de las desfasadas herramientas teóricas aprendidas en las universidades o porque la realidad supera sus capacidades de comprensión.

 

Los pueblos de Guatemala subsisten ensangrentados y empobrecidos prácticamente bajo la “égida” de un Estado fallido. El país vive procesos violentos de desintegración social, perforación criminal del Estado aparente, destrucción de ciclos de vida en los territorios. Estamos en la era del salvajismo neoliberal. Pero, ningún candidato de izquierda tuvo la “capacidad” de agendar propuestas de cambio estructural para estos históricos problemas en su discurso electoral. O, por lo menos no se difundieron. Al parecer también sufren de neofobia (miedo a los cambios) porque quizás el corrupto y racista Estado neoliberal sea económicamente más rentable para sus intereses personales.

 

Rompió relaciones con los movimientos sociales e indígenas. Obsesivos con la fijación de las “revoluciones de vanguardia”, o por el racismo generalizado-institucionalizado-establecido en el país, la dirigencia de la izquierda política mantuvo “cordiales” relaciones con movimientos indígenas campesinos, mientras éstos hacían de “inertes nichos electorales” para el ascenso político de la “vanguardia ladina”. Pero, cuando los movimientos indígenas campesinos intentaron democratizar o pidieron rendición de cuentas a la “vanguardia”, entonces, los “ningunearon y los echaron fuera”.

 




 

Estos factores/errores son los que afianzan el sentimiento anti izquierda en el electorado guatemalteco. Pero, también es evidente que la izquierda social (articulada en movimientos sociales) puja con sus agendas de cambios estructurales en el Estado y en las sociedades nacionales. Las mismas que deberán ser canalizadas mediante alguna fuerza (organización) política para ser implementadas. ¿Nacerá algún instrumento político para la liberación de los pueblos? ¿O será que los pueblos de Guatemala están sempiternamente condenados a la subordinación y al saqueo?