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Escape de Disney World


Escape de Disney World

 

Juan Villoro

Agosto 2005

 

¿Existe una filosofía en un parque de diversiones? El autor de El testigo (Anagrama) viajó con toda su familia al país de Mickey Mouse. Ésta es su contribución a la eternidad de Walt Disney.

 

Después de una juventud de tiras cómicas y una primera madurez de dibujos animados, Mickey Mouse encontró su vocación como emblema corporativo. En tiempos heráldicos, sólo las bestias mitológicas o las fieras rampantes aspiraban a decorar escudos de armas. En el siglo de las caricaturas no es extraño que el Reino de la Fantasía tenga por logotipo a un roedor de manos enguantadas. Como la estrella de Mercedes o el doble arco de McDonald's, Mickey es una marca registrada. A estas alturas de su consolidación empresarial, sería un pavoroso error de reparto incluirlo en una película.

 

El anfitrión del emporio Disney no puede rebajarse a tener historias: es el talismán que convalida las transacciones de un territorio donde sólo hay transacciones. Cuando una tormenta tropical se abate sobre Disney World, los visitantes compran impermeables amarillos. "Nunca me había sentido tan ridículo", comenta un padre que parecería un bombero errante de no ser por el ratón tutelar adherido a su espalda. "¿¡Le dices ridículo a Mickey!?", protesta un hijo que conoce el valor de los mitos.


Umberto Eco advirtió que cada atracción Disney World desemboca en "un supermercado disfrazado donde compras obsesivamente, creyendo que todavía estás jugando". El consumo es el principio rector y el fin último del lugar, pero se confunde con la diversión. Incluso el dinero adquiere otra dimensión simbólica. En Disney World puedes pagar en dólares o en la moneda local, que parece acuñada por un banco de dibujos animados. Aunque la equivalencia es de uno a uno, los disneydólares representan algo más que una divisa: el ingreso a otra realidad.

 

Ahí el dinero se somete a la lógica de la fantasía, es un artículo desplazado que reclama una imaginativa manera de pertenecer a ese entorno, como los soldados de la guerra civil que recorren la Calle Principal, o los coches color malvavisco que hacen las veces de taxis. El dinero se vuelve un juguete, aunque sirva para lo mismo que en el olvidado mundo de fuera. Y no sólo eso: también cumple las funciones de souvenir, lo cual redondea sus méritos comerciales. Para tener un recuerdo adicional, numerosos visitantes prefieren "no gastar" sus últimos disneydólares, olvidando que ya los han gastado.


A diferencia de las ferias donde el hijo puede subir a aparatos de vértigo sin que el padre lo acompañe, Disney World exige otro nivel de participación. Después de todo, la familia ha viajado desde lejos para llegar ahí y busca una experiencia en común muy superior a la que provocan las ferias de cualquier domingo. Una vez pagada la entrada, los juegos son para todos y los padres se ven obligados a mostrar una excepcional tolerancia ante la caída libre y el mareo.

 

Esto suele llevar a una división sexual de la diversión forzada: el padre asume la participación en los transportes suicidas, mientras la madre contempla con paciencia budista el no siempre agitado carnaval de las hadas y los peluches. Confieso que pasé por todas estas fases del lugar común y subí con mi hijo a un vagón remotamente vaquero que subió y bajó rieles en espiral hasta demostrarnos que la verdadera emoción consistía en recorrer de espaldas una rueda de 360 grados.

 

Mientras apretaba los dientes en lo alto, también me apretaba el pecho para que no se me cayeran las tarjetas de crédito. La imagen revela algo más que los miedos del ciudadano capitalista ante el desplazamiento inmoderado: Disney World te sacude como muñeco de caricaturas hasta sacarte el último centavo. "Mickey es un ratón limpio", explicó Walt Disney, lo cual no significa que esté dispuesto a lavarse las orejas. Es impoluto porque no necesita la mancha de una personalidad. La repetición de su imagen cancela cualquier argumento ajeno a la estadística. Su éxito es el de lo que se reitera sin freno conocido: Mickey sonríe desde el cielo provisional de millones de camisetas.


La utopía tiene el defecto de no existir, y en 1955 Disney ideó la segunda mejor opción del utopista: levantar un falangsterio superior a la realidad. El impacto de Disneylandia en Californa fue tan grande que Nikita Krushov lamentó que abstrusas razones de seguridad le impidieran ir ahí durante su visita oficial a Estados Unidos. El custodio de la aurora socialista deseaba atestiguar la arcadia de plástico y los cocodrilos motorizados de sus rivales.

 

La heterotopia del ratón limpio se pone en escena en un presente eterno, que incorpora el pasado y el futuro como espectáculos en miniatura y reordena la geografía con caprichosa voluntad. No es casual que Disneylandia haya sido la primera ciudad que surgió respaldada por un programa de televisión. Los parques temáticos de Disney se articulan al modo de un montaje visual que prefigura el zapping: un parpadeo permite pasar del Lejano Oeste a la Mansión Encantada, un baluarte pirata, un afluente del Amazonas o los cohetes del porvenir.


Walt Disney murió en 1966 y un rumor rodeó su deceso: el creador de Mickey había pedido que lo congelaran. Aunque los voceros de la empresa desmintieron esta pretensión de eternizarse en frío, la idea resultaba lógica para alguien que vivió para reunir épocas dispares en una actualidad donde nada sucede por primera vez porque todo es una reiteración. Lo que ves ahora pasó en forma idéntica hace unos minutos.

 

En Disney World, los hechos siguen una secuencia que no concluye (sólo se rebobina). Con el mismo impulso con que los trenes del parque regresan al punto de partida, los continuadores de la empresa Disney prolongaron el sueño del patriarca como otra variante de la congelación: Disney World y Disneyland París conservan el código original de diversión sin posibilidad de sorpresa.

 

Cada tanto tiempo, un estreno cinematográfico agrega un rincón a la ciudadela, pero su funcionamiento es tan similar al del conjunto que nunca trae un cambio de estilo. La villa del ratón se conserva en estado de pulcritud extrema. Su irrealidad o, como prefiere Eco, su hiperrealidad, depende de que todo esté nuevo. No hay opciones para el deterioro o el uso inmoderado, entre otras cosas porque nadie vive ahí. El control del espacio es absoluto, lo cual no impide que algún transeúnte se robe algo.


***

Mi familia y yo salimos de prisa del show del Rey León y olvidamos la cámara en el asiento. Volvimos dos minutos después y ya no estaba ahí. Me aconsejaron ir al día siguiente a la oficina de Objetos Perdidos (que en inglés recibe un nombre más optimista: Lost & Found). Tomé un autobús entre prados y estanques hasta una zona apartada. Creí sustraerme a la lógica del parque de atracciones, sin saber que me incorporaba a su núcleo duro. Cuando describí mi cámara, una de esas empleadas que parecen conocer las respuestas antes de oír las preguntas me vio como si yo fuera el informante de una tribu preverbal. No bastaba con saber la marca y el modelo. Disney World es visitada por millones, sí, millones de cámaras. Cada una tiene una especificidad. Por desgracia, yo no pude ser más específico. "¿Cuántas fotos había tomado?", preguntó la mujer. Naturalmente, yo no lo recordaba.

 

Habíamos llegado a un punto de inflexión kafkiano: la cámara perdida sólo podía ser en verdad mía si yo cumplía con el requisito paranoico de saber el número de fotos tomadas que albergaba. La mujer repitió su pregunta. Entonces demostré que provengo de una cultura convencida de que la lotería es el principal remedio contra la adversidad. Cerré los ojos y dije un número. La empleada fue a ver. No, mi cámara no estaba ahí. Aunque esto pudiera ser cierto, mi mente supersticiosa asociará para siempre la pérdida de la cámara a mi incapacidad de decir el número correcto.


Pero no era ése el sitio para tratar al destino como algo que se improvisa. La pregunta de la responsable de Objetos Perdidos revelaba el mecanismo contable del lugar. Disney World ha desterrado la posibilidad de azar. En Semana Santa, cien mil personas recorren Disney World; cada una de ellas recibe pasaporte de ciudadanía y cada una está de paso. En esta metrópoli que odia lo sedentario, incluso la noción de "visitante" es exagerada. Sólo hay pasajeros: el espectáculo y el traslado son una y la misma cosa.


Las dos experiencias más sorprendentes que tuvimos ocurrieron en nuestra llegada y nuestra salida. Dos sobresaltos vinculados con el tiempo y el espacio, del todo ajenos a la seguridad glacial que promete Disney World. El primero ocurrió al desempacar en el hotel. La maleta de nuestro hijo contenía un objeto que no habíamos puesto ahí. Junto a su fiel peluche Coco, había un despertador, uno de esos artefactos redondos, con manecillas juguetonas, coronado por dos campanillas, que en las caricaturas suenan tanto que no sólo despiertan a Pluto sino que lo lanzan hasta el techo. ¿Por qué estaba ahí? Esto ocurrió algunos años antes del 11-S, pero aun así no costaba trabajo asociar un despertador con una bomba terrorista.


Fue uno de los momentos del viaje en que actué con mayor infantilismo. Evacué a la familia del cuarto, tomé la maleta (juzgando que si no había explotado para llegar ahí tampoco lo haría para ir al estacionamiento), saqué el reloj con dos dedos de la mano izquierda (juzgando que la explosión sólo me amputaría esos apéndices que en ese momento me parecieron prescindibles) y lo deposité en un bote de basura (juzgando que por el hecho de quedar ahí pasaría de ser amenazante a ser reciclable). Cuando me volví para dirigirme al cuarto, vi a mi hijo y a mi mujer parapetados tras un coche a dos metros de distancia. Sus ojos brillaban como si yo regresara de Vietnam. Una mano benévola o el distraído azar colocaron ese absurdo despertador en la maleta para crear ese juego alternativo, el único en verdad divertido de Disney World. Bueno, el único no. También la salida tuvo lo suyo. Más información más adelante.


***
Volvamos ahora a la urbe obsesionada por el desplazamiento. Disney World sigue el principio de las excursiones infantiles, donde nada es tan divertido como el viaje en autobús. "Aunque la meta sea el paraíso, lo que más les gusta es el camión", comenta la mayor experta en niños que conozco. Disney World industrializa esta idea. Moverse no es un camino a la diversión, es la diversión. En este sentido supera a Disneylandia, pues su territorio es muy superior (el doble de Manhattan, el mismo de San Francisco). Sus tres grandes hoteles están enlazados por un monorriel: el vértigo mecánico comienza en el lobby. Lejos, muy lejos, quedan los automóviles. El visitante mexicano suele llegar en avión. Si acaso lo hace en coche, el estacionamiento, última instancia de la sociedad motriz anterior a Disney World, le parecerá un predio del tamaño de Chihuahua.


En un sitio donde lo más interesante es moverse, la tensión deriva de la espera. Los sociólogos del deterioro calculan que, en un día promedio, una visita de ocho horas puede estar compuesta por cinco horas de colas. Por eso, la mayor innovación arquitectónica de los parques con el sello Disney son los tendajones anexos a cada uno de los juegos, diseñados para ocultar las colas. Al estar bajo techo, tienes la sensación de que te encuentras "dentro". El sinuoso recorrido de la fila hace que no puedas ver el punto de llegada, y la música, los carteles y hasta los olores generan la impresión de que eso ya es parte del show. Aunque un letrero anuncia el tiempo estimado de espera, el visitante no ve tanta gente, y se queda ahí. Después de una hora de serpentear en un espacio inverosímil, está al borde del ataque de nervios pero sabe que no hay marcha atrás: ya invirtió demasiado en ese recinto que, sin estar despejado, no parecía tan lleno.
Las colas son el principal escenario del psicodrama. Como las familias se sienten obligadas a ser felices el día entero, sufren severas crisis emocionales en el largo preludio al juego que durará unos minutos. Purgatorios de la frustración en un sitio que pide ser recorrido, las colas producen monstruos. En esa encrucijada, la madre recuerda que ella había sugerido otra opción, seguramente despejada, y le reclama al padre con una acritud que parece incluir a todas las rubias que le han gustado. Un momento de ruptura en que los niños descubren que un berrinche puede ser tan eficaz como los instrumentos del doctor Mengele.

 

Las colas son la oportunidad de que alguien vomite, un obeso de ciento cincuenta kilos te unte sudor y mantequilla de palomitas, y una argentina exclame con potencia impía: "¡Vení, nene, vení!". En ese trance de sudor, lágrimas dignas de mejores teledramas y manitas desconocidas que embarran pulpas dulces en el calcetín, los padres que conservan un mínimo de compostura pueden sentirse héroes de la voluntad. Han hecho todo eso por sus hijos, son capaces de sufrir en silencio junto al vástago que sufre en estéreo y que después de la caída libre querrá volver a hacer la misma cola. Esta sumisa entrega preconciliar amerita un más allá compensatorio. Después de cinco días en Orlando, los padres merecerían una moratoria moral: mamá podría pasar un fin de semana con Kevin Costner, y papá con Sharon Stone sin que eso calificara como infidelidad.


***
En mi calidad de reincidente en la procreación, también lo he sido en la disneymanía. Nuestra hija oyó los relatos de su hermano sobre el Mundo Disney como Isabel de Castilla los de sus cronistas de Indias, hasta que decidimos que también ella merecía su dosis de hiperrealidad. Esta vez fuimos a Disneyland París. El parque fracasó con el nombre de Euro-Disney, pues se trataba de un oxímoron y de un error antropológico: la tribu del ratón promete un esencialismo ajeno al mestizaje.


A pesar del cambio de nomenclatura, Disneyland París es un sucedáneo más o menos pálido de Disney World. Para empezar, los franceses no saben producir sonrisas ajenas a la conciencia, y, en todo parque que aspire a ser gringo, el trato humano depende de la sonrisa que certifica que ese instante debe ser vivido como un éxito (aunque tu habitación sólo esté disponible dentro de dos horas).

No, los franceses no saben reír así ni disponen de ortodoncistas que convierten la dentadura en seña de identidad nacional. Tampoco saben hacer colas. La Ilustración no fue en vano. Aunque esto es bueno para la Francia que rodea a Disneyland, crea problemas en un terreno donde las colas deben responder a un ritmo de campo de exterminio. Esclarecidos por el siglo de las luces y alertados acerca de su responsabilidad individual por el existencialismo, los franceses (incluso los que no fuman Gaulois) rompen las reglas y se meten a codazos. Estamos en el único sitio donde la cultura de la libertad fomenta el vandalismo.


Las largas filas de expiación contribuyen a prestigiar el movimiento. El hombre detenido mira los funiculares y los vagones que lo circundan como fugitivas formas del edén. En Disney World —ese bazar urbano integrado por un castillo bávaro, una montaña espacial y dumbos voladores— lo único local es la mecánica, la ciudad transporte, sin otro destino que ella misma. Los veintiséis mil empleados no califican como lugareños: en primer lugar, porque juegan a estar ahí (los hombres de camisa guinda son espectadores de los espectadores), y en segundo, porque casi todos trabajan de noche, aspirando palomitas o supervisando rayos láser para que el sitio amanezca en perpetuo estado de presente.

 

En los estudios MGM, una cafetería de los años cincuenta incluye meseros que ponen en escena la dudosa psicología de entonces: si un niño se niega a comer, lo amarran a la mesa y le embarran cucharadas. La realidad se transforma en un programa de televisión: nadie puede culpar de crueldad al mesero porque está actuando, es emisario de una época cuya mayor virtud es que ya no existe. Al ver esto, mi hijo, que nunca comerá las verduras que deseamos (y que yo tampoco como), me dijo: "Qué bueno que tu mundo ya se fue", frase lógica en la galaxia Disney.


***

¿Por qué las familias van y regresan a ese enclave que cumple con ser distinto pero no siempre hace sentir bien? En Variatons on a Theme Park, Michael Sorkin argumenta que el éxito de Disney World depende, en buena medida, de su deliberada inautenticidad. No puede decepcionar porque no promete ser otra cosa que una imitación artificial, sin un modelo preciso que le sirva de referencia. "Lo que se falsifica", comenta Eco, "es nuestro deseo de consumir". En este sentido, nuestra conducta es más falaz que las honestas simulaciones del parque, condicionadas por la idea de que la tecnología aporta más dosis de realidad que la naturaleza.


El ingobernable reino de lo auténtico puede ser decepcionante. Entras a la jungla en pos de monos araña y después de seis horas no has visto ninguno y ya fuiste presa de los mosquitos; vas a cazar un crepúsculo a un peñasco arriesgado y las nubes te tapan la vista; llegas a la playa de las bellezas en tanga, y encuentras una convención de esperpentos desinhibidos. En un planeta inestable, Disney World ofrece las virtudes de lo previsible y la superioridad de la imitación: "Se parece al mundo, pero en mejor", escribe Sorkin.


Disney World es el primer enclave urbano con copyright: su paisaje está patentado. Aunque vive de la imitación de escenarios y personajes célebres (el lejano Oeste, el castillo de Ludwig, Pinocho, la guerra de las galaxias), otorga una nueva significación a la copia. Ahí el Hotel Polynesian cumple el doble propósito de evocar los palafitos en los que se inspira y ser un edificio de Lego. Estamos en una segunda realidad: las lianas de plástico evidente demuestran que jugamos a atravesar la selva. Los parques temáticos de Disney son sitios detrás de la aventura, no porque ahí se conozcan los trucos de la tramoya, sino porque ingresamos a un entorno precodificado por los cuentos de hadas, el kindergarten, la televisión, los estrenos de los últimos sesenta veranos: Goofy nos da un abrazo de fieltro mientras Indiana Jones se acerca a proximidad ideal para oler su épico sudor.


La singularidad que encuentran los viajeros es la de constatar, ya dentro del Reino de la Fantasía, que el lugar sigue siendo imaginario. De ahí la importancia de los vistosos tornillos de plástico en el palacio de Cenicienta, el ronroneo mecánico en las piraguas primitivas, la cortesía de las cascadas que caen cuando ya no pueden salpicarnos, la robótica amabilidad del personal. El mundo se reproduce con honesto artificio. La misión de los hombres consiste en imitar el gozo pánico de Porky y compañía.

 

En parajes garantizadamente falsos, sentimos la perturbadora fascinación de ser ficticios, copias de las copias. Los amantes de la veracidad pueden bajar los escalones de la Tumba 7 de Monte Albán o despreciar El caballero del casco dorado, el espléndido óleo que por desgracia no es de Rembrandt. Disneylandia es el emporio de la mentira: vale la pena describir sus contrabandos culturales, pero sirve de poco lamentar que las lágrimas de Blanca Nieves sean de glicerina: su efecto depende de su descarada irrealidad.


Como los parques de atracciones se proponen replegar las calles tristemente verídicas, la periferia no suele ser tomada en cuenta. La disneificación del espacio oculta lo que queda fuera, el entorno más allá de la Ciudad Alterna. Pero en forma oscura, el parque se rodea de una Ciudad Parásita (en sus primeros diez años, Disneylandia ganó doscientos setenta y tres millones de dólares; y su abusiva periferia, quinientos cincuenta y cinco millones). Por ello la segunda heterotopia se propuso absorber en su propio territorio todos los negocios paralelos. Disney World se alza entre suficientes lagunas y pantanos para estar garantizadamente aparte. Su tamaño enfatiza la importancia del transporte: el día es una canastilla que sólo se detiene con los fuegos artificiales de la noche.


La sensación de pertenecer a un ecosistema dominado por los vehículos comienza en el aeropuerto de Orlando, donde un tren une las dos terminales y los anuncios prometen que muy pronto nuestros mejores amigos serán de plástico. De hecho, el aeropuerto ofrece la posibilidad de un juego adicional. Llegamos al otro sobresalto que nos hizo desafiar el tiempo y el espacio. Para ese momento, mi familia ya se había convertido en el reparto de una obra teatral. Nos habíamos representado tanto a nosotros mismos que nos veíamos en tercera persona. Esta es la última escena de un grupo que ya no distingue entre ser protagonista o espectador.

 

El día del regreso, el padre se presenta en el mostrador del aeropuerto, la cabeza decorada por su hijo con las emblemáticas orejas negras. El encargado de American revisa el boleto y descubre que la familia ha llegado una hora tarde a la cita. Estamos ante uno de los grandes momentos en la ronda de las generaciones: papá cometió una pendejada. Ya no hay tiempo para registrar el equipaje. La familia debe romper un récord paraolímpico, entre carritos de maletas y monjas con zapatos de Peter Pan.


En el control de metales, se dispara un ruido atronador. Un comando descubre que el hijo lleva un revólver en la maleta, junto a su cocodrilo de peluche. No importa que el arma sea una estafa comprada en el galerón donde actúan los dobles de Indiana Jones: un niño empistolado califica como aeropirata. Hay que decir adiós a las armas, y correr rumbo al tren sin dejar de gritarle al huérfano de armamento: "¡En México podemos comprar una AK-47!". Luego viene la carrera por el túnel de plástico que conduce al avión, el check-in de pánico, el sprint a empellones hasta los asientos. "¡Lo logramos!", dice el equívoco jerarca de la tribu. "¡Este juego sí estuvo genial!", comenta el hijo, después de experimentar la única emoción real que permite Disney World: el inesperado escape.

 

Por qué se rebela la población palestina


Por qué se rebela la población palestina

 


www.rebelion.org/231015

 

En la ocupada Palestina la situación nunca ha estado en calma, pero en estas últimas semanas la agitación es total. Cada día se producen nuevos incidentes y manifestaciones con decenas de personas muertas y una cantidad aún mayor de personas heridas. La agitación se extiende desde Jerusalén al resto de los territorios palestinos y a otras ciudades de Israel.

 

En el origen de esta situación están las tensiones en torno a la cuestión de la mezquita de al-Aqsa y algunas provocaciones del lado judío. Las causas no son verdaderamente nuevas ni tampoco lo es la revuelta de los palestinos.

 

La primera Intifada data de diciembre de 1987 y duró seis años. La segunda explotó en 2000 y terminó en 2005. Pero, ¿qué empuja incansablemente a los palestinos a la revuelta?

 

¿Una tierra sin pueblo?

 

Desde finales del siglo XIX los sionistas buscaban una “tierra sin pueblo” para un “pueblo sin tierra”. Sin embargo, la “Tierra Prometida”, Palestina, era todo excepto una tierra sin pueblo. Después de la Segunda Guerra Mundial los palestinos representaban aproximadamente el 70 % de la población local. Mala suerte para ellos. Una guerra sangrienta y algunas oleadas terroristas en 1948-1949 iban a dar a los judíos de Europa el Lebensraum [espacio vital] que necesitaban.

 

Cientos de pueblos fueron destruidos y despoblados. Millones de palestinos huidos viven desde entonces en campos de refugiados en Líbano, Siria y Jordania. Actualmente son siete millones de personas.

 

Las personas que se quedaron fueron expulsadas hacia dos enclaves: Gaza y Cisjordania. De hecho, Gaza es un gran campo de refugiados cerrado herméticamente en el que 1,8 millón de personas viven hacinadas en una superficie de apenas 150 kilómetros cuadrados. Como se ve en el mapa (1), Cisjordania está completamente dividida y los colonos judíos se apropian continuamente del territorio.

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¿Qué ocurriría si Bélgica fuera la Tierra Prometida?

 

Nos resulta difícil de imaginar lo que significaría. Para dar una idea he reflejado en un mapa de Bélgica en qué se habría convertido nuestro país de haber sido elegido como «Tierra Prometida». Las zonas en verde son los territorios en los que subsistirían unos enclaves «belgas». En el resto de Bélgica vivirían 1,4 millón de compatriotas como ciudadanos de segunda categoría.

http://www.rebelion.org/imagenes/204857_1.png

Nuestro país no tendría una salida portuaria al mar ni, por supuesto, un aeropuerto y la mayoría de las carreteras estarían bloqueadas. No tendríamos moneda propia ni control sobre nuestra economía ni sobre los ingresos fiscales. Tampoco tendríamos control sobre la gestión de las aguas y de los recursos energéticos y ni siquiera un registro de la población.

 

La militarización de la economía

 

En los últimos veinte años la situación de los palestinos ha empeorado sustancialmente a consecuencia, sobre todo, de las modificaciones de la orientación económica de Israel, pero también de la inmigración desde la Unión Soviética.

 

En las décadas de 1980 y 1990 la economía israelí conoció unos cambios fundamentales al desplazarse los esfuerzos desde la industria tradicional y la agricultura hacia las tecnologías de punta, las telecomunicaciones, las tecnologías de la web, etc (2). «Tras el estallido de la burbuja internet en 2000 y tras el once de septiembre un año después vino una segunda oleada, de hecho una militarización «high-tech» de la economía. Muchas empresas se especializaron en la seguridad interna. Las empresas israelíes se pusieron a la cabeza a escala mundial y todavía hoy ejercen una posición dominante en este sector. Las fuerzas armadas israelíes han desempeñado un papel de incubadora en este proceso [3].»

 

La caída de la Unión Soviética, que supuso un verdadero baño de sangre para su población, tuvo como consecuencia en la década de 1990 la emigración de casi un millón de judíos a Israel, más de una quinta parte de la población judía de Israel en aquel momento. Además de ello hubo una importante inmigración proveniente de Asia y África. Esta invasión migratoria trastocó profundamente el mercado laboral.

 

Hasta entonces la economía israelí había dependido de una mano de obra barata palestina. Decenas de miles de palestinos se trasladaban diariamente desde los territorios ocupados a Israel donde desempeñaban diferentes trabajos poco remunerados. Con la nueva oleada de recién llegados esto ya no era necesario puesto que los inmigrados soviéticos o asiáticos ocuparon estos puestos de trabajo, tanto más cuanto que entre los cientos de miles de exsoviéticos había científicos de alto nivel que encontraron con toda naturalidad su lugar en la industria puntera israelí.

 

Del estatuto de trabajador al de cobaya de la industria de seguridad

 

De pronto Israel dejó de necesitar (o ya no los necesitó tanto) a los trabajadores palestinos, baratos aunque «molestos», y estos fueron degradados a ser únicamente una población excedente y marginada [4], lo que se tradujo en una política de «cierre»: a partir de 1993 Israel cerró regularmente los territorios ocupados e impidió a los palestinos acudir a sus lugares de trabajo.

 

A partir de 2002 este «cierre» se transformó en un verdadero muro de casi diez metros de altura a propósito del cual se elevó en todo el mundo una oleada de protestas que se encontró con la indiferencia del capital israelí en la medida en que, de creer a Naomi Klein [5], este alboroto solo era una publicidad gratuita para la industria de seguridad.

 

A consecuencia de esta política de cierre la economía de Palestina se desplomó y el paro llegó a unas cifras astronómicas. Actualmente el 40 % de los jóvenes palestinos están sin trabajo y sin perspectivas de trabajo para el futuro. [6]

 

Si bien los palestinos ya no son útiles como mano de obra barata, en cambio son un magnífico terreno de experimentación para la industria de seguridad. Los últimos descubrimientos en materia de seguridad o las nuevas técnicas de ataque se prueban en la población palestina. Así, las últimas guerras contra Gaza han supuesto unos magníficos «trabajos prácticos» para las nuevas armas y para los drones del complejo industrial-militar, lo que ha servido a estas empresas para conseguir nuevos contratos [7]. Las grandes empresas israelíes se han vuelto cada vez más dependientes de las guerras y conflictos en Palestina y en la región. Mal de muchos...

 

¿Hacia una solución final?

 

El proyecto sionista suponía y sigue suponiendo una tierra sin pueblo, es decir, una limpieza étnica completa de Palestina. Había tres factores que impedían todavía la realización de este proyecto: 1) Una dependencia de una mano de obra barata, 2) una fuerte resistencia palestina que hacía que se dispararan las pérdidas en el lado israelí, 3) la opinión pública y unas posibles sanciones extranjeras, en particular, unas sanciones económicas.

 

El primer factor ha desaparecido. La población palestina ha dejado de ser útil y ahora es molesta además de ser excesiva. En 1948 se había eliminado a una parte importante de la población palestina, es el momento de acabar el trabajo y de limpiar todo el territorio. «Ni siquiera la gran democracia estadounidense habría podido existir sin la destrucción de los indios», nos dice en 2004 Benny Moris, historiador de la Universidad Ben Gurion [8].

 

A este respecto, Lieberman, ministro del Interior hasta mayo de 2015, piensa en unos métodos que hoy utiliza el ISIS: «Quien está con nosotros debe tener derecho a todo, pero no hay alternativa para quien está contra nosotros. Hacha en mano, debemos cortarle la cabeza. Para nosotros no hay otro medio de sobrevivir aquí [9]».

 

Pero los dos últimos factores impiden todavía la solución final. La resistencia de la población palestina durante la última guerra contra Gaza demostró que sería imposible «evacuar» ese territorio sin sufrir pérdidas importantes en el lado israelí. [10]

 

Todo permite suponer que esto también vale para Cisjordania. Por lo que se refiere al tercer factor, el tiempo juega en contra de los sionistas. Estamos siendo testigos tanto de una protesta mundial contra las brutales tomas de postura de Israel, como de unas campañas de boicot cada vez extendidas.

 

Una limpieza étnica “a cámara lenta” financiada por Occidente

 

En estas condiciones es impensable una limpieza étnica rápida a gran escala, así que se opta por un enfoque progresivo e indirecto. Se opera en dos aspectos. El primero consiste en la llegada continua de colonos. En 1990 eran 200.000 en Cisjordania y Jerusalén. Hoy son 600.000, lo que equivale a una cuarta parte de la población palestina del entorno. [11] Ciudades como Belén están completamente rodeadas por las nuevas colonias y van siendo aisladas poco a poco del resto de los territorios palestinos.

 

El segundo aspecto consiste en hacer lo más insoportable posible la existencia de los palestinos y en aterrorizar a los habitantes hasta conseguir que se vayan por decisión propia. Una especie de estrategia del hambre combinada con un acoso intensivo y la práctica del terror permanente. La más afectada es Gaza. En siete años esta superpoblada franja de tierra ha sido bombardeada tres veces durante semanas, al tiempo que se destruía deliberadamente hospitales, escuelas, empresas, tierras agrícolas e instalaciones eléctricas. [12]

 

Según la ONU, hará falta un mínimo de veinte años para reconstruir Gaza [13] y ello en caso de que lo permita Israel. Una vez acabados los bombardeos, la reconstrucción es prácticamente imposible mientras el territorio esté aislado del resto del mundo. Actualmente el 70% de su población vive en la pobreza y más del 50% en la precariedad alimentaria. [14] La situación alimentaria en Palestina es peor que en el África sub-sahariana. [15] El objetivo de ello: hacer que Gaza sea prácticamente inhabitable a corto plazo. [16]

 

También la situación en Cisjordania es mala. Algunos ejemplos: el 83% de las reservas de agua del subsuelo de Cisjordania va a los colonos judíos (el 17% de la población) y al propio Israel. [17] La cosecha de aceitunas es muy importante para Cisjordania desde el punto de vista económico. A lo largo de los últimos cincuenta años los colonos judíos han destruido 800.000 olivos. [18] Los habitantes de Cisjordania tienen que esperar horas en los checkpoints para llegar al trabajo o visitar a algún familiar. Hay que saber que estos checkpoints están construidos, entre otras cosas, con el dinero concedido por la Comunidad Europea. La lista es interminable.

 

El gobierno israelí ataca conscientemente a los menores palestinos para presionar a sus padres y obligarles a partir. En los 15 últimos años las fuerzas israelíes han asesinado a 2.600 niños y otros 22.000 han resultado heridos o mutilados. [19] Solo el año pasado unos 1.300 niños fueron secuestrados, interrogados y torturados. [20] El hecho de permanecer y de vivir en Palestina en semejantes condiciones es en sí un acto de resistencia heroica. Pero no hay que sorprenderse de que regularmente se supere el nivel de resistencia y de que sus habitantes, individual o colectivamente, se rebelen contra esta limpieza étnica «a cámara lenta».

 

Lo más grave es que la Unión Europea y Estados Unidos siguen legitimando y patrocinando este régimen. Sin su apoyo el proceso sionista se desmoronaría rápidamente. Como en el caso de los regímenes de apartheid, la solución también está en nuestras manos. Es el momento de actuar.

 

Bibliografía

 

Klein N., De Shockdoctrine. De opkomst van rampenkapitalisme , Breda 2009. [Traducción al castellano, La doctrina del shock , Barcelona, Planeta, 2012].

Nitzan J. & Bichler S., The Global Political Economy of Israel, Londres, 2002, http://bnarchives.yorku.ca/8/2/2002....

Robinson, W., ‘The Political Economy of Israeli Apartheid and the Specter of Genocide’, http://www.truth-out.org/news/item/ ....

 

Notas

[1] http://972mag.com/space-control-and....

2 Nitzan J. & Bichler S., The Global Political Economy of Israel , http://bnarchives.yorku.ca/8/2/2002..., p. 274v.

3 Klein N., De Shockdoctrine. De opkomst van rampenkapitalisme , Breda 2009, p. 534 en 542.

4 Robinson, W., ‘The Political Economy of Israeli Apartheid and the Specter of Genocide’, http://www.truth-out.org/news/item/....

5 Klein N., id., p. 547.

6 http://www.pcbs.gov.ps/site/512/def....

7 http://www.globalresearch.ca/the-be....

8 Declaración en una entrevista de Haaretz. http://www.haaretz.com/survival-of-... ; citado en Robinson, W., art. cit.

9 ‘Israeli foreign minister says disloyal Arabs should be beheaded’, https://www.washingtonpost.com/news....

10 Vandepitte M., ‘Gaza : malgré leur absolue supériorité militaire, Israël est en train de perdre la guerre, http://www.dewereldmorgen.be/artike....

11 http://www.bloombergview.com/quickt... ; http://www.imemc.org/article/73058 ; http://en.wikipedia.org/wiki/Israel....

12 Vandepitte M., Catastrofe Gaza cartographié, http://www.dewereldmorgen.be/artike....

13 http://mondoweiss.net/2015/02/israe....

14 http://www.juancole.com/2015/10/per... ; http://reliefweb.int/report/occupie....

15 El índice de carencias alimentarias (kilocalorías por persona al día) indica 211, mientras que el África sub-sahariana son 149. http://knoema.com/HDR2014/human-dev....

16 http://unctad.org/en/pages/newsdeta....

17 La foto de la piscina es del New York Time que excusa con ligereza el robo de agua. http://www.nytimes.com/2015/05/30/w.... Cfr. http://timeswarp.org/2015/05/30/ny-....

18 http://mondoweiss.net/2015/04/settl....

19 https://www.4palkids.org/petition-t....

20 http://mondoweiss.net/2015/06/pales....

21 Nitzan J. & Bichler S., The Global Political Economy of Israel, http://bnarchives.yorku.ca/8/2/2002..., p. 274v.

22 Klein N., De Shockdoctrine. De opkomst van rampenkapitalisme , Breda 2009, p. 534 en 542.

23 Robinson, W., ‘The Political Economy of Israeli Apartheid and the Specter of Genocide’, http://www.truth-out.org/news/item/....

 


 

El 1% más rico tiene tanto patrimonio como todo el resto del mundo junto


El 1% más rico tiene tanto patrimonio como todo el resto del mundo junto

 

Riqueza Global 2015

www.cpal.org/201015

 

La brecha, lejos de suturarse, se ha ampliado desde el inicio de la Gran Recesión, en 2008. El 2015 será recordado como el primer año de la serie histórica en el que la riqueza del 1% de la población mundial alcanzó la mitad del valor del total de activos. Informe publicado en El País de España.

 

En otras palabras: el 1% de la población mundial, aquellos que tienen un patrimonio valorado de 760.000 dólares (667.000 euros o más), poseen tanto dinero líquido o invertido como el 99% restante de la población mundial. Esta enorme brecha entre privilegiados y el resto de la humanidad, lejos de suturarse, ha seguido ampliándose desde el inicio de la Gran Recesión, en 2008. La estadística de Credit Suisse, una de las más fiables, solo deja una lectura posible: los ricos saldrán de la crisis siendo más ricos, tanto en términos absolutos como relativos, y los pobres, relativamente más pobres.

 

En La gran brecha, qué hacer con las sociedades desiguales (Taurus, 2015), uno de los últimos libros de Joseph E. Stiglitz, el Nobel de Economía utilizaba una poderosa imagen de Oxfam para ilustrar la dimensión del problema de la desigualdad en el mundo: un autobús que transporte a 85 de los mayores multimillonarios mundiales contiene tanta riqueza como la mitad más pobre de la población global.

 

Hoy, a esta impactante imagen, plenamente vigente, se añaden otras que dejan patente la creciente inequidad entre los privilegiados y el resto del mundo: uno de cada cien habitantes del mundo tiene tanto como los 99 restantes; el 0,7% de la población mundial acapara el 45,2% de la riqueza total y el 10% más acaudalado tiene el 88% de los activos totales, según la nueva edición del estudio anual de riqueza hecho público este martes por el banco suizo Credit Suisse, elaborado con los datos de patrimonio de 4.800 millones de adultos de más de 200 países.

 

¿Qué ha causado este nuevo aumento de la brecha? La entidad financiera apunta a la mejora de los mercados financieros: la riqueza de los más acaudalados es más sensible a subidas de precio de acciones de empresas y otros activos financieros que la del resto de la población. En el último año, los índices de referencia de los mercados de los principales índices bursátiles europeos y estadounidenses, el Eurostoxx 50 y el S&P 500, avanzan más de un 10% en el último año.

 

Otro dato apoya la tesis del aumento de la inequidad: aunque el número de muy ricos (aquellos que tienen un patrimonio igual o superior a los 50 millones de dólares) se ha reducido en cerca de 800 personas desde mediados de 2014 por la fortaleza de la moneda estadounidense frente al resto de grandes divisas, el número de ultrarricos (aquellos que tienen 500 millones o más) ha repuntado “ligeramente”, según Credit Suisse, hasta casi 124.000 personas. Ni siquiera el ajuste por tipo de cambio es capaz de contrarrestar su aumento. Por países, casi la mitad de los muy acaudalados reside en EE UU (59.000 personas), 10.000 de ellos viven en China y 5.400 tienen residencia en Reino Unido.

 

A la vista de los datos, no es de extrañar la satisfacción que mostraba este martes el máximo responsable de Gestión de Patrimonios de la entidad suiza para Europa, Oriente Medio y África, Michael O'Sullivan: su negocio no ha dejado de crecer desde el estallido de la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial. “La nuestra es una industria en pleno crecimiento, la riqueza seguirá su trayectoria al alza”. Sus previsiones no pueden ser más elocuentes. El número de personas con un patrimonio superior al millón de dólares crecerá un 46% en los cinco próximos años, hasta los 49 millones de individuos.

 

Toda la riqueza mundial en su conjunto, en cambio, crecerá hasta 2020 a un robusto pero inferior 39%. En España, el número de ciudadanos con un patrimonio superior al millón de dólares (algo menos de 900.000 euros) ascendía a mediados de este año a 360.000 personas, un 21% menos que en la misma fecha de 2014. España es el noveno país que mayor número de millonarios pierde en el último ejercicio. Al igual que en el resto de la eurozona, la evolución se ve distorsionada por la debilidad del euro frente a la moneda estadounidense.

 

La clase media china ya es la más numerosa en el mundo

 

China, el mejor exponente de los años dorados de los emergentes que empiezan a tocar a su fin, ya es el país del mundo con más ciudadanos de clase media. Según el informe anual de riqueza mundial de Credit Suisse, 109 millones de residentes en el gigante asiático poseen unos activos valorados entre 50.000 y 500.000 dólares —44.000 y 440.000 euros, respectivamente—, el rango que establece el banco helvético. Esta cantidad equivale al ingreso medio de casi dos anualidades y ofrece una protección “sustancial” frente a la pérdida del empleo, una caída brusca en el volumen de ingresos o un gasto de emergencia.

 

Aunque la distribución de la renta en China dista mucho de ser igualitaria, la expansión de la clase media ha seguido un camino paralelo a la evolución de su economía: a mayor crecimiento —el gigante asiático ha crecido a doble dígito ocho de los últimos 20 años y se ha convertido en la imagen del milagro emergente— más ciudadanos en la banda media de renta. En 2015, el Estado asiático superó a EE UU (92 millones) como el primer país por número de personas de clase media. Japón (62 millones de habitantes de clase media), Italia (29 millones), Alemania (28 millones), Reino Unido (28 millones) y Francia (24 millones).

Diferencias regionales

 

Por regiones, el 46% de la clase media mundial vive en Asia-Pacífico; el 29% residen en Europa, cuna del Estado de bienestar, y el 16%, en América. En términos relativos, en cambio, Norteamérica —con Estados Unidos y Canadá a la cabeza— se erige como máximo exponente de la clase media, con un 39% de los adultos dentro de este apéndice, seguida por Europa, donde uno de cada tres mayores de edad son clase media. La proporción se desploma en América Latina (11%) y en Asia Pacífico, la región más poblada del globo y en la que solo uno de cada 10 habitantes entra dentro del rango establecido por Credit Suisse.

 

Según las cifras de la entidad financiera, 664 millones de todo el mundo pueden ser considerados de clase media, solo el 14% de la población adulta global. De esta cifra, 96 millones de personas (el 2% del total) tiene una riqueza valorada en más de medio millón de dólares.

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