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Pensar la historia a partir de un ensayo de Alfredo Castillero C.

 Por Olmedo Beluche 


El historiador panameño Alfredo Castillero Calvo ha escrito un ensayo que debe usarse para debatir en los cursos de teoría y metodología de la historia, y por extensión de todas las ciencias sociales. Nos referimos a “Pensar la historia: Propuestas epistemológicas” (Castillero, 2023), con el cual va más allá de su prolífica obra sobre la conquista y período colonial en el istmo de Panamá, e incluso de esos amenos artículos con los que cada domingo nos hacía disfrutar con aspectos, muchas veces jocosos, de la vida cotidiana en la colonia. Con este ensayo, que cierra un ciclo, Castillero pasa a dialogar sobre el oficio de historiador.  

Personalmente confieso que no solo lo leí con el interés con el que sigo todo lo que escribe Castillero, sino que este ensayo me ha hecho reflexionar. De esa reflexión puedo afirmar que suscribiría la mayor parte de lo dicho en “Pensar la historia: Propuestas epistemológicas”, por Castillero. Pero no todo. Ahí está justamente el debate académico del que seguramente se podrá sacar más jugo del aporte que nos ha regalado el maestro Castillero. 

¿Qué dice Alfredo Castillero? 

 De salida afirma: “Los hechos históricos no se comportan linealmente, ni son el resultado de procesos que tienen un solo origen”. Los hechos históricos son de “causalidad múltiple”. Define la historia como “un proceso de cambios”, en los que algunos tardan siglos en madurar y otros irrumpen de manera no prevista, de allí lo “imponderable” de la historia. “Ni un principio anticipa el fin, ni siempre es fácil reconocer el origen de lo que vino después”. 

Luego desliza una crítica al marxismo (o a cierto marxismo mecanicista). “No se puede reducir el estudio del pasado solo a conflictos de clase, ni a todo fenómeno subyace una razón económica, porque la historia no es tan simple, ni está hecha de categorías abstractas, sino de individuos concretos…”. 

Castillero rescata el peso en los hechos de la historia de factores subjetivos como el poder, la codicia o las mentalidades. “… no siempre lo que decide es lo económico. Muchas veces el gran motor de cambio son los sueños, las mentalidades, los mitos e ilusiones de los pueblos”.  

Respecto a la relación entre lo económico y la cultura (o ideología), Castillero dice: “El materialismo histórico nos ha acostumbrado a pensar que el estudio del primero debe explicar el segundo…”. Al respecto, más adelante pone el ejemplo del período colonial, en el que las motivaciones de las personas estaban más en lo espiritual que en lo económico. 

Si bien esto puede ser aplicable a algunos autores, no es el caso de la mayoría de los historiadores (as) marxistas de muy alta calidad y que, con seguridad él conoce.  Para mencionar algunos, citemos a los reputados marxistas británicos: Maurice Dobb, Rodney Hilton, Christopher Hill, Eric J. Hobsbawm y Edward P. Thompson. 

En realidad lo que el marxismo señala es que existe una relación entre la organización social, no solo económica, con las formas de pensar de una época, con la cultura “inmaterial”. No un “determinismo económico”. 

Respecto a la relación economía y cultura (superestructura) saca una conclusión importante: “Pero también esos dos polos -el de lo material y el del espíritu- pueden incitarse mutuamente en una inagotable relación dialéctica en la que a veces no se sabe dónde encontrar el origen de sus ritmos, discernir el predominio de una fuerza sobre otra”. Pues esto justamente es lo que plantea el método marxista, la relación “dialéctica” entre organización social (no solo economía) y cultura. 

Advierte que, para hacer historia científica, hay que evitar hacerlo en base a criterios ideológicos, partidistas, familiares o provincianos. Estos vicios conducen a una historia sin base documental la cual termina en mito. “La materia prima de la historia es el pasado, y al pasado nos asomamos con evidencias documentales, no mediante abstracciones… basadas en elucubraciones teóricas…”. 

Respecto a los enfoques cuantitativos vs cualitativos, Castillero advierte, hablando del primer método contra el “falso rigor” de la cita documental y del análisis estadístico, porque a veces el documento o el “dato” (agregamos) no lo dice todo, porque “… la labor del historiador es hacer hablar los textos donde estos callan, no someterse servilmente a su estricta literalidad”. Y sobre los enfoques cualitativos hay que cuidarse de la especulación sin evidencias.   

Destaca la importancia de los objetos para comprender la cultura de cada época porque permite convertir la “anécdota en historia densa”, y cita al norteamericano Clifford Geertz, padre de la antropología simbólica, como referente en este tema. 

Posteriormente, Castillero analiza la importancia de las crisis históricas porque en ellas la sociedad expresa claramente sus angustias, miedos y odios. En las crisis sobreviene un “aluvión de testimonios” de diverso tipo, que hace que los hechos resplandezcan “como relámpago en la noche oscura y muestran, de golpe, un horizonte que ni siquiera sospechábamos”. Volviendo a las cuestiones de método señala que el historiador debe partir por un conjunto de preguntas, y cita a Lucien Febvre: “Formular un problema es el comienzo y el fin de toda la historia. Sin problemas no hay historia”.  

También aborda el problema de la historia tradicional afirmando: “La mayoría de los panameños comparte una visión del pasado dominada por lugares comunes, falsificaciones, ambigüedades, omisiones y mitos. A esa visión subyace una concepción epistemológica de la historia profundamente tradicionalista y conservadora.  Tradicionalista porque prefiere la anécdota al análisis y confunde la historia con meras cronologías… Conservadora, porque le incomoda la posibilidad de enfoques revisionistas que pudieran cuestionar los hitos sobre los que descansan los valores de una alegada identidad nacional en la que no hay sombras ni manchas de dudas”. Coincido plenamente. 

Criticando esos enfoques tradicionalistas opina Castillero, que creen que hacer historia consiste solo en narrar hechos, cuando en realidad “cada dato debe ser interpretado y toda historia debe ser explicada” (tomar nota). “Sin embargo, no debemos olvidar que no hay historia sin hechos… sin pruebas”. 

Aunque señala que se puede hacer historia de múltiples maneras, dependiendo de los criterios de cada historiador (a), todas legítimas, siempre que se atengan a los hechos, y que incluso la microhistoria aporta luces, Castillero termina abogando por la “historia total”: “… debemos intentar en la medida de las posibilidades documentales, reconstruir la mayor cantidad de espacios de pasado para observarlos como conjunto armónico y coherente…”. 

El último subtítulo lo denomina “Memoria, historia e identidad”, y empieza citando a Fernand Braudel cuando dice que: “El tiempo pasado no es nunca totalmente pasado, y algunas veces el presente está más cerca del pasado que del porvenir”. 

Para culminar en la parte más controversial de este ensayo, a mi modo de ver, cuando afirma que a veces la realidad histórica nos empuja a un destino que no podemos controlar. Hablando de Panamá: “Después de todo, nuestra posición geográfica jalonó nuestra historia desde el comienzo y la sigue jalonando”. “La identidad de los pueblos se sustenta sobre la conciencia de su pasado. Mientras más fuerte es esa identidad más sólida es su sentido de historicidad, de pertenencia a un pasado común”.  

“Nuestro nacionalismo, al igual que le nacimiento del liberalismo, …, se originó en el siglo XIX… Pero si el nacionalismo y el trasfondo ideológico que le sirve de base, han constituido los soportes fundamentales de nuestra legitimación como pueblo y como unidad nacional, es necesario que esa legitimación tenga apoyo en la conciencia histórica” (ojo).  

Esto último me recuerda un mandato de Carlos Gasteazoro para los historiadores panameños en el sentido de que debían buscar en el pasado colonial y del siglo XIX las particularidades que nos diferenciaran de Colombia, ya que los historiadores panameños de aquella época no lo hicieron (Gasteazoro, 1970). Poner lo que no estaba, pero que sirva a la legitimación del estado nación nacido el 3 de noviembre de 1903. 

 

Reflexiones críticas a los aportes epistemológicos de Castillero 

A.    No discuto aquello con lo que estoy plenamente de acuerdo: la historia es un libro abierto y, en buena medida imponderable, porque los factores que intervienen en ella son tantos que es muy difícil predecirla; factores objetivos y subjetivos; y no puede ser reducida a un solo factor, así sea el económico como hace cierto marxismo mecanicista. Por eso, ni el tirano más poderoso puede controlar por completo una sociedad, ni el historiador más sagaz es capaz de predecir el futuro con certeza. 

 

B.     La historia es un libro abierto, pero es posible encontrar en ella tendencias, regularidades y, de hecho, se pueden hacer, y se hacen, pronósticos de tipo probabilísticos o hipotético-deductivos. Si no fuera así, la “historia científica” de la que habla Castillero no sería posible porque tendríamos un caos en el que solo quedaría aplicar un “individualismo metodológico”, es decir, meras descripciones anecdóticas de las que no se podrían sacar conclusiones. 

 

C.     La historia, para que sea ciencia, como desea Castillero, busca en el mar de hechos que parecen caóticos, establecer algún orden lógico, racional. Y con qué instrumentos vamos a los hechos (documentos, registros o datos) a encontrar el orden racional de las cosas: vamos armados con un instrumental teórico, con categorías (como diría Kant), con conceptos teóricos con los que cotejamos los hechos y los ordenamos. 

 

D.    Es ahí donde hay que recatar, entre tantos aportes teóricos en historia y ciencias sociales el materialismo histórico, que Castillero parece rechazar en bloque, porque ha aportado un aparato conceptual que permite poner luz, o ayudar a comprender muchos hechos históricos y sociales.  

 

E.     Castillero cita a Fernand Braudel, de cuya corriente abrevó en sus ensayos de juventud, por lo que sabe muy bien que la “escuela de los anales” en general, y la historia económica debe muchísimo a la teoría marxista o materialismo histórico. Porque, después de todo, el concepto “larga duración” tiene una deuda con la categoría marxista de “modo de producción”.  

 

F.      Otro ejemplo, entre muchísimo, en los que el marxismo ha puesto luz: ¿A qué se debió la Segunda Guerra Mundial? ¿A la “locura” de Hitler como pretende cierta perspectiva ideológica norteamericana? ¿O fue un conflicto entre intereses capitalistas por el control de los mercados mundiales? ¿A qué se debe la guerra ruso-ucraniana, a la ambición desquiciada de Putin, como dicen algunos medios de comunicación, o hay algo más profundo respecto al control planetario por parte de potencias imperialistas? El método marxista ayuda a responder estas preguntas con mucho rigor científico y factual, superando las interpretaciones sicológicas y caricaturescas de claro corte ideológico.  

 

G.    Por otro lado, Castillero no puede dejar de reconocer que, en la relación entre potencias imperialistas y sociedades coloniales y semicoloniales, la variante marxista latinoamericana denominada Teoría de la Dependencia ha aportado considerablemente. 

 

H.    El método marxista también ayuda a comprender la historia de Panamá: ¿En la separación de Colombia jugaron algún factor intereses capitalistas materializados en la Compañía Nueva del Canal, la Panamá RailRoad Co., J. P. Morgan y el abogado William N. Cromwell? ¿O todo se reduce al “fervor patriótico” de J. A. Arango y Manuel Amador Guerrero? ¿Por cierto, estos últimos personajes guardaban alguna relación con los primeros? De nuevo, solo un método que diseccione los profundos nexos entre intereses económicos foráneos y locales puede ayudarnos a conocer las motivaciones reales de los actores de la separación de Colombia, superando el cúmulo de falsedades y medias verdades que rodean el acontecimiento en la historia oficial panameña. 

 

I.       Si bien, como dice Castillero, no todos los hechos históricos son reducibles a razones económicas o clasistas, buena parte de esos hechos sociales e históricos sólo se entienden gracias al instrumental teórico aportado por la teoría marxista. Podríamos seguir ejemplificando el enorme poder del materialismo histórico para entender las sociedades, por ejemplo: ¿Las próximas elecciones de 2024 en Panamá son una competencia democrática entre proyectos, como dicen algunos políticos, o hay inconfesables intereses crematísticos detrás de la mayoría de los partidos y sus candidatos? 

 

J.       Por supuesto, lo material o económico no lo explica todo, pero muchas veces, sobre todo en los trazos gruesos de la historia, es posible establecer una relación entre el “mundo material” y el “mundo espiritual”. Por eso coincido plenamente por lo dicho por Alfredo Castillero Calvo cuando afirma: “Pero también esos dos polos -el de lo material y el del espíritu- pueden incitarse mutuamente en una inagotable relación dialéctica en la que a veces no se sabe dónde encontrar el origen de sus ritmos, discernir el predominio de una fuerza sobre otra”. Exactamente ese es el criterio del marxismo no mecanicista. 

 

K.    Nos ilustró en ese sentido una clase con el profesor Guillermo Castro en la Maestría de Estudios Políticos de la Universidad de Panamá, señalando la relación entre las corrientes pictóricas mexicanas y la historia política del país. Mientras en el período colonial prevalecían pinturas con temas religiosos y personajes notables del Virreinato de la Nueva España; durante el “Porfiriato” destacaban los retratos de burgueses y de paisajes en que aparecían las nuevas tecnologías, como el ferrocarril; la pintura muralista nació con la Revolución de 1910, llenándose sus temas de los actores centrales de aquella gesta: campesinos, indígenas, pueblo. Podríamos aportar muchísimos otros ejemplos como éste, en el que el enfoque marxista aporta enormemente a la comprensión de los hechos históricos. 

 

L.     Fue el filósofo Hegel el que se preguntó si la historia humana obedecía a alguna lógica, si se movía en algún sentido, o si era solo repetición infinita, como creían algunas culturas, o su objetivo era la segunda venida de Jesucristo, como creía el cristianismo. De esa reflexión nació la “filosofía de la historia”, pero, como Hegel era idealista y metafísico, dijo que la historia era el desarrollo de la Idea Absoluta que se había alienado de sí misma, y que debía reencontrarse como conciencia humana en la sociedad moderna europea. Hizo falta que llegara Carlos Marx para aportar una mejor interpretación, señalando que la historia humana encuentra su sentido en la búsqueda de la sobrevivencia como especie, lo que implica satisfacer las necesidades humanas, empezando con las fisiológicas y continuando con las “espirituales”, mediante el trabajo. Y que el tono de cada sociedad en concreto se obtiene de la forma específica en que organiza el trabajo socialmente y de las variantes tecnológicas (fuerzas productivas) que el ingenio humano va creando.  

 

M.   Los historiadores postmodernos, más pesimistas e individualistas, prefieren la Tesis IX de Walter Benjamin en la que, a partir de un cuadro de Klee, “Angelus Novus”, éste define el ángel de la historia como el de ese cuadro que, empujado por el viento avanza con el rostro vuelto hacia el pasado. “Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se las va arrojando a los pies”. 

 

N.    En mis clases de teoría sociológica siempre digo a los estudiantes que todos los enfoques teóricos de las ciencias sociales recogen un elemento de verdad y tienen un ámbito de validez o utilidad, dependiendo de a qué asunto se apliquen. Que el problema está cuando se eleva al absoluto un solo método para todos los problemas. De manera que, cuando se analizan los grandes conflictos sociales e históricos, el materialismo histórico nos ayuda profundamente, pero no es muy útil si hacemos microsociología o microhistoria. 

 

O.    La parte más discutible del extraordinario ensayo aportado por Alfredo Castillero es la que se refiere a lo concreto, a Panamá. Porque me da la impresión de que hay una contradicción con lo expuesto al inicio, ya que parece apelar a cierto “determinismo” geográfico o histórico respecto a los habitantes del istmo de Panamá, muy característico de la historia oficial panameña.  

 

P.      Cuando afirma: “Después de todo, nuestra posición geográfica jalonó nuestra historia desde el comienzo y la sigue jalonando”, “empujándonos irreversiblemente hacia un destino que difícilmente podemos dirigir o controlar…”. Todavía se vuelve más controversial cuando en los siguientes párrafos asocia ese determinismo geográfico al “nacionalismo” e “identidad” panameña, que se originó en el siglo XIX y “maduró” en el siglo XX. 

 

Q.    Castillero fue mi profesor en uno de mis cursos de maestría y fue una buena parte de su obra histórica, combinada y cotejada con la de Ricaurte Soler, la que utilicé en mi tesis de grado (Beluche, 1997). La lectura de la historia panameña aportada por Castillero me llevó a la conclusión central de mi tesis: no existía en nuestro siglo XIX en el imaginario popular un proyecto separatista o de construcción de un estado nacional independiente de Colombia. Inclusive tampoco en la clase dominante panameña, la comercial, hubo una convicción mayoritaria en favor de ese proyecto, aunque coyunturalmente fue planteado por algunas personas. Más aún, toda esa historia de “intentos separatistas” fue una creación posterior a los hechos de 1903, en los que conflictos políticos, fueron reducidos a proclamas separatistas.  

 

R.     No existe una “nación panameña” nacida hace 500 años marcados por la geografía y el “amor” entre Balboa y Anayansi. Eso es un invento de la “nación romántica”, como dice Luis Pulido (Pulido, 2008). Por ello, tampoco es cierta la afirmación de que “los panameños nos independizamos de España solos y nos unimos voluntariamente a la Gran Colombia de Bolívar”. Las “provincias del Istmo” no eran una “nación” en 1821, por ende, nadie habló por “los panameños”, hablaron los municipios de acuerdo a la tradición española. Y hubo contradicciones sociales, económicas y culturales muy claras entre La Villa y Panamá (clases campesinas y clase comerciante). Además, las provincias del Istmo eran parte del Virreinato de la Nueva Granada desde 1839, por ende, al proclamarse las actas del 10 y del 28 de noviembre se dice con naturalidad que eran parte del estado recién creado, Colombia. 

 

S.      Asociar la identidad nacional del pueblo panameño al determinismo geográfico durante el siglo XIX conduce a otro error histórico, porque lo que caracterizó la historia social del Istmo en esa centuria fue un creciente conflicto social y político entre el pueblo del arrabal y el campesinado de Azuero contra los comerciantes y latifundistas. Liberales contra conservadores. Ese conflicto fue la tónica, desde la crisis de 1826 entre Bolívar y Santander, hasta la Guerra de los Mil Días. 

 

T.      La trampa más engañosa en la que caen historiadores y sociólogos es la del concepto “nación”, con el que se pretende borrar los conflictos sociales y de clases. En el caso panameño, un ejemplo de este error lo cometió Ricaurte Soler, quien pese a ser reputado como marxista, cuando analiza el conflicto de 1860-61, otorga supuestas virtudes nacionalistas al gobernador de Panamá, Santiago de la Guardia, y critica al arrabal de Santa Ana porque se posicionó junto a su líder, Buenaventura Correoso, del bando liberal del gobierno presidido por Mosquera (Soler, 1971) (Soler, 1963). 

 

U.    En todo caso, a lo largo del siglo XIX, durante el “Panamá colombiano”, el arrabal, el campesinado y una parte de los indígenas (con Victoriano Lorenzo) fue persistentemente opositor al proyecto transitista de los comerciantes, incluso con las armas en la mano. 

 

V.    El problema de la relación entre historia y nación, ya lo estableció Eric Hobsbawm: “naciones sin pasado son contradicciones en términos. Lo que hace una nación es el pasado, lo que justifica una nación contra otros es el pasado, y los historiadores son las personas que lo producen” (Hobsbawm, 1998). Por eso, la historia al servicio del nacionalismo es simplemente “ideología” como critica Castillero. Al igual que él, opino que en el siglo XXI los y las historiadores (as) de Panamá deben ser más revisionistas que tradicionalistas. 

 

Bibliografía 

Beluche, O. (1997). Estado, nación y clases sociales en Panamá. Panamá: Portobelo. 

Castillero, A. (28 de Mayo de 2023). Pensar la historia: Propuestas epistemológicas. La Prensa

Gasteazoro, C. (1970). "Estudio preliminar al Compendio de Historia de Panamá". En J. B. Arce, Compendio de Historia de Panamá (págs. XX-XXI). Panamá: EUPAN. 

Hobsbawm, E. (1998). Naciones y nacionalismo desde 1780. Barcelona: Crítica. 

Pulido, L. (2008). Filosofía de la nación romántica (Seis ensayos críticos sobre el pensamiento intelectual y filosófico en Panamá, 1930-1960). Panamá: Editorial Mariano Arosemena. 

Soler, R. (1963). Formas ideológicas de la nación panameña. Panamá: Ediciones de la revista Tareas. 

Soler, R. (1971). Pensamiento panameño y concepción de la nacionalidad durante el siglo XIX. Panamá: Librería Cultural Panameña. 

 

Panamá 1 de junio de 2023.



Del pensar martiano

Guillermo Castro H.

 

“De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace:

ganémosla a pensamiento.”

José Martí, 1895 [1]

 


La organización del mercado mundial como un sistema internacional ha ingresado en una crisis de transición hacia un futuro aún indeterminado. Ese sistema se constituyó tras la desintegración de su previa organización colonial a lo largo de la gran guerra de 1914 - 1945. Lo fundamental de la obra martiana tomó forma en lo que va de 1875 a 1895, en la transición entre ambas fases de ese proceso.

No es de extrañar, por tanto, que en su plena madurez esa obra prestara especial atención a la necesidad de luchar por el equilibrio de un mundo cuyo desquiciamiento anunciaba su ingreso a su fase imperialista. La batalla por ese equilibrio es tanto más necesaria porque esta transición tiene lugar al cabo de medio siglo de hegemonía neoliberal, que hizo suyo el llamado a la lucha de la civilización contra la barbarie que caracterizó a las vertientes colonial y oligárquica del liberalismo en la segunda mitad del siglo XIX.

            Una parte sustantiva de la lucha por un  futuro que sea sostenible por lo humano que llegue a ser se libra ya en todos los campos de la cultura. Ella demanda encarar y trascender todas las formas del dogmatismo neoliberal, para abrir paso a la renovación de las raíces del pensamiento crítico en nuestra América, que tiene en José Martí a uno de sus principales exponentes, como se hace evidente en particular en su ensayo Nuestra América, de 1891. Allí definió en su raíz el desafío que enfrentamos hoy, y el modo de encararlo, al advertirnos que no se trata de una batalla “entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”[2], descartando de un golpe el eje mismo del pensar oligárquico de su tiempo – y del nuestro.

Esta situación demanda, así, el dominio del pensar martiano como expresión de una visión del mundo dotada de una ética correspondiente a su estructura. Esa tarea exige leer a Martí más allá de su indudable atractivo inmediato, para comprender el vínculo entre la actualidad de lo pensado en su obra y la vigencia de su pensar en la que nos corresponde hacer. En esta lectura debe atender a los riesgos del anacronismo y la fragmentación, para acceder a lo realmente esencial en la obra martiana: su compromiso con el mejoramiento humano, la utilidad de la virtud, y la lucha por el equilibrio del mundo.

            Un ejemplo sencillo de estos riesgos consiste en nuestra reacción ante una oración de Martí en la que nos dice que el mundo “sangra sin cesar de los crímenes que se cometen en él contra la naturaleza.” Una lectura descontextualizada de este fragmento escrito en 1892 tendería a ser ecológica, y no faltaría quien proclamara a Martí como un gran precursor del ambientalismo de nuestro tiempo, etc.

Aquí cabe observar, primero, que el uso del concepto de naturaleza en el pensar martiano es muy amplio y complejo, pues siempre concibe lo natural en su íntima relación con lo social. En este caso, el concepto está utilizado atendiendo a la creación de las condiciones culturales y políticas para la lucha contra el colonialismo español en Cuba, un eje fundamental del pensar martiano.

Visto así, Martí se refiere Martí en este caso a las deformaciones impuestas al desarrollo humano por las secuelas culturales y morales de la esclavitud y el racismo, que en su tiempo constituían un obstáculo a la formación del frente patriótico necesario para llevar a cabo aquella lucha independentista. Así se aprecia en las líneas que anteceden a la cita, con la cual culmina Martí el fragmento del que forman parte:

 

Van y viene las corrientes humanas por el mundo, que hoy arrolla los pueblos del color que temió ayer, y funde el oro de sus coronas en cadenas con que atarlos al carro del triunfo. Desdeñó un día el sajón, y tuvo a menos, el trato y la amistad con el italiano o andaluz, porque por lo moreno de la cara se creía mejor que él; y luego el andaluz y el italiano desdeñan a los de tez más morena que la suya. Los esclavos, blancos o negros, fueron depuestos en largas generaciones, por el recuerdo de la esclavitud más que por la culpa del color, del derecho de igualdad, en la aptitud y en la virtud, de sus antiguos amos. El mundo sangra sin cesar de los crímenes que se cometen en él contra la naturaleza. Y cuando, con el corazón clavados de espinas, un hombre ama en el mundo a los mismos que lo niegan, ese hombre es épico.” [3]

 

Estos matices hacen parte de la historia de nuestra cultura y, por lo mismo, de la de nuestra vida política. Esa  riqueza ya acumulada permite plantear ya la tarea de identificar los conceptos conceptos fundamentales del pensar que nos ocupa. Naturaleza, patria, virtud son ejemplos de sencilla complejidad, expresados con una sola voz. Otros, como el de mejoramiento humano, tienen sin embargo una estructura más compleja. 

Ante estas dificultades, esa labor de investigación ha de distinguir dos planos convergentes de trabajo. El primero de ellos, vinculado a la estructura del pensar martiano, distingue entre entre los elementos estructurantes de la visión del mundo que nos ofrece la obra de Martí, y aquellos elementos estructurados por esa visión a lo largo del tiempo.

Lo estructurado expresa aquí la mayor o menor actualidad de lo pensado por Martí en su circunstancia. Lo estructurante, por su parte, da cuenta de la vigencia del pensar martiano en la nuestra. Tal puede ser, por ejemplo, la relación entre sus advertencias sobre la necesidad de luchar por el equilibrio del mundo en el período ascendente del imperialismo, y la noción de ese equilibrio como referente activo en el análisis del conflicto en curso entre la visión unipolar y la multipolar que caracteriza la etapa en curso en el proceso de transición que vivimos hoy.

El segundo plano está referido al proceso de formación y transformación del pensar martiano en lo que va de sus tiempos al nuestro. Los tiempos de Martí – en lo que va de su paso por México en 1875-1876 a su exilio en Nueva York, entre 1881 y 1895 – son los de la consolidación en nuestra América del Estado Liberal Oligárquico, por un lado, y por otro los del desarrollo de la oposición liberal democrática a dicho Estado, que vendría a culminar en el gran ciclo revolucionario de las primeras tres décadas de nuestro siglo XX. Como es de imaginar, el sentido de los elementos del pensar martiano madura a lo largo de esos tiempos, y hace imprescindible conocer el alcance de ese proceso en lo que hace a sus sentidos para los tiempos nuestros.

Lo fundamental de la tarea -como nos dice Antonio Gramsci con relación al estudio de la obra de Karl Marx -, consiste en “estudiar el nacimiento de una concepción del mundo que no ha sido expuesta sistemáticamente por su fundador”. Y esto requiere “reconstruir el proceso de desarrollo intelectual del pensador”, para identificar los elementos “que han resultado estables y ‘permanentes’, es decir, que han sido asumidos como pensamiento propio”, pues sólo ellos “son momentos esenciales del proceso de desarrollo.” [4]

La escala del problema desborda la capacidad de un individuo aislado. Se trata, en verdad, de una tarea generacional, que combine el abordaje interdisciplinario del problema con la organización en red del estudio para facilitar el diálogo entre quienes hayan adelantado investigación sobre distintos aspectos del tema.

El Centro de Estudios Martianos de La Habana, por ejemplo, ha creado ya un vasto  acervo filológico, histórico, cultural y político – aún en proceso de incremento - mediante la edición crítica de las Obras Completas de José Martí que lleva a cabo. Se dispone además del aporte de intelectuales vinculados al estudio de la obra martiana en Cuba, nuestra América y otras regiones del mundo.[5] De hecho, la tarea ya está en marcha. Se va abriendo así el camino para ir a formas cada vez más ricas de presencia deMartí en nuestros afanes, comprobando una vez más que hacer, sin duda, es la mejor forma de decir.

 Alto Boquete, Panamá, 29 de mayo de 2023


[1] “A Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra. Cabo Haitiano, 10 de abril [1895]”. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV, 121.

 [2] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Ibid, VI, 17.

 [3] “Rafael Serra”. Patria, 26 de marzo de 1892. Ibid, IV, 380-381.

 [4] Gramsci, Antonio: Introducción a la filosofía de la praxis. Selección y traducción de J. Solé Tura

https://marxismocritico.files.wordpress.com/2011/11/introduccion-a-la-filosofia-de-la-praxis.pdf

Gramsci, Antonio, (1999: 385) Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán. Siglo XXI Editores, México y España. “Cuestiones de método.” Textos de los Cuadernos posteriores a 1931.

 [5] Al respecto, por ejemplo, Martí, José (2003): En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Edición crítica. Roberto Fernández Retamar y Pedro Pablo Rodríguez. Coordinadores. Casa de las Américas. La Habana.

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La educación de adultos y el Nuevo Orden Mundial


El Estado Panameño concibe la educación de jóvenes y adultos como el conjunto de acciones educativas que se desarrollan en distintos niveles, modalidades, y a las formas de aprendizaje que orienta el logro de los propósitos del sujeto y de la sociedad.

Responde al concepto de educación permanente porque los principios generales de la educación de adultos se centran en satisfacer las necesidades básicas de aprendizaje para el desarrollo humano y las técnicas siempre se renuevan y aparecen otras y es por eso por lo que el ser humano nunca deja de aprender.

La organización y metodología de la educación de jóvenes y adultos se basará fundamentalmente en el autoaprendizaje, atendiendo a los enfoques de la ciencia andragógica. Se aplicará la enseñanza a distancia, mediante la libre escolaridad o con el apoyo de técnicas de comunicación social, sistemas combinados de medios y otros procedimientos que dictamine la instrucción pública de un Estado.

Para la educación a distancia durante esta pandemia de la Covid-19 podemos incorporar el e-learning como un proceso continuo de carácter temporal en el cual con el uso de canales sincrónicos como asincrónicos resaltaremos el papel del docente como orientador en el uso de ambientes comunicativos agradables y planificados que usen una red simbólica común.

Mientras que la capacitación laboral consiste más bien en cursos de adiestramiento básico y de tareas específicas, propias de un teletrabajo, la educación laboral de jóvenes y adultos no solo capacita para el trabajo, sino que adiestra en el empleo de tecnologías apropiadas para el manejo de herramientas, maquinarías y equipos de la sociedad 2.0.

Dumas Myrie S.

Docente

Twitter: @dumas997

 

Panamá: el calor de la implosión

 Por: Guillermo Castro H.

 

“La colonia continuó viviendo en la república;

y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros

– de la soberbia de las ciudades capitales,

del triunfo ciego de los campesinos desdeñados,

de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas,

del desdén inicuo e impolítica de la raza aborigen –

por la virtud superior, abonada con sangre necesaria,

de la república que lucha contra la colonia.”

José Martí, 1891[1]

 

Estos son tiempos en que todos esperan explosiones sociales. ¿Qué ocurre, sin embargo, cuando el orden social y político no estalla, sino que se va desmigajando bajo el peso acumulado de las contradicciones que lo corroen? Ocurre una implosión – que como todo proceso de descomposición genera su propio calor -, de consecuencias más imprevisibles que las del gran desorden contra el que nos advierten cada día los heraldos del Estado, sus partidos políticos y aquellos que antaño se llamaban a sí mismos “las fuerzas vivas” del país.

Tal, el caso en curso en Panamá. Aquí, la restauración conservadora impuesta por el golpe de Estado de diciembre de 1989 ha venido a desembocar 33 años después en una situación de crecimiento económico incierto; inequidad social persistente; degradación ambiental; disfuncionalidad institucional creciente, y una desesperanza cada vez más amplia en la capacidad del orden vigente para encarar los problemas que ese orden ha creado.

La más cómoda y versátil de las explicaciones a estos males por parte de los grandes beneficiarios de lo que entonces fue promesa y hoy va siendo desengaño es de una simpleza ejemplar. Todo se debe, dicen, a la corrupción, que a su vez se debe a la pérdida de valores cívicos que resulta del deterioro moral de la familia y la educación, y se consolida con el despilfarro de recursos públicos en el subsidio a la pobreza y al clientelismo político.

Desde otra perspectiva, aún en formación, sectores políticos emergentes perciben, y van ganando en capacidad para expresarlo, que esos cinco problemas mayores constituyen en realidad expresiones distintas e interactuantes de un mismo problema mayor: el del agotamiento del modelo de desarrollo transitista imperante en el país desde el siglo XVI. Ese modelo combina hoy, para decirlo desde Marx, los problemas que genera el desarrollo del capitalismo con los que se derivan del carácter desigual y combinado de ese desarrollo. Así,

 

Además de las miserias modernas, nos agobia toda una serie de miserias heredadas, resultantes de que siguen vegetando modos de producción vetustos, meras supervivencias, con su cohorte de relaciones sociales y políticas anacrónicas. No sólo padecemos a causa de los vivos, sino de los muertos. Le mort saisit le vif! [¡El muerto atrapa al vivo!][2]

 

Los muertos que atrapan a los vivos aquí se nutren de las raíces de una temprana inserción en el desarrollo del mercado mundial como centro de servicios a la circulación de personas, mercancías y capitales. En su versión inicial, aún de carácter precapitalista, esa función fue organizada a partir del interés de la Corona española en garantizar el control comercial y político sobre el Istmo que la vinculaba a sus posesiones del Pacífico sudamericano. Ya en el siglo XX ese control ingresó a la modernidad mediante en el protectorado militar impuesto a Panamá por los Estados Unidos con el tratado Hay-Bunau Varilla, de 1903.

Aquel tratado, como sabemos, avaló la separación de Panamá de Colombia; le otorgó a los Estados Unidos el monopolio del tránsito marítimo por el Istmo mediante la construcción de un canal interoceánico al amparo de un enclave conocido como la Zona del Canal, y concedió le otorgó el derecho a intervenir manu militari para preservar el orden en las ciudades de Panamá y Colón. La Constitución de 1904, a su vez, amplió a todo el país el alcance de ese derecho a la injerencia, por iniciativa de los políticos que la redactaron.

Aun cuando ese régimen de protectorado, tras dar su zarpazo mayor en diciembre de 1989, se vio formalmente cancelado en diciembre de 1999, al culminar la ejecución del Tratado Torrijos-Carter, dejó un legado cultural y político que se renueva con la crisis en curso. Esto tiene su importancia cuando el enclave de servicios transnacionales creado de entonces acá en torno al Canal parece haber dado todo de sí, y el modelo transitista sólo puede garantizar el crecimiento sostenido de la economía panameña a cuenta del sacrificio de la población trabajadora, de los ecosistemas del Istmo, de una democracia eternamente frágil, y del desencuentro constante entre la soberanía popular y la nacional.

Ante ese deterioro, la solución invocada por los administradores de la cosa pública en lo económico consiste en agregar a los ingresos que genera el Canal los que genere la explotación de una gran mina de cobre y oro a cielo abierto, ubicada en la vertiente Atlántica del Istmo, que ha devastado ya miles de hectáreas de bosque tropical. Y eso además es promovido como el despegue del proyecto de hacer de Panamá una “nación minera”.

 Para los sectores aquí dominantes, esa combinación de enclaves de servicios transnacionales y extractivismo resulta sumamente atractiva en su capacidad para generar ingresos sin correr los riesgos de una transformación social. Así la transferencia del Canal al Estado panameño, tras generar entre 2000 y 2020 ingresos al Tesoro Nacional por 18,700 millones de dólares, permitió a la Autoridad del Canal de Panamá invertir 5 mil millones en la ampliación de la vía interocéanica entre el 2009 y el 2016, además de los ingresos generados por esa inversión. La gran minería, por su parte, invirtió cerca de 6 mil millones de dólares entre 2012 y 2019, que para el 2021 generarían réditos por unos 2 mil millones. [3]

Con todo, la otra cara de esta economía es mucho menos halagüeña. En el lindero entre lo económico y lo social, la mitad de la fuerza de trabajo del país está en la informalidad, y los índices de pobreza permanecen contenidos por cuantiosos subsidios financiados con deuda externa, mientras los servicios públicos de educación, salud, gestión de desechos y seguridad social atraviesan por un deterioro sostenido. En estas circunstancias el sentido mismo de ciudadanía se ve erosionado por el ciclo de incompetencia y corrupción generado por el régimen política instalado en 1989, que ha sumido al país país a una situación de incertidumbre y deterioro, que por momentos recuerda a la que padeció a fines de la década de 1960.

Esta situación se ve agravada por el bajo nivel de organización de los sectores populares y de capas medias, por el prolongado empantamiento de nuestro pensamiento político en el dogmatismo neoliberal, y por el peso del legado cultural y político del protectorado. Aun así – y quizás en reacción a ese empantamiento -, el ciclo que se cierra inaugura una creciente convergencia de agrupamientos de políticos e intelectuales contestatarios, que incluye el ingreso a la vida política y cutural de un relevo generacional, que anuncia una innovación como la señalada por José Martí al saludar en su ensayo Nuestra América, de 1891 que

 

Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación.[4]

 

            Esa capacidad de creación se expresa, hoy, en la construcción de una visión de país que trasciende la cultura del transitismo y alienta la formación de una política nueva, que rechaza aquella “importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas” para encarar desde nuestra realidad el conjunto de los problemas del país. Se promueve ahora el ejercicio de nuestras capacidades para pasar de la denuncia de nuestros males al estudio de las manifestaciones de nuestros problemas económicos, sociales, ambientales, culturales y políticas más relevantes, para encararlos en su conjunto – no por partes, ni mediante iniciativas dispersas y ejercicios de postergación de decisiones que puedan afectar al modelo transitista.

Ese paso de la denuncia al análisis facilita el que va de la propuesta al programa de lucha política necesaria para encarar la crisis en sus causas. Con ello, empieza a hacerse posible el ejercicio de las capacidades de nuestra gente para iniciar, al calor generado por la implosión en curso de la sociedad que hemos sido, la forja en nuestra tierra de una sociedad en la que la soberanía popular y la nacional coincidan, y cuyo desarrollo sea sostenible por lo humano que llegue a ser.

 

Alto Boquete, Panamá, 3 de mayo de 2023



[1] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. VI, 19.

 

[2] El Capital. (1867) Prólogo a la primera edición. Marx, Karl (2019: 268)): Antología. Selección e Introducción de Horacio Tarcus. Siglo XXI editores, Buenos Aires.

 

[3] Chapman Jr., Guillermo: Hacia una nuevas visión económica y social de Panamá. Una propuesta para la reflexión. Panamá, 2021.

https://www.indesa.com.pa/wp-content/uploads/2021/04/HACIA-UNA-NUEVA-VISION-ECONOMICA-Y-SOCIAL-EN-PANAMA-GUILLERMO-CHAPMAN-JR..pdf   

 

[4] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 20.

 

 

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La encrucijada de la economía formal

Al hablar del desarrollo de la economía formal y su integración al sistema-mundo es preciso señalar que está guarda estrecha relación a los fenómenos naturales coyunturales a la relación del hombre con el capital y su medio geográfico que lo rodea. Se refiere al intercambio con el medio ambiente natural y social, en la medida que este intercambio tiene como resultado proporcionarle medios para su necesaria satisfacción material con respecto al uso de la fuerza de trabajo y el valor del uso del bien común.

 

En efecto, el análisis histórico de “la gran transformación” se inicia con la compresión de las reacciones sociales, que se dieron en el contexto de la Inglaterra de finales del siglo XVIII, a la mercantilización de las esferas de la vida social que hasta ese momento habían quedado al margen del comercio, como la tierra o la fuerza de trabajo (Rendueles, 2004).

 

Por otro lado, en la economía formal la voluntad de la sociedad es ajena a los procesos económicos en la que no existen modelos como intención previos al proceso económico. El valor fundamental en la economía formal es la eficiencia y la ética deriva de conductas coherentes vinculadas con la producción y la óptima asignación de los recursos (Polanyi, 1976).

 

En este sentido, la economía formal, tampoco explicaría un análisis de la elección racional-individual y menos la diferencia entre estas pautas de consumo que se va adentrando más y más en la periferia de la ciudad penetrando incluso en la sociedad de consumo donde la relación de mercado se vuelve más intolerante a la balanza de ganancias. Para la cultura moderna y posmoderna, existe la idea que desarrollo implica progreso, y que el progreso es un valor.

 

El objeto de la economía formal como lo define la economía keynesiana es concebir el desarrollo como un proceso histórico de transformaciones sociales y productivas operadas en el sistema capitalista, tanto en su infraestructura física, en sus relaciones sociales, y en su cultura, con el fin último de contribuir a la expansión de la riqueza (PBI) y al mejoramiento del bienestar de la población; todo ello como pilares básicos que sustentan la continuidad del capitalismo (Keynes, 1936).

 

En efecto, fuera del sistema de precios formados por el mercado, el análisis económico pierde la mayor parte de su relevancia como método de cambio del sistema económico. Hoy en día, el sistema de planificación económica ideado en el seno de las luchas de clases es producto de la informalidad, en la mayoría de los países de América Latina durante la pandemia del Covid-19, y constituye un ejemplo de crisis de la economía formal.

 

Datos generales:

Autor: Dumas Myrie S.

Profesor de historia, Universidad Cristiana de Panamá

Twitter: @dumas997 

CONVOCATORIA ABIERTA DE LA FUNDACION FORD


Les comparto la iniciativa del fondo Ford 2023, la cual está abierta para nuestro país.  Es una gran oportunidad para presentar sus proyectos y hacerlos realidad.

En la parte inferior de este correo encontrarás las especificaciones para participar.

Ford Centroamérica y Caribe te invita a que participes de la edición 2023 del programa Donativos Ambientales Ford. Si cuentas o conoces de un proyecto comunitario que impacte positivamente el medioambiente y contribuya a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, esta es tu oportunidad de amplificar su alcance. Accede ya a la página web www.donativosambientalesford.com para conocer más detalles y presentar tu propuesta. Tienes hasta el 31 de mayo para participar.
 
Para esta edición se distribuirán 56 mil dólares entre los proyectos ganadores de Panamá, Costa Rica y República Dominicana.
 
Las categorías son las siguientes:

Conservación y Recuperación de la Biodiversidad: proyectos vinculados a la protección, recuperación y conservación de los ecosistemas, su flora y fauna y el recurso agua; 
Seguridad Alimentaria: proyectos de agricultura ecológica y aquellos vinculados al manejo sostenible de ecosistemas que sean estratégicos para la disponibilidad, acceso y consumo de alimentos saludables en comunidades vulnerables; 
Gestión de Residuos: proyectos que contribuyan a reducir, reutilizar, reciclar y recuperar los residuos generados en las comunidades y generen una cultura ciudadana de manejo correcto de los desechos; y 
Energías Renovables: proyectos que promuevan el uso de fuentes de energía basadas en los recursos naturales renovables como una forma de contribuir en la lucha contra el cambio climático.     

¿Cómo participar?

1. Deberás entrar a la página donativosambientalesford.com
2. Lee las reglas y condiciones de la convocatoria y si tu proyecto cumple con los requisitos, deberás llenar la solicitud que se pide.
Para conocer más detalles sobre cómo presentar tu proyecto en la página web de Donativos Ambientales Ford, te invitamos a que te conectes al webinar de inducción que se realizará el jueves 11 de mayo a las 10:00 am (Panamá), 11:00 am (República Dominicana) y 9:00 am (Costa Rica), en donde se les brindará orientación sobre el proceso de inscripción y se aclararán dudas de los participantes.