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La pandemia nos recuerda nuestra interdependencia con Nicaragua

Carlos Sandoval García / Karina Fonseca Vindas

Envio.org.ni / julio 2020

Con la pandemia ha cobrado fuerza la xenofobia. Sin embargo, la responsabilidad por la propagación del virus no debe pesar sobre las espaldas de los nicaragüenses que viven y trabajan entre nosotros. Los responsables van desde un Ortega inoperante hasta los empresarios de agronegocios en Costa Rica. Hoy más que nunca es tiempo de reconocer que la sociedad costarricense y la nicaragüense son profundamente interdependientes. Por la historia y la geografía. Y también por la demografía, la economía y la cultura.

La investigación y el debate sobre las migraciones internacionales se interesan más en la migración sur-norte que en la migración sur-sur, más todavía si las personas migrantes llegan a Estados Unidos y a la Unión Europea. Sin embargo, las migraciones en el sur global son casi el 45% de toda la migración internacional y en esas rutas las personas son más vulnerables y corren mayores riesgos.

Costa Rica es uno de los destinos más frecuentes en la migración sur-sur en América Latina, sólo superado por los países a donde llegan masivos contingentes de personas venezolanas, colombianas y haitianas. Las personas nicaragüenses tienen un lugar central en la realidad y en el imaginario de la sociedad costarricense. Hoy, en tiempos de pandemia, la relación histórica entre dos países que comparten más de 300 kilómetros de frontera tiene nuevos matices.

NICARAGÜENSES PRESENTES

De acuerdo con el censo de 2011, la población inmigrante en Costa Rica representa un 9% del total de la población total de nuestro país. Un 76.4% de la población inmigrante nació en Nicaragua. Se concentra en la zona norte, frontera con Nicaragua, y en áreas centrales del país. La mayoría tiene entre 15-49 años, por tanto, en edad de trabajar. Hay sectores de la economía costarricense, como la agricultura de exportación, la construcción, la seguridad y el trabajo doméstico, que dependen en gran medida de hombres y mujeres nicaragüenses.

MILES DE SOLICITUDES DE REFUGIO

La crisis política, económica y social desencadenada en Nicaragua a partir de abril de 2018 ha forzado a miles de nicaragüenses a dejar su país. La mayoría de estos exiliados llegó a Costa Rica. Desde ese abril y hasta febrero de 2020 se registraron en nuestro país y ante la Dirección General de Migración y Extranjería, 74,056 solicitudes de refugio, lo que ha significado un enorme desafío para la institucionalidad tica y para todas las organizaciones y organismos responsables de atender a estas personas.

Las cifras exactas son difíciles de estimar. No todas las personas solicitantes de refugio en la coyuntura de la represión orteguista ingresaron al país recientemente. Las hay que ya estaban en Costa Rica, pero durante años no habían logrado acceder a alguna modalidad de regularización. También están las que no salieron de Nicaragua por la crisis política.

Lo que sí es indiscutible es que, después de abril de 2018, la sociedad y el Estado nicaragüense ya no son los de antes de esa fecha. Cuáles podrían ser los desenlaces de la crisis política en Nicaragua no son fáciles de prever a dos años del inicio de las protestas, mucho menos ahora, con la crisis sanitaria mundial a la que el régimen Ortega-Murillo ha respondido con tanta irresponsabilidad y cuando es difícil entender qué pretenden provocando el contagio y negando la gravedad de la pandemia.

Más allá de sus fronteras, Nicaragua empieza a ser vista como epicentro de la pandemia en Centroamérica. Y en Costa Rica cobra fuerza la xenofobia. Sin embargo, la actual crisis pone de manifiesto que estamos más unidos de lo que pensábamos, en términos geográficos e históricos, económicos y, sin duda, familiares.

REFUGIADOS, EXILIADOS, MIGRANTES

La crisis política en Nicaragua ilustra cuán borrosa, y a veces problemática, puede ser la distinción entre “refugiado” y “migrante”. Y pone de relieve los retos que existen en los esfuerzos organizativos de las personas solicitantes de refugio en Costa Rica -desplazadas por el régimen orteguista- y los migrantes nicas de más larga data. Fortalecer los vínculos entre unos y otros es un desafío no siempre exitoso.

Más de 350 mil nicaragüenses han migrado a Costa Rica en las últimas décadas por falta de trabajo y de condiciones dignas para vivir. Es una migración también forzada, pero diferente a la de quienes han buscado refugio huyendo de la represión política. Y aunque todos pertenecen al mismo pueblo, que demanda democracia, derechos y oportunidades en su país, los migrantes laborales ven a veces con sospecha a sus compatriotas refugiados, intuyendo que tienen ventajas para recibir apoyo de organizaciones humanitarias y organismos internacionales, o mejor atención en los servicios migratorios o en los beneficios que el Estado costarricense brinda a quienes son solicitantes de refugio o ya fueron reconocidos como tales.

Superar la dicotomía entre refugiados / exiliados y migrantes nicaragüenses en Costa Rica resulta crucial para forjar proyectos políticos más inclusivos en Nicaragua. Como será de suma importancia en las elecciones que tienen que celebrarse en Nicaragua en noviembre de 2021 que la oposición a Ortega consiga que la legislación electoral nicaragüense incluya el derecho al voto de los nicaragüenses en el extranjero.

LA MIGRACIÓN FORZADA NO ES DE AHORA

La migración nicaragüense a Costa Rica es histórica. La lucha contra la dictadura de Somoza, derrocada en 1979, el conflicto armado de los años 80 entre el gobierno sandinista y los grupos contrarrevolucionarios, las políticas neoliberales puestas en marcha por el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro y mantenidas desde entonces, y no se diga la devastación que produjo el huracán Mitch, han obligado a miles de nicaragüenses a dejar su país. Durante la década de la guerra de los años 80, hubo una importante migración de nicaragüenses hacia Estados Unidos, pero buena proporción vino a Costa Rica.

Estos flujos migratorios constantes han dejado en nuestro país una generación, muy poco conocida y reconocida, de niños, niñas y jóvenes costarricenses, hijos e hijas de padres o madres nicaragüenses, quienes usualmente no reivindican sus antecedentes familiares o incluso los ocultan.

También es poco conocida o reconocida la existencia de familias binacionales, en donde uno de los padres o madres es nicaragüense. Estimaciones realizadas a partir de datos disponibles en el Instituto de Estadística y Censos muestran que un 17% de los nacimientos ocurridos en Costa Rica en 2018 fueron de madre o padre nicaragüense, y un 3.98 % nacieron de padre y madre nicaragüenses.

Las familias mixtas representan una cantidad considerable, que generalmente pasa desapercibida, tanto en Costa Rica como en Nicaragua.

UN PAÍS EN TRANSICIÓN DEMOGRÁFICA

La llegada de migrantes a Costa Rica coincide con la transición demográfica que experimenta nuestra sociedad. En la actualidad, Costa Rica es el país con la tasa de natalidad más baja de América Latina y con una esperanza de vida que alcanza los 80 años, ligeramente superior a la de Estados Unidos.

La tasa global de fecundidad pasó de 1.84 en 2012 a 1.67 en 2017. La proporción de personas adultas mayores alcanzará el 20% de la población total en el año 2040, una transición que en países de la Europa mediterránea tomó mucho más tiempo. Esta drástica transición demográfica no parece asumirse aún en el imaginario colectivo de la sociedad costarricense, aunque en el mediano plazo tendrá repercusiones en términos de empleo, pensiones y provisión de salud, entre otros. El tema es importante, pero no se reconoce aún fuera de algunos círculos especializados.

EL PESO ECONÓMICO DE LOS NICARAGÜENSES

Se estima que un 11% del PIB de Costa Rica lo producen nicaragüenses residentes en nuestro país. Las remesas que las personas nicaragüenses que trabajan en Costa Rica envían a sus familias en Nicaragua son vitales para la economía nicaragüense: se estima que en 2017 fueron equivalentes a un 27% del valor de las exportaciones nicas y que en 2019 representaron el 14% del PIB nicaragüense.

Sin embargo, como sucede en tantos otros países, la migración internacional, en este caso la nicaragüense, suele asociarse en Costa Rica al deterioro de los servicios públicos: salud, educación o vivienda. Hasta hace pocos años, también se vinculaba a la inseguridad. En la actualidad la violencia criminal en nuestro país está relacionada más con las disputas territoriales por la venta de sustancias ilícitas entre grupos integrados en su mayoría por costarricenses y, por eso, este prejuicio ha cedido terreno.

NUESTRA SINGULARIDAD ANTE LA PANDEMIA

A finales de junio de 2020 a Costa Rica le tocó enfrentar una segunda ola de la pandemia. A pesar de esto, la tasa de letalidad del Covid-19 en nuestro país era para esas fechas de 0.5% y la de mortalidad de 2.4%, sólo superadas por las tasas de Singapur.

El acceso universal a la salud pública -entre el 90-95% de cobertura para atención médica-, el acceso a agua potable por tubería pública para más de un 90% de la población y el liderazgo de las universidades públicas puestas al servicio del Ministerio de Salud son algunos de los factores que explican tan buenos indicadores. Otros, sin duda, son la capacidad de generar articulaciones oportunas entre ministerios e instituciones prioritarias y el muy alto nivel de confianza de la ciudadanía costarricense en la información oficial y en el manejo que han hecho las autoridades de la crisis sanitaria.

Si hay una institución pública que causa admiración a propios y extraños, es la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS). Hoy más que nunca se aprecia su importancia central. Muy golpeada por desfinanciamientos, acciones privatizadoras, corrupción y el declive en la recaudación, no deja de ser una de las instituciones más fuertes y consolidadas del país.

En la capacidad de responder adecuadamente a la pandemia ha estado el disponer del equipo de protección necesario para todo el personal de salud y la habilitación en tiempo récord de un hospital especializado para pacientes de Covid-19, que antes era un hospital de rehabilitación por traumas.

La rigurosa gestión de la pandemia ha permitido que los hospitales nacionales no se hayan saturado: a finales de junio de 2020 en cada hospital nacional había 30 personas internadas y 5 en las unidades de cuidados intensivos.

 LO QUE NOS LLENA DE ORGULLO

Varias innovaciones llenan de orgullo a nuestro país en esta crisis sanitaria. La posibilidad de que el Instituto Clodomiro Picado, de la Universidad de Costa Rica (UCR), produzca un tratamiento para pacientes graves, tomando como base el plasma de pacientes convalecientes y recuperados. La creación en la UCR del primer ventilador no invasivo con aislamiento incorporado para tratar pacientes positivos. Y la secuenciación del genoma del virus que circula en Costa Rica.

Todo esto revela una institucionalidad sólida y profesionales con capacidad de responder adecuadamente a la pandemia. Sin lugar a dudas, la inversión que a largo plazo ha hecho el país en instalaciones de salud pública es el secreto de la muy buena respuesta costarricense a la emergencia.

También hay que destacar otros aspectos institucionales en la acertada gestión técnica, especializada y oportuna de la pandemia. El presidente Carlos Alvarado no acapara los medios de comunicación como conocedor de la materia o como portavoz de noticias o disposiciones. Ha cedido a las autoridades sanitarias todo el protagonismo y el liderazgo. El ministro de Salud, el presidente de la Caja Costarricense del Seguro Social, el presidente ejecutivo de la Comisión Nacional de Emergencias, el ministro de Seguridad Pública, las ministras de Comercio Exterior, de Planificación y de Trabajo, entre otros, han tenido la mayor presencia mediática en toda esta etapa, destacando la transparencia y la claridad en todas sus comparecencias públicas.

POLÍTICAS SOCIALES ANTE LA PANDEMIA

La política social en respuesta a la pandemia ha sido objeto de escrutinio y crítica. Entre los sectores más afectados en Costa Rica sobresale el turismo, que representa cerca del 8% del PIB. Se calcula que a finales de este año se perderán más de 100 mil empleos en este ramo.

A finales de junio de 2020 se habían perdido ya casi 450 mil empleos en todo el país. Sin duda, hay un importante subregistro por la informalidad laboral en la que se gana la vida mucha gente, entre ellas las personas migrantes.

Entre las medidas de alivio que el gobierno estableció está el “Bono Proteger” que llegó a más de 500 mil personas. Consiste en un apoyo mensual y durante tres meses de 300 dólares aproximadamente por familia. Y el plan de las municipalidades “Con vos podemos”, en el que la Comisión Nacional de Emergencias provee de alimentos y artículos de limpieza a las familias.

Transcurridos los primeros tres meses de la adopción de estas medidas queda la duda de si habrá viabilidad financiera para continuar brindando estos apoyos, que no han llegado, por ejemplo, a todas las personas extranjeras que los necesitaban.

Lamentablemente, hay que resaltar que la pandemia encontró a los gobiernos centroamericanos sin una perspectiva regional y de largo plazo con la que enfrentar juntos y mejor la exclusión estructural, que está en la base de que los sistemas de salud regionales sean o muy precarios o mejores, como lo ha podido ser el nuestro.

EL PAC GOBIERNA DE NUEVO

La crisis de 2018 en Nicaragua coincidió con unas reñidas elecciones generales en Costa Rica, seguidas por un proyecto de ley para una reforma fiscal que generó fuertes tensiones entre muchos sectores de la sociedad tica.

El partido neoconservador de derecha cristiana, Restauración Nacional, ganó la primera ronda en las elecciones, pero no alcanzó la mayoría requerida para hacerse con la victoria. Obtuvo el 25% de los votos y requería el 40%. En la segunda ronda ganó la presidencia para el período 2018-2022, con el 21.7% de los votos, Carlos Alvarado Quesada, candidato del Partido Acción Ciudadana (PAC).

Con Alvarado, el PAC consiguió un segundo mandato, pero sólo obtuvo una pequeña representación parlamentaria (9 de las 57 diputaciones). Si bien Costa Rica se rige por un sistema presidencial, el aumento del número de partidos políticos en la Asamblea Legislativa ha derivado en la práctica en una especie de sistema parlamentario, en el que para legislar y obtener mayoría de votos, las fuerzas políticas deben trabajar arduamente.

EL RETO DE LA REFORMA FISCAL

Alvarado heredó un déficit fiscal de aproximadamente el 5.57% del PIB. El Ejecutivo envió al Legislativo un proyecto de reforma fiscal necesario y siempre pospuesto en los últimos 20 años. Entre las principales propuestas estaba el reemplazo del impuesto a las ventas por el IVA, el aumento del impuesto a empresas y personas de altos ingresos y el control de la evasión fiscal. No todo lo propuesto fue aprobado y quedaron pendientes las políticas necesarias para prevenir la evasión y la elusión fiscal.

Qué tan regresiva o progresiva ha resultado la reforma que se le hizo a la reforma fiscal propuesta ha sido tema de controversia política. El hecho de que el PAC, como partido de gobierno, esté débilmente representado en la Asamblea Legislativa y el que la izquierda haya elegido sólo un diputado, impidió quizás, la aprobación de las políticas destinadas a evitar la evasión fiscal y a incrementar un sistema de impuestos progresivo.

Durante los debates sobre la reforma fiscal algunos sectores de la oposición de derecha y de extrema derecha argumentaron que los ingresos que el gobierno obtendría de la reforma fiscal se utilizarían en beneficios sociales para los nicaragüenses recién llegados. Así, la xenofobia se agregó a la retórica homofóbica, tan recurrida durante la campaña electoral en las redes sociales para retratar al PAC como un partido “permisivo” que apoya el aborto y el matrimonio igualitario, principales preocupaciones de políticos y analistas neoconservadores.

Facebook registra una serie de perfiles de iniciativas de extrema derecha, como Alt Right Costa Rica, que se parece a Steven Bannon y el sitio Breitbat news. Según esta corriente, la homosexualidad y los extranjeros amenazan lo que suponen es la identidad nacional costarricense.

EL RIESGO SANITARIO DE NICARAGUA

En medio de la pandemia, el 27 de mayo el ministro de Salud de Costa Rica, Daniel Salas, afirmó en conferencia de prensa: “El principal riesgo sanitario que enfrenta Costa Rica en este momento con la pandemia del Covid-19 es el alto nivel de circulación del virus que existe en Nicaragua. Existe ese riesgo y lo hemos tratado de abordar lo mejor posible. Ya ustedes saben todo el despliegue que se ha hecho por parte de Seguridad y todo el movimiento sanitario que hemos estado haciendo en las dos fronteras, pero Nicaragua ya fue ubicada por la Organización Mundial de la Salud como un país con transmisión comunitaria riesgo cuatro. Tenemos que cuidar toda la actividad que se hace en nuestra sociedad y seguir los protocolos”.

El tema ya estaba en la agenda de los medios de comunicación y en las redes sociales. A pesar del claro aumento de controles fronterizos en el norte del país para contener el ingreso irregular de nicaragüenses y el muy dudoso manejo de situaciones con personas indocumentadas o solicitantes de refugio que varias organizaciones denunciaron, el gobierno había evitado poner una excesiva atención en el contagio de personas extranjeras.

¿CÓMO DISTINGUIR ENTRE LAS CIFRAS Y LA XENOFOBIA?

Al inicio de la pandemia, estos casos se mantuvieron estables, representando el 6-7% del total. Sin embargo, ya para mediados de junio, el porcentaje había crecido a casi el 25% de los casos y al final del mes esos casos representaron el 40% de los registrados diariamente.

A pesar de la presión ejercida por los medios de comunicación, el ministerio de Salud no desglosa la nacionalidad de los extranjeros contagiados. Sin embargo, existen múltiples narrativas que asocian el aumento de los casos durante el mes mayo a migrantes, especialmente nicaragüenses.

¿Cómo distinguir entre el hecho de que la población extranjera está sobre-representada entre quienes son diagnosticados a nivel nacional, de la evidencia de los casos positivos que se están registrando en mayor número en personas extranjeras, y de la xenofobia? Es éste probablemente uno de los desafíos más apremiantes en esta crisis sanitaria.

LA VORACIDAD DE LOS AGRONEGOCIOS

Poco a poco fue emergiendo un secreto a voces: los agronegocios asociados especialmente a la piña y a la yuca eran responsables de contratar a nicaragüenses sin seguridad social, que vivían en condiciones de hacinamiento, lo que favorecía el incremento de los casos de Covid-19.

Primeramente, fue noticia el ingreso de 69 nicaragüenses en territorio costarricense por un punto no autorizado amontonados en un camión ganadero. Después se reveló que llegaban reclutados por empresas que cultivan piña y que urgen de mano de obra y que los mantienen en condiciones precarias y clandestinas para hacer más rentable su monocultivo.

El ministerio de Salud recordó que las empresas que contraten a inmigrantes indocumentados serían multadas, como lo establece la normativa migratoria. Pero desde la experiencia de las organizaciones que defienden los derechos humanos de trabajadores migrantes, este tipo de sanciones nunca suelen hacerse efectivas. ¿Cambiará algo ahora con la crisis sanitaria?

“ES FÁCIL BUSCAR CULPABLES”

Recogemos las palabras del diputado José María Villalta, del partido Frente Amplio, quien se expresó así en la Asamblea Legislativa al conocerse lo que ocurría con estos trabajadores: “Hay una pandemia que afecta a nuestro país y a la humanidad y que nos ha afectado mucho antes de la llegada del coronavirus. Me refiero a la pandemia del odio, de la discriminación, del racismo y de la xenofobia”.

“Esa pandemia también está azotando a Costa Rica y en estos tiempos de crisis vemos cómo se desata. Tiempos de crisis en los que estamos afectados por un virus microscópico que no podemos ver. Es muy fácil querer buscar culpables en las personas más vulnerables de nuestro país. Y eso es lo que está pasando en Costa Rica hoy, cuando uno escucha por las redes sociales discursos de odio, de xenofobia hacia la población nicaragüense que trabaja en nuestro país. He visto discursos encendidos denunciando el racismo en otros países. Hay que denunciarlos con vehemencia, pero no olvidemos que contra esos discursos de odio tampoco estamos vacunados en Costa Rica”.

“HUYEN DE UN GOBIERNO IRRESPONSABLE”

“La población nicaragüense que viene a trabajar a nuestro país huye de un gobierno irresponsable al que hemos denunciado en este plenario legislativo, un gobierno irresponsable que ha expuesto a su población, que no ha tomado las medidas para enfrentar adecuadamente esta pandemia”.

“La población migrante viene a trabajar a Costa Rica. Y no nos engañemos, ¡no seamos hipócritas!, hay muchas actividades productivas que no se sostienen sin la mano de obra de los trabajadores nicaragüenses. Es lo que pasa con las actividades agrícolas en la zona norte. Y a mí me llama la atención oír discursos de odio contra trabajadores que estaban laborando sin seguridad social, sin regularidad migratoria, pero que están laborando en Costa Rica y que están enfermos o podrían estarlo. Pero no hay ni una palabra contra los irresponsables, explotadores, esclavistas que explotan a esos trabajadores y que se han enriquecido históricamente con ellos en las plantaciones de la zona norte de nuestro país y en otras muchas regiones”.

“HAY UNA CÚPULA EMPRESARIAL IRRESPONSABLE”

“Hay redes de tráfico de migrantes, redes de trata que operan impunemente en este país, representados al más alto nivel por una cúpula empresarial irresponsable que los alcahuetea. Esas redes no sólo violentan los derechos humanos de estos trabajadores. Hoy están poniendo en peligro la salud de toda la población. Y yo desearía ver un discurso más vehemente, una actuación firme del ministerio de Salud, que es muy bueno para cerrar parques públicos, pero ¿por qué no actúa con toda la fuerza de la ley contra estos irresponsables?”

“La solución no va a ser nunca negarle la atención en salud a estas personas trabajadoras. Con eso sólo vamos a agravar la pandemia. No es violando los derechos humanos que vamos a enfrentar esta crisis. Es con responsabilidad, con solidaridad, con el aporte de todos los sectores”.

EL DESPUNTE DE LA XENOFOBIA

En el año 2020 la pandemia del COVID-19 proporciona un lenguaje para hablar sobre xenofobia sin necesidad de nombrarla directamente. El “racismo inferencial”, como lo calificó Stuart Hall, resulta muy persuasivo pues quienes emplean términos despectivos hablan en nombre de la salud pública y por eso no son reconocidos como “racistas”. El “racismo inferencial” potencia el “racismo manifiesto”, que recurre al odio de manera abierta.

En el contexto del Covid-19 volvió a aparecer, por ejemplo, un perro rottweiler en la bandera de Costa Rica. Evocaba un hecho de 2005, cuando varios rottweilers atacaron y mataron al nicaragüense Natividad Canda ante la indolencia de policías y civiles costarricenses. En las redes sociales abundaron los mensajes sugiriendo que son necesarios rottweilers en la frontera entre Nicaragua y Costa Rica para frenar el contagio.

Al racismo inferencial y manifiesto hay que agregar la gran cantidad de noticias falsas que circulan profusamente, especialmente en el whasapp, que hacen evidente que existe una intención consciente de producir miedo y odio.

“NO HAY EXCUSA PARA DISCRIMINAR”

En general, durante los últimos dos años (2018-2020), el aumento de la xenofobia ha tenido su contracara, y esto es muy importante. La descripción de esta coyuntura sería parcial si se dejara de lado la solidaridad y la defensa de los derechos humanos que han emprendido muchas organizaciones y personas.

“Xenofobia” se ha convertido ya en una palabra familiar más allá de los círculos académicos, que presiona sobre comentarios que puedan percibirse como xenófobos. Voces hostiles hacia los nicaragüenses, procuran desmarcarse de la xenofobia y ya se escucha con cierta frecuencia: “Yo no soy xenófobo, pero...”, lo que parece confirmar que la crítica hacia la hostilidad y el racismo interpelan a quienes llaman al odio.

Hoy, en el contexto de la pandemia no es fácil distinguir entre los riesgos de la transmisión comunitaria debida a la irresponsabilidad de Ortega y a las empresas de agronegocios, y la xenofobia sin vínculos con la pandemia.

Pese a esta confusión, llaman la atención los esfuerzos institucionales de Costa Rica para rebatir la asociación entre riesgo de contagio y xenofobia. Es el caso de la campaña del ministerio de Justicia y Paz, en la que la xenofobia se presenta como un virus que debe evitarse, como se evita el SARS-CoV-2. La campaña se acompaña de frases como éstas: “Que el miedo no dé espacio a la xenofobia, que esta pandemia sirva para transformarnos en mejores personas”, “Ni el Covid-19, ni ninguna otra cosa, pueden ser excusa para discriminar”, “El planeta está en crisis… y todos somos ciudadanos y ciudadanas de ese mismo planeta”.

TAMBIÉN TENEMOS MIGRANTES

También las personas costarricenses emigran, aunque en número menor que las del resto de países centroamericanos. Nuestra migración representa aproximadamente el 3% de la población total.

También costarricenses han perdido la vida por el coronavirus en el extranjero. A finales de junio, 25 costarricenses habían muerto en Estados Unidos por la pandemia. Un número importante de costarricenses en ese país vive en Nueva Jersey y Nueva York, dos estados donde el Covid-19 ha sido especialmente letal. En comparación, en esas fechas de junio eran sólo 12 las personas que murieron de Covid-19 en Costa Rica.

La muerte de costarricenses migrantes víctimas de la pandemia se menciona en los medios de comunicación, pero no hay una narrativa sobre los elementos asociados a la pérdida de sus vidas: irregularidad migratoria, limitado o nulo acceso a servicios de salud, trabajos precarios y con alta exposición a la enfermedad…

La débil opinión pública costarricense parece no estar preparada para considerar a los costarricenses como “latinos” o “migrantes”. Eso significaría reconocer que los costarricenses en Estados Unidos son “otros”, lo que podría contribuir a reflexionar sobre las formas en que esos “otros”, los nicaragüenses, están representados en Costa Rica.

“SOMOS UNA FAMILIA”

La literatura sobre migración y exclusión demuestra que aquellos que son rechazados son al mismo tiempo indispensables. Esta paradoja se vuelve aún más difícil de reconocer en tiempos de pandemia, cuando aumentan las amenazas en torno al contagio y, simultáneamente, se requiere que los migrantes recojan las cosechas, cuiden a nuestros hijos y a nuestras hijas o construyan la infraestructura de nuestro país.

Las narrativas de la migración se enmarcan en términos de costos y casi nunca en términos de contribuciones. Por lo general, el sector privado no reconoce que los nicaragüenses son vitales en ámbitos clave de la economía costarricense. Hubo una hermosa excepción al terminar la marcha contra la xenofobia de agosto de 2018. En esa ocasión una gran empresa constructora colgó una pancarta en la que aparecían juntas las banderas nicaragüense y costarricense acompañadas de la frase: “Somos una familia”.

Dado que el sector privado apenas reconoce el grado de interdependencia que caracteriza el mercado laboral en nuestro país, fue un símbolo excepcional y prometedor, que confirmó que el sector privado podría hacer una gran contribución para que las personas migrantes tuvieran un mayor reconocimiento. Desde ambos lados de la frontera, esa interdependencia no suele estar presente. Tampoco el gobierno de Nicaragua reconoce lo que aportan sus migrantes.

LA INTERDEPENDENCIA QUE NOS UNE

Esta pandemia nos recuerda cómo la interdependencia está en el centro de la agroexportación nacional y de otras industrias, y reclama su lugar. Las fronteras están cerradas, pero se requieren migrantes que las crucen, mientras las empresas apenas admiten públicamente que dependen de la fuerza laboral migrante. El 22 de junio el diario “La Nación” titulaba: “Agro requiere ayuda de 74 mil migrantes para recoger cosechas”. Cristian Vargas, un cafetalero de Tarrazú declaraba: “Los trabajadores son de suma importancia. Sin ellos en esta zona no recolectamos el café. Sin ellos se puede perder hasta la mitad de la cosecha. En mi caso, se me perdería hasta el 75% de mi cosecha”.

La experiencia de tantas familias mixtas y la de la primera generación de costarricenses, cuyos padres son nicaragüenses, junto con la realidad de nuestra economía, es un amplio escenario de interdependencia.

Las familias binacionales están presentes en la sociedad costarricense y un número importante de niños y niñas costarricenses tienen al menos un progenitor nicaragüense. Sin embargo, hasta ahora esos antecedentes familiares y esa importante primera generación de costarricenses no se traducen aún en reconocimiento.

Más allá de la retórica nacionalista, el desafío será compartir las experiencias de quienes se ven obligados a abandonar Nicaragua con la de quienes tienen menos oportunidades en esta sociedad a la que llegan.

Todos experimentan exclusión, enfrentan desigualdades, pobreza y falta de oportunidades. Comparten clase, nacionalidad, raza, género, por mencionar sólo unas pocas condiciones sociales. Este compartir podría ofrecer rutas alternas para superar las narrativas del “divide y vencerás”, según las cuales los “extranjeros y los locales” son diferentes.

A pesar de que el análisis económico, demográfico y social proporciona pistas para pensar -y para sentir- sobre la interdependencia, las narrativas que lo asumen no son todavía muy frecuentes. La experiencia vivida tiene que traducirse en un proceso pedagógico y político. La existencia de la diversidad y de la interculturalidad no garantiza por sí misma su reconocimiento. Más bien, en ciertas coyunturas y situaciones, como las que ha creado esta pandemia, las voces del odio parecen ser mayoritarias y se imponen.

RESPONSABLES SON ORTEGA Y LOS EMPRESARIOS TICOS

Aunque este coronavirus no reconoce fronteras, sus representaciones están altamente nacionalizadas. Y aunque en eso se esconde una de las mayores dificultades para las personas migrantes, esto puede significar también una gran oportunidad para confrontar y para revertir, con datos y evidencias, los discursos retrógrados y de criminalización que han tomado fuerza con la pandemia.

La responsabilidad de la propagación del virus no debe pesar sobre las espaldas de la gente pobre que vive y trabaja hacinada, que no puede seguir las medidas sanitarias o que teme buscar atención médica por estar indocumentada. El hacinamiento es una de las expresiones más claras de exclusión social.

Los responsables de la propagación del virus van desde un Ortega evasivo e inoperante en Nicaragua, hasta los empresarios de los agronegocios en Costa Rica, que hoy han quedado al descubierto con sus prácticas de siempre, basadas en la explotación sin misericordia de los trabajadores más vulnerables.

ESPERANDO UN NUEVO TIEMPO

Hoy más que nunca es tiempo de reconocer que la sociedad costarricense y la nicaragüense son profundamente interdependientes, no sólo por la historia y el territorio, también por los procesos demográficos, económicos y culturales. Sin embargo, siguen existiendo más narrativas que reproducen la xenofobia y que buscan imponerse sobre las que resaltan la Diversidad y el reconocimiento mutuo.

Cómo encontrar narrativas oportunas para dar relieve a la interdependencia, teniendo entre sus prioridades la generación de recursos pedagógicos en la educación formal temprana es un camino a explorar.

Plataformas culturales, la literatura, la música, las artes visuales y los medios digitales pueden ayudar mucho y ya hay en curso muchas acciones prometedoras. De suma importancia son la gente dispuesta a hablar, a hacer sentir su voz, basándola en experiencias vividas de interdependencia. Aún más necesarias quizás, son sociedades con una mayor disposición a la escucha, capaces de sobreponerse a los estigmas, a la desinformación y a los miedos.

Corre hoy una época de demasiado dolor y mucha incertidumbre y ojalá venga pronto un nuevo tiempo que permita que afloren mejores maneras de ser humanidad. Sin el odio que busca culpables donde sólo hay hermanos y hermanas.

CATEDRÁTICO DE LA UNIVERSIDAD DE COSTA RICA (UCR).

DIRECTORA DEL SERVICIO JESUITA DE MIGRANTES (SJM).

La construcción del discurso de odio.

El nacimiento de una nueva religión

Juan José Tamayo

amerindiaenlared.org / 17-07-2020

Estamos viviendo una nueva y preocupante situación en las relaciones entre religión y política: la alianza entre la extrema derecha ultra-neoliberal, homófoba, sexista, racista, xenófoba, antiecológica, negacionista del cambio climático y de la violencia machista, y las organizaciones cristianas integristas de carácter fundamentalista.

Es lo que llamo la Internacional-cristo-neofascista –expresión que ha hecho fortuna en la teoría crítica de las religiones-, que constituye la más crasa manipulación del cristianismo y la perversión de lo sagrado, ya que viene a apoyar los discursos y las prácticas de odio de los partidos de extrema derecha en todo el mundo. Diría más: el cristo-neofascismo se alimenta del odio, crece e incluso disfruta con él, lo fomenta entre sus seguidores y lo extiende a toda la ciudadanía. 

 

Creo podemos afirmar que ha nacido una nueva religión, quizá la más perversa, la más destructiva del planeta y de la humanidad: la religión del odio. En este artículo intentaré mostrar cómo se construye. 

En su libro La obsolescencia del odio el intelectual pacifista alemán Günther Anders (1900-1992) considera que “el vulgar y casi universalmente aceptado ‘Yo odio, por tanto, yo soy’ u ‘Odio, por tanto, existo’”, es hoy “más verdadero que el famoso cogito ergo sum de Descartes”. El odio es “la autoafirmación y la auto-constitución por medio de la negación y la aniquilación del otro” (Pre-Textos, Valencia, 2019, 34-35).

En otras palabras, a través del odio a los otros, a las otras, y de la eliminación de las personas y los colectivos odiados, el que odia confirma su propia existencia conforme a este razonamiento: el otro no existe, por tanto, yo existo como el único que queda. Sucede, además, que la aniquilación del otro a través del odio produce placer. Por ejemplo, el torturador disfruta en el acto de torturar: “odio y placer acaban siendo una sola cosa”, dice Anders. Cuanto más se extiende y más veces se repite el acto de aniquilación más tiende a extenderse el placer del odio y el placer del ser sí mismo.

Si la filosofía africana Ubuntu afirma: “Yo soy sólo si tú también eres”, el discurso del odio dice: “Él no debe existir para que yo exista; él ya no existe, por tanto, yo existo como el único que queda”. Se llega así al placer del odio, que constituye la culminación del odio.

El odio no surge de la nada, tiene un contexto histórico y cultural específico, unos motivos, unas causas, unos porqués. Recurriendo a la alegoría de Shakespeare, que hace suya la intelectual alemana Carolin Emcke, alguien tiene que haber provocado la pócima que provoca la reacción del acérrimo y encendido odio. Son “unas prácticas y convicciones fríamente calculadas, largamente cultivadas y transmitidas durante generaciones” (Contra el odio, Taurus, 2019, 53), alimentadas por foros de debate, publicaciones, medios de comunicación, canciones, discursos, tertulias.

Estos medios propagadores del odio no presentan, por ejemplo, a las personas migrantes, refugiadas, desplazadas, gais, lesbianas, negras, musulmanas como lo que son: seres humanos, personas con los mismos derechos y dignidad que quienes los juzgan, gente pacífica, ciudadanas y ciudadanos normales respetuosos de las normas de convivencia, sino como gente atípica, extraña, fuera de lo normal, monstruosa, peor aún, como delincuentes, bárbaros, violentos, enfermos. 

Nunca se reconocen sus valores, sus cualidades, su cultura, su laboriosidad, cuánto menos su situación de marginación social y discriminación cultural. Y si se reconoce, se justifica diciendo que se lo merecen. Hay aquí una reducción de la realidad, más aún, una construcción social de la realidad que no se corresponde con la realidad real.

Los discursos creados y difundidos a través de estos cauces generan patrones arraigados en el imaginario social muy difíciles de de-construir. La construcción del discurso de odio sigue el siguiente proceso. 

- Primero, se identifica a un enemigo, generalmente colectivo, destacando sus rasgos negativos: las mujeres, las personas migrantes, refugiadas y desplazadas, negras, indígenas, musulmanas, judías, gais, lesbianas, bisexuales, transexuales. Nada hay en su comportamiento que sea incorrecto, que moleste a la ciudadanía, pero se considera que encarnan el mal. Estos colectivos no son la causa del odio, sino el objeto del mismo. El odio no necesita tener una base real que lo justifique, es una construcción humana.

- Después se construyen las razones de dicha encarnación y del motivo del odio:

. A las mujeres se las discrimina por considerarlas inferiores, se ejerce dominio y violencia sobre ellas desde la masculinidad hegemónica, e incluso desde la masculinidad sagrada, y se llega al feminicidio como expresión extrema del odio a su vida, precisamente a ellas que son dadoras de vida.

A las personas y los colectivos migrantes y refugiados se les considera culpables de todo: de la inseguridad en el país que los acoge; son desagradecidos, ladrones, pendencieros, quitan el trabajo a los ciudadanos nativos, suponen un gasto adicional al Estado, se aprovechan de los servicios sociales, sanitarios, educativos, que, se dice, pertenecen a los nativos (“los españoles… los estadounidenses, primero”). Se les hace renunciar a su identidad cultural, a sus tradiciones, hábitos y costumbres y se les obliga a asimilarse a nuestra cultura. De lo contrario, se convierten en un peligro para la sociedad y en un elemento desestabilizador. Por eso deben ser odiados y despreciados y, si no se adaptan, son expulsados.

A los musulmanes y las musulmanas se les acusa de fundamentalistas, violentos, machistas, atrasados, fanáticos, enemigos de occidente, contrarios a la democracia, con un derecho de familia distinto que permite la poligamia, etc. No se les reconoce ningún valor en ellos. Todo es negativo. No es posible relacionarse con ellos en un plano de igualdad ni mantener empatía, tampoco podemos reconocer derechos ya que los utilizarán en contra nuestra. La identificación y los juicios de valor, siempre negativos, no se refieren a las personas musulmanas individuales, sino al colectivo musulmán.

A las personas LGTBI se las odia porque mantienen relaciones afectivo-sexuales antinaturales, son personas enfermas a las que curar y, desde el punto de vista religioso, pecadoras. En incitación al odio a las personas LGTBI juega un importante el discurso homófobo de la mayoría de las religiones.  

A las personas negras se las racializa desde el supremacismo blanco, que pone toda la maquinaria del Estado, especialmente los cuerpos y fuerzas de la llamada “Seguridad”, al servicio de la represión de las minorías negras llegando a su asesinato inmisericorde, como en el caso del ciudadano afrodescendiente estadounidense George Foyd, asesinado el 25 de mayo pasado en Estados Unidos por un policía blanco.

Las personas odiadas dejan de percibirse como individuos concretos y se convierten en un colectivo abstracto “ficcional”. Se odia a los colectivos previamente desdibujados, a quienes se difama, desprestigia y desprecia. 

Una vez inoculado el odio, se cree conocer a los que se odian y el conocimiento lleva a odiarlos aún más. Pero estamos ante un presunto conocimiento y ante un presunto odio, porque en realidad no se conoce a la persona que se odia. Se trata de un odio fantasmagórico, producido artificialmente, si bien resulta muy eficaz.

Una de las características de las personas y los colectivos odiadores es su seguridad, su certeza absoluta. Nunca dudan, nunca dicen “quizá, “tal vez”, “es posible que”, “yo creo”. De lo contrario no odiarían.

Como indicaba más arriba, las organizaciones sociales y los partidos políticos de la extrema derecha se alimentan, crecen, se engordan y hasta llegan a disfrutar con el odio. En relación con el disfrute del odio, creo que puede aplicarse a estas organizaciones la definición de “fanatismo”, que ofrecía la Enciclopedia, publicada en París entre 1751 y 1772 bajo la dirección de Diderot y d’ Alambert: 

“El fanatismo es un celo ciego y apasionado que nace de las opiniones supersticiosas y lleva a cometer actos ridículos, injustos y crueles; no solo sin vergüenza ni remordimiento, sino incluso con una suerte de goce y de consuelo”.

También los movimientos religiosos integristas se alimentan del odio y adoptan esa actitud contra lo que no se corresponde con sus principios doctrinarios y sus morales represivas. ¿Qué sucede? Que curan la infelicidad que les produce la represión religiosa con el odio y, paradójicamente, en él encuentran su felicidad, que dicen prolongarse incluso después de la muerte. ¡Qué perversión y falso consuelo! 

Tal modo de proceder implica una contradicción con los principios religiosos, en concreto, en el cristianismo, con el perdón y el amor al prójimo, predicados por Jesús de Nazaret y tristemente no practicados por muchos de sus seguidores. Ambos principios exigen renunciar a la venganza, al “ojo por ojo y diente por diente”, perdonar las ofensas “hasta setenta veces siete” (Mateo 18,22), es decir siempre, y cumplir el precepto jesuánico “amen a sus enemigos” (Mateo 5,43).

El discurso de odio nada tiene que ver con la orientación liberadora, igualitaria y acogedora del otro, de la otra, de las personas diferentes, en las religiones, expresada en las distintas formulaciones de la Regla de Oro: “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid. Sus últimas obras son: Teologías del Sur. El giro descolonizador (Trotta, 2020, 2ª ed.); ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías? (Biblioteca Nueva, 2020, 4ª ed.); Hermano Islam (Trotta, 2019)

A Message From the Future With Alexandria Ocasio-Cortez

SIGUEN SEMBRANDO VIENTOS…


Miguel Antonio Bernal

              “Quizá el grito de un ciudadano pueda    advertir  la  presencia de un peligro encubierto o      desconocido

      

       Hace tres (3) años, en estas mismas páginas, llamaba la atención sobre el acontecer nacional en los mismos teerminos que, hoy, me permito reproducir con la única observación de que las cosas han empeorado vertiginosamente y…todo indica que seguirán empeorando.

       “Lo más grave de los múltiples casos de corrupción de servidores públicos -que no han cesado de aparecer los últimos años en Panamá-, es la ausencia de voluntad de investigación, procesamiento y sanción. El caso Odebrecht, es solo la punta del tempano.

       Ello evidencia una actitud y un comportamiento de complicidad y encubrimiento de parte del Ministerio Público y de las autoridades competentes, que van más allá del flagelo social que caracteriza a la corrupción y a su inseparable pareja: la impunidad.

       La ausencia de una decidida reacción ciudadana para contener el daño, aplicar correctivos y regenerar la función pública, sirve de abono y nutriente para que los factores reales de poder, que controlan los Órganos del Estado, consideren que pueden seguir sembrando vientos si, pero cosecharán tempestades, o sea: violencia. “Deber de estadistas, analistas y polemistas, es estar atentos a los facores que puedan producirla y sugerir medios para prevenirla antes de que desbarate con su vorágine a personas inocentes, como ocurrió en Panamá a principios del siglo XX”, ha dicho con muchísima razón Carlos Guevara Mann recientemente (ver: Julio Cruento-año 32/ulio/2017)

       Hace mucho ya que,  bien común, la defensa del interés general y el servicio a los conciudadanos parecen haber sido expulsados de la función pública y debemos actuar al unísono para reintegrarlo, para mejorar de verdad nuestras pautas sociales, de lo contrario nos encontraremos sin instituciones públicas y, hay que decirlo, sin los recursos humanos para ser sociedad.

          La transmutación de roles entre los "políticos" y los funcionarios ha ido generando un travestismo institucional, entendido como la transmutación de roles entre los políticos y los funcionarios. O sea, "políticos que en la práctica se ocupan más de prácticas y competencias funcionariales y funcionarios que atienden más a prácticas y competencias de carácter político".

        En Panamá, esta absurda inversión de roles no tiene nombre y es mortal.”

“El estado superior del capitalismo es el feudalismo mafioso tecnologizado”

PorSantiago Alba Rico

Entrevista Sato Díaz

Rebelión.org / 13-07-2020

Siempre es un gustazo hablar con Santiago Alba Rico (Madrid, 1960). Y más cuando hay que parar, separarse del ruido cotidiano y respirar para analizar qué está pasando. Porque están ocurriendo muchas cosas, y entre el miedo al contagio, los calores, el ajetreo político y mediático y las polémicas que duran días, cuando no horas, difícilmente conseguimos tener la mente despejada y reservar tiempo para observar e intentar entender, como decía la canción, quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. Este filósofo, escritor, ensayista y columnista, también colaborador de cuartopoder, se ha convertido en estos meses de pandemia en una guía que nos alumbra más allá del corto plazo. Un poco de profundidad.

– Recientemente hablabas de cómo el confinamiento ha servido para hacernos conscientes de que «se puede vivir sin estar viviendo siempre algo dramático». ¿No crees que, una vez se ha ido levantando el confinamiento, lo dramático ha vuelto con más fuerza?

– No tengo suficientes datos estadísticos como para afirmarlo con certeza, pero diría que sí. Lo personal suele estar tan enraizado en lo común que uno puede permitirse el inducir de sus propios sentimientos un sentimiento general. Creo que no hemos vuelto a la normalidad, todo el mundo es consciente de que esto es una tregua. El concebir esto como una tregua genera dos tipos de respuestas diferentes, dos tipos de personas. Por un lado, la prudencia, un nuevo conservadurismo interesante, en el sentido de que quieren conservar algunas de las cosas que han aparecido. Algunas de ellas con capacidad de transformación, otras buenas en sí mismas, como menos coches y más pájaros, que nos tomemos más en serio las relaciones con los demás…

Por otro lado, está esa sed de retorno a la vieja normalidad. Es cierto que estábamos muy marcados por una normalidad enteramente dominada por esa intensidad dramática en todos los terrenos. Los noticiarios nos inyectaban constantemente un falso dramatismo, una tensión, una espera de novedades permanentes… Ese dramatismo formaba parte de nuestra relación con los demás y con las mercancías. Sobre todo, lo relativo con el consumo, consumo también de las imágenes y los falsos acontecimientos. No sé cómo ha sido el retorno del fútbol. Yo veía algún partido y no me ha vuelto a interesar, en estos momentos, nada de lo que está ocurriendo en la Liga. Quiero creer que sigue habiendo resistencia al retorno a la normalidad, aunque sabemos todos que esto es una tregua y no una superación de ninguna situación.

– Siguiendo con el símil teatral y dramático. Hemos vivido una tragedia colectiva. Aristóteles situaba la catarsis como un elemento superador, de purificación, a través de la tragedia. ¿Cómo podría ser una catarsis colectiva que nos ayudara a pasar página, a mirar al futuro, en estas circunstancias?

– Los griegos confiaban la catarsis a un estado de excepción escénico, de margen antropológico, de margen privilegiado. La tragedia ponía delante de los ojos de los griegos lo que los griegos tenían delante todos los días y no podían ver. Así, a través de contemplar la escenificación, los griegos juzgaban su propia vida. La catarsis tiene que ver siempre con el juicio. Creo que ese juicio ha estado muy presente en esta tragedia, entre otras porque una buena parte de la población hemos sido espectadores y víctimas al mismo tiempo. Muchos hemos estado confinados, amenazados por un virus potencialmente mortal y, al mismo tiempo, separados del mundo. Espectadores y víctimas. El momento catárquico puede funcionar más así que si eres solo espectador. El juicio tiene un potencial valor catárquico.

A la espera de poder hacer pronósticos más firmes y de cómo evoluciona la realidad, tenemos otro problema. Un problema que tiene que ver con la condición humana y con una condición humana trabajada por el capitalismo de consumo durante mucho tiempo. Me refiero al hecho de que en tres días podemos olvidar completamente cualquier trauma vivido, y eso sin necesidad de intervención médica o farmacológica. Sencillamente, restableciendo hábitos de consumo adictivos en todos los terrenos.

Me produce un poco de miedo este retorno del imaginario de consumo que invierte la situación que hemos vivido, en la que éramos espectadores y víctimas al mismo tiempo y había una potencial catarsis. Todo esto se invierte en estas adicciones al consumo de imágenes, cuerpos y mercancías, completamente lo contrario de la tragedia que hemos atravesado. En cuanto nos sentimos seguros de cualquier amenaza y nos vemos un poco a cubierto, volvemos a los hábitos adictivos. Pasamos de ser un sujeto activo de juicio, en confinamiento, objeto potencial de amenaza, a ser un nuevo retorno de ese perfil consumista, completamente pasivo, sin juicio, incapaz de sentirse frágil y amenazado como objeto vulnerable.

– Durante estos meses me ha venido muchas veces a la mente el personaje de Antígona, de Sófocles. Ese personaje atormentado por no poder enterrar a su hermano y que reta la ley dictada por el rey, el Estado, para darle sepultura. Durante este tiempo también ha habido mucha gente que no ha podido enterrar a sus familiares. ¿Qué sentido crees que tiene un luto colectivo, un homenaje de Estado a las víctimas, un funeral? ¿Puede servir este rito para esa catarsis colectiva?

– Por un lado, eso es una manera de dar por terminada, oficialmente, una tragedia que, probablemente, no ha hecho más que empezar. Esos gestos públicos en los que se intenta describir que empieza una nueva normalidad, y para ello se celebra una ceremonia. Cuando he leído sobre este acto público, me ha rechinado un poco que se hable de homenaje a las víctimas. Tenemos que tener cuidado con las palabras. Lo verdaderamente trágico de la pandemia es que nadie es culpable y que no se puede aplicar en este caso el discurso político sobre las «víctimas» que se adivina detrás de la idea de «homenaje». El término «víctima» está muy marcado y no es buena cosa que se trate a los muertos del coronavirus de esa manera. Detrás de la «víctima» aparece siempre un culpable y una explotación política que en este caso hay que evitar. Esa es la tragedia a la que nos tenemos que enfrentar. Por supuesto que ha habido muchos médicos que se han contagiado desarrollando su trabajo de cuidados. Una tragedia.

Pero es que cuando hablamos de homenaje, volvemos un poco, implícitamente, a vincular al discurso de la pandemia elementos del discurso bélico y militar. Ha sido significativo eso de no poder enterrar a tus muertos, eso lo entendemos todos, seamos de derechas o de izquierdas, porque es uno de los signos civilizatorios fundamentales.

Antígona se enfrenta al poder reivindicando la tradición, una tradición que tiene que ver con la relación entre los vivos y los muertos, una de esas relaciones fundamentales sobre las que pilota toda una sociedad. No estaría mal que aprovecháramos para pensar en nuestras relaciones con los muertos, en un país como el nuestro en el que esto no está solucionado. Aprovechemos la ocasión para pensar en todos esos muertos que permanecen sin enterrar en España desde el año 1936. Esto es pura demagogia, pero si la derecha y la izquierda están de acuerdo en que lo peor que le puede suceder a una persona y a una sociedad es no poder enterrar a sus muertos, quizás debamos hacer un discurso más general sobre lo que significa esto.

– Julio Anguita, decía, sobre la pandemia: «Las derechas son conscientes de que su mundo se les viene abajo». ¿Crees también que esta pandemia abre la puerta a un mundo nuevo?

– No lo sé, Anguita era mucho más listo que yo, aunque algunas veces podía no estar de acuerdo con él. Desde luego, es una de las pérdidas más serias en términos políticos que podía sufrir este país. Anguita decía eso al principio del confinamiento. Yo he usado esta metáfora de la nave espacial. El confinamiento, como nave espacial, una nave espacial de la que nos estamos bajando en un planeta desconocido. No es fácil imaginar cómo va a ser ese planeta desde el interior de la nave.

Depende de lo que entendamos como un mundo nuevo, puede ser peor y en la misma dirección del que procedíamos. Yo temo que todo esto nos instale en un horizonte de transformación que tenga que ceder ante los nuevos bárbaros. Los nuevos bárbaros ya no son los germanos que acabaron con el Imperio Romano, sino un horizonte de catástrofe natural, de pandemias… Eso son los bárbaros a los que nos tenemos que enfrentar. Sí creo que vivimos una crisis civilizatoria.

Lo que estábamos viendo en los últimos tiempos es que el estado superador del capitalismo no era el comunismo, sino la corrupción. Añadiría que estamos viendo un poco que el estado superior del capitalismo es el feudalismo mafioso tecnologizado. Este es el peligro que nos espera en ese planeta desconocido, frente al cual tenemos pocos recursos.

Si hablamos en términos económicos, es obvio que hay fracturas que han acusado las élites y tienen que ponerse de acuerdo, a lo mejor no lo consiguen y se abre por ahí una posibilidad de cambio. Tienen que reajustar parte de sus programas y proyectos que nunca son homogéneos. Pero no creo que en estos momentos haya alguna alternativa potente frente al capitalismo mafioso tecnologizado.

Si pensamos en la derecha en España, que se parece mucho a la de Brasil o la de Estados Unidos, lo que han visto es una oportunidad para derrocar al Gobierno y restablecer una hegemonía política, pues la económica sigue siendo la misma, que han perdido simbólicamente.

Es verdad que la entrada en el gobierno de Podemos, para mí una trampa mortal en la que ha caído Podemos, simbólicamente sí es significativa. Hay una derecha que juega a radicalizar, no para radicalizar a los suyos, sino a los oponentes políticos para convertirlos en enemigos. Hay que tener muchísimo cuidado de no responder a la estrategia de PP y Vox orientada a radicalizar a sus oponentes para que estos se presenten ante un sector, supuestamente mayoritario de la sociedad, como enemigos, restableciendo viejos marcos de confrontación que deberíamos enfriar lo más rápidamente posible.

– ¿En qué sentido te parece la entrada al gobierno de Podemos una trampa mortal?

– Creo que la correlación de fuerzas dentro del gobierno no les permite imponer su programa y, al mismo tiempo, no se puede permitir, de ninguna manera, romper el pacto de gobierno, y menos en una situación como la que estamos viviendo. Por lo tanto, al PSOE el pacto de gobierno con Podemos le resulta muy rentable. En dos sentidos. Por un lado, para el sector próximo a Sánchez tener a Podemos dentro presionando le puede servir para tomar algunas medidas que se han tomado y que, aunque tímidas, bienvenidas sean.

Al mismo tiempo, al PSOE le sirve para desgastar a Podemos, lo que ha sido uno de los grandes objetivos políticos del PSOE de Sánchez, tenemos la memoria muy corta, pero su enemigo electoral y político ha sido Podemos. Ahora, Podemos, si no puede aplicar el programa, no puede echar abajo el gobierno o marcharse de él, tiene que aguantar. Ese aguante implica una erosión fuerte que, creo, se percibirá electoralmente.

– Te pilló la pandemia en España, pero habitualmente resides en Túnez. ¿Cómo se está viviendo allí la pandemia?

– Es obvio que la incidencia de la pandemia ha sido menor que en Europa. Se encaró con medidas iniciales bastante severas. Eso, pese a que coincidió con el Ramadán. Un periodo en el que las familias comparten todas las noches un espacio común y hay más contacto social que nunca. Hasta el momento, la incidencia de contagio ha sido mucho más baja que en Europa.

Al mismo tiempo, las consecuencias económicas han sido más graves que en España. El punto de partida era mucho más precario. El nivel de conflictividad social se ha disparado. Esto, como consecuencia de las medidas de confinamiento en un país donde el paro es altísimo, donde todos los problemas que quiso resolver la revolución de 2011 no solo no se han resuelto, sino que se han agravado. La situación política es muy interesante, pero la social es muy grave. Hay que esperar, confiar en que no haya un brote, pues sería una calamidad, y ver cómo la conflictividad social se refleja en la población. Creo que, en Túnez, particularmente dentro del mundo árabe y teniendo que ver con el hecho de que es un país semieuropeo en algunas cuestiones, volveremos a ver dentro de poco muchas protestas y muchos conflictos.

– Para ir terminando, durante esta pandemia se han escrito, desde la filosofía y otros campos, muchos artículos y se ha profundizado en muchas ideas. ¿Qué autores o textos nos recomiendas para leer?

– Te enumero algunos de los autores que sigo habitualmente con provecho y con más o menos acuerdo: Yayo Herrero, Jorge Riechman, Carlos Fernández Liria, José Luis Villacañas, Mike Davis, Chomsky, Agamben que denuncia la educación on-line, Esteban Hernández para los efectos económicos de la pandemia, Daniel Innerarity para abordar los problemas de la democracia. Hay que seguir también a Enric Juliana, siempre culto y perspicaz, y me han gustado mucho las últimas entrevistas que le han hecho a Íñigo Errejón. Clara Serra, sobre feminismo. Estoy olvidando decenas, pero es lo malo de ser rumiantes en la red.

– Como filósofo te quiero preguntar una curiosidad. ¿Cómo se puede reflexionar, pensar sobre un mundo tan cambiante como el de ahora?

– Me da cierto pudor que se me catalogue como filósofo, ahí entra desde Platón a Heidegger… A parte de todo eso, creo que tenemos muchos buenos profesores de Filosofía aquí y muchos de ellos son buenos amigos. Pero, voy allá, creo que la filosofía ha muerto tal y como la entendíamos. La filosofía estaba muy ligada a la madera, al papel, al paso lento de las páginas y de los días. Eso que decía Hegel, la lechuza de Sofía levanta el vuelo al atardecer, cuando ya han pasado las cosas. Imagínate ahora, es imposible emprender el vuelo cuando han pasado las cosas, porque siempre están pasando y no dejan de pasar. Este símil del paradigma letrado, sustituido por el paradigma pantállico, como le llamo, el paradigma de la red, es incompatible con la filosofía tal y como la hemos entendido hasta ahora.

Eso no quiere decir que este mundo sea incompatible con el pensamiento, hay que aprender a pensar sobre la marcha, algo que desde la condición misma del cerebro no es fácil. Vivimos un mundo en el que en términos de pensamiento domina el haiku y en términos de no-pensamiento funciona el urinario público, el linchamiento sumarísimo. Debemos aceptar que también en esto el mundo ha cambiado. Tendremos que aprender a introducir cuñas de pensamiento como el que pone a toda prisa piedras en un dique roto por un río, el agua está pasando, tenemos que intentar que pase a menos velocidad. Algo así como los castores intentando poner presas provisionales en un tsunami que nos arrastra a todos y dentro del cual tenemos que tratar de responder a la pregunta leninista por antonomasia: ¿qué hacer?

Opus Dei, pederastia y silencio de los medios

Por: Bernardo Barranco V.

jornada.unam.mx / 080720

La Congregación para la Doctrina de la Fe ha procesado al sacerdote del Opus Dei Manuel Cociña Abella por abusos sexuales a varios adolescentes y jóvenes de ciudades españolas en los últimos 30 años. Lo ha sancionado a cinco años sin ejercer su ministerio sacerdotal en público, otros cinco años de atención espiritual únicamente en su centro, en Granada, España. El pederasta Cociña tiene 72 años, fue discípulo directo del fundador Escrivá de Balaguer y ha sido actor distinguido en la Obra.

Es la primera vez que un miembro distinguido del poderoso Opus Dei es inculpado en temas de abusos. Sin embargo, la noticia sólo ha levantado vuelo en las redes sociales. El portal Religión Digital, especializado en temas católicos, ha dado seguimiento a las denuncias y al proceso de Cociña, pero denuncia que tanto la prelatura del Opus Dei como la totalidad de medios de comunicación han silenciado la noticia. Jesús Bastante, de Religión Digital, reprocha: El Opus Dei sigue callado. Es la estrategia de siempre, la que tanto daño ha hecho a las víctimas de abusos. Porque el silencio victimiza doblemente al superviviente, lo ningunea, trata de anular su dolor, su historia, el horror sufrido. El silencio de quienes, durante años, miraron hacia otro lado, trasladando a Cociña de un lugar a otro y conminando a las víctimas a callar y guardar su dolor en un cajón es, si cabe, más ominoso que los abusos en sí. Porque el silencio es consciente y programado.

Las preguntas resultan innegables: ¿puede una congregación religiosa tan poderosa como el Opus Dei acallar y amortiguar un evento que perjudique su imagen? El portal se queja particularmente en España y Chile, donde la Obra es pujante, de la siguiente manera: ¿Dónde están Vida Nueva, Alfa y Omega y la prensa católica de nuestro país? ¿Tanto poder tiene la Obra sobre medios aparentemente alejados de la iglesia como El País? La respuesta es afirmativa.

Lo vivimos en México en 1997, cuando se anunció un programa de tv en CNI Canal 40. Las víctimas de Marcial Maciel denunciaban sus abusos. Hubo amenaza de boicot de anunciantes, silencio de las principales televisoras y, salvo La Jornada, callaron los periódicos del país. Fue un caso emblemático, pues desnudó los estrechos vínculos de poder entre la iglesia católica y las élites mexicanas. Hubo censura y coerción hacia los periodistas que se atrevieron a desenmascarar el reino de impunidad de Maciel. Es más, las plumas cercanas a los Legionarios de Cristo cuestionaron los relatos y autoridad moral de las víctimas. Sobresale, El Norte (Reforma) que se dedicó a calumniar sistemáticamente a las víctimas.

El tema requiere detenerse. Porque la denuncia a la pederastia clerical se debe a los medios seculares. Los medios de comunicación han tenido un papel clave en la denuncia de la pederastia clerical a escala internacional. Desde el comienzo de las revelaciones sobre el abuso, la iglesia católica, reaccionó con desacierto. Desde los años 50, niega los hechos y protege a los pederastas. En el siglo XXI, ante el alud de denuncias, cuyo epicentro se sitúa en The Boston Globe en Filadelfia en 2002, encontramos una iglesia que invierte sus energías haciéndose pasar por víctima. Acosada por supuestos intereses que la quieren desprestigiar.

El efecto es el contrario, hay un desmoronamiento institucional debido a la contundencia de los relatos de las víctimas, hechos y denuncias en países registrados por los medios. Al posicionarse como ciudadela asediada por enemigos que buscan destruirla, la iglesia, se refugia en teorías de la conspiración y olvida el drama de las víctimas. Las percibe como amenaza o instrumentos manipulados para alimentar la hostilidad internacional. La iglesia comete un grave error de comunicación que la desacredita. Pretendió promover la imagen del martirio y de persecución, durante la primera década del siglo XXI.

Sin duda, la estrategia también pretendió reforzar el frente interno. Es decir, cerrar filas como cuerpo social ante los supuestos embates de enemigos externos. Sectores de la curia desarrollan confabulaciones y complots en torno al funesto secretario de Estado de Juan Pablo II, el cardenal Angelo Sodano, quien encabeza la fallida estrategia. Desde Roma se levantan construcciones sobre conjuras internacionales, cuyos actores centrales son aquellos enemigos tradicionales: judíos, masones, comunistas, ateos y financieros de Wall Street.

En los relatos argumentativos, se minimiza el impacto de la opinión pública, ya que ha sido manipulada. Sin enfocarse en las víctimas, la estrategia, prendió cimentar un frente interno sólido capaz de repeler los ataques. La imagen del martirio, de hecho, se refiere a la memoria colectiva del cristianismo primitivo. Bajo esta estrategia, situamos el silencio y reprochable desentendimiento de los medios católicos. Más aún cuando grandes agencias internacionales, sus fundadores estaban involucrados, como Zenit con Maciel, de los legionarios o Aciprensa; Luis Fernando Figari, de Sodalicio de Vida Cristiana. La prensa cristiana y católica está en deuda con la verdad y con sus lectores.

Todo este episodio dramático entre medios y pederastia clerical conduce a una hipótesis: en un contexto cultural de secularización, en el declive de la estructura eclesial católica se opera un efectivo decaimiento simbólico. Es decir, la iglesia ya no ejerce ni tiene el monopolio de la moralidad. La crisis de pederastia y sus escándalos es también la crisis de credibilidad de la iglesia que en México había modelado los valores. El Opus Dei guarda este dilema, se abre a la transparencia o se refugia en el arte de ocultar la verdad.

No es el virus

Hermann Bellinghausen

jornada.unam.mx / 27-07-2020

La crisis del virus llegó para quedarse y dejar secuelas. Su prevalencia será mayor que la mera gripe estacional, y anuncia una época donde las viremias y otros males nuevos lloverán cada vez más y no serán tan impredecibles como quieren hacernos creer los gobiernos, los medios y las iglesias. Conforme se desenvuelven las cuarentenas, las resistencias a ella, los retornos a un nuevo futuro, la necesidad de hacerse a la idea de demasiados cambios en la cotidianidad, también se adquiere una perspectiva de las cifras de muertos, heridos y desaparecidos, como en una guerra. Un mayor realismo ante la muerte misma, sus otras causas, sus otras estadísticas, permite relativizar (¿normalizar?) el impacto sicológico y de salud causado por el Covid-19 a su paso por el mundo.

Tanto o más se muere por cáncer, hambre, afecciones asociadas a los absurdos del consumo, los brutales daños al medio ambiente, o por las guerras, casi todas delincuenciales. Con otros datos nos tranquilizamos: ah, bueno, de por sí estamos jodidos, de por sí a todos nos toca. Silvia Ribeiro no deja de alertarnos en estas mismas páginas y en otras, como Desinformémonos, sobre las pandemias que vienen, los inminentes caminos de todos nuestros venenos.

En un mundo en el que mantenerse sano se dificulta progresivamente, aunque los avances de la medicina parecieran significar lo contrario, queda claro que la gran derrotada es la medicina alopática o científica. Como fuente de pensamiento, no de mero conocimiento. Prefirió la insensatez del poder al bien colectivo. Desechó la prevención como base de sus acciones. Abrazó los efectos y desdeñó las causas. El punto de quiebre se fraguó hace unos 40 años, cuando otra alopatía pareció posible, más se orientó a la lógica del neoliberalismo en ciernes.

La noción de que la salud dependía de cuidarla, no de curar padecimientos, ganaba terreno en escuelas, hospitales e instituciones. Más médicos familiares y menos hiperespecialistas. Más cuidados en la vida diaria de cuerpo y mente y menos medicamentos industriales. Más y mejores servicios de primer nivel y menos elefantes blancos para gente que no pudo evitar enfermarse. Por el contrario, se dio un pacto entre el gremio médico y la industria farmacéutica, monstruo hipetrofiado en la bolsa de valores, sobre todo por razones económicas (el vil negocio), así como militares y políticas.

La alopatía erigió muros para aislar y devaluar cualquier otro pensamiento y otra práctica ante el hecho clínico y la construcción del bienestar humano. El mundo se inundó de medicamentos/drogas en carácter de mercancía que tanto salvan como matan, tanto alivian como agravan, que rara vez previenen y son enfermedad en sí mismas (hasta nombre en griego tiene: iatrogenia). En vez de aprovechar el manojo de caminos diferentes, que no tendrían que ser rivales, la medicina institucionalizada negó cualquier alianza con los enfoques homeopáticos, acupunturales, holísticos, las prácticas chamánicas, donde la magia procede de la experiencia y no al revés. Tampoco aceptó reformarse y cambiar el enfoque de curativo a preventivo, según la percepción sensata de Pasteur, Ehrilch et al. Los males de la salud se pueden evitar o moderar, lo cual resulta mejor para la vida y sale más barato.

Ariel Guzik es una de las mentes más interesantes hoy en México. Iridiólogo, inventor, científico y músico que trabaja con los sonidos y las canciones de la naturaleza (viento, agua, ballenas, fuerzas electromagnéticas), en un texto reciente reflexiona sobre la pandemia y lee en su trama un enunciado de la ingenuidad humana y su capacidad de sometimiento. En cuanto a los virus mismos, concluye que son rastros encontrados en la escena del crimen. Apunta que la declaración de pandemia que de golpe determina y desdibuja nuestras vidas y que de un día a otro eclipsa calamidades, castiga los encuentros y acalla manifestaciones de viva voz, ha sido manejada mediáticamente desde la estrecha y circular perspectiva del virus, el control y los números. Exalta los imaginarios que hemos forjado desde el vasto universo preparatorio de la ficción. Me parece necesario exonerar al virus de su papel de causa única y foco central de este fenómeno.

Desde su experiencia en la herbolaria y las medicinas tradicionales, Guzik cuestiona la concepción que tenemos de la pandemia, de nuestras rendiciones ante lo que nos presentan como racional. Su escrito abona la sensatez en una situación dirigida por la razón de Estado, el costo y beneficio para los mercados, el control represivo, el combate focalizado y medicalizado de un evento biológico que transcurre en diversas dimensiones.

Ingresamos a una nueva era de salud y enfermedad que redibuja los rostros de la vida, la muerte y el buen vivir deseable. Urge pensar todo de nuevo, antes de que se nos haga tarde. El problema no es el virus, sino lo que hace posible todo lo que desencadena.

La misa, un rito muerto

 Por: Pablo Heras

Religiondigital.org / 16.06.2020

Decía yo, con un sobreentendido sentido irónico que, cuando me jubilara, me empadronaría en el pueblo y me presentaría al puesto de alcalde de la localidad. Con mi prestigio, sería elegido. ¿Propósito? Uno de ellos, la celebración ciudadana del domingo.

Para ello, a la misma hora designada para la celebración litúrgica y con la malévola intención de sustituir eventos semanales, confeccionaría un programa, que podría variar de un domingo a otro, basado en lecturas ad hoc, a veces jocosas, a veces moralizantes y, sobre todo entretenidas, sacadas de los clásicos españoles. Vendría luego una discusión o reflexión sobre lo sucedido durante la semana en el pueblo, referido a hechos o personas; recuerdos del pasado; propuestas; soluciones a determinados problemas; mejoras del pueblo. Incluso alguna referencia a la situación del país. Es decir, una tertulia en nada disímil a la que se podría tener en una bodega o en el bar. De vez en cuando, una canción popular que incluso podría ser intervención individual de alguien con buena voz. Al final, un refrigerio de queso, chorizo y jamón acompañado de vino de la tierra, cerveza o mosto. El presupuesto del pueblo no sufriría merma alguna.

Comentaba yo con los pocos que acudieron a la misa del pasado domingo en el pueblo –al fin hizo acto de presencia el párroco-- algo sobre el ambiente que reina en las celebraciones dominicales: la misa es un rito muerto. Los pocos que acuden lo hacen más por inercia que por convicción. Quizá porque todavía resuenan los ecos de “pecado mortal”, culpa sobrevenida sobre aquellos que voluntariamente no celebran el domingo con una misa.

Iglesias vacías

¿Pero qué ha sucedido en el pueblo en los últimos tiempos, especialmente en estos tres meses de reclusión? Ni más ni menos que la desaparición de tal sentimiento de culpa y la siembra del relativismo más absoluto cuando de sentimientos religiosos se trata: cuando el mismo arzobispado establece que determinados pueblos sólo tendrán dos misas al mes, con el aditamento de que una de ellas será el sábado a las 13 horas, coincidiendo con la llegada del carnicero, del frutero o del panadero, un pensamiento se apodera de los feligreses: no pasa nada no acudiendo a misa en domingo. Son ellos los que obligan a pecar. Ellos mismos han determinado que así sea, dado que dos domingos al mes, o tres, no hay misa en el pueblo.

Más aún: la falta de incardinación del sacerdote al pueblo asignado, ha producido un desafecto total hacia la iglesia. El sacerdote llega un cuarto de hora antes del oficio, dice la misa sin referencia alguna al pueblo en que se halla (el sermón suele ser leído y sirve para los cuatro o cinco pueblos que atiende), se desviste en la sacristía charlando un rato con alguna feligresa que se atreve a entrar en la sacristía, sale de la iglesia con parsimonia, se introduce en su coche y se va. El pueblo dejó de existir para él, que vive un ambiente urbano desligado totalmente de los quehaceres, alegrías o sinsabores del pueblo. Dígase lo mismo de los funerales a los que necesariamente asiste. Reflexiones sobre la muerte como si de un camboyano se tratara. Nada relacionado con el devenir vital del difunto o las circunstancias que afectan a la familia.

Viniendo al propósito de estas reflexiones: el rito de la misa está muerto. Es algo anquilosado. Palabras sobre palabras. Fieles que dormitan. Fieles que no reflexionan sobre lo que se dice. Fieles a los que nada dicen las palabras arcanas del sacramento. Ya no es de recibo el que las fórmulas sean sacramentales y, supuestamente, realicen lo que dicen. Cierto es que todavía hay quienes piensan que “ahí” está Jesús, pero creer en ello ya no afecta en absoluto a la vida de las personas.

Iglesia rural

Las lecturas las más de las veces no se entienden; los sermones que las explicitan no tienen consistencia ni relación con la vida cotidiana; la participación de los fieles en el rito es nula, se limitan a escuchar y contestar; las fórmulas se recitan de memoria y no parecen salir “del corazón”. No es que el rito tenga que ser emotivo, pero sin el sentimiento no hay participación.

 La configuración actual del rito de la misa debe desaparecer, por más que su estructura tenga una lógica y sus palabras sean fruto de muchos siglos de sedimentación dogmática.

"¡Corre la voz! ¡En Brasil hay un genocidio!"

 Por: Frei Betto


Religiondigital.org / 19-07-2020

Genocidio por el coronavirus en Brasil

Cuando recuerdo que, en la Guerra de Vietnam, durante más de 20 años, se sacrificaron 58,000 vidas del personal militar de EE. UU., tengo el alcance de la seriedad de lo que está sucediendo en mi país. Este horror causa indignación y revuelta. Todos sabemos que las medidas cautelares y restrictivas, adoptadas en tantos otros países, podrían haber evitado tal número de muertos.

Este genocidio no es el resultado de la indiferencia del gobierno de Bolsonaro. Es intencional. Bolsonaro está satisfecho con la muerte de otros. Cuando era diputado federal, en una entrevista televisiva en 1999, declaró: “¡Al votar no cambiarás nada en este país, nada, absolutamente nada! Desafortunadamente, solo cambiará si un día vamos a una guerra civil aquí, y hacemos el trabajo que el régimen militar no hizo: matar a unos 30 mil”. Al votar a favor del juicio político de la presidente Dilma, ofreció su voto en memoria del torturador más notorio del ejército, el coronel Brilhante Ustra.

Debido a que está tan obsesionado con la muerte, una de sus principales políticas gubernamentales es liberar el comercio de armas y municiones. Cuando se le preguntó en la puerta del palacio presidencial si no le importaban las víctimas de la pandemia, respondió: “No creo en estos números” (27 de marzo, 92 muertes); “Todos moriremos algún día” (29 de marzo, 136 muertes); “¿Y qué? ¿Qué quieres que haga?” (28 de abril, 5,017 muertes).

¿Por qué esta política necrófila?

Desde el principio, declaró que lo importante no era salvar vidas, sino la economía. De ahí su negativa a declarar un cierre, cumplir con las pautas de la OMS e importar respiradores y equipo de protección personal. La Corte Suprema tuvo que delegar esta responsabilidad a los gobernadores y alcaldes.

Bolsonaro ni siquiera respetó la autoridad de sus propios ministros de salud. Desde febrero, Brasil ha tenido dos, ambos despedidos por negarse a adoptar la misma actitud que el presidente. Ahora, al frente del ministerio, está el general Pazuello, que no entiende nada sobre el tema de la salud; trató de ocultar los datos sobre la evolución del número de víctimas del coronavirus; empleó a 38 militares en funciones clave del ministerio, sin las calificaciones requeridas; y canceló las entrevistas diarias para las cuales la población recibió orientación.

Sería exhaustivo enumerar aquí cuántas medidas para liberar recursos para ayudar a las víctimas y las familias de bajos ingresos (más de 100 millones de brasileños) nunca se implementaron. Las razones de la intención criminal del gobierno de Bolsonaro son evidentes. Dejar morir a los ancianos para ahorrar recursos de la Seguridad Social. Dejar morir las enfermedades preexistentes para ahorrar recursos del SUS, el sistema nacional de salud. Permitir que los pobres mueran para ahorrar recursos de Bolsa Familia y otros programas sociales para los 52.5 millones de brasileños que viven en la pobreza y los 13.5 millones que están en la pobreza extrema. (Datos del gobierno federal).

No satisfecho con tales medidas letales, el presidente ahora vetó, en el proyecto de ley sancionado el 3 de julio, el tramo que requería el uso de máscaras en establecimientos comerciales, templos religiosos e instituciones educativas. También vetó la imposición de multas para quienes infringen las reglas y la obligación del gobierno de distribuir máscaras a las personas más pobres, principales víctimas de Covid-19, y a los prisioneros (750 mil). Sin embargo, estos vetos no anulan las leyes locales que ya establecen el uso obligatorio de una máscara.

El 8 de julio, Bolsonaro anuló extractos de la ley aprobada por el Senado que requería que el gobierno proporcionara agua potable y materiales de higiene y limpieza, instalaciones de internet y distribución de canastas básicas, semillas y herramientas agrícolas a las aldeas indígenas. También vetó fondos de emergencia para la salud de los indígenas, que facilitaban el acceso de indígenas y quilombolas a ayuda de emergencia de 600 reales (100 euros o 120 dólares) durante tres meses.

También vetó la obligación del gobierno de ofrecer más camas de hospital, ventiladores y máquinas de oxigenación de la sangre a los pueblos indígenas y quilombolas. Los indígenas y los quilombolas han sido diezmados por la creciente devastación socioambiental, especialmente en la Amazonía.


Amazonia

Corra la voz sobre este crimen contra la humanidad tanto como sea posible. Las denuncias de lo que sucede en Brasil deben llegar a los medios de comunicación de su país, las redes digitales, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra y la Corte Internacional de La Haya, así como a los bancos y empresas que protegen a los inversionistas tan codiciados por el gobierno de Bolsonaro.

Mucho antes de que lo hiciera el periódico The Economist, las redes digitales trataron al presidente como BolsoNerón: mientras Roma arde, toca la lira y anuncia cloroquina, una droga sin eficacia científica contra el nuevo coronavirus. Sin embargo, sus fabricantes son aliados políticos del presidente …

Le agradezco su amable interés en difundir esta carta. Solo la presión del exterior podrá detener el genocidio que está asolando a nuestro amado y maravilloso Brasil.

Fraternalmente, Frei Betto