Resumen
Este
ensayo examina los aportes cardinales de Jeremy Bentham a la filosofía moral y
política, con énfasis en la construcción del utilitarismo clásico, su programa
de reforma legislativa y su método hedonista de evaluación normativa. Se
reconstruyen su formación académica y su horizonte intelectual, se exponen sus
tesis sobre el principio de la mayor felicidad, el cálculo del placer y del
dolor, la universalidad e imparcialidad del punto de vista moral y la función
de la legislación como ingeniería social. El trabajo contrasta las hipótesis
psicológicas benthamianas —según las cuales la acción humana se orienta por la
búsqueda del placer y la evitación del dolor— con objeciones contemporáneas, y
valora su legado en ética normativa, economía del bienestar, derecho y
políticas públicas. Se cierra con conclusiones prácticas para comunidades
eclesiales del siglo XXI, destacando el diálogo prudencial entre caridad,
justicia social y evaluación consecuencial de impactos. (Crimmins, 2017, 1;
Bentham, 1789/2000, 2; Dinwiddy, 1989, 3)
Palabras
claves: Utilitarismo;
mayor felicidad; cálculo hedonista; reforma legislativa; bienestar;
imparcialidad; ética normativa; políticas públicas.
Abstract
This essay
surveys Jeremy Bentham’s major contributions to moral and political philosophy,
focusing on classical utilitarianism, legislative reform, and the hedonistic
calculus. It situates Bentham’s academic and intellectual formation, expounds
his theses on the principle of the greatest happiness, the calculus of
pleasures and pains, the universal and impartial moral point of view, and law
as social engineering. It evaluates Bentham’s psychological hedonism against
contemporary objections and assesses his impact on normative ethics, welfare
economics, law, and public policy. The essay concludes with practical
recommendations for twenty-first-century ecclesial communities regarding the
prudent integration of charity, social justice, and outcome-sensitive reasoning.
Keywords: Utilitarianism;
greatest happiness; hedonic calculus; legislation; welfare; impartiality;
normative ethics; public policy.
Metodología
Se
realizó una revisión bibliográfica selectiva de fuentes académicas indexadas
(Scopus, Dialnet, Latindex, Google Académico), privilegiando ediciones críticas
y estudios monográficos.
Se
implementó un análisis exegético de textos primarios (principalmente An
Introduction to the Principles of Morals and Legislation) y contraste con
intérpretes.
La
evaluación aplicada fue la crítica comparada, articulando argumentos a favor y
en contra del psicologismo hedonista y del consecuencialismo actitudes.
Se
aplicó una normativa de las derivaciones e implicaciones prácticas para
comunidades eclesiales y civiles.
Objetivo
general
Analizar
sistemáticamente los aportes de Jeremy Bentham a la ética y la filosofía
política, clarificando su vigencia y límites para la teoría moral contemporánea
y para la praxis social de comunidades de fe.
Objetivos
específicos
1.
Describir
la formación académica, filosófica y política de Bentham.
2.
Exponer
sus tesis centrales: utilitarismo, principio de la mayor felicidad, cálculo
hedonista, universalidad e imparcialidad, y programa de reforma legislativa.
3.
Examinar
críticamente su hipótesis psicológica del placer y el dolor.
4.
Evaluar
la influencia benthamiana en ética normativa, economía del bienestar, derecho y
políticas públicas.
5.
Proponer
orientaciones prácticas para la vida eclesial del siglo XXI.
Contenido
¿Quién
fue Jeremy Bentham? (1748–1832).
Fue
jurista y filósofo inglés, pionero del utilitarismo, movimiento que redefine la
normatividad moral y legal a partir del criterio del bienestar social agregado.
Polímata
precoz, ingresó en Queen’s College, Oxford, a los doce años y fue llamado al
Colegio de Abogados de Lincoln’s Inn, aunque orientó su vida a la teoría del
derecho y a la reforma institucional.
Escribió
sobre codificación legal, prisiones (el Panopticon), administración pública,
libertad de prensa y sufragio, proponiendo una democratización gradual y el
desmontaje de privilegios corporativos.
Su
círculo londinense influyó decisivamente en economistas (James Mill),
reformadores legales y administradores coloniales. (Crimmins, 2017).1;
Cf. (Dinwiddy, 1989).3
Su
Formación académica, filosófica y política
En
lo Académico: Oxford le
ofreció una sólida base clásica, pero Bentham fue autodidacta radical; estudió
derecho civil y common law, química y economía política. La decepción con el
formalismo jurídico consuetudinario catalizó su proyecto de codificación
racional. (Dinwiddy, 1989).3
En
lo Filosófico: heredó
la psicología asociacionista británica (Hume, Hartley) y la releyó en clave
hedonista; asumió el empirismo metodológico y desconfió de entidades morales
abstractas (como “derechos naturales”), llamándolas “nonsense upon stilts”.
(Bentham, 1843/1962).5
En
lo Político:
utilitarismo legislativo, secular y laico; reforma constitucional (sufragio más
amplio, voto secreto), libertad de prensa, transparencia administrativa,
separación de poderes funcional a la maximización del bienestar. (Rosen, 2003).4;
Cf. (Dinwiddy, 1989).3
Su
Posturas filosóficas fundamentales
3.1.
El utilitarismo
Bentham
formula el utilitarismo como principio soberano según el cual la rectitud de
las acciones, reglas e instituciones depende de su tendencia a promover la
mayor felicidad del mayor número, entendida como saldo neto de placer sobre
dolor.
Su
utilitarismo es agregativo, cuantitativo y secular: los bienes son
conmensurables por referencia a experiencias de placer y sufrimiento. (Bentham,
1789/2000).2; Cf. (Rosen, 2003).4
Bentham
concibe el utilitarismo como una técnica pública de decisión antes que como una
intuición moral privada: exige traducir fines difusos en comparaciones
explícitas de consecuencias mediante el cálculo felicífico y la publicidad de
razones, de modo que cualquier regla o institución pueda ser auditada por su
contribución al bienestar agregado.
Su
agregativismo supone que placeres y dolores, aunque heterogéneos, son
conmensurables a través de dimensiones como intensidad y duración, lo que
habilita jerarquizar políticas según su rendimiento social neto; su
cuantitativismo rechaza jerarquías axiológicas “de calidad” no verificables,
defendiendo que toda preferencia pesa en tanto afecte estados de
placer/sufrimiento; y su laicidad metodológica prescinde de fundamentos
teológicos o derechos naturales prepolíticos, remitiendo la validez normativa a
efectos empíricos en seres sintientes.
De
ahí se deducen rasgos institucionales: codificación clara para alinear
incentivos, proporcionalidad de sanciones por su capacidad disuasoria y
rehabilitadora, y diseño de políticas bajo reglas generales que minimicen
arbitrariedad.
Las
objeciones clásicas —medición imperfecta, comparabilidad interpersonal,
posibles sacrificios de minorías— son enfrentadas, en la tradición
utilitarista, con estrategias de segundo orden: incorporar derechos como reglas
de utilidad a largo plazo, umbrales de protección, y procedimientos
participativos que mejoren la información sobre preferencias y sufrimientos
efectivos, manteniendo la brújula consecuencial de reducir daños y ampliar
oportunidades de bienestar para todos. (Bentham, 1789/2000).2;
Cf. (Rosen, 2003).4
3.2.
Sobre sus Principios de la moral y la legislación (1789).
En
su obra mayor, Bentham establece la arquitectura de una ciencia práctica que
unifica ética privada, ética pública y jurisprudencia.
El
texto distingue:
(a)
fundamentos psicológicos;
(b)
un cálculo para medir consecuencias;
(c)
un catálogo de sanciones (físicas, políticas, morales, religiosas); y
(d)
la articulación entre deber y utilidad, donde el derecho es instrumento para
alinear intereses individuales con el interés general. (Bentham, 1789/2000).2
3.3.
Sobre el cálculo del placer y del dolor.
Bentham
propone un “cálculo felicífico” basado en dimensiones como intensidad,
duración, certeza, proximidad, fecundidad, pureza y extensión. En principio,
este cálculo guía al legislador y, con prudencia, al agente moral.
El
método introduce una métrica comparativa para diseñar sanciones y recompensas,
estabilizar expectativas y reducir arbitrariedades del juez.
Sus
críticos señalan límites de la mensuración y problemas de comparabilidad
interpersonal, pero su núcleo inspira la economía del bienestar y el análisis
costo-beneficio. (Bentham, 1789/2000).2; Cf. (Rosen, 2003).4
Más
allá del inventario de “circunstancias” del placer y del dolor, el cálculo
felicífico aspira a operacionalizar decisiones en contextos reales incorporando
tres movimientos: primero, desagrega consecuencias directas e indirectas en
horizontes temporales distintos (proximidad y fecundidad), evitando sesgos de
corto plazo; segundo, pondera riesgos y grados de incertidumbre
(certeza/pureza) mediante estimaciones probabilísticas que permiten comparar
políticas bajo escenarios, prefigurando el análisis costo‑beneficio; tercero, incorpora la
“extensión” como regla de imparcialidad, exigiendo contar igualmente a todos
los afectados y haciendo visible el impacto sobre minorías dispersas que suelen
quedar fuera del juicio intuitivo.
En
la práctica, Bentham sugiere escalas ordinales y reglas de decisión aproximadas
cuando la cuantificación cardinal es inviable, así como la publicidad de las
razones para sujetar el cálculo al escrutinio colectivo, reduciendo la
discrecionalidad judicial y legislativa.
Aunque
persisten problemas de comparabilidad interpersonal y de agregación de bienes
heterogéneos, la respuesta utilitarista consiste en usar indicadores múltiples
(salud, ingreso, dolor auto‑reportado)
y pruebas de robustez, e incorporar derechos y garantías como restricciones de
primer orden que, por su utilidad a largo plazo, limitan sacrificios locales en
aras del total, orientando el diseño institucional hacia reducciones sostenidas
de sufrimiento evitable. (Bentham, 1789/2000).2; Cf. (Rosen,
2003).4
3.4.
Sobre el Principio de la mayor felicidad.
El
criterio supremo exige imparcialidad: cada persona cuenta por una, y nadie por
más de una. Esta cláusula niveladora enfatiza la simetría moral y rechaza
privilegios de casta, estamento o credo.
También
justifica reformas distributivas y políticas públicas orientadas a la reducción
del sufrimiento evitable. (Bentham, 1789/2000).2; Cf. (Crimmins,
2017).1
El
principio de la mayor felicidad no solo impone una suma imparcial de beneficios
y cargas; también prescribe un punto de vista público que obliga a integrar
tres exigencias: prioridad al sufrimiento más intenso y evitable (por su mayor
peso marginal en el saldo de utilidad), igualdad de consideración sin importar
identidad o estatus, y temporalidad extendida para capturar efectos de segunda
y tercera ronda en el bienestar colectivo.
Esta
tríada convierte al principio en una norma de diseño institucional: exige
reglas generales y transparentes, mecanismos de participación que revelen
preferencias y padecimientos invisibilizados, y métricas distributivas
sensibles a la disminución del dolor grave antes que a incrementos triviales de
placer.
En
clave legislativa, la mayor felicidad funge como test de proporcionalidad y no
dominación: una política es preferible si reduce la suma ponderada de daños,
especialmente entre los peor situados, y lo hace sin instaurar privilegios
estructurales.
Así,
lejos de un mero agregado numérico, la imparcialidad benthamiana articula una
ética del reconocimiento simétrico que, en la práctica, demanda desprivilegiar
a grupos hegemónicos cuando ello disminuye sufrimientos netos y expande
capacidades de vida para todos. (Bentham, 1789/2000).2; Cf. (Crimmins,
2017).1
3.5.
Sobre el tema de la Universalidad e imparcialidad.
La
“universalidad” en Bentham refiere a la extensión de la consideración moral a
todos los afectados, sin sesgos de rango, procedencia o adscripción religiosa;
la “neutralidad” se traduce en reglas generales y públicas, testables
empíricamente por sus consecuencias. De ahí su crítica al derecho natural
abstracto en favor de garantías positivas articuladas en códigos.
Más
allá de la crítica a los “derechos naturales” como retórica vacía, la
universalidad e imparcialidad benthamianas constituyen un método de gobierno de
la razón práctica: toda reclamación normativa debe formularse como regla
generalizable, abierta al escrutinio público, y justificable por sus efectos
sobre cualquier sujeto capaz de placer y dolor, incluidos —en línea con
intuiciones proto‑animalistas—
los animales no humanos cuando su sufrimiento es relevante.
Esta
neutralidad exige despersonalizar la decisión: el legislador no pondera
identidades, sino estados de bienestar comparables bajo criterios explícitos; y
la universalidad obliga a evitar excepciones ad hoc que reinstalen privilegios.
Por
eso Bentham prefiere garantías positivas codificadas —derechos como
dispositivos institucionales que, por su utilidad sostenida, limitan el poder y
reducen daños— frente a apelaciones metafísicas: al ser precisas y auditables,
dichas garantías permiten medir cumplimiento, ajustar políticas y corregir
sesgos de clase, religión o nación.
En
suma, la universalidad no es un eslogan igualitarista, sino una arquitectura de
reglas públicas que maximiza previsibilidad y controla la arbitrariedad,
anclando la legitimidad en consecuencias verificables y no en fundamentos
teológicos o tradicionales. (Bentham, 1843/1962).5; Cf. (Dinwiddy,
1989).3
3.6.
En el tema de la Reforma social y la legislación.
La
legislación es ingeniería social: su tarea es maximizar el bienestar social
mediante incentivos, sanciones y provisiones institucionales.
Bentham
promueve: codificación penal proporcional, prisiones orientadas a la disuasión
y reforma, transparencia gubernamental, libertad de prensa, ampliación del
sufragio, racionalización administrativa y evaluación de políticas por
resultados.
Aunque
su Panopticon suscita debates sobre vigilancia, su intención fue reducir
sufrimientos y costos sociales.
Para
Bentham, reformar es traducir el principio de utilidad en arquitectura
institucional verificable: de ahí su insistencia en la codificación exhaustiva
—para reemplazar el casuismo del Common law por reglas claras y previsibles—,
en la proporcionalidad de penas calibradas por su capacidad marginal de
disuasión, y en dispositivos de control público como la publicidad de los actos
de gobierno y el escrutinio de la prensa, concebidos como “sanciones morales”
que alinean intereses privados con el interés general.
El
Panopticon, más que un elogio de la vigilancia por sí misma, buscaba un diseño
de supervisión de bajo costo que hiciera probable la detección de
incumplimientos y, por tanto, redujera la severidad necesaria de los castigos,
priorizando la reforma del infractor y la eficiencia social; en términos
modernos, anticipa incentivos compatibles y evaluación ex ante/ex post de
políticas mediante indicadores de reducción de daño.
En
el plano constitucional, su defensa del sufragio más amplio y del voto secreto
pretendía minimizar la captura oligárquica y la corrupción, mientras que su
propuesta de administración racionalizada y salarios adecuados para
funcionarios apuntaba a reducir rentas y “oficinas sine cura”.
Este
programa integra una ética pública de consecuencias con garantías positivas y
mecanismos de transparencia que, combinados, buscan institucionalizar la
imparcialidad y contener la arbitrariedad, haciendo de la ley un instrumento
continuo de mejora del bienestar colectivo. (Dinwiddy, 1989).3;
(Rosen, 2003).4
Sobre
la motivación humana: placer y dolor
La
hipótesis central: “la naturaleza ha puesto a la humanidad bajo el
gobierno de dos soberanos: el dolor y el placer”, sostiene un
psicologismo hedonista descriptivo y un fundamento normativo: lo deseable
es lo que, al maximizarlo, reduce sufrimiento y aumenta bienestar.
Críticos
deontologistas y perfeccionistas objetan que esta psicología simplifica
motivaciones como deber, virtud o amor gratuito. Respuestas utilitaristas
distinguen entre motivos próximos y consecuencias: el amor y el deber tienen
valor instrumental y, a menudo, intrínseco porque producen estados valiosos y
prácticas confiables.
La
madurez del utilitarismo posterior (por ejemplo, reglas, bienes superiores)
matiza la linealidad hedonista, pero conserva la brújula consecuencial: evaluar
por impactos en vidas sentientes.
La
tesis hedonista de Bentham combina una descripción motivacional y un criterio
axiológico, pero admite sofisticaciones que evitan el reduccionismo: primero,
distingue entre “fuentes” del placer/dolor (físicas, morales, políticas,
religiosas) y reconoce que prácticas como el cumplimiento del deber, la
veracidad o la caridad generan placeres de segunda orden —estabilidad,
confianza, autorrespeto— cuya fecundidad supera gratificaciones inmediatas;
segundo, introduce la noción de hábitos y expectativas sociales como
estructuras que median los motivos, de modo que educar deseos y moldear
instituciones altera el paisaje motivacional y hace más probable la cooperación
virtuosa; tercero, explica la aparente “no hedonicidad” de actos sacrificiales
mostrando que, en horizonte extendido, reducen sufrimientos agregados y
producen satisfacciones profundas ligadas a identidades y vínculos, por lo que
su valor no es meramente instrumental sino constitutivo del bienestar humano.
Así,
el hedonismo benthamiano no niega la realidad de motivos como deber o amor,
sino que los integra como contenidos estables de una vida buena y como reglas
de utilidad a largo plazo, compatibles con salvaguardas de derechos y con una
evaluación pública de consecuencias que centre la protección de seres
sentientes frente al daño evitable. (Bentham, 1789/2000).2; Cf. (Rosen, 2003).4
Su
Impacto en ética y filosofía moral contemporánea
Citaremos
4 temas que a nuestro criterio impactaron las teorías de J. Bentham:
1.
En la Ética normativa:
Bentham fija el arquetipo del consecuencialismo; su legado se proyecta en
variantes de utilitarismo de acto y de regla, y en teorías de bienestar
subjetivo y preferencial.
El
impacto de Bentham en la ética normativa radica en haber cristalizado el
consecuencialismo como familia de teorías que evalúan la corrección moral por
resultados agregados, ofreciendo un criterio operativo —la utilidad— y un
método —el cálculo felicífico— que podían guiar tanto la elección individual
como el diseño institucional; esta arquitectura conceptual permitió, primero,
el desarrollo del utilitarismo de acto, que juzga caso por caso según el mejor
saldo de bienestar, y, luego, la transición al utilitarismo de regla, que
justifica reglas estables cuando su seguimiento general produce mejores
consecuencias a largo plazo al reducir errores, sesgos y costos de
deliberación.
A
la vez, su hedonismo cuantitativo abrió la senda para teorías del bienestar más
finas: el utilitarismo de preferencias, que sustituye el placer por la
satisfacción informada de deseos, y los enfoques subjetivos contemporáneos que
emplean medidas auto‑reportadas
de bienestar y “preferencias reveladas” para fundamentar juicios normativos sin
recurrir a bienes objetivos controvertidos.
En
conjunto, estas derivaciones muestran que el marco benthamiano no es un dogma
estático, sino un programa de investigación normativo que ha generado criterios
de decisión, restricciones institucionales y métricas evaluativas hoy centrales
en la filosofía moral aplicada y en la evaluación de políticas públicas. (Rosen,
2003).4
2.
En la Economía del bienestar y políticas públicas: la idea de agregación y comparabilidad
inspiró el análisis costo-beneficio, la economía de la felicidad y métricas de
utilidad, aunque los avances axiológicos (Arrow, Sen) señalan límites de
agregación consistente.
La
huella benthamiana en la economía del bienestar es doble: metodológica y
metrológica.
Metodológicamente,
su idea de sumar placeres y dolores bajo criterios explícitos anticipa el
análisis costo‑beneficio
moderno, que convierte efectos multidimensionales en una métrica común
(utilidad monetizada o índices de bienestar) para comparar proyectos y políticas;
metrológicamente, su conmensurabilidad hedonista inspira tanto las funciones de
bienestar social como los indicadores subjetivos de felicidad y dolor auto‑reportado, hoy usados en evaluaciones ex
ante y ex post.
Sin
embargo, los teoremas de imposibilidad de Arrow y las críticas de Sen muestran
límites estructurales: no existe una regla de agregación que, respetando
desiderata básicos (no dictadura, Pareto, independencia de alternativas
irrelevantes), traduzca preferencias individuales en un orden social sin pérdida
normativa; además, el bienestar no se reduce a utilidad cardinal: importa la
distribución, las capacidades reales y los derechos, lo que obliga a incorporar
pesos distributivos, umbrales y restricciones de procedimiento.
En
la práctica, la herencia benthamiana se mantiene mediante funciones de
bienestar con aversión a la desigualdad, análisis de sensibilidad, paneles de
indicadores (salud, capacidad, satisfacción vital) y test de proporcionalidad
que equilibran eficiencia con equidad y derechos, preservando el ideal de
decisión pública orientada a la reducción del sufrimiento evitable bajo
transparencia y rendición de cuentas. (Rosen, 2003).4
3.
En la Filosofía del derecho:
impulso a la codificación, legalidad, publicidad de las normas y
proporcionalidad penal; germen del positivismo jurídico analítico.
El
proyecto jurídico de Bentham inaugura una racionalidad legal orientada por
fines públicos y reglas claras: su crítica al Common law como “dog‑law” denunció la imprevisibilidad y el
poder discrecional de jueces, proponiendo en su lugar la codificación
exhaustiva para asegurar legalidad, publicidad y accesibilidad de las normas;
esta arquitectura reduce costos de cumplimiento, limita arbitrariedades y
alinea expectativas, condiciones necesarias para evaluar consecuencias y
maximizar bienestar.
En
materia penal, defendió la proporcionalidad de las penas según su eficacia
marginal disuasoria, oponiéndose tanto a la crueldad inútil como a la
indulgencia ineficaz, y articuló un sistema de sanciones graduadas (físicas,
morales, políticas, religiosas) subordinadas a la utilidad social.
Estas
tesis, junto con su rechazo a fundamentos metafísicos (derechos naturales) en
favor de garantías positivas y su insistencia en la separación entre lo que es
derecho y lo que debería serlo, constituyen el humus del positivismo jurídico
analítico que florecerá en el siglo XIX (influenciando a Austin y, más tarde, a
Hart): una teoría del derecho que distingue validez de mérito y que evalúa el
sistema jurídico por su capacidad institucional de promover fines colectivos
bajo reglas generales y públicas. (Dinwiddy, 1989). 3
4.
En la Bioética y expansión moral:
el criterio de sufrimiento sustentó la consideración moral de animales no
humanos y agendas de reducción de daños.
La
célebre pregunta de Bentham —“La cuestión no es, ¿pueden razonar?, ni ¿pueden
hablar?, sino ¿pueden sufrir?”— desplaza el umbral de la consideración moral
desde la racionalidad a la capacidad de sentir dolor, abriendo la puerta a una
comunidad moral ampliada que incluye a los animales no humanos y a cualquier
ser sentiente; esta intuición sentocéntrica, aunque embrionaria en su obra,
prefigura debates contemporáneos en bioética sobre bienestar animal,
experimentación, alimentación y conservación, y nutre programas de “reducción
de daños” que priorizan disminuir sufrimientos evitables por sobre la
persecución de ideales perfectistas.
En
clínica y salud pública, el marco utilitarista justifica políticas de
minimización de riesgos (p. ej., intercambio de jeringas, tratamientos
sustitutivos, cuidados paliativos) y evaluación de intervenciones por su efecto
neto en calidad y cantidad de vida, integrando métricas como AVAC/AVAD y
reportes de dolor y bienestar subjetivo.
En
el plano normativo, esta expansión moral cuestiona fronteras rígidas de estatus
y respalda umbrales de protección para sujetos vulnerables (niños,
discapacitados, pacientes no competentes), mientras que, en el ámbito de la
investigación, impulsa principios 3R (reemplazar, reducir, refinar) y
escrutinios éticos basados en balance de beneficios y daños.
Así,
el legado benthamiano contribuye a una bioética pragmática, compasiva y
comparativa, que somete prácticas a la prueba pública de sus consecuencias
sobre el sufrimiento y el bienestar de todos los seres capaces de sentir. (Crimmins,
2017).1
Consideraciones
críticas y síntesis
Ventajas: claridad metódica, orientaciones
verificables, sensibilidad a resultados, antielitismo moral. Límites: medición
imperfecta de bienes, riesgos de sacrificar derechos en escenarios extremos,
problemas de justicia distributiva y de integridad personal.
Una
lectura equilibrada integra salvaguardas institucionales (derechos como reglas
de utilidad a largo plazo), umbrales de respeto y procedimientos deliberativos
que internalicen externalidades morales.
Una
evaluación sobria del legado benthamiano reconoce que su fuerza reside en
convertir la moral en un programa público de razón práctica—con criterios,
métricas y rendición de cuentas—, pero que su aplicabilidad responsable exige
“constitucionalizar” la utilidad con límites y procedimientos.
Por
un lado, la claridad metódica, la verificabilidad y el anti-elitismo corrigen
sesgos intuicionistas y privilegios; por otro, la agregación desnuda puede
colisionar con derechos y con la equidad cuando beneficios pequeños y dispersos
para mayorías derrotan daños graves a minorías, o cuando la maximización
erosiona compromisos de integridad personal.
La
síntesis razonable consiste en incorporar salvaguardas institucionales:
derechos y libertades básicas como reglas de utilidad a largo plazo que operan
como restricciones de primer orden; umbrales de respeto que prohíben ciertos sacrificios,
aunque aumenten el saldo local de bienestar; y procedimientos deliberativos que
amplían la información sobre sufrimientos, revelan externalidades morales y
legitiman la decisión colectiva.
Complementariamente,
funciones de bienestar con aversión a la desigualdad, análisis de sensibilidad
y evaluaciones ex ante/ex post permite reconciliar la brújula consecuencial con
exigencias distributivas y de dignidad, preservando la orientación a resultados
sin renunciar a garantías que sostienen la confianza social y la cooperación en
el tiempo. (Rosen, 2003).4; Cf. (Bentham, 1789/2000).2
Conclusiones
prácticas para la vida de las personas en la Iglesia del siglo XXI
a)
Discernimiento
por consecuencias:
además del deber evangélico, evaluar impactos concretos de acciones pastorales
y caritativas en términos de alivio del sufrimiento y promoción del bienestar
integral.
b) Imparcialidad activa: “cada persona cuenta por una” sugiere
priorizar a los más vulnerables en la distribución de tiempo, recursos y
cuidado, con criterios públicos y auditables.
c) Transparencia y rendición de cuentas: publicar objetivos, métricas y
resultados de proyectos sociales; aprender de la evidencia y corregir rumbos.
d) Reducción de daños: en contextos complejos (adicciones,
pobreza urbana, migraciones), privilegiar políticas que minimicen sufrimientos
evitables, aun si no alcanzan el ideal perfecto inmediato.
e)
Dignidad
y límites: combinar la
brújula del bien común con salvaguardas de derechos fundamentales, evitando
instrumentalizar a personas por fines mayores. (Rosen, 2003).4;
Cf. (Dinwiddy, 1989).3
Referencias
bibliográficas
1.
Crimmins, J. E. (2017). Jeremy Bentham. In E. N. Zalta (Ed.), The Stanford
Encyclopedia of Philosophy (Fall 2017 ed.). Metaphysics Research Lab, Stanford
University. https://plato.stanford.edu/entries/bentham/ (pp. 1–35).
2. Bentham, J.
(2000). An Introduction to the Principles of Morals and Legislation (J. H.
Burns & H. L. A. Hart, Eds.; authoritative 1789 text). Oxford University
Press. (pp. 1–120).
3. Dinwiddy, J.
R. (1989). Bentham. Oxford University Press. (pp. 3–25; 95–132).
4. Rosen, F.
(2003). Classical Utilitarianism from Hume to Mill. Routledge. (pp. 45–84; 121–168).
5. Bentham, J. (1962). Anarchical Fallacies; being an examination of the Declaration of Rights. In The Works of Jeremy Bentham (Vol. 2, pp. 489–534). Russell & Russell. (Original work published 1843).
Por: Rev. Pbro. Manning
Maxie Suárez +
Docente Universitario
Email: manningsuarez@gmail.com
Orcid: https://orcid.org/0000-0003-2740-5748
Google Académico:
https://scholar.google.es/citations?hl=es&pli=1&user=uDe1ZEsAAAAJ
Resumen
Este
ensayo presenta un análisis integral de Immanuel Kant, filósofo alemán cuya
obra ha marcado un parteaguas en la ética y la filosofía política. Se revisa su
biografía intelectual, su contexto histórico y académico, y las bases de su
pensamiento crítico, que buscó superar las tensiones entre racionalismo y
empirismo. Posteriormente, se estudian sus aportes a la filosofía moral, en
particular su defensa de una ética deontológica, fundada en la autonomía de la
razón práctica y en el imperativo categórico como principio regulador.
Asimismo, se examina cómo sus postulados no solo impactaron en la ciencia y la
política moderna, sino que también ofrecen claves vigentes para la praxis ética
contemporánea, incluidas las reflexiones dentro de la Iglesia en el siglo XXI,
en torno a la dignidad, la libertad y la universalidad de los principios
morales.
Palabras
claves: Immanuel Kant;
ética deontológica; filosofía moral; política; motivación ética; imperativo
categórico; dignidad humana.
Abstract
This essay
provides a comprehensive analysis of Immanuel Kant, a German philosopher whose
work profoundly influenced ethics and political philosophy. It explores his
intellectual biography, historical and academic background, and critical
philosophy, designed to overcome the tension between rationalism and
empiricism. The analysis focuses on his contributions to moral philosophy,
particularly his defense of deontological ethics, grounded in the autonomy of
practical reason and the categorical imperative as a universal principle.
Finally, it reflects on the impact of Kant’s thought on modern science,
politics, and contemporary moral philosophy, as well as its relevance for the
Christian Church in the 21st century, especially concerning human dignity,
freedom, and the universality of moral principles.
Keywords
Immanuel Kant; deontological ethics; moral philosophy; political philosophy; categorical imperative; human dignity.
Metodología
Se
empleó una metodología hermenéutico-crítica, con tres niveles de análisis:
1.
Descriptivo: reconstrucción de la vida, formación y contexto de Kant a partir
de fuentes historiográficas y filosóficas.
2.
Analítico: estudio de sus categorías éticas fundamentales, con énfasis en la
motivación moral, el deber y el imperativo categórico.
3.
Reflexivo-aplicativo: diálogo entre la ética kantiana y los desafíos
contemporáneos en el siglo XXI.
4.
Las fuentes utilizadas provienen de bases académicas reconocidas (Scopus,
Latindex, Google Scholar, Dialnet y textos del Vaticano), priorizando artículos
indexados y ediciones críticas de Kant.
Objetivo
general
Analizar
de manera profunda el pensamiento ético-político de Immanuel Kant y su impacto
en la filosofía contemporánea, estableciendo aplicaciones concretas para el
siglo XXI.
Objetivos
específicos
1.
Reconstruir
la trayectoria vital y formativa de Kant en su contexto histórico y cultural.
2.
Examinar
su contribución a la ética deontológica, diferenciándola de las éticas
consecuencialistas.
3.
Analizar
las formulaciones del imperativo categórico y su dimensión universal.
4.
Reflexionar
sobre la vigencia de estos principios para el debate ético-político actual.
5.
Aplicar
los hallazgos kantianos a la praxis de la filosofía moral del siglo XXI.
Contenido
1.
¿Quién fue Immanuel Kant?
Immanuel
Kant nació en 1724 en Königsberg, entonces perteneciente a Prusia Oriental, en
el seno de una familia modesta influenciada por el pietismo protestante. El
pietismo enfatizaba la vida devota y la práctica de la moralidad cristiana en
la cotidianeidad, lo cual marcó en Kant una sensibilidad hacia la interioridad
ética más allá de las apariencias externas.
Su
vida estuvo marcada por un equilibrio entre rigor académico y una sorprendente
constancia personal: Kant rara vez salió de su ciudad natal, pero sus ideas
trascendieron fronteras y épocas (Cassirer, 1981, p. 21).1
Este
contexto moldeó en Kant una visión donde la fe y la razón no necesariamente se
excluían, aunque él buscó fundamentar lo moral en principios puramente
racionales. Su figura ilustra cómo la cultura ilustrada del siglo XVIII buscaba
emancipar la razón de tutelas externas, sin por ello dejar de dialogar con la
tradición religiosa.
2.
Su formación académica y filosófica
Kant
estudió en la Universidad Albertina de Königsberg. Inicialmente, fue influido
por el racionalismo de Christian Wolff, heredero de Leibniz, pero pronto se
encontró con los desafíos del empirismo inglés, especialmente a partir de las
obras de David Hume.
El
escepticismo de Hume respecto a las nociones de causalidad despertó en Kant la
necesidad de elaborar su filosofía crítica, en un intento por responder a la
pregunta: ¿qué puede conocer la razón humana?
El
resultado fue la publicación de sus tres grandes Críticas:
1.
Crítica de la razón pura (1781), sobre los límites del conocimiento.
Es
una obra fundamental que busca determinar los límites y las posibilidades del
conocimiento humano, planteando que la razón no puede conocer las cosas en sí
mismas (noumena), sino únicamente los fenómenos, es decir, aquello que se nos
manifiesta a través de la experiencia sensible estructurada por las formas a
priori del entendimiento y de la intuición (espacio y tiempo); con ello, Kant
desarrolla lo que denomina “idealismo trascendental”, una síntesis innovadora
entre el empirismo y el racionalismo, destinada a responder cómo son posibles
los juicios sintéticos a priori y a delimitar el ámbito legítimo del uso de la
razón, evitando así las pretensiones metafísicas que carecen de fundamento en
la experiencia.
2.
Crítica de la razón práctica (1788), sobre los fundamentos de la moral.
Constituye
la segunda gran obra de su proyecto crítico y tiene como propósito fundamentar
la moral desde la autonomía de la razón, sosteniendo que la verdadera ley moral
no depende de inclinaciones, intereses ni resultados empíricos, sino de la
capacidad de la voluntad racional para darse a sí misma un mandato universal
expresado en el imperativo categórico; de este modo, Kant muestra que la
libertad es la condición de posibilidad de la moralidad, y que la vida ética
implica obrar por deber y no por conveniencia, estableciendo así un marco
normativo universal que resalta la dignidad del ser humano y ofrece un
fundamento sólido frente al relativismo y a las éticas consecuencialistas.
3.
Crítica del juicio (1790), sobre estética y teleología.
Esta
obra, cierra el sistema filosófico crítico de Immanuel Kant al explorar la
relación entre naturaleza y libertad mediante dos ejes centrales: la estética y
la teleología; en la primera parte, Kant analiza el juicio estético y sostiene
que lo bello y lo sublime no son propiedades objetivas de las cosas, sino
experiencias universales de placer desinteresado que revelan la facultad del
juicio como mediadora entre entendimiento y razón; en la segunda, desarrolla la
teleología, entendiendo a los organismos vivos como sistemas finalísticos en
los que cada parte existe para y por el todo, lo que permite pensar la
naturaleza como si estuviera orientada hacia fines, sin convertir esa idea en
conocimiento metafísico, sino en un principio regulativo indispensable para la
ciencia, la moral y la reflexión sobre la finalidad última de la creación.
Así,
Kant edificó un sistema filosófico en el que la autonomía de la razón práctica
se establecía como fuente de la moralidad, marcando una ruptura decisiva con la
heteronomía que caracterizaba a gran parte de las éticas anteriores (Guyer,
2006, p. 57).2
3.
Sobre su concepción sobre la moralidad.
En
oposición a las corrientes consecuencialistas, Kant sostuvo que el valor moral
de una acción reside en su motivación, es decir, en el hecho de obrar por deber
y en conformidad con la ley moral.
No
es suficiente que un acto obtenga un buen resultado: debe estar guiado por la
voluntad de cumplir el deber, independientemente de las consecuencias
previsibles.
Por
ejemplo, decir la verdad tiene valor moral no porque generalmente produzca
buenos efectos sociales, sino porque cumple con el deber racional de respetar
la dignidad y la autonomía del otro. Este énfasis en la buena voluntad como el
único bien incondicionado convierte a Kant en el fundador de la ética
deontológica moderna (Wood, 2008, p. 92).3
Kant
entiende que, a diferencia de los bienes externos (riqueza, poder, salud,
felicidad), la “buena voluntad” es el único bien incondicionado, es decir, que
posee valor en sí mismo, sin necesidad de recurrir a condiciones externas o a
los efectos que pueda producir (Kant, 1785/1996, p. 12).1
Para
Kant, lo que confiere moralidad a una acción no es el cumplimiento formal de
una norma ni la obtención de resultados positivos, sino la intención de la
voluntad de obrar por respeto a la ley moral.
Aquí
se manifiesta una ruptura radical frente a las éticas teleológicas o
consecuencialistas —como el utilitarismo de Bentham y Mill—, que juzgan las
acciones por su utilidad o por la suma de placer que producen.
Esto
significa que la moralidad en Kant es estrictamente autónoma: no depende de un
cálculo de consecuencias, ni de mandatos externos (heteronomía), ni de
recompensas divinas o sanciones sociales, sino del reconocimiento interior de
la obligación racional.
Desde
esta perspectiva, el deber se convierte en la categoría fundamental que mide la
validez moral de la acción. Una acción puede coincidir con el deber, pero
carecer de valor moral si no es efectuada por respeto al principio ético.
Por
ejemplo: alguien puede devolver un dinero prestado por temor a sanciones
legales o sociales; sin embargo, esta acción no sería moral en sentido
estricto, pues está motivada por intereses externos. Solo tiene valor moral si
se devuelve el dinero por el deber de cumplir con la promesa y por respeto a la
persona que confió en nosotros.
La
concepción de Kant alcanza una dimensión universal a través del imperativo
categórico, cuyo carácter absoluto y no condicional garantiza que las máximas
de conducta puedan ser aplicadas a todo ser racional.
De
ahí que la moralidad se vincule a la libertad: un ser humano es verdaderamente
libre cuando actúa conforme a principios universales dictados por su propia
razón práctica, y no sometido a inclinaciones, pasiones o meros intereses.
Este
enfoque tiene profundas implicaciones:
1.
En la ética personal,
promueve una vida guiada por la coherencia y la autenticidad moral.
2.
En la política y el derecho,
legitima el respeto a la dignidad humana como límite infranqueable, lo que ha
influido en la formulación de los derechos humanos modernos.
3.
En el ámbito religioso,
conecta con la enseñanza cristiana de la pureza de intención, donde lo central
no es el beneficio obtenido, sino la fidelidad al bien en sí mismo.
Por
ello, Kant puede considerarse el fundador de la ética deontológica moderna, en
la que la universalidad del deber constituye el criterio supremo de moralidad y
en la que la persona humana es siempre fin en sí mismo, nunca mero medio.
Esta
noción conserva vigencia en debates contemporáneos sobre bioética, justicia
social y ética de las profesiones, iluminando problemas donde el criterio de
las consecuencias suele ser insuficiente.
4.
Sobre el imperativo categórico
La
ley moral en Kant se expresa a través del imperativo categórico, que es
universal e incondicionado. A diferencia de los imperativos hipotéticos, que
dependen de metas particulares (“si quieres ser aceptado, debes comportarte
bien”), el imperativo categórico ordena independientemente de los fines
subjetivos.
Kant
presenta varias formulaciones, siendo las más relevantes:
La
Universalidad: “Obra
solo según la máxima que al mismo tiempo puedas querer que se convierta en ley
universal”.
La
Humanidad: “Obra de tal
modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de otro, siempre
como un fin y nunca solamente como un medio”.
La
Autonomía: “La voluntad
es en todos los seres racionales una legislación universalmente válida”.
Estas
formulaciones revelan tres dimensiones fundamentales: validez universal,
dignidad intrínseca de la persona y autonomía de la razón práctica (Kant,
1785/1996, p. 45).4
5.
Su Impacto en la ética y filosofía moral contemporánea
El
pensamiento kantiano ha dejado una huella duradera en varios campos:
En
la ética contemporánea,
la tradición deontológica ha sido retomada por filósofos como John Rawls y
Christine Korsgaard, quienes han desarrollado teorías de justicia y autonomía
basadas en principios kantianos.
En
la filosofía política,
su idea de una paz perpetua y de una federación de Estados libres influyó en la
creación del derecho internacional moderno y en instituciones como la Sociedad
de Naciones y la ONU (Habermas, 2003, p. 59).5
En
la teología cristiana, la ética kantiana aporta un marco racional para la
discusión moral, permitiendo un diálogo interdisciplinario entre fe y razón. La
dignidad humana, tan resaltada por Kant, converge con el magisterio social de
la Iglesia, especialmente en documentos como la Gaudium et Spes y la Caritas in
Veritate.
Conclusiones
La
ética de Kant, al situar la motivación ética por encima de las consecuencias,
ofrece un criterio de discernimiento moral aplicable en contextos pastorales y
sociales de la Iglesia.
Su
formulación del imperativo categórico resuena con el principio cristiano de
amar al prójimo como a uno mismo, trasladándolo a un plano racional universal y
no meramente confesional.
En
un siglo XXI marcado por el relativismo moral y el pragmatismo político, la
ética kantiana desafía a replantear la noción de deber, dignidad y respeto
incondicional por la persona humana.
La
Iglesia puede encontrar en Kant un aliado filosófico para defender la
centralidad de la persona y la justicia, ambos fundamentos del mensaje
evangélico en clave ética universal.
Referencias
bibliográficas
1. Cassirer, E.
(1981). Kant’s Life and Thought. Yale University Press. p. 21.
2. Guyer, P.
(2006). Kant. Routledge. p. 57.
3. Wood, A.
(2008). Kantian Ethics. Cambridge University Press. p. 92.
4. Kant, I.
(1996). Groundwork of the Metaphysics of Morals (M. Gregor, Trans.). Cambridge University Press. (Original
work published 1785). p. 45.
5. Habermas, J.
(2003). The Future of Human Nature. Polity
Press. p. 59.
Por: Rev. Pbro. Manning
Maxie Suárez +
Docente Universitario
Email: manningsuarez@gmail.com
Orcid: https://orcid.org/0000-0003-2740-5748
Google Académico:
https://scholar.google.es/citations?hl=es&pli=1&user=uDe1ZEsAAAAJ
INTRODUCCIÓN
La
Taxonomía de Flynn es un marco conceptual que ha ganado relevancia en el ámbito
de la educación y la psicología, especialmente en la evaluación cognitiva.
Propuesta por el psicólogo, Richard Flynn, en la década de 1980, esta teoría se
centra en el fenómeno del aumento sostenido de las puntuaciones de las pruebas
de coeficiente intelectual (CI) a lo largo del tiempo, un fenómeno conocido
como el "efecto Flynn". A lo largo de esta monografía, abordaremos
los principales aspectos de la Taxonomía de Flynn, su metodología y su impacto
en la comprensión de la inteligencia humana.
ORÍGENES
DEL EFECTO FLYNN
El
término "efecto Flynn" se refiere a la observación de que, en
diversas naciones, las puntuaciones promedio en las pruebas de CI han aumentado
aproximadamente tres puntos por década desde los años 30. Este fenómeno ha
suscitado un interés creciente en la comunidad científica y ha llevado a
Richard Flynn a investigar las posibles causas y consecuencias de este
fenómeno.
Flynn
argumentó que el aumento en las puntuaciones puede atribuirse a varios
factores, como mejoras en la nutrición, educación, estimulación cognitiva y
cambios en el entorno socioeconómico. Además, sugirió que las pruebas de CI
pueden estar midiendo habilidades que son cada vez más relevantes en la vida
cotidiana y el entorno laboral moderno.
LA
TAXONOMÍA DE FLYNN
La
Taxonomía de Flynn busca categorizar y aclarar los diferentes tipos de
inteligencia que se pueden medir a través de diversos instrumentos de
evaluación. Esta taxonomía propone que la inteligencia no es un constructo
unidimensional, sino que se compone de múltiples dimensiones que se manifiestan
de diferentes maneras. Entre estas dimensiones, encontramos:
1.
Inteligencia fluida:
Esta dimensión se refiere a la capacidad de razonar y resolver problemas en
situaciones nuevas, independientemente del conocimiento previo. Se relaciona
con habilidades como el pensamiento abstracto y el análisis lógico.
2.
Inteligencia cristalizada:
A diferencia de la inteligencia fluida, la inteligencia cristalizada se basa en
el conocimiento adquirido a través de la experiencia y la educación. Incluye
habilidades como el vocabulario, la aritmética y la comprensión de textos.
3.
Habilidades prácticas:
Esta dimensión se refiere a la capacidad de aplicar la inteligencia en
situaciones concretas y cotidianas. Incluye habilidades como la resolución de
problemas en la vida diaria y la adaptación a nuevas circunstancias.
4.
Inteligencia emocional:
Esta dimensión engloba la capacidad de reconocer, entender y gestionar las
emociones propias y ajenas. Es fundamental para la interacción social y la
empatía.
IMPLICACIONES
SOCIALES Y EDUCATIVAS
Las
implicaciones de la Taxonomía de Flynn son significativas en el contexto
educativo y social. Primero, al reconocer que la inteligencia se compone de
múltiples dimensiones, los educadores pueden diseñar programas y estrategias de
enseñanza más inclusivos y personalizados.
Esto
les permite identificar y desarrollar las fortalezas individuales de sus
estudiantes, fomentando así un ambiente de aprendizaje más efectivo.
Además,
el entendimiento del efecto Flynn provoca una reflexión sobre la manera en que
se evalúa la inteligencia en la sociedad moderna. Las pruebas de CI, aunque
siguen siendo herramientas útiles, no capturan la complejidad de las
capacidades humanas. La taxonomía sugiere que es necesario integrar métodos
alternativos y complementarios de evaluación que reconozcan las diversas formas
de inteligencia.
CONCLUSIONES
La
Taxonomía de Flynn proporciona un marco valioso para entender la inteligencia
humana más allá de las simples puntuaciones en test estandarizados. Al
reconocer que la inteligencia se compone de múltiples dimensiones, la teoría
ofrece nuevas perspectivas sobre la educación, la cultura y la psicología.
Es
crucial que investigadores y educadores continúen explorando y aplicando estos
conceptos en su práctica, para así promover una comprensión más profunda y rica
de las capacidades humanas, al mismo tiempo que se enfrenta al reto de los
crecientes avances en la sociedad moderna.
La
Taxonomía de Flynn no solo ofrece un análisis sobre cómo ha evolucionado
nuestro entendimiento de la inteligencia, sino que también nos invita a
reflexionar sobre cómo estas ideas pueden transformar nuestro enfoque hacia el
aprendizaje y la enseñanza en un mundo en constante cambio.
REFERENCIAS
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10. Pfeffer, J. (1994). *Competitive Advantage Through People: Unleashing the Power of the Workforce*. Harvard Business Review Press.
Por: Rev. Pbro. Manning Maxie Suárez +
Docente Universitario
Email: manningsuarez@gmail.com
Orcid: https://orcid.org/0000-0003-2740-5748
Google Académico:
https://scholar.google.es/citations?hl=es&pli=1&user=uDe1ZEsAAAAJ
Resumen
Este ensayo examina de manera
sistemática la figura de William Godwin (1756–1836), filósofo y publicista
inglés, pionero del anarquismo filosófico y crítico de las instituciones
políticas de su tiempo. Se caracteriza su formación disidente y su itinerario
intelectual, se presentan sus tesis centrales sobre utilitarismo
consecuencialista, individualismo y autonomía moral, crítica a las jerarquías y
defensa de una sociedad sin gobierno coercitivo. Asimismo, se evalúan su método
argumentativo y el impacto de su pensamiento en la ética y la política
contemporáneas, con especial atención a su herencia en el liberalismo radical,
el socialismo libertario y corrientes críticas de las instituciones. Se
concluye con propuestas prácticas para comunidades eclesiales del siglo XXI,
orientadas a la deliberación ética, la subsidiariedad, la no-coacción y el
fortalecimiento de la autonomía moral personal y comunitaria.
Palabras claves: William Godwin; anarquismo filosófico;
utilitarismo; consecuencialismo; autonomía moral; individualismo; crítica
institucional; Ilustración radical; justicia; política moderna.
Abstract
This
essay systematically explores William Godwin (1756–1836)—a foundational figure
of philosophical anarchism—by outlining his dissenting education and
intellectual development, articulating his central theses on consequentialist
utilitarianism, individual autonomy, institutional critique, and the ideal of a
stateless society, and assessing their reception and impact on contemporary
ethics and political theory. The methodological approach combines conceptual
analysis with historical-contextual reading and selective textual exegesis. The
conclusion proposes practical guidelines for twenty-first-century church
communities, emphasizing deliberative ethics, subsidiarity, non-coercion, and
moral autonomy.
Keywords:
William Godwin; philosophical anarchism; utilitarianism;
consequentialism; moral autonomy; individualism; institutional critique;
radical Enlightenment; justice; modern politics.
Metodología:
Se Analizó conceptualmente las
categorías claves como “utilidad”, “perfectibilidad”, “coacción”, “opinión” y
“justicia” en la obra central de Godwin.
Se aplicó una contextualización
histórico-intelectual en la Ilustración británica tardía y el radicalismo de la
década de 1790.
Se desarrolló una exégesis selectiva de
pasajes de “Enquiry concerning Political Justice” (ediciones de 1793 y 1798) y
contrastes con correspondencia y ensayos.
Se hizo una revisión de literatura
secundaria académica en bases como Scopus, Google Scholar y Dialnet para mapear
recepción e influencia.
Se aplica una evaluación normativa que
tiene como elementos la clarificación de argumentos, posibles objeciones y
vigencia práctica.
Objetivo general
Elaborar una síntesis crítica de la
filosofía política y moral de William Godwin, evaluando su coherencia interna,
su crítica a las instituciones y su influencia en la ética y la política
contemporáneas.
Objetivos específicos
1.
Describir
su formación académica y política y su inserción en el disenso religioso.
2.
Exponer
su utilitarismo Consecuencialista y su noción de perfectibilidad humana.
3.
Analizar
su defensa del individualismo y la autonomía moral como núcleo normativo.
4.
Examinar
su crítica a las instituciones y jerarquías (Estado, propiedad, matrimonio).
5.
Valorar
su propuesta anarquista y su ideal de sociedad sin gobierno coercitivo.
6.
Precisar
su impacto en tradiciones posteriores y en debates ético-políticos actuales.
Contenido
¿Quién fue William Godwin?
William Godwin fue un pensador inglés,
asociado al radicalismo ilustrado, cuya obra mayor, “An Enquiry concerning
Political Justice and its Influence on General Virtue and Happiness” (1793),
articuló una crítica sistemática a la coacción política y a las instituciones
como fuente de corrupción moral.
En ese sentido, El radicalismo ilustrado
fue una corriente política e intelectual de finales del siglo XVIII y comienzos
del XIX que llevó a sus últimas consecuencias ciertos principios de la
Ilustración: razón crítica, igualdad moral, libertad de conciencia y reforma social.
A diferencia del reformismo moderado, el
radicalismo ilustrado cuestionó las bases mismas del orden tradicional
(monarquía hereditaria, privilegios estamentales, iglesias establecidas y
monopolios de propiedad), proponiendo una ampliación sustantiva de derechos
civiles y políticos, y formas más igualitarias de organización social.
Godwin, además fue un novelista (autor
de “Caleb Williams”) y también un ensayista, y se le reconoce como uno de los
primeros teóricos del anarquismo filosófico por su defensa de una sociedad
regida por la razón y la benevolencia, más que por la ley y el gobierno
(Godwin, 1793, pp. 73–90).1
El anarquismo filosófico recordemos que es
una posición normativa en filosofía política que sostiene que la autoridad
política no tiene legitimidad moral intrínseca y que, por tanto, no existe
obligación moral general de obedecer al Estado por el mero hecho de que ordene
algo.
No es necesariamente una doctrina de
violencia ni exige siempre la abolición inmediata del Estado; más bien,
cuestiona el deber de obediencia y propone que la coordinación social puede y
debe basarse en la razón, la cooperación voluntaria y la persuasión, antes que
en la coacción.
Su formación académica y política
Criado en el entorno del disenso
protestante, estudió en academias disidentes como la Hoxton Academy (New
College, Hoxton), donde recibió formación en teología, lógica, retórica y
filosofía moral, lejos del control anglicano universitario.
Su paso del calvinismo al racionalismo
ilustrado se dio de la mano de lecturas de David Hume, Claude-Adrien Helvétius
y Joseph Priestley. La coyuntura de la Revolución francesa y el debate
británico (Edmund Burke, Thomas Paine) catalizó su giro hacia el radicalismo
antiestatista (Clark, 1977, pp. 41–55).3; (Philp, 1986, pp.
17–26).2
El radicalismo antiestatista fue y es
una corriente político-filosófica que, partiendo de principios igualitarios y
de libertad individual, sostiene una desconfianza estructural hacia el Estado
como forma de autoridad central y coercitiva. No se limita a pedir “menos
gobierno”; busca transformar o superar las relaciones de mando y obediencia
institucionalizadas, porque las ve como fuentes de dominación, dependencia y
corrupción de la deliberación moral.
Su posturas filosóficas, políticas y
sociales
Rechazo de la coacción institucional:
Godwin no demoniza la sociabilidad, pero sí la institucionalidad coercitiva.
Sostiene que las instituciones permanentes tienden a solidificar intereses
particulares, sofocar el juicio individual y producir injusticia. De ahí su
escepticismo frente al Estado, el gobierno representativo, la propiedad
heredada y el matrimonio legal. La mera existencia de instituciones coercitivas
configura incentivos corruptores y dependencia del hábito, no de la razón
(Godwin, 1793, pp. 158–180).1
Recordemos que en Godwin, “coacción institucional” designa toda forma de imposición externa y estable que obliga a actuar por miedo a sanciones o por deferencia a una autoridad, en lugar de por el juicio moral propio guiado por razones imparciales y benevolentes. No se limita a la violencia física del Estado; incluye leyes, jerarquías, privilegios y costumbres que, al fijarse en instituciones permanentes, moldean conductas por hábito, interés o temor, desplazando el ejercicio libre de la razón.
Por otro lado, levanta el tema de la primacía
del juicio privado. Godwin señala que el deber moral exige evaluar
consecuencias en cada caso mediante razón imparcial; las reglas fijas y las
autoridades externas degradan ese juicio (Godwin, 1793, pp. 97–110).1
En Godwin, la “primacía del juicio
privado” es el núcleo operativo de su ética y su política. Parte de tres ideas
enlazadas:
(1) el fin moral es maximizar la
felicidad imparcial;
(2) la razón humana puede, en principio,
deliberar caso por caso sobre qué acción la promueve;
(3) por eso, ninguna regla o autoridad
debe sustituir la deliberación concreta del agente.
Para Godwin, la moralidad madura
requiere que cada persona “piense por sí misma” con estándares públicos de
imparcialidad y beneficencia. Las reglas y autoridades solo tienen valor como
ayudas revisables a ese ejercicio; cuando se vuelven sustitutos, degradan el
carácter y empeoran los resultados. De ahí su programa político: reducir la
coacción y expandir la deliberación y la educación, para que el juicio privado,
cada vez más formado, coordine la vida común.
Por otro lado Godwin presenta el tema de
la perfectibilidad, señalando y defendiendo que el carácter humano es
perfectible a través de la educación y la libre comunicación de ideas; por ello
confía en reformas no violentas basadas en persuasión pública (Kramnick, 1977,
pp. 85–96).4
El pensamiento de William Godwin sobre
la perfectibilidad humana constituye el núcleo optimista de su anarquismo
filosófico. Para Godwin, la razón no es estática, sino una facultad maleable y
perfectible que se desarrolla de manera colectiva a través del ejercicio
constante del diálogo, la educación y, crucialmente, la libre e ilimitada
comunicación de ideas.
Este proceso, argumenta, permite a los
individuos examinar y descartar prejuicios, corregir errores y acercarse
gradualmente a la verdad, lo que a su vez conduce a un perfeccionamiento moral
e intelectual constante.
Su confianza en reformas no violentas se
basa en esta fe en la persuasión: creía que una vez expuestas a la
argumentación racional y clara, las personas inevitablemente abandonarían la
irracionalidad de la tiranía, la superstición y la coerción estatal por propia
voluntad.
Así, el cambio social no debía imponerse mediante una revolución violenta—que solo perpetúa el ciclo de opresión—, sino cultivarse pacientemente desde la convicción individual, lo que eventualmente llevaría a la autoextinción de las instituciones opresivas y al advenimiento de una sociedad de seres autónomos, racionales y cooperativos.
Sobre su concepción del Utilitarismo y el
consecuencialismo
Godwin es un utilitarista temprano, pero
peculiar. Considera que la acción correcta es la que maximiza la suma de bien
general, identificada con la mejora racional y la felicidad de los seres
sensibles.
A diferencia de un utilitarismo de
reglas, su postura es marcadamente act-consequentialist: el agente debe
calcular consecuencias caso por caso. Su célebre ejemplo comparando salvar a
Fénelon antes que a un criado si ambas vidas no pueden preservarse, en función
del mayor bien probable, muestra tanto la ambición imparcial de su ética como
sus aristas problemáticas respecto a la parcialidad y los deberes especiales
(Godwin, 1793, pp. 136–142).1; Cf. (Philp, 1986, pp. 60–68).2
Críticos han señalado que este
consecuencialismo radical puede justificar sacrificios de lazos personales.
Godwin reconoce la tensión, pero sostiene que la benevolencia imparcial y la
educación irán reconciliando pasión y razón. En ediciones posteriores matiza su
inmediatez, sin abandonar el principio (Godwin, 1798/1793, pp. 270–279).6
El Individualismo y la autonomía moral.
Para Godwin, la autonomía moral no
implica aislamiento, sino deliberación libre de coacción y superstición. Cada
persona tiene el deber de juzgar por sí misma con imparcialidad, sin deferencia
a autoridades.
El individualismo godwiniano es, así,
ético y epistémico, la verdad avanza por discusión abierta entre conciencias
autónomas. De aquí su crítica a obediencias ciegas y su énfasis en la educación
como emancipación del juicio privado (Godwin, 1793, pp. 90–101).1;
Cf. (Clark, 1977, pp. 102–110).3
Es decir, para Godwin, la autonomía
moral es el fundamento de un progreso ético y social genuino, y lejos de
significar una renuncia a la comunidad, constituye un imperativo de
deliberación racional y sincera que cada individuo debe ejercer libre de toda
coacción externa, ya sea esta política, religiosa o de cualquier autoridad
tradicional.
Este juicio privado, que debe aplicarse
con estricta imparcialidad, es un deber ético y un proceso epistémico mediante
el cual la verdad se descubre y perfecciona a través del diálogo y la
confrontación de argumentos entre conciencias autónomas e ilustradas.
Por ello, Godwin arremete contra toda forma de obediencia ciega y superstición, que anulan la capacidad de raciocinio, y enfatiza que la verdadera educación es aquella que emancipa la mente, enseñando a pensar de manera crítica e independiente, pues solo una ciudadanía capaz de cuestionar toda autoridad puede construir una sociedad basada en la justicia y la razón, y no en el dogma y la sumisión (Godwin, 1793, pp. 90–101).1; Cf. (Clark, 1977, pp. 102–110).3
Crítica a instituciones y jerarquías
Sobre el tema del Estado y el gobierno, Godwin
señala que, el gobierno, aun representativo, congela procesos de deliberación
pública y fomenta la dependencia; tiende a proteger propiedad e intereses
particulares bajo retórica de seguridad. Godwin, defiende minimizar las
funciones gubernamentales y avanzar hacia su extinción a medida que la razón
pública se perfeccione (Godwin, 1793, pp. 158–175).1
Sobre el tema de la propiedad, critica
la propiedad acumulativa e hereditaria por concentrar poder y perpetuar
desigualdades; favorece una distribución guiada por la necesidad y la utilidad
social, mediante benevolencia y acuerdos voluntarios más que legislación
coercitiva (Godwin, 1793, pp. 230–250).1
Sobre el Matrimonio, denuncia el
matrimonio legal como contrato que subordina a la mujer y fija relaciones en
detrimento del afecto libre y del perfeccionamiento mutuo (Godwin, 1793, pp.
761–770).1; Cf. (Mellor, 2000, pp. 34–42).7
Sobre la religión establecida, Godwin
desde su disenso, repudia las iglesias establecidas por su alianza con el poder
y la superstición; aboga por libertad de conciencia y crítica pública (Clark,
1977, pp. 115–121).3
Sobre el tema del Anarquismo y la sociedad
sin gobierno
Godwin, acuña un horizonte anarquista no
violento: una sociedad de pequeñas comunidades que coordinan por persuasión,
publicidad de razones y acuerdos temporales, sin aparato coercitivo central.
Este anarquismo racionalista confía en
la perfectibilidad moral y en la educación para sustituir la ley por el juicio
individual informado. Su método de cambio es gradualista: “progreso de la
opinión” frente a revolución violenta, a la que considera generadora de
tiranías sucesivas (Godwin, 1793, pp. 487–506).1; (Woodcock,
1980, pp. 72–83).5
Cuál fue su impacto en ética y política
contemporáneas
En el Liberalismo radical y anarquismo:
influye en la tradición anarquista posterior (Pierre-Joseph Proudhon (conocido
como el "padre del anarquismo"), Pyotr Alexeyevich Kropotkin, (desarrolló
el anarco comunismo) como antecedente de la crítica a la autoridad y la
centralidad de la ayuda mutua y la educación.
En los Debates sobre
parcialidad/imparcialidad:
su consecuencialismo nutre discusiones actuales en ética aplicada sobre
priorización, sesgos de afinidad y deberes especiales.
El pensamiento de Godwin, situándose en
los orígenes del liberalismo radical y el anarquismo, ejerció una influencia
profunda y duradera al plantar las semillas de la crítica antiautoritaria que
luego desarrollarían pensadores como Pierre-Joseph Proudhon y Pyotr Alexeyevich
Kropotkin.
Su énfasis en la autonomía moral
individual y la deliberación racional sin coacción se convirtió en un pilar
fundamental para la tradición anarquista, que ampliaría su crítica a todas las
instituciones coercitivas (Estado, propiedad privada) y enfatizaría, como hizo
Kropotkin, la "ayuda mutua" como base para la organización social.
Simultáneamente, su particular
consecuencialismo radical e imparcialista—que exige que nuestras acciones
busquen el mayor bien para la humanidad, priorizando al más necesitado incluso
sobre los lazos afectivos cercanos—nutre debates contemporáneos en ética
aplicada, especialmente en discusiones sobre la imparcialidad de nuestros
deberes morales, la priorización de recursos escasos y la validez de los sesgos
de afinidad, cuestionando así los límites de los "deberes especiales"
hacia la familia o la nación.
En la Crítica institucional: anticipa análisis contemporáneos sobre
captura institucional, path dependence y “corrupción de la razón pública” por
estructuras de poder.
El impacto de William Godwin en la ética
y la política contemporáneas es profundo y se manifiesta en dos grandes
dimensiones. Por un lado, su pensamiento es una piedra angular del liberalismo
radical y, fundamentalmente, del anarquismo, al sentar las bases de la crítica
antiautoritaria que luego desarrollarían figuras como Pierre-Joseph Proudhon y
Pyotr Alexeyevich Kropotkin; Godwin no solo prefiguró el rechazo anarquista al
Estado y a la coerción, sino que también estableció la centralidad de la educación
emancipadora y la deliberación racional entre individuos autónomos como el
único camino hacia una sociedad verdaderamente justa, un principio que
Kropotkin extendería con su énfasis en la "ayuda mutua" como forma de
organización social.
Por otro lado, su escepticismo radical
hacia toda institución (incluyendo el gobierno, el sistema legal y la educación
dogmática) anticipa análisis contemporáneos sobre la captura institucional, la
path dependence (dependencia del camino) y la "corrupción de la razón
pública", al argumentar que las estructuras de poder, por su propia
naturaleza, tienden a perpetuar sus intereses, corromper el juicio imparcial y
fosilizar el progreso, obstruyendo así la aplicación de la razón y la justicia
de manera neutral.
De este modo, Godwin provee un marco
para criticar cómo las instituciones existentes pueden distorsionar el debate
público y la ética para servir a agendas particulares.
En la Educación y la deliberación
pública: su fe en la
publicidad y la discusión abierta resuena en teorías deliberativas y en
prácticas de democracia participativa.
Desde una perspectiva contemporánea, el
legado más perdurable de William Godwin quizás sea su inquebrantable fe en el
poder de la educación racional y la deliberación pública sin coerción como
motores del progreso ético y político.
Su concepción de que la verdad emerge
necesariamente del libre intercambio de argumentos entre individuos autónomos
sienta un precedente fundamental para las modernas teorías de la democracia
deliberativa, como las de Jürgen Habermas, que ven en la publicidad y el debate
abierto la base legítima de la autoridad y la formación de la voluntad
colectiva.
Godwin anticipa así el principio de que
una esfera pública robusta y una ciudadanía educada para el ejercicio crítico
de su juicio —y no la mera adhesión a dogmas— son los antídotos contra la
tiranía y la irracionalidad.
Este énfasis en la educación como
emancipación, que prioriza el pensamiento independiente sobre la instrucción
doctrinal, resuena con fuerza en las pedagogías críticas actuales y en
prácticas innovadoras de democracia participativa, donde la calidad del discurso
público y la formación de una opinión ilustrada se consideran esenciales para
la salud de cualquier comunidad política.
En el feminismo y la crítica del
matrimonio: su
cuestionamiento del matrimonio legal se emparenta con críticas feministas a
contratos y roles de género.
La crítica radical de William Godwin al
matrimonio, expuesta en Political Justice, constituye una de las primeras y más
potentes argumentaciones feministas desde la filosofía política, cuyo impacto
reverbera en la crítica contemporánea a los roles y contratos de género.
Godwin atacó el matrimonio legal por
considerarlo una institución coercitiva y una forma de "ley
monopolista" que corrompía las relaciones auténticas al transformar el
afecto voluntario en un deber obligatorio por contrato, subordinando así la voluntad
de la mujer y privando a ambos cónyuges de su autonomía moral y su capacidad de
juicio imparcial.
Este cuestionamiento, profundamente
influenciado por las ideas de Mary Wollstonecraft (1759-1797) quien fue una
filósofa, escritora y pionera del feminismo liberal británico del siglo XVIII.,
se emparenta directamente con las críticas feministas posteriores que ven en el
matrimonio tradicional y en la familia patriarcal la piedra angular de la
opresión económica, legal y sexual de las mujeres.
Al defender asociaciones libres y
voluntarias basadas únicamente en la estima y la razón, y no en la obligación
legal o la dependencia económica, Godwin no solo desmonta la idealización
romántica de la institución, sino que anticipa los debates modernos sobre la
abolición o reformulación del contrato matrimonial, la ética de los cuidados y
la construcción de relaciones libres de jerarquías de género.
En la Ética de la no-violencia y la reforma
gradual: su énfasis en
persuasión y reforma pacífica alimenta tradiciones no violentas y la ética de
la responsabilidad en el cambio social (Philp, 1986, pp. 180–192) [2]; (Mellor,
2000, pp. 63–70) [7].
El énfasis de Godwin en la persuasión
racional y la reforma gradual como únicos medios legítimos para el cambio
social constituye una contribución fundamental a la ética de la no violencia y
al pensamiento político reformista.
Frente a la revolución violenta —que
consideraba otra forma de tiranía al imponer ideas mediante la fuerza y
perpetuar el ciclo de coerción—, Godwin defendió que el auténtico progreso
moral sólo puede surgir de la lenta pero inexorable transformación de las
conciencias a través de la educación, el debate público y la argumentación
pacífica.
Este posicionamiento, profundamente
consecuencialista, valora el proceso tanto como el resultado, pues solo un
cambio logrado mediante la convicción es estable y éticamente sólido.
Su pensamiento alimenta así tradiciones
no violentas posteriores, desde el anarquismo pacifista de Tolstói hasta la
desobediencia civil de Gandhi y King, al subordinar la eficacia a la coherencia
moral.
Además, establece una "ética de la
responsabilidad" en la acción política, donde los medios deben ser
consistentes con los fines que se persiguen, anticipando críticas modernas al
mesianismo político y abogando por una evolución social que respete la
autonomía y la racionalidad de cada individuo (Philp, 1986, pp. 180–192).2
; Cf. (Mellor, 2000, pp. 63–70).7
Objeciones y réplicas
Sobre la exigencia supererogatoria: su benevolencia imparcial parece exigir
sacrificios extremos.
Respuesta: Godwin confía en la educación para
armonizar motivos y restringe el recurso a la coacción incluso para fines
buenos.
Sobre la subestimación del valor de
instituciones: las
instituciones también protegen a vulnerables.
Réplica Godwiniana: en el largo plazo, consolidan
privilegios; la alternativa es subsidiariedad y acuerdos revocables.
Sobre el Cálculo de consecuencias: el acto-cálculo es epistémicamente
frágil.
Réplica: la publicidad de razones y la crítica
mutua mejoran el juicio colectivo (Godwin, 1798/1793, pp. 300–312).6
Propuestas prácticas para comunidades en
general del siglo XXI
1. Que se fomente la deliberación
abierta:
institucionalizar foros de discernimiento donde los laicos, incluidos los más
jóvenes y las mujeres, ejerciten juicio moral informado sin temor a sanción,
bajo el principio de publicidad de razones.
2. Que se promueva la subsidiariedad
efectiva: resolver en
el nivel más cercano posible; las instancias superiores actúan solo en apoyo y
temporalmente.
3. Exigir la transparencia y la rendición
de cuentas: rotación de
encargos, limitación de poder y registros públicos de decisiones.
4. Promover y Fomentar la educación
moral y la libertad de conciencia:
programas formativos que cultiven la imparcialidad, la benevolencia y la
crítica a sesgos de autoridad; defensa explícita de la objeción de conciencia
contra prácticas injustas.
5. No permitir la No-coacción pastoral: preferir persuasión y acompañamiento a
sanciones; corregir mediante razones compartidas y prudencia.
6. Promover la economía de la necesidad: orientar recursos comunitarios según
necesidad y utilidad social, revisados públicamente y con prioridad por los
vulnerables (Godwin, 1793, pp. 230–240).1; Cf. (Vaticano II,
Gaudium et Spes, 1965, n. 26–31).8
Conclusiones
William Godwin configura una ética de la
benevolencia imparcial y una política de la no-coacción que, aun utópicas en
sus expectativas sobre la perfectibilidad humana, ofrecen un correctivo potente
frente a la naturalización de jerarquías y la sacralización de instituciones.
Su utilitarismo consecuencialista,
centrado en el juicio individual y la publicidad de razones, desafía tanto el
decisionismo autoritario como el conformismo reglamentarista.
Para la vida eclesial contemporánea, su
legado sugiere prácticas concretas: deliberación abierta, subsidiariedad,
transparencia, educación en autonomía moral y prioridad por la necesidad.
Adoptadas prudentemente, estas pautas
fortalecen comunidades más justas, responsables y evangélicamente coherentes
con el primado de la conciencia y la caridad (Philp, 1986, pp. 190–192).2
Referencias
bibliográficas
[1]
Godwin, W. (1793). An Enquiry concerning Political Justice, and its Influence
on General Virtue and Happiness. London: G.G.J. and J. Robinson. pp. 1–5,
73–90, 90–110, 97–110, 136–142, 158–180, 230–250, 487–506, 761–770.
[2]
Philp, M. (1986). Godwin’s Political Justice. Ithaca, NY: Cornell University
Press. pp. 3–7, 9–14, 17–26, 60–68, 180–192.
[3]
Clark, J. P. (1977). The Philosophical Anarchism of William Godwin. Princeton,
NJ: Princeton University Press. pp. 12–16, 41–55, 102–110, 115–121.
[4]
Kramnick, I. (1977). Republicanism and Bourgeois Radicalism: Political Ideology
in Late Eighteenth-Century England and America. Ithaca, NY: Cornell University
Press. pp. 21–24, 85–96.
[5]
Woodcock, G. (1980). Anarchism: A History of Libertarian Ideas and Movements
(rev. ed.). Harmondsworth: Penguin. pp. 65–70, 72–83.
[6]
Godwin, W. (1798). Enquiry Concerning Political Justice (2nd ed.). London: G.G.
and J. Robinson. pp. 270–279, 300–312.
[7]
Mellor, A. K. (2000). Mothers of the Nation: Women’s Political Writing in
England, 1780–1830. Bloomington:
Indiana University Press. pp. 34–42, 63–70.
[8] Concilio Vaticano II. (1965). Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual. Ciudad del Vaticano: Librería Editrice Vaticana. nn. 26–31.