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“Nunca seremos los mismos”


Fiore Stella Bran Aragón
www.envio.org.ni / julio 2018

“He estado en las calles en los dos primeros meses de esta lucha. Ante la repetición terrorífica de la dictadura en nuestra historia, me surgen muchas preguntas. Aquí planteo sólo algunas”. Éste es uno más entre los miles de testimonios de una más entre los miles de estudiantes que en abril abrieron las puertas de la conciencia nacional para iniciar la insurrección cívica contra la dictadura.

“A mí también me cuesta respirar ahora, igual que a Álvaro Conrado. Ayer mataron a uno de los nuestros. Lo encontraron en la Cuesta del Plomo. Era de la brigada médica de aquí, de la UNAN...”

Esto me dijo en el teléfono mi amiga Scarlett el 26 de mayo. Me recordaba las últimas palabras que pudo decir Álvaro Conrado, el niño de 15 años que murió de un balazo en el cuello en los primeros momentos de las protestas de abril. Se desangraba, ya no podía respirar, le cerraron las puertas de un hospital público, murió muy pronto. Fue de los primeros en caer víctima de la represión del gobierno. En una de las marchas de unos días después un joven llevaba una pancarta en la que había escrito: “Alvarito, hoy Nicaragua respira por vos”.

Uno más de los nuestros asesinados

Keller Pérez, el joven del que me habló mi amiga tenía 23 años. Participó en la insurrección cívica de abril como parte del grupo que se tomó la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, la UNAN-Managua. Su cuerpo fue encontrado con signos de tortura el sábado 26 de mayo en la Cuesta del Plomo, un terreno baldío en las afueras de Managua. Videos difundidos en las redes sociales mostraron a policías tirando una bolsa negra en ese lugar, donde Keller fue encontrado horas después. Ver la foto de su cuerpo me recordó una foto de Susan Meiselas tomada hace aproximadamente 40 años en el mismo sitio. La imagen de Meiselas muestra un cuerpo en descomposición: solo se distingue su columna vertebral y un short.

A mí también me duele respirar

Como hija de la posguerra, nacida en la década de los años 90, nunca pensé ser testigo de una dictadura brutal como aquella de la que me hablaban mis padres y mis abuelos.

A mí también me duele respirar ahora, igual que a Álvaro Conrado, igual que seguramente les costó respirar a los dos niños de ocho meses y dos años que murieron calcinados en su casa en el barrio Carlos Marx, igual que a tantos otros jóvenes y estudiantes que han sido asesinados con saña. Ahora me duele respirar y simultáneamente respiro lucha y respiro muerte. He estado en las calles y también en los procesos de organización estudiantil de esta etapa. Y me duele saber que tengo el privilegio de participar en las estrategias, de pensar y de escribir, mientras otros y otras son asesinados en las calles y en las universidades.

Nunca seremos los mismos

Soy hija de la posguerra, una más de la generación “millenial”, ésa que fue calificada por los hijos de la Revolución Popular Sandinista como apática ante la realidad social, como apolítica, como “activistas de redes sociales” que no salen a la calle y no saben luchar.

Desde hace poco más de dos meses mi generación ha mostrado lo contrario. Salimos a apoderarnos de las calles para luchar contra la dictadura sin más estandarte que nuestras banderas ambientalistas y de justicia, casi sin conocimientos sobre cómo organizar un movimiento estudiantil universitario, mucho menos una lucha política, sin saber cómo defendernos de asesinos pagados por el gobierno. Todo eso lo hemos tenido que aprender en muy poco tiempo, tratando de compensar la falta de experiencia con ideas y prácticas de resultados inciertos. Ha sido abrumador y extenuante. Nunca seremos los mismos de antes.

Escuché relatos de una revolución perdida...

La falta de conocimiento y las pocas experiencias en materia de organización política de mi generación se relacionan con el hecho de haber crecido en el contexto de la posguerra. Desde niños escuchamos los relatos de una revolución perdida que se llevó consigo la vida de muchos jóvenes. Y después, los relatos de una guerra civil, en la cual muchos otros jóvenes perdieron la vida y la esperanza de poder construir una nueva Nicaragua.

Dependiendo de la afiliación política de cada familia -a veces basada en militancias históricas, y otras veces, resultado de la aversión al bando contrario, que se había cobrado la vida de algún familiar o amigo-, las interpretaciones sobre la historia de la revolución variaban de tonos y matices, pero siempre derivaban en un consenso: la revolución había sido el último proyecto de nación de Nicaragua, una oportunidad única para lograr la utopía.

La mayoría de cuestiones que conozco sobre la Revolución Popular Sandinista las aprendí en las aulas universitarias, en las calles y en organizaciones sociales o en espacios de formación autogestionados donde participé como activista. Recuerdo que en la escuela y el colegio público en el que estudié había muy pocos libros y solamente un texto de historia, al que tuve acceso gracias a una docente.
En casa, la situación era similar: un silencio inquebrantable en torno a la revolución y a la guerra que siguió. Silencio también sobre los muertos y los que tuvieron que migrar para huir del desastre. No valía la pena hablar de “eso” porque significaba tocar una herida abierta, porque ya había pasado, porque ésta de los años 90 y 2000 era ya otra Nicaragua. Porque mis padres no querían ni creían que yo viviría una brutal dictadura como aquella a la que ellos habían sobrevivido.

Llevamos historias marcadas en la piel y tenemos pieles muy diversas

Cuando Daniel Ortega ganó las elecciones presidenciales en 2006, yo estaba en el último grado de la escuela primaria. Cuando se reeligió por primera vez en 2011, yo cursaba el último año de secundaria. Entonces no comprendía conceptos políticos básicos, tampoco sabía que se estaba gestando una dictadura.

Hoy, cuando me encuentro a las puertas de graduarme de la universidad -y habiendo vivido la resistencia cívica durante dos meses- encuentro más necesarias que nunca las reflexiones en torno a nuestras historias, las microhistorias de la Nicaragua de nuestros padres y madres. Historias que no conocemos, y las que cada joven que se ha tomado las calles o las universidades desde el 18 de abril lleva ahora marcadas en su piel.

Nuestras pieles son muy diversas. Por eso, la especie de “primavera tropical” que experimentamos nos ha sorprendido a nosotros mismos. Entre la juventud que me rodea hay hijos y nietos de sandinistas que lucharon por la Nicaragua libre del 79 y que no están de acuerdo con la represión actual. Los hay orteguistas que descalifican y minimizan nuestra resistencia. También hay hijos de quienes vivieron los 70 y los 80 sin tomar partido explícito por alguna versión de la historia. Hay algunos hijos de contras, que dicen haber advertido sobre el peligro de que el FSLN volviera a la silla presidencial. Y también hay algunos, como yo, que llevamos la guerra “de los dos lados”: soy hija padre salvadoreño y madre nicaragüense.

Compartimos saberes muy diversos

Nadie nos convocó a esta lucha. Somos autoconvocados y en esta resistencia cada quien aporta desde sus saberes. Algunos habíamos sido activistas en distintos espacios y ya estábamos acostumbrados a la presencia intimidante de antimotines en las marchas pacíficas. Otros han salido a apropiarse de calles y universidades por primera vez. Algunos hemos tenido más oportunidades de dialogar sobre la historia y la política de Nicaragua, porque hemos estudiado humanidades o ciencias sociales, pero somos minoría frente a los médicos, ingenieros, informáticos, administradores, técnicos y otros chavalos y chavalas de los barrios que, aunque no han estudiado en la universidad, también resisten y aportan desde sus conocimientos para curar, construir, escribir, bailar, jugar. Sobre todo, para solidarizarse con todos los que luchan.

Queremos una Nicaragua incluyente

En medio de la demanda general de justicia y democratización ante la dictadura, hay demandas por la inclusión de jóvenes miembros de la comunidad LGBTI, de afrodescendientes, de feministas, de minorías religiosas, ateos y otros grupos, que forman parte de la Nicaragua invisibilizada por la historia oficial.

En Nicaragua, un país bastante conservador, atreverse a reclamar inclusión ha significado siempre para quienes pertenecen a estas poblaciones una condena al silencio, el exilio o la muerte. Hoy en las calles todos demandamos ahora una nación distinta e incluyente. Y desde las redes sociales se critican las prácticas excluyentes y se reclama un lugar en el proyecto de nación que parece germinar.

Todos los jóvenes que participamos en esta insurrección cívica aprendimos distintas y quizá hasta contradictorias versiones de “la historia” de la revolución, versiones que probablemente no tuvimos tiempo de compartir o cuestionar antes de la explosión social que inició el 18 de abril en Managua.

La juventud y la ciudadanía que no era de Managua ya vivía una explosión silenciosa y silenciada. Especialmente la vivían en la Costa Caribe y en los territorios cedidos ilegalmente por el gobierno a un empresario chino para la construcción del canal interoceánico. En muchos de estos lugares la represión gubernamental sobrepasaba ya con creces la que experimentábamos en Managua y en las ciudades del Pacífico antes de la masacre iniciada en abril. En Managua, que no es Nicaragua, nos cuesta aceptar que este silenciamiento tiene sus raíces en la exclusión colonialista y racista que siempre han vivido estas poblaciones.

¿Cómo se hace una insurrección sin armas?

Ahora, después de dos meses de insurrección cívica yo, y quizá casi toda mi generación, la que está resistiendo a esta dictadura, tenemos más preguntas que certezas.

¿Hasta cuándo vamos a poder resistir tanta brutalidad? ¿Cómo se logra conectar la realidad de la resistencia universitaria con las resistencias de los barrios, del movimiento campesino, de la población de la Costa Caribe, de las otras Nicaraguas históricamente excluidas? ¿Cómo se hace una insurrección sin armas, o con armas precarias y sólo en defensa propia, cuando “la historia” nacional nos ha enseñado que el poder se obtiene sólo con sangre?
¿Es posible un diálogo con el gobierno genocida como interlocutor? ¿Cómo se puede pensar y materializar un proyecto de nación incluyente y no caudillista, cuando en esta insurrección algunos actores políticos tradicionales han recobrado fuerzas y podrían constreñir los liderazgos de estudiantes y de otros sectores, que son los que “han puesto de los muertos”?

¿Cómo se puede interpretar el silencio de los gobiernos de casi toda Centroamérica frente al genocidio que se vive en Nicaragua? ¿Cómo comprender la urgencia de Estados Unidos por “apoyar” el proceso de democratización de Nicaragua? ¿Cómo se puede leer el silencio o la falta de contundencia de algunos activistas y académicos de la izquierda latinoamericana?

Debemos romper con la cultura del silencio

Esas y otras preguntas rondan mi mente casi en todo momento, y son el tema de conversación diaria entre jóvenes amigos, conocidos y hasta desconocidos en las redes sociales o en algunos “espacios seguros”. Las respuestas vendrán. Algunas urgen por la coyuntura y otras se articularán con el paso del tiempo, como sucede siempre en los procesos históricos. Todas estas preguntas, y muchas otras más, me hacen volver a la necesidad de romper con la cultura del silencio, a la necesidad de dialogar sobre las diversas microhistorias de la Revolución Popular Sandinista y de las distintas Nicaraguas. Tal vez de esa forma podríamos evitar que se nos imponga nuevamente la Historia de los vencedores y podríamos evitarnos una próxima dictadura.


Mejor alumna de la novena promoción de la escuela de formación política y ciudadana de la comisión de apostolado social de la Compañía de Jesús en Nicaragua.

"¿Por qué no se permite que las mujeres puedan ser sacerdotes?"


Entrevista a José M. Castillo S.

José María Castillo es uno de nuestros mejores teólogos. Durante años, perseguido y condenado por defender una teología popular, abierta y cercana a los pobres. Ahora, la llegada del Papa Francisco ha supuesto una rehabilitación en toda regla para Castillo.

No sólo teológica, sino visible: el mismo Bergoglio recibió, y agradeció a Pepe Castillo su teología, en una histórica jornada, que recordamos en esta entrevista con motivo de la publicación de 'La religión de Jesús. Comentarios al Evangelio diario Ciclo C', editado por Desclée. El futuro de la iglesia y de las religiones, también sobre el tapete, con una idea clara: "El Evangelio no es una religión y, por tanto, el cristianismo tampoco: es un proyecto de vida". Siempre es un honor y un placer: Pepe Castillo, bienvenido a tu casa.

Efectivamente, esto es una prolongación de mi casa.

También es lo que se pretende. Estamos intentando crear una gran familia en Religión Digital, con ustedes y con nosotros. Dentro de esa familia siempre hay niños que vienen nuevos y muy deseados porque, además, este es un libro que haces todos los años y que ya lo tenemos aquí: "La religión de Jesús. Comentarios al Evangelio diario Ciclo C (2018-2019)", de José María Castillo, en la editorial Desclée. Siempre se eligen unas fotos preciosas de niños, en los últimos años.

Sí. La portada la cuidan, entre otras cosas. Ya son once años seguidos.

¿No resulta complicado? Al final son tres ciclos, ¿sí?

Sí.

Este lo has repetido, será el tercero o el cuarto.

Claro. Es una de las dificultades que tiene, a estas alturas, hacer este libro y sus correspondientes comentarios: que hay peligro de repetirse. Yo intento superarlo poniendo mucha atención a una cosa que me parece fundamental, y es la situación. Porque la vida va cambiando muy deprisa y, además, en cosas muy hondas y muy importantes. Y, por tanto, responder a las preguntas que la gente se hace, o a los problemas que la gente vive, me parece que es una de las cosas más importantes que se pueden hacer, en la medida en que un libro de este tipo puede hacerlo.

¿Y qué nos dice el Evangelio de lo que está pasando en el mundo hoy?

Nos dice que en cuestiones muy fundamentales de la vida este mundo ha derivado hacia otros intereses, otros problemas, y otras soluciones que están justamente en oposición al Evangelio. Esto me parece importante. Y lo que quiero añadir es, a mi modo de ver, lo más fundamental en este momento: la relación entre la iglesia y el Evangelio.

¿Cuál es esa relación? ¿Qué problemas tenemos en esa relación?

El problema esencial, a mi manera de ver y tal como lo estoy desarrollando en un libro que saldrá pasado el verano es, que la Iglesia, en gran medida y en lo fundamental, ha marginado el Evangelio.

¿Pero no sería la base sobre la que se asienta?

Efectivamente, es la base; es el eje, el centro. Pero, sin embargo, no lo es. Aunque tenemos la suerte del papa actual.

El papa Francisco es un personaje singular en la historia del papado: es, por lo que sabemos, un papa enteramente original. Desde mi punto de vista, es un hombre que, sin decirlo, en su intimidad profunda, es lo que él se ha marcado y cómo lo ha programado. Pero el hecho es que está cambiando el papado. Y lo está cambiando por su manera de vivir, su humanidad, sobre todo, su cercanía a la gente, su sintonía con los que nadie sintoniza; las gentes más desamparadas y desgraciadas de este mundo.

Este papa está cambiando la situación: está cambiando el papado y está cambiando también el futuro de la iglesia. Esto quiero destacarlo.

¿Es suficiente? Quiero decir: que no deja de ser un hombre delante de un mastodonte, como es la institución eclesiástica, que pelea con fuerza y con fiereza para no hacerse el harakiri, para no desaparecer, en el sentido de desparecer las jerarquías, de los vínculos de poder; esa estructura piramidal que deja un poquito ahogado al pueblo de Dios.

Sí, así es, porque en el fondo hay un peligro que es mucho más grave: no es ningún secreto que el Papa tiene grandes -vamos a decirlo- enemigos en la iglesia. Y enemigos de muy alto nivel. No solo entre el mundo laical, político, económico, social, intelectual..., sino lo más doloroso: en el mundo eclesiástico.

Los tiene en casa.

Sí. Enemigos que quisieran quitarlo de en medio cuanto antes, o que Dios lo quite de en medio. Pero es un hecho. Y la raíz del problema, desde mi punto de vista, está en que la iglesia desde sus orígenes mismos ha tenido siempre una dificultad, una distancia y a veces una contradicción muy fuerte con el Evangelio.

No olvidemos una cosa muy importante: el Evangelio no es lisa y llanamente una religión. Prueba de ello es que, al protagonista del Evangelio, que es Jesús, lo mató la religión. Y según los relatos del Evangelio, que a fin de cuentas es una teología narrativa no expuesta en teorías ni en doctrinas sino en relatos de hechos, de sucesos de la vida.

Esta recopilación de relatos, que cada uno de los evangelistas organizó y presentó de una manera distinta, en el fondo coincide en una cosa esencial y en la que, normalmente, una cantidad notable del mundo clerical se resiste a reconocer.

¿Y qué es?

Que el evangelio no es una religión y, por tanto, el cristianismo tampoco. Es un proyecto de vida. Y digo que no es una religión por lo que ya he indicado antes y no me cansaré de repetir: que nunca deberíamos olvidar que el Evangelio es la historia de un conflicto. Un conflicto que terminó en muerte y, esto sí que es curioso, el gran defensor y el que más se resistió a matar a Jesús, fue, según los relatos de la pasión, el procurador romano.

Pilato, sí.

Lo notable es que lo más empeñados en que había no solo que matarlo sino además matarlo en una cruz (es decir, de la manera más cruel y más humillante y degradante que había en aquella cultura y en aquella sociedad) eran los máximos cargos de la religión.

El que la iglesia y el cristianismo se ha presentado, se ha vivido, se ha organizado y está en la sociedad como una religión más, ha sido a costa de desfigurar, de deformar y marginar el eje y centro del Evangelio.

Entonces, -y esto siempre lo discutimos- ¿cómo consigues expandir el mensaje, el proyecto-vida de Jesús, a todo el mundo, sin convertirte en una religión que, además, está apegada a un poder? Porque sin el Imperio Romano, probablemente esta expansión hubiera sido imposible. Y sin determinadas ligazones entre el poder y lo religioso, seguramente el mensaje de Jesús no hubiera llegado durante los siglos a tanta gente. ¿Eso es una teoría del mal menor? ¿O sirvió durante una época para expandir el mensaje, pero la institución debería haberse retraído, después, de su relación con el poder?

Lo que yo he podido averiguar leyendo, estudiando y reflexionando sobre esto prácticamente toda mi vida, pero sobre todo en los últimos años, es que hay un proceso que se provoca ya desde el comienzo.

Seré lo más breve posible: Lo primero es que las primeras iglesias se expandieron por el imperio sin conocer el Evangelio porque el propagador principal de aquellas iglesias fue san Pablo. San Pablo no conoció a Jesús y, por tanto, tampoco el Evangelio. Lo que él vivió en la famosa experiencia en el camino de Damasco cuando, dicen, se cayó del caballo, (aunque la historia no menciona ningún caballo) fue la experiencia de Cristo resucitado. Por tanto: Cristo, ya no de este mundo sino después de este mundo; en la plenitud de su gloria en la eternidad.

Entonces, parecía como las primarias del PP, porque Pablo y Pedro (que Pablo sí conoció y trató a Pedro) ya tenían sus trifulcas sobre cómo tenía que ser esto. Suena un poco a Cospedal/Soraya.

Tuvieron enfrentamientos por esto y por otros motivos para los que ahora no tenemos tiempo. Pero el hecho es que Pablo no conoció a Jesús. Es más, él llega a decir, en la segunda carta a los corintios, que el Jesús según la carne (o sea, el Jesús humano) no entró en sus intereses. Y sigue: “y si alguna vez me interesé por eso, en este momento no me interesa nada”.

La iglesia hoy ¿es más Pablo o más Pedro? ¿O más ninguno de los dos?

La Iglesia no se reduce a Pedro y Pablo.

Bueno, pero como síntoma: si es una iglesia más espiritual, una Iglesia más estructura, o más intentando volver a los orígenes.

Si por Pedro entendemos la iglesia que proviene del Jesús histórico, evidentemente el Evangelio es más de Pedro. Mientras que las cartas apostólicas que Pablo iba enviando a sus iglesias por todo el Imperio, desde el Oriente hasta -dicen que llegó- España, las elabora Pablo desde su experiencia del trascendente, del Resucitado. Muy condicionado también por sus ideas de educación: se educó en la cultura griega, está muy marcado por el pensamiento estoico y parece que se puede afirmar con toda garantía que tenía condicionantes de origen gnóstico. Y todo esto no es Jesús, es otra cosa y va por otros caminos.

Lo notable es que los evangelios empezaron a aparecer a partir del año 70, unos cuarenta y tantos años después de la muerte de Jesús. Cuando ya la iglesia se había organizado en comunidades y en asambleas por las grandes ciudades del imperio. Esa es la primera dificultad.

La segunda dificultad es que las asambleas que organizaban las iglesias de Pablo no tenían templos, ni tenían lo que hoy llamamos iglesias, en el sentido de edificios. Se reunían en casas, pero tenían que ser casas grandes y los que disponían de casas así eran los ricos y potentados. Por lo que la iglesia se organizó en torno a las casas de la gente rica, importante, y sus consiguientes intereses.

El tercer factor -que mucha gente no sabe ni ha caído nunca en la cuenta- es que en los primeros siglos todo el imperio era bilingüe: se hablaba sobre todo el griego, también el latín. Pero los evangelios se redactaron en griego, y el griego lo conocía la gente culta. La gente por tanto de cierto nivel social, cultural, con todos los aditamentos que inevitablemente eso lleva consigo. Y los pobres ¿qué hacían? Pues lo que siempre han hecho y siguen haciendo: se quedan al margen.

La primera traducción completa de la Biblia de la que se tiene conocimiento, no es la que da el famoso patrólogo Quasten del año 180, que ya es bastante: sería casi siglo y medio largo después de la muerte de Jesús. Según Tertuliano, en el siglo III es cuando hay noticias de esa primera traducción de toda la Biblia al latín. Por tanto, los dos primeros siglos, el pueblo no podía conocer el Evangelio.

Hay un cuarto factor muy importante: a comienzos del siglo IV viene la famosa llamada “conversión de Constantino”. A partir de aquel momento a la Iglesia se le empiezan a conceder privilegios. No me detengo en esto. Pero conviene tenerlo en cuenta. Y en el mismo siglo IV, ya al final, con el emperador Teodosio que era originario de lo que ahora llamamos España (parece que de Aragón).

Fue el que declaró la iglesia como oficial del imperio.

Claro. Teodosio fue el emperador que dio un paso más que Constantino, porque Constantino la permitió, pero Teodosio la declaró la única, y todas las demás pasaron a la clandestinidad. A partir de ese momento, finales del siglo IV, hasta comienzos del siglo VI, se produce un fenómeno que ha sido estudiado detenidamente, muy documentado, por uno de los hombres más competentes que tenemos en este asunto. Probablemente el más competente en todo el mundo: un profesor de Oxford que se llama Peter Brawn. Escribió un libro que tiene un título muy curioso: “Por el ojo de una aguja”. Que es aquello del Evangelio de que antes entra un camello por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de Dios.

Este historiador demuestra cómo desde finales del siglo IV, todo el siglo V y hasta comienzos del siglo VI, se produjo un fenómeno sorprendente: la entrada en avalancha de la gente más rica y potentada en la iglesia. La cosa llegó hasta el extremo de que hubo muchísimos casos de obispos nombrados sin estar ni bautizados. El caso más conocido es el del que fue obispo de Milán, san Ambrosio. San Ambrosio era catecúmeno, y de catecúmeno lo consagraron obispo porque vieron que era el único que podía gobernar una iglesia ingobernable por los líos que tenía. Eso se repitió por las Galias y también en la Hispania romana. Se difundió.

Esta entrada masiva de gente rica y poderosa en la iglesia le dio un giro completamente nuevo: se mantenía el Evangelio, pero no se vivía. Y aquí quiero insistir en una cuestión que me parece capital: el Evangelio no es una teoría, es una forma de vivir. Y está presente en la medida en que se vive. Si no es así, tendremos una o muchas teorías, incluso hay bastantes dichos evangélicos que se han convertido en dichos populares, pero una cosa es decirlos y otra vivirlos.

Y este es el gran problema de la iglesia: que tenemos una institución bien organizada, bien gestionada y bien estructurada pero igualmente alejada y distante del evangelio. Aunque hay personas, movimientos y grupos que lo viven, que se esfuerzan en vivirlo. A mí me ocurrió, en tiempos de Pablo VI, estando en Roma el domingo de Pascua de Resurrección, que fui a la Plaza de san Pedro a la misa del Papa. Duré allí diez minutos. Cuando vi el espectáculo, impresionante, yo pensaba: y todo esto, ¿qué tiene que ver con aquello de Jesús que nació en un pesebre y murió colgado como un delincuente?

¿Has encontrado una respuesta a eso?

Te aseguro que aquella mañana me fui a dar un paseo por las callejas del Trastevere, e iba dándole vueltas a la cabeza: «¿se me ha ido la cabeza? ¿estoy loco? ¿O la gente está loca? Cómo es posible que la historia de Jesús hay sido el origen de esto».

Aquel día había una representación de los militares aquellos que mataron a tanta gente en Argentina. Había representantes de dictaduras de América Latina, de Europa... ¡Yo qué sé! De todo el mundo y allí, en primera fila...

Como me impresionó cuando yo era estudiante y fueron mis padres, ya mayores, a verme a Roma. Y aún el Papa usaba la silla gestatoria, la tiara y todo aquel aparato de cornetas, inciensos, vestimentas...
Recuerdo que mi madre, (era muy buena mujer, nosotros somos de un pueblo y de una familia sencilla) que no tenía una cultura especial, se quedó pálida. Le pregunto:
—Mamá, ¿te pasa algo?—
—Estoy pecando—
—Mamá, por favor, que estamos en San Pedro. Aquí no se peca: aquí se viene a rezar o a unirse a la iglesia.
Y me dijo mi madre:
—Es que yo recuerdo que el Señor en lo único que se subió fue en una borriquilla. ¡Y mira cómo viene ese señor!—

Qué pedazo de lección.

Aquello se me quedó clavado en el alma y luego no he parado de darle vueltas. Y ahora, en los once años que llevo escribiendo esto de los evangelios, no paro de pensar en el mismo problema.

Estoy acabando ya un libro que se titula “El Evangelio marginado”. Y es que esto es un dolor: por eso el papa actual es una bendición. Pero él solo luchando... Aunque no está solo del todo, está muy condicionado. Y eso que dicen de “por qué no los quita a todos y pone a otros” se dice muy pronto: el Papa tiene que tener mucho cuidado en eso, porque se podría organizar un cisma.
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Los pontífices son tendedores de puentes, no destructores de comunión y, claro, es complicado. Es muy difícil el trabajo que tiene por delante Francisco.

Es una cosa extremadamente complicada, y delicada: ser bueno, pero al mismo tiempo ser firme y coherente con todos. Armonizar esas dos cosas es un auténtico milagro. Harán falta años y años para que esto pueda salir adelante.

Pero hay cosas que no me quiero callar y aprovecho este momento:

Primero, ya lo he dicho, que lo de las familias sería fundamental organizarlo porque es una lástima; a fin de cuentas, son muchos miles de personas los que todavía van a misa. Pocas instituciones tienen tanta gente asegurada todos los domingos.

Otra cosa importante sería admitir como sacerdotes a hombres casados. Y más cuando se sabe con seguridad que fue una tradición que se introdujo en el siglo IV o V.

Y, en tercer lugar, el problema de la mujer: por qué no se permite que las mujeres puedan ser sacerdotes igual que los hombres lo son. Aquí hay una cuestión más de fondo: ¿cómo con tanta frecuencia se confunde un fenómeno sociológico, cultural e histórico con un hecho teológico?

Naturalmente la mujer en las culturas antiguas estaba marginada. Y todavía vivimos de residuos de eso. Pero si de algo nos hemos convencido, y cada día lo vemos más claro, es que una sociedad que margina a la mujer no puede ir a ninguna parte. Y la iglesia tiene que abordar ese fenómeno cuanto antes: la mujer tiene los mismos derechos que el hombre, y también en teología. Es más, leyendo y releyendo, estudiando los evangelios, una de las cosas que más llaman la atención es el cuidado exquisito de protección, de respeto y de defensa que tuvo Jesús con la mujer, siempre. Fueran judías o de otros orígenes, y tuvieran la conducta que tuvieran. Jesús siempre las defendió: pues vamos a defenderlas.

Y lo último que quiero decir es que yo no tengo boca, ni palabras, ni encuentro argumentos para ponderar y agradecer al papa Francisco el hecho de que él mismo me telefoneara a mi casa, y que organizara que pudiéramos vernos y tener una entrevista. Yo le dije:

—Mire, padre Francisco, usted y yo somos dos jesuitas sin papeles lo mismo que Díez Alegría, solo que él se salió por arriba y yo me he salido por abajo—
Y se reía. Luego le regalé dos libros y me dijo:
—Siga escribiendo. No deje de hacerlo porque con esto le hace mucho bien a la gente—

Eso me ha hecho a mi más bien que todos los predicadores, directores espirituales, confesores, etc., que he tenido en mi vida.

Vamos a hacerle caso al Papa, ¿no?: siga haciéndolo.

Eso estoy intentando. Y aunque ya tengo bastantes años, sigo trabajando y seguiré trabajando con ilusión mientras la cabeza y el cuerpo aguante.

La edad está en el corazón, José María, y tú eres muy joven. Como esta niña de la portada de tu libro: “La religión de Jesús. Comentario al evangelio diario. Ciclo C (2018-2019)” editado por Desclée, como siempre. Muchísimas gracias por la charla y por tu magnífico trabajo también en religión Digital: ese inmenso servicio que haces a un montón de lectores que te siguen en todo el mundo. Muchas gracias y siempre adelante.

Muchas gracias a vosotros y a Religión Digital por el inmenso bien que hace en todo el mundo, especialmente en España, en Europa y en América Latina.

En eso estamos, José María, y gracias a personas como tú lo conseguimos.


Dios o Satán.


Dios o Satán. Discusión entre Jesús y los escribas
(Mc 3:22-30).

Xavier Pikaza I.

(a. Acusación). 22 Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: Tiene dentro a Belcebú y con el poder del príncipe de los demonios expulsa a los demonios.

(b. Discusión) 23 Jesús los llamó y les propuso estas comparaciones: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? 24 Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. 25 Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no puede subsistir. 26 Si Satanás se ha rebelado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, sino que está llegando a su fin. 27 Nadie puede entrar en la casa del Fuerte y saquear su ajuar, si primero no ata al Fuerte; sólo entonces podrá saquear su casa.

(c. Profundización) 28 En verdad os digo: todo se les perdonará a los humanos, los pecados y cualquier blasfemia que digan, 29 pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás; será reo de pecado eterno.30 Porque decían: ¡tiene un espíritu impuro!

Los escribas le acusan de expulsar demonios con ayuda de Belcebú,
su señor, dueño malo de la casa del mundo, para destruir el judaísmo: bajo capa de bien (ayuda a unos posesos), arruina o destruye a todo el pueblo, entregando al conjunto de Israel en manos del Diablo. Remitiendo al tiempo de Jesús, esta disputa nos sitúa en el principio de la iglesia, donde los discípulos, expertos exorcistas (cf. 3:14-15), reciben el rechazo oficial de los escribas (3:22).

He dividido la escena tres partes. (a) Acusación de los escribas. (b) Discusión sobre Satanás. (c) El perdón. (d) Ratificación.

(a) Acusación de los escribas (3:22), que bajan (katabantes) de la altura sagrada de Jerusalén, ciudad donde se anudan las tradiciones del pueblo, centrado en el templo. Rechazar su doctrina supone rechazar a Dios. Ellos traen la autoridad de la Ley, son hombres del Libro (sopherim) y están encargados de entenderlo y comentarlo para el pueblo. Lógicamente, al acusar a Jesús, ellos están condenando de hecho a su comunidad. Por eso, tal como aquí está narrada, la escena debe situarse en el tiempo de las disputas eclesiales, más que en el tiempo de Jesús.

Estos escribas que vienen de Jerusalén con poder de control pueden ser judíos rabínicos, pero también judeocristianos de la línea de Santiago. No se dice dónde están: ¿dentro, fuera de la casa? Evidentemente, no están en el corro, al interior del grupo, acogiendo la voluntad de Dios (cf. 3:32-34). No vienen a escuchar, saben lo que debe saberse de antemano. Tienen una ley y según ella definen lo bueno y lo malo (lo judío y lo antijudío). No lo hacen por cuestiones de dogma separado de la vida, sino desde su propia visión de la pureza judía, amenazada por Jesús. Así le acusan:

− Tiene a Belcebú (3:22) que significa Señor de la casa. Ese nombre se podía entender en sentido positivo: el mismo Dios, quizá Jesús, es Señor de la morada/casa del mundo y así puede realizar los exorcismos, expulsar a los demonios, curar a los enfermos y acoger a los posesos, leprosos, paralíticos (cf. 1:21-2:17). Pero aquí tiene sentido negativo: Belcebú es Señor de la morada demoníaca, Dios de suciedad (o de las moscas), un ídolo pagano (quizá originario de Ekron, en la franja filistea), identificado por los judíos con el Diablo. Jesús sería por tanto un anti-dios, encarnación de lo satánico.
− Y con poder del Príncipe de los demonios expulsa a los demonios (3:22). El reino de lo malo tiene un Príncipe, llamado en hebreo Satán o tentador, a quien en griego nombran Diablo; en otras versiones ha tomado el nombre de Mastema o Azazel y se dice que se ha opuesto a Dios y lucha contra su poder sobre la tierra. A sus órdenes combaten los innumerables demonios o espíritus menores que llenan el mundo y lo infestan de locura, enfermedad y muerte.

La condena de los escribas resulta coherente: Sólo el Dios de Israel es para ellos el Señor de la Morada Buena y ejerce su reinado desde Jerusalén, salvando a los humanos a través del judaísmo; el Diablo, en cambio, es Señor de la Morada Mala y quiere destruir la obra de Dios por todos los medios a su alcance. Al servicio de ese Diablo obra Jesús: parece bueno lo que hace; como un hombre piadoso ayuda a posesos y enfermos, pero en realidad actúa así para engañar a los ingenuos, destruyendo al judaísmo y encerrando a los humanos bajo el reino implacable de Satán.

Ésta es la sentencia final de unos letrados oficiales que han venido de Jerusalén para observar a Jesús y definir con autoridad el sentido de su obra. Han verificado su conducta, han sopesado su intención de fondo y su manera de enfrentarse al poder de lo satánico en el mundo. Han visto claro y pueden emitir su veredicto.

No se sientan en el aula de condenas capitales (como harán en 14:53-66, con sacerdotes y ancianos), pero a nivel social y religioso ya han fijado la sentencia: ¡Culpable de magia diabólica o satanismo! Este tribunal se coloca en el lugar de Dios, en cuyo Nombre (viniendo de Jerusalén y apoyándose en su Ley) dicta sentencia. No se limita a rechazar algunos rasgos menores del mensaje de Jesús: no le acusa por desviaciones secundarias. Ha visto lo que hace y desde Dios emite sentencia:
-- Es una sentencia teológico-social. El tema de discusión no es Dios, en plano de teoría o de experiencia individual sino saber cómo se expresa, a través de quién (de qué comunidad o iglesia) actúa, cómo se manifiesta en la vida social. El tema de fondo es el de saber cuáles son las mediaciones sociales de la manifestación y presencia de Dios.

-- Es sentencia razonada y razonable. Los escribas no parecen envidiosos o engañados: piensan que el movimiento de Jesús es un peligro pues destruye la identidad social del pueblo israelita. Por eso su más hondo deber (cf. Dt 17) les obliga a dar sentencia: piensan que Jesús es emisario de Satán y así lo tienen que decir, en nombre de Jerusalén y el judaísmo.

Los demonios son muchos: son poderes del mal que oprimen y destruyen a los hombres. El Príncipe de los demonios, a quien el texto llama también Satanás (3:23), recibe aquí el nombre popular de Belcebú, un viejo «Dios de la casa» (de origen quizá filisteo), a quien los judíos han interpretado como «Dios o Señor de las moscas», es decir, de los vivientes inferiores, infectos, de este mundo.

La acusación sigue la lógica de todas las noticias precedentes sobre el exorcismo de Jesús: expulsa a los demonios, los demonios le conocen y confiesan... ¿No será que actúa en colaboración con ellos? ¿No será que quiere destruir las bases de la santidad israelita, buscando un nuevo pueblo de leprosos-publicanos, dominados por Satanás?

La acusación se encuentra bien articulada: a través de su (aparentemente bueno) exorcismo, Jesús seduce al pueblo. Esto es lo que quieren mostrar los escribas, utilizando para ello su poder o control sobre la ley, queriendo destruir así las pretensiones del falso profeta nazareno.

Jesús y el reino de Satán (Marcos 3:23-27)

Los escribas de Jerusalén han condenado el movimiento de Jesús, diciendo que es satánico. Marcos le defiende, poniendo en boca de Jesús unas palabras rítmicas, con una pregunta, tres frases condicionales y una afirmación conclusiva, que retoma el motivo de la pregunta. Éste es el núcleo de su argumento:

a. Pregunta: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? (2:23). Esta pregunta sirve para introducir el tema que se desarrolla en parábolas o comparaciones (parabolais), no por argumentos conceptuales. Jesús no quiere demostrar en abstracto su verdad sino incitar a sus oyentes, haciendo que sopesen lo que supondría una ruptura interior en la casa o familia (dominio) de Satán; desea que disciernan en cuestión tan importante. Siguen después tres frases condicionales:

1. Si un reino está dividido… (3:24). Sirve como ejemplo o concreción del tema (por eso empieza kai ean, y si...), situándolo a la luz del símbolo del reino (basileia; cf. 1:15). Ha venido Jesús a construir el Reino de Dios, pero los escribas dicen que de hecho está construyendo el de Satán. Jesús responde: ¿podría mantener su reino Satanás si estuviera dividido, permitiendo que Jesús cure a sus posesos? ¿no habrá que entender la acción sanadora de Jesús y de su iglesia como argumento en favor de la caída del reino de Satán? Así supone Marcos.

2. Si una casa está dividida… (3:25). Repite el comienzo anterior (kai ean) y la estructura de la frase, pero no desde la perspectiva del reino, sino de la casa, entendida como espacio (edificio) donde Dios y Satán disputan su dominio. Los escribas llaman a Jesús enviado de Satán, dicen que rompe la casa judía y destruye su verdad sagrada. Jesús responde adoptando el argumento anterior: si la casa de Satán estuviera dividida, si Jesús luchara en contra de sus habitantes (posesos), esa casa no podría mantenerse. Argumentando así, Marcos desea que el oyente (lector) responda de manera negativa: ¡No! Satán no deja que su casa se divida

3. Si Satanás está dividido… (3:26). Lo que decía sobre el reino y casa se aplica ahora a Satán, objeto de la controversia. Han acusado a Jesús de emisario suyo diciendo que en su nombre expulsa a los demonios. Jesús contesta otra vez en estilo condicional (kai ei...): ¿cómo podría mantenerse Satanás así escindido? La respuesta del lector ha de ser esta: Satanás no está escindido; Jesús ha conquistado el duro edificio de su reino y casa; no ha venido a destruir la casa de Israel sino a Satán que dominaba a los humanos; de esa forma construye la iglesia/casa de los liberados.

b. Afirmación mesiánica conclusiva: nadie puede entrar en la casa del Fuerte sin atarle o vencerle primero (3:27).

De las condicionales pasamos a afirmación solemne de Jesús (encabezada por un alla, pero…), por las que él se presenta veladamente como triunfador de Satán. Fuerte (iskhyros) era Satán; dura su casa o familia (oikia), potente su reino. Pero Jesús es el Más Fuerte (cf. Iskhyroteros de 1:7), conforme a una palabra de clara confesión mesiánica: él ha conquistado ya el reino/casa de Satán; le ha vencido, le ha atado, ha empezado a liberar a sus cautivos, cumpliendo así lo que latía en 1:12-13. La iglesia de Jesús está constituida por aquellos que confiesan su victoria sobre el Diablo y continúan realizando su tarea sobre el mundo.

(b) Argumentación de Jesús sobre Satanás (3:23-27). Jesús asume el reto de los escribas y responde, en palabras de gran dureza que expresan su mensaje. Recogiendo elementos prepascuales, su discurso (3:23-30) forma parte de la polémica cristiana con el judaísmo. La respuesta de Jesús empieza siendo una llamada al pensamiento, para culminar en una de condena fuerte expresada a través de una intensa voz de alerta, que dirige a los que manipulan a los otros, manteniendo la propia religión (seguridad) a costa de oprimirles. No desarrollo la respuesta; me limito a presentar sus temas:

• Reino o casa dividida. Siguiendo la terminología de aquel tiempo, Jesús supone que Satanás tiene su reino bien organizado y así pregunta: ¿Cómo podría mantenerse ese reino si está dividido? Si una casa se escinde en lucha interna, no puede mantenerse. Si, como dicen los escribas, luchara Satanás contra Satanás, esa sería una noticia buena. ¿Qué más podrían pedir los escribas? La propia división de Satanás ofrecería un signo de su ruina. Pero ¿es eso cierto? Así pregunta Jesús, introduciendo un tinte de ironía inquietante en el discurso que han trenzado los escribas (3:23-27).

La casa del fuerte. Juan llamó a Jesús «más fuerte» (1:7). Pero en el lenguaje de los escribas el más fuerte es Satanás. Así lo emplea Jesús y pregunta: ¿quién puede entrar en su casa y atarle para apoderarse luego de su armamento? Pues bien, al venir y vencer a Satanás, el mismo Jesús cumple la palabra del Bautista y se presenta, de un modo implícito, pero bien claro, como aquel que es más fuerte que Satanás: es emisario de Dios. Sus enemigos, los escribas, no lo han entendido. Viene a luchar contra Satanás, liberando a los posesos-pecadores y ofreciendo a todos, un camino de reino, y los escribas, enfrascados en sus discusiones eruditas y en su forma de entender los ritos de su pueblo, no le aceptan (3:27).

Profundización: Pecado contra el Espíritu Santo (3:28-29). Son iglesia los que aceptan la acción liberadora de Jesús. Caen en pecado, según Marcos, aquellos que le condenan como emisario de Satán. De esa manera, Jesús invierte la razón de los escribas, diciendo que son ellos en el fondo los endemoniados (pues luchan contra el Espíritu de Dios), corriendo el riesgo de quedar prendidos, destruidos, bajo el poder diabólico de la opresión humana.

El Espíritu es la fuerza sustentante de la nueva comunidad (iglesia) que Jesús ha instituido con su proyecto mesiánico; por eso pecan contra el Espíritu aquellos que niegan y rechazan su acción liberadora en favor de los pobres. Dura ha sido la acusación contra Jesús; durísima su respuesta: ¡Negándose a acoger la obra de Dios, los escribas se destruyen a sí mismos! Al afirmar que Jesús “tiene un espíritu impuro” (3:30), los escriben no le rechazan simplemente a él, rechazan y niegan la obra salvadora de Dios a favor de los excluidos de la sociedad.

Hemos visto ya los argumentos. Los escribas acusan a Jesús de traición contra la casa nacional del judaísmo, afirmando que es un “poseso”: no es hombre de Dios, sino del Diablo. Jesús les contra-acusa diciendo que son ellos los que en realidad destruyen la obra de Dios (del Espíritu Santo), corriendo así el riesgo de quedar prendidos bajo el poder de Satán (pecado contra el Espíritu Santo). La misma ayuda que Jesús ofrece a los proscritos, su forma de acoger a los posesos, pecadores, publicanos, viene a presentarse también (junto al tema de la comida con los pecadores y marginados, cf. 2:16) como articulum stantis et cadentis Ecclesiae (es decir, como el “dogma práctico” que define la esencia de la iglesia).

Los escribas piensan que al abrir su comunión a los posesos, marginados, pecadores, Jesús destruye la estructura sagrada del judaísmo legal, actuando así como emisario satánico. Por el contrario, Jesús muestra que su acción expresa y despliega la más honda verdad del judaísmo universal (abierto desde ahora a todos los necesitados del mundo). En el fondo de esta disputa se vinculan el aspecto teológico y social. Hemos destacado hasta aquí más el rasgo social; ahora evocamos el teológico:
-- Dios. Sólo rechazando a los escribas, Jesús puede ofrecer mensaje de Dios y acción liberadora en favor de los proscritos. Por eso emplea la fórmula de revelación solemne (¡amên legô hymin!), mostrando (cf. pasivo divino) que Dios mismo perdona los pecados... (3:28). En nombre de ese Dios actúa Jesús cuando ayuda a los endemoniados. Sin el descubrimiento fuerte y creativo de su gracia carece de sentido esta controversia. Sólo allí donde Dios se revela como amor, venciendo la opresión de los que intentan controlar a los demás con su legalismo, puede hablarse de evangelio.

-- Espíritu Santo. Han acusado a Jesús de poseso, infiltrado de Satán, Espíritu impuro (3:22), como muestra el aparte literario conclusivo: ¡Decían: tiene un Espíritu impuro! (3:30). Pues bien, al hablar así, los escribas pecan en contra del Espíritu Santo, rechazan la acción salvadora universal que convoca por Jesús a los posesos y pobres (3:28-29). De esta forma se oponen los espíritus: el impuro de la destrucción del ser humano, vinculado a Satán; y el santo que brota de Dios y se presenta por medio de Jesús como fuerza de liberación. El Espíritu Santo es el Poder de pureza que se opone a la impureza del demonio; es el amor y comunión que va creando familia desde los últimos (posesos).

-- Jesús. Aparece en el centro de la discusión como Fuerte (iskhyros, cf. 3:27), en palabra que sitúa nuestra escena en el trasfondo del bautismo (cf. iskhyroteros: 1:7). Vino a vencer a Satanás, ya le está venciendo. Esa victoria no implica el fortalecimiento de la ley sino superación del Israel de los escribas. Jesús no es mensajero de renovación israelita; no ha venido a repetir u organizar en clave de ley lo que ya existe, para bien de la nación sagrada, como desean los escribas (cf. 1:22), sino a vencer a Satanás y construir sobre el mundo la nueva familia de Dios, con autoridad sobre los espíritus impuros (cf. 1:21-28). El mismo Dios le ha llamado Hijo amado (1:11); es evidente que tiene autoridad sobre su casa.
Hemos vinculado así el aspecto social y teológico del tema. Es claro que Marcos no ha desarrollado este modelo "ternario" de la revelación (Dios, Espíritu, Jesús), pero está latente en su discurso. Jesús y los escribas no discuten sobre aspectos generales del misterio (bondad, omnipotencia) sino su concreción social. Esa discusión nos conduce a la raíz eclesial de eso que podemos llamar el dogma cristiano.

Exorcismos, lucha contra el Diablo. Visión de conjunto (3:20-35)

Los exorcismos son un gesto apotropáico destinado a expulsar los malos espíritus (demonios) de un lugar o persona. Evidentemente, el Jesús de Marcos asume (por ley de encarnación) la visión de los exorcismos de aquel tiempo, aunque introduce dentro de ella novedades significativas, que ahora destacamos en perspectiva de polémica y surgimiento eclesial:

1. Exorcismo y polémica judía (3:20-35). Los escribas "que bajan de Jerusalén", como representantes de la ortodoxia del pueblo, reconocen los exorcismos de Jesús (su acción en favor de los posesos), pero los interpretan como provocación antijudía: al introducirse en el mundo de posesos y ayudarles, Jesús y su grupo universalista (no los parientes judeocristianos, unidos a los escribas) rompen las fronteras de lo puro y de lo impuro, apareciendo como socialmente peligrosos

2. Exorcismo y polémica pagana (5:1-20). Jesús libera al geraseno, pero los habitantes de la zona (de la ciudad y los campos: 5:14) le "ruegan" que salga de su tierra. Prefieren quedar como estaban, en equilibrio de violencia con los posesos. No aceptan la libertad de Jesús.

3. Exorcismo y polémica intra-cristiana (9:38-41). Como representante de la "iglesia zebedea", Juan pretende impedir que un exorcista no comunitario "expulse demonios" en nombre de Jesús: quiere edificar una estructura de poder sobre la fuerza "sacramental" de su exorcismo, poniéndose al frente de una iglesia para dominar sobre el mundo. Evidentemente, Jesús se lo impide.

4. Exorcismo cristiano. A los discípulos, que son-con-él (forman su familia), Jesús les ofrece dos tareas que en el fondo se identifican: proclamar el mensaje (keryssein) y expulsar demonios (3:14-15; cf. unidad de ambos gestos en 1:27). Los enviados de Jesús son exorcistas: proclaman conversión, expulsan demonios y curan a los enfermos (6:7.12-13). Éste es su poder, éste su oficio sobre el mundo.

Consecuencia. El exorcismo es un "sacramento" difícilmente controlable en clave de institución. Para que funcione y sea eficaz tienen que "verse" sus frutos, de tal modo que aparezca como amenaza para los que quieren "controlar" la sociedad a través de sus demonios (judíos, paganos, cristianos falsos). La iglesia de Jesús responde a su llamada expulsando demonios, liberando de esa forma al ser humano.

Bibliografía

+Para situar el tema en el trasfondo de Satán, según el judaísmo, cf. P. Sacchi, L'Apocalittica giudaica e la sua storia, Paideia, Brescia, 1990, 272-297.
+En perspectiva cristiana T. W. Manson, The Sayings of Jesus, London 1971, 84-87.
+Sobre los "espíritus" malos y buenos cf. H. Schlier, Mächte und Gewalten nach dem NT, en Besinnung auf das NT, Herder, Freiburg 1964; C. K. Barret, The Holy Spirit in the Gospel Tradition, SPCK, London 1970; V. P. Hamilton, Satan, ABD V, 985-989.
+Sobre los escribas cf. J. Trebolle, La Biblia judía y la Biblia cristiana, Trotta, Madrid 1993, 119-131; J. I. Levine, The Rabbinic Class of Roman Palestine in Late Antiquity, Jerusalem 1989; A. J. Saldarini, Scribes, ABD V, 1012-1016. No parece clara la visión de Jesús como protofariseo de H. Falk, Jesus, the Pharisee: A New Look in the Jewishness of Jesus, Paulist, New York 1985.
+El judaísmo rabínico actual sigue juzgando peligrosa la actitud de los carismáticos que desde su experiencia y libertad amenazaban las instituciones sociales, legales (sacrales) de lo que G. Vermes llama respetabilidad del judaísmo: Jesús, el judío, Muchnik, Barcelona 1977, 87 (cf págs. 63-87).
+Cf. también J. Klausner, Jesús de Nazaret, Paidós, Buenos Aires 1971, 369-376. Sobre el pecado (especialmente contra el E. Santo) cf. E. P. Sanders, Sin, Sinners, ABD VI, 40-47; C. Colpe, Der Spruch von der Lästerung des Geister, en Fest. J. Jeremias, Göttingen 1970, 63-69; M. E. Boring, The Unforgivable sin Logion, NT 18 (1976) 258-279; H. W. Beyer, Blasphêmeô, TDNT, I, 621-625.
+He planteado de forma básica el tema en Trinidad y comunidad cristiana, Sec. Trinitario, Salamanca 1990, 45-80. Cf. también Trocmé, Formation 104-109; Mateos-Camacho, Marcos 326-355; Gnilka, Marcos I, 168-181; Pesch, Marco, I, 323-363.

MISA ANGLICANA TRADICIONAL

"La Iglesia que queremos"


Carta abierta al Papa y a los obispos chilenos

Esta carta nace de la desolación por la crisis actual que atraviesa nuestra Iglesia y especialmente porque Cristo y su evangelio no están llegando y convocando a las nuevas generaciones. Concordamos con el Papa Francisco en no quedarnos rumiando en la desolación, sino ir más allá de la queja y hacer algunas sugerencias constructivas de por dónde ir. Esta carta es también una respuesta a su invitación a tener el coraje de decirle: "este camino es el que hay que hacer, este no". Esperamos que ella contribuya a la necesaria reorientación del rumbo de la Iglesia.

Preámbulo: una confesión de fe

Tal como nos enorgullecemos de Francisco de Asís, Tomás Moro, Madre Teresa y del Padre Hurtado, sentimos vergüenza propia por Maciel, Karadima y tantos otros sacerdotes y religiosos pedófilos; y ¿qué decir de los obispos encubridores? Nos abruma que, a consecuencia de estos condenables comportamientos, millones de personas se están distanciando de la fe. Desgraciadamente, la historia muestra que la Iglesia tiene, como cada uno de nosotros, un lado oscuro. Junto a lo santo y sagrado, conviven el abuso de poder, la arrogancia, la hipocresía, el dogmatismo - tanto más grave cuando van revestidos de virtud.

Con todo, amamos a la Iglesia y reconocemos lo mucho que hemos recibido de ella:

Conocer a Cristo y su mensaje;
Infundirnos elevados ideales, centrados en el amor;
Despertar una inquietud por lo sagrado y lo trascendente;
Inculcarnos que somos parte de una comunidad, los unos para los otros;
Alentarnos a construir el Reino, lo que da sentido a nuestra vida.

Por eso - pese a las caídas e insuficiencias de Pedro y sus sucesores - Cristo fundó la Iglesia con el mandato de evangelizar al mundo. En efecto, sin la Iglesia institucional, con todos sus claroscuros, no se habría podido transmitir esa fe de generación en generación.

Sin embargo, por importante que sea la Iglesia, Jesucristo es el fin. La Iglesia sólo es eficaz en la medida que nos orienta hacia Él, su testimonio y su palabra. Por eso esta crisis es doblemente grave, sobre todo para quienes inadvertidamente pusieron su fe en la Iglesia y sus autoridades, en vez de en la persona de Cristo.

No obstante, confiamos en que esta necesaria renovación purificará nuestra fe. Y hay que reconocer que junto con lo negativo también hay muchos signos de esperanza, como la existencia de comunidades de base en torno a las parroquias donde las personas muestran su deseo de profundizar su fe más allá de la misa dominical. Otro es el aporte de numerosos movimientos (Carismáticos, Catecúmenos, Comunión y Liberación, CVX, Familia Espiritual Charles de Foucauld, Focolares, Opus Dei, Schoenstatt, Apostólico Manquehue...) por medio de los cuales los laicos pueden vivir más intensamente su fe, cada uno según su carisma.

Con todo, el signo más importante está en la evolución del pensamiento de la Iglesia sobre lo temporal y lo sobrenatural. Durante siglos prevaleció en ella la idea de que la vida religiosa era el estado más perfecto, puesto que se centraba en lo importante y trascendente, la unión con Dios; mientras que los laicos se dedicaban a lo secundario y transitorio: las cosas de este mundo.

Sin embargo, la reflexión de la Iglesia sobre el mensaje de Jesucristo ha ido madurando, llegando a concluir que el Reino de Dios no es del más allá, si no que comienza con Jesús en el más acá. A la construcción del Reino estamos llamados sus seguidores, todos, no sólo unos cuantos. Seremos juzgados según hayamos contribuido a la construcción de una civilización basada en la fraternidad y el amor, tarea principal de los laicos.

Los hermanos protestantes fueron quienes primero desarrollaron esta idea -500 años atrás. En esa misma época se encuentran otros exponentes de esta vocación de servicio de los laicos, como lo predicaba San Ignacio de Loyola en sus ejercicios espirituales. En el siglo XX, esta vocación pasa a ser carisma central de numerosos movimientos laicos. Y el Concilio Vaticano II lo explicita en su plenitud para la Iglesia universal.

Propuestas constructivas.

Queremos una iglesia:

Centrada en Jesús y su proyecto de vida;
que vive y simboliza lo que predica;
evangélica y misionera;
cuyo magisterio esté centrado en lo esencial;
que distinga entre los ideales y las normas morales básicas, y
cuya institucionalidad esté acorde a Su mensaje.
Por cierto, la Iglesia nunca alcanzará la perfección, pues está compuesta de personas como nosotros, débiles y pecadoras.


Una iglesia centrada en Jesús y su proyecto de vida

En tiempos pretéritos la fe era impuesta por la autoridad de la época. Si el monarca era cristiano, se generaba una cultura e instituciones favorables a la difusión del cristianismo. Esta cultura masificó la fe, pero a expensas de su profundización

Hoy ya no hay una cultura dominante. Coexisten múltiples sub-culturas y creencias. De ahí que la fe es cada vez más una opción de convicción, fruto de un encuentro personal con Jesús, e incentivada por el testimonio de cercanos.

Para inducir tal encuentro, nuestra evangelización debe aterrizar el mensaje de Jesús a las necesidades del hombre y de la mujer de hoy. No obstante, el progreso alcanzado por la sociedad, siguen vigentes las preguntas de siempre. ¿En qué consiste una vida plena? El sentido de mi existencia ¿se reduce a maximizar el placer del momento? ¿En qué ideales y valores voy a construir mi vida?

El mensaje de Jesús para la humanidad viene a responder tales inquietudes. Por cierto, el cristianismo no es la única cosmovisión presente, pero dudamos que haya alguna con un mensaje tan poderoso para mover al ser humano como el Sermón de la Montaña, ni un proyecto que dé más sentido a las personas que el de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Además, qué mejor fuente de seguridad y felicidad puede haber que la de arrimarse a un Padre Bueno y Misericordioso. Y lo que hace aún más atrayente y creíble el mensaje y propuesta de vida de Jesús, es que lo que predicó lo vivió hasta la muerte. Esta consecuencia, atrae, sobre todo en una era, como la nuestra, sospechosa de las instituciones pero sedienta de testimonios.

Una iglesia que vive y simboliza lo que predica

Toda época rechaza la incoherencia entre lo que se predica y lo que se practica. Fue el mismo Jesús quien nos aconsejó que siguiéramos lo que enseñaban los doctores de la ley, pero no lo que practicaban. Nuestra época es particularmente sensible a esta incoherencia e hipocresía.

Pensamos que parte importante de la popularidad que despierta el Papa Francisco se debe a su sensibilidad por los símbolos. En lugar de residir en los amplios y suntuosos departamentos del Vaticano, opta por vivir en el pensionado para sacerdotes. En vez de movilizarse en un vehículo de lujo, usa un auto pequeño. Él se declara Obispo de Roma y visita periódicamente a sus habitantes. No sólo bendice a las personas si no que pide sus oraciones. Este actuar suyo, consonante con la sencillez de Jesús y del Evangelio, le da credibilidad a sus palabras, lo que atrae tanto a creyentes como no creyentes.

Desafortunadamente el ejemplo del Papa Francisco es más la excepción que la regla. Demasiados símbolos tradicionales de la Iglesia alejan en lugar de atraer. Jesucristo predicó que el que quiere ser primero sea último en honor y primero en servicio. ¿Es congruente este mensaje con los títulos que emplea la jerarquía: reverendísimo, excelentísimo? ¿No son anacrónicos tales títulos? Tal vez en la era monárquica pudo haber tenido algún sentido llamarse "Príncipe de la Iglesia", como se titulan los cardenales, pero ¿puede serlo hoy? ¡El único príncipe que se menciona en el evangelio es Satanás! Y ¿cómo es posible que las oficinas del arzobispo de Santiago se sigan llamando el "palacio" arzobispal? Sabemos que ahí se trabaja y se sirve al Pueblo de Dios, pero su nombre evoca el poder y no el servicio, que es el valor esencial en la Iglesia de Jesucristo.

Asimismo, muchas de las ceremonias litúrgicas son pomposas, llenas de incienso y vestimenta arcaica, que tuvieron sentido en una época, pero que resultan ajenos a la cultura actual. ¿Se sentiría cómodo Jesús con tales ritos? Sin duda vería la buena intención, pero ciertamente es un estilo antagónico con su forma de vida. ¿No sería más atrayente hoy optar por símbolos eclesiales más acorde con la sencillez y pureza interior predicada por Jesús y sus discípulos, pescadores de Galilea?

Una iglesia evangélica y misionera

Reconocemos que servir al Pueblo de Dios es un desafío grande, pero dicha tarea no es suficiente. Esta todo el mundo de los no creyentes. Por eso el Papa Francisco nos invita a "salir de la capilla" y de nuestra zona de confort y predicar en la plaza pública. Una iglesia que no evangeliza no es iglesia. Si no estamos profundamente convencidos que los no creyentes se están perdiendo la riqueza de conocer y seguir a Jesús, entonces debemos dudar de nuestra propia fe.

Ahora que la fe no llega por la cultura ¿cómo interesar a las personas de buena voluntad, en búsqueda de la trascendencia y sedientos de descubrir el camino hacia una vida plena? Un lugar privilegiado, es a través del sistema educacional y las clases de religión. En efecto, es en la adolescencia cuando la mayoría de las personas decide qué quiere hacer con su vida y qué valores van a sustentarle en su camino. Desgraciadamente, con contadas excepciones, la clase de religión es pobre, más apta para niños que para jóvenes. Su contenido a veces deslinda con la superstición, induciendo a dejar de lado la razón en lugar de usarla. No en balde muchos jóvenes abandonan la fe por considerarla puro mito, tal como dejan de creer en el viejito pascuero.

Por eso, consideramos imperativo que se convoque a nuestros mejores teólogos y pedagogos a diseñar programas modernos de religión para la juventud, a la altura de sus inquietudes, aspiraciones e intelectos; que los entusiasmen con los ideales de Jesús, su propuesta de vida y su ejemplo. Ello requerirá mejorar drásticamente la preparación de profesores de religión, incluyendo el entrenamiento de laicos voluntarios de otras profesiones.
Evidentemente, ofrecer tales programas no garantiza que todos los jóvenes tomarán la opción creyente - no hay nada que lo garantice. Pero al menos habrán estado expuestos e instruidos en una fe adulta y atrayente, para que la semilla plantada germine más adelante.

Una iglesia cuyo magisterio está centrado en lo esencial

Mateo 25 nos indica que en el Juicio Final entrarán al Reino los que "dieron de comer al hambriento y de beber al sediento, los que recibieron al forastero, vistieron a los sin ropa, visitaron a los enfermos y a los encarcelados". Esto muestra que para Jesús lo esencial para la salvación es la ortopraxis, no la ortodoxia. Ello implica revertir los actuales énfasis desde la pureza doctrinaria a la pureza (nunca plenamente alcanzable) de la praxis.

La doctrina es importante sólo en la medida que nos lleva a la ortopraxis. Cuáles son esas doctrinas que llevan a la ortopraxis es materia de reflexión y discusión. Pero nos parece ser un conjunto de dogmas mucho más reducido de los que pueblan el catecismo actual. El Credo puede ser un buen punto de partida (y tal vez de llegada).

Además es necesario distinguir entre las doctrinas de fundamental importancia, y doctrinas de segundo o tercer nivel de relevancia. Las doctrinas de "primera importancia" serán aquellas que se han mostrado históricamente como las que más acercan a Jesús y a su mensaje, por lo que pueden considerarse condicionantes para profesar la fe católica. Las doctrinas de "segunda" o "tercera", deberían ser las que complementan las de "primera" o ayudan a algunos a acercarse a Jesús.

¿Serán doctrinas de la misma importancia para la fe: el pecado original, la teoría de la expiación, el purgatorio, las indulgencias, los pecados capitales, la marianología, los mandamientos de la Iglesia; como lo son la Divinidad de Jesús y la Santísima Trinidad, el amor a Dios y al prójimo, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, el perdón de los pecados y la vida eterna? En suma, deberían ser considerados de primera importancia todos aquellos conceptos contenidos en los evangelios y la iglesia primitiva. De no hacerse esta distinción, se corre el riesgo de confundir lo que es fundamental para una vida cristiana, de lo que no lo es y, por ende, de crear problemas y dudas innecesarias en asuntos no esenciales para lograrla.

Esta distinción de una fe basada más en lo esencial y menos en lo accesorio, ¿no nos conduciría además hacia un acercamiento con nuestros hermanos ortodoxos y protestantes?

Una iglesia que distinga los comportamientos ideales de las normas morales básicas que deben cumplir sus fieles.

Jesús no fue nunca "manga ancha" con la ley. Fue exigente, mucho más allá de esta. Para Él no basta el cumplimiento externo de la ley si no el deseo e intención de corazón. Por eso, por ejemplo, el destruir la reputación del otro es una manera de matarlo; así como mirar con lujuria a una mujer es una forma de adulterio. Sin embargo, no sólo fue exigente, si no compasivo con el caído. Es lo que nos indica en la parábola del hijo pródigo. Es lo que hizo al perdonar a la mujer adúltera. Nos llama a ir más allá de los mínimos- a superar al fariseo que se jacta de su virtud en cumplir la ley; pero es compasivo con el que se reconoce necesitado del perdón, como el publicano que se golpeaba el pecho por sus pecados.

La Iglesia no debe dejar de motivarnos hacia el ideal que nos propone Jesús. Sin embargo, tiene que reconocer que hay una diferencia entre el ideal a que Jesús nos llama - aspirar a lo máximo - y lo mínimo que se le debe exigir a un feligrés, simplemente por ser persona. La Iglesia ha desarrollado este distingo en muchos temas, por ejemplo, en el manejo de nuestros bienes materiales. Jesús dijo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de los cielos. Además, le propuso al joven rico que si quería ser perfecto vendiera todos sus bienes y se los regalara a los pobres y luego lo siguiera a Él. La Iglesia ha interpretado esta pobreza "evangélica" propuesta por Jesús, como un ideal al que todo cristiano debería aspirar; pero no considera su incumplimiento un pecado mortal. La persona que le paga un salario justo a sus trabajadores y gana una remuneración limpiamente por su esfuerzo es honrada; cumple con el mínimo (de la ley natural), aunque diste del ideal cristiano de compartir todos sus bienes con los más necesitados.

Asimismo, el ideal de amor al prójimo sería "poner la otra mejilla" si uno es atacado. Sin embargo, el mínimo es frenar nuestro instinto de venganza y cumplir con la justicia. En otros casos hemos elevado lo que es un ideal a lo mínimo exigido por la moral. Un ejemplo de ello es el ideal del matrimonio: que sea un amor de por vida. Es lo que cree y desea toda pareja al casarse; es lo que se refleja en la poesía y los juramentos espontáneos de fidelidad eterna de los enamorados de todos los tiempos; es lo que nos dice Jesús que fue la intención de Dios, cuando le preguntan sobre el divorcio permitido por Moisés. Pero ¿es la indisolubilidad matrimonial el mínimo exigible a toda persona, por lo que sería pecado mortal divorciarse y volver a casarse? o ¿no será este un ideal al que debemos aspirar pero no el mínimo exigible? Ese distingo entre el ideal matrimonial y el mínimo exigible es lo que hace que nuestros hermanos ortodoxos así como protestantes permitan que personas cuyos matrimonios fracasaron - después de un auténtico intento de reencuentro - se divorcien y puedan volver a casarse, siguiendo en comunión con la Iglesia.

Algo similar podría decirse de las relaciones sexuales. El ideal es que sean signos de amor en una relación estable y permanente (matrimonio). Y sin duda es necesario seguir insistiendo en el ideal de relacionar sexo con amor, sobre todo en una sociedad como la actual donde se llega a banalizar el acto sexual reduciéndolo a un puro placer narcisista. Pero ¿no habríamos de distinguir entre relaciones sexuales promiscuas, sin amor, de relaciones pre-maritales donde el acto de amor es eso: una expresión de amor entre los dos, aun no siendo matrimonio?

Como en todos los temas morales la última palabra la tiene la voz de la conciencia abierta e instruida, predispuesta a dudar del impulso del deseo y a contrarrestarlo. Con todo consideramos que la moral católica se beneficiaría de una revisión sistemática de sus posturas tradicionales bajo la lupa del distingo entre lo que es ideal y lo que es el mínimo exigible a cada persona.

Carismas en la Iglesia

Una Iglesia cuya institucionalidad esté acorde a Su mensaje

Hay distintos carismas en la Iglesia, todos necesarios: el de los laicos, construir el Reino; el del clero, predicar, administrar los sacramentos y animar a los laicos; el de los obispos, orientar y organizar la evangelización y mantener la unidad del pueblo de Dios; el del Papa como "primus inter pares", de mantener la unidad de la Iglesia.

Sin embargo, con los siglos se han privilegiado algunos de esos carismas y atrofiado otros. De tal modo que la Iglesia se asemeja hoy mucho más a la estructura de un "ejercito prusiano" que a una comunidad de fieles, con una cúspide sobre empoderada y una base pasiva y obediente. El Papa ha llegado a ser "la" autoridad, casi todopoderosa, en doctrina, en moral y en el gobierno de la Iglesia; apoyado por la Curia, una "élite" poco transparente, hermética, autocomplaciente y alejada de la grey. Una cosa es escuchar con apertura y debido respeto las palabras y enseñanzas del Papa y otra es pretender que todos sus dichos son dogmas. De hecho, apenas dos de las enseñanzas posteriores a la declaración de infalibilidad papal en el Concilio Vaticano I son consideradas dogmas por los teólogos: la Inmaculada Concepción y la Asunción de la Virgen (y en ambos casos se dijo que simplemente se estaba ratificando la creencia y práctica del Pueblo de Dios por siglos).

Los teólogos distinguen entre el magisterio extraordinario (infalible) y el magisterio ordinario. El magisterio ordinario es el del día a día, partiendo del catecismo, las prédicas dominicales en la parroquia, las cartas del Obispo o del Papa, las declaraciones de la Conferencia Episcopal, e inclusive Concilios universales orientadores (como el Vaticano II, que no intentó "definir dogmas"). Ahí sin duda se encuentra la sabiduría acumulada de la Iglesia por siglos, pero ahí también hay cizaña: teologías equivocadas, prejuicios culturales, enfoques parciales y aseveraciones francamente erradas. En su conjunto es muy relevante y beneficioso, pero no hay que sacralizarlo todo. El magisterio infalible es ese conjunto de doctrinas importantes y relevantes para la salvación (aunque, como dijimos arriba, ninguna es esencial salvo la ortopraxis de Mateo 25), que distingue primordialmente a los cristianos de los no cristianos y no creyentes y, secundariamente, los católicos de los cristianos no católicos. El magisterio ordinario es amplísimo. El magisterio infalible, referente a declaraciones excepcionales de Concilios y del Papa, es muy reducido, cuyos límites sigue siendo aún materia de discusión entre los teólogos.

Sabemos que Jesús prometió estar con su Iglesia hasta el fin del tiempo "para que las puertas del infierno no prevalecieran sobre ella". Más nos parece tarea urgente de los teólogos precisar hasta donde se extiende esta promesa de Jesús de proteger su Iglesia de errores fundamentales irremediables. Ello requiere delimitar ese magisterio infalible a lo esencial del mensaje de Jesús. Como un paso en la dirección de aclarar los límites del magisterio extraordinario, consideramos prometedor la distinción anterior entre doctrinas de primer orden para ayudar a la salvación, y otras que son secundarias.

Por otra parte, por mucho respeto que nos merezca el Papa y su magisterio, no todo lo que él o sus antecesores dicen y hacen, es necesariamente bueno y correcto. También pueden equivocarse gravemente en sus nombramientos, sobre todo si no escuchan al episcopado y al laicado. Hay signos esperanzadores: la corrección fraterna al Papa Francisco por el obispo de Boston cuando Francisco trató de calumnias las acusaciones al Obispo Barros; también es admirable la constancia de la comunidad de Osorno que insistió en no aceptar al Obispo, pese a que este contaba hasta hace poco con la confianza del Papa. La "corrección fraterna" va en ambas direcciones, no sólo de arriba hacia abajo (lo típico hoy en día), sino también desde ésta hacia la autoridad (dónde aún falta mucho).

Si en la práctica, el papado está sobredimensionado en su papel y autoridad, los obispos están demasiado reducidos en lo suyo. Esto implica reconocer institucionalmente la colegialidad de los obispos tanto en el ámbito nacional como universal. Ellos trazan su autoridad directamente desde los apóstoles. Son tan obispos como el Obispo de Roma. Grandes decisiones en materia de doctrina, moral o rito deberían ser fruto de una reflexión colegiada de los obispos en un Concilio universal, convocados por el Papa, sucesor de Pedro y Obispo de Roma.

El rol de los laicos en la Iglesia está casi totalmente atrofiado debido al clericalismo reinante de hace siglos, basado en una teología que caducó con el Vaticano II. Ese Concilio insistió no sólo en que el Reino de Dios comienza en este mundo si no que su construcción es de todo el Pueblo de Dios. Laicos y religiosos somos igualmente responsables, cada uno con su propio carisma.

No obstante, el clericalismo perdura en la práctica - tanto en el clero como entre los laicos. Por ejemplo, en estos últimos acontecimientos de la Iglesia en Chile la voz de los laicos ha sido un gran ausente. Los laicos hemos sido espectadores, cada uno preguntándose ¿Por qué la "Iglesia" permite estos abusos? ¿Por qué los obispos y/o el Papa no hacen algo? Pero salvo contadas excepciones, los laicos hemos tomado palco. Por cierto, los laicos no fuimos consultados por la jerarquía cuando estalló la crisis actual. Pero nada ni nadie nos impidió opinar libremente una vez que se conoció. ¿Dónde está la opinión de los laicos? Más bien, ¿dónde están esas opiniones?, pues seguramente habrá una gran diversidad de puntos de vista. Si los laicos desean ser escuchados, ante todo deben expresarse. Y deberá incorporarse esa voz de los laicos institucionalmente a la estructura de la Iglesia. Cada parroquia tiene, en teoría, un consejo laical y nos imaginamos, el obispo también tendrá el suyo. Pero al parecer funcionan al arbitrio del párroco u obispo. ¿Ha de tener el consejo laical un rol puramente asesor o debe tener un rol vinculante en algunos temas? ¿Podrá sugerir la remoción de un párroco o un obispo? ¿No deberá ser al menos consultado antes del nombramiento de unos y otros? ¿Qué rol institucional deben de tener los movimientos laicos?

Además, hay que reconocer que los que más trabajan pero menos participan en decisiones dentro de la Iglesia son las mujeres. Tal vez, para algunos sea demasiado pronto la idea del sacerdocio femenino. Sin embargo, todos concordarán que la mujer debería tener un liderazgo en la Iglesia semejante al del hombre. Y esto debería reflejarse en los distintos consejos laicales y en la conducción de la Iglesia, despojándola del machismo que la ha caracterizado históricamente.

Laicos en la Iglesia

Finalmente, unas palabras sobre el clero. Nuestros corazones están con esa mayoría de sacerdotes y monjas que trabajan día a día en el apostolado sin mayor reconocimiento, y que hoy tienen que cargar con la cruz de ser sospechosos de abusos y corrupción por la acción de los menos. También sufrimos por ese gran número de curas de pueblo o único cura de parroquia que viven vidas tan abnegadas y en gran soledad. Mas esta última cruz no es necesaria. La vida sacerdotal es suficientemente exigente, casi heroica, para exigir además la soledad afectiva del celibato. Nos parece que es tiempo de volver a la práctica de antaño en Occidente y vigente hasta el día de hoy en los ritos orientales de nuestra propia iglesia católica, que los sacerdotes, al menos los diocesanos, puedan ser casados. El celibato sería requisito sólo para la vida monacal y las órdenes religiosas cuya labor así lo requiera.

Cierre

Sin duda nuestras aseveraciones son incompletas; faltarán matices y habrá más de alguna errada. Y aunque fuera pertinente todo lo que decimos, lo aquí propuesto no es "el" camino si no, a lo más, unos pasos en la dirección que estimamos correcta. Sabemos que son muchos, con otras ideas de cómo y por dónde ir. Bienvenidas sean esas propuestas. Los que sientan que en lo grueso esta carta representa su sentir los invitamos a adherir a ella. Pero igual de importante, los que no estén de acuerdo o sientan que son otros los caminos, los invitamos a expresar públicamente su sentir. Pero comencemos a andar, pues como Jesús mismo nos dijo, "la cosecha es abundante pero los trabajadores pocos". La Iglesia no es sólo asunto de los religiosos. Es hora que los laicos asumamos el rol que nos corresponde en el Pueblo de Dios.

Santiago de Chile, Junio 2018