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WILLIAM GODWIN: SOMETER LA AUTORIDAD A LA RAZÓN, Y EL DESAFÍO DE VIVIR SIN COACCIÓN.

 


Por: Rev. Pbro. Manning Maxie Suárez +
Docente Universitario
Email: manningsuarez@gmail.com     
Orcid: https://orcid.org/0000-0003-2740-5748           
Google Académico:
https://scholar.google.es/citations?hl=es&pli=1&user=uDe1ZEsAAAAJ

Resumen

Este ensayo examina de manera sistemática la figura de William Godwin (1756–1836), filósofo y publicista inglés, pionero del anarquismo filosófico y crítico de las instituciones políticas de su tiempo. Se caracteriza su formación disidente y su itinerario intelectual, se presentan sus tesis centrales sobre utilitarismo consecuencialista, individualismo y autonomía moral, crítica a las jerarquías y defensa de una sociedad sin gobierno coercitivo. Asimismo, se evalúan su método argumentativo y el impacto de su pensamiento en la ética y la política contemporáneas, con especial atención a su herencia en el liberalismo radical, el socialismo libertario y corrientes críticas de las instituciones. Se concluye con propuestas prácticas para comunidades eclesiales del siglo XXI, orientadas a la deliberación ética, la subsidiariedad, la no-coacción y el fortalecimiento de la autonomía moral personal y comunitaria.

Palabras claves: William Godwin; anarquismo filosófico; utilitarismo; consecuencialismo; autonomía moral; individualismo; crítica institucional; Ilustración radical; justicia; política moderna.

Abstract

This essay systematically explores William Godwin (1756–1836)—a foundational figure of philosophical anarchism—by outlining his dissenting education and intellectual development, articulating his central theses on consequentialist utilitarianism, individual autonomy, institutional critique, and the ideal of a stateless society, and assessing their reception and impact on contemporary ethics and political theory. The methodological approach combines conceptual analysis with historical-contextual reading and selective textual exegesis. The conclusion proposes practical guidelines for twenty-first-century church communities, emphasizing deliberative ethics, subsidiarity, non-coercion, and moral autonomy.

Keywords: William Godwin; philosophical anarchism; utilitarianism; consequentialism; moral autonomy; individualism; institutional critique; radical Enlightenment; justice; modern politics.

Metodología:

Se Analizó conceptualmente las categorías claves como “utilidad”, “perfectibilidad”, “coacción”, “opinión” y “justicia” en la obra central de Godwin.

Se aplicó una contextualización histórico-intelectual en la Ilustración británica tardía y el radicalismo de la década de 1790.

Se desarrolló una exégesis selectiva de pasajes de “Enquiry concerning Political Justice” (ediciones de 1793 y 1798) y contrastes con correspondencia y ensayos.

Se hizo una revisión de literatura secundaria académica en bases como Scopus, Google Scholar y Dialnet para mapear recepción e influencia.

Se aplica una evaluación normativa que tiene como elementos la clarificación de argumentos, posibles objeciones y vigencia práctica.

Objetivo general

Elaborar una síntesis crítica de la filosofía política y moral de William Godwin, evaluando su coherencia interna, su crítica a las instituciones y su influencia en la ética y la política contemporáneas.

Objetivos específicos

1.    Describir su formación académica y política y su inserción en el disenso religioso.

2.    Exponer su utilitarismo Consecuencialista y su noción de perfectibilidad humana.

3.    Analizar su defensa del individualismo y la autonomía moral como núcleo normativo.

4.    Examinar su crítica a las instituciones y jerarquías (Estado, propiedad, matrimonio).

5.    Valorar su propuesta anarquista y su ideal de sociedad sin gobierno coercitivo.

6.    Precisar su impacto en tradiciones posteriores y en debates ético-políticos actuales.

Contenido

¿Quién fue William Godwin?

William Godwin fue un pensador inglés, asociado al radicalismo ilustrado, cuya obra mayor, “An Enquiry concerning Political Justice and its Influence on General Virtue and Happiness” (1793), articuló una crítica sistemática a la coacción política y a las instituciones como fuente de corrupción moral.

En ese sentido, El radicalismo ilustrado fue una corriente política e intelectual de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX que llevó a sus últimas consecuencias ciertos principios de la Ilustración: razón crítica, igualdad moral, libertad de conciencia y reforma social.

A diferencia del reformismo moderado, el radicalismo ilustrado cuestionó las bases mismas del orden tradicional (monarquía hereditaria, privilegios estamentales, iglesias establecidas y monopolios de propiedad), proponiendo una ampliación sustantiva de derechos civiles y políticos, y formas más igualitarias de organización social.

Godwin, además fue un novelista (autor de “Caleb Williams”) y también un ensayista, y se le reconoce como uno de los primeros teóricos del anarquismo filosófico por su defensa de una sociedad regida por la razón y la benevolencia, más que por la ley y el gobierno (Godwin, 1793, pp. 73–90).1

El anarquismo filosófico recordemos que es una posición normativa en filosofía política que sostiene que la autoridad política no tiene legitimidad moral intrínseca y que, por tanto, no existe obligación moral general de obedecer al Estado por el mero hecho de que ordene algo.

No es necesariamente una doctrina de violencia ni exige siempre la abolición inmediata del Estado; más bien, cuestiona el deber de obediencia y propone que la coordinación social puede y debe basarse en la razón, la cooperación voluntaria y la persuasión, antes que en la coacción.

Su formación académica y política

Criado en el entorno del disenso protestante, estudió en academias disidentes como la Hoxton Academy (New College, Hoxton), donde recibió formación en teología, lógica, retórica y filosofía moral, lejos del control anglicano universitario.

Su paso del calvinismo al racionalismo ilustrado se dio de la mano de lecturas de David Hume, Claude-Adrien Helvétius y Joseph Priestley. La coyuntura de la Revolución francesa y el debate británico (Edmund Burke, Thomas Paine) catalizó su giro hacia el radicalismo antiestatista (Clark, 1977, pp. 41–55).3; (Philp, 1986, pp. 17–26).2

El radicalismo antiestatista fue y es una corriente político-filosófica que, partiendo de principios igualitarios y de libertad individual, sostiene una desconfianza estructural hacia el Estado como forma de autoridad central y coercitiva. No se limita a pedir “menos gobierno”; busca transformar o superar las relaciones de mando y obediencia institucionalizadas, porque las ve como fuentes de dominación, dependencia y corrupción de la deliberación moral.

Su posturas filosóficas, políticas y sociales

Rechazo de la coacción institucional: Godwin no demoniza la sociabilidad, pero sí la institucionalidad coercitiva. Sostiene que las instituciones permanentes tienden a solidificar intereses particulares, sofocar el juicio individual y producir injusticia. De ahí su escepticismo frente al Estado, el gobierno representativo, la propiedad heredada y el matrimonio legal. La mera existencia de instituciones coercitivas configura incentivos corruptores y dependencia del hábito, no de la razón (Godwin, 1793, pp. 158–180).1

Recordemos que en Godwin, “coacción institucional” designa toda forma de imposición externa y estable que obliga a actuar por miedo a sanciones o por deferencia a una autoridad, en lugar de por el juicio moral propio guiado por razones imparciales y benevolentes. No se limita a la violencia física del Estado; incluye leyes, jerarquías, privilegios y costumbres que, al fijarse en instituciones permanentes, moldean conductas por hábito, interés o temor, desplazando el ejercicio libre de la razón.

Por otro lado, levanta el tema de la primacía del juicio privado. Godwin señala que el deber moral exige evaluar consecuencias en cada caso mediante razón imparcial; las reglas fijas y las autoridades externas degradan ese juicio (Godwin, 1793, pp. 97–110).1

En Godwin, la “primacía del juicio privado” es el núcleo operativo de su ética y su política. Parte de tres ideas enlazadas:

(1) el fin moral es maximizar la felicidad imparcial;

(2) la razón humana puede, en principio, deliberar caso por caso sobre qué acción la promueve;

(3) por eso, ninguna regla o autoridad debe sustituir la deliberación concreta del agente.

Para Godwin, la moralidad madura requiere que cada persona “piense por sí misma” con estándares públicos de imparcialidad y beneficencia. Las reglas y autoridades solo tienen valor como ayudas revisables a ese ejercicio; cuando se vuelven sustitutos, degradan el carácter y empeoran los resultados. De ahí su programa político: reducir la coacción y expandir la deliberación y la educación, para que el juicio privado, cada vez más formado, coordine la vida común.

Por otro lado Godwin presenta el tema de la perfectibilidad, señalando y defendiendo que el carácter humano es perfectible a través de la educación y la libre comunicación de ideas; por ello confía en reformas no violentas basadas en persuasión pública (Kramnick, 1977, pp. 85–96).4

El pensamiento de William Godwin sobre la perfectibilidad humana constituye el núcleo optimista de su anarquismo filosófico. Para Godwin, la razón no es estática, sino una facultad maleable y perfectible que se desarrolla de manera colectiva a través del ejercicio constante del diálogo, la educación y, crucialmente, la libre e ilimitada comunicación de ideas.

Este proceso, argumenta, permite a los individuos examinar y descartar prejuicios, corregir errores y acercarse gradualmente a la verdad, lo que a su vez conduce a un perfeccionamiento moral e intelectual constante.

Su confianza en reformas no violentas se basa en esta fe en la persuasión: creía que una vez expuestas a la argumentación racional y clara, las personas inevitablemente abandonarían la irracionalidad de la tiranía, la superstición y la coerción estatal por propia voluntad.

Así, el cambio social no debía imponerse mediante una revolución violenta—que solo perpetúa el ciclo de opresión—, sino cultivarse pacientemente desde la convicción individual, lo que eventualmente llevaría a la autoextinción de las instituciones opresivas y al advenimiento de una sociedad de seres autónomos, racionales y cooperativos.

Sobre su concepción del Utilitarismo y el consecuencialismo

Godwin es un utilitarista temprano, pero peculiar. Considera que la acción correcta es la que maximiza la suma de bien general, identificada con la mejora racional y la felicidad de los seres sensibles.

A diferencia de un utilitarismo de reglas, su postura es marcadamente act-consequentialist: el agente debe calcular consecuencias caso por caso. Su célebre ejemplo comparando salvar a Fénelon antes que a un criado si ambas vidas no pueden preservarse, en función del mayor bien probable, muestra tanto la ambición imparcial de su ética como sus aristas problemáticas respecto a la parcialidad y los deberes especiales (Godwin, 1793, pp. 136–142).1; Cf. (Philp, 1986, pp. 60–68).2

Críticos han señalado que este consecuencialismo radical puede justificar sacrificios de lazos personales. Godwin reconoce la tensión, pero sostiene que la benevolencia imparcial y la educación irán reconciliando pasión y razón. En ediciones posteriores matiza su inmediatez, sin abandonar el principio (Godwin, 1798/1793, pp. 270–279).6

El Individualismo y la autonomía moral.

Para Godwin, la autonomía moral no implica aislamiento, sino deliberación libre de coacción y superstición. Cada persona tiene el deber de juzgar por sí misma con imparcialidad, sin deferencia a autoridades.

El individualismo godwiniano es, así, ético y epistémico, la verdad avanza por discusión abierta entre conciencias autónomas. De aquí su crítica a obediencias ciegas y su énfasis en la educación como emancipación del juicio privado (Godwin, 1793, pp. 90–101).1; Cf. (Clark, 1977, pp. 102–110).3

Es decir, para Godwin, la autonomía moral es el fundamento de un progreso ético y social genuino, y lejos de significar una renuncia a la comunidad, constituye un imperativo de deliberación racional y sincera que cada individuo debe ejercer libre de toda coacción externa, ya sea esta política, religiosa o de cualquier autoridad tradicional.

Este juicio privado, que debe aplicarse con estricta imparcialidad, es un deber ético y un proceso epistémico mediante el cual la verdad se descubre y perfecciona a través del diálogo y la confrontación de argumentos entre conciencias autónomas e ilustradas.

Por ello, Godwin arremete contra toda forma de obediencia ciega y superstición, que anulan la capacidad de raciocinio, y enfatiza que la verdadera educación es aquella que emancipa la mente, enseñando a pensar de manera crítica e independiente, pues solo una ciudadanía capaz de cuestionar toda autoridad puede construir una sociedad basada en la justicia y la razón, y no en el dogma y la sumisión (Godwin, 1793, pp. 90–101).1; Cf. (Clark, 1977, pp. 102–110).3

Crítica a instituciones y jerarquías

Sobre el tema del Estado y el gobierno, Godwin señala que, el gobierno, aun representativo, congela procesos de deliberación pública y fomenta la dependencia; tiende a proteger propiedad e intereses particulares bajo retórica de seguridad. Godwin, defiende minimizar las funciones gubernamentales y avanzar hacia su extinción a medida que la razón pública se perfeccione (Godwin, 1793, pp. 158–175).1

Sobre el tema de la propiedad, critica la propiedad acumulativa e hereditaria por concentrar poder y perpetuar desigualdades; favorece una distribución guiada por la necesidad y la utilidad social, mediante benevolencia y acuerdos voluntarios más que legislación coercitiva (Godwin, 1793, pp. 230–250).1

Sobre el Matrimonio, denuncia el matrimonio legal como contrato que subordina a la mujer y fija relaciones en detrimento del afecto libre y del perfeccionamiento mutuo (Godwin, 1793, pp. 761–770).1; Cf. (Mellor, 2000, pp. 34–42).7

Sobre la religión establecida, Godwin desde su disenso, repudia las iglesias establecidas por su alianza con el poder y la superstición; aboga por libertad de conciencia y crítica pública (Clark, 1977, pp. 115–121).3

Sobre el tema del Anarquismo y la sociedad sin gobierno

Godwin, acuña un horizonte anarquista no violento: una sociedad de pequeñas comunidades que coordinan por persuasión, publicidad de razones y acuerdos temporales, sin aparato coercitivo central.

Este anarquismo racionalista confía en la perfectibilidad moral y en la educación para sustituir la ley por el juicio individual informado. Su método de cambio es gradualista: “progreso de la opinión” frente a revolución violenta, a la que considera generadora de tiranías sucesivas (Godwin, 1793, pp. 487–506).1; (Woodcock, 1980, pp. 72–83).5

Cuál fue su impacto en ética y política contemporáneas

En el Liberalismo radical y anarquismo: influye en la tradición anarquista posterior (Pierre-Joseph Proudhon (conocido como el "padre del anarquismo"), Pyotr Alexeyevich Kropotkin, (desarrolló el anarco comunismo) como antecedente de la crítica a la autoridad y la centralidad de la ayuda mutua y la educación.

En los Debates sobre parcialidad/imparcialidad: su consecuencialismo nutre discusiones actuales en ética aplicada sobre priorización, sesgos de afinidad y deberes especiales.

El pensamiento de Godwin, situándose en los orígenes del liberalismo radical y el anarquismo, ejerció una influencia profunda y duradera al plantar las semillas de la crítica antiautoritaria que luego desarrollarían pensadores como Pierre-Joseph Proudhon y Pyotr Alexeyevich Kropotkin.

Su énfasis en la autonomía moral individual y la deliberación racional sin coacción se convirtió en un pilar fundamental para la tradición anarquista, que ampliaría su crítica a todas las instituciones coercitivas (Estado, propiedad privada) y enfatizaría, como hizo Kropotkin, la "ayuda mutua" como base para la organización social.

Simultáneamente, su particular consecuencialismo radical e imparcialista—que exige que nuestras acciones busquen el mayor bien para la humanidad, priorizando al más necesitado incluso sobre los lazos afectivos cercanos—nutre debates contemporáneos en ética aplicada, especialmente en discusiones sobre la imparcialidad de nuestros deberes morales, la priorización de recursos escasos y la validez de los sesgos de afinidad, cuestionando así los límites de los "deberes especiales" hacia la familia o la nación.

En la Crítica institucional: anticipa análisis contemporáneos sobre captura institucional, path dependence y “corrupción de la razón pública” por estructuras de poder.

El impacto de William Godwin en la ética y la política contemporáneas es profundo y se manifiesta en dos grandes dimensiones. Por un lado, su pensamiento es una piedra angular del liberalismo radical y, fundamentalmente, del anarquismo, al sentar las bases de la crítica antiautoritaria que luego desarrollarían figuras como Pierre-Joseph Proudhon y Pyotr Alexeyevich Kropotkin; Godwin no solo prefiguró el rechazo anarquista al Estado y a la coerción, sino que también estableció la centralidad de la educación emancipadora y la deliberación racional entre individuos autónomos como el único camino hacia una sociedad verdaderamente justa, un principio que Kropotkin extendería con su énfasis en la "ayuda mutua" como forma de organización social.

Por otro lado, su escepticismo radical hacia toda institución (incluyendo el gobierno, el sistema legal y la educación dogmática) anticipa análisis contemporáneos sobre la captura institucional, la path dependence (dependencia del camino) y la "corrupción de la razón pública", al argumentar que las estructuras de poder, por su propia naturaleza, tienden a perpetuar sus intereses, corromper el juicio imparcial y fosilizar el progreso, obstruyendo así la aplicación de la razón y la justicia de manera neutral.

De este modo, Godwin provee un marco para criticar cómo las instituciones existentes pueden distorsionar el debate público y la ética para servir a agendas particulares.

En la Educación y la deliberación pública: su fe en la publicidad y la discusión abierta resuena en teorías deliberativas y en prácticas de democracia participativa.

Desde una perspectiva contemporánea, el legado más perdurable de William Godwin quizás sea su inquebrantable fe en el poder de la educación racional y la deliberación pública sin coerción como motores del progreso ético y político.

Su concepción de que la verdad emerge necesariamente del libre intercambio de argumentos entre individuos autónomos sienta un precedente fundamental para las modernas teorías de la democracia deliberativa, como las de Jürgen Habermas, que ven en la publicidad y el debate abierto la base legítima de la autoridad y la formación de la voluntad colectiva.

Godwin anticipa así el principio de que una esfera pública robusta y una ciudadanía educada para el ejercicio crítico de su juicio —y no la mera adhesión a dogmas— son los antídotos contra la tiranía y la irracionalidad.

Este énfasis en la educación como emancipación, que prioriza el pensamiento independiente sobre la instrucción doctrinal, resuena con fuerza en las pedagogías críticas actuales y en prácticas innovadoras de democracia participativa, donde la calidad del discurso público y la formación de una opinión ilustrada se consideran esenciales para la salud de cualquier comunidad política.

En el feminismo y la crítica del matrimonio: su cuestionamiento del matrimonio legal se emparenta con críticas feministas a contratos y roles de género.

La crítica radical de William Godwin al matrimonio, expuesta en Political Justice, constituye una de las primeras y más potentes argumentaciones feministas desde la filosofía política, cuyo impacto reverbera en la crítica contemporánea a los roles y contratos de género.

Godwin atacó el matrimonio legal por considerarlo una institución coercitiva y una forma de "ley monopolista" que corrompía las relaciones auténticas al transformar el afecto voluntario en un deber obligatorio por contrato, subordinando así la voluntad de la mujer y privando a ambos cónyuges de su autonomía moral y su capacidad de juicio imparcial.

Este cuestionamiento, profundamente influenciado por las ideas de Mary Wollstonecraft (1759-1797) quien fue una filósofa, escritora y pionera del feminismo liberal británico del siglo XVIII., se emparenta directamente con las críticas feministas posteriores que ven en el matrimonio tradicional y en la familia patriarcal la piedra angular de la opresión económica, legal y sexual de las mujeres.

Al defender asociaciones libres y voluntarias basadas únicamente en la estima y la razón, y no en la obligación legal o la dependencia económica, Godwin no solo desmonta la idealización romántica de la institución, sino que anticipa los debates modernos sobre la abolición o reformulación del contrato matrimonial, la ética de los cuidados y la construcción de relaciones libres de jerarquías de género.

En la Ética de la no-violencia y la reforma gradual: su énfasis en persuasión y reforma pacífica alimenta tradiciones no violentas y la ética de la responsabilidad en el cambio social (Philp, 1986, pp. 180–192) [2]; (Mellor, 2000, pp. 63–70) [7].

El énfasis de Godwin en la persuasión racional y la reforma gradual como únicos medios legítimos para el cambio social constituye una contribución fundamental a la ética de la no violencia y al pensamiento político reformista.

Frente a la revolución violenta —que consideraba otra forma de tiranía al imponer ideas mediante la fuerza y perpetuar el ciclo de coerción—, Godwin defendió que el auténtico progreso moral sólo puede surgir de la lenta pero inexorable transformación de las conciencias a través de la educación, el debate público y la argumentación pacífica.

Este posicionamiento, profundamente consecuencialista, valora el proceso tanto como el resultado, pues solo un cambio logrado mediante la convicción es estable y éticamente sólido.

Su pensamiento alimenta así tradiciones no violentas posteriores, desde el anarquismo pacifista de Tolstói hasta la desobediencia civil de Gandhi y King, al subordinar la eficacia a la coherencia moral.

Además, establece una "ética de la responsabilidad" en la acción política, donde los medios deben ser consistentes con los fines que se persiguen, anticipando críticas modernas al mesianismo político y abogando por una evolución social que respete la autonomía y la racionalidad de cada individuo (Philp, 1986, pp. 180–192).2 ; Cf. (Mellor, 2000, pp. 63–70).7

Objeciones y réplicas

Sobre la exigencia supererogatoria: su benevolencia imparcial parece exigir sacrificios extremos.

Respuesta: Godwin confía en la educación para armonizar motivos y restringe el recurso a la coacción incluso para fines buenos.

Sobre la subestimación del valor de instituciones: las instituciones también protegen a vulnerables.

Réplica Godwiniana: en el largo plazo, consolidan privilegios; la alternativa es subsidiariedad y acuerdos revocables.

Sobre el Cálculo de consecuencias: el acto-cálculo es epistémicamente frágil.

Réplica: la publicidad de razones y la crítica mutua mejoran el juicio colectivo (Godwin, 1798/1793, pp. 300–312).6

Propuestas prácticas para comunidades en general del siglo XXI

1. Que se fomente la deliberación abierta: institucionalizar foros de discernimiento donde los laicos, incluidos los más jóvenes y las mujeres, ejerciten juicio moral informado sin temor a sanción, bajo el principio de publicidad de razones.

2. Que se promueva la subsidiariedad efectiva: resolver en el nivel más cercano posible; las instancias superiores actúan solo en apoyo y temporalmente.

3. Exigir la transparencia y la rendición de cuentas: rotación de encargos, limitación de poder y registros públicos de decisiones.

4. Promover y Fomentar la educación moral y la libertad de conciencia: programas formativos que cultiven la imparcialidad, la benevolencia y la crítica a sesgos de autoridad; defensa explícita de la objeción de conciencia contra prácticas injustas.

5. No permitir la No-coacción pastoral: preferir persuasión y acompañamiento a sanciones; corregir mediante razones compartidas y prudencia.

6. Promover la economía de la necesidad: orientar recursos comunitarios según necesidad y utilidad social, revisados públicamente y con prioridad por los vulnerables (Godwin, 1793, pp. 230–240).1; Cf. (Vaticano II, Gaudium et Spes, 1965, n. 26–31).8

Conclusiones

William Godwin configura una ética de la benevolencia imparcial y una política de la no-coacción que, aun utópicas en sus expectativas sobre la perfectibilidad humana, ofrecen un correctivo potente frente a la naturalización de jerarquías y la sacralización de instituciones.

Su utilitarismo consecuencialista, centrado en el juicio individual y la publicidad de razones, desafía tanto el decisionismo autoritario como el conformismo reglamentarista.

Para la vida eclesial contemporánea, su legado sugiere prácticas concretas: deliberación abierta, subsidiariedad, transparencia, educación en autonomía moral y prioridad por la necesidad.

Adoptadas prudentemente, estas pautas fortalecen comunidades más justas, responsables y evangélicamente coherentes con el primado de la conciencia y la caridad (Philp, 1986, pp. 190–192).2

Referencias bibliográficas

[1] Godwin, W. (1793). An Enquiry concerning Political Justice, and its Influence on General Virtue and Happiness. London: G.G.J. and J. Robinson. pp. 1–5, 73–90, 90–110, 97–110, 136–142, 158–180, 230–250, 487–506, 761–770.

[2] Philp, M. (1986). Godwin’s Political Justice. Ithaca, NY: Cornell University Press. pp. 3–7, 9–14, 17–26, 60–68, 180–192.

[3] Clark, J. P. (1977). The Philosophical Anarchism of William Godwin. Princeton, NJ: Princeton University Press. pp. 12–16, 41–55, 102–110, 115–121.

[4] Kramnick, I. (1977). Republicanism and Bourgeois Radicalism: Political Ideology in Late Eighteenth-Century England and America. Ithaca, NY: Cornell University Press. pp. 21–24, 85–96.

[5] Woodcock, G. (1980). Anarchism: A History of Libertarian Ideas and Movements (rev. ed.). Harmondsworth: Penguin. pp. 65–70, 72–83.

[6] Godwin, W. (1798). Enquiry Concerning Political Justice (2nd ed.). London: G.G. and J. Robinson. pp. 270–279, 300–312.

[7] Mellor, A. K. (2000). Mothers of the Nation: Women’s Political Writing in England, 1780–1830. Bloomington: Indiana University Press. pp. 34–42, 63–70.

[8] Concilio Vaticano II. (1965). Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual. Ciudad del Vaticano: Librería Editrice Vaticana. nn. 26–31.

JEAN-JACQUES ROUSSEAU: DE LA BONDAD NATURAL AL CONTRATO SOCIAL. ÉTICA, POLÍTICA Y PEDAGOGÍA PARA EL SIGLO XXI

 

Por: Rev. Pbro. Manning Maxie Suárez +
Docente Universitario
Email: manningsuarez@gmail.com     
Orcid: https://orcid.org/0000-0003-2740-5748           
Google Académico:
https://scholar.google.es/citations?hl=es&pli=1&user=uDe1ZEsAAAAJ

Resumen

Este ensayo examina la figura y el legado de Jean-Jacques Rousseau (1712–1778), filósofo ginebrino cuya obra articuló una crítica radical de la civilización y propuso una reconfiguración de lo político, lo moral y lo educativo a partir de la noción de voluntad general, la bondad natural del ser humano y el papel formativo de la educación en libertad. Se analizará su biografía intelectual, su formación autodidacta y sus vínculos polémicos con la Ilustración; sus postulados sobre el contrato social, la naturaleza humana, la autenticidad, la compasión y la educación (Emilio). Asimismo, se contrastó su recepción con la tradición hobbesiana y se evalúo su impacto en la ética y la política contemporáneas, incluyendo su influencia en la teoría democrática, la pedagogía moderna y la teología moral de inspiración personalista. El ensayo concluye con orientaciones prácticas para la sociedad y comunidades del siglo XXI.

Palabras claves: Rousseau; contrato social; voluntad general; educación; compasión; autenticidad; naturaleza humana; ética política; Ilustración; teología moral.

Abstract

This essay explores Jean-Jacques Rousseau’s (1712–1778) philosophical project, focusing on the general will, natural goodness, and education in freedom. It analyzes his intellectual formation, major works (The Social Contract, Emile), and central theses on human nature, social corruption, authenticity, and compassion, situating them vis-à-vis Hobbesian contract theory. The paper assesses Rousseau’s impact on contemporary ethics and political theory—especially democratic legitimacy, civic education, and moral psychology—and draws pastoral implications for twenty-first-century church communities.

Keywords: Rousseau; social contract; general will; education; compassion; authenticity; human nature; political ethics; Enlightenment; moral theology.

Metodología

Se realizó un análisis hermenéutico de textos primarios (Contrat social, Émile, Discours, Confessions).

A su vez, una revisión crítica de literatura secundaria indexada (Scopus, Dialnet, Latindex, SciELO) y fuentes académicas acreditadas.

Se realizó una comparación conceptual con Hobbes y con desarrollos contemporáneos en ética y teoría democrática.

Se realizó una aplicación teológico-pastoral: derivación de implicaciones prácticas para comunidades eclesiales.

Objetivo general

Ofrecer una lectura integrada de la obra de Rousseau que ilumine debates actuales en ética, política y educación, y proponga criterios operativos para la praxis eclesial.

Objetivos específicos

1.      Clarificar la relación entre voluntad general y soberanía popular.

2.      Explicar la tesis de la bondad natural y la corrupción social.

3.      Analizar la propuesta pedagógica del Emilio como formación moral.

4.      Elucidar la noción de autenticidad y su dimensión religiosa.

5.      Valorar la función de las emociones y la compasión en la vida social.

6.      Evaluar su impacto en teorías democráticas y en la teología moral contemporánea.

Contenido

¿Quién fue Jean-Jacques Rousseau?

Nacido en Ginebra y activo en Francia, Rousseau fue músico, novelista y filósofo. Autodidacta, pasó de secretario y copista a pensador central de la Ilustración crítica. Su trayectoria combina la reflexión filosófica con la experiencia existencial (Confesiones), modulando una sensibilidad que enfrenta civilización y virtud.

Obras capitales:

Discurso sobre las ciencias y las artes (1750),
Discurso sobre el origen de la desigualdad (1755),
El contrato social (1762),
Emilio o de la educación (1762),
La nueva Eloísa (1761),
Carta a d’Alembert (1758).

Su estilo—al mismo tiempo sistemático y confesional—busca la unidad entre vida y pensamiento. (Rousseau, 1959).8

Su Formación académica y política

Rousseau no siguió una formación universitaria regular; su educación fue principalmente autodidacta, nutrida por lecturas clásicas, música y contacto con salones ilustrados. Su ciudadanía ginebrina informa su republicanismo—a la vez cívico y moral—y su distancia de la monarquía absoluta francesa. Las controversias con Diderot y la Encyclopédie muestran su ambivalente relación con la Ilustración: comparte el impulso emancipador, pero cuestiona la idolatría del progreso y el refinamiento de costumbres que socavan la virtud cívica. (Cassirer, 1981).3; Cf. (Starobinski, 1988).4

Sus Posturas filosóficas, políticas y sociales más importantes

La arquitectura política de Rousseau descansa en la distinción entre voluntad general y voluntad de todos: solo la primera, al tener por objeto el bien común y no la suma de intereses particulares, puede legitimar la ley como expresión impersonal de la soberanía popular.

De ahí que el contrato social sea el acto por el cual cada cual se une a todos sin perder la libertad, pues obedece a la ley que se da a sí mismo en tanto miembro del pueblo soberano; así, la libertad civil no niega, sino que perfecciona la libertad natural al transformarla en autonomía política compartida (Rousseau, 1964, I).

Esta política se asienta en una antropología moral específica: el ser humano es naturalmente bueno y posee una piedad originaria que lo inclina a no dañar a otros; la corrupción proviene de instituciones y costumbres que institucionalizan desigualdades y exacerban un amour-propre comparativo, generando dependencia, vanidad y dominación.

En consecuencia, la reforma de lo social debe alinear estructuras con la compasión y la igualdad, reconociendo que la sociabilidad brota antes de cálculos utilitaristas, desde una racionalidad práctica de las emociones que sostiene la vida común (Rousseau, 1997).9; Cf. (Nussbaum, 2001).7

La mediación pedagógica es clave: Rousseau propone una educación gradual, acorde con las etapas del desarrollo, que prioriza experiencia, autonomía y cultivo del sentimiento moral —la piedad— para formar ciudadanos capaces de autogobierno.

Este programa educativo se enlaza con un ideal de autenticidad: coherencia entre interioridad y acción frente a las máscaras sociales de la vanidad, condición subjetiva para una ciudadanía libre y responsable orientada al bien común (Rousseau, 1966).10; Cf. (Starobinski, 1988).4

Hallazgos e hipótesis destacables

Rosseau, distingue desigualdad natural y moral; la segunda surge con la propiedad y las convenciones que concentran poder, prefigurando análisis socioeconómicos modernos. (Rousseau, 1997).9 Veía la libertad como autonomía colectiva; prefigura Kant y el republicanismo contemporáneo. (Cassirer, 1981).3

En cuanto a la Educación integral creía en el aprendizaje por etapas, centralidad de la experiencia, tutoría personalizada; anticipa pedagogías constructivistas. (Rousseau, 1966).10 Y por otro lado rehabilita la compasión como cemento social, base de políticas de cuidado y hospitalidad. (Nussbaum, 2001).7 Creía en los mínimos cívicos de fe que sostienen la virtud y la obediencia a la ley sin teocracia. (Rousseau, 1964).1

Rousseau y Hobbes: convergencias y divergencias sobre el contrato social

Rousseau acepta el marco del contractualismo—la legitimidad de lo político surge de un pacto—pero rechaza la antropología hobbesiana del estado de naturaleza como guerra. Para Rousseau, la sociabilidad brota de la piedad y la autoconservación pacífica; la guerra nace con la propiedad y la comparación social.

Así, el contrato no transfiere todo poder a un soberano (Hobbes), sino que instituye la soberanía del pueblo en forma de voluntad general. La obediencia es auto-legislación colectiva, no sujeción heterónoma. (Hobbes, 1998).2; Cf. (Rousseau, 1964).1; y (Bertram, 2012).6

Algunos Temas claves:

6.1. La Voluntad general y el contrato social:

Rosseau señalaba que la voluntad general es criterio de justicia y legitimidad: es general por su objeto (el bien común) y por su forma (es abstracta e imparcial). Su degeneración ocurre cuando facciones y corporativismos sustituyen lo común por lo particular.

La arquitectura institucional (leyes, censor, tribunos) ayuda a canalizarla, pero requiere virtud cívica. El contrato social reconfigura la persona: cada ciudadano participa del soberano y del súbdito, uniendo libertad y ley en la práctica de la ciudadanía. (Rousseau, 1964).1; Cf. (Gourevitch, 1997).5

6.2. La Naturaleza humana y la corrupción social

La tesis de la bondad natural no idealiza al “buen salvaje”, sino que postula una condición prepolítica de independencia moderada y compasión incipiente. La corrupción proviene de instituciones y costumbres que exacerban la comparación (amour-propre), generando vanidad, dependencia y dominación. Reformar las instituciones busca alinear interés y virtud. (Rousseau, 1997).9; Cf. (Starobinski, 1988).4

6.3. Sobre Educación y desarrollo moral (Emilio)

El Emilio propone una pedagogía por etapas:

En la Infancia: educar los sentidos y la salud; minimizar la obediencia servil.

En la Niñez: aprendizaje por cosas, no por libros; experiencias controladas.

En la Adolescencia: despertar del juicio y de la responsabilidad; educación del sentimiento moral.

En la Religión del corazón: profesión de fe del vicario saboyano, apelando a la conciencia como órgano moral.

El fin es formar un ciudadano libre y compasivo, capaz de autogobierno. (Rousseau, 1966).10

6.4. Sobre la Autenticidad y la autenticidad personal

Para Rousseau, la autenticidad es fidelidad a la voz interior frente a la teatralidad social. Las Confesiones inauguran una subjetividad moderna que busca transparencia consigo misma y con Dios. Esta autenticidad no es capricho, sino disciplina del deseo y responsabilidad ante la comunidad. (Rousseau, 1959).8; Cf. (Taylor, 1991).11

6.5. Sobre las emociones y la compasión

La piedad natural funda un ethos de cuidado: “no hagas al otro lo que no quieres para ti”. En política, exige políticas públicas sensibles a la vulnerabilidad; en educación, cultivar empatía y juicio. La teoría contemporánea de las emociones morales dialoga estrechamente con Rousseau. (Nussbaum, 2001).7

7. Su Impacto en ética y política contemporánea

Democracia y republicanismo: su idea de soberanía popular influyó en la Revolución francesa y en teorías modernas de legitimidad, deliberación y virtud cívica. (Cassirer, 1981).3; Cf. (Bertram, 2012).6

Kant y el personalismo: la autonomía moral kantiana hereda la intuición rousseauniana de auto-legislación; el personalismo cristiano subraya dignidad, comunidad y responsabilidad. (Taylor, 1991).11

Pedagogía: Montessori, Dewey y pedagogías experienciales encuentran antecedentes en Emilio. (Gourevitch, 1997).5

Ética de las emociones: la rehabilitación de la compasión nutre corrientes de justicia como equidad temperada por cuidado. (Nussbaum, 2001).7

Teología y doctrina social: la distinción entre religión civil y fe eclesial estimula reflexión eclesial sobre espacio público, libertad de conciencia y formación cívica. Documentos contemporáneos subrayan la centralidad de la conciencia y del bien común, convergencias que, aunque no dependan de Rousseau, dialogan críticamente con su legado. (Francisco, 2015).12; Cf. (Francisco, 2020).13

Conclusiones

Nos parece importante el compromiso que como sociedad debemos tener en formar comunidades que eduquen para la libertad responsable exige integrar razón y afectividad mediante itinerarios graduales y experienciales que fortalezcan la conciencia y el discernimiento.

Esta perspectiva asume que la madurez cristiana requiere hábitos de autogobierno y participación corresponsable, vinculando la pedagogía del corazón con prácticas concretas de ciudadanía eclesial y civil orientadas al bien común (Francisco, 2015).12

También el promover el bien común supone impulsar la participación laical en la vida pública, discerniendo el interés general por encima de corporativismos y clientelismos, a la vez que se cultiva una compasión práctica que reconoce la vulnerabilidad como lugar teológico. La hospitalidad, los ministerios de cuidado y la opción por los más frágiles configuran un ethos comunitario capaz de sanar el tejido social y resistir la lógica del descarte (Francisco, 2015).12

Este horizonte pide, además, fomentar autenticidad y veracidad en la sociedad y todos sus estractos, privilegiando transparencia y conversión sobre prestigio y apariencia, y diseñar instituciones al servicio de la virtud que incentiven corresponsabilidad y eviten dependencias impropias.

Un diálogo crítico con la modernidad acoge intuiciones como autonomía, dignidad y educación, pero corrige sus excesos individualistas desde una visión relacional de la persona y su apertura a la trascendencia (Taylor, 1991).11; Cf. (Francisco, 2015).12.  Instituciones al servicio de la virtud: reglas y estructuras que incentiven corresponsabilidad y eviten dependencia clientelar.

Promover el diálogo crítico con la modernidad: acoger intuiciones valiosas (autonomía, dignidad, educación) corrigiendo excesos individualistas y sosteniendo la trascendencia. (Francisco, 2015).12; Cf. (Taylor, 1991).11

Referencias bibliográficas

1. Rousseau, J.-J. (1964). Du contrat social. In Œuvres complètes, III (pp. 347–471). Paris: Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade.

2. Hobbes, T. (1998). Leviathan. Oxford: Oxford University Press. (ed. académica)

3. Cassirer, E. (1981). The Question of Jean-Jacques Rousseau. New Haven: Yale University Press.

4. Starobinski, J. (1988). Jean-Jacques Rousseau: la transparence et l’obstacle. Paris: Gallimard.

5. Gourevitch, V. (Ed.). (1997). Social Contract and Other Later Political Writings (Cambridge Texts in the History of Political Thought). Cambridge: Cambridge University Press.

6. Bertram, C. (2012). Rousseau and The Social Contract. London: Routledge.

7. Nussbaum, M. C. (2001). Upheavals of Thought: The Intelligence of Emotions. Cambridge: Cambridge University Press.

8. Rousseau, J.-J. (1959). Les Confessions. In Œuvres complètes, I. Paris: Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade.

9. Rousseau, J.-J. (1997). Discourse on the Origin and Foundations of Inequality among Men. In V. Gourevitch (Ed.), The Discourses and Other Early Political Writings (pp. 111–222). Cambridge: Cambridge University Press.

10. Rousseau, J.-J. (1966). Émile, ou De l’éducation. Paris: Garnier.

11. Taylor, C. (1991). The Ethics of Authenticity. Cambridge, MA: Harvard University Press.

12. Francisco. (2015). Laudato si’. Ciudad del Vaticano: Librería Editrice Vaticana.

13. Francisco. (2020). Fratelli tutti. Ciudad del Vaticano: Librería Editrice Vaticana.

DAVID HUME: EMPIRISMO, ESCEPTICISMO MORAL Y SU LEGADO EN ÉTICA Y POLÍTICA

 


Por: Rev. Pbro. Manning Maxie Suárez +
Docente Universitario
Email: manningsuarez@gmail.com     
Orcid: https://orcid.org/0000-0003-2740-5748           
Google Académico:
https://scholar.google.es/citations?hl=es&pli=1&user=uDe1ZEsAAAAJ

Resumen

Este ensayo examina la figura de David Hume (1711–1776) desde una perspectiva filosófica y teológica, atendiendo a su formación, sus tesis centrales en epistemología, moral y política, y su impacto en el pensamiento contemporáneo. Se sostiene que Hume articula un empirismo radical que, junto con su escepticismo moderado, redefine los límites del conocimiento humano, critica la noción de causalidad y funda una ética de los sentimientos con consecuencias decisivas para la teoría política moderna. Asimismo, se valoran implicaciones pastorales y eclesiales para el siglo XXI, confrontando la crítica humeana a los milagros y la religión con un enfoque teológico que acoja la experiencia, la prudencia práctica y la responsabilidad pública de las comunidades de fe.

Palabras claves: David Hume; empirismo; escepticismo; moral de los sentimientos; causalidad; milagros; política; religión natural; prudencia.

Abstract

This essay examines David Hume’s life, education, and major philosophical and political positions, focusing on his radical empiricism, mitigated skepticism, critique of causation, and sentimentalist ethics, as well as their lasting impact on contemporary ethics and political theory. It argues that Hume’s philosophy reconfigures epistemic limits, grounds morality in human sentiments and social practices, and inspires a pragmatic, institutional approach to politics. The concluding section draws practical implications for Christian communities in the twenty-first century, engaging Hume’s critique of miracles and superstition with a theology attentive to experience, prudence, and public responsibility.

Keywords: Hume; empiricism; skepticism; sentimentalism; causation; miracles; political theory; natural religion.

Metodología

Se realizó una revisión bibliográfica sistemática de fuentes primarias (obras de Hume) y secundarias indexadas en Scopus, Dialnet y Google Académico.

Además, un análisis conceptual y exegético de pasajes clave en el Tratado, las Investigaciones, el Enquiry sobre moral y los Ensayos políticos.

Se aplicó una contrastación crítica con lecturas contemporáneas en metaética y filosofía política.

Se realizó una Integración teológico-pastoral para la aplicabilidad a nivel eclesial.

Objetivo general

Analizar el pensamiento de David Hume en su contexto y evaluar su influencia en la ética y política contemporáneas, proponiendo aprendizajes prácticos para la Iglesia del siglo XXI.

Objetivos específicos

1.    Describir su formación académica y política.

2.    Exponer sus tesis sobre empirismo y crítica del conocimiento.

3.    Analizar su escepticismo moral y ética basada en los sentimientos.

4.    Evaluar su pensamiento político e influencia institucional.

5.    Derivar implicaciones para la práctica eclesial contemporánea.

Contenido

1. ¿Quién fue David Hume?

David Hume nació en Edimburgo en 1711, en el seno de una familia escocesa de la baja nobleza. Estudió de joven en la Universidad de Edimburgo, centrado en humanidades y filosofía, aunque sin obtener grados formales; su formación fue esencialmente autodidacta, marcada por el rigor del Iluminismo escocés.

Trabajó como bibliotecario de la Facultad de Abogados de Edimburgo, facilitándole un acceso decisivo a fuentes clásicas y modernas; residió en Francia, donde escribió el Tratado de la naturaleza humana, y más tarde ocupó cargos diplomáticos en París y Turín.

Su reputación filosófica convivió con la fama de historiador por su History of England, y su temperamento fue célebremente moderado, sociable y anti fanático. (Harris, 2015; Hume, 1739/2000. pp. 1–18; xiii–xx).6,1

La “History of England” de David Hume (publicada entre 1754 y 1762), consolidó su notoriedad pública más que sus obras filosóficas en vida, ofreciendo una narración continua desde los orígenes hasta la Revolución de 1688 con un estilo claro, elegante y deliberadamente anti-partidista; su propósito fue temperar pasiones faccionales y mostrar cómo la libertad civil y la estabilidad institucional emergen gradualmente del conflicto entre corona, Parlamento, religión y comercio, privilegiando la explicación de causas morales, económicas y constitucionales por encima del anecdotario bélico.

Aunque criticada por whigs y tories por supuestos sesgos y por su escepticismo respecto de la Providencia, la obra introdujo un enfoque “filosófico” de la historia: atención a las costumbres, intereses y consecuencias no intentadas, lectura comparada de fuentes y evaluación de la utilidad pública de las instituciones; su influencia se extendió a la historiografía ilustrada y a la educación cívica británica, y, pese a revisiones posteriores, permanece como un hito en la transición de la crónica erudita a la historia interpretativa centrada en procesos y principios.

2. Su Formación académica y política

Aunque no culminó títulos universitarios, la erudición de Hume se consolidó en contacto con el entorno académico de Edimburgo y las redes del Iluminismo escocés (Henry Home, Lord Kames; Francis Hutcheson y Adam Smith).

Su sensibilidad política se formó entre el constitucionalismo británico y una aversión a los extremismos partidistas: defendió el gobierno mixto, la supremacía del “rule of law” y la prudencia institucional, con un claro escepticismo respecto de los “proyectos” utópicos. Su experiencia como secretario y diplomático acentuó su preferencia por la estabilidad, el comercio y las virtudes cívicas. (Hume, 1752/1994; Harris, 2015. pp. 5–11; 79–101).4, 6

El “rule of law”. designa el principio según el cual el poder político está vinculado por normas públicas, generales y estables, aplicadas por tribunales imparciales, de modo que ninguna persona o autoridad queda por encima de la ley.

En la tradición británica que Hume observa y valora, ello implica límites constitucionales efectivos, separación o distribución funcional del poder, debido proceso, seguridad jurídica y protección de libertades básicas frente a arbitrariedades del soberano o de mayorías volátiles.

El gobierno de reglas —no de voluntades— favorece la previsibilidad en los intercambios, reduce el faccionalismo, y permite que las instituciones evolucionen gradualmente sin romper el tejido social; su justificación humeana es pragmática: el “rule of law” maximiza la utilidad pública a largo plazo al generar confianza, incentivar la cooperación y disciplinar tanto a gobernantes como a gobernados.

3. Su posturas filosóficas y políticas más importantes

Hume consolida un empirismo radical que redefine el alcance del conocimiento: toda idea procede de impresiones sensibles y se organiza por asociación (semejanza, contigüidad y sucesión constante).

De ahí derivan dos críticas decisivas: no conocemos una “sustancia” subyacente ni un “yo” simple, sino un haz de percepciones ligadas por memoria y hábito; y la causalidad no revela un nexo necesario accesible a la razón, sino una expectativa psicológica forjada por la costumbre ante conjunciones repetidas.

Este escepticismo mitigado no paraliza la vida ni la ciencia: las orienta hacia una metodología modesta, probabilista y práctica, consciente de que la justificación última de la inducción excede nuestros recursos racionales.

En filosofía de la religión, Hume aplica el mismo criterio empírico: el testimonio de milagros rara vez, si acaso, supera el peso de la experiencia uniforme y está expuesto a pasiones sectarias y sesgos de credulidad.

Su crítica no agota la cuestión religiosa, pero obliga a depurar estándares de evidencia y a distinguir entre fe razonable y credulidad.

En ética, Hume ubica el origen de la motivación y del juicio moral en los sentimientos regulados por la simpatía y el “punto de vista general”: la razón coordina medios, pero no genera fines.

Así, virtudes como la benevolencia y la justicia se validan por su utilidad pública y estabilidad social; y la “artificialidad” de la justicia y de las promesas señala su carácter institucional, no su arbitrariedad: son convenciones necesarias bajo condiciones de escasez e interés limitado.

En política, su escepticismo anti-utópico converge con un programa institucionalista: gobierno limitado, primacía del rule of law, comercio como escuela de civilidad, libertad civil y tolerancia religiosa como contrapesos al faccionalismo.

El criterio último es la utilidad pública evaluada a largo plazo, no la pureza ideológica. Al integrar su empirismo con una teoría de las virtudes sociales y de las convenciones, Hume ofrece una arquitectura normativa sobria: conocer con modestia, sentir con humanidad educada, y gobernar con prudencia incremental, favoreciendo reglas estables que permiten florecer a individuos y comunidades.4. Empirismo y crítica del conocimiento

Hume retoma el proyecto empirista de Locke y lo radicaliza: todo contenido mental procede de impresiones sensibles; las ideas complejas se componen por asociación (semejanza, contigüidad, causa-efecto).

La causalidad no es intuida ni demostrada, sino inferida por costumbre a partir de la conjunción constante de eventos; no hay “nexo necesario” accesible a la razón. De aquí surge un escepticismo mitigado: debemos confiar pragmáticamente en la costumbre para la vida y la ciencia, aunque sin pretender justificación racional última.

Este giro inaugura la problemática moderna de la inducción e impulsa, paradójicamente, una metodología científica más modesta y experimental. (Hume, 1748/2008; Beauchamp & Rosenberg, 1981. pp. 34–59; 91–114).2, 9

Asimismo, su análisis del yo como “haz” de percepciones cuestiona la sustancialidad del sujeto y abre interrogantes para la antropología filosófica y la teología sobre identidad personal, memoria y responsabilidad, campos en los que la práctica social y la narratividad suplen la metafísica fuerte. (Hume, 1739/2000; Baier, 1991. pp. 1.4.6; 95–112).1, 5

5. Su escepticismo moral y ética basada en los sentimientos

Hume distingue entre el ámbito cognitivo y el motivacional: el juicio moral expresa un “sentimiento” de aprobación o desaprobación que emerge de la simpatía y de la percepción de utilidad o agrado para los agentes y espectadores.

No se reduce a egoísmo ni a relativismo puro: la perspectiva del “espectador informado” y el punto de vista general corrigen sesgos locales y estabilizan los juicios.

Las virtudes de benevolencia, justicia, fidelidad y veracidad se justifican por su contribución al florecimiento social; la razón, aunque no origina fines, sí calcula medios y organiza las pasiones.

La justicia es “artificial” en el sentido de institución social necesaria ante la escasez y el interés limitado, no por ser arbitraria. (Hume, 1751/2011; Cohon, 2008. pp. 9–27; 63–102). 3, 7

Su famosa tesis “la razón es, y debe ser, esclava de las pasiones” subraya que la motivación moral es afectiva; sin embargo, Hume demanda educación del gusto, ampliación de la simpatía y hábito cívico, articulando una ética de virtudes sociales compatible con políticas de cooperación y estabilidad. (Hume, 1739/2000; Herdt, 2015. pp. 2.3.3; 51–74).1, 8

6. En política: comercio, constitución y escepticismo anti-utópico

En los Ensayos políticos, Hume defiende el comercio como escuela de libertad y urbanidad, las instituciones mixtas como resguardo contra la tiranía, y la tolerancia religiosa como requisito de paz civil.

Rechaza soluciones maximalistas y privilegia la prudencia incremental. Su teoría de las convenciones (propiedad, promesa, obediencia) anticipa ideas del contrato social sin mitologías fundacionales; la autoridad se legitima por la utilidad pública y el consenso tácito. (Hume, 1752/1994; Miller, 2015. pp. 87–118; 203–229).4, 10

7. En religión: milagros y teología natural a prueba

Hume formula un cálculo de probabilidades del testimonio: ningún informe de milagro ha alcanzado la credibilidad que supere el peso de la experiencia uniforme de las leyes de la naturaleza; a esto suma sesgos de credulidad, pasión y sectarismo.

En los Diálogos sobre la religión natural, debilita el argumento del diseño mostrando sus analogías imperfectas y la subdeterminación de la causa por el efecto. Para la teología, esto implica replantear el conocimiento de Dios no como inferencia natural concluyente, sino como acto de fe razonable dentro de una economía de signos, comunidad y praxis. (Hume, 1748/2008; Hume, 1779/2007. pp. 109–131; 45–83).2, 11

8. Su impacto en la ética y la política contemporáneas

El sentimentalismo de Hume nutre tres corrientes metaéticas contemporáneas: el expresivismo (los juicios morales expresan actitudes normativas), el constructivismo procedimental (las normas se legitiman desde el punto de vista general y prácticas de justificación compartidas) y un realismo sobrio sobre las virtudes sociales (las cualidades que sostienen cooperación y confianza son detectables en la experiencia común).

Su célebre distinción entre ser y deber-ser no niega la normatividad, sino que exige puentes justificativos explícitos: pasar de hechos a valores requiere mostrar cómo ciertos patrones de vida activan simpatías informadas y promueven el bien común, evitando deducciones encubiertas. (Hume, 1739/2000; Gibbard, 1990. pp. 3.1.1; 23–40).1,12

En epistemología, la “crisis” de la inducción se transforma en programa: habituarnos a ponderar evidencias y actualizar creencias por grados. De ahí su afinidad con el pragmatismo de Peirce y James y, más tarde, con enfoques bayesianos que formalizan el aprendizaje por experiencia.

Los “hábitos epistémicos” humeanos —expectativas estabilizadas por la repetición— se vuelven virtudes cognitivas: humildad ante la incertidumbre, sensibilidad a la evidencia contraria y preferencia por explicaciones parsimoniosas que resisten la prueba del tiempo. (Beauchamp & Rosenberg, 1981. pp. 115–139).9.

En teoría política y religión pública, su escepticismo anti-utópico favorece instituciones que evolucionan gradualmente, reglas claras y controles a la facción; por eso dialoga tanto con el liberalismo de reglas (Rawls) como con el evolucionismo institucional (Hayek).

El criterio de evaluación es la utilidad pública a largo plazo: estabilidad, libertad civil, comercio y tolerancia. En clave teológica, su crítica a milagros y supersticiones no clausura la fe, sino que la reorienta hacia el discernimiento comunitario, la coherencia moral y la credibilidad del testimonio cotidiano, integrando diálogo con la ciencia y responsabilidad social de las comunidades de fe. (Miller, 2015; Herdt, 2015. pp. 231–260; 145–172).10,8

Conclusiones.

En conclusión, una recepción madura de Hume invita a todas las personas del siglo XXI a unir humildad intelectual, formación afectiva y solidez institucional al servicio del bien común.

Primero, creo que el discernimiento prudencial reconoce los límites del conocimiento y fortalece la fe al distinguir con rigor entre testimonio fiable y rumor, inmunizando a la comunidad contra credulidades y conspiracionismos (Hume, 1748/2008. p. 129).2

Segundo, creo que la educación de los afectos —simpatía, misericordia y veracidad— sostiene motivaciones morales estables y promueve una justicia restaurativa arraigada en hábitos virtuosos más que en entusiasmos pasajeros (Hume, 1751/2011. pp. 171–189).3

Tercero, la credibilidad eclesial se forja en instituciones con reglas claras, transparencia y mecanismos eficaces de corrección, capaces de reparar, proteger y cuidar a las víctimas, incrementando así la confianza pública mediante prácticas repetidas y verificables de justicia (Hume, 1752/1994. pp. 95–112).4

Cuarto, frente a la polarización, la tolerancia activa y el diálogo cooperativo con actores civiles priorizan la paz y la dignidad de los vulnerables, desactivando faccionalismos y construyendo bienes comunes duraderos (Miller, 2015. pp. 241–258).10

Finalmente, el testimonio creíble brota de la constancia en lo ordinario: signos cotidianos de caridad, coherencia y responsabilidad poseen una fuerza evangélica y pública más persuasiva que lo extraordinario, haciendo visible una fe que se verifica en la práctica y en el tiempo (Herdt, 2015. pp. 169–172).8

Referencias bibliográficas

[1] Hume, D. (2000). A Treatise of Human Nature (D. F. Norton & M. J. Norton, Eds.). Oxford University Press. (Trabajo original publicado 1739–1740).

[2] Hume, D. (2008). An Enquiry concerning Human Understanding (T. L. Beauchamp, Ed.). Oxford University Press. (Trabajo original publicado 1748).

[3] Hume, D. (2011). An Enquiry concerning the Principles of Morals (T. L. Beauchamp, Ed.). Oxford University Press. (Trabajo original publicado 1751).

[4] Hume, D. (1994). Political Essays (K. Haakonssen, Ed.). Cambridge University Press. (Ensayos originalmente publicados 1752).

[5] Baier, A. (1991). A Progress of Sentiments: Reflections on Hume’s Treatise. Harvard University Press.

[6] Harris, J. A. (2015). Hume: An Intellectual Biography. Cambridge University Press.

[7] Cohon, R. (2008). Hume’s Morality: Feeling and Fabrication. Oxford University Press.

[8] Herdt, J. A. (2015). Forming Humanity: Redeeming the German Bildung Tradition. University of Chicago Press.

[9] Beauchamp, T. L., & Rosenberg, A. (1981). Hume and the Problem of Causation. Oxford University Press.

[10] Miller, D. (2015). Justice for Earthlings: Essays in Political Philosophy. Cambridge University Press.

[11] Hume, D. (2007). Dialogues concerning Natural Religion (R. H. Popkin, Ed.). Hackett. (Trabajo original publicado 1779).

[12] Gibbard, A. (1990). Wise Choices, Apt Feelings: A Theory of Normative Judgment. Harvard University Press.

ADAN SMITH: FILOSOFÍA MORAL, ECONOMÍA POLÍTICA Y PROYECCIONES PARA LA ÉTICA CONTEMPORÁNEA

 


Por: Rev. Pbro. Manning Maxie Suárez +
Docente Universitario
Email: manningsuarez@gmail.com     
Orcid: https://orcid.org/0000-0003-2740-5748           
Google Académico:
https://scholar.google.es/citations?hl=es&pli=1&user=uDe1ZEsAAAAJ

RESUMEN

Este ensayo presenta una lectura integrada de Adam Smith como filósofo moral y economista político, evitando la fractura interpretativa entre La teoría de los sentimientos morales y La riqueza de las naciones. Se reconstruyen su biografía intelectual, su formación académica y política, y sus posturas filosóficas centrales —simpatía, espectador imparcial, virtud de la prudencia, justicia conminatoria y beneficencia—, así como su concepción económica de la libertad comercial y la división del trabajo. Se evalúa críticamente su tesis sobre la vinculación entre bien/placer y mal/dolor dentro de una teoría sentimentalista matizada por criterios de imparcialidad, y se delimita su impacto en la ética y la política contemporáneas, con aplicaciones prácticas para comunidades eclesiales del siglo XXI en materia de justicia social, economía solidaria y discernimiento moral prudencial. La metodología es hermenéutica–crítica, con análisis textual de fuentes primarias y diálogo con la mejor bibliografía académica reciente. Se concluye que Smith ofrece un marco robusto para articular virtud, instituciones y mercados al servicio del bien común, si se leen sus obras en unidad y con correcciones teológicas sobre el amor, la misericordia y la dignidad humana

PALABRAS CLAVES: Adam Smith; teoría de los sentimientos morales; espectador imparcial; simpatía; justicia; economía política; libertad comercial; virtud; ética cristiana; bien común

ABSTRACT

This essay presents an integrated reading of Adam Smith as a moral philosopher and political economist, bridging The Theory of Moral Sentiments and The Wealth of Nations. It reconstructs his intellectual biography, academic and political formation, and central philosophical positions—sympathy, the impartial spectator, prudence, commutative justice, and beneficence—alongside his economic views on free trade and the division of labor. It critically evaluates his link between good/pleasure and evil/pain within a refined sentimentalist framework guided by impartiality, and assesses his impact on contemporary ethics and politics, with practical applications for twenty-first-century church communities on social justice, solidarity economy, and prudential moral discernment. The methodology is hermeneutic–critical, combining textual analysis of primary sources with dialogue with current scholarship. Smith’s framework coherently connects virtue, institutions, and markets to the common good when his works are read together and complemented by theological insights on charity and human dignity

KEYWORDS: Adam Smith; moral sentiments; impartial spectator; sympathy; justice; political economy; free trade; virtue; Christian ethics; common good

METODOLOGÍA

Se aplica un enfoque hermenéutico–crítico con análisis textual de fuentes primarias (TMS, WN) y cotejo de ediciones académicas.

Se realiza una revisión sistemática de literatura indexada (Scopus, Google Scholar, Dialnet, Latindex) y de estudios de filosofía moral y economía política.

Se desarrolla una evaluación conceptual comparada entre categorías smithianas y categorías clásicas de ética cristiana (virtudes, bien común, justicia), con criterio de coherencia interna y pertinencia práctica

OBJETIVO GENERAL

Articular una interpretación integral de Adam Smith que muestre la unidad entre su filosofía moral y su economía política, valorando su relevancia normativa para la ética y la política contemporáneas y para la praxis eclesial

OBJETIVOS ESPECÍFICOS

1.    Describir su formación académica y política y su contexto ilustrado escocés.

2.    Exponer sus tesis centrales: simpatía, espectador imparcial, virtudes, justicia y beneficencia; división del trabajo, libertad comercial, rol del Estado.

3.    Analizar la tesis bien/placer y mal/dolor en su arquitectura sentimentalista.

4.    Valorar su recepción e impacto en ética y política contemporáneas.

5.    Proponer aplicaciones prácticas para comunidades eclesiales en el siglo XXI

CONTENIDO

¿QUIÉN FUE ADAM SMITH?

Adam Smith (1723–1790), filósofo moral escocesa de la Ilustración, fue profesor en la Universidad de Glasgow y comisario de aduanas en Edimburgo. Es célebre por dos obras mayores: The Theory of Moral Sentiments (1759, con ediciones ampliadas hasta 1790) y An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations (1776).

Su influencia fundacional en la economía moderna coexiste con su pertenencia a la tradición de filosofía moral británica del sentimiento, junto a Hutcheson y Hume.

Su proyecto intelectual buscó explicar cómo agentes ordinarios, movidos por intereses propios y por sentimientos morales, coordinan acciones en mercados e instituciones bajo reglas de justicia y virtudes de prudencia y beneficencia (Smith, 1759/1790, pp. 1–7).1; Cf. (Smith, 1776, I.ii).2

FORMACIÓN ACADÉMICA Y POLÍTICA

Smith estudió en Glasgow con Francis Hutcheson, absorbiendo el énfasis en el sentido moral, y en Oxford, donde criticó la decadencia pedagógica.

Fue catedrático de Lógica y luego de Filosofía Moral en Glasgow, dictando cursos sobre jurisprudencia, política comercial y ética. Acompañó al duque de Buccleuch por Francia y conoció a Quesnay y Turgot, incorporando ideas fisiocráticas sobre el orden natural.

Políticamente, defendió instituciones de libertad, división de poderes, justicia imparcial y limitación de privilegios corporativos, aunque asignó al Estado funciones claves: defensa, justicia, obras públicas, educación básica y regulación prudente de monopolios y externalidades (Smith, 1759/1790, pp. 338–352).1; Cf. (Smith, 1776, V.i.f).2; (Tribe, 2008, pp. 27–44).7

POSTURAS FILOSÓFICAS Y POLÍTICAS MÁS IMPORTANTES

La arquitectura moral de Smith se sostiene en la simpatía y en la figura regulativa del “espectador imparcial”. La simpatía no es mera emoción contagiosa: es una imaginación normativa que calibra la “propiedad” de las pasiones en relación con su objeto y circunstancia; por eso, la aprobación moral no depende de mi interés, sino de si un observador interno, descentrado y ecuánime, consideraría proporcionada la emoción y la acción resultante.

Esta mediación evita el relativismo (porque el juicio se disciplina por reglas y hábitos compartidos) y también el racionalismo abstracto (porque el acceso al bien se da a través de la experiencia afectiva encarnada). De ahí que el mérito y la culpa se midan por intención, consecuencias y adecuación de la pasión, bajo la mirada de ese tercero interior que interioriza prácticas sociales de imparcialidad (Smith, 1759/1790, pp. 9–20; 110–120).1

En coherencia, la constelación de virtudes en Smith articula autogobierno y orden institucional: la prudencia gobierna el yo y armoniza aspiraciones; la justicia, estricta y “conminatoria”, impone deberes negativos (no dañar, reparar) sin depender de benevolencia; y la beneficencia, no exigible por coerción, nutre el tejido social con gratuidad.

La justicia funciona como andamiaje: sin reglas de no agresión, propiedad y contrato, la beneficencia es frágil y el mercado se degrada en privilegio o expolio.

Esta estructura se refleja en su economía política: la división del trabajo incrementa productividad y los precios transmiten información dispersa, pero solo bajo límites que contengan monopolios, rentas y connivencias mercantilistas.

Por eso, la “mano invisible” no es teología civil del mercado, sino una descripción contextual de coordinaciones que presuponen reglas justas y aplicación imparcial de la ley (Smith, 1759/1790, pp. 269–279).1; (Smith, 1776, I.i; IV.ii; V.i).2; cf. (Berry, 2018, pp. 88–104).5

Finalmente, Smith inserta la cuestión social en el corazón de la libertad comercial: salarios suficientes para “no avergonzarse de aparecer en público”, educación popular como bien cuasi-público y políticas que mitiguen la “estrechez de miras” producida por labores hiperespecializadas.

Reconoce que el mismo mecanismo que eleva la riqueza puede empobrecer la vida moral si no se acompaña de formación cívica y saber básico para todos; de ahí su defensa de financiamiento mixto y de intervenciones selectivas del Estado en obras públicas, escolarización elemental y regulación antimonopólica.

La dignidad del trabajador, la ampliación de capacidades y la tutela de la competencia no son añadidos filantrópicos, sino condiciones morales e institucionales de mercados decentes y ciudadanos prudentes (Smith, 1776, V.i.f.50–61).2; cf. (Hanley, 2009, pp. 143–165).6

BIEN/PLACER Y MAL/DOLOR EN SMITH: ALCANCE Y LÍMITES

Si bien Smith reconoce la estrecha conexión entre la satisfacción afectiva y la aprobación moral, no reduce lo bueno a lo placentero. Para él, aprobamos la pasión “apropiada” a su objeto e intensidad, medida por el espectador imparcial; la “conveniencia” (propriety) y el “mérito” no se identifican con hedonismo, sino con proporción, intención y efectos bajo reglas de justicia.

El dolor puede ser moralmente valioso si se asocia a penitencia justa; el placer puede ser reprobable si proviene de crueldad o lujo corruptor. La simpatía informa, pero la justicia limita y la prudencia ordena los deseos.

Así, la tesis bien/placer-mal/dolor en Smith debe leerse como descripción psicológica de la experiencia moral, no como criterio último normativo.

La medida normativa es la mirada del espectador imparcial cultivado por la virtud y por instituciones que estabilizan expectativas (Smith, 1759/1790, pp. 12–16; 171–189; 270–279).1; (Griswold, 1999, pp. 114–138).3

En términos teológico-cristianos, esta concepción es compatible con una ética de las virtudes y del bien común, siempre que el amor (agapé) y la dignidad de toda persona limiten tanto preferencias egoístas como complacencias colectivas (Sen, 2011, pp. 75–99).4

IMPACTO EN ÉTICA Y POLÍTICA CONTEMPORÁNEAS

Ética económica: Smith inspira aproximaciones institucionalistas que ligan virtudes y reglas, precursor de debates sobre “economía civil” y “capitalismo moral”, influyendo en teorías de justicia de mercado y responsabilidad corporativa.

Su idea de justicia conminatoria se refleja en enfoques que separan deberes negativos estrictos (no dañar) de deberes positivos supererogatorios (beneficencia) (Berry, 2018, pp. 120–139).5

Teoría política: su crítica al mercantilismo y al privilegio corporativo informa políticas de competencia, comercio y regulación antimonopolio. El rol del Estado en educación y bienes públicos anticipa consensos contemporáneos sobre capacidades y oportunidades, convergente con el enfoque de capacidades de Amartya Sen y Martha Nussbaum (Sen, 2011, pp. 120–156).4

Filosofía moral: la figura del espectador imparcial ha dialogado con contractualismo y con psicología moral contemporánea (razón dual, empatía, normas sociales), y con debates sobre el paternalismo libertario y arquitectura de elección (Hanley, 2009, pp. 201–223).6; (Fleischacker, 2004, pp. 3–21).8

Desarrollo y pobreza: Smith subraya la dignidad del trabajador, el salario justo y la educación como bienes públicos, temas retomados por políticas de desarrollo inclusivo y economía social (Smith, 1776, I.viii) [2]; (Berry, 2018, pp. 140–168).5.

APLICACIONES PARA COMUNIDADES DEL SIGLO XXI

El discernimiento prudencial, inspirado en el “espectador imparcial”, ofrece a las comunidades sinodales un método concreto: identificar a los afectados, reconstruir los hechos con máxima transparencia, y someter las propuestas a una “prueba de desinterés” que mida proporcionalidad, intención y previsibles efectos colaterales.

La moderación de pasiones no busca neutralizar afectos, sino calibrarlos con criterios de propiedad moral y justicia restaurativa: escuchar al ofendido, invitar a la reparación del ofensor y graduar las sanciones según mérito y circunstancias, evitando tanto el encubrimiento como el linchamiento moral.

De este modo, los procesos parroquiales adquieren estabilidad normativa y credibilidad pública, pues articulan compasión, verdad y reglas imparciales (Smith, 1759/1790, pp. 110–126).1

Sobre el tema de la justicia y la caridad, la distinción smithiana entre deberes estrictos y virtudes supererogatorias ayuda a ordenar la acción eclesial: primero, garantizar lo no negociable —no dañar, prevenir abusos, reparar— mediante protocolos, auditorías, canales de denuncia seguros y reparación material y simbólica a las víctimas; después, organizar la beneficencia en clave de desarrollo humano —caritas profesionalizada, economía solidaria, microfinanzas parroquiales, fondos rotatorios— para ampliar capacidades sin clientelismo.

Esta secuencia protege el núcleo moral del testimonio cristiano: sin justicia conminatoria no hay confianza; sin caridad institucionalizada no hay tejido social que sane y eleve.

La evaluación debe seguir métricas dobles: cumplimiento de deberes negativos y adicionalidad social lograda por las obras de misericordia (Smith, 1759/1790, pp. 269–279).1

En economía con propósito, educación moral afectiva e incidencia pública, la Iglesia local puede traducir principios en dispositivos concretos.

Económicamente: incubadoras parroquiales con gobernanza mixta, compras públicas y solidarias, cláusulas antimonopolio en convenios, y formación financiera–técnica como bien público local para emprendedores vulnerables; éxito se mide por productividad y por inclusión efectiva.

En lo formativo: itinerarios de acompañamiento que articulen examen de conciencia, alfabetización emocional y práctica del “espectador imparcial” teologal para evitar rigorismos y permisivismos.

En la esfera pública: abogar por marcos regulatorios procompetencia, salarios dignos y acceso universal a educación y salud, convergiendo con la doctrina social cristiana y el enfoque de capacidades, para que el crecimiento se traduzca en libertad sustantiva de los pobres (Smith, 1776, V.i.f).2; (Griswold, 1999, pp. 302–317).3; (Sen, 2011, pp. 156–188).4

CONCLUSIONES

La obra de Adam Smith constituye un proyecto unitario que integra antropología moral e institucionalidad económica: los sentimientos morales —estructurados por la simpatía y la mirada del espectador imparcial— solo fructifican en el bien común cuando se encarnan en reglas de justicia y virtudes cívicas; a su vez, los mercados solo coordinan de modo socialmente valioso cuando reposan sobre ese humus ético-jurídico.

Esta lectura integrada disipa el falso dilema entre economicismo y sentimentalismo: ni basta la eficiencia agregada sin virtud y legalidad, ni alcanza la buena intención afectiva si es ciega a incentivos, información y límites del poder.

En esta clave, TMS y WN se iluminan mutuamente: la primera aporta la normatividad de la virtud y la justicia; la segunda, la arquitectura institucional que hace operativa esa normatividad en contextos de cooperación ampliada (Smith, 1759/1790, pp. 316–341).1; Cf. (Smith, 1776, IV.ii).2

En el plano normativo, placer y dolor funcionan como indicadores fenomenológicos, no como criterios últimos del bien. El juicio moral exige la aprobación de un espectador imparcial cultivado por hábitos de virtud y sostenido por instituciones justas; así, deseos y aversiones se ordenan según la propiedad de las pasiones, la intención y los efectos bajo reglas de justicia.

Esta métrica es convergente con una ética cristiana que armoniza caridad y justicia: la primera como forma del amor que excede lo exigible; la segunda como dique que protege a los vulnerables y posibilita la vida virtuosa en común.

De ahí que el discernimiento moral requiera tanto formación del carácter como diseño institucional, evitando hedonismos morales y perfeccionismos desencarnados (Griswold, 1999, pp. 114–138).3

En términos de política prudente, la libertad económica debe acompañarse de reglas antimonopólicas, tutela efectiva de la competencia, provisión de bienes públicos y una justicia conminatoria que sancione el daño y repare a las víctimas; esta combinación orienta agendas contemporáneas pro-competencia y pro-inclusión, donde el éxito se mide por productividad y ampliación de capacidades, no solo por renta agregada.

El horizonte que se perfila es tripartito: virtudes personales, reglas impersonales y fines trascendentes. Smith ayuda a articular los dos primeros, mientras que la tradición cristiana ofrece el telos que integra y corrige los medios. Juntos, conforman un marco fecundo para el siglo XXI: economías decentes, instituciones fiables y comunidades capaces de discernir, amar y hacer justicia en un mundo plural y vulnerable (Berry, 2018, pp. 120–168).5; Cf. (Hanley, 2009, pp. 221–235).6

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

[1] Smith, A. (1790). The Theory of Moral Sentiments (6th ed.). Ed. D. D. Raphael & A. L. Macfie, Glasgow Edition. Oxford: Clarendon Press. pp. 1–352.

[2] Smith, A. (1776). An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. Ed. R. H. Campbell & A. S. Skinner, Glasgow Edition. Oxford: Clarendon Press. Books I–V, esp. I.i–ii; I.viii; IV.ii; V.i.f.

[3] Griswold, C. L. (1999). Adam Smith and the Virtues of Enlightenment. Cambridge: Cambridge University Press. pp. 7–25; 114–138; 302–317.

[4] Sen, A. (2011). The Idea of Justice. Cambridge, MA: Harvard University Press. pp. 35–66; 75–99; 120–188.

[5] Berry, C. (2018). Adam Smith: A Very Short Introduction. Oxford: Oxford University Press. pp. 1–5; 88–168.

[6] Hanley, R. P. (2009). Adam Smith and the Character of Virtue. Cambridge: Cambridge University Press. pp. 1–9; 143–165; 201–235.

[7] Tribe, K. (2008). Adam Smith: Critical Theorist? Journal of Classical Sociology, 8(2), 147–162. doi:10.1177/1468795X08088645. pp. 27–44.

[8] Fleischacker, S. (2004). On Adam Smith’s Wealth of Nations: A Philosophical Companion. Princeton: Princeton University Press. pp. 3–21.