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Un estudio sobre la duplicidad británica


Cien años han pasado desde que este documento cambió el curso de la historia y sin embargo, Gran Bretaña sigue sin admitir la negación de Israel del derecho palestino a la autodeterminación nacional ni su propia complicidad.

La Declaración Balfour, emitida el 2 de noviembre de 1917, fue un breve documento que cambió el curso de la historia. En ella el gobierno británico se comprometía a apoyar el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo judío en Palestina siempre que no se hiciera nada “para perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina”.

En aquel momento los judíos constituían el 10% de la población de Palestina: 60.000 judíos y poco más de 600.000 árabes. No obstante, Gran Bretaña decidió reconocer el derecho a la autodeterminación nacional de la pequeña minoría y negárselo rotundamente a la mayoría indiscutible. En palabras del escritor judío Arthur Koestler: aquí hubo una nación que prometió a otra nación la tierra de una tercera nación.

Algunos informes coetáneos presentaron la Declaración Balfour como un gesto desinteresado e incluso como un noble proyecto cristiano para ayudar a que un pueblo antiguo reconstruyese su vida nacional en su patria ancestral. Tales argumentos emanaban del romanticismo bíblico de algunos funcionarios británicos y de sus simpatías hacia los judíos ante la difícil situación que afrontaban en Europa oriental.

Los estudios posteriores establecen que el principal motivo para emitir la declaración fue el frío cálculo de los intereses imperiales británicos. Se creyó, erróneamente, que una alianza con el movimiento sionista en Palestina serviría mejor a los intereses de Gran Bretaña.

Palestina controlaba las líneas de comunicaciones del Imperio Británico al Lejano Oriente. Francia, el principal aliado de Gran Bretaña en la guerra contra Alemania, también era un rival influyente en Palestina. Bajo el acuerdo secreto de Sykes-Picot de 1916, los dos países habían dividido Oriente Próximo en zonas de influencia pero acordando una administración internacional para Palestina. Al ayudar a los sionistas a apoderarse de Palestina, los británicos esperaban asegurar su presencia dominante en la zona y excluir a los franceses. Los franceses llamaron a los británicos “Pérfida Albión”. La Declaración Balfour constituyó un ejemplo primordial de esa traición permanente.

Las principales víctimas de Balfour

Sin embargo, las principales víctimas de la Declaración Balfour no fueron los franceses sino los árabes de Palestina. La declaración fue un típico documento colonial europeo improvisado por un pequeño grupo de hombres con una mentalidad absolutamente colonial. Se formuló con un desprecio absoluto hacia los derechos políticos de la mayoría de la población indígena.

El secretario de Asuntos Exteriores, Arthur Balfour, no hizo ningún esfuerzo por disimular su desprecio hacia los árabes. En 1922 escribía:

El sionismo, sea correcto o incorrecto, bueno o malo, está arraigado en tradiciones milenarias, en necesidades actuales y en futuras esperanzas de trascendencia mucho más profunda que los deseos y prejuicios de los 700.000 árabes que ahora habitan esa tierra antigua. Difícilmente podría hallarse un ejemplo más sorprendente de lo que Edward Said llamó “la epistemología moral del imperialismo”.

Balfour no era más que un lánguido aristócrata inglés. La verdadera fuerza motriz de la declaración no fue Balfour sino David Lloyd George, el exaltado radical galés que dirigía el gobierno (1916-1922). En política exterior, Lloyd George era un imperialista británico pasado de moda y un acaparador de territorios. Sin embargo, su apoyo al sionismo no se fundamentaba en un análisis sólido de los intereses británicos sino en la ignorancia: admiraba a los judíos pero también los temía, y no comprendió que los sionistas eran una minoría dentro de una minoría.

Al alinear a Gran Bretaña con el movimiento sionista Lloyd George actuó desde la perspectiva errónea –y antisemita– según la cual los judíos eran extraordinariamente influyentes y hacían girar las ruedas de la historia. En realidad, el pueblo judío estaba indefenso y sin otra influencia que no fuera la del mito del poder clandestino.

En resumen, el apoyo británico al sionismo durante la guerra estaba enraizado en una arrogante actitud colonial hacia los árabes y en una concepción equivocada sobre el poder internacional de los judíos.

Una doble obligación

Gran Bretaña agravó su primer error al incluir los términos de la Declaración Balfour en el Mandato de la Liga de Naciones para Palestina. Lo que había sido una mera promesa de una gran potencia a un aliado menor se convirtió en un instrumento internacional jurídicamente vinculante.
Para ser más precisos, Gran Bretaña en tanto que potencia mandataria, asumió una doble obligación: ayudar a los judíos a construir un hogar nacional en toda la Palestina del Mandato y, al mismo tiempo, proteger los derechos civiles y religiosos de los árabes. Gran Bretaña cumplió la primera obligación pero rechazó honrar lo irrisorio de esa segunda parte.

Que Gran Bretaña fue culpable de duplicidad y de dobles tratos es incuestionable. Por lo tanto, la verdadera pregunta es: ¿consiguió Gran Bretaña alguna recompensa concreta con esa política inmoral? Mi respuesta a esa pregunta es que no.

La Declaración Balfour fue un pesado fardo para Gran Bretaña desde el comienzo del Mandato hasta que alcanzó su infame final en mayo de 1948.

Los sionistas se quejaron de que todo lo que Gran Bretaña hizo por ellos en el período de entreguerras no estuvo a la altura de lo prometido inicialmente. Argumentaron que la declaración implicaba el apoyo a un Estado judío independiente; los funcionarios británicos replicaron que solo habían prometido un hogar nacional, que no es lo mismo que un Estado. Entretanto, lo que Gran Bretaña provocó fue el resentimiento no solo de los palestinos sino de millones de árabes y musulmanes de todo el mundo.

En su obra clásica Britain's Moment in the Middle East [El momento de Gran Bretaña en Oriente Próximo], Elizabeth Monroe ofrece un juicio equilibrado sobre este episodio. “Calculada únicamente por los intereses británicos”, escribe Monroe, “[la Declaración Balfour] constituye uno de los mayores errores en nuestra historia imperial”.
En retrospectiva, la Declaración Balfour parecería un error estratégico colosal. El resultado final fue que permitió que los sionistas tomaran el poder en Palestina, una toma de poder que se ha mantenido hasta nuestros días en forma de expansión de asentamientos ilegales pero incesantes en Cisjordania y a expensas de los palestinos.

Mentalidad arraigada

Ante esta conmemoración histórica, uno podría esperar que los dirigentes británicos agachasen con vergüenza la cabeza y rechazaran este tóxico legado de su pasado colonialista. Pero los últimos tres primeros ministros británicos de los dos principales partidos políticos, Tony Blair, Gordon Brown y David Cameron, han mostrado un firme apoyo a Israel y una absoluta indiferencia hacia los derechos de los palestinos.

Theresa May, la actual primera ministra, es una de las dirigentes más pro-israelíes de Europa. En un discurso pronunciado en diciembre de 2016 ante los Amigos Conservadores de Israel, que incluye a más del 80% de los diputados tories y a todo el gabinete, elogió a Israel como “un país extraordinario” y “un faro de tolerancia”. Echando sal en las heridas palestinas, calificó la Declaración Balfour como “una de las más importantes de la historia” y prometió celebrarla en el aniversario.

Una petición firmada por 13.637 personas, incluido quien esto escribe, ha solicitado al gobierno que pida disculpas por la Declaración Balfour. El gobierno ha respondido en los siguientes términos:

La Declaración Balfour es una declaración histórica por la que el Gobierno de Su Majestad no tiene intención de disculparse. Estamos orgullosos de nuestro papel en la creación del Estado de Israel.

La declaración se escribió en un mundo de potencias imperiales rivales, en medio de la Primera Guerra Mundial y en el ocaso del Imperio Otomano. En ese contexto, establecer una patria para el pueblo judío en la tierra en la que tenían vínculos históricos y religiosos tan fuertes fue lo correcto y moral, especialmente ante el trasfondo de siglos de persecución.

Mucho ha sucedido desde 1917. Reconocemos que la declaración debería haber exigido la protección de los derechos políticos de las comunidades no judías en Palestina, en particular su derecho a la autodeterminación. Sin embargo, lo importante ahora es mirar hacia adelante y establecer la seguridad y la justicia tanto para los israelíes como para los palestinos a través de una paz duradera.

Aunque haya pasado un siglo parece que la mentalidad colonial sigue profundamente arraigada en la elite política británica. Los líderes británicos contemporáneos, como sus predecesores de la Primera Guerra Mundial, todavía se refieren a los árabes como “las comunidades no judías en Palestina”.

Es cierto que el gobierno reconoce que la declaración debería haber protegido los derechos políticos de los árabes de Palestina. Pero no admite la obstinada negación de Israel al derecho a la autodeterminación nacional del pueblo palestino, ni la propia complicidad de Gran Bretaña en esta negación permanente. Los gobernantes de Gran Bretaña, al igual que los reyes Borbones de Francia, no han aprendido nada en los 100 años transcurridos.

Avi Shlaim es profesor emérito de Relaciones Internacionales en la Universidad de Oxford y autor de The Iron Wall: Israel and the Arab World (2014) y Palestine: Reappraisals, Revisions, Refutations (2009).


"La geopolítica bergogliana consiste en no dar apoyos teológicos al poder para que pueda imponerse"

Antonio Spadaro

El miércoles 24 de mayo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump,[1] acudió a visitar al Papa Francisco en el Vaticano. El encuentro duró cerca de treinta minutos y tuvo lugar a las 8:30 horas de la mañana con el fin de permitir que el pontífice se desplazara a la plaza de San Pedro para la audiencia general.

Por ese motivo, el presidente accedió al Vaticano por la puerta del Perugino, una entrada secundaria situada junto al edificio de la casa Santa Marta.

Se trataba de un encuentro organizado en el marco de un viaje que llevó a Donald Trump en primer lugar a Arabia Saudita, donde se encontró con los líderes del mundo islámico sunita y donde vendió armamento por valor de 110.000 millones de dólares. Después, su viaje prosiguió por Israel y Palestina. Se encontró con el primer ministro de Israel, Benyamín Netanyahu, y con el presidente palestino, Mahmud Abás.

Trump es el primer presidente estadounidense en ejercicio que ha visitado el Muro de los Lamentos: sus predecesores habían evitado hasta ahora esta etapa en razón de su significado político. En efecto, el muro se encuentra en la parte oriental de Jerusalén, ocupada por Israel en la Guerra de los Seis Días en 1967[2] y reivindicada por los palestinos como capital de su estado. A continuación, el presidente visitó el museo de Yad Vashem.

Por tanto, Roma fue la cuarta etapa de su itinerario, después de Riad, Jerusalén y Belén. El viaje prosiguió por Bruselas y, finalmente, por Taormina, para participar en el encuentro del G7, el foro político de los siete gobiernos más poderosos de la Tierra desde el punto de vista económico: Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Canadá (Rusia está suspendida en la actualidad).

La historia del mundo no es una película de Hollywood

El encuentro entre el Papa y el presidente fue un acontecimiento importante y, de alguna manera, necesario. La visita de Trump durante su viaje al G7 implicaba también, casi de forma natural, la reunión con Francisco. No obstante, era un encuentro bastante imprevisible en comparación con los inmediatos precedentes en el viaje del presidente: no comportaba intereses específicos ni intercambios comerciales de índole alguna que implicaran eventos formales concordados. Y esto lo convirtió, en efecto, en un momento muy franco.

La visita resultó significativa para el papel que Estados Unidos despliega en el tablero de ajedrez internacional. Lo había sido la de Barack Obama, y lo fue la de Donald Trump.

Frente a esta cita, el sentimiento predominante en algunos ambientes de los medios fue de interés, unido a una cierta curiosidad a causa de la "contraposición" entre el Papa y el presidente, dada a menudo por obvia sin más. Pero el pontífice no es un ideólogo ni piensa en blanco y negro. Al responder a una pregunta que le plantearon en la conferencia de prensa durante el viaje de regreso de Fátima el 13 de mayo, Francisco hizo referencia al encuentro con el presidente y dijo: "Yo no juzgo nunca a una persona sin haberla escuchado. Creo que no debo hacerlo. Cuando hablemos saldrán las cosas: yo diré lo que pienso, él dirá lo que piensa. Pero nunca, nunca he querido juzgar sin escuchar a la persona".

Francisco es también muy realista: sabe que la situación del mundo en este momento pasa por una seria crisis. Y los que a menudo están en peligro son los más débiles. Crecen los nacionalismos, los populismos, la pobreza, los "muros". Por tanto, Francisco, el Papa de los puentes, quiere hablar con cualquier jefe de Estado que se lo pida porque sabe que en las crisis no hay "buenos" y "malos" absolutos. Para él, la historia del mundo no es una película de Hollywood: no llegan los "nuestros" a salvarnos de "ellos". Sabe que siempre y de todas maneras hay en danza juegos de intereses. Por eso no entra en redes de alianzas ya constituidas y mantiene las debidas relaciones entre la dimensión política y los valores espirituales.


El Papa no se casa nunca con mecanismos interpretativos rígidos para encarar las situaciones y las crisis internacionales. Por lo tanto, en los años del pontificado de Francisco la acción de la Santa Sede en el mundo lleva la marca de un diálogo de 360 grados con los protagonistas de la escena internacional: desde Trump hasta Putin, desde Maduro hasta Rouhaní, desde Castro hasta los líderes colombianos, etc. Para Francisco, la misericordia se delinea a nivel político en una fluida libertad de movimiento. Todo esto desencadena lógicas imprevisibles, propias de una visión poliédrica, o sea, una visión que considera las cosas en su complejidad. Si acaso, encuentra socios justo en aquellos que representan una discontinuidad respecto del pensamiento único y en aquellos que están dispuestos a "jugar" el partido de la política fuera del campo y de las convenciones, como outsiders, hallando soluciones para el bien común.

En lo sustancial, la actitud del Papa consiste en no asumir posiciones a priori, sino en encontrarse con los jugadores más importantes en el campo mismo para razonar juntos, así como para proponer a todos un bien mayor y ejercitar el soft power, que es el rasgo específico de su política internacional. Y esto fue lo que ocurrió en la cita con el presidente estadounidense.

Las puertas abiertas pueden hallarse siempre, y en el diálogo Francisco tiende a partir de lo que se comparte con el interlocutor. Se trata de una actitud que forma parte asimismo de la tradición de los jesuitas: es el principio del denominado praesupponendum (Ejercicios espirituales, n° 22), clave del pensamiento y de la actitud de Bergoglio desde siempre. Este principio afirma de manera sustancial que hay que estar más dispuesto a salvar una afirmación del interlocutor que a condenarla. Si no se la puede salvar, se procura saber en qué sentido la entiende el otro, permaneciendo en disposición de corregirla con delicadeza. Si ello no bastara, se deben intentar todas las vías posibles: diálogo a ultranza.

El Papa lo confirmó en sus declaraciones durante el vuelo de regreso de Fátima: "Siempre hay puertas que no están cerradas. Hay que buscar las puertas que al menos están un poco abiertas, para entrar y hablar sobre ideas comunes y avanzar. Paso a paso". Aun así, el encuentro no responde nunca a una estrategia o a una táctica simplemente. Al periodista que le preguntaba si esperaba que Trump fuese a suavizar sus decisiones, Francisco le respondió: "Este es un cálculo político que no me permito hacer".

Los valores y el intercambio de regalos

Durante el tradicional intercambio de presentes, el Papa le regaló al presidente un bajorrelieve en bronce que representa un olivo que con sus ramas mantiene unidas dos franjas de tierra separadas. "Hay una fractura", dijo, "que significa la división de la guerra. Esta imagen representa mi deseo de paz. Se lo regalo para que usted sea instrumento de paz". El presidente Trump, por su parte, regaló al Papa una colección de escritos de Martin Luther King. ¿Por qué estas elecciones?

Estados Unidos es un país portador de grandes valores como la libertad, la identidad y la igualdad, vividos a lo largo del tiempo de manera muy tensa, tal vez también contradictoria. El Papa es consciente de los valores espirituales y éticos que han plasmado la historia del pueblo estadounidense, encarnados por personas como el célebre pastor de Atlanta, activista de los derechos humanos. Ello mismo se ha inferido muy bien durante su viaje a Estados Unidos cuando, dirigiéndose al Congreso, habló de "valores fundantes que vivirán para siempre en el espíritu del pueblo estadounidense". Estos valores han permitido "construir un futuro de libertad" que "exige amor al bien común y colaboración con un espíritu de subsidiaridad y solidaridad".

Sin duda, el tema que más le importa a Francisco es el de las graves crisis humanitarias, que exigen respuestas políticas con amplitud de miras. En esta visita el pontífice expresó una vez más y con franqueza la importancia de preservar esos grandes valores del pueblo estadounidense y, de una manera particular, la preocupación por la justicia, la atención específica a los pobres, excluidos y necesitados. Recordemos que ya lo había hecho en el telegrama de felicitación por la asunción del mando de Trump como 45º presidente de la nación [3] Pero en esta ocasión, el encuentro cara a cara tuvo un valor diferente, más profundo y también más franco.

El presidente Trump certificó con su propio regalo dicha acentuación. Y el Papa intercambió con él una edición especial de sus exhortaciones apostólicas Evangelii gaudium y Amoris laetitia, de su encíclica Laudato si' y del Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2017. Con independencia del modo en que se quiera entender el regalo de estos textos oficiales, en ellos se cifran mensajes muy fuertes, coincidentes con el sentido profundo de este pontificado; dos en particular: la paz, tal como la entiende Francisco, fundada en la justicia social, y la protección de la creación, que implica toda una serie de compromisos que hoy corren el peligro de ser puestos en discusión, también por el gobierno estadounidense.

El mensaje del Papa Francisco sobre la paz es también un mensaje político. "Paz" significa actuar sobre los cuadrantes más delicados de la política internacional en nombre de los "descartados" y de los más débiles. Muchos conflictos armados tienen su raíz en los temas sociales. Para Francisco, exhortar a la paz significa continuar en el surco trazado por Juan XXIII en el radiomensaje del 25 de octubre de 1962: "Promover, favorecer y aceptar los diálogos a todos los niveles y en cualquier tiempo es una regla de sabiduría y de prudencia que atrae la bendición del Cielo y de la tierra".

Por tanto, en este caso se trata de una invitación dirigida al presidente Trump para que preste mucha atención al modo en que se mueve en el tablero de ajedrez internacional. Por ejemplo, una ingente venta de armas puede exhibirse como una medida para contribuir a la paz, pero es evidente que nos encontramos lejos de la intención del Papa. No es posible promover la paz declinándola solo con la "seguridad". En efecto, esta sería solo una acción disuasoria incapaz de resolver las fuentes de los conflictos. Por el contrario, siempre debe identificarse la raíz de la injusticia social que los hace surgir. "El desarrollo es el nuevo nombre de la paz", dijo Pablo VI [4], frase que ha sido retomada a menudo por Francisco.

El comunicado final de la Oficina de Prensa, que resume el sentido del encuentro entre el Papa y el presidente, habla de promoción de la paz en el mundo y cita también las vías maestras para conseguirla, que son "la negociación política y el diálogo interreligioso".

En lo concreto, sin embargo, es muy difícil realizar diálogo y negociación en Oriente Próximo excluyendo por completo o demonizando a uno o más de los actores del conflicto. Sigue siendo, pues, un auténtico interrogante comprender la actitud de los Estados Unidos de Trump hacia el Irán del presidente Hasán Rouhaní, tal como se ha hecho explícito en las etapas precedentes del presidente estadounidense. Más aún: sigue resultando inquietante la idea de la exasperación de una lucha interna en el seno del islam entre sunitas y chiitas.

Recordemos, entre otras cosas que, al igual que ocurrió con Trump, también el presidente iraní fue recibido por el Papa, el 26 de enero de 2016. La Oficina de Prensa vaticana comunicó que en aquella circunstancia "se puso de relieve el importante papel que Irán está llamado a desempeñar junto a los demás países de la región para promover soluciones políticas adecuadas a las problemáticas que afligen al Oriente Próximo, contrarrestando la difusión del terrorismo y el tráfico de armas".

Política y religión sin tentaciones

En el mencionado encuentro con Rouhaní se recordó "la importancia del diálogo interreligioso y la responsabilidad de las comunidades religiosas en la promoción de la reconciliación, de la tolerancia y de la paz". El elemento religioso no debe confundirse nunca con el político. Hay quienes creen que el presidente Trump, al visitar primero a los líderes políticos de Arabia Saudita, Israel y Palestina, habló también a los jefes de las otras dos grandes religiones monoteístas, el islam y el judaísmo. En realidad, ello es fruto de una simplificación que nivela lo religioso con lo político. Pero no: Trump se encontró con líderes políticos de diversos Estados. Confundir poder espiritual y poder temporal significa poner el primero al servicio del segundo.

Este es el trasfondo inmediato de la visita del presidente estadounidense al Papa, que escapa a toda lógica que pudiéramos denominar "constantiniana". Con Francisco va concluyendo el proceso iniciado precisamente en tiempos del emperador Constantino, en el que se establece una ligazón orgánica entre cultura, política, instituciones e Iglesia [5]. Un rasgo claro de la geopolítica bergogliana consiste en no dar apoyos teológicos al poder para que pueda imponerse o para encontrar un enemigo al que combatir. La espiritualidad no puede ligarse a gobiernos o pactos militares: está al servicio de todos los hombres. Las religiones no pueden ver a unos como enemigos jurados y a otros como amigos eternos.

La tentación de proyectar la divinidad sobre el poder político, que se reviste de ella para sus propios fines, es transversal. También en los pactos del mundo católico retorna a veces una tentación semejante. Pero la fe no tiene necesidad de un apoyo en el poder. Si se siguiera este camino, al final la religión se convertiría en la garantía de los grupos dominantes. Justo eso es lo que Francisco teme y no quiere. Es difícil que las alianzas políticas que piden legitimación a las religiones sepan respetarlas como pulmones espirituales de la humanidad. Por tanto, este ha sido otro asunto implícito en el encuentro ocurrido el 24 de mayo.

Francisco se ha enfrentado con dos presidencias estadounidenses: primero, la de Obama, y hoy, la de Trump. El Papa no escoge entre gobiernos elegidos de forma legítima ni pone muros: lo ha dicho varias veces. Por el contrario, confronta las opciones realizadas, sobre las que nunca ha faltado su juicio. Pero el encuentro fue el primer e indispensable paso de un diálogo abierto, sin puertas cerradas.

Y el diálogo parte de los temas comunes, de los pasos en los que se reconoce un posible camino ya iniciado en común. Este es el sentido del comunicado de prensa al final de la visita del presidente Trump, que puso de manifiesto "el común compromiso a favor de la vida y de la libertad religiosa y de conciencia". Al mismo tiempo, se ha identificado el vasto campo en el que, por el contrario, se desea "una serena colaboración entre el Estado y la Iglesia católica en Estados Unidos", es decir, "el servicio a las poblaciones en los ámbitos de la salud, de la educación y de la asistencia a los inmigrantes". El espacio para un camino positivo está abierto a la buena voluntad.

[1] A propósito del presidente Trump, véanse también T. J. Reese, "L'elezione di Donald Trump", La Civiltà Cattolica I (2017), pp. 54-66; G. Sale, "El "Muslim Ban". Donald Trump y la Magistratura estadounidense", La Civiltà Cattolica Iberoamericana 3, abril de 2017, pp. 21-35; íd., "La politica estera di Donald Trump", La Civiltà Cattolica II (2017), pp. 158-171.
[2] Véase también G. Sale, "A cincuenta años de la Guerra de los Seis Días", La Civiltà Cattolica 6, julio de 2017, pp. 49-61.
[3] Escribió Francisco para esa ocasión: "Le envío mis cordiales augurios asegurándole que rezaré al Dios Altísimo para que le regale sabiduría y fuerza en el ejercicio de su elevada función". Y prosiguió: "En un tiempo en que nuestra familia humana está atormentada por graves crisis humanitarias que exigen respuestas políticas unidas y con amplitud de miras, ruego para que sus decisiones estén guiadas por los ricos valores espirituales y éticos que han plasmado la historia del pueblo estadounidense y el compromiso de la nación por el avance de la dignidad humana y de la libertad en todo el mundo. [...] Que, bajo su conducción -continuaba el Papa-, la estatura de Estados Unidos pueda seguir midiéndose sobre todo por su preocupación por los pobres, los excluidos y los necesitados, que, como Lázaro, esperan frente a nuestra puerta". El mensaje del Papa a Donald Trump terminaba con la invocación a Dios para que "dé su bendición de paz, concordia y prosperidad material y espiritual" al nuevo presidente, a su familia y a todo el pueblo estadounidense.
[4] Pablo VI, Carta encíclica Populorum progressio, del 26 de marzo de 1967, n.o 87.
[5] En el año 590, bajo el pontificado de Gregorio Magno (ca. 540-604), la Iglesia comenzó a asumir el papel de custodia del Imperio romano de Occidente, con lo cual aquella se procuró un nuevo objetivo. León III (750-816) coronó a Carlomagno emperador.




THE BEST CHRISTMAS SONGS & CAROLS INSTRUMENTAL & CLASSICAL CHRISTMAS MUSIC RELAXING FIREPLACE

00:00 Rossini – Alleluia (Kaunas Chamber Orchestra and Chorus)
01:52 Corelli – Concerto Grosso Op. 6 No. 10: VI. Minuetto (Kiev Chamber Orchestra)
03:38 Grieg – Holberg Suite Op. 40: II. Sarabande (Metamorphose String Orchestra)
07:22 Sacrament Offering (Constantin Moscovici)
11:57 Stille Nacht, Heilige Nacht (Kammerchor Cantamus Halle)
14:27 Sibelius – Andante Festivo (Metamorphose String Orchestra)
18:32 Corelli – Concerto Grosso Op. 6 No. 1: I. Largo (Kiev Chamber Orchestra)
21:27 Corelli – Concerto Grosso Op. 6 No. 10: VI. Minuetto (Kiev Chamber Orchestra)
23:14 Vaughan Williams – Alleluia (Constantin Moscovici)
26:26 Corelli – Concerto Grosso Op. 6 No. 9: I. Preludio (Kiev Chamber Orchestra)
28:34 Corelli – Concerto Grosso Op. 6 No. 9: III. Corrente (Kiev Chamber Orchestra)
30:26 Corelli – Concerto Grosso Op. 6 No. 9: IV. Gavotta (Kiev Chamber Orchestra)
31:30 Cantate Domino Canticum Novum (Kammerchor Cantamus Halle)
33:37 In Humility, Our Savior (Constantin Moscovici)
38:12 Tchaikovsky – The Nutcracker Suite: Ouverture (Donetsk Symphonic Orchestra)
41:27 Tchaikovsky – The Nutcracker Suite: March of the Toy Soldiers (Metamorphose String Orchestra)
43:56 Tchaikovsky – The Nutcracker Suite: Russian Dance (Metamorphose String Orchestra)
45:03 Rudolph the Red-Nosed Reindeer (Sarah Joy)
47:18 The First Noel (Sarah Joy, Kathy Hohstadt, Lowell Hohstadt, Tim Tyler - string quartet version arr. by Lowell Hohstadt)
50:56 Redeemer of Israel (Constantin Moscovici)
54:26 O Holy Night – Chiara Galeotti
59:44 Happy Xmas (War Is Over) – Eliza G.
1:03:31 Jesus Loves Me (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:06:02 Tu Scendi dalle Stelle (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:08:02 Schubert – Ave Maria (instrumental) – Constantin Moscovici)
1:10:09 A Christmas Lullaby – Giuseppe Sbernini
1:12:13 Stille Nacht (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:15:19 Adeste Fideles (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:17:57 Jingle Bells (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:20:29 Santa Claus Is Coming to Town (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:23:43 White Christmas (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:26:58 O Tannenbaum (piano version) – Giuseppe Sbernini
1:29:48 Have Yourself a Merry Little Christmas – Eliza G.
1:33:20 All I Want for Christmas Is You – Chiara Galeotti
1:36:55 Il Natale Arriva in Città (instrumental) – Bebe
1:39:20 Bianco Natal (instrumental) – Bebe
1:41:33 Fats Waller and His Rhythm – Swinging Them Jingle Bells
1:44:30 Woody Herman and His Orchestra – Let It Snow! Let It Snow! Let It Snow!
1:47:41 Woody Herman and His Orchestra – Santa Claus Is Coming to Town
1:50:18 Dick Robertson - Meet Me Under the Mistletoe
1:53:07 Dick Robertson - I Want You for Christmas
1:56:00 Bessie Smith – At the Christmas Ball
1:59:25 Al Bowlly – Every Day’s a Holiday
2:01:57 Louis Prima and His New Orleans Gang – What Will Santa Claus Say
2:05:08 Lionel Hampton and His Orchestra – Gin for Christmas
2:07:39 Benny Goodman and His Orchestra – Jingle Bells
2:10:14 O Tannenbaum (Kammerchor Cantamus Halle)
2:11:34 Mozart – Ave Verum Corpus, K. 618 (Carlo Balzaretti)
2:13:52 Bach-Gounod – Ave Maria (Carlo Balzaretti)
2:15:35 Adeste Fideles (Saint Paul’s Philharmonic Orchestra and Chorus)

Heritage is identity, don’t steal it – Caribbean

Los prostíbulos del capitalismo

Emir Sader
www.alainet.org  / 131117

Los mal llamados paraísos fiscales funcionan como prostíbulos del capitalismo. Se hacen allí los negocios turbios, que no pueden ser confesados públicamente, pero que son indispensables para el funcionamiento del sistema. Como los prostíbulos en la sociedad tradicional.

A medida que se acumulan las denuncias y las listas de los personajes y empresas que tienen cuentas en esos lugares, nos damos cuenta del papel central y no solo marginal que ellos tienen en la economía mundial. “No se trata de ‘islas’ en el sentido económico, sino de una red sistémica de territorios que escapan a las jurisdicciones nacionales, permitiendo que el conjunto de los grandes flujos financieros mundiales rehúya de sus obligaciones fiscales, escondiendo los orígenes de los recursos o enmascarando su destino.” (A era do capital improdutivo, Ladislau Dowbor, Ed. Autonomia Literaria, Sao Paulo, 2017, pag 83)

Todos los grandes grupos financieros mundiales y los más grandes grupos económicos en general tienen hoy filiales o incluso matrices en paraísos fiscales. Esa extraterritorialidad (offshore) cubre prácticamente todas las actividades económicas de los gigantes corporativos, constituyendo una amplia cámara mundial de compensaciones, donde los distintos flujos financieros ingresan a la zona del secreto, del impuesto cero o algo equivalente, y de libertad relativamente a cualquier control efectivo.

En los paraísos fiscales, los recursos son reconvertidos en usos diversos, repasados a empresas con nombres y nacionalidades distintas, lavadas y formalmente limpias. No es que todo se vuelva secreto, sino que con la fragmentación del flujo financiero el conjunto del sistema lo vuelve opaco.

Hay iniciativas para controlar relativamente a ese flujo monstruoso de recursos, pero el sistema financiero es global, mientras las leyes son nacionales y no hay un sistema de gobierno mundial. Asimismo, se puede ganar más aplicando en productos financieros y, encima, sin pagar impuestos, es un negocio redondo.

“El sistema offshore creció con metástasis en todo el globo, y surgió un poderoso ejército de abogados, contadores y banqueros para hacer funcionar el sistema… En realidad, el sistema raramente agrega algún valor. Al contrario, está redistribuyendo la riqueza hacia arriba y los riesgos hacia abajo y generando una nueva estufa global para el crimen.” (Treasured Islands: Uncovering the Damage of Offshore Banking and Tax Havens, Shaxon, Nicholas. St. Martin’s Press, Nova York, 2011.

El tema de los impuestos es central. Las ganancias son offshore, donde escapan de los impuestos, pero los costos, el pago de los intereses, son offshore, donde son deducidos los impuestos.

La mayor parte de las actividades es legal. No es ilegal tener una cuenta en las Islas Caimán. “La gran corrupción genera sus propia legalidad, que pasa por la apropiación de la política, proceso que Shaxson llama de ‘captura del Estado’” (Dowbor, pag. 86).

Se trata de una corrupción sistémica. La corrupción involucra a especialistas que abusan del bien común, en secreto y con impunidad, minando las reglas y los sistemas que promueven el interés público, en secreto y con impunidad, y minando nuestra confianza en las reglas y sistemas existentes, intensificando la pobreza y la desigualdad.

“La base de la ley de las corporaciones y de las sociedades anónimas, es que el anonimato de la propiedad y el derecho a ser tratadas como personas jurídicas, pudiendo declarar su sede legal donde quieran e independiente del lugar efectivo de sus actividades, tendría como contrapeso la trasparencia de las cuentas” (Dowbor, pag. 86) Las propinas contaminan y corrompen a los gobiernos, y los paraísos fiscales corrompen al sistema financiero global. Se ha creado un sistema que vuelve inviable cualquier control jurídico y penal de la criminalidad bancaria. Las corporaciones constituyen un sistema judicial paralelo que les permite incluso procesar a los Estados, a partir de su propio aparato jurídico.

The Economist calcula que en los paraísos fiscales se encuentran 20 trillones de dólares, ubicando a las principales plazas financieras que dirigen estos recursos en el estado norteamericano de Delaware y en Londres. Las islas sirven así como localización legal y de protección en términos de jurisdicción, fiscalidad e información, pero la gestión es realizada por los grandes bancos. Se trata de un gigantesco drenaje que permite que los ciclos financieros queden resguardados de las informaciones.  

- Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).
  


Un estudio sobre la duplicidad británica


Cien años han pasado desde que este documento cambió el curso de la historia y sin embargo, Gran Bretaña sigue sin admitir la negación de Israel del derecho palestino a la autodeterminación nacional ni su propia complicidad.

La Declaración Balfour, emitida el 2 de noviembre de 1917, fue un breve documento que cambió el curso de la historia. En ella el gobierno británico se comprometía a apoyar el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo judío en Palestina siempre que no se hiciera nada “para perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina”.

En aquel momento los judíos constituían el 10% de la población de Palestina: 60.000 judíos y poco más de 600.000 árabes. No obstante, Gran Bretaña decidió reconocer el derecho a la autodeterminación nacional de la pequeña minoría y negárselo rotundamente a la mayoría indiscutible. En palabras del escritor judío Arthur Koestler: aquí hubo una nación que prometió a otra nación la tierra de una tercera nación.

Algunos informes coetáneos presentaron la Declaración Balfour como un gesto desinteresado e incluso como un noble proyecto cristiano para ayudar a que un pueblo antiguo reconstruyese su vida nacional en su patria ancestral. Tales argumentos emanaban del romanticismo bíblico de algunos funcionarios británicos y de sus simpatías hacia los judíos ante la difícil situación que afrontaban en Europa oriental.

Los estudios posteriores establecen que el principal motivo para emitir la declaración fue el frío cálculo de los intereses imperiales británicos. Se creyó, erróneamente, que una alianza con el movimiento sionista en Palestina serviría mejor a los intereses de Gran Bretaña.

Palestina controlaba las líneas de comunicaciones del Imperio Británico al Lejano Oriente. Francia, el principal aliado de Gran Bretaña en la guerra contra Alemania, también era un rival influyente en Palestina. Bajo el acuerdo secreto de Sykes-Picot de 1916, los dos países habían dividido Oriente Próximo en zonas de influencia pero acordando una administración internacional para Palestina. Al ayudar a los sionistas a apoderarse de Palestina, los británicos esperaban asegurar su presencia dominante en la zona y excluir a los franceses. Los franceses llamaron a los británicos “Pérfida Albión”. La Declaración Balfour constituyó un ejemplo primordial de esa traición permanente.

Las principales víctimas de Balfour

Sin embargo, las principales víctimas de la Declaración Balfour no fueron los franceses sino los árabes de Palestina. La declaración fue un típico documento colonial europeo improvisado por un pequeño grupo de hombres con una mentalidad absolutamente colonial. Se formuló con un desprecio absoluto hacia los derechos políticos de la mayoría de la población indígena.

El secretario de Asuntos Exteriores, Arthur Balfour, no hizo ningún esfuerzo por disimular su desprecio hacia los árabes. En 1922 escribía:

El sionismo, sea correcto o incorrecto, bueno o malo, está arraigado en tradiciones milenarias, en necesidades actuales y en futuras esperanzas de trascendencia mucho más profunda que los deseos y prejuicios de los 700.000 árabes que ahora habitan esa tierra antigua. Difícilmente podría hallarse un ejemplo más sorprendente de lo que Edward Said llamó “la epistemología moral del imperialismo”.

Balfour no era más que un lánguido aristócrata inglés. La verdadera fuerza motriz de la declaración no fue Balfour sino David Lloyd George, el exaltado radical galés que dirigía el gobierno (1916-1922). En política exterior, Lloyd George era un imperialista británico pasado de moda y un acaparador de territorios. Sin embargo, su apoyo al sionismo no se fundamentaba en un análisis sólido de los intereses británicos sino en la ignorancia: admiraba a los judíos pero también los temía, y no comprendió que los sionistas eran una minoría dentro de una minoría.

Al alinear a Gran Bretaña con el movimiento sionista Lloyd George actuó desde la perspectiva errónea –y antisemita– según la cual los judíos eran extraordinariamente influyentes y hacían girar las ruedas de la historia. En realidad, el pueblo judío estaba indefenso y sin otra influencia que no fuera la del mito del poder clandestino.

En resumen, el apoyo británico al sionismo durante la guerra estaba enraizado en una arrogante actitud colonial hacia los árabes y en una concepción equivocada sobre el poder internacional de los judíos.

Una doble obligación

Gran Bretaña agravó su primer error al incluir los términos de la Declaración Balfour en el Mandato de la Liga de Naciones para Palestina. Lo que había sido una mera promesa de una gran potencia a un aliado menor se convirtió en un instrumento internacional jurídicamente vinculante.
Para ser más precisos, Gran Bretaña en tanto que potencia mandataria, asumió una doble obligación: ayudar a los judíos a construir un hogar nacional en toda la Palestina del Mandato y, al mismo tiempo, proteger los derechos civiles y religiosos de los árabes. Gran Bretaña cumplió la primera obligación pero rechazó honrar lo irrisorio de esa segunda parte.

Que Gran Bretaña fue culpable de duplicidad y de dobles tratos es incuestionable. Por lo tanto, la verdadera pregunta es: ¿consiguió Gran Bretaña alguna recompensa concreta con esa política inmoral? Mi respuesta a esa pregunta es que no.

La Declaración Balfour fue un pesado fardo para Gran Bretaña desde el comienzo del Mandato hasta que alcanzó su infame final en mayo de 1948.

Los sionistas se quejaron de que todo lo que Gran Bretaña hizo por ellos en el período de entreguerras no estuvo a la altura de lo prometido inicialmente. Argumentaron que la declaración implicaba el apoyo a un Estado judío independiente; los funcionarios británicos replicaron que solo habían prometido un hogar nacional, que no es lo mismo que un Estado. Entretanto, lo que Gran Bretaña provocó fue el resentimiento no solo de los palestinos sino de millones de árabes y musulmanes de todo el mundo.

En su obra clásica Britain's Moment in the Middle East [El momento de Gran Bretaña en Oriente Próximo], Elizabeth Monroe ofrece un juicio equilibrado sobre este episodio. “Calculada únicamente por los intereses británicos”, escribe Monroe, “[la Declaración Balfour] constituye uno de los mayores errores en nuestra historia imperial”.
En retrospectiva, la Declaración Balfour parecería un error estratégico colosal. El resultado final fue que permitió que los sionistas tomaran el poder en Palestina, una toma de poder que se ha mantenido hasta nuestros días en forma de expansión de asentamientos ilegales pero incesantes en Cisjordania y a expensas de los palestinos.

Mentalidad arraigada

Ante esta conmemoración histórica, uno podría esperar que los dirigentes británicos agachasen con vergüenza la cabeza y rechazaran este tóxico legado de su pasado colonialista. Pero los últimos tres primeros ministros británicos de los dos principales partidos políticos, Tony Blair, Gordon Brown y David Cameron, han mostrado un firme apoyo a Israel y una absoluta indiferencia hacia los derechos de los palestinos.

Theresa May, la actual primera ministra, es una de las dirigentes más pro-israelíes de Europa. En un discurso pronunciado en diciembre de 2016 ante los Amigos Conservadores de Israel, que incluye a más del 80% de los diputados tories y a todo el gabinete, elogió a Israel como “un país extraordinario” y “un faro de tolerancia”. Echando sal en las heridas palestinas, calificó la Declaración Balfour como “una de las más importantes de la historia” y prometió celebrarla en el aniversario.

Una petición firmada por 13.637 personas, incluido quien esto escribe, ha solicitado al gobierno que pida disculpas por la Declaración Balfour. El gobierno ha respondido en los siguientes términos:

La Declaración Balfour es una declaración histórica por la que el Gobierno de Su Majestad no tiene intención de disculparse. Estamos orgullosos de nuestro papel en la creación del Estado de Israel.

La declaración se escribió en un mundo de potencias imperiales rivales, en medio de la Primera Guerra Mundial y en el ocaso del Imperio Otomano. En ese contexto, establecer una patria para el pueblo judío en la tierra en la que tenían vínculos históricos y religiosos tan fuertes fue lo correcto y moral, especialmente ante el trasfondo de siglos de persecución.

Mucho ha sucedido desde 1917. Reconocemos que la declaración debería haber exigido la protección de los derechos políticos de las comunidades no judías en Palestina, en particular su derecho a la autodeterminación. Sin embargo, lo importante ahora es mirar hacia adelante y establecer la seguridad y la justicia tanto para los israelíes como para los palestinos a través de una paz duradera.

Aunque haya pasado un siglo parece que la mentalidad colonial sigue profundamente arraigada en la elite política británica. Los líderes británicos contemporáneos, como sus predecesores de la Primera Guerra Mundial, todavía se refieren a los árabes como “las comunidades no judías en Palestina”.

Es cierto que el gobierno reconoce que la declaración debería haber protegido los derechos políticos de los árabes de Palestina. Pero no admite la obstinada negación de Israel al derecho a la autodeterminación nacional del pueblo palestino, ni la propia complicidad de Gran Bretaña en esta negación permanente. Los gobernantes de Gran Bretaña, al igual que los reyes Borbones de Francia, no han aprendido nada en los 100 años transcurridos.

Avi Shlaim es profesor emérito de Relaciones Internacionales en la Universidad de Oxford y autor de The Iron Wall: Israel and the Arab World (2014) y Palestine: Reappraisals, Revisions, Refutations (2009).



Cuando los obispos mexicanos engañaron al Papa


En el México de 1926, en los días previos al estallido de la Cristiada, la diplomacia hacía grandes esfuerzos para evitar el conflicto armado que se avizoraba. Cartas y telegramas iban y venían entre la Ciudad de México y el Vaticano… hasta que empezó la guerra. En 2006 los archivos de la Iglesia se abrieron y permitieron conocer muchos de esos documentos. El historiador milanés Paolo Valvo se dedicó a estudiarlos y ofrece ahora su análisis en un libro de reciente aparición, donde se desliza la idea de que la Guerra Cristera se precipitó debido a la labor de un grupo de obispos que hicieron de la intransigencia su bandera.


En julio de 1926 los obispos mexicanos decidieron suspender el culto público en México, una decisión sin precedente que antecedió a la Cristiada, la guerra religiosa que desangró a México hasta 1929. Pío XI los apoyó. Tal ha sido el relato predominante de aquellos hechos.
No obstante, una investigación a partir de documentos desclasificados del Vaticano aporta ahora una nueva reconstrucción histórica. Según ésta, el entonces pontífice fue “engañado” por una minoría organizada de sacerdotes intransigentes.

“Pío XI fue convencido de que la mayoría de los obispos mexicanos estaban a favor de suspender el culto religioso en el país. En realidad, como han revelado las cartas en los archivos romanos, esa decisión fue de una minoría de obispos intransigentes, ligados a un grupo de jesuitas de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa”, cuenta Paolo Valvo, profesor de la Universidad Católica de Milán y autor de la investigación.

Valvo, quien trabajó siete años para reconstruir lo sucedido, ha reunido la información de documentos, cartas, apuntes y telegramas que contienen estas revelaciones en Pío XI y la Cristiada, libro de 540 páginas publicado recientemente en Italia y que ya ha recibido propuestas para editarse en español. Y es que Valvo ha tenido acceso a fuentes de las que no disponían hasta hace poco los historiadores: los Archivos Vaticanos relativos al pontificado de Pío XI (1922-1939), desclasificados en septiembre de 2006.

El relato que surge habla de una secuencia de eventos que dan otra versión respecto a las ya existentes en los archivos mexicanos y estadunidenses sobre esos convulsos días.

La Liga

En los documentos desclasificados aparece un grupo de jesuitas de la Liga –Alfredo Méndez Medina, Mariano Cuevas, Rafael Martínez del Campo y Carlos Heredia, son algunos de ellos– que llevó adelante la propuesta de la suspensión del culto hasta influir en la reunión de los obispos mexicanos que antecedió a la toma de postura de Pío XI.
Una maniobra que cuajó primero a través de un cuestionario, entregado por Méndez Medina en junio de 1926 a los obispos mexicanos y que presentaba la intransigencia como la única vía posible, como forma de protesta por la reforma anticlerical del presidente Plutarco Elías Calles, afirma Valvo.

“Los archivos han arrojado una versión distinta a la conocida hasta ahora de la re­unión del Comité Episcopal del 10 de julio de 1926 en la que los obispos mexicanos se habrían pronunciado a favor de la suspensión del culto. Lo que se desconocía es que en aquel encuentro s­e enfrentaron una mayoría más moderada, pero desorganizada y poco firme, a una minoría de radicales que finalmente logró hacer prevalecer su postura.

“Este bando era liderado en particular por Pascual Díaz y Barreto y José Mora y del Río, el secretario y el presidente del Comité”, dice el investigador italiano, cuyos estudios han sido incluso acreditados por Jean Meyer, uno de los mayores historiadores de la Guerra Cristera.

“De esta manera, la postura intransigente fue finalmente plasmada en un telegrama, que el 18 de julio de 1926 fue trasmitido (al Vaticano) desde Cuba, isla a la que había viajado Manuel de la Peza, un miembro de la Liga. ¿Por qué desde Cuba? Hay una razón formal: allí residía el delegado apostólico (el maltés George Caruana) desde su expulsión el 10 de mayo de México; y otra más política: la delegación apostólica en México seguía abierta y su secretario era monseñor Tito Crespi, quien tenía una opinión crítica de los radicales”, añade el investigador.

“Tanto es así que Crespi intenta avisar al secretario de la delegación de Cuba, Liberato Tosti, y al Vaticano, de lo que está ocurriendo en México, y recomienda tomar tiempo antes de responder al Comité Episcopal. No obstante, Crespi no logra sus propósitos. En parte porque trasmite un mensaje poco claro a Tosti, y en parte porque ya no poseía el cifrado para comunicarse con el Vaticano y, por tanto, debe recurrir a un diplomático de la embajada francesa llamado Ernest Lagarde”, añade Valvo.

“Es difícil saber qué pensó Tosti y si no entendió el mensaje de Crespi. Probablemente influyó que De la Peza traía consigo varias cartas, incluso para el arzobispo de Cuba, en apoyo a la postura intransigente. Y que, además, en esos días Caruana se encontraba en Estados Unidos”, añade.

En tanto, el 15 de julio el obispo Rafael Guízar y Valencia –declarado santo en 2006 por Benedicto XVI– envió otro telegrama al Vaticano, en el que “humildemente” opina que “la suspensión cultos en toda República es sumamente perjudicial”. Este mensaje, como otros más, cayó en el vacío.

Malentendido 

Con base en la documentación que consultó, Valvo explica que la decisión de suspender el culto fue producto de una secuencia de equivocaciones. Así, mientras Tosti está el 18 de julio en Cuba enviando el telegrama que contiene la postura intransigente, en Roma ya se están reuniendo los miembros de la Comisión de Asuntos Extraordinarios del Vaticano, que en ese momento presumiblemente desconocen el contenido de esa nota.

“En estas circunstancias, se abren los trabajos de la reunión de la Comisión de Asuntos Extraordinarios. El tema del debate es cuál debe ser la postura del Vaticano sobre lo que ocurre en México. Se enfrentan dos posiciones. Una, la más pragmática, es la del cardenal secretario de Estado, Pietro Gasparri, que defiende la moderación. “La otra es de Tommaso Pío Boggiani, una voz influyente por su pasado como delegado apostólico en México desde 1912 hasta 1914”, cuenta Valvo, al subrayar que se desconoce si Boggiani había entrado en contacto con los intransigentes, aunque es un hecho que ambas posturas coinciden.

“A falta de un consenso, la Comisión acaba sin un acuerdo y se decide entregar al Papa únicamente el resumen de la discusión, sin dar una indicación precisa. Todo ello mientras en Roma se encuentra en esos días Vicente Castellanos Núñez, obispo de Tulancingo, quien había recibido instrucciones de los intransigentes”, cuenta el historiador. El papel de este obispo no es secundario. “Castellanos Núñez, quien en la mañana del 21 de julio se reúne con Pío XI, había sido contactado a comienzos de julio por Díaz y Barreto, a través de una carta en la que se defendían las razones de la intransigencia y se pedía hacer llegar esa argumentación al Papa.

“Su influencia fue decisiva para que el Papa apoyara la posición de los intransigentes, como también atestigua otra carta de 1937, escrita por el jesuita Rafael Martínez del Campo”, relata Valvo.

“Tanto es así que cuando Pío XI se da cuenta de las maniobras de los intransigentes, a finales de 1927, toma la decisión de que los tres obispos enviados a Roma por el Comité Episcopal –José María González Valencia, obispo de Durango; Emeterio Valverde Téllez, de León; y Jenaro Méndez del Río, de Tehuantepec– se vayan de la ciudad.

“El Papa asume esta postura convencido de que lo estaban usando para acreditar una posición en favor de la lucha armada sobre la que el Papa había evitado pronunciarse”, afirma el historiador. “Y la posición de Pío XI en relación con el enfrentamiento armado fue compleja, ni de apoyo ni de rechazo”, añade.

No obstante, el daño ya ha sido hecho. “La respuesta de Pío XI, transmitida a México el 21 de julio de 1926 y muy general sobre qué piensa el Vaticano sobre lo que ocurre en México, es interpretada como un sostén a la suspensión del culto. Y ello, a pesar de que en el telegrama vaticano no aparecen siquiera las palabras ‘suspensión del culto’”, argumenta Valvo.

Poco después, empiezan los primeros enfrentamientos.

El telegrama

Otro traspié se verifica en la vigilia de Los Arreglos, el pacto entre el gobierno de México y la jerarquía de la Iglesia católica con que terminó La Cristiada, el 21 de junio de 1929, tras miles de muertos en los combates y una serie de intentos fallidos de negociación en los que se involucró también el Vaticano.

El episodio en cuestión remite a un misterioso caso de una mala interpretación de un telegrama enviado por el Vaticano pocas horas antes de que se firmaran Los Arreglos, en respuesta al borrador transmitido anteriormente por los obispos mexicanos del acuerdo alcanzado con el gobierno interino de Emilio Portes Gil.

Se trata de un telegrama que, como han revelado ahora los papeles conservados en el Vaticano, es enviado el 20 de junio de ese año por el cardenal Gasparri a los obispos mexicanos. En el mismo, se busca reafirmar que Pío XI no está satisfecho con el pacto.

“Durante la transmisión del telegrama, traducido al español y enviado a través de la embajada chilena de la Santa Sede, con toda probabilidad, se produjo un error, de tal manera que la frase redactada en el Vaticano de que ‘Su Santidad está deseoso de llegar a un acuerdo pacífico y justo’ llega a México como ‘Su Santidad está deseoso de llegar a un acuerdo pacífico y laico’”, cuenta Valvo.

“No sabemos exactamente qué pasó, si fue un error de traducción, o alguien intencionalmente cambió la palabra ‘justo’ por ‘laico’. (…) Lo que es seguro es que nadie en la Santa Sede escribió la palabra ‘laico’”, señala el historiador.

Ante esa situación, Leopoldo Ruiz y Flores, encargado de la comunicación, se queda tan asombrado que envía otro telegrama al Vaticano, en el que pide que le aclaren el significado del término.

“Ruiz y Flores escribe: ‘Explíqueme significado de la última palabra punto primero’. Gasparri, que desconoce que Ruiz y Flores está preguntando qué significa el término ‘laico’ y cree que se refiere a la palabra ‘justo’, responde: ‘Primer punto: la última palabra significa con justicia’. Eso fue lo que hizo que Ruiz y Flores presentase esa respuesta, forzando la interpretación del contenido del telegrama inicial, y probablemente con el objetivo de poner inmediatamente fin a las luchas, como la prueba de que la Santa Sede aceptaba un arreglo dentro del marco constitucional vigente en México”, relata Valvo.

El episodio, en efecto, culmina con la firma de Los Arreglos, un acto que despoja a la lucha armada de los cristeros de su legitimación, después de una negociación en la que Pío XI varias veces se había pronunciado contrario a un acuerdo que no incluyera la modificación de las normas constitucionales hostiles a la Iglesia católica.

Una prueba de ello está también en lo que revelan los papeles vaticanos sobre la opinión de Pío XI acerca de Dwight Morrow, un exbanquero de J. P. Morgan enviado a México como embajador con la misión de contribuir a la estabilización del país. “Es cierto que Pío XI lo veía como un hombre de buena voluntad, pero su actuación como pacificador nunca llegó a convencer completamente al Papa. Lo creía demasiado ‘norteamericano’ y ‘pragmático’, y no le satisfacía su mediación por la ausencia de un compromiso claro a modificar las normas constitucionales de Calles”, comenta Valvo.

“En estas circunstancias, Pío XI entró en las negociaciones, a la par de que se estableció un equipo que incluía al jesuita estadunidense Edmond Walsh, amigo íntimo del Papa, y Miguel Cruchaga Tocornal, el exembajador de Chile en Estados Unidos. Este nuevo equipo aparece en la documentación vaticana a partir de junio de 1928”, afirma Valvo. “Es un paso clave, pues aunque no consigue lo deseado por el Papa, Walsh logra que Pío XI tenga una posición más abierta para encontrar una solución”, añade.

Con ello, pasarían 25 años para que México y el Vaticano restablecieran, en 1992, relaciones diplomáticas, después de la reforma del artículo 130 de la Constitución mexicana y la entrada en vigor de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público ese mismo año.