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Big data y política: El poder de los algoritmos

Esteban Magnani
www.envio.org.ni / agosto 2017

En tiempos de redes sociales los mensajes se acomodan a los gustos de cada usuario. Las nuevas formas de comunicación filtradas por algoritmos generan un desafío a la política. ¿Los candidatos deberían decirle a cada uno lo que quiere escuchar? ¿Cómo se seduce a ciudadanos acostumbrados a mensajes que los invitan a ser diferentes del resto? ¿Cómo sumarlos a un proyecto común? En una sociedad segmentada en miríada de identidades, ¿cómo interesar a una mayoría por la situación del país o por entender una política económica? La respuesta no es fácil, pero es la pregunta para cualquier político de hoy.

“El electorado informado no es más que 10% en América Latina”. La afirmación pertenece al polémico asesor de imagen ecuatoriano Jaime Durán Barba. En una entrevista en el diario argentino “La Nación”, agregaba que los políticos tradicionales “tienen miedo de hablar de sexo, creen que no es de buen gusto, que no es importante. Hasta ahora, había que hablar del Che Guevara”.

Durán Barba fue un pilar fundamental para la victoria de Mauricio Macri como jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires en 2007 y como presidente de Argentina en 2015. El consultor ya había construido su reputación asesorando a candidatos de centroderecha -colaboró en la campaña que llevó a Felipe Calderón a la presidencia de México en 2006 y se desempeñó como secretario de la administración pública de Ecuador durante la gestión de Jamil Mahuad, el presidente que inició la dolarización de la economía ecuatoriana.

EL EJE POLÍTICA-ANTIPOLÍTICA

Este personaje, mal que les pese a quienes les disgusta su estilo, ha sabido conducir el barco de Propuesta Republicana (PRO) de Mauricio Macri al éxito, mientras el partido gobernante anterior, el Frente para la Victoria (FPV) de Cristina Kirchner hablaba de Estado, patria y pueblo, Durán Barba, con la convicción de que a la mayoría de la gente no le interesa la política, apoyó la campaña en globos, el “tren de la alegría” y sonrisas por doquier.

Por supuesto, el eje política / antipolítica no alcanza por sí solo para explicar la victoria final del candidato de Macri, pero obliga a repensar las campañas de acuerdo con un fenómeno que Durán Barba simplifica, pero que ya ha sido analizado. “La fragmentación social se extiende a que las identidades se vuelven más específicas y aumenta la dificultad de compartirlas”, resumía Manuel Castells ya en el año 1996. Otros autores coinciden: la sociedad aparece cada vez más segmentada por los consumos o los estilos de vida que por una condición de clase social o una posición política.

La autopercepción de los sujetos modernos, sobre todo en el siglo 21, se ha fragmentado hasta un punto de difícil retorno: lo saben quienes usan el marketing para llegar con mensajes específicos a sus potenciales clientes. Entonces, ¿cómo se seduce a ciudadanos acostumbrados a mensajes que los invitan a ser diferentes del resto? ¿Cómo sumarlos a un proyecto común? ¿Hay que obligarlos a posicionarse políticamente acerca de temas claves o aceptar hablar sobre cualquier tema que les interese?

DE LOS MEDIOS A LAS REDES SOCIALES

Desde la aparición de la prensa, la radio, el cine y la televisión, junto con el desarrollo de las democracias y la necesidad de sumar más votantes, los políticos tienen claro que deben usar los medios de comunicación masiva para acceder al electorado.
Aunque no les gustara, su mensaje debió ser mediado por estas corporaciones, cuyo poder se incrementó con el correr del tiempo: era fundamental que se sintieran cómodos en cada uno de ellos. El formato de ese tipo de diálogos, más allá de alguna interacción controlada, o incluso simulada, es la comunicación desde un emisor hacia numerosos receptores. Lo que se diga tiene que tener la lógica del catch all (atrapa a todos), porque se necesita seducir a la mayoría para acceder al poder.

Si querían hacerse entender, los candidatos debían hacerse escuchar para establecer los parámetros de su discurso e interesar a su público acerca de, por ejemplo, lo que significa el desarrollismo, cómo se controla la inflación o para qué sirven los impuestos. De alguna manera, a través de esos medios no sólo construían la agenda política, sino también la cultural, la económica, la social, la de seguridad, etc., gracias a un limitado diálogo social que pone el debate dentro de cierto marco.

Pero ¿qué pasa cuando cada vez más gente, sobre todo las nuevas generaciones, acceden a consumos de cualquier lugar del mundo, en cualquier formato, en cualquier horario y en cualquier pantalla? ¿Cómo se capta su atención que, para peor, es dispersa y no suele admitir un instante de aburrimiento? Las redes sociales revolucionaron la forma de llegar a este nuevo tipo de individuo, aunque en principio con fines publicitarios.

FACEBOOK Y WHATSAPP FABRICAN Y POSEEN PERFILES DE MILLONES

Vale la pena detenerse a entender cómo funciona el negocio de corporaciones como Facebook, que reúne cotidianamente grandes cantidades de datos o big data (como se los suele llamar) de sus usuarios: intereses, lugares a dónde van, redes de amigos, horarios de conexión, instituciones a las que pertenecen y mucho, pero mucho, más.

Con esta información, crea perfiles que le permiten ubicar las publicidades de una manera selectiva: pañales para las madres de niños pequeños, whisky para los amantes de bebidas, viajes a México para quienes visitaron la página de una agencia de viajes. Facebook no solo recaba la información que los usuarios colocan en sus páginas, sino también la de otros sitios en los que aparece un pulgar para indicar un “me gusta”.

Esta empresa, como otras, se nutre de datos: por eso pagó 19 mil millones de dólares por Whatsapp en 2014. Esa aplicación, que apenas recaudaba dinero por el cobro de un dólar al año a algunos usuarios, valía más que multinacionales consolidadas. Whatsapp era también una forma de llegar a los celulares. Era la puerta de entrada a la intimidad de una porción cada vez más grande de la población mundial.

En 2015 el número de teléfonos móviles igualó el de los habitantes del planeta, aunque distribuidos, claro, de forma desigual. Quien pueda acceder a esa información podrá establecer patrones y correlaciones y tener el detalle de información social en tiempo real, recortada según la necesidad de quien la use. Obviamente, no es que haya alguien mirando las conversaciones -eso se llama espionaje-, sino que programas informáticos pueden sondear de qué habla la gente, en qué horarios, con quiénes, desde dónde, etc.

EL PODER DEL BIG DATA

Gracias a esa monumental cantidad de datos a los que accede y a la capacidad de procesarlos en tiempo real, Facebook puede ser considerada como una empresa de publicidad con sondeos y encuestas permanentes que le permiten elaborar mensajes individualizados. El negocio es aún mejor si se considera que son los mismos clientes potenciales de esas publicidades quienes, además, producen los contenidos que mantendrán a otros clientes interesados.

Allí donde otros medios de comunicación deben pagar a productores, locutores, periodistas, fotógrafos, camarógrafos, etc. para producir los contenidos que mantendrán activo el flujo de visitantes, las redes sociales crean una plataforma para que supuestos usuarios hagan el trabajo.

Otra diferencia fundamental con los medios tradicionales es que no hay una persona decidiendo a quién ofrecerle pañales o whisky, sino que esa tarea la hará un algoritmo: un programa que al ser alimentado con big data “aprenderá” qué ofrecer a cada quien según sus intereses. Estos algoritmos, además, son capaces de aprender por prueba y error para mejorar su performance: si a mujeres de cierta localidad, edad, nivel cultural, etc. les interesó tal producto, probablemente a otras con el mismo perfil también les interese.

Facebook es un ejemplo del potencial del big data, pero existen muchos más. Google Maps y otras aplicaciones pueden decirnos qué camino tomar para evitar atascos gracias a quienes mantienen el GPS de sus celulares encendidos. Con algoritmos que aprenden de lo que ocurrió otras veces, pueden predecir qué ocurrirá ahora. Si se equivoca, el algoritmo se reajusta para calcular mejor la próxima vez. Las tarjetas de crédito cruzan los datos de todos sus clientes con la información meteorológica para conocer más adecuadamente el comportamiento de los consumidores en los días de lluvia: ¿Será preferible lanzar cierto tipo de ofertas cuando llueve?

El big data puede tener también otros usos sociales: por ejemplo, hacer periodismo de datos y ordenar grandes cantidades de información, como ocurrió con los “Panamá Papers”, para permitir detectar casos relevantes o presentarlos de forma más fácilmente comprensible. Los ejemplos de nuevos usos del big data se multiplican cotidianamente.

UNA PODEROSA HERRAMIENTA

El doctor en comunicación y especialista en redes sociales Martin Hilbert, lo explicaba en su texto “Obama y Trump usaron el Big Data para lavar cerebros”: La disponibilidad de big data convirtió a las ciencias sociales, de las que siempre se burlaron, en las ciencias más ricas en datos… Nosotros nunca tuvimos datos, y por eso nunca funcionaban las políticas públicas. Y de la noche a la mañana, el 95% de los sujetos que estudiamos pasó a tener un sensor de sí mismo 24 horas al día. Los biólogos siempre dijeron “eso no es ciencia, no tienen datos”. Pero ellos no saben dónde están las ballenas en el mar. Hoy nosotros sí sabemos dónde están las personas, pero también sabemos qué compran, qué comen, cuándo duermen, cuáles son sus amigos, sus ideas políticas, su vida social.

A través del big data, los grandes números permiten prever comportamientos estadísticamente probables y, sobre todo, aprender de las experiencias anteriores. La información fluye, surgen nuevas formas de procesarla y, a partir de ahí, lograr un conocimiento sumamente detallado de la población, desde los estados de ánimo hasta los consumos, pasando por los hábitos para moverse o quiénes son sus amigos. Quien accede a esa información y tiene la capacidad de procesarla, posee una poderosa herramienta para influir sobre la población.

¿Qué pasa con este conocimiento cuando se lo lleva al terreno de la política? La pregunta no es totalmente nueva: de la misma manera que durante décadas los empresarios encargaron encuestas para vender, por ejemplo, champú, los políticos comenzaron a pedir a sus asesores que midieran el pulso de la sociedad.

Con esa información supuestamente representativa, parcial y muchas veces poco confiable, los candidatos debían tomar registro de quiénes podían ser sus potenciales votantes y diseñar sus mensajes con cuidado para seducir, pero sin espantar. ¿Cómo resolver esta tensión? La respuesta la da la experiencia con las redes sociales.

ASÍ GANÓ BARACK OBAMA

En tiempos de redes, algunos candidatos comprendieron que las encuestas atrasaban y que, tal como hacen los analistas del marketing de productos, debían afinar y mejorar su información. En una sociedad segmentada en una miríada de identidades (vegetarianos, rockers, hippies, feministas, católicos, surfers, padrazos, deportistas, hipsters, hombres de negocios, pacifistas, homosexuales, inclasificables, etc.) y sus numerosos matices y zonas de cruces (el mundo LGBT es un buen ejemplo), resulta casi imposible formular mensajes capaces de seducir a la mitad de la población. ¿Cómo hacer? La respuesta surge de las redes sociales.

El primero en aprovechar en escala este recurso fue Barack Obama, candidato presidencial en 2008 en uno de los países donde el uso de las herramientas digitales en la vida cotidiana está más desarrollado. Allí también tienen la particularidad de que no sólo es optativo votar, sino que además es necesario empadronarse previamente.

Lo que hizo el equipo de Obama fue clasificar a los usuarios de las redes sociales de acuerdo con las posiciones políticas que revelaban sus amigos para reconocer a 3 millones y medio de potenciales votantes demócratas no empadronados. Luego estudió sus intereses específicos y “customizó” las propuestas que vería cada uno en Facebook: leyes de género para las feministas, propuestas verdes para los ecologistas, retirada de Afganistán para los pacifistas y así.

El nivel de precisión de esta campaña resultó muy superior al de los típicos afiches con candidatos sonrientes que no pueden decir nada por miedo a espantar a quien piense distinto. En lugar de un catch all, lo que hizo Obama fue más bien un catch each (atrapar a cada uno). Finalmente, el equipo de Obama determinó que al menos un millón de sus targets se había registrado para votar.

Aunque es imposible conocer la efectividad exacta de la campaña digital o saber quiénes votaron finalmente, se puede ser generoso en las presunciones. Obama ganó por menos de 5 millones de votos en todo el país y en estados como Florida, clave para la victoria, la diferencia con su oponente fue de menos de 70 mil votos. Ganó las elecciones apoyado por algoritmos que señalaron zonas sensibles de sus potenciales votantes e indicaron con qué sería mejor seducirlos.

Y ASÍ GANÓ DONALD TRUMP

Donald Trump aprendió la lección para la campaña de 2016: también mandó a analizar perfiles, pero lo hizo con todos los ciudadanos en condiciones de votar. La escala del trabajo era muy superior a cualquier antecedente. Para ese trabajo, Trump contrató a Cambridge Analytica, una empresa británica que había asesorado al senador Ted Cruz y también la campaña a favor del Brexit. Con información aportada por Facebook, Twitter, pero también por tarjetas de crédito, supermercados y bases de datos de todo tipo, se construyeron perfiles estadísticamente confiables de cada ciudadano para detectar quiénes podrían llegar a votar por Trump.

Uno de los hallazgos de esta metodología fue el descubrimiento de la veta de potenciales votantes del “cinturón industrial” de Michigan o Wisconsin. Posiblemente algún político con olfato podría haber visto en este sector de ex-trabajadores fabriles, actuales desocupados y expelidos del sueño americano, a potenciales votantes de Trump, pero lo vio el big data.

Lo que sí permitió el uso de big data fue detectar con precisión quiénes respondían a ese perfil, su nivel de frustración con el sistema, el rechazo que les generaban los inmigrantes o la decepción con la clase dirigente de los últimos años, que no parecía tenerlos en cuenta. En realidad, las hipótesis acerca de los porqués no son lo más relevante. Lo importante es encontrar mensajes que interpelen a los distintos perfiles para generar likes o compartir retuits.

UN GOLPE BRUTAL A LOS MEDIOS MASIVOS

¿Cómo lograrlo? Hilbert lo explica con un ejemplo: Si Trump dice “estoy por el derecho a tener armas”, algunos reciben esa frase con la imagen de un criminal que entra a una casa, porque es gente más miedosa, y otros que son más patriotas la reciben con la imagen de un tipo que va a cazar con su hijo. Es la misma frase de Trump y tienes dos versiones. Así crearon 175 mil perfiles. Te lavan el cerebro. No tiene nada que ver con democracia. Es populismo puro, te dicen exactamente lo que quieres escuchar.

El poder de la comunicación personalizada y guiada por algoritmos en una sociedad donde buena parte de la vida pasa por las redes es enorme: Whatsapp, Facebook, buscadores como Google, correo electrónico, mapas, tuits, Instagram, Uber, compras electrónicas, celulares omnipresentes, etc., permiten monitorear permanentemente a la sociedad, y esa información es tremendamente valiosa para quien acceda a ella y pueda procesarla.

Trump y su equipo encontraron la forma de usar ese poder y asestaron un golpe tan brutal como inesperado a la autoestima de los medios de comunicación masiva estadounidenses, que de forma mayoritaria se opusieron al candidato republicano. El rechazo fue tan fuerte que Trump los describió como “un partido de oposición”.

Las corporaciones 2.0 también rechazaron la candidatura del empresario pero sufrieron, además de la derrota, la culpa de ser ellos mismos una fuente inagotable de información clave para la campaña de ese candidato. Incluso, parte del periodismo y algunos sectores intelectuales los acusaron de ser culpables de la derrota debido a que a través de las redes circularon profusas mentiras destinadas a movilizar a los votantes republicanos. Fue tal la envergadura de las noticias falsas que la campaña de Trump se enmarcó en la lógica de la “política de la posverdad”, un término acuñado para describir una realidad marcada por lo que es verosímil para algunos, aunque los hechos concretos lo contradigan.

PROYECTOS COMUNES: CADA VEZ MÁS DIFÍCILES

Este tipo de campañas digitales es posible en países como Estados Unidos, donde las redes sociales son la segunda fuente de noticias. Según el Pew Research Center, el 38% de la población se informa en primer lugar a través de estas redes, sólo por detrás de la televisión. Esto permite una manipulación importante de la comunicación a la que accede el público gracias a algoritmos y mensajes pagados dirigidos específicamente a los usuarios.

Si la realidad es sobre todo percibida a través de las redes, y los mensajes que vemos a través de ellas son filtrados por algoritmos, dos vecinos pueden vivir en realidades totalmente distintas. Es que los algoritmos simplemente cumplen su tarea de mantener interesado a quien mira la pantalla y lo hacen sobre la base de lo que le interesó antes.

Así, el proceso de fragmentación ya iniciado hace tiempo se profundiza cada vez más y la sociedad misma se transforma en una acumulación de compartimentos estancos, donde el diálogo por fuera de ellos se vuelve un fenómeno cada vez más inusual. En una realidad construida para cada persona con un horizonte de verosimilitud individualizado, las dificultades para un proyecto común son enormes.

EN AMÉRICA LATINA HACIA ALLÁ VAMOS

Como señalamos más arriba, el caso de la sociedad hipertecnologizada de Estados Unidos puede no ser representativo de lo que ocurre en América Latina, pero todo indica que hacia allá vamos.

En Argentina existen cada vez más evidencias de que los rumores acerca de un equipo de comunicación digital vinculado al gobierno nacional y especializado en “construir realidad” en las redes, sobre todo en Twitter, existe realmente.

El peso de campañas así es relativo y afecta a aquellos que se informan principalmente mediante las redes, pero es uno de los primeros síntomas del peso creciente de las redes sociales en la construcción del imaginario social y la búsqueda de controlar también estos espacios. En estos casos, las redes sociales no se utilizan sólo para medir el pulso de la sociedad, sino también para operar sobre ella y favorecer ciertas lecturas. Es difícil saber hasta qué punto lo logran, pero seguramente sus acciones no son inocuas.

¿Qué pasará con la política si los datos comprueban que a la población no le interesa la política? En Argentina, PRO ha sido muy hábil para explotar intereses específicos y fomentarlos. Durán Barba comenta con frecuencia los resultados de los focus groups, reuniones con ciudadanos representativos de ciertos sectores de la población con los que le toma el pulso a la sociedad y detecta sus intereses. Ese tipo de información permitiría explicar que mientras se recortan programas en ciencia, educación, salud o seguridad ciudadana, hacen campañas para renovar las plazas permanentemente o se utilizan recursos comunicacionales que parecen tangenciales.

Un ejemplo es la insistencia de PRO con las mascotas: el mismo presidente Macri publicó fotos de su perro, “Balcarce10” -nombre de la calle donde está la casa de gobierno en Buenos Aires-, sentado en el sillón presidencial a poco de ganar las elecciones. En febrero de 2017 se autorizó a las mascotas a viajar en el transporte subterráneo de la ciudad de Buenos Aires. Ya durante la gestión de Macri como jefe de gobierno, la página web del gobierno de la ciudad incorporó una sección dedicada a los animales domésticos.

De la misma manera se puede interpelar a cada sector de la sociedad con una medida específica que en otro momento habría parecido una desviación respecto de los pilares sobre los que se construyen la política y la gestión tradicionales.

UNA PREGUNTA QUE DEBEN HACERSE TODOS LOS POLÍTICOS

El poder de este tipo de comunicación puede tener patas cortas: por debajo de la comunicación existe una realidad sobre la que se pueden establecer relatos, pero que resulta muy peligroso negar.

La experiencia del pasado reciente latinoamericano indica que cuando no existen canales democráticos para gestionar las necesidades reales de la población se acumula presión, y ésta puede desembocar en violencia y muerte. También es cierto que la política sigue siendo un aglutinante poderoso, incluso desde la diversidad, como demostraron en Argentina las multitudinarias manifestaciones en apoyo a los docentes o por el aniversario del golpe de Estado en marzo de 2017.

Pueden no ser suficientes en sí mismas para ganar una elección, pero distan de ser irrelevantes. Por el lado gubernamental, como señaló el analista de opinión pública Rosendo Fraga, la marcha “en defensa de la democracia”, organizada por simpatizantes del gobierno, repuso al macrismo en la calle, un espacio político que suele negarla.


Simplificando la discusión: si realmente hay gente a la que le interesan más las mascotas que la política, ¿está mal tomar medidas que los interpelen? ¿Debería un buen político buscar que la población se interese, en cambio, por la situación del país o por entender una política económica? ¿Podría lograrlo y ganar elecciones? La respuesta no es fácil, pero puede ser suicida para un político no planteársela siquiera.

Periodista especializado en comunicación. TEXTO PUBLICADO EN “NUEVA SOCIEDAD”, DE MAYO-JUNIO de 2017.

El dinero del wahabismo de Arabia Saudí y Qatar en España

www.rebelion.org/210817

Una de las causas más importantes para evitar el odio a los musulmanes es identificar correctamente a los responsables de que el discurso integrista y radical cale entre algunos de sus miembros.

Tan irresponsable es incidir en la generalización sobre los musulmanes como pasar por alto la importancia de ideologías religiosas intolerantes que financian, promueven y difunden un mensaje de odio que no tiene cabida en una sociedad abierta y democrática.

El wahabismo y el salafismo son dos corrientes diferentes sunitas pero imbricadas por un mismo concepto, el takfirismo. Que significa la expulsión del distinto, no concebir al resto de musulmanes como verdaderos y el rechazo al que no practica ni su religión ni su misma acepción de la misma. En esencia, el wahabismo y el salafismo son discursos de odio.

Arabia Saudí es, junto a Qatar, uno de los países difusores más importantes de la corriente fundamentalista del wahabismo. La visión del Islam wahabí de su profeta Muhammad Ibn Abd Al Wahhab, que data del siglo XVIII, preconizaba un ideario mucho más riguroso para todos aquellos musulmanes que según él se habían desviado del verdadero mensaje del Islam. La unión de esa visión integrista del Islam y Arabia Saudí se dio en el año 1744 por el acuerdo pactado entre el predicador y Muhamma Bin Saud, fundador de la dinastía Saud a la que hoy pertenecen los sátrapas del Estado actual de Arabia Saudí.
“La exportación por parte de Arabia Saudí de una rama rígida, fanática, patriarcal y fundamentalista del Islam conocida como wahabismo, ha alimentado el extremismo global y contribuido al terrorismo”, analizaba Scott Shane en un artículo en The New York Times. La visión extrema del Islam coaligada con la dictadura saudí ejerce una dramática influencia sobre el yihadismo dependiente de la corriente salafista, que persigue devolver La Meca a unos postulados utópicos de pureza islámica.

Por ello, paradójicamente, el terrorismo de raíz salafista actual es una serpiente venenosa creada por la visión dogmática de la religión, que alimentan los Estados wahabistas de Arabia Saudí y Qatar, y que creció con el antiimperialismo, pero que no dudaría en matar a su creador si tuviera la oportunidad de conquistar La Meca.

Wahabismo en España

La mezquita de la M30, o Centro Cultural Islámico de Madrid, fue inaugurada el 21 de septiembre de 1992 con la presencia del rey de Arabia Saudí Salman Ben Abdelaziz y el rey Juan Carlos I. La inauguración se produjo 11 años después de un acuerdo al que habían llegado 18 países musulmanes con presencia diplomática en España y sólo después de que el rey Fahd de Arabia Saudí hubiera puesto 2.000 millones de pesetas (12 millones de euros) para la construcción del complejo de seis plantas y más de 12.000 metros cuadrados.

El actual imán de la M30, Hussam Khoja, se ha pronunciado en diferentes ocasiones en contra de la violencia y contra la visión integrista y rigorista que nutre a los terroristas salafistas y el Estado Islámico, enarbolando su independencia ante el dinero wahabí que financia la mezquita pero ejerciendo el discurso implantado y gestionado desde la Liga del Mundo Islámico, la coalición islámica internacional que dirige la mezquita.
El anterior imán, Moneir Mahmud, un suní de nacionalidad egipcia que ejerció de profesor e imán en Arabia Saudí, siempre ha rechazado influencia wahabí en su discurso y también sufrió el desprecio de los asistentes más radicales a su mezquita por sus discursos contra Abu Qutada, un clérigo radical próximo a Al Qaeda. Estos son dos ejemplos paradigmáticos de la controversia entre dos discursos integristas como el wahabí y el salafista por el control del mundo musulmán.

La mayor radicalidad del discurso no se da en las mezquitas grandes a cargo de los imanes plenamente identificados, sino en pequeños lugares de cultos ilegales y clandestinos, o centros islámicos de menor tamaño.

Sin embargo, no es menos cierto que la financiación de Arabia Saudí de las principales mezquitas en España y en Europa legitima una visión rigorista del Islam desde los grandes centros de oración. El dinero saudí está en las mezquitas de Marbella, de Whitechapel, en Londres, del rey Fahd en Los Ángeles o de Saint-Etienne, en Nantes. En el momento de la inauguración de la mezquita de la M30 los musulmanes moderados ya advertían del peligro de la implantación de la visión saudí del Islam: “Arabia Saudí pretende ser la representante verdadera del Islam, pero no lo practica”, afirmaba Jalifi Riadh, un profesor tunecino de ley islámica en un artículo de El País en 1992.

La mano de Arabia Saudí en la propagación del discurso del odio es tolerada por parte de los responsables políticos. En mayo de 2016 fue permitido un sermón en el Centro Cultural Islámico de Cornellá en la mezquita Al Tauba del imán saudí Saleh Al Moghamsy. Este clérigo, responsable de la mezquita de Quba en Medina, ha llegado a defender la santidad de Osama Bin Laden por encima de la de cualquier otro infiel.
Un informe del CNI al que tuvo acceso El País en el año 2011 advertía del escaso control que se tenía sobre el dinero que Arabia Saudí y Qatar, junto a otros cuatro países como Kuwait, Emiratos Árabes, Libia y Marruecos enviaban a comunidades musulmanes y cómo acababan financiando organizaciones radicales y células islamistas. Nada ha servido para que la política exterior española cambie su postura frente a los petrodólares de las dinastías wahabitas.

La financiación de las mezquitas en España es solo una de las partes más evidentes del incesante flujo de dinero que las dictaduras de Arabia Saudí y Qatar usan para ampliar su influencia. Los negocios al más alto nivel y las fuertes inversiones de capital en empresas españolas, junto a los jugosos negocios que proporcionan estos países, hacen que se sea muy laxo con el discurso del odio que promueven y al que dan soporte.

“Bélgica ha dado las llaves del Islam a Arabia Saudí por la gran mezquita. Le ha dejado financiar el salafismo. He dicho que el salafismo no es un problema en sí mismo si no fuera porque no hace nada para minar el terreno a los grupos radicales”. Son palabras de Corinne Torrekens, profesora de la Universidad Libre de Bruselas, explicando una pauta en Bélgica que se da en todos los países que tienen al país saudí como socio prioritario de negocio. Una opinión compartida por multidud de analistas y expertos, como el general Jonathan Shaw, ex jefe de Estado Mayor de Defensa de Gran Bretaña, que aseguró que Arabia Saudí y Qatar habían activado “una bomba de relojería mediante la financiación de la propagación mundial del islam radical”.

La postura habitual de los gobiernos occidentales consiste en mirar para otro lado y priorizar los intereses económicos en lugar de afrontar la preponderante contribución de los países wahabitas como Arabia Saudí y Qatar a la difusión del discurso de odio salafista y su importancia en la legitimización de la violencia como método para imponer su visión rigorista del Islam. España es uno de los países donde la integración del discurso fundamentalista wahabí ha calado con más fuerza en los centros de culto financiados por la dictadura saudí.

El grupo terrorista Isis o Daesh preocupó durante mucho tiempo a la opinión pública por su expansión y por haber conseguido crear su propio Estado. Pero para observar cómo se establece un Estado islámico represivo que aplica la sharia con crueldad y maneja un ejército, basta poner los ojos en Arabia Saudí. El escritor argelino Kamel Daoud llama al país de los sátrapas Saud “White Daesh” [Isis Blanco], y alerta de la capacidad que tiene para imponer su visión radical del Islam en multitud de países con sus canales de televisión, periódicos, industria editorial y clérigos entrenados y adoctrinados en el conocido como Fatwa Valley. “Daesh tiene una madre: la invasión de Iraq. Pero también tiene un padre: Arabia Saudí y su complejo industrial religioso”, concluye el autor de The Mersault Investigation en su artículo en The New York Times.

Un ejemplo que muestra de manera gráfica esta relación directa fue expuesto recientemente en el Congreso de los Estados Unidos por el republicano Ted Poe, quien denunció el pasado julio el uso de libros de textos saudíes por parte de Isis en el año 2015, cuando aún no tenían capacidad para editar los suyos propios. La denuncia del congresista ya fue expuesta en 2014 en un artículo de The New York Times escrito por David Kirkpatrick y ampliamente tratado en el trabajo documental de James Jones, Saudi Arabia Undercovered.

El principal objetivo es el negocio. Pero los países occidentales necesitan una coartada para defender ante la opinión pública sus relaciones comerciales, empresariales y políticas con la dictadura de los Saud. Por ello, su petromonarquía se esmera en proyectar la idea de que está luchando contra el terrorismo de un modo sincero y efectivo e incluso realiza visitas para periodistas a la cárcel de máxima seguridad de Al-Ha’ir en la que se encuentran internos multitud de terroristas.

A pesar de su influencia en la propagación del terrorismo global, Arabia Saudí se ha convertido de forma paradójica en un objetivo de la ponzoña que promueve, ya que los terroristas de raíz salafista desearían que el Estado que alberga La Meca fuese aún más riguroso en lo que concierne a sus postulados religiosos. En este sentido, han incluido a este país y a algunos de sus miembros entre los objetivos de sus acciones. Aun así, lo cierto es que la mayoría de los ataques terroristas se dirige contra población chií. [1][2]

La excusa de la lucha antiterrorista de Arabia Saudí sirve a Occidente para ocultar que acepta el discurso de odio que propaga mediante la financiación de mezquitas, la compra y envío de material coránico, el suministro de imanes a todos los lugares del planeta y la colaboración con organizaciones terroristas en Siria. 

La Casa Real española siempre se ha mostrado solícita y cooperante a la hora de facilitar cauces de diálogo que culminan en suntuosos acuerdos comerciales con el régimen saudí. El rey Juan Carlos, íntimo amigo del ya fallecido rey Abdullah, colaboró en la campaña de comunicación que el sátrapa organizó en Madrid en el año 2008 para mejorar la imagen de la familia Saud, que había quedado muy deteriorada tras los atentados del 11 de septiembre.

Ese año, el monarca español inauguró junto a Abdullah de Arabia la Conferencia internacional para el diálogo interreligioso que fue organizada por la Liga Islámica Mundial, la organización wahabí con sede en La Meca que gestiona la Mezquita de la M-30. La conferencia auspiciada por Arabia Saudí buscaba fomentar el diálogo entre religiones. Sin embargo, en su territorio prohíbe cualquier otra práctica religiosa distinta al Islam.

Apoyo a las empresas españolas que invierten Arabia Saudí

El ICEX es según su propia definición “una entidad pública empresarial de ámbito nacional que tiene como misión promover la internacionalización de las empresas españolas”. Dependiente del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad, tiene como misión facilitar y dar recomendaciones a las compañías españolas que quieren invertir en el extranjero. En el caso saudí, ofrece información relativa a la legislación laboral y a las oportunidades de negocio en la región.

“Si no lo hace uno, lo van a hacer otros”, respondió el ministro de Economía, Luis De Guindos, al ser preguntado sobre los acuerdos comerciales de España con Arabia Saudí. De ese modo, se mostraba sincero al mostrar la importancia que el Gobierno de España otorga a los derechos humanos en cuestiones de negocios.

“El Código laboral no reconoce a los trabajadores en Arabia Saudí el derecho a la negociación colectiva o al derecho a la huelga. Tampoco se permite formar sindicatos o a manifestarse públicamente. Esto se aplica estrictamente por las autoridades”. Es una frase literal de la guía publicada por el gobierno español a través del ICEX y que muestra las ventajas que los empresarios pueden encontrar al invertir en el país gobernado por mano de hierro por la dinastía saudí.

Las recomendaciones y consejos alcanzan casi todos los ámbitos, incluida la vestimenta que tienen que llevar las mujeres que trabajen en el país: “Las trabajadoras deberán llevar ropa islámica o uniforme del empleador que será conservador, que cubra  y que no sea transparente [sic]”. Es sólo una descripción somera que refleja cómo las empresas que quieran trabajar en Arabia Saudí deberán faltar el respeto a los derechos de las mujeres. Esta condición no es la única ni la más llamativa regla islámica que las compañías cumplen para hacer negocios con la dictadura saudí. Los servicios financieros y la banca a la que tienen que acudir también siguen los rigurosos preceptos wahabís.

Aceptar la sharia para hacer negocios

Alinma Bank es una de las principales entidades financieras de Arabia Saudí. Todos los servicios de esta institución y sus productos están sujetos a la sharia (ley islámica). Para ello existen varias autoridades, como The Capital Market Authority (CMA) y el Ministerio de Comercio e Industria y el clero (los ulemas), que juegan un papel ocasional pero determinante en la banca ya que están llamados a pronunciarse sobre si ciertos instrumentos contravienen la ley islámica y así prohibirlos

Las empresas españolas establecidas en Arabia Saudí son muchas y de diferentes sectores. Es bastante conocido el emporio empresarial dedicado a las grandes construcciones e infraestructuras como la UTE encargada de la construcción del AVE de Medina a La Meca o del metro de Riad. Las empresas más importantes que operan en Arabia Saudí son ACS, Dragados, Repsol, Amadeus o Indra, pero hay muchas otras compañías que operan en el país árabe de forma habitual mucho más desconocidas.

El grupo de Inditex de Amancio Ortega opera en Arabia Saudí a través de acuerdos con Al Hokair, la empresa más importante de moda en este país. Propiedad de Fawaz Abdulaziz Alhokair, se encarga de gestionar el grupo Zara en el país wahabita mediante 34 tiendas, a las que hay que añadir 60 de otras marcas que también pertenecen al emporio gallego.
Técnicas Reunidas Gulf es la empresa con la que opera en Arabia Saudí la corporación española homónima, propiedad de la ilustre familia catalana Lladó. El actual presidente, José Lladó Fernández, fue ministro de Comercio y Transportes con Leopoldo Calvo Sotelo, e hijo de Juan Lladó Sánchez, quien presidió el Banco Urquijo. El presidente de Técnicas Reunidas es patrono de la Fundación Princesa de Asturias, miembro del círculo de empresarios cercano a la Casa Real y asiduo a muchos de los viajes comerciales que la monarquía española encabeza.

Técnicas Reunidas ha obtenido concesiones importantes en el país árabe, como la construcción de la planta de gas de Fadhili. Los negocios en la región generan importantes beneficios. Muy distinta es la valoración de las condiciones laborales de la mano de obra, ya sea local, foránea o española. Empleados españoles contratados como tuberos para obras en Arabia Saudí ya denunciaban en 2014 el régimen de semiesclavitud en el que trabajaban para la compañía de los Lladó.

La nula importancia que los empresarios que hacen negocios en Arabia Saudí dan a la situación política interna de la dictadura contrasta con la postura que esos mismos hombres y mujeres de negocios mantienen en ocasiones ante la política interna española. Un buen ejemplo es Alberto Palatchi, fundador de Pronovias y propietario mayoritario de la empresa hasta hace unos días. 

Paltachi es amigo íntimo de Jorge Moragas -director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno de España- y un hombre cercano al PP. Su hijo Alberto Palatchi Gallardo fue nombrado por Xavier García Albiol coordinador de Política de Innovación, Tecnología y Empresa en la ejecutiva del PP de Cataluña. Pronovias mantiene negocios importantes en la dictadura de los Saud gracias a su alianza con Al Daha Group, el socio local, que también mantiene acuerdos con Mango.
No se conocen declaraciones de Palatchi ni comunicación alguna de su empresa sobre la situación política del país saudí en el que hacen negocios. Sin embargo, con motivo del proceso independentista catalán, el empresario ha declarado en varias ocasiones de su intención de abandonar Cataluña si el independentismo logra sus propósitos. En un comunicado interno antes de las elecciones autonómicas de 2015, advirtió a sus empleados de la posibilidad de abandonar la región si vencía la opción soberanista.

La doble vara de medir con respecto a la dictadura saudí se puede ejemplificar con una anécdota reveladora de un personaje público que ejerce feroces críticas ante el fundamentalismo islámico y que se postula como defensora de los valores democráticos. La eminente comunicadora Pilar Rahola se muestra muy beligerante con la financiación de mezquitas financiadas por Arabia Saudí en España. Sin embargo, ello no le impide ser vocal del patronato de la Fundación Rosa Oriol, promovida por la familia Tous. La empresa de joyas propiedad de Alba Tous, amiga íntima de Rahola, es la matriz de Tamkeen, una compañía afincada en Jeddah, una de las principales poblaciones comerciales de Arabia Saudí.

“Arabia Saudí es la ­metáfora de nuestra miserable de­bilidad: necesitamos su veneno para garantizar nuestro modelo de sociedad, sabiendo que ese veneno es el que intenta destruirnos. Es una tiranía ­feroz que promociona ideas totalitarias. Pero es una tiranía poderosamente ­rica, y cuando ese adverbio y ese adjetivo rematan la frase, el sustantivo ya no importa”, decía Pilar Rahola en un artículo en La Vanguardia el pasado siete de julio. Irrebatible.

El régimen de los Al-Thani, que domina con mano de hierro el país de Qatar, no es menos integrista y rigorista que el de Arabia Saudí. Su maquillaje occidental, su dinero, y el glamour de sus inversiones hacen que en Europa sea visto como el más aceptable de los fundamentalismos que vienen del Golfo. Al rascar levemente la pátina de modernidad deja al descubierto una dictadura que interviene de manera flagrante en la difusión del discurso de odio wahabi y del terrorismo salafista-yihadista.

La complejidad del proceso de influencia y control del mundo suní la evidencia como ningún otro caso el emirato de Qatar. La lucha por la hegemonía en el mundo árabe ha provocado un enfrentamiento entre Arabia Saudí y el emirato catarí que no se debe a una concepción diferente de la visión rigorista del Islam que ambos países comparten y circunscriben al salafismo wahabita, sino a intereses mucho más crematísticos que son los que verdaderamente marcan las políticas y líneas de actuación de Doha.

Para conseguir esos objetivos el país de los Al-Thani no ha dudado en seguir una estrategia ambigua que engloba apoyar a diferentes organizaciones musulmanas, terroristas y grupos radicales, y hacer negocios al más alto nivel en occidente e inversiones en empresas de todo el mundo. La hipocresía y el pragmatismo dictan la política de los Al-Thani, cualquier alianza les sirve para lograr su cometido. Es la sublimación de la Realpolitik que los países occidentales acogen con buena cara.

Un buen ejemplo de este proceder se sucedió durante las revueltas árabes, como cuenta Andrés Mourenza en El Confidencial: el régimen catarí apoyó a todos aquellos que pedían un cambio de gobierno en Túnez, Libia, Egipto y Siria mientras reprimía con fiereza el levantamiento en Bahrein por miedo a que se contagiara a su territorio. 




Los Hermanos Musulmanes y Qatar

Qatar ha puesto en cuestión la hegemonía en el mundo árabe de la dictadura Saud sobre todo a partir de 2011, cuando se acercó durante las revueltas árabes a los Hermanos Musulmanes, uno los rivales históricos de la familia saudí, que tienen a dicha asociación en el listado de organizaciones terroristas. La cúpula de esta organización y de su brazo político, Libertad y Justicia, acabó refugiada en Qatar tras el golpe de Estado en Egipto de 2013 de al Sisi contra Mohamed Morsi. La relación de Qatar con la hermandad no se circunscribe a este momento temporal, ya se daba, y de forma muy importante, a través del clérigo Yusuf Al-Qaradawi con el programa que tiene en Al Jazzeera, La Sharia y la vida.

Al Qaradawi es una de las personas más influyentes del mundo musulmán gracias al altavoz que le proporciona Qatar con su televisión. El clérigo fue uno de los miembros más cercanos de Jalifa bin Hamad Al Thani, emir de Qatar hasta el año 1995. Al Qaradawi es lo más parecido a un papa en el cristianismo, dirige el consejo europeo de las fatwas y la investigación (ECFR) y la asociación internacional de Ulemas. Estos organismos intentan fijar posiciones homogéneas sobre cualquier circunstancia relativa al mundo musulmán, con especial incidencia en los que se encuentran en occidente.

Los órganos dirigidos por Al Qaradawi fomentan una interpretación rigorista del Islam, rechazan la laicidad del Estado y solo consideran la sharia como aceptable. Además, determinan que todo takfir (infiel) debe ser castigado y sus posiciones antisemitas se basan en publicaciones falsas como Los protocolos de los sabios de Sión. La proximidad de Al Qaradawi con los Hermanos Musulmanes es plenamente conocida y aceptada por el propio clérigo, aunque renunció a dirigir la organización para seguir con su influencia desde la independencia de sus propios medios auspiciados por Qatar.

La organización Hermanos Musulmanes es la que cuenta con mayor base social en países como Egipto y se ha ido radicalizando hasta situarse en el origen de multitud de grupos terroristas escindidos de su seno. La evolución del pensamiento de los Hermanos es compleja y con diferentes aristas, pero el fundamentalismo que defienden es difícilmente diferenciable desde el mundo occidental del wahabismo saudí y catarí. El salafismo ikhwaníta en el que se englobarían los hermanos es muy similar a la corriente salafista wahabita que impera en Arabia Saudí y Qatar. Lo importante es que todas estas corrientes están basadas en el precepto del takfirismo: considerar que cualquiera que no siga los preceptos del Islam a su manera es un apóstata y un infiel que debe ser castigado.

‘Una gran yihad [en cuanto que guerra santa] y la eliminación y la destrucción de la civilización occidental desde dentro, saboteando su miserable casa con las propias manos de los creyentes para que sean eliminados y la religión de dios sea victoriosa sobre todas las demás religiones’, decía un comunicado de los Hermanos Musulmanes en el que explicaban sus objetivos. José María Irujo, periodista de investigación de El País, publicaba esta semana que el imán de Ripoll aleccionó a los terroristas de Barcelona y Cambrils según los preceptos de una corriente sectaria llamada Takfir Wal Hijra, una organización yihadista wahabista que surgió como una escisión de los Hermanos Musulmanes por parte de Sukri Mustafa.

Qatar, el banco del odio y la violencia

El juego a varias bandas de los jeques catarís les lleva a apoyar también a cualquiera que pueda ayudar a sus propósitos, mezquitas rigoristas, organizaciones terroristas o grupos radicales. En España, la financiación directa de mezquitas está prácticamente copada por Arabia Saudí. Qatar, con la excepción de algún intento fallido en Barcelona, dirige el principal foco de su financiación del discurso de odio wahabí desde los centros de culto oficiales a otros países europeos. La difusión del salafismo en Europa por parte del régimen de los Al Thani está ampliamente documentada.

“Rechazamos cualquier tipo de financiación extranjera a instituciones que adoptan el discurso salafista y que no traen más que radicalismo a Europa y llevan a nuestros jóvenes a un terreno inaceptable”, decía a El Mundo el diputado holandés Ahmed Marcouch respecto a la noticia que descubrió que Qatar había enviado a través de su embajada en La Haya 200.000 euros a la mezquita Hamad Bin Khalifa en Copenhague.

Su influencia en las mezquitas no se circunscribe a Dinamarca. Según un informe de 2012 del Gateston Institute, el jeque Hamad bin Khalifa al-Thani aseguró en un discurso que no escatimaría esfuerzos para difundir el wahabismo por todo el mundo. El régimen catarí tiene incluso un proyecto específico para la banlieu parisina. Un informe de la agencia alemana de Inteligencia BfV y del servicio federal de inteligencia BND denunció la implicación directa de Qatar, Arabia Saudí y Kuwait en el apoyo de grupos radicales salafistas en Alemania. Entre las organizaciones responsables se encontraba la Eid Charity Fundation de Qatar.

Qatar y el terrorismo

La vinculación de Qatar con grupos terroristas quedó en evidencia tras la filtración de Wikileaks de los correos electrónicos de John Podesta, exdirector de campaña de Hillary Clinton. En uno de los correos filtrados, enviado desde el mail de Clinton, se advirtió a Podesta de la necesidad de abordar el problema de la financiación de ISIS por parte del régimen de Qatar y presionar de manera efectiva para cortar ese tipo de relaciones.

Qatar ha sido uno de los países que más ha apoyado a los grupos integristas rebeldes en Siria. El envío de armas a formaciones terroristas que combaten al gobierno de Al Assad está ampliamente documentado por el SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute), como por ejemplo mediante el envío de manpads a través de Turquía. La vinculación de Qatar con Ahrar al-Sham o Al Nusra es solo uno de los numerosos ejemplos de sus conexiones con organizaciones terroristas.

Durante las revueltas árabes, Qatar fue uno de los principales precursores de los rebeldes que pusieron en cuestión a los gobiernos del Magreb y de otras regiones. Las donaciones privadas permitidas por Doha han llegado al Ejército de los Hombres de la Cofradía (sufí) Al Naqshbandia durante las protestas de 2012 en Iraq. El grupo está liderado por Izzat Ibrahim al-Duri, el número dos de Saddam Hussein. El rey de tréboles combatió junto a ISIS al igual que muchos otros grupos de la insurgencia iraquí.

En definitiva, las evidencias sobre la unión de Qatar con la implantación del terrorismo global son muchas y adoptan diferentes formas. A través de la difusión del discurso takfirista de odio de su doctrina wahabí, con la financiación directa de grupos rebeldes radicales para derrocar a países que no son de su misma doctrina, con la venta de armas o con la tolerancia de las donaciones a grupos terroristas desde su territorio, el régimen qatarí fomenta una visión del mundo que no tiene cabida en nuestras democracias abiertas y basadas en el estado de derecho. La permisividad de Occidente con el emirato tiene mucho que ver con las ingentes inversiones en sus países, un tema que merece tratarse aparte.



La inútil apuesta bélica contra Afganistán

www.proceso.com.mx / 250817

No hubo sorpresa. Tampoco habrá solución. Pero continuarán los estratosféricos gastos bélicos, los combates, los atentados y las muertes de militares y civiles, sobre todo locales.

El 22 de agosto el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció a su nación que sus tropas no se retirarán de Afganistán, sino todo lo contrario: tendrán que aumentarse los efectivos a riesgo de que el país centroasiático implosione y se adueñen completamente de él los talibanes, lo que resta de Al Qaeda y las fuerzas en desbandada del Estado Islámico (EI).

El anuncio se veía venir desde que en junio, contra todas sus convicciones y promesas de campaña en el sentido de que Estados Unidos debía dejar de “levantar otras naciones” y centrarse en sus propios problemas, cedió al Pentágono la decisión de la estrategia que se debía seguir en Afganistán.

Y los militares estadunidenses, con el secretario de Defensa James Mattis a la cabeza, concluyeron que los ocho mil 500 soldados que tienen destacados ahí no son suficientes para combatir a la insurgencia y el terrorismo al mismo tiempo, y que se necesitarán entre tres mil y cinco mil más. También pidieron a sus aliados de la OTAN aumentar el número de sus contingentes.

Desde la óptica militar, el planteamiento parece atendible. Si bien ni cuando había 100 mil soldados aliados se pudo derrotar realmente a los talibanes, sino sólo arrinconarlos, conforme los gobiernos de Barack Obama y varios de sus homólogos europeos empezaron a regresar sus tropas, éstos empezaron a recuperar el terreno perdido.

Según fuentes castrenses, al día de hoy los talibanes ocupan ya casi 80% del sur de Afganistán y 43% de todo el país. Es decir que el gobierno central de Kabul apenas controla 57%, un porcentaje alarmante si se considera que hace un año todavía mantenía el control sobre 72%. Ante este avance, alrededor de 400 policías y soldados afganos mueren cada mes; algunas de sus unidades han perdido hasta 50% de sus fuerzas y un porcentaje similar ha desertado, sobre todo en las provincias del sur.

Por su parte, los remanentes de Al Qaeda se han concentrado en la zona fronteriza con Paquistán, país donde siempre han contado con el apoyo de los servicios de inteligencia (no en vano Osama bin Laden se ocultó tantos años en Abottabad); y los yihadistas del EI que están siendo desplazados de Irak y Siria empiezan a desplegarse por la geografía afgana.

Ante este escenario queda claro que pese a sus esfuerzos no pocas veces heroicos los militares afganos están rebasados, y que el proyecto de Estados Unidos y sus aliados de crear una fuerza nacional de seguridad, unitaria y autosuficiente, fracasó. No sólo por la falta de profesionalismo y la descoordinación que privan en la institución, sino por la corrupción de sus altos mandos, que a pesar de las denuncias el gobierno no ha atinado a erradicar.

De hecho el gobierno mismo, encabezado actualmente por Ashraf Ghani, nada en un mar de corrupción, ineptitud y falta de unidad. Políticamente apenas se sostiene por el pacto firmado con su rival Abdullah Abdullah, y en el plano económico depende casi exclusivamente de las aportaciones de los países occidentales que operan militarmente en el país. Tanto, que si éstas no llegaran el gobierno simplemente se paralizaría.

Y es que construir una nación en Afganistán no es una tarea fácil, porque prácticamente nunca lo ha sido.

Ubicado en un punto de cruce casi ineludible entre Oriente y Occidente, a lo largo de los siglos pasaron por su suelo, indo-europeos, persas, griegos, árabes, mongoles y turcos y, de toda esta amalgama, surgió en 1747 el primer Estado unificado, encabezado por la dinastía Durrani, avalada por todos los jefes de las tribus.

Un siglo después, sin embargo, Afganistán se convirtió en un “Estado-tapón” entre los avances imperialistas de la Rusia zarista al norte y y los del Imperio Británico desde el Indostán al sur. Estas tensiones llevaron a tres guerras anglo-afganas, dos de las cuales ganaron los locales, aunque en medio tuvieron que conformarse con 30 años de “protectorado” por parte de Londres.

Conseguida la independencia en 1919, tampoco se logró la estabilidad. En el medio siglo siguiente se alternarían, fuerza mediante, los afanes nacionalistas con los intereses de las tribus tradicionalistas, hasta que en 1973 fue derrocado el último rey, Zahir Sha. Desde entonces, Afganistán ha sufrido una revolución (1978), la invasión soviética (1979-1989), la caída del gobierno de los muyahidines que la sucedió, la guerra civil de 1993-1994, siete años de terror talibán y 16 años, y contando, de intervención occidental (léase, Estados y Europa).

Cabe destacar que en este país, considerado el más pobre y atrasado de Asia Central, ninguna de las potencias militares que lo han invadido ha logrado derrotar a sus feroces tribus; aunque tampoco unificarlas. Hasta la fecha, más allá de la grieta entre chiitas y sunitas, persisten las viejas rivalidades territoriales, étnicas, religiosas y lingüísticas entre tayikos, uzbekos, hazaras y dos ramas de los pashtunes, la durrani y la khiliji.

Así, cualquier intento de lograr una estabilidad nacional pasa necesariamente por conciliar este sectarismo endémico entre clanes y tribus, que frecuentemente se dirime con sangrientas disputas que se heredan de generación en generación; no hacerlo, llevaría –aun en caso de una victoria militar momentánea–, a futuros enfrentamientos intestinos y a una nueva desestabilización.

Pero analistas militares y políticos coinciden en que ni siquiera una hipotética victoria militar está a la vista. El aumento de efectivos y de pertrechos de guerra, incluidos los de alta tecnología como los drones, apenas si se contemplan para frenar el avance de la insurgencia y los grupos terroristas.

Y eso todavía está por verse, porque el lanzamiento en abril de la bomba GBU-43, la llamada “madre de todas las bombas”, sobre un refugio subterráneo de los talibanes, y el abatimiento sucesivo en medio año de tres jefes del EI, que en Afganistán se hace llamar El-Jorasán, no cambió la correlación de fuerzas sobre el terreno ni logró evitar un mortífero atentado suicida contra un convoy de la OTAN en julio.

Al parecer la apuesta es ganar tiempo para seguir entrenando a las fuerzas armadas afganas y permitir que el gobierno de Kabul se afiance y emprenda el combate a la corrupción y las reformas necesarias para poder funcionar y ganarse el favor de la población, que ahora lo repudia mayoritariamente. En ese nuevo escenario, podrían empezar a sondearse posibles pláticas de paz.

Pero el problema es que el único interlocutor posible y válido –el EI y Al Qaeda están lógicamente descartados– son los talibanes, e inmediatamente después de que Trump anunciara el aumento de efectivos en Afganistán, uno de sus portavoces advirtió que “mientras siga habiendo un solo soldado estadunidense en nuestro país, continuaremos nuestra yihad”.

Seguramente saben que no van a ganar, pero no piensan en renunciar ni a sus principios ni a sus métodos. El gobierno de Kabul tampoco puede ganar y lo que intenta es sostenerse. Y la coalición de la OTAN, encabezada por Estados Unidos, sólo trata de que las cosas no empeoren en una guerra que dura ya 16 años, ha costado 700 mil millones de dólares y cobrado la vida de unos 2 mil 400 efectivos estadunidenses y centenas de europeos. Eso, sin contar con la muerte, la destrucción y el dolor que sufre cotidianamente el pueblo afgano.


Albert Schweitzer, Missionary 5 September 1965

Albert Schweitzer, theologian, philosopher, organist, authority on Bach, physician, and missionary, was born in 1875, son of a Lutheran pastor, in Alsace, then German but now French. (Alsace and Lorraine are two provinces lying between France and Germany, and for centuries they have belonged to whoever won the last war.) He studied at Strasbourg and at Paris, and around 1900 he became a doctor of philosophy and a doctor of theology, and was ordained to the Lutheran ministry and became a preacher and a lecturer in philosophy. He became an outstanding organist, and in 1905 published a study of Johann Sebastian Bach. 

He simultaneously wrote a book called The Quest of The Historical Jesus, in which he argued that, of all the sayings attributed to Jesus in the Gospels, the ones that are most certainly His are the ones that give the impression that the end of the world is at hand. (Interestingly, the well-known group called the Jesus Seminar, which likewise sets out to rate the sayings attributed to Jesus with different degrees of certainty, has drawn the opposite conclusion, and rejects all the so-called apocalyptic sayings of Jesus as unauthentic.) Schweitzer himself drew the conclusion that Jesus believed in the imminent end of the world, that he was wrong, and that therefore he was not infallible or inspired or divine. In 1905 he announced his intention of becoming a missionary doctor, and resigned his positions, giving up a brilliant career, to go to medical school. In 1913 he and his wife set out for Lambarene in Gabon (then part of French Equatorial Africa), where they built a hospital. His work there was interrupted by World War I. Since he was a German citizen, he was interned by the French as an enemy alien, and spent his prison time writing. He published his Philosophy of Civilization, in which he urged "reverence for life," a philosophy of compassion for all living things. (A visitor to Lambarene saw a mosquito on his arm and was about to swat it. Schweitzer saw it and said: "Think twice. Remember that you are a guest in its country.") After the war, Schweitzer returned to Lambarene and rebuilt his hospital, adding a leper colony. His autobiography, Out Of My Life And Thought, was published in 1933. In 1952 he received the Nobel Peace Prize. He died 4 September 1965.

A student of Schweitzer's thought has written:
We typically use 'optimism' or 'pessimism' to describe our intellectual predispositions in how we view the world. For Schweitzer, however, those words relate not to the intellect only, but also to the will and to the positive actions which we may take: "True optimism has nothing to do with any sort of lenient judgment. It consists in comtemplating and willing the ideal in the light of a deep and self-consistent affirmation of life and the world. ... Optimism and pessimism, therefore, do not consist in counting with more or less confidence on a future for the existing state of things, but in what the will desires the future to be. They are qualities not of the judgment, but of the will."

Schweitzer also distinguished between how individuals and societies approach their ethical roles: "The ethic of ethical personality is personal, incapable of regulation, and absolute; the system established by society for its prosperous existence is supra-personal, regulated, and relative. Hence the ethical personality cannot surrender to it, but lives always in continuous conflict with it, obliged again and again to oppose it because it finds its focus too short." Schweitzer also holds that "even a society whose ethical standard is relatively high, is dangerous to the ethics of its members", because the individual spiritual ethic may be corrupted and overwhelmed by the more practical ethic of the society.

I think the challenge for the Christian is to try to develop a reflective, compassionate understanding of life which will lead to devotion to others. As Greg Singleton said, "Schweitzer was looking for method, not answers." We need to find methods by which we can become "optimistic" actors in the world.

Society will not resolve the world's problems. I guess that leaves it up to us as individuals to try, however futile the goal my be. But I think that Schweitzer would say that the ethical person must not consider whether the goal is reasonable, but rather, must act according to the necessity of his own inner compulsion to do good in the world.

Schweitzer was not without his critics.
Some of them were shocked by his hospital, which they found primitive. Instead of hospital wards, there were rows of huts. When a patient came to stay there, his family came along and moved in with him, bringing a few chickens and a goat and some pots and pans, and they cooked their own meals, which the patient shared. His critics said that this was no way to run a hospital. He replied that if the patients were isolated from their families and fed from the hospital kitchen, most of them would not come to the hospital at all. Life on a 20th century European-style hospital ward would have been unfamiliar and terrifying. He admitted that his hospital was practicing nineteenth-century medicine, but said that this was better than the alternative, and that until his critics were prepared to finance and maintain a better hospital themselves, they ought to shut up.

Some of them were shocked by his racism. In an age when everyone was denouncing colonialism as an unmixed evil, he said bluntly that the European rulers were managing African affairs better than the Africans had managed them when left to themselves, and that it was in the interests of the Africans that the Europeans should continue to be in charge. He said that the European ought to say to the African, "I am your brother, but your elder brother."

Some of them were shocked by his personal autocracy. He ran his hospital as he saw fit, and expected others, black and white alike, to fall in line. It was, perhaps, a natural attitude for a man who was in fact considerably more intelligent than almost anyone else he met, black or white.

Some were shocked by his religious beliefs, his forsaking of traditional Christianity; for although he continued to regard himself as in some sense a Christian, his views on the deity of Jesus Christ were at best shaky.

The fact remains that he was a dedicated humanitarian, one who had the world at his feet, and gave up everything to serve Christ in the person of the least of His brethren. He prodded the conscience of the world. Without believing in the deity of Christ, he did more in the service of Christ than most of those who do; and without believing in the right of all peoples to instant self-government, he did more to improve the lives of Africans than most of those who do.



David Livingstone, Missionary 1 May 1873


With Schweitzer, we may remember other African missionaries, such as David Livingstone. Livingstone was born in 1813 in Blantyre, Scotland, trained as a physician, and ordained as a missionary in 1840. His original plan was to work in China, but he was prevented from doing so by the Opium Wars. He therefore went instead to South Africa and travelled northward into the interior. To his countrymen, he was known chiefly as an explorer, a surveyor, and a scientist; and his expeditions, including the discovery of Victoria Falls in 1855, made him a national hero. In 1866 he began an expedition seeking the headwaters of the Nile. No news of him came back for several years, and it was thought that perhaps he was dead. A publisher sent a correspondent, Henry M Stanley, to find him. Stanley did find him, in 1871, and accompanied his expedition for a while before returning to report. (Stanley's greeting, "Doctor Livingstone, I presume," is the one thing about Livingstone that is remembered by persons who know absolutely nothing else about him.)

Livingstone died 1 May 1873 in Zambia. His body was embalmed and brought to the coast by his African friends, and was buried in Wesminster Abbey. However, his heart was removed from the body and buried where he died. His friends said, "His heart was always with the people of Africa. It must remain here."


El Decálogo del Abogado


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