Cómo
se llegó a la masacre de estudiantes del 23 de julio de 1959
José Luis Rocha
www.envio.org.ni / septiembre 2018
Los universitarios de hoy se enfrentan a
mayores exigencias que los de ayer. Sobre sus espaldas la historia ha echado
cuatro centenares de muertos. Y enfrentan una dictadura que ha probado ser más
sangrienta que la de los Somoza. Repasar la historia de lucha de quienes los
precedieron, y saber de dónde vienen les puede dar luces para saber mejor a
dónde deben ir.
El historiador británico Cristopher Hill
creía firmemente que “la historia tiene que ser reescrita en cada generación
porque, aunque el pasado no cambia, el presente sí lo hace; cada generación se
hace nuevas preguntas sobre el pasado y encuentra nuevas áreas de sintonía
conforme vuelve a vivir diferentes aspectos de la experiencia de sus
predecesores”.
La revuelta de abril, en gran medida protagonizada por los estudiantes
universitarios, puede recibir luces provenientes de las viejas revueltas de los
universitarios que lucharon contra los dos primeros Somoza -Anastasio Somoza
García y Luis Somoza Debayle-, dejando de lado al tercero, que se enfrentó a
una organización guerrillera y una insurrección armada. El presupuesto de este
intercambio de luces es que los universitarios de hoy están viviendo algunos
aspectos de la experiencia de sus predecesores y que las semejanzas y
divergencias nos pueden ayudar a caracterizar lo que está ocurriendo ahora. Repasemos
la historia...
“NECESITAMOS ACCIONES MÁS CONTUNDENTES”
Sucedió hace medio siglo exacto: Carlos Fonseca Amador dirigió un mensaje a los
estudiantes revolucionarios en abril de 1968. Fonseca tenía en su haber más de
una década de lucha que empezó en las aulas de secundaria, continuó en los
recintos universitarios y culminó en la clandestinidad como guerrillero. El
documento fue impreso en un destartalado mimeógrafo y tenía trece escasas, pero
explosivas páginas. El corazón del mensaje era un reproche al movimiento estudiantil:
“Mientras los estudiantes guerrilleros han derramado su sangre, en lo esencial
los estudiantes revolucionarios que han permanecido en las aulas se han cruzado
de brazos”. Ante las muertes de los estudiantes guerrilleros, “la solidaridad
del movimiento estudiantil organizado se ha reducido a lanzar simples
proclamitas de pésame... En el origen de la inactividad estudiantil debe
ponerse de relieve la indisciplina política de los estudiantes revolucionarios
y la penetración capitalista en las dos universidades del país”.
Carlos Fonseca no diagnosticó a los universitarios como apáticos en política.
Conocía las organizaciones que los convocaban y desde el FSLN fomentaba el
Frente Estudiantil Revolucionario (FER). Sostenía que el problema era su falta
de activismo y sus métodos demasiado suaves. Quería acicatearlos para que se
lanzaran hacia acciones más contundentes. Hablando en plata: incluso, o sobre
todo, acciones fuera del marco de la ley. La carta de Fonseca tuvo efectos
perceptibles en el crecimiento del FER, en su victoria en el Centro
Universitario de la Universidad Nacional (CUUN) y en la multiplicación de
acciones de sabotaje al régimen.
TIEMPOS DE MIMEÓGRAFOS Y DE PALABRAS CON
MAYOR VALOR
Eran tiempos en que los estudiantes universitarios enfrentaban una dictadura.
Tiempos como los de ahora: dolorosamente interesantes. Por eso creo que su
estudio puede arrojar algunas luces sobre las luchas actuales si atendemos a
los contrastes y a las coincidencias.
Para columbrarlas me enfoqué en los movimientos universitarios del tiempo de la
dinastía somocista y recabé información en más de una docena de fuentes. Sólo
una trata específicamente del movimiento universitario: “Masacre estudiantil”,
de Rolando Avendaña Sandino, centrada en la masacre del 23 de julio de 1959.
Por esa razón tuve que armar un rompecabezas tomando piezas aquí y allá, en un
caleidoscopio de relatos discontinuos. La fuente más interesante e inspiradora
fue “Memorias de la lucha sandinista”, de Mónica Baltodano, una pulcra y tamizada
transcripción en tres tomos de las entrevistas radiales que la autora sostuvo
fundamentalmente con militantes del FSLN. Algunas sesiones fueron dedicadas a
las luchas estudiantiles de los años 60 y 70. Me serví también de la biografía
de Mariano Fiallos Gil que escribió Sergio Ramírez y la de Carlos Fonseca
Amador de Matilde Zimmermann.
Si bien dar cuenta de la rebelión de abril de 2018 sin mencionar Facebook y
WhatsApp daría por resultado un relato muy incompleto, todas las fuentes
mencionadas y otras que cito escriben en más de un momento las palabras
“mimeógrafo” y “esténcil”. Los volantes, panfletos, documentos de estudio,
manifiestos, proclamas y pronunciamientos de esa época fueron pasados al
esténcil e impresos en ese ruidoso aparato llamado mimeógrafo.
Su desaparición marcó el fin de una época que empezó en 1887, cuando Thomas
Alba Edison lo patentó y se extendió durante un siglo. Sin caer en el
determinismo tecnológico, creo que los costos en tiempo, riesgos y dinero que
imponía el mimeógrafo hacían que las palabras gravitaran con un peso muy
específico y un valor mayor.
LAS PRIMERAS UNIVERSIDADES
A inicios de los años 50 existían dos universidades en Nicaragua: la
Universidad de Oriente y Mediodía en Granada y la Universidad Nacional en León.
La de Granada sólo duró de 1947 a 1951. La de León fue fundada en 1812 por un
decreto del rey Fernando VII y elevada al rango de Universidad Nacional en
1947.
Entre 1941 y 1946 funcionó en Managua la Universidad Central. Anastasio Somoza
García la fundó y la clausuró, muy contrariado al ver que los estudiantes de
esa universidad se habían convertido en los líderes del movimiento
anti-reeleccionista y antisomocista. Poco después de cancelarla declaró: “Dos
hijas tuve en mi gestión de gobierno: la Academia Militar y la Universidad
Central. A las dos consideré niñas de mis ojos. Pero la segunda me salió puta”.
Sólo forzando los términos se puede hablar de movimiento universitario o de
organizaciones universitarias antes de que la Universidad Nacional obtuviera su
autonomía. Existía una Juventud Liberal Nicaragüense (fundada en 1941) y una
Juventud Conservadora, que nació en 1952 y tuvo como antecedente el fascistoide
Movimiento de los Camisas Azules. La Juventud Liberal Nicaragüense dio a luz a
un ala femenina en 1955.
Las actividades de estas organizaciones discurrían fundamentalmente al margen
de la universidad, que no era terreno propicio para ningún tipo de acción
política ni de otro tipo. Ni siquiera académico. Cuando en 1957 Mariano Fiallos
Gil asume la rectoría de la Universidad Nacional, los estudiantes apenas tenían
presencia en las aulas. Se matriculaban y se examinaban al cabo de varios años
de prepararse en sus casas. “En esos años -recuerda Rolando Avendaña,
estudiante que llegó poco después de ese período- el mal llamado catedrático
llegaba tres o cuatro veces en todo el curso. Profesores y alumnos eran
extraños, apenas se conocieron alguna vez. El estudiante que deseaba
aprovecharse tenía que estudiar por su cuenta, ya que eran contadas las ocasiones
en que escuchaba una charla sobre la materia que cursaba. Se llegaba a las
pruebas finales y un índice elevado de alumnos salían reprobados”.
LOS PRIMEROS UNIVERSITARIOS
No se podía hablar con propiedad de un cuerpo estudiantil porque los alumnos apenas
ponían un pie en el campus. Esta dinámica imponía un corsé a las posibilidades
organizativas.
Así ha ocurrido en otros sectores y en
otros países. Los movimientos de trabajadores en Inglaterra surgen después de
la revolución industrial, cuando la permanencia de un grupo amplio de
trabajadores en un mismo local a lo largo de la extensa jornada laboral y su
concurrencia durante largos períodos es ocasión de pláticas que se transforman
en conspiraciones. Los universitarios nicaragüenses alcanzaron esas ventajas
del roce cotidiano hasta finales de los años 50.
Esto no quiere decir que antes no se aglutinaran ocasionalmente ni que les
fueran ajenas las expresiones políticas. Los carnavales y desfiles bufos
universitarios con alusiones políticas han tenido una larga tradición. Según
Sergio Ramírez nacieron en 1930. Las autoridades hicieron un vano intento de
suspenderlos en 1932, temiendo que por ese medio los universitarios expresaran
su rechazo a la invasión de Nicaragua por tropas militares estadounidenses.
Según Ramírez, tras esa sanción, los estudiantes se valieron de otras
estrategias para expresar su descontento: “Las fuerzas norteamericanas
impusieron que debían revisar previamente la lista de disfraces y disfrazados
que participarían en el desfile del carnaval, para evitar que se aludiera a
asuntos políticos o a los funcionarios del gobierno, lo que no fue aceptado por
el comité de estudiantes; se decidió que no habría desfile bufo sino un solemne
entierro de la constitución política, en el cual los estudiantes marcharon con pañuelos
amarrados en la boca”.
CONTRARIOS A LA REELECCIÓN
Hay señales inequívocas de que los universitarios seguían con atención los
eventos políticos en otros países del istmo. El 27 de junio de 1944 los
estudiantes de la Universidad Central se manifestaron en solidaridad con los
estudiantes de la Universidad San Carlos de Guatemala, cuyo recinto había sido
clausurado.
El tema de la protesta era el rechazo a la reelección, tanto de Ubico en
Guatemala como de Somoza García en Nicaragua. Ubico había sido derrocado, pero
una junta derechista había ocupado su lugar y el viejo general aguardaba tras
bambalinas el resultado de su última jugada política. Dos mil manifestantes
contra la reelección recorrieron las calles del centro de Managua, número
considerable si tenemos presente que el total de estudiantes universitarios no
debía pasar de 600 y el de habitantes del país apenas llegaba a los 900 mil.
Cuando pasaban por las cárceles del Hormiguero -hoy conocidas como El Chipote-,
la Guardia Nacional les lanzó bombas lacrimógenas y realizó más de 600
detenciones. Al día siguiente, en protesta por el enorme número de dirigentes
presos y perseguidos, las mujeres organizaron una manifestación de enlutadas
que fue atacada por una turba somocista armada de palos y piedras. A esa misma
hora, Anastasio Somoza García organizó una contramanifestación cuyo escaso
éxito alarmó al dictador. Su reacción ante esta correlación de fuerzas fue
cerrar la Universidad Central.
LA EFÍMERA JUVENTUD SOMOCISTA
UNIVERSITARIA
En 1955 fue fundada, para el trabajo entre los estudiantes de educación
superior, la Juventud Universitaria Somocista (JUS), cuyo primer cometido fue
garantizar la reelección de Anastasio Somoza García.
Nació a la vida social con un agasajo en el que Julio Centeno Gómez recitó un
poema en honor del dictador. La JUS entró en confrontación inmediata con el
Centro Universitario, máxima autoridad juvenil en la universidad. En 1956, de
un total de 930 estudiantes, sólo 154 firmaron una carta respaldando a la JUS.
A partir de 1958, por considerarse una organización partidaria cuyas
actividades podían violentar la autonomía universitaria, la JUS funcionó como
una organización extra-universitaria.
Según el historiador Ricardo Baltodano, “la JUS no pasó de ser en esta primera
época una sigla, una forma de hacerse visible ante el régimen, su actividad fue
dispersa, asistemática, no reivindicó problemas tan sentidos por el
estudiantado como la autonomía universitaria, nunca contó con un propio
proyecto, visión y análisis, por eso su vida duró relativamente muy poco
tiempo”.
Años después, la masacre del 23 de julio de 1959 sacó a la JUS de circulación.
Sus miembros quedaron desprestigiados por su complicidad. En las primeras
elecciones para la presidencia del CUUN en 1960, votaron 778 estudiantes de los
1,200 que estaban matriculados. El candidato liberal sólo obtuvo 78 votos. El
sentimiento anti-somocista era mayoritario. Rolando Avendaña recuerda: “Al
llegar a la universidad no me extrañó escuchar, apreciar y palpar la continua
efervescencia anti-gobiernista. No me extrañó saber que, de los mil
estudiantes, novecientos eran opositores al gobierno”.
1956, AÑO CERO: SOMOZA AJUSTICIADO,
FONSECA UNIVERSITARIO
1956 fue un parteaguas. No sólo fue el año del ajusticiamiento de Somoza García.
También fue el año en que Carlos Fonseca ingresó como estudiante de Leyes a la
Universidad Nacional de Nicaragua en León, en plena lucha por su autonomía. El
éxito la convertiría dos años después en Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua.
Casi de inmediato se fundó la primera célula de estudios marxistas. Fonseca se
engavilló en un grupo de estudiantes vinculados al Partido Socialista
Nicaragüense (PSN) hermanados por el deseo de ponerle fin a la dictadura.
Algunos de estos jóvenes participaban en la Juventud Democrática Nicaragüense
(JDN), que se disolvió en 1959, y después en la Juventud Revolucionaria
Nicaragüense (JRN). Ambos eran intentos por incluir en las luchas a la gran
masa de jóvenes no escolarizados.
Después del exitoso atentado de Rigoberto López Pérez contra el primer Somoza,
los alrededores de la universidad fueron convertidos en un campo militar y
centenares de estudiantes fueron detenidos, Carlos Fonseca entre ellos. Aunque
no conocía a López Pérez ni sabía del complot, estuvo confinado. Sólo estuvo
siete semanas porque su padre, administrador de bienes de la familia Somoza,
intervino en su favor. Tomás Borge permaneció dos años preso.
1958: LA AUTONOMÍA UNIVERSITARIA Y LA
PRIMERA HUELGA ESTUDIANTIL
En 1957 Carlos Fonseca participó, como delegado del Partido Socialista
Nicaragüense (PSN), en el Sexto Congreso Mundial de los Estudiantes y la
Juventud por la Paz y la Amistad que se celebró en Moscú. Plasmó su experiencia
en la Unión Soviética en “Un nicaragüense en Moscú”, redactado a inicios de
1958.
Ese año se obtuvo la autonomía universitaria. Fonseca inició su segundo año de
derecho y fue elegido por el rector Mariano Fiallos y por Carlos Tünnermann
para pronunciar el discurso de bienvenida a los estudiantes. Avanzado el año,
el 15 de octubre, Fonseca y otros estudiantes se reunieron con Luis Somoza para
demandar la libertad de los estudiantes que estaban presos desde que Somoza
García fuera asesinado.
Su mecanismo de presión fue la primera huelga nacional de estudiantes en la
historia de Nicaragua. Esa huelga fue la plataforma para involucrar a los
estudiantes de secundaria y fundar entre ellos una organización estudiantil.
Los universitarios solían impartir charlas en los institutos públicos para
estimular la participación de los futuros bachilleres.
1959: CUBA ILUMINA LA RUTA
En ese ambiente de continua agitación contra el régimen se recibió la noticia
del triunfo de la revolución cubana en enero de 1959, celebrado en varias
ciudades de Nicaragua, sobre todo en Managua, donde -según el diario La Prensa-
estallaron cohetes y cargas cerradas todo el día. Jóvenes del Partido
Conservador, Partido Liberal Independiente y Partido Social Cristiano
organizaron una marcha en la que gritaban ¡Viva la libertad!, ¡Viva Cuba libre!
y ¡Viva Fidel! La Guardia Nacional disolvió la marcha, pero no la chispa que
había iluminado una ruta de cambio.
El triunfo de la revolución cubana llenó de entusiasmo a muchos estudiantes y,
como poco a poco fueron concluyendo, les estaba señalando el método: la lucha
armada, una vía de acceso al poder que a los partidos socialistas y comunistas
latinoamericanos les había sido “desaconsejada” por el Kremlin.
Bajo el impacto del triunfo en Cuba, un grupo de jóvenes fundaron la Juventud
Patriótica Nicaragüense (JPN), en la que militaban el Presidente del CUUN,
Joaquín Solís Piura, Fernando Gordillo y Manolo Morales, entre otros
universitarios, y también jóvenes obreros como Julio Buitrago y José Benito
Escobar. Los órganos de seguridad del régimen consideraban a la JPN como una
agrupación comunistoide que se había infiltrado en la universidad.
CRISIS ECONÓMICA Y OPCIÓN ARMADA
Los sucesos de 1959 vinieron precedidos y sucedidos por una aguda crisis
económica. El comercio cerró numerosos establecimientos y hubo despidos masivos
de trabajadores realizados incluso por firmas de inveterada solvencia. El
crédito bancario estaba deprimido y el costo de la vida era el más alto de la
región.
Cuando la situación llegó a un punto álgido, los obispos católicos ofrecieron
una mediación entre el gobierno y los grupos descontentos para buscar
soluciones, pero su propuesta no obtuvo eco. El embajador de España estaba
alarmado porque un grupo importante de españoles residentes en Nicaragua -la
mayoría directores de colegio y/o sacerdotes- estaban decididos a apoyar al
movimiento anti-somocista.
En ese contexto, la corrupción del régimen suscitó un repudio multitudinario,
acicateado por revelaciones del diario La Prensa sobre los 23 mil córdobas que
se gastaron en amueblar la embajada en Washington y los 25 mil más para el
transporte del mobiliario.
El descontento se extendió por varios años más: entre 1960 y 1964 cerca de un
millón de asalariados participaron en 28 huelgas. Ante las crecientes protestas,
la reacción de Luis Somoza fue la represión. Pero combinó el palo con un poco
de zanahoria: creó el Instituto Nicaragüense de la Vivienda (1959) y el Banco
Central (1960). También estableció el salario mínimo, anunció una reforma
agraria y legalizó el derecho a la huelga (1962), medidas que provocaron un
abierto rechazo del empresariado, que no respetó el salario mínimo y persiguió
a los huelguistas.
Carlos Fonseca dejó las aulas universitarias para hacer un viaje a La Habana
donde se enroló en una expedición contra Somoza que fue emboscada por tropas
del Ejército de Honduras y de la Guardia Nacional de Nicaragua en El Chaparral,
Honduras, el 24 de junio de 1959. Seis rebeldes murieron y Fonseca se debatió
entre la vida y la muerte con un pulmón perforado por una bala. Durante un
tiempo se le dio por muerto.
Su opción por la vía armada lo llevó a un punto sin retorno a la vida
universitaria. Tampoco volvió a las filas del Partido Socialista. La victoria
de la Revolución cubana y su interpretación de las razones de la masacre en El
Chaparral lo convencieron de que la lucha armada era el único camino para
derrocar a Somoza. Esto tendría contundentes consecuencias para el trabajo
organizativo en la universidad.
23 DE JULIO DE 1959: JORNADA HISTÓRICA
En 1959, el habitual desfile bufo de “los pelones” -estudiantes universitarios
de primer ingreso- fue suspendido en solidaridad por los caídos en El
Chaparral. En su lugar hubo un silencioso desfile de duelo con muchachos
vistiendo camisas blancas y corbatas negras y las muchachas con trajes de luto.
Esa provocación fue suficiente para desatar la represión.
Según Avendaña, antes de partir hubo una asamblea donde “Fernando Gordillo,
estudiante del segundo año de Ciencias Jurídicas y Sociales, brillante orador,
valiente en sus pronunciamientos de opositor al régimen, pronunció un discurso
sentido aquella mañana; luego se sometió a votación el programa elaborado por
miembros del Centro Universitario, en homenaje póstumo a los estudiantes
universitarios caídos en El Chaparral. Como primer paso se solicitó a todos los
estudiantes allí congregados que portaran desde ese mismo momento escarapelas
negras y cintas negras en señal del dolor que embargaba a todo el conglomerado
universitario”.
En la asamblea, los jóvenes redactaron mensajes que enviaron por cable a la
OEA, a la ONU y a Ramón Villeda Morales, entonces presidente de Honduras.
La manifestación estudiantil salió a la calle. No tenía rumbo fijo. “Eran cosas
que no nos preocupaban -recuerda Fernando Gordillo en una crónica que
distribuyó como folleto mimeografiado-. Alguien, es difícil personificar en la
multitud de sucesos los detalles, propuso que nos dirigiéramos al barrio de
Subtiava, lo que fue aceptado de inmediato. En ese momento, Subtiava con su
tradición de rebeldía, nos pareció el mejor sitio para expresar la nuestra”.
CÓMO INICIÓ LA MASACRE
Con el cometido de sumar a los estudiantes de Derecho, la marcha fue de
Subtiava hacia la Facultad de Derecho, una ruta que pasaba cerca del cuartel de
la Guardia Nacional. Los manifestantes recorrieron un trecho y fueron encarados
por un contingente de la Guardia Nacional dirigido por el mayor Ortiz, que días
antes -durante una manifestación previa el 2 de julio- les había advertido a
los estudiantes: “Muchachos, no me comprometan porque tengo órdenes de
‘bañarlos’”.
Gordillo recuerda que “era un grupo como de 15, algunos respiraban agitados
todavía por la carrera... Como siempre, los guardias se mostraban agresivos y
malencarados, quizás porque como dice Gorki, en el fondo no les gustaba lo que
estaban haciendo; llevaban cascos de acero y tenían la bayoneta calada, los
acompañaban algunos policías de tráfico con pistola en mano que, al contrario
de los guardias, trataban de actuar con cinismo burlándose de nosotros”.
Avendaño asegura que, “mientras la Guardia reforzaba su armería con armas de
trípode y bombas lacrimógenas, los estudiantes adoptaron una actitud de brazos
caídos al sentarse sobre el pavimento cantando el himno nacional y clamando
¡Libertad!, actitud en la que se mantuvieron una hora”.
“¡DISOLVEREMOS LA MANIFESTACIÓN!”
Después de un tiempo, estudiantes y guardias acordaron un retiro simultáneo:
“Un paso que diéramos nosotros para atrás lo darían igualmente los guardias, y
después no habría presos ni represalias”, recuerda Gordillo. La manifestación
había recorrido unas cuadras sobre la Calle Real cuando el líder del CUUN,
Joaquín Solís Piura, comunicó que varios estudiantes habían sido detenidos
junto al restaurante El Sesteo y pidió que el grupo se mantuviera en ese punto
mientras intentaban dialogar con el comandante departamental. Éste se rehusó a
entregar a los detenidos mientras no se disolviera la manifestación y les dijo
a los líderes: “Si ustedes, que son los dirigentes universitarios, no logran
disolver la manifestación, la Guardia la disolverá con bombas lacrimógenas y
después con balas”.
La marcha continuó hasta el Instituto Nacional de Occidente, donde se detuvo
para pedir el apoyo de los estudiantes. Las malas nuevas seguían llegando: más
universitarios detenidos. Junto a la iglesia San Francisco había una multitud
hirviendo de indignación. Caminaron hacia la universidad hasta que un pelotón
les bloqueó el paso en el parque La Merced.
Allí Gordillo vio que “un guardia borracho se había metido en medio de la
multitud… No intentaba ningún gesto y cuando alguno de los que opinaban por
golpearlo lo increpaba, alzaba los ojos, casi diría humildemente y se encogía.
Viendo que en realidad podía suceder que algunos lo maltrataran, se decidió
sacarlo de en medio”.
“TABLETEAN LAS AMETRALLADORAS”
Sergio Ramírez rememora esos momentos: “Mi recuerdo de Fernando en toda esa
tarde es fijo: faltando ya poco para la masacre, lo veo capturar en el parque
La Merced a un soldado raso que anda de pase, lo veo que trata de llevárselo
prisionero hacia la universidad apoyado por otros estudiantes, quiere exigir la
libertad de compañeros nuestros detenidos en el comando departamental; llega
corriendo una escuadra de guardias armados con fusiles Garand, disparan al
aire, le quitan al rehén, le ordenan que pase, lo veo con las manos puestas
sobre la cabeza mientras se lo llevan, lo siguen en gesto solidario otros
estudiantes que van en fila india, también con las manos sobre la cabeza, lo
sigo yo, lo pierdo cuando estamos ya en la calle de la masacre, dicen que han
soltado a Fernando, que han soltado a los detenidos en el comando...”.
“Delante de mí están las banderas,
cerrando la esquina frente al Club Social el pelotón de soldados, hay gritos de
protesta, consignas, alguien da la orden de volver a la universidad, los
soldados se colocan en tres filas, acostados, de rodillas, de pie, descorren
los cerrojos de los fusiles, vuela el tarro rojo de una bomba lacrimógena…
tabletean las ametralladoras”.
“FUE UN ASESINATO EN MASA”
Gordillo fue detenido y liberado de inmediato con un mensaje del comandante de
que “les dijera a los muchachos que se retiraran y dispersaran, que él iba a
poner en libertad a los presos y que no tuviéramos temor porque no nos iban a
hacer nada”. Diez minutos después los estudiantes fueron rafagueados.
Cuando Joaquín Solís Piura y Fernando Gordillo estaban comunicando el mensaje
del comandante, los estudiantes fueron ametrallados por la espalda. Cuatro
estudiantes murieron. También una mujer y una niña. Y hubo más de 80 heridos.
Avendaña calificó los hechos como “asesinato en masa”.
Fernando Gordillo escribió un poema titulado “¿Por qué?”. Cito un fragmento:
“¿Por qué los hermanos arden en odio e impotencia?
¿Por qué nosotros?
Y espero la respuesta de cualquiera …
¿Por qué por la espalda?
¿Por qué cuando huían?
¿Por qué si eran jóvenes y alegres?
¿Por qué aquella tarde?
¿Por qué?
Si alguien puede contestarme, contésteme.
Si no, que cada uno haga lo que tiene que hacer”.
Al inicio, la Guardia Nacional impidió que las ambulancias llegaran hasta el
lugar de los hechos para asistir a los estudiantes heridos. Después Luis Somoza
ofreció toda la sangre que fuese necesaria y apoyo financiero para atender a
los heridos. Su oferta fue rechazada y enseguida dio inicio una cacería de
estudiantes con los que atiborró las prisiones. Grupos de guardias nacionales y
miembros de la Oficina de Seguridad de León rondaron toda la noche las casas de
los estudiantes.
REPUDIO NACIONAL POR LA MASACRE
El repudio fue inmediato e incluyó a las bases del somocismo, según Avendaña:
“El pueblo de Nicaragua sabía que había sido un acto cobarde y traidor.
Somocistas, empleados públicos, opositores, pueblo de Nicaragua en general,
repudiaba el asesinato. Conocían que los estudiantes no llevaban más armas que
la palabra”.
El desfile fúnebre fue una manifestación de 12 mil personas. Se declaró un paro
nacional. Los sacerdotes lanzaron condenas desde el púlpito. El obispo de la
diócesis de Matagalpa, monseñor Calderón y Padilla, encabezó una manifestación
por la liberación de estudiantes matagalpinos y amenazó a la Guardia Nacional
con subir al campanario para tocar a rebato convocando “a los indios de las
cañadas”. La Guardia Nacional cedió a las demandas del prelado.
La quinta parte de los universitarios abandonaron sus estudios. Muchos salieron
del país. Los que continuaron, se salían de las aulas de clase cuando a ellas
entraba un estudiante-militar. Muchos docentes solidarios hacían lo mismo. Ese
espinoso tema fue cobrando relevancia y llegó a un punto culmen cuando varios
estudiantes -entre los que estaban Manolo Morales y Joaquín Solís Piura- se
declararon en huelga de hambre para presionar por la expulsión de los
estudiantes-militares.
La huelga duró cinco días y fue el detonante para que un grupo numeroso de
estudiantes se tomara el campus, en ese momento rodeado por la Guardia
Nacional. La Junta Directiva de la universidad finalmente decidió expulsar a
los guardias-universitarios.
SEIS DÉCADAS DESPUÉS, COMO AHORA...
El régimen siempre respondió a las luchas universitarias con la represión.
Cuando ésta arreciaba en León, la ciudad caía en un estado de sitio de facto. Y
a veces se declaraba el estado de sitio de
iure, como ocurrió en mayo de 1959 tras el desembarco rebelde anti-somocista
en Olama y Mollejones.
Avendaña recuerda que el estado de sitio implantado el 1 de julio de 1959
significaba que “a cualquier hora de la noche golpean las puertas de una casa;
quien suspende el sueño tranquilo del hogar es sin duda un grupo de la Guardia
que pregunta por el jefe del hogar, registran todos los rincones de la casa y
se llevan detenido, por un tiempo que puede ser de un mes, seis o bien de un
año, al de la casa. La sufrida Nicaragua se asemeja en estas épocas a la
Alemania de Hitler”. (Continuará…)
INVESTIGADOR ASOCIADO DEL INSTITUTO DE INVESTIGACIÓN Y PROYECCIÓN SOBRE
DINÁMICAS GLOBALES Y TERRITORIALES DE LA UNIVERSIDAD RAFAEL LANDÍVAR DE
GUATEMALA Y DE LA UNIVERSIDAD CENTROAMERICANA JOSÉ SIMEÓN CAÑAS”DE EL SALVADOR.