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“Ser bautizado por las miradas de la gente”

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Entrevista a Javier Melloni

Oriente es la “debilidad” que nutre buena parte de su pensamiento lúcido y rebosante de fe. Se escapa en cuanto puede para volver con todos sus silencios y sonrisas encima. Le buscan por todas partes a él y a su discurso convencido, pero él cuenta los días para retornar a esas calles de la India y quitarse nombre, camisa, zapatos… y sonreír sin marca, sin atributos, por su puesto sin credo. Él anhela volver a lavarse en la fuente de la esquina y ser sólo un humano más entre los humanos que festejan la suerte del agua en cada mañana.

Cada tres o cuatro años vuelve unos meses a esa geografía urbana colmada, donde busca “ser bautizado por las miradas de la gente”. Cotizado teólogo que se lo pelean por doquier para impartir cursos y seminarios, antropólogo, autor de sólida obra en varios idiomas, referencia ineludible en diálogo interreligioso mundial…, pero él desea retornar a las callejuelas del incógnito y perderse entre los mil y un olores y a fuerza de perderse, quién sabe, quizás de nuevo hallarse.

Incondicional de Jesús y de Su Compañía, desconoce si el Nazareno en nuestros días sería cristiano. Le importan poco las etiquetas a este defensor de la inocencia, de la humildad y de las gentes puras.

Vive en la Cueva de Manresa, donde San Ignacio dio un giro providencial a su vida, mas no permanece encerrado, pues el mundo reclama constantemente su verbo sabio, pero a la vez actual, cercano y rebosante de fe. Hombre de estudio, no rehuye su vocación misionera: “Todos somos misioneros de todos. Misión ya no es proselitismo, sino reciprocidad. Es dejarte permeabilizar por el otro tanto como tú compartes lo tuyo con él. La misión es irradiación gratuita de lo que a ti te da vida. Compartir tu luz, pero dejando que el otro también irradie la suya. El proselitismo, por el contrario, es una devoración del otro”.

Anchos son los márgenes que propone Melloni para el encuentro de quienes comulgan en el amor de Jesús. Hay un Cristo también más allá del cristianismo que defiende con firmeza el jesuita de Manresa, sin por ello mermar sonrisa a su rostro eternamente juvenil.

Reía también la fuente mientras mantuvimos a su vera esta larga charla. Era en un patio de la Universidad de Alicante, en el marco del III Parlamento Valenciano-Catalán de las Religiones (12 y 13 de mayo), allí donde gentes de las más diversas comunidades espirituales y religiosas, en torno al diálogo y la celebración, volvían a ser hermanas.

Está persuadido de que la gente continúa teniendo sed de Dios, de que vivir es el arte de tomar y de desprendernos, de que la trascendencia es espacio de gratuidad y sorpresa, la promesa de un crecimiento sin límites. Está convencido de que interioridad y solidaridad son las dos caras de una misma moneda, de que tampoco hay más allá, ni más acá, sino una única Realidad, con multiplicidad de ámbitos y de niveles…

Melloni es cruce de muchos sentires, caminos, visiones y tradiciones… y él se crece y goza en ese jardín cada día más ancho y fértil de fraterna comunión que con tanta paciencia, ternura y lucidez ha ido labrando, junto a todos los que creen en los credos reencontrados.

Las respuestas brotan fáciles de quien contempla la vida y a Dios, “la Fuente continua de donación y receptividad”, con mirada inteligente, pero a la vez tremendamente sencilla y generosa. Arrancamos la charla con el diálogo interreligioso, “la misma Melodía tocadas por diferentes instrumentos…”, con sus artífices “peregrinos de nuestros días que integran todas las montañas…”

¿Pueden las religiones, los credos unidos volver a ser esperanza sobre la tierra?

Durante gran parte del siglo XX se anunció la muerte de Dios, el final de las religiones. Sin embargo, las religiones vuelven a tomar su lugar en la plaza pública. Ello genera desconcierto y esperanza al mismo tiempo. Porque hay un modo regresivo y otro progresivo de retomar ese lugar que se había perdido: como una nostalgia del pasado o como una nostalgia del futuro, que son direcciones muy diferentes.
El modo regresivo sería encerrarse en el pasado y utilizar un lenguaje mítico obsoleto. Una religión que somete, que impide que la gente no piense por sí misma, es sumamente peligrosa. La población más secularizada ve con temor esa corriente.

En cambio, para quienes vemos las religiones como un fenómeno progresivo, como un impulso hacia delante, entendemos que contienen un legado de espiritualidad, de conocimiento humano de lo Invisible que es insustituible. Las diversas tradiciones son portadoras de una sabiduría sobre el origen y fin de todas las cosas que es necesaria para el proceso planetario en el que estamos viviendo.

Pero las religiones no pueden vivir sólo de su pasado. Ese es su peligro. Es cierto que los textos sagrados son irrepetibles y que tienen una unción y una densidad de revelación que no se puede equiparar con cualquier texto que se pueda inventar. Esta emanación es constitutiva de su carácter revelatorio, pero a condición de que no sean utilizados como pretextos para quedarse anclados en la época cultural en que fueron entregados, en el mundo psicológico al que iba dirigido. Es absolutamente necesaria e indispensable la actualización de los textos y abrirlos a su interpretación y aplicación contemporáneas.

La clave estriba en descubrir el meta-texto que une a todas las tradiciones religiosas sin que pierdan con ello su especificidad. Hay que preservar su sabor original, pero aprender a leerlos con claves no excluyentes, ni exclusivistas, que es el peligro de ciertos textos sagrados.

¿Cómo podemos debilitar las fronteras entre los credos?

Descubriendo lo que nos une, no lo que nos separa; descubriendo que las fronteras son sólo mentales, nacidas del temor para preservar la identidad. La identidad es necesaria y también el conocimiento del propio contorno. Las fronteras son esos contornos de identidades. Pero estos límites pueden estar blindados o abiertos; pueden estar crispados, pendientes sólo de que el otro no absorba mi identidad, o pueden estar al servicio de descubrir la diferencia enriquecedora de la alteridad.

Cada piel de ser humano es esa frontera: donde acabo yo empiezas tú. Pero al mismo tiempo es abertura: mi acabar es tu empezar. Lo mismo ocurre con las religiones.

¿En la práctica, cómo ensanchamos ese espacio de encuentro?

Retomo las palabras que acabamos de escuchar de Federico Mayor Zaragoza: pasando de una cultura de la guerra y la autoafirmación a una cultura de la conversación, del encuentro. Con palabras más técnicas, pasando de la palabra dialéctica a la palabra dialógica. La dialéctica nace de la competitividad, empeñados en vencer al otro, mientras que, en el encuentro dialógico, la palabra de uno crece con la palabra del otro. Mi decir se prolonga en tu decir y entre los dos vamos construyendo algo que no estaba ni en ti ni en mí antes de comenzar la conversación. Emerge entonces algo nuevo, que es la epifanía del encuentro. Al final del diálogo estamos más allá de donde estábamos antes de comenzar. Éste es un reto de los encuentros a todos los niveles: religioso, cultural y de valores. Constato que cada vez hay más gente que lo vive así.

El conocimiento posibilita amor. Sólo amamos lo que conocemos. Es necesario propiciar encuentros con el otro. No para que me imagine cómo es el otro, sino para que él se revele tal como es y yo pueda conocerlo. Llegar, por lo tanto, a descubrirlo no a partir de los fantasmas o prejuicios que proyecto sobre él, sino a partir de lo que él me dice sobre sí. Ese conocimiento permite amar lo que se me ha mostrado, no lo que yo había esbozado a partir del miedo.

¿Podemos avanzar en un encuentro más allá del diálogo?

Es tiempo de muchas cosas a la vez. Todas las iniciativas tienen su lugar y su razón de ser. Es bueno y necesario que haya grupos que desde el interior de cada tradición religiosa -e incluso desde ninguna tradición-, aboguen por un espacio común que trascienda los espacios antiguos. Es bueno que esos espacios existan, pero también es conveniente que en las tradiciones religiosas haya gente que preserve su identidad irrenunciable, sin deseo de dejar de ser ellos mismos. Ese modo de encontrarse es también necesario.

Para que haya colores secundarios no tienen que desaparecer los primarios. Para que pueda seguir habiendo gamas de mezcla, tienen que seguir existiendo los colores elementales, pues sólo con ellos se pueden hacer más colores. Del mismo modo, la existencia de los colores primarios no priva el que haya secundarios y terciarios.

¿Cuáles son los límites del diálogo interreligioso?

El blanco es síntesis de todos los colores, pero no puede ser todo blanco. El límite sería evitar una unión a costa de perder el polo de diversidad y especificidad que enriquece esa unión. Entonces nos encontraríamos ante una fusión que crea confusión. Hay que evitar ese extremo, como también el contrario: las posiciones blindadas tan preocupadas por su propia identidad hacen imposible el encuentro. Hemos de lograr una danza entre ambas sensibilidades para que se fecunden una a otra.

Otro modo de hablar de un límite para el diálogo interreligioso sería no perder la memoria. Atravesados de futuro, no debemos de olvidar que hay una sedimentación del pasado muy rica. No podemos olvidar el ayer, como si de repente con nosotros empezara la historia. Miles de años nos sostienen y no los podemos despreciar. Hemos de cuidar no perder el legado y ser respetuosos con los procesos. Hemos de ser audaces y a la vez pacientes. No podemos banalizar la herencia que hemos recibido y perder la identidad sin más. En el diálogo interreligioso se encuentran personas fuertemente enraizadas en tradiciones milenarias que desean que perduren, y al mismo tiempo, están las gentes vinculadas a nuevas formas de religión. Los dos ámbitos son necesarios. Del mismo modo que es necesario que en estos encuentros se practiquen los cultos particulares, así como que haya actos comunes de culto y de celebración que sean transconfesionales.

La unidad a costa de la diversidad es la tentación de los totalitarismos, mientras que la diversidad motivada por la incapacidad de encontrarse con el diferente es también un fenómeno enfermizo y regresivo. Es preciso asumir ambos valores. Lo rico de la aventura en la que nos hallamos es el encuentro que preserva la diferencia.

Cada elemento fractal de esa unión en lo diverso ha de cultivarse en sí mismo y cuidar su identidad, pues de lo contrario acaba perdiendo la fuerza de su singularidad. Organizar todo esto en la práctica y en lo concreto no es precisamente sencillo.

¿Cuál es la misión de los seguidores de Jesús?

Devenir Jesús hoy. Convertirse en Jesús. La misión de los seguidores de Jesús es cristificarse, alcanzar el lugar de Jesús, su estado espiritual y existencial en tanto que seres humanos. Saber expresar su mensaje en el lenguaje de nuestra época. Jesús nos invita a ser seres humanos de nuestro tiempo, en nuestro tiempo y más allá de nuestro tiempo.

¿Cómo imaginas a Jesús en nuestros días?

Entrañablemente amable y a la vez terriblemente molesto; inconfundiblemente cercano y familiar y, al mismo tiempo, desconcertantemente diferente a lo que imaginábamos. Reconocible, porque Jesús emanaría a Jesús. Sabríamos que es Él, pero a la vez resultaría impredecible. A lo mejor Jesús no sería cristiano. Que Cristo no fuera cristiano plantearía, sin duda, un problema a los cristianos: ¿Cómo reconocer a Jesús más allá del cristianismo?

Imagino a Jesús a un mismo tiempo crítico y esperanzador, radical y a la vez de exquisita tolerancia. Reconoceríamos en él una emanación desconcertante de santidad, incandescencia excesiva debida a la cerrazón de nuestras mentes. Jesús es reconocible en los corazones abiertos de cualquier tradición y, por lo tanto, en la medida en que estemos abiertos, los cristianos también le reconoceríamos.

¿Es preciso ejercitarnos con la idea de Cristo más allá del cristianismo?

Claro. El problema está en el “ismo”. El “ismo” implica la demarcación de un territorio en el que todo aquello que no está incluido en lo que conocemos no puede ser nuestro. El hecho de que Jesús muera más allá de las murallas de la ciudad mesiánica significa que cualquier intento de apoderarnos del Mesías queda reventado por la misma realidad de Cristo.

No nos podemos apropiar de lo sagrado. La muerte y la resurrección de Jesús suponen el desbordamiento de los límites de la ciudad mesiánica, del espacio que nosotros hemos asignado a Dios. Jesús nos viene a decir que no nos pertenece a nosotros en exclusiva. El misterio pascual es el trascendimiento de los espacios mentales que construimos a nuestra imagen.

Las apariciones tras la resurrección de Jesús no supusieron un inmediato reconocimiento. Sus seguidores no tenían categorías para identificarlo, sólo las antiguas. De ahí el “No me toques, no me retengas” que lanza a María Magdalena. Con ello le indica que no es Él quien ha de volver al mundo antiguo, sino que es ella la que debe avanzar hacia Él. Se trata del proceso de renovación que cada persona y cada generación están llamadas a realizar.

¿Se acomodaría fácilmente Jesús a la estructura eclesial de nuestros días?

No. Jesús no pertenecía a la tribu de Leví ni a la dinastía de Sadoc; por lo tanto, no era sacerdote ni rabino. Era lo que denominamos hoy un laico. ¿En qué tradición hubiera nacido hoy? Insisto en decir que no tendría que ser necesariamente cristiano. Ni necesariamente tendría que volver a ser un hombre. A lo mejor sería mujer.

Jesús no estaría en contra de la Institución por el capricho de reventarlo todo. El problema de toda institución religiosa -y por lo tanto, de la iglesia cristiana y católica- es su pretensión de monopolio sobre Dios, su tentación de acaparar a Dios, de convertirse en la única interprete, en la única mediación con lo divino.

Desde la institución se puede mediar, pero el problema es el querer convertirse en los únicos mediadores. Ahí es donde entra el pecado, el pecado de la exclusión. Desde el momento en que Jesús es salvación, es claro que no va a ubicarse en el marco de la jerarquía. Se sitúa como alternativa para abrir lo que los otros cierran. Constitutivamente tiene que estar fuera de la institución. Trata de abrir espacios que la institución no reconoce. De aquí que Jesús se sitúe en el margen. De lo contrario, no añadiría nada a lo que ya conocemos.

¿Qué es lo que te atrajo de la figura de Ignacio de Loyola

Sus “y” y no sus “o”. La alternativa no es contemplación o acción, sino contemplación y acción. No es eficacia o pobreza, sino eficacia con pobreza. No es fe o razón, sino fe y razón. No se trata de escoger entre ser idiota y creer, esto es, dejar de pensar porque tenemos fe, ni de pensar a costa de dejar de creer. No, pensamos y creemos a la vez. La fe orienta y unge el pensamiento y el pensamiento articula e indaga en el horizonte que abre la fe.

El carisma ignaciano supone una integración de las diferentes dimensiones de lo humano. Los jesuitas somos un poco lobos esteparios, monjes solitarios y a la vez vivimos en comunidad. De nuevo aquí se da la integración: la individualidad no se opone a la comunidad, sino que ambas se dan la vez y se fecundan entre ellas. Se nos cultiva fuertemente la personalidad, pero viviendo en comunidad. Otro ejemplo: carisma e institución. Nos sentimos vinculados a la Iglesia y a la vez somos contestatarios.

¿Pioneros también en una vocación universal?

Universales y a la vez locales. Concebimos la localidad desde la inculturación, esto es, respetando a las culturas y los valores que contiene cada una de ellas, lo que permite descubrir nuevas interpretaciones del Evangelio.

A un nivel más personal, los Ejercicios Espirituales son nuestro camino iniciático para descubrir nuestro propio lugar en el mundo. El director de los Ejercicios -por cierto, un nombre poco adecuado porque su labor no es la dirigir sino sólo acompañar-, es quien da las pautas para propiciar ese proceso de discernimiento; se trata de hacer un recorrido intransferiblemente personal que el acompañante ayuda a objetivar.

Esa libertad y respeto a la decisión personal se ejercita tanto en la vida espiritual como en el propio gobierno de la Compañía. De aquí el voto de confianza que supone encomendar una misión a un jesuita o a un grupo de jesuitas. Somos enviados para impulsar un dinamismo que es diferente según los tiempos y los lugares. Somos enviados para potenciar vida y liberar bloqueos. Tratamos de promover la libertad tanto en los procesos personales como colectivos.

¿El cuarto voto seguiría plenamente actual?

El cuarto voto es un voto de fidelidad a la Iglesia, una cuestión compleja de nuestro pasado. Más que un voto de obediencia es un voto de disponibilidad para la misión. La intuición de San Ignacio fue: nos adherimos a ti, Sumo Pontífice, porque tú tienes la visión de conjunto, tú ves desde la atalaya y dispones de una perspectiva que va más allá de los estados y de las diócesis.

¿De qué forma influyó Arrupe en tu vocación?

Una de las razones por las que soy jesuita es el padre Arrupe. En el momento en que discernía mi vocación él era el Padre General de la Compañía. Me atrajo su “sí” al mundo. Vi en él que se puede ser un hombre de Dios tanto desplazándose a pie o en un carromato como descendiendo de un avión intercontinental. Concedía ruedas de prensa en las que compartía experiencias de Dios, en las que los mismos periodistas quedaban sobrecogidos. Esas conferencias podían convertirse en auténticos ejercicios espirituales.

Peregriné a Roma a los 17 años desde Taizé. En el encuentro que mantuve con el Padre Arrupe me transmitió que interiormente la pobreza se puede vivir sin límites, por mucha abundancia que haya a nuestro alrededor. Celebramos este año el centenario de su nacimiento, celebración que estamos llevando con una cierta discreción, ya que Roma no está mucho por la labor. Sin embargo, estamos constatando que el propio pueblo lo está haciendo santo.

¿Fue San Ignacio, por su correspondencia con misioneros en los otros continentes, un precursor del mundo global de nuestros días?

Para bien y para mal, la fundación de los jesuitas coincide con la expansión de Occidente a África, a Asia y a América. Repito, para bien y para mal, la Compañía de Jesús fue uno de los instrumentos que favoreció ese inicio de la globalización. Se dice que San Ignacio es el santo moderno que más kilómetros recorrió a pie. Sus desplazamientos por la Península, Tierra Santa, Francia, Italia, Países Bajos, Inglaterra, su vuelta por unos meses a su tierra natal,… los hizo a pie, “solo y a pie”, como dice en su autobiografía.

San Francisco Javier es también un gigante de los inicios. De los 11 años que pasó en Oriente desde que salió de Lisboa, un tercio del tiempo trascurrió en el mar. Casi cuatro años navegando de un lado a otro, con lo impaciente que él era.

Gobierno de grandes universidades y a la vez compromiso con los más desheredados… ¿No son dos mundos dentro de la Compañía, no hay descarnamiento?

Volvemos a las “y”. Puede haber desencuentro y confrontación entre esos ámbitos, pero forma parte de la vida de la familia el que haya debates internos e intensos. Lo importante es que podamos estar en los dos mundos y que fluya la misma savia.
¿Fluye?

Fluye. Los años posconciliares fueron tensos y rugientes. Con el paso del tiempo hay más serenidad en la misma Compañía y reconocimiento de que entre todos nos complementamos.

En eso consiste la incomodidad y a la vez la gracia de ser jesuita: en ejercitarnos en la capacidad de integrar los contrarios. Eso es complejo, aparentemente incoherente; sin embargo, hay gran riqueza en ello.

¿En el compromiso con los pobres, no se ha cruzado en algún momento la raya y abrazado un exceso de visceralidad?…

Yo creo que nos hemos quedado cortos. Muy pocos jesuitas se pasaron. Los que persistieron en su exceso acabaron dejando por sí mismos la Compañía. Llega un momento en el que si vives con resentimiento algo se te rompe por dentro.

El lenguaje marxista era duro, pero lo era mucho más la situación que se vivía en la América Latina de los setenta y ochenta. Nos cuesta comprender lo que fueron aquellas dictaduras brutales, que, además, se amparaban en principios cristianos.

La Teología de la liberación es una opción preferencial por los pobres, opción que no es excluyente. Detrás de ello hay una gran ternura por el dolor de los últimos, de los desamparados. En determinadas situaciones, ese dolor se puede expresar en términos beligerantes. Como dice Mario Benedetti, “todo depende del dolor con que se mira”. La Teología de la Liberación nace de compartir ese dolor con los que sufren la violencia de los poderosos. Sin embargo, no es América el continente que más me atrae…

¿Ahora te vas a África?

Sí, me han pedido que asesore un encuentro con jesuitas africanos para ver cómo se pueden traducir los Ejercicios ignacianos a la simbología aborigen. Pero África la conozco muy poco. Asia es el continente que me fascina. Allí todo es Presencia.

¿Dónde encuentra Melloni esa Presencia?

En la inocencia de la gente sencilla, en sus rostros llenos de luz, en sus miradas transparentes. “¡Te bendigo Padre porque has ocultado esta inocencia a los sabios y entendidos y la has revelado a los humildes…!”, me digo a mí mismo, parafraseando las palabras de Jesús, y deseando recuperar esa inocencia. Inocencia que percibo aún en muchas personas, también en Occidente.

Pero la India me produjo un “shock”, pues esa pureza primigenia aún está allí, brotando a borbotones de los rostros de las personas. Hace diez años realicé una primera estancia de un año. En los primeros meses, me lo pensaba mucho antes de salir a la calle; tomaba aire antes de hacerlo, porque aquello era una verdadera jungla: multitudes hacinadas en las aceras; tránsito caótico entre vacas, cabras, carros, triciclos motorizados; indumentarias de lo más diversas; mendigos, saddhus, templos, colores y olores de especias, inciensos y excrementos, calor abrumador o lluvias torrenciales,… Todo ello tanto en las grandes ciudades como en las pequeñas poblaciones.

Pero al cabo de unos meses salía a las calles a ser bautizado por las miradas de la gente. Salía a mirar y a ser mirado, a sentirme humano entre los humanos, sin nada que ocultar o proteger, sin nombre, cargo ni atributo… Era simplemente un ser humano entre otros seres humanos, compartiendo el milagro de existir, sin nada que ganar o perder, sólo celebrando el don de ser.
La calle allí significa otra cosa. Quien vive en la calle en la India vive acompañado. No es lo mismo que los “homeless” que nosotros conocemos, que han quedado totalmente al margen del círculo de la vida. Se trata de otra cosa. Cada pequeña fuente es una fiesta. ¿Qué problema es que no haya agua corriente en la casa, si está compartida en la esquina de la calle?

¿Lo sagrado está más presente allí en la India?

Los indios están muy receptivos y abiertos a la trascendencia. Todo es sagrado para ellos. Por lo que a nosotros respecta, no sé si hemos perdido esta apertura o si la hemos tenido alguna vez. Hemos desarrollado culturas muy distintas. Hay muy pocos lugares en nuestra geografía que no hayan recibido el impacto de la modernidad, lo cual se traduce en la capacidad de producción y de manipulación. Nos hemos ido llenando de cosas a costa de embotarnos y de perder el contacto con la inmediatez de la vida.

Todo lo que había aprendido desde pequeño como signo de buena educación -ir calzado, con camisa, comer con cubiertos, sentarse en la silla “como Dios manda”…-, resultaba improcedente en la India. Allí, me tenía que descalzar, quitarme la camisa, comer con las manos y en el suelo… Descubrí una relación de inmediatez con las cosas que había perdido y comencé a disfrutar de una gran libertad…

¿Cómo podríamos recuperar de nuevo ese sentido de lo sagrado en Occidente?

Para ello es preciso recuperar la capacidad de agradecimiento. Si todo lo que tenemos lo disfrutáramos conscientes de que es puro don, descubriríamos el gozo de la gratitud.

He vivido en India experiencias fascinantes de encuentros silentes con grupos de personas en los que simplemente nos mirábamos sonriéndonos mutuamente, celebrando el mero hecho de ser humanos en un momento y espacio determinados. Nos manifestábamos abiertos al otro, reconociéndonos hermanos, recibiéndonos de una Vida que tomaba forma en un tú y en un yo. En esos instantes, en medio de la naturaleza, más allá de todo, éramos Uno con formas diferentes. Ese momento es una de las cimas de experiencia humana y espiritual que he vivido.

Experiencias de este orden difícilmente ocurren en nuestras tierras. En el cristianismo la naturaleza no está sacralizada como teofanía. El cristianismo es primordialmente antropocéntrico, aunque podamos encontrar en su historia seres como San Francisco de Asís…

A pesar de todo, estoy convencido de que todavía somos capaces de mucha inocencia y ternura en nuestro mundo.

A lo largo de todos estos años, ¿has tenido tu “caída del caballo” o tu compromiso en la fe ha sido una evolución paulatina?

Mi experiencia fundante sucedió a los 14 años, en una misa a la que fui solo, el día de Todos los Santos. En el momento de comulgar se produjo en mí una explosión. Todo era amor y no había más que amor por todas partes, formas de amor, piélago de amor, amor por arriba, por abajo… “¡Señor, dije, quiero ser tuyo! ¡No hay causa humana mayor a la que pueda entregarme después de haber recibido esto de ti!”. Hubiera salido a la calle y parado los coches diciendo a la gente: “¡Todo es amor! ¡Somos de amor para amor!”. Deseé ser llevado para siempre al Lugar de donde procedía tanta plenitud. Después comprendí que se me había dado para comunicar a los demás esta experiencia, esta certeza. Así empezó mi aventura: con una anticipación del Final.

Lo que me atrajo de la Compañía es su “sí” al mundo contemporáneo. Es este mundo el que hay que transformar, sin clericalismos, sin cerrazón… Ahí entra el padre Arrupe. Esa “nostalgia del futuro” era lo que me atraía y me sigue atrayendo de la Compañía.

En los años de formación, que se hicieron largos, lo que me sostuvo en tiempos de crisis fue el nombre de Jesús. Me reconfortaba pensar que aspiraba a formar parte de los compañeros de Jesús, que iba a ser de Jesús. Sentía que estaba donde debía estar. Lo sigo sintiendo.

¿También te habrá sostenido esa experiencia sublime que viviste a los catorce años?

Eso está ahí y es intocable. Puede pasar lo que sea, que nada puede ni podrá dañar eso. Es sagrado, incólume. Eso “es”, lo demás se va acercando hacia ahí.


Foro observatorio Plan de Nación -Canal 10 Honduras


Programa de la Televisión Educativa Nacional de Honduras profundiza en las acciones que impulsa el IICA en materia de desarrollo rural territorial para la Región Centro 12 de ese país centroamericano.

CLASSICAL MUSIC IN MOVIES (& CARTOONS TOO!)



CLASSICAL MUSIC IN MOVIES (& CARTOONS TOO!)

00:00 Tchaikovsky - The Nutcracker: Waltz of the Flowers
Donetsk Symphony Orchestra, Silvano Frontalini
07:03 Strauss II - On the Beautiful Blue Danube, Op. 314
Donetsk Philharmonic Orchestra, Silvano Frontalini
18:26 Strauss II - Die Fledermaus (The Bat): Ouverture
Vilnius Orchestra, Silvano Frontalini
26:47 Mozart - Eine Kleine Nachtmusik, K. 525: I. Allegro
Opole Philharmonic Orchestra, Werner Stiefel
32:45 Bach - Brandenburg Concerto No. 3, BWV 1048: I. Allegro
Orchestra da Camera Fiorentina, Giuseppe Lanzetta
38:45 Mozart - Le Nozze di Figaro: Non Più Andrai, Farfallone Amoroso
National Moldavian Symphony Orchestra, Silvano Frontalini
42:04 Piovani - Suite from La Vita È Bella
Orchestra da Camera Fiorentina, Giuseppe Lanzetta
46:57 Strauss II - Tales from the Vienna Woods, Op. 325
Vilnius Orchestra, Silvano Frontalini
59:44 Beethoven - Symphony No. 6, Op. 68 "Pastoral": I. Allegro ma non troppo
Orchestra da Camera Fiorentina, Giuseppe Lanzetta
1:10:36 Morricone - Gabriel’s Oboe
Orchestra da Camera Fiorentina, Giuseppe Lanzetta
1:12:52 Barber - Adagio for Strings
Orchestra da Camera Fiorentina, Giuseppe Lanzetta
1:19:57 Beethoven - Symphony No. 7, Op. 92: II. Allegretto
Orchestra da Camera Fiorentina, Giuseppe Lanzetta
1:28:58 Mozart - Requiem: Dies Irae
Orchestra da Camera Fiorentina, Harmonia Cantata, Giuseppe Lanzetta
1:30:39 Rossini - The Barber of Seville: Overture
Orchestra da Camera Fiorentina, Giuseppe Lanzetta
1:37:34 Bizet - Carmen: Chanson Boheme
National Moldavian Symphony Orchestra, Silvano Frontalini
1:42:37 Tchaikovsky - The Nutcracker: Dance of the Sugar Plum Fairy
Donetsk Symphony Orchestra, Silvano Frontalini
1:44:45 Debussy - Suite Bergamasque: III. Clair de Lune
Luke Faulkner (solo piano)
1:49:29 Saint-Saens - The Carnival of the Animals: The Swan
Sarah Joy (cello), Kathy Hohstadt (piano)
1:52:08 Beethoven - Piano Sonata No. 14 "Moonlight Sonata": I. Adagio sostenuto
1:57:02 Chopin - Nocturne in C sharp minor, Op. Posth.
2:00:52 Chopin - Preludes, Op. 28: No. 15 "Raindrop"
Luke Faulkner (solo piano)
2:06:11 Chopin - Faintaisie Impromptu Op. 66
2:10:21 Satie - 6 Gnossiennes: No. 1, Lent
Carlo Balzaretti (solo piano)
2:13:31 Mozart - Piano Sonata No. 11: III. Alla Turca
2:17:10 Schumann - Kinderszenen, Op. 15: No. 7, Traumerei
2:20:29 Bach - Orchestral Suite No. 3, BWV 1068: II. Aria (arr. for piano)
Giovanni Umberto Battel (solo piano)

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Foro Industrial Innovar: Una Necesidad Industrial


Donde Dios es varón…


María López Vigil
Agenda Latinoamericana 2018

Recuerdo perfectamente dónde estaba hace unos diez años cuando abrí un boletín de noticias del Concilio Mundial de Iglesias que recibía periódicamente y leí aquel titular “Donde Dios es varón, los varones se creen dioses”.

No sólo cae uno de un caballo y de camino a Damasco… En aquel momento no me caí de la silla y seguí en el lugar de siempre, pero ese titular fue como una revelación. Me hizo caer en la cuenta de algo esencial. Agarrada de esa idea inicié un camino que desde entonces no he dejado de recorrer.  

Bajo ese título venían las palabras de la ministra protestante Judith Van Osdol en un encuentro regional de mujeres celebrado en Buenos Aires. 

“Las iglesias que imaginan o representan a Dios como un varón tienen que hacerse cargo de esta imagen creada como herejía. Porque donde Dios es varón, el varón es Dios…”

Cuando leí esas dos frases sentí que estaba tocando las raíces más antiguas de la discriminación, del menosprecio, del desprecio, de la violencia contra las mujeres…  

He seguido reflexionando desde entonces, escudriñando cómo se tejió esa antiquísima raíz.  

Si toda religión consiste en hacer visible en palabras, en narraciones, en imágenes, al Dios a quien nadie vio jamás, es evidente que la religión cristiana, de matriz judía, ha empleado oraciones, alabanzas, pinturas, cantos, esculturas y símbolos, todos masculinos, para hacer “visible” a Dios. Apenas unas cuantas referencias bíblicas tienen un matiz femenino. También se ha incorporado hoy al lenguaje litúrgico llamarle “Dios Padre y Madre”… ¿Bastará eso?

Partiendo de nuestra herencia cultural podemos afirmar que, aunque Dios no tiene sexo, desde hace miles de años sí tiene género: el género masculino.

Sabemos que el sexo es una característica biológica y el género una construcción cultural. Por eso, aunque en Dios está presente tanto lo femenino como lo masculino como expresiones de la Vida, en la cultura judeocristiana, en la cultura bíblica, en la tradición cristiana, católica, ortodoxa o protestante, en los textos de cuatro mil años de escritura, en la literatura del judaísmo, en la de dos mil años de cristianismo, también en el islam, Dios tiene género y su género es masculino. Eso significa que Dios es imaginado, pensado, concebido, rezado, cantado, alabado o rechazado… como un varón. ¿Cómo no pensar entonces que esa milenaria identificación genérica, cultural, de Dios con lo masculino no tenga consecuencias en la sociedad humana?

Por ser el género una construcción cultural, también que se puede cambiar. Porque todo lo que se construye se puede de-construir para reconstruirlo de nuevo. Creo que de eso se trata: de reconstruir el rostro de Dios también en femenino, una tarea que no es sencilla, pero, ¿cómo no pensar que eso tendría consecuencias importantes en la ética, en la espiritualidad?

Por la antropología cultural, sabemos que, al principio Dios “nació” en la mente humana en femenino, que la idea de Dios nació vinculada a lo femenino. Durante milenios, la humanidad, asombrada ante la capacidad de la mujer de generar en su cuerpo el milagro de la vida, veneró a la Diosa Madre, viendo en el cuerpo de la mujer la imagen divina. Durante milenios, todos los pueblos de la Tierra pensaron a Dios como una madre.    

Muchos milenios después, la revolución agrícola trajo acumulación de granos, de tierras y de animales… y trajo también la necesidad de defender con armas, graneros, tierras y ganado. En esta etapa, y poco a poco, la Diosa Madre fue quedando relegada y dioses masculinos y guerreros, que decretaban guerras y exigían sacrificios sangrientos, se fueron imponiendo en todos los pueblos de la Tierra. Los dioses masculinos dominaron las culturas del mundo antiguo y desde entonces se impusieron en todas las religiones que hoy conocemos. También en la Biblia suplantaron a la Diosa Madre y finalmente, Yahvéh, el Dios de la Biblia se impuso en la imaginación del pueblo hebreo. Es el origen de lo que hoy llamamos “cultura religiosa patriarcal”.    

En la iconografía cristiana, en las imágenes que hemos visto desde niños, Dios es un anciano con barbas. Es también un rey con corona y cetro sentado en un trono. Es un juez inapelable, de decisiones inescrutables. Es también el Dios de los ejércitos. Siempre es una autoridad masculina. Los dogmas cristológicos nos dicen que ese Padre Dios tiene un Hijo, también Dios, que "se hizo" hombre, lo que sugeriría que su esencia anterior a ese "hacerse" era también masculina. La tercera persona en esa "familia divina", es el Espíritu Santo. A pesar de que, en hebreo, la palabra “espíritu” es una palabra femenina, es la “ruaj”, la fuerza vital y creadora de Dios, la que lo pone todo en movimiento y anima todas las cosas, nos enseñan que el Espíritu dejó embarazada a María, lo que nos lleva a pensar que el Espíritu es un principio vital masculino.

Incluso en expresiones religiosas muy posteriores, populares y liberadoras, como las que se expresan en la Misa Campesina Nicaragüense, Dios es un hombre. Le cantamos como “artesano, carpintero, albañil y armador”. Ningún oficio femenino tiene ese Dios. Y lo “vemos” en las gasolineras chequeando las llantas de un camión, patroleando carreteras, lustrando zapatos en el parque, siempre en trabajo de hombres. No lo vemos lavando o cocinando o cosiendo, mucho menos dando de mamar. Es un Dios pobre y popular, pero... es varón. El Dios de la Teología de la Liberación siguió siendo un varón.

Jesús de Nazaret fue educado en la religión de sus padres. En el judaísmo, Dios era imaginado y pensado siempre en masculino. Jesús nos lo presentó como un Padre bondadoso y lo llamó “Abbá”, no lo llamó “Immá”. Sin embargo, hay en las actitudes de Jesús un acercamiento a las mujeres similar al que tuvo con los hombres, lo que contrariaba su religión. Y hay en la propuesta ética de Jesús valores atribuidos por la cultura a “lo femenino”: el cuidado, la pasión y la compasión, la no violencia, la cercanía, la empatía, la intuición, la espontaneidad…

Y hay también una pista interesante en algunas de sus parábolas. ¿Tal vez una intuición del hombre de Nazaret? Jesús hizo protagonistas de sus comparaciones con Dios y con el actuar de Dios a las mujeres.

En la parábola de la levadura habló de lo que sucede con el Reino de Dios: tan sólo una pizca de levadura fermenta toda la masa y eran mujeres quienes hacían el pan, quienes ponían en marcha ese proceso. Habló también del cuidado que tiene Dios con todos sus hijos, comparando a Dios con un pastor que busca a costa de riesgos a una de sus cien ovejas cuando se le perdió. Inmediatamente, el Maestro “feminizó” su comparación y dijo que Dios se parece también a una mujer que busca ansiosamente una de las diez monedas de su dote cuando se le perdió…

Esas comparaciones tuvieron que resultar sorprendentes para su audiencia, educada en una cultura religiosa donde Dios tenía género masculino y donde las mujeres eran discriminadas totalmente en las prácticas, ritos y símbolos de la religión. Al comparar los sentimientos de alegría de Dios con los del pastor que encuentra a su oveja y con los de la mujer que encuentra su monedita, Jesús amplió la imagen de Dios, habló de un Dios al que nunca nadie vio, pero al que tanto hombres como mujeres revelan y manifiestan cuando cuidan la vida.

La imagen masculina de Dios, tan arraigada en nuestra mente, tiene consecuencias. ¿No es la más obvia deducir que si Dios es visto como varón, los varones se verán a sí mismos como dioses? ¿Y si además Dios es visto como un varón que ordena, impone y juzga, los varones, que se ven como dioses, no ordenarán, se impondrán y juzgarán? ¿No será ésta la raíz más vieja y más oculta que justifica y legitima la inequidad entre hombres y mujeres? ¿No estará también aquí una explicación, muy soterrada, de la discriminación y la violencia de los hombres contra las mujeres? ¿No será que, como esa raíz permanece tan escondida, lleva tanto tiempo intocada, y estamos anestesiados todos, hombres y mujeres, ante sus consecuencias?

Toda nuestra cultura cristiana está articulada a partir de la imagen de un Dios masculino que norma su creación desde arriba y desde afuera. La Diosa Madre unificaba a todos los seres vivientes, humanos, animales y plantas, desde dentro de todo lo creado. El resultado del desequilibrio histórico que la sustituyó a Ella para imponerlo a Él, que conflictuó lo masculino y lo femenino trasladando ese conflicto a la imagen de Dios tiene consecuencias en la forma en que hemos construido el mundo y en cómo vivimos en el mundo. ¿No será una urgente tarea indagarlas?    




Guatemala e Israel, una historia antigua y sangrienta



Por una amplia mayoría, 128 países miembros de las Naciones Unidas, de un total de 193, condenaron el 21 de diciembre de 2017 el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel declarado por el presidente de EE.UU. Donald Trump. El texto de la resolución repetía, a grandes rasgos, un proyecto apoyado por 14 de los 15 miembros del Consejo de Seguridad en el que Estados Unidos tuvo que utilizar su veto de miembro permanente para impedir que se adoptara.

Con el fin de evitar esta condena masiva de la comunidad internacional, previamente Washington multiplicó las amenazas y las presiones. Así, 35 Estados se abstuvieron y 21 juzgaron prudente no tomar parte en la votación. Entre los abstencionistas, la Casa Blanca pudo contar con la «solidaridad pasiva» de algunos comparsas continentales: México, Argentina y Canadá. Pero, por supuesto, fueron «siete grandes potencias» totalmente alineadas con Washington y Tel Aviv las que llamaron la atención: las islas Marshall, Micronesia, Nauru, Palau, Togo y, sobre todo, del tradicional patio trasero, Honduras y Guatemala.

Nada sorprendente en el caso de Honduras, donde Juan Orlando Hernández (JOH) acaba de autoproclamarse reelegido en una elección presidencial en condiciones tan escandalosas que incluso la Organización de los Estados Americanos (OEA) protestó por la irregularidad (1). Trump por el contrario, y contra toda evidencia, reconoció la «victoria», se entiende que «JOH» rivalizase en servilismo. Sin embargo, en el registro de «alianzas dudosas y compromisos absolutos», su homólogo guatemalteco Jimmy Morales lo hizo todavía mejor: el 24 de diciembre anunció su intención de imitar a Washington trasladando su embajada de Herzliya (barrio de Tel-Aviv) a Jerusalén, en desafío del voto de condena de la Asamblea General de las Nacionales Unidas.

Al igual que Honduras, Guatemala se encuentra en posición de gran debilidad frente al eventual mal humor de la Casa Blanca y del Departamento de Estado. Aunque modesta y dirigida prioritariamente a las fuerzas de seguridad y represión, la ayuda económica de Washington es vital para esta nación abandonada. Además, el chantaje de la expulsión pende sobre el millón de guatemaltecos que residen más o menos legalmente en territorio estadounidense y permiten la supervivencia de sus compatriotas gracias a las remesas. Casi 40.000 de esos emigrantes ya fueron repatriados manu militari en 2017.

Finalmente, al igual que «JOH», Jimmy Morales arrastra algunos escándalos que solo pueden incitarle a la más pragmática de las sumisiones. Desde 2015, encargada por las Naciones Unidas y Washington, una comisión internacional contra la impunidad en Guatemala (CICIG) lleva en el país una «santa cruzada» contra la corrupción. Y no sin resultados: en 2015 la comisión hizo destituir y encarcelar al presidente Otto Pérez Molina y a la vicepresidenta Roxana Baldetti por malversación de fondos.

A su vez Jimmy Morales, tras acceder a la cabeza del Estado, se ha señalado por algunas «fruslerías». En septiembre de 2017, por ejemplo, se descubrió que percibía todos los meses de las fuerzas armadas, con total discreción, una presunta «prima de riesgo» de 7.300 dólares (un incremento irregular de su salario del 33%) Después otra revelación agitó la opinión pública: 800.000 dólares de fondos ilegales habrían irrigado la campaña del Frente de Convergencia Nacional del que era el candidato.
La Procuradora General Thelma Aldana y la CICIG demandaron que se levantara su impunidad y se permitiera juzgarle y Morales (cuyo hermano y uno de sus hijos están encarcelados por emitir facturas falsas), apoyado por la extrema derecha y antiguos militares, replicó declarando persona non grata y pretendiendo expulsar al jurista colombiano Iván Velásquez, jefe de la CICIG, decisión que provocó fuertes reacciones nacionales e internacionales y que el Tribunal Constitucional guatemalteco rechazó y anuló. En semejante contexto, atraerse la simpatía de Trump no es nada secundario para el jefe del Estado centroamericano.

Pero la decisión de trasladar la embajada guatemalteca a Jerusalén no responde solo a esa preocupación. Al hacer el anuncio Jimmy Morales informó de una entrevista telefónica que mantuvo con el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu en el curso de la cual ambos mandatarios señalaron las «excelentes relaciones» que existen entre ambos países «desde que Guatemala apoyó la creación del Estado de Israel». 

Recordemos brevemente ese episodio, que no es el más importante (para los guatemaltecos, se entiende). El hecho es que ese pequeño Estado de América central fue el segundo (¡Inmediatamente detrás de Estados Unidos!) que reconoció la existencia de un «Estado judío» en territorio palestino el 14 de mayo de 1948.

En el origen de esta presencia en los primeros tiempos de las convulsiones del lejano Oriente Próximo, se encuentra un diplomático progresista (o al menos reformista), Jorge García Granados. Hijo menor de un jefe de Estado encarcelado y torturado por la dictadura de Jorge Ubico, exiliado en México, Granados combatió en el bando republicano de la guerra civil española antes de unirse a la «Revolución de Octubre» que, en 1944, permitió a Juan José Arévalo convertirse en el primer presidente democráticamente elegido de Guatemala.

Marcado por el control colonial de Londres sobre la Honduras británica vecina (hoy Belice), un territorio históricamente reivindicado por Guatemala, Granados, miembro del Comité Especial para Palestina nombrado por las Naciones Unidas en mayo de 1947 (2), veía con buenos ojos el fin del mandato británico sobre ese territorio y como la mayoría de los miembros de la Comisión recomendó su partición entre un Estado árabe y un Estado judío (que se convertiría en Israel unos meses después), con un estatuto especial internacional para Jerusalén bajo la autoridad administrativa de las Naciones Unidas (3). A pesar de lo que se pueda pensar a posteriori, nada que ver con las ineptas iniciativas de Trump y después de Jimmy Morales que, a finales de diciembre de 2017, han pisoteado los derechos más elementales de los palestinos.

Tras las elecciones de 1944, Guatemala vivió 10 años de «primavera democrática» bajo las presidencias de Juan José Arévalo (1945-1951) y Jacobo Árbenz Guzmán (1951-1954). El derrocamiento de este último por un golpe de Estado que organizaron la compañía bananera americana United Fruit (UFCo), hostil a la reforma agraria, y su brazo armado, la Central Intelligence Agency (CIA), marca el principio de una tragedia de la cual Granados solo conoció el principio, puesto que murió en 1961.

Muy poco tiempo después, bajo el mandato de Julio César Méndez Montenegro (1966-1970), el coronel Carlos Manuel Arana Osorio –apodado «el chacal de Zacapa»– con el apoyo de los instructores y los Boinas verdes estadounidenses, dirige una campaña de represión sin precedentes contra las organizaciones de izquierda, refugiadas en la clandestinidad. Los asesinatos políticos llegaron a la cifra de 8.000 entre 1966 y 1968. Convertido en general y llegado al poder en 1970, Arana Osorio se declaró decidido «si fuese necesario, a convertir el país en un cementerio para restaurar la paz civil». Entre 1970 y 1978, 20.000 guatemaltecos pagaron con su vida esa filosofía.

A pesar de la convergencia de los intereses de la nueva oligarquía militar y las multinacionales estadounidenses (Hanna Mining, Del Monte, Standard Brands –nueva rama de la UFCo-) la amplitud y los métodos de la represión, las violaciones masivas y repetidas de los derechos humanos -150 personas fueron asesinadas a sangre fría en 1977 en la plaza de la ciudad de Panzós- llevaron al presidente James Carter a suspender la ayuda militar de Estados Unidos. Desde entonces la «diplomacia del Uzi» (en referencia al potente y célebre fusil de asalto israelí) va a desempeñar un papel preponderante.

La asistencia militar israelí a Guatemala había empezado oficialmente en 1971. Desde 1975 el Estado terrorista proporcionaba los aviones Aravat y diversos tipos de armamento –cañones, armas individuales- que Estados Unidos dejó de suministrar. Cuando en 1977 Carter interrumpió totalmente la venta de armas, Tel Aviv tomó definitivamente el relevo.

El general Lucas García fue «elegido» en 1978, mediante un fraude descarado y con una tasa de abstención del 63,5%. Este imposible regreso a la vía política provocó la aparición de las guerrillas. En 1975, en primer lugar, en la región del Ixcán, reaparece el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), cuyo núcleo inicial había participado en un levantamiento precedente antes de replegarse a México. En 1979 surgió la Organización Revolucionaria del Pueblo en Armas (ORPA).

El poderoso lobby guatemalteco «Asociación de los Amigos del país» invirtió varios cientos de miles de dólares en el Partido Republicano como contribución a la campaña electoral de Ronald Reagan. Cuando este llegó a la Casa Blanca las relaciones se volvieron menos difíciles. Aparte de los intereses estratégicos de Washington, el poder económico adquirido por los militares guatemaltecos (el 33% de la región petrolera del Petén les pertenecía) ofrecía ahora más oportunidades, además de las de la oligarquía nacional tradicional, a las posibilidades de beneficio de las empresas estadounidenses.

Cuando en el segundo semestre de 1981, el general Benedicto Lucas lanzó una ofensiva general contra las guerrillas, la represión, además de su aspecto militar, llegó a los sectores más moderados de la sociedad, incluida la democracia cristiana. Una primera etapa de «pacificación» se tradujo en masacres y la destrucción de más de 250 pueblos indígenas considerados bases del apoyo a la insurrección armada. Este período de toma de control total de la población se saldó con alrededor de 20.000 muertos, la huida de aproximadamente 100.000 campesinos que se refugiaron mayoritariamente en el sur de México, un millón de personas desplazadas y la militarización de la administración del Estado.

Efectuando «un trabajo fantástico», según el general Benedicto Lucas, decenas de asesores militares israelíes respaldaban al servicio de inteligencia guatemalteco, el siniestro G-2, y pusieron en marcha un sistema informático que permitía el fichaje sistemático del 80% de la población. Gracias a los ordenadores fabricados en Israel, el ejército guatemalteco descubre y destruye en 1981 veintisiete escondites de las organizaciones revolucionarias a través de un análisis de los consumos nocturnos de agua y electricidad en la ciudad de Guatemala. Además de la construcción de una fábrica de armas en la provincia de la Alta Verapaz por la Eagle Military Gear Overseas, la ayuda israelí se inscribe en el «programa de pacificación rural» responsable de la muerte de miles de campesinos pertenecientes a los pueblos mayas. Ese siniestro plan se inspira directamente, según su responsable el coronel Eduardo Walhero, en el Nahal Program –«Jóvenes pioneros combatientes»– destinado a formar a jóvenes soldados en técnicas agrícolas para instalarlos en las zonas fronterizas del Estado israelí.

La imposición del general Aníbal Guevara, ganador en 1982 de uno de los escrutinios más fraudulentos de la historia del país, lleva al golpe de Estado del general Efraín Ríos Montt, especialista en la contrainsurrección y candidato electo expulsado de la democracia cristiana en 1974. Este relanza la ofensiva contra el movimiento armado, unificado entonces en la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca (UNRG). La estrategia «tortilla, techo, trabajo» agrupa a las poblaciones de las aldeas estratégicas bajo el modelo estadounidense utilizado en Vietnam, el reclutamiento forzoso de los indios en patrullas civiles de autodefensa (PAC). Bajo el lema «Fusiles y frijoles» esas patrullas servirían fundamentalmente de carne de cañón –solo el 5% de esos pseudovoluntarios estaban armados- y permitían vigilar constantemente a «los 265.000 campesinos» que según el ejército «ayudan a la guerrilla». Todo esto siempre con la atenta ayuda de Tel Aviv cuando, bajo el régimen de Ríos Montt, 18.000 campesinos fueron masacrados, víctimas de las peores atrocidades.

Cuando las luchas populares triunfaban en la vecina Nicaragua, progresaban en El Salvador y en menor medida en Honduras, Guatemala se convirtió en un centro de difusión regional, el 30% de las armas israelíes recibidas se revendían en la zona –especialmente a los contrarrevolucionarios nicaragüenses (la contra)-

«Nuestros dos países comparten los mismos objetivos y las mismas cualidades, como el pluralismo, los derechos humanos, la paz, la justicia social y el progreso económico», declaró finalmente (sin reírse) Ronald Reagan, el 13 de enero de 1984, al recibir las credenciales del nuevo embajador de Guatemala. Restablecida la ayuda militar de Washington esta se añade a la de Tel Aviv, que no se interrumpe.

Cuando el conflicto acabó, en 1996, la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH) puesta en marcha por las Naciones Unidas reveló que se saldó con el desplazamiento de un millón y medio de personas y la muerte de 200.000 –el 93% víctima de los grupos paramilitares y el ejército- Aunque la tragedia se desarrolló a lo largo de más de tres decenios, los picos más atroces de violencia provocados por la estrategia de tierra quemada se desarrollaron entre 1980 y 1983, bajo los gobiernos militares de Lucas García y Ríos Montt.

Atrapado por la justicia de su país en 2013, Ríos Montt fue condenado por «genocidio y crímenes contra la humanidad» (aunque el Tribunal Constitucional guatemalteco se apresuró después a anular el proceso). En 1982, es el mismo Ríos Montt quien declaraba al periódico español ABC: «Nuestro éxito se debió a que nuestros soldados fueron entrenados por los israelíes».  

Doscientos mil muertos no se pueden comparar con seis millones. Pero aun así… en pleno siglo XX, apenas algunos años después de revelarse el crimen absoluto del Holocausto, un genocidio es un genocidio. Una monstruosidad que según Jimmy Morales y Netanyahu permitió a los gobernantes de ambos países, a lo largo de esos años sangrientos, mantener «excelentes relaciones». Ahora para mayor desgracia de los palestinos.

Notas:

(1) Leer «Au Honduras, le coup d’Etat permanent», Mémoire des Luttes, 5 décembre 2017, http://www.medelu.org/Au-Honduras-le-coup-d-Etat
(2) Nombrado por la ONU el 13 de mayo de 1947, el Comité Especial para Palestina de las Naciones Unidas (UNSCOP) constaba de los representantes de once Estados (Australia, Canadá, Guatemala, India, Irán, Países Bajos, Perú, Suecia, Checoslovaquia, Uruguay y Yugoslavia).
(3) Una vez proclamada la independencia del Estado de Israel en 1948, Granados sería el primer diplomático que anunció en las Naciones Unidas el reconocimiento de Israel por su país. A partir de 1956 fue el primer embajador de Guatemala.



Pueblos indígenas: entre la guerra y la política


Francisco López Bárcenas
www.jornada.unam.mx / 300118

El general prusiano Karl von Clausewitz, analizando las acciones bélicas entre estados, hizo famoso el aforismo de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Por su lado Michel Foucault, analizando la hegemonía y el poder, invirtió la idea y aseveró que la política es la continuación de la guerra por otros medios. A su modo cada uno tenía razones en sus posturas; al final los dos trataban de explicar las maneras en que unos grupos buscan imponerse a otros.

El gobierno mexicano usa ambas formas de dominación cuando de someter a los pueblos indígenas se trata. Si éstos van por los cauces institucionales para reclamar sus derechos, quien los enfrenta es una burocracia que hace como si buscara ofrecer soluciones, pero si los reclamantes, cansados de no encontrar solución a sus demandas, buscan hacerlo por otros medios, es la policía y el Ejército quienes buscan volverlos al lugar que se les ha asignado, o, cuando no se quiere involucrarlos, se usan pistoleros o guardias blancas que lo hagan.

Pongo dos ejemplos recientes para ilustrar esta aseveración. En días pasados la policía de Ciudad de México echó a la señora Magdalena García Durán –in­dígena mazahua– de donde vendía artesanías, con el argumento de que el comercio no está permitido en lugares públicos; en este mismo mes la Comisión Interamericana de Derechos Humanos solicitó al gobierno mexicano garantizar la vida y libertad de Bettina Cruz Velásquez –indígena zapoteca–, integrante de la Asamblea de los Pueblos Indígenas del Istmo de Tehuantepec en Defensa de la Tierra y el Territorio, sobre quien pesan amenazas por oponerse a la invasión del territorio zapoteco por los parques eólicos; y la semana pasada se encontró sin vida a Guadalupe Campanur Tapia, indígena purépecha del municipio de Cherán, defensora de los bosques. Aparte de coincidir en que son mujeres, a las tres las unía su lucha en defensa de los derechos de sus pueblos y un ideal por vivir en un mundo mejor, sin contar que las dos primeras son integrantes del Concejo Indígena de Gobierno (CIG) del Congreso Nacional Indígena (CNI).

El otro caso, donde los reclamos indígenas se enfrentan con burocracia, es el del Consejo para la Protección y Preservación de la Ceremonia Ritual de Voladores AC, del municipio de Papantla, Veracruz, quienes desde hace año y medio andan buscando una autoridad que los atienda, porque consideran que la empresa cervecera Cuauhtémoc-Moctezuma-Heineken SA, ha violado sus derechos al hacer uso de su imagen y distorsionarla, para promover la cerveza indio.

En este tiempo han acudido a la Dirección de Turismo del municipio de Papantla, donde les dijeron que ahí no se había otorgado permiso alguno, como la empresa aseveraba; aun así, el representante de la cervecera ofreció que si hacían una fiesta, él les regalaba toda la cerveza que necesitaran para convivir y hasta para que se ganaran un dinero.

Inconformes con esa situación y dado que ellos están declarados por la Unesco como patrimonio inmaterial de la humanidad, acudieron a la Dirección de Patrimonio Mundial del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) con la pretensión de que hiciera algo para detener la campaña de la cervecera, pero ahí les recomendaron que se registraran en el Instituto Nacional de Derechos de Autor (Indiautor) para que pudieran protegerlos; como esa respuesta no les satisfacía acudieron al Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), el cual se negó a intervenir porque, desde su punto de vista, la ley que lo regula no considera discriminatoria esa práctica. No se desanimaron y acudieron a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y a la Secretaría de Cultura; la primera ha requerido dos veces a la segunda para que atienda el caso y ésta ha fijado este 30 de enero para que, a través del Indiautor se realice una junta de avenencia entre la cervecera y los voladores. Un año y medio después de que vienen reclamando justicia.

Son tiempos turbulentos para los pueblos indígenas y no se avizora que cambien en el corto plazo. No porque para que cese la represión contra los que ya están cansados de recorrer todas las oficinas posibles sin encontrar solución a sus problemas, o para que las burocracias en verdad ofrezcan soluciones se requiere cambiar relaciones entre Estado y la sociedad y para eso es necesaria mucha voluntad política, que en estos tiempos es bastante escasa.

Por eso, como dice Marichuy, la vocera del CIG del CNI, el único camino es la organización, pero no cualquier organización, sino una verdadera de los pueblos indígenas, que entienda su situación como es y no como muchos la imaginan, que sea capaz de articular sus demandas con sus particularidades, que les busque solución de acuerdo con sus modos y tiempos. Una organización que genere una fuerza capaz de enfrentar la guerra contra los pueblos indígenas.