"Quórum Teológico" es un blog abierto al desarrollo del pensamiento humano y desea ser un medio que contribuya al diálogo y la discusión de los temas expuestos por los diferentes contribuyentes a la misma. "Quórum Teológico", no se hace responsable del contenido de los artículos expuesto y solo es responsabilidad de sus autores.

Ya puedes traducir esta página a cualquier idioma

Déjanos tu mensaje en este Chat

¿Qué iglesia queremos?


José M. Castillo

En www.redescristianas.net/071110

 

¿Una estructura democrática?


Cualquier movimiento (en cuanto desarrollo y propagación de una tendencia religiosa, política, social, estética…), que quiera perpetuarse en la historia, no tiene más remedio que institucionalizarse. De lo contrario, sólo perdurará dos o tres generaciones. Así lo ha demostrado sobradamente la experiencia.

 

Ahora bien, el primer problema, que tiene que resolver un movimiento que se institucionaliza, es el problema del poder: con qué tipo o desde qué modelo de poder se va a gestionar y cómo se ha de ejercer ese poder.

 

Como es sabido, esta cuestión ha sido motivo de un largo debate teológico sobre todo desde mediados del siglo pasado. El problema quedó jurídicamente resuelto por Juan Pablo II, en 1983, al promulgar el vigente CIC.: los cánones 331, 333, 1404 y 1372 concentran la capacidad del poder en la Iglesia y la responsabilidad de su ejercicio en un solo hombre, el papa, como una monarquía absoluta.

 

Pero ocurre que una decisión jurídica, por más que proceda del papa, no puede resolver el problema teológico que consiste en saber si la naturaleza del poder y el ejercicio del poder en la Iglesia, ha de tener siempre una estructura democrática. Y ha de tener esa estructura de tal manera que, si el poder religioso en la Iglesia se ejerce según el modelo de una monarquía absoluta, tendríamos que llegar a la conclusión de que tal forma de ejercer el poder es un abuso de poder que carece de fundamento teológico y que equivale a una usurpación de poder.

 

Según este criterio, es razonable pensar lo que bien supo formular B. Kreis: “El punto neurálgico de la crisis del desarrollo de la Iglesia católica en el momento actual consiste en que en el ámbito eclesiástico no rigen los principios de la democracia moderna”.

 

Y, efectivamente, ahora vemos, con más claridad que hace treinta años, hasta qué punto el poder papal (de estructura monárquica absoluta) es el factor más determinante de los problemas más graves que aquejan a la Iglesia en estos tiempos.

 

El poder monárquico absoluto, cuando es poder religioso, necesita una teología, una espiritualidad y sobre todo un sistema organizativo de absoluta sumisión. Lo que, en tiempos de secularización de la cultura y de pluralismo religioso, resulta ser un sistema incompatible con la mentalidad y con la conciencia de los más amplios sectores de la población.

 

El dato capital de la Iglesia naciente

 

Empezamos por lo más claro. Es un hecho que las primeras comunidades cristianas, cuando decidieron tomar un nombre para designarse a sí mismas, no adoptaron el término synagôgé, sino que asumieron la palabra ekklesía. Lo cual resulta enormemente significativo. Porque hablar de synagôgé, entre los cristianos del s. I en el Imperio (sobre todo si se trataba de judíos helenistas), llevaba consigo la idea de “la comunidad judía, definida por la observancia de la ley y el culto del templo”, un concepto con el que los cristianos, según parece, nunca se sintieron identificados.

 

De hecho, los primeros cristianos no construyeron templos. Ni se ataron a observancias legales, cosa contra la que, empezando por el apóstol Pablo, lucharon sin descanso. Por eso se comprende que, relativamente pronto, cada comunidad se denominó como una ekklesía.

 

Ahora bien, hoy está fuera de duda que esta palabra se tomó del vocabulario de la democracia ateniense. Porque, siglos antes de que se hiciese la traducción al griego del Antiguo Testamento (LXX) y de la época del Nuevo, la ekklesía se definía de un modo unívoco como un acontecimiento político que se repetía siguiendo determinadas reglas.

 

Ya, en Herodoto, ese término designaba la “asamblea del pueblo”, que, con su poder soberano, tomaba las decisiones importantes para la politeía, la “ciudadanía”. Más tarde, en Eurípides (Rhésus 139) y Jenofonte (Anab. 1, 3, 2), se encuentra el término ekklesía designando otras asambleas, que para nada eran oficiales, cosa que se hizo durante siglos.

 

Y es precisamente de esta significación amplia de donde tomaron los cristianos el nombre de sus comunidades locales, primero, y más tarde el nombre de la comunidad universal de los creyentes en Jesucristo. Por tanto, ekklesía no tiene nada que ver con el verbo ékkaleîn (compuesto de kaléo, “llamar”). Ni se desarrolló a partir de la ekklesía kyrou, la “asamblea del Señor”, que en los LXX designaba la asamblea de Israel convocada y reunida.

 

Los primeros cristianos, por tanto, se fueron organizando como incipiente institución a partir de una idea muy clara: ellos se veían como asamblea que, con la participación de todos, tomaban sus decisiones. Precisamente porque aquellos cristianos veían que era así, en la común participación, donde ellos sabían que se manifestaba el Señor. No era, pues, en la obediencia a un jefe, sino en la participación de todos donde encontraban la voluntad de Dios.

 

Lo dicho expresa la idea original que los primeros cristianos se hicieron de sí mismos: ellos se veían como una asamblea de ciudadanos libres y con capacidad para tomar sus propias decisiones. Podría decirse que allí donde “acontecía” la ekklesía, “surgía” la ekklesía, que se reunía desde entonces con la esperanza de encontrar a su Señor.

 

Por eso, Pablo se expresa en términos que confirman esta idea. Y así, se dirige en sus cartas a la “asamblea (ekklesía) que está en Corinto” (1 Cor 1, 2; 2 Cor 1, 2); como habla de la “asamblea (ekklesía) de los tesalonicenses” (1 Tes 1, 1). En otros casos, expresa la idea de la “asamblea” (ekklesía) como “cuerpo” (sôma) (Rom 12, 1 ss; 1 Cor 12, 12-27).

 

Teniendo en cuenta que la metáfora del “cuerpo”, en el ambiente cultural de aquel tiempo, no se refería para nada a la unión mística (por la gracia) de la cabeza (Cristo) con los miembros, sino que indicaba el orden según el cual se conducía el pueblo o el Estado. Así consta en la famosa parábola de Menenio Agripa a los plebeyos romanos (Tito Livio, II, 32) y mucho antes en Platón (Pol. 462 c-d); también en F. Josefo (Bell. Jud., 4, VII, 406).

 

Sin duda alguna, la imagen del cuerpo expresaba el convencimiento de que la asamblea estaba compuesta por diversidad de miembros que todos se sentían unidos entre sí; y todos colaborando los unos con los otros, para la gestión de los asuntos que a todos les concernían. En las culturas mediterráneas del s. I, la “asamblea” era un “cuerpo” unido, responsable de sus propias decisiones.

 

Pero, la vida práctica y concreta de las primeras comunidades cristianas ¿se gestionó según este criterio y funcionó realmente como una ekklesía? Para responder a esta pregunta, es necesario recordar, ante todo, que los primeros datos, que conocemos sobre la vida de aquellas comunidades, son los que nos proporcionan las cartas de Pablo, que se escribieron entre los años 50 y 57 del s. I.

 

Si pensamos que el libro de los Hechos se redactó entre los años 80 y 90, resulta que los datos que encontramos en las cartas de Pablo, corresponden a hechos y situaciones que se produjeron unos treinta años anteriores a la ekklesía que quedó reflejada en los Hechos de los Apóstoles. Pero no es esto lo más importante.

 

Lo que sobre todo interesa tener en cuenta es que las cartas, que Pablo escribió a sus comunidades, expresan la preocupación que siempre tuvo el propio Pablo por afirmar su autoridad. El quería dejar claro, a toda costa, que él era “apóstol”, como los demás apóstoles, de forma que la autoridad que él ejercía derivaba de ese hecho, su condición de apóstol (1 Tes 2, 6; Gal 1, 1; 1 Cor, 1, 1; 9, 1-2; Rom 1, 1; 11, 13). Así, al llamarse a sí mismo apóstol, Pablo se sitúa al nivel de las más altas autoridades de la Iglesia (1 Cor 12, 28; 15, 9-11; 2 Cor 11, 5).

 

Y sin embargo, tan cierto como lo que acabo de indicar es también el hecho de que uno de los rasgos más llamativos, en la relación que Pablo mantuvo con sus comunidades, es la libertad de interpretación y la flexibilidad para tomar decisiones que Pablo daba a sus destinatarios. Las comunidades no deben estar sujetas a los apóstoles o maestros, sino sólo a Cristo. Por eso Pablo afirma que él no fue crucificado por los corintios; ni los corintios fueron bautizados en el nombre de Pablo (1 Cor 1, 13). Por eso Pablo tomó tan en serio la responsabilidad y la libertad de cada comunidad (1 Cor 4, 14; 5, 1-5; 9, 12. 18; 2 Cor 12, 13; 1 Tes 2, 7).

 

La consecuencia de esta situación es que, analizando la relación de Pablo con sus “iglesias” (ekklesíai), “aparece una relación de dependencia-independencia entre Pablo y sus comunidades; permite a sus cristianos depender de él, al mismo tiempo que los exhorta a la independencia”.

 

Sin duda alguna, cuando Pablo se dirigía a la ekklesía, que se reunía en Corinto, Tesalónica…, sabía muy bien lo que decía y era consciente de que la “asamblea” era libre y se constituía, como tal asamblea, precisamente para tomar sus propias decisiones. Pero, tan cierto como eso es que el mismo Pablo quería dejar claro que él se afirmaba como “apóstol” afirmando también su autoridad. De ahí, la claridad y al mismo tiempo la ambigüedad que siempre queda flotando en la relación de Pablo con sus comunidades.

 

En el libro de los Hechos, treinta años después de las cartas de Pablo, la autoridad democrática de la asamblea (comunidad) de discípulos queda mucho más patente. Ya antes de Pentecostés, cuando los primeros discípulos tuvieron que designar al que había de ocupar el puesto que dejó vacío Judas, no fue la decisión de Pedro, ni la deliberación de los Once, la que hizo el nombramiento del sustituto. La solución fue reunirse todos los que pudieron (unas ciento veinte personas) (Hch 1, 15). Y entre todos, mediante el procedimiento elemental de echar suertes, eligieron a Matías. De forma que, en ese gesto de participación de todos, vieron la intervención del Señor (Hch 1, 24-25).

 

Con más claridad aún, la decisión comunitaria (no de los Doce) quedó patente en la elección de los siete que se hicieron responsables del grupo de los helenistas (Hch 6, 1-6). Más adelante, cuando Pedro comprende que Dios no discrimina a nadie (Hch 10, 34) y decide bautizar a Cornelio, el primero de los paganos que fue admitido en la Iglesia (Hch 10, 48), el propio Pedro se sintió en la obligación de explicar a “los apóstoles y a los hermanos de Judea” (Hch 11, 1) que él no podía impedir el bautismo de Cornelio. Porque había sido, no una decisión suya, sino que fue Dios el que “quiso darles (a los paganos) el mismo don que a nosotros” (Hch 11, 17).

 

En este relato capital queda patente la conciencia (en la Iglesia naciente) relativa al sujeto de autoridad: en la Iglesia no existe un apóstol privilegiado que puede tomar decisiones sin contar con el acuerdo de los demás apóstoles y del conjunto de los creyentes. De forma que este punto se consideró imprescindible desde los mismos orígenes de Iglesia. Por una razón que quedó reflejada en la comunidad de Antioquía. Allí fue el Espíritu Santo el que “urgió” a la asamblea para que enviase a Bernabé y Pablo al primer viaje misionero (Hch 13, 2-3).

 

De ahí que, cuando el libro de los Hechos resume este primer viaje de Pablo y Bernabé, nos informa que, “en cada iglesia” (ekklesía) “votaban a mano alzada” (cheirotonésantes) designando así a los responsables de la comunidad (Hch 14, 23). El verbo cheirotonéo se compone de cheir (“mano”) y teíno (“extender”). Así pues, el significado fundamental y primero de este verbo es “votar a mano alzada”, como en 2 Cor 8, 19 (cf. Ignacio, Pol. 7, 2; Fil. 10, 1; Did. 15, 1).

 

Como es sabido, al estudiar los orígenes del “ministerio” en la Iglesia, hay que distinguir entre la cheirotonía (“votación popular”) y la cheirothesía (“imposición de manos”, la llamada ordinatio). La cheirotonía correspondía a la comunidad, mientras que la cheirothesía la realizaban los apóstoles, los dirigentes de las comunidades y, más tarde (a partir del s. III), los obispos. Por último, el llamado concilio de Jerusalén (Hch 15) es el argumento más claro de la organización democrática que tuvo la Iglesia desde sus orígenes.

 

Cuando se planteó un problema serio, que entrañaba el peligro de romper a la Iglesia, la solución no fue tomada ni por Pedro solo, ni solamente por los apóstoles o los dirigentes. La decisión final fue tomada por “los apóstoles y los responsables de acuerdo con la entera comunidad” (Hch 15, 22). Y más adelante: “hemos decidido unánimemente” (Hch 15, 25).

 

 Y así, en esa unánime decisión, pudieron formular la frase antológica, que tendría que haber marcado a la Iglesia y su gobierno para siempre: “hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros…” (Hch 15, 28). La decisión de la Iglesia es decisión del Espíritu cuando es decisión de todos.

 

Cómo se ha de ejercer el poder en la Iglesia

 

Cuando en una institución, sea la que sea, la capacidad de tomar decisiones o de aprobar (o reprobar) las que otros toman, se concentra en una sola persona, la primera consecuencia que se sigue de esto inevitablemente es que derechos, en sentido estricto, sólo tiene la persona que concentra en sí el poder supremo. De los demás miembros de la institución, aunque formalmente se diga que tienen derechos, en realidad no los tienen. Porque todos dependen, en última instancia, de la aceptación o el rechazo del jefe supremo, del jerarca supremo o del sumo gobernante.

 

Ahora bien, cuando las cosas funcionan así en una institución, lo que en realidad hace el jerarca supremo, engañado por su propia conciencia de salvador de la patria o de representante de la divinidad, es agredir incesantemente a todos los que tiene debajo de sí, que son todos los que están en la escala institucional, por muy alto que sea el puesto que ocupan en esa escala. Y, además, comete con todos la agresión suprema, que consiste en faltarles continuamente al respeto. Porque, como se ha dicho muy bien, el respeto a la persona es equivalente al respeto a los derechos de la persona.

 

Si una persona está convencida de que, para ser buen católico, o buen sacerdote, o buen obispo, no le queda más remedio que someterse y callar, esa persona termina envileciéndose.

 

Los antiguos esclavos, los parias de la India o simplemente tantas gentes a quienes la religión les ha metido en la cabeza que su deber en esta vida es obedecer, callar y resignarse, han sido (y siguen siendo) la prueba más clara de que las ideas religiosas pueden entrañar un poder destructivo más fuerte de lo que sospechamos. Porque cuando no se ponen en su sitio los derechos humanos, muchos individuos, sin darse cuenta de lo que realmente les pasa, se envilecen a sí mismos pensando que en esta vida no merecen otra cosa que estar sometidos a quien piensa y decide por ellos.

 

Hace veinte siglos, cuando Jesús andaba por el mundo, no existía la conciencia que hoy se tiene sobre los derechos humanos. Por eso, en aquellos tiempos, la carencia de derechos fundamentales, al no existir la conciencia colectiva de los mismos, se experimentaba, no como carencia de algo básico que le falta a la persona, sino como apetencia de algo que se quiere conseguir.

 

Esto explica, entre otras cosas, que la apetencia fundamental de la gente en las culturas mediterráneas del s. I, no era el dinero sino el honor. Por eso la aspiración más frecuente de la mayoría de los ciudadanos de aquel tiempo era el deseo de subir, situarse por encima de otros, ser importantes, alcanzar los primeros puestos.

 

Pues bien, este hecho cultural entrañaba sobre todo una consecuencia, tan lógica como inevitable: honor y poder estaban indisociablemente unidos. De forma que al máximo honor le correspondía el máximo poder. Y, a la inversa, quien detentaba el poder supremo, por eso mismo gozaba de la dignidad máxima. Lo cual era cierto hasta tal punto que, en la cultura del Imperio, quien tenía el poder supremo, el Emperador, por eso mismo tenía juntamente la categoría absoluta, es decir, era tenido y venerado como Dios. Como se ha dicho con razón: Augusto era el Divino, el Hijo de Dios y el Dios de los Dioses.

 

Era el Señor, el Liberador, el Redentor y el Salvador del mundo, no sólo de Italia o del Mediterráneo, sino de toda la tierra. Por eso no nos debe sorprender que Calpurnio Sícolo, se regocijara con el joven Nerón, nuevo emperador, afirmando que era un “verdadero Dios” (ipse deus). Cosa que afirma dos veces (Églog. 1, 42-47, 63, 84-85). Y, del mismo Nerón, su preceptor, Séneca, llega a decirle: “Tú no puede alejarte de ti mismo, de tu elevado rango; él te posee, y dondequiera que vayas, te sigue con gran pompa”. De manera que, añade Séneca: “La servidumbre propia de tu elevadísimo rango consiste en el hecho de no poder llegar a ser menos importante”.

 

Así pues, en las ideas del s. I, estaba comúnmente aceptado que lo máximo a que se podía aspirar, en esta vida, era al máximo honor. Porque eso es lo que estaba asociado al máximo poder. Ahora bien, el enorme problema, que esto planteaba, es que las ideas de pre-valencia y de pre-potencia, en el fondo, eran la misma cosa.

 

Y aquí, justamente aquí, es donde nos encontramos con una de las claves más fundamentales para entender dos cosas enteramente capitales: la fuerza del Evangelio y la debilidad de la Iglesia. Sin duda alguna, Jesús fue quien vio este asunto con más clarividencia.

 

Por eso se comprende la machacona insistencia de Jesús en subvertir este perverso círculo de honor y poder. Los evangelios ponen en boca de Jesús, repetidas veces, la conocida sentencia: “los últimos serán los primeros y los primeros, los últimos” (Mc 9, 35; 10, 31; Mt 19, 30; 20, 16; Lc 13, 30). Como reprendió, en distintas ocasiones, a quienes pretendían “situarse en los primeros puestos” (Mt 20, 8; Lc 14, 9-10; cf. Mc 10, 35-45 par; Lc 22, 24-30 par).

 

Con demasiada frecuencia -y con mayor ligereza aún- se ha despachado el significado de estos textos evangélicos, interpretándolos como recomendaciones o elogios de la humildad. Y no se ha tenido debidamente en cuenta que estas interpelaciones de Jesús iban, sobre todo, dirigidas a los apóstoles. Para cortar de raíz sus apetencias de ser los primeros o, lo que es más grave, los más importantes en la gestión de los asuntos del Reino de Dios. Es el caso evidente de Mc 10, 35-43 Par y Lc 22, 24-30. Jesús nunca tuvo conflictos con los discípulos por motivos de dinero. Sí los tuvo por motivos de poder.

 

En este asunto, los evangelios dejan claro que Jesús fue intransigente. Porque, sin duda, vio que en ello lo que la comunidad de discípulos se jugaba el ser o no ser. Es decir, entender y vivir lo que significan estos pasajes es tanto como entender y vivir lo que significa y exige “estar con Jesús”.

 

La conclusión, que se desprende de todo lo dicho, es clara: las cartas de Pablo a sus comunidades, escritas treinta años antes que los evangelios, habían sido redactadas desde las preocupaciones de un hombre que, a toda costa, quería dejar clara y bien probada su “autoridad” de apóstol en las comunidades y sobre las comunidades. De ahí la ambigüedad, en que se mueven estos escritos, siempre en la tensión entre la “independencia” de la comunidad y la “dependencia” que el propio Pablo exigía.

 

No podemos saber si la intención de los evangelistas, al redactar sus evangelios, fue puntualizar asuntos muy serios que, por lo que se sabía y circulaba entre las comunidades, eran formas de conducta y de entender el gobierno que, según lo dicho por Pablo, daban pie a ambigüedades. Cosas, en definitiva, que en la Iglesia no quedaban claras. Pero sabemos que los evangelios fueron terminantes en determinados puntos capitales. Y uno de ellos -sin duda el más decisivo- fue el tema de cómo hay que entender la autoridad y el ejercicio del poder en la Iglesia.

 

Pues bien, así las cosas, lo que el Jesús terreno quiso dejar claro sobre todo es que, en una comunidad o grupo humano, que pretende presentarse en este mundo como portador del mensaje cristiano, el ejercicio del poder no se puede organizar de forma que, para hacer efectivo ese poder, no haya más remedio que situarse el primero, situarse sobre los demás. Un poder así, es un poder usurpado indebidamente y ejercido de forma incompatible con el Evangelio. Es decir, desde un poder, así organizado y así gestionado, la fuerza del Evangelio se pervierte hasta degenerar en la debilidad de la Iglesia. Es justamente lo que estamos viendo y viviendo en estos tiempos.

 

Lo que nos lleva derechamente a la conclusión determinante: para que el ejercicio del poder en la Iglesia no exija proceder anti-evangélicamente, situándose alguno de sus miembros “el primero” y por eso sobre los demás, la única forma de ejercer el poder en la Iglesia tiene que ser el poder democrático.

 

La democracia en la Iglesia durante el primer milenio

 

Los datos históricos son suficientemente conocidos. Desde los primeros años del s. III, la Tradición Apostólica de Hipólito establece: “Que se ordene como obispo al que ha sido elegido por el pueblo, que es irreprochable…, con el consentimiento de todos”. En el año 250, en la persecución de Decio, hubo tres obispos españoles, los de León, Astorga y Mérida, que no confesaron debidamente su fe y dieron mal ejemplo a sus fieles.

 

Ante tal escándalo, las comunidades de esas tres diócesis se reunieron y se sintieron en el derecho de expulsar de sus sedes a aquellos obispos indignos. Pero uno de los obispos depuestos, Basílides, acudió al papa Esteban, que lo repuso en su cargo. La reacción de la comunidad fue acudir al obispo de Cartago, Cipriano, hombre de eminente prestigio en Occidente. Cipriano convocó un concilio en el que participaron 37 obispos. La decisión de este concilio quedó recogida en la carta 67 de Cipriano.

 

En ella se afirman tres cosas fundamentales:

 

1) El pueblo tiene poder, por derecho divino, para elegir a sus ministros (Epist. 67, 4: CSEL 738, 3-5).

2) El pueblo tiene también poder para quitar a los ministros cuando son indignos (Epist. 67, 3: CSEL 737-738, 20-22).

3) El recurso a Roma no debe cambiar la situación, cuando ese recurso no se basa en un informe que corresponde a la verdad (Epist. 67, 5: CSEL 739. 18-24).

 

Así pues, en el s. III, se tenía el convencimiento de que la Iglesia no era una institución centrada en el poder de los que mandan, sino en el derecho de la comunidad.

 

En el s. V, el papa León Magno supo formular perfectamente el criterio determinante: “El que debe ser puesto a la cabeza de todos, debe ser elegido por todos”. Un criterio tan firme y tan asumido, que, en el s. XI, el Decreto de Graciano resume lo que fue la disciplina eclesiástica de los siglos anteriores en una fórmula lapidaria que, en el s. V, había redactado el papa Celestino I: Nullus invitis detur episcopus. Cleri, plebis et ordinis consensus ac desiderium requiratur (“No se imponga ningún obispo a los que no lo aceptan. Se requiere [siempre] el consentimiento del clero, del pueblo y de los ordenados”).

 

Como es bien sabido, este sistema organizativo de la Iglesia cambió radicalmente de paradigma en el s. XI, con el papa Gregorio VII. A partir de las decisiones que tomó este hombre, la comunidad se vio despojada del derecho de intervenir en el nombramiento de sus ministros. Todo el poder quedó concentrado en Roma, en el papa. Y se impuso el criterio que resumió perfectamente Congar: desde entonces, sobre todo, “obedecer a Dios significa obedecer a la Iglesia, y esto, a su vez, significa obedecer al papa y viceversa”.

 

A partir de entonces, la democracia quedó anulada en la Iglesia. ¿Fue y es eso lo mejor para la Iglesia? ¿Es ésa la forma de ejercer el poder que Jesucristo quiere en la comunidad de los que intentamos seguir el Evangelio? ¿Qué decisiones habría que tomar en este momento por cuanto se refiere a este orden de cosas tan decisivo, para bien o para mal, en la Iglesia?

 

La democratización de la Iglesia

 

Llegamos, por último, a las conclusiones de este trabajo. Las más importantes, de estas conclusiones, son cuatro, que expongo a continuación.

 

1. El origen del poder. En la teología católica ha sido clásica la tesis según la cual el poder en la Iglesia es “jerárquico”, no “democrático”. Esto quiere decir, entre otras cosas, que el poder en la Iglesia viene de arriba (de Dios), nunca de abajo (del pueblo). Porque se trata de un poder divino, que sólo Dios puede conceder, ya que es un poder sacramental, que recibe el sujeto por la imposición de manos de un obispo.

 

Esto es lo que se da a entender, aunque no se diga así formalmente, en el cap. III de la Constitución sobre la Iglesia, del Vaticano II (LG 21, 3; 24, 1). Y la consecuencia, que se suele deducir de esta doctrina teológica, es que la Iglesia ni es democrática, ni puede serlo. Porque, como es bien sabido, la democracia es el sistema de gobierno en el que el poder proviene del pueblo, que delega el ejercicio de ese poder en sus legítimos representantes. Cosa que no es posible en la Iglesia.

 

Porque, según la teología más estricta y conservadora, todo lo que es autoridad o poder en la Iglesia ha quedado concentrado en la jerarquía eclesiástica. Y no sólo eso, sino que además la teología del poder jerárquico se ha estructurado de forma que, a juicio de quienes aceptan esa teología de forma incondicional y acrítica, las cosas no pueden ser ni gestionarse de otra manera. Es decir, para quienes piensan así, democratizar la Iglesia sería lo mismo que traicionar su “divina constitución”.

 

Sin embargo, a poco que se piense en este asunto, enseguida se advierte que este razonamiento no prueba nada. Porque, si la Iglesia funcionó democráticamente durante siglos (y era la verdadera Iglesia de Jesucristo), es que ese modo de ejercer el poder es perfectamente compatible con el ser mismo de la Iglesia. Y la razón es clara: una cosa es el origen de poder; y otra cosa es el ejercicio del poder.

 

Cuando hablamos de democracia, lo decisivo no es la teoría que cada cual tenga sobre el origen del poder, sino la praxis que concreta cómo se ejerce el poder. Lo que le importa a la gente no es de dónde viene el poder, sino que quien organiza la gestión del poder lo haga de la forma más razonable y de acuerdo con lo que el pueblo necesita.

 

Por otra parte, como ya dije antes, una cosa era la “designación de los ministros” (cheirotonía) y otra cosa era la “imposición de manos” (cheirothesía), lo que, a partir del s. III, se denominó la ordinatio.

 

Pero aquí es importante recordar que la llamada “ordenación” (ordo u ordinatio), no proviene de la tradición religiosa de Israel, ni de la tradición cristiana del Nuevo Testamento, sino que era una institución jurídica del Imperio que fue asumida por los clérigos para distinguirse y situarse en un rango superior sobre la plebe o pueblo sencillo. Así, el ordo equitum y el ordo senatorum (“caballeros” y “senadores”, los notables de la sociedad) se distinguían del ordo plebeius (la “plebe” o pueblo llano).

 

En realidad, el ordo y la ordinatio eran, en la cultura y las leyes del Imperio, los términos clásicos para designar el nombramiento de los funcionarios imperiales, sobre todo cuando se trataba del emperador. Es verdad que en el Nuevo Testamento se menciona el gesto de “imponer las manos” (epíthesis tôn cheirôn). Pero tal gesto se refiere principalmente a las curaciones de enfermos (Mt 9, 18; Mc 5, 23; 6, 5; 7, 32; 8, 23; Lc 13, 13; Hch 28, 8).

 

Cuando en las cartas pastorales se menciona la imposición de manos a Timoteo (1 Tim 4, 14; 2 Tim 1, 6), el análisis más documentado de estos textos hace suponer que la comunidad de las cartas pastorales expresa así la concesión de la gracia del ministerio pastoral, cosa que se aleja de la idea inicial de San Pablo sobre la libre actuación del Espíritu.

 

Por lo tanto y a la vista de la documentación aportada, es claro que los dirigentes de la Iglesia (obispos, presbíteros, diáconos), al auto-comprenderse y auto-denominarse como los “ordenados”, los poseedores del “ordo”, que les constituía como los “ordinati”, lo que en realidad hicieron fue constituirse como una clase superior sobre la plebe. Afirmando, además, que ellos (y sólo ellos) poseían un poder de origen divino.

 

En cualquier caso, está fuera de duda que la distinción entre el “orden” y el “pueblo”, aplicado a la organización de la Iglesia, fue una innovación introducida por la autoridad eclesiástica. Tertuliano, en el s. III, lo afirma con toda claridad: “la diferencia entre el orden y la plebe fue constituida por la autoridad eclesiástica” (Differentiam inter ordinem et plebem constituit ecclesiae auctoritas).

 

La existencia, por tanto, del clero, como clase superior y grupo de poder en la Iglesia, no proviene de Jesús. Fue una novedad introducida por los propios dirigentes eclesiásticos, para diferenciarse del pueblo y situarse sobre él.

 

2. El sistema electivo en la Iglesia. La teología cristiana ha defendido, por lo menos desde el s. III, el hecho de la “sucesión apostólica”, que históricamente se ha realizado en la “sucesión episcopal”. Este dato no es una “quaestio disputata”, sino que pertenece a la fe de la Iglesia. Pero lo que no pertenece a la fe de la Iglesia es que los “sucesores de los apóstoles” (y sus colaboradores) tengan que ser designados y gestionar el gobierno de la Iglesia como “de facto” todo eso se hace ahora y se viene haciendo, por lo menos, desde el s. XI.

 

Sabemos con seguridad que, en los primeros siglos y durante la Alta Edad Media, las cosas se hicieron de otra manera. Porque, sobre todo, en aquellos tiempos se tenía la viva conciencia de que el Espíritu de Dios se hacía presente, en la comunidad de los cristianos, precisamente cuando todos unánimemente intervenían en la designación del obispo o de sus colaboradores.

 

La intervención divina se manifestaba principalmente en la unanimidad de todos al designar a quienes les habían de gobernar. La documentación de concilios, sínodos locales y autores de los primeros siglos es abundante y no ofrece lugar a dudas en este punto concreto.

 

Esto nos viene a decir, como es lógico, que la democracia en la Iglesia no era ciertamente “representativa”, según el lenguaje usual de la actualidad. Habría que decir, más bien, que la Iglesia practicó la democracia “participativa”, en su forma más extrema y radical. En cuanto que el obispo (pongamos por caso) no era elegido por “mayoría de votos”, sino por “aclamación unánime”.

 

En la actualidad, dado el pluralismo de culturas, creencias, ideologías políticas y tradiciones que se ven obligadas a convivir, sobre todo en los países más industrializados, sería una ingenuidad inalcanzable el solo hecho de pretender que los cargos eclesiásticos fueran designados por aclamación unánime. Por eso parece más coherente proponer que la enseñanza que nos deja la tradición antigua de la Iglesia es que, en cualquier caso, su forma actual de democracia tendría que gestionarse de forma que se llevara a cabo mediante la mayor participación y corresponsabilidad posible de todos los creyentes.

 

3. Propuestas concretas. Ante todo, sería de extrema importancia tomar en serio la lúcida propuesta que ha sabido formular Francisco Fernández B. cuando nos ha puesto en guardia frente a “una concepción meramente procedimental de la democracia”. Es decir, cuando nos fijamos solamente en las normas, reglas o procedimientos formales de expresión de la voluntad del pueblo”. Lo más importante, para que funcione una democracia, no es la normativa democrática, sino “el tipo de ser humano que le corresponde”.

 

En la Iglesia del primer milenio, fue posible aquel sistema democrático porque, antes que en normas y autoridades, se creía en la presencia y en la fuerza determinante del Espíritu, que se hacía presente en la participación unánime de todos. Este punto es capital.

 

En una Iglesia en la que los creyentes centran su fe, ante todo, en la sumisión al papa y al obispo, no es posible la democracia. La Iglesia podrá ser democrática el día en que, antes que en la obediencia al papa, se tome en serio la obediencia al Espíritu de Dios y al Evangelio de Jesús. En la Iglesia antigua, la designación de obispos por aclamación unánime era posible porque los cristianos estaban convencidos de que, si la designación venía del Espíritu, entre ellos no podía haber contradicción.

 

Esto supuesto, y viniendo a los procedimientos, para que el sistema democrático fuera aplicable, el primer paso que habría que dar en la Iglesia, tendría que ser reducir el volumen de las diócesis y de las parroquias. Es evidente que, en una diócesis de cientos de miles de habitantes, no es posible alcanzar un nivel mínimo de coincidencia para ponerse de acuerdo a la hora de elegir a una persona que sea aceptada por todos.

 

Para ello es indispensable que los participantes se conozcan y mantengan entre ellos unos lazos de intereses comunes, por más que exista la razonable heterogeneidad de mentalidades y preferencias en los más diversos órdenes de la vida. En cualquier caso, habría que reducir y multiplicar las diócesis. Como igualmente sería necesario promover otro tipo de parroquia. No la meramente “territorial”, sino parroquias “personales”, aglutinadas por ideales comunes y en las que todos los miembros (de la diócesis o la parroquia) se sintieran responsables de la gestión de los diversos asuntos.

 

Como es lógico, los nombramientos de obispos no deben venir decididos de Roma, ni siquiera por la Conferencia Episcopal. Todos los nombramientos se tendrían que hacer en la propia diócesis, mediante la participación activa de todos los fieles, en las propuestas de candidatos y en la designación final. En cualquier caso, nunca se deberían admitir obispos impuestos desde fuera. Recuerdo de nuevo el principio establecido por el papa Celestino I: Nullus invitis detur episcopus: “No se imponga ningún obispo a los que no lo aceptan”.

 

Y lo que se dice del obispo, tendría que valer igualmente para el caso del párroco. Por otra parte, no se ve razón teológica alguna para que sean los cardenales los electores del obispo de Roma. Si el papa es el obispo de Roma, debe ser la comunidad de la diócesis de Roma (o el conjunto de las diócesis romanas, en caso de que la gran diócesis actual fuera razonablemente fragmentada) quien eligiera, como en las demás diócesis, la persona que debe gobernarla.

 

Otro punto importante: todos los cargos de gobierno tendrían que ser temporales. El tiempo de duración de un cargo eclesiástico (cuatro, seis o más años) debería ser decidido por la Conferencia Episcopal, de acuerdo con la cultura y las posibilidades de cada país. La duración temporal debería aplicarse, ante todo, el obispo de Roma.

 

Este ha sido el sistema de gobierno que ha funcionado en las órdenes y congregaciones religiosas. Y ha dado excelentes resultados. Así se evitaría, entre otros males, la “gerontocracia eclesiástica”. No tiene sentido que un anciano de más de 80 años (y quizá con una salud deficiente) siga al frente de la Iglesia entera. La experiencia enseña que la vejez de los papas suele ser penosa y crea periodos de transición que, en la práctica, son (en gran medida) periodos de desgobierno en la Iglesia.

 

Dos observaciones finales

 

Después del análisis que acabo de presentar, se puede -y creo que se debe- concluir que el mayor daño que la autoridad jerárquica le ha hecho a la Iglesia, ha consistido en la usurpación de un poder que no le corresponde. No porque en la Iglesia no tenga que haber una autoridad jerárquica, sino porque la autoridad jerárquica ha acaparado de tal manera el poder, que ha marginado la presencia y la actuación del Espíritu de Dios en el conjunto de la comunidad de los creyentes.

 

Aunque teóricamente se acepta que el Espíritu está presente y actúa en la Iglesia, en la práctica concreta de la vida eclesiástica el papa y los obispos están persuadidos de que ellos, y sólo ellos, son los portavoces del Espíritu, los que tienen poder para interpretar, explicar y aplicar lo que el Espíritu quiere y dispone para el pueblo cristiano. Con lo cual, en realidad, lo que se ha hecho ha sido marginar al Espíritu y usurpar un poder, una fuerza y un derecho divino que está presente en toda la Iglesia. De manera que el poder en la Iglesia sólo se puede ejercer correctamente contando siempre con esa presencia del Espíritu en todos.

 

Esta usurpación del poder es la que pretendieron los hijos de Zebedeo, cuando quisieron para ellos los primeros puestos. Es la misma usurpación del poder que buscaron los apóstoles cuando discutían quién era el primero o el más importante en el Reino de Dios. Y la misma usurpación del poder que inconscientemente anhelaba Pedro cuando no toleraba que Jesús terminara su vida lavando los pies como un esclavo o -lo que es más grave- colgado de una cruz como un delincuente.

 

Pero sabemos que, en estos casos, y sólo en estos casos, fue cuando Jesús se mostró más intransigente con las apetencias de poder de los primeros apóstoles, incluido Pedro. Sin duda alguna, Jesús vio en esta posible usurpación del poder la mayor perversión para la comunidad de sus seguidores. Esto es lo que vio Jesús. Pero desgraciadamente esto es lo que ha ocurrido en la Iglesia. Y así estamos hasta este momento.

 

Ahora bien, estando así las cosas, lo más razonable es pensar que, en este momento, la Iglesia no está preparada para introducir en ella el sistema democrático. No sólo ni principalmente porque el Vaticano y la jerarquía eclesiástica no estén dispuestos a aceptar la democracia en la Iglesia. Sino, sobre todo, porque quien más incapacitado está hoy para aceptar y poner en práctica el sistema democrático en la Iglesia es el pueblo cristiano. Y la razón es clara. El problema fundamental de la democracia en la Iglesia está en que al pueblo creyente se le ha educado, durante siglos, a obedecer y someterse; y no se le ha enseñado a ser libre y exigir sus derechos.

 

Y sabemos que un pueblo, así educado, es un pueblo “moralmente empobrecido”, ya que en él las personas no pueden sostener las demandas que un sistema de derechos hace posible. Lo que la enorme mayoría de los cristianos quiere es una autoridad que mande. Que mande lo que cada cual quiere. Pero, en todo caso, que sea una autoridad que mande, que tenga poder y prestigio. Y que así nos libere a todos del insoportable peso de la libertad. Es evidente que mientras esta desviación y -lo diré claramente- esta corrupción monumental no se corrija, hablar de democracia en la Iglesia es una digna aspiración y un proyecto motivador. Pero no pasa de eso.

 

De ahí que cada día veo con más claridad que lo más urgente y, en todo caso, lo más necesario, con vistas a la democratización de la Iglesia, es educar al pueblo cristiano en la convicción de que “obedecer es también saber resistir”.

 

El teólogo más experto en eclesiología, en los últimos tiempos, Y. Congar, en su diario personal, escribía en 1954: “Estas últimas semanas me he interrogado de vez en cuando. Me he preguntado si en la forma de simplicidad, de total integridad de mi sumisión, no habría una solución demasiado fácil, una huida, a pesar de todo sencilla, fuera del combate…. ¿Acaso no me encuentro en la situación de alguien comprometido en la Resistencia, pero un tanto cobarde, y en el fondo miedoso…?”.

 

Tenía razón Dostoyevsky cuando puso en boca del Gran Inquisidor esta patética sentencia: “No hay para el hombre libre cuidado más continuo y acuciante que el de hallar a un ser al que prestar acatamiento”. Yo ya no me pregunto, como hacía Congar, si somos cobardes ante la autoridad que se nos impone. Lo que me pregunto es si, en el fondo (y sin darnos cuenta de lo que nos pasa), lo que realmente queremos no es que termine ya este papa y venga otro. ¿Para qué? ¿Para que restaure la democracia perdida en la Iglesia?

 

No. Seguramente lo que nos ocurre es que vemos que este papa tiene cada día menos autoridad. Y por eso queremos otro que sea más universalmente aceptado por todos. No para que nos conceda ser realmente libres, sino para que tenga esa autoridad utópica con fuerza, capaz para someternos a todos en un mismo proyecto. Y si esto efectivamente es así, entonces ¿para qué seguir hablando de democracia en la Iglesia?

 

Esta es la verdadera cuestión que yo quería plantear.

Notas sobre las recientes elecciones en Estados Unidos

Atilio Boron

www.alainet.org/071114

 

Hay un consenso general entre politólogos y sociólogos críticos norteamericanos acerca de la creciente irrelevancia de los procesos electorales en Estados Unidos, habida cuenta de la demostrada incapacidad tanto del Congreso como de la Casa Blanca para adoptar decisiones que siquiera marginalmente lesionen –o intenten afectar– los intereses o las preferencias de las clases dominantes.

 

Por eso algunos de los más distinguidos estudiosos de ese país han acuñado algunas expresiones para dar cuenta de esta realidad no siempre adecuadamente tenida en cuenta en los análisis más convencionales sobre la vida política estadounidense. Tal es el caso de Robert Dole Scott, quien en sus escritos habla del “Estado americano profundo”, o el “totalitarismo invertido”, término acuñado por el profesor emérito de Princeton, Sheldon Wolin precisamente para referirse a la involución democrática en curso en el país del norte.

 

En una lista que sería muy larga de enumerar habría que incluir también a un economista otrora del mainstream como Jeffrey Sachs que sin embargo participa de ese consenso. A propósito de las recientes elecciones de medio término escribió en su columna del Huffington Post que la pasada “fue una elección de multimillonarios […], multimillonarios de ambos partidos” y que como ya es sabido, “los ricos pagan los costos del sistema político al destinar miles de millones de dólares a fondos de campaña y financiamiento de lobbies para luego obtener billones de dólares de ganancias como contrapartida.”[1]

 

Esta deplorable realidad dista de ser un rayo en un día sereno sino que es la maduración de una ominosa tendencia denunciada nada menos que por el ex presidente Dwight Eisenhower en su “Discurso de Despedida” del 17 de enero de 1961, ocasión en la que señaló los graves peligros que para el futuro de la democracia estadounidense entrañaba la constitución de un irresistible “complejo militar-industrial”.

 

Con estos recaudos in mente procedamos a elaborar algunas interpretaciones que surgen del análisis de las elecciones del pasado martes.

 

La primera tiene relación con el carácter paradojal de su resultado. ¿Por qué? Porque el saber convencional y la práctica cotidiana de la política en todos los países insiste en señalar la importancia decisiva de la vida económica sobre el estado de ánimo y las preferencias del electorado. Ninguno lo manifestó con tan brutal sinceridad como el candidato Bill Clinton cuando, en la campaña electoral de 1992, le dijo a su contrincante, el por entonces presidente George H. W. Bush (padre): “¡es la economía, estúpido!”. Siendo esto así, ¿cómo explicar la aplastante derrota de los demócratas en un contexto económico como el actual, cuando la economía norteamericana estaba dando signos de recuperación?

 

En el tercer trimestre del 2014, por ejemplo, el crecimiento del PIB fue del 3,5% y en el anterior había sido de 4,5%, guarismos estos que habrían provocado una jubilosa celebración en la mayoría de los gobiernos europeos. Claro está que este crecimiento macroeconómico no se reflejó en los ingresos de la masa asalariada que, según la Oficina de Estadísticas Laborales del gobierno de Estados Unidos, no quebraron el estancamiento (en precios constantes) que los afecta desde hace dos décadas y registraron en el mes de septiembre una caída de 0,2%.

 

Esta incapacidad estructural de distribuir con un mínimo de equidad los frutos del crecimiento económico es una de las marcas permanentes del capitalismo norteamericano, y por supuesto grávida de consecuencias políticas. Entre ellas, las grandes manifestaciones del “Ocupemos Wall Street” y la lenta reaparición de una conciencia anticapitalista que hacía casi un siglo había desaparecido de la escena pública norteamericana.

 

Retomando el hilo de nuestra argumentación, en anteriores oportunidades logros tales como la importante disminución del precio de la gasolina (que el año pasado se vendía a un precio promedio por galón de 3,94 dólares contra unos 3 dólares, e inclusive algunos centavos menos en algunas ciudades estadounidenses en las últimas semanas); o el descenso del desempleo hasta llegar al 5,9% de la PEA, el nivel más bajo de los últimos seis años; o la reducción del déficit fiscal y el mantenimiento de una baja tasa de inflación, por debajo del 2% anual, los que sumados al boom petrolero originado en la expansión de la explotación de yacimientos de gas y petróleo no convencionales hubieran ocasionado una respuesta favorable al gobierno de turno en las elecciones pasadas, pero esta vez no fue así. Esta extraña reacción explica la perplejidad de Obama en algunas de sus declaraciones antes y sobre todo después de conocerse el voto de castigo sufrido en las urnas.

 

Lo anterior pone en cuestión la relación mecánica entre economía y política, y obliga a abrir una segunda pista de indagación, a saber: ¿cuál es el papel ideológico que cumple el financiamiento privado de las campañas políticas?

 

Como es sabido, la insólita –por ser profundamente antidemocrática– decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos de enero del 2010 legalizó la ilimitada financiación de las campañas electorales por parte de las corporaciones y las grandes fortunas a través de los llamados Comités de Acción Política. Estos no pueden hacer contribuciones directas a los partidos o a los candidatos pero sí pueden asignar todos los fondos que deseen, sin límite ni control alguno, para financiar la promoción de ciertos temas en sus campañas: anuncios en la radio, televisión y prensa; redes sociales; correos electrónicos o mensajes de texto masivos concebidos para apoyar o derrotar a un candidato en sintonía con los intereses y preferencias de los donantes en relación con asuntos de su especial preocupación, tales como regulación ambiental, control de armas, desregulación financiera, reducción de impuestos, gasto público, aborto, etcétera.

 

Si bien los datos no están disponibles con un adecuado grado de desagregación lo que puede afirmarse sin duda alguna que esta ha sido la elección de medio término más cara de la historia de Estados Unidos, con un costo formalmente establecido de 3.600 millones de dólares pero que, algunos observadores como el propio Jeffrey Sachs, estiman que la cifra real se ubica por encima de esa marca.

 

En su artículo del Huffington Post escribe que los Hermanos Koch, los dueños de Koch Industries –la segunda mayor compañía privada de Estados Unidos, con ingresos anuales de 115.000 millones de dólares en 2013 por su actividad en el sector petrolero– aportó por lo menos 100 millones de dólares para favorecer candidaturas complacientes con la generalización del fracking. Es sabido también que varias empresas asociadas a los “fondos buitre” apoyaron con fuertes sumas de dinero a algunos candidatos republicanos en ciertos distritos clave.

 

Tal como lo anotaran algunos analistas, el papel corruptor y distorsionador del dinero se ha dejado sentir fuertemente en esta elección creando, con la ayuda de los medios hegemónicos en ese país, un “clima de opinión” hipercrítico y de generalizado descontento que no parece tener mucho que ver con la realidad, y esto es lo que, a nuestro juicio, constituye una de las paradojales sorpresas de esta elección en donde el poder del dinero se manifestó como nunca antes.

 

No hay muchos ejemplos anteriores en donde con una situación económica como la señalada más arriba el gobierno de turno hubiese recibido una paliza electoral como le fuera propinada a Obama. Conviene tomar nota de esta lección porque procesos de “deformación” de la opinión pública están también operando en los países de Nuestra América.

 

Tercero: sin duda que la victoria republicana fue arrolladora, haciendo estragos inclusive en tradicionales baluartes demócratas, como Massachusetts, Maryland o Illinois. Pero si se observa la traducción de sus votos en escaños se nota que, en el Senado, obtuvo una mayoría relativamente ajustada (52 sobre 100) que sólo podría estirarse a 54 si los resultados favorecieran a los republicanos en el balotaje que tendría lugar a fines de año y comienzos del próximo en dos estados (Alaska y Louisiana).

 

Sin duda se trata de la peor derrota sufrida por un mandatario demócrata desde los tiempos de Harry S. Truman, quien en su primer turno presidencial perdió la elección de medio término de 1946. Allí también se produjo una avalancha conservadora que hizo que los republicanos accedieran al control de ambas cámaras del Congreso por primera vez desde 1928. Tal vez sirva de consuelo a los demócratas de hoy recordar que dos años más tarde y contra todos los pronósticos –que daban como seguro ganador al candidato republicano Thomas Dewey– Truman sería reelecto para un nuevo mandato.

 

De todos modos hay que decir que el control de ambas cámaras no significa gran cosa toda vez que la Casa Blanca dispone de un poder de veto que impide que una ley entre en vigor si no es refrendada por el presidente. Es cierto que esta prerrogativa puede ser neutralizada por una insistencia del congreso, pero para ello se requiere contar con los dos tercios de los votos de representantes y senadores, una situación imposible dada la presente correlación de fuerzas partidarias surgida de la pasada elección.

 

Por ejemplo, se ha escuchado en estos días a muchos representantes y senadores republicanos amenazar con derogar la reforma del sistema de salud –moderada sin duda– aprobada por iniciativa de la Casa Blanca. Ante ello Obama ha declarado que jamás firmaría una ley que acote o limite los alcances de aquella reforma.

 

En todo caso, y más allá de esta referencia histórica, lo cierto es que Obama recibió un durísimo golpe que lo obligará a tomar una decisión crucial para enfrentar los dos últimos años de su mandato y evitar ser “el pato rengo” que usualmente describen los politólogos en casos como este. ¿Seguir con sus ambigüedades y vacilaciones, exhibidas in extremis en la legislación migratoria, o relanzar con firmeza su agenda política original para recuperar la lealtad del electorado demócrata?

 

Cuarto: el éxito de los republicanos tiene otra arista que es imprescindible examinar. A diferencia del pasado reciente, los candidatos de ese partido se beneficiaron por la pérdida de impulso del Tea Party y pudieron, por lo tanto, atenuar algunas de sus posturas más extremas proyectando una imagen de cierta moderación que antaño había sido arrojada por la borda, muy en su detrimento.

 

En todo caso fueron capaces de capitalizar para sí el desprestigio que rodea a la clase política en Estados Unidos. Contrariamente a una creencia muy difundida, la aprobación popular del Congreso es muy inferior a la del presidente: 12,7% contra un 42,2% del ocupante de la Casa Blanca. Obviamente, hay allí una disonancia muy llamativa en esas orientaciones actitudinales, misma que se agrava cuando se tiene en cuenta que el 66,0% de los entrevistados declaran que el país “marcha por el rumbo incorrecto” –a pesar de los datos macroeconómicos arriba señalados– e hicieron saber de su desilusión y disgusto con la gestión de la Casa Blanca votando a sus tradicionales oponentes.

 

Lo curioso del caso es que los republicanos no explicitaron para nada cual sería el rumbo que seguirían en caso de llegar a la presidencia, si bien hay razones para suponer –como lo hace Sachs– que su proyecto insistiría en reducir los impuestos a las corporaciones y los ricos, y desregular aún más el mercado laboral y el sistema financiero y debilitar los controles medioambientales. Es decir, agravando el hiato que separa el 1% más rico del resto de la población norteamericana.

 

Para concluir, una breve referencia a la gravitación que el resultado del martes podría tener en el ámbito hemisférico. Tal como lo señala Angel Guerra, Obama podría hacer uso de sus “inmensas facultades ejecutivas en materias que no está obligado a pedir la autorización del Congreso”[2].

 

Una es el tema migratorio, y en el cual su indecisión le ha costado muy caro en el electorado latino que no le perdona esa actitud y su indiferencia ante la deportación de unos 2 millones de inmigrantes indocumentados durante sus años en la Casa Blanca, una cifra cercana al total de deportaciones efectuadas en los veinte años anteriores a su llegada a la presidencia.

 

Otro tema es la normalización de las relaciones con Cuba, tal como ha sido exigida por numerosos sectores dentro de Estados Unidos y en diversos editoriales por el mismo New York Times. Un elemento crucial en esta agenda sería el canje de los tres luchadores antiterroristas cubanos que aún permanecen injustamente presos en las cárceles estadounidenses por el “contratista” norteamericano Alan Gross, detenido en Cuba por realizar actividades de carácter sedicioso en la isla. El periódico neoyorquino recuerda que pese a su retórica de intransigencia Washington canjeó cinco talibanes presos en el país por un soldado norteamericano secuestrado en Afganistán de modo que ¿por qué no hacerlo con La Habana?

 

Otra área sería la flexibilización del bloqueo, aun cuando su levantamiento sólo lo puede decidir el Congreso. Pero está en manos de Obama impedir la aplicación de sanciones de una severidad sin precedentes a instituciones comerciales y bancarias de terceros países que tramitan los negocios de importación y exportación de Cuba.

 

Otro tema podría ser el abandono de la política de “exportación de la subversión” seguida en contra de los gobiernos de izquierda de la región, principalmente Bolivia, Ecuador y Venezuela aparte de Cuba, y acabar con los proyectos desestabilizadores viabilizados por agencias tales como la USAID, la NED y, por supuesto, el “terrorismo mediático” apadrinado por la Casa Blanca. En poco tiempo más podrá juzgarse si Obama tenía o no las agallas para encauzar las relaciones hemisféricas en consonancia con la legalidad internacional.

 

Mientras tanto los países de América Latina y el Caribe deberían profundizar los procesos de integración supranacional en curso porque nada autoriza a pensar que en un futuro cercano las relaciones entre el imperio y nuestros países podrían instalarse en un horizonte de respeto y mutua colaboración. Recordar que no sólo el capitalismo es incorregible; el imperialismo también.

 

 

[1] Cf. Sheldon Wolin, Democracia S. A. La democracia dirigida y el fantasma del totalitarismo invertido (Buenos Aires: Katz Editores, 2008). Peter Dale Scott, The American Deep State Wall Street, Big Oil, and the Attack on U.S. Democracy (Washington, D.C. : Rowman & Littlefield Publishers, 2014). La nota de Jeffrey Sachs, “Understanding and overcoming America’s plutocracy” apareció en el Huffington Post del 6 de Noviembre. Disponible en: http://www.huffingtonpost.com/jeffrey-sachs/understanding-and-overcom_b_6113618.html

 

[2]Angel Guerra Cabrera, “Elecciones en Estados Unidos: ¿y América Latina qué?, en La Jornada (México), 6 de Noviembre 2014. Disponible en: http://www.jornada.unam.mx/2014/11/06/opinion/024a1mun

 

Basta Ya! - Mensaje de los Obispos de México


¡¡BASTA YA!!

Mensaje de los Obispos de México

México, D.F. a 12 de noviembre de 2014

Los Obispos de México decimos: ¡Basta ya! No queremos más sangre. No queremos más muertes. No queremos más desaparecidos. No queremos más dolor ni más vergüenza. Compartimos como mexicanos la pena y el sufrimiento de las familias cuyos hijos están muertos o están desaparecidos en Iguala, en Tlatlaya y que se suman a los miles de víctimas anónimas en diversas regiones de nuestro país. Nos unimos al clamor generalizado por un México en el que la verdad y la justicia provoquen una profunda transformación del orden institucional, judicial y político, que asegure que jamás hechos como estos vuelvan a repetirse. 

Reunidos para reflexionar sobre los desafíos actuales, vemos en esta crisis un llamado para construir un país que valore la vida, dignidad y derechos de cada persona, haciéndonos capaces de encontrarnos como hermanos.

En el año 2010, en la exhortación pastoral “Que en Cristo nuestra paz, México tenga vida digna”, advertíamos sobre el efecto destructor de la violencia, que daña las relaciones humanas, genera desconfianza, lastima a las personas, las envenena con el resentimiento, el miedo, la angustia y el deseo de venganza; afecta la economía, la calidad de nuestra democracia y altera la paz.

Con tristeza reconocemos que la situación del país ha empeorado, desatando una verdadera crisis nacional. Muchas personas viven sometidas por el miedo, la desconfianza al encontrarse indefensas ante la amenaza de grupos criminales y, en algunos casos, la lamentable corrupción de las autoridades. Queda al descubierto una situación dolorosa que nos preocupa y que tiene que ser atendida por todos los mexicanos, cada uno desde su propio lugar y en su propia comunidad.

En nuestra visión de fe, estos hechos hacen evidente que nos hemos alejado de Dios; lo vemos en el olvido de la verdad, el desprecio de la dignidad humana, la miseria y la inequidad crecientes, la pérdida del sentido de la vida, de la credibilidad y confianza necesarias para establecer relaciones sociales estables y duraderas.

En medio de esta crisis vemos con esperanza el despertar de la sociedad civil que, como nunca antes en los últimos años, se ha manifestado contra la corrupción, la impunidad y la complicidad de algunas autoridades. Creemos que es necesario pasar de las protestas a las propuestas. Que nadie esté como buitre esperando los despojos del país para quedar satisfecho. La vía pacífica, que privilegia el diálogo y los acuerdos transparentes, sin intereses ocultos, es la que asegura la participación de todos para edificar un país para todos.

Estamos en un momento crítico. Nos jugamos una auténtica democracia que garantice el fortalecimiento de las instituciones, el respeto de las leyes, y la educación, el trabajo y la seguridad de las nuevas generaciones, a las que no debemos negarles un futuro digno. Todos somos parte de la solución que reclama en nosotros mentalidad y corazón nuevos, para ser capaces de auténticas relaciones fraternas, de amistad sincera, de convivencia armónica, de participación solidaria. 

Nos vemos urgidos junto con los actores y responsables de la vida nacional a colaborar para superar las causas de esta crisis. Se necesita un orden institucional, leyes y administración de justicia que generen confianza. Es indispensable la participación de la ciudadanía para el bien común. Sin el  acompañamiento y la vigilancia por parte de la sociedad civil, el poder se queda en manos de pocos

Ante la situación que enfrentamos, los Obispos de México queremos unirnos a todos los habitantes de nuestra nación, en particular a aquellos que más sufren las consecuencias de la violencia, acompañándoles, en su dolor, a encontrar consuelo y a recuperar la esperanza. 

Jesucristo es nuestra paz. Él está presente en su Palabra, en la Eucaristía, en donde dos o más se reúnen en su nombre, en todo gesto de amor misericordioso y en el compromiso por construir la paz en la verdad y la justicia.

Con esta certeza, redoblaremos nuestro compromiso de formar, animar y motivar a nuestras comunidades diocesanas para acompañar espiritual y solidariamente a las víctimas de la violencia en todo el país. A colaborar con los procesos de reconciliación y búsqueda de paz. A respaldar los esfuerzos de la sociedad y sus instituciones a favor de un auténtico Estado de Derecho en México. A seguir comunicando el Evangelio a las familias y acompañar a sus miembros para que se alejen de la violencia y sean escuelas de reconciliación y justicia.

Agradecemos al Papa Francisco su cercanía y preocupación en estas circunstancias. Unidos a él, celebraremos el próximo 12 de diciembre la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, haciendo una jornada de oración por la paz. Le pediremos su intercesión por la conversión de todos los mexicanos, particularmente la de quienes provocan sufrimiento y muerte. 

Que Santa María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive, que reclama a sus hijos desaparecidos y ruega por la paz en México, interceda por nosotros para que una oleada de amor nos haga capaces de reconstruir la sociedad dañada.

Por los obispos de México

http://www.cem.org.mx/contenido/487-basta-ya-mensaje-de-los-obispos-de-mexico-cem-paz-episcopado.html

La Ciudad Limpia

Uri Avnery

www.rebelion.org/261114

En su larga y accidentada historia, Jerusalén ha sido ocupado por decenas de conquistadores.

Babilonios y persas, griegos y romanos, mamelucos y turcos, británicos y jordanos, por mencionar sólo algunos. El último ocupante es Israel, que conquistó y anexionó Jerusalén en 1967.

(Podría haber escrito "Jerusalén Este", pero todo lo que es la Jerusalén histórica está en el este de Jerusalén actual. Todas lo demás se construyó en los últimos 200 años por los colonos sionistas, o están rodeando las aldeas árabes que se unieron de manera arbitraria a la zona más grande que ahora se llama Jerusalén después de su ocupación).

Esta semana, Jerusalén estaba en llamas, otra vez. Dos jóvenes de Jabel Mukaber, uno de los pueblos árabes anexados a Jerusalén, entraron en una sinagoga en el oeste de la ciudad durante las oraciones de la mañana y mataron a cuatro judíos devotos, antes de que ellos mismos sean asesinados por la policía.

Jerusalén es llamada "la Ciudad de la Paz". Esto es un error lingüístico. Es cierto que en la antigüedad se llamaba Salem, que suena como paz, pero Salem era, de hecho, el nombre de la deidad local. También es un error histórico. Ninguna ciudad en el mundo ha sido testigo de tantas guerras, masacres y tanto derramamiento de sangre como ésta. Todo en nombre de algún dios u otro.

Jerusalén fue anexionada (o "liberada", o "unificada") inmediatamente después de la Guerra de Seis Días de 1967. Esa guerra fue el mayor triunfo militar de Israel. También fue el mayor desastre de Israel. Las bendiciones divinas de la increíble victoria se convirtieron en castigos divinos. Jerusalén era uno de ellos.

La anexión se nos presentó (yo era un miembro de la Knesset en el momento) como una unificación de la ciudad, que había sido cruelmente destrozada en la guerra de 1948. Todos citaban la frase bíblica: "Jerusalén está edificada como una ciudad que está bien unida entre sí". Esta traducción del salmo 122 es bastante extraña. El original hebreo dice simplemente "una ciudad unificada". De hecho, lo que ocurrió en 1967 fue cualquier cosa menos la unificación.

Si la intención hubiera sido realmente la unificación, se hubiera visto muy diferente. Habría sido conferida automáticamente la plena ciudadanía israelí a todos los habitantes. Todas las propiedades árabes perdidas en el oeste de Jerusalén, que habían sido expropiadas en 1948, habrían sido devueltas a sus legítimos dueños que habían huido a Jerusalén Este. La municipalidad de Jerusalén habría sido ampliada para incluir a los árabes de Jerusalén Oriental, incluso sin una solicitud específica. Y así, más.

Sucedió lo contrario. Ninguna propiedad fue restituida, ni ningún tipo de compensación pagada. El municipio se mantuvo exclusivamente judío. A los habitantes árabes no se les concedió la ciudadanía israelí, sino simplemente una "residencia permanente". Este es un estado que puede ser revocado arbitrariamente en cualquier momento -y de hecho fue revocado en muchos casos-, que obliga a las víctimas a salir de la ciudad.

Para guardar las apariencias, a los árabes se les permitió solicitar la ciudadanía israelí. Las autoridades sabían, por supuesto, que sólo un puñado aplicaría, ya que hacerlo implicaría el reconocimiento de la ocupación. Para los palestinos, esto sería algo semejante a la traición. (Y los pocos que podían aplicar, generalmente se negaron).

El municipio no se amplió. En teoría, los árabes tienen derecho a votar en las elecciones municipales, pero sólo unos pocos lo hacen, por las mismas razones. En la práctica, Jerusalén Este sigue siendo un territorio ocupado.

El alcalde, Teddy Kollek, fue elegido dos años antes de la anexión. Una de sus primeras acciones fue demoler todo el barrio Mugrabi junto al Muro de los Lamentos, dejando una gran plaza vacía como una playa de estacionamiento. Los habitantes, todos ellos personas pobres, fueron desalojados en cuestión de horas.

Pero Kollek era un genio en las relaciones públicas. Estableció una apariencia de relaciones amistosas con los notables árabes, les presentó a los visitantes extranjeros y creó una impresión general de paz y alegría. Kollek construyó más nuevos barrios israelíes en tierra árabe que cualquier otra persona en el país. Sin embargo, este maestro de la colonización recogió casi todos los premios de la paz en el mundo, excepto el Premio Nobel. Jerusalén Este se mantuvo tranquila.

Sólo pocos sabían de una directiva secreta de Kollek que instruía a todas las autoridades municipales para que se aseguren de que la población árabe - entonces el 27% - no creciera por encima de ese nivel.

Kollek fue hábilmente apoyado por Moshe Dayan, el ministro de Defensa. Dayan creía en mantener a los palestinos tranquilos, dándoles todos los beneficios posibles, excepto la libertad.

Pocos días después de la ocupación de Jerusalén Este se quitó la bandera israelí que había sido plantada por los soldados delante de la Cúpula de la Roca en el Monte del Templo. Dayan también devolvió a la autoridad de facto el poder sobre el monte a las autoridades religiosas musulmanas.

A los judíos se les permitió el acceso al complejo del templo sólo en pequeñas cantidades y sólo a los visitantes tranquilos. Se les prohibió orar allí, y eran removidos por la fuerza si se les veía mover sus labios. Podrían, después de todo, orar a sus anchas en el Muro Occidental contiguo (que es una parte de la antigua muralla exterior del complejo).

El gobierno pudo imponer este decreto a causa de un hecho religioso pintoresco: los judíos ortodoxos, tienen prohibido por los rabinos entrar en el Monte del Templo como unidad. De acuerdo con un mandato bíblico, los judíos comunes no pueden permanecer en el Santo de los Santos, sólo al sumo sacerdote le es permitido. Ya que hoy nadie sabe dónde este lugar se encuentra exactamente, los judíos piadosos no pueden entrar en todo el complejo.

Como resultado, los primeros años de la ocupación fueron una época feliz para el este de Jerusalén. Judíos y árabes se mezclaron libremente. Estaba de moda entre los judíos hacer compras en el colorido mercado árabe y cenar en los restaurantes "orientales". Yo mismo a menudo me alojaba en hoteles árabes e hice un buen número de amigos árabes.

Esta atmósfera cambió gradualmente. El gobierno y la municipalidad gastaron un montón de dinero para mejorar Jerusalén Oeste, pero se descuidaron los barrios árabes de Jerusalén Este, y se convirtieron en barrios marginales. La infraestructura y los servicios locales se deterioraron. Los permisos de nuevas construcciones para los árabes son escasos con el fin de obligar a la generación más joven a desplazarse fuera de las fronteras de la ciudad. Luego se construyó la muralla de "separación", que impide a los que están fuera entrar en la ciudad, que los aísla de sus escuelas y trabajos. Sin embargo, a pesar de todo, la población árabe creció y alcanzó el 40%.

La opresión política creció. En virtud de los acuerdos de Oslo, a los jerosolimitanos árabes se les permitió votar por la Autoridad Palestina. Pero luego se les impidió hacerlo, sus representantes fueron detenidos y expulsados ​​de la ciudad. Todas las instituciones palestinas fueron forzadas a cerrar, incluyendo la famosa Casa de Oriente, donde el gran líder admirado y amado de los árabes de Jerusalén, el difunto Faisal al-Husseini, tenía su oficina.

Ehud Olmert sucedió a Kollek y luego un alcalde ortodoxo que le importaba un comino de Jerusalén Este, excepto el Monte del Templo. Y entonces se produjo un desastre adicional. Los israelíes laicos están dejando Jerusalén, que se está convirtiendo rápidamente en un bastión ortodoxo. En su desesperación, decidieron expulsar al alcalde ortodoxo y elegir a un hombre de negocios, secular. Por desgracia, es un rabioso ultranacionalista.

Nir Barkat se comporta como el alcalde de Jerusalén Oeste y como gobernador militar de Jerusalén Este. Trata a sus súbditos palestinos como enemigos que pueden ser tolerados si obedecen en silencio, y brutalmente reprimidos si no lo hacen. Junto con el abandono de una década de los barrios árabes, el ritmo acelerado de la construcción de nuevos barrios judíos, la brutalidad policial excesiva (abiertamente alentados por el alcalde), están produciendo una situación explosiva.

La desconexión de Jerusalén con Cisjordania, su conexión natural con el interior, empeora aún más la situación.

A esto se puede añadir la terminación del llamado proceso de paz, ya que todos los palestinos están convencidos de que el este de Jerusalén debe ser la capital del futuro Estado de Palestina.

Esta situación sólo necesitaba una chispa para encender la ciudad. Esto fue debidamente proporcionado por los demagogos de derecha en la Knesset. Compitiendo por la atención y popularidad, comenzaron a visitar el Monte del Templo, uno tras otro, desatando cada vez una tormenta. Añadido a la voluntad manifiesta de ciertos fanáticos de extrema derecha religiosa para construir el Tercer Templo en el lugar de la mezquita santa de al-Aqsa y la dorada Cúpula de la Roca, fue suficiente para imponer la creencia de que los lugares sagrados estaban, de hecho, en peligro.

 

Luego llegó la espantosa venganza y asesinato de un niño árabe que fue secuestrado por judíos y quemado vivo con gasolina vertida en su boca. Individualmente, los habitantes musulmanes de la ciudad comenzaron a actuar. Desdeñando las organizaciones, casi sin armas, comenzaron una serie de ataques que ahora se llaman "la intifada de los individuos". Actuando solos, o con un hermano o un primo de su confianza, un árabe toma un cuchillo o una pistola (si puede conseguir una), o su coche, o un tractor, y mata a los israelíes más cercanos. Él sabe que va a morir.

 

Los dos primos que mataron a cuatro judíos en una sinagoga esta semana -y también a un policía árabe druso- sabían esto. También sabían que sus familias iban a sufrir, sería demolida la casa y sus familiares detenidos. No se les contradijo. Las mezquitas eran más importantes.

 

Por otra parte, el día anterior, un conductor de autobús árabe fue encontrado muerto en su autobús. Según la policía, la autopsia demostró que se había suicidado. Un patólogo árabe concluyó que fue asesinado. Ningún árabe cree a la policía, ellos están convencidos de que la policía siempre miente.

 

Inmediatamente después de la matanza de la sinagoga, el coro israelí de los políticos y comentaristas entró en acción. Lo hicieron con una unanimidad sorprendente -ministros, miembros de la Knesset, ex generales, periodistas, todos repitiendo con ligeras variaciones- el mismo mensaje. La razón de esto es simple: todos los días la oficina del primer ministro envía una "página de mensajes", instruyendo a todas las partes de la máquina de propaganda qué decir.

 

Esta vez el mensaje fue que Mahmoud Abbas era el culpable de todo, un "terrorista con traje", el líder que incita a la nueva intifada. No importa que el jefe del Shin Bet, testificó en el mismo día que Abbas no tiene conexiones ni abiertas ni encubiertas con la violencia.

 

Binyamin Netanyahu enfrenta las cámaras y con una cara solemne y voz lúgubre -él es un muy buen actor- repite una vez más lo que ha dicho muchas veces antes, cada vez pretendiendo que esta es nueva receta: más policías, los castigos más duros, la demolición de viviendas, arrestos y multas grandes para los padres de niños de 13 años de edad que se encuentran atrapados lanzando piedras, y así sucesivamente.

 

Cada experto sabe que el resultado de estas medidas tendrán exactamente resultados contrarios. Más árabes se indignarán y atacarán a hombres y mujeres israelíes. Los israelíes, por supuesto, van a "tomar venganza" y "tomarán la ley en sus propias manos".

 

Tanto para los habitantes y los turistas, caminar por las calles de Jerusalén, la ciudad que está "unida", se ha convertido en una aventura arriesgada. Muchos se quedan en casa.

 

La ciudad impía está más dividida que nunca.

 

 


 

Oriente Próximo ante el fin de la era antiBush en EEUU



www.rebelion.org/171114

El electorado estadounidense, después de entregar el Congreso a los republicanos en 2010, vuelve a castigar a un presidente Obama que sigue sin enterarse de sus porqués, dando una mayoría a los Neocon también en el Senado, entre los que se encuentran halcones como Lindsey Graham y Joni Ernst. Un Obama decaído ni intentó movilizar a su electorado, aunque fuese con más promesas huecas.

Así, la coalición de clases desfavorecidas, jóvenes y mujeres, negros e hispanos y que dieron triunfo en 2008 a su “sí, podemos”, pronto vieron cómo el “change” ha sido más de lo mismo y Obama un “Gatopardo”. Siendo de la misma clase social que Bush, ¿cómo iba a aplicar otras políticas realmente distintas? Él ofreció una imagen falsa, pensaba que no le iban a descubrir. Pues, sí, “cosecha pulgas quien no siembra soja”, dicen en su tierra.


Tuvo una sólida mayoría en ambas cámaras y no la aprovechó para aprobar leyes para crear empleo, paliar el drama de los 45 millones de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza o de los millones de desahuciados convertidos en homeless (a pesar de haber 24 casas vacías por cada persona sin hogar). En cambio, salvó a la banca, aparcando el ideal de una justicia social.


Cierto que la monumental y desastrosa herencia recibida, tanto dentro como fuera del país, junto con la fragilidad que podrá padecer un presidente negro en un país de arraigada cultura racista le hayan podido superar. Pero su problema es su ideología, fuente de las soluciones que busca a los problemas: acaba de ascender a la afroamericana Loretta Lynch como secretaria de Justicia y Fiscal General del país, pensando que aumentando el peso de los negros en la élite satisfaría a los negros descontentos y poco a poco acabaría con el racismo. Una lacra que es sólo otra manifestación de un sistema cultural que da derecho a unos a dominar y a otros a explotar.


Por eso, él no sólo ha mantenido abiertos decenas de Guantánamos esparcidos por el mundo, sino también bloqueó una investigación sobre las torturas de la CIA a los secuestrados iraquíes (por subhumana y ser “daños colaterales” de los intereses de otras personas), mientras mantenía vigente la Ley Patriot, que permite a los mismos servicios de inteligencia controlar la vida de los propios ciudadanos.


Sobre el déficit de fortaleza de su personalidad creció la campaña de acoso y derribo orquestada por los republicanos, que le acusaron de mala gestión del ébola (con sólo cuatro afectados), del conflicto de Siria e Irak, del programa nuclear de Irán, de la crisis de Ucrania, además de ser “socialista y musulmán”. Al menos podrían reconocerle el mérito de haber devuelto la hegemonía americana sobre Europa, dañada en la era de Bush.


Le han avergonzado y ridiculizado ante la opinión pública para que ni los afros volviesen a votar a un candidato negro: qué más da si el bipartidismo y sus juegos a “yin” y “yang” —dos caras de la misma moneda— están al servicio de mantener el sistema.


Obama no va a cambiar de rumbo: en su mensaje posderrota prometió más colaboración con los republicanos —que exigen menor gasto público, menos impuestos a los ricos, y más guerras— en vez de realizar reformas para el pueblo, utilizando las facultades especiales del presidente para eludir su férrea oposición a sus proyectos. Obama ya en 2012 había tirado la toalla.


¿Y ahora, qué va a pasar en Oriente?


Obama ya ha ido “bushizando” su política exterior inicial, girándose hacia posiciones del establishment, limpiando el nombre de aquel ofuscado personaje: anular la ONU, aumentar su tono contra Rusia, lanzar nuevas guerras (Sudan, Libia, Yemen, Pakistán o Siria, a veces para rematar el trabajo de Bush), convertir el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano (PNAC) de los Neocon en la Iniciativa de Política Exterior y la Fundación para la Defensa de las Democracias, mantener el “Excepcionalismo americano” o burlarse del derecho internacional en Libia o en Siria han sido parte del trasfondo de sus estrategias políticas.


Es más, podrá contar con el apoyo republicano para reocupar Irak con tropas terrestres (acaba de enviar a 1500 militares). Los halcones tampoco son suicidas: el año pasado, se opusieron a equipar con armas avanzadas a los “rebeldes” sirios, o que su gran figura George Bush llegó a impedir en 2008 que Israel bombardeara una planta nuclear iraní. Además, a dos años de las elecciones no les conviene retratarse con políticas demasiadas agresivas.


Obama, al contrario de sus adversarios, que martillo en mano piensan que todo es clavo, utiliza hábilmente la diplomacia, sanciones económicas, sabotajes, banderas falsas, asesinatos selectivos, etc. para conseguir los mismos objetivos, liderando las nuevas conquistas por atrás y utilizando la alta tecnología para reducir costes y daños a su régimen, como el uso de ciberguerra, estrenado en 2010 con el virus “Stuxnet” contra una central nuclear iraní.


Este giro hoy se refleja en los siguientes puntos:


– Bombardear Siria sin la autorización de la ONU (como Bush en Irak). Ha resucitado el proyecto “Nuevo Oriente Medio”, declarando sin ninguna autoridad legal el fin del acuerdo Sykes-Picot de 1916, que diseñó el mapa actual de la región.


– Ampliar la invasión militar desde Irak y Siria al resto de la región. No es casualidad que en sus últimos discursos utilice las siglas “ISIL” —Estado Islámico de Irak y del Levante (que incluye Turquía, Palestina, Jordania y Egipto)— en vez de “ISIS”, refiriéndose sólo a Irak y Siria.


– Afirmar de repente y a través de Samantha Power, su embajadora ante la ONU, que Assad “alberga armas químicas no declaradas (recuerda a Bush y las “armas” de Saddam). ¿Significa el fin de Assad y de Siria como Estado, programado desde el 2005? Quizás el derribo de un cazabombardero estadounidense en el cielo sirio, cometido supuestamente por Damasco, haga de catalizador. La agresión a Siria sigue teniendo 12 objetivos y ocho consecuencias.


– Adoptar la “guerra preventiva” de Bush. Entre afirmar que “la seguridad de EEUU no está amenazada” por el Estado Islámico a que lo está sólo pasaron unas semanas. Luego empezaron los bombardeos sobre gentes y ciudades de Irak y Siria.


Triunfo de Israel


El líder israelí, junto con los de Turquía y los jeques árabes celebran la derrota de Obama. Netanyahu ya puede desafiar al presidente de EEUU en su propia casa.


Los proisraelíes, también durante la Presidencia de Obama, han dominado la política exterior de EEUU en Oriente Próximo y Norte de África. “Aquí mando yo”, ha sido el mensaje de Tel Aviv a Washington en numerosas ocasiones. Manda tanto que el primero de los motivos (reales) por los que EEUU derrocó a Saddam Hussein fue por Israel, que no por salvar los intereses de EEUU. Lo reveló en 2004 Philip Zelikow, entonces asesor de Bush.


Los israelíes no le perdonan haber omitido en sus discursos el compromiso de defenderles militarmente; en su lugar le ha ayudado a protegerse con una “cúpula de hierro” y con armas de última generación con las que podrá resguardarse de las piedras y los petardos lanzados por los palestinos.


Hoy, y una vez enterrado el proyecto de paz de Obama bajo las últimas bombas que arrancaron la vida de cerca de 2.000 gazatíes, Israel va a sabotear las negociaciones nucleares entre Irán-EEUU. Filtrar la carta secreta enviada por Obama a Ali Jamenei, en la que le invita a cooperar sobre los intereses comunes en la región, ha sido un duro golpe al equipo del presidente estadounidense, que enseguida intentó arreglarlo, amenazando a Teherán con que no va a renovar el plazo del fin de las negociaciones sobre su programa nuclear del 24 de noviembre.


Preocupación en Irán


Las negociaciones entre Teherán y Washington aún no han dado ningún fruto, ni acuerdo, debido sobre todo a la presión e intransigencia de los “radicales” de ambos lados. El nuevo panorama en EEUU y el aumento de la tensión en la región complica esta sensible situación. Ahora, ambos gobiernos, a pesar de que necesitan una victoria en materia nuclear, se acusan mutuamente de patrocinar el terrorismo y enturbian el clima del dialogo.

La prioridad de Obama en la política exterior sigue siendo conseguir un acuerdo con Irán, sin usar la fuerza militar. Ambos gobiernos tienen prisa: Obama lo necesita antes de que en enero los senadores tomen posición y propongan aumentar las sanciones contra Irán —que incluirán control sobre los misiles iraníes, inspecciones exhaustivas a los centros militares o la situación de derechos humanos—, para así forzarle a abandonar las negociaciones y convertirse por ello en la “principal amenaza planetaria”. Los mandatarios de Irán, por su parte, piden que se levanten los castigos impuestos por la ONU, EEUU y la Unión Europea, que han hundido la economía del país.


A Teherán y Washington les conviene llegar a un acuerdo global, aunque sea provisional para en el futuro ir determinando los detalles.


Pero también es posible que Obama deje de intentarlo, pensando que un acuerdo con Irán satisfaría sólo a una minoría de los círculos políticos y en cambio enfurecería a ambas cámaras, Israel y Arabia Saudí, y sus lobbies. Tiene en cuenta que la opinión pública por décadas de propaganda es iranófoba y está más inclinada hacia los republicanos, o que las cámaras pueden derogar cualquier acuerdo firmado sólo por el presidente una vez que él se marche. Por si no fuera bastante compleja esta situación, allí también están las petroleras deseando entrar en el mercado iraní.


Y, si no alcanzan el acuerdo, ¿qué? Nada, sólo una profunda y amplia catástrofe para el mundo.