"Quórum Teológico" es un blog abierto al desarrollo del pensamiento humano y desea ser un medio que contribuya al diálogo y la discusión de los temas expuestos por los diferentes contribuyentes a la misma. "Quórum Teológico", no se hace responsable del contenido de los artículos expuesto y solo es responsabilidad de sus autores.

Ya puedes traducir esta página a cualquier idioma

Déjanos tu mensaje en este Chat

'Esos idiotas peligrosos': los medios progresistas, Trump y los estadounidenses de clase obrera


Sarah Smarsh

www.eldiario.es/231016



En marzo mi abuela Betty, una anciana de 71 años, hizo tres horas de cola para poder votar a Bernie Sanders en el caucus del Partido Demócrata en el estado de Kansas. Era la primera vez que votaba en unas primarias y aunque fue un suplicio, en ningún momento se planteó regresar a casa sin haber votado. Betty, una mujer blanca que no terminó sus estudios de secundaria, que tuvo a su primer hijo a los dieciséis años y vivió en la más absoluta pobreza la mayor parte de su vida, quería votar.



Esperó su turno a pesar de sus debilitadas rodillas; las mismas que en el pasado la mantuvieron de pie durante horas en una fábrica. Esperó su turno a pesar del enfisema pulmonar provocado por el tabaquismo y de la dentadura postiza que ha lucido desde que era una veinteañera, dos señales claras de la clase social a la que pertenecemos. En la década de los sesenta, antes de la sentencia Roe contra Wade, la mujer que esperó su turno pagó a un desconocido para que le introdujera un gancho de alambre en el útero tras descubrir que estaba embarazada de un hombre del que huyó después de que le rompiera la mandíbula.



Durante muchos años, Betty trabajó como funcionaria de libertad condicional para el sistema judicial de Wichita, en Kansas. Su trabajo consistía en hacer un seguimiento de violadores y de asesinos. Por eso, está curada de espantos. Sin embargo, no ha dudado en afirmar que el candidato republicano Donald Trump es un sociópata “con la boca llena de mierda”.



Nadie detesta a Trump más que ella. El candidato dijo que debe castigarse a las mujeres que aborten y ha dicho cosas horribles de colectivos que ella conoce desde su infancia y con los que ha trabajado codo a codo. Su estilo pomposo e indecente ofende su sensibilidad humilde y del medio oeste americano.



La clase trabajadora, integrada por personas como Betty, se ha convertido en la obsesión de todos aquellos que cuando comentan estas elecciones presidenciales hablan de “clases”: ¿Quién está detrás de esta bestia feroz y por qué apoya a Trump?



Los votantes de Trump no son tan pobres



Las cifras cuantitativas ponen en duda, o niegan de plano, la tan regurgitada teoría de que el nivel de educación o de ingresos permite predecir el apoyo a Trump, o la afirmación de que la clase trabajadora blanca lo apoya desproporcionadamente.



El mes pasado, el resultado de una encuesta elaborada por Gallup sobre una muestra de 87.000 personas dejó entrever que los partidarios de Trump no tienen más problemas económicos o derivados de la inmigración que aquellos que se oponen al candidato republicano.



Según este estudio, sus seguidores no tienen ingresos más bajos o una tasa de desempleo más alta que otros estadounidenses. La información relativa a los ingresos se pierde elementos importantes: aquellos con ingresos altos también pueden tener problemas de salud o ser propensos a empeorar económicamente.



Sin embargo, la mayoría de encuestados no se aferraban a trabajos que podrían perder. Uno de los analistas de Gallup explicó que, sorprendentemente, “parece no haber ningún tipo de relación entre sufrir la amenaza de la competencia comercial con otro país y apoyar políticas nacionalistas en Estados Unidos”.



A principios de año, los sondeos que se llevaron a cabo antes de las primarias mostraron que aquellos que votaron a Trump tienen un mayor poder adquisitivo que el resto de estadounidenses, con unos ingresos familiares de 72.000 dólares, lo cual supera los ingresos de los que votaron a Hillary Clinton o a Bernie Sanders. El 44% tiene un título universitario; en comparación con la media nacional, que es del 29% para el conjunto de la población, o del 33% en el caso de la población blanca.



En enero, el politólogo Matthew MacWilliams indicó que uno de los factores que permite predecir el apoyo a Trump es una cierta tendencia al autoritarismo, mientras que los ingresos, la educación, el género, la edad o la raza no son factores determinantes.

Sin embargo, todos estos hechos objetivos no han servido para que los expertos y los periodistas dejen de repetir hasta la saciedad que la clase obrera blanca ha decidido apoyar a un demagogo que se distingue por su grandilocuente verborrea.



Para explicar correctamente por qué parte de la ciudadanía se siente atraída por Trump, una cobertura mediática equilibrada debería incluir más reportajes sobre el racismo y la misoginia en los barrios acomodados donde viven algunos votantes de Trump. O, en el supuesto de que se esté valorando la amargura de la clase trabajadora causada por la situación económica, también deberían publicarse reportajes sobre legisladores demócratas que en las últimas décadas han decidido destruir la red de bienestar, se subieron al carro de Wall Street y se olvidaron de los trabajadores estadounidenses cuando negociaron acuerdos comerciales internacionales.



Sin embargo, para los medios de comunicación nacionales, integrados, en su mayoría, por progresistas de clase alta o de clase media, eso supondría tener que mostrar los rostros de sus semejantes.



Si bien es cierto que los rostros que los periodistas muestran en televisión –rostros enfurecidos que hacen comentarios sexistas cerca de una bandera de la Confederación– se merecen algún tipo de cobertura mediática, no son un reflejo de las comunidades que yo conozco tan bien. El hecho de que los medios de comunicación hayan ignorado comunidades como la mía ha creado una falta de comprensión tan grave que con un primer vistazo a un blanco con problemas económicos parece servir para describir a la totalidad.



El ejemplo antropológico de JD Vance



Un vistazo a la actualidad nos lleva hasta JD Vance, autor de una autobiografía que ha sido éxito de ventas, Hillbilly Elegy (Elegía del palurdo). Es la historia de un abogado de éxito que creció en una pequeña ciudad siderúrgica de Ohio y cuya familia, a pesar de ser de clase media, lidiaba con la precariedad. El libro nos habla del caos que suele perseguir a una familia que ha quedado atrapada en un ciclo de pobreza durante generaciones.



Vance se autodefine como conservador y afirma que no votará a Trump. Sin embargo, intenta comprender por qué muchas personas de clase trabajadora sí lo harán. Tiene que ver con una ansiedad cultural que surge cuando muchos amigos consumen opiáceos y mueren por sobredosis y la casta política ya te ha dejado claro que no te ayudará. Si bien su experiencia es extrapolable a la de otras personas de zonas concretas, los periodistas de la Costa Este han convertido a Vance en portavoz de toda la clase obrera blanca.



Los entrevistadores y los críticos literarios parecen sentirse aliviados por el hecho de haber encontrado a alguien que tiene unas opiniones que confirman las suyas. The Run-Up, el podcast de las elecciones del The New York Times, afirmó que la autobiografía de Vance también es un estudio de antropología cultural de la clase obrera blanca que ha apoyado la candidatura de Trump (al tuitear la crítica del libro, The New York Times ironizó con la pregunta: “¿Quieren saber más sobre las personas que le han dado alas a Donald Trump?”.



Si bien los orígenes de Vance se remontan a la industria minera de Kentucky, la mayoría de los blancos con dificultades económicas no son hombres conservadores y protestantes de los Apalaches. A veces parece ser el único elemento del imaginario colectivo: un tipo escondido en una chabola situada en una montaña remota, como un fantasma polvoriento, como si la pobreza de los blancos no estuviera delante de nuestras narices, pasando nuestras tarjetas de crédito en una tienda de rebajas en Denver o pidiendo limosna en una calle de Los Ángeles.



Los estereotipos simplones suelen penetrar allí donde el periodismo no consigue llegar. La última vez que la clase a la que pertenezco por nacimiento recibió una atención mediática de estas proporciones fue 20 años atrás. No salió en los informativos sino en una serie de televisión, Roseanne. El guión de esta serie resulta más riguroso y certero que las reflexiones de los comentaristas de las cadenas de televisión de Nueva York.



Las imágenes de personas blancas de clase trabajadora y progresistas, entre las que se incluyen mujeres como Betty, no son mostradas por unos medios de comunicación obsesionados por las audiencias y que cubren estas elecciones como si se tratara de una carrera de caballos.



Los pobres, idiotas peligrosos



Este paradigma de los medios de comunicación ha alimentado la leyenda de un Estados Unidos polarizado, el azul demócrata contra el rojo republicano, en el que el 42% de los habitantes de Kansas que votaron a Barack Obama en 2008 han quedado silenciados.



En estas primarias, el número de habitantes de Kansas que participó en el caucus demócrata superó el de aquellos que votaron en el caucus de Donald Trump. Se trata de una información relevante y lo cierto es que ningún periódico nacional la ha mencionado, tal vez porque no pudo entender que en esa zona que observa desde la lejanía viven millones de estadounidenses más progresistas que los que se pueden encontrar en los bastiones de Clinton.



En lugar de dar este tipo de información, los medios han presentado a los blancos de clase trabajadora como un todo y han creado un imaginario caduco y traicionero que resulta muy conveniente para el capitalismo. Según este mensaje, los pobres son unos idiotas peligrosos.



La superioridad moral que siente la clase adinerada de Estados Unidos ha dado alas a esta leyenda urbana relativa a los blancos de clase trabajadora y que los presenta como los culpables del auge de Donald Trump y que presupone que aquellos que lo apoyan por los peores motivos representan al conjunto de partidarios.



Esta noción se repite en todos los análisis sobre estas elecciones, como también la creencia de que los blancos pobres no solo tienen problemas económicos sino también de personalidad.



En un artículo sobre estas elecciones publicado por el National Review en marzo, Kevin Williamson escribió un análisis sobre los votantes blancos con pocos recursos. En las últimas décadas este colectivo ha visto como su tasa de mortalidad ha aumentado considerablemente. Su artículo se hace eco de una creencia compartida por conservadores y progresistas cuando indica que estas comunidades, devastadas por la oxicodona, “se merecen morir”.



“Los blancos de clase baja están instalados en una subcultura tóxica y egoísta cuyas consecuencias son la miseria y el consumo de heroína”, afirma. “Los discursos de Donald Trump hacen que se sientan bien. Como la oxicodona”.



Para confirmar que muchos periodistas no comprenden a este colectivo y que no se trata de un fenómeno limitado a los conservadores más provocadores, solo hace falta leer una serie de reportajes publicada por el The Washington Post que analiza por qué la tasa de mortalidad de las mujeres blancas que viven en zonas rurales se ha disparado. Se centra en sus hábitos como fumadoras y describe con todo detalle “sus caras demacradas” y el proceso de embalsamamiento de sus cuerpos. Es difícil imaginar un reportaje que analizara a mujeres blancas de clase alta tras su fallecimiento. La indignación de sus familiares y amigos con la educación, el tiempo y la voluntad de escribir cartas a los directores de los periódicos sería descomunal.



Dignidad y tristeza en la clase trabajadora



Un sentimiento que me parece incluso más ridículo que el desprecio y la humillación es su “primo pobre”: la piedad.



En una columna de opinión que publicó recientemente David Brooks en el The New York Times, titulada Dignity and Sadness in the Working Class (Dignidad y tristeza de la clase trabajadora), el periodista nos habla de un obrero del sector de la metalurgia que vive en el estado de Kentucky y que ha perdido su trabajo. En su último día en la fábrica, el hombre se dirige hacia la salida mientras es vitoreado por sus compañeros, una escena que a mí me parece triunfal pero que a Brooks le parece lamentable. El periodista señala que el hombre trabajó muy duro por una miseria y que era muy capaz pero su trabajo no se valoraba. Según él “irradiaba la tristeza residual de un corazón solitario”.



Me resulta difícil imaginar un desprecio mayor. Estos profesionales de la comunicación han ignorado los problemas de la clase trabajadora durante décadas y ahora suplican al país que tenga compasión. No necesitamos sus análisis y todavía menos sus lágrimas. Lo que necesitamos es que alguien explique nuestra situación; a ser posible un periodista que pueda entrar en una fábrica sin que una niebla de culpabilidad empañe sus gafas.

Uno de estos periodistas, Alexander Zaitchik, viajó durante varios meses a lo largo y ancho de seis estados del país para conocer de primera mano a blancos de clase trabajadora que apoyan a Trump. Quería que el libro que publicará – The Gilded Rage (La Furia Dorada, en un juego de palabras con 'the Gilded Age', la edad dorada)– reflejase la complejidad de las historias humanas que son ignoradas por la cobertura mediática diaria. Zaitchik explica que el proyecto nació como consecuencia de los duros comentarios realizados por personas que viven en un huso horario completamente distinto al de estas comunidades y que tienen unos niveles de ingresos completamente distintos.



Zaitchik describe de forma inteligente su encuentro con la clase media trabajadora, integrada en su mayoría por blancos que han trabajado duro y que han sufrido graves pérdidas, tanto durante la crisis financiera de 2008 como por los cierres de fábricas y despidos de los últimos años. Descubrió que el apoyo a Trump se debe en gran medida a motivos económicos, de principio a fin. Pudo constatar la ira de estas personas y descubrió que están indignados con los de arriba, no con los de abajo. Están enfadados con todos aquellos que negociaron acuerdos comerciales globales, no con las minorías.



Al mismo tiempo, es cierto que en estas comunidades se dan actitudes racistas y nacionalistas, como también se dan entre los demócratas y las personas con una situación más privilegiada.



Una encuesta realizada la pasada primavera por Reuters refleja que un tercio de los demócratas encuestados apoyarían que temporalmente se prohibiera la entrada de musulmanes en Estados Unidos. En otra encuesta, en este caso de YouGov, el 45% de los demócratas encuestados reconocieron que tienen una mala opinión del Islam, sin que se apreciaran diferencias entre los encuestados con distinto nivel de ingresos. Muchos de los que no votarán a Trump no son un dechado de virtudes mientras que los que sí lo harán se convierten en un blanco de ataque fácil y se les considera la plaga moral del país.



El clasismo y “una panda de abominables”



Cuando recientemente Hillary Clinton afirmó que la mitad de los que apoyan a Trump son “una panda de abominables”, Zaitchik le comentó a otro periodista que esta expresión se podía interpretar como otra forma de decir “otro cubo de basura blanca”. Clinton no tardó en disculparse por este comentario. Sin embargo, generalizar de este modo en un acto que se celebró en la parte baja de Manhattan, en el que se recaudaron 6 millones de dólares, con asistentes que llegaron a pagar entradas de hasta 50.000 dólares, me evocó algunas escenas de la comedia televisiva Veep; una sátira política en la que un poderoso político de Washington habla con desdén sobre “la gente corriente”.



Cuando hablamos, Zaitchik mencionó al presentador de la cadena HBO Bill Maher, “cuyas opiniones sobre los que votan a Trump se fundamentan en la eugenesia, ya que considera que tiene defectos congénitos. Sería imposible hablar de otro grupo de personas en estos términos y no ser despedido”.



Tal vez Maher es un ejemplo extremo de petulancia clasista. En el verano de 1998, cuando tenía 17 años y me acababa de graduar del instituto, trabajé en un elevador de grano durante la siega del trigo. Un elevador que estaba situado a unos 80 kilómetros, en Haysville, Kansas, explotó (el polvo del trigo es muy inflamable) y siete trabajadores murieron en la explosión. El accidente sacudió a mi comunidad, a mi familia y a mí y nos sirvió de recordatorio de todos los peligros que corremos cuando trabajamos como agricultores.



Como todos los demás, seguí haciendo mi trabajo. Tras una larga jornada transportando sacos pesados y cargando camiones que transportan trigo, solía ver el programa de televisión Politically Incorrect, un programa de ABC que por aquel entonces presentaba Maher. En un contexto en el que todavía se estaba buscando el cuerpo de uno de los trabajadores muertos en la explosión de Haysville, Maher bromeó acerca de que la gente debería tener mucho cuidado con las rebanadas de pan.



Creo que por primera vez tomé conciencia del hecho de que a lo largo de mi vida me iba a identificar políticamente con aquellos que insultan mis orígenes.



Este tipo de bromas están tan generalizadas que los más privilegiados económicamente no suelen darse cuenta. Los que escriben, debaten y publican periódicos, libros y revistas con la mejor de las intenciones suelen ofender desde la ignorancia.



Por ejemplo, fueron muchos los que me recomendaron el éxito de ventas White Trash (Basura blanca), de Nancy Isenberg, sin percatarse de que el título me ofende a mí y a las personas que quiero. El alivio que sentía por el hecho de que alguien hubiera escrito sobre un pasado que compartimos se esfumaba cada vez que lo veía en mi biblioteca, hasta el punto que al final opté por quitarle la portada. Sorprendentemente, los ejemplares promocionales del libro reflejan el tipo de nociones elitistas que Isenberg quiere denunciar: “Este libro parte de nuestros mitos reconfortantes sobre la igualdad y deja al descubierto el legado fundamental de la omnipresente y embarazosa, aunque a veces entretenida, basura blanca pobre”.



El libro, en cambio, está escrito con más tacto y expone hechos que deberían servir para terminar con los prejuicios a los que se refiere el título. Aunque lo cierto es que ni siquiera Isenberg consigue librarse del marco clasista.



Cuando a principios de año la presentadora de On the Media, Brooke Gladstone, le pidió a Isenberg que hablara de prejuicios que presentan a los blancos pobres como personas intolerantes, la autora habló del problema: “Tienen ciertas actitudes que sin duda son racistas y no puedes esconderlas y hacer como que no existen. Forma parte de su mentalidad”.



¿Solo los ignorantes son racistas?



Todas estas generalizaciones sobre los grupos más vulnerables nos permiten ver que los debates en torno a las clases en un país que es relativamente joven y que creía que no tenía castas son extremadamente simplones.



“El problema es que muchos intentan presentar a los blancos pobres como los únicos racistas del país”, le explicó Isenberg a Gladstone: “Como si fueran más racistas que el resto”.



La raíz de este problema reside en la creencia de que la clase alta tiene una moral más elevada. Como escribió la periodista Lorraine Berry en un artículo publicado el mes pasado, se ha consolidado la noción de que solo los ignorantes son racistas. Según este discurso, el racismo desaparece con la educación. Soy la primera persona de mi familia con un título universitario y les puedo asegurar que ningún miembro de mi familia necesitó pasar por una universidad para aprender qué es tener un mínimo de decencia humana.

Berry señala que los republicanos formados en las universidades de élite están detrás de esta creencia. De hecho, no fueron los blancos pobres, ni siquiera los blancos republicanos, los que promulgaron leyes para mantener la segregación racial o los que durante décadas observaban cómo las banderas confederadas ondeaban en los capitolios estatales. No fueron los blancos pobres los que convirtieron a los negros en criminales con leyes que prohibían la marihuana y la guerra contra las drogas. Tampoco fueron los blancos pobres los que se inventaron el fantasma de la “reina de la beneficencia” para referirse a los afroamericanos.



Con ello no quiero minimizar la importancia del racismo en los estratos más bajos de la sociedad pero sí recordar que estos comportamientos horribles también están presentes en las clases más altas de distinta forma y con mucha más fuerza.



Los periodistas y los comentaristas también deberían señalar con el dedo a otro tipo de blancos: conservadores sociales que donan dinero a la campaña de Trump pero que son demasiado civilizados como para ir a un mitin y chillar para expresar sus opiniones.



Según el discurso de la campaña de Trump y la información disponible, lo votarán personas a las que les va bastante bien pero que se consideran víctimas del sistema.



Los medios no parecen entender que gran parte de la clase trabajadora blanca preferiría cerrar filas con cualquier otro sentimiento que no sea el de victimismo. En la actualidad, fichan cuando entran y salen de su trabajo, guardan los cupones de descuentos de los supermercados, educan a sus hijos en el respeto e intentan esquivar la cobertura mediática.



Brecha entre realidad y política



Barack Obama, un hombre negro formado a partir de la experiencia negra, suele citar a sus descendientes por parte de madre; gente blanca de clase trabajadora: “Muchas de mis influencias proceden de mis abuelos maternos, que crecieron en el interior de Kansas”, indicó este mes a propósito de un encuentro celebrado en la Casa Blanca sobre cuestiones rurales.

El año pasado, en una conversación con la autora Marilynne Robinson, del The New York Review of Books, Obama lamentó todos estos conceptos erróneos y tan comunes sobre las pequeñas localidades del interior de Estados Unidos, por las que él siente admiración. “Hay una brecha enorme entre la realidad de las vidas diarias de estas personas y cómo hablamos de la realidad de Estados Unidos y de la vida política”. Señaló que uno de los elementos que contribuyen a ampliar esta brecha son “los filtros entre las personas corrientes” que hacen lo que pueden por sobrevivir, así como los debates políticos demasiado complejos.



"Nos debería hacer reflexionar el hecho de que destacados comentaristas progresistas consideren que el término “populismo” tiene connotaciones negativas"



“Me siento muy reconfortado cuando tengo la oportunidad de conocer a estas personas en su contexto”, explicó: “Por algún motivo, el filtro hace que en el ámbito político nacional sus realidades no se presenten de forma alentadora”.



Sin duda, una de estas descripciones desalentadoras, la caricatura del votante blanco que destila odio y que lleva vaqueros grasientos, responde a una realidad. En mi pueblo conocí a uno o dos; el típico grandulón que amenaza a personas todavía más débiles que él y que amenaza a las personas de color para que huyan del pueblo, insulta a las mujeres y utiliza pistolas de aire comprimido para disparar contra gatos. Así sería Trump si hubiera nacido donde yo nací.



La fascinación de los medios de comunicación hacia el votante de Trump alimenta la teoría, tan de moda, de que detrás de su apoyo se esconde la intolerancia. Es cierto que los problemas económicos de la clase trabajadora blanca son un punto más para Trump, como también lo es la falta de dinero de las personas de color, que al mismo tiempo son el blanco de ataque de sus comentarios racistas y xenófobos y que por este motivo le han dado la espalda. Sin embargo, uno creería que a los progresistas blancos que pertenecen a la élite y que a lo largo de esta campaña han transmitido una imagen de grandeza ética les costaría más pensar en términos globales sobre relaciones comerciales e inmigración si hubieran tenido que cerrar su fábrica o su comunidad hubiera sido diezmada.





Analistas acomodados



Los analistas acomodados que se oponen a Trump suelen examinar los males sociales desde un determinado punto de vista; están convencidos de que sus tendencias políticas son un reflejo de sus valores y de su personalidad. Cabe suponer que muchos de ellos heredaron estas ideas, de la misma forma que muchos estadounidenses que crecieron en los estados republicanos heredaron las suyas. Si creciste en un ambiente progresista, no deberías estar tan orgulloso de ti mismo por votar en contra de Trump.



También está de más esta idea condescendiente de que los demócratas que en las últimas décadas no se han sentido representados por su partido y que se han unido al Partido Republicano “están votando en contra de sus intereses. Esta noción tiene un trasfondo antidemocrático, ya que parte de la premisa de que un gran número de estadounidenses carece de las condiciones mentales que se precisan para votar”.



Son muchos los que siguen apoyando a Trump a pesar de todo lo publicado sobre su trato a las mujeres, sus actitudes racistas y otras actitudes temerarias. Son capaces de decidir su voto y de tomar sus propias decisiones. Cuando intentemos discernir de quién estamos hablando, debemos ser conscientes de nuestros prejuicios de clase.



¿Periodista? No de clase obrera



Un artículo publicado recientemente en la edición impresa del The New York Times describía a un hombre de Kentucky así: “Mitch Hedges cultiva ganado y suelda herramientas que se utilizan en las minas de carbón. Cree que va a perder su trabajo en seis meses pero no apoya a Trump, al que considera un idiota”.



Celebré que, por una vez, se hablara de un hombre blanco de clase obrera que no vota a Trump. Me hizo reír la expresión “cultivar ganado” ya que uno puede cultivar la cosecha o criar animales. Para una periodista que durante su juventud hizo ambas cosas, es difícil tomarse en serio este reportaje de The New York Times.



La principal razón por la cual los medios de comunicación más importantes no parecen comprender las cuestiones de clase es precisamente que no hay diversidad socioeconómica en las redacciones.



Pocas personas que crecieron rodeadas de pobreza terminan trabajando en las redacciones o publicando libros. De hecho, son tan pocas que me pareció necesario dar un giro a mi carrera y especializarme en cuestiones de clase en un sector rico y privilegiado de la misma forma que los periodistas negros hablan de raza en un sector que está integrado mayoritariamente por blancos.



Con esto no quiero decir que uno debe pertenecer a un determinado grupo o lugar para hacerles justicia, como han demostrado los buenos periodistas de investigación y los comentaristas en el último siglo e incluso antes.



Escuchen la serie sobre pobreza que ha emitido la radio On the Media. El segundo episodio de esta serie incluye la siguiente reflexión de Gladstone: “Los pobres, en su conjunto, son un grupo tan poco homogéneo como cualquier otro”.



Sé que muchos periodistas son personas muy trabajadoras que quieren presentar la historia bajo el ángulo correcto y no me gusta criticar a los medios de comunicación. El clasismo de los presentadores de la televisión por cable es simplemente un reflejo del clasismo del sector más privilegiado de Estados Unidos. Lo vemos en todas partes, desde los tuits que presentan a los votantes de Trump como palurdos sin remedio hasta en el hecho de que el Partido Demócrata que no se tomó la molestia de crear una plataforma centrada en las medidas de reducción de la pobreza hasta un mes antes de las elecciones presidenciales.



Medios deliberadamente obtusos



La distancia económica que separa al periodista de los protagonistas de sus reportajes nunca ha sido tan peligrosa como en la actualidad, marcada por una histórica disparidad entre ricos y pobres. A menudo los reportajes se centran en el mercado de valores y no en las personas que nunca tuvieron acciones.



Durante décadas, los medios de comunicación de Estados Unidos han sido deliberadamente obtusos cuando han tenido que informar de las quejas de los ciudadanos de a pie. Este ha sido un factor que sin duda ha ayudado a crear el espacio de resentimiento que Trump ahora ocupa. Nos debería hacer reflexionar el hecho de que destacados comentaristas progresistas consideren que el término “populismo” tiene connotaciones negativas.



Estamos ante un periodismo que integra la plutocracia que debería criticar, que no ha sabido cumplir con su deber de guardián de la verdad y que ha perdido el respeto hacia todas aquellas personas que no dudan en llamar las cosas por su nombre.



Mi abuelo Arnie, que ya ha fallecido, era una de estas personas. Hombres parecidos a Trump pasaban con sus lujosos vehículos por nuestra granja, con la intención de hacer negocios. Mi abuelo sabía reconocer a los que eran unos embusteros y unos estafadores, los trataba con amabilidad y los mandaba a paseo. Si por algún motivo te despedías de alguno de ellos con un apretón de manos, mi abuelo se reía y te decía: “mejor que cuentes tus dedos”.



En un mundo en el que las “Bettys” y los “Arnies” prácticamente no tienen voz, los que tienen una plataforma desde la que lanzar sus opiniones deberían reflexionar antes de despotricar sobre ellos.



Tal vez quieras generalizar y crear un estereotipo para presentar a un grupo de personas y especular sobre sus ideas políticas o creerte superior a ellos, por ejemplo, los que hacían un tercer turno en una fábrica de Boeing mientras otros viajaban a México de vacaciones, los que limpiaban el suelo de un McDonalds mientras otros debatían en las redes sociales en torno al salario mínimo, los que tuvieron que vaciar sus casilleros cuando se cerró la fábrica de cerveza Pabst, mientras otros bebían cervezas artesanales en bares de moda, los que regresaron de Oriente Medio dentro de un ataúd mientras otros escribían columnas de opinión sobre política exterior. Si este es el caso, deberías aceptar el hecho de que tal vez te pareces más a Trump de lo que te gustaría.


Antonio Guterres: un voto por la paz negativa  



www.alainet.org/091016



Desde hace varios días, en la sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el secreto a voces era que el portugués, Antonio Guterres se perfilaba como el próximo Secretario General de la institución para sustituir en el cargo, a partir del 1 de enero de 2017, al surcoreano Ban Ki-Moon. El disgusto de diversos Estados miembros de la ONU era mayúsculo: después de todo, el proceso para elegir al nuevo Secretario General se suponía que sería más transparente a diferencia de elecciones previas, donde, en “lo oscurito”, o bien en el Consejo de Seguridad, a puertas cerradas, se tomaba la decisión.



La Carta de la ONU establece que en la elección del Secretario General intervienen tanto el Consejo de Seguridad, como la Asamblea General, siendo éste segundo el órgano en el que, lo dispuesto por el primero, se ratificaba con el voto de todos los Estados miembros. Ahora bien, la diferencia entre elecciones previas y la actual, es que se abrió la posibilidad de que quienes aspiraran al cargo, comparecieran ante los miembros de la ONU para presentar su propuesta de plan de trabajo.



Así, en el primer semestre del año en curso, suspirantes procedentes sobre todo de Europa Oriental, más Europa Occidental, América Latina y Nueva Zelanda desfilaron ante los miembros de la ONU, explicando sus proyectos. Con todo, y pese a lo “democrático” que este ejercicio pudiera parecer, la elección del portugués Antonio Guterres fue “a la antigua”, decidida en el seno del Consejo de Seguridad, fundamentalmente con la bendición de los cinco miembros permanentes de ese órgano –Estados Unidos, Rusia, la República Popular China, Francia y la Gran Bretaña- tras seis rondas de votación.



¿Cómo se llegó a la conclusión, en el Consejo de Seguridad, de que Guterres era el mejor candidato, capaz de colocar a la ONU en el centro de la política mundial, en tareas tan complejas como el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales y la promoción del desarrollo y del respeto de los derechos humanos? Nadie lo sabe. Los miembros del Consejo de Seguridad no explican al mundo sus decisiones, como tampoco transparentan por qué votan como lo hacen.



Hay que recordar que, en esta ocasión, como nunca antes, se postularon varias mujeres, algunas de ellas con reconocidas capacidades para aspirar seriamente al cargo. Entre ellas cabe destacar los casos de la búlgara Irina Bokova, actual titular de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y la neozelandesa Helen Clark, responsable del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Las carteras en las que ambas se han desenvuelto, no son poca cosa: son temas fundamentales del desarrollo, de la paz positiva, y de tareas que, al no ser atendidas, coadyuvan a las inmensas desigualdades y a la inseguridad que imperan en el mundo de hoy. Lo que es más: la desatención que merecen los temas del desarrollo en la agenda global es preocupante.



En septiembre de 2015, la comunidad internacional aprobó los objetivos de desarrollo sostenible (ODS), 17 metas que ponen el acento en el combate de la pobreza, la erradicación del hambre, la promoción de la salud y del empleo, el cuidado ambiental, etcétera. Por lo tanto, cualquier aspirante a presidir la Secretaría General de Naciones Unidas, estaría llamado a velar por el cumplimiento de dichos objetivos, teniendo en mente la relación simbiótica que existe –o debería existir- entre seguridad y desarrollo (paz positiva). Bokova y Clark, claramente tenían el perfil deseado y requerido para llevar a buen puerto esa encomienda.



Por lo tanto, la designación del portugués Antonio Guterres como Secretario General, arroja muchas dudas. De entrada, se trata de un ciudadano europeo, el cuarto en la historia de la institución, en ser investido con esa responsabilidad –previamente figuraron el noruego Trygve Lie, el sueco Dag Hammarskjöld y el austríaco Kurt Waldheim. Al terminar el mandato de éste último en 1982, se produjo un acuerdo no escrito entre los miembros de Naciones Unidas, en el sentido de buscar que la Secretaría General reposara en nacionales de países en desarrollo, conforme al principio de representación geográfica que la ONU impulsa –al menos en teoría- en todos sus órganos, programas y organismos especializados.



Fue así que tras Waldheim, un latinoamericano, el peruano Javier Pérez de Cuéllar, ocupó el cargo, seguido por el egipcio Boutros Boutros-Ghali, el ghanés Kofi Annan y el surcoreano Ban Ki-Moon. Si a ellos se suma la gestión del birmano U Thant, quien fue designado Secretario General tras la muerte de Hammarskjöld, resulta que la región peor representada en ese importante órgano es América Latina, dado que Europa había producido tres Secretarios Generales, Asia dos, África dos y en el caso latinoamericano sólo uno.



El argumento para privilegiar a un nacional procedente de los países en desarrollo para la Secretaría General, se basó en el hecho de que en los organismos y programas más importantes del Sistema de Naciones Unidas suelen predominar funcionarios de países desarrollados, contrario al ya citado espíritu de la representación geográfica. Con todo, la designación de Antonio Guterres rompe con esa tradición que se había mantenido, al menos, desde 1982. América Latina, por su parte, quedó marginada del proceso y tal vez tendrán que transcurrir 10 largos años, antes de que la región pueda volver a aspirar a ocupar el cargo.



Otro tema que ha generado un disgusto mayúsculo ante la designación de Guterres, es el de género. En la historia de la ONU, han desfilado por la Secretaría General, ocho Secretarios Generales, todos ellos hombres. Naciones Unidas desoyó así, la necesidad de impulsar al más alto nivel, la equidad de género, tema que, se suponía, finalmente sería considerado en la reciente elección del (a) nuevo (a) Secretario (a) General. Con todo, una vez más, se eligió a un hombre, pese a que, como ya se comentaba, figuraban entre los aspirantes, distinguidas féminas con credenciales impecables.



Aquí no se discuten las competencias ni el currículum de Antonio Guterres. Se trata de un personaje con una distinguida carrera política en su natal Portugal y en la Unión Europea, y que, de manera más reciente, estuvo a cargo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) -en una de las coyunturas más dramáticas en la materia, al menos desde la segunda guerra mundial. Empero, su designación fue una decisión alimentada por la coyuntura y por la afectación que la crisis de los refugiados sirios, iraquíes y otros más, le genera específicamente al continente europeo.



En este sentido, el nombramiento de Guterres pareciera obedecer a un razonamiento eurocentrista y de paz negativa. La encomienda es que mitigue esa crisis, no sus causas. Ello es grave, pero lo es más, el mensaje que transmiten los miembros del Consejo de Seguridad –sobre todo los permanentes- de la ONU al mundo: a pesar de que había candidatas idóneas para asumir tan insigne responsabilidad, al final del día no se les consideró aptas para el cargo. Así, el conservadurismo y la desigualdad de género que se manifiestan cada vez con mayor crudeza en diversas partes del mundo, hizo eco, de manera muy desafortunada, en la mismísima Naciones Unidas.



No es deseable que la coyuntura sea la consideración fundamental para designar a un Secretario General. Ahí está el caso del saliente Ban Ki-Moon. Se pensaba que este personaje ayudaría a gestionar la crisis de las relaciones entre Corea del Norte y Corea del Sur, toda vez que, cuando fue canciller, había participado en las pláticas para una posible unificación de ambos territorios.



Sin embargo, a 10 años de la gestión de Ban al frente de la ONU, la situación en Corea del Norte no podría ser peor. El país, que ya había abandonado el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares en 2003, se embarcó en un polémico programa nuclear que lo ha llevado a desarrollar misiles y ojivas nucleares acompañadas de diversos ensayos, que abonan a la inseguridad regional y mundial. Teniendo este marco como referente, a Antonio Guterres se le está entregando la estafeta de la Secretaría General, porque se piensa que tras su paso por el ACNUR, es la persona mejor calificada para enfrentar la crisis de los refugiados, ya descrita, en Europa.



La moraleja de esta historia es que la ONU existe, no para abocarse a un tema único, por más importante que éste sea. Naciones Unidas, a lo largo de la gestión de Ban, ha perdido relevancia en el mundo. En las principales crisis que se han gestado en los últimos años, la ONU ha sido hecha a un lado por las grandes potencias, quienes han preferido negociar entre ellas acuerdos y medidas de acuerdo con sus intereses instrumentales particulares. En Ucrania, Siria, Irak, Afganistán, Irán y Corea del Norte, por citar sólo algunos ejemplos, han sido las decisiones de Estados Unidos, Rusia, la República Popular China y Europa las que han prevalecido, lo cual, no sobra decirlo, compromete el presente y futuro de Naciones Unidas y del mundo.



De manera análoga, la designación de Antonio Guterres en razón de su experiencia al frente del ACNUR, supone el riesgo de, paradójicamente, marginar y distraer aún más a Naciones Unidas de sus tareas fundamentales. La ONU existe sí, para apoyar a los refugiados, pero también fue creada para promover la salud, la educación, la equidad de género, los derechos humanos, el cuidado ambiental, y, por supuesto, para gestionar la paz y la seguridad internacionales, entre muchas otras cosas. Naciones Unidas tiene competencias en tantos ámbitos, que se necesitarían decenas de páginas para describirlas.



Muchas de las cosas que hace la institución, pasan inadvertidas para el común de la gente, pero no por ello son menos importantes. Por eso se ha dicho por largo tiempo que, si la ONU no existiera, habría que inventarla. Por lo mismo, es importante traerla de vuelta, colocarla en el lugar que le corresponde, lo cual no es sencillo de cara a los embates de los más poderosos, pero es justamente por ello que se requiere un (a) Secretario (a) General con oficio político para llevar a buen puerto semejante responsabilidad.



Para terminar, es un buen momento para que América Latina y el Caribe como región, –el llamado GRULAC- reflexione sobre el reciente proceso de elección en la Secretaría General de Naciones Unidas. Como se sugería líneas arriba, es la zona peor representada en la historia de la Secretaría General.



¿Qué sucede? ¿Por qué fue marginada de esa manera? Hay varios factores que contribuyeron a ello. Brasil, el país latinoamericano más poderoso, ha vivido la peor crisis política en su historia reciente y, por lo mismo, no está en condiciones de proyectar liderazgo. La crisis de los petro-precios ha tenido impactos devastadores en México y Venezuela, países que también buscan la manera de solventar sus respectivas crisis internas –en el caso venezolano hay además serios problemas políticos entre Nicolás Maduro y la oposición. Cuba ha puesto el acento en restablecer las relaciones con Estados Unidos, tema que, por el momento, parece alejarla de la región.



A ello habría que sumar la abierta confrontación entre México y Brasil en diversos ámbitos. Por tratarse de las dos economías latinoamericanas más importantes, los desacuerdos que existan entre ambas naciones, debilitan a la región frente a otras que, como la europea, cerraron filas en torno a Guterres, logrando su objetivo. México, no hay que olvidarlo, tenía en la persona de Alicia Bárcena, actual titular de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) a una candidata inmejorable para aspirar a la Secretaría General de la ONU, pero las autoridades nacionales decidieron no postularla. Otros países como Costa Rica y Argentina, intentaron hacerse presentes en la dinámica para suceder a Ban Ki-Moon, pero nunca ganaron el respaldo del GRULAC.



Aquí aplica la estrofa que José Hernández puso en boca del Gaucho Martín Fierro, cuando éste decía: “los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera.” Los países latinoamericanos y caribeños, hermanados por los problemas sociales, económicos y políticos que enfrentan, están, paradójicamente, muy divididos. ¿Habrán aprendido la lección dentro de 10 años para proponer un candidato o candidata de consenso que pueda ocupar la Secretaría General de la ONU? No queda sino respirar profundo y, con resignación, esperar que así sea.



Mientras tanto hay que desearle suerte a Antonio Guterres. Lo espera un entorno global en crisis, con una ONU que tiende a ser irrelevante en la gestión de los problemas mundiales y con un gran descontento de la comunidad internacional por su designación, no porque el portugués carezca de cualidades para el cargo, sino porque su elección fue, como siempre, en “lo oscurito”, business as usual, a pesar de que se le dijo al mundo que las cosas se harían de otra manera. Y en este caso, la forma es fondo. Ni hablar.





- María Cristina Rosas es profesora e investigadora en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México

“Vivimos en sociedades políticamente democráticas pero socialmente fascistas”  


Entrevista a Boaventura de Sousa Santos

José Luis Rocha*

www.envio.org.ni/octubre2016



Aprovechando su participación en el 15 Congreso Centroamericano de Sociología, celebrado en la UCA de Managua del 11 al 14 de octubre, entrevistamos al sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos para situar su propuesta teórica en el contexto de nuestra región, y así iluminar algunos aspectos de la realidad centroamericana de hoy y de ayer, sugiriendo caminos futuros.



Boaventura de Sousa Santos es doctor en Sociología del Derecho por la Universidad de Yale y catedrático de Sociología en la Universidad de Coimbra y en el Institute for Legal Studies de la Universidad de Wisconsin. Su pensamiento ha revolucionado las categorías con las que, desde el Sur, pensamos y luchamos contra la opresión. Libros como “El milenio huérfano”, “Crítica de la razón indolente” y “Sociología jurídica crítica” son clásicos que se leen y circulan en percudidas versiones que proclaman sus muchas lecturas. 


Sus batallas contra la sociabilidad colonial y el desperdicio de la experiencia han despertado ecos de largo aliento. Sus contribuciones al cambio epistemológico y social -desde la academia, el Foro Social Mundial y el acompañamiento a novedosas formas de protesta- forman parte de una nueva y eficaz ecología de saberes contra las múltiples encarnaciones de la dominación. Ésta es la primera vez que visita Nicaragua y Centroamérica. Esperamos que abra aquí puertas para una relación fraterna y duradera.



CENTROAMÉRICA NECESITA DE UN ESPEJO A SU PROPIA MEDIDA


JLR – ¿Qué se dice de Centroamérica en los foros sociales que usted ha apoyado con firmeza e imaginación? ¿Es una región que no destaca o que sólo se menciona como “patio trasero” de Estados Unidos?


BSS – Centroamérica es una de las regiones del mundo con imágenes más contrastantes. Una región de victorias exaltantes y de derrotas aplastantes. Por ejemplo, hoy es común decir que Centroamérica es la región más violenta del mundo, lo que me parece una exageración cuando miramos lo que pasa en el Medio Oriente. Por lo menos, debemos especificar de qué tipos de violencia estamos hablando. Es claro que la presencia particularmente opresiva del imperialismo norteamericano ha creado en la región mucha violencia, injusticias, sufrimientos y autoritarismo.

En Centroamérica se han experimentado formas de dominio imperial y de contrainsurgencia que después fueron empleadas en otros contextos. Como los “contras”, por ejemplo. Y el golpe en Honduras de 2009 contra el presidente Manuel Zelaya fue un ensayo para golpes posteriores, como el de Paraguay en 2012 contra el presidente Fernando Lugo y, más recientemente, el de 2016 contra la presidenta Dilma Roussef en Brasil. Pero esta región es también la región donde hubo procesos políticos progresistas que movilizaron al mundo entero, como la Revolución Sandinista, y también intentos creíbles de refundación democrática del Estado.

En Centroamérica ocurrieron algunos de los procesos más brillantes y también más trágicos de la teología de la liberación, que fue una contribución progresista para el mundo. No menciono nombres ni me refiero a hombres y mujeres conocidos por todos y que tienen con justicia el título de mártires nuestros, porque no quiero correr el riesgo de alimentar la idea de que lo que sucedió en estos países no fue sino un vasto movimiento social en el que la gran mayoría de los héroes fueron anónimos.

Centroamérica tiene que reivindicar su derecho a la historia y a la memoria en toda su complejidad superando estereotipos que, de tan repetidos, se transforman en verdades para los propios centroamericanos. Centroamérica necesita de un espejo a su propia medida.



NECESITAMOS DE OTRA ÉTICA, DE OTRA POLÍTICA Y DE MUCHA IMAGINACIÓN


JLR – Usted ha caracterizado el período actual como un período de transición. ¿Es un aspecto paradójico -quizás sólo de forma aparente- de ese carácter transitorio el hecho de que en Centroamérica veamos ahora el resurgir de los viejos mecanismos de opresión, de los viejos patrones regulatorios. Entre ellos, una remilitarización, donde el recurso al miedo vuelve a ser el principal mecanismo del que las élites se valen para mantener su dominio. Ocasionalmente, un bonapartismo populista, y también asesinatos de líderes sociales, fraudes electorales, sometimiento a los dictados de Washington, expropiación de tierras…


¿Siguen siendo éstas las soluciones no modernas que las élites dan a los problemas modernos? ¿Hay elementos nuevos de la transición en lo que vemos o debemos buscar esos elementos en el barniz de democracias formales que dan a esas formas de opresión un halo de legitimidad? ¿O debemos buscar los nuevos elementos en algunas de las reacciones masivas de los oprimidos, por ejemplo, en la migración y en el cuentapropismo o informalidad laboral?


BSS – Estamos en un período de gran agresividad del neoliberalismo global, estamos viendo el rostro más anti-social y salvaje del capitalismo de los últimos cien años. Se destruyen países para salvar el dólar y garantizar el acceso a los recursos naturales, como en Irak y Libia, o para garantizar que el gasoducto de Qatar y Arabia Saudí atraviese Siria para llegar a Europa. Los países europeos, que como países aislados tuvieron durante algún tiempo alguna autonomía en relación a Estados Unidos, están hoy, como Unión Europea, totalmente subordinados a los designios imperiales norteamericanos como estamos viendo en Ucrania, en la escalada peligrosa hacia una guerra nuclear, en una constante provocación a Rusia, en los tratados de libre comercio con América Latina…

En la primera década del nuevo milenio el continente latinoamericano fue un espacio de esperanza, de Venezuela a Bolivia, de Ecuador a Brasil, de Argentina a Paraguay y Uruguay. Y de repente, hemos pasado de luchas ofensivas para conquistar una democracia de alta intensidad a luchas defensivas para no perder la democracia de baja intensidad que todavía tenemos. El sur de Europa es otro trágico ejemplo. Las fuerzas antidemocráticas de derecha, sean las oligarquías de América Latina o la extrema derecha de Europa, están hoy a la ofensiva, apoyadas por la guardia avanzada de la globalización neoliberal, el capital financiero, y bajo la atenta presencia de la contrainsurgencia y el belicismo norteamericano.

La acumulación primitiva, violenta e ilegal, ocupa tanto las pensiones de los jubilados, como los salarios de los trabajadores, como las tierras y los bosques. Los sociólogos son buenos en prever el pasado y nunca el futuro, que depende de mil contingencias y de la creatividad insurgente, mezcladas con algunas contrariedades e inercias a las que llamamos estructuras. Los problemas modernos (libertad, igualdad, fraternidad) están cada vez más lejos de ser resueltos y las soluciones modernas (revolución y reformismo) parecen agotadas. Vamos necesitar de otra ética y de otra política y de mucha imaginación epistemológica para enfrentar estos desafíos. Decía Frantz Fanon que cada generación tiene su misión y o la cumple o la traiciona.



HAN SIDO ÉXITOS HECHOS A COSTA DE LA DEVASTACIÓN ECOLÓGICA


JLR – Como otros regímenes latinoamericanos, los de Centroamérica pasaron a ser nominalmente democracias formales en los años 90. ¿Ha encontrado usted en otros países latinoamericanos estructuras normativas no estatales que refuercen y hagan viable esa democratización y la profundicen, más allá de su mera formalidad procedimental?

BSS – Los gobiernos progresistas latinoamericanos de la primera década del milenio tuvieron éxitos enormes en la redistribución de la riqueza, en la educación y en la salud. Pero lo hicieron dentro de un modelo de desarrollo basado en una explotación sin precedentes de los recursos naturales.

Sin redistribución de la riqueza no hay democratización creíble. Hubo avances enormes en participación ciudadana, pero dependían de las políticas sociales y se hizo a costa de la autonomía propia de las organizaciones sociales. Lamentablemente, la participación fue secuestrada por la tentación del control del partido en el gobierno. Ese modelo de desarrollo se agotó después de provocar mucho y muy injusto sufrimiento a las poblaciones campesinas y a los pueblos indígenas, además de una devastación ecológica terrible. Hoy las clases medias precarias surgidas de las políticas sociales están frustradas y protestan en las calles muchas veces contra los partidos que las crearon.



LA DEMOCRACIA REAL QUE HOY EXIGEN LOS INDIGNADOS


JLR – Centroamérica padece -no como riesgos, sino como realidades explosivas y en aumento- los que usted identifica como fascismos sociales. Por ejemplo, el fascismo del apartheid social (muy visible en la proliferación de condominios cerrados e incluso autosuficientes, dotados en su interior de escuela, cines, tiendas y restaurantes). O el fascismo populista (la distribución de láminas de zinc para techos o de granos básicos para producir la ilusión participativa y construir naciones controladas desde abajo por comisarios políticos).


También están presentes el fascismo de la inseguridad (modelos económicos que descansan sobre las remesas como la panacea, proliferación de fondos privados de pensiones). O el fascismo del Estado paralelo en su versión territorial (el feudalismo de las mafias madereras y el de los señores del narcotráfico) y en su versión contractual (aplicación selectiva de las leyes, ejecutada por la avaricia del corrupto que perdona a quienes le pagan y por el populismo punitivo que castiga a los marginados).


Y no falta el fascismo paraestatal, que en nuestro caso son las polimorfas aplicaciones de la flexibilización laboral, el ingreso en la vejez que no depende de las pensiones, sino de las remesas y los propios ahorros, la reducción a la condición de clientes ante la privatización de la distribución de la electricidad y la telefonía convencional. Todos estos fascismos son una realidad en Centroamérica. En otras latitudes del planeta, ¿qué caminos han encontrado los movimientos sociales para enfrentar estos fascismos? ¿Qué caminos son probablemente viables para Centroamérica, una región donde, como usted ha dicho refiriéndose a otros ámbitos, el reformismo y la revolución no condujeron a la emancipación prometida?


BSS – Vivimos en sociedades que, a lo mejor, son políticamente democráticas pero socialmente fascistas. Esto es más que nunca el régimen ideal para el neoliberalismo global. Esta dualidad crea inestabilidad. ¿El futuro será más democrático o, al contrario, el fascismo pasará de régimen social a régimen político? Dependerá de nosotros. Cada generación lucha con las armas que tiene.


Vivimos un tiempo todavía muy cercano a la derrota histórica del socialismo real. Y hasta ahora no nos hemos recuperado. Un hecho que los medios occidentales ocultan es que todos los sondeos de opinión en los países de la Europa que fue socialista revelan que la mayoría de la población preferiría volver al sistema socialista. En algunos países como Rumania y Bulgaria las mayorías que anhelan eso son abrumadoras.

Nuestra generación tiene todavía un arma que no tenía hace cien años y eso nos lo han recordado los jóvenes de los movimientos de indignados cuando hablan de la “democracia real”, no la que tenemos, que convive confortablemente con el fascismo social, sino una democracia de alta intensidad que, entre otras muchas cosas, pasa por la democratización de los medios de comunicación, por una reforma tributaria en que los ricos paguen más que los pobres para financiar las políticas públicas, por Estados que se puedan financiar con impuestos y no con endeudamiento, por una reforma política que permita la participación de los ciudadanos fuera de los partidos políticos y sin la tutela partidaria (el cuarto órgano de soberanía), por la reforma agraria y por el control público de los bienes naturales, de los bienes comunes.


EL CAPITALISMO SE AYUDA DEL COLONIALISMO Y DEL PATRIARCADO



LR – ¿Esos caminos pasan por la toma del poder estatal? ¿O cree usted, como John Holloway, que el Estado es en sí mismo desmovilizador y determina el proceso y el resultado de la acción?


BSS – Las características de la democracia real que mencioné exigen la toma del poder del Estado para poder transformarlo. La disyuntiva de Holloway no es la más importante. El problema no es el poder del gobierno por la vía del Estado. El problema es el poder social y el poder económico que controla el Estado. En los últimos treinta años, cuando la izquierda ha estado en el gobierno, controla el gobierno, pero no controla ni el poder social ni el poder económico. Y por eso acaba siendo expulsada del gobierno o desvirtuándose hasta convertirse en una derecha disfrazada de izquierda.

JLR – Usted ha explicado que el paradigma de la modernidad se asienta sobre dos pilares: la regulación y la emancipación. La regulación estabiliza las expectativas y la emancipación empuja hacia futuros posibles que rompen con lo establecido. ¿Dónde se sitúan las condiciones económicas en este esquema? ¿Tienen un doble signo? ¿Estabilizan y abren nuevos horizontes?


BSS – En mis trabajos más recientes muestro que la regulación moderna es todavía más compleja. El capitalismo es un modo de dominación que no puede actuar solo. Lo hace siempre con la ayuda del colonialismo y del patriarcado.

Esa articulación crea una línea abismal invisible y radical que divide nuestras sociedades en dos tipos de sociabilidad inconmensurables: la sociabilidad metropolitana, gobernada por la tensión entre regulación social y emancipación (la que permite estabilizar expectativas sociales) y la sociabilidad colonial, gobernada por la tensión entre apropiación y violencia (donde no es posible ninguna estabilización de expectativas).


El fin del colonialismo histórico no significó el fin del colonialismo. Más y más gente vive bajo la sociabilidad colonial (los fascismos sociales). Nuestras teorías políticas de izquierda fueron creadas en el presupuesto de que ya no había colonialismo y de que todo se resolvía manejando la regulación social y la emancipación social. No es así y pagamos un precio alto por no saberlo.



PROPONGO DEMOCRATIZAR RADICALMENTE EL CONOCIMIENTO


JLR – Una de las nociones más sugerentes de su teoría es la de sucesivos buen sentido, que rompe con la idea gramsciana de un buen sentido opuesto al sentido común. Su perspectiva muestra el dinamismo de la emancipación y rompe con el elitismo gramsciano, vinculado a una visión de vanguardias que educan y conducen a las masas.

Sin embargo, esa dicotomía gramsciana tenía la ventaja de denunciar la falsa conciencia y así evitar una especie de populismo epistemológico que per se, identifique las acciones de las masas con un movimiento siempre positivo. ¿Qué alternativa ofrece su teoría para explicar las acciones de las masas restringidas al horizonte de posibilidades que las élites les demarcan?


BSS – Las epistemologías del Sur que propongo son un intento de democratizar radicalmente el conocimiento, como precondición para democratizar la sociedad, la economía y la política. No hay nada de populismo o de relativismo en esa propuesta. Las epistemologías del Sur son procesos de construcción y de validación de conocimientos a partir de las experiencias de resistencia y de lucha de los que sufren la exclusión sistémica causada por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Las experiencias son cultural y epistémicamente diversas porque la articulación entre capitalismo, colonialismo y patriarcado asume formas muy diversas en diferentes contextos y tiempos.



LA DOBLE CONCIENCIA DE LOS MIGRANTES


JLR – Centroamérica sigue teniendo como principal socio comercial a los Estados Unidos, que es también el principal -y ahora masivo- destino migratorio para un número creciente de centroamericanos, ya más de cuatro millones. Estados Unidos es socio de las élites y refugio de las masas. ¿Qué hay de estabilización y de emancipación en este movimiento migratorio?



BSS – Los migrantes viven en sociabilidad colonial en Estados Unidos (son tratados como colonizados) y en sociabilidad metropolitana cuando envían remesas o regresan a vivir a su país de origen (porque en esos casos son ciudadanos). Tienen una doble conciencia, algo semejante a la doble conciencia que Du Bois identificó en los negros de Estados Unidos a inicios del siglo 20. Decía Du Bois que, al contrario de los blancos en la sociedad norteamericana, los negros no tenían problemas, eran un problema. Los migrantes centroamericanos en Estados Unidos son un problema para la sociedad dominante. En Nicaragua tienen problemas como otro cualquier ciudadano.

LA CUESTIÓN CLAVE QUE DEBEMOS PREGUNTAR ES “¿DE QUÉ LADO ESTÁS?”


JLR – En este país que usted está visitando hubo una revolución en los años 80. El país está dividido entre quienes la presentan como “la noche oscura” y quienes la cantan como el tiempo en que “el amanecer dejó de ser una tentación”. En numerosos miembros de ambos grupos la revolución produjo un desencanto que ahora se cosecha como escepticismo frente a la política convencional.


Tomando como referencia la efervescencia política que entonces polarizó pasiones y posiciones, algunos de los guerrilleros y activistas de entonces reprochan a las nuevas generaciones cierto nivel de apatía política, su escasa disposición a tomar las calles y su concentración en la superación personal. Algunos jóvenes
millennials, generación Y o generación Peter Pan han tomado la palabra en los medios de comunicación para explicar que hay diversas formas de hacer política y aportar al país, como ser un buen profesional, como pronunciarse en Facebook, defender las distintas opciones sexuales o expresar sus posiciones mediante el arte.


¿Hay una posibilidad de superar éste que amenaza con convertirse en un diálogo generacional de sordos? ¿Hay una parte de verdad que corresponde a cada parte? ¿Enfrentamos aquí un reto de renovación de la izquierda o sólo justificaciones para eludir el compromiso social más militante?


BSS – Cada país vive en su presente su historia específica. Amílcar Cabral, el gran libertador de Guinea-Bissau contra el colonialismo portugués, decía que las teorías revolucionarias no son mercancías de exportación. Lo que parece válido para todos es que vivimos intensamente el hecho de que no hay soluciones modernas para los problemas modernos. Los jóvenes son, en general, los que más agudamente viven esa contradicción y esa ausencia. Se mueven en busca de soluciones que nuestras teorías ni siquiera consideran políticas.


Yo trabajo bastante con jóvenes raperos en Portugal, Brasil, Cabo Verde y Mozambique porque para mí los mejores textos de política revolucionaria están en sus líricas de rap o de hip-hop. Son ellos quienes hacen hoy lo que los cantantes de protesta hacían hace cincuenta años. Claro que hay mucho rap reaccionario y mercantilista y, como en todo, hay que saber distinguir. La cuestión clave anti-relativista y anti-populista es ¿de qué lado estás?

NUESTRAS METODOLOGÍAS DE INVESTIGACIÓN SON UNA FORMA DE EXTRACTIVISMO


JLR – Finalmente, una pregunta cuya respuesta interesa a los jóvenes investigadores. ¿Cuáles son los temas medulares en América Latina? ¿A cuáles deberían los investigadores dedicarles más atención por su potencial emancipador?


BSS – En los últimos diez años he llegado a la conclusión de que a lo largo del siglo pasado construimos mucho pensamiento crítico en América Latina cuyo objetivo era desarrollar el potencial emancipador de las ciencias sociales. Los resultados no son brillantes cuando los confrontamos con las realidades vividas por las grandes mayorías del continente. Pienso que no necesitamos de otra teoría de la revolución. Necesitamos, eso sí, revolucionar la teoría, lo que no se logra sin una interrupción epistemológica.


Toda la ciencia moderna es eurocéntrica y por eso también las ciencias sociales parten de un privilegio epistemológico que les concede el monopolio del conocimiento riguroso. Ese monopolio ha tenido dos consecuencias negativas. Por un lado, nos convertimos fácilmente en intelectuales y teóricos de vanguardia. Y cuando la teoría fracasó, la culpa se atribuyó siempre a la práctica y no a la teoría.


Por otro lado, ocurrió un masivo desperdicio de la experiencia social, que resultó en un menosprecio o en un desprecio total de los saberes que circulan en la sociedad, sobre todo en las comunidades, en las clases populares, en los movimientos y organizaciones sociales que luchan contra la exclusión, la discriminación y el sufrimiento injusto causados por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado y contra todos los otros modos de dominación satélites que se articulan con ellos (a veces, la religión o la generación…).


Lo peor es que cuando ese conocimiento popular artesanal fue considerado, no lo fue por su valor epistemológico propio, sino como información con base en la que nosotros, científicos sociales, creamos el conocimiento científico. Por eso, nuestras metodologías son generalmente una forma más de extractivismo, no mucho más diferente del extractivismo de los bienes naturales.


Propongo otra relación más equilibrada entre conocimiento científico y conocimiento artesanal, que es lo que llamo las epistemologías del Sur, que nos permiten construir ecologías de saberes más eficaces en la lucha contra la opresión. Las epistemologías del Sur convocan a los científicos sociales a ser intelectuales de retaguardia y no intelectuales de vanguardia.

*INVESTIGADOR DEL INSTITUTO DE INVESTIGACIÓN Y PROYECCIÓN SOBRE DINÁMICAS GLOBALES Y TERRITORIALES DE LA UNIVERSIDAD RAFAEL LANDÍVAR DE GUATEMALA.