José Argüello Lacayo
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Traté por primera vez a fondo a Fernando Cardenal en 1975, cuando
coincidimos en la UNAN de Managua enseñando filosofía. Él irradiaba un
entusiasmo contagioso, era tremendamente comunicativo y abierto; a su lado uno
se sentía inspirado para las cosas más nobles. La represión del somocismo era
ya omnipresente y pesaba como una losa sobre el corazón de Nicaragua.
En ese contexto sombrío desconcertaba el irrefrenable optimismo de
Fernando, fruto de su esperanza cristiana, para quien la caída de Somoza constituía
desde entonces una certeza; él se encontraba por entero consagrado a los
jóvenes e impartía además charlas y retiros espirituales por toda Nicaragua.
Escucharlo era afrontar el reto imperioso de cambio que planteaba la situación
del país y recibir una sacudida evangélica. Su voz era una voz nueva y potente
en la Iglesia, capaz de provocar genuinas conversiones y compromisos de vida.
Un capitán de la Guardia Nacional, tras un retiro suyo, acabó
confesando: “Hasta ahora he sido un guardia de m…, pero de ahora en adelante
seré soldado de Cristo”. Y cumplió. Más tarde, solicitado como médico
militar para supervisar el estado de gravedad de David Tejada, torturado por el
mayor del ejército que era jefe inmediato suyo, denunció los hechos y pagó con
la vida su osadía. Su nombre era Fernando Cedeño.
Otros más, bajo el influjo de Fernando, renunciaron a sus patrimonios y
privilegios de clase y se solidarizaron con los pobres. Jóvenes estudiantes
empuñaron las armas e inmolaron sus vidas, incitados por aquel sombrío panorama
que enfrentaban. “Les insistía yo mucho en los retiros –cuenta Fernando-
que había que hacer todo con amor, que estábamos en una lucha que debía
hacerse siempre por amor y con amor”.
Volví a encontrarme con él en Alemania en 1981, donde le serví de
intérprete durante un mes entero y juntos recorrimos aquel país. Ya la
revolución había triunfado y él daba charlas ante miles de personas. Con la
Campaña Nacional de Alfabetización su figura se había agigantado; era un
personaje de fama internacional.
Conservaba sin embargo intacta su sencillez: en Tubinga, donde las más
altas personalidades le hacían la corte y fue recibido con honores en la
alcaldía y la universidad, dos jóvenes estudiantes se acercaron a conversar con
él y les dedicó a ellos toda la noche, poniendo gran interés en su conversación.
Esa capacidad suya de interesarse por los demás, en particular por los jóvenes
y los pequeños, ha sido uno de los rasgos más atractivos y distintivos de su
personalidad y una de las causas del enorme impacto que ha tenido como
educador.
Bajo el título de Sacerdote en la revolución, “Ediciones Anamá”
publicó en agosto pasado los dos volúmenes de sus Memorias, relato
torrencial que desde los primeros párrafos sumerge al lector en un acelerado
torbellino de vivencias personales que fluyen como río caudaloso cada vez más
ancho y agitado: historia personal y colectiva de Nicaragua durante las últimas
tres décadas; autobiografía en la que se refracta la gesta de todo un pueblo;
memoria personal y múltiple, condensación de nuestra historia más reciente;
lectura insoslayable en un país desmemoriado como el nuestro, apta
particularmente para quienes no vivieron aquellos años y deseen escuchar a un
testigo veraz y convincente, en orden a entender mejor la etapa actual.
En estilo llano y coloquial, con lenguaje eficaz y directo, Fernando
Cardenal relata sus experiencias a partir de su inserción en una barriada
marginal de Medellín, donde convive con sus habitantes durante la etapa final
de su formación jesuítica en 1969. La cercanía humana, el amor y la amistad
hacia aquellas personas desempleadas, hambrientas y enfermas, abren su corazón
al drama y la tragedia de los pobres, con una intensidad nunca antes
experimentada en su vida.
Hasta entonces había vivido encerrado en grandes casas de formación
jesuíticas de México, Perú y Ecuador, sin tener siquiera la oportunidad de
conversar con los indígenas, tan numerosos en aquellos países, a quienes veía
como parte del paisaje, desconociendo por completo sus dramas y angustias.
Su perspectiva cambia ahora radicalmente: “Yo era encargado de
comprar el pan, ya que en nuestro barrio no había panadería. Había que bajar la
loma e ir a comprarlo a otro barrio. Cuando yo subía por la calle, con el gran
paquete de pan en las manos, los niños me pedían pan, niños con el hambre en
los rostros. Yo no les podía decir: ´Miren, este pan es para los padres
jesuitas que estamos haciendo aquí la Tercera Probación, una cosa muy
importante´. Yo hacía lo obvio, iba dando trozos de pan a cada uno de los
niños. Al llegar arriba a nuestra comunidad, por supuesto, ya no había pan. Les
dije a mis compañeros: `Ustedes se deciden a no comer pan o nombran otro
comprador, yo no puedo traer pan en medio del hambre de los niños´. Ya no
volvimos a comer pan”.
Antes de retornar a Nicaragua, jura solemnemente ante los pobres de
aquel barrio, que esté donde esté, trabajará en adelante siempre por la
justicia y la construcción de una nueva sociedad, sin importar la tarea que le
encarguen sus superiores religiosos.
Ese juramento y su concreción a lo largo de toda una vida es la
verdadera trama de fondo de estas Memorias, su columna vertebral, el
aliento que infunde vigor a Fernando en medio de todas las pruebas y
vicisitudes que atraviesa. El peligro y la muerte rondan continuamente su vida,
estragando su salud y templando las debilidades de su temperamento, hasta
esculpir en su carácter la solidez del acero. Así lo demuestra su valiente
denuncia ante el congreso norteamericano de las violaciones de los derechos
humanos cometidas por la Guardia Nacional de Somoza, en 1976.
Aparte de ser estas páginas una apasionante crónica política y social de
los acontecimientos históricos dramáticos que desembocaron en el derrocamiento
de Somoza, así como de los subsecuentes eventos que constituyeron la revolución
sandinista y su epílogo, vistas en mayor profundidad, son también su
autobiografía espiritual, cuyo vórtice es la búsqueda de la voluntad de Dios en
la historia.
Fernando es jesuita e hijo espiritual de Ignacio de Loyola y su
espiritualidad se orienta a discernir la voluntad divina, para en todo amar
y servir. Cuando el Comandante Marcos (el famoso Eduardo Contreras, que tan
honda impresión dejó en quienes le conocieron) le planteó en una entrevista
clandestina integrarse al Frente Sandinista en 1973, Fernando resolvió sus
dudas e incertidumbres recurriendo a la parábola del buen samaritano: “Los
del Frente Sandinista eran despreciados por gentes que se tenían por buenos
cristianos y les llamaban despreciativamente subversivos, materialistas, ateos
y comunistas; pero ellos no siguieron de largo ante la Nicaragua herida y
postrada en el camino y ahora eran los buenos samaritanos que me estaban
diciendo: Fernando, ¿venís con nosotros a ayudar a este herido, a este pueblo?
En esos segundos yo reflexionaba: Jesús me enseña en el Evangelio que no quiere
que le diga a Marcos, mirá, yo no puedo ayudar porque soy sacerdote, yo tengo
unas obligaciones en el culto…En esos momentos pensaba: no puede haber otro
Dios que el que nos presentó Jesús en el Evangelio y, en consecuencia,
inspirado en el mensaje de su palabra, le dije a Marcos que aceptaba, que
contaran conmigo”.
Y Fernando se hace militante clandestino del Frente Sandinista, a partir
de su fe cristiana. Situación que tras el triunfo de la revolución le llevaría
a aceptar grandes responsabilidades: la conducción de la Campaña Nacional de
Alfabetización, la Comisión de Formación de Juventud Sandinista y finalmente el
Ministerio de Educación. Ello le acarrearía la incomprensión y el rechazo de la
Conferencia Episcopal de Nicaragua y su consiguiente expulsión de la Compañía
de Jesús por voluntad de Juan Pablo II en 1984.
“Usted, querido Padre Fernando, es para muchos jesuitas un signo de
credibilidad de la Compañía, en el campo de la promoción de la justicia, aunque
también otros muchos jesuitas tratan de vivir integralmente esa vocación en
plena armonía con la ley de la Iglesia”, admite benévolamente y pese a todo, su superior general, el Padre Peter
Hans Kolvenbach, en el propio momento en que lo emplaza a abandonar su cargo de
Ministro de Estado o dimitir de la Compañía. Las negociaciones se habían
agotado: era la voluntad del Papa.
Fernando, ¿desobedeció entonces? Juzgando superficialmente, muchos así
lo creen y proclaman, descalificando desde entonces, tanto su sacerdocio, como
su adhesión eclesial; leyendo sus Memorias, podrán sin embargo penetrar
finalmente con mayor hondura en su situación y sus razones.
Lo que verdaderamente sucedió fue que, tanto él como los demás
sacerdotes Ministros, en aquella penosa situación de agresión militar y bloqueo
económico que mantenía a Nicaragua acosada, día y noche, por el gobierno
imperial de Ronald Reagan, se vieron constreñidos a actuar de forma diferente a
como les exigía Juan Pablo II, porque captaban con todo su ser que Dios les
pedía a ellos personalmente otra cosa. Tal es el caso límite y paradójico de la
objeción de conciencia, donde se desobedece a la autoridad –incluso religiosa-
para obedecer a Dios (Hch 4, 19); no se trata por tanto de una desobediencia
cualquiera, sino de oposición en obediencia. En un plano superior, la
persona obedece directamente a Dios a través del llamado de su conciencia (Rm
14, 23).
El mismo Padre Kolvenbach reconoció doce años después la validez de la
objeción de conciencia de Fernando Cardenal a la luz de su límpido testimonio
de vida sacerdotal y lo reincorporó –caso único en cuatro siglos y medio de
historia- a la Compañía de Jesús. Junto a sus amistades y familiares acompañé a
Fernando aquel 14 de junio de 1997, cuando volvió a hacer sus primeros votos en
la capilla de la UCA: “Hacer hoy nuevamente mis votos en la Compañía de
Jesús –nos anunció ese día- es obra de Jesús resucitado. Un muerto no es
capaz de llenar de gozo un corazón que se vacía para entregarse a una misión.
Un muerto no da fuerzas, no apoya, no llama a seguir con entusiasmo sus huellas
y su ejemplo. Pero Jesús resucitó y actúa en nuestros corazones. Es cercano, es
un amigo maravilloso, es el Señor”.
Sus Memorias concluyen narrando las circunstancias por las que en
enero de 1995 finalmente renunció a su militancia en el Frente Sandinista. La
debacle se titula el capítulo donde presenta su visión crítica de los
errores cometidos por el sandinismo: “Oír hablar de la piñata nos ponía
entristecidos de sólo pensar que fuera posible, pero nos fuimos dando cuenta de
que había sido cierta, de que fue un hecho real, terrible, pero real” ; “Hoy la
corrupción de los grandes es tan extensa y profunda que ha permeado hasta abajo
y se encuentra a todo nivel. Es difícil construir un nuevo país si para esa
nueva casa la madera que tenés a mano en una buena parte está podrida”.
Si el campesinado de Nueva Guinea, Mulukukú, Waslala o los misquitos del
Río Coco narraran también sus memorias, ¿qué aspectos aportarían a la visión
personal presentada por Fernando Cardenal desde Managua? ¿Le darían testimonio
de la represión sufrida por ambos bandos del conflicto bélico como una de las
causas principales de la debacle?
Al escribir la historia de nuestro país, esas otras voces hoy sumidas en
el silencio también tendrán que ser escuchadas.
Como el mito de Sísifo, sus Memorias paradójicamente concluyen en
el mismo punto donde comenzaron: compartiendo esta vez la miseria de una
barriada marginal de Managua. Ríos de sangre han sido derramados, sin que
todavía exista esperanza para esta pobre gente. ¿Y entonces?
¿De dónde nos vendrá la esperanza, si no de personas coherentes,
honestas y solidarias que aún quedan en Nicaragua? Para mí, semejan el pequeño
resto de Israel, aquellos “siete mil cuyas rodillas no se doblaron ante
Baal y cuyas bocas no le besaron” (1 Re 19,18), porque mantuvieron en alto
su fidelidad a las promesas de Dios en tiempos del profeta Elías. Fernando
Cardenal pertenece a ellas; en su vejez sigue dando frutos, mientras enarbola
su viejo entusiasmo juvenil lleno de terca y tenaz esperanza. Leyendo su
historia, comprenderemos mejor las palabras del poeta angoleño Agustín Neto: “No
basta que sea pura y justa nuestra causa. Es necesario que la pureza y la
justicia existan dentro de nosotros”.