"Quórum Teológico" es un blog abierto al desarrollo del pensamiento humano y desea ser un medio que contribuya al diálogo y la discusión de los temas expuestos por los diferentes contribuyentes a la misma. "Quórum Teológico", no se hace responsable del contenido de los artículos expuesto y solo es responsabilidad de sus autores.

Ya puedes traducir esta página a cualquier idioma

Déjanos tu mensaje en este Chat

Paco Xammar, un jesuita en La Floresta

Compartimos el testimonio de Ismael Moreno, S.J. sobre su compañero también jesuita Paco Xammar, quien ha tenido la extraordinaria tarea de abrir e insertar la misión de la Compañía de Jesús y de la iglesia entre diversos sectores no eclesiásticos y no creyentes.

Ismael Moreno Coto, sj

Del 9 al 25 de mayo de este año 2017 pasé unas extraordinarias y curiosas vacaciones con Paco Xammar en Tarragona. Con él visité varias ciudades mayoritariamente de Cataluña, pero también la ciudad de Murcia a seis horas en tren al sur de Tarragona, y la ciudad de Zaragoza hacia el sur oeste mientras uno se interna en la península, a una hora y media en un tren con una velocidad de 250 kilómetros por hora.

Paco Xammar es un jesuita de 83 años, con cerca de cinco décadas de vivir en La Floresta, un barrio popular que él mismo contribuyó a construir en la periferia de Tarragona para familias obreras y perseguidas por la dictadura de Franco. Tarragona es una antiquísima ciudad besada por el mar mediterráneo, con todas las huellas de haber sido una poderosa ciudad romana, construida antes de Cristo. En ella y en sus alrededores uno puede descubrir un coliseo y varias villas fortificadas, y por todos sus vericuetos sagrados y profanos, los nativos siguen contando con orgullo provinciano la leyenda que por sus calles y sus mares debió haber pasado San Pablo con su predicación cristiana a cuestas.

Paco Xammar es un jesuita que ha tenido la extraordinaria tarea de abrir e insertar la misión de la Compañía de Jesús y de la Iglesia entre diversos sectores no eclesiásticos y no creyentes, particularmente entre el mundo obrero, el académico, el de los refugiados y migrantes. A finales de la década de los sesenta participó en la fundación del movimiento de curas obreros en España, y a comienzos de la década de los ochentas, participó en l entusiasta decisión de fundar los Comités Óscar Romero, los cuales se extendieron a lo largo de la comunidad catalana y de otras provincias españolas, y luego se abrieron brecha en otros países europeos.

En esos aciagos años centroamericanos, Paco Xammar visitó Nicaragua en donde vivió por cuatro años, luego regresó a su pequeño piso en su barrio La Floresta, y desde entonces invita a diversas personas y grupos para establecer puentes entre Centroamérica y el rico y variado mundo, particularmente el popular, de Cataluña. El Barrio La Floresta ha recibido las visitas de Fernando y Rodolfo Cardenal, Sergio Ramírez, la comunidad del Arenal con Roberto Currie a la cabeza, Joe Mulligan, Jack Warner y su tropa del Teatro La Fragua, Don Pedro Casaldáliga, Pedro Trigo, Chema Tojeira, entre muchos otros.

Eso sí, los invitados quedan impactados por la implacable agenda de recorridos por los comités Óscar Romero, aulas universitarias, grupos de académicos, personajes políticos, centros sociales jesuitas y comunidades de migrantes. “Para exprimirlos les pago el billete”, dice Paco, con su humor a flor de piel. Yo fui invitado por primera vez por Paco Xammar en la primavera de 2010, unos meses después del golpe de Estado en Honduras, y con la visita en la primavera de este año puedo testificar que uno termina exhausto, con más dolor en los huesos que de costumbre, pero con vida y entusiasmo para compartir la experiencia.

Es curioso, Paco Xammar vive solo en su pequeño piso de La Floresta. Solo como jesuita. Pero su vida y su propio piso pasan la vida entera acompañados. Todo mundo saluda a Paco en la calle, todo mundo lo conoce. No lo saludan como a un extraño. Como un Padre extraño. Lo saludan como a uno más del barrio y de la ciudad. Paco está enterado de la vida de toda la población. Sabe de los que han llegado recientemente en la ola migratoria tanto de África como de América central, sabe quiénes están en el paro y quienes han conseguido trabajo. En los días que yo estuve, Paco andaba afanado por conseguir trabajo a una familia hondureña que tuvo que salir de emergencia para salvarse de una muerte ingrata, luego de que el resto de sus familiares había sido asesinado en una de las colonias de la zona metropolitana del Valle de Sula, en el norte hondureño.

Es curioso, Paco Xammar vive solo como jesuita, y tenía yo varias décadas de no haber vivido la experiencia profunda de una comunidad jesuita como la he tenido en estos pocos días que conviví con este hombre de arrugas y canas octagenarias y con andar, mirar, bromear, soñar y compromiso de una persona de treinta o cuarenta años. Paco vive solo desde hace muchos años, y expresa un cariño a la Compañía de Jesús como si viviera en una comunidad con todos los jesuitas del mundo. Eso sí, con una clara opción por la inserción y por el compromiso social con las poblaciones oprimidas y excluidas de la tierra.

Paco Xammar vive solo en La Floresta. Y en los días que compartí con él nunca escuché una palabra resentida, no sentí una expresión de amargura en sus reflexiones ni un reclamo egoísta a la Compañía de Jesús. Eso sí, una cosa es un reclamo resentido, y otra muy distinta es su firme crítica a una institucionalidad que se sostiene con frecuencia por costumbre o por tradición, y con alguna regularidad impide la apertura y compromiso a la auténtica misión en la periferia de la sociedad. Lamenta que los jóvenes jesuitas no se caractericen primordialmente por su compromiso con la misión de la Compañía desde la periferia. Y cuestiona de frente a la autoridad en la Compañía por arropar a los pocos jóvenes dentro de la institucionalidad, con el argumento de que son pocos y hay que cuidarlos. Y los condena a ser pobres jesuitas cargadores de piedras y tradiciones obsoletas, atrapados en un mundo que se cierra al mundo real por donde sopla el espíritu y en donde se hace sentir el paso de Dios por nuestra historia.

Acompañé a Paco Xammar a una visita a una comunidad jesuita clásica en el centro de Barcelona. Yo iba atento para ver su comportamiento. No despegué mi vista de su rostro ni distraje mi oído para saber escucharlo. Nada distinto, era el mismo Paco Xammar de La Floresta, alegre, platicador, interesado en la vida y trabajo de los demás, interesado en escuchar más que en contar sus aventuras y hazañas. Un jesuita más entre todos los jesuitas. Escuché luego a algunos de ellos, y pude descubrir el cariño y respeto que tienen a este jesuita que viviendo en la periferia de la sociedad no hace alarde de su compromiso. No hace sentir que es más, ni hace sentir que es menos que los otros jesuitas. Su vida es la de una persona común y corriente, con una vocación de jesuita que a sus 83 años conduce el mismo vetusto vehículo de los años ochenta y asume la austeridad del común de los mortales que tiene que sudar la gota gorda para ganarse su comida y pagar sus cuentas mensuales.

Hacía muchos años que no sentía esa alegre sensación de vivir mi vocación de jesuita con otro jesuita, en el caso de Paco, situado en la estricta periferia de este mundo, aun viviendo en el mal llamado primer mundo. Tan audaz para cuestionar al gobierno central de Madrid y lanzar al viento su propuesta por la independencia catalana como para preparar con diligencia una formidable comida para compartirla con sus compañeros en la angostura, casi extrema de su cocina.

Así lo hizo a mi regreso de Zaragoza. “Te prepararé comida especial”, me dijo con su mirada de niño travieso. Nos sentamos a la mesa, destapó la mejor botella de vino que vendría guardando de tiempos inmemoriables, sirvió la ensalada y el pan, y cuando correspondía lo fuerte de la comida, muy a lo lejos sentí el sabor a salmón en el plato fuerte que se había convertido en carbón por el olvido de Paco de haber apagado el horno en el momento oportuno.

Me ha entristecido la riqueza que pierde la Compañía de Jesús de no entregar jóvenes vocaciones para que sean acompañados por este jesuita de carta cabal y de andar siempre ligero. “Paco –le pregunté, como sin importarme, viendo para otro lado--, ¿si ocurriera un milagro y de pronto te convirtieras en un jovencito en el siglo veintiuno, qué decisión tomarías en tu vida?”. Paco elevó una sonrisa, y simulando el mismo descuido que yo simulé, miró para otro lado, y como queriendo decir cualquier tontería, me dijo: “Haría lo mismo. Volvería a entrar a la Compañía y me iría a abrir camino entre los refugiados y migrantes africanos y centroamericanos”.

Su espontánea respuesta me obligó a callar y a verme a mí mismo. Entonces pensé y me pregunté, y si yo tuviera ese mismo milagro, qué haría. No se lo dije, seguro que a Paco no le gustaría. Pero si volviera por un golpe de milagro a ser un joven, no sé, me gustaría encontrarme con un jesuita de 83 años, radical en su misión, austero en su manera de vivir, en plena apertura con el mundo no eclesiástico, especialmente el no creyente, que vive en su casa en un barrio popular en la periferia de una ciudad cualquiera del mundo, con su amplia y sana sonrisa, crítico inclaudicable del sistema productor de desigualdades y violencia, amoroso y crítico de la institucionalidad de la Compañía, solidario con gente de carne y hueso, comprometido hasta el tuétano con la transformación de la sociedad, con la fe puesta en el amor de Dios desde su preferencia en los pobres.


Cuánto desearía ser joven, incluso con todos los despistes, para ingresar en la Compañía de Jesús y querer ser hoy en esta azarosa década del siglo veintiuno como el jesuita catalán Paco Xammar.

Mujica, el hombre sabio

Entrevista por Alver Metalli
www.tierrasdeamerica.com/12-140417
José “Pepe” Mujica con su esposa, la senadora Lucía Topolansky

Fue el primer presidente latinoamericano que recibió en audiencia el Papa argentino, su vecino de enfrente. Desde Montevideo, donde vive con su esposa senadora, lleva poco menos de tres horas de catamarán cruzar el Río de la Plata y llegar a Puerto Madero, y desde allí se puede ir caminando hasta el domicilio de Bergoglio, frente a la Plaza de Mayo.

Cuando Mujica era presidente, entre marzo de 2010 y el mismo mes de 2015, nunca recorrió ese trayecto. Prefirió esperar y voló 12.000 kilómetros para llegar a Roma, llevando de regalo el libro de un amigo en común con el Papa argentino que iba a visitar, el historiador y filósofo uruguayo Alberto Methol Ferré, fallecido en noviembre de 2009. “Nos abrió la mente”, comentó Mujica cuando se lo entregaba. “Nos ayudó a pensar”, le contestó Bergoglio con una sonrisa de entendimiento.

Una hora de conversación y un breve comentario al salir retrataron el encuentro entre los dos rioplatenses, el Papa y el Presidente: fue como hablar “con un amigo del barrio” le dijo Mujica a un periodista; “un hombre sabio” hizo saber el Papa a través de su vocero. El ex presidente de Uruguay de ochenta y un años, con un pasado guerrillero, nunca más perdió de vista al Papa argentino. Hasta el día de hoy.

Delante del micrófono admite que no recuerda qué estaba haciendo o dónde se encontraba aquel 13 de marzo, hace cuatro años. “Uno de mis muchos defectos es no recordar las etapas que he atravesado”, se excusa. “Sobre todo ahora que ya no tengo mucho tiempo por delante y trato de concentrarme en las claves de los tiempos que vendrán”. Pero asegura que sí tiene muy claro “la sorpresa gigantesca que nos llevamos”.

El plural mayestático refleja una manera de ser reservada y propia del hombre de campo. “Nos parecía difícil que la iglesia tuviera tanta audacia renovadora como para elegir a un latinoamericano, y sobre todo un personaje tan singular y un poco contestatario de la filosofía concreta que habían aplicado los últimos papas. Era un viraje, un cambio global de toda la orientación de la iglesia hasta ese momento.

Lo que habla de la sabiduría y de los misteriosos recursos de esa realidad tan vieja que es la iglesia católica, apostólica y romana. Supo dar un viraje muy fuerte en la lucha por su credibilidad en un momento de fenomenal crisis en el mundo. Cuando su peso histórico y social estaba siendo jaqueado desde muchos ángulos, la iglesia – con el nuevo papa – se dio cuenta de que su suerte se empezaba a jugar en el mundo pobre y la causa de los pobres, y trató de retomar lo más hondo del viejo mensaje cristiano”.

¿Por qué viejo?

Viejo no en el sentido peyorativo, sino más bien en el sentido de la eternidad, por lo menos de eternidad humana. Yo me considero un admirador político de la Iglesia católica, apostólica y romana.

¿“Admirador político”?

Sí, admiro el trabajo de la iglesia católica, la obra civilizadora gigantesca que realizó en términos humanos a pesar de sus defectos. La lengua y la presencia de la iglesia católica en América Latina son las dos columnas vertebrales de la formación de nuestro modo de ser. No reconocerlo es señal de superficialidad.

Los pueblos latinoamericanos, sobre todo los pobres, son masivamente creyentes, y a lo largo de toda nuestra historia la iglesia tuvo una enorme participación en la construcción de nuestras nacionalidades. La iglesia está profundamente entrelazada con nuestras raíces. Lengua e iglesia son las dos cosas que más nos unen.

Que yo tenga mis dudas como creyente, es otra historia. La cuestión de fondo es cómo es la gente de mi pueblo, de mi sociedad, quiénes somos los latinoamericanos, y eso lo debo entender y respetar. Por eso cuando a la iglesia le disputan su espacio, la legitimidad de su presencia, no puedo ser neutral, me siento amigo, como institución y como historia. Yo sé que a la Iglesia se le pueden reprochar muchas cosas, pero es mucho más lo que debemos reconocerle. Porque en definitiva, lo que habría para cobrarle son los defectos de los hombres, no de la iglesia, no de la institución.

¿Y a usted de dónde le viene esta sabiduría, esa tradición? ¿De sus padres, su historia, las experiencias que tuvo…? Porque no es común escuchar hablar así a un político de izquierda que fue presidente del país más laico de América Latina.

Siempre fui un aficionado a la historia de nuestra Latinoamérica, y mirara donde mirase, me encontré con la iglesia por todos lados. Desde la época de la revolución y del nacimiento y afirmación de las ideas republicanas. En todas las gestas emancipadoras americanas siempre hubo la pluma de un sacerdote detrás del pensamiento de los libertadores. Porque los sacerdotes eran un caudal de formación universitaria, del pensamiento de su época; eran los que conocían la filosofía antigua y el pensamiento moderno, el humanista y el científico, y lo retransmitían. Es muy difícil concebir a nuestro Artigas sin algunos curas que tenía al lado.

En las épocas más duras, más primitivas, la iglesia tuvo un rol de santuario, de conservación de la sabiduría primitiva de la civilización greco-romana que se conservó en los monasterios, y de alguna manera en un mundo duro y de barbarie y de guerra, como fue el feudalismo, mantuvo encendida la mechita de la civilización. Después vinieron otros tiempos, pero la historia de la iglesia, a lo largo de los siglos, fue como un protector para recoger y conservar parte de esa vieja sabiduría que había acumulado el dolor la humanidad. La transmitió, con mayor o menor conciencia, como una espora del futuro.

¿No hubo ningún sacerdote que influyera en usted?

Probablemente sí. Tuve muchos amigos entre los frailes conventuales franciscanos, algunos de ellos vivían en Italia hasta hace poco. En definitiva, estoy convencido de que lo más fundamental del hombre es la fe. Vivimos en tiempos de ciencia, pero si me quitas la fe, no existe la sociedad. Es un acto de fe si voy a un banco, pongo unos pesos y me dan un papelito, porque yo creo que me los van a devolver cuando se los pida. Tengo mercadería, la vendo porque me la van a pagar; es un acto de fe, ¿yo cómo sé si me lo pagan? Toda la sociedad está construida sobre la fe. El día que derrumbemos la fe estamos terminados.

La pregunta sigue planteada. ¿Esta actitud suya, crítica y valorizadora de lo que es la iglesia en la historia de la humanidad, de lo que es la fe para la vida de los latinoamericanos, del pontificado de Francisco, tiene su origen en los estudios que hizo, en el conocimiento que maduró a través de los años o hay algo más en su  experiencia personal?

Ambas cosas. Desde el punto de vista histórico, cuanto más atrás miro en la historia de los grupos humanos siempre me encuentro con gente que cree en algo que va más allá de su propia vida. Que es sobrenatural. Considero que el hombre es el animal más utópico que existe. Porque necesita creer en algo, en algo no tangible, no cuestionable, en algo que está más allá de él mismo. Creer es una característica antropológica del hombre. La evolución de las religiones es el desarrollo adulto de esa necesidad.

Ayuda a bien morir, dijo una vez…

Estuve internado en la sala de hospital y vi morir gente. Y muchas veces pensé que si la religión cumple con la función de ayudar a bien morir, ¡bendita sea la religión! En el dilema de la vida y muerte necesitamos creer en algo más allá, que no se corrompe. ¡Cuidémosla, prestémosle atención a la religión! Yo, con mis límites, no la puedo cuestionar. Por eso la respeto.

La religión es un servicio humano, una necesidad humana. Respeto la actitud religiosa del hombre en general, es cierto, pero yo soy de Occidente, nací en América Latina. La imagen que aquí sembraron de Dios tiene un rostro cristiano, apostólico, romano. Y eso ha penetrado profundamente en millones y millones de latinoamericanos. ¡Quién soy yo con mis dudas delante del universo para cuestionar el valor que éste tiene! Tengo que respetarlo.

Por eso le decía que soy un admirador político del rol de la iglesia católica. ¡Claro, me pueden tirar a la cara los defectos de este o de aquel, los límites de una persona o de otra. ¡Pero de qué nos sorprendemos! Si está formada por hombres y los hombres somos eclécticos, pecadores, llenos de errores. ¿Qué culpa tiene la iglesia?

¿Se puede decir sin retórica, sin que parezca una exageración dialéctica, que estos cuatro años del Papa Bergoglio han cambiado la historia?

Yo creo que son una ventana abierta. Él es un formidable luchador social. Por la igualdad, por la misericordia, por el derecho a la compasión, por tratar de hacer entender que la fraternidad es vital entre los hombres, por darse cuenta de que triunfar en la vida no es acumular riquezas.

Es una lucha dura la suya, y sé que muchos no van a estar de acuerdo. Pero está dando pasos civilizadores y ante el tribunal de la historia tendrán mérito y reconocimiento.

Cuando éramos jóvenes luchábamos por el poder. Que en su aspecto digno es la lucha para mejorar la civilización a la que pertenecemos. No para crear un mundo perfecto, sino para ir subiendo escalones de humanidad. Yo al Papa lo veo como un luchador formidable que usa todo su peso institucional para golpear nuestra conciencia, para convocar a la sociedad, para mostrar que es posible un mundo un poco mejor. Pero también depende de nosotros. Por eso me considero amigo ideológico del Papa, y lo acompañaré en todo lo que pueda. Tengo mucha confianza en lo que hará, mucha confianza.

Cuando fue a visitarlo en mayo de 2015, poco antes del viaje que hizo el Papa Francisco a Cuba en el mes de septiembre de ese año, Raúl Castro dijo: “si sigue así, me hago católico…”. Era una broma, por supuesto. ¿Usted diría algo así?

Yo soy un acólito del Papa. Mis dudas con Dios son filosóficas. O tal vez yo creo en Dios. Tal vez, no sé… O tal vez como me estoy acercando a la muerte, lo estoy necesitando…

A Marcelo Figueroa, actual director de la edición argentina del Observatorio Romano que se acaba de inaugurar, usted le habló de lo que lo une a Bergoglio. “Creo que por caminos muy distintos ambos percibimos el drama humano y las condiciones de ese drama humano que está a la base de América Latina y también del mundo. Es inevitable una identificación con Francisco”. ¿Cuál es ese drama humano, esa tragedia que está a la base de América Latina? ¿Dónde lo ve?

Está en una cultura funcional a la ganancia que ha creado el propio sistema capitalista. Esa cultura que se ha difundido con fuerza por todas partes y nos convierte a todos en compradores desesperados. Tenemos que consumir. Consumir y comprar, siempre cosas nuevas y distintas, como si ese fuera el desiderata de la felicidad humana, y no nos damos cuenta de que cuando compramos cosas estamos pagando con el tiempo de nuestra vida; en cierto sentido, junto con el dinero que hace falta para comprar, nos gastamos también nosotros. Después nos damos cuenta de que no nos queda tiempo para los afectos, para la fraternidad, para el que está enfermo, para las cosas que no dan ganancias. Pero que dan el gusto de vivir.

La vida no debe ser una carga. La vida debe ser un mensaje de felicidad. No hay que confundir la idea de felicidad, que es un equilibrio profundo, con la idea simplista de placer. La felicidad en el fondo implica la libertad: qué hago, qué elijo, si tengo tiempo en mi vida para hacer aquellas cosas que tienen un significado. Pero si tengo que trabajar, trabajar y trabajar para pagar cuotas y cuotas y cuotas, y el auto no me sirve porque tiene que ser más nuevo y más grande, y después que tengo la casa, necesito la casa en la playa para ir a bañarme, y después me tengo que desesperar porque necesito un hombre que me ayude a cuidar lo que tengo porque si no me roban… Y cuando me quiero acordar, se me fue la vida y no me quedó tiempo…

Y yo no quiero que a mi hijo le falte nada, como me faltó a mí… Sí, pero le faltás vos, no tenés tiempo para andar un par de horas con tu hijo de la mano y llevarlo a un partido de fútbol… Tiempo para las cosas más elementales de la vida. Para los afectos, los afectos humanos. Ésa es la trampa de nuestro tiempo. Y casi sin darnos cuenta nos volvemos incapaces de compadecernos del clamor de los demás; ya no lloramos ante el drama de otro o no nos interesa ayudarlo a sobrellevarlo, como si eso fuera una responsabilidad de alguien más que no tiene nada que ver con nosotros. Perdemos la calma y nos ponemos nerviosos si el mercado ofrece algo que todavía no pudimos comprar, mientras todas las vidas truncadas por la falta de posibilidades parece un mero espectáculo que no nos altera.

Mejor pobres que alienados…

No estoy haciendo una apología de la pobreza, estoy hablando de sobriedad. Vivir con lo necesario, con lo imprescindible. Pero tener tiempo para gastar en cosas que sin perjudicar a otros generan sentimientos, solidaridad, amistad. Es muy elemental lo que estoy diciendo, y creo que el mensaje cristiano, en el fondo, no puede estar muy apartado de eso.

José MujicaNo puede ser que este mundo sea un valle de lágrimas para ir después al paraíso. No. Ni valle de lágrimas ni paraíso. Acá está todo, y si hay un más allá, la raíz está acá. Hoy la idea de triunfar coincide con la de acumular riquezas. Sea como sea. ¡Pero si al final nos iremos desnudos de este mundo como vinimos! No le encuentro mucho sentido a esa manera de vivir, a esa obsesión por poseer. Me parece que el mensaje cristiano recoge el viejo principio griego: nada en demasía.

No está dicho que no vuelva a intentarlo en 2020, cuando Tabaré Vázquez termine el mandato que heredó de sus manos en 2015. Hay tiempo, y mientras tanto “el presidente más pobre del mundo”, como lo llamó por primera vez un diario estadounidense experto en construir y derribar íconos, el presidente que dona una buena parte de su sueldo para beneficencia y que circula en un Volkswagen de museo, no rechaza las invitaciones que le llegan de todo el mundo. Para hablar de sí mismo, de su país, Uruguay, de cómo ve la vida desde sus ochenta y un años cumplidos en mayo, de la América Latina “por construir”.

Los latinoamericanos hemos logrado nuestros estados pero todavía tenemos que construir la nación”, afirma en tono tranquilo. “Una nación es algo que va más allá de nuestras fronteras políticas, que nos necesita a todos, porque en un mundo que se está achicando y apretando cada vez más, para existir tenemos que unirnos, tenemos que acentuar nuestra interdependencia para conservar nuestra independencia”.

Más dependencia para una mayor independencia: el juego de palabras requiere algunas aclaraciones, que Mujica saca de una mochila de conocimientos históricos mucho más amplia de lo que parece. “Insisto mucho en los fundamentos sobre los que nos apoyamos, las dos raíces de nuestro ADN: la lengua y la tradición de la Iglesia católica. Con la primera pensamos, soñamos, proyectamos, escribimos poesías y hacemos matemática; con la segunda introducimos en este circuito los significados propios de la herencia religiosa que hemos recibido”.

¿Qué significa construir la nación?

No quiere decir borrar la frontera o la bandera. Eso es secundario. Es construir un alero que nos proteja, donde todos tengan reparo y sombra. Europa lleva muchos años tratando de alcanzar una integración. En su historia hubo guerras, enfrentamientos, divisiones, y llegó un momento en que un puñado de gobernantes tuvieron la sabiduría y la audacia de decir: dejemos de matarnos y construyamos una casa común.

Este tema de la integración de América Latina era muy importante para Alberto Methol Ferré, un compatriota suyo muy apreciado por el Papa Francisco, como usted pudo comprobar en su viaje a Roma, cuando le regaló el libro La América Latina del Siglo XXI.

Claro, por eso Methol Ferré era mi amigo. Yo pienso en clave metholiana, y el Papa también. Methol era un personaje heterodoxo con una libertad de pensamiento fenomenal, un tipo de una tremenda audacia intelectual, cosa difícil de encontrar en el clima de dogmatismo intelectual contemporáneo.
Methol Ferré consideraba que la integración era una necesidad histórica de América Latina para no caer en lo que él llamaba “el coro de la historia” y poder tener protagonismo en un mundo de estados continentales…

No se puede hacer por una imposición militar o política, porque nunca realiza una verdadera integración. Debe ser el convencimiento de las mutuas conveniencias lo que acerca y da origen a proyectos comunes. Los latinoamericanos debemos aprender que para no pertenecer al coro de la historia y ser verdaderamente independientes debemos depender cada vez más los unos de los otros.

Allí está China, cada vez más dentro de nuestro horizonte latinoamericano. El imperio más viejo de la tierra, con una tradición milenaria y un conjunto de culturas, acostumbradas a ser chinas, pero que son muchas. Al lado está la India, un estado multinacional de proporciones enormes. Y Europa, que está construyendo una gigantesca unidad, que tendrá contradicciones y retrocesos, pero sigue avanzando en la dirección correcta. ¿Qué hacemos nosotros en un mundo así? ¿Nos balcanizamos? Tenemos que pensar mucho y a fondo en estas cosas, ver lo que tenemos en común. Me siento un francotirador de esta lucha.

¿Cómo se ve el nuevo presidente de Estados Unidos desde el sur de América?

Es un florecimiento del ultranacionalismo dominador. El nacionalismo es una fuerza importante para perpetuar la identidad de los pequeños países, el hipernacionalismo de los grandes países, en cambio, es una herramienta imperial peligrosísima porque tiende a desequilibrar el mundo y a crear conflictos.

Lo que más me duele es que anunció que piensa aumentar hasta 4000 millones de dólares el presupuesto militar. Inmediatamente tuvo la respuesta del parlamento chino, que decidió aumentar 7 puntos el suyo. ¡Estamos locos! ¿Estamos gastando 2 millones de dólares por minuto en el mundo en presupuestos militares y queremos aumentarlo todavía más? Estamos locos. El hombre nunca tuvo tantos recursos como hoy para enfrentar los fantasmas del hambre y la desnutrición, de la falta de agua y de las enfermedades, pero los está malgastando.

El hombre puede crear ríos nuevos, hace treinta años que existen proyectos de ese tipo, puede comunicar, a través del Sahara, el Océano Índico con el Atlántico y crear una sucesión de mares interiores que aumenten la eco-transpiración, contribuyan a mitigar el clima y aumentar el nivel pluviométrico del África Subsahariana; el hombre puede cuidar la meseta del Tibet, donde nacen los cuatro ríos principales que sostienen a la humanidad, puede hacerlo, tiene los recursos y tiene la ciencia, pero no se pone de acuerdo, malgasta, tira el dinero. Prefiere rechazar a los pobres, a los emigrantes, que se ahoguen en el Mediterráneo, en vez de emplear recursos para generar desarrollo en África para que la gente no tenga que emigrar.
Ésa es la lucha del Papa.

Usted dijo en las Naciones Unidas, en septiembre de 2013, pocos meses después de la elección de Bergoglio, que “Nuestra época es portentosamente revolucionaria, como no ha conocido la historia de la humanidad, pero no tiene conducción consciente, política, tiene una conducción simplemente instintiva”

Lo confirmo. Nos está dirigiendo el mercado, los negocios…

¿En este sentido se puede decir que esta conducción consciente la está marcando el Papa?

En el sentido de que está marcando una línea, la línea de la responsabilidad colectiva. Todavía estamos razonando y reaccionando como países, pero en este momento tenemos la obligación de pensar como especie. Hay que empezar a cuidar el barco con el que navegamos en el universo: la tierra. Es una responsabilidad global. La globalización existe pero para lo financiero, para el negocio, para el mercado; no hay globalidad para las decisiones que tienen que ver con el equilibrio y la necesidad de preservar la tierra y la vida.

También tenemos responsabilidad sobre todas las vidas no conscientes. El universo, o Dios, nos han dado la consciencia para interpretar los fenómenos de la vida; tenemos la responsabilidad de hacerlo, como hermanos mayores; tenemos que cuidar la vida, la vida en el sentido más genérico del término. Y sin embargo la estamos depredando. Aunque sabemos cada vez mejor lo que hay que hacer, o habría que hacer. Hace treinta años que los hombres de ciencia nos dijeron lo que está pasando y lo que va a pasar. Y no pudimos corregirnos.

Usted recomendó la lectura de la encíclica Laudato si’ poco después de que fuera publicada por el Papa, precisamente por la manera como trata estos temas…

Exacto. Por eso me siento amigo y compañero del Papa y de su lucha en estos frentes.

Los mexicanos y los centroamericanos se sienten agredidos por Trump, por su política antimigratoria. Tienen buenas razones para sentirse amenazados; sus economías dependen enormemente de su poderoso vecino. ¿Pero esto no podría ser también una oportunidad? Quiero decir, México, que en cierto sentido es la frontera de Estados Unidos con América del Sur, y la misma América Central, se verán obligados a integrarse más con el resto de América Latina, como ocurrió con Venezuela, a mirar más hacia el sur, a intensificar las relaciones con esa parte del continente de la que progresivamente se fueron alejando.

Si, si, si… Probablemente aprenderemos más del dolor que de la bonanza. Y probablemente pagaremos un alto precio por este proceso. Nosotros tenemos que estar más cerca de México y de América Central. Y ellos de nosotros. Nuestros gestos en defensa de México hasta este momento han sido demasiado débiles. El problema de México es un problema de todos nosotros. La agresión no termina en la frontera, empieza en la frontera.

Y tenemos que acercarnos a África. Tenemos una idea estereotipada de África. La aristocracia de Nigeria consume carne inglesa y quesos franceses. Es un disparate. Es como besar la mano del amo. Tenemos que acercarnos mucho más al dolor del sur y acercarnos los latinoamericanos entre nosotros.

Colombia. Otra guerrilla que deja las armas, la última si excluimos el ELN en fase de negociación. El balance histórico es de tres guerrillas derrotadas militarmente, los montoneros en Argentina en los años ’80, los tupamaros en Uruguay y Sendero Luminoso en Perú en los años ’90, dos que triunfaron y tomaron el poder, la cubana en 1959 en plena guerra fría, y la sandinista en 1979. Y por último tres guerrillas que por medio de la negociación embocaron el camino de la política y la participación social, la salvadoreña del Frente Farabundo Martí, en 1992, la guatemalteca de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca en 1996 y el Movimiento Zapatista de Liberación Nacional de México en 1996. Y ahora las Farc en Colombia…

Transformar un conflicto que se trata de resolver con las balas, en lucha política es un gran negocio. Es muy dolorosa la historia de Colombia. Por eso la solución no termina con los acuerdos con la Farc. Es más hondo el problema. La construcción de la paz en Colombia es un proceso que empieza con las Farc pero después significa eliminar el paramilitarismo, significa llevar la civilización a la selva, significa recordar 12 millones de campesinos pobres, cuya única alternativa hasta ahora es plantar coca porque los otros productos no los pueden vender, significa reconocer que el 60% de la propiedad rural no tiene títulos, que hay 21, 22 millones de trabajadores de los cuales solo se podrá jubilar un millón. Y si todo eso no se resuelve, son gérmenes de violencia que pasan al futuro.

Pero si no se empieza por la paz, todo lo demás es imposible. La paz es importante, un paso sin el cual no se pueden dar los otros, pero hay que ser conscientes de que es apenas el primer capítulo. Porque hay un enorme problema de injusticia social. La guerra empezó por una falta de equidad, no lo olvidemos, y sobre todo por la intolerancia entre liberales y conservadores.

Al principio las Farc eran pequeñas zonas donde se refugiaban liberales perseguidos por los conservadores, hasta que fueron aplastados militarmente y llegaron a la conclusión de que debían transformarse en ejército. En ese momento empezó la historia de las Farc. Yo hablé tres o cuatro veces en Cuba con la dirección de las Farc sobre estas cosas y hablé con el presidente Santos. Tenemos que agradecerle al Papa por lo que hizo.

A propósito, ¿escuchó que irá a Colombia en septiembre?

Sí. Hace bien. Muy bien.

Otro frente de la diplomacia de Francisco es Venezuela. Pero las cosas no están yendo bien, al contrario. Parece una especie de Vietnam donde ningún mediador logra alcanzar ningún resultado… ¿Cómo ve el futuro de Venezuela?

Venezuela está pagando el precio de una deformación histórica. Paradójicamente a Venezuela la está matando el petróleo, su principal riqueza. Hace muchos años que Venezuela se transformó en un país importador de comida y de trabajo, y vendedor de petróleo. Abandonó el campo –que se empobreció– y se fue a vivir a las ciudades y a la costa. Venezuela se quedó prácticamente sin campesinos. Tiene una tierra prodigiosa, tiene ríos y aguas extraordinarias, una energía extraordinaria, pero la masa del pueblo se acostumbró a vivir directa o indirectamente de la renta petrolera.
Más allá de los fenómenos políticos actuales, éste es el problema de fondo.

La comida hay que producirla cerca de la cocina. E incluso lo que se acopia en la despensa hay que ponerlo no lejos de la cocina. Vivir importando alimentos y vendiendo petróleo es una distorsión y un peligro. Se puede importar un poco, pero el grueso de los alimentos hay que producirlos en casa. Para hacer eso hay que tener políticas agrarias, comprometerse con el campo, con la tierra. Un país rentista tarde o temprano se derrumba.

Yo me puse a ayudar la lechería de Venezuela. Les llevé personalmente vacas lecheras, unas princesas. Pero ordeñan las vacas una vez al día, cuando con la misma vaca podrían obtener el doble de leche. Hay lugares donde se corta el pasto con un machete, ¡ni siquiera llegó la guadaña! ¡Por favor!

¿Puede imaginar a Cuba sin los Castro, visto que para Raúl se acerca el momento de jubilarse?

Sí me la imagino. Es una apuesta difícil, pero es un partido que hay que jugar. Los dirigentes de la revolución apuestan al nivel moral e ideológico del pueblo cubano. Tienen un punto a su favor que yo he comprobado. Los cubanos han exportado médicos a todas partes del mundo. Son poquísimos los que desertaron. Los médicos cubanos de las misiones en el exterior cobran su sueldo y mandan una parte del dinero a su familia en Cuba. Es uno de los principales ingresos de la isla. Sin duda tendrán que liberalizar las relaciones, la participación política, y tendrán que hacer cambios.

El cubano hoy es el pueblo más cultivado de América Latina. Mucho más que todos los demás. Yo tengo fe en que la revolución cubana vaya madurando y ampliando el horizonte. Se puede estar de acuerdo con algunas cosas y en desacuerdo con otras, pero hay una regla de oro: nunca imponer algo desde afuera. Hay que apostar a que la gente vaya cambiando y transformando sus cosas. Todas las experiencias de producir cambios provocándolos desde afuera, terminaron en desastres colosales. Así ocurrió en Libia, Afganistán, Irak, Siria… No olvidemos que en la vida también se puede cambiar para peor; entonces, cuidado con meterse desde afuera.

¿Ha sabido que algunos miembros de la Comisión por la Memoria de la provincia de Buenos Aires viajan a las Malvinas?

No tengo dudas de que históricamente las Malvinas son argentinas. Casi diría que son uruguayas. La marina española del Atlántico Sud funcionaba en Montevideo y era la que atendía las Malvinas, y hasta llevaron indios charrúas, está registrado en la documentación. Su majestad británica siempre se caracterizó por apropiarse de los mejores puntos marítimos para sus necesidades navieras y de comercio, y un día, aprovechando las contradicciones se adueñó del archipiélago declarándolo territorio de ultramar. Ahora en las Malvinas hay un pueblo de tradición inglesa.


Yo creo que Argentina cometió un error táctico cuando pretendió conquistar manu militari algo que puede pertenecerle. No tuvo la sabiduría de los pueblos viejos. Hubo una época en que los mongoles conquistaron China, se instalaron y fueron emperadores. Pero era tan fuerte la civilización china que terminó absorbiéndolos, los convirtió en chinos. Fue una cuestión de tiempo. Argentina, en vez de batallones militares debió haber mandado equipos de fútbol, hospitales… en fin, apuntar a una asimilación civilizadora. Tenía todas las ventajas. Si no se conquistan los corazones no se conquista realmente nada.

Sexismo en el lenguaje: apuntes básicos


No son necesarias las @ para incluir a las mujeres. Hay soluciones más creativas para transformar la lengua. Y cuando transformemos el lenguaje transformaremos la realidad.
Parece que fue ayer por lo claro que lo recuerdo pero hace casi treinta años. Sería aproximadamente 1973 y estábamos en una asamblea en la Facultad de Filosofía, en Oviedo. Había mucha gente y mucho alboroto y alguien -un hombre, claro- gritó: ¿Esto es una asamblea o qué cojones es? Otro -un fascista, claro- advirtió: ¡Cuidado con las palabras, que hay señoritas presentes! Fue exactamente así y, por supuesto, la advertencia del fascista se acogió con un cierto regocijo general. Como en aquellos tiempos de fuerte lucha contra la dictadura de Franco las asambleas tenían turnos de palabras interminables, pasó un largo rato de intervenciones diversas.

Al fin, se levantó Begoña -una amiga feminista- y habló: Yo sólo quiero decir una cosa: ¡Cojones! A mí, feminista desde que puedo recordar, aquello me encantó. Sentí que Begoña acababa de devolvernos a todas la voz, la existencia. Éramos de nuevo personas -como ellos- y no “señoritas” y teníamos derecho a la palabra. A todas las palabras. En la lucha por existir, si queríamos ser reconocidas y nombradas en “su” mundo, teníamos que usar “su” lenguaje. Begoña lo acababa de afirmar en voz alta: la lengua también era nuestra.

Cuento esta anécdota para intentar explicar el apasionante proceso, el camino recorrido en estos más de veinticinco años de actuación del movimiento feminista en el tema del sexismo en el lenguaje. Un trayecto en el que supimos que tomar sólo la parte de la lengua que se nos adjudicaba equivalía a aceptar el silencio. En el que también aprendimos, como señala Christiane Olivier, que si utilizamos el lenguaje considerado “universal”, que es el masculino, hablamos contra nosotras mismas.

SILENCIADAS, DESPRECIADAS

En la lucha por esa lengua que nos representara a las mujeres y que enfrentara el sexismo lingüístico, hemos pasado por diferentes etapas. Al principio tratamos tan sólo de detectar el sexismo. Nunca antes lo habíamos notado y en absoluto éramos conscientes de cómo la lengua nos discriminaba. Empezaron a surgir los estudios y los trabajos sobre el tema.

Concretamos el sexismo en dos efectos fundamentales: el silencio y el desprecio. Por un lado, el ocultamiento de las mujeres, nuestro silencio, nuestra no existencia. Estábamos escondidas tras los falsos genéricos: ese masculino que, habíamos aprendido en la escuela, “abarca los dos géneros”. Y también estábamos ocultas tras el salto semántico.

Debemos a Álvaro García Meseguer la definición de ese error lingüístico debido al sexismo: ése expresado en aquello de todo el pueblo bajó hacia el río a recibirlos, quedándose en la aldea sólo las mujeres y los niños. Así pues, ¿quién bajó, sólo los varones?

Por otro lado estaba el desprecio, el odio hacia las mujeres. Se manifestaba en los duales aparentes (zorro / zorra, gobernante / gobernanta, verdulero / verdulera, frío / fría, etc.), en los vacíos léxicos (víbora, arpía, etc. O caballerosidad, mujeriego, etc.), en los adjetivos, los adverbios, los refranes y frases hechas, etcétera., etc., etc.

SURGEN MIL Y UNA SOLUCIONES

Después de detectar el sexismo en el lenguaje, empezaron a aparecer diferentes recomendaciones para un uso no sexista de la lengua. Desde mediados de los 80 el feminismo avanza en estrategias para combatir tanto el silenciamiento como el desprecio, y se van perfeccionando las soluciones y redactando instrucciones nuevas. Hacia 1994 aparece en España el libro Nombra, elaborado por la Comisión Asesora sobre el Lenguaje del Instituto de la Mujer, verdaderamente clarificador y útil. Las posibilidades que nos plantea son realmente variadas, creativas y diversas.

Frente a los difíciles y continuos dobletes (con o/a, o (a), o-a) nos ofrecen: la utilización de genéricos reales (víctimas, personas, gente, vecindario y no vecinos, pueblo valenciano y no valencianos. También, el recurso a los abstractos (la redacción y no los redactores, la legislación y no los legisladores). También cambios en las formas personales de los verbos o los pronombres (en lugar de En la Prehistoria el hombre vivía... podemos decir los seres humanos, las personas, la gente, las mujeres y los hombres y también En la Prehistoria se vivía... o En la Prehistoria vivíamos...).

Otras veces podemos sustituir el supuesto genérico hombre u hombres por los pronombres nos, nuestro, nuestra, nuestros o nuestras (Es bueno para el bienestar del hombre... sustituido por Es bueno para nuestro bienestar...) Otras veces podemos cambiar el verbo de la tercera a la segunda persona del singular o a la primera del plural sin mencionar el sujeto, o poner el verbo en tercera persona singular precedida por el pronombre se (Se recomienda a los usuarios que utilicen correctamente la tarjeta... sustituido por Recomendamos que utilice su tarjeta correctamente... o Se recomienda un uso correcto de la tarjeta). Están también los cambios del pronombre impersonal (Cuando uno se levanta, quedaría Cuando alguien se levanta o Al levantarnos, y también cambiaríamos El que tenga pasaporte o Aquellos que quieran... por Quien tenga pasaporte... o Quienes quieran...).

También tenemos recomendaciones para corregir el uso androcéntrico del lenguaje y evitar que se nos nombre a las mujeres como dependientes, complementos, subalternas o propiedades de los hombres (Los nómadas se trasladaban con sus enseres, ganado y mujeres, Se organizaban actividades culturales para las esposas de los congresistas. A las mujeres les concedieron el voto después de la Primera Guerra Mundial), ofreciéndonos múltiples y variadas soluciones. Y así más, mucho más.

LA LENGUA NO ES NEUTRAL

Entretanto, ya existían dos posturas distintas en el movimiento feminista en torno a estas cuestiones. El planteamiento de quienes opinan que las mujeres debemos apropiarnos del genérico y hacerles a los varones un específico. Por ejemplo: en un centro de enseñanza seríamos -mujeres y hombres- profesores, y si nos referimos a Juan, diríamos profesor varón y de Ana podríamos decir ella es el mejor profesor del instituto.

El otro planteamiento es el de las que pensamos que el genérico no es universal. Siguiendo con el ejemplo anterior: ellos y nosotras seríamos el profesorado o las profesoras y profesores. La primera postura se expresa así: Lo genérico, lo neutro, lo universal es patrimonio de todos. Se debe denunciar la falsa universalidad, pero también se ha de reivindicar la participación de las mujeres en lo universal. Nosotras pensamos que no es cierto que lo genérico sea patrimonio común. Los vocablos en masculino no son universales por englobar a las mujeres. Es un hecho que nos excluyen. Se dice que son universales porque lo masculino se ha erigido a lo largo de la historia en la medida de lo humano. Así se confunden los genéricos con los masculinos. Como dice Fanny Rubio: La lengua será neutra pero no es neutral.

QUEREMOS NOMBRAR LA DIFERENCIA

Además, pensamos así porque queremos nombrar el femenino, nombrar la diferencia. Decir niños y niñas o madres y padres no es una repetición, no es duplicar el lenguaje. Duplicar es hacer una copia igual a otra y éste no es el caso. La diferencia sexual está ya dada, no es la lengua quien la crea. Lo que debe hacer el lenguaje es nombrarla, simplemente nombrarla puesto que existe. No nombrar esta diferencia es no respetar el derecho a la existencia y a la representación de esa existencia en el lenguaje.

García Meseguer dice que de una manera simplista las dos posturas se podrían resumir en torno a las recomendaciones de Nombra y a los inconvenientes que trae el seguirlas. A una corriente -en ella me incluyo- nos importarían más las mujeres que el lenguaje, y a la otra corriente le importaría más el lenguaje que las mujeres. Sin embargo, a todos los esfuerzos debemos increíbles avances.

Les debemos las coincidencias y acuerdos en torno a la detección del sexismo y al lugar de las mujeres en el lenguaje, nuestra invisibilidad en los genéricos, la denuncia a los varones acaparando los conceptos de humanidad y de universalidad, la crítica a la invasión del pensamiento androcéntrico y de la cultura patriarcal como referentes y tantos descubrimientos más. Y a todos los esfuerzos debemos extensos análisis de diccionarios, medios de comunicación, textos literarios, lenguaje coloquial y tesis, tesinas, artículos, libros, conferencias, mesas redondas, apasionantes y apasionadas charlas sobre este problema, tanto en la lengua castellana como en otras lenguas.

MUJERES ESCRITORAS: HEROÍNAS MEMORABLES Y OCULTADAS

Más sancionando que el hablar, el escribir para las mujeres ha sido visto como la usurpación de un derecho que no les pertenece y además como una práctica inútil, como lo que no les corresponde. Dice Virginia Woolf: Creo que pasará aún mucho tiempo antes de que una mujer pueda sentarse a escribir un libro sin que surja un fantasma que debe ser asesinado, sin que aparezca la peña contra la que estrellarse. Del libro de Yadira Calvo A la mujer por la palabra, me permito entresacar algunas historias. La de Fanny Burney quemando todos sus originales y poniéndose a hacer labor de punto como penitencia por escribir.

La de Charlotte Brönte poniendo a un lado el manuscrito de Jane Eyre para pelar papas. La de Jane Austen escondiendo los papeles cada vez que entraba alguien por la vergüenza de que la vieran escribir. La de Katherine Anne Porter declarando haber tardado veinte años en escribir una novela. Fui interrumpida por cualquiera que en un momento dado apareció en mi camino. Porter calculaba que sólo había podido emplear un diez por ciento de sus energías en escribir. El otro noventa por ciento lo he usado para poder mantener mi cabeza fuera del agua, decía. Recuerdo esa foto de María Moliner remendando calcetines con un huevo de madera, mientras ésa su ingente obra, Diccionario del uso del castellano iba naciendo entre ollas y coladas.

Leo las quejas de una Katherine Mansfield reprochándole a su marido: Estoy escribiendo pero tú gritas: Son las cinco, ¿dónde está mi té? O el dulce lamento de una cubana del siglo pasado que no firmó sus obras: ¡Cuántas veces lentamente/ con plácida inspiración/ formé una octava en mi mente/ y mi aguja inteligente/remendaba un pantalón! Por eso dijo Virginia Woolf a propósito de la duquesa de Newcastle: Sabía escribir en su juventud. Pero sus hadas, caso de que sobrevivieran, se transformaron en hipopótamos. Otro hecho gravísimo: la atribución de las obras de las mujeres a otros, y en especial a sus maridos. Debe haber sido un fenómeno muy frecuente pues tenemos bastantes referencias.

Desde el artículo publicado en 1866 por Rosalía de Castro Las literatas: carta a Eduarda, en el que la autora advierte de ello, hasta estas palabras de Adela Zamudio, escritora boliviana del siglo XX: Si alguno versos escribe /de alguno esos versos son,/ que ella sólo los suscribe./ (Permitidme que me asombre.)/ Si es alguno no es poeta,/ ¿Por qué tal suposición?/ ¡Porque es hombre! Están también los hechos históricamente comprobados: el célebre caso de María Lejarraga, autora de las obras firmadas por su marido Gregorio Martínez Sierra. Y el hecho de que a Zelda Fitzgerald también fue su marido quien le prohibió publicar su Diario porqué él lo necesitaba para su propio trabajo.

Y el que las primeras obras de Colette aparecieran firmadas con el nombre de su marido, quien incluso cobró el dinero de su venta. Alguien me dirá que voy muy atrás y que la humanidad ha cambiado en los últimos veinte siglos. Pues bien, en el año 2000 y en España sólo un diez por ciento de los libros publicados están escritos por mujeres.

CAMBIAR LA LENGUA CAMBIARÁ LA REALIDAD

No obstante, hay algunas capaces de trepar la cuesta de lo prohibido, de robarle a la vida ese diez por ciento de energía necesario para mantener la cabeza fuera del agua. Y la mantienen. Y escriben. Y se lo editan. Y aquí seguimos todas las demás. Luchando y celebrando los nuevos éxitos, Extendiendo la red para que todas las mujeres de la tierra tengan derecho a la voz, a la palabra. Sabiendo que vemos el mundo a través del cañamazo formado por la lengua y motivadas por la certeza de que el lenguaje sexista, el que hemos aprendido, contribuye a la perpetuación del patriarcado.

Sabiendo también que cuando tengamos una lengua que nos represente cambiará la realidad. Por eso seguimos adelante. Y no dormimos más a las niñas con cuentos de hadas. Les decimos que las niñas buenas van al cielo y las malas van a todas partes. Y que colorín colorado, esta historia no ha acabado.


“El extractivismo es absurdo social, ambiental y económicamente”

Entrevista a Joan Martínez Alier
www.colombiaplural.com

Vuelo sobre las selvas del Chocó. El paisaje se rompe con los desiertos de barro que provoca la minería del oro en lo que era tupido manto verde. Lo que no se ve a esa distancia es la contaminación por mercurio de los ríos ni las afecciones sobre la población. “Queremos agua, queremos maíz, AngloGold Ashanti fuera del país”, se escuchaba en las veredas de Cajamarca antes de la consulta popular que perdió el proyecto de la minera, y ahora, cuando se debate sobre los efectos reales de esa victoria épica.

En La Guajira las noticias son la sequía y la desnutrición, lo que no se ve es el desvío de arroyos y el secuestro de las fuentes de agua para la minería de carbón de El Cerrejón. Y lo que no se ve en ninguno, pero forma parte de sus causas y consecuencias, son los intereses económicos que forman los cimientos de todo ello. El gobierno colombiano lo llama la ‘locomotora minera’ y tiene sus esperanzas de crecimiento económico en ese extractivismo de minerales y de hidrocarburos.

El profesor Joan Martínez Alier lleva décadas estudiando esas relaciones entre los países ricos y los que poseen las materias y son meras despensas de recursos, planteando la síntesis de la economía ecológica y de la ecología política desde la denuncia de las leyes actuales del comercio internacional, que no hacen sino “aumentar la deuda ecológica que los países ricos tienen hacia los menos ‘desarrollados’ sin que se garantice la equidad ambiental”. Martínez Alier ha estado en Colombia para participar en la Docuconferencia sobre Audiovisuales y Justicia Ambiental, que celebró la Universidad del Valle organizada por el doctorado en Ciencias Ambientales. La injusticia ambiental, y las luchas por la justicia ambiental, es lo que cartografía en su Atlas Global de Justicia Ambiental.

“El extrativismo es absurdo social, ambiental y económicamente”, afirma tajante este catedrático de Economía e Historia Económica en la Universidad Autónoma de Barcelona (España) que se pregunta para qué se produce tanto si al final eso ha hecho que bajen los precios; defiende que se grave con impuestos las exportaciones y cree que en los años ‘buenos’ se perdió una oportunidad para plantear esos impuestos a la exportación. “Ahora el carbón ha bajado de los 100 dólares a 40 porque hay sobreproducción, en parte por tanta exportación colombiana”, dice antes de abogar por el pago de la “deuda ecológica” que se tienen con los países más pobres por ese “comercio barato” que no contabiliza los daños causados por la esclavitud, la contaminación, las afecciones a las culturas y la población…

Y aquí tira de ironía para hablar sobre el Acuerdo de París firmado en 2015 en el seno de las Naciones Unidas para luchar contra el cambio climático. “Estaban contentos porque habían firmado un papel y ya se iban a casa porque era Navidad”. Y, sin embargo, advierte sobre el hecho de que este acuerdo lleva una cláusula de no responsabilidad legal (“no liability“, en inglés), es decir que incumplir el acuerdo y contribuir al cambio climático no tiene consecuencias legales. Y sigue tirando de ironía cuando recuerda, por contra, la encíclica del papa Francisco que en sus apartados 51 y 52 dice que los países del norte le deben al sur por un comercio ecológicamente desigual, por el cambio climático y por una deuda ecológica.

Los países, dice, no pueden sacar esa deuda ecológica de sus agendas políticas, pero tratados como el de París hacen que sea difícil que haya juicios. “Si eres noble tienes un tribunal, si eres plebeyo tienes otro”, sigue ironizando este impulsor de la ecología política para hablar de los arbitrajes internacionales privados que permiten casos como la reciente demanda contra Colombia de la minera canadiense Gran Colombia Gold que reclama 700 millones de dólares luego de que la Corte Constitucional le ordenara cesar sus operaciones en El Burro (Marmato) hasta que se haga una consulta con los habitantes del lugar.

– ¿Habrá tiempo para esa justicia ambiental antes de que se acabe el planeta?

– El planeta se acabará de aquí a unos 4.000 millones de años. Se lo comerá el sol y será un espectáculo increíble, pero no habrá humanos para verlo. Lo que puede ser ocurrir es que desaparezca una gran parte de la naturaleza, muchas culturas, muchos idiomas, mucha riqueza cultural y supervivencia de gente. Es un abuso contra la gente pobre que lo único que tenía era el agua o la tierra, y es un ataque directo a la supervivencia de la gente para que se amontone luego en ciudades.

– ¿Estamos en un punto de no retorno?

– Bueno… la población mundial ya no crece tanto. Hay una decisión general de las mujeres de no tener muchos hijos, así que la población mundial se va a estabilizar en 9.500 millones en 2050. Es fácil de prever porque ya no estaré para defenderlo (sonríe). Pero va por ahí la tendencia, y no por enfermedad o por hambre, sino por una decisión colectiva. Parece absurdo que crezca la población para pagar pensiones…

Sin embargo, reconoce, el motor del consumo no para, está creciendo en muchos casos, demandando cosas, como la energía que solo tiene un uso. Se utiliza y desaparece. Eso hace que se amplíen una y otra vez las fronteras de la extracción y ello trae “muchos desastres”.

– Cuando el Gobierno le promete a los colombianos, en especial a las poblaciones rurales, que con la “paz” va a llegar el “desarrollo”… ¿usted qué les diría?

– Desarrollo es una palabra obsoleta y desarrollo sostenible ya es el colmo… es una contradicción. Yo tardé bastante en no usar esa palabra. Ahora no la uso en parte por influencia del Arturo Escobar (antropólogo colombiano, defensor del concepto de sentipensar y contradictor del concepto ‘Tercer Mundo’). Para ello se crean en América Latina conceptos como el buen vivir, el Sumak Kawsay, como un ataque a la palabra desarrollo que implica la uniformización, todo el mundo igual.

Martínez Alier es uno de los investigadores líderes del Atlas Global de Justicia Ambiental, un proyecto del Instituto de Ciencia de Tecnología Ambiental de la Autónoma de Barcelona (ICTA) que ha inventariado cerca de 1.800 conflictos socioambientales en todo el mundo. De ellos 115 se encuentran en Colombia recogidos por el Instituto Cinara de la Universidad del Valle liderado por el profesor Mario Alejandro Pérez-Rincón. El Atlas muestra cómo los conflictos ecológicos están aumentando en todo el mundo por las demandas de materiales y energía de la población de clase media y alta y que son las comunidades pobres, a menudo indígenas, las que reciben el mayor impacto de los conflictos ecológicos. Grupos que no tienen poder político para acceder a la justicia ambiental y a los sistemas de salud.

En realidad, lo que se produce según el investigador catalán, es que “las externalidades [el costo humano y ambiental de ese extractivismo] no son fallos del mercado, sino el éxito de ese mercado en transferir costos a la gente pobre, a gente que no ha nacido… a otras especies”. “La regla [de las empresas]”, insiste, “es no pagar las externalidades” en estos “conflictos ecológicos distributivos”.

En opinión de Martínez Alier, los conflictos socioambientales van a crecer en Colombia en este periodo de posconflicto “a menos que ganen [las poblaciones que resisten]. Si AngloGold se tiene que ir del Tolima [tras la consulta de Cajamarca] pues habrá un conflicto solucionado”. Todo dependerá de la demanda exterior. Martínez Alier vuelve a plantear el escenario del comercio internacional y recuerda la bajada del precio del carbón o del oro y de “la palma de aceite, si hay resistencias se irán a otro sitio… y el fracking… pues puede ser que aumente porque es una novedad y resulta barato en este momento”.

– Antes no entraban las empresas a algunos territorios porque estaban las FARC, pero ahora no están. Las comunidades temen lo que pueda pasar…

– También han entrado paramilitares ¿no?

– Sí, está habiendo una ofensiva…

– Bueno, pues en paz no debería. Si es paz con paramilitares… También está negociando el ELN, que se supone que son más ecologistas… No sé. Estaría muy bien que se pusiera [el tema ambiental] sobre la mesa.

Sobre esa agenda ambiental en la agenda política del proceso de paz, Martínez Alier cree que nunca estuvo en la previsión del gobierno porque su idea de la ‘locomotora minera’ es totalmente anti ambiental. “Esto no solo pasa en Colombia, pasa en Perú -que hay paz- en Brasil y en Filipinas. Da lo mismo que sean gobiernos neoliberales, neoprogresistas o progresistas. Da igual. No hay una agenda ambiental en los gobiernos, hay una agenda extractivista”, afirma tajante Martínez Alier que vuelve al pesimismo para lamentar que “cuando uno estudia muertos y muertas ambientales, se ve que el Estado está detrás de las empresas y no hace su papel de llevar a juicio a la gente que atrapan, si es que atrapan a alguien”.

Ve destellos de justicia en trabajos concretos contra esta situación como la que hizo la Defensoría del Pueblo en Perú o el trabajo de la Contraloría en Colombia, cuando estuvo al frente Sandra Moreli, o la Corte Constitucional, que asumen el papel que debería tener el Estado en cuestiones como cumplir la legislación internacional o las evaluaciones ambientales.

Sobre el caso concreto de las FARC y su papel en el tema ambiental admite que “comparado con el Estado no han hecho nada”, pero recuerda que en su haber hay cuestiones muy poco ecologistas como la masacre contra los Awa en Nariño o los oleoductos rotos… “pero nunca se han pronunciado sobre el problema ambiental y esto es parte del problema de la izquierda latinoamericana en general”.

En este punto Martínez Alier recuerda al vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, diciendo que el ecologismo es de ‘gringos’ o el presidente saliente de Ecuador, Rafael Correa, que cree que el ecologismo es un engorro de unos tipos que sueñan con la Pachamama. Las constituciones de Ecuador y de Bolivia introdujeron cuestiones “muy interesantes” sobre el cuidado de la naturaleza pero sacaron de sus gobiernos a las facciones más proecologistas, como Alberto Acosta (Ecuador) o Pablo Solón (Bolivia), se lamenta.

– Usted ha dicho en alguna ocasión que solo se frena el extractivismo con resistencia popular y a veces con gente muerta en el camino. ¿Qué les espera a los colombianos?
– Bueno, los periodistas a veces interpretan… No hay kamikazes ecologistas ni suicidas que exploten bombas.

– Nos referimos a… qué le espera al movimiento popular colombiano que lleva mucho tiempo resistiendo al proceso extractivista.

– Yo creo que hay un movimiento mundial de justicia ambiental, que no está organizado ni tiene por qué estarlo... El movimiento existe y es muy activo, de defensa y a veces con algunas alternativas. Yo no creo que el movimiento de resistencia disminuya creo que está avanzando.

“Hay que defenderse contra todos los estados y particularmente contra el propio”, advierte este impulsor de la ecología política que cree que, aquí -en Colombia- y en Indonesia, la regla es que no haya mucha justicia y en cambio debería de haber una justicia transicional o una comisión de la verdad en las que también se incluyan los temas ambientales. “Una comisión de la verdad debería tocar todos los temas. Si se volaron un oleoducto debería de estar, ¿no? O si hay paramilitares que han estado echando a gente para plantar palma de aceite, debería estar… Es muy difícil separar los derechos humanos del tema ambiental, muchas veces es imposible”.

Y al hablar de justicia transicional, Martínez Alier, que nació el año que terminó la guerra civil española (1939),  no puede evitar referirse a la transición en ese país tras la muerte del dictador, Francisco Franco, y después de 40 años de dictadura. “Si escribo mis memorias, el primer capítulo será sobre mis primeros 21 años y una transición sin justicia transicional, porque los franquistas se autoamnistiaron (…) Esto es una gran injusticia histórica”.