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Antonio Guterres: un voto por la paz negativa  



www.alainet.org/091016



Desde hace varios días, en la sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el secreto a voces era que el portugués, Antonio Guterres se perfilaba como el próximo Secretario General de la institución para sustituir en el cargo, a partir del 1 de enero de 2017, al surcoreano Ban Ki-Moon. El disgusto de diversos Estados miembros de la ONU era mayúsculo: después de todo, el proceso para elegir al nuevo Secretario General se suponía que sería más transparente a diferencia de elecciones previas, donde, en “lo oscurito”, o bien en el Consejo de Seguridad, a puertas cerradas, se tomaba la decisión.



La Carta de la ONU establece que en la elección del Secretario General intervienen tanto el Consejo de Seguridad, como la Asamblea General, siendo éste segundo el órgano en el que, lo dispuesto por el primero, se ratificaba con el voto de todos los Estados miembros. Ahora bien, la diferencia entre elecciones previas y la actual, es que se abrió la posibilidad de que quienes aspiraran al cargo, comparecieran ante los miembros de la ONU para presentar su propuesta de plan de trabajo.



Así, en el primer semestre del año en curso, suspirantes procedentes sobre todo de Europa Oriental, más Europa Occidental, América Latina y Nueva Zelanda desfilaron ante los miembros de la ONU, explicando sus proyectos. Con todo, y pese a lo “democrático” que este ejercicio pudiera parecer, la elección del portugués Antonio Guterres fue “a la antigua”, decidida en el seno del Consejo de Seguridad, fundamentalmente con la bendición de los cinco miembros permanentes de ese órgano –Estados Unidos, Rusia, la República Popular China, Francia y la Gran Bretaña- tras seis rondas de votación.



¿Cómo se llegó a la conclusión, en el Consejo de Seguridad, de que Guterres era el mejor candidato, capaz de colocar a la ONU en el centro de la política mundial, en tareas tan complejas como el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales y la promoción del desarrollo y del respeto de los derechos humanos? Nadie lo sabe. Los miembros del Consejo de Seguridad no explican al mundo sus decisiones, como tampoco transparentan por qué votan como lo hacen.



Hay que recordar que, en esta ocasión, como nunca antes, se postularon varias mujeres, algunas de ellas con reconocidas capacidades para aspirar seriamente al cargo. Entre ellas cabe destacar los casos de la búlgara Irina Bokova, actual titular de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y la neozelandesa Helen Clark, responsable del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Las carteras en las que ambas se han desenvuelto, no son poca cosa: son temas fundamentales del desarrollo, de la paz positiva, y de tareas que, al no ser atendidas, coadyuvan a las inmensas desigualdades y a la inseguridad que imperan en el mundo de hoy. Lo que es más: la desatención que merecen los temas del desarrollo en la agenda global es preocupante.



En septiembre de 2015, la comunidad internacional aprobó los objetivos de desarrollo sostenible (ODS), 17 metas que ponen el acento en el combate de la pobreza, la erradicación del hambre, la promoción de la salud y del empleo, el cuidado ambiental, etcétera. Por lo tanto, cualquier aspirante a presidir la Secretaría General de Naciones Unidas, estaría llamado a velar por el cumplimiento de dichos objetivos, teniendo en mente la relación simbiótica que existe –o debería existir- entre seguridad y desarrollo (paz positiva). Bokova y Clark, claramente tenían el perfil deseado y requerido para llevar a buen puerto esa encomienda.



Por lo tanto, la designación del portugués Antonio Guterres como Secretario General, arroja muchas dudas. De entrada, se trata de un ciudadano europeo, el cuarto en la historia de la institución, en ser investido con esa responsabilidad –previamente figuraron el noruego Trygve Lie, el sueco Dag Hammarskjöld y el austríaco Kurt Waldheim. Al terminar el mandato de éste último en 1982, se produjo un acuerdo no escrito entre los miembros de Naciones Unidas, en el sentido de buscar que la Secretaría General reposara en nacionales de países en desarrollo, conforme al principio de representación geográfica que la ONU impulsa –al menos en teoría- en todos sus órganos, programas y organismos especializados.



Fue así que tras Waldheim, un latinoamericano, el peruano Javier Pérez de Cuéllar, ocupó el cargo, seguido por el egipcio Boutros Boutros-Ghali, el ghanés Kofi Annan y el surcoreano Ban Ki-Moon. Si a ellos se suma la gestión del birmano U Thant, quien fue designado Secretario General tras la muerte de Hammarskjöld, resulta que la región peor representada en ese importante órgano es América Latina, dado que Europa había producido tres Secretarios Generales, Asia dos, África dos y en el caso latinoamericano sólo uno.



El argumento para privilegiar a un nacional procedente de los países en desarrollo para la Secretaría General, se basó en el hecho de que en los organismos y programas más importantes del Sistema de Naciones Unidas suelen predominar funcionarios de países desarrollados, contrario al ya citado espíritu de la representación geográfica. Con todo, la designación de Antonio Guterres rompe con esa tradición que se había mantenido, al menos, desde 1982. América Latina, por su parte, quedó marginada del proceso y tal vez tendrán que transcurrir 10 largos años, antes de que la región pueda volver a aspirar a ocupar el cargo.



Otro tema que ha generado un disgusto mayúsculo ante la designación de Guterres, es el de género. En la historia de la ONU, han desfilado por la Secretaría General, ocho Secretarios Generales, todos ellos hombres. Naciones Unidas desoyó así, la necesidad de impulsar al más alto nivel, la equidad de género, tema que, se suponía, finalmente sería considerado en la reciente elección del (a) nuevo (a) Secretario (a) General. Con todo, una vez más, se eligió a un hombre, pese a que, como ya se comentaba, figuraban entre los aspirantes, distinguidas féminas con credenciales impecables.



Aquí no se discuten las competencias ni el currículum de Antonio Guterres. Se trata de un personaje con una distinguida carrera política en su natal Portugal y en la Unión Europea, y que, de manera más reciente, estuvo a cargo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) -en una de las coyunturas más dramáticas en la materia, al menos desde la segunda guerra mundial. Empero, su designación fue una decisión alimentada por la coyuntura y por la afectación que la crisis de los refugiados sirios, iraquíes y otros más, le genera específicamente al continente europeo.



En este sentido, el nombramiento de Guterres pareciera obedecer a un razonamiento eurocentrista y de paz negativa. La encomienda es que mitigue esa crisis, no sus causas. Ello es grave, pero lo es más, el mensaje que transmiten los miembros del Consejo de Seguridad –sobre todo los permanentes- de la ONU al mundo: a pesar de que había candidatas idóneas para asumir tan insigne responsabilidad, al final del día no se les consideró aptas para el cargo. Así, el conservadurismo y la desigualdad de género que se manifiestan cada vez con mayor crudeza en diversas partes del mundo, hizo eco, de manera muy desafortunada, en la mismísima Naciones Unidas.



No es deseable que la coyuntura sea la consideración fundamental para designar a un Secretario General. Ahí está el caso del saliente Ban Ki-Moon. Se pensaba que este personaje ayudaría a gestionar la crisis de las relaciones entre Corea del Norte y Corea del Sur, toda vez que, cuando fue canciller, había participado en las pláticas para una posible unificación de ambos territorios.



Sin embargo, a 10 años de la gestión de Ban al frente de la ONU, la situación en Corea del Norte no podría ser peor. El país, que ya había abandonado el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares en 2003, se embarcó en un polémico programa nuclear que lo ha llevado a desarrollar misiles y ojivas nucleares acompañadas de diversos ensayos, que abonan a la inseguridad regional y mundial. Teniendo este marco como referente, a Antonio Guterres se le está entregando la estafeta de la Secretaría General, porque se piensa que tras su paso por el ACNUR, es la persona mejor calificada para enfrentar la crisis de los refugiados, ya descrita, en Europa.



La moraleja de esta historia es que la ONU existe, no para abocarse a un tema único, por más importante que éste sea. Naciones Unidas, a lo largo de la gestión de Ban, ha perdido relevancia en el mundo. En las principales crisis que se han gestado en los últimos años, la ONU ha sido hecha a un lado por las grandes potencias, quienes han preferido negociar entre ellas acuerdos y medidas de acuerdo con sus intereses instrumentales particulares. En Ucrania, Siria, Irak, Afganistán, Irán y Corea del Norte, por citar sólo algunos ejemplos, han sido las decisiones de Estados Unidos, Rusia, la República Popular China y Europa las que han prevalecido, lo cual, no sobra decirlo, compromete el presente y futuro de Naciones Unidas y del mundo.



De manera análoga, la designación de Antonio Guterres en razón de su experiencia al frente del ACNUR, supone el riesgo de, paradójicamente, marginar y distraer aún más a Naciones Unidas de sus tareas fundamentales. La ONU existe sí, para apoyar a los refugiados, pero también fue creada para promover la salud, la educación, la equidad de género, los derechos humanos, el cuidado ambiental, y, por supuesto, para gestionar la paz y la seguridad internacionales, entre muchas otras cosas. Naciones Unidas tiene competencias en tantos ámbitos, que se necesitarían decenas de páginas para describirlas.



Muchas de las cosas que hace la institución, pasan inadvertidas para el común de la gente, pero no por ello son menos importantes. Por eso se ha dicho por largo tiempo que, si la ONU no existiera, habría que inventarla. Por lo mismo, es importante traerla de vuelta, colocarla en el lugar que le corresponde, lo cual no es sencillo de cara a los embates de los más poderosos, pero es justamente por ello que se requiere un (a) Secretario (a) General con oficio político para llevar a buen puerto semejante responsabilidad.



Para terminar, es un buen momento para que América Latina y el Caribe como región, –el llamado GRULAC- reflexione sobre el reciente proceso de elección en la Secretaría General de Naciones Unidas. Como se sugería líneas arriba, es la zona peor representada en la historia de la Secretaría General.



¿Qué sucede? ¿Por qué fue marginada de esa manera? Hay varios factores que contribuyeron a ello. Brasil, el país latinoamericano más poderoso, ha vivido la peor crisis política en su historia reciente y, por lo mismo, no está en condiciones de proyectar liderazgo. La crisis de los petro-precios ha tenido impactos devastadores en México y Venezuela, países que también buscan la manera de solventar sus respectivas crisis internas –en el caso venezolano hay además serios problemas políticos entre Nicolás Maduro y la oposición. Cuba ha puesto el acento en restablecer las relaciones con Estados Unidos, tema que, por el momento, parece alejarla de la región.



A ello habría que sumar la abierta confrontación entre México y Brasil en diversos ámbitos. Por tratarse de las dos economías latinoamericanas más importantes, los desacuerdos que existan entre ambas naciones, debilitan a la región frente a otras que, como la europea, cerraron filas en torno a Guterres, logrando su objetivo. México, no hay que olvidarlo, tenía en la persona de Alicia Bárcena, actual titular de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) a una candidata inmejorable para aspirar a la Secretaría General de la ONU, pero las autoridades nacionales decidieron no postularla. Otros países como Costa Rica y Argentina, intentaron hacerse presentes en la dinámica para suceder a Ban Ki-Moon, pero nunca ganaron el respaldo del GRULAC.



Aquí aplica la estrofa que José Hernández puso en boca del Gaucho Martín Fierro, cuando éste decía: “los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera.” Los países latinoamericanos y caribeños, hermanados por los problemas sociales, económicos y políticos que enfrentan, están, paradójicamente, muy divididos. ¿Habrán aprendido la lección dentro de 10 años para proponer un candidato o candidata de consenso que pueda ocupar la Secretaría General de la ONU? No queda sino respirar profundo y, con resignación, esperar que así sea.



Mientras tanto hay que desearle suerte a Antonio Guterres. Lo espera un entorno global en crisis, con una ONU que tiende a ser irrelevante en la gestión de los problemas mundiales y con un gran descontento de la comunidad internacional por su designación, no porque el portugués carezca de cualidades para el cargo, sino porque su elección fue, como siempre, en “lo oscurito”, business as usual, a pesar de que se le dijo al mundo que las cosas se harían de otra manera. Y en este caso, la forma es fondo. Ni hablar.





- María Cristina Rosas es profesora e investigadora en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México

“Vivimos en sociedades políticamente democráticas pero socialmente fascistas”  


Entrevista a Boaventura de Sousa Santos

José Luis Rocha*

www.envio.org.ni/octubre2016



Aprovechando su participación en el 15 Congreso Centroamericano de Sociología, celebrado en la UCA de Managua del 11 al 14 de octubre, entrevistamos al sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos para situar su propuesta teórica en el contexto de nuestra región, y así iluminar algunos aspectos de la realidad centroamericana de hoy y de ayer, sugiriendo caminos futuros.



Boaventura de Sousa Santos es doctor en Sociología del Derecho por la Universidad de Yale y catedrático de Sociología en la Universidad de Coimbra y en el Institute for Legal Studies de la Universidad de Wisconsin. Su pensamiento ha revolucionado las categorías con las que, desde el Sur, pensamos y luchamos contra la opresión. Libros como “El milenio huérfano”, “Crítica de la razón indolente” y “Sociología jurídica crítica” son clásicos que se leen y circulan en percudidas versiones que proclaman sus muchas lecturas. 


Sus batallas contra la sociabilidad colonial y el desperdicio de la experiencia han despertado ecos de largo aliento. Sus contribuciones al cambio epistemológico y social -desde la academia, el Foro Social Mundial y el acompañamiento a novedosas formas de protesta- forman parte de una nueva y eficaz ecología de saberes contra las múltiples encarnaciones de la dominación. Ésta es la primera vez que visita Nicaragua y Centroamérica. Esperamos que abra aquí puertas para una relación fraterna y duradera.



CENTROAMÉRICA NECESITA DE UN ESPEJO A SU PROPIA MEDIDA


JLR – ¿Qué se dice de Centroamérica en los foros sociales que usted ha apoyado con firmeza e imaginación? ¿Es una región que no destaca o que sólo se menciona como “patio trasero” de Estados Unidos?


BSS – Centroamérica es una de las regiones del mundo con imágenes más contrastantes. Una región de victorias exaltantes y de derrotas aplastantes. Por ejemplo, hoy es común decir que Centroamérica es la región más violenta del mundo, lo que me parece una exageración cuando miramos lo que pasa en el Medio Oriente. Por lo menos, debemos especificar de qué tipos de violencia estamos hablando. Es claro que la presencia particularmente opresiva del imperialismo norteamericano ha creado en la región mucha violencia, injusticias, sufrimientos y autoritarismo.

En Centroamérica se han experimentado formas de dominio imperial y de contrainsurgencia que después fueron empleadas en otros contextos. Como los “contras”, por ejemplo. Y el golpe en Honduras de 2009 contra el presidente Manuel Zelaya fue un ensayo para golpes posteriores, como el de Paraguay en 2012 contra el presidente Fernando Lugo y, más recientemente, el de 2016 contra la presidenta Dilma Roussef en Brasil. Pero esta región es también la región donde hubo procesos políticos progresistas que movilizaron al mundo entero, como la Revolución Sandinista, y también intentos creíbles de refundación democrática del Estado.

En Centroamérica ocurrieron algunos de los procesos más brillantes y también más trágicos de la teología de la liberación, que fue una contribución progresista para el mundo. No menciono nombres ni me refiero a hombres y mujeres conocidos por todos y que tienen con justicia el título de mártires nuestros, porque no quiero correr el riesgo de alimentar la idea de que lo que sucedió en estos países no fue sino un vasto movimiento social en el que la gran mayoría de los héroes fueron anónimos.

Centroamérica tiene que reivindicar su derecho a la historia y a la memoria en toda su complejidad superando estereotipos que, de tan repetidos, se transforman en verdades para los propios centroamericanos. Centroamérica necesita de un espejo a su propia medida.



NECESITAMOS DE OTRA ÉTICA, DE OTRA POLÍTICA Y DE MUCHA IMAGINACIÓN


JLR – Usted ha caracterizado el período actual como un período de transición. ¿Es un aspecto paradójico -quizás sólo de forma aparente- de ese carácter transitorio el hecho de que en Centroamérica veamos ahora el resurgir de los viejos mecanismos de opresión, de los viejos patrones regulatorios. Entre ellos, una remilitarización, donde el recurso al miedo vuelve a ser el principal mecanismo del que las élites se valen para mantener su dominio. Ocasionalmente, un bonapartismo populista, y también asesinatos de líderes sociales, fraudes electorales, sometimiento a los dictados de Washington, expropiación de tierras…


¿Siguen siendo éstas las soluciones no modernas que las élites dan a los problemas modernos? ¿Hay elementos nuevos de la transición en lo que vemos o debemos buscar esos elementos en el barniz de democracias formales que dan a esas formas de opresión un halo de legitimidad? ¿O debemos buscar los nuevos elementos en algunas de las reacciones masivas de los oprimidos, por ejemplo, en la migración y en el cuentapropismo o informalidad laboral?


BSS – Estamos en un período de gran agresividad del neoliberalismo global, estamos viendo el rostro más anti-social y salvaje del capitalismo de los últimos cien años. Se destruyen países para salvar el dólar y garantizar el acceso a los recursos naturales, como en Irak y Libia, o para garantizar que el gasoducto de Qatar y Arabia Saudí atraviese Siria para llegar a Europa. Los países europeos, que como países aislados tuvieron durante algún tiempo alguna autonomía en relación a Estados Unidos, están hoy, como Unión Europea, totalmente subordinados a los designios imperiales norteamericanos como estamos viendo en Ucrania, en la escalada peligrosa hacia una guerra nuclear, en una constante provocación a Rusia, en los tratados de libre comercio con América Latina…

En la primera década del nuevo milenio el continente latinoamericano fue un espacio de esperanza, de Venezuela a Bolivia, de Ecuador a Brasil, de Argentina a Paraguay y Uruguay. Y de repente, hemos pasado de luchas ofensivas para conquistar una democracia de alta intensidad a luchas defensivas para no perder la democracia de baja intensidad que todavía tenemos. El sur de Europa es otro trágico ejemplo. Las fuerzas antidemocráticas de derecha, sean las oligarquías de América Latina o la extrema derecha de Europa, están hoy a la ofensiva, apoyadas por la guardia avanzada de la globalización neoliberal, el capital financiero, y bajo la atenta presencia de la contrainsurgencia y el belicismo norteamericano.

La acumulación primitiva, violenta e ilegal, ocupa tanto las pensiones de los jubilados, como los salarios de los trabajadores, como las tierras y los bosques. Los sociólogos son buenos en prever el pasado y nunca el futuro, que depende de mil contingencias y de la creatividad insurgente, mezcladas con algunas contrariedades e inercias a las que llamamos estructuras. Los problemas modernos (libertad, igualdad, fraternidad) están cada vez más lejos de ser resueltos y las soluciones modernas (revolución y reformismo) parecen agotadas. Vamos necesitar de otra ética y de otra política y de mucha imaginación epistemológica para enfrentar estos desafíos. Decía Frantz Fanon que cada generación tiene su misión y o la cumple o la traiciona.



HAN SIDO ÉXITOS HECHOS A COSTA DE LA DEVASTACIÓN ECOLÓGICA


JLR – Como otros regímenes latinoamericanos, los de Centroamérica pasaron a ser nominalmente democracias formales en los años 90. ¿Ha encontrado usted en otros países latinoamericanos estructuras normativas no estatales que refuercen y hagan viable esa democratización y la profundicen, más allá de su mera formalidad procedimental?

BSS – Los gobiernos progresistas latinoamericanos de la primera década del milenio tuvieron éxitos enormes en la redistribución de la riqueza, en la educación y en la salud. Pero lo hicieron dentro de un modelo de desarrollo basado en una explotación sin precedentes de los recursos naturales.

Sin redistribución de la riqueza no hay democratización creíble. Hubo avances enormes en participación ciudadana, pero dependían de las políticas sociales y se hizo a costa de la autonomía propia de las organizaciones sociales. Lamentablemente, la participación fue secuestrada por la tentación del control del partido en el gobierno. Ese modelo de desarrollo se agotó después de provocar mucho y muy injusto sufrimiento a las poblaciones campesinas y a los pueblos indígenas, además de una devastación ecológica terrible. Hoy las clases medias precarias surgidas de las políticas sociales están frustradas y protestan en las calles muchas veces contra los partidos que las crearon.



LA DEMOCRACIA REAL QUE HOY EXIGEN LOS INDIGNADOS


JLR – Centroamérica padece -no como riesgos, sino como realidades explosivas y en aumento- los que usted identifica como fascismos sociales. Por ejemplo, el fascismo del apartheid social (muy visible en la proliferación de condominios cerrados e incluso autosuficientes, dotados en su interior de escuela, cines, tiendas y restaurantes). O el fascismo populista (la distribución de láminas de zinc para techos o de granos básicos para producir la ilusión participativa y construir naciones controladas desde abajo por comisarios políticos).


También están presentes el fascismo de la inseguridad (modelos económicos que descansan sobre las remesas como la panacea, proliferación de fondos privados de pensiones). O el fascismo del Estado paralelo en su versión territorial (el feudalismo de las mafias madereras y el de los señores del narcotráfico) y en su versión contractual (aplicación selectiva de las leyes, ejecutada por la avaricia del corrupto que perdona a quienes le pagan y por el populismo punitivo que castiga a los marginados).


Y no falta el fascismo paraestatal, que en nuestro caso son las polimorfas aplicaciones de la flexibilización laboral, el ingreso en la vejez que no depende de las pensiones, sino de las remesas y los propios ahorros, la reducción a la condición de clientes ante la privatización de la distribución de la electricidad y la telefonía convencional. Todos estos fascismos son una realidad en Centroamérica. En otras latitudes del planeta, ¿qué caminos han encontrado los movimientos sociales para enfrentar estos fascismos? ¿Qué caminos son probablemente viables para Centroamérica, una región donde, como usted ha dicho refiriéndose a otros ámbitos, el reformismo y la revolución no condujeron a la emancipación prometida?


BSS – Vivimos en sociedades que, a lo mejor, son políticamente democráticas pero socialmente fascistas. Esto es más que nunca el régimen ideal para el neoliberalismo global. Esta dualidad crea inestabilidad. ¿El futuro será más democrático o, al contrario, el fascismo pasará de régimen social a régimen político? Dependerá de nosotros. Cada generación lucha con las armas que tiene.


Vivimos un tiempo todavía muy cercano a la derrota histórica del socialismo real. Y hasta ahora no nos hemos recuperado. Un hecho que los medios occidentales ocultan es que todos los sondeos de opinión en los países de la Europa que fue socialista revelan que la mayoría de la población preferiría volver al sistema socialista. En algunos países como Rumania y Bulgaria las mayorías que anhelan eso son abrumadoras.

Nuestra generación tiene todavía un arma que no tenía hace cien años y eso nos lo han recordado los jóvenes de los movimientos de indignados cuando hablan de la “democracia real”, no la que tenemos, que convive confortablemente con el fascismo social, sino una democracia de alta intensidad que, entre otras muchas cosas, pasa por la democratización de los medios de comunicación, por una reforma tributaria en que los ricos paguen más que los pobres para financiar las políticas públicas, por Estados que se puedan financiar con impuestos y no con endeudamiento, por una reforma política que permita la participación de los ciudadanos fuera de los partidos políticos y sin la tutela partidaria (el cuarto órgano de soberanía), por la reforma agraria y por el control público de los bienes naturales, de los bienes comunes.


EL CAPITALISMO SE AYUDA DEL COLONIALISMO Y DEL PATRIARCADO



LR – ¿Esos caminos pasan por la toma del poder estatal? ¿O cree usted, como John Holloway, que el Estado es en sí mismo desmovilizador y determina el proceso y el resultado de la acción?


BSS – Las características de la democracia real que mencioné exigen la toma del poder del Estado para poder transformarlo. La disyuntiva de Holloway no es la más importante. El problema no es el poder del gobierno por la vía del Estado. El problema es el poder social y el poder económico que controla el Estado. En los últimos treinta años, cuando la izquierda ha estado en el gobierno, controla el gobierno, pero no controla ni el poder social ni el poder económico. Y por eso acaba siendo expulsada del gobierno o desvirtuándose hasta convertirse en una derecha disfrazada de izquierda.

JLR – Usted ha explicado que el paradigma de la modernidad se asienta sobre dos pilares: la regulación y la emancipación. La regulación estabiliza las expectativas y la emancipación empuja hacia futuros posibles que rompen con lo establecido. ¿Dónde se sitúan las condiciones económicas en este esquema? ¿Tienen un doble signo? ¿Estabilizan y abren nuevos horizontes?


BSS – En mis trabajos más recientes muestro que la regulación moderna es todavía más compleja. El capitalismo es un modo de dominación que no puede actuar solo. Lo hace siempre con la ayuda del colonialismo y del patriarcado.

Esa articulación crea una línea abismal invisible y radical que divide nuestras sociedades en dos tipos de sociabilidad inconmensurables: la sociabilidad metropolitana, gobernada por la tensión entre regulación social y emancipación (la que permite estabilizar expectativas sociales) y la sociabilidad colonial, gobernada por la tensión entre apropiación y violencia (donde no es posible ninguna estabilización de expectativas).


El fin del colonialismo histórico no significó el fin del colonialismo. Más y más gente vive bajo la sociabilidad colonial (los fascismos sociales). Nuestras teorías políticas de izquierda fueron creadas en el presupuesto de que ya no había colonialismo y de que todo se resolvía manejando la regulación social y la emancipación social. No es así y pagamos un precio alto por no saberlo.



PROPONGO DEMOCRATIZAR RADICALMENTE EL CONOCIMIENTO


JLR – Una de las nociones más sugerentes de su teoría es la de sucesivos buen sentido, que rompe con la idea gramsciana de un buen sentido opuesto al sentido común. Su perspectiva muestra el dinamismo de la emancipación y rompe con el elitismo gramsciano, vinculado a una visión de vanguardias que educan y conducen a las masas.

Sin embargo, esa dicotomía gramsciana tenía la ventaja de denunciar la falsa conciencia y así evitar una especie de populismo epistemológico que per se, identifique las acciones de las masas con un movimiento siempre positivo. ¿Qué alternativa ofrece su teoría para explicar las acciones de las masas restringidas al horizonte de posibilidades que las élites les demarcan?


BSS – Las epistemologías del Sur que propongo son un intento de democratizar radicalmente el conocimiento, como precondición para democratizar la sociedad, la economía y la política. No hay nada de populismo o de relativismo en esa propuesta. Las epistemologías del Sur son procesos de construcción y de validación de conocimientos a partir de las experiencias de resistencia y de lucha de los que sufren la exclusión sistémica causada por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Las experiencias son cultural y epistémicamente diversas porque la articulación entre capitalismo, colonialismo y patriarcado asume formas muy diversas en diferentes contextos y tiempos.



LA DOBLE CONCIENCIA DE LOS MIGRANTES


JLR – Centroamérica sigue teniendo como principal socio comercial a los Estados Unidos, que es también el principal -y ahora masivo- destino migratorio para un número creciente de centroamericanos, ya más de cuatro millones. Estados Unidos es socio de las élites y refugio de las masas. ¿Qué hay de estabilización y de emancipación en este movimiento migratorio?



BSS – Los migrantes viven en sociabilidad colonial en Estados Unidos (son tratados como colonizados) y en sociabilidad metropolitana cuando envían remesas o regresan a vivir a su país de origen (porque en esos casos son ciudadanos). Tienen una doble conciencia, algo semejante a la doble conciencia que Du Bois identificó en los negros de Estados Unidos a inicios del siglo 20. Decía Du Bois que, al contrario de los blancos en la sociedad norteamericana, los negros no tenían problemas, eran un problema. Los migrantes centroamericanos en Estados Unidos son un problema para la sociedad dominante. En Nicaragua tienen problemas como otro cualquier ciudadano.

LA CUESTIÓN CLAVE QUE DEBEMOS PREGUNTAR ES “¿DE QUÉ LADO ESTÁS?”


JLR – En este país que usted está visitando hubo una revolución en los años 80. El país está dividido entre quienes la presentan como “la noche oscura” y quienes la cantan como el tiempo en que “el amanecer dejó de ser una tentación”. En numerosos miembros de ambos grupos la revolución produjo un desencanto que ahora se cosecha como escepticismo frente a la política convencional.


Tomando como referencia la efervescencia política que entonces polarizó pasiones y posiciones, algunos de los guerrilleros y activistas de entonces reprochan a las nuevas generaciones cierto nivel de apatía política, su escasa disposición a tomar las calles y su concentración en la superación personal. Algunos jóvenes
millennials, generación Y o generación Peter Pan han tomado la palabra en los medios de comunicación para explicar que hay diversas formas de hacer política y aportar al país, como ser un buen profesional, como pronunciarse en Facebook, defender las distintas opciones sexuales o expresar sus posiciones mediante el arte.


¿Hay una posibilidad de superar éste que amenaza con convertirse en un diálogo generacional de sordos? ¿Hay una parte de verdad que corresponde a cada parte? ¿Enfrentamos aquí un reto de renovación de la izquierda o sólo justificaciones para eludir el compromiso social más militante?


BSS – Cada país vive en su presente su historia específica. Amílcar Cabral, el gran libertador de Guinea-Bissau contra el colonialismo portugués, decía que las teorías revolucionarias no son mercancías de exportación. Lo que parece válido para todos es que vivimos intensamente el hecho de que no hay soluciones modernas para los problemas modernos. Los jóvenes son, en general, los que más agudamente viven esa contradicción y esa ausencia. Se mueven en busca de soluciones que nuestras teorías ni siquiera consideran políticas.


Yo trabajo bastante con jóvenes raperos en Portugal, Brasil, Cabo Verde y Mozambique porque para mí los mejores textos de política revolucionaria están en sus líricas de rap o de hip-hop. Son ellos quienes hacen hoy lo que los cantantes de protesta hacían hace cincuenta años. Claro que hay mucho rap reaccionario y mercantilista y, como en todo, hay que saber distinguir. La cuestión clave anti-relativista y anti-populista es ¿de qué lado estás?

NUESTRAS METODOLOGÍAS DE INVESTIGACIÓN SON UNA FORMA DE EXTRACTIVISMO


JLR – Finalmente, una pregunta cuya respuesta interesa a los jóvenes investigadores. ¿Cuáles son los temas medulares en América Latina? ¿A cuáles deberían los investigadores dedicarles más atención por su potencial emancipador?


BSS – En los últimos diez años he llegado a la conclusión de que a lo largo del siglo pasado construimos mucho pensamiento crítico en América Latina cuyo objetivo era desarrollar el potencial emancipador de las ciencias sociales. Los resultados no son brillantes cuando los confrontamos con las realidades vividas por las grandes mayorías del continente. Pienso que no necesitamos de otra teoría de la revolución. Necesitamos, eso sí, revolucionar la teoría, lo que no se logra sin una interrupción epistemológica.


Toda la ciencia moderna es eurocéntrica y por eso también las ciencias sociales parten de un privilegio epistemológico que les concede el monopolio del conocimiento riguroso. Ese monopolio ha tenido dos consecuencias negativas. Por un lado, nos convertimos fácilmente en intelectuales y teóricos de vanguardia. Y cuando la teoría fracasó, la culpa se atribuyó siempre a la práctica y no a la teoría.


Por otro lado, ocurrió un masivo desperdicio de la experiencia social, que resultó en un menosprecio o en un desprecio total de los saberes que circulan en la sociedad, sobre todo en las comunidades, en las clases populares, en los movimientos y organizaciones sociales que luchan contra la exclusión, la discriminación y el sufrimiento injusto causados por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado y contra todos los otros modos de dominación satélites que se articulan con ellos (a veces, la religión o la generación…).


Lo peor es que cuando ese conocimiento popular artesanal fue considerado, no lo fue por su valor epistemológico propio, sino como información con base en la que nosotros, científicos sociales, creamos el conocimiento científico. Por eso, nuestras metodologías son generalmente una forma más de extractivismo, no mucho más diferente del extractivismo de los bienes naturales.


Propongo otra relación más equilibrada entre conocimiento científico y conocimiento artesanal, que es lo que llamo las epistemologías del Sur, que nos permiten construir ecologías de saberes más eficaces en la lucha contra la opresión. Las epistemologías del Sur convocan a los científicos sociales a ser intelectuales de retaguardia y no intelectuales de vanguardia.

*INVESTIGADOR DEL INSTITUTO DE INVESTIGACIÓN Y PROYECCIÓN SOBRE DINÁMICAS GLOBALES Y TERRITORIALES DE LA UNIVERSIDAD RAFAEL LANDÍVAR DE GUATEMALA. 

Las 10 claves que explican el nuevo sistema mundo






¿Cómo es el Nuevo Sistema Mundo? ¿Cuáles son sus principales características? ¿Qué dinámicas están determinando el funcionamiento real de nuestro planeta? ¿Qué características dominarán en los próximos 15 años, de aquí a 2030?



Para tratar de describir este Nuevo Sistema Mundo y prever su futuro inmediato, vamos a utilizar la brújula de la geopolítica, una disciplina que nos permite comprender el juego general de las potencias y evaluar los principales riesgos y peligros. Para anticipar, como en un tablero de ajedrez, los movimientos de cada potencial adversario.



¿Qué nos dice esa brújula?



EL DECLIVE DE OCCIDENTE



La principal constatación es: el declive de occidente. Por vez primera desde el siglo XV, los países occidentales están perdiendo poderío frente a la subida de las nuevas potencias emergentes. Empieza la fase final de un ciclo de cinco siglos de dominación occidental del mundo. El liderazgo internacional de Estados Unidos se ve amenazado hoy por el surgimiento de nuevos polos de poderío (China, Rusia, India) a escala internacional. El "desclasamiento estratégico" de Estados Unidos ha empezado. El "siglo americano" parece llegar a su final, a la vez que va desvaneciéndose el "sueño europeo"...



Aunque Estados Unidos sigue siendo una de las principales potencias planetarias, está perdiendo su hegemonía económica en favor de China. Y ya no ejercerá su ‘hegemonía militar solitaria’ como lo hizo desde el fin de la guerra fría (1989). Vamos hacia un mundo multipolar en el que los nuevos actores (China, Rusia, India) tienen vocación a constituir sólidos polos regionales y a disputarle la supremacía internacional a Washington y a sus aliados históricos (Reino Unido, Francia, Alemania, Japón).



En tercera línea aparecen ahora una serie de potencias intermediarias, con demografías en alza y fuertes tasas de crecimiento económico, llamadas a convertirse también en polos hegemónicos regionales y con tendencia a transformarse, de aquí a 15 años, en un grupo de influencia planetaria (Indonesia, Brasil, Vietnam, Turquía, Nigeria, Etiopía).



Para tener una idea de la importancia y de la rapidez del desclasamiento occidental que se avecina, baste con señalar estas dos cifras: la parte de los países occidentales en la economía mundial va a pasar del 56% hoy, a un 25% en 2030... O sea que, en menos de quince años, occidente perderá más de la mitad de su preponderancia económica... Una de las principales consecuencias de esto es que EE UU y sus aliados ya no tendrán los medios financieros para asumir el rol de gendarmes del mundo... De tal modo que este cambio estructural podría lograr debilitar durablemente a occidente.



IMPARABLE EMERGENCIA DE CHINA



El mundo pues se "desoccidentaliza" y es cada vez más multipolar. Destaca, una vez más, el rol de China que emerge, en principio, como la gran potencia en ciernes del siglo XXI. Aunque China se halla lejos aún de representar un auténtico rival para Washington. Por una parte, la estabilidad del Imperio del Medio no está garantizada porque coexisten en su seno el capitalismo más salvaje y el comunismo más autoritario. La tensión entre esas dos dinámicas causará, tarde o temprano, una quebradura que podría debilitar su potencia.



De todos modos, en 2016, los Estados Unidos sigue ejerciendo una indiscutible dominación hegemónica sobre el planeta. Tanto en el dominio militar (fundamental) como en varios otros sectores cada vez más determinantes: en particular, el tecnológico (Internet) y el soft power (cultura de masas). Lo cual no significa que China no haya realizado prodigiosos avances en los últimos treinta años. Nunca en la historia, ningún país creció tanto en tan poco tiempo.



Por el momento, mientras declina el poderío de Estados Unidos, el ascenso de China es imparable. Ya es la segunda potencia económica del mundo (delante de Japón y Alemania).



Para Washington, Asia es ahora la zona prioritaria desde que el presidente Obama decidió la reorientación estratégica de su política exterior. Estados Unidos trata de frenar allí la expansión de China cercándola con bases militares y apoyándose en sus socios locales tradicionales: Japón, Corea del Sur, Taiwán, Filipinas. Es significativo que el primer viaje de Barack Obama, después de su reelección en 2012, haya sido a Birmania, Cambodia y Tailandia, tres Estados de la Asociación de naciones de Asia del Sureste (ASEAN), una organización que reúne a los aliados de Washington en la región, la mayoría de cuyos miembros tienen problemas de límites marítimos con Pekín.



Los mares de China se han convertido en las zonas de mayor potencial de conflicto armado del área Asia-Pacífico. Las tensiones de Pekín con Tokyo, a propósito de la soberanía de las islas Senkaku (Diaoyú para los chinos). Y también la disputa con Vietnam y Filipinas sobre la propiedad de las islas Spratly está subiendo peligrosamente de tono. China está modernizando a toda marcha su armada. En 2012, lanzó su primer portaaviones, el Liaoning, y está construyendo un segundo, con la intención de intimidar a Washington. Pekín soporta cada vez menos la presencia militar de Estados Unidos en Asia. Entre estos dos gigantes, se está instalando una peligrosa «desconfianza estratégica» que, sin lugar a dudas, podría marcar la política internacional en esta región de aquí a 2030.



EL TERRORISMO YIHADISTA



Otra de las amenazas globales que nos indica nuestra brújula es el terrorismo yihadista practicado ayer por Al Qaeda y hoy por la Organización Estado Islámico o Daesh (ISIS, en inglés). Las principales causas de ese terrorismo yihadista actual hay que buscarlas en los desastrosos errores y los crímenes cometidos por las potencias que invadieron Irak en 2003. Además de los disparates de las intervenciones en Libia (2011) y en Siria (2014).



En oriente próximo se sigue situando el actual foco perturbador del mundo. En particular en torno a la inextricable guerra civil en Siria. Lo que está claro es que, en ese país, las grandes potencias occidentales (Estados Unidos, Reino Unido, Francia), aliadas a los Estados que más difunden por el mundo una concepción arcaica y retrógrada del islam (Arabia Saudíta, Qatar y Turquía), decidieron apoyar (con dinero, armas e instructores) a la insurgencia islamista sunní.



Estados Unidos constituyó en esa región un amplio «eje sunní» con el objetivo de derrocar a Bachar El Asad y despojar así a Teherán de un gran aliado regional. Pero el gobierno de Bachar El Asad, con el apoyo de Rusia e Irán, ha resistido y sigue consolidándose. El resultado de tantos errores es el terrorismo yihadista actual que multiplica los atentados odiosos contra civiles inocentes en Europa y Estados Unidos.



Algunas capitales occidentales siguen pensando que la potencia militar masiva es suficiente para venir a cabo del terrorismo. Pero, en la historia militar, abundan los ejemplos de grandes potencias incapaces de derrotar a adversarios más débiles. Basta recordar los fracasos norteamericanos en Vietnam en 1975, o en Somalia en 1994. En un combate asimétrico, aquél que puede más, no necesariamente gana. El historiador Eric Hobsbawn nos recuerda que «En Irlanda del Norte, durante cerca de treinta años, el poder británico se mostró incapaz de derrotar a un ejército tan minúsculo como el del IRA; ciertamente el IRA no tuvo la ventaja, pero tampoco fue vencido.»



Los conflictos de nuevo tipo, cuando el fuerte enfrenta al débil o al loco, son más fáciles de comenzar que de terminar. Y el empleo masivo de medios militares pesados no permite necesariamente alcanzar los objetivos buscados.



La lucha contra el terrorismo también está autorizando, en materia de gobernación y de política interior, todas las medidas autoritarias y todos los excesos, incluso una versión moderna del «autoritarismo democrático» que toma como blanco, más allá de las organizaciones terroristas en sí mismas, a todos los insumisos y protestatarios que se oponen a las políticas globalizadoras y neoliberales.



HAY CRISIS PARA LARGO...



Otra constatación importante: los países ricos siguen padeciendo las consecuencias del terremoto económico-financiero que fue la crisis del 2008. Por primera vez, la Unión Europea, (y el «Brexit» lo confirma), ve amenazada su cohesión y hasta su existencia. En Europa, la crisis económica durará al menos un decenio más, es decir hasta por lo menos 2025...



Decimos que hay crisis, en cualquier sector, cuando algún mecanismo deja de pronto de actuar, empieza a ceder y acaba por romperse. Esa ruptura impide que el conjunto de la maquinaria siga funcionando. Es lo que está ocurriendo en la economía mundial desde que estalló la crisis de las sub-primes en 2007-2008.

Las repercusiones sociales de ese cataclismo económico han sido de una brutalidad inédita: 23 millones de desempleados en la Unión Europea y más de 80 millones de pobres… Los jóvenes en particular son las víctimas principales; generaciones sin futuro. Pero las clases medias también están asustadas porque el modelo neoliberal de crecimiento las abandona al borde del camino.



La velocidad de la economía financiera es hoy la del relámpago, mientras que la velocidad de la política, por comparación, es la del caracol. Resulta cada vez más difícil conciliar tiempo económico y tiempo político. Y también crisis globales y gobiernos nacionales. Todo esto provoca, en los ciudadanos, frustración y angustia.



La crisis global produce perdedores y ganadores. Los ganadores se encuentran, esencialmente, en Asia y en los países emergentes, que no tienen una visión tan pesimista de la situación como la de los europeos. También hay muchos «ganadores» en el interior mismo de los países occidentales cuyas sociedades se hallan fracturadas por las desigualdades entre ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres.



En realidad, no estamos soportando una crisis, sino un haz de crisis, una suma de crisis mezcladas tan íntimamente unas con otras que no conseguimos distinguir entre causas y efectos. Porque los efectos de unas son las causas de otras, y así hasta formar un verdadero sistema. O sea, enfrentamos una auténtica crisis sistémica del mundo occidental que afecta a la tecnología, la economía, el comercio, la política, la democracia, la identidad, la guerra, el clima, el medio ambiente, la cultura, los valores, la familia, la educación, la juventud, etc.



Desde el punto de vista antropológico, estas crisis se están traduciendo por un aumento del miedo y del resentimiento. La gente vive en estado de ansiedad y de incertidumbre. Vuelven los grandes pánicos ante amenazas indeterminadas como pueden ser la pérdida del empleo, los electrochoques tecnológicos, las biotecnologías, las catástrofes naturales, la inseguridad generalizada... Todo ello constituye un desafío para las democracias. Porque ese terror se transforma a veces en odio y en repudio. En varios países europeos, y también en Estados Unidos, ese odio se dirige hoy contra el extranjero, el inmigrante, el refugiado, el diferente. Está subiendo el rechazo hacia todos los "otros" (musulmanes, latinos, gitanos, subsaharianos, "sin papeles", etc.) y crecen los partidos xenófobos y de extrema derecha.



DECEPCIÓN Y DESENCANTO



Hay que entender que, desde la crisis financiera de 2008 (de la que aún no hemos salido), ya nada es igual en ninguna parte. Los ciudadanos están profundamente desencantados. La propia democracia, como modelo, ha perdido credibilidad. Los sistemas políticos han sido sacudidos hasta las raíces. En Europa, por ejemplo, los grandes partidos tradicionales están en crisis. Y en todas partes percibimos subidas de formaciones de extrema derecha (en Francia, en Austria y en los países nórdicos) o de partidos antisistema y anticorrupción (Italia, España). El paisaje político aparece radicalmente transformado.



Ese fenómeno ha llegado a Estados Unidos, un país que ya conoció, en 2010, una ola populista devastadora, encarnada entonces por el Tea Party. La irrupción del multimillonario Donald Trump en la carrera por la Casa Blanca prolonga aquello y constituye una revolución electoral que ningún analista supo prever. Aunque pervive, en apariencias, la vieja bicefalia entre demócratas y republicanos, la ascensión de un candidato tan heterodoxo como Trump constituye un verdadero seísmo. Su estilo directo, populachero, y su mensaje maniqueo y reduccionista, apelando a los bajos instintos de ciertos sectores de la sociedad, le ha conferido un carácter de autenticidad a ojos del sector más decepcionado del electorado de la derecha.



A ese respecto, el candidato republicano ha sabido interpretar lo que podríamos llamar la «rebelión de las bases». Mejor que nadie, percibió la fractura cada vez más amplia entre las élites políticas, económicas, intelectuales y mediáticas, por una parte, y la base del electorado conservador, por la otra. Su discurso violentamente anti-burocracia de Washington, anti-medios y anti-Wall Street seduce, en particular, a los electores blancos, poco cultos, y empobrecidos por los efectos de la globalización económica.



SEÍSMOS Y MÁS SEÍSMOS



A este respecto podríamos decir que otra gran característica del Nuevo Sistema Mundo son los seísmos. Seísmos financieros, monetarios, bursátiles, seísmos climáticos, seísmos energéticos, seísmos tecnológicos, seísmos sociales, seísmos geopolíticos como el restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, o, en otro sentido, el reciente golpe de Estado institucional en Brasil contra la presidenta Dilma Rousseff...



Seísmos electorales como la reciente victoria del «no» en Colombia a los Acuerdos de Paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC; o el reciente «Brexit» en el Reino Unido, o el éxito de la extrema derecha en Austria, o la derrota de Angela Merkel en varias elecciones parciales en Alemania. O el enorme seísmo que podría constituir efectivamente la eventual victoria electoral de Donald Trump en Estados Unidos.



Acontecimientos imprevistos irrumpen con fuerza sin que nadie, o casi nadie, los haya visto venir. Hay una falta de visibilidad general. Si gobernar es prever, vivimos una evidente crisis de gobernanza general. En muchos países, el Estado que protegía a los ciudadanos ha dejado de existir. Hay una crisis de la democracia representativa: "¡No nos representan!", decían los "indignados". La gente reclama que la autoridad política vuelva a asumir su rol conductor de la sociedad. Se insiste en la necesidad de reinventar la política y de que el poder político le ponga coto al poder económico y financiero de los mercados.



INTERNET, EL CIBER-ESPIONAJE Y LA CIBER-DEFENSA



El Nuevo Sistema Mundo también se caracteriza por la multiplicidad de rupturas estratégicas cuyo significado a veces no comprendemos. Hoy, Internet es el vector de la mayoría de los cambios. Casi todas las crisis recientes tienen alguna relación con las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información, con la desmaterialización y la digitalización generalizadas, y con la explosión inaudita de las redes sociales. Más que una tecnología, Internet es pues un actor fundamental de las crisis. Basta con recordar el rol de WikiLeaks, Facebook, Twitter y las demás redes sociales en la aceleración de la información y de la conectividad social a través del mundo.



De aquí a 2030, en el nuevo sistema mundo, algunas de las mayores colectividades del planeta ya no serán países sino comunidades congregadas y vinculadas entre sí por Internet y las redes sociales. Por ejemplo, ‘Facebooklandia’: más de mil millones de usuarios... O ‘Twitterlandia’, más de 800 millones... Cuya influencia, en el juego de tronos de la geopolítica mundial, podría revelarse decisivo. Hoy, las estructuras de poder se difuminan gracias al acceso universal a la Red y el uso de nuevas herramientas digitales.



Por otra parte, por las estrechas complicidades que algunas grandes potencias han entablado con las grandes empresas privadas que dominan las industrias de la informática y de las telecomunicaciones, la capacidad en materia de espionaje de masas ha crecido también de forma exponencial. Las mega empresas, como Google, Apple, Microsoft, Amazon y más recientemente Facebook han establecido estrechos lazos con el aparato del Estado en Washington, especialmente con los responsables de la política exterior. Esta relación se ha convertido en una evidencia. Comparten las mismas ideas políticas y tienen idéntica visión del mundo. En última instancia, los estrechos vínculos y la visión común del mundo, por ejemplo, de Google y la Administración estadounidense están al servicio de los objetivos de la política exterior de los Estados Unidos.



Esta alianza sin precedentes –Estado + aparato militar de seguridad + industrias gigantes de la Web- ha creado un verdadero imperio de la vigilancia cuyo objetivo claro y concreto es poner Internet bajo escucha, todo Internet y a todos los internautas, como lo denunciaron Julian Assange y Edward Snowden.



El ciberespacio se ha convertido en una especie de quinto elemento. El filósofo griego Empédocles sostenía que nuestro mundo estaba formado por una combinación de cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego. Pero el surgimiento de Internet, con su misterioso “interespacio” superpuesto al nuestro, formado por miles de millones de intercambios digitales de todo tipo, por su roaming, su streaming y su clouding, ha engendrado un nuevo universo, en cierto modo cuántico, que viene a completar la realidad de nuestro mundo contemporáneo como si fuera un auténtico quinto elemento.



En este sentido, hay que señalar que cada uno de los cuatro elementos tradicionales constituye, históricamente, un campo de batalla, un lugar de confrontación. Y que los Estados han tenido que desarrollar componentes específicos de las fuerzas armadas para cada uno de estos elementos: para la tierra: el ejército de Tierra; para el aire, el ejército del Aire; para el agua, la Armada; y, con carácter más singular, para el furgo: los bomberos o “guerreros del fuego”. De manera natural, desde el desarrollo de la aviación militar en 1914-1918, todas las grandes potencias están añadiendo hoy, a los tres ejércitos tradicionales y a los combatientes del fuego, un nuevo ejército cuyo ecosistema es el quinto elemento: el ciberejército, encargado de la ciberdefensa, que tiene sus propias estructuras orgánicas, su Estado mayor, sus cibersoldados y sus propias armas: superordenadores preparados para defender las ciberfronteras y llevar a cabo la ciberguerra digital en el ámbito de Internet.



UNA MUTACIÓN DEL CAPITALISMO: LA ECONOMÍA COLABORATIVA



Treinta años después de la expansión masiva de la web, los hábitos de consumo también están cambiando. Se impone poco a poco la idea de que la opción más inteligente hoy es usar algo en común, y no forzosamente comprarlo. Eso significa ir abandonando poco a poco una economía basada en la sumisión de los consumidores y en el antagonismo o la competición entre los productores, y pasar a una economía que estimula la colaboración y el intercambio entre los usuarios de un bien o de un servicio. Todo esto plantea una verdadera revolución en el seno del capitalismo que está operando, ante nuestros ojos, una nueva mutación.



Es un movimiento irresistible. Miles de plataformas digitales de intercambio de productos y servicios se están expandiendo a toda velocidad. La cantidad de bienes y servicios que pueden alquilarse o intercambiarse mediante plataformas online, ya sean de pago o gratuitas (como Wikipedia), es ya literalmente infinita.



A nivel planetario, esta economía colaborativa crece actualmente entre el 15% y el 17% al año. Con algunos ejemplos de crecimiento absolutamente espectaculares. Por ejemplo Uber, la aplicación digital que conecta a pasajeros con conductores, en solo cinco años de existencia ya vale 68.000 millones de dólares y opera en 132 países. Por su parte, Airbnb, la plataforma online de alojamientos para particulares surgida en 2008 y que ya ha encontrado cama a más de 40 millones de viajeros, vale hoy en Bolsa (sin ser propietaria de ni una sola habitación) más de 30.000 millones de dólares, o sea más que los grandes grupos Hilton, Marriott o Hyatt.



A este respecto, otro rasgo fundamental que está cambiando –y que fue nada menos que la base de la sociedad de consumo–, es el sentido de la propiedad, el deseo de posesión. Adquirir, comprar, tener, poseer eran los verbos que mejor traducían la ambición esencial de una época en la que el tener definía al ser. Acumular “cosas” (viviendas, coches, neveras, televisores, muebles, ropa, relojes, libros, cuadros, teléfonos, etc.) constituía para muchas personas la principal razón de la existencia. Parecía que, desde el alba de los tiempos, el sentido materialista de posesión era inherente al ser humano.



La economía colaborativa constituye pues un modelo económico basado en el intercambio y la puesta en común de bienes y servicios mediante el uso de plataformas digitales. Se inspira de las utopías del compartir y de valores no mercantiles como la ayuda mutua o la convivialidad, y también del espíritu de gratuidad, mito fundador de Internet. Su idea principal es: “lo mío es tuyo”, o sea compartir en vez de poseer. Y el concepto básico es el trueque. Se trata de conectar, por vía digital, a gente que busca “algo” con gente que lo ofrece. Las empresas más conocidas de ese sector son: Uber, Airbnb, Netflix, Blabacar, etc.



Muchos indicios nos conducen a pensar que estamos asistiendo al ocaso de la 2ª revolución industrial, basada en el uso masivo de energías fósiles y en unas telecomunicaciones centralizadas. Y vemos la emergencia de una economía colaborativa que obliga, como ya dijimos, al sistema capitalista a mutar.



Por otra parte, en un contexto en el que el cambio climático se ha convertido en la amenaza principal para la sobrevivencia de la humanidad, los ciudadanos no desconocen los peligros ecológicos inherentes al modelo de hiperproducción y de hiperconsumo globalizado. Ahí también, la economía colaborativa ofrece soluciones menos agresivas para el planeta.



En un momento como el actual, de fuerte desconfianza hacia el modelo neoliberal y hacia las elites políticas, financieras, mediáticas y bancarias, la economía colaborativa parece aportar respuestas a muchos ciudadanos en busca de sentido y de ética responsable. Exalta valores de ayuda mutua y ganas de compartir. Criterios todos que, en otros momentos, fueron argamasa de teorías comunitarias y de ambiciones socialistas. Pero que son hoy –que nadie se equivoque– el nuevo rostro de un capitalismo mutante deseoso de alejarse del salvajismo despiadado de su reciente periodo ultraliberal.



Nuestra brújula también nos señala la aparición de tensiones entre los ciudadanos y algunos gobiernos en unas dinámicas que varios sociólogos califican de ‘post-políticas’ o ‘post-democráticas’... Por un lado, la generalización del acceso a Internet y la universalización del uso de las nuevas tecnologías están permitiendo a la ciudadanía alcanzar altas cuotas de libertad y desafiar a sus representantes políticos (como durante la crisis de los «indignados»). Pero, a la vez, estas mismas herramientas electrónicas proporcionan a los gobiernos, como ya vimos, una capacidad sin precedentes para vigilar a sus ciudadanos.



AMENAZAS NO MILITARES



“La tecnología –señala un reciente informe de la CIA– continuará siendo el gran nivelador, y los futuros magnates de Internet, como podría ser el caso de los de Google y Facebook, poseen montañas enteras de bases de datos, y manejan en tiempo real mucha más información que cualquier gobierno”.



Por eso, la CIA recomienda a la administración de EE.UU. que haga frente a esa amenaza eventual de las grandes corporaciones de Internet activando el Special Collection Service, un servicio de inteligencia ultrasecreto -administrado conjuntamente por la NSA (National Security Service) y el SCE (Service Cryptologic Elements) de las Fuerzas Armadas- especializado en la captación clandestina de informaciones de origen electromagnético. El peligro de que un grupo de empresas privadas controle toda esa masa de datos reside, principalmente, en que podría condicionar el comportamiento a gran escala de la población mundial e incluso de las entidades gubernamentales. También se teme que el terrorismo yihadista sea sustituido por un ciberterrorismo aún más sobrecogedor.



La CIA toma tanto más en serio este nuevo tipo de amenazas que, finalmente, el declive de Estados Unidos no ha sido provocado por una causa exterior sino por una crisis interior: la quiebra económica acaecida a partir de 2007-2008. El informe insiste en que la geopolítica de hoy debe interesarse por nuevos fenómenos que no poseen forzosamente un carácter militar. Pues, aunque las amenazas militares no han desaparecido, algunos de los peligros principales que corren hoy nuestras sociedades son de orden no-militar: cambio climático, mutación tecnológica, conflictos económicos, crimen organizado, guerras electrónicas, agotamiento de los recursos naturales...



Sobre este último aspecto, es importante saber que uno de los recursos que más aceleradamente se está agotando es el agua dulce. En 2030, el 60% de la población mundial tendrá problemas de abastecimiento de agua, dando lugar a la aparición de “conflictos hídricos”... En cuanto al fin de los hidrocarburos en cambio, gracias a las nuevas técnicas de fracturación hidráulica, la explotación del petróleo y del gas de esquisto está alcanzado niveles excepcionales. Ya Estados Unidos es casi autosuficiente en gas, y en 2030 podría serlo en petróleo, lo cual tiende a abaratar sus costes de producción manufacturera y exhorta a la relocalización de sus industrias. Pero si EE.UU. –principal importador actual de hidrocarburos- deja de importar petróleo, es de prever que los precios del barril se reducirán. ¿Cuáles serán entonces las consecuencias para los grandes países exportadores?



HACIA EL TRIUNFO DE LAS CIUDADES Y DE LAS CLASES MEDIAS



En el mundo hacia el que vamos, el 60% de las personas vivirán, por primera vez en la historia de la humanidad, en las ciudades. Y, como consecuencia de la reducción acelerada de la pobreza, las clases medias serán dominantes y triplicarán, pasando de los 1.000 a los 3.000 millones de personas. Esto, que, en sí, es una revolución colosal, acarreará como secuela, entre otros efectos, un cambio general en los hábitos culinarios y, en particular, un aumento del consumo de carne a escala planetaria. Lo cual agravará la crisis medioambiental.



En 2030, los habitantes del planeta seremos 8500 millones pero el aumento demográfico cesará en todos los continentes menos en África, con el consiguiente envejecimiento general de la población mundial. En cambio, el vínculo entre el ser humano y las tecnologías protésicas acelerará la puesta a punto de nuevas generaciones de robots y la aparición de “superhombres” capaces de proezas físicas e intelectuales inéditas.



El futuro es muy pocas veces predecible. No por ello hay que dejar de imaginarlo en términos de prospectiva. Preparándonos para actuar ante diversas circunstancias posibles, de las cuales una sola se producirá. A este respecto, la geopolítica es una herramienta extremadamente útil. Nos ayuda a tomar conciencia de las rápidas evoluciones en curso y a reflexionar sobre la posibilidad, para cada uno de nosotros, de intervenir y fijar el rumbo. Para tratar de construir un futuro más justo, más ecológico, menos desigual y más solidario.



Ignacio Ramonet. Doctor en Semiología. Profesor Emérito de la Universidad de Paris. Director de Le Monde Diplomatique en español. Autor de El Imperio de la vigilancia (Clave Intelectual, Madrid, 2016).