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Familia: Elementos básicos, Revolución pendiente

Xavier Pikaza
www.religiondigital.com/231014

Conforme al Sínodo recién celebrado (6-19 10 14), ha llegado la hora de la "nueva familia", entendida como principio esencial y como fuente de revolución de la vida humana, conforme a la experiencia y tarea de la Biblia del Antiguo y Nuevo Testamento. Desde ese fondo quiero estudiar los dos temas que siguen, desde la perspectiva de conjunto del libro: La Familia en la Biblia.

1. Lo primero es conocer los elementos fundantes de la familia, la base de su identidad personal y social. Así lo mostraré fijando un decálogo fundacional de la familia, en la línea de conjunto de la Biblia y del mensaje y vida de Jesús.

2. Lo segundo en poner en marcha una revolución de la familia, pues las revoluciones anteriores (burguesa y socialista, económica y política) no han llegado al corazón de la vida humana, ni han resuelto sus grandes problemas. La familia, éste es el lugar de la revolución pendiente de la vida humana.

1. ELEMENTOS BÁSICOS: UN DECÁLOGO DE LA FAMILIA

Retomo el “discurso” bíblico y, de un modo general, en contra de aquellos que piensan que la familia se acaba, quiero decir que ella no sólo permanece sino que, en un sentido está ganando en importancia, pues no es algo que parece natural, ya dado, creado desde fuera, sino algo que nosotros mismos vamos troquelando, a partir de unos principios previos (atracción sexual, acogida de los hijos, crecimiento compartido en fraternidad…). En esa línea, su futuro no está decidido, sino que debemos trazarlo nosotros, sabiendo que la tarea de creación de familia se ha vuelto quizá el tema central de nuestro tiempo.

En medio de las grandes dificultades, vinculadas a las diversas revoluciones y, sobre todo, a un tipo de capitalismo que tiende a dominarlo todo, podemos afirmar que la única solución del ser humano está en la recreación de la familia. La crisis ha llegado a lo más hondo; antes afectaba sólo a unas formas externas de producción y bienestar. Ahora ha penetrado en el corazón del mundo de la vida, es decir, en el espacio de surgimiento y despliegue de lo humano. Éste es el lugar de la gran decisión, y debemos aprender de nuevo (en un plano más alto) a ser humanos (y eso sólo podemos hacerlo en familia), pues de lo contrario corremos el riesgo de destruirnos:

1. La familia es una relación al mismo tiempo íntima y social.

Es íntima, pero no en un sentido privado (intimista), sino abriéndose, al mismo tiempo, al espacio de la vida social, pues sólo ella (la familia) es verdadera creadora de personas. Sin sociedad (lenguaje) no puede haber familia; pero sin familias no puede darse sociedad. El mundo moderno ha tendido a dividir dos espacios, con dos tipos de moralidad y dos formas de conducta.

(a) Por un lado ha situado a las familias (el mundo de la vida), que se vuelven cada vez más pequeñas, limitadas a los padres y a los hijos (mientras son menores), y en ese contexto ha buscado formas de conducta marcadas por la gratuidad, en línea intimista.

(b) Por otro lado ha situado el mundo externo, dominado por relaciones estructuradas en forma de sistema, con leyes objetivas, dictadas por el capitalismo. Esa división tiene un valor, pero no puede mantenerse de manera radical, por estas razones.

a] El mayor bien de la sociedad son las familias, pues sólo ellas “engendran” (crean) el valor social supremo, que son las personas.

b] Las familias no son algo meramente privado, sino que tienen un valor más amplio, pues sin ellas (sin amor íntimo, sin creación de nuevos seres humanos) no puede haber sociedad.

c] El sistema puede “fabricar” cosas ingentes (bombas atómicas y empresas, drones y bancos, ejércitos y estados…), pero no puede engendrar personas, y sin ellas todas sus producciones carecen de sentido, pues sin familia el sistema muere.

2. La confusión actual puede ser buena, porque nos permite redescubrir el valor primario del impulso sexual.

Como vengo diciendo, el sexo en cuanto tal no es todo, sino que debe estar vinculado a la palabra y a la comunión creadora de amor, pero tiene una importancia esencial y nos permite retornar sin miedo a las fuentes de la vida. Antes, en un contexto más sacral, dominado por leyes matrimoniales puritanas, parecía que el sexo estaba sólo al servicio del buen “honor” familiar y del engendramiento de hijos legítimos, como si no fuera más que un medio. Ahora, en cambio, volvemos a descubrir su potencial originario, en sus diversas formas, y eso no solo es bueno, sino muy bueno, signo de salud humana y de confianza.

Es bueno el sexo” entendido como atracción primera, no sólo físico-biológica, sino también personal, aceptando de esa forma lo que hay, sin condenas previas, ni legislaciones limitadoras, y así debemos entenderlo como iniciación humana y expresión de libertad, en un contexto de autonomía personal, en diálogo y respeto mutuo, sin imposición de unos sobre otros, sin manipulación de niños o pequeños.

Así debemos empezar aceptando y valorando las diversas formas de atracción y comunión humana, siempre que sean humanizadoras, enriquecedoras, libres. Sólo en ese contexto se podrá hablar luego de familia como lugar donde la iniciación sexual pueda desplegarse plenamente en un contexto de estabilidad, no por limitación o veto, sino por enriquecimiento y profundización personal. Sólo la familia ofrece un espacio de socialización integral, es decir, de aprendizaje humano, en el nivel de la palabra y del afecto

3. En ese contexto debemos valorar y potenciar las relaciones de pareja (es decir) los matrimonios, entendidos de manera extensa, en línea personal y social, sabiendo que las relaciones no son iguales, que no todas las vinculaciones son equivalentes, sino que es privilegiada la relación duradera entre un hombre y una mujer, que se prometen fidelidad y permanencia, pues sólo en ella tiene pleno sentido el nacimiento de los niños y se hace posible la pervivencia humana.

Por eso digo que se pueden distinguir y valorar diversos tipos de parejas, pero añadiendo que no todas son igualmente significativas:

‒ Hay parejas matrimoniales donde lo central es la unión de dos personas, que conviven para compartir así la vida y acompañarse mutuamente, aunque no tengan hijos, porque no pueden o no quieren engendrarlos (aunque a veces adopten hijos ajenos o de uno de los cónyuges). Tienen gran valor si humanizan a los esposos, si les ayudan a vivir, a convivir, descubriendo y cultivando el don supremo de la vida en compañía, para descubrirse mutuamente, convirtiendo así su vida en don de amor compartido que se abre al conjunto social o a la iglesia, como aparece en el Nuevo Testamento donde hallamos algunas parejas misioneras (como la de Priscila y Áquila, de las que no se dice que tengan hijos). En línea de matrimonio cristiano, estas parejas han de tener voluntad de permanencia, como expresión del valor de la vida compartida.

‒ Hay otras parejas donde el vínculo matrimonial parece menos claro. Son “parejas de hecho” que conviven sin pretensión de permanencia, aceptándolas mientras “valgan”. Son parejas que a veces se mantienen en privado (“en el armario”), de manera que cada miembro actúa hacia fuera como si fuera soltero; pero pueden hacerse también públicas y buscar incluso el matrimonio. Están básicamente pensadas para el enriquecimiento personal de sus miembros, y pueden ser de tipo hetero- u homo-sexual. Algunos piensan que no deben llamarse matrimonio en el sentido clásico de la palabra; sea como fuere, ellas pueden y deben ser reguladas y protegidas por ley, si sus componentes y el grupo social lo quiere. Son en principio un valor, pues todo compromiso de unión y toda unión fáctica entre personas es buena, si tiene buenos fines (el enriquecimiento personal, la maduración social).

‒ Parejas generativas con hijos. Son aquellas donde el amor entre dos se abre y expande hacia otros, de manera que su unión se vuelve principio de vida, y se expresa sobre todo en el surgimiento y educación de hijos. Son en principio parejas públicas, aceptadas así por la sociedad, que las reconoce y debe ofrecerles un tipo de apoyo, pues son ellas las que ofrecen a la sociedad el mayor don posible: Que se mantenga y expanda. Sólo allí donde surge y es acogido (educado) por dos, en pareja, el hijo tiene la posibilidad de una auténtica maduración dialogal: No nace y crece a través de la palabra de una sola persona, sino del diálogo humano de dos y más personas.

4. La familia es el nudo central de las relaciones sociales, que se estabilizan y expresan de un modo dual (dialogal), tanto en el matrimonio (compromiso de vida compartida), como en el nacimiento y educación de los hijos.

Entendida así, la familia es el espacio principal de la palabra compartida, el lugar donde las personas alcanzan y despliegan su mayor libertad (identidad) en un contexto de verdadera diferencia, pues la unión más cercana es aquella donde se dan mejor las distinciones, allí donde se comparten los bienes y la vida, no de forma aislada (cada uno por sí mismo) o por un breve tiempo, sino en relación dialogal de permanencia.

Entendida así, la familia es un encuentro (diálogo vital) de dos personas que se comprometen a compartir y unificar la historia de sus vidas, a través de la atracción que sienten uno por el otro y, en especial, por la palabra/promesa de convivencia que se ofrecen, condensando y actualizando en su relación toda la vida y la cultura de la sociedad a la que pertenecen.

Sólo ese tipo de relación puede convertirse normalmente en espacio de surgimiento y creación de nuevas personas, a lo largo de un proceso relativamente largo de maduración, que se extiende no sólo en los años de formación básica del niño (de seis a nueve años), sino hasta su plena independencia (que según la Biblia se alcanza cuando ellos se casan, dejan a los padres y crean una nueva familia: cf. Gen 2, 24-25). Esto supone que por principios de comunicación personal y de educación de los hijos, un matrimonio “generador” (con hijos) ha de durar básicamente para siempre, al menos hasta que los hijos puedan vivir por sí mismos (o se casen), pues de lo contrario impide su recto crecimiento.

5. Componentes básicos de la familia, especialmente del matrimonio abierto a la generación de hijos.

Algunos hablan en este contexto del “genoma” de la familia, pero esa palabra resulta quizá demasiado pretenciosa, y además parece situar el tema en un plano biológico. Por eso prefiero hablar de elementos estructurantes, en línea de amor personal y social (que yo mismo he precisado y desarrollado en otros libros de diálogo con exegetas bíblicos y antropólogos, como podrá verse en la bibliografía final). Son éstos:

‒ No hay familia sin sexualidad (eros), entendida como atracción vital o potencia unitiva, que tiende a ser engendradora. Evidentemente, la sexualidad (eros) no tiene sólo un fin reproductor, sino que actúa y se expresa como lenguaje de relación en otros planos (como puede verse, de formas muy distintas, en las parejas homosexuales, o en comunidades célibes de vida religiosa), pero en un sentido fuerte el eros se vincula con la unión sexual y, sin cerrarse en ella, tiende a la reproducción de la vida. En sus diversas formas, el eros es principio de toda familia.

‒ Don, ágape. Paradójicamente, siendo espacio de vinculación erótico-sexual por excelencia, la familia viene a presentarse, al mismo tiempo, como lugar de gratuidad o generosidad, que se expresa no sólo en el regalo de la vida que ofrece cada uno a su pareja, sino en el regalo aún más hondo que ofrecen ambos juntos a los hijos. Allí donde el eros se hace ágape (sin dejar de ser eros) surge la auténtica familia. Hombre y mujeres existimos porque otros nos han dado la vida, en gesto de atracción y generosidad personal.

‒ Reciprocidad. Los elementos anteriores se completan y vinculan en forma de relación o comunión estable, que no es simplemente la adición de dos que siguen estando separados (dos individuos que se suman), sino una nueva “realidad”, una identidad más alta. El mayor de todos los dones de familia es descubrir que el otro puede y quiere responderme, de manera que el “yo doy” (me doy) se convierte en “yo recibo” (acojo el don del otro, me dejo amar), surgiendo así un nosotros real, que es la familia.

6. Familia y creatividad social.

Como he puesto de relieve en otro lugar, Jesús fue ajusticiado porque su proyecto de familia resultaba en el fondo inaceptable para soldados romanos y sacerdotes judíos, es decir, porque su forma de entender y expandir las relaciones humanas tenía mucho influjo en el mundo social (en el orden de la política y de la economía). Tanto unos como otros querían mantener sus esquemas familiares, de tipo patriarcalista, y para eso apelaban al ejército (Roma) o a la ley del templo (sacerdocio judío).

Pues bien, el movimiento de Jesús tenía intensas connotaciones sociales, como ha puesto de relieve la exégesis y la teología de los últimos decenios; pero más que “políticas” en línea de creación de un Estado judío, esas connotaciones eran de tipo familiar, como he venido poniendo de relieve.

Es relativamente fácil cambiar los ordenamientos político o militar
de una población, porque forman parte de una superestructura que al fin es superficial. Más difícil e importante (mucho más duradero) es el cambio en el plano de la familia, y eso es lo que Jesús ha querido hacer (cf. caps. 9-11), y por eso le mataron.

En ese contexto resulta absolutamente necesario recuperar las conexiones que Jesús ha trazado entre el mundo privado de la pequeña familia y el mundo social, para no caer en la situación actual de esquizofrenia, con dos morales distintas, una para las familias regidas por principios (al menos ideales) de generosidad, y otra para el conjunto social, que ha caído en manos de una dura guerra por el poder capitalista. Sólo allí donde la familia sea lugar de creatividad, de forma que sus principios se expandan al conjunto social se podrá hablar de humanidad real.

7. Celibato “por el Reino”.

Sigue siendo fundamental el tema. Por un lado, cada hombre o mujer es “todo el Reino”, es infinito ante los demás seres humanos (y ante Dios); no es una mitad de otra cosa (como en el mito de Platón, Banquete), sino que tiene un valor definitivo, empezando por los más pequeños, los expulsados de todas las familias actuales (leprosos, eunucos…). Eso significa que un hombre o mujer no se tienen que vincular entre sí básicamente por carencia (para buscar aquello que le falta, en un nivel de puro eros), sino que lo hace por superabundancia, es decir, por generosidad (en el plano del ágape)

En este contexto es posible el celibato por el “reino de los cielos”, no por privación o por miedo de relacionarse con los demás, sino por amor libre y generoso, como supone el dicho de los eunucos (cf. Mt 19, 12). El celibato por el Reino no implica ausencia de familia, sino descubrimiento y creación de una nueva forma de familia, no por represión del sexo (cosa que sería negativa), sino por elevación, al servicio del evangelio (de la buena nueva de Jesús a los pobres). En esa línea han surgido las diversas congregaciones de la vida religiosa que han sido, hasta el momento actual, los mayores “laboratorios” de familias no matrimoniales del mundo cristiano. Estoy convencido de que las familias de este tipo tienen un largo futuro (un gran cometido) en la experiencia y despliegue futuro del cristianismo y de la humanidad.

8. Matrimonio por el Reino.

He desarrollado el tema a lo largo del Antiguo Testamento, centrándome luego, de un modo especial, en el mensaje de Jesús y de Pablo (La Familia en la Biblia, cap. 11, 13). Como he señalado al hablar de sus rasgos o genoma (cf. num 5 de este apartado), la familia tiene un elemento erótico/sexual y otro de ágape/generosidad, y ambos son fundamentales en el matrimonio estrictamente dicho, como espacio de encuentro y amor generador entre un hombre y una mujer.

En ese contexto he podido referirme al “matrimonio por el Reino de los cielos” (cf. cap. 11), que no se entiende en modo alguno como estado inferior (de tropa) respecto al celibato, que sería superior (propio de los oficiales del ejército cristiano), pues todos son importante en la Iglesia de Jesús.

En esa línea, el matrimonio por el Reino ha de ser espacio de experiencia del Reino de Dios, lugar donde se expresa y encarna su amor, revelado en Cristo, como ha visto de formas distintas Efesios y el Apocalipsis. Y así, el matrimonio es un sacramento del misterio de Cristo, en forma integral, no puramente interior como pensaba la Gnosis. El Reino se expresa y expande, según eso, en el mismo amor de los esposos como tales, y en el fruto de ese amor, abierto de manera generosa hacia los hijos o/y hacia el resto de la Iglesia y, en especial, hacia los necesitados.

9. Hijos, creación de Dios.

Ciertamente, son creación humana de los padres, dentro de un contexto social más amplio en el que esos padres humanizan a sus hijos, introduciéndoles en un contexto cultural definido por la palabra, tal como empieza a expresarse ya por el lenguaje. Es significativo el hecho de que la Biblia no haya elaborado un tipo de “libro de familia”, un manual para la educación de los hijos, aunque los códigos domésticos de la tradición paulina tengan rasgos aprovechables, pero que deben ser resituados en un contexto de igualdad básica del hombre y la mujer (cap. 13). Pero, por encima de esos códigos, puedo y quiero citar dos pasajes especialmente significativos:

‒ La revelación de la madre de los macabeos (2 Mac 7, cf. cap 7). Éste es un pasaje incompleto, porque hubiera sido mejor que la palabra clave la dijeran padre y madre, no sólo la madre, como sucede de hecho. Pero, tras esa salvedad, debemos valorar la palabra de la madre, que presenta su maternidad como experiencia creadora compartida con Dios. Como vengo diciendo, todas las restantes producciones de los hombres son secundarias (y pueden convertirse en ídolos). Sólo el “surgimiento” de nuevas personas es creación radical de Dios, pues cada ser humano que nace es una ventana y presencia de su vida en la humanidad.

‒ Padres que curan a los hijos (cf. cap. 9). Jesús no ha impulsado directamente la generación de nuevos hijos, pero ha puesto de relieve la responsabilidad y tarea de los padres que, en gesto de fe, pueden (deben) “curarles”, ayudándoles a crecer.

En ese nivel resulta fundamental la experiencia en la que se afirma que los hijos nacen “de los padres y de Dios”, pero añadiendo que los padre y Dios no se suman como si estuvieran separados, sino que Dios actúa a través de los padres, despertando de esa forma su presencia en la vida de cada uno de los seres humanos. La teología antigua afirmaba que Dios “sigue creando almas” y que cada concepción y nacimiento es una nueva obra suyo: Dios crea un alma nueva y la introduce en un cuerpo humano “formado” a partir de los padres. Hoy podemos decir esa “verdad” de otra manera: Desde su nivel divino, Dios crea (engendra) a cada nuevo ser humano en/con los padres, por medio de su Espíritu (cf. tema de Jesús, cap. 12).

10. Signo trinitario, generación y comunión.

La generación humana tiene, según eso, un elemento biológico, vinculado a la atracción y amor sexual, y un aspecto histórico-cultural. En principio, al nacer, cada niño resulta casi intercambiable con los restantes niños (a pesar de algunos cambios de pigmentación y de ciertas diferencias genéticas). La gran diferencia de los niños comienza tras nacer, a partir de la acogida y educación que le ofrecen los padres. En esa línea, retomando el motivo central del núm. 5 de esta sección, puedo hablar de una especie de “genética trinitaria”:

‒ Cada niño brota del deseo de la vida, es decir, del gran “eros” de una humanidad que se expande y despliega a sí misma. En este momento, podemos afirmar que cada niño nace de la gran naturaleza, enriquecida e impulsada por un movimiento “erótico” de creatividad.

‒ Pero, al mismo tiempo, el ser humano nace de la generosidad de los padres, es decir, del amor entendido como “ágape”, don de sí mismo. Por eso decimos que cada niño es “hijo” de Dios, que le llama a la vida con su palabra a través de los padres, que no se añaden a Dios desde fuera, sino que son el mismo Dios actuante en forma humana.

‒ Cada ser humano nace en un contexto de comunión, no es hijo de alguien que está solo (hombre o mujer), porque la soledad no puede engendrar a un nuevo ser humano, pues no podría transmitirle la palabra, que es siempre compartida. La generación humana sólo es posible a través de la palabra compartida y dialogada, pues engendrar humanamente es abrir una nueva “ventana” de Dios para el diálogo, es decir, para el Espíritu Santo, utilizando un lenguaje trinitario.

3. TAREAS ABIERTAS DE LA FAMILIA, REVOLUCIÓN DE LA FAMILIA

Se viene diciendo desde antiguo que estamos al final de un largo ciclo, que empezó hace unos 10.000 años, con el neolítico (¡piedras nuevas, pulidas para cortar!), y que está terminando precisamente ahora, en la era de las comunicaciones digitales, con el triunfo aparentemente imparable del capitalismo, los teléfonos, las bombas y las máquinas “smart” (¿inteligentes?), que parecen sustituir a las personas.

En medio de una escandalosa y obscena injusticia social, con diferencias abismales entre ricos y pobres, iniciamos la nueva navegación de lo que algunos llaman la post-modernidad. Desde ese fondo, tomando como base lo dicho en este libro, quiero señalar diez nuevas tareas abiertas, en clave de humanidad. En el apartado siguiente, y final, evocaré algunas otras, desde una perspectiva de iglesia:

1. Educación en el amor.

Quizá la primera y mayor de las tareas sea la educación en el amor y la palabra, no sólo para el matrimonio, sino también para la vida de los niños. Ciertamente, son importantes nuevas “políticas” sociales, que reconozcan el valor de la familia, creando condiciones económicas, no al servicio del puro capital (como es ahora), sino del despliegue y de la comunión de vida. Que hombres y mujeres puedan quererse y acoger y educar a sus hijos en amor, ese es el mayor de todos los capitales, la riqueza suprema de un Estado.

Como vengo diciendo, el hombre (varón y mujer) es un ser biográfico, marcada de un modo especial por sus padres, desde el mismo vientre de la madre donde va recibiendo de un modo muy activo (¡no puramente pasivo!), especialmente en los últimos meses de la gestación, el impacto de la vida, y muchísimo más después del nacimiento. Los seres humanos no nacen por máquinas, ni por estadísticas, no son producto de capital y empresa, ni de comercio mundial, sino del cuerpo y de la vida entera (palabra, cuidado) de unos padres y del entorno social.

Esta es la primera tarea, la educación en y para el amor, en contra de todos los idealismos totalitarios (Platón, los nazis, algunos comunistas…), que quisieron “racionalizar” el surgimiento humano desde una perspectiva social.

2. Más que la pobreza, el riesgo para la familia es el capitalismo, es decir, una cultura donde la vida de los hombres y mujeres (y el nacimiento y educación de los niños) está en manos del capital monetario, al que le importa ante todo su ganancia. Ciertamente, para mantenerse y “disfrutar” del capital, el sistema necesita “producir” nuevas vidas humanas, para poder así perpetuarse, pues sin ellas muere.

Pero como no sabe ni quiere comprometerse en ellos, y como además las vidas no se producen, sino que se engendran en amor y generosidad (cosa que no tiene), el sistema corre el riesgo destruirse a sí mismo (como muestra el descenso demográfico que “sufre” el occidente rico, que sólo mantiene su población por la llegada de inmigrantes más “fecundos”). El occidente rico puede producir “todo”, pero al hacerlo se pierde y se mata a sí mismo (¿qué importa ganar todo el mundo…”; cf. Mt 16, 26), pues su población desciende (se niega a procrear).

El capitalismo puede así morir de éxito, es decir, de abundancia, precipitando en su caída a una parte de la humanidad, que directa o indirectamente depende del capital. Éste es el riesgo mayor de la familia: Que hombres y mujeres quieran bienes materiales (capital) más que hijos, que hombres y mujeres se busquen a sí mismos, y prefieran su disfrute cerrado, sin darse ni dar vida (regalarse a los demás, y en especial a los propios hijos). Esto puede suceder ya pronto, de manera que el occidente “cristiano” prefiera suicidarse, quedando en manos de otros grupos sociales o religiosos (quizá musulmanes). Es evidente que sólo los “pobres”, no dominados por el afán del dinero, podrán salvar a la humanidad.

3. Fidelidad matrimonial.

En principio, el matrimonio es un compromiso de dos personas, que quieren vivir en amor fecundo, por encima del “dictado” del puro dinero, en igualdad dialogal, sin dominio del hombre sobre la mujer. Entendido así, es una vocación, una llamada al encuentro renovado de unos seres que, al conocerse progresivamente, descubren su verdad, cada uno en el otro. Ésta es una vocación de Reino, que los esposos han de actualizar en cada momento, una experiencia que la Iglesia debe potenciar y ensayar entre los creyentes, abriéndola a todos los hombres y mujeres, pero sin imponerla.

La fidelidad en el amor no es ley, sino descubrimiento y tarea de amor, en gesto de entrega personal, que los profetas de Israel destacaron al vincular el monoteísmo con la monogamia (cf. cap. 5), como supo Jesús (cf. cap. 11), y en otro plano el autor de la Carta a los Efesios (cf. tema 13).

Por eso, el acento no puede ponerse en el rechazo jurídico del divorcio, sino en la afirmación gozosa del amor mutuo, entendido y vivido en forma de experiencia permanente de fidelidad, como sabe la tradición cristiana. Pero cuando, de hecho, la Iglesia descubre que no existe ya el matrimonio, por ruptura profunda y duradera del compromiso personal, ella puede y debe seguir acompañando a los esposos cristianos, sin obligarles a mantener un matrimonio roto. En ese plano siguen siendo normativas las respuestas de Mateo (divorcio real por porneia) y de Pablo (divorcio por infidelidad de uno).

4. Paternidad responsable.

Éste es un tema esencial, que no fue planteado directamente por la Biblia, aunque ella ofrece unas líneas de interpretación muy significativas. Dos son, a mi juicio, las opiniones extremas, que no pueden contar con el apoyo de la tradición cristiana.

(a) La de aquellos que defienden una paternidad puramente “natural”, que consiste en dejar que la naturaleza decida, olvidando que el hijo nace también de la palabra, es decir, de la decisión personal de los padres.
(b) La de aquellos que defienden una paternidad puramente “responsable”, que dependería sólo de los padres, que tendrían el poder de aceptar o rechazar al niño cuando se está gestando (e incluso en el primer momento de su nacimiento).

Ciertamente, según la Biblia, el nacimiento de un hijo está en manos de la naturaleza, pero dirigida y personalizada por los padres. Por eso, en principio, es bueno (¡muy bueno!) que ellos puedan regular el proceso de la concepción y la primera gestación, para así tener los hijos que decidan en conciencia, y se comprometan a educar de un modo responsable.

De esa manera, al separar (al menos en un plano) el ejercicio de la sexualidad y el nacimiento de los hijos se ha dado un gran paso en el despliegue humano (personal) de la vida. Los padres ya no están en manos de la pura naturaleza, sino que son responsables de ellos mismos y de los hijos que quieran tener. Esa responsabilidad resulta esencial, como sabe el evangelio, cuando destaca la “fe” de los padres para el crecimiento y salud de los hijos (cf. cap. 9).

5. Control de la natalidad.

Éste es un problema médico y antropológico moderno, planteado y formulado en la segunda mitad del siglo XX por el papa Pablo VI, en su encíclica Humanae Vitae (1968), donde rechaza el uso de los anticonceptivos químicos y de otros medios físicos (preservativos), que se empezaban a emplear normalmente para evitar que la mujer quedara encinta. Esa encíclica, y la doctrina posterior de la Iglesia Católica mantiene hasta el día de hoy (2014) la misma doctrina, y sólo acepta como válidos los métodos “naturales” de anti-concepción, vinculados al cálculo de los días no fecundos de la mujer, entre una menstruación y otra.

Esta doctrina tiene grandes valores, pues quiere que el “amor total” entre un hombre y una mujer esté siempre abierto al don de la vida, conforme a los principios de la naturaleza, que aparece como “mediadora” de la voluntad de Dios, y así debe mantenerse en principio. Pero muchos católicos no la han aceptado, porque piensan que ella interpreta a la naturaleza de forma prehumana (en un plano biológico), en vez de insistir en el valor personal de la concepción, vinculada a la palabra (libertad y voluntad) de los esposos.

Han pasado casi cincuenta años, y una parte considerable de la iglesia empieza a plantear el tema de otra forma, insistiendo en la libertad creadora de los esposos/padres, para que los niños nazcan de su deseo y amor generoso, no por imposición de la naturaleza. En ese nivel, el tema físico/químico de los anticonceptivos o medios de regulación de la natalidad queda en segundo plano. No queremos negar la importancia suma de la paternidad (cosa que he dejado clara en este libro), sino situarla en un plano de amor y palabra (decisión personal) de los padres.

El encuentro sexual queda así liberado de los miedos que le han dominado (de sus consecuencias puramente “naturales”), para convertirse en signo y ejercicio de un amor liberado, que ha de abrirse a la generación de nuevos hijos cuando los padres quieran (por voluntad, no por necesidad). Pienso que en este campo la doctrina de la iglesia debe ser replanteada.

6. Aborto y nacimientos no deseados.

En sí mismo, éste es un tema muy distinto del anterior, pues no se trata de evitar una posible concepción, sino de interrumpir un embarazo ya iniciado, antes del nacimiento del niño, con el riesgo de matar a una persona en el vientre de su madre.

En este campo, la doctrina de la Iglesia católica es tajante, siguiendo el “espíritu” de la Biblia (que no se pronuncia de manera directa sobre el tema), aunque la doctrina de los antiguos judíos y cristianos resulta conocida (cf. Didajé, cap. 9). Por eso, en principio, debería evitarse por todos los medios posibles la interrupción del embarazo (insistiendo en la educación sexual, en el uso de los anticonceptivos etc.).
Pero, dicho eso, deben añadirse algunas consideraciones generales (más que unas leyes estrictas), dejando el tema legal en manos de la sociedad civil:

‒ Según la experiencia bíblica, la aportación de la Iglesia no consiste en promover la implantación de unas leyes civiles (para que condenen un tipo de aborto, cosa que en un plano pueden y deben hacer, según las circunstancias), sino en educar a los cristianos, y en ofrecer a todos unos principios de madurez personal y de conocimiento por el que puedan evitarse todos los verdaderos abortos.

‒ Hay que distinguir casos y casos, apelando a la ciencia (biología y antropología), para precisar el momento en que el óvulo fecundado empieza a ser viable, como sujeto nuevo, individualizado, de manera que se pueda afirmar que, en un plano receptivo, estamos ya ante una nueva persona. Ese momento no se puede fijar con métodos religiosos o filosóficos, sino por la medicina y antropología. Es radicalmente distinto un aborto antes o después de la individualización del feto como persona.

‒ La iglesia debe empezar respetando a los que abortan, sin condenarles por principio, sin cerrarse en las acusaciones, pero insistiendo en su opción a favor de la vida, conforme a la doctrina expresa de Jesús (cf. cap. 9). Ésta es su tarea: Ofrecer a los creyentes un camino de amor maduro y responsable, de manera que sea hermoso el despliegue maduro de la vida (libremente, sin imposiciones externas), procurando abrir espacios donde ella valga mucho, se valore por encima del capital y de todos los restantes bienes de este mundo, de manera que niños puedan ser y sean acogidos amorosamente.

7. Deseo de amor, educación por la palabra.

En el apartado anterior he distinguido tres elementos básicos del “genoma” de la familia: eros o deseo sexual, ágape o fecundidad creadora y reciprocidad en el Espíritu. Entendido así, el amor de familia es principio y camino de vida, conforme a estos rasgos o momentos:

‒ Queremos que el amor aumente, en su plano natural y cultural. En esa línea debemos potenciar el sexo como experiencia de afirmación de la vida, pero sin dejarlo en un plano puramente físico, de excitación biológica, sino procurando que ascienda al nivel del encuentro personal, entendido y realizado como proceso de maduración compartida de dos seres humanos (en principio un hombre y una mujer, pero sin excluir el amor homosexual), sin imposiciones exteriores, de manera que sean ellos mismos los que descubran en su vida el despliegue de la Vida de Dios.

‒ Queremos que aumente el amor inter-personal, y que se despliegue como poder supremo de la historia, en línea de enamoramiento duradero, abierto a un diálogo cada vez más profundo. Sólo un amor así, intensamente cultivado en el nivel de la palabra (comunicación integral) hace posible el despliegue maduro de la vida. Vivido en esa línea, el amor no es objeto de ninguna ley (es anterior a todas ellas), pero los cristianos pueden y deben expresarlo en formas de comunicación sacramental dentro de la Iglesia.

‒ Sólo en ese fondo puede darse una verdadera “educación” humana, que se abre y expresa a través de los años de nacimiento personal del niño en el “útero viviente” de la familia donde se va gestando y madurando en amor y palabra. Ésta es quizá la mayor enseñanza de los relatos de la concepción virginal de Jesús, en los que se despliega el más hondo sentido de la maternidad de María, en el nivel de la palabra; así podemos evocar y recuperar también la paternidad de José, sabiendo que lo más importante no es lo genético (semen masculino), sino el don de la palabra, la educación que se extiende a lo largo de doce años (hasta que Jesús asume su independencia personal; cf. Lc 2, 41-52.

9. ¿Revolución de la familia?

Como he dicho ya nos hallamos en un momento clave como no ha existido quizá desde el neolítico (hace unos 10.000), cuando los hombres empezaron a dominar de una manera sistemática la naturaleza, organizando cultivos, domesticando animales, reuniéndose en ciudades…

De aquel tiempo provienen las nuevas religiones patriarcales, con el tipo de conocimiento y ciencia que ha guiado nuestra vida hasta el presente. Pero ahora ya no bastan las respuestas que empezaron a darse por entonces a los temas de la familia y de la vida, como sabe y anticipa de algún modo Biblia, cuya propuesta he venido recogiendo en este libro.
Estamos superando ya un estadio cósmico-biológico de la humanidad y del conocimiento, que había culminado en el pensamiento racional de Grecia y en la ciencia moderna.

Lo que ahora empieza es totalmente distinto, una etapa de la humanidad que ha de fundarse en la palabra personal: Hombres y mujeres estamos descubriendo con Jesús nuestro “fondo divino”, pero no en un plano cósmico-biológico (como el de los dioses antiguos del neolítico), sino a través de la palabra, que nos hace creadores de lo que somos y de lo que podemos “engendrar” suscitando nueva vida humana.

Hasta ahora, básicamente, hemos creado familia por impulso de la naturaleza, y hemos terminado cayendo en manos de la idolatría de un capital anti-humano. Ahora debemos crearla libremente, por nuestra palabra, en amor gratuito, liberándonos de la imposición del capital absolutizado. Somos responsables de Dios sobre la tierra, estamos llamados a crear su familia, con Cristo y desde Cristo (hijo de Dios).

10. Más allá del sistema, ante el mundo de la vida.

A partir de la revolución del neolítico, expresada a través de la ciencia, hemos logrado crear grandes sistemas científicos, políticos y económicos, que culminan de algún modo en el “capitalismo”, que ha vinculado por vez primera a todos los hombres y mujeres de la tierra, convertidos en objeto de un conocimiento global. La ciencia nos ha permitido no sólo dominar amplias parcelas del mundo, convirtiendo la tierra en una especie de gran empresa/fábrica destinada producir bienes de consumo para los más ricos.

Podemos comunicarnos casi de un modo total e instantáneo, en el plano de los conocimientos objetivos. Pero hemos dividido la humanidad en dos grupos enfrentados (ricos y pobres) y, sobre todo, nos hemos perdido en el campo del mundo de la vida.

Eso significa, como he dicho, que podemos tener casi todo lo que deseamos, pero corremos el riesgo de destruirnos a nosotros mismos, pues hemos “perdido” la orientación en el mundo de la vida. Tenemos cosas (¡los privilegiados!), pero no sabemos para qué, ni sabemos si podremos dejárselas a nuestros hijos, pues posiblemente seamos incapaces de “engendrarles” en amor, como auténticas personas.


Éste es el problema, y está centrado en el “mundo de la vida”, es decir, en el campo de las relaciones familiares donde se sitúa el matrimonio (y las diversas formas de vinculación personal humana), con la apertura hacia los más pobres. El futuro será de aquellos que sean capaces de crear vida, de abrir caminos de auténtica familia, de manera que el recuerdo del pasado se vincule con la esperanza del futuro. Y con esto pasamos a la aportación de la Iglesia.

Mensaje de la Asamblea del Sínodo sobre Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización


Esta mañana (del 18 de octubre) en la Oficina de Prensa de la Santa Sede ha tenido lugar la conferencia de presentación del Mensaje de la III Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos dedicada a ”Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización” (5-19 de octubre). Han intervenido los cardenales Raymundo Damasceno Assis, arzobispo de Aparecida (Brasil), Presidente delegado; Gianfranco Ravasi, Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura, Presidente de la Comisión para el Mensaje y Oswald Gracias, arzobispo de Bombay (India).


Los Padres Sinodales, reunidos en Roma junto al Papa Francisco en la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, nos dirigimos a todas las familias de los distintos continentes y en particular a aquellas que siguen a Cristo, que es camino, verdad y vida. Manifestamos nuestra admiración y gratitud por el testimonio cotidiano che ofrecen a la Iglesia y al mundo con su fidelidad, su fe, su esperanza y su amor.

Nosotros, pastores de la Iglesia, también nacimos y crecimos en familias con las más diversas historias y desafíos. Como sacerdotes y obispos nos encontramos y vivimos junto a familias que, con sus palabras y sus acciones, nos mostraron una larga serie de esplendores y también de dificultades.

La misma preparación de esta asamblea sinodal, a partir de las respuestas al cuestionario enviado a las Iglesias de todo el mundo, nos permitió escuchar la voz de tantas experiencias familiares. Después, nuestro diálogo durante los días del Sínodo nos ha enriquecido recíprocamente, ayudándonos a contemplar toda la realidad viva y compleja de las familias.

Queremos presentarles las palabras de Cristo: ”Yo estoy ante la puerta y llamo, Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, entraré y cenaré con él y él conmigo”. Como lo hacía durante sus recorridos por los caminos de la Tierra Santa, entrando en las casas de los pueblos, Jesús sigue pasando hoy por las calles de nuestras ciudades. En sus casas se viven a menudo luces y sombras, desafíos emocionantes y a veces también pruebas dramáticas. La oscuridad se vuelve más densa, hasta convertirse en tinieblas, cuando se insinúan el mal y el pecado en el corazón mismo de la familia.

Ante todo, está el desafío de la fidelidad en el amor conyugal. La vida familiar suele estar marcada por el debilitamiento de la fe y de los valores, el individualismo, el empobrecimiento de las relaciones, el stress de una ansiedad que descuida la reflexión serena. Se asiste así a no pocas crisis matrimoniales, que se afrontan de un modo superficial y sin la valentía de la paciencia, del diálogo sincero, del perdón recíproco, de la reconciliación y también del sacrificio. Los fracasos dan origen a nuevas relaciones, nuevas parejas, nuevas uniones y nuevos matrimonios, creando situaciones familiares complejas y problemáticas para la opción cristiana.

Entre tantos desafíos queremos evocar el cansancio de la propia existencia. Pensamos en el sufrimiento de un hijo con capacidades especiales, en una enfermedad grave, en el deterioro neurológico de la vejez, en la muerte de un ser querido. Es admirable la fidelidad generosa de tantas familias que viven estas pruebas con fortaleza, fe y amor, considerándolas no como algo que se les impone, sino como un don que reciben y entregan, descubriendo a Cristo sufriente en esos cuerpos frágiles.

Pensamos en las dificultades económicas causadas por sistemas perversos, originados “en el fetichismo del dinero y en la dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano”, que humilla la dignidad de las personas.

Pensamos en el padre o en la madre sin trabajo, impotentes frente a las necesidades aun primarias de su familia, o en los jóvenes que transcurren días vacíos, sin esperanza, y así pueden ser presa de la droga o de la criminalidad.

Pensamos también en la multitud de familias pobres, en las que se aferran a una barca para poder sobrevivir, en las familias prófugas que migran sin esperanza por los desiertos, en las que son perseguidas simplemente por su fe o por sus valores espirituales y humanos, en las que son golpeadas por la brutalidad de las guerras y de distintas opresiones.
Pensamos también en las mujeres que sufren violencia, y son sometidas al aprovechamiento, en la trata de personas, en los niños y jóvenes víctimas de abusos también de parte de aquellos que debían cuidarlos y hacerlos crecer en la confianza, y en los miembros de tantas familias humilladas y en dificultad. Mientras tanto, “la cultura del bienestar nos anestesia y todas estas vidas truncadas por la falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera”.

Reclamamos a los gobiernos y a las organizaciones internacionales que promuevan los derechos de la familia para el bien común.

Cristo quiso que su Iglesia sea una casa con la puerta siempre abierta, recibiendo a todos sin excluir a nadie. Agradecemos a los pastores, a los fieles y a las comunidades dispuestos a acompañar y a hacerse cargo de las heridas interiores y sociales de los matrimonios y de las familias.

También está la luz que resplandece al atardecer detrás de las ventanas en los hogares de las ciudades, en las modestas casas de las periferias o en los pueblos, y aún en viviendas muy precarias. Brilla y calienta cuerpos y almas. Esta luz, en el compromiso nupcial de los cónyuges, se enciende con el encuentro: es un don, una gracia que se expresa -como dice el Génesis- cuando los dos rostros están frente a frente, en una “ayuda adecuada”, es decir semejante y recíproca.

El amor del hombre y de la mujer nos enseña que cada uno necesita al otro para llegar a ser él mismo, aunque se mantiene distinto del otro en su identidad, que se abre y se revela en el mutuo don. Es lo que expresa de manera sugerente la mujer del Cantar de los Cantares: “Mi amado es mío y yo soy suya? Yo soy de mi amado y él es mío”.

El itinerario, para que este encuentro sea auténtico, comienza en el noviazgo, tiempo de la espera y de la preparación. Se realiza en plenitud en el sacramento del matrimonio, donde Dios pone su sello, su presencia y su gracia. Este camino conoce también la sexualidad, la ternura y la belleza, que perduran aun más allá del vigor y de la frescura juvenil.

El amor tiende por su propia naturaleza a ser para siempre, hasta dar la vida por la persona amada. Bajo esta luz, el amor conyugal, único e indisoluble, persiste a pesar de las múltiples dificultades del límite humano, y es uno de los milagros más bellos, aunque también es el más común.

Este amor se difunde naturalmente a través de la fecundidad y la generatividad, que no es sólo la procreación, sino también el don de la vida divina en el bautismo, la educación y la catequesis de los hijos. Es también capacidad de ofrecer vida, afecto, valores, una experiencia posible también para quienes no pueden tener hijos. Las familias que viven esta aventura luminosa se convierten en un testimonio para todos, en particular para los jóvenes.

Durante este camino, que a veces es un sendero de montaña, con cansancios y caídas, siempre está la presencia y la compañía de Dios. La familia lo experimenta en el afecto y en el diálogo entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas. Además lo vive cuando se reúne para escuchar la Palabra de Dios y para orar juntos, en un pequeño oasis del espíritu que se puede crear por un momento cada día. También está el empeño cotidiano de la educación en la fe y en la vida buena y bella del Evangelio, en la santidad.

Esta misión es frecuentemente compartida y ejercitada por los abuelos y las abuelas con gran afecto y dedicación. Así la familia se presenta como una auténtica Iglesia doméstica, que se amplía a esa familia de familias que es la comunidad eclesial. Por otra parte, los cónyuges cristianos son llamados a convertirse en maestros de la fe y del amor para los matrimonios jóvenes.

Hay otra expresión de la comunión fraterna, y es la de la caridad, la entrega, la cercanía a los últimos, a los marginados, a los pobres, a las personas solas, enfermas, extrajeras, a las familias en crisis, conscientes de las palabras del Señor: “Hay más alegría en dar que en recibir”. Es una entrega de bienes, de compañía, de amor y de misericordia, y también un testimonio de verdad, de luz, de sentido de la vida.

La cima que recoge y unifica todos los hilos de la comunión con Dios y con el prójimo es la Eucaristía dominical, cuando con toda la Iglesia la familia se sienta a la mesa con el Señor. Él se entrega a todos nosotros, peregrinos en la historia hacia la meta del encuentro último, cuando Cristo “será todo en todos”. Por eso, en la primera etapa de nuestro camino sinodal, hemos reflexionado sobre el acompañamiento pastoral y sobre el acceso a los sacramentos de los divorciados en nueva unión.

Nosotros, los Padres Sinodales, pedimos que caminen con nosotros hacia el próximo Sínodo. Entre ustedes late la presencia de la familia de Jesús, María y José en su modesta casa. También nosotros, uniéndonos a la familia de Nazaret, elevamos al Padre de todos, nuestra invocación por las familias de la tierra:

Padre, regala a todas las familias la presencia de esposos fuertes y sabios, que sean manantial de una familia libre y unida.
Padre, da a los padres una casa para vivir en paz con su familia.

Padre, concede a los hijos que sean signos de confianza y de esperanza y a jóvenes el coraje del compromiso estable y fiel.

Padre, ayuda a todos a poder ganar el pan con sus propias manos, a gustar la serenidad del espíritu y a mantener viva la llama de la fe también en tiempos de oscuridad.

Padre, danos la alegría de ver florecer una Iglesia cada vez más fiel y creíble, una ciudad justa y humana, un mundo que ame la verdad, la justicia y la misericordia.


La Iglesia es de Cristo; los Obispos y el Papa tienen que custodiarla como servidores
Discurso del Santo Padre al final del Sínodo

Queridos: Eminencias, beatitudes, excelencias, hermanos y hermanas:

¡Con un corazón lleno de reconocimiento y de gratitud quiero agradecer junto a ustedes al Señor que nos ha acompañado y nos ha guiado en los días pasados, con la luz del Espíritu Santo!

Agradezco de corazón a S. E. Card. Lorenzo Baldisseri, Secretario General del Sínodo, S. E. Mons. Fabio Fabene, Sub-secretario, y con ellos agradezco al Relator S. E. Card. Peter Erdo; y el Secretario Especial S. E. Mons. Bruno Forte, a los tres Presidentes delegados, los escritores, los consultores, los traductores, y todos aquellos que han trabajado con verdadera fidelidad y dedicación total a la Iglesia y sin descanso: ¡gracias de corazón!
Agradezco igualmente a todos ustedes, queridos Padres Sinodales, Delegados fraternos, Auditores, Auditoras y Asesores por su participación activa y fructuosa. Los llevaré en las oraciones, pidiendo al Señor los recompense con la abundancia de sus dones y de su gracia.

Puedo decir serenamente que –con un espíritu de colegialidad y de sinodalidad– hemos vivido verdaderamente una experiencia de “sínodo”, un recorrido solidario, un “camino juntos”.

Y siendo “un camino” –como todo camino– hubo momentos de carrera veloz, casi de querer vencer el tiempo y alcanzar rápidamente la meta; otros momentos de fatiga, casi hasta de querer decir basta; otros momentos de entusiasmo y de ardor. Momentos de profunda consolación, escuchando el testimonio de pastores verdaderos (Cf. Jn. 10 y Cann. 375, 386, 387) que llevan en el corazón sabiamente, las alegrías y las lágrimas de sus fieles.

Momentos de gracia y de consuelo, escuchando los testimonios de las familias que han participado del Sínodo y han compartido con nosotros la belleza y la alegría de su vida matrimonial. Un camino donde el más fuerte se ha sentido en el deber de ayudar al menos fuerte, donde el más experto se ha prestado a servir a los otros, también a través del debate. Y porque es un camino de hombres, también hubo momentos de desolación, de tensión y de tentación, de las cuales se podría mencionar alguna posibilidad:

La tentación del endurecimiento hostil, esto es, el querer cerrarse dentro de lo escrito (la letra) y no dejarse sorprender por Dios, por el Dios de las sorpresas (el espíritu); dentro de la ley, dentro de la certeza de lo que conocemos y no de lo que debemos todavía aprender y alcanzar. Es la tentación de los celantes, de los escrupulosos, de los apresurados, de los así llamados “tradicionalistas” y también de los intelectualistas.

La tentación del “buenismo” destructivo, que a nombre de una misericordia engañosa venda las heridas sin primero curarlas y medicarlas; que trata los síntomas y no las causas y las raíces. Es la tentación de los “buenistas”, de los temerosos y también de los así llamados “progresistas y liberalistas”.

La tentación de transformar la piedra en pan para romper el largo ayuno, pesado y doloroso (Cf. Lc 4, 1-4) y también de transformar el pan en piedra, y tirarla contra los pecadores, los débiles y los enfermos (Cf. Jn 8,7), de transformarla en “fardos insoportables” (Lc 10,27).

La tentación de descender de la cruz, para contentar a la gente, y no permanecer, para cumplir la voluntad del Padre; de ceder al espíritu mundano en vez de purificarlo y inclinarlo al Espíritu de Dios.

La tentación de descuidar el ”depositum fidei”, considerándose no custodios, sino propietarios y patrones, o por otra parte, la tentación de descuidar la realidad utilizando una lengua minuciosa y un lenguaje pomposo para decir tantas cosas y no decir nada.

Queridos hermanos y hermanas, las tentaciones no nos deben ni asustar ni desconcertar, ni mucho menos desanimar, porque ningún discípulo es más grande de su maestro; por lo tanto si Jesús fue tentado –y además llamado Belcebú (Cf. Mt 12,24)– sus discípulos no deben esperarse un tratamiento mejor.

Personalmente, me hubiera preocupado mucho y entristecido si no hubiera habido estas tensiones y estas discusiones animadas; este movimiento de los espíritus, como lo llamaba San Ignacio (EE, 6) si todos hubieran estado de acuerdo o taciturnos en una falsa y quietista paz.

En cambio, he visto y escuchado –con alegría y reconocimiento– discursos e intervenciones llenos de fe, de celo pastoral y doctrinal, de sabiduría, de franqueza, de coraje y parresía. Y he sentido que ha sido puesto delante de sus ojos el bien de la Iglesia, de las familias y la “suprema lex”: la “salus animarum” (Cf. Can. 1752).

Y esto siempre sin poner jamás en discusión la verdad fundamental del sacramento del matrimonio: la indisolubilidad, la unidad, la fidelidad y la procreatividad, o sea la apertura a la vida (Cf. Cann. 1055, 1056 y Gaudium et Spes, 48).

Esta es la Iglesia, la viña del Señor, la Madre fértil y la Maestra premurosa, que no tiene miedo de arremangarse las manos para derramar el aceite y el vino sobre las heridas de los hombres (Cf. Lc 10,25-37); que no mira a la humanidad desde un castillo de vidrio para juzgar y clasificar a las personas.

Esta es la Iglesia Una, Santa, Católica y compuesta de pecadores, necesitados de Su misericordia. Esta es la Iglesia, la verdadera esposa de Cristo, que busca ser fiel a su Esposo y a su doctrina. Es la Iglesia que no tiene miedo de comer y beber con las prostitutas y los publicanos (Cf. Lc 15).

La Iglesia que tiene las puertas abiertas para recibir a los necesitados, los arrepentidos y ¡no sólo a los justos o aquellos que creen ser perfectos! La Iglesia que no se avergüenza del hermano caído y no finge no verlo, al contrario, se siente comprometida y obligada a levantarlo y a animarlo a retomar el camino y lo acompaña hacia el encuentro definitivo con su Esposo, en la Jerusalén celeste.

¡Esta es la Iglesia, nuestra Madre! Y cuando la Iglesia, en la variedad de sus carismas, se expresa en comunión, no puede equivocarse: es la belleza y la fuerza del 'sensus fidei', de aquel sentido sobrenatural de la fe, que viene dado por el Espíritu Santo para que, juntos, podamos todos entrar en el corazón del Evangelio y aprender a seguir a Jesús en nuestra vida, y esto no debe ser visto como motivo de confusión y malestar.

Tantos comentadores han imaginado ver una Iglesia en litigio donde una parte está contra la otra, dudando hasta del Espíritu Santo, el verdadero promotor y garante de la unidad y de la armonía en la Iglesia. El Espíritu Santo, que a lo largo de la historia ha conducido siempre la barca, a través de sus ministros, también cuando el mar era contrario y agitado y los ministros infieles y pecadores.

Y, como he osado decirles al inicio, era necesario vivir todo esto con tranquilidad y paz interior también, porque el sínodo se desarrolla 'cum Petro et sub Petro', y la presencia del Papa es garantía para todos.

Por lo tanto, la tarea del Papa es garantizar la unidad de la Iglesia; recordar a los fieles su deber de seguir fielmente el Evangelio de Cristo; recordar a los pastores que su primer deber es nutrir a la grey que el Señor les ha confiado y salir a buscar –con paternidad y misericordia y sin falsos miedos– a la oveja perdida.
Su tarea es recordar a todos que la autoridad en la Iglesia es servicio (Cf. Mc 9,33-35), como ha explicado con claridad el Papa emérito Benedicto XVI con palabras que cito textualmente: “La Iglesia está llamada y se empeña en ejercitar este tipo de autoridad que es servicio, y la ejercita no a título propio, sino en el nombre de Jesucristo… a través de los Pastores de la Iglesia, de hecho, Cristo apacienta a su grey: es Él quien la guía, la protege y la corrige, porque la ama profundamente”.

“Pero el Señor Jesús, Pastor supremo de nuestras almas, ha querido que el Colegio Apostólico, hoy los Obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro … participaran en este misión suya de cuidar al pueblo de Dios, de ser educadores de la fe, orientando, animando y sosteniendo a la comunidad cristiana, o como dice el Concilio, 'cuidando sobre todo que cada uno de los fieles sean guiados en el Espíritu santo a vivir según el Evangelio su propia vocación, a practicar una caridad sincera y operosa y a ejercitar aquella libertad con la que Cristo nos ha librado' (Presbyterorum Ordinis, 6)”

“Y a través de nosotros –continua el Papa Benedicto– el Señor llega a las almas, las instruye, las custodia, las guía. San Agustín en su comentario al Evangelio de San Juan dice: 'Sea por lo tanto un empeño de amor apacentar la grey del Señor' (123,5); esta es la suprema norma de conducta de los ministros de Dios, un amor incondicional, como el del buen Pastor, lleno de alegría, abierto a todos, atento a los cercanos y premuroso con los lejanos (Cf. S. Agustín, Discurso 340, 1; Discurso 46,15), delicado con los más débiles, los pequeños, los simples, los pecadores, para manifestar la infinita misericordia de Dios con las confortantes de la esperanza (Cf. Id., Carta 95,1)” (Benedicto XVI Audiencia General, miércoles, 26 de mayo de 2010).

Por lo tanto, la Iglesia es de Cristo –es su esposa– y todos los obispos del sucesor de Pedro tienen la tarea y el deber de custodiarla y de servirla, no como patrones sino como servidores. El Papa en este contexto no es el señor supremo, sino más bien el supremo servidor –“Il servus servorum Dei”; el garante de la obediencia , de la conformidad de la Iglesia a la voluntad de Dios, al Evangelio de Cristo y al Tradición de la Iglesia, dejando de lado todo arbitrio personal, siendo también – por voluntad de Cristo mismo –”el Pastor y Doctor supremo de todos los fieles” (Can. 749) y gozando “de la potestad ordinaria que es suprema, plena, inmediata y universal de la iglesia” (Cf. Cann. 331-334).
Queridos hermanos y hermanas, ahora todavía tenemos un año para madurar, con verdadero discernimiento espiritual, las ideas propuestas, y para encontrar soluciones concretas a las tantas dificultades e innumerables desafíos que las familias deben afrontar; para dar respuesta a tantos desánimos que circundan y sofocan a las familias; un año para trabajar sobre la “Relatio Synodi”, que es el resumen fiel y claro de todo lo que fue dicho y discutido en este aula y en los círculos menores.

¡El Señor nos acompañe y nos guíe en este recorrido para gloria de Su Nombre con la intercesión de la Virgen María y de San José! ¡Y por favor no se olviden de rezar por mí!


¿Yugo, vínculo... o comunión?

Juan Masiá, sj
www.religiondigital.com/141014

Con ocasión del Sínodo extraordinario sobre la familia, proliferan los debates sobre la llamada -impropiamente- indisolubilidad matrimonial. Pero se echa de menos una reflexión antropológica y teológica que asuma con lucidez y serenidad el carácter procesual de la relación de "dos personas uniéndose" en "comunión de vida y amor".

Por eso cuestiono con interrogación, en el título de estas líneas, las metáforas clásicas del yugo y el vínculo, insuficientes para expresar la riqueza y belleza de la imagen definitoria de comunión, que es la que usa el Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et spes, n. 48 al describir el matrimonio como "comunidad de vida y amor".

El yugo que unce forzadamente la pareja animal para tirar de la carreta se coloca en un momento. El vínculo que empalma con candado los eslabones de la cadena se cierra en un momento. Los trámites legales que certifican el consentimiento conyugal se firman en un momento. Pero la unión de dos personas en comunión de vida y amor no es momento, sino proceso; no es efecto instantáneo de una declaración legal, ni de una fusión biológica, ni de un sortilegio mágico, ni siquiera de una bendición religiosa; no es una foto estática y muerta, sino un proceso dinámico y vivo.

Se tarda toda una vida en realizarlo, pero a veces no se logra, se interrumpe o se vulnera. Requiere, en unos casos, sanación; en otros, rehacer el camino de la vida.

Por eso no he puesto en el subtítulo "la pareja unida", sino "la pareja uniéndose". La boda es un momento (aunque la ceremonia dure tres cuartos de hora), pero el matrimonio es un proceso. La indisolubilidad matrimonial (no jurídica, sino antropológica) no es un carácter sellado a fuego como la divisa de un toro de lidia, sino una meta, fin y horizonte del proceso para hacerse una persona en dos personas. "Serán los dos un solo ser" (Gen 2, 24; Mt 19, 4). Es decir, lo serán... si realizan esa unión a lo largo de la vida, pero no lo son ya automática y mágicamente en este instante de decir "sí, quiero".

El "sí, quiero" no es una fórmula mágica que produzca automáticamente un vínculo indisoluble. Y el coito completo de una primera noche (que no será necesariamente la primera...) tampoco basta para producir automáticamente lo que los canonistas llaman "consumación del matrimonio". Para la boda, basta media hora. Para la consumación del matrimonio "de manera humana" (¡como dice hasta el mismísimo derecho canónico!, en el canon n. 1061: humano modo), si y cuando se consuma, se tarda toda una vida. Una pareja engendradora de familia numerosa puede, al cabo de los años, descubrir que no ha consumado su matrimonio como comunión de vida y amor y puede encontrarse ante el dilema de separarse o reconciliarse...

Los guionistas de telefilmes cuidan mucho el dramatismo de la escena del "Sí, quiero", sobre todo si el guión exige que la novia diga "No" y haga las delicias de cámaras y espectadores, batiendo records de audiencia con su salida apresurada hacia la puerta de la Iglesia. Pero ni el "sí" emocionado es un abracadabra que cree el vínculo, ni una noche juntos en cama produce una unión indisoluble, ni siquiera aunque resulte un embarazo.

En el latín de los canonistas, tras un coito completo se llama al matrimonio consummatum, es decir, consumado. El derecho canónico se refiere al "acto conyugal mediante el cual los cónyuges se hacen una sola carne". Pero en el lenguaje bíblico, en hebreo, "carne" no son solo proteínas, tejidos, órganos, genitalidad, etc., sino "cuerpo animado y personal".

Bíblicamente y antropológicamente, unión carnal no es sinónimo de coito, sino de unión corpóreo-personal duradera. La unión física de decenas de coitos puede ser compatible con la realidad de que la unión de esas dos personas siga siendo sinfonía incompleta. La unión y consumación personal es un proceso que lleva tiempo y a veces se interrumpe a mitad de camino. Unas veces por causa de una de las partes; otras veces, por causa de las dos partes; otras veces, sin ser por causa de ninguna de los dos, sino por circunstancias externas a ambas partes. Si la ruptura es reparable, se buscará recomponer lo vulnerado. Si es irreversible, habrá que buscar sanación para ambas partes y apoyo para rehacer el camino de la vida.

Los guionistas de telefilmes destacan en primer plano tres frases socialmente correctas, pero mal interpretadas; también religiosamente correctas, pero que se prestan a confusión. Se trata de las tres palabras siguientes, que corren peligro de convertirse en sortilegios ominosos: 1) Los declaro marido y mujer. 2) Hasta que la muerte los separe. 3) Lo que Dios ha unido no lo separemos los humanos.

Repensemos antropológica y teológicamente estas tres frases.

1) "Los declaro marido y mujer". Estas palabras, dichas por un oficiante (civil o religioso) no es un "abracadabra" que produzca mágicamente la unión matrimonial. Debería interpretarse así: "Doy fe (como testigo, en nombre de la sociedad civil o, en su caso, en nombre de la iglesia) de que se han prometido mutuamente comprometerse, a partir de ahora, con el proceso de convertirse en marido y mujer, re-eligiendo cada día esta elección mutua que han hecho hoy (que eso es, al fin y al cabo, la fidelidad: re-elegir una elección continuamente para convertirla así en algo indisoluble). Diría el oficiante: no los caso yo (ni un juez civil, ni un oficiante religioso), sino que se casan ustedes; más exactamente, se prometen ir casándose día a día a partir de ahora. Hoy es la ceremonia de la boda. A partir de ahora comienza el proceso del matrimonio.

2) "Hasta que la muerte los separe". Podría parafrasearse así: "Hasta que la vida los una, hasta que la realización de esta promesa de hoy a lo largo de una vida hasta la muerte los una por completo, hasta que logren convertir esta unión en algo indisoluble, construyendo juntos una "comunión de vida y amor" que los acabe de unir por completo. Y si se produce, lamentablemente, otra clase de muerte que la muerte física, por ejemplo, la muerte del amor o la muerte de condiciones que apoyaban la fidelidad a la promesa, y resulta una ruptura irreversible, entonces en ese caso, ojalá tanto ustedes como quienes los acompañamos sepamos y podamos hallar recursos de sanación, reconciliación o reanudación del camino de la vida.

3) "Lo que Dios ha unido no lo separemos los humanos". Esta frase bíblica, dicha en el colofón de la ceremonia de la boda, necesita reformularse así: "Lo que Dios ha bendecido hoy, es decir, esta promesa que se han hecho los esposos, cooperemos a que se cumpla". Cuando a lo largo de la vida se logre esa unión, entonces podrá decirse por primera vez que Dios los ha unido. Porque la manera que tiene Dios de unirlos es mediante el cumplimiento por ellos de la promesa de fidelidad que se han hecho. Y en los casos en que la vulnerabilidad humana impida la consumación de esa unión y sea necesario sanar, recomponer, reparar o, en su caso, perdonar o ayudar a rehacer de nuevo el camino de la vida, entonces también estará ahí Dios para acoger, acompañar y apoyar los pasos siguientes. En el caso de una segunda y nueva promesa de unión habrá que decir (mal que les pese a los fundamentalistas religiosos condenadores): "Lo que Dios ha perdonado, sanado o restaurado, que no lo condenen los eclesiásticos"...


El Congreso brasileño más conservador desde la dictadura

Agnese Marra
www.publico.es/121014

Tras la sorpresa de la primera vuelta electoral, Brasil intenta descifrar las tendencias ideológicas de un nuevo Congreso que ha renovado un 47% de la Cámara de los Diputados y que ha incorporado seis nuevos partidos, sumando un total de 28. A principios de la semana el DIAP (Departamento Intersindical de Asesoría Parlamentar) denunciaba el conservadurismo que apuntaban los primeros datos: "Este Congreso es seguramente el más conservador desde el fin de la dictadura", aseguraba su director, Antônio Augusto Queiroz.

El PT está entre los tres partidos que ha perdido más votos en esta elección

Los asientos que pertenecían a representantes sindicales han disminuido casi un 50%, de 83 a 46 asientos. El número de diputados asociados a movimientos sociales también se ha reducido a la mitad, mientras que los vinculados a la Policía y a las Fuerzas Armadas, conocidos como la "Bancada da bala" (lobby de la industria armamentística) han aumentado un 30%, según datos del DIAP. Lo mismo ha sucedido con los representantes de la "Bancada Evangélica" que ha incrementado en un 14% su espacio en el Congreso. Considerada una de las alas más conservadoras, en diversas ocasiones han descrito a los homosexuales como "enfermos", y tienen entre sus principales preocupaciones convertir el aborto en crimen hediondo.

A pesar de mantenerse líder en el Congreso, el PT está entre los tres partidos que ha perdido más votos en esta elección. En la Cámara de los Diputados han pasado de 88 a 70 asientos, lo que les hace más dependientes de su principal aliado, el conservador PMDB, que se mantiene como segunda fuerza en la Cámara y primera del Senado. El PSDB, el partido de Aécio Neves, adversario de Dilma en el segundo turno, ha aumentado sus diputados en la Cámara, pero también ha perdido a dos de sus representantes en el Senado, manteniéndose la tercera fuerza del Congreso.

El PMDB y la mayoría del agronegocio
Los grandes ganadores han sido los terratenientes del campo y sus políticos afines. El Frente Parlamentario Agropecuario (FPA), conocido como "Bancada ruralista", la mayor del Congreso, ha aumentado un 33% sumando 273 asientos entre diputados y senadores. En la Cámara de los Diputados junto a otros 131 parlamentarios vinculados al agronegocio, conseguirían una mayoría de 257 representantes del sector ruralista (políticos dueños de grandes latifundios), frente a los 256 no ruralistas.

Entre sus prioridades está la aprobación de la Propuesta de Enmienda Constitucional que haría que la demarcación de las tierras indígenas fuera una cuestión del Legislativo y no de la Funai (Fundación Nacional del Indio), lo que sería un retroceso para la causa indígena, ya que con mayoría ruralista en el Congreso, sus tierras se reducirían a la mínima expresión.

"La presidenta Dilma gobierna a expensas del PMDB, un partido lleno de terratenientes"

El PMDB es el partido mayoritario de esta bancada formada también por otras agrupaciones. Este año ha vuelto a conseguir una mayoría en el Senado que les servirá para implementar políticas favorables a los terratenientes y vetar aquellas que les perjudiquen. Según el periodista brasileño Alceu Castilho, en su libro Partido de la Tierra, en 2010 el PMDB fue el partido dentro del Congreso nacional con mayor número de senadores, diputados autonómicos y nacionales propietarios de grandes latifundios. "La presidenta Dilma gobierna a expensas del PMDB, un partido lleno de coroneles (terratenientes). Su vicepresidente, Michel Temer, tiene en Goiás (Estado cuya capital es Brasilia) varias hectáreas", denuncia Castilho en su citado libro.

Los grandes latifundios son los que más están ganando con las políticas neoliberales basadas en la explotación del terreno para la exportación de comodities. De 1997 a 2013, el agronegocio hizo que el saldo de la balanza comercial pasara de 15 billones de dólares a 80 billones. En este sentido Castilho afirmaba en una conferencia: "Estos hombres públicos poseen intereses directos en relación al territorio brasileño. No es que tengamos una bancada ruralista, más bien tenemos un sistema político ruralista".

Pero el PMDB no es sólo un partido de terratenientes, sino que es la formación que en las últimas décadas se ha convertido en aliada del Gobierno ganador, permitiendo gobernabilidad dentro de un Congreso eternamente fragmentado. A cambio se han llevado varias carteras ministeriales, apoyos en diversos estados e incluso, en el actual mandato de Dilma, la vicepresidencia del Gobierno, con Michel Temer como representante de la formación.

El papel de las empresas

El giro conservador del congreso ha dado lugar a diversas teorías. El descontento de la sociedad y las manifestaciones de junio de 2013 son la respuesta mayoritaria. Sin embargo, el director del DIAP lo achaca a la desinformación de la ciudadanía en relación al papel del Legislativo, y añade una razón más: el alto costo de las campañas. A través de las donaciones, las grandes empresas tienen un papel fundamental en las elecciones y un gran poder de persuasión en el Congreso. "La pérdida de asientos de representantes sindicales está claramente relacionada a estas donaciones. Los sindicalistas por su formación no tienen el hábito de buscar a empresarios para pagar la campaña", señalaba Queiroz en el blog Conversa Fiada.

Los movimientos sociales son los principales afectados por este nuevo Congreso

Los 513 diputados elegidos para la próxima legislatura recibieron algo más de 80 millones de dólares para financiar sus campañas. El conglomerado JBS (dueño de marcas de carne como Friboi o Seara) el grupo minero Vale, y las constructoras Queiroz Galvão, UTC y Odebrecht, se perfilan como las principales inversoras de los diputados, según el informe de la ONG Transparencia Brasil. "Estas empresas tendrán un poder de influencia mucho mayor que otros donantes. De ahí nace el peligro de que los diputados no aguanten las presión de sus financiadores", decía el autor del informe, Claudio Weber Abramo,en el Estado de São Paulo.

Retroceso de derechos

Los movimientos sociales son los principales afectados por este nuevo Congreso. Pautas como el matrimonio civil homosexual, la liberación del aborto, la defensa de los derechos indígenas o la legalidad de la marihuana, parecen casi imposibles de salir adelante. La propuesta de reducción de la edad de mayoría penal de 18 a 16 años de edad, podría llegar a ser Ley en manos de este nuevo Congreso que tiene una "bancada da bala" más fortalecida, cuyo lema es: "Bandido bueno es bandido muerto".

El grado de retroceso de derechos dependerá del resultado del segundo turno y de a quién ofrezca su apoyo el PMDB. Hasta el momento esta formación se mantiene como aliada de Dilma Rousseff, pero este grupo se caracteriza por unirse a quien gane en el Gobierno, por lo tanto sería muy probable que en el caso de que venciera Aécio Neves, el PMDB dejara al PT aislado. Si la ganadora fuera Rousseff, lo más probable es que el PMDB se mantuviera como aliado y entre ambos partidos conseguirían una mayoría en el Congreso. De este modo, la presidenta Dilma podría vetar algunas propuestas más conservadoras y mantener un equilibrio.