"Quórum Teológico" es un blog abierto al desarrollo del pensamiento humano y desea ser un medio que contribuya al diálogo y la discusión de los temas expuestos por los diferentes contribuyentes a la misma. "Quórum Teológico", no se hace responsable del contenido de los artículos expuesto y solo es responsabilidad de sus autores.

Ya puedes traducir esta página a cualquier idioma

Déjanos tu mensaje en este Chat

La Francofonía



La difusión de la lengua francesa en África es parte integrante del proyecto colonial. Forma parte de la “obra civilizadora” que pretendía aportar el colonialismo. En efecto, en el proyecto colonial la civilización se entiende como la extracción del hombre africano de sus culturas “bárbaras” para hacerle entrar en la historia y en la civilización por asimilación. Así, las independencias africanas de la década de 1960 ven llegar al poder a unas “élites” francófonas en unos países en los que las culturas y lenguas maternas han sido asfixiadas cuando no reducidas a folclore. Lo que ya desde la era colonial se denomina “Francofonía”, se impone rápidamente como política pública de mantenimiento de la dependencia de las élites y de alienación de las masas populares africanas.

Lengua francesa y colonización

El término “francofonía” aparece en 1883 bajo la pluma del geógrafo Onésime Reclus en sus análisis en defensa de la política colonial francesa. Al predicar una expansión colonial ofensiva considera uno de sus cimientos esenciales es la expansión e imposición de la lengua francesa. En su libro France, Algérie et colonies, en el que utiliza por primera vez este neologismo, argumenta así la importancia de la imposición del francés a las personas indígenas de las colonias:

“Los traeremos a nosotros dándoles nuestra lengua: la Kabilia solo perderá con ello unos dialectos locales sin literatura y ¿quién osará comparar con nuestros libros lo que hay de verdaderas obras de arte en el idioma huesudo, descarnado, duro, prodigiosamente gutural, además de poético, enérgico y breve que Mahoma utilizaba con el ángel Gabriel y el ángel Gabriel con él? Por consiguiente, tenemos que sentar a los hijos de los indígenas al lado de los nuestros en los bancos de la escuela. En cuanto la joven generación musulmana hable francés, lo demás vendrá por añadidura” (1).

Las diversas instituciones de la Francofonía reivindican la herencia de Reclus sugiriendo que era partidario de un colonialismo no racista. La página web de Documentation française lo presenta todavía hoy de la siguiente manera: “Lo que compone el geógrafo es un himno a la conquista colonial al concebir una verdadera doctrina del imperialismo francés. Pero su concepción del colonialismo no se basa en consideraciones mercantilistas o raciales; su argumentación es geográfica, lingüística, demográfica. La teoría que funda Onésime Reclus se basa en la idea de la influencia del medio; la lengua aparece como la base de los imperios, el vínculo solidario de las civilizaciones” (2).

Lejos de ser aislada, la idea de una lengua francesa civilizadora preside la creación en julio de 1883 de la “Alianza Francesa” (cuyo nombre completo es “Asociación nacional para la propagación de la lengua francesa en las colonias y en el extranjero”). La diversidad política de los fundadores de esta institución pone de relieve el casi total consenso colonial de la época: el general Faidherbe, el cardenal de Lavigerie, Ferdinand de Lesseps, Paul Bert, Louis Pasteur, Ernest Renan, etc. En efecto, los objetivos carecen de ambigüedad y se resumen así dos años después de la creación de la institución colonial: “Divulgar por medio de la escuela el uso del francés en nuestras colonias y nuestros protectorados; apoyar por medio de la escuela el prestigio de Francia en las tierras bárbaras [sic] en las que este domina desde hace mucho tiempo, particularmente en los países musulmanes de Levante, etc.” (3).

La III República laica no duda en apoyarse en la iglesia para difundir esta lengua francesa que se considera necesaria para la “conquista de las mentes” que debe rematar la conquista militar. “Los misioneros deben ser agentes de la influencia francesa por medio la difusión de la lengua. […] El objetivo que se fija a las escuelas coloniales es preciso y limitado: [convertir a los alumnos en] auxiliares de la colonización” (4), resume el sacerdote e historiador Roger Benoist. El investigador en ciencias sociales Raberh Achi menciona incluso una “excepción colonial al laicismo”.

Por consiguiente, no hay ningún proyecto de escolarización generalizada de las personas colonizadas sino voluntad de crear una “élite” afrancesada al servicio de la colonización. “Las autoridades francesas utilizaban a estas élites como instrumentos de su dominación sobre las masas indígenas. También esperaban que guiaran con su ejemplo la evolución de su sociedad en la vía de la asociación, del acercamiento, incluso de la «fusión de razas»” (5), analiza el historiador Guy Pervillé. Cuando en 1943 hace el balance de la obra civilizadora francesa en las colonias el historiador y director de la Escuela Colonial en África Occidental Francesa de 1926 a 1943 Georges Hardy insiste en la función pública de esta élite indígena:

“La mejora moral e intelectual del indígena no es menos necesaria para aumentar su rendimiento y eso es obra de la escuela. […] Hay que reconocer que, en conjunto, el desarrollo de la enseñanza francesa ha proporcionado desde ahora a la colonización una cantidad considerable de auxiliares indígenas verdaderamente útiles y que a costa de algunas precauciones (adaptación, educación moral) la escuela francesa en las colonias debe convertirse cada vez más en un precioso instrumento de mejora material y de domesticación” (6).

El autor desarrolla en sus tesis la idea de limitar el acceso a la enseñanza a una élite ínfima. Una apertura más amplia tendría unos efectos peligrosos para el sistema colonial: “A menudo se reprocha a la enseñanza de los indígenas el formar desclasados, «descarriados», hostiles a la vez a sus congéneres y a los europeos, y es muy cierto que un joven indígena que ha pasado por la escuela francesa puede parecer menos flexible que otro” (7), señala. Se propone una solución doble: producir una élite reducida que acceda a la enseñanza secundaria por una parte y en el caso de la gran masa de personas colonizadas, limitarse a que dominen un francés usual y funcional.

Se dedica un gran cuidado a la producción de esta élite que se considera un eslabón entre el colonizador y el colonizado. Por ejemplo, se preocupan por su matrimonio con la creación de escuelas femeninas cuyo objetivo es producir esposas para estos “evolucionados”: “Es penoso constatar la cantidad cada vez mayor de jóvenes instruidos y la pequeña cantidad de mujeres educadas que situamos a su lado […]. ¿Con quién se casarán todos estos médicos, estos contables, estos empleados de correos y cantidad de hombres evolucionados que creamos a chorros continuos siguiendo las necesidades de la colonia”? (8).

En efecto, se trata de producir un grupo social específico vinculado cultural y socialmente a la cultura y la lengua del colonizador. La historiadora Pascale Barthélémy menciona y cita un documento no firmado ni datado, de una treintena de páginas, que argumenta así la necesidad de esta enseñanza femenina: “Francia ha hecho unidades ilustradas, no tiene familias ilustradas. Se ha ocupado del hombre. Se ha preocupado poco de la mujer. Ahora bien, el individuo aislado es débil, solo la pareja es fuerte. Francia quiere hacer entrar a África en el camino de la civilización, solo lo logrará cuando eleve la mentalidad de la mujer, eje fundamental de la sociedad indígena” (9).

La enseñanza que se ofrece a esta élite evolucionada se articula con un proceso de alienación que un libro consagrado a la “alienación colonialista” en Argelia, describe así en 1961:

“Convencer a los indígenas de su inferioridad en todos los aspectos respecto a los franceses es, según él (Cavaignac), el deber fundamental de los dirigentes de la empresa en Argelia. Un complejo que se ha tratado de crear sobre todo en aquellos que han tenido el privilegio de los bancos de la escuela. En efecto, en estos últimos, los profesores y la propaganda oficial han contribuido a hacer existir, valorar, admirar en exclusiva como el bien y la belleza absolutos el patrimonio de Francia: su cultura, su historia, sus héroes, sus poetas, sus sabios, sus costumbres, su modo de vestir, etc., en resumen, la civilización francesa. Por ello, todo ha contribuido a negar la existencia de otros valores, a denegar toda cualidad a lo que no sea francés o al menos occidental y, en primer lugar, por lo tanto, a todo lo que es argelino” (10).

La confrontación con la injusticia colonial llevará a una parte no desdeñable de esta élite a la lucha por la independencia. No obstante, las socializaciones escolares y las costumbres siguen vinculándolos a la antigua potencia colonial: los hábitos de vida, los modos de consumo, el contenido de la enseñanza, la red de amigos, los recuerdos de viajes y/o de estudios en Francia, el capital de lecturas y, por lo tanto, el sistema de referencias, etc. El dispositivo institucional de la Francofonía se basa en esta dependencia cultural para hacerla perdurar y reforzarla más allá de las independencias.

La tela de araña francófona

Si el discurso oficial de la Francofonía presenta a Onésime Reclus como el padre fundador del concepto, el acontecimiento fundador para la “mitohistoria* francófona” (11) es la publicación en 1962 del número de la revista Esprit titulado “Le français, langue vivante” [El francés, lengua viva]. La razón de este mito fundador es la siguiente:

“En efecto, esta fecha […] se presenta como el verdadero nacimiento de la verdadera Francofonía. Sus defensores quieren probar así que son los antiguos colonizados, africanos y asiáticos (y no la antigua metrópoli), quienes decidieron convertir a la lengua francesa en el objeto y el sujeto de una organización internacional. Así, se recuerda sistemáticamente que quienes crearon la Francofonía son unos héroes de las independencias africanas y asiáticas (entre sus autores estaban Habib Bourguiba, Hamani Diori, Norodom Sihanouk) al proclamar a vez su vinculación a la lengua y sus identidades culturales” (12).

Solo esta insistencia es significativa de las muchas críticas de “neocolonialismo” que acompañan al despliegue del dispositivo institucional francófono desde las independencias hasta nuestros días. Aunque el número de la revista Esprit realmente es una defensa de la Francofonía, en la que participan varios jefes de Estado del antiguo imperio colonial, no es su “acta de nacimiento”, en contra de lo que se afirma oficialmente. Dos años antes el gobierno francés tomaba la iniciativa de crear la “Conferencia de Ministros de Educación de los Países Africanos y Malgache de Expresión Francesa” (CONFEMEN, por sus siglas en francés) que, por eso, es la primera institución intergubernamental francófona postcolonial. En el momento de su creación esta institución agrupa a 15 Estados (es decir, a la mayoría de los países del antiguo imperio colonial francés y a Francia) y se reúne cada dos años para “trazar las orientaciones en materia de educación y de formación al servicio del desarrollo” (13).

La elección de la educación nacional como primer terreno de la Francofonía no es, por supuesto, anodina. La colonización y su escolarización selectiva suscitaron una sed y unas expectativas de escolarización que ningún Estado recién independizado podía ignorar. En el momento de las independencias, la legitimidad política pasa, entre otras cosas, por una democratización de la enseñanza. De hecho, todos los Estados recién independizados de África, sea cual sea su orientación política, establecerán esta orientación que en algunos años dará unos resultados que dejan atrás toda la “obra escolar” colonial.

En este contexto, el reto es, a partir de entonces, el contenido y la lengua de esta escolarización. Testimonio de ello es el intercambio de réplicas entre Lucien Paye y el presidente de la Union générale des Étudiants d’Afrique occidentale (UGEAO) Daouda Sow, durante la inauguración de la Universidad de Dakar el 9 de diciembre de 1959. El primero declara: “¿Acaso es un programa más noble que aquel al que el Consejo de la Universidad se adhería unánimemente en una reunión reciente, «Ser una universidad francesa al servicio de África?»”. El segundo le responde: “En nuestra opinión, la Universidad de Dakar debe tener una impronta típicamente africana. Se debe sentir latir en ella el corazón de África de ayer y de mañana. Comprenderá entonces que nuestro deseo siga siendo que esta universidad se convierta en un centro de investigadores con vocación africana, pero al servicio de lo universal y de la verdad” (14). El autor del que tomamos estas citas, el historiador marfileño Chikouna Cissé, analiza así la estrategia francesa de estos primeros pasos de la Francofonía postcolonial:

“Como tiene que hacer frente a la exaltación del fervor panafricanista, Francia elige estrechar las relaciones con sus antiguas colonias a principios de la década de 1960, con el fin de ejercer un control político. Esta delimitación del dominio de influencia encuentra su expresión tangible en la multitud de encuentros de ministros de Educación de expresión francesa en los que a menudo se podía constatar una excesiva representación francesa. Dieciocho conferencias, según el recuento del historiador Laurent Manière, reunieron a franceses y africanos entre 1960 y 1969 en el marco de la firma y aplicación de acuerdos de cooperación” (15).

Esta primera institución francófona inscrita en los acuerdos de cooperación, cuya dimensión colonial hemos puesto de relieve en una entrega anterior (16), irá seguida de muchas otras: la Asociación de las Universidades Parcial o Totalmente de Lengua Francesa en 1961 que, en 1999, se convierte en la Agencia Universitaria de la Francofonía; la Asociación Internacional de Parlamentarios de Lengua Francesa en 1967, que en 1997 se convierte en Asamblea Parlamentaria de la Francofonía (APF, por sus siglas en francés); la Conferencia de Ministros de Juventud y Deportes (CONFEJES, por sus siglas en francés) en 1969; la Agencia de Cooperación Cultural y Técnica (ACCT) en 1970, que en 2005 se denomina Organización Internacional de la Francofonía (OIF); el Consejo Internacional de Radio Televisiones de Expresión Francesa (CIRTEF) creado en 1978, etc. En adelante los campos educativo, deportivo, mediático y cultural estarán cubiertos por la red institucional francófona. Además de sus propias redes, estas instituciones se pueden apoyar en la red de la “Alianza Francesa” de más de cien años de antigüedad que, en 2018, cuenta con 835 agencias, de las cuales 115 están en África y cubren 35 países.

Para coronar el conjunto del dispositivo las “Cumbres de Jefes de Estado y de Gobierno de los países que comparten el francés”, más conocido como “Cumbre de la Francofonía”, se reúnen a partir de 1986 cada dos años con el objetivo de definir “las orientaciones de la Francofonía, a fin de garantizar su influencia en el mundo en un marco estratégico de diez años” (17). Como en los demás dominios de cooperación, la esfera geográfica no ha dejado de ampliarse gracias al aumento del poder de la Unión Europea y al aumento de la competencia económica vinculada a la globalización. Así, en la última cumbre de 2016 participaron 54 Estados miembros, cuatro miembros asociados y 26 observadores (entre ellos 31 países africanos).


Los mecanismos de la dependencia

Por supuesto, la cuestión de la Francofonía y el problema que plantea, no se pueden reducir a la cuestión del uso del francés. El enfoque esencialista de la lengua no ayuda en absoluto a comprender el reto que plantea la Francofonía colonial. Como destaca Kateb Yacine, la lengua del antiguo colonizador se puede entender como un “botín de guerra” que se puede poner al servicio de la emancipación. A fin de cuentas, muchos líderes de las independencias subvirtieron lo aprendido en la escuela colonial francesa para ponerlo al servicio de la liberación de sus países. Por consiguiente, no se trata de rechazar una lengua en sí, sino de examinar los mecanismos de un dispositivo institucional político y las consecuencias que tiene sobre los Estados africanos.

No obstante, el rechazo del esencialismo en materia de lengua no debe llevarnos a cometer el error exactamente inverso, es decir, a considerar la lengua únicamente como un instrumento de comunicación neutro que hace que todas las lenguas sean intercambiables sin consecuencia alguna. “La lengua es un sistema […] por medio del cual los miembros de una comunidad se representan la realidad (psíquica, psicológica, social, conceptual, virtual, etc.), se comunican entre sí y se identifican culturalmente” (18), explica el investigador canadiense en ciencias de la educación Pierre Legendre.

“Está claro que la lengua es necesaria para constituir una identidad colectiva, que garantiza la cohesión social de una comunidad, que cuanto más se utiliza más la cohesiona” (19), completa el lingüista francés Patrick Charaudeau. No se cambia de lengua como de gafas. La lengua aporta al sujeto una dimensión cultural e identitaria, una visión del mundo resultado de una experiencia histórica colectiva. Inscribe al sujeto en una filiación y una historia.

Por supuesto, la lengua es una realidad viva que cambia con la experiencia colectiva del grupo que la habla. Por lo tanto, la utilización de una misma lengua no significa en sí mismo una similitud de identidades. Así pues, que una persona senegalesa o una quebequesa hablen francés no significa que tengan la misma identidad. Con todo, la presencia de una situación y de relaciones de dominación abre un proceso de alienación que, a su vez, alimenta y refuerza la dominación. Por ello la elección de la lengua nacional no es nunca una cuestión secundaria. También la razón de que la antigua potencia colonial insista tanto en promover la Francofonía.

En el plano de cada nación la cuestión lingüística está relacionada con la cuestión de las clases sociales debido al diferente dominio de la lengua oficial según la pertenencia social. El novelista keniano N’Gugi wa Thiong’o explica así su decisión de no volver a escribir en inglés para escribir en adelante en kikuyu y kisuajili: “Separada del pueblo [la literatura de las primeras décadas de las independencias], prisionera de las barreras lingüísticas heredadas del colonialismo, la nueva literatura solo lograba reunir a unos cuantos estudiantes, profesores y funcionarios de todo tipo” (20).

En otras palabras, la desigualdad del dominio de la lengua nacional contribuye a reforzar los poderes neocoloniales. “Preconizar la Francofonía en el marco de una enseñanza de clase destinada a formar a una élite de tecnócratas es querer, simplemente, perpetuar el sistema de relevo de dominación entre la antigua metrópoli y los pueblos explotados” (21), resume Hassan Benaddi, uno de los promotores de la revista progresista marroquí Souffles. Para prevenir las críticas precisas: “Proclamémoslo una vez más, estamos contra la Francofonía y solo los señores Jourdain del neocolonialismo osarán ahora tratarnos de francófobos” (22).

El investigador en ciencias políticas François Constantin resume así la relación entre la Francofonía y las clases dominantes de muchos países africanos:

“En el África francófona los comportamientos políticos quizá reproducen las actitudes más ideológicas de la cultura política francesa. […] París sigue siendo un punto de encuentro, no solo por razones financieras, sino también porque es fuente de legitimidad política […]. Las clases dirigentes actuales todavía pertenecen a una generación cuya socialización ha sido fuertemente metropolitana, incluidos los militares que pasaron por las escuelas militares francesas. […] Los vínculos coloniales entre establecimientos de enseñanza, desde las escuelas técnicas a las universidades, se mantienen como si estuvieran en la naturaleza eterna de las cosas” (23).

El autor precisa los mecanismos que rigieron esta articulación entre las clases dominantes locales y la antigua potencia colonial: “redes de relación prioritarias” de los nuevos poderes, “encuentros regulares a alto nivel”, “estudios de las élites en la metrópoli”, “vínculos clientelistas”, “predominio de la literatura del Hexágono”, etc. El lugar fundamental de la Francofonía en este proceso de conjunto se resume de la siguiente manera: “Estos reagrupamientos de los países francófonos […] solo eran significativos para las clases dirigentes francófilas y para Francia; permitieron recuperar los satélites culturales que eran los antiguos territorios belgas, en particular Zaire y Ruanda, cuya vinculación al conglomerado francocéntrico no puede explicar ninguna economía política seria del colonialismo. En todo caso era suficiente para entorpecer una unidad africana que hubiera podido ser perjudicial para el Norte” (24).

La figura de Senghor ilustra plenamente la dimensión alienante de la Francofonía dominante, es decir, la que funcional real y concretamente. Aquel a quien, junto con el tunecino Habib Bourguiba, se le presenta como uno de los “fundadores” de la Francofonía, defiende la tesis de una simbiosis armoniosa entre el francés (lengua oficial) y las seis lenguas nacionales (wolof, serere, diola, peul, manding y soninke). Sin embargo, más de cincuenta años después de la independencia el francés sigue siendo la lengua de la élite, de sus instituciones y del poder, mientras que las lenguas nacionales son la lengua de las masas y de la calle.

Uno de sus argumentos es la gran cantidad de lenguas africanas que impide elegir una de ellas (es decir, que hace necesario elegir el francés como lengua común). Este argumento no es válido para Senegal. Por una parte, como demostró Cheikh Anta Diop, las diferentes lenguas de Senegal están emparentadas entre sí (25). Por otra, todas las minorías son bilingües de forma mayoritaria y hablan la lengua más extendida, el wolof. “Aproximadamente el 80% de la población la practica en toda la extensión del territorio” (26), recuerdan el lingüista senegalés Jean Léopold Diouf y la lingüista francesa Marina Yaguello. La situación es prácticamente la misma en muchos países africanos.

Además, la elección del francés reproduce la balcanización proveniente de las antiguas potencias coloniales. Así, la Gambia “anglófona” y el Senegal “francófono” tiene el wolof como lengua común. Aunque existen muchas lenguas transnacionales de comunicación, cada Estado sigue utilizando como lengua oficial la de su antiguo colonizador. Es el caso del hausa que se utiliza en Nigeria, Níger y Chad; del soninké hablado en Senegal, Mali y Mauritania; del peul que se encuentra en Mali, Mauritania, Senegal, Guinea, Burkina Faso, Níger y Nigeria, etc. Estas diferentes lenguas habladas por los campesinos y obreros constituyen unos puentes entre los Estados africanos que pueden servir de base a un desarrollo económico autocentrado que corresponda a las necesidades de estos pueblos. Es lo que pone de relieve Cheikh Anta Diop en su lucha por la adopción de lenguas oficiales africanas. Desde 1954 destacaba que “no se insistirá lo suficiente en el hecho de que el imperialismo cultural es el tornillo de seguridad del imperialismo económico; por lo tanto, destruir las bases del primero es contribuir a la supresión del segundo” (27).

La Francofonía no se limita únicamente a su dimensión lingüística, que no es sino una de sus facetas y una de las herramientas de lo que Diop denomina “imperialismo cultural”. Kwame Nkrumah nos invita a calibrar este imperialismo cultural. Al describir los mecanismos del neocolonialismo estadounidense insiste en las dependencias culturales, citando el fomento por parte del gobierno estadounidense de los intercambios entre sindicalistas o profesores universitarios, el establecimiento de Organizaciones No Gubernamentales en muchos sectores, el establecimiento de órganos de prensa escrita, la implantación de diferentes grupos evangelistas, la promoción de la literatura estadounidense, la difusión de películas y series de televisión, etc. Presenta así los efectos de este último aspecto:

“Incluso los guiones de las películas de Hollywood son armas. Basta con escuchar los aplausos de los espectadores africanos cuando los héroes hollywoodienses masacran a los indios o a los asiáticos para darse cuenta del poder de este medio. En efecto, en los continentes en vías de desarrollo donde la herencia colonialista ha dejado una gran mayoría de personas analfabetas, el mensaje que contienen las historias de sangre y de violencia venidas de California, llega hasta el niño más pequeño. Y con el asesinato y el Far West llega un aluvión incesante de propaganda antisocialista en la que el sindicalista, el revolucionario o el hombre de piel oscura, generalmente desempeña el papel de traidor, mientras que el policía, el detective, el agente federal, en una palabra, el espía tipo CIA, siempre es un héroe” (28). 

Injerencias y resistencias

El socioeconomista maliense Hamidou Magassa propone situar la Francofonía en la historia de la dominación colonialista y en sus diferentes fases. Diferencia tres: la de la “misión civilizadora” que va desde la conquista colonial hasta 1956, la de la “comunidad francesa” que la sucede hasta las independencias y la de la Francofonía desde estas. Por lo que se refiere a esta última, destaca: “La tercera fase neocolonial es la actual de la recuperación indirecta de los logros de esta lucha [la lucha por la independencia] apoyándose en la élite local previamente «francofonizada»” (29).

A veces se asume públicamente la relación entre Francofonía e intereses económicos, como atestigua la declaración del ministro francés de Asuntos Exteriores Yvon Bourges en la Asamblea Nacional el 23 de octubre de 1967:

“Y, naturalmente, el primer objetivo de mi departamento es favorecer la penetración de la lengua y la cultura francesas en los países de África y Madagascar [...]; el segundo objetivo que nos proponemos es de orden económico: el mantenimiento y desarrollo de los intereses comerciales e industriales franceses constituye igualmente una preocupación constante de la Secretaría de Estado de Asuntos Exteriores encargada de la cooperación. Lo afirmo sin vergüenza alguna. Ademas, no tiene nada de ilegítimo ni de sórdido. La cooperación no es una empresa interesada en el sentido egoísta del término, pero no puede consistir ni en despilfarro ni en prodigalidad [...]” (30).

Posteriormente el discurso será más prudente, pero la articulación entre Francofonía y defensa de los intereses económicos franceses sigue siendo una constante hasta nuestros días. Testimonio de ello es la evolución de los temas de las cumbres de la Francofonía. Es el caso de la decimoquinta cumbre de Dakar en 2014, cuyo objetivo era adoptar una “estrategia económica para la Francofonía”. Quienes todavía piensan que la Francofonía institucional es una cuestión de “lengua compartida” son ingenuos o deshonestos ante la simple idea de que sea posible una estrategia económica común manteniendo el franco CFA, los acuerdos de asociación económica (AAE), la deuda y sus planes de ajuste estructural, las múltiples intervenciones militares, etc. La anulación por parte de Canadá de la deuda pública de siete países africanos durante la cumbre de Quebec en 1987 y después la anulación parcial por parte de Francia de la deuda pública durante la cumbre de Dakar en 1989 tienen poco peso frente a la inmensidad de la deuda privada y las presiones de los “amigos francófonos” para que se devuelva a costa de los Planes de Ajuste Estructural que impiden toda posibilidad de desarrollo.

A medida que se van sucediendo las diferentes cumbres se abordan todos los aspectos de la vida política y económica por una parte y de la soberanía nacional por otra, es decir, se ponen en consonancia con los intereses de las potencias occidentales francófonas y en particular de Francia. Así, la tercera cumbre en Dakar en 1989 establece “una cooperación jurídica y judicial”. La de París en 1991 y de Mauricio en 1993 tienen el objetivo de “hacer avanzar el proceso de democratización”, es decir, de legitimar la injerencia en los asuntos internos de los Estados africanos. La cumbre de Cotonú en 1995 se consagra a “la afirmación política de la comunidad internacional en el contexto posterior a la Guerra Fría”. Estos ejemplos bastan para ilustrar que no estamos ante una “lengua compartida”, sino ante un proceso de producción y de reproducción de las dependencias neocoloniales.

Demos un último ejemplo que tiene lugar durante la cumbre de Kinshasa en 2012. Entrevistado por la periodista belga Colette Braeckman, el comisario congoleño de la cumbre Isidore Ndaywel declara: “Se está realizando un esfuerzo y la Cumbre de la Francofonía será la oportunidad para una apertura mayor que esta vez se dirige a todo el mundo, incluidos nuestros socios tradicionales, los países francófonos del Norte y del Sur, y no solo a China, como se nos ha reprochado” (31). A todas luces estamos ante una herramienta cuyo objetivo es influir en las opciones económicas de los países africanos con el fin de defender los intereses de los países francófonos occidentales en general y de Francia en particular.

Si la Francofonía conoce una notable ampliación de sus países miembros al ampliarse ahora a los países del Este de Europa, en cambio en África cada vez es más criticada y cuestionada. Testimonio de ello son los múltiples escritos destinados a demostrar que no tiene una naturaleza neocolonialista. Los argumentos avanzados son siempre los mismos:

“Basta con echar un ojo a la lista de los países miembros de pleno derecho y observadores de la OIF [Organización Internacional de la Francofonía] para abolir la idea de que la Francofonía calca las fronteras de las antiguas colonias francesas y, más aún, que no sería sino uno de los nuevos ropajes del neocolonialismo. [ …] Además, el reproche del neocolonialismo se basa en un contrasentido histórico. En efecto, no fue Francia quien concibió el proyecto de estructurar el conjunto de los países francófonos, sino un grupo de personalidades, muchas de las cuales tenían en común haber sido, precisamente, grandes figuras del movimiento de las independencias en las décadas de 1950 y 1960. Se llamaban, sobre todo Léopold Sédar Senghor, Habib Bourguiba, Hamani Diori, Norodom Sihanouk” (32).

El argumento de la ampliación fuera de África pone de relieve, precisamente, que la Francofonía se ha convertido en una de las herramientas en la competencia mundial entre Estados Unidos, la Unión Europea y Canadá que no ha dejado de exacerbarse desde el inicio de la globalización. El argumento del origen de sus fundadores recuerda simplemente el modo de acceso a la independencia cuyo eje principal era preparar una transición entre el colonialismo y el neocolonialismo. Los tres jefes de Estado africanos que se suelen citar (Senghor, Bourguiba y Diori) fueron “alumnos aplicados” en este periodo de transición.

En cambio, las voces africanas que ponen en tela de juicio la Francofonía institucional no dejan de multiplicarse. “Si en África Occidental, a medida que los colonos justificaban su «misión» civilizadora, el francés sirvió durante mucho tiempo como lengua de progreso, para algunas personas hoy en día constituye, debido a su ambigüedad, un símbolo de sumisión que desde el punto de vista local sería el origen de la negación, incluso de la destrucción, de las culturas africanas. […] Así, es posible escuchar en Bamako «¡Abajo la Francofonía!» en un mitin asociativo” (33), señala la lingüista Cécile Canut. El diario burkinés Le pays-Ouagadougou va en el mismo sentido al destacar con ocasión del cuarenta aniversario de la Francofonía en 2010:

“En la Francofonía se percibe un verdadero desequilibrio entre los países del Norte y del Sur, ya que los segundos son muy dependientes de los primeros, la mayoría de los cuales garantizan la financiación del desarrollo. Este desequilibrio se ha acentuado con el paso del tiempo debido al peso de Francia respecto a los objetivos geoestratégicos del Elíseo. Como la influencia cultural subyace a la influencia económica, Francia, que ya no tiene sus colonias, siente que pierde su lustre de antaño. La Francofonía se convierte entonces en el marco ideal para restaurar esta influencia. Se percibe durante las grandes misas rituales. París apenas disimula que se encuentra en el centro de las tomas de decisión” (34).

Algo que es aún más grave para la estrategia neocolonial, estamos asistiendo a un movimiento popular de auto-reafirmación y de reinversión de las lenguas locales. Así, en Senegal, al que la historia oficial francófona presenta como la cuna de la Francofonía, “el francés recula a beneficio del wolof. Un fenómeno de fondo que no deja de tener consecuencias sobre la vida cotidiana” (35), destaca un artículo publicado en 2016 en SlateAfrique con un título significativo (“Le Sénégal est-il encore un pays francophone?” [¿Sigue siendo Senegal un país francófono?]). En febrero de 2018 un programa de TV 5 Monde incide en el mismo sentido con el título de “Le Sénégal perd son français au profit du wolof” [Senegal pierde su francés a beneficio del wolof].

Estas reacciones populares convergen con unas tomas de postura políticas a ejemplo del llamamiento a una “contracumbre antifrancófona” en 2014 con ocasión de la Cumbre de la Francofonía: “Los partidos signatarios de la presente plataforma consideran que las llamadas cumbres francófonas no son sino un mal circo destinado principalmente a encubrir y avalar los polifacéticos abusos de poder del neocolonialismo francés en África, situada hoy bajo la tutela de Estados Unidos desde su reintegración en el mando de la OTAN, y de forma secundaria a mantener la corrupción, la malversación y todo tipo de tráficos «françafricanos» (36). Este acontecimiento fue lo suficientemente importante como para que el gobernador de Dakar prohibiera por razones de “seguridad” las manifestaciones públicas mientras durara la cumbre francófona.

Como ocurre en todos los demás frentes que se oponen al neocolonialismo mencionados en nuestros artículos anteriores, estos militantes que se oponen a la Francofonía institucional siguen siendo todavía muy minoritarios. Su mera existencia es un signo del aumento de la concienciación respecto al periodo anterior. La juventud de estos militantes pone de relieve la emergencia de una nueva generación militante portadora de futuro para los pueblos africanos.

Notas:
(1) Onésime Reclus, France, Algérie et colonies, Hachette, París, 1883, p. 690.
(2) “Les pères de la Francophonie”, http://www.ladocumentationfrancaise.fr/dossiers/d000124-la-francophonie/les-peres-de-la-francophonie , consultado el 11 de agosto de 2018 a las 16:50h.
(3) Paul Dupuy, conferencia titulada “Les deux premières années de l’Alliance française”, 1886, citado en Ivan Barko, L’Alliance française : les années Foncin (1883-1914). Contexte, naissance, mutations, Documents pour l’histoire du français langue étrangère ou seconde, n° 25, 2000, p. 9.
(4) Joseph Roger Benoist, Eglise et pouvoir colonial au Soudan français. Administrateurs et missionnaires dans la boucle du Niger (1885-1945), Karthala, París, 1987, p. 47.
(5) Guy Pervillé, “La notion d’élite dans la politique indigène de la France”, en Sylvie Guillaume (coord.), Les élites fin de siècles (XIXe-XXe siècles), Editions de la Maison des sciences de l’homme Aquitaine, 1992, p. 181.
(6) Georges Hardy, Histoire de la colonisation française, Larose, París, 1943, p. 322.
(7) Ibid, p. 322.
(8) Citado en Pascale Barthelemy y Jean Hervé Jezequel, “Marier les « demoiselles frigidaires » et les « mangeurs de craies » : l’idéal du ménage lettré et l’administration coloniale en Afrique” , e n Odile Goerg (dir.), Perspectives historiques sur le genre en Afrique Occidentale française, L’Harmattan, Piras, 2007, pp. 77-96.
(9) Citado en Pascale Barthelemy, “ Instruction ou éducation ? La formation des africaines à l’Ecole normale d’institutrices de l’AOF de 1938 à 1958”, Cahiers d’études africaines, n° 169-170, 2003, p. 375.
(10) Saadia-et-Lakhdar, L’aliénation colonialiste et la résistance de la famille algérienne, La Cité éditeur, Lausanne, 1961, p. 46.
(11) Tomamos la expresión de la investigadora en ciencias políticas Alice Goheneix, “ Les élites africaines et la langue française : une appropriation controversée”, Documents pour l’histoire du français langue étrangère ou seconde, n° 40-41, 2008, p. 3. [* N. de la t.: El término “mitohistoria” [mythistoire] se forma uniendo las palabras francesas “mythe” (mito) e “histoire” (historia)].
(12) Ibid, pp. 3-4.
(13) Une histoire de la Francophonie , Organisation Internationale de la Francophonie (OIT), https://www.francophonie.org/Une-histoire-de-la-Francophonie.html , consultado el 12 de agosto de 2018 a las 17:50h.
(14) Citado en Chikouna Cissé, Le « CAMES » ( Conseil Africain et Malgache pour l’Enseignement Supérieur) avant le CAMES (1968-2018) : Un demi-siècle au service de l’enseignement supérieur et de la recherche en Afrique, éditions Science et Bien Commun, Québec, 2018, pp. 13-14.
(15) Ibid, p. 28-29.
(16) Véase Saïd Bouamama, “ L’œuvre négative du néocolonialisme français et européen en Afrique. Les Accords de partenariat économique (APE) : de la Françafrique à l’Eurafrique”, https://bouamamas.wordpress.com/2018/08/05/loeuvre-negative-du-neocolonialisme-francais-et-europeen-en-afrique-les-accords-de-partenariat-economique-franc-ape-de-la-francafrique-a-leurafrique/ . [En castellano, “La obra negativa del colonialismo francés y europeo en África. Los Acuerdos de Asociación Económica (AAE): de Françafrique a Eurafrique”, http://rebelion.org/noticia.php?id=247119].
(17) Le sommet , Organisation Internationale de la Francophonie, https://www.francophonie.org/Le-Sommet.html , consultado el 12 de agosto de 2018 a las 20:10h.
(18) Renald Legendre, Dictionnaire actuel de l’éducation, Guerin, Montreal, 2005, p. 825.
(19) Patrick Charaudeau, “ Langue, discours et identité culturelle”, Revue Ela, n° 123-124, 2001/3, p. 342.
(20) Ngugi wa Thiong’o, Décoloniser l’esprit, La Fabrique, París, 2011, pp. 48-49. [En castellano Descolonizar la mente: la política lingüística de la literatura africana, Barcelona, De Bolsillo, 2015, prólogo y traducción Marta Sofía López].
(21) Hassan Benaddi, “ Francophonie et néocolonialisme”, Souffles, n° 18, marzo-abril de 1970, p. 24.
(22) Ibid, p. 25.
(23) François Constantin, “ Et si le pouvoir était au bout de la culture ? Réalités culturelles et politique internationale de l’Afrique”, Politique Africaine, n° 9, marzo de 1983, p. 16.
(24) Ibid, p. 17.
(25) Cheikh Anta Diop, Les fondements économiques et culturels d’un Etat fédéral d’Afrique Noire, capítulo 2, Présence Africaine, París, 1960.
(26) Jean Léopold Diouf y Marina Yaguello, J’apprends le Wolof, Karthala, París, 1991, p. 8.
(27) Cheikh Anta Diop, Nations nègres et culture, Présence Africaine, París, 2009 (primera edición 1954), p. 407.
(28) Kwame Nkrumah, Le néocolonialisme, Présence Africaine, París, 1973 (primera edición 1965), pp. 251 -252.
(29) Hamidou Magassa, “ Les langues et leur statut en Afrique dite francophone”, Etudes maliennes, n° 22, 1977, pp. 40-71.
(30) Yvon Bourges, intervention à l’assemblée nationale du 25 octobre 1967, journal officiel du 26 octobre 1967, p. 4088, http://archives.assemblee-nationale.fr/3/cri/1967-1968-ordinaire1/026.pdf , consultado el 13 de agosto de 2018 a las 20:30h
(31) Colette Braeckman e Isidore Ndaywel, “La réunion la plus importante jamais tenue au Congo du 10 octobre 2012”, http://www.lesoir.be/archive/d-20121010-300L51?referer=%2Farchives%2Frecherche%3Fdatefilter%3Dlast10year%26sort%3Ddate%2Bdesc%26start%3D1790%26word%3DColette%2BBraeckman , consultado el 14 de agosto de 2018 a las 18:30h.
(32) Claire Tréan, Idées reçues. La Francophonie, La cavalier bleu, París, 2006, pp. 19-20.
(33) Cécile Canut, “ « A bat la francophonie ! » De la mission civilisatrice du français en Afrique à sa mise en discours postcoloniale” , Langue française, n° 167, 2010/3, pp. 142-143.
(34) “ Francophonie. Un instrument politique au service de la France” , https://www.courrierinternational.com/article/2010/03/25/un-instrument-politique-au-service-de-la-france , consultado el 14 de agosto de 2018 a las 19:30h.
(35) “Le Sénégal est-il encore un pays francophone ?”, http://www.slateafrique.com/21377/linguistique-senegal-est-il-encore-un-pays-francophone , consultado el 14 de agosto de 2018 a las 20:00h.
(36) Dialo Diop y Moussa Dembélé, “ Plate-forme pour un contre-sommet anti-francophone à Dakar”, 26 de noviembre de 2014, https://www.pambazuka.org/fr/governance/n %C3%A9ocolonialisme-plateforme-pour-un-contre-sommet-anti-francophone-%C3%A0-dakar , consultado el 14 de agosto de 2018 a las 20:15h.



Trump: estrangular a Irán y matar a Khashoggi


Nazanín Armanian
www.publico.es / 131118

El pasado 4 de noviembre entraron en vigor unas 700 sanciones contra Irán impuestas por Estados Unidos. El sector petrolífero y la banca iraní son los blancos de la extraña política energética de Donald Trump, quien había retrasado expresamente las sanciones hasta que pasaran las elecciones parlamentarias de Estados Unidos. Su objetivo era limitar el impacto de un aumento de los precios de petróleo sobre las opiniones de los electores. Ahora, los demócratas, que también incumplieron el acuerdo nuclear con Irán manteniendo las sanciones (sólo levantaron algunas y además de forma temporal), se presentan como salvadores del mundo ante los desmanes de su peligroso presidente.

Si es cierto que John Kerry ha pedido a la República Islámica de Irán que no negocie con Trump por su “inutilidad” y aguante dos años más hasta las elecciones de 2020, lo que el político demócrata pretende entonces es algo parecido al pacto que cerró Reagan con Jomeini en 1980: a cambio de mantener retenidos a sus compatriotas en la embajada de Estados Unidos en Teherán hasta después de las elecciones presidenciales y así derrotar a Jimmy Carter, Jomeini recibiría dinero y armas.

Pero hoy, tanto la generalizada crisis económica, social y política en Irán, como la imposibilidad de ceder aún más ante un Estados Unidos —que no se conforma con menos de un Irán muerto—, coloca a sus líderes de Teherán en una situación muy difícil. Ambas partes esperan un cambio de régimen en el país del otro. Mientras, Trump ha movido una serie de fichas, más petrolíferas que militares, para conseguir sus objetivos geopolíticos: seguir reconfigurando el mapa de Oriente Próximo a la medida de los nuevos intereses de Estados Unidos.

Khashoggi, Irán y el precio del petróleo

Estados Unidos ha negociado con Rusia y Arabia Saudí para que repongan en el mercado del petróleo el millón de barriles que no pone Irán. ¡Y lo ha conseguido! Ambos países ofrecerán a los clientes de Irán 1.300.000 barriles al día. Teherán se siente traicionado por Moscú. Desconocemos cómo convenció Trump a Putin, pero sí sabemos cómo convenció a los saudíes. Así se han desarrollado cronológicamente los acontecimientos:

+5 de julio. “¡Bajad el precio del petróleo ahora!”, ordenó Trump a los Saud, cuando el barril llegó a costar unos 85 dólares.
+24 de septiembre. Riad se niega porque necesita dinero para las obras faraónicas del Príncipe de las Tinieblas, Mohammed Bin Salman.
+2 de octubre. Khashoggi es secuestrado. Estados Unidos y Turquía ocultan que también había sido asesinado, mientras en secreto extorsionan a Riad.
+3 de octubre. Trump amenaza al rey saudí: “Podría no estar [en el cargo] en dos semanas”.
+6 de octubre. Un “impertinente” príncipe heredero saudí responde a Trump: “Arabia Saudí existía antes de Estados Unidos”. Se equivoca: el reino saudí se fundó en 1932, y al ser una colonia de los británicos primero y de Estados Unidos después, para mantener su esfera de autonomía ha utilizado sus dos poderosas cartas: el petrodólar, con el que soborna a los dirigentes mundiales y secuestra sus economías, y el terrorismo yihadista. Ni Obama ocultaba su miedo a los jeques.
+9 de noviembre. El espíritu de Khashoggi se venga, y Riad pierde la batalla. Los precios bajan, hasta hoy que ha tocado suelo: 67 dólares.

Así, Estados Unidos fuerza a Arabia salir de la OPEP, al romper el acuerdo del cartel, y se compromete producir hasta dos millones de barriles de más.

Que Washington haya permitido a nueve países —China, India, Japón, Taiwán, Corea del Sur, Turquía, Irak, Grecia e Italia—, seguir comprando el petróleo iraní de forma temporal y en cantidades mínimas, se debe a:

1+ No haber logrado un consenso mundial contra Teherán, ya que éste cumple “religiosamente” con el pacto nuclear.
2+ Productores como Nigeria, Libia y Venezuela no consiguen cumplir con sus cuotas en el mercado.
3+ Proteger la economía de la clase media estadounidense ante el inicio del invierno: la clase media gasta el 8% de sus rentas en gasolina, transporte, o calefacción, cuando para las familias ricas esta cifra es del 1%.
4+ La dificultad real y a corto plazo de sustituir los 1,15 millones de barriles del petróleo ligero iraní para aquellos clientes que han diseñado sus refinerías para este tipo de crudo.

A cambio de esta concesión, Trump obliga a Turquía, por ejemplo, a comprar hasta el 60% de sus necesidades energéticas a compañías estadounidenses que operan en el Kurdistán iraquí; o a la India, segundo gran comprador del crudo iraní, a que pague sólo el 25% del precio de los 275.000 barriles a Irán, y que lo haga en forma de trueque: la fórmula alimentos por petróleo, que en Irak mató a cerca de dos millones de personas entre 1991 y 2013.

Además, para complacer a Nueva Delhi, Trump ha cancelado 300 millones de dólares en ayuda a Pakistán.  Y quiere impedir tanto el desarrollo de la ruta de la seda rusa, el corredor de transporte norte-sur (INSC) que uniría Rusia con Irán, India, y el Océano Índico, como la construcción del oleoducto Irán-Pakistán-India, por ser rival del proyecto estadounidense del gasoducto Transafgano (siendo uno de los motivos de la ocupación de Afganistán por la OTAN).

China, el principal comprador del petróleo iraní, ha bajado su compra a la mitad a pesar de recibir considerables descuentos, situación que terminará en una guerra de precios de consecuencias imprevisibles. Paradójicamente, el país del Sr. Xi es el principal ganador de la obsesión de Trump por Irán. Además, como cuenta la teoría de juegos, un precio bajo del petróleo iraní hará bajar el precio de otros productores. Y un secreto: los costos de producción del barril iraní son 9 dólares frente a los 19 de Rusia, o casi los 40 dólares de Alaska.

Las medidas de Irán

Hay varias razones que incapacitan a Irán para organizar una resistencia patriótica ante esta guerra económica:

1) Su naturaleza capitalista, más bien una economía primitiva islámica de mercado centrada en el comercio, que no en la producción industrial. La burguesía compradora del país ha hecho que aumente la dependencia de la economía a las rentas del petróleo, controlada por la élite clerical-militar. Irán sufre la recesión económica más profunda de su historia reciente, con cientos de fábricas cerradas, 12 millones de parados, una inflación galopante y la mitad de la población por debajo del umbral de la pobreza, según el Banco Central iraní, a pesar de que en 2017 la renta del petróleo fue de 55.000 millones de dólares, un 45% más que en 2016.

2) Su ideología religiosa divide a los ciudadanos, a los países y pueblos de la zona en líneas sectarias, impidiendo una participación organizada de la clase trabajadora, las mujeres y los intelectuales no islamistas en la resistencia contra el imperialismo. Los dirigentes de Irán al igual que sus colegas de Estados Unidos viven en un universo de fantasía, con su vestido de rey incluido.

El parlamento iraní prevé un crecimiento negativo de la economía entre 0,5% y 2,8%. Irán debería buscar nuevos clientes para sus exportaciones, crear una bolsa de petróleo, utilizar divisas digitales, reemplazar el SWIFT (que acaba de desconectarse del Banco Central iraní) por el SPFS, la alternativa rusa, y luchar contra el gobierno paralelo que opera desde el poder y exporta el petróleo y otros productos por canales no oficiales.

La amenaza de un estallido social —resultado de la profunda brecha entre los ricos y los pobres— es mayor que una agresión militar de Israel o Estados Unidos. Una élite multibillonaria ha destruido a la clase media y ha convertido a la mayoría de la población de 81 millones en pobres. Es así como la petición de Akbar Welayatí, el asesor de ayatolá Jameneí, ha encendido a los iraníes al reprocharles que debiesen aprender de los yemeníes que “vestidos con una sábana y comiendo pan seco, luchan contra el enemigo”.

¿Están comparando los dirigentes iraníes la situación del país con la de Yemen?  Además, eso lo dice justamente alguien que vive en una mansión de mil metros situada al lado del palacio Saadabad, la residencia del sha fallecido, y que recibe los salarios de 37 cargos, según el diario Ghanun. Aun así, hasta hoy, los ciudadanos en sus protestas no han pedido el derrocamiento de los ayatolás, sino una democracia económica y política. Los ayatolás, en vez de invertir miles de millones de dólares en propagar la religión y mantener a grupos islamistas por el mundo, deberían cambiar de enfoque sobre la vía de fortalecer la seguridad nacional de Irán: atender las justas reivindicaciones del pueblo. Hay trabajadores de varias fábricas, como la Empresa Nacional de Acero Ahvaz, que llevan meses sin cobrar su salario, mientras las autoridades viven en sus paraísos terrenales.

Un futuro inquietante

“Los accidentes son una posibilidad muy real”. El asesor en temas de Irán para la Casa Blanca Brian Hook, amenaza con hundir las petroleras iraníes de forma “accidental”, con el fin de provocar a Irán y arrastrarle a una guerra bélica directa. Hay que recordar que el 3 de julio de 1988, la Armada de Estados Unidos ya derribó un airbus iraní en el golfo Pérsico matando a 290 personas.

Paralelamente, el Pentágono ha enviado parte de Daesh, su brazo yihadista, al arco de crisis en Asia central, aumentando la tensión en la frontera entre Irán y Pakistán.

Si se alargan las sanciones, Europa, que ha sido incapaz de convencer a sus compañías  (Siemens, Groupe PSA y Saipem, Total SA, etc.) para que permanezcan en Irán, abandonará esta misma floja resistencia ante las presiones de Trump, e Irán se verá forzado a elegir una de sus escasas e indeseables opciones.

Trump, que ha colocado a un militar como Secretario de Estado, sigue una diplomacia coercitiva: obedeces o te aplastaré. Su estrategia es el juego de suma cero con Irán.


¿Colombia oprimía y explotaba a Panamá?


Olmedo Beluche
www.alainet.org / 161118

Para justificar los vergonzosos acontecimientos del 3 de noviembre de 1903, los defensores de la leyenda dorada y de la versión ecléctica (tan querida de ciertos “izquierdistas” panameños) recurren al argumento de que Colombia oprimía y explotaba a Panamá como lo haría una metrópoli imperial con su colonia. ¿Tiene lógica este argumento? ¿Colombia ha sido en algún momento un país imperialista?

Este argumento no aguanta el mínimo razonamiento objetivo, y solo cabe en la mente deformada de los chauvinistas y xenófobos, quienes han demostrado que su anticolombianismo es directamente proporcional a su proyanquismo. Porque en el fondo, el argumento busca alegar que, con su intervención en 1903, Estados Unidos “nos salvó” de un mísero destino junto a Colombia. Es la misma lógica de los que saludan la invasión yanqui de 1989, “porque nos trajo la democracia”.

Lo increíble es que hay gente que se dice (o posa) de izquierdas en Panamá y que busca justificar los acontecimientos de 1903 alegando que Colombia “nos tenía olvidados”, no “construyeron ni un puente” y que solo nos saqueaba económicamente. Argumentos todos que ya están en el Manifiesto de la Independencia y de los “próceres” que trataron de encubrir su entrega de la soberanía al imperialismo norteamericano con las excusas más baladíes.

Por más odiosos, oligárquicos y antidemocráticos que nos parezcan los gobiernos colombianos, desde la fracasada Gran Colombia hasta el presente, es evidente que el estado colombiano nunca ha sido una metrópoli imperial. El imperialismo implica dominio militar y político sobre un territorio extranjero para expoliar sus materias primas, usarlo como mercado cautivo de sus productos o como enclave colonial para dominio geopolítico.

En 1903, para el caso panameño, el único gobierno que reúne las cualidades y actúa como una potencia imperialista es el de Estados Unidos, no el de Colombia. Esa es una verdad tan evidente que es un axioma. Y quienes tratan de virar el argumento atribuyendo a Colombia las cualidades imperiales del gobierno de Teodoro Roosevelt no solo cometen una falacia, sino que cometen la inmoralidad de hacer una falsa acusación para proteger al culpable de la agresión. En términos jurídicos sería cometer un perjurio.

Aun si fuera cierto que los gobiernos colombianos del siglo XIX “nos tenían olvidados a los panameños”, aun si hubiera una disputa política con Bogotá, esa lucha debía haber sido resuelta en una lucha entre colombianos. Nada de eso justificaría avalar y pedir la intervención del imperialismo norteamericano en los asuntos internos de Colombia.

¿No es eso lo que hicieron los partidos de derecha y burgueses panameños en 1989, pedir la intervención militar norteamericana contra el régimen militar de Manuel A. Noriega? La oligarquía panameña y los colonizados mentales avalan las dos intervenciones militares yanquis, la de 1903 y la de 1989, alegando que ambos casos Estados Unidos “nos salvó”.

Colombia nunca ha sido una metrópoli imperial, Colombia ha sido un país dependiente, con una oligarquía avara con su pueblo, antidemocrática y con fuertes dificultades para su integración como estado nacional centralizado, dada su geografía y los intereses económicos y políticos de sus burguesías regionales. Las múltiples guerras civiles que la han afectado desde la independencia hasta el siglo XXI son un síntoma de ese problema.

Así que el pueblo de Panamá vivía las mismas injusticias sociales que padecían todos los otros pueblos colombianos habitantes del resto de los departamentos. Argumentar que el gobierno de Bogotá se ensañaba contra el pueblo de Panamá de manera particular, implica una falacia en tres sentidos.

Primero. Exonera a la burguesía comercial y terrateniente panameña de la responsabilidad que le cabe en los abusos de los gobiernos colombianos del siglo XIX. La leyenda dorada y la versión ecléctica omiten que los burgueses panameños estaban bien integrados al gobierno de Colombia y eran corresponsables de lo que pasaba. Mienten por omisión al no decir que la familia Arosemena participó en altos cargos, que don Justo fue senador, constitucionalista y diplomático, que Tomás Herrera fue presidente de Colombia al igual que José D. Obaldía, etc. No es de extrañar esta actitud, pues la “izquierda” que practica la colaboración de clases siempre idealiza a su “burguesía nacional”.

Segundo. No es cierto que Panamá estuviera especialmente “olvidado”. Por el contrario, desde la década de 1830 se emitieron leyes especiales sobre el comercio en el Istmo; se aprobaron diversos estudios sobre el canal; se promovió la construcción del ferrocarril transístmico; se aprobó el Tratado Mallarino-Bidlack para fomentar el comercio yanqui frente a los intentos anexionistas ingleses; hasta 1902 se consultó a los líderes políticos y empresariales del Istmo sobre la negociación de los tratados con Estados Unidos.

Tercero. ¿Éramos naciones diferentes? ¿Qué es una nación, en el sentido identitario? Una comunidad que, a partir de una historia común, ha desarrollado particularidades culturales comunes (creencias, costumbres, folklore) que, sobre todo, se expresan en una lengua común, la cual es en últimas el distintivo que unifica todos los rasgos de la identidad nacional. Salvando las naciones originarias de Colombia y Panamá, nuestras naciones son fundamentalmente una hechura del imperio colonial español y su cultura.

Ese es el fundamento posible del sueño bolivariano de unidad continental, la unidad que da una cultura y una lengua comunes, un pasado común y una protonacionalidad común, “españoles de América”, hasta bien entrado el siglo XIX. Los diversos estados nacionales que se crearon en la independencia son gajos de un tronco nacional común, de una identidad común. Por eso, hasta el día de hoy, Colombia y Panamá comparten muchos de esos rasgos identitarios.

Por último, alegar que Panamá podía constituir desde 1821 un estado nacional independiente solo puede salir de la más crasa ignorancia de los hechos concretos, aquellos hechos de lo que no habla la historia oficial: que el Ismo entró en decadencia luego del ataque de Morgan en 1671; que la crisis se profundizó con el final de las ferias de Portobelo en 1740; que en esa década, el Istmo fue adscrito como provincia del Virreinato de la Nueva Granada, o sea que ya éramos “colombianos”, antes de la independencia; que ni siquiera llegamos a Capitanía, como sí lo fueron Venezuela o Quito; que no había economía y los funcionarios se pagaban con plata de Bogotá y Lima (el situado); que había una crisis demográfica producto de la migración al interior y a otras zonas del imperio; etc.

También es obligante que nuestros historiadores jóvenes revisen el siglo XIX y pongan las famosas “actas separatistas” en el contexto de lo que acontecía en el conjunto de Colombia para comprender que más que separatismo se trataba de conflictos entre bolivaristas y santanderistas, liberales y conservadores, federalistas y centralistas, librecambistas y proteccionistas.

“Panamá siempre fue Panamá”, ha dicho un historiador colombiano, y de él se pegan los amanuenses de la leyenda dorada. Parafraseando también podemos decir: “Chiriquí siempre ha sido Chiriquí”. Y hay ideas federalistas allá. Pero eso no quiere decir nadie esté planteándose seriamente en Chiriquí independizarse de Panamá. Que la capital acapare los recursos y descuide a la población chiricana, tampoco convierte a Panamá en un país imperialista. La situación era semejante el istmo durante el siglo XIX respecto de Bogotá.

Dejemos de tapar el sol con un dedo: los hechos del 3 de noviembre de 1903 no tienen nada que ver con una “opresión colombiana”, sino con la intervención del imperialismo norteamericano para imponer el tratado por el que se apropiaron del canal “como si fueran soberanos”. Luego de eso no fuimos “independientes”, sino un protectorado de Estados Unidos, que es otra forma de decir colonia.

La lucha por nuestra independencia lo ha sido contra el imperialismo norteamericano a lo largo del siglo XX, no contra Colombia. La máxima gesta independentista fue el 9 de enero de 1964, no el 3 de noviembre de 1903.